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3 El proceso de composición discursiva en la retórica latina

1. El proceso de composición discursiva en Cicerón

La retórica latina revisa y desarrolla la tradición retórica griega y la instala en Occidente como un basamento para la pedagogía de la composición. Entre sus principales representantes, Cicerón (106-43 a. C.), experimentado orador y hombre de Estado romano, ha dejado una obra fundamental para la disciplina, que se inscribe en el marco de los estudios que lo preceden y de su propia práctica y trayectoria oratoria.

Su manual de juventud Sobre la invención (De inventione), del que luego toma cierta distancia en su obra posterior (Sobre el orador, I, 5), presenta su trabajo como el resultado de un amplio legado basado en la tradición griega prearistotélica y aristotélica, y que incluye además algunas aportaciones propias a “ese fondo común de conocimientos” (II, 8)[1]; esta mirada ilustra la percepción de la retórica como un acervo colectivo y como un constructo histórico de longeva elaboración, perspectiva que se retoma en el Bruto, centrado en la historia de la oratoria romana. Sobre la invención y sus obras posteriores ofrecen también testimonio de estudios previos perdidos, como el del griego Hermágoras, de comienzos del siglo primero antes de Cristo, que se centra en el plano de la inventio, de género judicial, y desarrolla la teoría de la estasis o estados de causa[2].

En su obra más completa, el diálogo De oratore (Sobre el orador), Craso (140-91 a. C.) y Antonio (143-87 a. C.), oradores de la época, políticos y hombres de Estado como el propio Cicerón, exponen los lineamientos generales de la elocuencia[3]. Craso, que parece operar como alter ego de Cicerón, argumenta que la oratoria constituye un arte (ars) –traducción latina del griego techne–, al menos en el sentido vulgar del término:

… si lo que se ha venido observando en el uso y la práctica oratorios se ha advertido por varones experimentados y entendidos, se ha delimitado terminológicamente, se ha clasificado mediante una jerarquía y se ha distribuido en partes –cosa que veo que ha podido ocurrir– no entiendo por qué, si no en aquellos estrictos términos[4], [la oratoria] no ha de parecer un arte al menos en el sentido vulgar del término (I, 109)[5].

En De oratore, Craso sintetiza las fases del proceso compositivo, registradas en la tradición latina previa[6], que denomina los “cinco miembros de la elocuencia” (II, 79) (inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio):

… encontrar lo que vas a decir (invenire quid dicas), disponer lo que has encontrado (inventa disponere), a continuación adornarlo con palabras (ornare verbis), luego encomendarlo a la memoria (memoriae mandare) y finalmente ejecutar y pronunciar el discurso (agere ac pronuntiare) (II, 79).

En este pasaje se advierte con claridad el avance lineal de cada etapa y su orden pautado en una secuencia temporal. Del mismo modo, también en otros parágrafos se recomienda, de modo más general, la secuenciación del proceso compositivo:

Así consigo en un momento determinado pensar qué es lo que voy a decir y en otro decirlo. La mayoría, confiados en su talento, hacen coincidir estos dos momentos, pero realmente estos mismos pronunciarían discursos mucho mejores si considerasen que tenían que tomarse un tiempo para pensar (tempus ad cogitandum) y otro para exponer (aliud ad dicendum) (Sobre el orador, II, 103).

En su obra posterior de madurez, El orador (Orator) –que ya no presenta forma de diálogo, sino de tratado–, Cicerón vuelve a detallar el orden lineal de las fases de producción de un discurso, pero subraya, a la vez, la inmediatez de la secuencia:

… el pensamiento (sententia) se esboza en la mente en primer lugar e inmediatamente después acuden las palabras (verba) que la misma mente al instante –nada es más veloz que ella– manda a su puesto de modo que cada cosa ocupe su lugar (LIX, 200)[7].

Cicerón mantiene, en definitiva, la distinción entre el contenido ideativo y el aspecto formal del discurso, sistematizada por la retórica aristotélica: “… tres cosas deben ser consideradas por el orador, a saber: qué, en qué lugar cada cosa y de qué modo se hace necesario exponer acabadamente qué es lo óptimo en cada caso en particular” (El orador, XIV, 43). Bajo diversos términos, El orador analiza, por un lado, el plano de la materia (materia), el pensamiento (sententia), el asunto (res) y, por otro, el de la palabra (verbum)[8].

Sin embargo, aunque Cicerón diferencia conceptualmente entre contenido y expresión verbal, advierte a la vez la verdadera interdependencia entre las dos dimensiones: para lograr un discurso sustancioso y eficaz, las ideas deben corresponderse con las palabras, y el estilo, con el contenido; en resumidas cuentas, el arte de la oratoria conforma una unidad: “la elocuencia es una” (Sobre el orador, III, 22). Craso hace notar que el orador Antonio se ha ocupado primero de exponer los aspectos referidos al contenido del discurso (inventio) y que él explicará, en cambio, cómo hay que adornarlo (elocutio); pero subraya, a la vez, que Antonio “dividió lo que no puede estar separado. Pues al contar todo discurso de contenido (res) y de palabras (verba), ni las palabras pueden tener asiento si eliminas el contenido, ni el contenido brillo si apartas las palabras” (Sobre el orador, III, 19).

En la misma línea, Craso insiste en que las opiniones del vulgo y también de los hombres instruidos realizan una división artificial entre el contenido y la expresión:

… al ser incapaces de considerar el conjunto, tratan más fácilmente sus partes separadas y como desgarradas y, tal como el cuerpo del alma, así separan las palabras de los pensamientos (sin que ninguna de las dos cosas pueda ocurrir sin la muerte de ambas) (Sobre el orador, III, 24)[9].

En la práctica, el orador advierte que las dos dimensiones resultan en un punto indisociables. Aunque la ideación sigue implicando una etapa previa, se observa al mismo tiempo la articulación interdependiente de procesos ideativos y expresivos y quizás cierto grado de flexibilidad implícita en el orden de su desarrollo.

Craso vuelve en varias oportunidades sobre la necesidad de correlación entre la materia y su expresión verbal y subraya, en este marco, la importancia de la riqueza de contenido: “la abundancia de contenido engendra automáticamente la abundancia de palabras. Y si hay nobleza en aquello de lo que se habla, el resultado es un brillo en cierto modo natural en la expresión” (Sobre el orador, III, 125). Desde esta óptica, la excelencia del material, que aquí sigue antecediendo a la expresión, propicia luego una dicción adecuada.

En el binomio contenido-forma, Cicerón valoriza, especialmente en su obra de madurez El orador, el aspecto elocutivo (elocutio) del arte oratoria. Mientras que Aristóteles entiende que la relevancia de la dicción o elocución (lexis) responde a la imperfección del oyente, en El orador la elocutio adquiere centralidad: “cuando [el orador] haya encontrado no solo qué decir sino también en qué lugar, viene lo más importante: ver de qué modo decirlo” (El orador, XVI, 51). En este sentido, Cicerón considera que la inventio y la dispositio implican menos arte y labor que la elocutio (El orador, XVI, 51). Podemos observar que, dentro de la misma secuencia compositiva, se ha otorgado una valoración variable a las diferentes fases de la serie, incluso en distintas obras de un mismo autor[10].

A pesar de estas distinciones, entendemos que su enfoque tiende a enfatizar la real imbricación de planos y, en esta línea, recomienda la versatilidad del estilo, que debe ajustarse a la materia: “Será elocuente entonces aquel […] que pueda decir cosas poco importantes en estilo sencillo, medianas, en estilo moderado e importantes, en estilo solemne” (El orador, XXIX, 101). Esa misma integración de planos implica la exigencia global de no descuidar ni contenido ni forma: “… usar el lenguaje de manera bien compuesta y con congruencia rítmica, pero sin conceptos (sine sententiis) es una locura; mas hacerlo de modo conceptuoso, aunque sin un buen ajuste de palabras y sin ritmo, es hablar como niños” (El orador, LXXI, 236).

Además de su caracterización del proceso compositivo, un último punto del enfoque ciceroniano en el que nos detendremos son los requerimientos que considera necesarios para llegar a ser un buen orador, que entroncan también con la tradición griega. Craso señala la necesidad de que un orador tenga dotes naturales: destaca la rapidez de ingenio, entre otras cualidades, y, sobre todo, factores corporales, como la voz, el porte, el aspecto, que resultan claves durante la pronunciación del discurso (Sobre el orador, I, 113-133). Sumada a las condiciones naturales, la actividad demanda ejercitación o práctica (exercitatio) (I, 147) y una técnica o saber técnico (artificium) (I, 146), que implica contar con una rica doctrina (doctrina) (III, 80); asimismo, se recomienda la imitación de discursos y oradores eminentes (II, 89-98)[11]. Craso subraya especialmente la importancia de ejercitarse en la escritura y reconoce que esta actividad conlleva un gran esfuerzo, pero entiende que la pluma es la mejor “hacedora (effector) y maestra (magister) de oradores” (Sobre el orador, I, 150)[12]. En el libro III, sintetiza esta serie de requisitos oratorios, válidos tanto para la exposición oral como para la escritura, que dejan a la vista la influencia de Isócrates:

… el que ha de exponer o escribir (qui dicet aut scribet), que esté pertrechado de una generosa educación (educatio) e instrucción (doctrina) en sus años mozos, arda en deseos de aprender, reciba el concurso de la naturaleza, y, entrenado en la discusión abstracta de temas generales, elija a los más elegantes escritores y oradores para su conocimiento e imitación (Sobre el orador, III, 125).

Estos elementos básicos que la retórica ciceroniana señala como los necesarios para el desarrollo de habilidades de oratoria y de escritura (doctrina, naturaleza, práctica, imitación), que la tradición retórica y educativa de Occidente ha retomado, muchas veces de manera disociada unos de otros, o ponderando tan solo alguno de ellos, han tenido derivaciones diversas en la historia de la composición, algunas de las cuales consideramos especialmente en la tercera parte de este libro.

Craso concluye que el orador, además de rectitud moral[13], requiere una cultura amplia, que abarca la lectura y el comentario crítico de poesía, historia y de todas las artes nobles (I, 158); saberes de filosofía, leyes, costumbres, pasiones, modalidades de carácter (Sobre el orador, I, 45-73). Según precisa, no se trata de manejar todos esos campos de manera exhaustiva, sino de contar al menos con conocimientos generales. En todos los casos, el orador no puede desconocer los temas de los que habla porque “la excelencia en la expresión no puede manifestarse si quien va a hablar no comprende lo que va a decir” (Sobre el orador, I, 48). En suma, el orador completo y consumado “es capaz de hablar de cualquier asunto” (I, 59). En su formulación ideal, requiere un “conocimiento universal” (Wisse, 2002: 378), que supera ampliamente el mero dominio de los saberes específicos del arte, en particular, de aquellos preceptos expuestos por manuales convencionales de retórica, estrechas reglas que resultan incapaces de cubrir las reales dificultades que entrañan los casos y las circunstancias concretas que el orador debe afrontar en la práctica (Sobre el orador, I, 144-148) (Wisse, 2002: 377 y 384). En resumidas cuentas, nutrido de sapientia (“buen sentido”, “sabiduría”), “será por lo tanto elocuente quien pueda acomodar su discurso a lo que convenga a cada caso” (El orador, XXXVI, 123)[14].

Pasando revista a la tradición filosófica y retórica griega, Craso pondera la unidad de la sabiduría y de la elocuencia, de la palabra y de la acción, que se escinde, según él, a partir de Sócrates, en particular, en la obra de Platón (Sobre el orador, III, 56-73). Antes del Sócrates platónico, los maestros concebían una educación conjunta que conjugaba tanto el plano de la acción como el del discurso: “… los maestros de la vida y del hablar eran los mismos, como aquel Fénix que aparece en Homero y que se dice que Peleo se lo dio al joven Aquiles como acompañante para la guerra, para que hiciera de él un expositor de palabras y hacedor de cosas” (III, 57). Craso insiste en la unidad entre la acción y la palabra que mostraban algunas figuras destacadas del mundo griego, como Pericles: “… se distinguían en la vida pública por su doble saber –que no puede separarse­– en el decir y en el obrar” (III, 59)[15]; pero, a partir de la corriente socrática, las diversas dimensiones se dividen:

… surgieron quienes, rebosando asimismo doctrina y talento, en cambio se apartaron, de un modo consciente, de los asuntos y negocios de sus conciudadanos y empezaron a perseguir y despreciar las técnicas oratorias. Y de estos fue el primero Sócrates […]. Y al no haber dejado nada escrito el propio Sócrates, Platón en sus obras inmortalizó su genio y sus ágiles diálogos. Y desde entonces se ha mantenido un a modo de divorcio entre la lengua y la inteligencia, realmente sin sentido y perjudicial y reprensible, al enseñarnos a unos a ser sabios (sapere) y a otros a exponer (dicere) (Sobre el orador, III, 59-61).

Al mismo tiempo que critica a Platón, Craso pondera a Aristóteles, que “adornó e iluminó toda esa disciplina [la elocuencia] y conjugó el conocimiento teórico (cognitio) con la práctica (exercitatio) del discurso” (III, 141). Por lo tanto, la perspectiva aristotélica, en contraposición a la platónica, resulta el enfoque adecuado:

… si verdaderamente amáis el eximio ideal y belleza del perfecto orador, tenéis que abrazar el método de Carnéades o aquel otro de Aristóteles. Pues, como ya he señalado antes, aquellos antiguos anteriores a Sócrates ponían en conexión con la retórica el conocimiento (cognitio) y saber (scientia) de todas las cosas relacionadas con la psicología humana (mores [“costumbres”, “modos de ser”, “conductas”]), la vida, la virtud y la política (Sobre el orador, III, 71-72).

Así como Craso insiste en la real unidad entre el contenido del discurso y su expresión, también adscribe coherentemente a la unidad entre conocimiento y discurso, saber y elocuencia, filosofía y oratoria (May, 2007). La oratoria es una práctica completa, unitaria, que no puede reducirse a ninguno de los factores que interactúan en ella.

En síntesis, Cicerón adopta una perspectiva dominantemente sistemática de la composición discursiva: considera que el arte técnico es parte de la oratoria, pero no la reduce al mero conocimiento de un conjunto de reglas, sino que entiende que la elocuencia, práctica de carácter flexible, se nutre además de una amplia sabiduría[16]. En su concepción del proceso de composición discursiva, retoma las categorías aristotélicas duales (contenido/forma) para el método compositivo, pero enfatiza la real imbricación y la necesaria correspondencia entre estos dos planos en el discurso, más allá de las distinciones conceptuales. Mantiene, a la vez, una secuenciación lineal del proceso, en la cual las ideas preceden a la fijación verbal del discurso, a pesar de la inmediatez de su desarrollo, y el lugar de un sujeto-orador que domina el mecanismo procesual.

Cicerón retoma, en suma, la tradición isocrática y la aristotélica, es decir, la visión dominantemente racional de la composición persuasiva[17], y se distancia, de manera expresa, de la postura de Platón, que solo admite la retórica dialéctica, y de la disociación entre la elocuencia, el conocimiento y la acción. En el plano del saber, el orador requiere de una cultura general amplia que le aporte un dominio básico de todos los temas, perspectiva que entronca con ideas de cuño sofístico[18] e isocrático. En este sentido, la retórica ciceroniana considera la disciplina no como un mero repertorio de conocimientos técnicos especializados sobre el discurso y sus mecanismos, sino que exige una formación integral del orador, que incluya nociones generales respecto de la conducta humana, la vida, la virtud, la política, y que le permita operar en el terreno público.

2. El proceso de composición discursiva en Quintiliano

En su obra Sobre la formación del orador (Institutionis oratoriae), Quintiliano (ca. 30-96 d. C.) presenta un tratado exhaustivo de retórica, que retoma nociones de sus predecesores, pero que se enmarca en un programa formativo completo para la educación del orador desde la infancia hasta la adultez (Murphy, 2020: 41). La formación temprana se desarrolla bajo la dirección del grammaticus (el maestro de “gramática”), fase intermedia entre la instrucción elemental y la específicamente retórica (Fernández López, 2007: 310). La grammatica, en el sentido que explicita Quintiliano, se concentra sobre todo en el desarrollo de la corrección lingüística y en el estudio literario (Fernández López, 2007: 311) e incluye, entre otras actividades, la realización de “ejercicios preliminares” iniciales (progymnasmata), que involucran diversas prácticas de composición escrita[19].

En su Institutionis, el autor define la disciplina retórica de una manera amplia, que difiere de visiones anteriores, como “la ciencia de hablar bien” (bene dicendi scientia, II, XIV, 5)[20]. Esta definición engloba tanto las virtudes oratorias como las del propio orador: “incluye todas las virtudes del discurso y en consecuencia también los fundamentos morales del orador, ya que no puede hablar bien sino el hombre bueno” (II, XV, 34)[21]. En su programa, el orador perfecto tiene que ser un hombre completo, que conjugue el arte del decir y la virtud y pueda “llamarse sabio” (I, Proemio, 18). Alineado con la perspectiva ciceroniana, Quintiliano no disocia la elocuencia de la moral del individuo que la practica ni de la cultura general que demanda su dominio (Pernot, 2016 [2000]: 191)[22].

Al igual que sus antecesores, Quintiliano adopta una perspectiva de orientación técnica y, de manera explícita, postula que la retórica es un arte (ars), un método sujeto a un orden:

Y brevemente puede corroborarse que la Retórica es arte. Pues sea, como quiso Cleantes, que el arte es la capacidad de llevar a cabo algo con método, es decir, con orden, y entonces nadie pondrá en duda que hay en todo caso un método (via) y orden (ordo) en el bien decir; o bien se tome en consideración la definición casi por todos admitida, “el arte consiste en percepciones coherentes y puestas en práctica para una útil finalidad de la vida”, ya demostraremos que nada de todo esto falta a la Retórica (II, XVII, 41).

Dentro de los distintos tipos de arte, Quintiliano puntualiza que la retórica es un arte práctico, que se considera cumplido en la acción misma, pero que también tiene elementos de las otras clases, de las artes contemplativas y de aquellas que producen como resultado una obra (II, XVIII, 1-3)[23]. En el marco de su concepción técnica, retoma también la visión procesual de la composición y reafirma la distinción entre materia y forma, heredada de la tradición griega: “Todo discurso consta a su vez de aquellas cosas que se expresan y de aquellas otras que expresan, es decir, de contenidos y de palabras” (III, V, 1). Su representación del mecanismo compositivo mantiene, además, la secuenciación canónica, lineal, de las partes de la retórica, acorde con el binomio contenido/palabra:

Toda la doctrina de la oratoria (orandi ratio), como han trasmitido los autores especialistas, en su mayoría y los más importantes, consta de cinco partes: invención, disposición, elocución, memoria, pronunciación o acción, pues se emplean ambas denominaciones. Todo pensamiento, en el que se manifiesta con precisión una expresión de la voluntad, es imprescindible que encierre un contenido (res) y palabras (verba) (III, III, 1).

Quintiliano entiende que el contenido (res) y las palabras (verba) del discurso pertenecen a distintas fases del proceso. El pensamiento compete a la etapa inventiva; las palabras, a la fase elocutiva; la disposición, por su parte, abarca los dos planos: “… en los pensamientos hay que considerar la invención, en las palabras la elocución, en una y otra la ordenación” (VIII, Proemio, 6). De acuerdo con esta caracterización, la dispositio se plantea como una fase de contacto entre el aspecto ideativo y el formal, que tiene en cuenta la correlación entre ambos planos. Se desarrolla luego de la búsqueda del material del discurso y proporciona orden y cohesión a las ideas:

Sobre la Invención o busca de materiales se ha hablado, a mi parecer, de modo suficiente […]. Pero igual que en un proyecto de obra no basta con que los constructores hagan provisión de piedras y maderos y demás elementos útiles para la edificación, si a su ordenación y colocación no se aplica la diestra mano de los trabajadores, así la rica abundancia de materiales en vano podrá tener en un discurso tan gran acopio y acumulación de datos cuanto se quiera, si una misma disposición no los hubiere conectado distribuidos en orden debido y entre sí estrechamente relacionados. Y no sin razón, entre las cinco tareas del orador, se ha puesto la Ordenación en segundo lugar, ya que sin ella de nada vale la primera. […] Así el discurso, que carece de esta virtud del orden, vendrá a parar necesariamente en confuso apiñamiento y a fluir sin rumbo de un lado a otro, y como no tiene coherencia (cohaereo) en sí repetirá muchas cosas, pasará otras muchas por alto, como si extraviado en la noche vagara por desconocidos parajes y, al no haberse fijado un principio y una meta, seguirá más bien al azar que a un plan determinado (consilium) (VII, Proemio, 1-3).

En este pasaje se advierte la clara formulación del proceso de composición discursiva secuenciado en etapas y su organización lineal en el tiempo: la fase ideativa (“busca de materiales”) es seguida por la fase posterior de ordenamiento de las ideas (dispositio). Luego de ella, Quintiliano se ocupa de la elocutio, que considera parte central de la elocuencia, la “más difícil de todas” (VIII, Proemio, 13):

Por tal razón se enseña esto [el aspecto elocutivo de la retórica] sobre todo; esto no puede conseguirlo ninguno, si no es en virtud del arte aprendido, aquí hay que aplicar muchísimo esfuerzo, esto busca el entrenamiento, esto la imitación, aquí se consume toda una vida; con esto muy especialmente el orador aventaja al orador, por medio de esto unos estilos de lenguaje son por sí mismos más poderosos que otros (VIII, Proemio, 16).

Si bien la destreza en la elocución es clave, el orador debe cuidar tanto la elección de las palabras como el pensamiento; la delimitación entre fases ideativas y formales no niega su complementariedad ni pondera la importancia de un plano en desmedro de otro: “Cuidado […] de las palabras quiero yo, y asiduo esmero de los contenidos” (VIII, Proemio, 20).

La obra de Quintiliano se enfoca en la pedagogía de la disciplina. La retórica es un arte práctica enseñable; su dominio requiere formación, sumada a otros factores, como las condiciones naturales, que juzga importantes, pero que en definitiva necesitan también de la enseñanza: “… los oradores consumados deben más a la formación que a la naturaleza” (II, XIX, 2). En consonancia con la tradición isocrática, postula que “el don de la oratoria llega a su perfección por cooperación de la naturaleza, del arte y del entrenamiento” (III, V, 1). Multiplicidad de prácticas contribuyen, además, a lograr facilidad de palabra (facilitas): la práctica oral, la lectura, que proporciona modelos, y la escritura, todas ellas actividades interrelacionadas e inseparables (X, I, 1).

Sin embargo, Quintiliano entiende que la retórica, como arte enseñable, también tiene sus límites: “… no se puede enseñar todo lo que el arte construye” (VII, X, 8). Por su complejidad, la práctica oratoria no puede reducirse a los preceptos del arte, sino que es necesario que el orador considere el caso particular y atienda también a lo que le piden las circunstancias (II, XIII, 2). Con base en estos señalamientos, se advierte que el tratadista concibe la composición como un proceso dinámico y reflexivo:

Pues asunto muy fácil y de poca importancia era la Retórica, si se resumiera en una sola y breve ordenanza; pero la mayoría de las normas cambian según los pleitos, circunstancias temporales, oportunidad, situación ineludible. Y por eso la principal cosa en el orador es la reflexión (consilium [“buen sentido”, “entendimiento”]), porque desde ella puede moverse con holgura y en relación con la peculiar importancia de los temas (II, XIII, 2).

En el marco de esta visión dinámica, el tratadista entiende que la retórica no tiene “leyes sujetas a obligación inmutable” (II, XIII, 1); las pautas que organizan el proceso composicional no son rígidas, sino de carácter circunstanciado y flexible:

… siempre he tenido por costumbre el atarme lo menos posible a las reglas que llaman katholika (generales), o sea, para decirlo, como mejor podemos, en nuestro lenguaje, universalia o perpetualia [“universales”, “perpetuas”]; pues rara vez se encuentra algo de este género, que no pueda flaquear o derrumbarse en alguna perspectiva (II, XIII, 14).

Institutionis oratoriae asienta, en suma, la visión tradicional del orador concebido como un agente racional que controla su arte sobre la base del conocimiento de una técnica adquirida, que aporta regularidades flexibles, y que requiere además la consideración de las circunstancias. Sin embargo, el control de los mecanismos compositivos deja espacio también para cierto grado de “espontaneidad” compositiva, aparente en realidad, porque se funda en la internalización y la automatización de los conocimientos y de la ejercitación del arte:

Hay, pues, una especie de agilidad no reflexiva, que los griegos llaman álogon tribé (rutina), por la que la mano corre escribiendo, por la que los ojos miran a un mismo tiempo en la lectura líneas enteras, sus acentuaciones y transiciones (a lo siguiente), y ven lo que a continuación sigue antes de haber pronunciado lo que precede. Pero esta rutina será de este modo provechosa, si le hubiere precedido la práctica del arte de la que hemos hablado, para que precisamente todo aquello, que en sí no va acompañado de la reflexión (ratio), se mueva en el ámbito de la razón (ratio) (X, VII, 11-12).

Estas líneas captan la complejidad que reviste el proceso compositivo, en particular, durante momentos de improvisación oratoria: algunos enunciados se producen de manera directa, sin pasar por una fase ideativa, razonada previa; pero esta modalidad, en apariencia totalmente espontánea, cuenta con la base de un saber y de una práctica adquirida[24]. A partir de esas consideraciones, podemos conjeturar que Quintiliano entiende que el mecanismo compositivo concreto puede escapar al orden lineal estricto, idea que se reitera, según veremos, en otros pasajes.

El tratado de Quintiliano dedica, por último, importantes reflexiones a la escritura y la hace ingresar de lleno en el proceso compositivo. El autor relativiza las diferencias entre la escritura y la oralidad declamatoria y pondera el ejercicio de la primera como un medio para alcanzar resultados óptimos en la práctica oral: “… el hablar bien y el escribir bien es una misma cosa” (XII, X, 51). De este modo, coloca la ejecución de la pieza oratoria en un plano semejante al de su formulación escrita: “¿Deberá el orador pronunciar siempre el discurso tal como lo elabora por escrito? ¡Si pudiere, siempre!” (XII, 10, 55)[25]. A partir de estos postulados, podemos identificar una secuencia compositiva (inventio, dispositio, elocutio), que puede incluir la puesta por escrito, previa a la memorización y pronunciación oral ante el auditorio, o bien para su publicación posterior.

En el contexto de los libros dedicados a la elocución (VIII, IX y X), Quintiliano expone en el libro décimo sus consideraciones más relevantes sobre la práctica escrita. La escritura desarrolla la facilitas (facilidad de palabras, fluidez de expresión)[26], junto con la lectura –que favorece la imitación (no servil) de modelos (Fernández López, 2007: 316)– y con la práctica oral, tres actividades imprescindibles e inseparables para cultivar esa facilitas (X, I, 1) (Murphy, 2016; Murphy y Wiese, 2016). En este marco, Quintiliano analiza el momento de la ideación del texto, que no debe confiarse a la espera pasiva de que surjan los contenidos, sino que debe emplear principalmente las técnicas que proporciona la inventio para generarlos, y que exige, a la vez, no ceder a los impulsos repentinos de ponerse a escribir de manera precipitada:

… que podamos escribir mucho más todavía y con más rapidez, no lo dará solamente el ejercicio, en el que hay sin duda mucha ventaja, sino también el modo cómo lo hacemos, a saber: si no echamos atrás la cabeza, y con la mirada en el techo y estimulando la fantasía con un murmullo entre dientes, estamos a la espera de que se nos ocurra algo, sino reflexionando qué es lo que el asunto reclama, qué conviene a la persona, cuál es la circunstancia del caso, cuál el talante del juez, nos disponemos a escribir con un cierto porte digno del hombre. Así nos esboza la naturaleza por sí misma tanto el comienzo como cuanto a este sigue (X, III, 15).

Según el tratadista, el método más efectivo para practicar la escritura se basa fundamentalmente en el autocontrol y en el ejercicio adquirido por el hábito, que debe desconfiar incluso de la facilidad adquirida:

El ejercicio dará rapidez […]. Este es el punto principal de la cosa: escribiendo rápido no se llega a escribir bien, escribiendo bien se consigue escribir rápido. Pero cuando se haya logrado esta facilidad, a ella hagamos entonces resistencia, para que vayamos precavidos y con ciertas bridas sujetemos los corceles huracanados (de la imaginación), lo cual nos creará tan importante detención como asimismo dará bríos nuevos (X, III, 9-10).

El ritmo más recomendable para la escritura es el avance lento del trabajo; se desaconseja, en cambio, la práctica veloz e irreflexiva, que se produce con premura, porque la escritura precipitada arroja malos resultados, que luego la corrección no puede subsanar (X, III, 17-18). Durante el proceso compositivo, el escritor controla su composición discursiva desde el principio; escribe su texto razonadamente y, por último, lo corrige, sin que esa corrección implique rehacerlo por completo:

… el error de aquellos que primeramente quieren recorrer todo lo que al tema pertenece con una pluma lo más rápida posible, y dejándose llevar por el ardor y el acicate del momento escriben de repente […]. Después vuelven de nuevo a este material y ordenan lo que habían producido copiosamente; pero se corrigen palabras y ritmos, mas en los materiales, precipitadamente amontonados, quedó la superficialidad que al principio hubo. Será, por tanto, lo más acertado poner pronto cuidadosa cautela, y desde el principio dirigir el trabajo de manera que no haya necesidad de aplicarle el buril, de construirlo de nuevo (X, III, 17-18).

En este pasaje, la corrección (emendatio) se concibe como un perfeccionamiento del texto escrito y no como una relaboración completa (“construirlo de nuevo”). Quintiliano presenta aportaciones profundas sobre estos mecanismos de revisión y corrección, que ponen en un primer plano la producción escrita y sus particularidades, y le asigna a esta tarea revisora una relevancia fundamental:

Sigue la corrección (emendatio), parte con mucho la más útil del estudio del discurso; pues no sin razón se ha llegado a creer que el punzón no hace menos importante tarea cuando borra. Y es propio de esta tarea el añadir, quitar y cambiar (adicere, detrahere, mutare) […]. Y no cabe duda que la mejor manera de hacer correcciones es retirar por algún tiempo lo que se ha escrito, para tras un intervalo volver a ello como a algo nuevo y ajeno, con el fin de que nuestras obras escritas no nos sirvan de delicioso halago como criaturas recién nacidas (X, IV, 1-2).

La corrección implica una serie de operaciones bien identificadas: descarte de algunos enunciados, añadidura de otros, cambios en el texto producido (detrahere, adicere, mutare). Además, la tarea de corrección –concebida evidentemente como una actividad posterior a la escritura de una versión inicial– debe estar sujeta a pausas para que esa primera formulación del texto pueda reposar y ser examinada luego con distancia[27].

En suma, Quintiliano advierte la necesidad de elaborar escritos preliminares y desconfiar siempre de versiones iniciales, sobre todo cuando surgen con facilidad: “… todos nuestros pensamientos y cosas son agradables, cuando están naciendo, ya que de otra suerte no los escribiríamos. Pero volvamos al examen de lo escrito y recorramos lo que se hace sospechoso por causa de su facilidad” (X, III, 7).

En su análisis del proceso de revisión, señala también que la autocrítica debe ser mesurada, ni dura en exceso ni tampoco autocomplaciente (X, III, 11-12). La corrección “tiene de por sí un límite” (X, IV, 3); por lo tanto, el tratadista recomienda que “la lima pula la obra, no la destroce” (X, IV, 4).

Quintiliano reconoce, por último, la posible “recursividad” (en términos contemporáneos) del proceso de escritura. En este sentido, recomienda dejar espacios para agregados posteriores, es decir que concibe que la revisión puede desencadenar nuevos procesos completos de ideación y redacción: “… deberán dejarse a un lado lugares sin escribir, en los que haya espacios libres para las añadiduras. Porque a veces las estrecheces de espacio causan pereza para hacer correcciones o, en todo caso, con la inclusión de nuevos pensamientos, sirven de confusión las cosas anteriormente escritas” (X, III, 32).

Si bien Quintiliano propone un proceso de revisión y corrección que se realiza una vez producido el texto, y luego de un necesario período de distanciamiento, entiende a la vez que el examen crítico interviene en todo el proceso de composición escrita, tanto en la selección de contenidos (inventio) y el ordenamiento (dispositio) como en la elección de las palabras (elocutio):

El ejercicio de escribir sea al principio hasta lento, con tal que se haga con cuidado; busquemos lo mejor y no sintamos gozo de lo que inmediatamente se nos ofrece, aplíquese espíritu crítico (iudicium) a lo que hayamos encontrado y estructúrese lo que hemos dado por bueno. Pues hay que decidir la selección de contenidos y de palabras y someter a examen cada uno de ellos según su propia importancia. Después siga su ordenada disposición y aplíquense ritmos en todas sus variaciones posibles, de suerte que ninguna palabra ocupe un lugar según fuere apareciendo (X, III, 5).

Luego de analizar los mecanismos de escritura, Quintiliano realiza algunas consideraciones sobre la actividad de pensar (cogitatio) y, en este marco, advierte que la fijación plena del pensamiento en palabras se puede producir a veces en la mente del orador, de manera directa:

[La actividad de pensar] no solo establece dentro de sí misma el orden de cada punto tratable, cosa que de suyo bastaba, sino que fija también la conexión de las palabras, y de tal suerte entreteje la urdimbre de un discurso entero, que ya nada le falte, si no es la mano que lo escriba (X, VI, 2).

La posibilidad de que una formulación discursiva acabada surja de manera repentina, sin examen meditativo previo, implica la idea de que las fases compositivas pueden quebrar la linealidad: “… se incorporan muchas veces a los escritos ocurrencias que le han nacido a uno de repente (quae subito nata sunt)” (X, VI, 5). En otros términos, el orador entrenado puede generar ocurrencias directas, en su dicción definitiva, sin pasar por una fase inventiva previa, tanto durante la composición escrita como durante la composición improvisada en el foro, que aun en esos casos reclama preferiblemente cierto grado de planificación[28]. En este sentido, si bien Quintiliano retoma las etapas básicas de la composición retórica y sus características, les aporta versatilidad y dinamismo.

La ruptura de la linealidad estricta –señalamiento central del enfoque cognitivo en el siglo XX– se delinea en estas consideraciones sobre la facilidad compositiva, que contempla la posibilidad de una escritura inmediata, automática en apariencia –porque es producto de un oficio adquirido–, que escapa a veces a la necesidad de un proceso de inventio previo. De manera semejante, los enfoques contemporáneos entienden que los procesos de escritura (planificación, escritura, revisión) no siempre son lineales, sino que pueden producirse en todo momento e imbricarse unos en otros.

En síntesis, la retórica de Quintiliano, como la tradición previa, prescribe una visión procesual de la composición y un orden secuencial básico para su desarrollo: la inventio proporciona el contenido ideativo que facilita la elaboración de la materia del discurso; la dispositio aporta una organización estructural de ese material, ordena e interconecta las ideas; la elocutio presenta recursos (p. ej. tropos y figuras)[29] para alcanzar una expresión verbal eficaz de ese contenido. La recomendación de pronunciar los discursos en el modo en el que se formulan por escrito sugiere que la escritura puede ser parte del proceso compositivo previo a su exposición oral. Con el antecedente ciceroniano, la escritura cobra, en esta obra cumbre de la historia de la retórica clásica, una importancia plena. La elaboración ideativa (invención) y su ordenamiento son seguidos por la elocución, fase que puede incluir la escritura y luego la corrección del escrito.

A pesar del orden lineal sugerido para los procesos, Quintiliano advierte su grado de flexibilidad en la praxis concreta y la posibilidad de que se produzcan movimientos versátiles. El orador experto puede generar mentalmente, en cualquier momento de su proceso compositivo, enunciados acabados en su formulación verbal definitiva, que no pasan por una etapa meditativa e inventiva previa, y que bien admiten una escritura directa, sin necesidad tampoco de corrección alguna.

Sin embargo, Quintiliano desaconseja confiarse demasiado en la facilidad adquirida y recomienda, en cambio, la escritura lenta, reflexiva, sujeta a pausas, en estado de continuo examen crítico, y la corrección del material para mejorar el texto. De sus afirmaciones se desprende que el proceso de examen de la composición debe ser permanente y atraviesa todas las fases, pero que la corrección final debería limitarse a pulir el texto y no rehacer todo el material completo. Desde su óptica, la corrección no puede revertir el amontonamiento de ideas de un texto escrito de manera prematura y precipitada. En este sentido, la corrección se ubicaría sobre todo al término de la etapa elocutiva y se propone perfeccionar el escrito. Además, la corrección, que implica cambiar, quitar y agregar enunciados, puede desencadenar nuevos procesos de escritura, razón por la cual se aconseja dejar espacios en blanco para las añadiduras. La escritura, en definitiva, involucra en sí misma un mecanismo complejo, que incluye la invención reflexiva previa; luego, la redacción lenta y pausada; finalmente, la corrección y, a veces, nuevas reescrituras que pueden surgir de los aditamentos, supresiones o cambios en el texto corregido.

En su versión pedagógica de la retórica, Quintiliano presenta un panorama completo del proceso compositivo. El orador alcanza el dominio de la técnica retórica mediante el aprendizaje teórico, doctrinal, y también mediante la práctica del arte, y llega así al control de su proceso, que dirige de manera autoconsciente desde el comienzo. Si la visión prevalente es la del sujeto autocontrolado y monitor, a la vez, Quintiliano le da espacio a la espontaneidad “educada”, fundada en la adquisición de un hábito y de la doctrina, que puede producir algunas ocurrencias inmediatas. En su enfoque dinámico, propone en definitiva un proceso lineal, como en la tradición precedente, y antepone el proceso ideativo al formal, pero ese proceso ordenado no excluye momentos previstos de quiebre de la secuenciación y movimientos versátiles (i. e. pronunciación de discursos improvisados y escrituras espontáneas, que escapan a la fase ideativa y que rompen la linealidad estricta; mecanismos de corrección que pueden desencadenar a su vez nuevos procesos completos de escritura). Dentro de la tradición retórica grecolatina, Quintiliano explora en profundidad el análisis razonado de la práctica compositiva escrita, en particular, y examina con detención los métodos específicos para desarrollar con eficacia el proceso de escritura.


  1. Utilizamos la traducción castellana de De inventione de Núñez (1997), que sigue fundamentalmente la edición del texto latino de Stroebel (1915).↵
  2. La estasis surge del conflicto entre posiciones contrapuestas. Según Cicerón, se clasifica en cuatro tipos: conjetural, de definición, de calificación, competencial (Sobre la invención, I, 10-16).↵
  3. Centramos el análisis del proceso de composición discursiva en las obras Sobre el orador y El orador, de Cicerón. ↵
  4. Craso diferencia el sentido vulgar de “arte” respecto de una concepción estricta que implica “cosas examinadas a fondo y bien conocidas, alejadas de los caprichos de la opinión” (Sobre el orador, I, 108).↵
  5. Utilizamos la traducción castellana de Sobre el orador de Echegoyen (2002), que sigue la edición del texto latino de Wilkins (1902).↵
  6. La retórica latina registra los cinco cánones en Retórica a Herenio (I, II, 3). Por su parte, Cicerón repasa también las cinco fases en su obra temprana Sobre la invención (I, 9).↵
  7. Utilizamos la edición bilingüe de El orador traducida por Salatino et al. (2013). Salatino sigue fundamentalmente la versión latina de Wilkins (1902).↵
  8. Véase p. ej.: “Hablo del contenido (de materia) del discurso no del estilo oratorio (genere dicendi) en sí mismo. En efecto, deseo que el orador tenga asunto (rem) de que hablar digno de oídos educados antes de pensar con qué palabras (quibus verbis) o de qué modo (quo modo) dirá cada cosa” (El orador, XXXIV, 119). ↵
  9. Al respecto, Dugan (2013: 34) observa: “En contraposición a la pasión por la división y la clasificación que caracteriza a la teoría retórica convencional, Cicerón ofrece una visión de la elocuencia como una entidad única y autónoma”.↵
  10. En su obra de juventud Sobre la invención, Cicerón afirma que la parte más relevante del arte retórico es la inventio (I, 9). ↵
  11. También la Retórica a Herenio (I, III, 4) destaca la necesidad de que el orador cuente con los elementos subrayados por la tradición isocrática y ciceroniana: arte (ars), imitación (imitatio) y ejercitación (exercitatio). ↵
  12. En su tratado El orador, Cicerón observa que aquellos oradores entrenados en la escritura tienen mayor facilidad para mantener las cualidades rítmicas del discurso y sugiere que la escritura revela mejor estas propiedades (Narducci, 2002: 441): “A los formados en la buena escuela, que no solo habrán escrito mucho, sino que cualquier cosa que digan, aun sin haberla escrito, la habrán hecho semejante a los escritos, esto [mantener la prosa rítmica] no les será muy difícil” (LIX, 200).↵
  13. Cicerón insiste en las cualidades integrales del orador, que incluyen su rectitud moral, y destaca la importancia de que sea un hombre de bien (vir bonus) (II, 85), que tenga honestidad (probitas) y prudencia (prudentia) (III, 55): “Pues si les proporcionamos técnicas oratorias a quienes carecen de estas virtudes, a la postre no los habríamos hecho oradores, sino que les habríamos dado armas a unos locos” (Sobre el orador, III, 55).↵
  14. Los casos particulares sobrepasan las reglas del arte. Por ejemplo, respecto de la dispositio, Cicerón repasa en El orador las partes convencionales del discurso, pero observa finalmente las dificultades para arribar a reglas generales: “Es difícil referir en este punto de qué manera ha de tratarse cada una de estas partes, pues no siempre se tratan de un único modo […]. El orador, en efecto, debe hacer uso en gran medida del sentido común (sapientia) para saber conducir personas y circunstancias. Estimo por eso que ni delante de todos ni contra todos ni a favor de todos ni con todos se debe hablar siempre de un mismo modo. Será por lo tanto elocuente quien pueda acomodar su discurso a lo que convenga a cada caso” (XXXV-XXXVI, 122-123).↵
  15. También menciona otros ejemplos, como Gorgias, Trasímaco e Isócrates, que “moviéndose menos en la vida pública” fueron igualmente maestros de este mismo “doble saber” (Sobre el orador, III, 59).↵
  16. Pernot (2016 [2000]: 143) ha destacado la idea ciceroniana de que la elocuencia no se limita a reglas, sino que exige una amplia cultura general: “Se trata de saber si la retórica es una técnica sin contenido, un conjunto de recetas aplicables a cualquier tema según se solicite, o si es un arte completo que pone en juego todas las cualidades de la persona, que supone, a través de la expresión, sabiduría y saber, y que ejerce su eficacia persuasiva apoyándose en algunos valores”.↵
  17. Si la oratoria se mantiene en un campo racional, la poesía parece seguir vinculada en algún punto con estados mentales irracionales. Cicerón compara el estado emocional esperable en el orador al momento de pronunciar su discurso con el furor (locura) del poeta (Sobre el orador, II, 189-194). Durante su performance, el orador debe verse movido genuinamente por las mismas emociones que quiere suscitar en el juez (p. ej. ira, compasión), como el actor en escena, que llega a experimentar las mismas pasiones del personaje que interpreta, y como el propio autor cuando escribe una pieza. En este contexto de identificación emocional del poeta con sus personajes, afirma: “… más de una vez he oído –y dicen que Demócrito y Platón lo dejaron en sus obras– que no puede darse ningún buen poeta sin que haya fuego en su interior y sin un cierto soplo de locura (furor)” (Sobre el orador, II, 194). Respecto a este pasaje, Murray (2015: 171) ha señalado, contrastándolo con el diálogo platónico Ion, las diferencias de enfoque entre la presentación de Cicerón y la del filósofo griego: “… mientras Platón se centra en el estado mental del rapsoda para demostrar la irracionalidad del proceso poético, Cicerón se preocupa por la autenticidad de las emociones como clave para una interpretación eficaz. La Musa no juega ningún papel en esta noción secularizada de inspiración, y hay poco de inexplicable en el poder del orador”. Entendemos que la oratoria parece quedar fuera de factores inextricables, pero que la visión de la poesía mantiene aquí alguna impronta platónica.↵
  18. Según fuentes antiguas, algunos sofistas solían contar con un saber enciclopédico e impartir conocimientos y saberes técnicos múltiples, como parece haber sido el caso de Hipias, según el testimonio de Platón (p. ej. Protágoras, 318e), o bien del propio Gorgias, quien se ofrecía a responder sobre todos los temas (Gorgias, 447d; Menón, 70a-c).↵
  19. La instrucción del grammaticus, que se complementa además con otras disciplinas (p. ej. música, lógica, geometría), se centra en dos partes: “… la doctrina sobre el lenguaje y la exposición de los autores –a la primera de ellas denominan Método de enseñar y aprender el idioma, a esta segunda Aclaración Histórica–[…]” (Sobre la formación del orador, I, IX, 1). La enseñanza del grammaticus, que pone especial atención en la corrección lingüística, incluye la realización de “ejercicios preliminares” iniciales (progymnasmata) y prepara al estudiante para progymnasmata más avanzados. Al respecto, véanse Murphy y Wiese (2016), Murphy (2020), Murphy (2021), Van Der Poel (2021).↵
  20. Utilizamos la traducción y la edición bilingüe de Ortega Carmona (1996).↵
  21. Desde la óptica de Quintiliano, no es posible concebir la retórica como mero arte de la persuasión porque ella se encuentra ligada de manera intrínseca a la virtud: “… no separamos la ciencia de la oratoria de la personalidad del hombre honrado” (II, XVII, 43). El orador debe ser siempre un vir bonus (“hombre bueno”) (II, XV, 33).↵
  22. Quintiliano entiende que el orador consumado debe tener una vasta cultura literaria y filosófica (Fernández López, 2007: 308): no solo requiere saberes sobre su arte y modelos que imitar de diferentes géneros, sino también conocimientos amplios de filosofía, derecho, historia (XXII, II-IV). La noción ciceroniana de “completitud” guía las ideas de Quintiliano y “su postura de que el orador perfecto (es decir, completo) es aquel que posee una formación integral en todos los aspectos de la educación humanística, incluida la retórica” (Enos, 2021: 188).↵
  23. A diferencia de Aristóteles, Quintiliano enfatiza la dimensión práctica, antes que productiva, de la disciplina: “Pero como hay algunas artes basadas en la especulación, es decir, en el conocimiento y valoración de las cosas, como la Astronomía, que no exige acción, sino que se da por satisfecha con la comprensión en sí del objeto, a cuya investigación aspira, por lo que se llama theoretike (contemplativa); otras basadas en la acción, cuya meta está en esto –en la práctica–, y se considera alcanzada en la acción misma y después de la acción nada le queda por realizar, la que se llama arte praktike (actuante), como es el arte de la danza, otras en el resultado, que logran su fin en la consumación de una obra, que se ofrece a los ojos, como la pintura: verdaderamente hemos de juzgar que la Retórica tiene su fundamento en la práctica, pues realiza en plenitud lo que es propio de su tarea, y así se han expresado todos. Ahora bien, me parece que la Retórica toma asimismo mucho de los otros dos géneros del arte […]” (II, XVIII, 1-3).↵
  24. A propósito de este pasaje, Quintiliano cita un enunciado no identificado de Cicerón que parece evocar cierta idea de inspiración divina: “Ni yo me sentiré jamás asombrado de la ininterrumpida trama de un discurso improvisado, que podemos ver cómo fluye con abundancia de palabras hasta entre mujercillas que andan a la greña, aun cuando no pocas veces ocurre, si se hizo presente el ardor y el entusiasmo, que una cuidadosa preparación no pueda alcanzar el éxito de un discurso improvisado. ‘Un dios se hizo entonces presente’, cuando esto hubiese ocurrido –refiere Cicerón que decían los oradores antiguos– […]” (X, III, 13-14). Esta presunta afirmación de Cicerón no se encuentra de manera exacta en ninguna de sus obras conservadas, pero se hace una cierta insinuación en Sobre el orador (I, 202) (Ortega Carmona, 1996: 129). A partir de estos pasajes referidos a la improvisación, Northon (2019) argumenta que existe una vinculación entre la capacidad de improvisación y la presencia de la inspiración divina en el tratado de Quintiliano (libro X). A pesar de los señalamientos de Northon, si bien la idea de inspiración no parece por completo ajena al tratado de Quintiliano, ella ocupa un lugar marginal, y el conocimiento del arte y la práctica resultan, en cambio, dominantes en la visión del tratadista. Por cierto, la “agilidad no reflexiva” (álogon tribé) será provechosa “si le hubiere precedido la práctica del arte” (X, VII, 11-12).↵
  25. Acerca de la pronunciación oral de discursos memorizados, Quintiliano explica: “… ha nacido la duda sobre si los que han de pronunciar discursos deben aprender literalmente el texto, o si basta solamente con dominar la fuerza sustancial de los hechos y su ordenación. Indudablemente no se puede ofrecer sobre esto un criterio general. Porque si la memoria presta su ayuda y no faltó tiempo, no querría yo que se me escapara sílaba alguna; de lo contrario también el escribirla resultará cosa superflua” (XI, II, 44-45).↵
  26. La “facilidad” (facilitas o hexis), como término filosófico, “se refiere, en general, a una condición permanente producida por la práctica; en retórica, denota el dominio completo de la habilidad de hablar mediante el talento y el conocimiento teórico, reforzado por la práctica” (Van Der Poel, 2021: 93). En el libro X (V), Quintiliano realiza recomendaciones sobre ejercicios de composición escrita en la práctica adulta, que complementan los “ejercicios preliminares” de la formación temprana, y que pueden desarrollar la facilitas del orador como, por ejemplo, la traducción o paráfrasis de textos (Murphy y Wiese, 2016; Van Der Poel, 2021).↵
  27. Según expresa en el prefacio a su obra, Quintiliano sigue en este punto a Horacio en su Arte poética (v. 388), donde recomienda dejar descansar la obra durante nueve años antes de su publicación: “… si algún día quisieras escribir alguna obra, confíala al oído del crítico Mecio, al de tu padre y al mío, y que repose en rollos de pergamino durante nueve años, pues, lo que aún no se ha publicado, siempre podrá ser destruido, pero las palabras ya públicas no saben volver atrás” (Arte poética, 386-390).↵
  28. Inclusive, en momentos que exigen que el orador improvise durante el juicio, Quintiliano recomienda no confiarse plenamente en la facilitas adquirida: “Pero ni yo quisiera que se ponga jamás tan grande confianza en esta facilidad, de modo que no nos tomemos un breve espacio de tiempo, que por lo general nunca faltará, para pasar revista a lo que deberemos decir, cosa que se ofrece siempre en los juicios procesales y en el Foro; pues tampoco hay alguien que defienda una causa sin haberla estudiado” (X, VII, 20).↵
  29. Quintiliano define el tropo como “el trueque artístico –cum virtute– del significado propio de una palabra o de una expresión a otro significado” (p. ej. metáfora, sinécdoque, metonimia) (VIII, VI, 1). El tropo es “un modo de hablar que se traslada de su significación natural y originaria a otro significado para servir al ornato del discurso”. La figura, por su parte, “es una configuración del lenguaje, que se aparta del modo común de hablar” (IX, I, 4). Una figura puede formarse, a diferencia del tropo que pone una palabra por otra, con palabras en su propio significado (IX, I, 7). Además, las figuras pueden ser del pensamiento (p. ej. pregunta retórica, prosopopeya, apóstrofe) o figuras de la palabra o la expresión (anáfora, repetición, polisíndeton, asíndeton, paronomasia) (IX, I, 17).↵


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