El proceso de composición discursiva en la retórica grecolatina
En la Grecia antigua, se configuran algunas concepciones de la composición discursiva (retórica y literaria), de orientación sistemática y asistemática, que constituyen un sustrato para enfoques contemporáneos, perspectivas de raigambre tradicional, cuya longevidad explica en parte su profundo arraigo en las representaciones occidentales sobre la escritura, escolares y extraescolares, y que han coexistido en pugna o, a veces, con cierto grado de articulación en la historia de las ideas sobre la producción discursiva.
Platón constituye el mayor exponente de lo que hemos denominado “enfoques asistemáticos griegos”: en su diálogo Ion, anula la actividad del poeta y, en el caso de la composición retórica, de cuño sofístico, la reduce a la simple praxis. Las nociones claves del pensamiento platónico son, por un lado, las de posesión divina o “inspiración” (entheos) y “entusiasmo” (enthousia), que niegan el carácter técnico de la construcción poética; y en el terreno de la retórica, las de rutina (tribe) y experiencia (empeiria), que expulsan por su parte la retórica sofística del campo del saber técnico racional y la conciben como mera habilidad práctica. Solo la retórica dialéctica, filosófica, que él mismo propugna, queda al margen de esa asistematicidad. En definitiva, en los dos órdenes (retórico y poético), se desconoce la entidad de saberes compositivos, su inteligibilidad, su racionalidad y las posibilidades para su estudio y transmisión.
La retórica aristotélica, en cambio, que abreva en la tradición precedente, aboga por la exploración y la enseñanza de un proceso elaborativo del discurso persuasivo, que involucra conocimientos de orden genérico, ideativo, formal y procedimental. La inscripción de la retórica –y también de la poética– en el campo del saber técnico, operada en su mayor grado de sistematicidad en la Grecia clásica por los tratados de Aristóteles, abre camino para la indagación y la didáctica de la composición en Occidente. La concepción del discurso persuasivo como materia de enseñanza puede remontarse al Fénix homérico; encuentra un hito fundacional en la actividad formadora de los sofistas y de la escuela isocrática, que conciben la retórica como una techne transmisible, y alcanza un punto cumbre en los estudios aristotélicos, que la instalan en el terreno del saber productivo. La retórica aristotélica delinea un modelo generativo procesual, intelectualista, secuenciado en fases identificables de contenido-forma (ideativas, expresivas, organizativas) y condicionado por géneros discursivos. La visión de la composición entendida como un proceso, noción que articula este trabajo, constituye uno de los legados fundamentales de la retórica grecolatina, retomado por las teorías procesuales del siglo XX. También, la importancia que adquiere el género en este desarrollo compositivo, partiendo especialmente de Aristóteles, con todos sus rasgos distintivos interrelacionados (ámbitos de circulación, destinatarios, fines, características temáticas, estructurales y estilísticas específicas de cada tipología).
En el marco de la retórica latina, la perspectiva ciceroniana destaca con particular insistencia la idea de que existe complementariedad y unidad entre los aspectos ideativos y formales, y Quintiliano, por su parte, esboza mecanismos que quiebran la secuenciación estricta del proceso de composición. Los tratadistas latinos enfatizan también la necesidad de una formación integral del orador y la concepción de que el arte oratorio no constituye tan solo un núcleo especializado de saberes compositivos, sino que implica además un complejo sustrato de conocimientos generales subyacentes, de amplia y diversa índole, que impactan en la producción discursiva. Ambos autores colocan la práctica de la escritura como formadora de esas capacidades discursivas (orales y escritas). En particular, Quintiliano, que adopta las cinco fases tradicionales del proceso, orientado en primera instancia a la pronunciación oral (inventio, dispositio, elocutio, memoria, actio), incluye y analiza además el ejercicio específico de la producción escrita de un texto y de la corrección (emendatio). Presenta la actividad escrituraria como un proceso reflexivo, de ritmo lento, sujeto a pausas y revisiones y, luego, enmiendas; pero que también puede producir enunciados inmediatos, de espontaneidad aparente, fundados en la facilidad adquirida por la formación y el hábito. En definitiva, delinea una mirada procesual, compleja y flexible de la propia práctica compositiva escrita, considerando las particularidades que demanda la escritura.
Para sintetizar, podemos resumir nuestro recorrido histórico por la retórica grecolatina destacando que ella explora por primera vez, de manera sistemática, en el marco de una disciplina autónoma, las posibilidades para componer de manera estratégica, razonada e inteligible un discurso persuasivo, y que elabora y avala, también por primera vez, un método y una doctrina para la instrucción explícita de la composición. Propone un mecanismo procedimental válido (las fases lineales de la composición) y elabora, al mismo tiempo, métodos y recursos para desarrollar cada una de esas etapas, teniendo en cuenta tipologías genéricas: la inventio aporta estrategias ideacionales (p. ej. tópicos generales y específicos); la dispositio, modos de organización del discurso; la elocutio, recursos expresivos (p. ej. figuras y tropos, estilos varios, virtudes de la dicción, procedimientos para lograr una prosa rítmica, etc.). Indaga, conjuntamente, mecanismos para la construcción de una imagen positiva del enunciador responsable del discurso (ethos) y formula consideraciones sobre los destinatarios.
El complejo de saberes procedimentales, genéricos, ideativos, estructurales, estilísticos de la retórica clásica constituye un basamento para el campo actual de la composición, y muchos de ellos, aún vigentes bajo renovadas formas, se han naturalizado de tal manera que a veces llegan a concebirse como un producto mental individual, espontáneo, o como resultado de la mera praxis personal de los escritores. Un estudio histórico permite, precisamente, delimitar con exactitud algunos de esos conocimientos, desnaturalizarlos, focalizar su dimensión histórica, construida y cultural y, a la vez, proponer pedagogías de la composición que tengan en cuenta esa perspectiva histórica y que la vuelvan visible y cognoscible para el estudiantado. En este trabajo hemos indagado con ese objeto las fuentes retóricas antiguas, pero no desde la óptica acostumbrada del estudio de la persuasión y de la argumentación, sino con el foco puesto en precisar representaciones sobre la composición y sobre los procesos generativos de un discurso en los comienzos de la reflexión sobre la discursividad en Occidente.
Una de las principales aportaciones de la retórica grecolatina, entendemos, es su concepción compleja de la producción discursiva en varios sentidos, aun con sus limitaciones. En primer lugar, concibe la composición como un entramado articulado de saberes múltiples: no solo valora los saberes procedimentales del proceso (las fases compositivas), sino también los saberes temático-ideativos y formales y, además, los conocimientos de cultura general. En segundo lugar, aporta una perspectiva compleja en el sentido de que considera aspectos individuales y, a la vez, sociales de la composición: la idea de un orador-agente, un sujeto intelectual capaz de autocontrolar su proceso, y también de aprender y de enseñar una doctrina, socializada mediante la instrucción explícita; asimismo, la visión de un orador munido de recursos colectivos (de tipo procedimental, genérico, ideativo y formal), que dependen de conocimientos y convenciones culturales compartidas, y que no emanan tan solo de su mente o de su praxis individual, sino que han sido elaborados colectiva e históricamente por una extendida tradición literaria y oratoria, como registra Cicerón en su Bruto.
El enfoque articulador se multiplica en varios planos: el abordaje genérico también conecta la actividad compositiva con el ámbito social de circulación de los discursos (p. ej. los tribunales o la asamblea) y con las convenciones y requerimientos situacionales de cada tipología (a nivel ideativo, estructural y estilístico) e implica que los procesos de generación discursiva no se desarrollan de manera abstracta ni universal, sino que el orador compone de manera contextualizada y situada en determinados géneros y espacios de producción. Además, la mirada plural de la retórica antigua despliega consideraciones tanto sobre el orador-enunciador (ethos) como sobre el destinatario-enunciatario del discurso en cada género. En su visión integradora y múltiple, la tradición grecolatina tiene consciencia de la dificultad que entraña la disciplina, que Cicerón entiende como “la cosa más difícil del mundo. Pues cada una de las cinco partes de que consta es un arte en sí misma” (Bruto, 6, 25)[1]. A pesar del entramado de saberes y del profundo trabajo formativo y elaborativo que implica la producción discursiva, los tratadistas antiguos destacan la aparente naturalidad de sus mejores exponentes, lo que no implica negar la labor que esa naturalidad encubre. Longino, por ejemplo, señala que el arte alcanza su punto álgido cuando no se percibe (Sobre lo sublime, 26, 1). Por cierto, el empeño por no dejar a la vista esos esfuerzos y saberes técnicos subyacentes, que operan en la generación discursiva, puede haber contribuido también a abonar perspectivas asistemáticas o simplificadas de ella.
La historia de la composición ha tendido a veces a minimizar, banalizar o diluir el complejo de conocimientos teórico-prácticos que involucra la producción discursiva, sobre todo las visiones asistemáticas, pero también, en cierto grado, algunos enfoques sistemáticos contemporáneos. Las dificultades para alcanzar métodos de alfabetización avanzada, plenos y efectivos, de estudiantes de los distintos niveles educativos, que no se limiten a lograr un mero dominio elemental de la escritura y de la composición, responden en parte a la persistencia de concepciones simplificadas o reduccionistas de la producción escrita, entre otros motivos de peso[2].
Algunos estudiosos han señalado de manera crítica la separación que propone la retórica clásica en cuanto al contenido y la forma: “El énfasis en la propiedad formal del discurso, un sello distintivo de esta posición, refleja suposiciones sobre la naturaleza del lenguaje como un ‘vestido’ del pensamiento” (Knoblauch, 1988: 128)[3]. Si bien esta observación es atendible y deja marcas en la tradición discursiva occidental, también es cierto que la retórica clásica, al tiempo que asume la diferenciación de fases, tiende a la vez a complejizar la división conceptual del binomio contenido-forma. Cicerón, en particular, advierte que en realidad “la elocuencia es una” (Sobre el orador, III, 22) y que las distinciones conceptuales entre planos no operan estrictamente en la práctica. Por su parte, ya la retórica aristotélica, aunque discrimina el pensamiento respecto de la dicción y la disposición, interconecta en su tratamiento cada parte con el resto; este entramado se materializa sobre todo en el concepto de “género”, que atraviesa en su conjunto las consideraciones aristotélicas sobre el plano ideativo, estilístico, estructural del discurso. Otras diferenciaciones frecuentes en la historia de la reflexión acerca del lenguaje y del discurso, como la polarización plena entre la palabra y la acción, son igualmente matizadas por la retórica clásica, que reconoce la dimensión pragmática del discurso, capaz de operar activamente de manera persuasiva sobre el destinatario, y que asigna relevancia plena a los ámbitos de la actividad humana donde se producen y circulan los discursos y a los rasgos que estos espacios de la praxis les imprimen a los géneros.
La retórica grecolatina identifica, por otra parte, tres requerimientos para alcanzar el dominio de la composición retórica (naturaleza, práctica y saber) y se dedica a desarrollar en sus estudios el último eje. Estos tres elementos han sido factores privilegiados por unas y otras teorías de la composición: las asistemáticas suelen privilegiar los dos primeros (naturaleza y praxis), mientras que las sistemáticas inscriben la composición discursiva en el campo del saber técnico aplicado. Esta adscripción abre plenamente el terreno para la exploración teórica y didáctica de los resortes para la generación discursiva en todas sus tipologías genéricas.
A pesar de la importancia de las teorías sistemáticas antiguas, la historia de la composición ha mostrado en algunas manifestaciones cierta inclinación a llevar al terreno de lo natural o de la mera práctica las capacidades compositivas o a reducir la importancia de los conocimientos subyacentes en sus distintos planos, visión que tiene consecuencias para la didáctica de la escritura actual (qué enseñamos, cómo enseñamos). En el pensamiento moderno, la discusión sobre el problema de la formación retórica y sus requerimientos fundamentales se retoma, a veces de manera implícita: para Descartes, por citar un ejemplo, la elocuencia es más bien un don del espíritu, un don natural, al igual que la capacidad poética[4], antes que resultado del estudio. Al presentar de este modo la elocuencia, la disocia de los otros dos elementos en discusión, sobre todo, del saber, como en el modelo platónico, que le niega a la retórica sofística su condición de saber técnico.
En la historia de la filosofía, la retórica y la poética quedan asociadas una y otra vez con factores ininteligibles, como las condiciones naturales, que redundan en su dificultad o imposibilidad de ser estudiadas y analizadas. En Apología de Sócrates (22c), por volver a un ejemplo antiguo, Sócrates argumenta que los poetas no componen en virtud de la sabiduría (sophia), sino por naturaleza (physis) y en estado de “entusiasmo”. La visión de Longino en Sobre lo sublime, de gran influencia en la era moderna, enaltece las condiciones naturales (en poesía y oratoria), si bien deja lugar para la necesidad de cultivar la naturaleza excepcional mediante el arte técnico. También este tratado abre camino para concepciones neoclásicas y luego románticas del genio natural; expulsa del terreno de la retórica sublime el campo de la “invención”, librada así tan solo a las condiciones creadoras de una naturaleza excelsa, y reduce el saber disciplinar al plano elocutivo (lexis) con un consecuente proceso de simplificación. En los compendios antiguos, como el aristotélico y luego las retóricas latinas, en cambio, la dicción aparece integrada y bien articulada con el aspecto ideativo y el ordenamiento estructural, relación que se debilita en la retórica estilística. En su proceso de “literaturización”, el arte retórico tiende a especializarse en el análisis de la expresión verbal, movimiento que aleja la problemática de la invención del campo de la composición discursiva. Los enfoques que limitan, reducen o eliminan planos y dimensiones de la retórica han proliferado de manera recurrente en la historia de la composición, y sus consecuencias llegan hasta la didáctica actual.
Los tratados retóricos sobre dicción, aun con sus limitaciones, han proporcionado minuciosos análisis sobre el uso de la palabra en la producción discursiva. Los estudios elocutivos, presentes tanto en abordajes circunscriptos al plano estilístico como en tratados generales, indagan las virtudes del estilo y, entre ellas, ponderan la claridad, la corrección idiomática y la adecuación; también distinguen entre distintos estilos, pertinentes para diversas temáticas, como el llano, el medio y el elevado. Acorde con su orientación hacia enfoques complejos, aun cuando se limite a la dimensión específica de la expresión, la retórica estilística enseña a emplear un estilo adecuado para cada caso, que tiene en cuenta diversos aspectos del problema: por ejemplo, el plano léxico y fraseológico (p. ej. selección de expresiones literales o figuradas), sintáctico (p. ej. sintaxis suelta o trabada), rítmico.
El discurso literario se nutre, por su parte, de los saberes de la retórica, especialmente de los estilísticos, pero también de su concepción técnica general, que irradia su influencia hacia la discursividad en su conjunto. En las últimas décadas del siglo V a. C. y comienzos del IV, bajo la influencia de la retórica sofística, las comedias de Aristófanes, por ejemplo –que exaltan la destreza técnica, la inventiva del comediógrafo y su función como consejero político–, permiten detectar una visión más autónoma del poeta respecto de fuerzas extrahumanas que la tradición homérica, soberanía plena sobre la elección de sus temas, sus recursos de estilo, sus blancos de ataque e intenciones manifiestas de participar abiertamente en el debate político contemporáneo. Por su parte, en el siglo IV a. C., la Poética de Aristóteles también incorpora de manera expresa el discurso literario en el terreno del saber técnico productivo y lo desliga del plano de lo ininteligible, lo irracional, lo meramente natural o práctico. Pero los factores ininteligibles retornan una y otra vez a la literatura (y a la retórica) en obras como Sobre lo sublime, y siguen su curso hacia la modernidad.
Durante el medioevo, la retórica religiosa, que funde la tradición clásica con la judeocristiana, refuerza la perspectiva asistemática y deja de lado el campo de la invención, que reposa ahora, en forma pasiva, sobre un contenido dado e incuestionable, la palabra divina. En los tiempos modernos, la retórica experimenta modos de recepción diversa, incluso en una misma corriente de pensamiento. Dentro del empirismo, Hume, por ejemplo, valoriza la disciplina en su ensayo De la elocuencia (1743) y critica la pobreza oratoria de sus contemporáneos y su falta de saberes técnicos: “… sus discursos improvisados les han llevado a rechazar todo orden y método, que la argumentación tanto requiere y sin los que difícilmente es posible conseguir en la mente la plena convicción” (Hume, 2011: 127)[5]. Estas observaciones de Hume parecen ofrecer registro de visiones y prácticas asistemáticas en la oratoria de su época. Por su parte, otros empiristas como Locke, sin tener en cuenta los varios estilos que analiza la retórica (llano, medio, elevado), la asimilan tan solo con la dicción amanerada, el lenguaje figurado y engañoso, y la desacreditan como instrumento válido para la expresión del conocimiento[6]. De esta forma, la ciencia y la filosofía moderna reclaman formas estilísticas especializadas para la escritura científica; especialización que en realidad no implica nada radicalmente nuevo respecto de los propios preceptos de la retórica, sino que tiene base en la propia disciplina, que diferencia entre estilos diversos para diversas temáticas y objetivos y toma en consideración, además, las especificidades de los géneros discursivos. Más adelante, desde la literatura y el pensamiento estético, algunas corrientes del Romanticismo desacreditan la tecnicidad de la retórica en favor de la libertad expresiva y de modos de producción asistemática. Estas vertientes románticas se centran en el discurso de tipo literario, ámbito que permite un alto grado de flexibilidad temática y formal; pero ellas inciden, sin duda, sobre el conjunto de la discursividad en la medida en que el pensamiento estético-poético, y también el retórico, han ejercido históricamente una extendida y marcada influencia sobre tipologías diversas.
La indagación de representaciones sobre la composición en la Antigüedad clásica arroja, en suma, nociones que tienen vigencia en formulaciones posteriores y que van a impactar en concepciones y didácticas contemporáneas. Hemos visto que las perspectivas de orientación asistemática suelen nuclear una serie de ideas: desde la injerencia divina de Homero hasta la posesión completa (entheos) de Platón; además, el filósofo conecta la posesión o “inspiración” que domina el quehacer del poeta con otra serie de nociones vinculadas, como la locura divina (mania) y la naturaleza (physis); para la composición retórica, de tipo sofístico, destina los términos “experiencia” (empeiria) y “rutina” (tribe); y reduce ambas actividades discursivas (retórica y poética) a la irracionalidad (alogos) y a la ausencia de saberes técnicos. Aristóteles, por su parte, emplea un entramado de vocablos para remitir a prácticas compositivas desvinculadas de la técnica: “costumbre” (synetheia), mecanismos “espontáneos” (automatos), “azar” (tyche)[7]. En contraposición, las visiones de orientación sistemática griegas, como la tradición sofística, isocrática y los propios tratados aristotélicos, ponen en primer plano el saber técnico (techne) o el conocimiento (episteme)[8], la formación (paideia, paideusis), la razón (logos), la producción (poiesis) y un conjunto de conceptos específicos (p. ej. “género”, “pensamiento”, “dicción”, “ordenamiento” y sus respectivos recursos). Todas estas nociones griegas de cariz asistemático y sistemático, entre otras, son retomadas a su vez por autores latinos y tienen derivaciones diversas en la tradición compositiva occidental, que suma nuevos conceptos, con sus particularidades, pero que sigue en algunos puntos las mismas macroorientaciones. Dentro de las corrientes sistemáticas, la retórica clásica representa un hito fundacional, que sienta las bases para la construcción de un saber compositivo complejo que conjuga el plano procedural, genérico (ideativo y formal) y la dimensión, a la vez, agentiva individual y social de la composición.
Llegados a este punto, y luego de repasar concepciones nodales del ideario retórico clásico, conviene realizar algunas precisiones y distinciones terminológicas. Para denominar estas dos grandes orientaciones históricas, hemos empleado, a modo de hiperónimos, las expresiones “corrientes sistemáticas” y “asistemáticas” por una serie de motivos de peso. Hemos descartado algunas nomenclaturas generales: por ejemplo, el rótulo de teorías “románticas” (o “neorrománticas”), que hacen referencia a visiones desintelectualizadas de la composición, y que suelen contraponerse con las denominadas teorías “clásicas” (o “neoclásicas”), términos utilizados a veces en algunos estudios, pero que tienen connotaciones distintas a las que proponemos en este trabajo[9]. Las teorías que hemos calificado de asistemáticas exceden el Romanticismo y entroncan con una raigambre antigua, que explica en parte su persistencia. El Romanticismo posee, en cambio, una datación bien precisa, situado en la cultura burguesa decimonónica, y rasgos particulares, que dejan también su huella en la tradición compositiva. Algunas tendencias del movimiento romántico valoran especialmente la libre expresión del individuo, visión anclada en el ideario liberal, y tienden a opacar la existencia de saberes subyacentes sobre la composición y a relegarlos al terreno de lo ininteligible[10]. En este sentido, representan una manifestación particular de las orientaciones asistemáticas, concepción que hemos concebido de carácter mucho más amplio. Por lo tanto, la nomenclatura de corrientes “románticas”, que muchas veces remite a visiones irracionalistas o desintelectualizadas de la escritura, resulta inexacta para nuestro enfoque, que parte de fuentes antiguas; también, es inadecuada su contraparte, el rótulo de tendencias “clásicas” o “neoclásicas”, que se emplea a veces para nominar abordajes vinculados con la retórica, ya que entendemos que tanto las perspectivas sistemáticas como las asistemáticas están presentes de manera embrionaria en la Antigüedad preclásica, en Homero, se teorizan ambas en el período clásico, en pugna unas con otras, sobre todo, en la filosofía de Platón y Aristóteles; tienen diversas manifestaciones, derivaciones y desarrollos que atraviesan la historia de la composición occidental –muy heterogéneos entre sí y moldeados por condicionamientos históricos, culturales, ideológicos propios de cada espacio y período, pero que comparten algunos lineamientos generales–, y muchas de sus ideas impactan finalmente en teorías composicionales del siglo XX.
Por otra parte, la simple distinción entre teorías retóricas y poéticas “técnicas”, por un lado, y teorías fundadas en la noción de “inspiración”, por otro, también resulta insuficiente para nuestro trabajo porque las visiones asistemáticas, tal cual las entendemos, incluyen la idea de la “inspiración” (mágica, religiosa o laicizada), entre otras (p. ej. naturaleza, genio, mera praxis, etc.), pero no se reducen a ella, nociones que en el mundo griego y a lo largo del tiempo orientan cada una, con sus matices distintivos, la balanza hacia concepciones que enfatizan el costado ininteligible de la producción discursiva de cualquier género que sea. Conjuntamente, y por motivos equivalentes, también resulta limitada la mera confrontación entre teorías “técnicas” y teorías asentadas en el concepto de “naturaleza”, que también potencia factores inextricables. Rechazamos, finalmente, clasificaciones que provienen del campo de la teoría estética, por ejemplo, la oposición entre teorías estéticas “psicológicas” versus “textuales” (Stanco, 2007), que asumen significados distintos a los que proponemos en este estudio y que pueden opacar en cierto modo el análisis[11]. En definitiva, el par conceptual sistemático/asistemático permite dar cuenta de la longeva coexistencia, del profundo arraigo y de la ancestral confrontación en la que se desarrollan estas dos macroorientaciones, históricamente construidas, y la pervivencia de algunas de sus ideas en el tiempo, bajo diversas y renovadas formas. Además, ambas atraviesan no solo el devenir histórico de la composición, sino también representaciones ligadas a diferentes tipologías discursivas (p. ej. literarias y retóricas), y permiten, por ende, arribar a cierta mirada global del fenómeno, más allá de las particularidades de los distintos géneros.
Finalmente, podemos destacar un último punto relevante de las perspectivas de orientación sistemática. Si la retórica tiene como uno de sus aspectos fundamentales su carácter metódico enseñable, eso no significa que la consolidación de la disciplina en la Antigüedad haya favorecido, de hecho, el acceso generalizado a sus saberes en la Atenas clásica. Los sofistas cobraban sus lecciones, y también la escuela de Isócrates era paga (Marrou, 1985 [1971]: 114); además, es bien sabido que la ciudadanía ateniense excluía a esclavos, mujeres y extranjeros. Solo los ciudadanos atenienses varones podían participar en la asamblea, donde circulaba el discurso deliberativo; y si bien todo ciudadano tenía derecho a intervenir en ella, tan solo unos pocos oradores concentraban el uso de la palabra pública (Pernot, 2016 [2000]: 62-63)[12]. En definitiva, en la Grecia clásica, en el marco de una sociedad esclavista y de clases, no solo el dominio de la literacidad básica[13], sino también, aún más, el aprendizaje de sofisticadas técnicas de composición retórica e, incluso, la posibilidad de asistir y de participar en los espacios donde circulaba el discurso público persuasivo (la asamblea, los tribunales, el teatro)[14], se encontraban limitados por factores de clase, de género y de extranjería. La revisión histórica del nacimiento del campo sistematizado de la composición discursiva incluye, dentro de sus características salientes, la exclusión de las mayorías, desde el momento mismo de su surgimiento. Si bien las teorías sistemáticas inauguran la posibilidad de explorar los mecanismos compositivos y de enseñarlos, y constituyen un avance respecto de las visiones asistemáticas antiguas –que minan el desarrollo de una disciplina y didáctica específica–, la persistencia de estas últimas, sumadas a las propias restricciones de acceso a las enseñanzas retóricas y la consecuente monopolización de sus conocimientos, ha impedido desde antiguo la apropiación generalizada de saberes discursivos. También es preciso notar la pervivencia de ciertos factores de cuño ininteligible en las propias visiones sistemáticas, por ejemplo, el requerimiento de contar con ciertas condiciones naturales, virtudes innatas generalmente asociadas a las clases dominantes. Los considerados mejor dotados por naturaleza han sido tradicionalmente los nobles o aquellos individuos pertenecientes a sectores acomodados, visión que solapa sus privilegios de clase para acceder a bienes materiales y simbólicos.
El acceso restringido en la cultura griega a las técnicas compositivas retóricas y, en definitiva, a la literacidad avanzada y a la palabra pública se mantiene como una constante en la historia de la composición oral y escrita. Durante la República romana, por ejemplo, el discurso público circula en los tribunales, en el Senado, en la asamblea, pero la palabra se concentra en un número reducido de oradores profesionales (Kennedy, 1999: 25). En la Edad Media, la retórica se desarrolla, entre sus ámbitos privilegiados, en el espacio circunspecto de la iglesia[15] y se fusiona, además, con la discursividad judeocristiana, que limita el campo de la inventio y que asume visiones mistificadas de la producción discursiva. La modernidad amplía la difusión de la cultura letrada, entre otros factores por la creación de la imprenta, pero el dominio más extendido de la literacidad debe esperar todavía al desarrollo de las sociedades contemporáneas. Con el avance del carácter obligatorio de la educación, en sus distintos niveles, los procesos alfabetizadores –desde la alfabetización inicial básica hasta la superior– cobran mayor alcance. Sin embargo, el acceso a la alfabetización de nivel avanzado continúa siendo limitado, especialmente por factores de clase, además de las propias limitaciones que pueden surgir de algunas concepciones y pedagogías de la composición escrita.
Las dificultades de acceso se hacen evidentes por las frecuentes “crisis de literacidad”[16], que registran incluso las sociedades más ricas, que incluyen además inequidades en su seno. Sin duda, los problemas que impiden el dominio generalizado de una literacidad que supere niveles elementales no pueden reducirse a cuestiones de representaciones ni de métodos, ni en la Antigüedad clásica ni en las sociedades contemporáneas, sino que reproducen desigualdades de clase. El hecho de considerar los requisitos para el desarrollo de la oratoria y de la escritura de manera abstracta (p. ej. contar con dotes naturales y dominar la doctrina y la práctica), al modo isocrático, sin tener en cuenta condicionamientos de clase ni limitaciones materiales, también constituye en parte una herencia antigua, negativa en este caso, con raigambre lejana en la retórica griega y en su abordaje de la enseñanza de la composición, pensada para los sectores dominantes y dirigida a su formación.
En nuestras sociedades capitalistas actuales, el desarrollo de competencias avanzadas de lectura y escritura –capaces de sobrepasar la alfabetización básica, alcanzar los niveles requeridos por la educación superior y producir además formas de comprensión y de producción críticas– resulta problemático por multiplicidad de factores que abarcan, como subrayamos, desde los condicionamientos y las restricciones materiales, en primer orden, que afectan tanto a estudiantes como a docentes (niveles de pobreza estructural del estudiantado, bajos salarios docentes, sobrecarga laboral, clases superpobladas, precariedad edilicia, etc.), hasta los criterios pedagógicos. En este último plano, las representaciones y las pedagogías de la composición inciden, como un factor más –que no es siquiera el más determinante–, en las posibilidades de un sujeto para llegar a un pleno desarrollo de la discursividad, sobre todo de aquellos individuos que cuentan con entornos y condiciones más desfavorables. Las teorías composicionales antiguas y las contemporáneas han aportado elementos valorables al campo, pero se observa, conjuntamente, también una tendencia, históricamente arraigada, a la sobresimplificación del proceso de producción textual y de sus saberes subyacentes, que produce efectos limitantes en las didácticas de la escritura y que demanda un análisis crítico, histórico e ideológico de concepciones actuales.
- Utilizamos la traducción de la edición bilingüe de Ayala (1966).↵
- Desarrollamos este punto en la tercera parte del libro.↵
- En la misma línea, Berlin (1982: 767) considera que en el enfoque aristotélico el lenguaje sirve como un medio no problemático del discurso para comunicar la realidad. Por su parte, Crowley y Hawhee (2004: 30) entienden que Aristóteles suscribe en Retórica la teoría representativa del lenguaje: la expresión es secundaria a la sustancia del argumento y puede expresar el pensamiento de manera transparente.↵
- Señala Descartes en su primera parte del Discurso del método (1637): “Estimaba mucho la elocuencia, y estaba enamorado de la poesía; mas pensaba que una y otra eran antes dones del ingenio que frutos del estudio” (2018: 36-37).↵
- El ensayo de Hume muestra también resonancias del tratado de Longino al que cita expresamente (Hume, 2011: 120).↵
- Según la postura de Locke, el adorno resulta aceptable para el uso civil de la lengua y la oratoria, que busca placer y halago, pero la lengua del conocimiento debe evitar, entre otros vicios, el lenguaje figurado: “… todo el arte retórico, exceptuando el orden y la claridad, todas las aplicaciones artificiosas y figuradas de las palabras que ha inventado la elocuencia, no sirven sino para insinuar ideas equivocadas, mover las pasiones y para seducir así al juicio, de manera que en verdad no es sino superchería” (Locke, 2005: 503). ↵
- Véanse, por ejemplo, la Retórica de Aristóteles (1354a 7-12) o Sobre la composición literaria (22), de Dioniso de Halicarnaso (capítulo 2). ↵
- Véase, por ejemplo, la visión del Gorgias platónico (449d-e, 450b) o Contra los sofistas (16), de Isócrates (capítulo 2).↵
- Young (1980), por ejemplo, analiza distintas teorías compositivas contemporáneas que se centran en la invención y que consideran que el proceso básico de la escritura es el descubrimiento. En el marco particular de estas teorías focalizadas en la inventio, distingue la línea que denomina “neorromántica”, que entiende la composición como un acto misterioso y el arte como glamour, como magia. Por otro lado, ubica la línea “neoclásica”, que concibe la composición como arte técnico, como gramática y que, al modo aristotélico, busca determinar procedimientos heurísticos para la generación de ideas en el terreno de la inventio.↵
- Véase nota 20 del capítulo 1.↵
- Stanco (2007) analiza continuidades en el terreno particular de las teorías estéticas con el eje puesto en torno a la noción de “forma”. La perspectiva psicológica, de origen platónico y, sobre todo neoplatónico, se concentra en la forma mental que se configura en la psique del artista antes que en su materialización; se focaliza en la forma ideal, inalcanzable de belleza y se despreocupa del contenido y la técnica. Se conecta con la teoría de las ideas de Platón, pero se encuentra mejor formulada en la concepción neoplatónica, que desprecia el producto artístico final para poner el acento en la concepción mental previa del artista. Esta perspectiva, según Stanco, encuentra derivaciones antiguas, por ejemplo, en Cicerón (El orador, II, 8-9) y, en el mundo moderno, en el Romanticismo. Por el contrario, la perspectiva denominada “textual” se concentra en el producto artístico terminado, resalta la importancia de aspectos formales estructurales y se asienta en la visión aristotélica, que toma en cuenta la combinación de forma y materia. Esta nomenclatura de Stanco enfatiza la noción de “forma” (mental vs. terminada) y tiene, por ende, connotaciones y derivaciones diferentes a nuestro enfoque. ↵
- En el marco de la asamblea ciudadana, la palabra pública se encuentra monopolizada por sectores acomodados: se destacan oradores políticos que pertenecen a la aristocracia, como Pericles, o bien oradores que se habrían enriquecido por actividades manufactureras o comerciales, como Cleón, si bien no hay testimonios concluyentes respecto a la riqueza de su familia (Connor, 1992 [1971]). Por su parte, la clientela de los sofistas pertenecía a sectores acomodados o ricos (Rodríguez Adrados, 1966: 203; Marrou, 1985 [1971]: 72). Véase p. ej. Protágoras, 313b, 314d, 316b, 326c. De Ste Croix (1981) señala que las clases dirigentes de los estados griegos, y también de Roma, estuvieron conformadas sobre todo por terratenientes. ↵
- La alfabetización en la Atenas clásica, según hipotetiza Harris (1989: 102), “se limitaba a los varones de la clase hoplita y superior, junto con un cierto número de artesanos en ocupaciones en las que la escritura era especialmente útil, un pequeño porcentaje de esclavos y muy pocas mujeres”. En la clase acomodada, Harris (1989: 103) sostiene que “prácticamente todos los varones debían saber leer y escribir, aunque esta alfabetización pudo haberse vuelto más fluida durante los siglos V y IV”. La alfabetización avanzada que impartían los sofistas, que supera el dominio básico de la escritura e implica el manejo de capacidades compositivas complejas, se concentraba en sectores con capacidad económica para costear su formación.↵
- La retórica impregna también los parlamentos de los personajes de la tragedia y de la comedia. Según la opinión dominante, la composición del público que asistía a los festivales teatrales era prácticamente idéntica a la de la asamblea. Un matiz diferente alega Sommerstein (1998), quien argumenta que el público del teatro sería de carácter más restringido porque el costo de la entrada limitaría el acceso. Por otra parte, en cuanto a la presencia de mujeres en los festivales teatrales, Henderson (1991) sostiene que ningún testimonio antiguo confirma que las mujeres estuvieran exentas de participar en la representación y entiende que quizás algunas pudieran asistir en ciertas condiciones. Sin embargo, esta postura es meramente conjetural y, en todo caso, su asistencia sería minoritaria.↵
- Grabe y Kaplan (2014 [1996]: 8) señalan que en la historia de Occidente la literacidad se ha encontrado ampliamente restringida, “ligada a la iglesia, al estado o a necesidades económicas, y a prácticas particulares en contextos particulares”. Al respecto, véanse Goody (1987), Graff (1991 [1987]), Lyons (2012 [2010]).↵
- Volvemos sobre este punto en el capítulo 5.↵






