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La tarea de la crítica: lo que reúne y lo que hace explotar

I. Una pregunta por el tiempo

¿Usted qué quiso decir?

No sé, quise decir el poema

Leónidas Lamborghini, Mescolanza

 

Este trabajo, como todo acto de escritura, puede leerse como una instantánea. Una fotografía del pensamiento y, en ese sentido, un preciso encuadre que es preciso reencuadrar. Es, quizás más que los anteriores, un documento vivo, en movimiento pese a la primera quietud de la letra impresa, que contiene el trabajo de varios años pero también el estado de unas preguntas que están a modo de obsesiones inconclusas o, con más piedad, a modo de horizonte para el pensamiento y para la escritura. La pregunta central, en esa dirección, la pregunta que viene, es por los modos en que se configuran cuerpos y materialidades en relación a determinadas formas de entender la temporalidad.

El punto de partida epistémico de este trabajo es la ontología sociocorporal desarrollada por la filósofa norteamericana Judith Butler en los últimos quince años. A partir de allí, de esa articulación de los modos del conocer, es que puede intentarse este ejercicio imaginativo que consiste en darse a la tarea de ensayar otras figuraciones temporales.

El precedente más cercano de este trabajo, es la Tesis de Maestría en Comunicación y Cultura Contemporánea, CEA, UNC, defendida en 2016 en la Ciudad de Córdoba. Hacerse humanos, estar en este tiempo. Enmarcar el marco como tarea de una comunicación crítica propuso reflexionar acerca de los marcos que hacen inteligible lo humano, que circunscriben normativamente unas cualidades específicas para delimitar lo humano, al tiempo que configuran un territorio y unas cualidades también particulares para aquello que será considerado inhumano, su exterior no radical sino constitutivo. Uno de los marcos decisivos a partir del cual se configura esa noción de humanidad es la presunción, basada en una narrativa progresista, de estar compartiendo un tiempo con unas características sustantivas, y la consiguiente afirmación de no contemporaneidad como signo de no pertenencia. Fue la ontología social –rastreable en el último período de la obra de Butler– como punto de partida epistémico de la tesis, la que nos permitió pensar tanto en el funcionamiento y reproducción de estos marcos como en la posibilidad de su desestabilización. Bajo estos presupuestos teórico-filosóficos, nos propusimos pensar en la posibilidad de una tarea comunicacional, la de enmarcar el marco, es decir, los modos en que esas matrices que modelan lo inteligible como humano se fisuran, dando lugar a versiones desmarcadas, minoritarias de la norma, que pueden o no sostenerse.

Este último criterio, la pertenencia a este tiempo como base cultural homogénea según la cual se delimita esa frontera siempre amenazada y amenazante, es lo que nos interesa desarrollar y profundizar en el marco de la tesis doctoral, desde un punto de vista novedoso para el desarrollo de la propia investigación: la violencia interrogada desde sus marcos temporales.

Esta nueva pregunta supone un doble movimiento para el cual la Tesis de Maestría es, esencialmente, el punto de partida teórico y metodológico a partir del cual las nuevas interrogaciones pueden ser formuladas. Si el trabajo anterior se dedicó a un abordaje crítico de las temporalidades y humanidades consecuentemente normalizadas, es a partir de esa crítica que el trabajo propuesto aquí busca pensar en otras figuraciones temporales, disruptivas, como un reverso de ese ejercicio crítico.

En tiempos como éstos, cuando se reclama como un mantra dejar atrás el pasado –pero atrás de qué–, no volver al pasado –casi como una dislocada figuración del significante nunca más–, rehabilitar figuras temporales inactuales, viejas, anacrónicas, implica ciertamente un gesto de interrupción radical. Porque lo que nos interesa finalmente es una relación crítica con las normas, allí donde el tiempo se convierte en uno de los horizontes normativos que más modelan aquello que un cuerpo puede y, sobre todo, cómo lo puede. Los marcos temporales de la violencia entonces, están pensados tanto en su aspecto restrictivo –la violencia normativa– como en su aspecto habilitante –el espacio que en esa misma violencia se abre para contestar esas normas–. La ventaja teórica de este trabajo no pivotea entre las posibilidades de una biopolítica afirmativa y negativa, esos binomios estructurantes. Antes bien, la reflexión en términos de matrices o marcos es ese pensamiento de la intersección que permite abordar el reparto de lo sensible y de lo afectable mediante el cual unas vidas cuentan más que otras. Ese reparto, sin embargo, por la lógica misma de la reproductibilidad de los marcos, puede fallar, y de hecho falla. En esa reproducción siempre fallada, siempre por fallar, es donde puede advertirse la complejidad de aquello que Butler entendía como versiones minoritarias de la norma, de esas corporalidades que habitan temporalidades heterogéneas y discontinuas.

Una de las primeras dificultades con las que di al llevar adelante esta tesis, fue la equivocidad de la noción de tiempo. Desde las filosofías y teologías de la historia, la fenomenología, pasando por la historiografía crítica, hasta el coaching que promete ayudarte a gestionar el tiempo, la noción parece nombrar casi cualquier cosa. Es cierto que podría haber resuelto ese equívoco en una definición, y de hecho buena parte de este trabajo consiste en darle especificidad y productividad a esta noción. Pero hay un lugar donde el equívoco persiste, y no depende de los esfuerzos de esclarecimiento desandar la confusión. Porque si la categoría es disputable y apropiable por las disciplinas más diversas, es porque lo que nombra contiene una opacidad –y una potencia– radical. Es por eso que, sin abandonar la tarea de especificar el lenguaje, conviene seguir considerando al tiempo –al nombre y a aquello que nombra– como un lugar de contestación y un lugar de disputa. O, más precisamente, como la disputa por el lugar. Pensar al tiempo en términos de filosofías, de teologías incluso, de la historia, es ciertamente una modulación del problema, una formulación, una manera de pensarlo, y la problematización del tiempo que aquí se intenta ingresa por momentos a esas discusiones, aunque no se dirime en ese campo. Ahora bien, ¿en cuál se dirime, entonces? En la intersección. En esa extraña tensión, dialéctica en suspenso, en donde el tiempo no es ni realidad objetiva ni experiencia subjetiva. Porque teniendo a la ontología sociocorporal como punto de partida –esa ontología que dice que hay un ser del cuerpo, y que ese ser es vulnerable pero es, además, siempre fuera de sí, siempre en alianza– el binomio sujeto-objeto pierde peso, con lo cual la distinción entre un tiempo propio y un tiempo que está allá afuera no hace sentido. Porque, si, con Sara Ahmed, pensamos los afectos o, mejor, las emociones, en esa localización que proponen, cada vez, y que no está ni dentro del sujeto ni fuera de él, pues qué sentido tiene hablar del tiempo por una parte, y de nuestro tiempo por la otra, si el tiempo, es ya siempre un tiempo que está moldeando o enmarcando la experiencia, y si la experiencia del tiempo, no sucede al margen de unas ideas de tiempo más o menos sustantivas siempre en pugna. El tiempo es entendido entonces aquí en tanto que marco, lo cual quiere decir, como se sigue de la argumentación de esta tesis, que el tiempo está pensado en tanto uno de los horizontes normativos que enmarcan las posibilidades para lo humano y su reverso. Horizontes normativos que se reproducen para sobrevivir, y que en esa reproducción siempre pueden fallar. Cuando decimos marcos temporales, entonces, no solo estamos considerando al tiempo en tanto que marco sino también al marco en tanto que tiempo. Esto, que parece un odioso juego de palabras, invita a pensar en cómo puede expandirse (¿forzarse?) una categoría –eminentemente espacial, por otra parte– para pensar no solo en marcos de inteligibilidad y por ello de afectabilidad, sino, en ese orden, en marcos temporales, que modelan temporalmente aquello que será considerado como real, y a qué precio.

Los temas recurrentes son también obsesiones existenciales que acompañan buena parte del trayecto. Esta tarea ha sido empujada, además de los motivos teóricos ya expuestos, por un sentimiento de inadecuación radical que siempre me ha acompañado. Haberme sentido siempre fuera de tiempo, anacrónica, antigua, inadecuada temporalmente, como si las reglas de este tiempo no fueran para mí, motivó íntimamente estas preguntas. Y quizás por terca, en lugar de preguntarme qué me faltaba para ser contemporánea, empecé a pensar qué tanto se cifraba en el tiempo, en la temporalidad, en tanto principio de lo inteligible.

2. Una pregunta por la inscripción

Cuando te nombran te convocan, te sacan del lugar

en el que estás para llevarte a otro, desconocido, un

mapa ajeno donde te han llevado esas lenguas.

Eugenia Almeida, La boca de la tormenta

La pregunta teórico-política por la producción diferencial de la vida puede formularse en la tesis según la cual no tod*s cuentan como sujet*s en la vida política contemporánea (Butler, 2010:54). Esta inquietud detenta una prolífica literatura dentro de la cual pueden reconocerse al menos dos variantes: la primera y la más instalada es ciertamente la biopolítica, en el amplio espectro en que esta perspectiva procura pensar el problema (Cf. Lemke, 2011; Castro, 2011). La segunda[1], menos difundida aunque sumamente relevante, es la que aborda la cuestión desde el punto de vista de una ontología socio-corporal.

Esta variante tiene a la filósofa norteamericana Judith Butler como una de sus principales referentes, en diálogo con intelectuales caras a este campo de estudios, como lo son Adriana Cavarero (2007), Athena Athanasiou (2013), Sara Ahmed (2015) y Eve Sedgwick (1998, 2002). Judith Butler, una filósofa a quien puede reconocerse como heredera, es decir, intérprete, de la tradición crítica, y que ha puesto en diálogo las reflexiones sobre la construcción performativa del género y los feminismos posidentitarios, con las preguntas más clásicas de la filosofía política contemporánea. La propia idea de performatividad de género es, esencialmente, una reflexión acerca de la temporalidad. Recordemos sino aquellas palabras del prefacio de El género en disputa donde la autora entendía la performatividad no como un acto único, sino como “una repetición y un ritual que consigue su efecto a través de su naturalización en el contexto de un cuerpo, entendido, hasta cierto punto; como una duración temporal sostenida culturalmente” (2007:17).

Ambas variantes –la tradición biopolítica y la ontología sociocorporal– poseen significativos elementos comunes, el primero de los cuales es su punto de partida epistémico. No hay aquí una analítica represiva del poder: el problema de la producción diferencial de la vida no está pensado entonces desde el punto de vista de lo que excluye sino de lo que produce, o en todo caso, de las intersecciones entre lo que produce y excluye. Por eso es que ambas corrientes pueden considerarse deudoras de la influencia historiográfica y política que tuvo y tiene el clásico texto de 1978 de Michel Foucault (2006), Seguridad, territorio, población. Sin embargo, si tuviéramos que insistir en las distancias entre la variante biopolítica y la variante ontológica, podríamos valernos del juego retórico que proponía Roberto Esposito (2006) para pensar la equivocidad del genitivo. En este sentido, las variantes biopolíticas de mayor circulación –o sus lecturas más difundidas– parecen hacer foco en una política de la vida teniendo a la vida por objeto de la política, y en tal sentido suponiendo para esta relación una lógica unidireccional en donde la política es el sujeto que actúa sobre el objeto vida (lo que ha sido dado en llamar una biopolítica negativa o trágica –Esposito, 2009–). La variante ontológica, en cambio, parece insistir en una política de la vida pensando en la política que la vida efectivamente debe darse (lo que podríamos homologar, solo en este punto, con una biopolítica afirmativa o productiva –Esposito, 2006–).

En Seguridad, Territorio y Población, Foucault no solo se distancia como es característico en su trabajo de una visión reductiva del poder. El paso más allá está dado tanto en la distinción histórico-filosófica de dos formas de gobierno de la vida, como en la imbricación y solapamiento que reconoce el autor entre esas formas de gobierno de la vida denominadas entonces soberanía y gubernamentalidad. Y postular la imbricación entre soberanía y gubernamentalidad depende de unas problematizaciones particulares acerca del tiempo. Por eso es que Butler se interesa por pensar en términos de “Detención indefinida” (2009), haciendo foco en ese carácter ilimitado de la prisión que el gobierno de Estados Unidos aún mantiene en la base naval de Guantánamo, ubicada en la isla de Cuba. Allí, la pretensión de la autora es mostrar el modo en que los mecanismos de gubernamentalidad “son invocados para extender y fortificar formas de soberanía” (2009:84), toda vez que la gubernamentalidad no designa un campo de poder político unitario o causal, sino que se trata de un espacio donde las tácticas y los fines se han vuelto al menos difusos (2009:85). Ambas formas de gobierno, por cierto irreductibles a la ley, implican un pensamiento que sin dejar de ser foucaulteano en su matriz, toma distancia a la hora de formular el problema en términos biopolíticos: pensar en el gobierno de la vida, implica pensar en esas matrices en donde se entrelazan soberanía y gubernamentalidad o bien, en donde los mecanismos de gubernamentalidad posibilitan la aparición de la soberanía, como anacronismo reanimado (Butler, 2009:82). Por eso es que resulta fundamental indagar en las presunciones acerca del tiempo, en los marcos temporales que configuran estas violencias que sin ser reductibles a la ley dependen de ella.

En esta cartografía que buscamos diagramar –y sabiendo que en tal sentido todo mapa excluye su propia representación–, nos detengamos pues en este abordaje que se organiza en torno a una ontología socio-corporal, considerando que tal vez se trate de ese tramo analítico que pedía Esposito entre la biopolítica afirmativa y la negativa, un tramo “capaz de desbloquear el discurso de una forma más articulada y compleja” (Esposito, 2009:20). La particularidad reconocible en esta segunda línea de abordaje, tiene que ver entonces con un modo de pensar la producción diferencial de la vida, que pone el énfasis en las matrices de inteligibilidad mediante las cuales una sociedad puede dejar fuera a buena parte de sí misma, y con las formas en que ese fuera constituye de modo inexorable la pretendida identidad, como una frontera siempre amenazante.

Si el problema de la producción diferencial de la vida no está pensado entonces desde el punto de vista de lo que excluye sino de lo que produce, o más precisamente, decíamos, haciendo foco en las intersecciones entre lo que produce y excluye, es porque quizás finalmente lo humano no sea otra cosa que una intersección entre lo que el poder produce y excluye. Esa zona de intersección implica no solo pensar en los marcos temporales de la violencia normativa que habilitan unas versiones de lo humano, con unas morfologías y unas modalidades determinadas, sino también la exploración de esas temporalidades, dislocaciones o interrupciones que habilitan otras configuraciones subjetivas, otras versiones de lo humano, otras corporalidades mal emplazadas, extemporáneas o no previsibles.

Continuemos, pues, en este ejercicio que pretende avanzar en un orden de generalidad decreciente en la inscripción disciplinar de nuestro tema de trabajo. Desde fines del siglo XIX, si tomáramos la polémica sobre significado y denotación entre Bertrand Russell y Gottlob Frege como fecha de corte, la filosofía occidental y el campo de las humanidades en general, han reconocido variados y fundamentales giros, entre los cuales podemos reconocer desde luego el giro lingüístico, pero también los desvíos que le siguieron, donde podemos encontrar el denominado giro hermenéutico –allí donde la ineludible referencia es el texto de H. G. Gadamer [1975] (1998)–, el giro pragmático –motivo del debate entre Jürgen Habermas y Richard Rorty (Habermas, 1997)–, el giro subjetivo[2], el giro performativo, del cual Butler es parte, y el giro afectivo, específico de los estudios queer. Ahora bien, en esta precaria y pretenciosa genealogía podríamos mencionar otra tendencia, en esa intersección que componen la filosofía política, los estudios de género y los estudios culturales. Hablamos del giro temporal. Si tuviésemos que graficar estas metáforas, no se trata desde luego de que un giro reemplace a otro, sino de una suerte de montaje no necesariamente armónico. Esto quiere decir que además de los ya mencionados desvíos, se produce otro desplazamiento que complejiza la rejilla de análisis, aquel sintagma que Foucault usaba para describir la potencia y el límite de esos dispositivos de saber/poder que tanto ordenaron su analítica y, ciertamente, la nuestra.

Este sintagma está contenido en una de las intervenciones de la historiadora medievalista Carolyn Dinshaw en “Theorizing Queer Temporalities”, esa interesante mesa redonda en formato virtual que organiza Elizabeth Freeman en 2007 y que tendremos ocasión de retomar en el Capítulo IV (Dinshaw et al., 2007:178). Allí, Dinshaw reconoce dos predecesores de ese giro hacia la temporalidad –en este caso de los estudios queer–: los estudios poscoloniales, de una parte, y, de la otra, cierta historiografía crítica en la que reconoce a Ernst Bloch y su idea de la no-contemporaneidad o no-simultaneidad como uno de sus cabales referentes. En este escenario, también la tesis doctoral de Mariela Solana Historia y temporalidad en estudios queer. Implicaciones ontológicas y políticas (2015) constituye un antecedente con el que esta investigación dialoga, a veces conflictivamente. De cualquier modo, disciplinarmente, la problematización de la historia y la temporalidad allí contenida está orientada específicamente hacia los estudios queer.

Este trabajo se inscribe además en una serie de otras intervenciones que pueden ser consideradas como un clima de época, y son aquellas discusiones que buscan contestar las lógicas liberales de autoconstitución y soberanía última del sujeto sobre sí mismo. En tiempos donde priman los relatos de autocreación, autosuperación, y subjetivación a través del mérito, postular, como petición de principio más no como estructura trascendental del ser, la radical exposición, la interdependencia, la vulnerabilidad (aunque sabemos, ya siempre desigualmente distribuida) es un gesto fundamental que supone volver a tender y a pensar lazos. Una reconceptualización, un desplazamiento en el léxico político que, como asegura Beto Canseco (2017), comporta derivaciones éticas ineludibles.

En tal sentido, y en un lugar más próximo, hay en el grupo de investigación “Precarización y Resistencia: el gobierno neoliberal de los cuerpos” (Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba) a cargo de Eduardo Mattio y del que soy parte hace cuatro años, un ámbito de discusiones que ha habilitado entre otras cosas la escritura de tres tesis que pueden considerarse en el mismo tono: la tesis doctoral de Alberto Beto Canseco, luego recogida en libro: Eroticidades precarias: La ontología corporal de Judith Butler (2017), la tesis de Licenciatura de Ianina Moretti, Cuerpos vulnerables, cuerpos posibles. Una aproximación al análisis de la violencia normativa en la ontología social corporal de Judith Butler (2013) y, como precedente directo, mi tesis de Maestría Hacerse humanos, estar en este tiempo. Enmarcar el marco como tarea de una comunicación crítica (2016).

Estar reñidas con la posibilidad y los límites de un sujeto soberano implica, decíamos, volver a pensar y a tender lazos. Pero también, como reverso necesario, deshacerlos. De modo que la pregunta que vuelve a aparecer, la pregunta que no nos deja, es la pregunta por el nosotros. Por los modos en que se tejen las relaciones de proximidad y distancia, y, como cree Butler respecto de una ética de la cohabitación, con la reversibilidad de esos modos. Entonces las relaciones de proximidad y distancia no solo son críticas espacialmente –de modo que no soy próxima solo de mis próximas geográficas, pero tampoco necesariamente de ellas– sino que también son críticas temporalmente –de modo que no soy solo próxima de mis contemporáneas, pero tampoco lo soy necesariamente de ellas–. En la mesa redonda que mencionábamos párrafos atrás, Carolyn Dinshaw reflexiona acerca de la posibilidad de tocar el tiempo, de colapsar el tiempo a través del contacto afectivo entre personas marginalizadas ahora y entonces. La posibilidad de hacer comunidad(es) a través del tiempo. Una experiencia crítica con la norma, en definitiva, si consideramos al tiempo como uno de los horizontes normativos.

Discutir las relaciones de proximidad y distancia nos lleva a preguntarnos tanto por la empatía automática mediante la cual formamos ciertos «nosotras», como por el odio igual de automatizado para con ciertas otras vueltas «otras». De allí que val flores considere en sus ensayos de poética activista interruqciones (2015) que “las dinámicas establecidas a partir de la oposición nosotrxs/otrxs, no expresan un antagonismo estable y primario, sino que es perforado y perforable, abierto a convergencias y articulaciones diversas, con heterogeneidades y disidencias al interior de cada una de ellas” (2017:42). Por eso la tarea crítica es aquella que reúne pero que también hace explotar.

3. Una pregunta por el método

En evidente inversión del título este apartado es, antes que una pregunta por el método, una disquisición que acecha a la tarea del* investigador*, acerca del método como pregunta. La posibilidad de objetivar lo que se hace, o la distancia si se quiere, entre aquello que promete el proyecto de investigación y aquello que efectivamente sucede, si es que hay margen para que algo suceda. Bien, como puede notarse en el índice, la propuesta metodológica ordena el trabajo en dos partes, la primera de las cuales –Capítulos I y II– puede reconocerse como el lugar más analítico y en cierto sentido más exegético de la tesis. La segunda parte –Capítulos III y IV– comporta un ejercicio más propositivo antes que analítico y, en ese sentido, un riesgo. No solo por la postulación de la temporalidad como criterio de configuración de lo humano-inhumano –materia del Capítulo III– sino por la tarea a la que se da el Capítulo IV, de proponer otras figuraciones temporales, como modos de encuadre de la violencia normativa. Metodológicamente, el Capítulo de las Últimas consideraciones es un detenido ejercicio de relecturas y retomas de los cuatro capítulos previos.

La propuesta metodológica se desprende del abordaje teórico, especialmente de las revinculaciones que proponemos establecer entre la violencia normativa y sus marcos temporales en orden a la configuración de lo humano-inhumano, en un ejercicio que, como retomaremos, se va desplazando desde una reflexión anclada en el par humano-inhumano, para centrarse en la reflexión tanto de corporalidades hipernormalizadas como disruptivas. La vinculación con el abordaje teórico pone especial énfasis en desplazarse de esas dicotomías según las cuales o se es humano o se es inhumano, o se es un cuerpo normalizado o se es un cuerpo disruptivo: se trata en cambio de pensar en esas intersecciones que configuran normativamente a los sujetos, a la vez que capaces de contestar esas normas, o de configurar otras, destruibles a su vez.

Se trata de un trabajo conceptual antes que histórico, si bien se vale de la exégesis cronológica, especialmente los últimos quince años de producción de Judith Butler. Aún así, el criterio de trabajo sobre los textos es eminentemente temático y secundariamente cronológico. Así, cuando se trata de pensar en las posibilidades de un cuerpo en tanto agencia resistente, podemos desde ya acudir a los últimos textos de Butler (en coautoría con Athanasiou, 2013; Butler, 2017) pero también valernos de sus primeras hipótesis sobre el tema (2006). En tal sentido el lugar que adquiere la filosofía de Judith Butler en esta tesis es fundamental, aunque no se trate de una reconstrucción exegética.

Una torsión del léxico. En ese esfuerzo que supone la contestación a unas nociones de sujeto delimitado, autocontenido y soberano, nos vemos muchas veces en la dificultad de no hallar lenguaje preciso, pensamiento preciso, para nombrar aquello que queremos. Pensar distinto, conceptualizar distinto, escribir distinto, enrarecer las categorías de pensamiento más elementales, torcerlas, volverlas queer. No se trata de mandatos aunque su forma gramatical así lo sugiera. Se trata en cambio de un trabajo conceptual a la vez que político, o político en tanto que conceptual. Un trabajo que el tema y el problema demandan. Un trabajo relativo, porque no se trata de pensar distinto, así sin más, sino de pensar distinto en relación a determinadas categorías que se vuelven restrictivas o evidentes. Por eso hay un esfuerzo en esta tesis por especificar ciertas torsiones en el léxico, y ese trabajo a veces se logra y otras tantas muestra sus límites. Por eso cuando decimos temporalidad decimos marcos temporales y no tiempo, a secas, para mostrar lo que una reflexión en términos de reproductibilidad puede posibilitar; por eso cuando decimos humano decimos siempre a la vez inhumano –para insistir en lo que comporta que el exterior no sea radical sino constitutivo–, por eso decimos figuración y no imaginación, para presentar y dar lugar a una categoría que está ya trabajada por el tiempo, por los desplazamientos temporales.

Por otra parte, siempre que nos encontramos ante una tesis teórica vale volver a pensar el lugar de la cita. Las citas en tanto objetos de enmascaramiento mímico, según las definía Mariana Dimópulos (2017:62). La cita, dice la autora, como el lugar de la justicia, según lo vieron Walter Benjamin y Karl Kraus a su tiempo (62). Artefactos que presentan de manera cara a este trabajo la relación entre el abordaje teórico y lo que se puede pensar prácticamente. Para Walter Benjamin el montaje de citas fue de hecho el proyecto metodológico del inconcluso Libro de los pasajes (2005), de allí que nos resuene ese lema que se proponía el autor, “desarrollar el arte de citar sin comillas hasta el máximo nivel” (2005:460). Si bien ese no es el método de este trabajo, una tesis teórica hace de las citas, de los pasajes, su materia necesaria y corrompible. Esas citas que, decía Benjamin en Calle de mano única (2014a) funcionan como salteadores de caminos, “que aparecen armados y le quitan al paseante distraído la convicción” (Benjamin, 2014a:112). ¿La convicción de qué? De que el texto viene a refrendar aquello que damos por seguro. La promesa a la vez que la amenaza, otra vez.

El Capítulo I, «Ontología corporal en la filosofía de Judith Butler. La cuestión de lo humano, otra vez», inaugura la primera parte y es fundante en el desarrollo posterior de la tesis. En ese sentido funciona como condición teórica y epistémica de los capítulos posteriores. Se propone reflexionar acerca de los marcos excluyentes de lo humano desde una ontología socio-corporal y consta de tres secciones: 1.1, dedicada a una reconsideración de la materialidad; 1.2, abocada específicamente a la lógica de reproducción y desestabilización de los marcos; 1.3, el análisis de la noción de precariedad como condición compartida de los sujetos y su desigual distribución. La categoría de ontología social, propia del último período de la producción de Butler, es abordada mediante dos procesos críticos fundamentales en su obra. Por una parte, la revisión de la noción de materialidad considerada en tanto procesos de materialización mediante los cuales algo se vuelve inteligible como real. Por la otra, y consecuentemente, la discusión con una concepción de sujeto soberano deudora de una ontología discreta del individuo, de corte liberal. Allí es donde resulta productivo pensar en términos de marcos, especialmente cuando la pregunta es acerca de cómo se establece y estabiliza determinado encuadre, asignando reconocimiento de manera diferencial. En esa estabilización o desestabilización es donde aparece ya la temporalidad como problema.

Una vez establecido en el Capítulo I el léxico con el que pretendemos componer la reflexión, el Capítulo II, «La humanidad enmarcada», tiene el propósito de abordar la cuestión de lo humano desde la ontología socio-corporal, es decir, singularizar la reflexión de lo humano mediante los marcos que la vuelven inteligible, ahondando en la pregunta de cómo alguien cuenta, llega a contar, como humano. Elaboramos entonces una serie de categorías para pensar lo humano circunscrito a sus marcos de inteligibilidad operando a partir del método de la exégesis cuantitativa. A través de la búsqueda bibliográfica seleccionamos al menos diez textos en los que Judith Butler se ocupa de la noción para luego computar las recurrencias donde la cuestión de «lo humano» se tematiza. En función de este recuento, procedimos a su posterior construcción y rearticulación conceptual, es decir, elaboramos ciertas categorías como lugares de acceso que partieron del análisis bibliográfico. Así, el primer apartado (2.1) se dedica a los marcos de inteligibilidad de lo humano; el segundo (2.2) tematiza las alusiones a una morfología determinada como lo paradigmáticamente humano; en el tercero (2.3), se trabaja la relación de lo humano con su reverso o exterior constitutivo (porque también inhumano se llega a ser); el cuarto (2.4) reflexiona acerca de las normas de reconocimiento y reconocibilidad que vuelven a alguien humano; el quinto (2.5) aborda la distinción entre naturaleza y condición humana; y finalmente, el sexto (2.6) se pregunta por las posibilidades que tiene lo humano de fallar, las posibilidades de enmarcar los marcos de lo humano, para desmontar su eficacia. Allí es que cabe una reflexión sobre lo humano en su radical apertura, como aquello que todavía tenemos que conocer. Hay además, una insistencia en este capítulo por desplazarse de la lógica de la inclusión/exclusión a la hora de pensar lo humano, y proponer, en cambio, una reflexión en términos de marcos. Desde la ontología social, en general, y desde el esfuerzo de esta tesis en particular, puede decirse que la oposición inclusión/exclusión –a diferencia de una reflexión en términos de marcos– neutraliza la(s) temporalidad(es), inscritas por cierto en la lógica tanto de la iterabilidad –la lógica de funcionamiento de los marcos– como de la insurrección ontológica –sus posibles fisuras–.

Hasta aquí la primera parte. El Capítulo III, «El tiempo, otro modo de (en)marcar lo humano», se desprende de la reflexión contenida en el Capítulo II, tanto como para inaugurar la segunda parte de la tesis. Esto quiere decir que en el recorrido del capítulo previo la noción de temporalidad fue apareciendo con ineludible recurrencia, de modo que fue en cierto sentido un hallazgo. El tiempo estaba enmarcando lo humano de maneras que había que atender, porque parecía que allí se cifraba el núcleo de las vinculaciones antes intuidas entre la violencia normativa y sus marcos temporales. Por eso, el capítulo intenta pensar la temporalidad como uno de los criterios fundamentales que delimitan lo humano, en dos sentidos específicos, que constituyen las secciones del capítulo: 3.1 lo humano en el tiempo, y 3.2 el tiempo en lo humano. Avanzamos según una metodología similar al Capítulo II en la construcción conceptual aunque trabajando en ese reverso teórico-metodológico que se cifra en esos apartados. El primer apartado retoma del Capítulo II la condición variable de los marcos de inteligibilidad de lo humano, insistiendo en su carácter histórico, y revisando para ello la reflexión que Eduardo Grüner ofrece sobre el lugar del racismo en la conformación de la modernidad capitalista. El segundo, en cambio, insiste en la categoría de temporalidad como marco predominante de lo humano, y presenta la crítica a una narrativa progresista. Allí resulta sumamente productiva tanto la lectura de Walter Benjamin, como la que Judith Butler realiza sobre la crítica de la violencia (2013), abriendo la discusión sobre las diferentes temporalidades, así como la posibilidad de su interrupción.

Si el propósito del capítulo precedente era señalar los puntos fundamentales de una crítica al tiempo como marco de inteligibilidad y afectabilidad de lo humano y su reverso, este Capítulo IV «La temporalidad en cuestión. Otras figuraciones» insiste en la tarea de proponer entonces otras figuraciones temporales una vez que hemos discutido la viabilidad de una noción de tiempo sustantiva, lineal y excluyente moldeando (enmarcando) las posibilidades de lo humano. Para ello, la composición del capítulo respeta la siguiente arquitectura: (4.1) una reflexión introductoria que retoma los núcleos problemáticos que el Capítulo previo deja inconclusos, titulada “Contemporáneas, ¿de quiénes y hasta cuándo?”; luego, y teniendo como punto de partida epistémico a la ontología corporal propuesta por Butler, se ofrece una reflexión sobre la operación de enmarcar el marco (4.2), mencionada en los capítulos previos. Proponemos entonces cuatro figuras temporales en tanto modos de enmarcar el marco: 4.3) anacronismo, 4.4) imagen dialéctica, 4.5) interrupción y 4.6) temporalidad queer. La especificidad viene dada por la noción de figuración, presente en la clásica reflexión de Donna Haraway sobre Sojourner Truth (1992). En la noción de figuración –esa imaginación política– ya está contenida la discusión sobre las temporalidades, el desplazamiento temporal.

En el último capítulo «Hacia una reflexión sobre corporalidad(es). Últimas consideraciones» y a modo de cierre, presentamos las consideraciones finales; consideraciones que no tienen el carácter de un texto conclusivo sino de un ejercicio de retoma y proyección. El capítulo está dividido en cuatro apartados: el primero (1) “Hacia una crítica de los cuerpos posibles” retoma el Capítulo I, al revisar los nudos centrales de la ontología socio-corporal para pensar en un abordaje crítico de los cuerpos; un segundo apartado (2) “¿Es posible abandonar la pregunta por lo humano?” mostrará, retomando el Capítulo II, ese tránsito o esa singularización desde la pregunta por lo humano hacia la pregunta por el cuerpo. El tercer apartado (3) “Fallar hasta en la nostalgia”, retoma del Capítulo III las derivas que comporta pensar al tiempo en tanto que marco normativo, y el cuarto apartado finalmente (4) “Otros cuerpos para el tiempo que viene, otros tiempos para el cuerpo por venir” es una retoma del Capítulo IV y desagrega detenidamente cada una de las figuraciones temporales que proponíamos en el capítulo previo (anacronismo, imagen dialéctica, interrupción y temporalidad queer). Allí pretendemos modular las preguntas acerca de las corporalidades habilitadas desde esta perspectiva temporal dislocada. ¿Podemos hablar de corporalidades anacrónicas, suspendidas, interrumpidas o queer? Si intentamos un pensamiento de la intersección –de modo que no se trata de cuerpos o bien normalizados o bien contestatarios–, ¿de qué modos las figuraciones temporales disruptivas vuelven inteligibles otras corporalidades? ¿La pregunta es formulable solo en términos de cuerpos, o podemos pensar en materialidades extemporáneas?

En resumidas cuentas, los recursos heurísticos mediante los cuales esta tesis avanza (avanzar, ese espectral mandato) pueden sintetizarse del siguiente modo. El Capítulo I está compuesto en un orden de generalidad decreciente desde las categorías más amplias que componen la ontología socio-corporal hasta las más específicas. El Capítulo II compone la categoría de lo humano-inhumano y la desagrega en diferentes criterios computando las recurrencias en la obra butleriana a partir de la exégesis cuantitativa; el Capítulo III está compuesto por esas categorías reversibles como lo son la idea de lo humano en el tiempo y el tiempo en lo humano. El Capítulo IV construye otras figuraciones como modos de encuadre o de reencuadre, y el Capítulo Final implica cuatro retomas conceptuales como puente para nuevos horizontes.

 


Puede resultar una contradicción discutir, impugnar o contestar ciertas figuras temporales como la continuidad, las narrativas progresistas, bajo una idea sustantiva del tiempo y que sin embargo la estructura general de la tesis y el esquema argumentativo del trabajo avance en forma lineal, o secuencial.

La intuición que tengo ante esta dificultad es que cualquiera que haya escrito alguna vez un trabajo de estas características sabe que las cosas no funcionan así de ninguna manera. Es decir, que la estructura del índice es más sistemática que cronológica, y que la presentación tiene más que ver con las exigencias institucionales que con el (im)propio proceso de escritura. Así, contamos no solo con lo acertado de ciertos jingles que se repiten en los talleres metodológicos (“la introducción se escribe al final”) sino con que la propia cronología se modifica o se destruye en el proceso de la escritura, porque el índice de la tesis no es nunca el primer índice de la tesis, sino un índice mediado por las infinitas modificaciones que ese artefacto sufrió (casi un índice hegeliano, podríamos arriesgar) y por eso mismo, el orden en el que escribimos los capítulos difícilmente tenga que ver con el orden en que luego decimos que los escribimos, y así.

Esa intuición –la temporalidad inscrita en el proceso de escritura– no despeja la dificultad, de modo que no deja de resultarme contradictorio venir a contestar determinadas figuras del tiempo sosteniéndome al menos en parte en eso que busco discutir. Entonces quisiera dejarlo escrito, sabiendo que la contradicción no ha de resolverse con su mera exposición, pero sabiendo también que su exposición es un elemento clave en ese proceso.


  1. Podríamos proponer una tercer variante en la que esta inquietud tiene curso, se trata de los debates que en la filosofía política contemporánea cruzan teología y política de acuerdo a la vieja tesis de Carl Schmitt que reconoce una continuidad antes que una ruptura entre los conceptos políticos medievales y modernos. Especialmente, una continuidad en la lógica de poder soberana mediante la cual se configura el estado de excepción que decide sobre la vida. Es en el Tercer Capítulo de su Teología política [1922], donde Schmitt señala su famosa tesis, recogida aquí por Jacob Taubes: “Todos los conceptos plenos de sentido de la doctrina política moderna son conceptos teológicos secularizados. Y no solo por su proveniencia histórica, o sea, porque hayan sido trasladados de la teología a la teoría política, de modo que, por ejemplo, el Dios omnipotente se haya convertido en el legislador omnipotente; sino también en su estructura sistemática, conocer la cual es imprescindible para poder estudiar sociológicamente estos conceptos” (En Taubes, 2007:79-80). Como recuperaciones actuales de esta relación, en la que ciertos autores ubican el problema de esas inclusiones excluyentes, puede señalarse la filosofía de Giorgio Agamben (1998).
  2. La discusión en Argentina tiene un referente ineludible, y es aquel clásico texto de Beatriz Sarlo Tiempo pasado (2005). La autora reconocía entonces una tendencia en expansión en los estudios del pasado y en los estudios culturales del presente, una tendencia presente tanto en la academia como en el mercado de los bienes simbólicos, inclinada a “reconstruir la textura de la vida y de la verdad albergadas en la rememoración de la experiencia, la revaloración de la primera persona como punto de vista, la reivindicación de una dimensión subjetiva” (Sarlo, 2005:22). Esta tendencia, sabemos, no fue leída por Sarlo con sorpresa, sino como “pasos de un programa que se hace explícito, porque hay condiciones ideológicas que lo sostienen. Contemporáneo a lo que se llamó en los años setenta y ochenta el “giro lingüístico”, o acompañándolo muchas veces como su sombra, se ha impuesto al giro subjetivo” (Sarlo, 2005: 22).


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