Mario A. Narváez
Quien va a tomar el sol, se bronceará, aunque no vaya por este motivo; quienes se han detenido en una tienda de perfumes y han permanecido un buen rato arrastran consigo la fragancia del lugar; y quienes han estado en casa de un filósofo es necesario que obtengan alguna ventaja, que puede ser útil incluso a los indiferentes.
Séneca, Epístolas Morales a Lucilio, 1989,
Ep. 108, pp. 296-297
1. Introducción
El presente libro se ocupa de reflexionar sobre algunos mitos que han surgido en el ámbito académico en relación con los conocimientos que allí se imparten. Entre estos conocimientos, uno que se imparte en casi todas las carreras en el ámbito de las ciencias humanas y en algunas de las ciencias naturales es el conocimiento filosófico. Si bien la filosofía y los mitos no se llevan del todo bien, también ella produce algunos mitos, dentro y fuera de la academia. De entre las diversas afirmaciones que se suelen escuchar sobre este conocimiento, hay dos que resultan particularmente dañinas por los malentendidos que generan. Sin embargo, si se las examina con cierto detenimiento, resultan claramente de carácter mitológico, es decir, son ficciones que no coinciden con la realidad.
El primero de estos mitos se refiere a la propia naturaleza de la filosofía. Como suele suceder con los mitos, este mito se presenta de diversas formas. A veces se dice que la filosofía no se puede definir, porque ni los mismos filósofos se ponen de acuerdo sobre su naturaleza. Otras, que la filosofía es una capacidad especial de cuestionar todo. Otras, en fin, que la filosofía es el conocimiento del universo, del ser humano, de la vida, etc. Tal es la confusión presente que es muy difícil clasificar todas las respuestas que se leen o escuchan sobre esta cuestión. Sin embargo, en todas estas definiciones, más allá de sus diferencias, podemos encontrar dos puntos en común, que constituyen, por así decir, “el mito”. Primero, la idea de que la filosofía es un conocimiento diferente en su naturaleza al conocimiento científico y, segundo, la idea de que la filosofía tiene un único objeto.
El otro mito importante en torno a la filosofía se refiere a su utilidad. Aquí las cosas son más claras; se trata básicamente de la idea de que la filosofía no produce un conocimiento útil. Esta es una idea que tanto pueden defender filósofos profesionales con una mirada positiva sobre ella como la gente común con una mirada peyorativa basada en dicha inutilidad. Por otra parte, hay que decir que este es un mito que no solo afecta al conocimiento filosófico, sino también al conocimiento humanístico en general y, en parte, también al conocimiento científico más “duro”. Así pues, si bien nuestra respuesta a este mito se centra en la filosofía, también puede tomarse como una respuesta más general al mito de la inutilidad del conocimiento teórico.
Desde un punto de vista personal, debo decir que el tema me resultó inquietante desde el momento mismo en que comencé mis estudios universitarios en la carrera de Filosofía. En ese tiempo, ante las preguntas comunes y reiteradas de gente conocida –“¿qué es la filosofía? ¿Para qué sirve la filosofía?”– solía quedarme perplejo, en una situación aporética. Como los interlocutores de Sócrates, pero nada menos que desde el comienzo mismo del diálogo. Por ello, agradezco la ocasión que se me presentó para poner por escrito algunas reflexiones llevadas a cabo de manera poco sistemática durante varios años de docencia e investigación en el terreno de la filosofía.
Los dos mitos que trataré aquí están íntimamente relacionados, ya que, si no tenemos una respuesta clara a la pregunta de qué es la filosofía, es evidente que no se podrá saber si es algo útil o no. La procedencia de estos, no obstante, parece ser diferente. El mito de la singularidad y unidad de la filosofía, así como las variadas y vagas respuestas que se dan sobre su naturaleza, parecen provenir del propio ambiente filosófico. En cambio, el mito de su inutilidad se oye más a menudo en ámbitos, académicos o no, en los que predomina la gente que desconoce mucho la naturaleza de este conocimiento.
En el presente capítulo me ocuparé de examinar estas afirmaciones con una mirada crítica. Las dos hipótesis de las que partimos son las siguientes: a) se puede dar una definición de la filosofía recurriendo a la tradición filosófica y b) la filosofía ofrece un conocimiento útil. En la primera parte realizaré una breve comparación entre las opiniones antiguas y modernas con las contemporáneas sobre el significado de la filosofía. Este recorrido nos permitirá contrastar la confusa situación de la definición de filosofía en el siglo XX con la situación inversa que muestra la historia de la filosofía. Para ello tendré en cuenta fundamentalmente la opinión de algunos renombrados filósofos del pasado y del presente. Luego, realizaré un breve desvío en el cual intentaré una posible explicación de este contraste. Este desvío nos permitirá comprender, además, que la definición de filosofía del pasado no ha caducado. Al finalizar, haré una breve síntesis del concepto de filosofía que surge de las definiciones ofrecidas por los filósofos en el pasado.
Una vez que haya respondido a esa cuestión pasaré, en la segunda parte, a examinar la pregunta por la utilidad de la filosofía. En primer lugar, trataré de aclarar el concepto de utilidad siguiendo en parte su uso habitual, pero también agregando algunas observaciones propias del conocimiento filosófico. Luego, veremos si la filosofía contribuye en algo de acuerdo con ese concepto o si es completamente inútil. Por último, presentaré brevemente algunos otros malentendidos que surgen principalmente de una respuesta errónea de la primera cuestión.
2. Definición de la filosofía
Todo el mundo ha escuchado alguna vez la palabra filosofía y tiene alguna idea sobre ella. Quienes tienen algún grado de instrucción suelen conocer la etimología del término, compuesto por las palabras griegas filo y sofia, cuya unión significa ‘amor a la sabiduría’. Sin embargo, suelen haber olvidado la historia que la sustenta y le da sentido, según la cual fue Pitágoras el primero en utilizarlo, según se dice, para diferenciarse de los sabios (sófoi) que pretendían la posesión de la sabiduría, mientras que él, en cuanto “filósofo”, no la poseía, sino que la buscaba. La anécdota agrega que Pitágoras describió a los filósofos diciendo que son quienes vienen a la vida como aquellos que van a los juegos, no para competir en busca de la gloria, ni tampoco para comerciar persiguiendo el lucro, sino solo a observar lo que allí sucede y cómo sucede (Guthrie, 1984, p. 199; Cicerón, 2005, pp. 390 y ss.). Esta anécdota es muy instructiva ya que señala metafóricamente algunas de las características que, como veremos a continuación, sirven para definir al conocimiento filosófico.
Ahora bien, paralelamente al sentido que acompaña a la etimología del término, a veces también se hace un uso más amplio de este, generalmente fuera del ámbito académico, dando lugar a expresiones del tipo: “la filosofía de una empresa”, “la filosofía de un técnico de fútbol”, “la filosofía de una persona en particular”, etc. Es claro que este uso del término se refiere a quien tiene una visión general sobre algo. Siguiendo esta lógica, también se puede llamar “filosofía” a cualquier visión del mundo, “la filosofía de los mitos griegos”, la “filosofía china”, la “filosofía zen”, “la filosofía de Maradona”, etc.
Por último, pasando ahora a considerar qué ocurre con el término en el ámbito académico, es decir, en el lugar donde actualmente se cultiva la filosofía de forma profesional, la situación, como ya he anticipado, es sumamente confusa. Durante el siglo XX parece haber surgido un interés especial por responder a la pregunta: “¿qué es la filosofía?” en el sentido específico del término. Esto es, la filosofía como conocimiento con una tradición que se ha manifestado en los libros escritos por los filósofos y en los libros que cuentan y discuten estos libros. Así, como cualquiera puede comprobar haciendo una búsqueda bibliográfica, han aparecido un gran número de escritos, ya sean libros completos, capítulos o artículos, que abordan específicamente esta cuestión. Sorprendentemente (o no tanto), el panorama que surge examinando apenas algunos pocos de estos escritos es el de un desacuerdo generalizado. Quizá la causa principal de tal desacuerdo sea la falta de una discusión crítica seria que contemple los puntos de vista de los grandes filósofos, así como también el contenido de las teorías filosóficas. Pareciera que quienes han intentado responder a esta pregunta se han guiado por vagas intuiciones más que por una reflexión razonada. Este será nuestro punto de partida. Si bien no realizaremos un examen que agote todas las posiciones, intentaremos, al menos, tomar una muestra que haga patente la diversidad de opiniones.
Podemos comenzar con el famoso filósofo español Ortega y Gasset, quien en sus lecciones sobre ¿Qué es Filosofía? señala que “es hoy la filosofía cosa muy distinta de lo que fue para la generación anterior” (1957, lección I, p. 6). Pero eso no queda allí, unas líneas más adelante define a “la filosofía como ciencia del Universo”. Y continúa, apenas terminada la frase, aclarando que “esta definición, sin ser errónea, puede dejarnos escapar precisamente todo lo que hay de específico, el peculiar dramatismo y el tono de heroicidad intelectual en que la filosofía y sólo la filosofía vive”. Este dramatismo y heroicidad provienen, según Ortega, de la forma particular en que la filosofía, a diferencia de otras formas de conocimiento, se sitúa ante su objeto. Es decir,
el filósofo se sitúa ante su objeto en actitud distinta de todo otro conocedor; el filósofo ignora cuál es su objeto y de él sabe sólo: primero, que no es ninguno de los demás objetos; segundo, que es un objeto integral, que es el auténtico todo, el que no deja nada fuera y, por lo mismo, el único que se basta. (1957, lección III, pp. 34-35)
Con menos pompa y más tino, el filósofo inglés Bertrand Russell nos da dos definiciones diferentes, pero no incompatibles entre sí, de la filosofía. En un breve librito publicado originalmente en 1910, Los principios de la filosofía, señala que, si bien el conocimiento filosófico no es esencialmente diferente del conocimiento científico, lo que lo diferencia “es la crítica”. Es decir, el hecho de que “examina críticamente los principios empleados en la ciencia y en la vida diaria” (1995, p. 127). A lo cual agrega que, de conocerse los principios de la ciencia, tendríamos una visión del universo como un todo, pero hasta el momento ello no ha sido posible. Tampoco los principios de la vida cotidiana, según Russell, han sido alcanzados. Pareciera que aquí se refiere fundamentalmente a principios éticos.
Unos cuantos años después, en su famosa obra Historia de la filosofía occidental, nos ofrece las siguientes reflexiones. “‘Filosofía’ es una palabra que ha sido usada en muchos sentidos, algunos más extensos, otros más estrechos” (Russell, 1946, p. 13, traducción propia). Pero, tal como él mismo entiende el término,
‘Filosofía’ es algo intermedio entre la teología y la ciencia. Como la teología consiste en especulaciones sobre temas en los cuales, hasta ahora, ha sido inalcanzable un conocimiento definido; como la ciencia, sin embargo, este conocimiento apela a la razón antes que a la autoridad. (1946, p. 13, traducción propia)
Así pues, según él, la filosofía es la “tierra de nadie – the No Man’s Land” entre estas dos formas del conocimiento[1]. Esta tierra de nadie está plagada de viejos problemas –el origen del mundo, la naturaleza del alma, el valor de la vida humana en el universo, la naturaleza del bien y del mal, etc.–, problemas que la ciencia no puede responder y que la teología responde con fórmulas dogmáticas que ya no convencen a nadie.
Un poco más cerca del siglo XXI, los franceses Deleuze y Guattari, en un libro dedicado completamente a la cuestión, sin temor a perder el rumbo, giran bruscamente en otra dirección. Según ellos,
El filósofo es el amigo del concepto, está en poder del concepto. Lo que equivale a decir que la filosofía no es un mero arte de formar, inventar o fabricar conceptos, pues los conceptos no son necesariamente formas, inventos o productos. La filosofía, con mayor rigor, es la disciplina que consiste en crear conceptos. (1997, p. 11)
Anticipándose a una obvia objeción, aclaran que la filosofía es la auténtica creadora de conceptos. En efecto, también las ciencias y las artes crean conceptos, pero no “auténticos conceptos”. De este modo, la explicación de qué sea la filosofía deriva, para estos autores, en la explicación de qué sean los conceptos auténticos. Para intentar extraer de aquí una definición de filosofía, el lector debe adentrarse en una tupida selva de palabras y avanzar a tientas por donde rara vez penetra la luz del sentido. Sea como sea, si alguna conclusión podemos entrever, luego de haber apenas asomado la cabeza en tan monstruoso territorio, es que la filosofía parece ser algo de una naturaleza muy diferente a las otras formas de conocimiento científico. Tal es así que, según nuestros autores, ni siquiera las proposiciones filosóficas serían proposiciones en el mismo sentido en el que lo son las proposiciones de la ciencia (Deleuze y Guattari, 1997, p. 28)[2].
A simple vista, y sin ponernos a considerar la exactitud de las definiciones dadas, podemos ver claramente que tales definiciones son muy distintas entre sí. Con un poco de asombro filosófico, uno no podría menos que preguntarse: ¿cómo es que, después de más de dos milenios de existencia de la filosofía, resulta que todavía no se sabe qué es realmente? ¿Y cómo puede ser que se llegue a conclusiones tan diversas? Por otro lado, algo que llama notoriamente la atención es la nula o escasa consideración que estos filósofos han dado a las definiciones del pasado. Si consideran que la filosofía ha cambiado su naturaleza en los últimos años, tampoco han explicado cómo y por qué ha sucedido este fenómeno. ¿Acaso no han definido de manera correcta a la filosofía los filósofos de épocas pasadas? ¿No sabían Platón o Aristóteles qué era la filosofía? ¿O es que, si creían saberlo, estaban equivocados? Dado que los filósofos que hemos mencionado en ningún momento intentan una refutación de las definiciones de filosofía heredadas de la tradición, debemos asumir o un olvido deliberado, vaya a saber uno por qué circunstancias, o bien que han considerado tales definiciones inadecuadas. Si optáramos por la opción más caritativa, es decir, la segunda, podríamos preguntarnos por qué habrían de considerar tales definiciones inadecuadas. Pero eso nos llevaría por un camino más largo que el que podemos recorrer aquí. En cambio, sin demasiado temor a caer en el error, podemos afirmar que, contrariamente a lo que sucede en el siglo XX, los filósofos del pasado sabían qué es la filosofía y no veían allí un gran problema. A lo sumo, pudo haber pequeñas discrepancias acerca de sus partes, pero no más que eso. Para comprobar esta afirmación basta con echar un vistazo a algunas de las caracterizaciones más conocidas conservadas entre las obras clásicas de la Antigüedad.
En el libro segundo de la Metafísica, Aristóteles sostiene que “acertadamente se llama a la filosofía ciencia (episteme) de la verdad. Pues el fin de la ciencia teórica es la verdad como el de la práctica la acción” (Aristóteles, 2000, pp. 153-154). Y, un poco más adelante, agrega: “No podemos conocer la verdad si prescindimos de la causa” (Aristóteles, 2000, pp. 153-154).
Al menos tres características se pueden extraer con claridad de estas afirmaciones aristotélicas. Primero, que la filosofía es ciencia. Más adelante hablaremos de los cambios que ha sufrido el concepto de ciencia y discutiremos brevemente si puede seguir aplicándose con tales modificaciones a la filosofía. No obstante, es claro que, siguiendo el significado original de tal concepto, la filosofía es ciencia. Segundo, que su objetivo es buscar conocimiento verdadero. Tercero, que este es un conocimiento de las causas de las cosas. Cabe aclarar que, para Aristóteles, el hecho de que sea un conocimiento científico, en cuanto nos referimos a la “ciencia teórica”, significa que es un conocimiento demostrativo, es decir, que procede a través de razonamientos o silogismos que parten de principios verdaderos y llegan a conclusiones formalmente verdaderas (Aristóteles, 1995a, p. 316). El resultado es un conocimiento, además de verdadero, necesario (p. 318) y universal (p. 376).
Por último, una cuarta característica que podemos atribuir a la filosofía desde la perspectiva aristotélica surge de una afirmación vertida en otro libro de la Metafísica, el sexto. Allí puede leerse que “Habría entonces tres filosofías teóricas: la matemática, la física y la teología” (Aristóteles, 2000, p. 301). De aquí se desprende, con nitidez, que la filosofía tiene partes, cada una de las cuales se ocupa de un determinado tipo de causas. Cabe aclarar, por lo demás, que la terminología de Aristóteles puede variar y, a veces, denomina sabiduría a la parte de la filosofía que se ocupa de las causas más importantes; otras, la denomina teología o filosofía primera (Ross, 1981, p. 78). Sea como sea, no hay dudas de que el término filosofía se trata de un término referido a múltiples objetos.
Entre ellos debemos incluir también otros que no han sido mencionados hasta ahora, a saber, los objetos de la filosofía práctica. En efecto, aunque Aristóteles al parecer nunca utilizó esa denominación, difundida siglos más tarde, la ciencia que se ocupa de la acción, mencionada en la primera cita, también formaría parte de la filosofía. Es algo que parece estar presupuesto y así lo ha entendido la tradición aristotélica (véase De Aquino, 1988, pars prima, q. 1, art. 4). De este modo, habría una primera gran división de la filosofía en teórica y práctica y luego las partes dentro de cada una de ellas.
Ahora bien, por lo que respecta al conocimiento práctico, se trata del ámbito en el que se ubican las teorías sobre los fines de la acción humana, a saber, la política y la ética. En efecto, Aristóteles comienza su Ética Nicomáquea preguntándose si hay algún fin en vistas del cual hagamos todas nuestras acciones, es decir, un fin último que determine lo bueno y lo mejor. Luego, dando por hecho que lo hay, afirma: “debemos intentar determinar […] cuál es este bien y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Parecería que ha de ser la suprema y directiva en grado sumo. Esta es, en efecto, la política” (Aristóteles, 1995b, p. 12). Ella es la que determina y regula las demás ciencias necesarias para el funcionamiento de las ciudades, tales como la estrategia, la economía o la retórica (Aristóteles, 1995b, pp. 12-13).
En este punto es preciso hacer una aclaración importante sobre el concepto aristotélico de ciencia. Es cierto que, para Aristóteles, la ética y la política no son ciencias en el mismo sentido en que lo son las ciencias teóricas. Pero esto no significa que sea un tipo de conocimiento de naturaleza diferente. Como se suele decir, la diferencia es más bien de grado y se debe a que en el ámbito práctico no se puede esperar el mismo nivel de exactitud. La ciencia teórica alcanza el conocimiento de lo que no puede ser de otra manera, es decir, verdades necesarias, mientras que en el ámbito práctico el conocimiento se refiere siempre a lo que depende de las circunstancias y, por ello, puede ser de un modo o de otro según el caso. Sin embargo, es claro que también aquí se realiza un cierto procedimiento argumentativo que sirve de fundamento a las conclusiones. Aristóteles llama a la facultad del alma capaz de deliberar (boulesis) para alcanzar este conocimiento “prudencia” (frónesis). Se trata, según sus propias palabras, de “un modo de ser (exis) racional verdadero y práctico, respecto de lo que es bueno y malo para el hombre” (Aristóteles, 1995b, p. 155). Así pues, es claro que se trata de un conocimiento racional y causal, puesto que los bienes son las causas finales en relación a las acciones (véase Ross, 1981, pp. 225 y ss.).
Con estas consideraciones quedan expuestos los rasgos principales de la concepción de la filosofía que surgen de los escritos de Aristóteles. Ahora, manteniéndonos en el terreno de la filosofía antigua, consideraré la concepción de los llamados “filósofos estoicos”. Como veremos a continuación, aunque tales filósofos presentaron una filosofía diferente de la aristotélica en cuanto al contenido, compartieron en términos generales la visión de lo que significa la palabra filosofía. Al parecer, no contamos con un fragmento extraído de algún libro perteneciente a algún filósofo estoico griego –la gran mayoría de sus obras se han perdido–, no obstante, podemos remitirnos a un fragmento atribuido a un filósofo de la Antigüedad llamado Aecio, quien supuestamente conoció de primera mano algunos libros estoicos. Su claro resumen de cómo entendieron los estoicos a la filosofía dice lo siguiente:
Los estoicos sostuvieron que la sabiduría (sophia) es conocimiento (epistéme) de cosas divinas y humanas, y que la filosofía es la práctica (áskesis) de una habilidad útil (epitédeios téchné). La virtud sola y en su más alta expresión es utilidad (epitédeion) y las virtudes más genéricas son tres: física, ética y lógica. Esa es la razón de que la filosofía también tenga tres partes: física, ética y lógica. Hacemos física cuando investigamos lo relativo al mundo (kósmos) y a lo que en él está contenido, ética cuando dedicamos nuestro tiempo a la forma de vida humana (anthrópinos bíos), lógica (logikós) cuando lo dedicamos a la argumentación (lógos); y a la lógica también la denominan “dialéctica” (dialektikós). (Aecio, 1, Proemio 2 [SV F I I35; LS 26A; H 1 15], como se citó en Boeri, 2003, p. 60)
El contenido de esta cita coincide en términos generales con lo que sostienen otros historiadores de la Antigüedad sobre la concepción estoica, así como también con algunas expresiones que nos han llegado a través de los libros de los estoicos romanos como Cicerón o Séneca. Tal como afirma el profesor Boeri, esta tripartición de la filosofía, que se inspira en Jenócrates, en Aristóteles y posiblemente en Platón, puede variar en cuanto al orden de prioridades, pero no en cuanto a su idea de sistematicidad. Esto es, algunos estoicos dan prioridad a una u otra parte, pero en general mantienen la necesaria interconexión o interdependencia de ellas (Boeri, 2003, p. 49)[3].
Desde la perspectiva de nuestro análisis, cabe hacer dos observaciones en relación con esta cita. En primer lugar, si bien la filosofía es entendida por los estoicos como una práctica, es evidente que esta práctica se refiere a la búsqueda de conocimiento teórico[4]. Pues, como se afirma luego, cada una de las partes de la filosofía investiga sobre un tema en particular. Además, la palabra griega que se ha traducido aquí por ‘conocimiento’ es episteme, es decir, la misma palabra que en los escritos de Aristóteles se ha traducido generalmente como ‘ciencia’. Así pues, aunque no podemos realizar aquí una discusión más a fondo del asunto, es claro que también se podría traducir aquí episteme por ‘ciencia’. En efecto, también para los estoicos la episteme es un conocimiento de las causas, es un conocimiento que implica certeza o seguridad en relación a la verdad y es un conocimiento que requiere demostración[5]. De modo que la filosofía resultaría ser la práctica que conduce al conocimiento científico, mientras que la posesión de tal conocimiento sería la sabiduría propiamente dicha (es decir, la sofía). Como reconoce Cicerón, esta diferencia entre sabiduría (sofía) y filosofía es más bien una diferencia de palabras y no una diferencia en cuanto al contenido o a la naturaleza del conocimiento[6].
La segunda observación que cabría hacer aquí se refiere a las diferencias en la división general de la filosofía que realizan Aristóteles y los estoicos. Esto es, mientras que Aristóteles realiza una bipartición entre filosofía teórica y filosofía práctica, los estoicos dividen en tres: física, ética y lógica. En primer lugar, es claro que la diferencia señalada no concierne a la idea general de la filosofía que aparece en el primero. Tanto en uno como en otro caso se trata de un conjunto de conocimientos, a los cuales se los considera “ciencia”. Por otro lado, podemos afirmar que tampoco afecta a los temas que caen dentro de esta. Por cierto, la física estoica abarca todos los temas que entran dentro de la filosofía teórica aristotélica. El hecho de que los estoicos no establezcan diferencias entre la física y la teología, por ejemplo, obedece a su particular concepción de la relación entre la divinidad y la naturaleza, pero no a la temática en sí. Por último, tampoco afecta a nuestra equiparación el hecho de que los estoicos consideren a la lógica como una disciplina separada, pues no se trataría de una temática que no se encuentra entre los temas tratados por la filosofía aristotélica. Una razón es que su contenido es más amplio que la propia lógica aristotélica, abarcando además cuestiones epistemológicas, por lo cual gran parte de su contenido correspondería a la filosofía teórica. En segundo lugar, también es controversial el lugar que el propio Aristóteles le asignó a la lógica. Al fin y al cabo, no está del todo claro si la consideraba una ciencia que formaba parte de la filosofía teórica o si solo era una herramienta aplicable a las ciencias, como sugiere el título de Órganon, dado por el comentador Alejandro de Afrodisias a los textos sobre esa temática[7]. Incluso, en este último caso, no resultaría un conocimiento ajeno a la filosofía.
Si damos ahora un gran salto temporal, en los inicios de la época moderna, más de mil años después, podemos constatar que el significado de la palabra filosofía sigue sin ser un gran problema y sin experimentar grandes cambios. Así, a pesar de que la teoría filosófica de Hobbes es muy distinta de la de Aristóteles y en muchos aspectos también lo es de la de los estoicos, su concepción de qué es la filosofía prácticamente se mantiene sin cambios. Para confirmarlo basta remitirse a la primera sección de su tratado Los Elementos de la Filosofía, publicada originalmente en 1655, donde el filósofo inglés define al conocimiento que va a exponer en dicho libro en los siguientes términos:
La filosofía es el conocimiento de los efectos o fenómenos tal como lo adquirimos a través del correcto razonamiento partiendo del conocimiento de sus causas o de su generación; y nuevamente, de tales causas o formas de generarse, pero partiendo primero del conocimiento de sus efectos. (Hobbes, 1837, p. 3, traducción propia)
En el mismo sentido, en el Leviatán, Hobbes opone el conocimiento científico o filosófico al conocimiento histórico, esto es, al conocimiento de los hechos. Por ello, es claro que la ciencia y la filosofía no son, para él, cosas diferentes: “Los registros de la ciencia –afirma– son los libros que contienen las demostraciones de la consecuencia de una afirmación con respecto a otra, y es lo que se llama comúnmente libros de filosofía” (Hobbes, 2005, p. 67).
Por otra parte, aunque hay algunas pequeñas diferencias en los detalles de la división realizada en el Leviatán con respecto a la que encontramos en los Elementos de la Filosofía, en ambas obras la filosofía consta a su vez de dos grandes partes, a saber: la filosofía natural y la filosofía civil o política. La filosofía natural incluye todo el amplio campo de lo que hoy llamaríamos ciencias exactas y naturales e incluso algunas de sus aplicaciones, tales como la arquitectura o la navegación. La filosofía civil, por su parte, se divide en ética y política, ya sea que se ocupe de los asuntos humanos desde la perspectiva del individuo, ya sea que lo haga desde la perspectiva del todo, es decir, de la sociedad (Hobbes, 1837, p. 11, 2005, p. 68).
Así pues, en los albores de la modernidad, todavía podemos apreciar una notoria continuidad respecto del concepto antiguo de filosofía. Pero esto no es todo; dicha continuidad puede observarse aún en pleno período moderno, en el artículo “Filosofía” de la famosa Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios para una sociedad de gente de letras (1751-1772) de Diderot y D’Alembert. Allí, aunque el autor del artículo reconoce que el término filosofía ha sido utilizado en diversos sentidos, no niega que se pueda dar una definición de este. Dicha definición comienza con una división de las áreas de la filosofía.
En efecto, allí leemos que
Se puede aun dividir la filosofía en dos ramas y considerarla bajo sus dos relaciones: ella es teórica o práctica. La filosofía teórica o especulativa reposa en una pura y simple contemplación de las cosas […] la filosofía práctica es la que da la reglas para operar sobre un objeto: ella es de dos tipos por relación a las dos especies de acciones humanas que se propone dirigir: esas dos especies son la lógica y la moral. La lógica dirige las operaciones del entendimiento y la moral las operaciones de la voluntad. Las otras partes de la filosofía son puramente especulativas. (Diderot y D’Alambert, 2022, p. 12, traducción propia)[8]
Por otra parte, también se afirma allí que la palabra filosofía se puede utilizar para referirse a los sistemas teóricos elaborados por los filósofos, los cuales han dado lugar a un gran número de sectas, “tales son los platónicos, los peripatéticos, los epicúreos, los estoicos, los pitagóricos, los pirrónicos y los académicos; y tales son las actuales, los Cartesianos, los Newtonianos” (Diderot y D’Alembert, 2022, p. 12, traducción propia). Por último, hablando desde la perspectiva de la forma de filosofar o de ciertos principios que rigen la investigación, “se dice, filosofía corpuscular, filosofía mecánica, filosofía experimental” (p. 12, traducción propia).
Estos pasajes ponen en evidencia que todavía a fines del siglo XVIII se utilizaba la palabra filosofía para referirse a conocimientos que hoy son considerados parte de la ciencia, pero no de la filosofía, como la física, por ejemplo. Es decir, al igual que en el caso de Hobbes, no parece haber grandes diferencias en el uso de los términos ciencia y filosofía. En este sentido, el autor del artículo de la Enciclopedia deja en claro que el tipo de conocimiento filosófico procede de una forma racional, es decir, a través de demostraciones que garanticen la certeza:
Tal es la sana noción de filosofía, su fin es la certeza, y todos sus pasos tienden hacia allí por la vía de la demostración. Lo que caracteriza al filósofo, pues, y lo distingue del vulgo es que no admite nada sin prueba, que no da asentimiento a nociones engañosas y que establece exactamente los límites de lo cierto, lo probable y lo dudoso. Él anda con rodeos y no explica nada por cualidades ocultas, que no son otra cosa sino el efecto mismo transformado en causa. Él prefiere mucho más hacer confesión de su ignorancia, siempre que el razonamiento y la experiencia no puedan conducirlo a la verdadera razón de las cosas. (Diderot y D’Alambert, 2022, p. 12, traducción propia)
En conclusión, el recorrido realizado nos ha mostrado claramente que, desde la Antigüedad hasta fines del siglo XVIII, por supuesto con ciertos matices, había una idea bastante clara y unánime de lo que significa la palabra filosofía. En primer lugar, contrariamente a las definiciones dadas en el siglo XX, vemos que no se piensa en un conocimiento dirigido hacia un único objeto, sino que se trata de un conocimiento que abarca diversos campos de objetos. En este sentido, el uso del término filosofía hasta la modernidad se parece al uso que hacemos en la actualidad del término ciencia. En efecto, hoy se habla de “ciencias” en plural y nadie piensa que “la ciencia” tenga un único objeto de estudio. Así, en su uso clásico del término, la filosofía tiene dos grandes partes o ramas, de las cuales surgen a su vez nuevas ramificaciones, cada una con su objeto propio. Ahora bien, así como cada parte de la ciencia tiene un objeto, también es cierto que hay algo en común entre ellas por lo cual se las llama ciencias. Lo mismo sucede con las partes de la filosofía.
Pero ¿qué es lo que estos conocimientos comparten? Esta pregunta nos conduce a otras dos características distintivas de la filosofía. Podemos decir que se trata de un conocimiento que busca explicaciones causales y que para ello se sirve de la razón. Esto significa que dichas explicaciones deben justificarse argumentativamente, buscando así establecer la verdad de tales explicaciones o, al menos, mostrar su aceptabilidad en base a razones. En este sentido, podemos dar por hecho que, si bien hay diferencias en la forma en que entienden la demostración o la noción de causa Aristóteles, los estoicos, Hobbes o el autor del artículo de la Enciclopedia, todos estarían de acuerdo en que el conocimiento filosófico es un conocimiento demostrativo. Es decir, que persigue la verdad a través de la razón.
2.1. Excursus: la revolución científica y Kant
Siendo así, ¿qué es lo que ha ocurrido en el siglo XX para que se haya perdido la significación de la palabra filosofía? ¿Qué es lo que ha hecho en todo caso que importantes filósofos del siglo XX crean necesario volver a definir esta palabra? Por otro lado, ¿no es esta actividad de buscar explicaciones racionales que definía hasta hace un siglo también la actividad propia de lo que hoy llamamos “ciencia”?
Nos permitiremos, a continuación, un breve desvío del camino para esbozar una posible respuesta a estas preguntas. Esto nos permitirá comprender mejor por qué en el siglo XX surgió la necesidad de redefinir la filosofía y responder si podemos seguir utilizando el término en su sentido original. Para ello debemos referir brevemente algunos hechos históricos relativos a los cambios ocurridos en el ámbito del conocimiento científico desde el siglo XVII. Se trata de una serie de transformaciones tanto teóricas como metodológicas que muchos historiadores consideran un cambio revolucionario y, por eso, suele llamarse “la revolución científica”. De manera muy sintética, podemos decir que la revolución científica presenta dos aspectos fundamentales, un cambio en la manera teórica de ver el mundo que habitamos, es decir, el rechazo del geocentrismo y la aceptación del heliocentrismo. Y una serie de cambios en la manera de producir conocimiento. Básicamente, la introducción del lenguaje matemático en las explicaciones teóricas y la progresiva implementación de formas de experimentación y observación, ya sea con vistas a generar nuevas ideas y nuevos descubrimientos, ya sea para poner a prueba los conocimientos adquiridos. El resultado más destacado de estos cambios, que fueron impulsados por diferentes filósofos y científicos –Copérnico, Galileo, Descartes, entre otros– y pasaron por varias etapas, fue la consolidación de la llamada “física clásica”. Esta quedó definitivamente consolidada con las investigaciones y descubrimientos que Newton publicó en su famoso libro Principios matemáticos de la filosofía natural (1686). No está de más observar que Newton no utiliza en el título de su libro ni la palabra ciencia ni la palabra física, sino “filosofía natural”. Es decir, es evidente que lo que hoy llamamos “física” todavía era considerado por Newton como una parte de la filosofía, es decir, la filosofía de la naturaleza[9].
Ahora bien, gracias a los cambios teóricos mencionados, la física entrará en una situación diferente. Las nuevas teorías serán aceptadas de manera unánime por la comunidad de filósofos naturales, es decir, se considerarán teorías verdaderas y se aceptarán sus demostraciones. Esto le permitirá alcanzar un nivel de aceptación que hasta el momento solo gozaba la geometría, la cual desde la época de los griegos era vista como la forma por excelencia del conocimiento verdadero y de ciencia. Ahora la física desplazará en cierta forma a la geometría como ideal de cientificidad[10].
No podemos realizar aquí una investigación pormenorizada acerca de cómo la palabra ciencia comenzó a desplazar poco a poco a la palabra filosofía del ámbito de la investigación de la naturaleza y adquirió su significado actual[11]. Solo podemos especular que este cambio de significado es consecuencia del proceso revolucionario que produjo una manera nueva de explicar la naturaleza y, como consecuencia de ello, la física progresivamente dejó de ser vista como una parte de la filosofía. Este cambio en la manera de delimitar los saberes, por supuesto, no ocurrió de un día para el otro y seguramente han intervenido múltiples factores. Sin embargo, quizás podamos fechar uno de esos factores determinantes en 1781, con la publicación de un famoso libro en la historia de la filosofía. Nos referimos a la Crítica de la razón pura del filósofo prusiano Immanuel Kant. Por cierto, en esta obra se establece un límite preciso entre los conocimientos que pueden ser considerados científicos, tal como es el caso de la física o la geometría, y aquellos que no pueden aspirar a esa pretensión.
Intentaremos resumir lo más brevemente posible la idea central del libro. Kant se pregunta por qué la metafísica, considerada en ese momento la reina de las ciencias, no puede avanzar por el camino seguro de la ciencia, del mismo modo que lo hace la física (es decir, la física después de Newton). Al hablar de metafísica, Kant alude a la ciencia que estudia la naturaleza del mundo en general, a Dios y al alma humana. Cuando Kant menciona la posibilidad de seguir el mismo camino seguro de la física, se refiere no solo a la posibilidad de realizar nuevos descubrimientos, sino también a adquirir conocimiento que genere aceptación o acuerdo unánime entre los filósofos. Luego, Kant reformula la pregunta de la siguiente manera: ¿puede producir la metafísica conocimientos verdaderos, universales y necesarios como lo hacen la física y la matemática? (Kant, 1997, pp. 7-35). Para responder a dicha pregunta, nuestro filósofo cree necesario realizar un profundo examen del funcionamiento de la razón humana, tanto de su vínculo con los sentidos como de su actividad puramente conceptual y lógica. La conclusión de ese largo y minucioso análisis es que la metafísica y la física son dos tipos de conocimientos diferentes; por lo tanto, la razón no puede pretender los mismos resultados en ambos. Esta conclusión genera una fractura total en el hueso mismo de la razón humana. De un lado van a quedar los productos de la razón que puedan producirse a imagen y semejanza de la física, las ciencias naturales y exactas, y, del otro, los productos que la razón produce operando, por así decir, en el vacío. Es decir, sin recurrir ni a la intuición pura ni a la experiencia. Solo los primeros pueden ser considerados conocimientos científicos.
La delimitación kantiana parece haber tenido un enorme éxito. Con el tiempo, el término ciencia comenzó a aplicarse a la física, a la matemática y a las demás ciencias de la naturaleza, mientras que el término filosofía pronto quedó relegado a los conocimientos que Kant ubicaba dentro de la metafísica, es decir, la propia metafísica (el conocimiento del mundo en general o del ser), la propia reflexión sobre la razón y el conocimiento humano (teoría del conocimiento), la psicología, la ética, la política, el derecho, etc. Después de Kant, y con el paso de cierto tiempo, la palabra metafísica se convirtió en sinónimo de especulación inútil, es decir, especulación que no puede llegar a conclusiones ciertas y definitivas. El positivismo, en sus diferentes versiones, fue un poco más lejos y pretendió eliminarla de la faz de la academia. La filosofía (ahora reducida a metafísica) debió asumir el desafío de convertirse en una ciencia siguiendo el modelo de la física o desaparecer[12]. Sin embargo, a pesar de los intentos positivistas por desterrarla de la academia, la filosofía no desapareció. Tampoco se convirtió en una ciencia como la física. El concepto de ciencia pronto también comenzó a ser objeto de discusión y, frente a las corrientes del positivismo, surgieron otras visiones de la ciencia que defendían otras formas de cientificidad para el ámbito de lo humano. No obstante, el surgimiento de las ciencias humanas raleó aún más la otrora tupida copa del perenne árbol de la filosofía. Finalmente, entrado el siglo XX, dicho árbol y sus ahora escasas ramas debieron encogerse lo suficiente para caber en un oscuro y pequeño rincón del pobre apartamento de las ciencias humanas.
En definitiva, para tener una idea clara de la aplicación actual del término basta con echar un vistazo a cualquier plan de estudios de una carrera de grado en filosofía, la cual generalmente se dicta en las facultades de Filosofía y Letras o de Ciencias Humanas. Dicho al pasar, una clara consecuencia de la visión positivista. En estos programas vamos a encontrar, obviamente, a la metafísica propiamente dicha, es decir, lo que Aristóteles denominaba “ciencia del ser en cuanto ser”. También vamos a encontrar a la ética y a la filosofía política, a la teoría del conocimiento y a la lógica, a la historia de la propia filosofía, a la estética y muchas “filosofías de” (la historia, el derecho, el lenguaje, etc.).
Nos llevaría mucho tiempo detenernos a explicar el contenido de estas “filosofías de” que se superponen a algún conocimiento científico. En cambio, sí es importante señalar que esta modificación semántica sufrida por el término filosofía no implica un cambio en la naturaleza misma del conocimiento filosófico. Como hemos dicho, el cambio obedece fundamentalmente a una transformación ocurrida en el seno de la vieja filosofía natural, no en la filosofía propiamente dicha. Por otro lado, si bien se trató de un cambio significativo en la forma de hacer y entender la ciencia, las características más generales del concepto de ciencia, esto es, el núcleo mínimo de su significación, no cambiaron en absoluto. De este modo, aunque a partir de dicho proceso la filosofía y las ciencias, desde una perspectiva metodológica, comenzaron a verse diferentes, continuaron compartiendo su naturaleza íntima, es decir, la búsqueda de explicaciones causales y la necesidad de demostrar de algún modo sus afirmaciones. Dicho en otros términos, más allá de las diferencias que puedan existir en las herramientas conceptuales utilizadas o en las formas de investigación y demostración, la filosofía y la ciencia continúan siendo expresiones del conocimiento racional.
Así, a diferencia de lo que ocurría en épocas pasadas, hoy no parece existir un concepto claro y unánime acerca de cómo debe proceder la ciencia, es decir, cuáles son sus métodos de demostración, si hay uno o si hay varios de acuerdo a los diferentes objetos de estudio. Sin embargo, es claro que hoy, como en el pasado, nadie en su sano juicio, o al menos nadie capaz de participar en un debate argumentativo coherente, estaría dispuesto a negar que la ciencia tiene un compromiso con la explicación causal y con la verdad, legitimada por algún tipo de proceso argumentativo sujeto a la supervisión crítica, es decir, racional. Si bien se trata de un núcleo difuso y difícil de precisar en su interior, su existencia es clara. Quienes niegan su posibilidad, como los escépticos del pasado, están condenados al silencio. De esta manera, asumiendo que no queramos terminar tirándonos ni con piedras ni con flores, debemos seguir diciendo que la filosofía es ciencia.
2.2. Malentendidos
Si lo que venimos diciendo es correcto, esta visión nos lleva a señalar brevemente algunos grandes malentendidos que han surgido en los últimos años respecto de la filosofía. El primero se refiere a la idea de que la filosofía consiste fundamentalmente en la capacidad de formular preguntas. O, dicho con otras palabras, que en la filosofía las preguntas son más importantes que las respuestas (Jaspers, 1957, p. 11). Es cierto que las preguntas filosóficas son importantes, pero la filosofía no sería nada sin las cuidadosas y meticulosas respuestas teóricas que se han dado a las preguntas. Los grandes libros de la filosofía no se componen solo de preguntas, sino fundamentalmente de respuestas. No importa si todas las respuestas son aceptables o si no lo son. Es cierto que nadie pretendería que las demostraciones de Platón tengan el mismo grado de aceptabilidad que las demostraciones de Euclides. Pero ello no invalida la pretensión de certeza y el ejercicio demostrativo realizado para justificar las respuestas. Es ahí donde está el corazón de la historia de la filosofía, en la práctica de producir y examinar argumentos que acompaña a la búsqueda de respuestas. Se trata, por otra parte, de una práctica que cualquiera puede realizar leyendo los libros que constituyen la propia historia de la filosofía. Una historia que nunca estará cerrada, porque se trata de un proceso que a su vez puede generar nuevas respuestas.
Un segundo malentendido consiste en considerar a la filosofía como una forma de literatura, o quizás como un género literario. Una buena prueba de que no se trata de eso lo ofrece, por ejemplo, el testimonio de quienes se acercan a los diálogos platónicos en busca de un relato fácil y agradable para leer antes de dormir. Por cierto, el esfuerzo que requiere esta lectura a causa del alto grado de abstracción y de la necesidad de seguir paso a paso el hilo argumentativo lleva a muchos lectores a abandonar rápidamente la empresa. De este modo, es preciso señalar con énfasis que los diálogos platónicos no son, en lo esencial, narraciones literarias. Los mitos adornan los diálogos platónicos, es cierto. Pero, como tales, representan una pequeña parte del contenido de los diálogos platónicos. Por el contrario, el metódico proceso de búsqueda de definiciones, de argumentos y contraargumentos que se esconde tras las preguntas socráticas y las respuestas de sus interlocutores aproxima a la filosofía más a las matemáticas que a la literatura. Por eso, no es casual que la inscripción de la entrada a la Academia platónica exigiera “no entre aquí nadie que no sea geómetra” (Taylor, 1905, p. 13, traducción propia). Es decir, nadie que no esté familiarizado con las demostraciones geométricas[13].
Un tercer malentendido –que, como el primero, también fue popularizado por Karl Jaspers– es la idea de que “en materia filosófica cualquiera es competente” (Jaspers, 1957, pp. 9 y ss.). Sin embargo, unos cuantos años antes de que Jaspers escribiera su libro, Hegel, con ironía, ya había respondido a quienes sostenían una visión semejante:
se concede que –decía– para conocer las otras ciencias es necesario haberlas estudiado y que, para juzgarlas, se necesita estar facultado por aquel conocimiento. Se concede que, para fabricar un zapato, es necesario haber aprendido a hacerlo; y, por mucho que todo el mundo tenga la horma en su propio pie, se ha de haber ejercitado en ello, ha de tener además manos y, juntamente con ellas, el talento natural para dedicarse a tal ocupación. Sólo para filosofar sería superfluo estudiar, aprender y esforzarse. (Hegel, 2005, p. 105)
Así, como bien lo vio el gran filósofo prusiano, no basta con hacer preguntas y asombrarse para hacer filosofía. Del mismo modo que no basta tener la horma en el propio pie para hacer zapatos o, podríamos agregar, no basta con poder tirar patadas para ser futbolista. Si bien se trata de una actividad de la mente, la actividad filosófica, como todas las actividades humanas, requiere de un aprendizaje, es decir, requiere de un entrenamiento, requiere esfuerzo y, también, de indicaciones que sirvan de guía. También los filósofos de la Antigüedad hubieran asentido a esta afirmación. Basta recordar el largo proceso de formación de los filósofos que describe Platón en la República[14].
3. Que la filosofía no es útil
Una vez que hemos aclarado el sentido propio del término filosofía a la luz de su significado histórico, podemos preguntarnos si aquellos conocimientos que hoy permanecen bajo este rótulo son útiles o no lo son. Esta pregunta tiene mucho sentido, ya que no solo hoy en día, sino desde sus comienzos, se ha visto a la filosofía como algo inútil. Actualmente, no es poco común escuchar decir a padres, profesores, estudiantes, etc., que estudiar filosofía o cualquier otra carrera humanística no trae ningún beneficio. La razón fundamental para esta opinión parece ser que, dado que no hay buenos empleos para quienes siguen estas carreras, no se conseguirá un rédito económico que amortice el tiempo y el esfuerzo empleado en conseguir el título. Dicho en otros términos, se desperdiciará tiempo, dinero y energías vitales, apostando a un futuro incierto. Al mismo tiempo, el hecho de que la actividad filosófica no sea bien recompensada se ve como una consecuencia lógica del hecho de que sea un conocimiento inútil. Esta visión de la filosofía y de los estudios humanísticos en general es habitual aquí en Latinoamérica y también en otras partes del mundo occidental donde se imparten este tipo de cursos en las universidades[15].
Como hemos dicho, la cuestión no es nueva, sino que viene desde los mismos inicios de la filosofía. Por eso, para comenzar a reflexionar sobre el tema, vendría bien recordar dos viejas anécdotas transmitidas por la tradición que conciernen nada más ni nada menos que a quien se considera el primero de los filósofos. Es decir, Tales de Mileto. Según cuenta una de ellas, una esclava tracia se burló de Tales porque una noche, mientras caminaba mirando las estrellas, se cayó en un pozo. Ante lo cual dicha señora observó que Tales se ocupaba más de las cosas del cielo que de las de la tierra. Según la otra, muchos reprochaban a Tales que descuidara su economía por dedicarse a satisfacer su curiosidad en relación a los asuntos de la filosofía. Tales, en vistas de ello, decidió mostrarles que era pobre porque quería y que el conocimiento que ofrece la filosofía podía ser útil. Así, un año, previendo un clima favorable para el cultivo del olivo gracias a su conocimiento de los astros, decidió alquilar en el invierno todas las prensas de aceitunas disponibles en Mileto y en Quíos, consiguiendo un precio muy bajo. Cuando finalmente llegó el tiempo de la recolección, al producirse, tal como él había predicho, una muy buena cosecha, subalquiló a un precio elevado las prensas, ganando así mucho dinero (Kirk et al., 2008, pp. 91-92). Las anécdotas atribuidas a Tales, aunque muy difundidas, no parecen haber contribuido a borrar la imagen negativa que se tiene sobre la filosofía y, en general, sobre el conocimiento teórico puro, en apariencia desconectado de la realidad.
Tanto antes como ahora, la opinión común sobre la utilidad de la filosofía puede ser, en parte, válida. En efecto, la actividad filosófica generalmente no produce un rédito económico y tampoco parece tener una relación directa con la resolución de problemas prácticos de la vida cotidiana. Esta observación no vale solo para lo que hoy llamamos “filosofía”, sino también para los estudios humanísticos en general, como la literatura, la historia, la arqueología y, no menos, para estudios del ámbito de las ciencias naturales o exactas que se suelen denominar teoría pura, como la física teórica, las matemáticas puras, etc. Ahora bien, dado que aquí estamos reflexionando filosóficamente, no podemos descartar sin más dicha valoración y amotinarnos en una posición que defiende “lo inútil por lo inútil”, sino que debemos tomarla en serio y ver si se ampara en válidas razones o si carece de ellas. Esto nos permitirá determinar, al mismo tiempo, si hay buenas razones o no para defender el “conocimiento inútil”.
Para comenzar a desentrañar la cuestión de la utilidad de la filosofía es necesario reflexionar primero sobre el concepto mismo de utilidad. Como veremos, este concepto suele emplearse de una manera muy restringida. Incluso en la anécdota sobre las prensas de aceitunas referida a Tales, la utilidad se entiende en un sentido muy restringido. Esta limitación excesiva en el significado que se le asigna a este término suele ser causada por una visión demasiado limitada o confusa de lo que se considera valioso o bueno. En efecto, las palabras “útil” y “bueno” son palabras que generalmente se aplican de manera muy similar en el habla cotidiana. No obstante, como han dicho muchos filósofos desde la Antigüedad, la gente no suele ser capaz de separar lo que es realmente útil de lo que solo parece útil, o lo que realmente es bueno de lo que solo parece serlo[16]. En sentido contrario, muchas cosas que se consideran malas o inútiles, si se reflexiona atentamente sobre ellas, resultan ser muy buenas o muy útiles.
Si nos guiamos por el uso cotidiano de la palabra, normalmente se dice que algo es útil si genera algún beneficio en nuestra vida cotidiana, directa o indirectamente. Por ejemplo, el automóvil es útil porque nos permite viajar más rápidamente y de manera confortable. Por eso nadie dudaría en juzgar absurdo que una persona que sabe manejar y que debe hacer todos los días unos cuantos kilómetros para ir a su trabajo prefiera gastar la cantidad de dinero con la que se compraría un automóvil en una obra de arte. En tal sentido, todo aquel conocimiento que se puede aplicar a la producción de automóviles es considerado útil, mientras que el conocimiento artístico se considera “inútil”. Lo mismo se puede decir de las computadoras, de los relojes, de las medicinas, de la ropa, de las edificaciones, de los instrumentos musicales, etc., y de todo el conocimiento que ayuda a producir o mejorar este tipo de objetos.
Esta noción de utilidad, ciertamente, no es totalmente caprichosa. Si intentamos buscarle un sentido, está relacionada, primeramente, con todo aquello que nos permite satisfacer nuestras necesidades vitales básicas y luego con necesidades vinculadas a la posibilidad de reducir el esfuerzo en nuestras actividades cotidianas. Así, si bien podemos desplazarnos caminando, teniendo un automóvil o una bicicleta lo haremos con menos esfuerzo. Lo mismo sucede con las aplicaciones de una calculadora, una batidora eléctrica, un calefón, etc. En síntesis, dado cualquier objeto, si uno puede encontrar con facilidad en qué contribuye a hacer más cómoda nuestra vida, diremos que es útil. En cambio, si no podemos encontrar esa contribución tan fácilmente, diremos que es inútil. Lo mismo vale indirectamente para el conocimiento. Si produce o ayuda a producir algo útil es considerado útil; si no, es considerado inútil.
Por supuesto, deberíamos considerar que la gente, implícita o explícitamente, establece grados de utilidad. Así, podemos imaginar que un marcapasos se considera más útil que un televisor, o que una mesa se considera más útil que una licuadora. Podemos asumir que esto es así en términos generales y dejar de lado la discusión acerca de en qué medida el rédito económico refleja la escala de valores respecto de la utilidad de las cosas y las profesiones. Seguramente, no se trata de una relación directa, pero eso es otra cuestión que no podemos discutir aquí. Lo que necesitamos para responder a la pregunta respecto de la utilidad de la filosofía es saber si dicha noción de utilidad es correcta o no lo es. Podríamos decir que en cierto modo es correcta, pero parcialmente. En efecto, los seres humanos, como el resto de los seres vivos, ante todo buscamos sobrevivir, y para ello lo que primero necesitamos es alimento, protección frente al clima, las enfermedades, los depredadores, etc. Como consecuencia de esta ambición por vivir, como todos los demás seres vivos, los seres humanos buscan maximizar el placer y evitar lo más posible el dolor[17]. Así, como bien lo vieron, para muchos filósofos, entre ellos los llamados “utilitaristas”, lo que llamamos “útil” –y, ¿por qué no?, lo que llamamos “bueno” o “justo”[18]– se conecta finalmente a lo que causa alguna forma de placer.
Ahora bien, si consideramos las acertadas observaciones de John Stuart Mill, uno de los más renombrados filósofos utilitaristas[19], a diferencia de los demás seres vivos los humanos no solo necesitamos maximizar el placer físico o corporal. Por cierto, dado que somos seres pensantes o espirituales, es decir, que poseemos facultades mentales que nos diferencian del resto de los seres vivos, necesitamos, además, evitar el dolor espiritual o psicológico y maximizar el placer en este sentido, es decir, el placer espiritual o mental (Mill, 1997, pp. 44 y ss.)[20]. Se trata de un tipo de placer que es difícil de definir y de explicar, pero que, en definitiva, proviene de actividades vinculadas a la mente. No solo puede provenir de la filosofía y la ciencia, también podría pensarse en actividades artísticas o lúdicas, como el ajedrez u otras por el estilo. En cualquier caso, se trata de un sentimiento de naturaleza diferente al placer de los sentidos. Quizás se comprende mejor el placer mental si se lo asocia, siguiendo la tradición filosófica griega, con la idea de ausencia de dolor, de tranquilidad o de paz mental[21].
Por este motivo, como han señalado muchos filósofos desde la Antigüedad, uno de los grandes errores que muy a menudo cometen los seres humanos es confundir el placer físico con el placer espiritual o, en otras palabras, no distinguir adecuadamente entre ambos. Esto suele conducir a otro gran error que consiste en no comprender que las riquezas, los honores y la abundancia no necesariamente traen bienestar espiritual. Es decir, consiste en no comprender que el bienestar o la felicidad no se agotan en el placer físico y que este no suele traer bienestar si no está acompañado de placer espiritual. Sobre este hecho no se necesitan más pruebas que las que podemos encontrar considerando numerosos casos de personas que, a través de la fama, el dinero o el poder, han conseguido experimentar fuertes y variados placeres sensoriales, pero no han logrado evitar el dolor, la violencia o la angustia. De casos así sobran ejemplos de todas las épocas[22]. Basta citar un libro perdido de Aristóteles en el cual exhortaba a filosofar y del cual solo se conservan algunos fragmentos. En uno de ellos leemos que,
como dice el proverbio, la saciedad cría insolencia, y la incultura con poder, insensatez. En efecto, para quienes tienen en mal estado las cosas del alma no son bienes ni la riqueza, ni la fortaleza, ni la belleza, sino que cuanto mayor es el exceso en que poseen estas condiciones, tanto más intensa y frecuentemente trastornan a su propietario, si no van acompañadas de sabiduría. (Aristóteles, 2006, p. 52)
En conclusión, dando por sentada la existencia de dos hechos básicos en torno a la vida humana –esto es, la ambición por vivir, de la cual se deriva la búsqueda del placer y la evitación del dolor, por un lado, y la diferencia entre placeres físicos y mentales, por el otro–, podemos determinar con cierta precisión un concepto de utilidad que incluye las diferentes dimensiones que conformarían una buena vida. De aquí se desprende que no solo es útil lo que nos conduce al placer físico, es decir, lo que amplía las posibilidades básicas de supervivencia, sino también lo que conduce al placer espiritual o mental. Pues este tipo de placer no solo contribuye a ampliar a largo plazo las posibilidades de supervivencia, sino que permite vivir mejor en un sentido integral. Para decirlo en términos bíblicos, “no solo de pan vive el hombre” (Mateo 4-4).
Así pues, una vez que hemos logrado definir el concepto de utilidad, podemos comenzar a responder la pregunta acerca de la utilidad de la filosofía. Sería conveniente dividir nuestra respuesta en función de los dos hechos básicos relativos a la vida humana que hemos mencionado anteriormente.
Respecto del primer hecho, y a diferencia de lo que ocurría en la Antigüedad, hoy en día resulta casi obvio que el conocimiento de la naturaleza tiene una gran utilidad para la supervivencia humana. Esto se debe, en gran medida, al trabajo de los filósofos, que desde la modernidad vienen insistiendo en la importancia de la aplicación del conocimiento científico para ampliar las comodidades humanas[23]. Por eso, el conocimiento que ofrecen las ciencias naturales y también las exactas, consideradas una herramienta indispensable de aquellas, con justa razón, es muy valorado. Sin embargo, no siempre en su justa medida. Muchas veces, lo que se llama ciencia básica, es decir, ciencia teórica pura, aquella que se produce básicamente por curiosidad, suele ser rechazada como inútil. Al respecto, el famoso teórico de la educación, fundador del prestigioso Instituto de Investigación de Princeton, Abraham Flexner, ha mostrado a través de numerosos ejemplos cuán errada puede ser esta visión y cómo la búsqueda de conocimiento solo por la mera curiosidad ha producido conocimientos con valiosísimas aplicaciones prácticas (Ordine, 2017, pp. 113 y ss.).
Es cierto que, en la actualidad, la actividad que desarrollan los científicos teóricos no se considera una parte de la filosofía. No obstante, también es cierto que muchas de sus investigaciones están motivadas por preguntas filosóficas o por una curiosidad estrechamente emparentada con la curiosidad filosófica. Por otro lado, no debemos olvidar que lo que hoy llamamos “ciencias naturales” y “ciencias exactas” han recibido un enorme impulso a partir de investigaciones que hoy en día son consideradas meramente filosóficas, como por ejemplo la cuestión del método para buscar la verdad. Hoy se discute si existe o no un método en las ciencias, pero es indudable que filósofos como Bacon, Descartes y otros dieron un gran impulso a ciertas formas de investigación, metodológicamente orientadas, que permitieron el desarrollo de la ciencia actual. Asimismo, podemos mencionar aquí el surgimiento de las geometrías no euclidianas, surgidas de la problemática netamente filosófica (de la teoría del conocimiento, para ser exactos) relacionada con la fundamentación de las matemáticas, sin las cuales muchas de las teorías físicas actuales serían imposibles. Así pues, tal como ha enfatizado Flexner, muchas investigaciones que obedecen solo a la curiosidad o a la búsqueda de la verdad por la verdad misma terminan generando aplicaciones impensadas (Ordine, 2017)[24]. Por mencionar otro ejemplo, ¿acaso se hubiera imaginado George Boole que su sistema lógico, que él mismo proponía como una contribución a problemas prácticos, pero fundamentalmente a otras cuestiones puramente especulativas (Boole, 1854, pp. 2 y ss.), resultaría indispensable para la creación del sistema neurálgico de las computadoras modernas? Así pues, en cuanto que las ramas de la parte teórica de la filosofía siguen de algún modo estrechamente vinculadas al conocimiento científico y han contribuido indirectamente a su avance, podemos decir que la filosofía es de gran utilidad para la supervivencia humana.
Ahora bien, ¿qué sucede con la llamada parte “práctica” de la filosofía? ¿Tiene alguna utilidad desde la perspectiva de la supervivencia humana? ¿Contribuye en algún sentido a hacer más “fácil”, más “agradable” la vida humana? La respuesta a estas preguntas es afirmativa. Como mostraré a continuación, aunque no sea algo tan conocido para el público en general, la filosofía ha hecho grandes aportes en este sentido. En primer lugar, desde una perspectiva individual, los filósofos desde la Antigüedad han ofrecido profundas reflexiones y explicaciones teóricas sobre cómo vivir bien, es decir, cómo alcanzar la felicidad por uno mismo. Estas teorías, fundadas sobre minuciosas descripciones de la mente humana, sus funciones y su relación con la naturaleza, han ofrecido explicaciones racionales de los padecimientos humanos y la forma de superarlos. Muchas de estas ideas han sido reelaboradas y difundidas en ámbitos diferentes al ámbito puramente filosófico. No solo se encuentran presentes en muchos de los preceptos prácticos popularizados por la Iglesia católica[25], sino que también forman parte de diversas terapias racionales utilizadas para resolver los problemas que afectan a la gente en su vida cotidiana (desde las terapias conductuales hasta el coaching). En este sentido, podemos decir que gran parte de los principios prácticos que moldean la forma de vida en el mundo occidental han recibido una gran influencia de la filosofía.
Si miramos ahora la cuestión desde una perspectiva social o política, la contribución de la filosofía es también notable. Y si admitimos que en el presente la vida humana en las sociedades occidentales es mejor –mucho o poco– que en épocas pasadas, esta influencia debe verse como positiva[26]. Los efectos de la filosofía en este ámbito se ven particularmente en los cambios políticos y sociales que conducen a la creación de los Estados contemporáneos. Esto se debe a que la organización jurídica y estatal que regula las acciones de las personas y las instituciones de la mayor parte de los países occidentales ha pasado por el filtro de las teorías filosóficas de la modernidad. En tal sentido, es innegable la influencia de las teorías filosóficas en acontecimientos políticos que marcaron el camino de la política occidental, como la Declaración de Independencia de los EE. UU. y la Revolución francesa[27]. Solo por mencionar algunos ejemplos, valga recordar dos libros que marcaron definitivamente la forma en que se distribuye el poder en los Estados contemporáneos, El Espíritu de las Leyes (1748) de Montesquieu y el Segundo Tratado del Gobierno Civil (1690) de John Locke. El primero definió la organización tripartita de los poderes del Estado, mientras que el segundo contribuyó en gran medida a consolidar la visión contractualista y liberal de la relación entre gobernantes y gobernados, con base en una serie de derechos básicos que el Estado debe resguardar[28]. En términos generales, puede coincidirse con Hobbes en que la principal contribución que puede hacer la filosofía práctica es evitar la guerra civil, de la cual surgen los principales males de la humanidad (Hobbes, 1837, p. 8). Desde este punto de vista, y teniendo en cuenta que vivimos en un Estado regido por una Constitución inspirada en teorías filosóficas, podemos estimar cuánta ha sido la contribución de estos conocimientos en nuestra vida.
Por último, cabe mencionar que gran parte de las reflexiones críticas sobre la organización económica y política en la que vivimos, las cuales muchas veces han derivado en cambios positivos para el bienestar general, si no provienen exclusivamente de la filosofía, seguramente han recibido un fuerte impulso de ella[29]. Piénsese, por ejemplo, en el feminismo, en la educación pública y laica, en los derechos laborales[30], etc.
El hecho de que hayamos puesto ejemplos históricos puede llevar a alguien a pensar que, si bien la filosofía tuvo su influencia en el pasado, eso no significa que la siga teniendo hoy en día o que la tenga en el futuro. A esta objeción podemos responder que en sociedades abiertas, que pretenden organizarse racionalmente a partir de la discusión pública de las ideas, es difícil pensar que las reflexiones filosóficas dejen de tener importancia. En efecto, la actividad argumentativa y la reflexión sobre ella que caracteriza al conocimiento filosófico, en especial en algunas de sus ramas más importantes como son la lógica y la epistemología, son estímulos esenciales para mantener vivo y en buena salud al pensamiento crítico. Este es necesario no solo en el ámbito de las ciencias, sino también para el funcionamiento de las instituciones de las sociedades democráticas, en cuanto su ejercicio constituye la base de la posibilidad de pensar y vivir libremente[31].
Hasta aquí hemos referido al primero de los hechos básicos respecto de la vida humana, pero ¿qué sucede respecto del segundo hecho básico que establecimos al comienzo, es decir, la satisfacción de las necesidades de la mente, los placeres espirituales? ¿Es útil aquí la filosofía?
Antes de comenzar a responder a estas preguntas, conviene tener en claro que las contribuciones de la filosofía señaladas anteriormente pueden verse también como una contribución en este sentido. En efecto, las mejoras en la calidad de vida desde la perspectiva individual o social conllevan ciertamente un aumento del placer en sentido espiritual o mental. No obstante, podemos igualmente preguntarnos si la filosofía puede hacer un aporte específico en relación con este aspecto propio del ser humano, como es la vida de la mente.
Una clara respuesta a estas preguntas la encontramos en los escritos de quien durante muchos siglos fue considerado “El Filósofo”. En efecto, según Aristóteles, es en este ámbito, propiamente humano, donde la filosofía parece alcanzar el máximo grado de utilidad. Esto se debe a que la filosofía es la fuente del máximo placer que es posible alcanzar al ser humano, un tipo de placer que lo emparenta con la mismísima divinidad. Pero ¿de dónde proviene semejante placer? Dejemos, pues, que el mismo Aristóteles responda:
Ciertamente, se considera que la filosofía posee placeres admirables en pureza y en firmeza […] [En efecto,] la actividad de la mente, que es contemplativa, parece ser superior en seriedad, y no aspira a otro fin que a sí misma y a tener su propio placer (que aumenta con la actividad), entonces, la autarquía, el ocio y la ausencia de fatiga, humanamente posibles, y todas las cosas que se atribuyen al hombre dichoso, parecen existir, evidentemente en esta actividad. Tal vida, sin embargo, sería superior a la de un hombre, pues el hombre viviría de esta manera no en cuanto hombre, sino en cuanto que hay algo divino en él. (Aristóteles, 1995b, pp. 277-278)
Así, la fuente de este magnífico goce es la actividad contemplativa. Lo primero que debemos subrayar respecto de la cita precedente es que la contemplación, aunque se realice en una dimensión puramente mental, es, sin embargo, una actividad. Por eso, no debe confundirse con el significado que usualmente se le asigna a este término, es decir, el acto de mirar, con cierto detenimiento y cierto placer, una obra de arte o un paisaje en la naturaleza. Esta contemplación no puede decirse que sea propiamente una actividad, pues, en ella, la mente es más bien pasiva, dado que solo forma imágenes a partir de lo dado, es decir, a partir de la acción que los objetos ejercen sobre los órganos sensoriales. La contemplación filosófica, en cambio, es de una naturaleza diferente. No se trata de una contemplación que requiera los ojos del cuerpo, sino de una contemplación que requiere de los “ojos de la mente”. Pero ¿qué y cómo se mira con los “ojos de la mente”? La respuesta a esta pregunta la encontraremos si volvemos a la definición de la filosofía que hemos dado anteriormente. Por cierto, el conocimiento filosófico es un conocimiento que consiste en conocer las causas de las cosas y en realizar demostraciones. Por ello, como expresó Spinoza, filósofo que, muchos siglos después, adhirió a la visión aristotélica sobre el placer que produce la contemplación, “los ojos de la mente, con los que ve y contempla las cosas, son las mismas demostraciones” (Spinoza, 2002, p. 258).
De este modo, de acuerdo con esta imagen de la filosofía, las demostraciones que encontramos en los libros de filosofía serían una fuente inagotable de placer intelectual. Sin embargo, cabe aclarar que, desde una perspectiva actual, el concepto de demostración y el concepto de causalidad que están implicados en esta visión de la filosofía no deben malinterpretarse. Esto es, no necesariamente deben mantenerse sujetos a la concepción aristotélica. El concepto de demostración defendido por Aristóteles, el llamado “silogismo científico”, sería algo muy estrecho y de difícil implementación en las diversas áreas de la filosofía. No obstante, sin ser infieles a la visión general aristotélica, podemos mantener la idea de que la filosofía es conocimiento demostrativo asumiendo un concepto de demostración más laxo, entendido como argumentación racional, formal o informal. Por otro lado, el concepto de causalidad tal como lo entendía Aristóteles y de la forma en que llegó, al menos, hasta la modernidad, es un concepto más amplio que el que se emplea en la actualidad en el ámbito científico. En tal sentido, podemos asumir que el concepto de causa se refiere a las razones que permiten entender la producción de un fenómeno o la realización de una acción por un agente racional. Así pues, lo dicho aquí para la filosofía, de un modo general, puede aplicarse a cada una de sus partes. Y, también, a aquellas partes que, en la actualidad, no se consideran parte de la filosofía sino de las ciencias. Ciertamente, aunque hoy en día la visión común que se tiene de la ciencia es la de un conjunto de actividades relacionadas con la observación, la experimentación y el descubrimiento de cosas nuevas, esto es solo un aspecto de ella. Otra serie de actividades se desarrolla en el plano puramente mental, generando conceptos y demostraciones. Entre estas actividades, sin duda, tienen un lugar central la manipulación de símbolos y fórmulas matemáticas. Lo dicho es válido no solo para las ciencias exactas, sino también para las naturales y sociales.
Aquí alguien podría preguntarse si estas son realmente actividades tan placenteras como lo describe Aristóteles. Como respuesta, podemos decir que no faltan ejemplos, no solo de filósofos, sino también de científicos, recluidos por horas en sus habitaciones o laboratorios, inmersos en sus papeles, en sus instrumentos de medición o de observación, aislados de la vida mundana, buscando explicaciones y demostraciones para estas. No menos despreocupados de ellas de lo que lo estaba el viejo Tales. Lo cual es un claro indicio a favor de que es una actividad muy placentera[32]. De todas maneras, ante la permanencia de la duda sobre la existencia de tales placeres, lo único que podemos hacer aquí es recomendar probarlo. En efecto, aplicando el criterio propuesto por Mill, solo tienen derecho a decidir cuál es mejor y más intenso de entre dos o más placeres quienes los hayan experimentado (Mill, 1997, pp. 52 y ss.).
Ahora bien, el conocimiento filosófico no solo es útil por el placer que genera en un sentido positivo, sino también, en un sentido opuesto, por los dolores que permite evitar. Generado así placer en un sentido negativo. Esto es, placer entendido como ausencia de dolor o tranquilidad del alma. En tal sentido, desde la Antigüedad y hasta los tiempos modernos, la filosofía fue, muy a menudo, descripta como una “medicina de la mente”, “medicina del espíritu” o “medicina del alma”. En la Antigüedad, por ejemplo, Cicerón expresa esta concepción en los siguientes términos: “Existe ciertamente una medicina del alma, la filosofía, cuya ayuda no hay que buscarla, como en las enfermedades del cuerpo, fuera de nosotros, y debemos esforzarnos con todos nuestros recursos y fuerzas para ser capaces de curarnos a nosotros mismos” (Cicerón, 2005, p. 265).
En la época moderna, en una obra que justamente lleva por título Medicina del Espíritu, podemos leer:
Y la filosofía auténtica tiene la tarea de mostrar correctamente hasta qué punto tan desafortunado, mayor al que comúnmente se puede llegar a pensar, carecen todos los hombres, no solo de la salud del cuerpo sino sobre todo de la del espíritu. Al mismo tiempo, ella debe mostrar claramente a cuáles remedios, apropiados a esos males, conviene recurrir. (Tschirnhaus, 1980, p. 41, traducción propia)
Desde esta perspectiva, el conocimiento sobre la naturaleza, junto con las habilidades en el razonamiento, se convierten en poderosos fármacos para las enfermedades de la mente. A saber, las emociones y los deseos descontrolados, los errores en la consideración de los verdaderos bienes, las debilidades de la voluntad, entre otros. Así pues, la filosofía como “medicina de la mente” se convierte en un auténtico “arte de vivir”, esto es, en un conocimiento práctico que permite vivir la vida de la mejor manera posible, siguiendo las indicaciones de la razón (Nussbaum, 2003; Hadot, 2006; D’Agostino, 2023; Narváez, 2022, 2024).
Finalmente, cabría mencionar aún dos beneficios que puede proporcionar el estudio de la filosofía en su aspecto práctico básico, esto es, lo que en inglés se denomina “triple R”: leer, escribir y razonar (reading, writing y reasoning). En efecto, como han mostrado algunos recientes estudios en universidades estadounidenses, quienes han aprobado algún grado universitario en Filosofía, en promedio, han obtenido los puntajes más altos en algunos de los más importantes exámenes de admisión para acceder a grados superiores (Van Norden, 2023). Esto indica que las habilidades relacionadas con la comprensión lectora, el razonamiento y la escritura adquiridas en el ámbito de lo que hoy llamamos “filosofía” se pueden aplicar con gran éxito en otras áreas del conocimiento. En segundo lugar, considerando que el ejercicio del razonamiento lógico, la escritura y la lectura proporcionan grandes beneficios para la salud del cerebro, las habilidades adquiridas en el campo de la filosofía se pueden ver también como un potente fármaco contra el deterioro cognitivo y para alcanzar una vejez saludable.
4. Conclusiones
Luego de este recorrido podemos atrevernos a responder con rapidez y brevedad a algunas de las típicas preguntas que suelen formularse a un profesor de filosofía.
a. Pregunta: ¿la filosofía es una ciencia?
Respuesta: la filosofía es ciencia, pero no “una ciencia”. La filosofía es ciencia porque es conocimiento que, al igual que la ciencia en general (independientemente de si se trata de ciencias naturales, formales o sociales), busca explicar causalmente algún sector de la realidad y justificar racionalmente tales explicaciones. Sin embargo, la filosofía no es una ciencia en el sentido de que tenga un objeto propio. Como decimos, por ejemplo, que la vida es el objeto de la biología.
b. Pregunta: ¿qué es la filosofía?
Respuesta: la filosofía es un conjunto de conocimientos que intentan explicar qué y cómo suceden las cosas en diferentes sectores de la realidad. Es decir, la filosofía intenta descubrir las causas de algunas cosas y justificar racionalmente sus respuestas. Cada uno de estos conocimientos que conforman la filosofía tiene su objeto propio, por ejemplo, la epistemología estudia el conocimiento científico; la ética estudia los valores que guían la conducta humana; la filosofía de la historia estudia la manera de conocer la historia y las características generales de la historia humana.
c. Pregunta: ¿para qué sirve la filosofía?
Respuesta: la filosofía sirve para entender qué son y cómo funcionan algunos sectores de la realidad. Por ejemplo, qué es y cómo funciona la razón humana o qué son y cómo funcionan los valores (el bien, la justicia, la felicidad, etc.). También sirve para que las personas vivan una vida tranquila y para que las interacciones humanas sean lo menos violentas posibles y lo más satisfactorias posibles para todos.
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- Vale la pena llamar la atención sobre el hecho de que las preguntas que Russell considera teológicas, tales como “¿qué es la mente y qué es el cuerpo? ¿Tiene el universo una unidad o un propósito? ¿Hay realmente leyes de la naturaleza?” (Russell, 1946, p. 13), son preguntas que también se abordan desde la ciencia.↵
- Llamativamente, para estos autores, es como si en el pasado ningún filósofo se hubiera planteado la pregunta, ya que al comienzo del libro sostienen que es una pregunta que se aborda en la vejez (es decir, según parece, en la vejez de la propia filosofía). Además, agregan que la bibliografía al respecto es muy escasa (Deleuze y Guattari, 1997, p. 7). Con ello pasan por alto no solo las respuestas dadas en épocas pasadas, esto es, desde el comienzo mismo de la filosofía, sino también las contemporáneas. Sin embargo, descontando las definiciones de épocas pasadas que veremos a continuación, si solo tenemos en cuenta la referencia al término filosofía del Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora (1965), podremos comprobar fácilmente que, no muy lejos de la segunda mitad del siglo veinte, ya había numerosos escritos sobre el tema.↵
- Para una discusión más profunda sobre el sentido de este pasaje, véase Brouwer (2014, pp. 18 y ss.).↵
- El hecho de que los estoicos hablen aquí de práctica puede deberse a que han enfatizado una tendencia –presente, por lo demás, en toda la filosofía antigua– a considerar el conocimiento teórico como una instancia de transformación interior, como un “ejercicio espiritual” (Hadot, 2006, pp. 235 y ss.).↵
- Ver también Boeri y Salles (2014, pp. 156 y ss., conocimiento y verdad; pp. 348 y ss., causalidad).↵
- Una u otra, dice Cicerón, “se ganaban este bellísimo nombre entre los antiguos por su conocimiento de las cosas divinas y humanas, especialmente por su conocimiento de los principios y las causas de todas las cosas” (Cicerón, 2005, p. 390).↵
- Para estos temas y para un análisis minucioso de la diferencia entre estas divisiones como resultado de dos perspectivas de clasificación diferente, véase Hadot (1979, pp. 201-223); Brouwer (2014, pp. 22 y ss.); también Ross (1981, p. 29).↵
- Entre la definición de Hobbes y la de la Enciclopedia podemos encontrar una definición similar en Leibniz, véase el escrito “División de la Filosofía” (Leibniz, 2023, pp. 380 y ss.).↵
- Sobre este tema, Koyré (1999), Kuhn (2004), Shapin (2000).↵
- Sobre el ideal de ciencia en la Antigüedad véase de Jong y Betti (2010).↵
- En su intento de definir a la filosofía, García Morente tiene conciencia de este proceso de cambio semántico. Sin embargo, su explicación de este apuntó a la posibilidad de las ciencias de recortar un ámbito de estudio. Si bien reconoce el estrecho parentesco del saber filosófico con el saber científico, mantiene la visión sostenida por Ortega y Gasset, según la cual lo propio de la filosofía es su perspectiva global (1938, pp. 1-14).↵
- Por otro lado, también puede verse una tendencia a reducir la filosofía a una de sus partes, es decir, a la teoría del conocimiento. Atribuyéndole junto con tal reducción la función de fundamentar las ciencias y trazar los límites de la razón (Habermas, 1994, p. 12).↵
- Para una discusión crítica de la confusión que pretenden los llamados “posmodernos” de la filosofía con la literatura, véase Habermas (1990, pp. 240 y ss.).↵
- Sobre la importancia de la dificultad para el aprendizaje filosófico, véase Koyré (1966, pp. 30, 42) y Taylor (1905, pp. 120 y ss.). Para una descripción del proceso de aprendizaje filosófico, enfocado en su finalidad ética, en las escuelas filosóficas griegas, véase Nussbaum (2003). ↵
- Véase Van Norden (2023), “Studying Philosophy is Useless”.↵
- Este es un tema central en las teorías éticas de la Antigüedad en adelante. Limitándonos a la Antigüedad, podríamos mencionar aquí a Aristóteles, a Epicuro y a los estoicos.↵
- Para una síntesis de estas posturas puede consultarse el artículo de la Enciclopedia Británica (Bruton, 2025). Desde una perspectiva biológica se acepta una visión muy similar (Morgado Bernal, 2019, pp. 24 y ss.).↵
- Sobre esta afirmación véase, entre otros, Epicuro (1996), Spinoza (2002, p. 159) y Mill (1997, pp. 44-45). Para un análisis preciso de los diferentes sentidos del término bueno en el uso cotidiano, véase Stevenson (1981).↵
- Este rótulo se suele asociar injustamente con la visión según la cual la recompensa económica es el único fin valioso para el ser humano.↵
- También desde una perspectiva biológica se reconoce esta diferencia (Morgado Bernal, 2019, pp. 22 y ss.).↵
- Para una discusión sobre diferentes usos de estos términos en la filosofía antigua, véase Striker (1990).↵
- Mill (1997, pp. 51 y ss.).↵
- “Pero, cuál es la utilidad de la filosofía, especialmente de la filosofía natural y la geometría, se entenderá mejor considerando las principales comodidades de las cuales la humanidad es capaz, y comparando la manera de vivir de aquellos que las disfrutan con la de aquellos que quieren lo mismo” (Hobbes, 1837, p. 7). Una visión similar de la utilidad de la filosofía, entendida esta como sabiduría o ciencia de la felicidad, aparece en numerosos escritos de Leibniz. Véase, por ejemplo, el texto de 2023 (pp. 344 y ss., 358-369).↵
- El propio Einstein reconoció la importancia de la filosofía para la investigación científica, véase Pigliucci (2025), Malik (2019).↵
- Sobre esta cuestión pueden consultarse diversas fuentes, por ejemplo: Cochran (2022), Gómez (2005), Elders (2006).↵
- Principalmente debido a la influencia de la llamada “filosofía de la Ilustración”, véase Bronner (2007), Todorov (2006), Pinker (2018).↵
- También es evidente la contribución de la filosofía en acontecimientos políticos y sociales que a la corta o a la larga resultaron menos progresistas, como la Revolución bolchevique o el surgimiento del nacionalsocialismo.↵
- Es muy interesante señalar, siguiendo a Van Norden, que Jefferson, uno de los padres fundadores de la democracia norteamericana e impulsor de las ideas de Locke, se esforzaba por mostrar la gran relevancia que tiene una “educación liberal”, esto es, una educación amplia que incluye por supuesto a las humanidades, para combatir la tiranía y alcanzar la felicidad de las personas en un gobierno democrático (Van Norden, 2023).↵
- Keynes enfatizó con justeza este punto: “Las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando son erróneas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En efecto, el mundo no está gobernado por mucho más que eso. Los hombres prácticos, quienes creen que están exentos de cualquier influencia intelectual, son habitualmente esclavos de algún difunto economista. Los locos con autoridad que escuchan voces en el aire están destilando su frenesí de algún escritorzuelo académico de algunos años atrás. Estoy seguro de que el poder de los intereses creados está vastamente exagerado en comparación con la gradual invasión de las ideas” (Keynes, 1936, como se citó en Van Norden, 2023).↵
- No hay que negar que las ideas filosóficas no hayan tenido también, en algunas ocasiones, una influencia negativa en el mundo. Basta pensar en la poderosa influencia que ejercieron algunas ideas de Nietzsche en la doctrina del nazismo.↵
- Sobre esta cuestión podemos recomendar la lectura del interesantísimo libro de Martha Nussbaum Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2006, pp. 6 y ss.).↵
- Algunos ejemplos pueden hallarse en Ordine (2017, pp. 75 y ss.). Sobre Newton en particular, véase Westfall (2004, pp. 118, 153, 273).↵






