Ariel Martínez
Presentación
Desde inicios del siglo XXI, la escena académica ha asistido a la irrupción de un giro material. Tanto en las humanidades como en las ciencias sociales, con especial énfasis en el campo de los feminismos, ha comenzado a tomar protagonismo un enfoque ontológico preocupado por revitalizar nociones de materia, naturaleza, cuerpo, biología, entre otras, sin recurrir al excesivo énfasis asignado al lenguaje, el discurso, el poder, la cultura, la hermenéutica, la significación, el significante y el significado. Si la preocupación por los viejos y peligrosos esencialismos, tanto en el campo teórico como político, fue combatida a finales del siglo XX con el baño ácido de la retórica, actualmente asistimos a la irrupción de marcos teóricos renovados y sofisticados que permiten recuperar la agencia de la materia sin tropezar con perspectivas sustancialistas, esencialistas o fundacionalistas. En este panorama contemporáneo, el presente capítulo se propone señalar el modo en que el giro lingüístico ha postulado al lenguaje, el pensamiento, la cultura, la cognición, el logos, como únicas formas de acceso al mundo. Así, nos proponemos ofrecer razones que demuestren que la hegemonía de esta perspectiva supone que cualquier preocupación y aproximación a la naturaleza, el mundo, el cuerpo y la materia sin recurrir a las herramientas conceptuales del construccionismo social se aleja necesariamente de la crítica y, por tanto, incurre en esencialismos vinculados con posicionamientos políticamente reaccionarios. El campo del feminismo y del surgimiento de la categoría de género es un escenario que utilizaremos para contextualizar estas ideas y exponer las principales propuestas existentes que dan cuenta de las consecuencias de una desmaterialización del mundo. La preocupación por desmontar el antropocentrismo subyacente a la primacía del lenguaje como única vía para la gesta de teorías críticas es transversal a esta propuesta.
1.
Elizabeth Wilson (2021) se interroga: “¿qué innovaciones conceptuales serían posibles si la teoría feminista no fuera tan instintivamente antibiológica?” (pp. 43-44). La pensadora contemporánea afirma que los datos biológicos no siempre deben ser objeto de sospecha; por el contrario, pueden resultar sorprendentes, transformadores y desafiantes tanto para la teoría como para la política feminista. Afortunadamente, perspectivas teóricas emergentes ofrecen enfoques conceptuales renovados sobre la naturaleza y la biología. Aún más, pese al interés declarado sobre el cuerpo, las feministas han optado por el construccionismo social como perspectiva central. Han adjudicado a la cultura, al lenguaje y las relaciones de poder un protagonismo exclusivo a la hora de explicar cómo se construyen los cuerpos. Resulta curioso, al menos para Wilson, que este interés por el cuerpo se sostenga en un rechazo a involucrarse con datos biológicos.
Queda claro que la prioridad asignada a las narraciones, metáforas y representaciones se ha constituido como un recurso feminista para lidiar con la incomodidad que supone incluir afirmaciones biológicas, “como si los datos biológicos abrumaran la capacidad de la teoría feminista para realizar intervenciones políticas y conceptuales convincentes” (Wilson, 2021, p. 46). Sucede que, a criterio de Wilson, el antibiologicismo ejerce un poder retórico que envuelve sus afirmaciones en un manto de corrección política. Aquí se articula un mito que es preciso señalar. El ámbito del lenguaje se postula como la única vía capaz de desarticular los viejos esencialismos con los que el feminismo lucha. Es cierto, discursos esencialistas, naturalistas y biologicistas han anclado en el cuerpo femenino los determinantes de la inferioridad de las mujeres. Ahora bien, ¿el lenguaje y los enfoques socioculturales depurados de toda referencia a la materialidad del cuerpo y a la naturaleza constituyen la única vía para la transformación de las estructuras que producen los ejes de diferencia y de opresión? ¿Acaso el precio que se paga por el entronamiento de los enfoques sociodiscursivos no es la dilución de la materialidad en el campo de la retórica?
2.
Suscitado desde inicios del siglo XXI por los nuevos materialismos contemporáneos, existe un renovado interés por la materia. Hasta hace poco más de una década, el construccionismo social, el giro lingüístico o el giro cultural constituían la posición intelectual dominante en el feminismo, en particular, y en las humanidades y ciencias sociales, en general. Actualmente, los nuevos materialismos se han implantado de forma tan contundente en la escena académica al punto de configurar un posicionamiento teórico dominante susceptible de provocar todo tipo de reacciones.
En primer lugar, la denominación “nuevos materialismos” (Alaimo y Hekman, 2008; Coole y Frost, 2010) puede resultar un tanto confusa. El énfasis en el carácter novedoso de la especulación contemporánea en torno a la materialidad resulta, sin dudas, exagerado (Palacio, 2018). Las reflexiones en torno a la materia se remontan a los primeros escritos fundantes de la tradición metafísica occidental. Incluso filósofos presocráticos como Heráclito, Parménides, Epicuro y Demócrito propusieron diferentes perspectivas sobre la materia que involucran oposiciones fundantes del pensamiento occidental: el ser y el devenir, la materia y la forma, la parte y el todo. De Platón en adelante, el idealismo ha sido protagonista del pensamiento filosófico. Como un doble oscuro, el materialismo ha prosperado desde los márgenes como una presencia molesta y desafiante. Aun así, Marx, Freud, Nietzsche y Darwin son testimonio del modo en que la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX constituyeron una avanzada material contra diversas formas de idealismo, tales como la de Kant y la de Hegel.
El término “nuevo materialismo” (DeLanda, 2006) o “neomaterialismo” (Braidotti, 2006) comenzó a circular en el ámbito de las ciencias sociales y humanas en la segunda mitad de la década de 1990. Años antes, Donna Haraway (1988) se refirió a los aspectos “semiótico-materiales” al reclamar un examen detallado de la materia como viva, procesual y transformadora. En esta dirección, la cualidad más significativa de la materia es su capacidad de “metamorfosis” (Braidotti, 2002) o “morfogénesis” (DeLanda, 2006). El prisma ontológico renovado de esta perspectiva filosófica afirma una coconstitución de la naturaleza y la cultura. Bruno Latour (1993) señala la existencia de “híbridos” y “colectivos” que habitan en la intersección de la naturaleza, la cultura y el discurso. Haraway (2003) ofrece el concepto de “cultura de la naturaleza” destinado a captar los entrelazamientos necesarios entre lo natural y lo cultural, o lo material y lo semiótico, más allá de la lógica dualista tradicional. En sintonía, el enfoque de Karen Barad, llamado “realismo agencial”, asume que la materia es tan activa como nuestros marcos interpretativos. No le damos simplemente significado a la materia, argumenta, sino que la materia y el significado se coforman mutuamente (Barad, 2003, 2007). La materia está implicada en todos los procesos de creación de significado, de ahí un mayor interés en sus movimientos vibrantes y continuos expresado recientemente por un número significativo de académicos (por ejemplo, Alaimo y Hekman, 2008; Bennett, 2010; Grosz, 2011; Massumi, 2002).
Aunque con una atención crítica sobre el lugar preponderante asignado al lenguaje, de ninguna manera este enfoque implica la independencia de la materia con respecto a las condiciones o contextos sociopolíticos. Sin embargo, el surgimiento del nuevo materialismo también está relacionado con la creciente insatisfacción con los enfoques de los estudios culturales existentes, y especialmente con el constructivismo social, que no permite ir más allá del análisis de las estructuras de poder y el ámbito del significado. Aun así, esto no significa que el marco analítico postestructuralista deba ser ignorado. Muy por el contrario, hasta cierto punto, el nuevo materialismo se basa en los logros de la teoría del discurso, al mismo tiempo que exige más investigaciones empíricas de los procesos y estructuras materiales que coexisten con lo discursivo y hacen que el despliegue del significado sea posible. Entonces, el nuevo materialismo no privilegia la materia sobre el significado o la cultura sobre la naturaleza, sino que fomenta un rechazo a cualquier distinción entre comprensiones mecanicistas y vitalistas, o inorgánicas y orgánicas, de la materia.
Parece extraño que este retorno del materialismo adquiera tanta fuerza y resonancia en nuestro momento actual. ¿Qué sucedió en la escena académica para que el retorno del materialismo fuera tan significativo? Rosi Braidotti (2002) ubica como un hito explicativo de este fenómeno el modo en que el ámbito académico estadounidense hegemonizó una recepción específica del estructuralismo y del posestructuralismo que, en los años ochenta y noventa, se fusionaron con formas de constructivismo social emergentes, principalmente desde el feminismo, los estudios críticos de la raza y los estudios culturales. Fue así que el énfasis asignado por el estructuralismo al lenguaje para comprender tanto el orden cultural como el sujeto elevó el ámbito de la significación a una posición central y definitoria para legitimar cualquier relato sobre lo humano como tal. Aún más, el lenguaje no fue concebido como un producto del sujeto. Lejos de esto, el sujeto y el orden cultural fueron conceptualizados como efectos del lenguaje.
A caballo de la semiótica como disciplina emergente, aquella comprensión del lenguaje prometía trasladar los debates propios de las humanidades y las ciencias sociales hacia niveles de mayor crítica y complejidad. El estudio interdisciplinario de los sistemas de signos se impuso como un terreno hegemónico desde el cual indagar cualquier fenómeno sociocultural. Aun cuando la crítica de la metafísica de la presencia que vertebra al posestructuralismo se plegó críticamente sobre el estructuralismo y sus nociones de objetividad y verdad, y pese a la introducción posfundacionalista del historicismo, el poder y el antagonismo en las explicaciones sincrónicas y funcionalistas imperantes, quedó intacto el privilegio del lenguaje como el principal vector de análisis. Todo estaba sujeto al lenguaje y había poco espacio para cualquier planteo que pensara y persiguiera el acceso a la complejidad sin recurrir al protagonismo de la maquinaria impersonal, dividida y problemática del lenguaje.
3.
Es indudable que el giro lingüístico fue un avance significativo contra discursos retrógrados y conservadores que apelaban a nociones de naturaleza esencialistas, sobre todo en materia de género y sexualidades. Sin embargo, transcurrido un cuarto del siglo XXI también es posible ponderar los límites de esta perspectiva. Una vez más, el lenguaje configuró un poderoso salvoconducto hacia la desnaturalización de supuestos firmemente basados en esencias. El ámbito de la significación reveló que las entidades postuladas como prediscursivas, tales como el cuerpo, la diferencia sexual, la naturaleza misma, son producto del discurso. El giro lingüístico permitía la reflexividad, dimensión metacrítica capaz de someter la propia estructura de sus argumentos a escrutinio. Este modo de interrogación epistémica excluyó de plano cualquier compromiso con la ontología. Así, la ficción posmodernista proyectó un mundo lingüístico en el que pensar en la materia, el cuerpo y el mundo sin recurrir de forma absoluta al lenguaje suponía afirmar fundamentos necesarios y, por tanto, se convirtió en índice de desactualización teórica y peligrosidad política. Sin embargo, como ya se ha señalado anteriormente, en la actualidad existen numerosos puntos de vista que demuestran convincentemente que el interés por la ontología no excluye la posibilidad de postular fundamentos contingentes para nuestro orden social y subjetivo.
Es preciso señalar que la perspectiva neomaterialista emergente nutre los debates en torno al cuerpo. Dentro del campo de la teoría feminista, los nuevos materialismos se han afincado, en particular, sobre una potente crítica al posestructuralismo de Judith Butler. Es sabido el lugar que Butler asigna al lenguaje. Para esta autora un cuerpo se torna inteligible exclusivamente a partir de una marca discursiva (Butler, 1990). Los cuerpos se materializan en el discurso. Este gesto ha colocado la piedra fundacional del feminismo angloamericano de cuño posestructuralista, el cual vincula linealmente el problema del esencialismo con cualquier interés por la materia, el cuerpo y la naturaleza más allá del lenguaje. La postulación del lenguaje como única vía para combatir el esencialismo implicó cierta suspicacia ante el análisis riguroso del cuerpo en sus aspectos ontológicos y materiales. Pero, como señalamos, la irrupción de los nuevos materialismos feministas (Alaimo y Hekman, 2008; Coole y Frost, 2010) constituye un punto de vista renovado desde el cual revisitar conceptos y categorías sobre el cuerpo, la naturaleza y la diferencia sexual que no suponen, necesariamente, esencialismos. Ello posibilita la construcción de herramientas teóricas capaces de socavar la elisión que realiza la metafísica occidental (falogocéntrica y patriarcal) entre la materialidad del cuerpo en continuidad ontológica con el mundo, por un lado, y la pretensión desencarnada de un sujeto abstracto autoconstituido, por el otro (Colebrook, 2007; Irigaray, 2007; Canters y Jantzen, 2014).
Este contexto intelectual reciente acentúa la necesidad de enfrentar analíticamente el poder agencial de aquello que la tradición teórica afirma por fuera de los confines de lo humano. Asistimos al despliegue de un espectro de desarrollos que, desde supuestos ontológicos renovados, toman como blanco de sus críticas a las ya conocidas dicotomías cultura-naturaleza, sujeto-objeto, representación-materialidad. Los actualmente denominados “giro ontológico” y “giro material” suponen la puesta en cuestión de qué es lo real y cuál es el estatuto metafísico de la materia, por fuera de los estrechos márgenes trazados por el naturalismo moderno, el cual asume la existencia de una única naturaleza inerte y disponible para la voluntad inconmensurable de dominio del anthropos. La atención a estos problemas requiere nuevas herramientas conceptuales. En esta dirección, la responsabilidad por demostrar la construcción histórica de la naturaleza debe ocuparse también de aquellas fuerzas no reducibles al ámbito de la representación.
4.
Si bien la división entre cultura y naturaleza fue problematizada, no fue indemne a la fuerza del correlacionismo sugerido anteriormente (Meillassoux, 2015). Esto es, la imposibilidad de referirnos a algo que no esté significado ya por una marca cultural, es decir, no podemos acceder a la naturaleza excepto a través de la cultura. Este correlacionismo que, sin dudas, jerarquiza la cultura como un nombre que abarca todo y hace de la naturaleza un mero soporte a ser dominado, se vincula directamente con los planteos actuales de Donna Haraway (2019), quien afirma que habitamos un mundo herido. Asistimos a complejas transformaciones en un siglo XXI caracterizado por una devastación material; esto se traduce en una precariedad ecológica, el saqueo desmedido de recursos naturales, la destrucción de especies, la contaminación y privatización de los recursos hídricos y el cambio climático. Si consideramos la violencia material y la precariedad perpetrada por la pretensión de dominio del anthropos, es comprensible que, desde los años 80 y 90, nuestros modelos teóricos hayan reflexionado sobre la necesidad de trazar un nuevo horizonte ético-político. El giro material ofrece esa posibilidad habida cuenta de observar los efectos desmedidos de la violencia que anida en la construcción de un mundo hecho de palabras. Allí la Otredad es proyección degradada susceptible de ser dominada y explotada. El peligro del esencialismo de todo aquello que no persiga la posibilidad de hallar otros medios para la transformación de nuestras realidades tal vez sea un mito destinado a proteger el privilegio de lo Uno, lo Mismo, el AntropoFaLogos (Rolnik, 2019).
Entonces, mientras que en este contexto teórico-político la naturaleza se volvía conceptualmente cada vez más esquiva, el daño y la explotación hacia los recursos naturales no podían postularse con claridad. Las dimensiones animal y biológica de los seres humanos también se veían como un equipaje esencialista (Wilson, 2021). Cualquier interés por estas dimensiones fue considerado teórica y políticamente inapropiado. A partir de una simplificación de las nociones de naturaleza, biología, animalidad, vegetalidad y materia, los sujetos humanos se concebían como completamente construidos en un terreno cultural desprovisto de cualquier aspecto no reductible al lenguaje. Aún más, el estatus ontológico de la materialidad misma era difícil de postular en este contexto sin que el planteo fuera identificado con un realismo ingenuo y esencialista.
Invoquemos, nuevamente, las ideas de Butler. En el contexto señalado, la materialidad solo podía ser el efecto de prácticas discursivas reiterativas, es decir, efectos materializadores del discurso (Butler, 1993). Esta perspectiva constituyó un poderoso armamento para deconstruir, en términos de Butler (1990), no solo el género sino el sexo mismo. En contraste, los relatos feministas anteriores enfatizaban una comprensión biológica del sexo como contrapunto con el género socialmente construido. La raigambre discursiva tanto del género como del sexo contribuyó no solo a la complejización de la teoría de género y a la configuración y consolidación de la teoría queer, sino que también abrió paso a las teorías trans e intersex contemporáneas. Los sexos no conformes al dimorfismo, y no solo los géneros no normativos, se volvieron teorizables en sus propios términos, como algo más que monstruosos o patológicos. Por todas estas razones, los feminismos, los estudios sexo-disidentes y las políticas de género contemporáneas le deben mucho a la teoría de la performatividad de género articulada por Butler a la luz del giro lingüístico y del posestructuralismo.
Pese a lo señalado, Butler es un ejemplo instructivo sobre aquello que deja de lado el modo en que se comprende la materialización en el marco del hiperconstruccionismo lingüístico. Como ya lo hemos dicho, el giro material contemporáneo puso sobre el tapete la forma en que la materia era presentada como un producto o efecto pasivo del discurso. El discurso fue postulado como un agente activo y la materialidad como una superficie fáctica, inerte y pasiva de inscripción de los sentidos lingüísticos o de significados socioculturales. El modelo de la inscripción o la versión más radicalizada de la conformación discursiva de una superficie pasiva se deriva, en gran parte, de Michel Foucault. Pese a la discusión que el autor inaugura sobre los cuerpos, los presenta como un sitio pasivo de conformación discursiva (Butler, 1989). La propuesta teórica de Butler sobre la materialización postula que la superficie corporal ni siquiera precede a la inscripción discursiva. Para Butler, la materialización es un proceso en el que el discurso se troca en materia. Es cierto, Butler misma se encarga de mencionar que su idea en torno a los procesos de materialización no niega la materia misma. Esto nos haría creer que la autora escapa a un monismo lingüístico o a la postulación de una pura construcción social. Sin embargo, Butler no abandona el lenguaje de las causas y el proceso propuesto ubica al ámbito discursivo como agente unidireccional que produce a la materia. En su explicación, la materialidad no tiene capacidad de agencia y es incapaz de resistir en sus propios términos al poder productivo del lenguaje (Latour, 1993; Bennett, 2010).
El argumento principal de la mayor parte de intelectuales que se enfilan en los nuevos materialismos, en contra de Butler, consiste en afirmar la agencia material más allá del lenguaje. La materia es capaz de producir efectos, ejerce fuerza y ofrece resistencia. Sin embargo, el poder continuo del correlacionismo y el eficaz mantra de “la construcción social” empañan la posibilidad de comprender dicha afirmación en toda la complejidad que amerita. Pero un problema, ya sugerido anteriormente, se cierne sobre el constructivismo discursivo: si todo lo que existe es producido discursivamente o construido lingüísticamente, ¿cómo imaginamos el punto de apoyo para la resistencia a este régimen discursivo? (Martínez, 2024). Existen respuestas formalistas a este problema. Suelen afirmar que los discursos necesariamente producen contradiscursos. Pero esto no ofrece una explicación convincente acerca de cómo el poder omnímodo de la construcción social establece límites a la construcción misma. Este es el problema con el que se enfrenta cualquier perspectiva anclada en la universalización de un término. Si después de Kant gran parte de la filosofía estableció como límite la incapacidad para conocer las cosas en sí mismas, esto elevó el pensamiento, el lenguaje, la subjetividad a un sitio incapaz de reconocer sus propios límites, puesto que se ha vuelto dificultoso postular, si no algo por fuera, acaso su límite interno.
5.
¿Pueden los construccionismos sociales ser conservadores? Solo basta con acudir a la teoría constructivista de John Money en torno al género para poder apreciar los rasgos conservadores que puede asumir una teoría construccionista.
John Money produce la gesta médico-endocrinológica de la identidad de género como categoría explicativa en su Johns Hopkins Gender Identity Clinic. El médico norteamericano se enfrentó a la necesidad de distinguir dos órdenes de datos. A su parecer, el sexo, por un lado, y su connotación estrictamente biológica –cromosomas, genitales, gónadas, hormonas– constituyen condiciones naturales que delimitan dos sexos. El género, por otro lado, y su connotación psicológica y cultural, no se trata de otra cosa que de las coordenadas sociales de ser varón o mujer.
Los escritos científicos de Money innovan en las décadas de los 50 y 60 con la contundente noción de gender identity (Goldie, 2014). Esta identidad de género resulta ser una noción compleja cuyas características principales son la rigidez y la fijeza. En última instancia se trata de una persistente creencia inconmovible. Sin más, el autor refiere a este constructo como el sentido individual de pertenecer a uno u otro sexo. Si el vínculo entre la identificación de género y “la base” biológica del sexo es oscuro, el enlace con el ámbito cultural resulta mucho más claro. La identidad de género refleja el grado en que un individuo se considera varón o mujer; es decir, el grado de conformidad respecto a las pautas culturales de la masculinidad y de la feminidad.
Es así que la presencia ineludible de lo cultural en el corazón de la identidad de género conduce a Money ante la necesidad de forjar una nueva categoría: rol de género. Bajo un examen detenido, la idea de rol de género nos muestra la intersección de un sentido cultural y un sentido individual (Ayim y Houston, 1985). El primero de ellos se refiere a las pautas de género establecidas en una cultura, a la norma social que reúne las características culturalmente avaladas para varones y mujeres. El segundo de ellos alude a las características que un individuo expresa y que integran atributos considerados femeninos o masculinos; estos conforman una gama diversa de atributos físicos como la apariencia y el comportamiento, también rasgos subjetivos como sentimientos, actitudes, motivaciones, creencias. En suma, “todas aquellas cosas que una persona dice o hace [al otro o a sí misma] para revelar que él o ella tiene el estatus de niño u hombre, o niña o mujer, respectivamente” (Money, 1955, p. 254, traducción propia).
Todo sujeto, sostiene Money, posee dos esquemas mentales de género, así como un esquema de lo humano, que contienen todo lo que integra su definición y que, incluso, no son codificados como específicamente femeninos o masculinos. Durante el proceso de generización, ítems particulares se funden con un esquema de género específico, y es allí donde se consolida el núcleo de identidad de género. Todo parece indicar que Money sostiene el carácter preexistente de estos esquemas, sobre todo cuando deja en claro que rol de género e identidad de género no son sinónimos, aunque su afirmación respecto a que constituyen facetas de una misma entidad no solo nos hace mover en terreno pantanoso, sino que también marca cierta preeminencia del ámbito social en el modo en que el género arraiga en la subjetividad.
Ciertamente, el punto en que se distancian estos constructos deja en claro que puede existir una “imperfecta” correlación entre la posesión y manifestación de una característica de rol de género y el sentido de identidad de género. Pues poseer características de uno de los géneros es necesario, pero no suficiente, para afirmar la identidad de género. Sin embargo, nadie podría portar una identidad de género sin la existencia de roles de género a los que recurrir para desplegarse; del mismo modo, la existencia de la identidad de género asegura la expresión de tal identidad, lo que a su vez asegura la propagación del rol. Tal es así que Money mismo llega a afirmar que “la identidad de género es la experiencia privada del rol de género” y “el rol de género es la manifestación pública de la identidad de género” (Money y Ehrhardt, 1972, p. 146, traducción propia).
Money introduce el artefacto teórico del género en el campo médico para pensar las complejidades de los posicionamientos en cuanto a la feminidad y la masculinidad en los casos de niños transexuales. De modo que inaugura una gama de problemas a la hora de reflexionar sobre los vínculos complejos entre cuerpo e identidad de género. Así, la categoría de género, diseminada e impregnada en innumerables campos disciplinares, lleva consigo una genealogía posteriormente denunciada. Esto es así ya que el sexo del que pretende desembarazarse permanece consolidado en su carácter binario, alimentando restricciones que invisibilizan los obstáculos epistemológicos que el sitio asignado culturalmente al cuerpo retiene cuando se piensa en la posible proliferación de otras localizaciones de sujeto más allá del dimorfismo sexual. Pero no es esta la crítica que nos interesa explorar aquí.
Desde una lectura apresurada, el construccionismo social que anida en la teoría de Money podría hacernos creer que el autor enfila sus ideas en un compromiso político de cambio social tendiente a ampliar los márgenes de reconocimiento. Sin embargo, pese a que su teoría afirma la idea de que el sexo no es base natural del género, Money se encuentra profundamente preocupado por consolidar la mímesis sexo/género tal como la norma social la produce. El construccionismo social de Money se propone efectuar la soldadura entre sexo y género, siendo la discontinuidad entre estos elementos un problema político a corregir mediante estrategias médico-quirúrgicas.
Es Julieta Massacese (2024) quien analiza el modo en que la introducción de la categoría de género por parte de Money produce una nueva episteme que sustenta un constructivismo conservador. Pese a que a sus postulados conceptuales subyace una profunda desnaturalización que abraza la “confianza en la capacidad tecnológica y educativa de la medicina para moldear el género, […] Money se había esforzado en construir varones y mujeres coherentes y normales” (p. 65). Si bien, por un lado, el endocrinólogo norteamericano afirmaba el poder de la crianza en la producción del género, por otro lado, el cuerpo fue arrastrado hacia requerimientos cisheterosexuales más que hacia necesidades del orden de salud. Del mismo modo, la autora ofrece la posibilidad de pensar en aportes progresistas que emergen desde la biología. Al respecto, Elizabeth Wilson (2002) nos cuenta una anécdota respecto a la superabundancia, diversidad y multiplicidad que la naturaleza despliega mediante el devenir de sus emergentes biológicos. De regreso de su viaje de cinco años en el Beagle en 1836, Charles Darwin recolectó gran cantidad de especímenes que se dedicó a clasificar durante los siguientes diez años. Cuando se enfrentó con la tarea de diseccionar un percebe (un crustáceo), quedó fascinado ante el descubrimiento de que los percebes suelen ser “hermafroditas”: cada individuo tiene órganos culturalmente asignados como “masculinos” y “femeninos”. Sin embargo, luego encontró otra especie de percebe que tenía sexos separados, incluso las hembras y los machos de esta especie eran radicalmente diferentes en forma. Más interesante aún, notó que muchos de los especímenes que había estado disecando estaban contaminados por diminutos parásitos. Tras el arduo trabajo de detectarlos y desecharlos, notó su error: estos pequeños parásitos eran, de hecho, el “macho” de la especie. Las “hembras” parecían percebes ordinarios, pero los “machos” eran completamente diferentes en forma corporal, eran microscópicamente pequeños y vivían dentro del “cuerpo femenino”: el “macho” o, a veces, dos “machos”. En el instante en que dejan de ser larvas locomotoras, se vuelven entidades parásitas dentro del saco de la “hembra” y, por lo tanto, fijados en la piel de la “hembra”, pasan toda su vida y nunca pueden volver a moverse. También encontró otra especie de percebe “hermafrodita” que, además, tenía estos diminutos “machos” complementarios incrustados en su cuerpo. Se trataba de una especie ubicada entre la forma “hermafrodita” y una forma de “separación sexual”: un eslabón que no solemos encontrar cuando pensamos la “diferencia sexual”. Estas especies, señala Wilson, son evidencia de la diversidad somática que produce la naturaleza. En verdad, nos dice, las maravillas de la naturaleza son ilimitadas e ilimitables y, ¿por qué no?, “perversas”. Wilson enfatiza el modo en que el trabajo de Darwin con percebes saca a la luz una “perversión natural” que seguramente debe reorganizar nuestras teorías de “la diferencia” y la “transcorporealización” más allá de enfoques puramente culturales subsidiarios de dualismos restrictivos.
6. Comentarios finales
Sin dudas, el nuevo materialismo florece en los impasses del constructivismo social, el giro lingüístico y el giro cultural. Su aparición fue impulsada por la incapacidad de proponer la pertinencia en las dimensiones no humanas de la ecología y de los aspectos agenciales y biológicos del cuerpo para las ciencias humanas y sociales. Resituar el interés por la materialidad del cuerpo de ningún modo supone un conservadurismo teórico, ni asumir posiciones políticas reaccionarias. El conjunto de intelectuales que conforman este campo emergente ofrece herramientas teóricas que deshacen las oposiciones entre naturaleza y cultura, cuerpo y mente, animal y humano, discurso y materialidad. Solo por mencionar dos ejemplos, Stacy Alaimo (2008) ofrece el concepto de “transcorporealidad”, que vincula la “interioridad corpórea con los procesos vitales más que humanos” (p. 252), y el “realismo agencial” de Barad (2007), que se centra en la “‘intra-acción’ de la materia y el discurso” (p. 243). Asimismo, los nuevos materialismos enfatizan la agencia de la materia tanto en su entrelazamiento con la agencia humana como en su superación de esta. Así lo señala Jane Bennett (2010) con la “agencia de los ensamblajes” y la teoría del actor-red de Bruno Latour (2005). También podemos encontrar una fuerte invocación a Deleuze cuando la literatura al respecto enfatiza una ontología del devenir y flujos. La materia se concibe como porosa, viscosa y marcada por la virtualidad. Este énfasis en el devenir es particularmente evidente en el trabajo de Bennett, con su énfasis en los ensamblajes; Colebrook (2007), con su concepto de materia como “diferencia positiva”; y el énfasis de Malabou (2010) en la “plasticidad”. Finalmente, parte del cambio de énfasis desde el giro lingüístico al giro material ha sido el regreso de la ontología a un lugar de prominencia dentro del discurso filosófico y teórico.
Para finalizar, no es ocioso preguntarnos a qué rígidos esquemas dualistas nos aferramos cuando trazamos una línea divisoria brillante entre naturaleza y cultura y, aún más, cuando colocamos la transformación, el cambio y la posibilidad de revuelta del lado de la cultura, y el conservadurismo y el determinismo del lado de la naturaleza. Desmontar el mito de que los construccionismos sociales son progresistas y que los aportes de la biología son conservadores contribuye, sin dudas, a transformar nuestros esquemas interpretativos para hacer justicia a la complejidad de la realidad semiótico-material en la que estamos incrustados.
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