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Lingüística y biología

El mito de las lenguas como seres vivos

María Alejandra Regúnaga y Maximiliano D. García

1. Introducción

La publicación de The Origin of Species (Darwin, 1859) constituyó lo que Kuhn (2004) había dado en llamar un cambio revolucionario de paradigma dentro de la investigación científica. Esto queda claro al considerar el contexto en que surge su particular planteo evolutivo y, específicamente, al ver el modo en que fue recibido por el mundo científico. Para comprender el efecto que tuvo la propuesta de Charles Darwin en la ciencia (y en el mundo), recurrimos al planteo de Kuhn (2004) acerca de cómo la ciencia se desarrolla como una sucesión de fases en las que cierto paradigma resulta funcional para brindar respuestas a los problemas, interrumpidas por “revoluciones científicas” que implican su desplazamiento por un nuevo paradigma:

el surgimiento de un paradigma afecta a la estructura de un grupo que trabaja en un campo. Cuando en el transcurso del desarrollo de la ciencia natural, una persona o un grupo produce por primera vez una síntesis capaz de atraer a la mayoría de los profesionales de la siguiente generación, las escuelas más antiguas desaparecen gradualmente. En parte su desaparición está provocada por la conversión de sus miembros al nuevo paradigma. (Kuhn, 2004, p. 51)

Podemos entonces retomar la pregunta fundamental que este filósofo e historiador de la ciencia se plantea –¿cómo se consigue que los científicos hagan la transposición hacia el nuevo paradigma?–, pues su respuesta se vincula con el tema que aquí presentamos:

Parte de la respuesta es que muy a menudo no se consigue. El copernicanismo hizo muy pocos conversos durante casi un siglo tras la muerte de Copérnico […]. Los propios científicos se han percatado a menudo de las dificultades de la conversión. Darwin escribía en un pasaje especialmente penetrante del final de su Origin of Species: “Aunque estoy plenamente convencido de la verdad de las opiniones expuestas en este volumen… , no espero en absoluto convencer a los naturalistas experimentados cuyas mentes están atestadas de una multitud de hechos, todos los cuales se han contemplado durante el largo transcurso de los años desde un punto de vista directamente opuesto al mío”. (Kuhn, 2004, pp. 253-254)

Hay todavía más pruebas en la propia obra de Kuhn (2004) que ayudan a comprender el contexto y las circunstancias en que The Origin of Species (Darwin, 1859) irrumpe dentro del mundo científico y que permiten, además, justipreciar la recepción y los efectos que la publicación tuvo en su momento:

Cuando Darwin publicó inicialmente su teoría de la evolución por selección natural en 1859, lo que más molestaba a muchos profesionales no era ni la idea del cambio de las especies ni la posible descendencia humana del mono. Las pruebas que apuntaban a la evolución, incluida la evolución humana, se habían venido acumulando durante décadas, y la idea de evolución había sido sugerida y ampliamente difundida con anterioridad. Por más que la evolución en cuanto tal se topara con cierta resistencia, especialmente por parte de algunos grupos religiosos, no era esa en absoluto la mayor de las dificultades a que se enfrentaban los darwinistas. Esa dificultad surgía de una idea que era casi exclusiva de Darwin. Todas las teorías evolucionistas pre-darwinistas de sobra conocidas, las de Lamarck, Chambers, Spencer y los Naturphilosophen alemanes, habían entendido que la evolución era un proceso dirigido a un fin. Se entendía que la “idea” del hombre y de la flora y la fauna contemporáneas había estado presente desde el inicio de la creación de la vida, tal vez en la mente de Dios. Tal idea o plan había suministrado la dirección y la fuerza rectora de todo el proceso evolutivo. Cada nuevo estadio del desarrollo evolucionista era una más perfecta realización de un plan que había estado presente desde el comienzo. Para muchas personas, la abolición de este tipo de evolución teleológica fue la más importante y menos aceptable de las sugerencias de Darwin. El origen de las especies no reconocía meta alguna establecida por Dios o por la naturaleza. (Kuhn, 2004, pp. 286-287)

Imagen 1

Fuente: Haeckel (1866, p. 463).

Imagen 2

Fuente: Haeckel (1866, p. 497).

Se entiende entonces que hubo un factor crucial que marcaba la diferencia entre la teoría evolutiva propuesta por Darwin (1859) y otras ideas evolucionistas de la época; y fue este factor diferencial el que convirtió la teoría darwinista en revolucionaria.

Uno de los eruditos que se sumaron al cambio de paradigma iniciado por Darwin fue Ernst Haeckel (1834-1919). Formado en múltiples disciplinas (biología, zoología, medicina), encontró en la lectura de Origin of Species (Darwin, 1859) un modelo de evolución aplicable a todo el dominio natural, tanto orgánico como inorgánico. En su obra Generelle Morphologie der Organismen. Allgemeine Grundzüge der organischen Formenwissenschaft, mechanisch begründet durch die von Charles Darwin reformierte Descendenz-Theorie (Haeckel, 1866), además de celebrar las ideas darwinistas sobre los seres vivos y su evolución, aparece por primera vez el concepto de ecología, entendida como la interacción de los organismos y su entorno.

En esta obra, Haeckel (1866) recurrió al modelo de árbol para explicar la progresiva complejización de las criaturas vivientes, todas provenientes de una forma ancestral o raíz común, que da lugar a la división en tres reinos de la vida (plantas, animales y protistas; ver Imagen 1).

Más tarde, en otro libro centrado en explicar los orígenes del ser humano, Haeckel (1874) también utiliza una representación arbórea para explicar el desarrollo humano. Retoma otros conceptos ya planteados en Haeckel (1866), “ontogenia” y “filogenia”, para justificar por medio del primero la transformación que comienza en el óvulo para convertirse en el ser humano completamente desarrollado; y, por medio del segundo, para demostrar el desarrollo evolutivo de la línea ancestral del humano, de monera a gastrea, pasando por variadas ramificaciones para concluir, en la más alta rama del árbol, con el ser humano (ver Imagen 2).

El desarrollo conceptual y terminológico asociado con el evolucionismo darwiniano y acrecentado en las obras de Ernst Haeckel constituiría un modelo ideal para la consolidación del método histórico-comparativo que caracterizaría los estudios lingüísticos del siglo XIX.

2. Las conexiones epistemológicas entre el estudio de las lenguas y el de los seres vivos

Tal como se ha mostrado en la sección anterior, la teoría evolutiva propuesta por Darwin (1859) en The Origin of Species constituyó un cambio revolucionario de paradigma dentro de las ciencias biológicas. Pero la revolución no se limitó a sacudir la tradición de los estudios del mundo natural, sino que afectó significativamente toda la historia cultural. Las ideas de “cambio evolutivo”, “diversificación evolucionaria” y “organización adaptativa” se fueron extendiendo hacia otras disciplinas, desde la astronomía –donde el concepto de “evolución estelar” se aplica para explicar el proceso secuencial en diversas fases que las estrellas atraviesan desde su “nacimiento” hasta su “muerte”–, hasta las ciencias sociales –la evolución cultural propuesta por Auguste Comte (1798-1857), que favorece la transmisión de conocimientos que permiten una mejor adaptación al entorno; la cualidad orgánica que Herbert Spencer (1820-1903) atribuye a la sociedad que, al igual que un ser vivo, crece, se multiplica y va estableciendo diferencias y especializando sus funciones–, la antropología –los distintos estadios evolutivos de la cultura humana, salvajismo, barbarie y civilización, propuestos por Edward B. Tylor (1832-1917)– y, objeto particular de nuestro interés, el estudio de las lenguas.

La lingüística decimonónica, todavía no consolidada como una ciencia autónoma, recurrió entonces al paradigma evolucionista para respaldar los estudios históricos y comparativos en las lenguas. Los procesos de desarrollo y cambio que atraviesa cada ser vivo durante su existencia (ontogenia) y las ramificaciones evolutivas que conectan los diferentes organismos en su historia evolutiva (filogenia) se aplicaron a las lenguas como si estas fueran otro tipo de ser vivo. La filogenia, sobre todo, destacó como el sustento teórico-metodológico para el método comparativo, que buscaba vincular las lenguas a partir de las relaciones sistemáticas entre estructuras léxico-gramaticales y fonéticas. Los estudios filogenéticos sobre las lenguas proliferaron y las lenguas del mundo comenzaron a ser ordenadas en “familias”, donde una “lengua madre” generaba, a partir de su diversificación con el paso del tiempo, un conjunto de “lenguas hijas” que “heredaban” características y rasgos estructurales de la “lengua madre”.

Otro recurso del evolucionismo biológico ampliamente explotado por los estudios lingüísticos ha sido la representación en forma de árbol. Desde que el orientalista inglés Sir William Jones (1746-1794) compartiera su opinión acerca de que las semejanzas entre el sánscrito, el griego y el latín no podían deberse sino a un origen en común, los esfuerzos de los primeros gramáticos comparatistas, como Jacob Grimm (1785-1863), Rasmus Rask (1787-1832) y Franz Bopp (1791-1867), se centraron en buscar esas conexiones conducentes a la lengua ancestral que les diera origen, el (proto)indoeuropeo. Pero fue August Schleicher (1821-1868) quien recurrió a la figura del árbol con ramas para mostrar el modo en que las lenguas escindidas a partir del indoeuropeo se conectaban con su origen. El famoso gráfico (Imagen 3) publicado en Die ersten Spaltungen des indogermanischen Urvolkes (Schleicher, 1853) es precedido por las palabras:“Estas suposiciones, que se desprenden lógicamente de la investigación anterior, se pueden ilustrar mejor con la ayuda de un árbol ramificado” (Schleicher, 1853, p. 787, traducción propia).

Imagen 3

Fuente: Schleicher (1853, p. 787).

El vínculo entre Schleicher y Haeckel, así como la afinidad de ambos con la teoría de Darwin, se hace explícito a partir de la carta abierta que el primero dirigió al segundo, donde reconocía que el biólogo lo había incitado a leer El origen de las especies:

No me has dejado paz, querido amigo y colega, sino hasta que hube leído la tan comentada obra de Darwin acerca del surgimiento de las especies en el reino animal y vegetal a través de la selección natural o la prevalencia de las razas más perfeccionadas en la lucha por la existencia […]. Te agradezco sobre todo los persistentes esfuerzos que finalmente lograron moverme al estudio de esta obra sin dudas importante. Que el libro me agradaría pareciste presuponerlo desde el comienzo, quizás hayas pensado en primer lugar en mi afición por la botánica y la horticultura. […] Sin embargo, querido amigo, no estabas completamente en el sendero correcto cuando querías conciliarme con ese notable libro ya mencionado preferentemente a causa de mi pasión por la jardinería. En un grado mayor aún obraron en mí las explicaciones y puntos de vista de Darwin en cuanto las puse en relación con la lingüística.
Así, para los organismos lingüísticos valen pareceres similares a los que expresa Darwin para el común de los seres vivos. Esto es válido en parte de manera casi general, y en parte también me pronuncié casualmente en 1860 –es decir en el mismo año en el cual apareció la traducción alemana de la obra de Darwin– sobre la ‘lucha por la existencia’ [Kampf ums Dasein], sobre la supresión de formas antiguas, sobre la gran expansión y diferenciación de clases particulares en el ámbito lingüístico en un modo que, prescindiendo de la expresión, coincide con las posiciones de Darwin de un modo llamativo. (Schleicher, 1863, pp. 3-4, 1863/2014, pp. 123-124, traducción de Ennis)

En ese mismo texto, Schleicher (1863, pp. 6-7) equipara las lenguas con los organismos vivientes, dando comienzo a una tradición hermenéutica que pervive hasta nuestros días:

Las lenguas son organismos de la naturaleza [Naturorganismen] que sin poder ser determinadas por la voluntad del hombre, surgieron, y de acuerdo con determinadas leyes crecieron y se desarrollaron, y a su vez envejecen y se extinguen; también es propia de ellas aquella serie de fenómenos que procuramos comprender bajo el nombre de “vida”. La glótica [Glottik], la ciencia de la lengua, es por lo tanto una ciencia natural; su método es en todo y en general el mismo que el de las demás ciencias naturales. (Schleicher, 1863, pp. 6-7, 1863/2014, p. 124, traducción de Ennis)

Otro de los paralelismos que se encuentran entre el estudio de las lenguas y de los seres vivos es el de la representación en forma de árbol para indicar los caminos evolutivos desde un origen. La semejanza entre el “árbol ramificado” de Schleicher (1863) y las figuraciones arbóreas de Haeckel (1866, 1874) puede inducir a la idea de que el lingüista se inspiró en el biólogo… pero el “árbol de Schleicher” fue publicado más de un decenio antes que el de Haeckel. Por otra parte, la representación de los vínculos entre las especies como un árbol ramificado se conocía desde principios del siglo XIX gracias al “árbol botánico” de Augier (1801, ver Imagen 4), que había servido de inspiración para diagramar relaciones en diferentes ciencias, no solamente las biológicas, y que hasta Darwin utilizó –de manera más estilizada– en su obra fundamental (Imagen 5).

Imagen 4

Fuente: Augier (1801, pp. ix-x).

Imagen 5

Fuente: Darwin (1859, p. 116b).

Finalmente, podemos destacar otra correspondencia entre los dominios de la lingüística y de la biología que ha ido creciendo en los últimos años. Ya se ha mencionado que Haeckel propuso el término ecología:

Por ecología entendemos la ciencia integral de las relaciones del organismo con el mundo exterior circundante, dentro de la cual, en sentido amplio, podemos incluir todas las “condiciones de existencia”. Estas son en parte de naturaleza orgánica y en parte de naturaleza inorgánica; tanto las primeras como las segundas son de suma importancia para la forma de los organismos, pues los obligan a adaptarse. (Haeckel, 1866, II, p. 286, traducción propia)[1]

Desde la publicación del artículo de Voegelin et al. (1967) acerca de la situación lingüística en Arizona, el término ecología se introduce en la terminología lingüística, conjuntamente con otro: etnolingüística. Este último, para designar sociedades lingüístico-culturales monolingües, reservando ecológica para las que son bilingües o trilingües. Aunque no se dan más explicaciones, se podría interpretar aquí que la “dimensión ecológica” de una sociedad plurilingüe implica cambios y adaptaciones en los usos lingüísticos a lo largo del tiempo, condicionados por factores externos a las propias lenguas. El ejemplo que brindan los autores sobre el yaqui –lengua yutoazteca hablada en México, cerca del límite con EE. UU.– permitiría esa inferencia: desde una perspectiva histórica, la comunidad es presentada como una “ecología trilingüe”, conformada por la transición entre un bilingüismo estable entre yaqui-español que, a lo largo del tiempo, fue sumando el inglés en ciertos ámbitos de uso, y esta tercera lengua causó un desequilibrio que podría llevar a la debilitación del yaqui y el consecuente regreso a un bilingüismo, esta vez español-inglés.

Recién con la publicación de Haugen (1972) se define con claridad la “ecología del lenguaje”:

Language ecology may be defined as the study of interactions between any given language and its environment. The definition of environment might lead one’s thoughts first of all to the referential world to which language provides an index. However, this is the environment not of the language but of its lexicon and grammar. The true environment of a language is the society that uses it as one of its codes. Language exists only in the minds of its users, and it only functions in relating these users to one another and to nature, i.e. their social and natural environment. Part of its ecology is therefore psychological: its interaction with other languages in the minds of bi- and multilingual speakers. Another part of its ecology is sociological: its interaction with the society in which it functions as a medium of communication. The ecology of a language is determined primarily by the people who learn it, use it, and transmit it to others. (Haugen, 1972, p. 325)

Ya cerca de finales del siglo XX, Mühlhäusler (1996) retoma esta definición al comienzo de su libro, pero le suma una nueva arista problemática: la de la pérdida de la diversidad lingüística, cada vez más acelerada y profunda. En el marco del creciente aumento de temas como “muerte de lenguas”, “lenguas minoritarias”, “mantenimiento lingüístico” en la literatura académica, Mühlhäusler (1996, p. 1) postula que “The main thrust of this book is that an understanding of language death and ecological matters go hand in hand”.

Mühlhäusler (1996) cuestiona la definición que Haugen (1972) hace de “ambiente” (environment) como algo perteneciente en parte a la esfera psicológica, y procura enfatizar la interdisciplinariedad de su faceta sociológica:

Haugen sees more in the ecology of language than just sociology of language or the study of speech situations or contexts. The study of language ecology is a complex job which involves the collaboration of a number of disciplines, as is made explicit in the following catalogue of questions that Haugen lists as relevant to forming a picture of the ecology of a given language. For any given ‘language’, then, we should want to have answers to the following ecological questions: (1) What is its classification in relation to other languages? (2) Who are its users? […] (3) What are its domains of use? […] (4) What concurrent languages are employed by its users? […] (5) What internal varieties does the language show? […] (6) What is the nature of its written traditions? […] (7) To what degree has its written form been standardized, i.e. unified and codified? […] (8) What kind of institutional support has it won […]? […] (9) What are the attitudes of its users towards the language, in terms of intimacy and status, leading to personal identification? […] (10) Finally, we may wish to sum up its status in a typology of ecological classification, which will tell us something about where the language stands and where it is going in comparison with the other languages of the world. (Mühlhäusler, 1996, pp. 3-4; las itálicas son del autor)

Se focalizan así en la “ecología lingüística” cuestiones que la atraviesan desde otras disciplinas: la sociolingüística, la dialectología, la filología, la glotopolítica y la etnolingüística. Pero Mühlhäusler (1996) establece también en esta obra una correlación significativa entre la diversidad lingüística y la diversidad biológica, que destaca el valor de la metáfora ecológica para afrontar conjuntamente el riesgo de la acelerada pérdida en ambos casos:

By approaching the issue [the loss of linguistic diversity] from an ecological perspective, a deliberate link has been established with arguments concerning the loss of biological diversity and environmental issues. At the same time an ecological metaphor will draw attention to the similarities of the moral issues involved in bio-engineering and language engineering, nature protection and culture protection, and so forth. Perhaps the most important aspect of this argument is that we are now facing a situation in both nature and language which requires tough decisions and actions. (Mühlhäusler, 1996, p. 18)

Finalmente, y luego de haber presentado la definición inicial de Haugen (1972) y su revisión en Mühlhäusler (1996), cerramos esta sección con la propuesta de Calvet (2006), quien parte del supuesto de que el lenguaje no puede considerarse aisladamente, sino que es “a social practice within social life, one practice among others, inseparable from its environment” (Calvet, 2006, p. 22).

The basic idea is thus that the practices which constitute languages, on the one hand, and their environment, on the other, form an ecolinguistic system, in which languages multiply, interbreed, vary, influence each other mutually, compete or converge. This system is in interrelation with the environment. At every moment language is subject to external stimuli to which it adapts. Regulation, which I will define as the reaction to an external stimulus by an internal change which tends to neutralize its effects, is thus a response to the environment. This response is first and foremost the mere addition of individual responses–variants that, over time, lead to the selection of certain forms, certain characteristics. In other words, there is a selective action of the environment on the evolution of language. (Calvet, 2006, p. 24)

Esta definición recupera la interpretación de las lenguas como organismos que experimentan las mismas presiones que afectan y modifican la forma y el comportamiento de los seres vivos en su hábitat. Con algunas variaciones, esta es la definición que predomina, ya que ayuda a entender situaciones en que la coexistencia de lenguas no es estable y “pacífica”, sino que da lugar a que alguna(s) se convierta(n) en dominante(s) y avasalle(n) a las otras, en un proceso de minorización que conduce a la retracción y reducción de sus ámbitos de uso o, en los peores casos, a que dejen de ser usadas.

3. Metáforas de muerte y sueño

Se ha propuesto que el pensamiento metafórico brinda un privilegiado “acceso epistémico” en el campo de la ciencia (Boyd, 1993), que se hace particularmente evidente en los casos en que surge una nueva teoría científica. Algunas metáforas cumplen funciones exegéticas o pedagógicas, y juegan un papel importante en la explicación de teorías que ya cuentan con una formulación en términos de la propia disciplina –tal como se utiliza en la física “agujero de gusano”, dentro de la teoría de la relatividad general, para ciertas estructuras espacio-temporales hipotéticas–. El recurso a la metáfora se aprecia más claramente cuando se trata de nuevas teorías que vienen a reemplazar, en un cambio de paradigma, las antiguas:

Kuhn’s work has made it clear that the establishment of a fundamentally new theoretical perspective is a matter of persuasion, recruitment, and indoctrination. It cannot be irrelevant to those enterprises that there is a body of exegetically, or pedagogically, effective metaphors. (Boyd, 1993, p. 486)

Pero hay otras metáforas que Boyd (1993) considera aún más interesantes, tanto para la filosofía de la ciencia como para la filosofía del lenguaje: son aquellas metáforas constitutivas de la ciencia, que no explican una teoría, sino que la establecen y sostienen. Estas expresiones metafóricas “constitute, at least for a time, an irreplaceable part of the linguistic machinery of a scientific theory: cases in which there are metaphors which scientists use in expressing theoretical claims for which no adequate literal paraphrase is known” (Boyd, 1993, p. 486).

Esta aserción, a su vez, es respondida (o más bien completada) por Kuhn (1993, p. 539):

Metaphor plays an essential role in establishing links between scientific language and the world. Those links are not, however, given once and for all. Theory change, in particular, is accompanied by a change in some of the relevant metaphors and in the corresponding parts of the network of similarities through which terms attach to nature.

Este es justamente el caso que queremos presentar en esta sección: el cambio metafórico que acompaña un cambio en la concepción teórica de las lenguas como seres vivientes.

Hemos visto hasta ahora que las ideas darwinistas, poco después de la publicación de El origen de las especies, trascendieron las ciencias naturales e ingresaron al estudio de las lenguas. Allí se enraizaron, prosperaron y dieron frutos, ayudadas por el fértil terreno preparado por los neogramáticos, la corriente alemana predominante en el s. XIX. La lógica subyacente a los procesos de evolución y cambio verificados en las ciencias biológicas, la geología y la física se avenía con el interés de los neogramáticos en la lingüística histórico-comparativa, en la regularidad de los cambios y en la diversificación de las lenguas. En esta infusión del evolucionismo darwiniano dentro de los dominios lingüísticos, August Schleicher y Ernst Haeckel tuvieron un papel preponderante en la concepción metafórica de las lenguas como seres vivientes que conforman un sistema ecológico en el cual no solamente interactúan con su entorno sino entre ellas mismas, multiplicándose, influyéndose mutuamente, compitiendo entre sí, según las presiones externas y las necesidades de adaptación que, algunas veces, conducen a su muerte.

Pero frente a esta metáfora, que concluye con tan trágico fin, podremos preguntarnos, como lo hace Crystal (2000), qué significa en realidad que una lengua muera:

A language dies when nobody speaks it any more. […] For a language is really alive only as long as there is someone to speak it to. When you are the only one left, your knowledge of your language is like a repository, or archive, of your people’s spoken linguistic past. If the language has never been written down, or recorded on tape –and there are still many which have not– it is all there is. But, unlike the normal idea of an archive, which continues to exist long after the archivist is dead, the moment the last speaker of an unwritten or unrecorded language dies, the archive disappears for ever. When a language dies which has never been recorded in some way, it is as if it has never been. (Crystal, 2000, pp. 1-2)

En la actualidad, y ante las crecientes y aceleradas fuerzas que amenazan la supervivencia de innumerables lenguas, la metáfora orgánica ha sufrido una modificación que borra el carácter ineludible y definitivo de la muerte. Existen pruebas de que, en circunstancias adecuadas y con gran motivación y esfuerzo, una lengua que no fue hablada por mucho tiempo puede volver a convertirse en el medio de comunicación de una comunidad, tal como sucedió con el hebreo (Hinton, 2001a).

Para evitar esa asociación de destino fatal que implica la muerte, y destacar que la carencia de hablantes no es una situación irreversible, desde comienzos de este milenio se evita hablar de “lenguas muertas” y se ha comenzado a usar la expresión “lenguas durmientes” (Hinton, 2001b) para designar a aquellas lenguas que no tienen hablantes fluidos, pero sí pueden tener recordantes o semihablantes o, al menos, documentación en cantidad y calidad adecuadas para emprender un proceso de revitalización cuando la comunidad lo decida (Campbell y Belew, 2018).

Dadas entonces tales condiciones: una comunidad que, aunque ya no hable la lengua, la reconoce como su patrimonio cultural ancestral y posee la motivación para aprenderla; y la existencia de suficiente y adecuada documentación sobre la lengua que permita la producción de materiales didácticos, es posible emprender el proceso que lleve al despertar de una lengua durmiente, tal como lo demuestran el caso del córnico en Gran Bretaña (Ferdinand, 2013) y, en Estados Unidos, de la lengua miami (Leonard, 2008) y del mutsun (Warner et al., 2007).

4. La preservación conjunta de las diversidades

La posibilidad de recurrir a los materiales de archivo para que muchas comunidades indígenas puedan volver a utilizar la lengua de sus ancestros renueva las esperanzas de preservación de cierto grado de diversidad lingüística. Más allá de los cuestionamientos que se pueden hacer acerca de si la lengua que se está despertando es la misma o solo un pálido reflejo de la que se hablaba en el pasado, su utilización fortalece la identidad étnica y ayuda a preservar ciertos aspectos de la cultura inmaterial y material de los pueblos: cantos, narraciones, costumbres y conocimientos tradicionales, así como taxonomías botánicas y zoológicas desarrolladas a lo largo de la prolongada existencia de un grupo humano en el territorio. La preservación del ecosistema lingüístico y del biológico son dos caras de la misma moneda: por eso se habla hoy de “diversidad biocultural” (Maffi, 2001) para entender la importancia del compromiso activo y cooperativo en cuestiones urgentes como la extinción de las especies y la amenaza de desaparición que se cierne sobre las lenguas:

Biodiversity is disappearing at an alarming pace. Recent research (e.g. Harmon, 2002) shows high correlations between biodiversity and linguistic and cultural diversity. The relationship may also be causal, a co-evolution where biodiversity in the various ecosystems and humans through their languages and cultures have mutually influenced each other (e.g. Maffi, 2001; Skutnabb-Kangas, Maffi y Harmon, 2003; see also http://www.terralingua.org). (Skutnabb-Kangas y Phillipson, 2008, p. 9)

Según la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (1992), la diversidad biológica no se limita a plantas, animales, microorganismos y sus ecosistemas: incluye también a la gente y a sus lenguas. Muchas de las claves para una gestión sostenible de los ecosistemas se encuentran codificadas en las lenguas de las comunidades indígenas, por lo que su fortalecimiento redunda en beneficio de la biodiversidad.

5. Referencias bibliográficas

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  1. “Unter Oecologie verstehen wir die gesammte Wissenschaft von den Beziehungen des Organismus zur umgebenden Aussenwelt, wohin wir im weiteren Sinne alle „Existenz-Bedingungen“ rechnen können. Diese sind theils organischer, theils anorganischer Natur; sowohl diese als jene sind, wie wir vorher gezeigt haben, von der grössten Bedeutung für die Form der Organismen, weil sie dieselbe zwingen, sich ihnen anzupassen”.


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