De la mitología a la metodología: partir de la ficción para transitar un camino
Lidia Raquel Miranda y Helga María Lell
La investigación científica es un proceso de búsqueda y creación de conocimiento. Implica un camino pautado, con un método aceptado por la comunidad científica, la exposición de resultados en espacios comunes y con un uso específico del lenguaje. Cada disciplina tiene sus especificidades, requiere insumos propios y financiamiento para poder desarrollar la infraestructura humana, de equipamiento, bibliográfica y comunicativa que permita llevar adelante una investigación.
Si bien el ámbito de la investigación científica es un área con un desarrollo avanzado en las sociedades actuales, a lo largo del tiempo se han instalado algunas ideas que también constituyen una forma de entender el campo y que, con errores o sin ellos, se han convertido en una especie de “mitos”. Estas narrativas le dan un sentido, a veces positivo, a veces negativo, al quehacer científico, jerarquizan las tareas y enfoques, a la vez que configuran claves en la sociedad desde las cuales se evalúa por qué tener o no tener ciencia, si esta debe ser pública o privada, o si algunos campos del saber son científicos o no.
Pensemos algunos ejemplos: “las ciencias naturales y tecnológicas generan conocimiento útil, no como las sociales”, “solo valen las ciencias que conducen al desarrollo tecnológico o que derivan en productos comercializables”, “las ciencias sociales solo traen especulaciones”, “los científicos se encuentran ideologizados”, “la ciencia siempre es objetiva”, “los estudios cuantitativos son más certeros que los cualitativos”, “solo pueden investigar los expertos”, “la ciencia solo se hace en laboratorios”, “la ciencia en serio solo se hace en países desarrollados”, “ya está todo dicho, no puede generarse conocimiento innovador”, entre otros. Todos ellos muestran formas corrientes de concebir la labor de una esfera muy especializada y que tiene sus propios códigos, pero que no es una actividad cotidiana para quienes no se dedican a ella y que, a menudo, al no comprender su nivel de profesionalización, la encasillan en una suerte de limbo que se define como vocación, como pasión o como diletantismo. Estas concepciones tienen su arraigo en el pensamiento de épocas pasadas –en las que la dedicación a la tarea científica era prerrogativa de ciertos grupos sociales acomodados y no asalariados–, pero, a pesar del cambio de paradigma, siguen vigentes en muchas imágenes estereotipadas que dan carnadura a las nociones de investigador y de trabajo científico.
Estos mitos tienen fuerte impacto en el modo en que la sociedad comprende su naturalizada convivencia con las explicaciones de lo que acontece y con las soluciones a los problemas. De ahí que, con frecuencia, por tales preconceptos se ponga en duda el carácter público de la ciencia y se malentienda la relación que el Estado debe tener con el sector privado, con la educación y con el sostenimiento de la investigación científica. Dicho efecto, incluso, incide en no pocas ocasiones en cómo las personas proyectan su carrera académica o su desarrollo profesional a través de un posgrado u otras opciones de carácter científico, lo cual lesiona los derechos culturales y la agencia de los sujetos insertos en determinadas áreas epistemológicas.
Pero existen también otras ideas preconcebidas, comunes en quienes se inician en la investigación científica o en su aproximación a un área disciplinar, que tienen un aura mítica en el sentido de que no se corresponden con la praxis habitual en el campo de conocimiento en cuestión. Pensemos, por caso, en quienes creen que los aspectos lingüísticos y retóricos no son relevantes a la hora de escribir un texto académico o que solo se puede investigar si se tiene una beca, o que el prestigio del director o consejero de una tesis define su calidad científica. También entre estas visiones se encuentran el desconocimiento de que las tareas e instancias de evaluación –evaluar y ser evaluado– son inherentes a la ciencia y los prejuicios contra la formación en metodología de la investigación por considerarla inútil, difícil o aburrida.
En pocas palabras, advertimos que el mundo de la investigación está sustentado en un entramado de verdades y de mitos que, en general, solo pueden entenderse o desarticularse a partir del propio trabajo científico. Esta tarea, además de los resultados esperados para el desarrollo de un campo disciplinar, debe ser dada a conocer por sus propios protagonistas: a) para que el público general tenga indicios de su relevancia, de sus dificultades y de cómo sus hallazgos le sirven al conjunto social; y b) para que los recién iniciados reconozcan los conflictos (técnicos e ideológicos) propios de su área, las posibilidades de enfrentarlos y la compleja relación que la ciencia tiene con la sociedad y con el saber mismo.
En este marco general, ofrecemos esta obra que, por un lado, explicita algunos mitos particulares o específicos –ante la imposibilidad de abarcarlos a todos– que circulan en la investigación científica de nuestras áreas disciplinares y respecto de la ciencia en general, ya sea para desenmascararlos, para reforzarlos o simplemente para entender cómo dan sentido a las prácticas de este ámbito. Y, por otro, esclarece la propia mitología, es decir, el universo ficticio que entrelaza creencias, personas y relatos y da cuenta de una configuración imaginativa en torno al quehacer investigativo. Creemos que una propuesta como esta es atractiva y necesaria ya que estas narrativas se construyen como elementos simbólicos, moldean a los investigadores noveles y también a la percepción pública sobre la ciencia y el conocimiento.
Nuestra experiencia, conjunta y de manera individual, como personas que se dedican profesionalmente a la ciencia y la tecnología, en la dirección de tesistas, en el dictado de cursos, seminarios y talleres de metodología de investigación y de escritura de tesis y en la gestión y participación en órganos de gobierno en organismos de ciencia y técnica, es, justamente, la piedra de toque que nos ha llevado a calibrar el valor y la necesidad de la metodología de la investigación, así como a repensar los preconceptos en torno al quehacer científico. A partir de ello concebimos la idea de redactar un libro que enfocara la metodología de una manera original, para aportar a la praxis docente y formativa ejemplos reales para superar la distancia entre teoría y práctica científica y contribuir efectivamente a la investigación y a las investigaciones.
Por ello, esta obra es colectiva y encierra contribuciones desde distintas miradas, disciplinas y contextos. En primer término, Rafael Moreno González cuestiona la supuesta oposición entre el mito, visto como un discurso irracional y primitivo, y la ciencia, entendida como el culmen del desarrollo racional (λόγος). El autor sostiene que esta dicotomía es, en sí misma, un mito que oculta la naturaleza solidaria entre ambos discursos en la Antigüedad. Plantea que el estudio de la naturaleza del mito (“ciencia de la mitología”) debe complementarse con la detección de la “mitología de la ciencia”, es decir, sacar a la luz los relatos de origen y etiológicos que sustentan la empresa científica occidental. En esta sección se muestra que el mito era flexible y autoritativo, no un error infantil superado por la razón. Finalmente, se argumenta que la idea del pensamiento mítico como opuesto al racional es una visión distorsionada que ignora que ambas formas de conocimiento utilizan símbolos y buscan explicaciones causales de la realidad.
En la segunda contribución, Luz Lardone analiza la no neutralidad de la ciencia, con el desafío que ello conlleva para la narrativa de que el quehacer científico opera al margen de intereses sociopolíticos y económicos. La autora sostiene que la neutralidad es un mito heredado de la modernidad que legitima estructuras de poder y subalterniza otros saberes no occidentales. Bajo un marco teórico decolonial y la teoría del sistema-mundo, se examina cómo el conocimiento se organiza en centros de poder y regiones subalternas, y reproduce jerarquías epistémicas. Para operacionalizar el análisis, Lardone desglosa las prácticas científicas en cuatro acciones fundamentales: producir, gestionar, definir políticas y comunicar. Se utiliza como evidencia empírica el examen interpretativo de dos documentos de la política científica argentina (2019-2023 y 2025-2027), que son leídos como “dispositivos de poder” sobre la ciencia en el país. Mientras que el primer documento enfatiza la soberanía y la federalización, el segundo se orienta hacia el mercado y la competitividad internacional. Finalmente, la autora defiende la necesidad de una comunicación científica transparente y situada que contribuya a la soberanía epistémica y reconozca la pluralidad de saberes.
En tercer lugar, Ariel Martínez aborda la irrupción del giro material frente a la hegemonía del construccionismo social y el giro lingüístico que dominó las humanidades y el feminismo a finales del siglo XX. El autor critica cómo el énfasis exclusivo en el lenguaje, el discurso y la cultura postuló al logos como la única vía de acceso al mundo, y convirtió cualquier preocupación por la materia o la biología en un sospechoso esencialismo. A través de las propuestas de los “nuevos materialismos”, se busca recuperar la agencia de la materia y la coconstitución de naturaleza y cultura sin recaer en sustancialismos.
En el cuarto capítulo, Mario Narváez reflexiona sobre dos mitos dañinos: que la filosofía es un conocimiento de naturaleza distinta a la ciencia y que carece de utilidad práctica. Al partir de una base histórica, demuestra que desde Aristóteles hasta la modernidad temprana la filosofía fue entendida como la ciencia de la verdad y de las causas, y ha compartido con la ciencia un núcleo racional y demostrativo. La fractura entre ambos campos se produjo tras la Revolución Científica y, especialmente, con la obra de Immanuel Kant, quien delimitó los conocimientos científicos de la especulación metafísica. Narváez rebate los malentendidos que reducen la filosofía a la mera formulación de preguntas o a un género literario para el cual cualquiera es competente sin entrenamiento previo. En cuanto a su utilidad, argumenta que la filosofía actúa como una medicina de la mente, ya que ofrece principios para vivir bien y alcanzar la felicidad a través de la actividad contemplativa y el razonamiento. Además, destaca su impacto histórico en la organización de los Estados democráticos contemporáneos y su valor actual para el desarrollo del pensamiento crítico.
El quinto trabajo, de Alejandra Regúnaga y Maximiliano García, analiza cómo la teoría evolutiva de Darwin revolucionó la lingüística al introducir el paradigma de las lenguas como organismos vivos. Investigadores como August Schleicher y Ernst Haeckel aplicaron conceptos biológicos, como la filogenia y el modelo del árbol, para explicar la diversificación lingüística. Este vínculo dio origen a la ecología del lenguaje, que estudia las lenguas en relación con su entorno social y psicológico. Frente a la metáfora de la muerte lingüística, surge la idea de “lenguas durmientes”, que enfatiza la posibilidad de la revitalización a través de registros históricos y el esfuerzo comunitario. Finalmente, se plantea la importancia de la diversidad biocultural, a partir de argumentar que la supervivencia de los ecosistemas y de las lenguas está intrínsecamente ligada.
La sexta contribución, de Ricardo Laleff Ilieff, argumenta que la teoría política no es filosofía política ni una versión abstracta de la ciencia política. El autor sostiene que la teoría política se ampara en la idea de ciencia y mantiene una posición crítica frente a la normatividad cuando esta precede a la explicación. A diferencia de la filosofía idealista, la teoría política asume la historicidad radical y la contingencia de los conceptos, entendidos como expresiones de la materialidad del lenguaje. Se posiciona frente al mainstream empirista de la ciencia política que a menudo se limita al estudio de instituciones y sistemas electorales y omite una reflexión sobre la realidad social. Laleff Ilieff define la disciplina como un modo de leer que procura interpretar y explicar aristas de lo político al apelar a diversas fuentes y tradiciones sin buscar legitimar un orden preexistente. El texto resalta que el descrédito actual de las ciencias sociales se inscribe en una batalla cultural que cuestiona su utilidad. Finalmente, concluye que la teoría política debe lidiar con la polisemia y conflictividad del magma discursivo para formular preguntas incisivas sobre el mundo.
La séptima reflexión, de Juan Cruz López Rasch y Nicolás Delsol Bocasso, rebate el mito de que el estudio de las sociedades antiguas no tiene utilidad práctica en la actualidad. Los autores analizan cómo diversos comunicadores y políticos argentinos evocan de forma anacrónica la crisis económica del Imperio romano bajoimperial para justificar agendas neoliberales y criticar la inflación actual. Se argumenta que estas lecturas fuerzan el pasado para que se ajuste a modelos económicos contemporáneos, e ignoran que la caída de Roma se debió más a factores geopolíticos y militares que estrictamente fiscales o monetarios. El texto señala que aunque estas interpretaciones a menudo no hacen justicia a los avances académicos, su uso recurrente en los medios invalida la idea de que la historia es insustancial, pues los propios detractores de las ciencias humanas necesitan echar mano de ella para sostener sus discursos.
En octavo lugar, Amanda Brandão Araújo Moreno refuta el mito de que los estudios literarios carecen de método, de que son anárquicos o estrictamente subjetivos. Argumenta que el trabajo crítico-literario posee rigor científico y se organiza a través de la teoría literaria, la crítica y el análisis textual, lo que lo lleva a poseer una extensa historiografía y sistematicidad. El capítulo refuta prejuicios comunes como la idea de que los textos surgen por un “genio” espontáneo o que los escritores son meros bohemios irresponsables, para destacar, en cambio, el arduo trabajo de investigación técnica y formal detrás de cada obra. Asimismo, se cuestiona la falsa oposición entre una ciencia neutral y unas humanidades subjetivas, y se señala que la creatividad es transversal a toda producción de conocimiento riguroso. Brandão Araújo Moreno defiende la utilidad de la literatura al mostrar cómo esta anticipa dilemas éticos y sociales contemporáneos, como los límites de la inteligencia artificial en obras de ciencia ficción.
La novena reflexión, de Paola Druille, desmitifica la idea de la papirología como una disciplina estancada y limitada a la reconstrucción manual de textos antiguos. Por el contrario, la autora destaca su carácter dinámico y su constante evolución mediante la incorporación de las humanidades digitales y la lingüística computacional. Se relata el surgimiento de la disciplina en el siglo XVIII y su consolidación a través de grandes colecciones documentales y el desarrollo de métodos paleográficos rigurosos. El capítulo enfatiza el impacto de proyectos pioneros como el Duke Databank of Documentary Papyri (1983) y el sistema APIS (1995), que permitieron la creación de depósitos digitales centralizados y el acceso universal a imágenes de alta calidad. También resalta el uso de estándares como EpiDoc para la codificación semántica de los textos y el funcionamiento de la plataforma Papyri.info. La papirología contemporánea se presenta como una ciencia que integra métodos computacionales para agilizar la disponibilidad del conocimiento.
En el décimo título, Gonzalo Ana Dobratinich explora la relación entre la ciencia jurídica y el ámbito mitológico, para argumentar que el derecho se construye a través de un lenguaje cargado de rituales, metáforas y ficciones que legitiman su autoridad. El capítulo cuestiona la pretensión de neutralidad del derecho y revela que su funcionamiento no solo depende de normas formales, sino de montajes de ficción y soportes mitológicos. Se mencionan mitos jurídicos específicos como la presunción del conocimiento de la ley por parte de todos los ciudadanos, el acceso igualitario a la justicia y el carácter místico de la Grundnorm de Hans Kelsen. Ana Dobratinich sostiene que estos elementos, aunque extracientíficos, son efectivos para mantener el orden social porque generan creencias profundas en los individuos. El texto concluye que reconocer el vínculo entre mito y saber jurídico no degrada la disciplina, sino que expone su verdadera complejidad y permite que la ciencia jurídica avance al entender mejor su contexto y sus formas de relacionarse con la realidad social.
El undécimo capítulo, de María Emilia García Miranda, cuestiona los mitos que han contribuido a deslegitimar la investigación cualitativa en psicología, y a calificarla de subjetiva o poco rigurosa. La autora argumenta que el rigor cualitativo no se opone a la subjetividad, sino que se construye a partir de su reconocimiento reflexivo y del uso de criterios específicos como la credibilidad, la confirmabilidad y la transferibilidad. Se propone ampliar la noción de dato para incluir narrativas, gestos, silencios y emociones, que permiten acceder a las profundidades de la subjetividad humana. El texto defiende que el valor científico de este enfoque reside en la profundidad interpretativa y la comprensión situada, en lugar de aspirar a la generalización estadística. Asimismo, se cuestiona el ideal de neutralidad científica como una ficción que invisibiliza relaciones de poder y se reivindica a los sujetos investigados como participantes activos en la construcción del saber. Finalmente, se concluye que la investigación cualitativa enriquece la ciencia psicológica al volverla más ética, transparente y fiel a la complejidad de la experiencia humana.
En la decimosegunda contribución, Federico Javier Assis-González, Lidia Raquel Miranda y Gerardo Fabián Rodríguez utilizan la biblioteca personal de la historiadora Nilda Guglielmi como estudio de caso para reflexionar sobre la práctica de investigación en humanidades. Argumentan que investigar requiere conjugar la hiperespecialización con una formación holística, lo que desafía el mito de que el especialista debe perder de vista el conjunto. A través del “archivo material” de Guglielmi, se reconstruye su derrotero intelectual: desde sus inicios en la historia institucional de España hasta su giro hacia la historia de las mentalidades y la marginalidad influenciada por la Escuela de los Annales. El capítulo destaca la importancia del libro como herramienta y el papel central de la subjetividad del historiador en la interpretación de las fuentes. La biblioteca se describe como un espacio vital donde conviven fuentes literarias y documentos antiguos, lo que demuestra que el oficio del historiador implica tender puentes y renovar constantemente las preguntas al pasado. El legado de Guglielmi simboliza cómo las alternativas de la propia existencia y la curiosidad intelectual dan forma a la producción de un saber científico riguroso.
El decimotercer trabajo, de Helga Lell, aplica el principio “menos es más” de la Bauhaus al diseño de la investigación científica, especialmente en el campo jurídico. Propone que una buena investigación no es la que más abarca de forma enciclopédica, sino la que delimita mejor su objeto de estudio. El recorte se presenta como una decisión epistemológica crucial que permite construir un objeto viable y profundo, en lugar de recorridos superficiales que poco aportan a la ciencia. A través de ejemplos sobre planes de tesis, la autora muestra cómo la falta de precisión conceptual rompe la coherencia metodológica entre el problema, la hipótesis y los objetivos. Se argumenta que delimitar no es restar, sino concentrar la energía intelectual en un punto de mayor densidad para lograr resultados sólidos.
En decimocuarto lugar, Laura Pérez analiza críticamente la idea del inglés como lengua universal de la ciencia, y sostiene que su hegemonía es producto de dinámicas político-económicas y comerciales en lugar de una supuesta universalidad intrínseca. La autora destaca cómo los sistemas de evaluación bibliométrica (como el factor de impacto) presionan a los investigadores a publicar en inglés, lo que genera asimetrías y puede imponer una ciencia conservadora al limitar las capacidades de conceptualización. Se rescata que el proceso real de investigación (planeación, debate y formación) se realiza mayoritariamente en lenguas locales, y se califica como un “constructo ideológico” la reducción de la producción científica solo a los artículos publicados en revistas indexadas. Pérez reivindica el movimiento de acceso abierto y la valoración de publicaciones en español y portugués a través de plataformas regionales como SciELO o RedALyC. Finalmente, propone fomentar el plurilingüismo científico y fortalecer la formación en competencias receptivas (leer y comprender) en diversas lenguas para favorecer la diversidad, innovación y equidad en el campo del conocimiento humano.
Por último, Leandro Socolovsky explica y cuestiona el uso de indicadores numéricos como el índice h y el factor de impacto en la evaluación de la producción científica. El índice h busca medir numéricamente el impacto de un investigador basándose en la cantidad de citas recibidas, pero Socolovsky señala patologías como los clubes de citas, las autocitas desleales y el riesgo de fraudes potenciados por la inteligencia artificial. Se critica la cultura del “publicar o morir” que alimenta la fragmentación de resultados y la aparición de revistas depredadoras que solo buscan lucro. El capítulo subraya que estos indicadores no reflejan necesariamente la calidad o profundidad del trabajo y dependen de la magnitud de la comunidad científica de cada área. Frente a la tiranía de los números, se proponen alternativas basadas en el Manifiesto de Leiden y la Declaración DORA, que abogan por una evaluación cualitativa realizada por expertos que considere la relevancia local de la investigación. Finalmente, para el caso argentino, se sugiere que la evaluación debe ser integral y capaz de superar criterios estrechos que no siempre se ajustan a la realidad de países de desarrollo intermedio.
Como puede anticiparse, los tópicos son variados, las perspectivas no son coincidentes, pero hay un punto de conexión: cada contribución piensa el quehacer científico desde sus dimensiones simbólicas que le dan sentido a la práctica con distintas densidades. A veces, estos mitos ayudan a precisar el método; otras, son un desaliento para la profesión científica. Algunos son contradictorios entre sí, otros se concatenan y forman un entramado de creencias. En síntesis, esta obra propone reflexiones, disparadores y debates que, esperamos, contribuyan a repensar sistemática y constantemente nuestras prácticas como investigadores e investigadoras y como personas formadoras en metodología de la investigación, tanto en el grado como en el posgrado.






