Ricardo Laleff Ilieff
El filósofo se sitúa frente a la naturaleza como cualquier otro ser humano. Al reflexionar sobre ella, habla en nombre de toda la humanidad. Por el contrario, su posición frente a la política no es neutral. ¡No lo es desde Platón!
Arendt, 2010, p. 43
1. Introducción
La teoría política no es filosofía. Tampoco es una versión abstracta o degradada de la ciencia política. En las líneas que siguen nos proponemos justificar este enunciado o, mejor dicho, reflexionar a partir de él. Lo tomaremos como una suerte de baliza que permite desandar algunos elementos de la práctica de investigación científica que la teoría política desarrolla. Partiremos, para ello, reconociendo ciertos trazos de la actual coyuntura histórico-política, marcada por el asedio e impugnación a las ciencias sociales debido a su poca o nula utilidad frente a los problemas acuciantes que atraviesan a las sociedades contemporáneas. Una reflexión de esta índole no puede sino asumirse tan acotada como condicionada por ciertos rasgos del presente. En este sentido, identificar algunos de esos rasgos permite mostrar la pertinencia de la teoría política para comprender rigurosamente incluso procesos que se despliegan día a día. Optamos por este enmarque en la medida en que las ciencias –y más aún las sociales– son una práctica de la cultura que permite problematizar su propio discurrir.
La teoría política aporta el estudio riguroso de los fenómenos políticos, asumiendo tanto la dimensión empírica de la historia como también su interrelación con los distintos esquemas de inteligibilidad que nacen y se despliegan como parte misma de la vida política. Entendemos, precisamente, por “política” aquello que se expresa en los fenómenos vinculados a las relaciones de poder y de dominación, de cooperación y de consenso, que se ejercen en los edificios gubernamentales y más allá de ellos y que modelan la existencia en común. Finalmente, plantearemos un nivel aún más específico en tanto la teoría política puede definirse como una subdisciplina científica que ofrece un “modo de leer” atento a la relación entre teoría y práctica y al sincretismo desde el cual se piensa y se despliega la política misma, habilitando así el estudio de diversos registros de enunciación o fuentes de distintas extracciones.
2. Del asedio a la (in)utilidad
Hace ya algún tiempo que, a lo largo y ancho del mundo occidental, se ha declarado una suerte de guerra contra los saberes científico-sociales y, podríamos decir incluso, contra el conocimiento científico como tal. Sin embargo, es posible hallar sobrada evidencia de un especial encono con las disciplinas que conforman el ámbito de las ciencias sociales y las “humanidades”. Queda pendiente estudiar cabalmente sus razones o ampararse en los trabajos que pronto darán sus resultados más eminentes al respecto. Nos basta aquí con marcar la proliferación de declaraciones altisonantes de figuras políticas, gobernantes de diversas coordenadas geográficas y hasta empresarios influyentes y comprender su maridaje con mermas en las asignaciones presupuestarias a centros, universidades e investigaciones del ámbito social. A esto se suman conocidas y escandalosas intervenciones a programas de estudio o líneas de investigación, como las que han tenido lugar recientemente en las universidades de los Estados Unidos de Norteamérica, promovidas por su gobierno federal. Este embate parece no ser azaroso, ni simplemente reducible a la capilaridad de los movimientos anticiencia que se vienen desarrollando, por ejemplo, contra el uso de vacunas –tendencia que no ha cesado de aumentar tras la pandemia de COVID-19– o en las diversas apelaciones “terraplanistas” que se vociferan en las redes sociales. Pareciera que tales críticas y medidas gubernamentales exigen recalibrar los diagnósticos sobre la dinámica política global que ha comenzado a establecerse. Esta situación obliga a examinar las dinámicas internas de las distintas democracias liberales; cómo se articulan o limitan las garantías del Estado de derecho y se contrastan frente a los valores pluralistas que, en otros tiempos, fueron postulados con ahínco como el corazón mismo de la modernidad. Proliferan voces que muestran la crisis de toda una era que se presumía ya sin enemigos, tras el mantra del “fin de la historia” (Fukuyama, 1992). Se ha comenzado a explorar la hipótesis de que los adversarios de la democracia han crecido dentro de ella –e incluso comienzan a gobernarla–, y no son ya productos de otros regímenes, parte de otras “civilizaciones” (Huntington, 2001) como se creía, de manera harto polémica, pocas décadas atrás durante el auge del globalismo.
Es cierto: las invectivas contra las ciencias sociales en particular provienen, principalmente, de los movimientos de “extrema derecha”; movimientos marcados por sostener fervientemente sus posiciones –entre tantas otras– contra el pluralismo o el multiculturalismo habilitado y hasta promovido con anterioridad. Sin embargo, es menester afirmar que, hasta el momento, los proyectos más eminentes de estas corrientes no han roto con los canales formales de la democracia. Una vez en los palacios de gobierno, de hecho, se denuncian las tensiones que sus medidas promueven e introducen, e incluso el debilitamiento institucional que provocan, pero sin poder argumentarse que no cuenten con el apoyo electoral de las mayorías. Usufructúan –apelando al decir de Max Weber (2014)– la legitimidad “racional-legal” que les provee el Estado de derecho moderno, en paralelo a que ejecutan cierta erosión del ethos democrático que lo sostiene. Para decirlo rápidamente, este escenario evidencia que la democracia trasciende la mera observancia de criterios procedimentales, desafiando la concepción minimalista que postulara el politólogo estadounidense Robert Dahl (1989). El descrédito de las ciencias sociales se inscribe, por lo tanto, en una “batalla cultural” más vasta; una ofensiva cuya justificación radica en la restauración de un orden pretendidamente perdido, bajo la premisa de que las sociedades deben “ser grandes nuevamente”.
Frente a esta ofensiva, han surgido diversas respuestas en defensa de las disciplinas sociales a través de múltiples canales de comunicación. Muchas de estas reivindicaciones vinculan la pertinencia de la investigación científica con la vitalidad del pluralismo democrático. En Argentina, por ejemplo, se ha sostenido que estas ciencias son fundamentales para elaborar diagnósticos sobre demandas ciudadanas expresadas en sondeos, discursos o redes sociales; problemáticas que, por su naturaleza, no pueden ser abordadas en un laboratorio, dado que constituyen el tejido mismo de la vida pública. Otras perspectivas sostienen que el devenir de las ciencias sociales está indisolublemente ligado al de la democracia como régimen político (Bulcourf, 2026). Estas posturas advierten que ambas dimensiones son acechadas por las mismas fuerzas reactivas y que, en consecuencia, se ha trazado una frontera interna en el seno de la democracia: en un extremo operan discursos y movimientos orientados a preservarla, mientras que en el otro se consolidan poderes que procuran restringirla.
Podría decirse que algo de cierto hay en esa operación que asocia ciencias sociales a democracia. Sin determinado margen de la libertad consagrada por los derechos modernos, es harto difícil o hasta imposible desarrollar hipótesis, sostener tesis o estudiar determinados temas. Pensemos, por ejemplo, en los márgenes habilitados por regímenes totalitarios como los europeos de la primera mitad del siglo XX o en aquellos autoritarios que ha sufrido Argentina en buena parte de su pasado reciente. En esta línea, se podría postular que incluso más que en otras disciplinas hay una articulación férrea entre las ciencias sociales y las garantías de su ejercicio sin condicionamientos, censuras o prohibiciones –aunque tampoco debemos ser ingenuos sobre el terreno de la “libertad” académica–. Sin embargo, cualquier análisis profundo aprehende rápidamente la importancia de ciertas garantías para el despliegue de cualquier tipo de actividad científica, para cualquier actividad. Por ello es importante recordar que la ciencia es parte del mundo de la cultura; es una problematización rigurosa sobre ella, desde ella y no solo, como se creía antaño, un modo de organizar y dominar la naturaleza, que aparece como un exterior dado[1]. Por consiguiente, si bien la ciencia requiere de autonomía frente a las arbitrariedades políticas y económicas, su relevancia trasciende la mera organización del poder de parte de uno u otro sistema. Si el imaginario social concibe a la “ciencia” como un dominio capaz de ofrecer respuestas ante enigmas o problemas complejos, ello se debe, fundamentalmente, a su capacidad para formular preguntas incisivas sobre el mundo en el que se inserta. Como sugieren relatos fundacionales como el Génesis o el mito de Prometeo, el conocimiento emana de una curiosidad que resulta intrínsecamente desafiante para su propio marco de enunciación, al intentar trascender lo dado, lo naturalizado o incluso lo prohibido.
Ahora bien, ¿qué hay hoy en las ciencias sociales que resulta desafiante a tal punto en el que se niega ya no su estatuto “atrasado” en relación con las ciencias “duras”, sino la valía misma de su existencia, consagrando juicios del sentido común? Tamaña pregunta es imposible de contestar en páginas como estas, aunque sí de valerse de sus ecos y habilitar la reflexión que nos aventuramos a realizar. Porque si bien siempre han existido voces que han mirado con desdén a los saberes sociales, en tiempos como estos –marcados por una retracción angustiante del financiamiento científico, como la que se vive en nuestro país– es aún más grave volver a escucharlas. No es siquiera descabellado encontrar que hay posturas que se ilusionan con sortear los apremios sacrificando a la “oveja negra” que, supuestamente, poco tiene para ofrecer a la sociedad. Es sumamente curioso que estas posiciones nunca adviertan los componentes sociales e históricos en los que toda práctica humana se inscribe, incluso la científica e, incluso, la suya propia como parte de una comunidad. Es menester romper con esa burbuja de ahistoricidad que algunos discursos pregonan y afirmar que toda ciencia es, en última instancia, parte de las disciplinas sociales o de las “humanidades”, en tanto depende de ciertas condiciones pasadas, presentes y futuras para su desarrollo.
Y, sin embargo, en todo este escenario, las invectivas desconocen estos pormenores y se deslizan hacia el terreno de la “utilidad” del conocimiento social; se obstinan en postular su demérito para el desarrollo económico, material o productivo, declarando su incapacidad para dar con los grandes avances tecnológicos o para resolver las penurias materiales de la población. Se han dado ya interesantes argumentos que muestran lo contrario (Cuadro y Montero, 2026; Piovani, 2019); también han surgido posiciones que rehúsan la idea de que las ciencias sociales deban colaborar con instancias de tal índole, convirtiéndose en una técnica al servicio del mercado. De allí que existan voces que hablen de la idea de “inutilidad” o “contrautilidad” de las ciencias y ponderen su sentido crítico, por fuera de los imperativos economicistas o productivistas (Pazzarelli y Pérez, 2025). Más allá de los senderos que abre cada una de estas posturas, podríamos decir que el ataque a las ciencias sociales por su escasa o nula utilidad no hace sino reforzar toda su pertinencia. Y esto no solo porque son los conceptos y las teorías los que permiten analizar tales enunciados, sino también por el trasfondo y la capilaridad de su contexto, así como sus entramados de poder, sus instancias económicas y su inscripción en las subjetividades de época.
Pero no es a estas creencias a las que buscamos remitirnos, sino a una más específica que debe ser repensada al calor del presente, aunque también más allá de él, y que tiene a la teoría política como eje. Así podremos desplazarnos y sugerir algo de nuestro propio campo científico, explicitando algunas de las que, creemos, son sus premisas.
3. ¿Qué es la teoría política?
Comenzaremos respondiendo con una evasiva: la teoría política no es filosofía, no es tampoco una rama de ella, no es filosofía política. ¿Qué quiere decir esto? Para comenzar, dos cosas: 1) que la teoría política no renuncia a la idea de ciencia, se ampara más bien en ella, y 2) que mantiene una posición crítica con la normatividad allí cuando la normatividad se pone por delante de la explicación o cuando no es objeto mismo de estudio. Esto nos abre, por tanto, otros problemas no menos acuciantes, tales como: ¿no es la filosofía acaso una ciencia? y ¿no hay teoría política con pretensión normativa, esto es, que destile un horizonte que asuma como deseable o justo? Para comenzar clarificando el planteo, diremos que el horizonte de la ciencia es, sobre todo, la interpretación.
Para el pensamiento griego –cuyos principios, como se sabe, fueron claves para el desarrollo de la ciencia moderna–, el saber cumplía un rol fundamental en la construcción de una vida ética. Para Platón (1998), por caso, la filosofía era la “ciencia primera” en la medida en que se preguntaba por el “ser” y el “no-ser”, por lo “ente” y lo “no-ente”, y a partir de sus hallazgos debía nutrir las distintas arenas del conocimiento de una manera articulada y no contradictoria y dotar de certezas, y de verdad, a las decisiones de gobierno. Las cosas, como es evidente, han cambiado mucho desde entonces. Aunque, si se ven sus herencias, podría decirse que no tanto. Existen, pues, debates que muestran un núcleo de polemicidad que se cifra en esas antiguas perspectivas. Cabe indicar, de todas formas, que hoy en día la filosofía ha quedado incluida en el terreno de “las humanidades”, acaso por cierta resistencia a participar de la idea empirista imperante en las ciencias que, creemos, es menester problematizar y que la teoría política –consideramos– efectivamente problematiza sin dejar de formar parte de ellas. Y esto porque la teoría política asume que no se puede pensar por fuera de la historia y que incluso las teorías o los conceptos con los que trabaja son expresiones de la materialidad del lenguaje, del peso de la nominación. Así, desconfía del carácter inmutable de las ideas que estudia; niega que la acuñación de los términos dote a estos de un sentido primero y último, acaso fidedigno, al asumir la multivocidad del lenguaje; y considera, por tanto, a la historia desde una dimensión de contingencia radical, cuyos entramados de significaciones nunca son unívocos, sino que cruzan, cortan y se rehabilitan en las prácticas sociales en tanto ellas son, en sí mismas, discursivas y significadas. Por lo tanto, la teoría política asume que el estudio del decir de un autor o de los fundamentos y apelaciones de una tradición de pensamiento debe contemplar aristas de su contexto de enunciación, pero también puede habilitar, como segundo paso analítico, otras enunciaciones que parten de una lectura rigurosa y consistente de las fuentes de estudio, a los fines de explicar un problema o tópico incluso más allá de sus referencias.
No desconocemos, por el contrario, que es factible encontrar hibridaciones y contaminaciones disciplinares, a tal punto que vemos en ellas parte de cierta especificidad –y no debilidad– de la teoría política. Asimismo, reconocemos que la distinción entre “teoría política” y “filosofía” que buscamos sopesar existe de facto, por ejemplo, en Argentina, aunque no se verifique en otros países. Sabemos, además, que la teoría política no es en sí misma una disciplina y que no siempre logra ser reconocida por el mainstream de la ciencia política como parte de su campo. Lo dominante es que la politología se ocupe de los sistemas políticos, los regímenes electorales y la construcción de políticas públicas, omitiendo una reflexión crítica sobre aquello que se considera “realidad”. Allí donde la disciplina integra formalmente a la teoría política –como sucede en nuestro país–, esta suele ser subestimada por su supuesta desaprensión hacia la empiria y su acercamiento especulativo a la filosofía, en virtud de su apego a la abstracción. Por otro lado, la filosofía, de reconocida trayectoria en la historia de los saberes, tampoco la asume como propia, en tanto cuenta con una rama que se ocupa de la política desde hace siglos. La teoría política, entonces, ocupa un lugar incómodo que, creemos, es sintomático y que, por ello mismo, permite realzar su aporte epistémico. Dicho esto, podríamos recuperar que la teoría política constituye, en verdad, “un ámbito de prácticas de investigación, escritura, enseñanza y aprendizaje que ha adquirido cierta consistencia” en virtud de “temas, problemas y enfoques comunes” (Nosetto y Wieczorek, 2020, p. 9), pero creemos que aquí es menester precisar un poco más su especificidad a partir de la delimitación doble que hemos comentado, a saber: frente al mainstream empirista de la ciencia política y frente al idealismo de la filosofía.
No obstante, si se asume que la historia es un componente nodal de la teoría política y que todo ejercicio reflexivo está anclado en coordenadas espaciotemporales precisas, surge un riesgo epistemológico: que la especificidad de la teoría política termine reducida a un mero apéndice de la disciplina histórica.
A diferencia de la disciplina histórica, la teoría política no posee una vocación exclusiva hacia el pasado; más bien, su comprensión permite reflexionar sobre cómo ciertos procesos intervinieron en la configuración de conceptos y prácticas que explican aristas de lo político. Esto es así porque el pasado es constitutivo de la significación del presente sobre la que opera la práctica, sea esta teórica o eminentemente política. En esta línea, la teoría política es deudora de la hermenéutica filosófica (Gadamer, 1999), al interpretar el horizonte de producción asumiendo, simultáneamente, un plus de sentido en el horizonte de recepción. Pero, también, se nutre de la “historia de los conceptos” (Koselleck, 2007), orientada a desentrañar regímenes de pensamiento donde los términos son intrínsecamente polémicos y, por ende, políticos, bajo la premisa de que no es posible escindir la práctica política de la lucha por la nominación y su significación.
En una sugerente pero corta intervención sobre la teoría política, Jorge Dotti (2016) la sitúa en un lugar de cierta insuficiencia a tal punto que, en cierto modo, es irrelevante. Es que, según argumenta, la teoría política queda presa del empirismo o de la pretendida neutralidad de la ciencia política y no logra ocuparse de lo que hace la filosofía desde hace siglos. Esta última –señala el profesor argentino– no tiene pretensión alguna de cientificidad; se preocupa por la metafísica, sin que ello la rebaje a una apuesta burda de escasa rigurosidad –rasgo que asocia, curiosamente, y sin manifestar coordenadas más precisas, al “ensayismo”[2]–. Para decirlo más claramente, la filosofía –y en especial la “filosofía política”– no se ajusta “ni a dogmatismos policromos, ni a los requisitos apremiantes de una coyuntura hambrienta por devorar toda idea no inmediatamente útil a las propias visiones de las cosas” (Dotti, 2016, p. 5).
Ahora bien, desde nuestra perspectiva, Dotti sitúa correctamente a la teoría política al interior de la ciencia política, aunque lo hace sin ver el cortocircuito que esa inclusión produce con el mainstream de la disciplina. A diferencia de la mayoría de sus apuestas dominantes, este campo de la ciencia política no considera que las categorías sean neutrales y entiende las comparaciones, sin las reservas del caso, como un camino muchas veces reduccionista y poco atento a problematizar sus supuestos sociales e históricos. De hecho, la teoría política cree que es un reduccionismo ceñir la política a las instituciones de gobierno y desconocer, como parte de ese movimiento analítico, la dimensión política que opera desde las distintas dimensiones del entramado social.
Lo que nos resulta muy interesante de la intervención de Dotti (2016), y en lo que deseamos reparar, es su afirmación de que la filosofía tiene como “hilo conductor”, o tarea, “legitimar conceptualmente un orden, exponiendo el sentido de las nociones y esquemas categoriales utilizados a tal fin y la manera cómo estos elementos intelectuales encuentran su –digamos– asidero en la realidad”; o “si se quiere, mostrar qué es esa realidad política y jurídica tal como se configura en virtud de la conceptualización filosófica de marras” (p. 3). Y nos resulta interesante por muchas razones; entre ellas, porque el plano de los acontecimientos históricos queda situado en la verificación o adecuación con el “mundo de las ideas”, o en la correlación entre estas y aquellos –o en ambas posibilidades–, pero por sobre todo porque define a eso como “legitimar”. El sentido que le otorga a este verbo –tan caro para el pensamiento político– queda claro cuando indica que el filósofo político
piensa la mediación entre el fundamento de un orden y la realidad que se configura a partir de él, esto es, que es simultánea e indisolublemente pensada y vivida, comprendida y puesta en acto, conceptualizada y efectivizada sobre tal basamento ideal. (Dotti, 2016, p. 4, itálicas en el original)
Este planteo de cuño idealista parece morigerarse cuando Dotti introduce la importancia de la historicidad en la reflexión que efectúa el filósofo político –“cada vez que accedemos a un texto, lo re-creamos” (Dotti, 2016, p. 8)–, aunque, en verdad, termina de consagrar cierta ahistoricidad de base, residente en las ideas –no en su acuñación, sino en su ontología–. Por ello, el profesor Dotti (2016) puede sostener que “toda reflexión filosófica, inclusive aquellas que luzcan como temáticas políticas aparentemente extemporáneas” posee “un destino de actualidad: siempre hablan del presente de quien las hace hablar y las vuelve actuales” (p. 9). Esta “actualidad” no la da la historia, sino su verdad metafísica: la manifestación de esta en aquella. El ejercicio de la filosofía política consiste, según esta mirada, en la tentativa de “legitimar o deslegitimar una práctica”; “la cuestión es ser consciente de ello”, aun cuando “no serlo no anula esta identidad existencial que hace del hoy su única temporalidad” (Dotti, 2016, p. 9).
Desde nuestra perspectiva, la teoría política no es filosofía porque hace algo bien distinto: historiza la propia dimensión polémica de la investigación; no escapa nunca del barro de lo que resulta pensable o tematizable en un determinado orden de sentidos y como parte de una determinada cultura. Confía más en lo que su ejercicio produce para explicar aristas de la política que en producir una legitimación o deslegitimación de un determinado pensamiento en relación con la realidad, o en pensar en qué medida la realidad se ajusta a una determinada idea metafísica. Porque, en definitiva, tal distinción entre lo inteligible y lo sensible le resulta carente de materialidad significante, al reducir la multiplicidad de sentidos que operan en lo político a un solo postulado como el único adecuado, o al negar la historicidad radical que las propias ideas portan y que se despliega en las aristas de la existencia en común.
4. Un modo de leer
¿Qué hace entonces la teoría política? Despliega lo que denominamos “un modo de leer” en vistas ya no de convalidar ningún orden o evaluar su adecuación con la idea, sino de explicar alguna arista de la política. Y, para ello, puede apelar a la tradición filosófica o literaria, estudiar un documento o testimonio, remitirse a una reflexión del pasado o del presente o a cualquier otro elemento que permita interpretar la política. Lo hace, como hemos dicho, comprendiendo la polemicidad interna y propia al campo de la vida en común, estructurado de manera contingente, mas no azarosa. Esta idea de “modo de leer” no excluye la importancia del método o de los métodos que puedan colaborar en las investigaciones teórico-políticas. Siempre y cuando estos no sean concebidos como meras técnicas de investigación, pues muchas veces aquello que es considerado como tal posee presupuestos y fundamentaciones que lo insuflan de un sentido que puede condicionar las expectativas o la rigurosidad de un planteo. No se podría, por mencionar un caso evidente y extremo, asumir el “materialismo dialéctico” como método sin atender los presupuestos dialécticos de la propia historia que tal tradición postula, o articular la “historia de las ideas” con la “historia conceptual” sin entender que, en muchos aspectos, parten de visiones sobre el cambio histórico profundamente contrapuestas[3].
Nuestro esbozo en torno a por qué la teoría política forma parte de la ciencia política y no es una práctica filosófica más pone en primer plano menos la dimensión autoral de quien realiza la investigación, escribe y comunica sus avances y resultados que la condición lectora de su apuesta interpretativa y explicativa. Para decirlo en pocas palabras, quien quiera hacer teoría política debe estar dispuesto a posicionarse como lector de determinados autores y fuentes y no como mero exégeta o apologeta; lector de los procesos sociales e históricos que han dado lugar a los autores o a las fuentes objeto de interés y de su propio quehacer; lector que debe proponer un modo de leer, consecuente, consistente internamente a partir de los fundamentos ontológicos de los que parte y de los que nutre sus líneas argumentativas. Por ello, la teoría política tensiona el mainstream de la ciencia política, pero también se posiciona desde una frontera que la lleva a distinguirse de la filosofía. No busca legitimar alguna práctica u orden existente, ni ver la identidad entre una idea y su despliegue histórico, sino que pregunta antes de afirmar, explica antes que impugnar e interpreta antes que prescribir.
Visto de este modo, la teoría política no se restringe a la naturaleza de un objeto de estudio definido por el canon; puede apelar a fuentes y discursos de distintas inscripciones disciplinares y a literaturas de las más diversas extracciones; analizar, retomar, apropiarse y traducir conceptos de la sociología, la filosofía, la historia, la teología, el psicoanálisis o la literatura para sus fines científicos. Lo que no puede hacer en ese marco es partir de la existencia de un solo modo legítimo de leer la política, asumir velada o explícitamente el objetivismo o la propaganda, o contentarse con la abstracción que descree de la materialidad histórica de todo discurso y del componente teórico de toda práctica. Por ello, la teoría política está condenada a lidiar con el magma contradictorio de la significación; se encuentra insuflada por su polisemia y su conflictividad.
Concluimos estas líneas recordando una de las frases finales de una célebre novela de Umberto Eco: “Stat rosa pristina nomine”, que en castellano puede traducirse como: “De la primigenia rosa solo queda el nombre” (Eco, 2009, p. 499), y que a la luz de lo postulado podríamos intervenir de la siguiente manera: “La primigenia rosa solo es de nombre. En él habitan sus aromas y espinas”.
Referencias bibliográficas
Arendt, H. (2010). Lo que quiero es comprender. Sobre mi vida y mi obra. Trotta.
Biset, E. y Farrán, R. (Comps.) (2016). Teoría política: perspectivas actuales en Argentina. Teseo.
Bulcourf, P. (17 de enero de 2026). La ciencia política y el arte de desenmascarar a los poderosos. Nueva Rioja. https://nuevarioja.com.ar/opinion/la-ciencia-politica-y-el-arte-de-desenmascarar-a-los-poderosos.htm.
Cuadro, M. y Montero, S. (17 de enero de 2026). Beyond Utility: A Defense of the Social Sciences and the Humanities. Boundary 2. https://tinyurl.com/3j9s53u8.
Dahl, R. (1989). La poliarquía. Participación y oposición. Tecnos.
Dotti, J. (2016). La actualidad de pensar la política. En C. Strasser (Comp.), La teoría política hoy. Jornada de la Maestría en Ciencia Política & Sociología de FLACSO (pp. 1-10). FLACSO.
Eco, U. (2009). El nombre de la rosa. Debolsillo.
Fukuyama, F. (1992). El fin de la historia y el último hombre. Planeta.
Gadamer, H. (1999). Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Sígueme.
Huntington, S. (2001). El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden global. Paidós.
Koselleck, R. (2007). Crítica y crisis: un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués. Trotta.
Latour, B. (2017). Cara a cara con el planeta. Una nueva mirada sobre el cambio climático alejada de las posiciones apocalípticas. Siglo XXI.
Nosetto, L. y Wieczorek, T. (Comps.) (2020). Métodos de teoría política: un manual. IIGG-CLACSO.
Pazzarelli, F. y Pérez, M. (11 de agosto de 2025). Contra-Utilidad: ideas para evitar la trampa de los útiles. Lobo Suelto. https://tinyurl.com/mrhth25s.
Piovani, J. (2019). Sobre la utilidad de las ciencias sociales en tiempos de neoliberalismo y posverdad. En F. Brugaletta, M. González Canosa, M. Starcenbaum y N. Welschinger (Eds.), La política científica en disputa: diagnósticos y propuestas frente a su reorientación regresiva (pp. 115-133). UNLP-CLACSO.
Platón (1998). República. Eudeba.
Weber, M. (2014). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica.
- La díada “naturaleza” y “cultura” está siendo puesta en entredicho con fuerza por aquellos abordajes que marcan el decisivo condicionamiento de las cuestiones ambientales y la huella del antropoceno. Véase, por ejemplo, Latour (2017).↵
- Desconocemos qué tenía en mente Dotti al referirse en estos términos, aunque resulta imaginable. Decidimos, por tanto, transcribir el pasaje donde alude a este impugnado lugar de enunciación y ofrecérselo al lector: “Se conforma, así, como un ejercicio ensayístico sobre lo que pasa, podría pasar, es deseable que pase o que no pase, con más o menos alusiones a instancias verificables y realizando disquisiciones más o menos profundas sobre los sentidos de las nociones y categorías del pensamiento político en juego, las cuales, de este modo, no dejan de proporcionar indicios, explícitos o tácitos, sobre las tomas de posición personales del autor del ensayo en cuestión” (Dotti, 2016, p. 3).↵
- Sobre este asunto, véanse los aportes de Nosetto y Wieczorek (2020) y Biset y Farrán (2016). ↵






