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Sobre el mito de la falta de método en los estudios literarios

Amanda Brandão Araújo Moreno

1. Nota preliminar

Las reflexiones propuestas en este ensayo están ancladas en la percepción, que intentaremos refutar, de que los estudios literarios carecen de método, son anárquicos, estrictamente subjetivos y basados en empirismos individuales que se multiplican reiteradamente y circulan en grupos cerrados, sin función social o intelectual. La investigación parte de la constatación de que persiste la idea de que las ciencias “duras” o tecnológicas son las que se vinculan a la objetividad y a la utilidad práctica, mientras que las humanidades y, de manera más específica, los estudios literarios serían campos estrictamente subjetivos, fragmentarios y de escasa relevancia social efectiva, que contribuyen únicamente en tanto actividades de ocio. Frente a esta visión reductora, se propone examinar cómo el trabajo crítico-literario se organiza a partir de métodos reconocibles –historicizables, como lo son también los de las ciencias naturales– que incluyen la teoría literaria, la crítica y el análisis textual, situados en un horizonte historiográfico complejo y profundamente transdisciplinario. El capítulo discute la noción misma de historia del conocimiento, de ciencia, y sus vínculos históricos con la literatura, subrayando que el conocimiento científico no se limita a la búsqueda de verdades absolutas, sino que se construye mediante modelos explicativos dinámicos, sujetos a cambios y rupturas. Del mismo modo, los estudios literarios se entienden aquí como un campo a la vez creativo, riguroso y comprometido con problemáticas sociales y éticas, además de metodológicas. Su pertinencia se confirma en la manera en que la literatura anticipa debates contemporáneos, especula sobre formas de construir y entender el mundo, representa un horizonte sincrónico de la historia social, se relaciona con diversos campos del conocimiento y posee, ya en su escritura, ya en el análisis que se hace a partir de los textos producidos por los autores, atención a métodos, rigor, forma y contenido, sin constituir ni reducirse a fórmulas análogas a las prácticas surrealistas de escritura automática.

En ese sentido, este texto está dividido en tres partes. Inicialmente y como principal aporte, presentaremos y discutiremos algunas consideraciones fundamentales sobre el mito de la falta de método de los estudios literarios, pasando por la idea misma de la relevancia de la producción literaria, por una parte, y de los estudios que derivan de ella, por otra. Asimismo, discutiremos algunas relaciones posibles entre la idea de ciencia y las humanidades, estrechando la discusión hacia los estudios literarios, planteando una enumeración de las opiniones corrientes y en muchos casos falsas sobre ellos. A partir de esa contextualización general, presentaremos un recorrido breve sobre la historia del conocimiento, los principales núcleos orientadores de los estudios en las humanidades y, por fin, una enumeración concisa sobre los principales campos de los estudios literarios, considerando tres ejes básicos: la teoría literaria, la crítica literaria y el análisis del texto literario. Para cada uno de estos ejes, se reconoce la existencia de una metodología e historiografía del campo, a las que solo nos referiremos sin pretensiones exhaustivas.

2. Breve inventario de mitos sobre los estudios literarios y su relación con lo que se entiende como ciencia

En el sentido corriente y común[1], es posible interpretar el vocablo “mito” de diferentes maneras. La mentira, las historias ficticias, narraciones maravillosas, de carácter heroico o divino, o un aura que se destine a un personaje o una cosa extraordinariamente admirable son algunas de las formas de comprender la palabra. Como concepto efectivamente literario, filosófico o antropológico, el mito posee una larga historiografía y, como creación humana, es una ocurrencia todavía más compleja y antigua. Basta con empezar señalando que no siempre el mito y la ciencia estuvieron disociados, como hoy solemos comprenderlos. Durante gran parte de la historia de la humanidad, la necesidad de explicar los eventos naturales, de lo cotidiano y el motivo por el cual las cosas eran como eran, según determinados patrones o, al contrario, sin patrones aparentes, era suplida a través del recurso al mito. En ese sentido, el proceso de creación del mito fue inherente al pensamiento humano, particularmente en sociedades que hoy solemos considerar primitivas o antiguas. Respondía a una necesidad básica y tenía potencial de determinar la forma en que la vida común –social, cultural, política y religiosa– se organizaba. El mito también está vinculado a la idea de narración, de “palabra fundadora”, principio que confiere materialidad a las esperanzas y miedos humanos, de carácter atemporal (Moreno, 2020). Según Joseph Campbell (2001, p. 71), el mito funciona como una simbolización de arquetipos universales e imágenes primordiales que surgen a partir de un inconsciente colectivo. Para Mircea Eliade (2002), el mito es lenguaje que traduce la palabra fundadora; es la narrativa de una creación, la forma como se explican los orígenes de las cosas del mundo. Ese carácter atemporal, relacionado también con un modelo ejemplar, que surge reiteradamente y con semejanzas en diferentes espacios geográficos, fue definidor del mito y también el responsable de la dicotomía que este estableció en relación con la historia (Ricoeur, 2004), que trataría de períodos específicos, observados por los hombres y más cercanos a la idea de “verdad”. De dicha polarización adviene la relación del mito con la esfera de lo fabuloso, lo maravilloso y la invención.

A partir de esa brevísima exposición sobre las diferentes acepciones de un concepto, se puede notar cómo puede existir una distancia entre las informaciones más amplias, del sentido común, no especializadas, y aquellas que se detienen en el análisis y estudio de algo. En el caso del mito, las diferentes formas supramencionadas de interpretar la palabra están admitidas y explicadas por la lexicografía, la semántica y los diferentes registros posibles empleados por quien habla, en qué nivel de discusión y en qué contextos de uso. Una nueva capa de sentido se agrega a ese fenómeno cuando se pasa a vincular al uso cotidiano de una palabra, concepto o expresión elementos notadamente subjetivos, no puestos a prueba, pero aun así repetidos con frecuencia. En ese caso, se puede llegar hasta la desinformación y los malentendidos. Es lo que suele ocurrir con las opiniones generales sobre los llamados estudios literarios y la forma en la que ellos se realizan.

Partiendo del campo de actuación de los profesionales de las letras –aquellos que efectivamente cursaron la carrera universitaria y dedican su tiempo y función social al ejercicio de las diferentes profesiones relacionadas con este campo–, existe una idea, o “mito” (que se desmiembra en varios otros), muy difundida de que esas personas son como diccionarios ambulantes o fuentes de consulta para cuestiones gramaticales o, incluso, de normalización textual. Aunque esa idea más bien espuria y limitada sobre la actuación de dichos profesionales guarde relación, por una parte, con temas que efectivamente son relevantes en su campo de estudios y, por otra, con elementos considerablemente sistemáticos –un conjunto de códigos semánticos, otro conjunto de reglas gramaticales o aún un compendio de cómo estructurar textos–, cuando hay referencia a los estudios literarios, la idea de los elementos sistemáticos cae por tierra. Y uno se adentra en el campo de lo difuso, asistemático, estrictamente subjetivo, incongruente, superficial y vanamente filosófico, meramente opinativo y, finalmente, superfluo. Esa percepción se subdivide en una serie de otras y efectivamente repercute en la forma como la sociedad juzga e interactúa, ya con los mismos autores, ya con los profesionales del campo, o aún con el objeto que estos estudian: el texto literario.

Existen dos ideas, intrínsecamente vinculadas, que pueden servir como puntos de partida para la discusión. La primera de ellas es la de que los textos literarios surgen del “genio” de sus escritores, de una especie de ímpetu creativo que hace brotar el texto, casi como una abiogénesis; de una mente especial, dotada de atributos únicos o, por lo menos, particulares a algunas pocas personas, que les concedería el “don” de lo literario. Ese mito tiene vínculos con cuestiones históricas y guarda relación íntima con la idea de genio del Romanticismo decimonónico alemán (así que somos parcialmente culpables por su surgimiento, pero no por su mantenimiento hasta la actualidad ni por el carácter hegemónico que eventualmente desempeñó).

Casi como regla, el escritor trabaja mucho antes, durante y después de la redacción de una composición literaria. Son raros y puntuales los casos de textos escritos de corrido. Basta con hojear los sumarios de los libros sobre escritura creativa, o notar la cantidad de cursos que proliferan sobre la materia, para darse cuenta de que existe trabajo y técnica para escribir un texto, notadamente el literario. Trabajo y técnica sobre el texto, pero también para el texto. Investigación histórica, sociológica, psicoanalítica, antropológica y, por supuesto, de manejo textual, de conceptos y técnicas de redacción literaria. Al depender del campo temático, será necesario estudiar economía, química, física o biología como receta para el texto final. Imagínese que un libro de ciencia ficción, por ejemplo, difícilmente tendría mucho éxito editorial si fallara de manera muy elemental en las áreas de conocimientos con las que dialoga y, efectivamente, a través de las que se sostiene.

Una segunda idea largamente difundida socialmente, incluso, en alguna medida, aunque menor, también entre académicos, es la imagen de que los autores de literatura son bohemios, viven de la creatividad espontánea, suelen ser irresponsables, poco fiables y, en general, viven un tanto al margen y, en términos científicos, efectivamente al margen de la intelligentsia. A veces se los considera intelectuales, pero aun así parte de las características anteriormente enumeradas permanecen asociadas a ellos. En diversas medidas, esa imagen no puede estar más lejos de la realidad –de hecho, tal vez sea más bien cinematográfica en términos hollywoodianos– y opera el pésimo efecto de obnubilar por completo la labor intelectual, la dedicación al estudio, a la investigación (histórica, social, cultural, literaria) y el trabajo de campo de los escritores, de un lado, y de los profesionales que se ocupan de estudiarlos, ya sean vinculados a las letras, al periodismo o a otros campos de actuación social.

De ahí adviene también la impresión de que los análisis hechos por expertos en estudios literarios sean mera cuestión de opinión, como si no hubiera datos, herramientas analíticas, teorías y métodos específicos en el campo. Eso puede que guarde relación, en la actualidad, con la crítica no especializada, a veces vinculada a la prensa, pero cada día más dispersa y, con las redes sociales y la proliferación de booktubers y digital influencers, efectivamente reducida en la mayoría de los casos a una opinión lega. Es conocimiento común que cualquiera que sea letrado puede acceder a la literatura e interpretarla y eso no está mal. Sin embargo, en la misma medida que existen vendedores de “sanación cuántica” a raudales en la web, presuntamente relacionados con la física cuántica, también hay en los estudios literarios una gran diferencia entre la producción de los expertos y la producción lega.

Es necesario, por lo tanto, diferenciar los estudios y producción especializada de las lecturas comunes, no institucionalizadas en campos del saber. Los estudios académicos vinculados a la literatura, como buscaremos señalar en este ensayo, guardan mucho menos relación con la mera opinión de lo que el sentido común permite pensar. Por otro lado, también sería equivocado especular que no hay cuestión de opinión en los campos que suelen ser indudablemente científicos, como la física o la biología. En resumen: la idea de opinión necesita ser muy bien evaluada y matizada de acuerdo con casos específicos y no debe ser generalizada a todo un campo de estudios, sea cual sea.

Otra discusión fundamental es la problematización sobre la idea de “verdad”, que se suele vincular a lo que es “científico”, pero que difícilmente se asocia a los estudios en las ciencias humanas. A este debate se suma otro mito estrechamente vinculado a la noción de “cientificidad”: la idea de la neutralidad de las llamadas ciencias duras. Según esta concepción, disciplinas como la física, la matemática o la biología producirían conocimiento objetivo, aséptico y ajeno a condicionamientos históricos, lingüísticos, sociales o ideológicos, en contraste con las humanidades, percibidas como campos inevitablemente atravesados por valores, perspectivas, ideologías y subjetividades. Sin embargo, la historia del conocimiento científico demuestra que tal neutralidad es más un ideal regulador que una condición efectiva de producción del saber. Los modelos científicos se construyen en contextos históricos específicos, responden a problemas formulados desde marcos conceptuales determinados, emplean lenguajes técnicos convencionales y están sujetos a disputas teóricas, institucionales y políticas. Reconocer este carácter situado de la ciencia no implica relativizar su rigor ni su validez, sino comprender su funcionamiento real. En ese sentido, la oposición entre una ciencia neutral y unas humanidades subjetivas constituye un falso dilema que contribuye a deslegitimar campos como los estudios literarios, sin atender a la complejidad epistemológica que atraviesa a todas las formas de producción de conocimiento.

Pensar en ciencia tiene que ver con reflexionar sobre la proposición de un modelo fuerte, verificable, y no necesariamente tiene que ver con la confirmación de la verdad. Esa afirmación puede contener un aspecto polémico; sin embargo, si estudiamos la historia del conocimiento humano, eso se prueba válido. En un momento, era conocimiento común y dado por sentado que la Tierra era plana y los primeros que osaron intentar deshacer esa “verdad” fueron perseguidos y sufrieron conocidas violencias, ya físicas, ya morales o psicológicas. Hoy día el modelo que prevalece no es el de un planeta plano, sino el de un geoide, una forma redondeada irregular que se asemeja a una esfera ligeramente achatada en los polos y abultada en el ecuador, debido a la rotación y a la distribución de la masa. Hay aquí un cambio profundo de paradigma y un ejemplo simple de concepciones de lo que puede o no ser verdad y que indica la validez de las dinámicas de los modelos que se superponen los unos a los otros, de manera dinámica, diacrónicamente. En el futuro, tal vez se encuentre un nuevo modelo, todavía más preciso, para representar el mismo objeto, rechazando la concepción sentada de la forma planetaria con la que hoy estamos de acuerdo. Y eso es ciencia. Es decir, la ciencia tiene menos que ver con la verdad que con encontrar el mejor modelo, el mejor argumento, aquello que mejor se puede testear y probar.

Ya mencionamos que, históricamente, no siempre la comprensión de lo científico y de lo literario estuvieron aisladas y se constituyeron como entidades ajenas entre sí. Muy al contrario, estaban intrínsecamente conectadas y el mismo que proponía teoremas matemáticos proponía maneras de definir y clasificar la literatura. En el mundo antiguo, los griegos son un excelente ejemplo de eso, ya que son considerados una de las principales fuentes primarias del conocimiento occidental y de sus primeros paradigmas. El mismo Aristóteles que proponía una definición de la física y estudiaba el movimiento de fenómenos naturales, que buscaba comprender la estructura del cosmos y la posición que nuestro planeta ocupaba en él, es el que propuso uno de los textos que hasta hoy se considera seminal, aunque introductorio, de los estudios literarios, es decir, la Poética. En la Grecia antigua, matemática, física y literatura no constituían campos absolutamente separados, sino que integraban un mismo horizonte racional y de expresión simbólica. El conocimiento griego se estructuraba por la articulación en la razón (logos), la naturaleza (physis) y la palabra poética (poiesis) y se suponían interrelaciones entre esas múltiples facetas. O, por lo menos, una relación de no exclusión.

El hecho de que el lenguaje es, a la vez, instrumento y objeto de análisis es otra razón para el desprecio por los estudios literarios. Las matemáticas y la programación son ciencias que parten de un lenguaje (el matemático, el Java, el Python, etc.) y su estudio. Efectivamente, el conocimiento gramatical de las lenguas (especialmente la sintaxis y la semántica) es fuente de instrumentalización y teorización en la programación, por ejemplo. Aun así, algunos lenguajes se admiten como típicamente científicos y otros no.

Otra justificación al menosprecio destinado a los estudios literarios se debe a que su objeto de estudio es fruto de la “creatividad del artista”, del escritor, pero también es un mito asumir que las ciencias duras, como la física, las matemáticas o la química, no son también ellas un gran ejercicio de creatividad, en el sentido analítico y de producción científica, así como lo son las artes, de manera general. Esa idea recurrente que atraviesa la percepción social sobre los estudios literarios es la supuesta incompatibilidad entre rigor y creatividad. Según esta concepción, el trabajo científico se caracterizaría por la aplicación estricta de métodos, reglas y procedimientos objetivos, mientras que la literatura y su estudio pertenecerían al ámbito de la imaginación libre, de la inspiración y de la expresión subjetiva sin control metodológico. Esta oposición, sin embargo, resulta profundamente engañosa. La historia de las ciencias demuestra que la formulación de hipótesis, la construcción de modelos explicativos y la resolución de problemas complejos exigen un alto grado de imaginación, intuición y creatividad intelectual. Del mismo modo, la producción literaria y su análisis crítico no se sostienen en la arbitrariedad, sino en elecciones formales, conceptuales y metodológicas precisas, sometidas a tradiciones, convenciones, debates teóricos y criterios de validación propios del campo. Así que la creatividad no se opone al rigor, pero constituye una condición transversal a toda forma de conocimiento que aspire a comprender, explicar o representar la complejidad del mundo. Cualquiera que sea el ámbito del saber que se plantee reflexionar sobre el mundo, asumiendo su complejidad, demanda creatividad. Buscar respuestas para problemas concretos del ser humano y del universo demanda creatividad. De ahí que tantos científicos competentes se dediquen a actividades artísticas en su “tiempo de ocio”, o sean ávidos consumidores de arte. En verdad, es a partir de la posibilidad del ejercicio de la sensibilidad de los sentidos, de ponerlos en tensión, que se pone en marcha una mirada igualmente atenta y sofisticada para analizar, por ejemplo, un fotón. Es ese mismo ejercicio creativo el responsable de varios “eurekas”. La muy difundida historia de Isaac Newton y la manzana, en un momento de contemplación del mundo, es una imagen ficcional que ejemplifica la cuestión.

Se supone, además, que los estudios literarios no poseen finalidad o utilidad, lo que justificaría su lugar académico periférico. Hay mucho que discutir en ese debate. En un primer sentido, cabe recordar que muchas de las investigaciones teóricas en las matemáticas o física, por ejemplo, no demuestran inicialmente una finalidad o aplicación inmediata. Algunas, incluso tras siglos de su “descubrimiento” o formulación, todavía no tienen utilidad conocida. Aun así, no sufren de manera tan pesada el prejuicio lego y las implicaciones institucionales negativas (como bajo financiamiento y prestigio) como lo sufren las humanidades, ni tienen cuestionado su estatuto como ciencia.

Aun así, si el debate se establece alrededor del conocimiento útil, la literatura y su análisis profesional pueden proveer subsidios para efectivas intervenciones en la sociedad, a partir de percepciones extraídas de los textos y de los estudios sobre ellos. Un ejemplo posible, apenas para ilustrar con una temática relevante de la actualidad, estaría en el tema de la inteligencia artificial y aprendizaje de máquinas, campos que ganan considerables inversiones financieras de los sectores públicos y privados en todo el globo. Ya está evidente la necesidad de reflexionar sobre sus límites y posibilidades, considerando los aspectos éticos involucrados en ello. Si limitamos la literatura a un conocimiento útil –delimitación con la cual no estamos de acuerdo– podemos recoger en centenas de textos literarios la anticipación de los problemas éticos que ahora afligen al mundo con relación a dichas tecnologías. Los libros de ciencia ficción y de distopías reúnen innumerables especulaciones, desde décadas pasadas, sobre los límites, potencialidades y peligros que ahora percibimos en nuestra vida cotidiana. Si se tuvieran en cuenta las especulaciones que integran los textos, así como las investigaciones realizadas sobre ellos y sus resultados, los procedimientos de implementación tecnológica podrían considerar aspectos relevantes y anticipar problemas. De ser así, en la literatura hay conocimiento útil, aunque no creemos que ese sea su fin o su principio. Alguien podría cuestionar la validez de las especulaciones en sí mismas, pero la economía mundial se basa en ellas y ni por eso están desacreditados los diferentes mercados internacionales.

Asimismo, la idea de utilidad está vinculada a la sociedad neoliberal (o posliberal) planificada para la técnica y el trabajo, sin considerar de manera orgánica el conjunto de las necesidades humanas, como el ejercicio creativo, la reflexión sobre el mundo y sobre uno mismo o las actividades de ocio. A su vez, este y el ejercicio creativo son asociados a la pereza, a la inutilidad o a las capas no productivas de la sociedad, a las que sí se pueden dedicar a esas actividades, ya que poseen el lujo de no necesitar preocuparse por garantizar el sueldo mensual. Las abstracciones sobre el mundo y sobre uno mismo son consideradas futilidades o problemas de salud mental que demandan psicólogos. Aun cuando se las considera válidas y relevantes, no lo son en términos académico-científicos.

Si todavía consideramos a los griegos como referencia del pensamiento occidental (y si recurrimos a ellos aquí es más por su posición en la historia del conocimiento occidental y las ciencias de manera general que por su efectiva contribución, en términos de mérito, pues estas pasan por un filtro de registro histórico que debe ser problematizado), hay que recordar la preocupación que demostraban con la unidad humana, considerando el ocio, la actividad física, el trabajo y otros usos de la mente y el cuerpo humanos; tenemos que admitir la relevancia de todo eso que es hoy despreciado.

En ese sentido, el lugar que ocupan las humanidades, en un ámbito general, y los estudios literarios, en uno específico, guardan más relación con una estructura político-ideológica hegemónica de nuestros tiempos que con una evaluación efectiva de su utilidad o importancia para el mundo y para los individuos.

Otros mitos más sobre los estudios literarios merecen mención. La falsa idea de que son intraducibles y no generan conocimiento comunicable es uno de ellos. Se basa en la asunción de que todo se reduce a “experiencias individuales de lectura”, de imposible sistematización, y no generarían conceptos transferibles a otros campos de estudio. A ese mito se asocia el de la ausencia de acumulatividad, como si cada generación inaugurara su forma analítica, generando la idea de modas teóricas arbitrarias. Esa idea ignora la larga tradición historiográfica de los estudios literarios, además de la dialéctica de los objetos privilegiados como foco en los movimientos teóricos, así como sus alternancias, modulaciones y alteraciones.

El inventario aquí esbozado no pretende agotar los mitos que rodean a los estudios literarios, sino evidenciar que muchas de las percepciones que los deslegitiman se apoyan en simplificaciones, oposiciones falsas y lecturas acríticas tanto de la ciencia como de las humanidades. Reconocer el carácter histórico, metodológico y situado de toda producción de conocimiento permite desmontar estas narrativas y replantear el lugar de los estudios literarios no como un campo marginal o accesorio, sino como una forma específica, rigurosa y socialmente relevante de comprender la literatura y, desde ella, el mundo, a través del lenguaje. A partir de esta problematización, resulta necesario recapitular algunos caminos metodológicos a partir de los que se estructura el trabajo teórico-crítico literario.

3. Historia del conocimiento, métodos genealógicos, historiografía de los estudios del lenguaje y literarios

A lo largo de los siglos, la ciencia se organizó en torno a distintos paradigmas de racionalidad que respondieron a contextos históricos específicos. Desde la revolución científica del siglo XVI se consolidó un modelo de conocimiento basado en la separación entre sujeto y objeto, en la matematización de la naturaleza, en la formulación de leyes universales y en la reducción de la complejidad del mundo a mecanismos más o menos estables y previsibles. Este modelo, según Peter Burke (2016) y Boaventura de Sousa Santos (1988), inicialmente propio de las ciencias naturales, se extendió en el siglo XIX a las ciencias sociales y humanas (Burke, 2016, p. 16), reforzando una jerarquía que excluyó a las humanidades y al sentido común del estatuto de conocimiento racional. Sin embargo, aun según Santos, los avances teóricos del siglo XX –especialmente en la física, la lógica y las ciencias de la complejidad– revelaron los límites, la historicidad y la fragilidad de ese paradigma, inaugurando, en sus términos, lo que sería una crisis profunda e irreversible que abre paso a formas de conocimiento más plurales, interdisciplinares y atentas a la contingencia, la historicidad y la práctica social del saber.

Décadas antes de Santos, Michel Foucault (2016a, 2016b) ya argumentaba acerca de transitoriedades en los saberes, su formalización y su “cientificación”. Al exponer sus investigaciones arqueológicas sobre el saber, el autor francés propuso la necesidad de analizar no solo las “positividades”, es decir, las formas de organización de los saberes en disciplinas y ciencias, sino también las condiciones y estructuras que permiten que determinados saberes alcancen el estatuto de conocimiento científico, mientras que otros nunca llegan a adquirirlo. Foucault reconoce todavía al menos dos caminos posibles para operar posibles organizaciones de análisis sobre el saber. Uno de ellos, ya bastante bien establecido, recorre el eje conciencia-conocimiento-ciencia. El otro, ratificado por el autor –el arqueológico–, se da en la dirección del eje práctica discursiva-saber-ciencia. Sería necesario distinguir entre los dominios llamados científicos y aquellos dichos arqueológicos. En este último, se podría encontrar el saber en diferentes formas, antes de su aprehensión o no como ciencia. Eso permitiría conocer regularidades y condiciones determinantes, en cada época, legitimadoras de lo que se entiende por ciencia y las formas en que esta se relaciona con elementos ideológicos, necesariamente, pero de manera menos obvia de lo que se puede pensar (Foucault, 2016a, p. 225).

En un libro sobre la historia del conocimiento, Peter Burke (2016) argumenta que los sistemas de conocimiento se remodelan constantemente a lo largo de la historia. La idea misma de ciencia, como la entendemos hoy, nace en el siglo XIX. A partir de la diferenciación entre “conocimiento” e “información” –que compara, de manera simplificada, a aquello que está cocido y a lo crudo, respectivamente, recurriendo a la metáfora de Lévi-Strauss–, el autor caracteriza la existencia de diferentes tipos de conocimientos. Estos –puro y aplicado, abstracto y concreto, explícito e implícito, adquirido y popular, masculino y femenino, local y universal, saber cómo hacer algo y saber que algo es aplicable– tienen su validez configurada a partir del lugar, época y grupo social en cuyas articulaciones operan sus análisis y que, de igual modo, definen lo que es irrelevante (2016, p. 20). Con esas constataciones, hace mención a las “autoridades y monopolios del conocimiento”, que por su turno ponen en marcha la geopolítica del conocimiento, que se mueve a partir de conocimientos sojuzgados, centros intelectuales y sus periferias: los centros importan materia prima de informaciones de la periferia y, en respuesta, exportan el producto final, el llamado “conocimiento” (2016, p. 35). En la política de la ciencia, el conocimiento y las herramientas para manejarlo son distribuidos heterogéneamente, ya en contextos mundiales, ya en contextos locales.

El conocimiento, por su turno, pasa por procesos de disciplinarización al punto de llegar a la idea de “islas intelectuales”. Existirían “órdenes del conocimiento” asociados a “sistemas de verdades” –así como los de ignorancia–, que tendrían sus núcleos generadores y reguladores. En sus términos, las principales formas e instituciones de conocimiento encontradas en una determinada cultura, sumadas a los valores a ellas asociados, constituyen un sistema: escuelas, universidades, archivos, laboratorios, museos, redacciones de periódicos, etc. (Burke, 2016, p. 55). En algunos momentos, las instituciones de conocimiento y los sistemas de valores operan de modo descompasado, lo que refuerza la idea de que el conocimiento es siempre mediado y, en gran medida, negociado.

Parte del resultado de esa negociación genera y justifica el lugar que ocupan los estudios literarios –y de las humanidades, en general– en la academia y fuera de ella en la actualidad. Esa fragmentación y jerarquización es comprendida como contraproducente, llevando incluso a algunos estudiosos a sugerir y prever una reorganización de las formas de conocimiento, reasociando campos que se consideran antagónicos en la actualidad (cf. Santos, 1985; Morin, 2005) y rescatando su complejidad no fragmentaria.

Los apuntes organizados en este tópico sirven sobre todo para recordar que la idea de ciencia y de organización del conocimiento no es unívoca o definitiva y puede ser descrita y organizada de maneras muy diversas. Basta con comparar otras aproximaciones a la misma idea, con otros puntos de partida (en las ciencias naturales o exactas, por ejemplo) para verificarlo. Teniendo esto en cuenta, presentaremos una brevísima enumeración de elementos campos, teorías, metodologías y métodos analíticos– que son relevantes en los estudios literarios, considerando particularmente el último siglo, a fin de sintetizar, aunque muy sucintamente, los esfuerzos organizativos metodológicos y teóricos desarrollados por expertos en estudios literarios.

4. Formas organizativas y metodológicas de los estudios y la investigación en literatura: la teoría y la crítica

Uno de los principales mitos sobre los estudios literarios, como dijimos, es el de que son individualmente subjetivos, es decir, las interpretaciones serían tantas como fueran los lectores dispuestos a formalizar y divulgar una opinión, con los criterios interpretativos seleccionados también de modo individual. Sin embargo, cuando hablamos de los estudios literarios formales, académicos, como campo efectivo de estudio, la cosa no es así. Hay una extensa historiografía de labores teóricas, investigativas, clasificatorias, organizativas, que pueden retroceder hasta la Antigüedad, si así se quiere.

Hay autores relevantes que argumentan en favor del estatuto de ciencia de los estudios literarios. Eric Auerbach es uno de ellos: considera la “historia literaria” como una ciencia moderna y se refiere al trabajo teórico crítico como “ciencia literaria” (Auerbach, 1972, p. 25). Otros argumentan en el sentido opuesto, diciendo que este campo no debe aspirar a dicho lugar en las clasificaciones del conocimiento (Ravoux Rallo, 2005). Hay una vasta producción sobre las dos líneas argumentativas y nuestro interés en este ensayo es menos responder a dónde ubicar los estudios que los académicos de la literatura llevamos a cabo que señalar los debates sobre ello. Sea cual fuere la opción por la que se decida uno, lo que sí vamos a afirmar contundentemente es que hay método, sistematicidad, organización y lógica en lo que se produce.

Entre esas formas organizativas más amplias, nombramos tres: teoría de la literatura, crítica literaria y análisis del texto literario. Los tres ejes dialogan directamente entre sí, pero poseen funciones y características diversas. Como dijimos antes, los estudios literarios pueden ser tan antiguos como Aristóteles y volver más de dos mil años en el tiempo. Está claro que en un ensayo como este no se podría pretender dar cuenta del recorrido desde los griegos hacia nuestros tiempos (considerando los conocimientos “occidentales”, dejando aparte lo que se produjo en Oriente al respecto). Así que apenas mencionaremos a los estudios de retórica predominantes en el siglo XVIII y a los que se sucedieron en la historia de la literatura, a la que se vincula de manera más directa la idea de escuelas y movimientos literarios que se conoce más ampliamente. A partir de fines del siglo XIX, se suma a la historia de la literatura lo que vamos a denominar teoría de la literatura, casi hasta el punto de que esta sustituya a aquella.

En líneas generales, la teoría de la literatura es un largo abanico organizativo del campo de estudios literarios académicos y se refiere a lo que se derivó de los movimientos críticos a principios del siglo pasado y que abarcan una cantidad diversa de diferentes abordajes. Un punto de partida común a casi todos ellos recae en la revisión y definición del estatuto de lo que se considera literario y, a partir de la forma como cada grupo (o escuela, movimiento teórico, eje, campo o simplemente “teoría”) convenga, establecer cómo trabajar con el texto literario de manera crítica. En ese sentido, los procesos de definición de su objeto de estudio son más importantes para la teoría que las definiciones a las que llega. La teoría explica, escruta y analiza el texto literario a la vez que se investiga a sí misma, actualizándose reiteradamente. En un sentido, es una especie de “tecnología” literaria que provee instrumentos para que los estudiantes de la carrera de Letras, académicos y otros interesados estudien el texto literario; en otro, es un espacio reflexivo que se ocupa de las diferentes formas de concebir la literatura, sincrónica y diacrónicamente, analizando y midiendo los procesos de una forma hacia otra (cf. Bonnici y Zolin, 2009).

La crítica literaria, por su parte, es el hecho efectivo de analizar y evaluar las producciones literarias. Es un ejercicio crítico con objeto definido (uno o más textos específicos) mediante el uso de instrumentos teóricos coherentes con los modelos teóricos ya definidos. Así como la última, posee dimensión metalingüística e historiografía propia. Entre las materias de análisis figuran temas y argumentos; forma y estructura; estilo; contexto y dimensión histórica; simbología; función social, etc. La teoría es una especie de abstracción de la crítica, y esta es la aplicación más inmediata, objetiva y específica de aquella. Ambas se articulan y no se pretenden excluyentes. El ejercicio crítico también es fuente de información motivadora para actualizaciones y nuevas incursiones teóricas.

El análisis del texto literario propiamente ejercita los aspectos instrumentales y clasificatorios más específicos y forma parte del ejercicio crítico. Se diferencia de este en el sentido de que sus instrumentos de análisis son considerablemente mejor definidos, hasta tal punto que diferentes abordajes críticos usan un mismo instrumento. Para pasar de la abstracción a un ejemplo concreto, podemos entender la clasificación del narrador de una novela como instrumento de análisis: los diferentes abordajes críticos están de acuerdo en que un texto posee un narrador de primera o tercera persona. Bennett y Royle (2004) delinean un amplio y heterogéneo conjunto de ejes de análisis del texto literario, que conciben la literatura como un fenómeno complejo, irreductible a una única dimensión interpretativa. La lectura literaria se articula, así, a partir de aspectos que abarcan tanto las condiciones de producción y recepción –el papel del lector, la figura del autor, la relación entre texto y mundo, de los que se encarga prioritariamente la teoría– como los mecanismos formales y narrativos que configuran la obra, tales como la narración, el personaje, la voz, las figuras retóricas y los tropos. A estos se suman enfoques temáticos y conceptuales que exploran categorías estéticas (lo trágico, el humor, el placer), afectivas y psíquicas (el deseo, lo siniestro, los secretos, los fantasmas), históricas y políticas (historia, ideología, guerra, colonialidad), así como problemáticas identitarias y culturales vinculadas a la diferencia sexual, racial y queer. El análisis incorpora, además, reflexiones sobre la performatividad, la intermedialidad, la escritura creativa, la posmodernidad y los límites mismos del texto y de la interpretación.

Considerando esos principios conceptuales definidores, proponemos un brevísimo recorrido por los aspectos definidores de los principales movimientos teóricos del siglo XX hasta la actualidad, período en que la teoría literaria se constituyó como un campo de reflexión intrínsecamente heterogéneo, cuya configuración no responde a una lógica de sustituciones sucesivas entre escuelas cerradas y homogéneas, sino a un entramado de enfoques que coexistieron, se solaparon y dialogaron entre sí, incluso cuando asumieron posiciones críticas o polémicas. En este sentido, los antagonismos teóricos que se observan en determinados momentos históricos no deben interpretarse como fracturas absolutas, sino como desplazamientos en las formas de conceptualizar el objeto literario, los procedimientos de análisis y el estatuto mismo del conocimiento crítico.

En este marco, el formalismo ruso, desarrollado en los primeros decenios del siglo, introdujo una redefinición decisiva de la especificidad de la literatura al centrar su atención en las propiedades formales del texto y en los mecanismos que producen efectos estéticos. La noción de literariedad permitió desplazar el interés desde el autor y su intención hacia los procedimientos internos de la obra, concibiendo el lenguaje como instancia autónoma y elevándolo al primer plano del análisis. El concepto de extrañamiento, en particular, dio cuenta de la capacidad de la forma literaria para interrumpir la percepción automatizada de la realidad, de modo que la crítica pasó a interrogar no tanto aquello que el texto dice”, sino aquello que en él ocurre, es decir, los dispositivos técnicos que estructuran la experiencia de lectura.

Un desplazamiento distinto, aunque igualmente centrado en el texto, se observa en la New Criticism, desarrollada principalmente en el ámbito académico estadounidense a partir de las décadas de 1930 y 1940. Frente a la erudición historicista, esta corriente defendió una concepción de la obra literaria como totalidad orgánica, cuyo sentido emerge de la interacción compleja entre sus elementos verbales. La crítica se definió entonces como una práctica de elucidación del funcionamiento interno del texto, orientada a examinar la densidad semántica de recursos como la metáfora, la ironía y la ambigüedad, mediante un ejercicio de lectura atenta que suspendía la referencia al contexto histórico y a la intención autoral.

Las corrientes fenomenológicas y las teorías centradas en la respuesta del lector introdujeron un giro significativo al replantear la relación entre texto, conciencia y experiencia estética. Inspiradas en la fenomenología filosófica, estas aproximaciones conciben la obra literaria como una realidad que se actualiza en el acto de lectura, en la medida en que se manifiesta a la conciencia del lector. Desde esta perspectiva, la crítica puede asumir la forma de una descripción del proceso interpretativo, atendiendo a la manera en que el lector construye conexiones, formula expectativas y revisa hipótesis a lo largo del recorrido textual. La estética de la recepción profundiza este enfoque al situar la interpretación en una dimensión histórica, al sostener que el sentido de las obras se configura en relación con horizontes de expectativas colectivamente compartidos y variables en el tiempo.

Hacia finales de la década de 1960, el estructuralismo propuso un nuevo horizonte teórico al orientar el análisis hacia la identificación de sistemas y regularidades subyacentes que organizan los significados. Influido por la lingüística saussureana, este enfoque extendió sus principios a diversos campos del saber, lo que dio lugar a un amplio conjunto de investigaciones interesadas en describir las estructuras inconscientes –lingüísticas, culturales, sociales o simbólicas– que hacen posible la producción de sentido. En el ámbito literario, el estructuralismo impulsó una poética orientada a sistematizar las convenciones que rigen la organización de los textos, aunque su progresiva diversificación interna terminó por cuestionar su pretensión de coherencia unitaria.

De la problematización de este paradigma emergen las perspectivas asociadas al posestructuralismo, que desplazan el énfasis desde la sistematización de estructuras hacia una crítica radical de los fundamentos del saber, del sujeto y de las nociones de totalidad. Desde este punto de vista, los sistemas de significación no existen como entidades autónomas, sino como construcciones inseparables de las fuerzas históricas, discursivas y políticas que los producen. En estrecha relación con este horizonte se inscribe el deconstruccionismo, que somete a crítica las oposiciones jerárquicas que han estructurado el pensamiento occidental, cuestionando la idea de significados estables y mostrando el carácter contingente y construido de tales categorías.

Este panorama se amplía con la incorporación de enfoques que intensifican la dimensión política y social de la teoría literaria. La teoría feminista introduce una crítica sistemática de las estructuras patriarcales y de las oposiciones binarias de género; el psicoanálisis, especialmente en sus reformulaciones contemporáneas, concibe al sujeto como un efecto del lenguaje; el marxismo enfatiza la inscripción de los textos en una superestructura determinada por las relaciones materiales de producción. Finalmente, corrientes como el nuevo historicismo y el materialismo cultural proponen analizar las prácticas significantes en relación con sus condiciones históricas de producción, mientras que la teoría poscolonial y la teoría queer incorporan de manera decisiva las problemáticas de identidad, diferencia y poder, reafirmando el carácter necesariamente interdisciplinario de la teoría literaria contemporánea.

5. Palabras finales

El recorrido propuesto a lo largo de este ensayo permite afirmar que buena parte de los discursos que deslegitiman a los estudios literarios se sostienen menos en un análisis informado de sus prácticas efectivas que en un conjunto de oposiciones simplificadoras y mitologías persistentes acerca de la ciencia, el conocimiento y la utilidad social del saber. La idea de que los estudios literarios carecen de método, rigor o sistematicidad se revela, así, como el resultado de una comprensión restringida tanto de lo que se entiende por ciencia como de las formas históricas de organización del conocimiento. Al situar la reflexión en una perspectiva historiográfica y epistemológica amplia, se evidencia que la producción científica en cualquiera de sus campos– se construye siempre a partir de modelos, lenguajes, convenciones y disputas situadas, y no como un acceso directo, neutral y definitivo a la verdad.

En este sentido, los estudios literarios no constituyen una excepción ni un aparte dentro del panorama del conocimiento, sino un campo con tradiciones metodológicas específicas, con debates internos consolidados y con una capacidad singular para articular forma, sentido, historia y experiencia social a través del análisis del lenguaje. La teoría literaria, la crítica y el análisis textual no operan como ejercicios arbitrarios de opinión individual, pues se inscriben en una extensa red de conceptos, procedimientos y categorías compartidas, cuya validez se construye colectivamente y se somete a revisión constante. La pluralidad de enfoques que caracteriza a la teoría literaria contemporánea no debe interpretarse como signo de fragilidad epistemológica, sino como expresión de un campo que asume la complejidad de su objeto y la historicidad de sus propias herramientas analíticas.

Asimismo, la insistencia en medir la relevancia de los estudios literarios exclusivamente a partir de criterios de utilidad inmediata o aplicación técnica responde a una lógica instrumental que empobrece la comprensión del conocimiento humano en su conjunto. La literatura y su estudio profesional no solo contribuyen a la preservación y análisis de formas culturales fundamentales, sino que ofrecen marcos privilegiados para la reflexión crítica sobre dilemas éticos, históricos, culturales, sociales y tecnológicos que atraviesan el presente. En este punto, la capacidad de la literatura para anticipar conflictos, problematizar modelos de mundo y explorar escenarios posibles reafirma su potencia cognitiva y su función social, aun cuando dicha función no se ajuste a los parámetros productivistas dominantes.

Finalmente, al desmontar los mitos que rodean a los estudios literarios –la supuesta ausencia de método, la reducción a la subjetividad, la falta de cumulatividad o la irrelevancia social–, este ensayo busca contribuir a una revalorización crítica del campo, no desde una defensa corporativa, sino desde el reconocimiento de su especificidad epistemológica. Pensar los estudios literarios como una forma rigurosa, histórica y situada de producción de conocimiento implica, en última instancia, cuestionar las jerarquías que organizan el saber en las sociedades contemporáneas y abrir espacio para concepciones más complejas, integradoras y no excluyentes de la ciencia, las humanidades y sus múltiples interrelaciones.

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  1. Es necesario admitir que el uso de la expresión “sentido común” al que recurrimos aquí es una generalización para fines argumentativos y presupone algún reduccionismo de lo que eso viene a ser, al considerarlo casi una entidad unitaria de gran abstracción, lo que dificulta la ubicación social e institucional de las ideas presentadas. Entendemos, sin embargo, que para los fines que se propone ese ensayo esa es una estrategia argumentativa válida.


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