María Emilia García Miranda
1. Introducción
¿Qué hace que una investigación sea considerada legítima dentro de la psicología? ¿Cuáles son los criterios que determinan su carácter científico? ¿Por qué ciertos modos de conocer, explorar o comprender la realidad humana han sido históricamente desvalorizados frente a otros? Estas preguntas, lejos de constituir meras inquietudes epistemológicas, atraviesan la práctica cotidiana de quienes investigan los fenómenos psicológicos, interpelando la manera en que concebimos el conocimiento y su producción.
Durante décadas, la investigación cualitativa ha ocupado un lugar ambivalente dentro de la disciplina: valorada por su capacidad de captar la riqueza y diversidad de la experiencia humana, pero al mismo tiempo mirada con sospecha por no ajustarse a los cánones del método científico tradicional[1]. Esta tensión ha alimentado una serie de mitos o creencias erróneas que aún hoy condicionan su reconocimiento académico. Se la ha calificado de “subjetiva”, “poco rigurosa”, “no generalizable” o “meramente exploratoria”. Tales etiquetas, repetidas de forma acrítica, han contribuido a construir una imagen reducida y distorsionada del enfoque cualitativo. Esta tensión histórica entre enfoques no responde a una jerarquía “natural” entre métodos, sino a disputas epistemológicas sobre qué se considera conocimiento válido y científico (Vasilachis de Gialdino, 2006; Denzin y Lincoln, 2018).
En el campo específico de la psicología, estas tensiones adquieren una relevancia particular, dado que su objeto de estudio –la subjetividad humana– difícilmente puede ser reducido a variables aisladas o a relaciones causales simples. Fenómenos como el sufrimiento psíquico, la construcción de la identidad, los vínculos interpersonales o las trayectorias vitales exigen enfoques capaces de captar el sentido que los sujetos atribuyen a su experiencia. En este contexto, la investigación cualitativa no representa un desvío del quehacer científico psicológico, sino una respuesta metodológica coherente con la complejidad de su objeto de estudio (González Rey, 2007; Willig, 2013). En este sentido, la investigación cualitativa no busca imitar ni competir con otro paradigma, sino justamente lo contrario: propone otra lógica de conocimiento, una que se adentra en las profundidades del sentido, que escucha las voces de quienes viven, sienten y piensan desde contextos concretos, y que concibe el conocimiento como una construcción situada, dialógica y reflexiva. Reconocer su legitimidad implica, por tanto, que nos replanteemos qué entendemos por objetividad, evidencia o verdad científica dentro del campo psicológico.
Desmitificar los prejuicios que pesan sobre la investigación cualitativa es hoy una tarea necesaria y urgente, no solo desde lo epistemológico, sino también desde lo ético. Porque en el fondo, lo que está en juego no es únicamente un debate metodológico, sino la concepción misma del ser humano en la psicología: ¿es un objeto de estudio o un sujeto productor de conocimiento? ¿Un dato a ser medido o una experiencia a ser comprendida? Tal como sostiene González Rey (2007), asumir la subjetividad como dimensión central del conocimiento psicológico implica reconocer a los sujetos como participantes activos en la construcción del saber, y no como meras fuentes de información.
La persistencia de prejuicios hacia la investigación cualitativa en psicología no es inocua: impacta directamente en la formación académica, en la legitimación de ciertos problemas de investigación y en la valoración de prácticas profesionales fundamentales, como la clínica, la psicología comunitaria o la psicología de la salud. Cuando se deslegitiman los enfoques cualitativos, se restringen también las posibilidades de producir conocimiento sensible a las experiencias concretas de los sujetos, favoreciendo modelos normativos que tienden a homogeneizar lo diverso y a patologizar lo singular.
En este capítulo se propone revisar críticamente algunos fundamentos teórico-metodológicos de la investigación cualitativa en psicología, con el objetivo de reivindicar su potencia, su rigurosidad y su compromiso con la comprensión de la complejidad humana. Buscamos trascender los límites de la investigación tradicional –aquella que interpreta los procesos psicológicos desde una mirada lineal y normativa– para situarnos en un terreno donde el conocimiento se construye en diálogo, en reciprocidad y en reconocimiento de la diversidad que caracteriza la experiencia humana. Así, lejos de debilitar la ciencia psicológica, la investigación cualitativa la enriquece: amplía su horizonte epistemológico, la vuelve más sensible al contexto y más fiel a la multiplicidad de formas en que las personas significan y viven su mundo.
El primer apartado aborda uno de los cuestionamientos más frecuentes a la investigación cualitativa en psicología: la supuesta falta de rigor asociada a la subjetividad. Se propone revisar críticamente esta oposición, mostrando que el rigor cualitativo no se construye a pesar de la subjetividad, sino a partir de su reconocimiento y tratamiento reflexivo.
El segundo apartado se centra en la crítica que considera imprecisos o poco fiables a los datos cualitativos. Desde el campo psicológico, donde los procesos subjetivos no se expresan únicamente en conductas observables, este eje propone ampliar la noción de dato y repensar su valor científico en relación con el sentido y el contexto.
El tercer eje problematiza la idea de que la investigación cualitativa carece de valor científico por no aspirar a la generalización estadística. Este apartado plantea que, en psicología, la profundidad interpretativa y la comprensión situada constituyen formas legítimas y necesarias de producción de conocimiento.
El cuarto apartado cuestiona la concepción que reserva la producción de conocimiento exclusivamente a los expertos. Desde una lógica cualitativa, se propone reconocer a los sujetos investigados como participantes activos y reflexivos, cuyas experiencias y saberes resultan fundamentales para comprender los fenómenos psicológicos.
El último apartado aborda el ideal de neutralidad científica y su impacto en la investigación psicológica. Se propone cuestionar esta noción, mostrando que la implicación y la reflexividad del investigador no debilitan la cientificidad, sino que constituyen condiciones necesarias para una producción de conocimiento ética y rigurosa.
2. Rigor, subjetividad y cientificidad: una falsa oposición en la investigación cualitativa
Ciertas objeciones recurrentes a la investigación cualitativa señalan que esta carece de rigor científico debido a su carácter subjetivo o relativista. Desde esta mirada, profundamente arraigada en el paradigma positivista, el rigor se asocia casi exclusivamente con la medición, la replicabilidad y la neutralidad del observador. En consecuencia, todo conocimiento que no pueda ser estandarizado o verificado mediante procedimientos estadísticos tiende a ser considerado débil o insuficiente. Sin embargo, esta concepción del rigor no es universal ni epistemológicamente neutra, sino que responde a una tradición específica dentro de la historia de la ciencia, que ha tendido a jerarquizar ciertos modos de conocer por sobre otros.
En psicología, la asociación casi automática entre rigor y neutralidad ha tenido consecuencias especialmente problemáticas. ¿Es realmente posible –o incluso deseable– producir conocimiento psicológico manteniéndose al margen de la experiencia subjetiva? ¿Puede comprenderse el sufrimiento, el vínculo, la identidad o el sentido sin involucrarse, sin escuchar, sin dejarse afectar de algún modo por el otro? La idea de que el conocimiento válido es aquel que se construye desde la distancia ha promovido una mirada empobrecida sobre los procesos psíquicos, como si la cercanía con la experiencia humana constituyera una amenaza para la cientificidad. Sin embargo, gran parte del saber psicológico –en particular en los ámbitos clínico, comunitario y social– se produce precisamente en el encuentro, en la escucha atenta y en la implicación responsable del profesional. Desconocer esta dimensión no solo implica negar una característica central de la práctica psicológica, sino también invisibilizar los modos reales en que se construye conocimiento en la disciplina. Reconocer la implicación no debilita el rigor; por el contrario, permite una comprensión más profunda, situada y honesta de la experiencia humana. En psicología, comprender implica inevitablemente implicarse: no hay acceso al sentido sin encuentro, ni conocimiento del otro sin afectación.
En el paradigma cualitativo, el rigor se redefine a partir del reconocimiento reflexivo de la subjetividad[2], por la forma en que esta es reconocida, trabajada y explicitada a lo largo de todo el proceso de investigación. Tal como plantea Vasilachis de Gialdino (2006), la investigación cualitativa se sustenta en una lógica epistemológica orientada a la comprensión de los significados y a la construcción intersubjetiva del conocimiento. En este marco, la subjetividad no constituye un sesgo a erradicar, sino una condición inevitable y productiva del conocimiento social, que exige reflexividad, coherencia teórica y transparencia metodológica.
En lugar de aplicar criterios de validez propios de los diseños cuantitativos, la investigación cualitativa ha desarrollado parámetros específicos para evaluar la calidad y el rigor de los estudios. En esta línea, Arias Valencia y Giraldo Mora (2011), retomando y actualizando los aportes clásicos de Lincoln y Guba (1985), proponen criterios tales como la credibilidad, la confirmabilidad, la transferibilidad y la autenticidad. La credibilidad refiere al grado en que los hallazgos resultan fieles a las experiencias y significados de los sujetos participantes; la confirmabilidad alude a la posibilidad de rastrear las interpretaciones hasta los datos y al proceso analítico que las sustenta; la transferibilidad remite a la potencial utilidad de los resultados en contextos similares, sin pretensión de generalización estadística; y la autenticidad señala el compromiso ético del investigador con la representación justa y plural de las voces involucradas. Estos criterios de rigor resultan particularmente relevantes en psicología, donde los procesos investigados involucran dimensiones emocionales, simbólicas y relacionales. La credibilidad, por ejemplo, adquiere un sentido específico cuando los resultados logran dar cuenta de la experiencia subjetiva de los participantes sin reducirla ni distorsionarla. Del mismo modo, la autenticidad se vuelve central en investigaciones psicológicas que trabajan con poblaciones vulneradas, donde la responsabilidad ética del investigador es inseparable de la calidad científica del estudio.
Estos criterios no implican una menor exigencia científica, sino una forma diferente –y no menos rigurosa– de garantizar la calidad del conocimiento producido. El rigor cualitativo se construye, así, a partir de la coherencia interna del diseño, la explicitación de las decisiones metodológicas, la reflexividad del investigador y la transparencia del proceso analítico. Como sostiene Willig (2013), la calidad de una investigación cualitativa depende en gran medida de la congruencia entre los supuestos epistemológicos, la formulación del problema, las estrategias metodológicas adoptadas y el modo en que se interpretan los datos. La reflexividad, lejos de debilitar el análisis, fortalece la validez del estudio al hacer explícitos los marcos desde los cuales se produce el conocimiento.
Asimismo, enfoques contemporáneos como el análisis temático reflexivo subrayan que el rigor no reside en la aplicación mecánica de técnicas, sino en la claridad y coherencia del proceso interpretativo. Braun y Clarke (2021) señalan que una investigación cualitativa rigurosa no es aquella que intenta ocultar la implicación del investigador, sino aquella que explicita cómo se construyen los significados, qué decisiones analíticas se toman y desde qué marcos teóricos se elaboran las interpretaciones. La trazabilidad del análisis y la posibilidad de que el lector siga el recorrido interpretativo se convierten, así, en criterios centrales de calidad científica.
Desde esta perspectiva, el rigor no se opone a la subjetividad, sino que se redefine a partir de ella. La intersubjetividad –el encuentro entre investigador y participantes– se constituye como una fuente de validez, en tanto permite comprender los significados desde las propias voces de quienes los viven. El investigador no es un observador externo y neutral, sino un sujeto situado que participa activamente en la construcción del conocimiento, y cuya responsabilidad ética y epistemológica resulta central para garantizar la calidad del estudio.
En definitiva, concebir el rigor desde una lógica cualitativa implica reconocer que la ciencia no se agota en la medición ni en la estandarización. Una investigación rigurosa es aquella que explicita sus supuestos, justifica sus decisiones metodológicas, reflexiona críticamente sobre sus implicancias y permite reconstruir el proceso interpretativo seguido. Lejos de debilitar la ciencia psicológica, esta concepción del rigor la enriquece, al ampliar sus criterios de validez y ofrecer herramientas más sensibles para comprender la complejidad de la experiencia humana.
3. El estatuto del dato en la investigación cualitativa: precisión, sentido y contexto
Uno de los prejuicios más persistentes hacia la investigación cualitativa se vincula con la forma en que se conciben los datos y su supuesta falta de precisión o fiabilidad. Desde una lógica positivista, el dato se asocia principalmente con lo cuantificable, lo observable y lo verificable empíricamente. Bajo este paradigma, aquello que no puede ser medido, contado o replicado de manera estandarizada tiende a ser desestimado como conocimiento científico válido. Sin embargo, esta concepción restringida del dato responde a una tradición epistemológica particular y no agota las múltiples formas en que es posible producir conocimiento riguroso sobre la realidad humana.
En la investigación cualitativa, el dato adquiere un estatuto diferente: no se trata de una entidad que existe de manera objetiva y externa, lista para ser recogida, sino de una construcción intersubjetiva que emerge del encuentro entre investigador y participantes. Tal como sostiene Vasilachis de Gialdino (2006), los datos cualitativos se producen en el marco de una relación dialógica, en la que los significados se construyen de manera situada y contextual. Desde esta perspectiva, los datos no son simples registros de hechos, sino expresiones de sentido que permiten comprender cómo las personas interpretan, viven y significan su experiencia.
En psicología, esta concepción ampliada del dato resulta fundamental, ya que los fenómenos psicológicos no se manifiestan únicamente en conductas observables, sino también en narrativas, silencios, emociones y contradicciones. El dato cualitativo permite acceder a estas dimensiones subjetivas que constituyen el núcleo del campo psicológico y que difícilmente podrían ser captadas mediante instrumentos estandarizados sin perder su densidad de sentido.
En esta línea, Bleichmar (2001) señala que la subjetividad no es un dato natural ni transparente, sino una construcción histórica atravesada por discursos, prácticas y condiciones sociales. Esta perspectiva resulta particularmente compatible con la lógica cualitativa, en tanto impide concebir los datos psicológicos como entidades fijas o ahistóricas, y exige situarlos en tramas de sentido más amplias.
En este proceso, los datos cualitativos incluyen relatos, discursos, gestos, silencios, emociones, contradicciones y prácticas, así como los contextos sociales, culturales e históricos en los que estos se inscriben. Como señala González Rey (2007), el conocimiento cualitativo no se limita a describir conductas observables, sino que se orienta a captar procesos subjetivos complejos que no pueden reducirse a variables aisladas. En este sentido, los datos no se agotan en lo dicho explícitamente, sino que también se expresan en lo implícito, en lo no dicho y en las tensiones que atraviesan los discursos y las interacciones.
Desde esta lógica, los llamados “no datos” también constituyen información relevante. Un silencio prolongado, un cambio de tema, una vacilación o una reacción no verbal pueden adquirir un valor interpretativo significativo, revelando aspectos profundos de la experiencia subjetiva[3]. Reconocer y analizar este tipo de material requiere una actitud reflexiva y una sensibilidad metodológica que permitan ir más allá de lo evidente. Lejos de introducir imprecisión, esta atención a los múltiples niveles de significado enriquece el análisis y amplía las posibilidades de comprensión.
En investigaciones psicológicas de corte clínico o comunitario, por ejemplo, un silencio prolongado, una vacilación discursiva o una emoción expresada corporalmente pueden aportar información decisiva para comprender la experiencia del sujeto. Estos elementos, lejos de ser residuales, constituyen datos centrales para el análisis cualitativo, ya que permiten reconstruir procesos subjetivos que no siempre encuentran una expresión verbal directa (González Rey, 2007).
Por ello, los datos cualitativos no son imprecisos, sino densos, complejos y profundamente contextuales. Su fiabilidad no se sustenta en la repetición estadística, sino en la coherencia del proceso interpretativo, en la transparencia de las decisiones analíticas y en la articulación consistente entre datos, teoría e interpretación. Flick (2018) destaca que la calidad de los datos cualitativos depende del cuidado en su producción, del uso reflexivo de las técnicas y de la sistematicidad del análisis, más que de su estandarización.
Asimismo, criterios clásicos de calidad en la investigación cualitativa, como los propuestos por Lincoln y Guba (1985), permiten evaluar la fiabilidad de los datos desde parámetros acordes a su lógica epistemológica. La credibilidad, la confirmabilidad y la dependencia no se apoyan en la estabilidad numérica del dato, sino en la consistencia del proceso de construcción e interpretación de la información. En este sentido, la fiabilidad cualitativa se vincula con la posibilidad de rastrear cómo se produjeron los datos, qué decisiones se tomaron durante el análisis y desde qué marcos teóricos se elaboraron las interpretaciones.
Finalmente, enfoques contemporáneos como el análisis temático reflexivo refuerzan esta concepción del dato cualitativo como construcción interpretativa rigurosa. Braun y Clarke (2021) subrayan que los datos no “hablan por sí mismos”, sino que adquieren sentido a través del trabajo analítico del investigador, quien, desde una posición situada, organiza, interpreta y teoriza los significados emergentes. La precisión del dato cualitativo no radica, entonces, en su cuantificación, sino en la claridad del proceso analítico y en la profundidad con que se exploran los sentidos construidos.
En suma, la investigación cualitativa amplía la noción tradicional de dato: no como una cifra estable y aislada, sino como un fragmento de sentido que, en su articulación con otros, permite comprender la complejidad de la experiencia humana en su contexto. Lejos de debilitar la cientificidad de la psicología, esta concepción del dato la fortalece, al ofrecer herramientas más sensibles y rigurosas para acceder a los procesos subjetivos que constituyen su objeto de estudio.
4. Profundidad, transferibilidad y valor científico: repensar la generalización
Desde una tradición positivista se ha sostenido que la investigación cualitativa, al no ser generalizable en términos estadísticos, carece de valor científico. Esta objeción parte de una concepción del conocimiento que identifica la cientificidad con la producción de leyes universales y con la extrapolación de resultados a grandes poblaciones. Desde esta lógica, la validez de una investigación se mide por su alcance cuantitativo y por la posibilidad de replicar sus hallazgos en múltiples contextos. Sin embargo, este criterio responde a una tradición epistemológica específica y no resulta adecuado para evaluar investigaciones cuyo propósito central no es generalizar, sino comprender en profundidad los fenómenos humanos.
En psicología, la pretensión de generalización universal ha sido cuestionada por múltiples corrientes que advierten sobre el riesgo de producir modelos normativos que invisibilizan la singularidad de las trayectorias subjetivas. La investigación cualitativa permite, en cambio, comprender cómo los fenómenos psicológicos se configuran en contextos específicos, evitando extrapolaciones que pueden resultar conceptualmente pobres o clínicamente inapropiadas.
En los diseños cualitativos, el objetivo principal no es la generalización estadística, sino la profundización interpretativa. La investigación cualitativa no busca establecer regularidades universales, sino comprender cómo las personas viven, interpretan y significan su experiencia en contextos sociales, culturales e históricos concretos. Tal como señala Vasilachis de Gialdino (2006), el conocimiento cualitativo se construye de manera situada y contextual, y su valor radica en la riqueza de los significados que logra reconstruir, más que en la amplitud de los casos estudiados.
Desde esta perspectiva, generalizar en el sentido clásico implicaría, en muchos casos, despojar a los fenómenos humanos de su complejidad simbólica y contextual. En cambio, la investigación cualitativa asume que cada relato, cada interacción y cada experiencia singular contiene un universo de significados que puede iluminar dimensiones fundamentales de la vida psíquica y social. La profundidad analítica se convierte así en su principal fortaleza: en lugar de buscar la repetición de patrones, se orienta a revelar cómo los sujetos construyen sentido en situaciones específicas, atendiendo a la heterogeneidad y a la singularidad de las experiencias.
No obstante, el hecho de que la investigación cualitativa no aspire a la generalización estadística no implica que sus hallazgos carezcan de proyección o utilidad más allá del caso estudiado. Lincoln y Guba (1985) proponen el concepto de transferibilidad[4] para dar cuenta de este tipo de alcance. En lugar de generalizar resultados, los estudios cualitativos ofrecen descripciones densas y contextualizadas que permiten al lector evaluar la pertinencia de los hallazgos en otros contextos similares. La responsabilidad de la transferencia no recae exclusivamente en el investigador, sino también en quien lee e interpreta los resultados, reconociendo similitudes, resonancias y diferencias con su propio entorno.
En el campo de la psicología cualitativa, autores como Smith et al. (2009) subrayan que el valor científico de este tipo de investigaciones reside en su capacidad para ofrecer análisis detallados y conceptualmente ricos de la experiencia humana. Desde enfoques como la fenomenología interpretativa, el conocimiento producido no pretende ser representativo de una población, sino aportar comprensiones profundas que permitan ampliar el marco teórico desde el cual se piensan determinados fenómenos psicológicos. En este sentido, un estudio cualitativo puede tener un alto impacto científico aun cuando se base en un número reducido de casos.
En áreas como la psicología clínica, de la salud o educativa, los aportes de investigaciones cualitativas han permitido comprender cómo las personas significan el diagnóstico, el tratamiento, el aprendizaje o el malestar, ofreciendo insumos teóricos y prácticos de gran relevancia. Estos conocimientos, aunque no generalizables estadísticamente, resultan transferibles y altamente valiosos para la intervención profesional.
Asimismo, Willig (2013) destaca que la validez en la investigación cualitativa se vincula con la coherencia interna del análisis y con la capacidad del estudio para generar interpretaciones plausibles, fundamentadas y teóricamente informadas. La profundidad interpretativa, lejos de limitar el alcance del conocimiento, lo expande hacia dimensiones más complejas y significativas de la experiencia humana, que difícilmente podrían ser captadas mediante diseños extensivos.
Desde una mirada más amplia, Denzin (2017) sostiene que la investigación cualitativa contribuye al conocimiento científico precisamente porque permite comprender cómo los fenómenos adquieren significado en contextos concretos. Este tipo de comprensión no compite con la generalización cuantitativa, sino que la complementa, al ofrecer perspectivas que enriquecen la teoría y amplían el horizonte epistemológico de las ciencias humanas.
En definitiva, la profundidad es al paradigma cualitativo lo que la generalización es al cuantitativo: su horizonte epistemológico y su modo específico de producir conocimiento válido. Profundizar no implica reducir el valor científico de una investigación, sino orientarlo hacia la comprensión densa, contextualizada y reflexiva de la experiencia humana. En psicología, conocer no es abarcar más casos, sino comprender mejor los procesos. La investigación cualitativa asume este desafío y redefine el valor científico desde la profundidad, la contextualización y la responsabilidad interpretativa.
5. Los sujetos como productores de conocimiento: la investigación cualitativa más allá del experto
Una concepción extendida –aunque pocas veces explicitada– sostiene que la producción de conocimiento científico es una tarea reservada exclusivamente a expertos, y que los sujetos investigados ocupan un lugar pasivo como meras fuentes de información. Desde esta perspectiva, el valor del conocimiento estaría determinado por el nivel educativo, la posición social o la pertenencia institucional de quien investiga, mientras que las voces de los participantes quedarían subordinadas o deslegitimadas. Este supuesto constituye uno de los mitos más persistentes en torno a la investigación cualitativa, ya que desconoce la lógica dialógica, relacional y comprensiva que la sustenta.
Esta concepción resulta especialmente significativa en psicología, disciplina en la que históricamente los sujetos han sido ubicados en posiciones pasivas frente al saber experto. La investigación cualitativa cuestiona esta asimetría, reconociendo que las personas poseen saberes elaborados sobre su propia experiencia psíquica, saberes que no solo son relevantes, sino indispensables para comprender los fenómenos que la psicología se propone estudiar.
La investigación cualitativa parte de una concepción radicalmente diferente del conocimiento y de los sujetos que participan en su construcción. No se orienta prioritariamente a explicar la realidad humana mediante relaciones causales abstractas, sino a comprender cómo las personas viven, piensan y construyen significados en contextos concretos. Esta distinción entre explicar y comprender tiene una larga tradición en las ciencias sociales interpretativas, donde la comprensión del sentido subjetivo de la acción ocupa un lugar central en la producción de conocimiento (Weber, 1922/1992). Comprender no implica renunciar al rigor científico, sino asumir una lógica epistemológica diferente, centrada en el sentido, la subjetividad y la historicidad de las prácticas humanas.
Tal como plantea Vasilachis de Gialdino (2006), los diseños cualitativos se apoyan en el reconocimiento de los actores sociales como sujetos reflexivos, capaces de interpretar su experiencia, producir sentidos y aportar conocimientos válidos sobre la realidad que habitan. Desde esta lógica, las personas no son consideradas objetos de estudio, sino interlocutores activos en un proceso de construcción intersubjetiva del conocimiento. El conocimiento no se concibe como un reflejo objetivo de una realidad externa, sino como una construcción situada que emerge del encuentro entre sujetos, en contextos sociales, culturales e históricos específicos.
Desde la tradición de la psicología social argentina, Pichon-Rivière (1985) ya advertía que el conocimiento se produce siempre en situación y en vínculo, que la separación tajante entre sujeto cognoscente y objeto conocido constituye una ficción metodológica. Esta concepción resulta afín a los enfoques cualitativos, ya que reconoce que todo proceso de investigación implica una relación dialéctica entre quien investiga y aquello que se investiga, mediada por la historia, el contexto y la implicación subjetiva.
En esta línea, González Rey (2007) sostiene que el conocimiento cualitativo se produce a partir del diálogo y la interacción, y que la subjetividad no es un atributo exclusivo del investigador, sino una dimensión compartida que atraviesa todo el proceso investigativo. La información no se “extrae” de los participantes, sino que se construye en el intercambio, en la escucha y en la reflexión conjunta. De este modo, la validez del conocimiento no depende del estatus social o académico de los sujetos, sino de su capacidad para reflexionar sobre su experiencia, otorgarle sentido y situarla en tramas sociales e históricas más amplias.
Esta concepción del conocimiento dialoga directamente con los planteos de Paulo Freire (1970), quien cuestiona la idea de un saber legítimo monopolizado por expertos y propone una pedagogía –y, por extensión, una investigación– basada en el diálogo, la problematización y el reconocimiento del otro como sujeto de conocimiento[5]. Desde esta perspectiva, investigar no implica imponer categorías externas ni traducir la experiencia ajena a lenguajes ajenos, sino construir comprensiones junto a otros, reconociendo la dignidad epistemológica de sus saberes, valores y experiencias.
Asimismo, enfoques como la investigación-acción participativa, desarrollados por Fals Borda (1987), refuerzan esta crítica al modelo tradicional de producción de conocimiento. En estos enfoques, la investigación se concibe como una práctica colectiva orientada no solo a comprender la realidad, sino también a transformarla. Los sujetos participan activamente en la definición de los problemas, en la interpretación de los datos y en la apropiación de los resultados, desdibujando la frontera rígida entre investigador y “objeto” de estudio.
Desde una mirada contemporánea, Denzin (2017) subraya que la investigación cualitativa posee una dimensión ética y política ineludible, en tanto implica decisiones sobre qué voces se escuchan, cuáles se silencian y quiénes son reconocidos como productores legítimos de conocimiento. Reconocer al otro como sujeto que piensa, siente y comprende supone asumir una responsabilidad interpretativa que atraviesa todo el proceso investigativo y que compromete al investigador no solo en términos metodológicos, sino también éticos.
En este marco, la lógica de los diseños cualitativos se funda en el trabajo interactivo, en la interlocución y en la reciprocidad en la producción del conocimiento, reconociendo a los otros como sujetos reflexivos y portadores de saberes válidos, independientemente de su nivel educativo, su inserción laboral o su posición socioeconómica. Lejos de debilitar la cientificidad, este reconocimiento amplía el horizonte epistemológico de la psicología, al incorporar conocimientos experienciales y subjetivos fundamentales para comprender la complejidad de la vida humana. Así, la investigación cualitativa no solo produce conocimiento sobre la realidad social, sino que también contribuye a transformarla, al reconocer a los sujetos como protagonistas activos en la construcción del saber.
6. La ficción de la neutralidad como garantía de cientificidad
Una de las creencias más arraigadas en la tradición científica moderna sostiene que la neutralidad del investigador constituye una condición indispensable para la producción de conocimiento válido. Desde esta perspectiva, la objetividad se asocia con la distancia, la ausencia de implicación y la eliminación de toda huella subjetiva en el proceso investigativo. En el marco de este supuesto, la investigación cualitativa suele ser cuestionada por reconocer explícitamente la participación activa del investigador en la construcción del conocimiento, lo que la colocaría –según esta lógica– en un lugar de menor cientificidad.
Sin embargo, diversos enfoques contemporáneos han mostrado que la neutralidad absoluta no solo es inalcanzable, sino también epistemológicamente problemática. Tal como plantea Vasilachis de Gialdino (2006), toda investigación se encuentra atravesada por supuestos ontológicos, epistemológicos y axiológicos que orientan la formulación del problema, la selección del diseño metodológico y la interpretación de los resultados. Pretender la neutralidad implica, muchas veces, invisibilizar estos supuestos en lugar de someterlos a reflexión crítica. En este sentido, la investigación cualitativa no niega la implicación del investigador, sino que la asume y la trabaja reflexivamente como parte constitutiva del proceso de producción de conocimiento.
Desde la psicología, González Rey (2007) profundiza esta crítica al señalar que la subjetividad del investigador no constituye una fuente de distorsión, sino una dimensión inevitable y productiva del proceso investigativo. El conocimiento cualitativo se construye en un campo intersubjetivo donde confluyen las trayectorias, valores, emociones y marcos teóricos tanto del investigador como de los participantes. La clave del rigor no reside, entonces, en eliminar la subjetividad, sino en reconocerla, explicitarla y analizar su incidencia en la construcción de la información.
En esta misma línea, Willig (2013) sostiene que la reflexividad constituye un criterio central de calidad en la investigación cualitativa. Ser reflexivo implica interrogar de manera sistemática el propio posicionamiento, las decisiones metodológicas adoptadas y las relaciones de poder que se establecen en el proceso de investigación. Lejos de debilitar la validez del conocimiento producido, esta práctica fortalece su coherencia y transparencia, permitiendo al lector comprender cómo se construyeron las interpretaciones y desde qué lugar se produjeron.
Por su parte, Denzin (2017) subraya que toda investigación social posee una dimensión ética y política ineludible. La elección de un problema, la selección de las voces que se escuchan y las formas de representación de la experiencia ajena implican siempre posicionamientos que desmienten la supuesta neutralidad del conocimiento científico. En este sentido, la investigación cualitativa asume explícitamente su carácter situado y comprometido, reconociendo que producir conocimiento es también intervenir en el mundo social y contribuir a la construcción de determinadas formas de verdad.
Desde la psicología crítica, Parker (2005) advierte que toda investigación psicológica participa en la producción de determinadas formas de subjetividad, legitimando ciertos discursos y marginando otros. En este sentido, la pretensión de neutralidad no solo resulta ilusoria, sino que puede funcionar como un mecanismo de ocultamiento de los efectos de poder implicados en la producción de conocimiento.
Desde una perspectiva afín, Haraway (1995) propone el concepto de “conocimientos situados” para cuestionar la ilusión de una mirada objetiva desde “ninguna parte”. Según esta autora, toda producción de conocimiento se realiza desde posiciones concretas, históricas y corporizadas. Reconocer la parcialidad y la localización del conocimiento no implica relativismo, sino una forma más responsable y honesta de hacer ciencia. En esta línea, la investigación cualitativa se presenta como un enfoque que hace explícitas sus condiciones de producción, en lugar de ocultarlas bajo el ideal de una neutralidad imposible.
En el ejercicio concreto de la investigación psicológica, la pretensión de neutralidad suele entrar en tensión con la realidad del trabajo de campo, donde el investigador se ve interpelado por el sufrimiento, las narrativas y las demandas de los sujetos. Reconocer esta implicación no debilita el conocimiento producido, sino que permite abordarlo de manera más ética y responsable, en consonancia con una psicología comprometida con la comprensión y el cuidado de la experiencia humana. La neutralidad, más que una garantía de cientificidad, ha operado históricamente como un velo que oculta las condiciones reales en que el conocimiento psicológico se produce. Asumir la implicación no es renunciar a la ciencia, sino practicarla con mayor honestidad epistemológica.
En síntesis, la idea de que la neutralidad[6] es condición indispensable de cientificidad constituye un mito que responde más a una herencia positivista que a las exigencias epistemológicas de las ciencias humanas y sociales. La investigación cualitativa no propone sustituir la objetividad por la arbitrariedad, sino redefinirla desde una lógica reflexiva, situada e intersubjetiva. El rigor científico no se garantiza por la negación de la implicación, sino por su análisis crítico, su explicitación y su integración consciente en el proceso de producción de conocimiento. De este modo, lejos de debilitar la ciencia psicológica, la investigación cualitativa contribuye a hacerla más transparente, ética y fiel a la complejidad de la experiencia humana.
7. Conclusiones
En este capítulo se ha buscado cuestionar una serie de mitos que, de manera persistente, han contribuido a deslegitimar la investigación cualitativa dentro del campo de la psicología. Lejos de tratarse de debates meramente técnicos o metodológicos, estos prejuicios remiten a disputas epistemológicas más profundas sobre qué se considera conocimiento científico, quiénes están habilitados para producirlo y bajo qué criterios se evalúa su validez. Revisar críticamente estos supuestos ha permitido mostrar que muchas de las objeciones dirigidas a la investigación cualitativa no se basan en limitaciones inherentes al enfoque, sino en la aplicación acrítica de criterios propios de otros paradigmas.
A lo largo del capítulo se ha argumentado que el rigor en la investigación cualitativa no se opone a la subjetividad, sino que se construye precisamente a partir de su reconocimiento y de su abordaje reflexivo. En psicología, disciplina cuyo objeto de estudio es la subjetividad humana, pretender eliminar esta dimensión no solo resulta imposible, sino epistemológicamente empobrecedor. La investigación cualitativa ofrece criterios propios de calidad –como la credibilidad, la coherencia, la reflexividad y la transparencia– que permiten producir conocimiento riguroso, situado y conceptualmente relevante para comprender los procesos psíquicos en su complejidad.
Asimismo, se ha mostrado que los datos cualitativos no son imprecisos ni poco fiables, sino densos, contextualizados y cargados de sentido. En el campo psicológico, donde los fenómenos se expresan en narrativas, emociones, silencios y vínculos, esta concepción ampliada del dato resulta fundamental. Reconocer el carácter construido e interpretativo de la información no debilita la cientificidad, sino que la fortalece, al hacer explícitas las condiciones de producción del conocimiento y al permitir un análisis más profundo de la experiencia subjetiva.
Del mismo modo, cuestionar la centralidad de la generalización estadística ha permitido repensar el valor científico de la investigación cualitativa desde la lógica de la profundidad y la transferibilidad. En psicología, comprender en detalle cómo los sujetos significan sus experiencias en contextos específicos constituye un aporte teórico y práctico de gran relevancia. Los estudios cualitativos no aspiran a representar poblaciones, sino a producir comprensiones conceptualmente ricas que amplían los marcos interpretativos desde los cuales se piensan los fenómenos psicológicos.
Finalmente, reconocer a los sujetos como productores de conocimiento y problematizar el ideal de neutralidad científica ha permitido situar a la investigación cualitativa como una práctica ética, reflexiva y comprometida. En psicología, donde el conocimiento se construye en relación con otros y a partir de experiencias muchas veces atravesadas por el sufrimiento, asumir la implicación del investigador y la dimensión política del conocimiento no es una debilidad, sino una responsabilidad. En este sentido, la investigación cualitativa no solo es legítima dentro de la psicología, sino necesaria para una disciplina que aspire a comprender la experiencia humana en toda su complejidad, diversidad y profundidad.
Referencias bibliográficas
Arias Valencia, M. M. y Giraldo Mora, C. V. (2011). El rigor científico en la investigación cualitativa. Investigación y Educación en Enfermería, 29(3), 500-514.
Bleichmar, S. (2001). La subjetividad en riesgo. Topía.
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- El llamado “método científico” no constituye un conjunto único y universal de procedimientos, sino una construcción histórica asociada principalmente al positivismo lógico y a las ciencias naturales, que no agota las posibilidades epistemológicas de las ciencias humanas y sociales.↵
- En investigación cualitativa, subjetividad no equivale a arbitrariedad. Implica reconocer la implicación del investigador y trabajarla reflexivamente mediante criterios explícitos, decisiones metodológicas fundamentadas y coherencia teórica.↵
- La consideración de silencios o gestos como datos no implica una interpretación libre o especulativa, sino un análisis situado, sostenido en el contexto de producción, en el marco teórico y en la coherencia del corpus empírico.↵
- La transferibilidad no supone extrapolar resultados, sino ofrecer descripciones densas que permitan al lector evaluar la pertinencia de los hallazgos en otros contextos similares.↵
- Reconocer a los participantes como sujetos de conocimiento no implica negar la responsabilidad epistemológica del investigador, sino redefinirla desde una lógica dialógica y ética.↵
- La crítica a la neutralidad no supone abandonar el rigor científico, sino desplazarlo hacia prácticas reflexivas, explícitas y responsables en la producción de conocimiento.↵






