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2 El otro y la cuestión del orden
como herramientas en otras discusiones
de la agenda social

Las élites (…) no tienen derecho a la expresión indecorosa de sus opiniones, porque deben al público una representación ejemplar de los valores colectivos.
Guerra y Lempérière, 1998: 16

Es posible que el común de la gente llamada culta se haya distinguido más por sus ‘costumbres decentes’ que por sus lecturas. Aunque existían capas ilustradas, para el sentido común de los ciudadanos la noción de cultura se confundía con los de comportamiento de clase y civilizado.
Kingman Garcés, 2009: 27

En la discusión por la cuestión del orden un conjunto de comportamientos ligados a la moral capturó la atención del Estado en formación. Las representaciones sobre el orden y sobre los transgresores se construyeron sobre estos tópicos y se justificaron en la necesidad de evitar el escándalo público e inmoralidad y, conforme transcurría el período, desplazarían –en estos discursos– los antagonismos políticos internos de la elite como causa principal de la violencia.

Estas representaciones se consolidaron mediante la circulación de estas imágenes y tópicos en las prácticas discursivas de instituciones como la Policía (en la que nosotros nos centramos, como dijimos, por haber sido la encargada de mantener el orden en la ciudad, pero también por el rol clave que, como cuerpo militarizado, tuvo en el esquema de poder del gobierno).

Imágenes y tópicos sobre la moral deficiente de ciertos sujetos poblaron los documentos que pautaban más directamente sus prácticas, como partes diarios, sumarios y notas administrativas al Poder Ejecutivo, con un trasfondo legal deficiente en sus definiciones pero operativo en función de un sistema de poder verticalista, que contribuyó a poner a las antedichas representaciones en el corazón de las prácticas institucionales. Dentro de la égida estatal, el terreno contestado (Salvatore, 2010) del que participaron las representaciones sobre la cuestión del orden incluyó tanto la delimitación de atribuciones entre poderes (policial, Ejecutivo provincial, municipio, justicia), la definición de prácticas policiales así como la redefinición de las relaciones sociales entre tropa y autoridades en la Policía. Y, como se verá en el capítulo 3, signaron fuertemente la redefinición de las relaciones sociales en los espacios públicos, mediante el control de los comportamientos sostenidos en el tiempo, guiado en buena medida por estas representaciones.

Sin embargo, esta construcción simbólica no se delimitó únicamente a partir de estos discursos y el terreno contestado del orden excedió los límites estatales e incluyó otros discursos sociales, como el de la prensa, el asociativo, el literario. En ellos, también, la silueta de la cuestión del orden se fue dibujando con base en dos formas principales: su tratamiento directo (por ejemplo, las noticias sobre delitos en las calles de la ciudad) o su utilización como estrategia discursiva dentro de una discusión distinta (por ejemplo, el pedido de partidas presupuestarias de las Sociedad de Beneficencia para su Hospital de la Caridad) que eran indispensables para la tarea moralizante que estas mujeres desarrollaban.

En función de ello, en el presente capítulo reponemos algunos de los lazos de cercanía, concurrencia y complementariedad que existen entre estos distintos discursos (Caimari, 2004 y 2007) para establecer qué puntos de encuentro y enfrentamientos reconocibles hubo, sobre la cuestión del orden público, con los discursos estatales revisados. Nos interesan particularmente en tanto estos sujetos que “comentan, denuncian y actúan movidos por las nociones de lo que es justo e injusto” lo hacen “fuera de los circuitos institucionales en los que se define qué es un delito, quién es el transgresor y cuál la naturaleza de su mejor castigo” (Caimari, 2007: 9).

Seleccionamos un conjunto de textos en los cuales la aparición de la cuestión del orden es central en su trama. A su vez, los aúna la característica de que el Estado se constituye en el principal interlocutor manifiesto, al que se le reclama, interpela, solicita, mediante el tratamiento de la cuestión del orden. La interrelación entre estos discursos y los estatales se tensionó por un proceso según el cual cada actor definió, en esta discusión, su propia razón social, y posibilita centrarse en la dimensión política de estos discursos; esto es, en aquello que disputaron y en qué términos lo hicieron.

Entre la diversidad de discursos, de problemas y de coyunturas, nos detenemos en algunos de ellos por su visibilización en la arena pública. Primero, indagamos en las figuras sobre los delincuentes, los viciosos y los violentos, que construyeron las Damas de la Beneficencia alrededor de la figura del “desgraciado”; luego, recorremos las impresiones que Gabriel Carrasco destacó en relación con las costumbres, la moral y el orden público en su viaje por el continente europeo en 1889. Al considerar la prensa, revisamos primero cómo se utilizó el problema del orden, y (especialmente su dimensión moral) en la lucha entre los colonos y radicales con las autoridades provinciales, a finales de siglo; más adelante, el lugar que las preocupaciones por el decoro y la tranquilidad públicos tuvieron en las páginas de La Revolución, un periódico dedicado a la causa de la modernización urbana de Santa Fe. Finalmente, nos detenemos en uno de los nudos problemáticos más visibles en la cuestión del orden: la ebriedad y el origen de la violencia.

1.

Los discursos de la sociedad civil también participaron en la construcción de los otros internos. Esas descripciones no pueden considerarse por fuera de los roles asumidos por los actores que los formularon y las pugnas específicas que protagonizaron. En los documentos de la Sociedad de Beneficencia de la Capital (SBC), concretamente en los mensajes bianuales de la presidenta a las socias y sus informes de gestión, la aparición de concepciones sobre peligrosidad pueden enmarcarse en el problema más amplio de cómo

los liberales intentaron integrar a un amplio conjunto de desiguales (los pobres, los indigentes, los marginales): no mediante una política social coherente sino a partir de un espacio ético, desde el que se pretendió regular ciertas relaciones sociales sin sanción jurídica (Bonaudo, 2006: 24).

A su vez, la dimensión estratégica de estos discursos debe ser interpretada en el marco del último cuarto del siglo XIX, en el cual la acción de las asociaciones femeninas “cumplió un claro rol político al sustituir al Estado en construcción, o al acompañarlo en numerosas ocasiones y contextos, en particular en el proceso de resolución de problemas sociales” (Dalla Corte, 2013: 16). Los escritos de estas mujeres formaron parte de su pugna por asegurar el rol de la SBC como protectora indelegable de los santafesinos desgraciados. Si bien estas asociaciones benéficas “se asentaron, al principio, en el capital social y simbólico del cual eran portadoras como miembros de la elite” sus integrantes,

las estrategias desplegadas a lo largo de esos años y sus contactos con los sectores subalternos, fueron los que potenciaron la emergencia de estas tuteladas. Su vinculación inicial a esas gestiones tutelares, posibilitó convertir el ámbito de la beneficencia en una verdadera arena de interacciones, diseminando su discurso hacia arriba y hacia abajo, hacia la dominación y hacia la subalternidad (Bonaudo, 2006: 96).

Hacia fines de la década de 1870, la SBC se hallaba ocupada en recaudar fondos para financiar la ampliación del Hospital de Caridad, sede de su labor caritativa. En los mensajes de esos años, se atribuye la escasez de fondos a la coyuntura política provincial, que supuso erogaciones importantes para enfrentar levantamientos armados. En 1878, las Damas decían que “azarosas circunstancias han entorpecido sensiblemente la acción [de la SBC] por causas que a nosotras solo nos toca lamentar”. Este rasgo es muy interesante en relación con cómo se posicionaron discursivamente en los –no escasos– pasajes en los que comentaron sobre el orden político y social santafesino: frente a las acciones y sujetos que aparecen desdibujados (los enfrentamientos políticos armados de la década de 1870 eran aquí un conjunto de “azarosas circunstancias”) frente a la acción clara e identificable de las Damas, las que se presentaron como completamente ajenas a dichas circunstancias.

En otro fragmento del mismo mensaje, vuelven sobre la idea de que la lucha política era más una tragedia que una situación forjada por un enfrentamiento de intereses (a los cuales ellas eran muy cercanas, puesto que los protagonistas eran sus parientes, maridos, hijos y, en ciertas ocasiones, ellas mismas[1]). Decían que la “aciaga situación (…) va desapareciendo felizmente con la calma que hoy vuelve a los espíritus” y que el rol de las damas era contribuir a restituir la paz con su “propaganda” y su “ejemplo”, para aplacar las “públicas pasiones” de las “luchas de los hombres”.[2] Si bien se nombra la lucha de los hombres en esas aserciones, al tiempo que se determina un rol claro para las mujeres en el establecimiento del orden (político), a saber, aplacar pasiones, vuelve a plantearse la violencia de esos años como algo ajeno a los hombres de la elite (es la “situación” la que desaparece con la “calma que vuelve a los espíritus”, es decir, dos formas de enunciar la violencia política como causada por factores externos a esos hombres).

Esta lectura sobre el orden coincide con la señalada en fuentes como la prensa o los funcionarios del gobierno: en el momento álgido de los enfrentamientos armados y en el período inmediatamente posterior a ellos, la elite cerró filas, simbólicamente, sobre la idea de que la amenaza a la sociedad proviene de fuera de los sectores dominantes. Sin embargo, aquí ya establecen una primera salvedad: distinguen a la SBC de los enfrentamientos, sean cuales fueren: “nuestra Sociedad no tiene sitio en el campo de los partidos —digámoslo bien alto y sin miedo—, que nunca la pasión nos precipite a quebrantar esa condición indispensable a su existencia”.

Los discursos que revisamos fueron pronunciados ante la asamblea anual de la SBC. No obstante, sus destinatarios también incluyeron a los funcionarios provinciales presentes y por su intermedio, al gobierno provincial. La precaución de no responsabilizar directamente de la situación que las perjudicaba a los actores que debían financiar su empresa puede también leerse como una estrategia en el contexto de una situación financiera preocupante y de la necesidad de realizar obras onerosas de ampliación del hospital (Dalla Corte, 2013 y 2015).

En el camino hacia una sociedad civilizada, el lugar que las Damas (y que la mujer –la pasión se enuncia como un atributo masculino–) debían tener era sin dudas el de pacificar:

Si pues el ardor del combate que se atreve a todo, intentara a su vez llegar hasta nosotras, tengamos fe profunda, señoras, en la esterilidad de sus esfuerzos (…) si no para vosotras, plenamente convencidas de ello, he creído oportuno aducir las siguientes consideraciones para aquellos que puedan suponernos inspiradas en móviles distintos.[3]

Luego de una fugaz mención a “los partidos” (que por otra parte se enuncian como una misma cosa, en un nuevo distanciamiento de la SBC de las pasiones masculinas), se vuelve a despersonalizar la amenaza del desorden señalando “el ardor del combate” como el problema principal. Este pasaje también permite ver cuán involucradas se hallaban estas mujeres en esa lucha de intereses políticos pues, de lo contrario, por qué haría la presidenta semejante advertencia a las socias (“tengamos fe profunda” en que el ardor del combate no las tocaría pero, aun más, llama a cuidarse de “aquellos que puedan suponernos inspiradas en móviles distintos”). ¿Quiénes pensarían con malicia de estas damas caritativas? ¿Cuáles motivos erróneos se les endilgarían? Dejando de lado estas cuestiones en particular, que exceden nuestras preocupaciones, tales guiños ponen de manifiesto que estos mensajes eran profundamente políticos y que perseguían objetivos concretos.

Hacia fines de la década la SBC, fundada por decreto provincial en 1860, dirigió su atención a sostener el Hospital de Caridad, lo que supuso crecientes esfuerzos de recaudación y mayores reclamos al Estado por partidas, que resultaban siempre insuficientes. La relación con el Estado-financiador tuvo altibajos, por lo general atados a vaivenes de la economía provincial y a las configuraciones políticas de la SBC y del gobierno. Ya en 1870, la presidenta doña Emilia G. de Cabal exhibía “el estado de necesidad en que se halla la Sociedad de Beneficencia que presido, lo que si no se resuelve oportunamente debo disolberla por serle imposible marchar sin recursos para los gastos precisos que tiene que hacer, y pagar lo que está debiendo”.[4]

La SBC adeudaba sueldos a las Hermanas de la Caridad que administraban el hospital, alquileres, pagos a boticarios, “sin contar con los gastos de mantención, ropa para los enfermos, y otros extraordinarios que siempre ocurren”. Por todo ello doña Emilia, luego de enumerar las insuficientes entradas (provinciales, municipales y privadas) de fondos, solicitaba que el gobierno provincial se ocupe de remediar esa situación “insostenible”.

El tópico del Hospital tiene, en estos mensajes, una carga importante. Al nombrarlo, la cuestión del orden adquiere la forma de una lucha por recursos en la que la Damas afirmaron ser imprescindibles para el cuidado del orden y, en ese proceso, delinearon quiénes eran los destinatarios de su caridad. Por ello, en los pasajes en que las presidentas hablaron del Hospital de la Caridad, comienza a definirse con más precisión qué figuras del otro social y de la violencia tenían estas mujeres. En primer lugar, se describe al Hospital como la “triste mansión de la desgracia que para espejo de los pueblos parece haber alzado la Providencia en cada centro de civilización”, que “resume, en último término, el infortunio y los dolores de la humanidad menesterosa”.[5]

Varios elementos comienzan a particularizar la mirada de estas mujeres sobre el orden social y su rol dentro de él. La imagen de la tristeza es una que prima al recorrer estos escritos: la violencia es una tragedia y esta tiene una “triste mansión” donde sus víctimas residen. A diferencia de la superioridad distante y del desprecio que otros discursos arrojaron sobre los sujetos transgresores, inmorales, peligrosos, los destinatarios de los cuidados del Hospital eran “necesitados”, víctimas de “infortunios” y “dolores”.

Este otro que se recorta como propio del campo de acción de la SBC (son aquellos que necesitan, por lo cual reciben su caridad) se definió a partir de una enumeración que agrupa a sujetos que, en otros discursos, ocupan registros distintos: “allí entran juntos el mendigo achacoso, el criminal doliente y la víctima ensangrentada de nuestras disensiones”. En el rol que, discursivamente, fue construyendo para sí la SBC, el mendigo, el delincuente común y el sedicioso, pobres y privilegiados, pertenecían a un mismo conjunto: los “desvalidos” a los cuales la Sociedad prodigaba “alivios morales y materiales”. Estos sujetos se reunieron en el grupo de los “desgraciados” y su denominador común fue la SBC, ya que ¿qué reunía a estos hombres, mujeres y niños más que recibir los cuidados de las Damas? De esta manera, aunque no enunciaron una definición alternativa del otro, sí apuntalaron especificidades que distinguen al objeto de su labor, dado que aunque se tratara de hombres peligrosos quienes se acercaban al Hospital, lo hacían en su momento de mayor debilidad. Eran, antes que peligrosos, “delincuentes dolientes” que “precisan el auxilio de la caridad”.

Otro rasgo que distinguió esta mirada fue el diagnóstico que se hizo de los problemas que enfrentaban los sectores populares, en los que nuevamente la acción de la SBC está en el centro de su solución. Señalaron como uno de los problemas principales la “preocupación que domina a la clase menesterosa, la repulsión a los hospitales, cierta resistencia inesplicable hacia esos asilos, donde se cobija el proletario”. Ese mal, que podía también extenderse a toda la sociedad, únicamente se extirparía mediante “una propaganda benéfica, los buenos ejemplos y hechos elocuentes”,[6] tareas que solo ellas reunían las condiciones para cumplir. Si en otras voces el peligroso fue un sujeto de control, en estos mensajes predomina un sujeto de cuidado, que se recorta en la enumeración contigua y reiterada de “proletarios”, “menesterosas”, “delincuentes dolientes”, “mendigos” y “haraposos”, a los que siguen acciones como la “protección”, el “cuidado”, la “piedad”, el “socorro”. De hecho, otras de las formas en que se nombró el Hospital fue la de “templo consagrado a la desgracia” en el que se “distribuyen los dones de la piedad cristiana de forma equitativa”.[7]

Eso lleva a otra de las diferencias con otros discursos sobre el orden: la presencia plena y explícita de la religión católica en la construcción discursiva:

La caridad no tiene límites en sus manifestaciones y a cada paso encuentra mil motivos de escitación: la indigencia aquí, la ignorancia allá, el dolor y las lágrimas, la corrupción misma, hija en gran parte de la miseria y de la ignorancia, reclaman constantemente nuestra atención y piden a la caridad cristiana los dones de su inagotable fecundidad.[8]

Aquí, la solución tanto a la miseria como a la corrupción, a la indigencia y a la ignorancia es la atención de las mujeres, motorizada por la ilimitada “caridad cristiana”.

Específicamente en relación con los delincuentes y transgresores, la SBC propuso al gobierno que financie la construcción de una nueva ala del Hospital, que se destinaría a los peligrosos:

Si hay un lugar digno de fijar vuestras miradas por los padecimientos, por los dolores y miserias que en él se sufren, sin duda este lugar es la cárcel pública en que se ven hacinados y confundidos distintos padecimientos, dolores y miserias de todo género a que no puede [ser] extraña esta Asociación que tiene por principal objeto ocurrir allá donde hay una lágrima que enjugar, un padecimiento que aliviar, una miseria que remediar.[9]

Por los sufrimientos que se describieron, los presos también eran “desgraciados”: eran quienes “sufren en el lecho del enfermo las dolencias de sus propios excesos”. Es una definición contundente en un aspecto: la mirada religiosa compone casi toda la carga de sentido en esta definición, en que la enfermedad o la dolencia, si bien se expresa como fruto de “sus propios excesos” tiene una fuerte connotación a castigo divino, por los pecados cometidos. Esa caridad no debía ser confundida con ingenuidad.

El primer requisito que esa nueva ala debía cumplir era estar separada del resto del edificio: debía habilitarse “una sala de presos con separación de los demás enfermos (…) y en lugar conveniente para la vigilancia de la autoridad”.[10] Sin embargo, luego de esa aclaración la peligrosidad de esos hombres cede su lugar y el discurso retoma sus ejes principales, pues, yendo más allá, la directora afirmó que era el “abandono en que se encuentran los enfermos de la cárcel pública”[11] lo que erigía en primera necesidad conseguir el dinero para mejorar el asilo y caracterizó a los presos como los “enfermos de la cárcel pública”.[12]

Como dijimos, en el conjunto de los desgraciados convivieron figuras que otros discursos se ocupaban —y muy tenazmente— de separar. Además, la visibilización hecha de estos sujetos por la SBC da cuenta de un momento posterior al de la identificación que habían recibido en otros ámbitos de la vida social (ya eran delincuentes, sediciosos, descarriados, mendigos o enfermos al momento en que llegaban a sus manos). La manera en que esta particularidad, inscripta en el discurso de la SBC, se articula en los conflictos en que estas mujeres participaron activamente se ve más claramente al contrastarla con otros pronunciamientos de la institución, como el caso de una nota en apoyo de su par rosarina.

En una nota al gobernador (que por su tono, fue más una demanda que una solicitud) existen representaciones sobre la justicia que ilustran algunos cruces discursivos entre Estado y sociedad civil, y la SBC como engranaje entre ambos. En ella puede leerse que

Por encargo de la Sociedad de Beneficencia que presido, tengo el honor de dirigirme a V.E confiada en sus humanitarios y nobles sentimientos, pidiéndole se digne impartir las órdenes necesarias a fin de que sean puestos en libertad los individuos de que paso a ocuparme y que actualmente se encuentran incorporados al Batallón Avellaneda. Si la Sociedad de Beneficencia se ha resuelto a dar este paso ha sido, Exmo. Señor, teniendo en cuenta los elevados y filantrópicos sentimientos de los que V.E siempre ha dado muestras; los informes favorables a nuestros protegidos, que se nos han suministrado por los superiores del Cuerpo al que pertenecen, y la desolación y desamparo en que se encuentran sus infortunadas familias, que se ven privadas del único apoyo y sostén con que cuentan en la vida. Para que V.E. pueda apreciar mejor la justicia de esta solicitud, y el inmenso beneficio que hará a muchas familias santafesinas ordenando la libertad de nuestros protejidos, paso a enumerarlos especificando las causas y tiempo por que fueron condenados al servicio de las armas.[13]

Luego de ensalzar cuidadosamente las virtudes morales del gobernador, con lo que el pedido se parece más a ruego piadoso que a un reclamo desde el lenguaje de los derechos, se enumeran motivos y tiempos de condena de los individuos. Todos ellos son parte del universo de peligrosos, lo cual no obsta para que, más adelante en la nota, el ruego mute en una demanda basada en los derechos de sus “protejidos”: “Remigio Berón fue destinado por seis meses por sospechas de complicidad en el robo de una res, hace nueve meses a que se encuentra cumpliendo su condena”.[14] Como él, “Victoriano Espíndola, único sostén de una madre octogenaria y viuda y de varios hermanos menores, fue destinado por seis meses y hacen diez y siete á que fue incorporado al batallón”. Luego de detallar causa y mora de tiempo que llevaban cumpliendo de servicio Rosa Leguizamón, Carmen Rodríguez, Valentín Leguizamón, Custodio Herrera y diez mujeres y hombres más se dice que “todos ellos han cumplido con exceso notable su condena”. También se incluye a Florencio Galván, sobre el que se denuncia abiertamente que “hace dos años fue agregado a la fuerza que guarnecía la Frontera Norte sin más orden que la del jefe que la comandaba”.[15]

En los diferentes registros de la nota (la súplica deferente, la denuncia, el reclamo, el agradecimiento) y sus justificaciones (virtudes del gobernador, necesidad de las familias, derechos incumplidos, orden legal) convivieron “zonas de intersección sociales y estatales” constitutivas de la “construcción de subjetividades” (Caimari, 2007: 10) de las que participaron estas mujeres. En esta subjetividad, la moral fue, de la mano de la religión, una preocupación central. Aquí también el vínculo simbólico que se propuso entre moral y legalidad era estrecho. Siempre argumentando sobre la importancia de ampliar el Hospital de Caridad, decía la presidenta que

Frecuentemente la justicia correccional se cumple en él, en el que [se hallan] las personas que por su sexo no admiten promiscuidad de reclusión con los presos de la cárcel pública, única que existe hasta el presente entre nosotros. El Hospital de Caridad ha prestado en los años anteriores y presta actualmente importantes servicios a la moral pública y a la justicia correccional.[16]

Al señalar esta cuestión, se estaba diciendo que, de no existir la SBC, el Estado no podría cumplir sus funciones correccionales; los servicios del hospital eran a la moral pública y a la justicia correccional.

No encontramos en los discursos de la Sociedad de Beneficencia una posición pasiva o subordinada respecto de sus representaciones sobre el orden y sobre su rol en la consecución de una sociedad civilizada. Por el contrario, priman operaciones de reafirmación de su rol, dentro de la sociedad y específicamente en la resolución de un problema central de la vida santafesina: la moral y el desorden.

2.

Las producciones culturales de la elite también participaron en la configuración de la trama de sentido del orden. Hacia finales de siglo esa participación se hizo más visible en los documentos, en dos sentidos: primero, se amplió la circulación de crónicas, ensayos, noticias y otros géneros, lo que supuso el establecimiento de un diálogo entre ellos a propósito de determinados tópicos; luego, se consolidó la autonomía del discurso estatal, lo cual marcó diferencias claras entre este y los discursos de producción privada, aunque fuesen escritos por los mismos individuos.

Las Cartas de Viaje de Gabriel Carrasco[17] no solo fueron publicadas en este contexto sino que están inscriptas en un género que se concibió, en buena medida, como una declaración sobre los valores civilizatorios y el orden social; un tipo de escrito que Mary Louise Pratt ha definido como relatos de viajes criollos sobre Europa. Además, porque como señala Paula Bruno sobre los hombres de pluma de la “generación intermedia” bonaerense, “se los describió como apéndices del mundo político y se consideró que sus acciones, sus libros, sus intervenciones, se habrían derivado, entonces, del rol que éstos ocuparon en la organización estatal y no el ámbito de la cultura”.[18] Esa suerte de vacancia interpretativa vuelve más interesante retomar estos escritos en relación con la cuestión del orden y de los comportamientos. Carrasco cumplió con esa doble condición de hombre público y hombre de la cultura y del mundo intelectual: no solo escribió muchísimo (sus vínculos estrechos con la cultura letrada se ven tanto en las definiciones que hizo de sí mismo como en los rasgos que han elegido destacar de él los historiadores) sino que ocupó un arco amplio de puestos clave en el gobierno provincial en años críticos de la formación estatal.

En este universo de discursos culturales (literarios, ensayísticos, crónicas, entre otros) la cuestión de lo civilizatorio aparece con frecuencia en la contraposición entre la distinción (Bourdieu, 2002) burguesa y las costumbres de los sectores populares. Esta diferencia no solo se corporizó en contenido, sino también en una división de cuáles géneros se abocaron a hablar de una y de otras. Cada vez más, los discursos que sirvieron para hablar de las costumbres de los trabajadores, hombres pobres, mujeres, vagos, mendigos, borrachos, viciosos, fueron el de la ciencia (sociología y criminología, entre otras disciplinas) y el de la ley, como códigos y reglamentos policiales (Galeano, 2016).

Escritos en un momento clave de la formación del Estado, textos culturales como estos[19] son muy interesantes, también, si se considera que fueron producidos en momentos en que las necesidades del Estado de autonomizarse, en un sentido weberiano, en sus procedimientos y producción de conocimiento se hicieron perentorias y los recursos para lograrlo comenzaron a crecer. La obra fue producto del financiamiento público y producido para el conocimiento y la promoción de Estado argentino.[20] Sin embargo, lo que el autor recalca en varios pasajes es que se trata de cartas “subjetivas”,[21] escritas en su rol de viajero (que conjuga al emisario oficial, al científico y al turista);[22] además, que todo fue escrito “tal como me ha sido inspirado, en los sitios y tiempos en que ha sido efectuado”,[23] así como que “este libro es de impresiones y no debe buscarse en él otra cosa so pena de engañarse”.[24]

Las Cartas son el producto de un viaje de Carrasco que, encomendado por el gobierno provincial, representó a Santa Fe en la Exposición Universal de París de 1889. Carrasco construyó una crónica de viaje a la que dio un formato epistolar. Se trata de la descripción de un criollo sobre Europa (Pratt, 2010: 33 y 213) y con ello integra una tradición de textos que se propusieron, desde los tiempos de la independencia, la “invención” de una identidad para las elites criollas frente a Europa pero también hacia dentro de esas sociedades jóvenes en transformación,[25] invirtiendo la fórmula clásica del viajero europeo que describe el resto del mundo. En esta tradición de “libros de viaje criollos sobre Europa”, que tiene a Sarmiento como uno de los antecesores más destacados, la “autoridad discursiva” y la “posición legítima del discurso” (Pratt, 2010: 345) elaboradas son, aunque con variaciones, los tópicos estructurantes de una “América arqueologizada (Pratt, 2010: 248)”; la autonomía de Europa y la superioridad blanca. Luego, las “dos formas complementarias de autoridad burguesa” que estructuran su discurso se basan en la literatura de viaje, científica y sentimental (Pratt, 2010: 26).

El autor comenzó su camino visitando Mar del Plata, Mendoza, Santiago y Valparaíso en Chile; volvió a Santa Fe y de allí se dirigió a Buenos Aires para embarcarse rumbo a Europa. La razón de esta primera parte del viaje –y la primera pista de que nos hallamos ante unas “cartas” y “crónicas” sui generis– la da él mismo cuando se pregunta: “¿Cómo presentarse en estrañas naciones sin conocer siquiera lo más notable de la propia?”.[26] Afirmó que conocer Chile era necesario para satisfacer “mi anhelo de adquirir conocimientos que puedan robustecer mi juicio sobre el estado general de la civilización en esta parte de América”.[27]

Esta precaución de conocer la tierra propia antes de “presentarse” en otras no estuvo presente al momento de realizar años antes un viaje a Paraguay, del que también nació un libro de relatos de viaje, publicado un año antes que las Cartas. Podría pensarse que Paraguay está en América, que es por tanto cercano, propio, no desconocido. Sin embargo, el único momento en que el país vecino aparece en las Cartas es cuando se describe su producción como un valor “etnográfico”, lo cual provoca el efecto de presentarla, como dice Pratt, siendo ya parte del pasado (Pratt, 2010: 252).

En parte, la autoridad discursiva científica[28] que Carrasco construyó a lo largo de todo el libro comenzó tempranamente con él blandiendo su poder clasificatorio, y la separación del pasado y el futuro es uno de tantos ejemplos de ello. En su sentencia sobre la muestra de la delegación paraguaya en la Exposición:

Expone principalmente su yerba y sus tabacos, riquísimos bordados de ñandutí y una espléndida colección de maderas (…) Presenta también una importante colección de sustancias tintóreas y muchas armas y utensillos de uso de los indígenas. En cuanto a esto último, muy importante en el museo de etnografía, lo creo, no solamente inútil, sino contraproducente en una exposición industrial, porque contribuiría a dar una mala idea del país y conviene hacer que se conozcan, no las armas de los salvajes, sino los progresos que la civilización ha originado ya en ese rico país.[29]

Esta y otras descripciones destacan el contraste entre la naturaleza majestuosa de América y la grandeza civilizatoria de Europa, con expresiones como “perdido, en el centro de Londres, como un grano más de trigo en los depósitos celulares de los graneros de Rosario”.[30]

Ahora bien, esta cultura no se construyó solo “hacia afuera” (frente a Europa), sino también “hacia adentro”, esto es “en relación con las masas tanto europeas como no europeas que intentaban gobernar (Pratt, 2010: 213)”. En buena medida, esto se correspondió con la “zona de contacto” por la que transitó Carrasco en su viaje. Con esta noción, “Pratt pretende llevar a primer plano las dimensiones interactivas y de improvisación de los encuentros” (Fernández y Navarro, 2008: 35), y sirvió para recordar que Carrasco no fue un viajero más; su particular condición fue parte activa en la conformación de esa “zona de contacto” que se trasluce en anécdotas, intervenciones, apreciaciones e, incluso, influyó fuertemente en cuáles lugares visitó y cuáles no.

En esta obra “subjetiva” la falta de moral en las costumbres de los pobres se instala como piso de entendimiento de la obra, incluso en los pasajes en los que, para realizar una crítica de cuestiones internas a los sectores cultos y dominantes, apela a imágenes que atribuye a los sujetos populares. Al visitar la biblioteca nacional de Santiago, compara su sistema de préstamos de libros, “adelanto del que carecemos en la capital del Plata”, con el de su homónima porteña y acota que en Argentina, el Estado no respeta la cultura, porque “venden las publicaciones al peso para que los almaceneros envuelvan el azúcar o las salchichas”.[31]

En buena medida, se verá que el énfasis dado a la necesidad de transformar las conductas se apoya discursivamente en la crítica hecha al poco respeto por la ley que Carrasco observó (como ciudadano, como periodista, como funcionario) en nuestro país. Desde esa tensión, el autor describió luces y sombras de los países que visitó, en una comparación explícita con la sociedad argentina, desde la que luego enunció qué le faltaba a esta para llegar a ser verdaderamente civilizada. Su mirada sobre las costumbres que no le pertenecían, las de los pobres, se organizó en torno a la valoración que hizo de la moral de estos:

En la ciudad [de Barcelona] existen ciertos usos y costumbres que no están en armonía con los adelantos de la civilización moderna. Así es, por ejemplo, la mendicidad, es una plaga social tolerada por las autoridades, puesto que no le ponen remedio.

(…) La insistencia con la que no solamente piden, enseñando llagas y mutilaciones horribles, sino con que salen al paso del transeúnte y hasta lo detienen, es tan fastidiosa como repugnante. (…) Se ha extendido tanto este modo de vivir que niños y niñas sanos, sin motivo alguno, detienen al transeúnte para pedirle dinero, sin invocar para ello siquiera un pretexto. (…)

Existiendo asilo de mendigos, estos prefieren la vagancia por las calles, que les resulta más lucrativa.[32]

La mendicidad aparece como un modo de vida: era una acción no solo voluntaria, sino calculada en función del beneficio económico. Sin embargo, el desagrado de Carrasco está dado por el contacto que estos sujetos establecen con los transeúntes; la costumbre fastidiosa y repugnante hace del hombre respetable una víctima, expuesta al horror de llagas y mutilaciones, por la sola voluntad de un sujeto transgresor.

En las calles de Santa Fe, la “opción” por la mendicidad se hizo visible en las páginas de la prensa. Los redactores de La Revolución lamentaban amargamente que el municipio no interviniese en la cuestión y denunciaban cómo los falsos menesterosos perjudicaban a los reales. Decían que “pulula por la ciudad un buen número de mendigos, reales o fingidos, sin medalla que pruebe hayan obtenido permiso para implorar a la caridad pública y sin respetar día. Para ellos, todos los días son viernes”. En el lapso de cuatro meses encontramos más de doce noticias como la siguiente, en la que se denuncia que

Desde el tiempo de Mari-Castaña existe una ordenanza prescribiendo que los mendigos, para poder implorar la caridad pública, usen una medalla que les concederá la Municipalidad si creyera que la merecen los solicitantes. Pues bien: no recorre las calles un solo mendigo que las lleve, y esto á vista y paciencia de la policía municipal. La municipalidad debe darle su medalla al mendigo que verdaderamente lo sea para evitar esplotaciones.[33]

La imagen de estas personas recorriendo desordenadamente, sin permiso, las calles y estafando a las personas decentes contrasta solo con el caso del “mendigo cantor” (un ex marino que por “el servicio brindado” se vio “obligado a reclamar el auxilio de la caridad”) del que notoriamente no se dice que limosnea sino que pide “protección”.[34] Es decir que la misma práctica generaba juicios encontrados dependiendo de si estaba o no autorizada, distinción que se complementaba discursivamente mediante la exposición de los méritos del veterano: los hombres de bien (como él) respetaban el orden de la ciudad (pedían autorización). En otro pasaje, Carrasco se lamenta en un sentido similar: “El pouiboire, la propina, es el Dios de las clases inferiores de París y la carcoma del viajero. Nuestra civilización argentina, ganosa de imitar a la francesa, lo está ya introduciendo”.[35]

Nuevamente, el vínculo entre pobres y ricos se da en los límites del espacio que unos ocupan y al que los segundos no acceden sino como empleados o como invasores: las veredas de teatros, hoteles y cafés selectos son los puntos “elegidos” por los oportunistas que victimizan a los incautos. El desagrado profundo, el desprecio de los términos en que se describen estas conductas termina de impactar en nuestra lectura cuando se contrasta con la manera en que se retratan las costumbres de la gente decente.

El talante de los comentarios del autor cambia notoriamente al referirse a una costumbre que es propia de su propia clase. Al observar la moda, signo de distinción por excelencia, Carrasco no se priva de la crítica, con lo que su rol de observador agudo también se consolida en este pasaje, pero es una crítica que roza la ternura y que, por otra parte, se enuncia dirigida a las mujeres.

En parís y no hablar de modas? ¡Imposible! Pues bien: las telas color verde de todos los matices, son las que están ahora en gran voga.

(…) A cada instante, viendo alguna elegante parisiense, vestida de verde, se me viene a las mientes nuestro dicho criollo [la vergüenza era verde y] se la comió el burro! Pero la moda es moda, y no hay más que hacer.

En sus múltiples registros, este es un libro de acción y esta tiene lugar, eminentemente, en lugares propios solo de la sociedad civilizada, aislado de las veredas y de los mendigos. En una celebración que tuvo lugar en la sede diplomática argentina: “Con varios, todos argentinos, o avencindados en la República, brindamos por nuestra patria, tocamos el piano y bailamos a destajo nuestros bailes populares, zambas, habaneras y gatos, y coronamos la fiesta oyendo de pie la canción nacional y cantándola á plenos pulmones”.[36]

La patria es una presencia moralizante. Se cantó “la canción nacional” “a plenos pulmones” y las expresiones de alegría, fiesta, comunión incluyeron lo popular, desde luego que en el marco de la cultura refinada, lo cual, en el giro del siglo, será una de las particularidades de las clases dominantes argentinas. En una recuperación sui generis de lo que definirán como patriótico, folclórico y tradicional (Terán, 2008; Hora y Losada, 2011; Bruno 2012), las elites locales retrataron de forma menos amable a la inmigración, de la que individuos como Carrasco habían sido abanderados.

3.

A comienzo de la década de 1890 se dio un desplazamiento sensible, en parte de la prensa, de las construcciones de sentido que preponderaron sobre la violencia en las dos décadas anteriores, fruto de un cambio brusco en las configuraciones políticas de nuevos actores sociales, cada vez más protagonistas de la vida pública, como los inmigrantes (Micheletti, 2010).

Mientras que en el clima discursivo consolidado hasta la gran primera crisis del sistema político y los alzamientos de colonos, el desorden se representó en los hombres criollos pobres (De los Ríos, 2013) y se atribuyó a sus condiciones morales, llegados estos años, si bien eso se mantuvo, se dio una reconfiguración de sus elementos. Ya no serían estos hombres, por sí mismos y por fuera del gobierno, quienes serían retratados como una amenaza, sino ellos mismos, como herramienta de ese gobierno para reprimir y aterrorizar a los ciudadanos de bien. No mermó la cantidad de quejas con respecto a las prácticas de la tropa policial, muy instaladas, como vimos, como forma de intervención en los espacios públicos; antes bien, cambió quién las realizó. Las denuncias de excesos e inmoralidades de estos sujetos que debían mantener el orden se convirtió en bandera de la prensa opositora, especialmente la ligada a los inmigrantes europeos y sus colonias (Sedran, 2015). En un contexto de impugnación del sistema político, en el que la ebullición de la protesta tuvo a la UCR y a los colonos como protagonistas destacados (Alonso, 2000; Gallo, 2007; Damianovich, 1992) y en el que volvió a instalarse el alzamiento armado como arma legítima al juego político,[37] la cuestión del orden se resignificó en los periódicos que se enarbolaban en voceros de los “colonos”, “ciudadanos de bien”, “civilizados”.

Entre 1890 y 1900, una cantidad importante de noticias fueron dedicadas a la descripción de irregularidades en el accionar de los jueces de paz, tropa policial, comisarios y, sobre todo, jefes políticos. En este conjunto de discursos, puede observarse cómo las valoraciones sobre la “moralidad policial”[38] son trasladadas al gobierno (por ejemplo, en muchas de estas noticias se decía explícitamente que estos actos se cometían “en nombre del leivismo”[39]). Periódicos de Santa Fe y de Rafaela, Esperanza y Cañada de Gómez, entre otras colonias, registraron un número importante de denuncias de abusos de poder:

PERMANENTE.

El Gefe Político del departamento Las Colonias, Dámaso Carabajal, ha sido denunciado públicamente como actor principal de bárbaro e inhumano castigo aplicado en la persona del joven Arturo Ribles.

Sin embargo, dicha persona continúa tranquilamente en su puesto, sin que la justicia ni el gobierno hayan tomado medida alguna para reprimir y castigar al culpable.

Al mismo tiempo el comisario Pérez, de la misma Gefatura, ha azotado cobardemente en Santa María al ciudadano Román Olivera y tampoco hay esperanza de que reciba el condigno castigo por su hazaña.

Tome nota la prensa independiente del país, para que todos los habitantes de la república sepan que han revivido los tiempos de la mazorca.[40]

Las copiosas denuncias establecían la virtud moral de los ciudadanos de bien (principalmente los habitantes de las colonias) en oposición a la falta de ella que ostentaban los jefes políticos, comisarios y tropa policial. Como parte de la contienda política, se asoció discursivamente al leivismo, la facción autonomista en el poder, con la inmoralidad y se apuntó directamente a las fuerzas del orden, pilares de este poder en las colonias:

Gefe Político que produce escándalo.

El jueves de la semana anterior don Manuel D. Álvarez, Gefe Político de San Cristóbal, produjo un gran escándalo en el tren que venía de Tucumán, con motivo de la prevención que le hizo el guarda tren, prohibiéndole disparar tiros desde el coche de pasageros donde viajaba; este señor Gefe Político modelo, se sulfuró con el guarda tren, que cumplía con su deber, llenándolo de insultos propios de la educación de don Manuel Donato.

Todo esto, resultado del mal humor que le produjo la falta de partidarios en el Tostado donde fue a hacer policía y ni las autoridades locales se molestaron á recibirlo.

¡Popularidad de Álvarez![41]

En este fragmento, el fracaso de la convocatoria electoral (la falta de seguidores, del recibimiento esperado) disparó en el jefe político (que aparece en el discurso en calidad de representante del gobierno, enviado a cumplir una tarea electoral) una reacción desmesurada e inexplicable (la profesión de disparos en el tren de pasajeros), seguida de una actitud aun más impropia contra el guarda que llamó su atención (“escándalo”, “gran escándalo”, “llenándolo de insultos”).

Actos como estos eran explicados como “propios de la educación” de la tropa y en este tipo de noticia, que a través de la crítica a los funcionarios locales apuntó contra el orden autonomista (iriondista primero, luego leivista), la opción política de estos hombres se planteó en términos civilizatorios. Inclusive, lo que se señalaba como falta de educación era eventualmente significado en relación con la baja condición moral de estos sujetos:

Se nos asegura que varios comisarios, incluso el capitán Peralta, a altas horas de la noche del martes, noche memorable que estuvo en su verdadero apogeo la policía, estos señores entraron a una casa de negocio y compraron un bote de ginebra, ya en estado interesante por la alegría del néctar oficial. El capitán Peralta anduvo con dos revólveres en sitio visible y los demás pertrechos necesarios para lo que entre indios se llama trabajo. Dígase ahora si no son estos buenos comisarios y modelo de modelos.[42]

Anoche a las 9 p.m. en la calle San Juan dos oficiales y un soldado del cuerpo de bomberos cometieron en casa del Sr. José Menéndez un acto brutal digno solamente de salvajes y sicarios del extirano Rosas.[43]

En otro fragmento, la línea divisoria de la moral entre los ciudadanos honrados, “ilustrados” y “sanos” y la barbarie policial se ve con aun mayor claridad:

Al empezar a escribir estas líneas, hemos recorrido los corrillos y los lugares frecuentados por las personas ilustradas y sanas para comprobar nuestras impresiones con el sentir general sobre la situación desesperante de nuestra sociedad, gobernada como tribu bárbara por un gaucho malo, audaz y vicioso, investido con la Gefatura Política del departamento de “Las Colonias”, digna de un tratamiento aunque sea medianamente civilizado.

Que el rebenque se ha convertido en ley, lo palpa, lo siente, la sociedad entera y la opinión pública está formada en este sentido.

Que la azotaina es un derecho y una prerrogativa del Gefe Político, nadie lo duda, y hasta las señoras toman medidas precaucionales para impedir que sus hijos, al caer la noche, sean recogidos por las patrullas para azotarlos en el monte donde no se sientan sus quejidos lastimeros.

Que las amenazas de encarcelar, de hacer sebar mate a la gente independiente es una distracción y placer especial para este gaucho bellaco es de todos sabido y conocido.

Perdido hasta el derecho de transitar solo por las calles a ciertas horas de la noche, tal es lo crítico del caso que merece nuestra atención para protestar en nombre de la civilización de una reputada provincia argentina.

Ante las salvajadas cometidas en sangre fría por los esbirros policíacos, el jefe se goza con la barbarie de los actos y embargado aplaude la zaña de los verdugos del pueblo productor.

Los hogares se sienten aterrados y buscan el sosiego cerrando sus puertas para hacer inaccesible a la banda de asesinos con kepi y con poncho que recorre nuestras calles sembrando espanto en el espíritu de los dueños de negocios abiertos para dar guarida al que sea perseguido.[44]

Amén de la alusión a la figura madre de la barbarie (el gaucho malo que gobierna, como a una tribu bárbara, una sociedad “digna de un tratamiento mínimamente civilizado”), resaltan nuevamente la desmesura y la perversión como condiciones inherentes. El jefe “goza” con las “salvajadas” y “embargado “aplaude la zaña de los verdugos del pueblo productor”. Aquí, la amenaza es tanto el terror (“los hogares se sienten aterrados”) como la humillación en términos culturales (“las amenazas de encarcelar, de hacer sebar mate a la gente independiente”) y se enuncia como una diferencia completa, otra (lo cual, en algunos casos, era acentuado marcando que los agresores eran “correntinos”, “cordobeses”, “argentinos”.[45]

El paso del siglo XIX al XX encontró las visiones sobre los inmigrantes en un punto de inflexión; su estatus de ciudadano-modelo del progreso comenzó a cuestionarse (Scarzanella, 2009; Micheletti, 2007 y 2010; Cibotti, 2000). En la provincia de Santa Fe, la tensión entre la afinidad cultural con lo europeo y el rechazo a la organización política de los extranjeros hizo eclosión hacia finales de siglo. No solo el apoyo dado en numerosas colonias a los levantamientos radicales, sino también los nuevos problemas ligados al crecimiento de los centros urbanos y la presencia de una clase empresarial opositora que se fortalecía políticamente en el sur provincial, hicieron que el posicionamiento de la elite tradicional ante los inmigrantes fuese complejo (Gallo, 2007; Bonaudo, 2006).

Dicha premisa se tradujo también a las valoraciones sobre las conductas públicas. En un ejemplo de numerosas notas que se refieren a las costumbres en la ciudad capital, Nueva Época, diario oficialista santafesino, amonestaba a la “florida juventud” que imitaba “las costumbres y hasta los vicios del gaucho incivil”:

(…) no es raro ver a modelos de la sociedad más distinguida usar sombrerito cantor quebrado sobre los ojos, dejarse melenita más o menos exagerada, abandonar la corbata por el pañuelito de seda al cuello, usar bota para andar por el adoquinado, (…) y contonear el cuerpo sobre las caderas como si bailaran con corte y quebrada en cualquier piringundín al son de un organillo de napolitano.

De eso proviene lo “otro”, y lo otro es el compadraje, que induce a hablar empleando la tonadita, el dejo y los dicharachos de los guasos, que impulsa a cometer todo género de inconveniencias poco cultas para sentar fama de guapos, de vivos, de diablos.[46]

Los usos y costumbres siguieron siendo el faro de la civilización. Sin embargo, en dicha coyuntura, esta dejó de ser propiedad exclusiva del gobierno y de la elite tradicional y fue el reclamado por inmigrantes (pero también por opositores autóctonos) precisamente para distinguirse de los primeros, a quienes se acusó de cobijar bárbaros por rédito electoral. Por supuesto, la tensión principal que concitó este tipo de expresiones estuvo situada en el mundo político y apuntó a la impugnación del sistema como tal (Alonso, 2012). No obstante, se trata de un nuevo ejemplo de cómo las pugnas más urticantes del período se dieron en una magnitud importante en la arena cultural y simbólica más amplia de lo identitario-civilizatorio.

En el siguiente fragmento, se distingue de forma clara entre una autoridad tradicional (el juez de paz) y una “participativa” (la comisión de fomento), con base en la inmoralidad, pero también en la ignorancia, del primero:

Y pensar Sr, Director, que gentes de costumbres tan morigeradas [que “van de la casa al trabajo”] tienen autoridades tan malas! (…) Podríamos disculparle [al juez Guastavino] ese afán insaciable de mando, si el juez fuera medianamente instruido. Pero ni eso tiene de bueno! Incompetente para desempeñar el cargo que ocupa, todo lo que produce es obra del desconocimiento más completo de las cosas. [Por el contrario] la “(…) virtuosa Comisión de Fomento (…) bien pronto convertirá en hermosa plaza lo que antes era un rodeo de animales [y] los caminos vecinales se transformarán en agradables senderos por donde el caminante y el vehículo podrán transitar a piacere.[47]

Ha sido señalada, a propósito de la cuestión del delito, la construcción del inmigrante-víctima y del inmigrante-delincuente y cómo esas figuras pueden asociarse más o menos claramente al oficialismo y a la oposición (Micheletti, 2007), sobre todo radical. Sin embargo, lo que las fuentes relevadas arrojan en nuestro caso es (si bien los prejuicios y señalamientos étnicos y de nacionalidad están presentes) una disputa en la cual la línea divisoria es el grado de civilización que cada actor puede reclamar para sí y la falta de ella (en gran medida corporizado en el vicio) que puede demostrar del otro. Mientras, en la prensa no ligada al radicalismo, se encuentran las críticas al desempeño de determinados individuos. Sin embargo, esto es usado para enaltecer a la institución policial como tal, planteando que los “malos empleados” impedían que la Policía ocupase el lugar de prestigio que le correspondía:

Policiales/ Fue destituido el empleado Granel de la Comisaría 6ta, por faltas cometidas en estado de ebriedad. Muy bien hecho, así debería hacerse con todos los que procedieran mal, si se quiere levantar la institución policial á la altura en la que debe encontrarse, hoy desprestigiada á causa de algunos malos empleados.[48]

En efecto, la unión entre la cuestión del orden y la contienda política se hizo explícita y fueron numerosas las acusaciones cruzadas de utilizar este tema para el provecho propio.[49] Esto reafirmó el lugar que el tópico de la cuestión del orden tuvo en cómo se dirimieron discusiones públicas que la excedieron a la vez que, como dijimos, contribuyó a la consolidación de una determinada idea de orden; es decir que se consolidó como un lenguaje común.

La prensa es un ejemplo de ello en tanto, a través del tratamiento de temas como este, se afirmaba como un actor autónomo en la configuración social santafesina, al reforzar la imagen de que no era solo una vocera del actor político:

Un buen jefe político es mucho pero no es el todo. Cuando se tiene que lidiar con numerosas secciones y comisarías, con cuerpos de vigilantes y batallones de guardias cárceles, con ejército de empleado y con policías de pesquisa, se requiere un tacto especial y un acierto indiscutible para que el mecanismo de la repartición responda á los deseos del jefe superior y á los del pueblo.

La misión de la policía es grande y delicada. Le corresponde guardar el orden y ser garantía de la vida e intereses del ciudadano. Si en vez de esto es instrumento político, su acción queda desvirtuada. No lo será en el futuro, porque quien dirigirá los destinos de Santa Fe no viene a hacer política sino administración. Es lógico, entonces, confiar en que la repartición del Rosario que en los últimos tiempos se perfeccionó y ganó mucho, ganará más aún, siendo lo que ha de ser –el guardián del pueblo en que funciona (…)–.[50]

Los editores de este diario rosarino no defendieron ciegamente a la Policía ni al oficialismo. Por el contrario, se ocuparon de escindir las esferas política e institucional. Ubicados en un rol de contralores de la institucionalidad, esgrimieron una cierta ecuanimidad (“cuando se tiene que lidiar con…”); demarcaron cuál era el deber de la Policía (“guardar el orden y ser garantía de la vida y los intereses de los ciudadanos”) y advirtieron sobre el peligro de que la institución se desvirtuase (“si en vez de esto es un instrumento político, su acción queda desvirtuada”). Aun más, aventuraron un vaticinio optimista (“es lógico confiar…”), siempre y cuando la Policía siguiese “siendo lo que ha de ser –el guardián del pueblo–”.

La adecuación del tratamiento de la cuestión del orden público a los fines sociales, los intereses, adscripciones políticas de quienes lo enunciaban, se verá muy claramente en los siguientes dos casos. Se trata de dos publicaciones de la ciudad de Santa Fe a las que una cierta continuidad de los ejemplares conservados nos ha permitido analizar, con mayor profundidad, la manera en que organizaron, a su interior, las representaciones sobre la cuestión del orden.

4.

En un contexto de expansión de atribuciones estatales y de mayor movilidad social, en el cual el lugar y la identidad de los sujetos, así como los términos en los que estos se dirimían, no eran estables, la prensa fue clave en la difusión de imágenes que operaron como marco de los comportamientos sociales (Gayol, 2010: 80).

Dentro de este proceso, existieron dos publicaciones, que han llegado hasta nosotros, en las que pueden reconocerse matices en la construcción de las representaciones de la elite sobre la cuestión del orden. Se trata de El Santafesino y La Revolución, pertenecientes a fines de la década de 1870 y de 1880, respectivamente. Tanto por las coyunturas en las que fueron publicados (el último pico de violencia armada y el comienzo del ímpetu modernizador urbano) como por sus objetivos manifiestos, estos periódicos brindan la posibilidad de hacer visibles las formas en que la cuestión del orden fue tanto un tema debatido en sí mismo, como un recurso simbólico utilizado en otras discusiones. Por eso, el análisis realizado se construyó no solo con base en un relevo general de los temas, imágenes y posicionamientos que más presencia tuvieron en uno y otro, sino también en las construcciones discursivas presentes en noticias puntuales, representativas de esa constelación general de temas tratados.

El Santafesino[51] circuló en la ciudad de Santa Fe desde mediados de la década de 1870 (Damianovich, 2003). La finalidad que motivó su aparición y posibilitó su sostenimiento fue ser la palestra publicitaria para la candidatura a gobernador de Simón de Iriondo. Perteneció a la denominada prensa de círculo o notabiliar (Alonso, 2002; Mauro, 2006; Garabedian, Szir y Lida, 2009).

Este periódico no solo apareció en los años en que el iriondismo se consolidó (poniendo, con esto, en un primer plano la cuestión de los cuerpos militarizados) sino que específicamente fue publicado durante los años de mayor conflicto en torno al uso político de la violencia (1876 a 1878) y muchas de las intervenciones presentes en el periódico se orientan a este tema.

No extraña, entonces, que la cuestión del orden se recorte fundamentalmente sobre noticias referidas a la Policía, a los cuerpos militarizados, a los enfrentamientos armados y al delito en la campaña. En este conjunto de noticias, se pueden distinguir dos formas predominantes de presentar el problema. Por un lado, noticias de divulgación y opinión sobre sucesos relevantes, en las que se incluían valoraciones explícitas y vehementes de los sucesos tratados y que sugieren un grado importante de familiaridad de los lectores con dichos sucesos (pues no se hacían descripciones detalladas ni crónicas de los hechos):

DÍCERES – Un diario porteño asegura que el juez federal de la sección de Entre Ríos accederá a la petición de las damas del Paraná en que pedían se le sacasen los grillos al prisionero del Alcaracito.

¿Cómo sabrán desde tan lejos los pensamientos de un juez, que todo puede hacer menos decir de antemano las providencias que piensa dictar?[52]

LA CAUSA – Que se sigue a los que hirieron al joven Iturraspe se ha tramitado con suma actividad. El sumario debe estar por concluirse a pesar del considerable número de testigos a examinar.[53]

Luego, existieron informes administrativos de agencias estatales (locales, provinciales y nacionales) reproducidos en su totalidad y respetando su formato original (cartas, informes, edictos). Dentro de ellos, se destacan los informes de la Jefatura de Policía del Departamento La Capital por su número y porque muchos de ellos están comentados por los editores.[54]

En todos los ejemplares consultados, aparecen noticias referidas al problema del orden, sea sobre conflictos o falencias en el orden administrativo,[55] referidas al orden legal (alusiones a delitos) y al orden moral (menciones de conductas escandalosas). De un relevamiento exhaustivo del periódico se desprende que el mayor número de referencias al problema del orden se concentra en los números 18, publicado previamente a la insurrección militar del año 1877 en Rosario, y 26, emitido en el transcurso de esta. A su vez, en ellos la cantidad más alta de referencias explícitas al orden se hizo con términos como “crimen/criminalidad/crímenes” y “delito/ delincuentes”.[56]

Una noticia que ya comentamos (capítulo 1) posee muchas de las alusiones a la cuestión del orden que se repitieron en esta publicación.

El JEFE DE POLICIA

Nuestras esperanzas no han salido fallidas merced a la actividad e inteligencia que aquel funcionario está demostrando. Los ladrones han disminuido como por encanto y en concepto del Sr. Gobernador, que ha sido el jefe político más activo que ha tenido el Rosario, Dr. Mariano Echagüe, posee las cualidades necesarias para ser un buen Jefe de Policía, sus hechos lo están probando. El jugador, el vago o malentretenido, el borracho, el ladrón, tienen en el Sr. Echagüe un enemigo constante y el orden, la ley y la justicia un apóstol decidido, un defensor valeroso.[57]

Aquí, los editores expresaron cómo sus esperanzas de que disminuyera la delincuencia estaban depositadas en una persona, el jefe de Policía, y describieron este puesto directamente como un apostolado. A su vez, las figuras que encarnaban el desorden se identificaban con las transgresiones contra la moral y el decoro y contra la propiedad, y se presentan unidas unas a otras. Además, el vínculo que proponen entre el orden y expresiones como “apóstol”, “defensor valeroso”, “esperanzas” es directo, lo cual liga las características atribuidas al jefe de Policía (religiosas, de valentía, de perseverancia, hasta mágicas —“como por encanto”—) a las cualidades necesarias para defender el orden, que adquiere características de cruzada. La garantía del orden está dada por la persona del funcionario, no por la estructura administrativo-legal del Estado. Es decir que el orden, como valor, se adjudica a la persona del funcionario de Policía (lo cual genera una relación especular con los valores negativos personificados en “ladrones y asesinos”).

En esta noticia aparece la connotación que será dominante respecto del orden en El Santafesino. Además, como en otras notas, los redactores se refieren a la “conservación” y “defensa” del orden, con lo cual se vuelve una definición mayormente de reacción: el orden debe ser mantenido, defendido, conservado. Ello diferenciará a El Santafesino de otros periódicos más abiertamente comprometidos con el progreso de la ciudad en los que la cuestión del orden aparecerá como un imperativo, como un horizonte, algo que debía ser alcanzado.

Por otra parte, dice que el orden pertenece al campo de la administración estatal, más específicamente, al control del territorio que las fuerzas del orden debían tener. Una y otra vez, se asoció la tranquilidad y la civilización con el control del espacio provincial, que la Policía, a través de sus funcionarios, debía garantizar especialmente en la campaña.

Los protagonistas de estas noticias son comisarios, delegados directos, jueces de paz o el mismo jefe de Policía.[58] Se otorgó al cumplimiento de órdenes, en especial al interior de la cadena de mando policial un valor muy alto. Se describieron las prácticas de las autoridades[59] con la solemnidad de los gestos marciales, y a los transgresores con rasgos caricaturescos.[60] Acorde a ello, el mayor factor de orden fue la vigilancia policial. En este sentido, se asoció, primordialmente, la idea de orden social al crecimiento y consolidación del Estado, es decir del orden estatal, y fue planteado en términos de jerarquía, pues sería conservado mediante el respeto de relaciones verticales.[61]

Finalmente, en las páginas de El Santafesino existieron sectores que, por definición, se hallaron fuera del orden, a los que se representó “esencializando” una condición que los definió (vago, salvaje),[62] se tratara de delincuentes comunes o de insurrectos políticos.[63] Sin embargo, si consideramos el periódico como un corpus, estos sujetos fueron nombrados muy pocas veces (en contraste con el acento que se puso sobre la figuras de las autoridades). Al leer publicaciones como La Revolución, esta “ausencia” se hace más notoria. A la luz de una comparación tan arbitraria se reconoce, no obstante, un panorama de orden social en el que las clases populares aparecieron muy poco, del que no formaron parte.

Sin dejar de ser una publicación proveniente de los sectores acomodados, La Revolución daría cuenta de una diversidad en las actividades y composición social, que contrastó con El Santafesino y que, en parte, aparece en la mención reiterada que este diario hizo de los sujetos que catalogó como perjudiciales al ordenamiento de la ciudad.

En La Revolución, la idea de que el orden debía ser conservado, que es la que primó en la mirada de El Santafesino, se funde con la de que el orden debía ser impuesto (para conseguir el Progreso). Publicado desde 1886 y editado por Floriano Zapata,[64] reunió aun algunas características de la prensa facciosa (Alonso, 2002: 20), como tiradas que no eran masivas, venta por suscripción, preeminencia del tratamiento de lo político en sus páginas (mostrando abiertamente preferencias y enemistades), aunque la creciente presencia de la publicidad, que apuntaba a un público más amplio, marcó una diferencia. En La Revolución, el discurso “circular y cerrado de una prensa entre pares” (Mauro, 2006: 38) comenzó a reformularse en un aspecto clave. Aunque no escondió sus simpatías políticas, este periódico estableció distancia con respecto a su evaluación del gobierno municipal en cuestiones como la vigilancia de los barrios, los comportamientos indecorosos en las calles, el alumbrado público, el funcionamiento del transporte público, la presencia de mendigos y niños revoltosos, entre otras.

El orden como condición necesaria del progreso pero, más aun, la necesidad del progreso para mantener el orden, fue una combinación que estuvo presente incluso en el apartado satírico y literario (sin firma) “Gotas de tinta”, que generalmente ocupaba un lugar en la primera plana del periódico:

Después de haber vivido en una perpetua noche, ahora se disputan los empresarios el medio de alumbrarnos.

Uno quiere iluminarnos, a gas.

Otro, a luz eléctrica.

Otro, por una estraña combinación de ojos de gato que producirán una luz que irá del rosa al verde, de una potencia igual a un millón de bujías.

Como se ve, los empresarios se han domesticado hasta ser más galantes que los japoneses del Circo Humberto y lo único que quieren es servirnos.

Se nos asegura que, desesperado, un empresario criollo de que le hayan ganado de mano los de afuera, piensa proponer la iluminación gratis de la Ciudad por medio de un sol de su invención.

De esta vez no quedará lechuza en los campanarios, pues tendremos más sol de noche que de día.

Desgraciadamente, todas esas buenas intenciones peligran esterilizarse, porque ayer una compañía de rateros nocturnos ha enviado a la Policía una solicitud contra tanta iluminación, alegando que se perjudicaría su industria por lo que ellos se acojen a las garantías acordadas por la constitución.

pero hay más, señora nuestra, en favor de nuestro legítimo pedido. Cambiada la noche en día, haciéndose imposible los escalamientos, horadamientos y demás artes nocturnas ¿para qué serviría la Policía? ¿para perseguir punguistas y tomadores? Todo el mundo sabe que con aquellos, la Policía es impotente, si bien es cierto que no lo es mucho menos con nosotros; pero al fin y al cabo, nosotros, damos razón de ser a la existencia de la Policía, perfectamente organizada para que no le podamos robar a sus agentes por la deficientísima organización que tenemos hoy por hoy.

Puesto que esos caballeros se atienen a la constitución, lo más probable es que nos quedemos como antes, con faroles y sin luz o con [ilegible] los unos con los otros.[65]

Con sarcasmo, pero también con hastío, el autor se refiere a una “industria” de los robos que subsistía y se fortalecía (tanto que se hallaba “amparada por la constitución”) por dos condiciones combinadas: la ineficacia policial (“¿para qué serviría la Policía? ¿Para perseguir punguistas y tomadores? Todo el mundo sabe que con aquellos, la Policía es impotente”; “Policía, perfectamente organizada para que no le podamos robar a sus agentes”) y por la falta del progreso tecnológico (de la iluminación “a gas”; “eléctrica”; “con un sol de su invención”).

En líneas generales, los reclamos se enunciaban en nombre de los vecinos y se referían a lugares precisos de la ciudad. Las denuncias incluían una valoración de cada lugar, de sus vecinos, de sus costumbres y de su papel en la vida de la ciudad. En algunos casos, el rol de juez de la prensa se hacía más explícito. Cuando se trataba de una persona conocida, los redactores enfatizaban el tono admonitorio de la noticia, dirigiéndose directamente al infractor:

No mentimos

Siempre fuimos moderados en nuestras apreciaciones y calificativos cuidando de no herir la susceptibilidad de las personas que figuran en la sociedad. Esta norma de conducta nos ha traido el aprecio de la generalidad de Santa Fe, pero ella no alcanza para los que merecen algún correctivo.

En este caso se encontraba el propietario de la casa en donde el capitán Segovia dio el buen golpe que noticiamos y que un Sr. Paso trata de desmentir. No mentimos á sabiendas. En su casa se jugó, se les tomó in fraganti y se les quitaron las paradas, a pesar de las promesas de uno de los jugadores que les había dicho que podrían jugar hasta el amanecer bajo su responsabilidad.

Vea, pues, señor Paso, si hemos mentido al calificar de bueno el golpe que el capitán Segovia le diera.

Si el calificativo ha sido duro Sr. Paso, se servirá disculparnos para dar lugar á la justicia.[66]

Otras estrategias que fortalecieron una voz propia de los redactores fueron la reiteración de noticias consideradas importantes para el orden, que culminaban con advertencias en tono admonitorio a la Policía y al Ejecutivo municipal.[67] Por ello, en la lectura del periódico, tanto la iteración de noticias como el emplazamiento preciso de los hechos y la operación de erigirse en intermediario entre los vecinos y el gobierno dieron a La Revolución su tono distintivo. La siguiente es una notica donde puede apreciarse ello con claridad:

Disparada, muerte y ruptura.

Antenoche los vecinos de la calle San Gerónimo que se encontraban tomando el fresco en las veredas de sus casas sintieron la aproximación de un carruaje que a todo escape venía del Norte. Llevaba una furia desencadenada sin que el auriga quisiera detener a las bestias. La disparada que causó fue general. En la casa de León Aguirre que se encontraban también en la vereda, apenas pudieron salvar el bulto destrozándoles el carruaje las sillas y matándoles un perro. El carruaje siguió para el sud su vertiginosa carrera, arrastrándolo todo a su paso. No se conoció al cochero ni al carruaje, tan rápida era su carrera.[68]

Al reconocer a un interlocutor legítimo distinto a la elite (los habitantes de la ciudad, los vecinos, el pueblo), La Revolución no solo amplió su arco de temas tratados sino que se postuló como defensor de ese pueblo, de los vecinos decentes y sus intereses. En él también, los códigos de conducta fueron puestos en el ojo de la tormenta de la discusión sobre el orden, pero a diferencia de los casos anteriores, se ocupó de los comportamientos moralmente adecuados en los espacios públicos de la ciudad y los postuló como una condición necesaria para su progreso y expansión.

Basados en concepciones de justicia, de orden, criterios morales y códigos de conducta (Gayol, 2010: 81) e íntimamente vinculados al motivo social del periódico, el otro que se presenta en La Revolución es diferente al policía criollo violento de los periódicos radicales y de las colonias y al criminal doliente que se construyó en el discurso asociativo de las Damas de la Caridad. En el caso de La Revolución, estos otros eran quienes interrumpían o ponían en riesgo el desarrollo urbano, asociado en la publicación al decoro en los espacios públicos, como “los mendigos”, “los muchachos” y “jugadores”, “ebrios” y ciertas “damiselas:”

Que se repriman

Cotidianamente se suceden grandes escándalos en una casa de calle Rioja entre 9 de Julio y 1 de mayo ocupada por algunas damiselas. La gente honesta no puede asomarse a las puertas so pena de verse comprometida en tan poco morales espectáculos.

Y es el caso de hacer notar que varios barrios de la ciudad están invadidos por esta gente, so pretexto de hacer una vida retirada que no pueden hacer nunca acostumbradas al bullicio y la crápula a que el destino arroja a estas infelices.

Pedimos, pues, un poco de atención la policía urbana, para que ocupe esta gente el barrio que la ley les señala. La moral así lo exige.[69]

Similar atención recibió una “mujer demente” cuyos gritos eran un “espectáculo lastimosísimo”.[70] En sucesivas notas, los redactores informaron esto a la Policía, pidieron su intervención y, luego de repetidos reclamos, redirigieron la demanda al Municipio. Se preguntaron si no estaba “prohibido a los habitantes de Santa Fe hacer en público todo aquello que ofende á la moral pública” y, tras responder afirmativamente, volvieron sobre su denuncia señalando a los responsables y dando datos más concretos sobre la ubicación de esta mujer: “¿Cómo permite la Municipalidad que haga cosas de ese jaez una demente que vive en la calle 9 de Julio, entre Paraná y Uruguay?”.[71]

Se destaca la importancia que se les dio a los desórdenes asociados al escándalo. No solo calificaron estos gritos como una contrariedad seria para la vida de los vecinos sino que la atención que recibió este caso fue superior a, por ejemplo, un episodio confuso sucedido que resultó en el asesinato de un recluso.[72] De la mano de mendigos y dementes, los peligrosos descriptos con mayor asiduidad fueron “niños gritones” y “muchachos vagos”[73] que se reunían antes de su horario de entrada a la Escuela Normal. También, el “Locodeltodo, semi-loco o redomado pícaro” que esperaba frente a la Escuela de Niñas Graduadas para “asustar á estas con amenazas de abrazarlas”[74] y los “amigos del hueso”, jugadores de taba, “pervertidos” que “dan la nota” en el oeste de la ciudad.

En un recorrido heterogéneo y necesariamente incompleto del universo de representaciones sobre el orden social, puede comprobarse la recurrencia de determinadas imágenes, que aparecen en documentos, contextos y coyunturas distintas, adoptando particularidades determinadas. En función de quién las enuncie (de sus objetivos, de su posición social) del contexto y de sus interlocutores manifiestos, los tópicos de orden, violencia y moral se redistribuyen en los discursos. Incluso, dentro de ese mismo repertorio de imágenes, aparecen figuras “contradictorias”, como los criminales dolientes de las Damas de la Caridad.

Sin embargo, en una lectura global, estas figuras, lejos de debilitar o contestar el sentido dominante sobre el orden, al dibujarse sobre un lienzo común de representaciones, lo afianzaron. No son las imágenes, diversas en su contenido y divergentes en sus objetivos, sino el lenguaje común en el que se enuncian, lo que arroja una fuerte impresión de estabilidad, de continuidad en el sustrato de lo que para los sectores dominantes, fue el orden a lo largo del período.

Se trata de un lenguaje en el que, hacia los años finales del siglo, veremos incorporarse términos como pauperismo, enfermedad, etilismo (Sedran, Carbonetti y Allevi, en prensa) pero que, en la mayoría de la diversidad de discursos sociales que hemos podido revisar (la prensa, las actas de una asociación benéfica, los partes y sumarios policiales, los mensajes de los gobernadores a las cámaras) siguió postulando la voluntad de los sujetos y la moral que guiaba esa voluntad como la causa de sus acciones y, por tanto, del desorden que eligieran hacer.

Resuelto, en las representaciones de la elite, por qué controlar (para que el orden trajera el progreso y la civilización floreciera), dos de las cuestiones más arduas por solucionar fueron las de quiénes lo harían y dónde debían concentrarse. En un pequeño pasaje escrito por Gabriel Carrasco, se cuela la definición de algunos nudos problemáticos que pueden resumirse en estas preguntas: ¿qué comportamientos eran propios de la ciudad? ¿Cuáles debían evitarse, controlarse, perseguirse?

En 1882, Gabriel Carrasco señalaba dentro de los cambios indispensables que la normativa Policía debía sufrir para ser eficiente, la necesidad de

Determinar cuál es el ámbito de las ciudades (Rosario y Santa Fe) pues a menudo nos ha sucedido tener que estudiar y resolver qué se entiende por tal cosa, pues vecinos que galopaban por la plaza General López ó por el Ferro-Carril Central (Rosario) se quejaban de que se les multase cuando aquello es CAMPO, mientras que el gendarme aprehensor contestaba que creía que aquello estaba comprendido en el ÁMBITO DE LA CIUDAD.[75]

En esta cita, aparece la noción de que ciudad y campaña eran opuestos, no solo en la dimensión moral del orden (los comportamientos no civilizados y violentos), sino en su dimensión administrativa y operativa. Respecto del primero de esos aspectos, los potenciales transgresores, como se vio, eran sujetos de las clases populares; en lo concerniente al segundo, aunque más no sea por un malentendido jurisdiccional, hombres de todas las clases podían ser transgresores. Además, esa oposición fundante supuso que las expectativas sobre el control de las transgresiones fuesen mayores en la ciudad, tanto como porque allí residían la justicia y las autoridades, como porque así debía ser, pues las ciudades eran faros de civilización (Salessi, 1995; Romero, 2007; Kingman Garcés Garcés, 2009). De hecho, al iniciar la década de 1880, esta forma de presentar el problema del orden no solo seguía presente sino que era más firme.[76]

Una segunda característica emerge de la cita de Carrasco. El discurso laudatorio que la elite construyó para sí misma, colocándose en el rol de arquitecta del nuevo orden social, supuso que sus infracciones a la ley no fueran atribuibles a su voluntad de transgredir, como en el caso de los sectores populares, sino a causas externas (en este caso, una normativa confusa).[77] Este esquema, en el que los sujetos populares transgredían por libre voluntad y los ciudadanos decentes lo hacían sin intención, organizó las manifestaciones sobre el orden público de la ciudad en todo el período (lo que se plasmó principalmente en la prensa).

Como en el resto de la Argentina decimonónica, estos interrogantes se subsumieron a la oposición ciudad-campaña[78] que organizó buena parte del discurso civilizatorio de las élites. En las fuentes, estos dos problemas aparecen mencionados tanto en relación con la dimensión moral de la modernidad, como con la dimensión proyectual de la modernización: debían controlarse esos lugares porque, de no hacerlo, impedirían el progreso (Kingman Garcés, 2009: 21).

Tanto en las fuentes policiales como en la prensa y en las crónicas, no solo se cimentó la metáfora “temporal” de que existieron, por esos años, dos Santa Fe, la atrasada y la del progreso, sino que esa metáfora se arraigó en el espacio y lugares como el puerto, las plazas, el barrio Sur y la zona comercial; así cristalizaron no solo una y otra ciudad sino que concentraron, de forma diferenciada, las prácticas de control del Estado. En 1869, se decía en un periódico local que

Es lamentable tener que llamar la atención de los poderes públicos a cada momento sobre las maldades que se están cometiendo entre nosotros. El otro día hablábamos sobre la campaña sorprendidos del poco caso que los malvados hacían de la autoridad cuando a cara descubierta invadían el hogar doméstico; pero vemos que en la ciudad sucede lo mismo creciendo de punto la desvergüenza y el pillaje. Adónde iremos a parar si así marchamos? (…)

Qué extraño que en la campaña haga sus víctimas el puñal, si en la ciudad, rodeados de autoridades también ha podido hacer sus presas.

Qué admiración que en los apartados distritos los malvados se cruzan impunemente, si en la ciudad misma no los auyenta el poder de la justicia que sigue sus pasos.[79]

En esta cita, que alude de forma general a “maldades” y “desvergüenza”, los publicistas establecen, como también deja entrever el fragmento de Carrasco, que la ciudad debía ser controlada con especial énfasis, distinguiendo entre unos supuestos caracteres propios de los espacios rurales y urbanos. Esta es una de las ideas que subyace al proyecto modernizador de estos grupos de vecinos-notables, ya desde los años previos a la Organización Nacional, en el cual “el país fue imaginado como un cuerpo cuya civilización dependía de la promoción, la regulación y el control de flujos de gente y mercaderías” (Salessi, 2000: 56).

Culturalmente, asoció civilización con el decoro y la decencia, más que con la condición de letrado (Garcia y Bortolucci, 2009: 197), lo que hizo de las demostraciones de la simbología en los espacios compartidos una de las mal llamadas pervivencias del orden colonial, en tanto las huellas materiales de las relaciones sociales que “pervivieron” fueron resignificadas y recontextualizadas, para mejor servir los propósitos de esas nuevas sociedades (Garcia y Bortolucci, 2009: 197). En el siguiente episodio puede apreciarse cómo las representaciones revisadas actuaron en función de un problema concreto de la ciudad, de aristas económicas, políticas y sociales: la suerte del puerto local.

Hacia mediados de siglo, en lo que respecta al desarrollo de la vida diaria, Santa Fe compartía los problemas de la Confederación: dificultades en las comunicaciones y en el tránsito de mercaderías, escaso desarrollo de la agricultura y estancamiento de la industria artesanal. La vida económica local, que incluía la producción doméstica de muchos de los elementos de uso diario, se basaba en la exportación regional de carbón, madera, carretas y “frutos de todas clases” (Perez Martín, 1965: 78). La circulación de moneda era limitada, en parte por las necesidades acumuladas de la guerra y en parte por problemas administrativos, lo que también influiría sobre las arcas provinciales, siempre austeras. Cervera afirma que, para los años cincuenta, la provincia “solo tenía por entrada, a más de la mensualidad dada por Buenos Aires, pequeñas contribuciones de un territorio esquilmado y muerto” (Cervera, 2010: 122 y 123). Y esa misma austeridad teñía los signos de prestigio de un poder político, sito en la ciudad capital, que buscaba identificarse con el Estado.

El puerto fue un elemento indispensable en el crecimiento que el comercio vivió desde mediados del siglo y los efectos de esta reactivación económica se hicieron visibles en él y su zona aledaña. La actividad portuaria favoreció un limitado aunque palpable crecimiento económico que contrastaba con el estancamiento de los años recientes y la consecuente expansión de la ciudad. A los ojos de la población decente, estos cambios auguraban posibilidades reales de progreso tanto como riesgos muy concretos, ya que con la reactivación del comercio llegaron hombres desconocidos, que generaban desconfianza. Era una población eminentemente masculina producto de la incipiente política colonizadora, la migración interprovincial y la reestructuración –todavía por estudiarse– de los sectores populares desde una perspectiva regional (Fernández, 2006 y 2009); fruto asimismo de su relación con las instituciones estatales, luego de décadas de movilización militar (Garavaglia, 1999; Fradkin, 2007; Fradkin y Di Meglio, 2013).

En 1856, un nutrido grupo de vecinos destacados envió al gobernador una carta en la que se pronunciaron en contra de algunos de los cambios que la vida portuaria y estos nuevos habitantes habían generado. A su juicio, estos problemas eran apremiantes y sus causas estaban a la vista de todos:

el comercio y la población toda está trasladándose al “Puerto”, lo que no dejará de traer graves inconvenientes. En la parte opuesta de la ciudad están los templos, todos los edificios públicos y los ramos todos de la administración, lo que hará que esa población nueva, compuesta de gente tan diferentes en todo sentido, solo pueda ser vigilada por las más subalternas haciéndose por otra parte muy dificultosa la práctica de sus deveres religiosos.[80]

En esta forma de plantear el problema, la economía y la (falta de) moral se unían y potenciaban. Los graves inconvenientes que se nombran eran económicos (porque la vida de la zona Sur de la ciudad peligraba con este cambio en la localización del comercio) y morales (porque ni el control de las autoridades ni la influencia moralizante de la religión llegaban a esa zona). Según expusieron, el comercio se había alejado de la moral, de los templos y del gobierno, y ese énfasis pone de manifiesto la relación de las representaciones sobre la moral con intereses de índole práctica. Que los promotores más entusiastas de la carta hayan sido el jefe de Policía, Dermidio Luna, y “los curas de los conventos” (Busaniche, 1992: 34) se conecta directamente con proyectos que, aunque dilatados en su concreción, comenzaron a gestarse por esos años: la instalación de una nueva sección de Policía[81] y de la “iglesia del puerto”.

La imbricación entre falta de control de la moral de la gente subalterna y decadencia económica fue algo que los 146 otros hombres firmantes de la carta enfatizaron (y que el jefe de Policía Dermidio Luna haya sido uno de sus principales promotores habla también de hasta qué punto el vector moral guió las indicaciones que las autoridades policiales dieron para las prácticas de control). En una población que dos años después ascendería a 6102 habitantes, este número de “ciudadanos que suscriben el comercio y vecinos de la ciudad”[82] entre los que se contaron integrantes de las familias Echagüe (que incluyó la firma de uno de los futuros jefes de Policía, Manuel), Larrechea, Pujato, y otras de igual renombre, resultó un pedido de peso.

Ellos pensaron el puerto en el marco del crecimiento de la ciudad, que por su disposición física inevitablemente iba en dirección norte (donde este estaba emplazado) y oeste.[83] Pero, fundamentalmente, expresaron el desarrollo de la ciudad en un marco más amplio. De hecho, en todo momento, plantearon que ellos proponían “la adopción de una medida verdaderamente útil y que las actuales circunstancias del país reclaman imperiosamente” y que por lo tanto reportaría “ventajas inmensas (…) para el país”.[84]

Así, el pedido resultó una acción concreta respecto del orden en la ciudad, mediante la cual los vecinos intentaron negociar unas específicas relaciones de dominación (en este caso, de unos intereses que se plantean como locales y tácitamente opuestos a las políticas impositivas, comerciales y administrativas del gobierno nacional que daba a Santa Fe más un lugar de pivote estratégico militar que económico).[85] Esto, en un contexto en el que el puerto renovaba su valor estratégico, consolidándose como el paso obligado entre la capital de la Confederación y el interior, lo que se reflejó en las medidas adoptadas por el gobierno, algunas de las que antepusieron esta consideración a la imperiosa necesidad recaudatoria.

En 1854 el Poder Ejecutivo suspendió por decreto el cobro de impuestos a los barcos que llegaran a o zarparan de los puertos de la Confederación “interín no se provean las mejoras necesarias en ellos” y para “compensar las incomodidades que ofrecen nuestros puertos y perjuicios que provocan a las embarcaciones su falta de comodidad”.[86] Decisiones como esta no fueron bien recibidas en Santa Fe, ya que esos ingresos eran una de las principales fuentes para las arcas provinciales. No obstante, después de Caseros “el Paraná comenzó a ser la verdadera vía de acercamiento de los pueblos”;[87] puede reconocerse un repunte económico, así como la organización de formas de sociabilidad alrededor de la zona portuaria.

Más allá de las implicaciones económicas del problema, el puerto también era parte de un circuito de actividades cotidianas de los sectores más acomodados.[88] Se entiende entonces que las transformaciones sufridas por el puerto irritaran la sensibilidad de estos vecinos en aspectos que excedían lo económico pero, también, pone de relieve la carga estratégica de este documento, en el que las imágenes elegidas no son azarosas y deja en claro que la carta fue pensada como una acción política sobre el espacio de la ciudad. A este último respecto, es interesante contrastar la asiduidad con que parecen haber concurrido los vecinos a pasear por el puerto (se trataba de un lugar habitado, frecuentado), con la distancia espacial que el discurso de la carta propone entre el sur y el norte de la ciudad, en pasajes como el siguiente: “La gran concurrencia de buques que diariamente entran a nuestro puerto (…) ha venido a fijar el centro comercial en uno de los extremos de esta capital, llevando así toda esa actividad mercantil que obra prodigiosa en el camino del progreso”.[89]

La dimensión espacial fue una parte crucial en esta disputa. Las imágenes utilizadas son las de una actividad económica que se mueve en el espacio (“llevando así toda la actividad…”) y en la que el centro queda desplazado (“ha venido a fijar el centro (…) en uno de los extremos…”). En relación con ello, la carta formó parte de un cuerpo de peticiones y reclamos, que se repitieron en esos años, dirigidos a un Poder Ejecutivo que era, a nivel nacional, “la sumatoria de funciones públicas, en un contexto político en el que no existió una separación entre los poderes ejecutivo, judicial, legislativo, económico y militar, sino que los dirigentes abarcaron estas distintas instancias” (Lanteri, 2011: 121).

La solución propuesta por los vecinos fue mover el puerto al extremo sur de la ciudad,[90] es decir, lejos de donde estaba localizado, hacia un lugar de esparcimiento tradicional, conocido y frecuentado por las familias de renombre (Cervera, 2010: 86). Esta zona se trataba de un punto conflictivo entre el gobierno y algunos actores influyentes de la vida local, ya que el gobierno se había negado sistemáticamente a habilitarlo como puerto desde tiempos coloniales.[91] Si se suma a ello el auspicio que este dio al aumento del comercio en la zona del puerto, norte de la ciudad, donde se alojaba la población inmoral según los firmantes de la carta, puede percibirse cómo la cuestión moral, en este caso en relación con la organización de un lugar clave para la ciudad, se esgrimió como un argumento válido en sí, en discusiones cuyo clivaje tuvo más que ver con los enfrentamientos de una facción de la elite local con el gobierno urquicista (un fuego cruzado en el que el gobernador quedó, aunque no pasivamente, atrapado).

La voluntad del gobierno, contraria a la del grupo de vecinos, se plasmó en varios emprendimientos comerciales autorizados para la zona del puerto.[92] En 1856 mismo, dos empresarios, “súbditos sardos, en su calidad de abastecedores, que es el único oficio que ejercen”, elevaron una solicitud para instalar un expendio de carne “a inmediación de este Puerto, a donde principalmente se hace sentir la falta en este ramo”. Prometieron que sería de proporciones impresionantes y también justificaron su emprendimiento en el lenguaje de la moral y el progreso. En su nota al gobernador, al que reconocen como protector de “todo ramo de la industria y de la especulación en el comercio”, expresaron que con el crecimiento de esta zona de la ciudad “se mejora la suerte de la sociedad y de los que vienen a ejercer aquí los ramos de comercio e industria” y que “dada la inmigración recientemente llegada a esta provincia, signo del progreso”, se hacía más necesaria la “atención y vigilancia del buen gobierno”.[93]

En el contexto de estos intereses en lucha, la carta fue una estrategia de acción sobre la vida de la ciudad. Existe un pasaje en el que eso se hace explícito, que retoma la metáfora de las dos ciudades construida sobre la oposición, nuevamente, de la civilización y la barbarie:

La capital encierra, por decirlo así, dos ciudades: la una, con sus lindas casas que a cada momento se edifican, está llena de vida y de actividad y en inmediato contacto con el exterior de la provincia; la otra con sus biejos y ruinosos edificios apenas cuenta con muy pocas casas de negocios, donde con dificultad apenas se encuentra lo más necesario para la vida: todo hay que buscarlo en lo que se llama el puerto. En la una, todo es progreso: en la otra todo decadencia.

Estas diferencias establecerían indudablemente necesidades diferentes y diferentes costumbres entre los habitantes de un mismo pueblo lo que traería dificultades para la administración.[94]

Una, portadora de la tradición y los valores “decentes”; otra, en la que convivían la pujanza del progreso comercial con el peligro latente del desorden y la disolución de las costumbres.[95] La idea de que existían dos ciudades se consolidó con el correr de los años. Esas representaciones sobre Santa Fe están presentes en las crónicas más difundidas de finales de siglo. En 1883, Estanislao Zeballos escribía:

Santa Fe colonial y Santa Fe moderna. La ciudad de los descendientes de los tenientes gobernadores, alcaldes y regidores y la ciudad de los tenderos, carboneros, marineros y calafates… la ciudad de los templos, del Cabildo, de las autoridades, jueces, fiscales “enredados y enredistas” y la ciudad del comercio, de los hoteles de los cambistas y la aduana (…) La ciudad de la aristocracia de raíz de conquistadores y colonizadores españoles, del buen tono, de la cultura, que habla en castellano con sabor antiguo, patriota como Estanislao López, religiosa como Juan de Garay y la ciudad con aspecto de factoría norteamericana, fusión de todas las razas que habla mal todas las lenguas, liberal en sus costumbres, ajena al buen tono patriota a la moderna, comerciante como medio y progresista como resultado (…) dos ciudades soldadas en la línea del medio por una calle transversal.[96]

En esta misma línea la carta escrita en 1854 aborda la cuestión de la naturaleza moral de los problemas sociales y explicita nombrando a “esta población nueva”, compuesta de “gente distinta en todo sentido”. En relación con ello, sus firmantes señalaron que, precisamente por esa naturaleza distinta en sus comportamientos, esta gente debía ser vigilada constantemente. Además, ya puntualizaron lo que se transformaría en un problema endémico para el control del orden: la gente problemática “solo puede estar vigilada por las [clases] más subalternas”. Es decir que el Estado no contaba con los recursos necesarios y debía volcarse a policías de dudosa moral para las tareas de vigilancia.[97]

En otros documentos, se responsabiliza directamente a la flamante corporación municipal y al gobierno provincial de las costumbres que se estaban instalando en la zona norte. En uno de ellos, un libelo suelto y anónimo, se denuncia la indulgencia con que eran tratados los prostíbulos instalados en las manzanas aledañas al puerto, quizás también, otra de las consecuencias de la aludida dificultad en “la práctica de sus deveres religiosos”. En relación con ello y con los reclamos ya vertidos en la carta es que comenzaron las tratativas para la construcción de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, llamada la “Iglesia del Puerto” (y dedicada a San Pedro Telmo, protector de los marinos). La iniciativa fue formalizada en 1864[98] y pensada para contrarrestar precisamente la influencia moral disoluta de estos sujetos, que se reunían en la casas de negocio y prostíbulos cercanos, pero también en la Plaza Libertad (hoy Plaza San Martín), que más de quince años después, siguió siendo lugar de concentración de jugadores y ebrios.[99]

Entre los años 1856 y 1870, hubo numerosas propuestas y pedidos, los más de ellos aprobados, de mejoramiento de las condiciones de los servicios urbanos, como el alumbrado a gas para la plaza principal,[100] pedido de apertura de calles;[101] entre otros. Sin embargo, un repaso por las medidas aprobadas sea por el gobierno provincial o la corporación municipal reconoce un hiato en los años de la Guerra de la Triple Alianza. En ese aspecto, la década que siguió se inauguró con un panorama más complejo, ya que al repunte de la vida económica de la ciudad se sumó el aumento de estas personas de costumbres disolutas y la presencia de un flujo de hombres licenciados o desertores, ligados estrechamente en las preocupaciones de las autoridades a los alzamientos armados de la oposición. Durante los años que precedieron a la emblemática fecha de 1880, la prosperidad del comercio fue de la mano con el aumento de la preocupación por el control.

5.

En la década de 1870, un lugar que concitó serios conflictos en el control del orden fue la cárcel pública, sita en el viejo edificio de la Fortaleza de la Aduana. Durante esos años cobraron relevancia episodios de fuga y de ataque o sitio al edificio, en el contexto de los levantamientos opositores. Aunque las fugas no eran un fenómeno nuevo (ni aumentaron significativamente en estos años) suscitaron críticas muy severas respecto de la capacidad del gobierno de garantir el orden porque, en las razones que posibilitaron los escapes, estuvieron las malas condiciones edilicias y la falta de personal. Problemas como estos acabaron por transformar a la Aduana en un símbolo de una de esas dos ciudades: la del atraso.[102]

Este edificio situado en el corazón de la zona sur (que hizo las veces, desde tiempos coloniales, no solo de depósito de mercadería, sino de lugar de encierro y de polvorín), cuyas condiciones edilicias deficientes parecen haber sido una constante,[103] funcionaba como cárcel pública. De hecho, de las numerosas fugas[104] registradas la mayoría fue por escalamiento y “horadamiento” de las paredes del patio o de la letrina:

(…) a la una de la mañana de este día, han fugado de la Cárcel pública los presos Anacleto Garcilazo, Máximo Garcilazo y Cistino Coronel, músico de la Banda de esta Capital. Del calabozo donde estaban los dos primeros han salido oradando la puerta con una barrena y saliendo afuera del patio por una escalación hecha en la letrina. Cuando se notó la fuga hacía una hora que el cabo de cuarto había pasado la requiza de costumbre al colocar el centinela. La rotura de la puerta es trabajo hecho por afuera. Y el poco tiempo después de la requiza que han tenido hace creer que ya la letrina estaba escalada por el músico Coronel que estaba en el patio. La evación de este corrobora la creencia de lo ante dicho, pues de otro modo no hubiese fugado hallándose preso tan solo por una falta del servicio de la Banda.[105]

(…) en la noche del día de ayer ha fugado de la Cárcel Pública el preso Antonio López, escalando el sótano (donde se encontraba) por debajo de la escalera –se ignora la herramienta con que ha practicado la escavación–.[106]

(…) en la madrugada de este día ha sido herido por el oficial de guardia de la Fortaleza el preso Martín Mendez, conocido por el hijo de los muros, en momentos que trataba de evadirse por el albañal de la letrina que da al corralón. La salida del calabozo la efectuó sin ser sentido por el centinela, por encontrarse solo en el último calabozo. (…)[107]

 

En el último caso, incluso el apodo del preso fugado, “hijo de los muros”, da una noción sobre cuán frecuentes eran estas proezas. Además, se sumó otro flagelo:

El Sargento Mayor Dn José Zavala, encargado de la Fortaleza de la Duana , ha dado parte a este Departamento de haberse encontrado en la noche del 23 de 10 a 11, de la noche, escalando las murallas del cuartel al soldado de guardia Florencio Marquez y que según este ha sido inducido por el preso decertor del ejército nacional Juan Gatica.[108]

La ayuda brindada por los hombres que formaban la guardia de la cárcel[109] (especialmente la nocturna)[110] no puede verse de manera aislada, sino dentro de un conjunto integrado por prácticas como el amotinamiento o la ayuda individual a los presos, como abrirles la puerta para que salieran.[111]

Otros desórdenes que tuvieron lugar en los alrededores de este edificio fueron los levantamientos armados de la oposición política al iriondismo, que se vivieron con mayor intensidad en la zona sur, dado que allí estaban también la Casa de Gobierno, la Jefatura de Policía y la plaza principal, objetivos primordial de estos ataques (Gallo y Wilde, 1980). La Aduana no solo estaba ubicada en el centro político de la ciudad, sino que representaba un bastión del poder del gobierno, por lo que fue escenario de “todas las revoluciones que caracterizaron el período posterior a la sanción de la Constitución”, incluyendo el levantamiento liberal del 4 de abril de 1878, durante el cual soldados apostados en este edificio repelieron el ataque y protagonizaron la represión de los insurrectos (Gianello, 1992). Los alzamientos se patentizaron precisamente en el lugar de la ciudad donde estaban las casas de los vecinos notables, de las familias tradicionales; donde latía el corazón de la ciudad tradicional, vemos cómo surgen matices respecto de otro gran fantasma del orden público: los hombres pobres inmorales.

Los alzamientos opositores se concentraron en tres años de la década de 1870: en 1872, existieron tres, uno de los cuales se desarrolló en la capital; en 1877 hubo cinco, incluyendo un intento de asesinato del gobernador Bayo; en 1878, tanto por el número de personas involucradas como por su desarrollo, se destaca el intento armado de tomar los edificios de Gobierno y Policía en Santa Fe. Conducidos por los oroñistas, unos trescientos hombres armados atacaron el edificio de la Aduana, la Jefatura de Policía y el Cabildo. Sobre el hecho, Gallo y Wilde relatan que

El 14 de abril [de 1878, 7 días desde que Iriondo fue elegido gobernador] estallaba en Santa Fe una revuelta que el gobierno esperaba hiciera eclosión en Rosario. Alrededor de 300 hombres que vivaban a Mitre, a Oroño y a la conciliación atacaron la Aduana, la Policía y las comisarías de sección. La casa de Iriondo fue asaltada, y amenazada su familia y algunos visitantes ocasionales. Los trabuqueros –cuerpo de amigos armados que custodiaban la policía– rechazaron a los atacantes, al tiempo que los Guardias Nacionales controlaron la situación luego de una hora y media de combates. La oposición perdió unos 20 efectivos, entre ellos jóvenes de familias conocidas, como Justo Leiva y Candioti (Gallo y Wilde, 1980: 201).

La revolución fue derrotada y la victoria oficial se logró poniendo en marcha dos de los pilares del poder iriondista, que le valdrán a esta facción la continuidad en el gobierno provincial hasta la década de 1890: la Guardia Nacional y el cuerpo de gendarmes (Gallo y Wilde, 1980: 164; Damianovich, 1992: 246), integrado también, este último, por presos.

La necesidad de repeler estas intentonas hizo que en la prensa afín al gobierno emergieran argumentos que relativizaron el efecto negativo que la presencia de esos inmorales tenía en las fuerzas del orden. En definitiva, ilustran el posicionamiento ambivalente que primó en torno a esta cuestión, ya que, aunque las quejas por la inmoralidad de estos hombres se mantuvieron, también aparecieron opiniones como la siguiente:

En estos días han traído bastantes presos los cuales han permanecido algún tiempo a disposición del ejecutivo y ahora han sido destinados a servicio militar en el Batallón “7 de Abril”.

De esta manera ha aumentado el número de soldados; bueno sería también que se reforzara el cuerpo de gendarmes que hace el servicio de policía y que a la 2º y a la 3º sección se les aumentase también el personal de individuos de tropa.[112]

Los hombres arrestados (que se temía fueran cooptados o forzados a participar en levantamientos de la oposición) y los que integraban los refuerzos a las partidas de Policía (encargas de controlar individuos sospechosos) provenían ambos de sectores subalternos locales, pobres, en algunos casos sin arraigo domiciliario estable en la ciudad (Sedran, 2013) y, en muchos casos, como se deja ver en el fragmento anterior, se trataba de los mismos individuos, lo cual ligó indisolublemente, en esos años, la cuestión de las faltas al orden público con el trasfondo de violencia política, que no se superaba.

Los alzamientos provocaron el refuerzo de la presencia de estos cuerpos militarizados y su involucramiento en el control de la ciudad. Ahora bien, ello no repercutió en una disminución de las faltas. Por el contrario, ya en 1872, pero fundamentalmente de 1876 a 1878, fue anotada una cantidad importantes de casos de riña, ebriedad y escándalo en las lindantes primera y segunda sección de Policía,[113] en las que estaban comprendidos el puerto[114] y la Plaza San Martín (ex Plaza Libertad, que nació junto con la ciudad, como parada de mulas y carretas). En la década de 1870 se repitieron las denuncias de esta plaza como lugar de ocio y de desorden:

El domingo por la noche fueron conducidos al Departamento Central de Policía muchos individuos que se dice estaban ocupados en juegos prohibidos en una casa de la plaza “San Martín”. El número de presos era considerable. Bueno es que la policía abra siempre los ojos y siga la pista a los malentretenidos[115]

En estos arrestos grupales, motivados en muchos casos también por riñas, ebriedad y juegos prohibidos, aparecen nombres de policías,[116] lo que no debería resultar llamativo dado que, como veremos en el capítulo siguiente, del total de arrestos por faltas contra el orden, casi un 20% correspondió a efectivos de la fuerza.

En estas representaciones, se construyeron dos sentidos convergentes: el de qué conductas serían aprobadas, toleradas, rechazadas, penadas en la sociedad civilizada; y el de qué sujetos sociales eran inherentemente peligrosos para el orden que se estaba construyendo. Resta, ante ello, establecer si efectivamente existió una correlación entre estas representaciones y las prácticas de control que se institucionalizaron en la ciudad; si estas representaciones sobre el orden y sobre el otro dieron o no la tónica a dichas prácticas. Ello supondrá no solo reponer la dinámica material de la imposición de un orden burgués en las calles santafesinas, sino también la posibilidad de revisitar el lugar de la normativa y del Estado en su construcción.


  1. Numerosos trabajos ponen de manifiesto el vínculo entre las sociedades de beneficencia y la política, así como la participación política “velada” y otras veces no tanto, de las mujeres de la elite en el período (Bonaudo, 2006; Dalla Corte, 2013; Bravo, Gil Lozano y Pita: 2007; Pita. 2009; Ferrari, 2010).
  2. Archivo de la Sociedad de Beneficencia de Santa Fe (en adelante ASB), Memorias, 1878.
  3. ASB, Memorias, 1878.
  4. Archivo de Gobierno, “Notas de las Sociedades de Beneficencia”, 1870, S/F, folio 467.
  5. ASB, Memorias, 1876.
  6. ASB, Memorias, 1885.
  7. ASB Memorias, 1883.
  8. ASB, Memorias, 1875.
  9. ASB, Memorias, 1882.
  10. ASB, Memorias, 1883.
  11. ASB, Memorias, 1883.
  12. ASB, Memorias, 1885.
  13. AGPSF, Archivo de Gobierno, “Notas…”, 1873.
  14. AGPSF, Archivo de Gobierno, “Notas…”, 1873.
  15. AGPSF, Archivo de Gobierno, “Notas…”, 1873 (el subrayado pertenece al original).
  16. ASB, Memorias, 1883.
  17. Gabriel Carrasco nació en 1854, en una familia acomodada. Su padre, que llegó a Rosario emigrado de Buenos Aires en 1853, fue, entre otras cosas, concejal, maestro, fundador de El Comercio y de La Capital conjuntamente con Ovidio Lagos. Asimismo, fue impresor y librero y ello estrechó la cercanía de Gabriel con el mundo de la prensa. Gabriel alcanzó un temprano reconocimiento como “uno de los escritores públicos más jóvenes de la provincia de Santa Fe” y su producción fue variada y constante: desde sus más conocidos trabajos de estadística hasta redacción de códigos de Policía, pasando por la Guía Civil y Comercial de Rosario y los Anales de Rosario escritos en conjunto con su padre. Abogado de profesión, hizo un recorrido extenso por puestos públicos de suma relevancia. (De Marco, 1996: 15-22).
  18. Bruno, Paula, “La vida letrada porteña entre 1860 y el fin-de-siglo. Coordenadas para un mapa de la élite intelectual”, en Anuario IEHS, N° 24, pp. 339-368, 2009 (p. 368).
  19. Nos referimos a los hombres “públicos”, cuyas crónicas siguieron a las extranjeras y que fueron las que conocieron y legitimaron el territorio y la sociedad que ese Estado debía dominar, como Estanislao Zeballos y José María Ramos Mejía (Fernández y Navarro, 2011; Clementi, 2000).
  20. Carrasco, Gabriel, Cartas de Viaje, Del Atlántico al Pacífico y Un argentino en Europa, Casa Editora de Jacobo Peuser, 1890, p. 9.
  21. Carrasco, Cartas de Viaje, p. 13.
  22. “No quería entrar súbitamente en París: creí necesario irme preparando para conocer la gran ciudad, pasando primer por otras menos importantes, para poder así graduar mis impresiones”; “Todo llama mi atención; de todo quiero imponerme simultáneamente y el efecto es cierto aturdimiento. Pero no: procedamos con método, viajemos estudiando y para estudiar es lo primero dividir racionalmente su tiempo y las materias que se han de observar”; “Lo hice, me bañé en el río, cuya rápida corriente amenazó arrastrarme pero al salir pude consignar entre mis más gratos recuerdos de viaje que me había sumergido en las históricas aguas del Rhin”. Carrasco, Cartas de Viaje, pp. 250, 193 y 332.
  23. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 10 (el resaltado es nuestro).
  24. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 11.
  25. Sobre la relación entre las transformaciones vertiginosas de fines de siglo señalada por los historiadores y la pertinencia de un análisis desde la mirada de la historia cultural entendida como el estudio de la construcción de sentidos, Pratt puntualiza que “las transiciones históricas alteran la manera en que la gente escribe porque alteran sus experiencias y, con ello, también su manera de imaginar, sentir y pensar el mundo en el que viven” (Pratt, 2010: 26).
  26. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 28.
  27. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 99.
  28. La figura del emisario sudamericano como autoridad científica y moral se construye progresivamente en el texto, y en esa construcción juegan un papel importante las precisiones sobre los círculos sociales que el viajero frecuenta. Asiste a eventos diplomáticos, se hospeda en hoteles prestigiosos solo por recomendación de los hombres influyentes locales, entre otros ejemplos. Esta estrategia se corona con el alegato que describe al final del libro, en el cual se atribuye haber logrado que la Comisión que dirigió la Exposición Universal de París vote “contra los deseos de las potencias coloniales” su apoyo al modelo de la “inmigración libre”. Carrasco, Gabriel, Cartas…, op. cit., p. 381.
  29. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 247.
  30. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 403.
  31. Carrasco, Gabriel, Cartas…, pp. 112-3.
  32. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 206.
  33. La Revolución, 5 de mayo de 1888.
  34. La Revolución, 5 de mayo de 1888.
  35. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 285.
  36. Carrasco, Gabriel, Cartas…, p. 210.
  37. En 1894 Unión Provincial, periódico radical santafesino, decía en referencia al estado de sitio que el gobierno nacional mantenía sobre la provincia que en tanto el gobernador Leiva no se acercase al pueblo “no podrá prescindir del estado de sitio, así que tenemos estado de sitio para rato”. Unión Provincial, 4 de marzo de 1894.
  38. La Unión, 8 de octubre de 1896.
  39. La Unión, 15 de octubre de 1897.
  40. La Unión, 8 de octubre de 1896.
  41. El Chaco Chico, 7 de febrero de 1896.
  42. La Unión Esperanza, 8 de octubre de 1896.
  43. El independiente, 20 de marzo de 1892.
  44. El independiente, 20 de marzo de 1892.
  45. Unión Provincial, 13 de febrero de 1894.
  46. Nueva Época, 17 de febrero de 1900.
  47. Unión provincial, 7 de octubre de 1896.
  48. El Censor, 21 de octubre de 1897.
  49. La Revolución, 29 de diciembre de 1888.
  50. El Día, s/f.
  51. Su redactor era Manuel Yañez, contaba con un regente, Juan Bueno y era publicado en la Imprenta Oficial de la Provincia. Los editores establecieron con el Gobierno un acuerdo por el cual se comprometían a publicar boletines oficiales a cambio del usufructo de la imprenta. Cada edición constaba de 4 páginas, de las cuales la primera era dedicada a un editorial sobre las elecciones a gobernador que se acercaban, y una “sección oficial” en la que se publicaban documentos oficiales (notas, circulares, edictos etc.), la mayoría de los cuales pertenecía a ministerios nacionales, y eran publicados como noticias. El Santafesino, 9 de enero de 1877.
  52. El Santafesino, 20 de febrero de 1877.
  53. El Santafesino, 23 de febrero de 1877.
  54. El Santafesino, 20 de febrero de 1877.
  55. El Santafesino, 3 de marzo de 1878.
  56. La información que proviene de la Policía está señalada explícitamente. El título que designa estas noticias es precisamente “POLICIA”, bajo el cual se publicaban edictos del jefe de Policía, así como de listas de entrada y salida de presos de la fecha.
  57. El Santafesino, 18 de marzo de 1877.
  58. El Santafesino, 2 de agosto de 1878.
  59. El Santafesino, 9 de enero de 1877.
  60. El Santafesino, 12 de mayo de 1877.
  61. El Santafesino, Santa Fe, 13 de marzo de 1877.
  62. El Santafesino, 14 de mayo de 1877.
  63. El Santafesino, 12 de mayo de 1877.
  64. Floriano Zapata fue un periodista destacado. Nacido en Paraná en 1840, estuvo a cargo de la redacción de documentos clave para el Estado santafesino, como la compilación a fines de siglo del Registro Oficial de la Provincia desde 1869. Además, publicó en 1899 “La Ciudad de Santa Fe. Sinopsis para la obra del Censo Nacional”. Sus vínculos con el gobierno provincial fueron estrechos, al punto de que, simbólicamente, la primera edición de La Revolución tuvo lugar el primer día de mandato de José Gálvez como gobernador en 1886 (Montenegro de Arévalo, 2005: 3).
  65. La Revolución, 2 de septiembre de 1886.
  66. La Revolución, 26 de abril de 1888.
  67. La Revolución, 10 de julio de 1888.
  68. La Revolución, 29 de diciembre de 1888.
  69. La Revolución, 29 de diciembre de 1888.
  70. La Revolución, 14 de abril de 1888.
  71. La Revolución, 19 de junio de 1888. Además, las notas sobre el tema eran coronadas con advertencias al intendente municipal: “Esperamos que el Señor Gollán no proceda con las denuncias de la prensa como su antecesor, quien tenía el capricho de no hacer nada de lo que ésta le indicase”. La Revolución, 10 de julio de 1888.
  72. La Revolución, 19 de junio de 1888.
  73. La Revolución, 16 de junio de 1888.
  74. La Revolución, 29 de mayo de 1888.
  75. Reglamento de Policía Urbana y Rural de la Provincia de Santa Fe. Comentado y anotado por Gabriel Carrasco. Rosario, Imprenta de Carrasco, Aduana 72. 1882, pág. 19.
  76. Refiriéndose a la Policía de Rosario, Simón de Iriondo afirmó que “No parece sino que la despoblación y el desierto fueran los que más dificultades ofrecen al establecimiento y práctica de instituciones indispensables para el mismo orden social. El departamento más populoso de la provincia (…) es el que más ha mejorado el réjimen policial y el que más satisfactorios resultados ofrece a sus pobladores”. Historia de las instituciones de la Provincia de Santa Fe, tomo VI, Imprenta Oficial, 1972, p. 53.
  77. En este sentido, que Carrasco haya elegido el ejemplo del galope para retratar el problema de los límites de la ciudad es curioso, dado que esta infracción se contó entre las primeras causas de multas entre los hombres decentes y, en la mayoría de los casos, en lugares céntricos de la ciudad y se trató de una de las infracciones que no fueron exclusivas de los sectores populares.
  78. José Luis Romero afirmó que “el criollismo pareció patrimonio de las sociedades rurales y fue esgrimido polémicamente contra las sociedades urbanas a las que se acusaba de cosmopolitas y extranjerizantes. Así nació una querella entre campo y ciudad destinada a durar largo tiempo y que parecía expresar una contradicción insalvable (Romero, 2007: 127)”.
  79. El Pueblo, 3 de marzo de 1869.
  80. Archivo de gobierno, “Notas Varias”, [no se consigna el día] enero de 1856, folio 1523.
  81. La Revolución, 14 de abril de 1888.
  82. Archivo de Gobierno, “Notas Varias”, [no se consigna el día] enero de 1856, folio 1522.
  83. La ciudad de Santa Fe presenta desde sus orígenes una forma de “embudo”, delimitada por los ríos Salado y Paraná, riacho Santa Fe que se ensancha hacia el norte, hacia donde debió dirigirse indefectiblemente su crecimiento. En 1858, la ciudad tenía una extensión de unas manzanas, y de sur a norte, la superficie que formaba parte de la grilla tenía una extensión de dieciséis manzanas.
  84. Las representaciones que la carta contiene sobre el llamado problema del puerto se insertaron en esta coyuntura específica y, en ella, el gobernador encarnó la potencial acción de las instituciones estatales, que en los años de la Confederación fueron “tanto [como] un principio que sirvió de eje a una nueva configuración de la legitimidad política como un mecanismo de gobierno (Lanteri, 2011: 118)”. En tal sentido, como práctica discursiva, la carta es tanto un reclamo de intervención hecho al gobernador, como un reconocimiento de un “acuerdo inmediato entre las estructuras incorporadas, convertidas en algo inconsciente… y las estructuras objetivas” (Garavaglia, 2003: 138).
  85. Los años de la Confederación supusieron, tras décadas de devastación material e inestabilidad política, una situación compleja para las familias de la elite (divididas en “cuyistas o liberales y lopistas o federales”). Aunque existieron levantamientos contra los sucesivos gobernadores en 1852, 1856 y 1857 y 1860, la dirigencia santafesina se replegó en última instancia a las políticas urquicistas que plantearon un desarrollo cuya punta de lanza económica no fue la capital sino el sur provincial.
  86. Archivo de Gobierno, “Notas de los ministerios y demás reparticiones nacionales”, 1 de enero de 1854.
  87. Futuros trabajos deberán ahondar en la relación, más amplia, de los habitantes de la capital, no solo con el puerto sino con el río en sí. Las vivencias y representaciones que emanan de ello aúnan la escasez de recursos con el río como fuente de prosperidad a la vez que como amenaza. El 23 de junio, la Cámara de Representantes, en nota al gobernador Crespo, elogia “la grande y útil obra que S. E. quiere emprender para salvar la población de la ruina que las frecuentes crecientes del río le amenaza” a la vez que rechaza la propuesta “en consideración de los fondos que debe designar para hacer[le] frente”. Archivo de Gobierno, “Notas de la Honorable Junta de Representantes”, 23 de junio de 1854.
  88. En él, “damas con miriñaque pasean por las tarde en la Alameda, frente al Puerto; de vuelta recorren las tiendas y platican largamente con sus propietarios, que son vecinos distinguidos y respetables de la ciudad” (Busaniche, 1992: 8).
  89. Archivo de Gobierno, “Notas de los ministerios y demás reparticiones nacionales”, 13 de marzo de 1854.
  90. La bajada de Núñez estaba situada en el punto más austral de la ciudad, donde las canoas y lanchones –procedentes de Rincón, Santa Rosa, Cayastá y Helvecia– bajaban las sandías, melones, naranjas, choclos, papas y batatas (Cervera, 2010: 175).
  91. Las primeras referencias a pedidos repetidos de establecer este sitio como punto de descarga de productos se hallan en las actas del cabildo santafesino. El 13 de enero de 1776, “Mediante memorial, el Procurador General Juan de Basaldúa promueve los siguientes puntos: […] 3) prohibir que las embarcaciones atraquen en el puerto de la Bajada de Núñez y que lo hagan en su antiguo amarradero, que ha sido enfrente de esta plaza, al este. […] por cuanto dicha bajada es desabrigada y puede causar perjuicios a los barcos y mercaderías. Solo se autorizará su uso en caso de creciente, ocasión en que ‘se inunda el amarradero’, y cuando haya en éste muchas embarcaciones”. Actas del Cabildo de Santa Fe, Tomo XIV B.
  92. Otros proyectos privados se orientaron a superar el estancamiento económico, como el del ciudadano inglés Ricardo Forster, que propuso costear la construcción de un puente, sobre el extremo suroeste de la ciudad, “un puente sobre el río salado que facilite la comunicación y llame al comercio de las provincias del interior a esta ciudad”. Archivo de Gobierno, “Notas Varias”, 1856, folio 1489. El puente se emplazaría recién en 1875, sobre lo que hoy es la ciudad de Santo Tomé, reconocida por decreto como pueblo, tres años antes, en 1872. Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe, 12 de septiembre de 1872, Decreto del Gobernador Dr. Simón de Iriondo (Yoris, et al., 2010).
  93. Archivo de Gobierno, “Notas Varias”, (s/f) 1856, folio 1487.
  94. Archivo de Gobierno, “Notas Varias”, s/f 1865, folios 1522 y 1523.
  95. El Santafesino, 22 de mayo de 1877.
  96. Zeballos, Estanislao, Descripción amena de la República Argentina, Buenos Aires, 1887, pp. 130 y 131.
  97. Floriano Zapata. Museo Etnográfico. Caja Suelta. Folleto suelto, s/f, 1860.
  98. La Comisión, creada por decreto provincial en 1864, enfrentó serios problemas de financiamiento, además de las condiciones edilicias que debieron ser negociadas con el arzobispo de Paraná, renuente a las adaptaciones que la falta de recursos requirió. Archivo de Gobierno, tomo 25, año 1864, “Solicitudes varias”, “Vecinos solicitan autorización para formar una comisión que recolecte fondos para construir un templo a inmediaciones del puerto”. Folio 774; Archivo de gobierno, “Notas del ilustrísimo obispo del Paraná”, 1866, folio 319. La finalización de la obra debió esperar a 1889.
  99. El Santafesino, 14 de mayo de 1877; La Revolución, 29 de diciembre de 1888.
  100. Francisco Malatta y Cia., presenta presupuesto para el alumbrado de gas en la plaza principal de Santa Fe. Archivo de Gobierno, “Expedientes varios”, 1858, folio 1011.
  101. Vecinos de la zona de quintas, solicitan a la Corporación Municipal la apertura de calles entre las quintas de Ascochinga y Piquete. Archivo de Gobierno, 1869, folio 1274.
  102. Desde ya, la situación de la Fortaleza no fue excepcional. La deuda en inversiones en infraestructura y personal fue reconocida por el gobierno al finalizar el siglo, atribuyéndola a “la situación angustiosa porque pasó el tesoro de la Provincia durante esos años de conmociones políticas y de profundo abatimiento económico”. Memoria presentada por el ministerio de Gobierno, Justicia y Culto de la provincia a las Honorables Cámaras Legislativas en 1892, Santa Fe, Tipografía de La revolución, 1892, p. 8.
  103. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 13 de noviembre de 1866. Sobre lugares disponibles para alojamiento de presos, solo en mayo de 1877 se construyeron “algunas piezas y corredores en el departamento Central de Policía de la Capital (…)”. Historia de las instituciones de la provincia de Santa Fe, Tomo VI, “Municipalidades”, Santa Fe, Imprenta Oficial.
  104. En el Departamento Central de Policía también se registraron, y los métodos de escape fueron similares. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 4 de junio de 1869.
  105. Se han tomado las medidas necesarias a fin de capturarlos (…) [el 26 de agosto siguiente, Cistino Coronel se presenta a la Jefatura de Policía. A Anacleto Garcilazo lo capturan –no aparece ese parte– y vuelve a escapar, esta vez de la Jefatura de Policía, el 10 de septiembre del mismo año]. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 17 de agosto de 1869.
  106. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 17 de octubre de 1868.
  107. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 9 de noviembre de 1872.
  108. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 2 de febrero de 1866.
  109. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 25 de diciembre de 1874.
  110. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 13 de agosto de 1872.
  111. Avalando la solicitud de más personal para la cárcel de detenidos de Rosario, se argumentaba que “así se independizará la guardia, prohibiéndole tener tratos contratos ni conversaciones con los presos, como sucede en las cárceles bien organizadas de modo que la vigilancia mutua de todos los guardianes de los presos, redunda en su mayor seguridad. Esto es tanto más conveniente cuanto que en la nueva Cárcel es necesario implantar un régimen severo de moral y disciplina, que haga de ella lo que debe ser”. Memoria de la Exma. Cámara de Apelación de la 2ª circunscripción judicial, 14 de abril de 1893, Imprenta Oficial, p. 101.
  112. El Santafesino, 22 de mayo de 1877.
  113. Particularmente, en los años 1875 y 1876, se anotaron con asiduidad los lugares de los arrestos. La mayoría de los arrestos fueron realizados en la segunda sección, correspondiente a la zona del puerto y la Plaza San Martín. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 28 de mayo de 1870; 1 de enero de 1871; 6 y 8 7 20 de enero de 1873; 9, 14, 25 de febrero de 1873; 14 de abril de 1874; 18 de enero de 1875; 17 y 20 de febrero de 1875; 24 de marzo de 1875; 15 de enero de 1876; 21 de enero de 1876; 7 de marzo de 1876; 18 y 30 de abril de 1876.
  114. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 22 de julio de 1876, folio 542.
  115. El Santafesino, 14 de mayo de 1877.
  116. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía de esta Capital”, 21 de junio de 1876, folio 452.


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