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4 La moral dentro y fuera de la Policía

Seamos perezosos en todo, excepto en amar y en beber, excepto en ser perezosos.

Lessing[1]

Como se dijo, algunas conductas se presentaron (en la prensa, en la ley, en el gobierno) como el estilo de vida, elegido libremente, de sujetos viciosos. Dentro de este conjunto la ebriedad y el juego, como muestras incontestables de inmoralidad y como causas de violencia, se hicieron más visibles que otras transgresiones en la ciudad. Las fuentes abundan en alusiones literales a esta relación causal y directa: “Sabido es que las causas impulsoras de la criminalidad son muchas y muy complejas, figurando entre ellas principalmente las pasiones; el amor, los celos, el odio, la venganza, la codicia, etc., y también la miseria, la ignorancia, la pésima educación moral, la riña, la embriaguez, etc.”.[2]

Los primero que se destaca es que estas conductas fueron reunidas bajo la categoría de “vicio”. De un lado la ebriedad, consolidada como amenaza al orden público y a la moral, se acentuó como madre de los vicios; por otro, el juego ilegal hizo su “entrada” en las representaciones más difundidas en las década finales del siglo; de forma muy explícita, se construyeron dos sujetos en torno al juego: los sujetos populares, instigadores del juego, por seguir a su vicio, y los ciudadanos decentes que, frente a la proliferación de estas costumbres nocivas, sucumbieron (fueron víctimas del vicio).

1.

Dentro de ese marco, la lectura que predominó en la elite sobre la ebriedad la ubicó como una de las explicaciones incuestionadas del delito. En 1892 el gobernador Caferatta atribuye el delito en la provincia a la voluntad viciosa de las bajas capas sociales:

de los instrumentos de que se han valido los autores de los delitos de homicidio y heridas, especialmente armas de fuego y blancas, y en general, el estado de ebriedad en que se han encontrado, se deduce la costumbre de llevar armas y de entregarse a la embriaguez, por falta de acción policial. Y sabido es que en esas circunstancias, excitados por las bebidas alcohólicas y disponiéndose de armas que envalentonan a los que las llevan, las más insignificantes cuestiones, tienen generalmente un fin trágico y sangriento.[3]

La reafirmación de estas nociones en el contexto legislativo merece dos observaciones: una es que refrenda los cincuenta años anteriores, en los que una normativa y un accionar policial criticados severamente no fueron, sin embargo, reformados. Aunque las autoridades sí señalaron falencias institucionales y normativas, estas fueron eclipsadas en el balance del siglo (y la voz de los mismos actores) por otras explicaciones sobre desorden social. Incluso Gabriel Carrasco dijo a propósito de la ebriedad que

La embriaguez es el más perjudicial de todos los vicios, y está tan desarrollado que origina LAS DOS TERCERAS PARTES de la entrada de presos, ya sea por embriaguez simple, ya todos los delitos, peleas, escándalos, que cometen los ébrios: es necesaria, una legislación especial y severa al respecto, pues nada se consigue con las disposiciones vigentes.[4]

Si Carrasco reclama una normativa que específicamente castigue la ebriedad, basado en la convicción de que la ebriedad es la mayor causa de violencia, lo cual, como se vio, no se refleja en el control cotidiano de la Policía, ello, sin embargo, no hizo mella sobre la asociación entre ebriedad y violencia que se afianzó, también, hacia fines de siglo, cuando comenzaba a ganar terreno en los documentos oficiales otro registro de términos, más ligado a la ciencia positivista.

Aun en ellos, sin embargo, se refrenda la idea de vicio como acto moral. En un informe a las Cámaras Legislativas de 1893, el gobernador reflexionaba sobre los orígenes de la “criminalidad” en la región:

Desde algunos años las estadísticas oficiales de varias provincias como también las de Santa Fe, demuestran que la criminalidad es mucho más elevada que la que correspondería a nuestra población si la comparamos a la de otros países. No existiendo en la Provincia las causas de miserias, pauperismo, climatología y excesiva densidad de la población que son el principal origen de la criminalidad en Europa, ella debiera ser entre nosotros mucho menor que en aquellas naciones y extraordinariamente menor que la que actualmente existe.[5]

Emergen, articulados como explicación del fenómeno, términos que son esporádicos en documentos de años anteriores, como “climatología” o “pauperismo”. El texto no responde a cuáles son las causas locales de la “criminalidad”, ya que se afirma que las que se comprueban en Europa (exceso de población, “miserias”) no son de peso. No obstante, sí se establecen como referencia las condiciones que la ciencia criminológica identificó y refrendó como necesarias para el aumento de los hechos delictivos, dentro de las cuales la “moral” adquiere otro sentido. En adición a ello, en una intervención más amplia del mismo año, se listaban las falencias del sistema judicial junto a “la falta de instrucción y a la perversidad moral de algunos individuos” como causas más importantes del “aumento de la criminalidad”.

Convertida en una suerte de sentido común, era una explicación “sobreentendida” para cualquier incidente disruptivo en la ciudad, y la prensa utilizó esta estrategia con regularidad. En una crónica de 1888 sobre el desarrollo de la fiesta de Guadalupe, el periodista anotó lo que sigue:

Función de Guadalupe

(…) Durante la fiesta no hubo ningún desorden, pues, las jugadas no fueron permitidas, á escepción de uno que otro ébrio, que no falta nunca en esta clase de reuniones en donde se aglomeran y reúnen todas las capas sociales.[6]

Asimismo, cuando el tópico de la ebriedad se tocaba,[7] era para hablar de peones, pobres, trabajadores, inmigrantes, aunque no se tratara de transgresiones explícitas al orden:

No conviene

Hemos notado que entre la peonada que se emplea en los trabajos del adoquinado hay gente que se encuentra algunas veces en estado de embriaguez. El capataz de las obras hace mal en admitir gente en ese estado. Antiyer el tramway estuvo a punto de matar á uno de estos, lo que muy fácilmente hubiera sucedido, a no ser por la pericia del cochero. Se trabaja con gente que está como debe y no en aquel estado.[8]

El mismo periódico también denunciaba que los ebrios no dejaban de estar presentes en la vía pública con la tolerancia de las autoridades, por ejemplo en el tramway: “Vemos con disgusto la complacencia de los mayorales de tramway en admitir ébrios en los coches. No está lindo eso, especialmente cuando van señoras”.[9]

Lejos de menoscabar la presencia que la práctica de emborracharse –públicamente, en lugares de ocio o en la calle– tuvo entre las clases populares, resultó sugerente el hiato señalado en el capítulo anterior entre esta gran alarma sobre un fenómeno al cual se le atribuían características catastróficas (la ebriedad traía un fin “trágico y sangriento”) y la cantidad de sujetos arrestados. Entonces, ¿por qué se destacó entre otras la representación de la ebriedad como una de las principales causas de la violencia social?

Una de las pistas más interesantes radica en la forma misma en que la ebriedad fue descripta. Enunciada desde un lenguaje de los afectos, la ebriedad era desmedida, despreciable, violenta, viciosa, ociosa, exaltada, todos términos que encarnaron el total opuesto a los valores que identificaban a los ciudadanos de bien (sagrados para la sociedad que se modernizaba, como el trabajo, la mesura, la razón, el refinamiento). Pero, también, las alusiones a la ebriedad sin esconder su rechazo, dejaron entrever una fascinación morbosa por estos sujetos que podían, en un acto que los ponía entre la razón y el delirio, poner en entredicho lo que Georges Bataille (2009) define como el instante siguiente a la borrachera, que era, precisamente, el instante de trabajo. La ebriedad era, sí o sí, excesiva, y ello se comprueba en la forma en que se la describió, de forma consistente, a lo largo del período, amén de nuevos rasgos que fueron emergiendo hacia fines de siglo, por parte de discursos (sobre todo médicos) que se incluyeron en el discurso oficial.[10] En otras palabras, al recorrer las descripciones, prima una impresión fuerte sobre que realmente se trataba de un fenómeno que excedía la capacidad de simbolización de las elites; que no se limitaba a un desprecio “racional” por una práctica “negativa”.

Esta condición de “excesiva” de las imágenes sobre la ebriedad se completó con una mirada sustantiva (Caimari, 2009) o trascendentalista (Garcés, 1999: 58) sobre el delito, en la que lo que estaba en juego era el orden social mismo.[11] Como hemos visto, las nuevas necesidades del mercado laboral y del Estado –especialmente en lo que se refiere a la mano de obra militar– se expresaron en un lenguaje compartido de valores trascendentes, de prescripciones morales sobre las que, se dijo, se asentaría la sociedad civilizada. Es en ese registro en que puede comenzar a indagarse en la embriaguez como un chivo expiatorio (Girard, 1989: 150), en el sentido de ser una práctica que con su existencia recondujo, que permitió simbolizar, los restos de violencia social hacia un estereotipo contra el cual se afianzó la identidad de los ciudadanos decentes y civilizados (y que con ello contribuyó de forma importante a la institucionalización de prácticas de control).

Uno de los lugares que las fuentes destacan como sitio de conflictos en relación con la ebriedad –y donde su condición de transgresión se agigantó– fue la Guardia de la Policía urbana. En ella, los soldados, gendarmes y vigilantes que se embriagaban estando de servicio o lo abandonaban para ir a tomar fueron muy numerosos.[12] Los documentos transmiten fuertemente un tenor de hastío, de fastidio de las autoridades por las conductas de sus subordinados. Las formas en que esto aparece discursivamente son variadas; entre las más frecuentes, aparece un contraste entre la irracionalidad, desmesura, violencia, de las acciones de los subordinados y la pertinencia y tranquilidad con que responden las autoridades. El efecto que ello genera es que, en la mayor parte de estos documentos, se describa a estos sujetos como por fuera de la Policía (o, más precisamente, por fuera de la idea de Policía que sostenían los funcionarios).

Fueron cuantiosos los casos en que los policías ebrios responden con violencia, especialmente desde la década de 1860: “ha entrado preso (…) el sereno Carlos moreno, que a ir a aprenderlo por ebriedad estando en su puesto, hizo fuego dos veces sobre la comisión de Policía”.[13]

En documentos como estos puede observarse cómo determinadas estrategias discursivas generan efectos de veridicción (Focault, 2006) en relación con las representaciones sobre el orden, que vemos replicarse en diversos registros discursivos y que reforzaron la representación de la condición de inmoralidad de la tropa (toda vez que las razones del incumplimiento de su trabajo son el vicio y la violencia que este acarrea). Pero además, estrategias como esta permitieron a los funcionarios posicionarse como agentes efectivos del orden, dado que no solo resolvían estas situaciones sino que eran luego alabados por ello en la prensa,[14] que ensalzaba públicamente su gestión. Los informes repiten un determinado orden: describen una situación inicial (de cumplimiento del deber de la Guardia), que es interrumpido por una transgresión (viciosa, violenta) y restituido por una acción (intervención mesurada, adecuada) de las autoridades. Es con esta respuesta con lo que se refuerza el sentido de los que dominan (Scott, 2000): que existía un orden, no respetado por estos individuos y restituido por la institución mediante el castigo.

Por otra parte, no se describe de la misma manera a los ebrios que a los ciudadanos alegres, aunque estos fueran extranjeros. En 1889, La Revolución relata cómo un mozo sufrió quemaduras por servir a unos caballeros:

Quemando por un ponche.

Un mozo del hotel de Londres ha esperimentado las fatales consecuencias de servir a gente que no anda como dios manda.

Antenoche llegaron al Hotel varios individuos, ingleses todos, y pidieron ponche. Este corrió a servirles presuroso, llegando á poco con una bandeja que venía despidiendo llamas azuladas. Los parroquianos iluminado cada vez más, pegaron en ella bañando al desgraciado mozo con el quemante líquido.

La llama y el cognac hirviendo le abrasó todo un costado produciéndole serias quemaduras.

No hay que descuidarse con la gente alegre y esto lo deben tener en cuenta muy especialmente los mozos de café para no salir pelados como un pavo.[15]

La noticia no dice en ningún momento que los “individuos”, “parroquianos”, “ingleses” fuesen ni estuvieran ebrios. Si bien se anota que no andaban “como dios manda”, solo se dice de ellos que eran “gente alegre”. A diferencia de los otros ebrios, estos no parecen ser peligrosos, salvo para el mozo que los atendía, pero aun así, la responsabilidad del accidente parece radicar en la falta de precaución del muchacho, dado que “no hay que descuidarse con la gente alegre”, lo cual debían tener “en cuenta muy especialmente los mozos de café”.

Una crónica aparecida en 1887 en El Mensajero, diario rosarino, señalaba que

Crónica amena.

Notas de un corresponsal. De una carta de un corresponsal europeo tomamos los siguientes párrafos.

París, diciembre de 1886

Os llamo la atención hacia el informe de un cónsul norte americano sobre el consumo de cerveza en Alemania, cuyo total no bajó en 1885, a ojo de buen cubero, de mil cien millones de galones (o sea muy cerca de 4400 millones de litros) en todo el imperio germánico. Y, sin embargo, este Amazonas de cervezas no ha causado en su curso los estragos que eran de suponerse, solo porque su corriente ha sido encausada y su raudal absorbido con precauciones dignas de ser recomendadas a los bebedores de ambos mundos. En otros términos, porque los alemanes conocen y practican el arte de beber.

El arte de beber consiste pura y simplemente en la lentitud con que se procede a esta operación. En Alemania se bebe de todo, pero principalmente cerveza, a pequeñas dosis, un alemán no es borracho de profesión; suele emplear media hora en tomar un vaso de cerveza. Los efectos de este método obran tan lenta y gradualmente sobre la circulación que no se produce trastorno brusco alguno en el sistema: el bebedor tiene todo el tiempo de pararse cuando comprende que va llegando a los límites de lo permitido. Es precisamente todo lo contrario a lo que se observa, dice el informe, con nuestros alcoholizados americanos, los cuales vacían la copa de un golpe y no dejan mediar entre trago y trago más tiempo que el preciso para llenar de nuevo el vaso(…).[16]

El título ya delimita el talante que tendrá la “crónica amena” sobre la bebida. Nada hay en ella de violencia y de crimen; sus protagonistas son “bebedores” que “conocen y practican el arte de beber” (y no ebrios). En esta nota, que habla sobre la sociedad europea y sus costumbres, la clave para evitar los efectos negativos del alcohol no estaría en beber menos (“cerca de 4400 millones de litros”) sino en hacerlo con mesura y tranquilidad, como un arte, a diferencia de la manera descontrolada, rápida con el fin de embriagarse, con que lo hacían “nuestros alcoholizados americanos, los cuales vacían la copa de un golpe y no dejan mediar entre trago y trago más tiempo que el preciso para llenar de nuevo el vaso”.

Más adelante, se explicita cuál es el vínculo entre la ebriedad, como vicio, y el juego ilegal (una contraposición entre unos viciosos que instigan y unas víctimas que ceden al vicio). Al describir el rol de las mujeres en la moderación de las costumbres, se dice que

Otra influencia benéfica contra el alcoholismo es la que ejerce el bello sexo en los países donde, como en Alemania, puede una mujer honrada entrar en una taberna. Con efecto, el vicioso busca el aislamiento y la oscuridad: la luz, la concurrencia, especialmente de mujeres honradas, refrenan si no vencen por completo las tentaciones del que no ha llegado aún al estado de beodo consuetudinario. Esta es observación que ya se había hecho en Suecia y aplicádose allí con el mayor éxito, fomentando la fundación de tabernas decentes, bien aireadas y cuyo interior es visible desde la calle y persiguiendo sin descanso los abrevaderos clandestinos y demás antros donde el vicio se esconde y se agazapa (…).[17]

Se plantea una división clara entre el “vicioso” y el que “no ha llegado aún al estado de beodo consuetudinario” y la diferencia está dada por la presencia de la figura moral de la “mujer honrada”.

En este fragmento existen elementos discursivos que no se hallan en documentos de años anteriores y que se relacionan con la difusión de un lenguaje científico, a instancias del cual se incorporan nociones como la ventilación y visibilidad de ambientes como práctica de salubridad. Ahora bien, aquí la salud se asocia principalmente a la moral, pues lo que se trata de evitar es el contagio del “vicio”, que amenaza, agazapado y escondido. Sin embargo, este trasfondo moral no fue una excepción en el lenguaje de los higienistas y otros médicos y científicos que evaluaron en esos años problemas ligados a la cuestión social en construcción (García Huertas Alejo, 1999).

A diferencia de la ebriedad, el juego fue visibilizado como una actividad presente en todas las clases, las descripciones diferenciales que se hicieron de él de acuerdo con quien lo practicara permiten indagar en cómo la valoración antagónica de una misma práctica contribuyó a la delimitación de identidades sociales en relación con el orden y la civilización.

2.

El tópico del juego fue otro ejemplo de cómo la impugnación de costumbres y hábitos se erigió en tema de debate público. A diferencia de la manera constante en que se denunció la ebriedad, el juego ganó visibilidad hacia fines del siglo. En esos años, las adscripciones políticas y de nacionalidad se volvieron particularmente urticantes, dados el aumento de la radicación de inmigrantes en colonias cuyo modelo comenzaba a ser puesto en cuestión;[18] el aumento y la diversificación socioeconómica de la población; el debate sobre los derechos políticos de los extranjeros y el amplio apoyo que los levantamientos radicales de 1894 y 1905 recibieron de la población inmigrante (Gallo, 2004 y 2007; Álvarez, 1910).

En el marco de estos conflictos, la prensa provincial visibilizó el juego como un flagelo. Se lo describió como un vicio; como una de las causas por las que “el espíritu de asociación, barómetro con que se mide el adelanto de los pueblos, no se ha podido conseguir aún arraigar (…)”.[19]

Existieron dos grandes tópicos que organizaron las representaciones sobre el juego, que convivieron, dialogaron y también chocaron. Por un lado, que se trataba de un vicio transformado en epidemia, dada la magnitud de su extensión: se dijo que no solo era inmoral sino que irradiaba inmoralidad. La fatalidad que ello representaba para una sociedad con expectativas de progreso estaba muy clara para Gabriel Carrasco. En su reflexión sobre el juego en Mar del Plata decía de forma lapidaria que, por su causa, “los suicidios han dado ya comienzo”.[20] Carrasco también prestó atención al juego como forma de vínculo social y se ocupó de marcar que era inmoral en sí mismo para cualquiera que lo practique, aunque diferenció claramente en su descripción las casas de juegos de “ricos” y “pobres”. En el caso de los primeros: “¡Todo es pelarse! Por un lado, la mujer bailando. Por el otro, su marido, que sin duda no encuentra ya la felicidad en los castos brazos de su esposa, la busca más ardiente en los azares del juego”.[21]

Aunque reprueba lo que ve, la enunciación es moderada. Por el contrario, cuando habla de los lugares de juego de los pobres dice que “el espectáculo es igual, pero algo más repugnante, allí el vicio tiene hasta mal olor”. Más allá de la distinción clara que realiza en su descripción del juego de ricos y pobres, Carrasco establece en sus prescripciones que se trata de un azote para toda la sociedad, presente en todas las clases, el juego es un “cáncer social” ante el que su “alma indignada no puede mantener la calma”. Era una práctica que desplegaba sus “hediondeces de ramera” en medio del “bullicio”, con gente reunida en torno de una “mesa fatal”[22] cuyo peligro moral solo se remediaría con mayor intervención estatal. Carrasco insistió con la advertencia de que, sin la complicidad de las autoridades, el juego no se hubiese diseminado; incluso, las acusó de hipócritas y denunció que encerraban y reprimían a los gauchos y sus pulperías volantes, pero hacían la vista gorda ante el juego en la ciudad.[23]

Por su parte, la prensa hizo del juego un tema de interés por esos años. La Revolución se quejaba amargamente de que se permitieran sin restricciones las jugadas en Rincón, porque estas eran el comienzo de desórdenes y delitos mayores:

Ladrones en el Rincón

Lo habíamos previsto: la libertad dada por la autoridad en el Rincón par[a] que se juegue tenía que producir males sin cuento. Ya principian los robos. Días pasados han abierto el techo a la casa de negocio que tienen los señores Prendonés en la sección Norte del Rincón, substrayéndoseles un baúl donde había prendas de vestir y ciento y tantos pesos. Los ladrones condujeron el baúl a la costa del bañado y allí lo rompieron.

Ya principiaron los ladrones; no será este el último golpe. Pero conste que la culpa la tienen las autoridades, el jefe político inclusive, por permitir que se corran carreras en todas partes y se juegue cuanto se quiere. Mientras en Santa Fe se persigue el juego, sépalo el gobierno, en el distrito del Rincón todos son permitidos.

Resultados? Ya tienen uno![24]

Aquí se hace explícito el diagnóstico de cuán nocivo era el juego para la sociedad. Sin embargo, llama la atención que no se diga nada sobre cómo se conectó, efectivamente, el juego con ese “robo” en particular. Se da por sentado que la causa de los robos es la proliferación del juego y, además, se establecen como una consecuencia previsible y esperada. Al no obtener respuesta, retomaron el tema días después:

Las jugadas en el Rincón

En qué quedamos ¿Se prohíben o no se prohíben? O es una república aparte el Rincón, donde no rigen las leyes de Santa Fe? Avisen para provocar… un enfrentamiento internacional.[25]

Es decir que para los redactores de La Revolución, el delito era una consecuencia directa de la permisividad (o la complicidad) de las autoridades con el juego, como explicitaban al tratar el caso de otra localidad aledaña a Santa Fe:

Jugadas en Colastiné

Es incalificable lo que pasa en Colastiné. La autoridad local deja a los jugadores de oficio y vagos, completa libertad para pasar día y noche en las carpetas. O aquella autoridad es ciega ó cómplice de lo que pasa en sus propias narices. Últimamente han pelado a un desgraciado, en un boliche, ganándole hasta las ganas de comer. Esto es verdaderamente escandaloso.[26]

Según el mismo periódico, el juego en la ciudad capital se reproducía porque las autoridades no eran lo suficientemente severas en su control. Además, se identificó claramente quiénes eran los responsables y dónde se localizaban:

Jugadores de taba

Un vigilante que estaba de facción en una calle de la sección 4°, sorprendió el Domingo una jugada de taba. Los que se encontraban entregados a este científico juego eran lo menos diez y ocho. El vigilante intimóles orden de prisión cumpliendo con su deber tomando al mismo tiempo las precauciones necesarias para que no escapase ninguno. Pero como esto no era fácil, como se notó inmediatamente, el vigilante pidió auxilio acudiendo los de la comisaría 4°, con los que se pudo reducir á los revoltosos.

Los amigos del hueso fueron conducidos a la comisaría y allí puestos en libertad por órden del comisario. Creemos y no lo dudamos que de este hecho no tiene conocimiento la policía central. Pocas son las casas del oeste de esta ciudad que no sean garitos, en donde tienen cabida y asilo todos los pervertidos que no tienen otro oficio que el juego y en donde se para rodeo de cuanto pobre artesano o peón, le gusta más pelar la oreja á una carta que cumplir sus deberes.

Si la autoridad no los persigue y les da carta blanca nada se podrá hacer por las buenas costumbres y por la sociedad cuyos intereses tan profundamente se hieren dejando echar raíces a vicios tan aborrecidos.[27]

Aquí aparecen nuevamente la connivencia policial y la condición inmoral de los jugadores (“pervertidos”), de quienes hay que proteger a la sociedad. Pero, también, la amenaza urgente que suponía el juego para las buenas costumbres; la proliferación del vicio en los barrios humildes; la aversión al trabajo de los pobres que los volcaba al vicio y la responsabilidad última del Estado que no perseguía de manera suficiente, e incluso “da[ba] carta blanca”.

Publicaciones como Nueva Época también denunciaron enérgicamente la inmoralidad del juego. En abril de 1900, se decía que “hay instalada una ‘Rifa Inmoral’ en la plaza Pringles [de la capital provincial], el paseo favorito de nuestra sociedad”.[28] Pero a diferencia de la acusación a las autoridades que hiciera La Revolución y que veremos también en publicaciones opositoras, aquí los redactores dieron aviso a las autoridades para que tomasen cartas en el asunto y pusieran fin a los estafadores de la buena fe de los vecinos, ya que las víctimas eran los niños y jóvenes incautos a los “que, de no contenerlos, estarían todo el día comprando cédulas fallutas”.[29]

La prensa opositora asoció directamente vicio con oficialismo; sostuvo una “súplica ferviente y moralizadora” al gobierno provincial, para que atacase la raíz del problema que, desde esta perspectiva, eran las costumbres compartidas por “crápulas” profesionales y funcionarios locales.[30] El Liberal, de Rafaela, afirmó que “combatir la inmoralidad en esta época es peor que pedirle peras al olmo [porque] las autoridades policiales son las únicas responsables de que ese vicio, con todas sus inmoralidades, se halle hoy en pleno apogeo”.[31] Por su parte, Unión Provincial reprodujo una denuncia de su corresponsal en San José del Rincón, en la que se exponía que “vivíamos sosegados hasta que llegó el desasosiego y la intranquilidad [con la llegada del] Comisario Murúa. Su primer paso fue rodearnos de jente de mala catadura (…) y el segundo, servir a éstos de tapadera”.[32]

La cuestión de los espacios públicos y visibles también fue considerada. Se dijo que “los señores bocheros están convirtiendo en canchas de juego nuestras calles”,[33] y que “en la avenida Lehman [en Rafaela] se juega a la taba, de día y de noche”.[34] En estas descripciones, el jugador no formaba parte del pueblo civilizado y sobre él recaían acusaciones graves: “El jugador, en la mayoría de los casos, llega a convertirse en criminal y si esto continúa dentro de muy poco tiempo el pueblo presenciará espectáculos indignos de su cultura y muchos serán los hogares, hoy felices, en que la miseria imperará soberana…”.[35] Su presencia perniciosa podía, incluso, transformar gente de bien “degradándola y conduciéndola por el funesto sendero del crimen”.[36]

De esta forma, el juego fue incluido entre las razones que impedían el desarrollo de formas civilizadas y en ello coincidieron las voces oficialistas y de oposición; de la elite y de los colonos. Sin embargo, existieron algunas particularidades discursivas que brindan indicios sobre cómo las posiciones y objetivos de los sujetos influyeron en las representaciones que estos construyeron sobre el orden social. Del juego se dijo que era un vicio, se enfatizó su carácter de práctica grupal en lugares públicos y se afirmó que por ello era un problema que incumbía a la moral pública. No obstante la idea de “el jugador” no fue una sola, sino que se distinguió a víctimas y victimarios del juego. De forma general, frente a los viciosos, las víctimas retratadas en las noticias eran “la juventud”, la “gente decente”, los “vecinos honrados” y las “familias de bien”.

Al atribuir sentidos distintos a la misma práctica, la conducta de jugar se transformó en una consecuencia de una condición inherente del sujeto que la realizara: el juego era una trampa en la que caían las víctimas y una depravación que fomentaban los viciosos. Ello tuvo como efecto transformar a un grupo social indeseable en el culpable de una conducta practicada también por los sujetos sociales honorables, civilizados, productivos. En los fragmentos que siguen, el contraste es claro. Por un lado, se describe a los jugadores-víctima, de los cuales el principal es “la juventud”:

“Un grupo de madres de familia se presentaron hace días en la Jefatura Política, denunciando que SUS PROPIOS HIJOS menores de edad concurren a cierto cafetín, donde se juega descaradamente…”.

 

“… un jovenzuelo perteneciente a una familia honesta y trabajadora, llegó hasta EMPEÑAR LOS BOTINES QUE CALZABA para continuar jugando…”.[37]

“los jóvenes son los que jeneralmente están más abandonados. Ellos, en los boliches y en las carreras, etc., etc., invierten continuamente un gasto más o menos de diez pesos mensuales”.[38]

Asimismo, existe en Santa Fe un “rancho (…) en el que se reúnen muchos menores á jugar enviciándose”.

Por otro lado, se identificó a los jugadores-victimarios:

“El crapulismo de jugadores y estafadores que viajan en los trenes”.

“… hasta los empleados de policía cometiendo un verdadero delito de lesa moralidad juegan descaradamente…”.[39]

El vicio llegaría a la calle y a los lugares de ocio como fondas, casas de negocio o cafetines, por responsabilidad de autoridades que toleraban a los inmorales o lo eran ellas mismas. De esta manera, para los sectores opositores, la cuestión de la pertenencia o no a la cultura civilizada fue un arma política sorda que encontró en un gobierno ilegítimo la causa de las costumbres inmorales que amenazaban a la civilización. Hartos de “clamar” por soluciones a estos desórdenes, los redactores de El Liberal amenazaban desde su páginas con publicar nombre y apellido de cada jugador. Aun allí, sin embargo, la distinción entre culpables e incautos se mantenía firme. Al advertir que imprimirían los nombres de todo quien fuese visto jugando, distinguieron a “todos los tahúres desvergonzados [y] viciosos empedernidos que, sin miramientos de ninguna especie, están fomentando ese vicio funesto y depravado” de “los hijos siempre amados que se hallan hoy en la pendiente fatal y resbaladiza que ha de conducirlos del vicio al crimen y a la degradación irreparables”.[40]

La discrepancia principal entre la prensa afín al gobierno y la opositora (si las autoridades eran cómplices o, por el contrario, intentaban combatir el vicio) no obstó su coincidencia en que una parte peligrosa de la población estaba instalando prácticas con las que tentaba a la parte decente y que ello tendría efectos culturales catastróficos.

Al caracterizar el juego como la “pendiente perniciosa que lleva del vicio al crimen”[41] se lo asoció muy estrechamente, también, con el consumo de alcohol en los lugares de ocio. Sobre esto, es interesante comprobar que las noticias sobre juego y vicio no mencionan que los hombres respetables bebieran. Se denunciaba la ebriedad cuando los bebedores eran hombres pobres como jornaleros, carreros, vagos, soldados, criollos las más de las veces (que por lo general no integran el público lector).[42] Cuando sí se la mencionaba, adquiría a veces el tono de una sanción cálida, similar a la que Carrasco utilizó para describir el juego de los ciudadanos respetables en Mar del Plata. La Unión, periódico opositor de la ciudad de Esperanza, publicó en 1896:

Certificado de borrachera.

Avisamos al vecindario que el Doctor Don Daniel Alonso Criado espende certificados gratuitos de embriaguez a quienes lo soliciten.

Esta novedad especialísima de la ciencia médica ha sido introducida al mundo científico por nuestro aventajado galeno local.

Los interesados pueden consultarse, en las horas de costumbre establecidas en el consultorio del doctor Criado, y especialmente de noche…[43]

La otra forma en que la ingesta pública de alcohol será visibilizada desde la década de 1890 será en el discurso publicitario que crecientemente propuso imágenes de bebida respetable, hogareña y distinguida, sin mención al exceso ni al vicio.

La institución policial fue central en la materialización del orden que las élites imaginaron. En ese proceso, tuvo a su cargo la regulación de la cotidianeidad; es decir que, a medida que la Policía se formaba como tal, actuó sobre aspectos identificables de la agenda social y lo hizo desde sus propios condicionamientos. Se controlaba a los hombres en las calles de la ciudad a la vez que al interior de la institución y las causas del desorden se replicaban hacia dentro y fuera de la fuerza policial. En esta línea, la preocupación por la inconducta de la tropa y de algunos oficiales se transformó en un problema punzante y supuso un gran escollo en la institucionalización de la fuerza (Barreneche y Galeano, 2008).

Si se suma el total de arrestos por delitos contra el Estado (cuyos autores debían ser militares, entre ellos, policías) más el de los efectivos que aparecen presos por otras faltas contra el orden, se obtiene un total de 387 arrestos, lo que asciende a un 18,65% del total de los arrestos. Aun tratándose de estimaciones relativas, ello quiere decir que casi un quinto de los actos contra el orden penados por la Policía en la ciudad fueron cometidos por efectivos de esa misma fuerza u otro cuerpo militar.

Considerando esta magnitud, ¿qué aristas de estas acciones captaron más atención institucional? ¿Cuáles fueron más visibilizadas y castigadas? ¿Cómo se las interpretó? Para comenzar a indagar en ello analizamos un conjunto de sumarios sustanciados con base en distintas faltas grupales e individuales. Se han conservado partes que iluminan aspectos distintos de la mirada de las autoridades, lo que nos ha permitido reponer cuáles fueron los mensajes que dio, que puso por escrito la institución policial, sobre el comportamiento debido de sus efectivos, así como sobre la relación entre superiores y subordinados.

3.

LLAMAMOS LA ATENCIÓN

Sobre el reglamento de policía que a solicitud del Sr. Jefe de aquel departamento comenzamos a publicar en este número. Como el Sr. Echagüe se halla tan bien dispuesto a cumplirlo y hacerlo cumplir desea que se conozca por todos a fin de que no se alegue ignorancia aunque la ignorancia de la ley no excusa y entre nosotros se supone que todo el mundo lo conoce.[44]

Este anuncio, ya señalado, manifiesta un tema clave en la cuestión del orden. La cuestión del desconocimiento de la ley (que, como vimos, se ligó a las dificultades del Estado para garantizar su difusión y aplicación) no solo fue un problema social general, sino también uno muy fuerte al interior de la Policía. Se trata, a su vez, de uno de los primeros argumentos que surgen en los documentos; se les pregunta de forma explícita a los sumariados si desconocían la ley o deliberadamente elegían incumplirla.

Los presupuestos que subyacen a las preguntas y respuestas de los sumarios se distancian de los presentes en la nota anterior. En ella, no solo se presume que, una vez conocida la ley, esta se cumplirá (o será al menos garantía de la legitimidad del castigo recibido de no serlo) sino que se establece que, siendo la superioridad de la ley, tampoco su ignorancia absuelve de la transgresión. Es decir que puede identificarse en notas de este estilo (replicado en editoriales y noticias políticas y policiales variadas) un piso de entendimiento respecto de la ley, frente al cual el único problema concreto por subsanar sería la difusión del Reglamento, garantizar su conocimiento, hacerlo llegar a los ciudadanos. Por ello, se verá cómo las preguntas formuladas[45] se dirigirán explícitamente a instituir en la tropa ese conjunto de axiomas respecto del orden y de la normativa. En este sentido, establecer que el sentido de ciertas acciones era no solo contrario al orden sino, también, al comportamiento debido de un efectivo fue clave para poder arraigar en la tropa las prácticas que consideraban deseables.

Las prácticas puestas en tensión en estos documentos formaron parte de la pugna entre autoridades y tropa para establecer qué comportamientos serían o no tolerados dentro de la institución. Como en otros discursos, la línea divisoria entre la tropa y la superioridad se plantea como civilizatoria: se replican las exhortaciones a comportarse de forma respetable a esos mismos hombres cuya condición inmoral se señalaba como origen de la violencia social y ante los que se opone una respuesta institucional racional y mesurada.

Por otra parte, estas representaciones son producto de la visibilización hecha por las autoridades de ciertos comportamientos recurrentes, por lo que pueden considerarse como transgresiones en el sentido que les da James Scott (1996). Se trata de acciones que fueron registradas porque fueron vistas por parte del “otro” dominante; que existen porque son notadas por quien domina y que por ello no se explican “por las intenciones de los actores sino por sus resultados, por el ‘ser notadas’” (Scott, 1996: 23). En ellas, aunque “la intencionalidad [de quienes transgreden] permanece como un interrogante, los hechos ocurren certeramente frente a quienes están siendo resistidos” (Domosh, 1998: 212).[46] Siguiendo a Scott, puede considerárselas prácticas políticas “dirigidas a renegociar discretamente las relaciones de poder”[47] (Scott, 1996: 112) y que tienen capacidad de hacerlo “porque ocurren delante de, y siendo notadas por, quienes son resistidos” (Domosh, 1998: 212).

En nuestro caso, los actos fueron identificados por “ser juzgados como cruzando una línea que no debía ser cruzada” (Domosh, 1998: 214), lo que ya se sugiere en el número escaso de preguntas por los motivos de la transgresión. Sin embargo, presentan una particularidad, dado que durante esos años, en Santa Fe, esa línea que no debe ser cruzada, esa esfera de sobre-entendimiento de los comportamientos legítimos (Bourdieu, 2015) era la que se estaba definiendo (lo cual se ve en el énfasis puesto en preguntar si los acusados conocían la ley y la gravedad de lo que habían hecho).

Se trató de hombres que integraban la Policía e infringieron la ley durante horas de trabajo y en lugares públicos y/o visibles. Las autoridades relataron, dejaron registradas, las conductas inadecuadas con el propósito de establecer que eran inadecuadas.[48] Lo que estos sumarios nos acercan es, entonces, pistas sobre el vínculo existente entre relaciones de sentido y de dominación, en este caso, al interior de la Policía.[49]

El 16 de enero de 1872 trece integrantes de la partida celadora de Policía, entre los que se contaban nueve soldados, un alférez, dos cabos y un sargento, se resistieron a entregar sus armas a la guardia entrante que llegó para relevarlos en el cuartel, “a pretexto de pedir la livertad de un individuo arrestado”.[50] Según da cuenta un parte del día siguiente, se logró desarmar a los insubordinados, que quedaron a disposición del Poder Ejecutivo y a raíz de lo sucedido, se instruyó un sumario.

En él, el motivo del “amotinamiento” tiene un lugar secundario; a pesar de que (a algunos) se les preguntó el porqué de su accionar, esa línea de preguntas no se siguió, es decir: ¿por qué querían que se liberara a este hombre? ¿Era injusta su prisión? ¿Tenían lazos de amistad o parentesco con él? ¿Obtendrían algún beneficio si de lo dejaba libre? No podemos saberlo, porque las preguntas se dirigieron a echar luz sobre los detalles de la transgresión visible: a establecer si habían actuado a sabiendas de lo que se estaba haciendo, si fue premeditado, quiénes había sido los instigadores y, especialmente, si conocían la gravedad del hecho.

Mientras algunas de las respuestas dadas por los “amotinados” difieren en su contenido, todas se articulan en un lenguaje de obediencia y respeto al orden, sea porque afirman haber actuado respetándolo o porque dicen ignorar haberlo quebrado; y todas proponen salidas individuales ante la cuestión de la responsabilidad. La dirección de las preguntas y las respuestas diversas, de la mano de algunas inconsistencias en los testimonios, abona la idea de que en casos como este, “la intencionalidad es dejada como una cuestión abierta” (Domosh, 1998. 212); es decir que para los protagonistas no radicó en ello el principal sentido del episodio.

En el desarrollo de los interrogatorios hay tres líneas de tensión: si los involucrados conocían la causa de esta acción; la “gravedad” de lo que hicieron; quiénes lo idearon y/o instigaron al resto. Sobre la primera cuestión, hay tres grupos de respuestas. Los que negaron tener cualquier tipo de conocimiento, aun formando parte del grupo amotinado, entre los que se encontró al alférez Nemecio Cabral, que manifestó que “ignoraba la resistencia de los demás individuos de tropa”. El soldado Antonio Gaitán, dijo “que nada savía y que tampoco les había oído conversar palabra alguna de este echo”. Manuel Pachecho, también soldado, “preguntado si sabía algo acerca de lo ocurrido en el día de hoy. Dijo: que no, que todo ignoraba [y] si había oído decir cuál fue el promotor. Dijo: que nada sabía”. Mariano Cañete y “Balentín Pesquín” también afirmaron no saber nada y, sin ser preguntados por ello, justificaron su presencia diciendo que “solo estubo parado por ser soldado y no podía el solo gobernarse en razón a que tenía sus clases quienes lo mandaban” y que “solo habían obedecido a sus clases observando que ellos diesen la voz de romper filas”, respectivamente. Como se ve, los primeros interrogados justifican la participación individualmente y apelando a la obediencia que su rol de subordinados les imponía.

Quienes sí admitieron conocer el motivo de haber retenido las armas coincidieron en que se había decidido la noche anterior, aunque no sobre quiénes instigaron el hecho; algunos dijeron que se trató de una decisión grupal mientras otros señalaron al Sargento Astudillo. Más precisamente, el cabo Frías y el alférez Gaitán, que responsabilizaron al sargento “que anoche los había animado”; el soldado Hijinio Vera afirmó que “anoche habían quedado convenidos con el Alferes y el Sargento Astudillo y demás de la tropa”; y el propio sargento, que también señaló que se trató de una decisión grupal, aunque no reconoció ser el instigador.

Las diferencias desaparecen, sin embargo, en el punto crucial para las autoridades, pues todos coinciden en que no conocían la gravedad de la falta. El propio Astudillo dijo “que [la] ignoraban, que ellos jamás habían servido en cuerpo de línea” y que él no conocía “las instrucciones del Gefe sobre subordinación”. Sin embargo, algo llama la atención de esta versión ya que, acto seguido, afirmó que “les había dicho a los de la tropa que se fuesen todos, que a ninguno de ellos necesitaba y que no distinguía oficiales ni clases para decírselos”. Las palabras del sargento pueden sugerir que efectivamente se trató de una idea suya (al admitir tácitamente haber tomado la decisión) pero, sobre todo, ponen de relieve la tensión entre la ignorancia de la norma y la obediencia a ella, que se asentó en medio de la relación entre las transgresiones de la tropa y las demandas de deber y moralidad de las autoridades. Puesto que, si la libertad de ese preso era un “pedido”; si ignoraba la gravedad del hecho e incluso las “instrucciones sobre subordinación”, ¿qué lo motivó a echar, a advertir al resto y querer emprender la acción por sí solo?

Otro interés visible en las preguntas realizadas fue establecer si se trató de un acto organizado. Sobre ello, como vimos, existieron respuestas diferentes: organización colectiva, instigación individual; distintos alcances de lo pautado (se les preguntó si sabían qué harían en caso de no obtener lo pedido), pero todas coincidieron en que fue un “pedido” y en que, de no obtener lo deseado, “se huviesen retirado”.[51]

Una última línea de tensión es la que se presentó entre el acto mismo de la transgresión y los términos de respeto al orden (“pedido”, “obediencia al superior”) con que los protagonistas la enunciaron. La justificación del cabo Frías, en la que se plasman sentidos simultáneos y en apariencia contradictorios de la acción, la ilustra: “Preguntado qué motivos le indujeron para no querer retirarse después de haver recibido el servicio –y resistir la entrega de las armas–. Dijo: que estaban allí pidiendo la libertad del individuo arrestado llamado José María Martínez”; y “Preguntado si en caso de no haber venido fuerza mayor (…) huviesen ellos echo fuego para conseguir el objeto que dio lugar a la estadía de ellos. Dijo: que no, que lo que se habían resistido había sido una falta de comprensión de ignorancia”.[52]

Estamos ante un testimonio que asume plenamente que hizo algo (pedir la libertad de un individuo) pero que, al entrar en juego la cuestión de la desobediencia o la transgresión, inmediatamente recurre a motivos de falta de comprensión o ignorancia. No podemos saber si el soldado mintió o no, pero más allá de ello, sí puede verse que hay un terreno gris, de los deberes de la Policía, que todos los protagonistas usan, de una u otra manera. Es decir, el terreno común es precisamente esa indefinición porque, tras un aparente desorden o incongruencia entre los testimonios, los reúne la noción común de desconocimiento de estar haciendo algo grave.

Al volver sobre las preguntas, la insistencia de las autoridades por aclarar si los infractores conocían la gravedad del hecho es la contracara de esta noción, ya que las preguntas apuntaron a establecer que se trató de un hecho grave. ¿Por qué esforzarse en ello si la línea divisoria entre lo debido y lo indebido estaba plenamente establecida? En tal sentido, el sumario puede considerarse como un acto de afirmación simbólica del orden, plasmado abiertamente en pasajes como el de las preguntas hechas al sargento Mancilla, quien no había formado parte de los hechos. Señalado, aparentemente de forma equivocada, por el alférez Gaitán como uno de los participantes, fue llamado para ser interrogado: “Preguntado en ese momento de barullo donde estubo él”, el sargento Mancilla dijo “que ya andaba de franco y que había pertenecido a la guardia saliente y no a la que resistió”. A continuación, sin embargo se le preguntó “en caso de haber alarma motín u otro desorden qué haría”. La respuesta de Mancilla está en concordancia con la dada por los demás policías: “que él era siempre subordinado a su jefe y que en caso de motín se hubiese replegado a su Gefe Superior”.

Es la pregunta en sí misma, a alguien que no había participado de los hechos, la que ilustra esta preocupación: lo importante era establecer ante todos los que vieron el hecho, qué línea había sido cruzada, no indagar en las intenciones que llevaron a cruzarla. A su vez, en las respuestas conviven una renegociación de las relaciones de poder con la reafirmación del orden: se pretendía la libertad de un preso y para ello se realizó un acto visible; pero, ante las autoridades, se lo explicó como un acto de obediencia (de los soldados que solo cumplían órdenes) y de respeto al orden (era un “pedido”) o desde la ignorancia de estar transgrediéndolo.

Transcurridos once años de ese episodio, se dieron una serie de faltas en el servicio de la Partida Celadora y del cuerpo de serenos, asentadas con mayor detalle que otras en tres partes diarios, e involucraron la comisión de ebriedad, escándalo e insubordinación. Como en el sumario anterior, en estos casos puede reconocerse la prioridad de las autoridades en aclarar qué línea fue cruzada con esos actos; pero, además, permiten rastrear huellas de en qué clave fueron interpretadas las transgresiones de la tropa.

El 17 de abril de 1883, el jefe de Policía Mariano Echagüe informó al gobernador sobre las “novedades ocurridas en el servicio” del día anterior.[53] Relata la primera de la siguiente forma:

La parada N° 3, de segunda apenas veinte minutos después de entrar al servicio se encontraba completamente ébrio cometiendo escándalo. Otros soldados que venían de sus paradas relevados le encontraron y trataron de traerle al Cuartel; pero este no hizo caso emprendiéndola a palos con el soldado M. Dias a quien dio en tierra donde le asestó una puñalada con el machete, no alcanzándole la caja del cuerpo pero haciéndole una herida de escasa gravedad en el costado.

Fue desarmado y está preso.[54]

En este fragmento, se caracteriza muy enfáticamente cada una de las acciones. En primer lugar, el soldado transgresor no solo estaba ebrio[55] sino “completamente borracho, cometiendo escándalo”, “apenas” veinte minutos después de haber tomado la guardia. Es decir, no solo se embriagó de forma total, sino que se apuró a hacerlo. En esta descripción, lo que sobresale es la falta de prudencia; el soldado actuó de forma rápida y sin restricciones. Sin embargo, lo que llamó la atención y terminó en su castigo fue el escándalo que estaba cometiendo y su resistencia a ser llevado al Departamento. En este caso, fueron otros soldados los encargados de detener el escándalo y retirar al infractor, que la emprendió a palos contra ellos y logró herir a uno. En el relato, las acciones del agresor fueron enérgicas (cometió, emprendió, asestó), en contraste con la moderación con que se condujeron los otros soldados, que trataron de realizar lo debido: “traerle al cuartel”.

En el segundo altercado, se repite el contraste entre unas acciones indebidas y desmesuradas, excesivas, y la respuesta pertinente y tranquila que se les dio. Esta vez, se trató de una intervención de un superior sobre los actos de un subordinado:

Más tarde, la parada N° 6 (Cabo Taborda) fue encontrado por el Inspector de Vigilancia Subteniente Rovin dentro de un almacén consumiendo licores y ya algo ébrio. Le dio orden que saliera, desarmóle y le ordenó marchar; pero Taborda se resistió a marchar diciendo que No marchaba con ningún j… falta grave de respeto a su superior. Entonces el inspector sacó la espada y le aplicó algunos planazos para obligarle a obedecer. Uno de esos golpes mal dados causó al ébrio una herida en un brazo: se encuentra actualmente en el Hospital y no tiene gravedad. – Se ha ordenado al dueño del almacén para aplicarle la multa.[56]

Aquí, la transgresión reprendida fue el abandono del servicio. Ante esto, la respuesta de la autoridad fue en sí misma un llamado al orden, enunciado en el parte como una sucesión de pasos protocolares (dar la orden de salir, desarmarlo, ordenarle marchar). A esa primera exhortación, el cabo Taborda respondió con una nueva transgresión, esta vez más violenta (el insulto, la “falta grave de respeto”) y, solo obligado por esto último, el inspector actuó con mayor vehemencia. Pero, incluso en ese momento, se condujo de forma tranquila (aplicó un planazo) ante la desmesura de la provocación y lo hizo solo para “obligarle a obedecer”. Así, la herida que le causó al cabo no solo estuvo justificada (su falta de respeto fue la única causa de la respuesta que obtuvo) sino que, además, se dice que se trató de un error, pues fue un golpe “mal dado”.

También en estos episodios las motivaciones de los transgresores pasan a un segundo plano. Por un lado, no se las incluyó en las descripciones, refrendando la noción de que, por un lado, no era una cuestión importante de ser informada (o quizás más sugerentemente, que no hacía falta explicarlas, en el sentido de que se trataba de comportamientos esperables de estos sujetos). Pues, así como la repetición de ciertas nociones puede considerarse una estrategia discursiva cuyo efecto es el de reafirmarlas, la ausencia de algunas otras puede sugerir que no estaban en discusión; que no se abrió un terreno para que fuesen discutidas; que sus sentidos estaban ya establecidos.

Desde ya, no conocemos los motivos del soldado y del cabo para embriagarse durante el servicio. Las suposiciones más verosímiles (que ponderan no solo la profusa cantidad de policías arrestados por estas causas sino también los ciclos cortos e inestables en que estos hombres eran policías) nos orientan a pensar que se trataba de prácticas de sociabilidad incorporadas, consumos cotidianos, que no eran interrumpidos mientras se cumplía esa función ¿por qué habrían de serlo?–. Si se atiende a las respuestas de los transgresores al ser llamados al orden, no parece que haya habido un reconocimiento de estar en falta (no en el sentido formal –queda en claro que se sabían en falta–, sino en el sentido moral, mediante alguna actitud de vergüenza, de recogimiento). Por el contrario, la desmesura de la primera transgresión se continuaba de forma intempestiva en las faltas de respeto subsiguientes.

Si consideramos estos eventos de transgresión como luchas por el sentido (de los deberes de los efectivos durante su guardia) en las que estos con sus acciones o los desconocían o elegían quebrantarlos vemos que, al hacerlo, hicieron visibles actos que, de no ser reprendidos, supondrían una renegociación de las relaciones entre ellos y las autoridades. La respuesta de estas últimas reforzó el sentido de los que dominan (Scott, 1996): que, efectivamente, existía un orden con anterioridad a la transgresión, restituido con el acto de castigarla. Hicieron visible la dimensión de las transgresiones por las cuales, a partir de una acción contraria al orden, este se reafirma como tal.

En los dos relatos anteriores, la tensión entre orden y desorden se resolvió mediante la intervención de actores policiales que, tanto porque interrumpieron la transgresión como por la manera en que lo hicieron, restituyeron el orden. Al estar formulados en tercera persona, predomina en los partes una mirada externa de lo sucedido (que podría figurarse como vertical) dado que se trate o no de un superior quien interviene, la versión final que clausura el sentido de lo ocurrido fue dada por el jefe de Policía. Por lo tanto, un aspecto que queda opacado, fuera del discurso, es el de las motivaciones y acciones propiamente dichas de los protagonistas.

En los casos que siguen, si bien no podemos acceder “plenamente” a ellas, al darse situaciones de conflicto o contradicción en las versiones de los hechos, se hacen más aparentes las estrategias en las prácticas de los individuos, aun con la amplia mediación discursiva.[57] Amén de la falta que el documento relata, existen pequeños rastros del sentido dado por los actores a sus conductas, los que, sin embargo, aparecen subordinados discursivamente a la transgresión que mereció la elaboración de los documentos.

En determinados episodios de transgresión no aparecieron solamente situaciones oposicionales entre los sujetos populares y los sectores dominantes (al interior de la fuerza, entre la tropa y sus superiores) sino, también, al interior de la tropa.

El primer caso trata de un episodio muy confuso entre el primer oficial Acisclo Niklison, asiduo visitante de la cárcel del cuartel por sus repetidas borracheras, y el comisario Robles, en una casa de familia en 1866. En ese altercado, el primero parece intentar mejorar su prestigio frente al jefe de Policía, retratándose como quien soluciona por sí solo el problema a la vez que agravando la conducta de Niklison, con lo que aumentó el valor de su intervención. Como se verá también, emergen algunos elementos que en los sumarios anteriores son más opacos, como el hecho de que, además de una transgresión abierta (el oficial 1° se emborracha, amenaza a una mujer y genera un escándalo) existió una relativa (Scott, 1996) –el comisario que, pasando por sobre rango superior del oficial, interviene y, luego, lo denuncia–.

A las nueve de la mañana del 11 de febrero de 1866, el comisario de la segunda sección don Octavio Robles se presentó a la Jefatura a dar su parte diario. En ese momento solicitó que se registrara por escrito lo que “debía” relatar. Según su testimonio, al terminar su guardia a las siete de la mañana, le propuso al oficial primero Asiclo Niklison ir juntos a tomar una taza de café a la casa de don José Colombo. Luego de hacerlo, “pidió permiso a la dueña de casa para recostarse un rato” y “un momento después fue despertado por unos gritos o fuertes palabras”. Niklison tenía tomada por los brazos a la sobrina de don Colombo mientras gritaba, amenazándola con llevarla presa o remitirla a un cantón “si no cedía a sus pretensiones”.[58] Por último, declaró que ante “esta amenaza y reconociendo que el oficial 1° se hallaba en estado de embriaguez, trató de evitar un escándalo teniendo que desobedecerlo y no respetarlo en su carácter de oficial 1°” y que “habiendo conseguido calmarlo de las pretensiones que tenía” decidió “dar cuenta de este incidente al Sr. Gefe de Policía para sus resoluciones”.

Además del contraste visto en los ejemplos anteriores, entre acciones decentes y moderadas (en este caso, Robles propone, pide permiso, intenta) con las violentas y desmesuradas del transgresor (que se embriaga, grita, amenaza, tiene “pretensiones”), en el testimonio de Robles existe un esfuerzo abierto por posicionarse positivamente frente a sus superiores, con base en dos estrategias: declarar su apego a las normas y sobrerrepresentar su rol en la resolución de la situación.[59]

Sobre lo primero, es interesante ver cómo el comisario neutralizó, de cierta forma, su propia transgresión (de no respetar el rango superior de Niklison). Planteó que se vio forzado a hacerlo (“debiendo desobedecerlo”); validó su proceder diciendo que fue para restaurar el orden y cumplir con su deber; finalmente, completó la acción volviendo hacia una autoridad mayor para que resolviera la situación (informó al jefe de Policía “para sus resoluciones”).

Existió un último intento por despegarse de Niklison. Según cuenta don Octavio, llegó a la casa de Colombo junto con el oficial primero. No menciona nada sobre que este haya estado borracho; luego, se recuesta y “un momento después fue despertado” y fue allí cuando, “reconociendo que el oficial 1° se hallaba en estado de embriaguez”, intervino. Preguntado si sabía dónde se había embriagado Niklison, dijo que “cree haya sido en la misma casa durante él dormía”. ¿Cómo se explica que en tan poco tiempo Niklison se haya emborrachado? ¿Y que ninguno de los habitantes de la casa haya manifestado facilitarle bebida?[60] ¿Dónde obtuvo el alcohol en ese corto tiempo? Las alternativas que pueden imaginarse (¿estuvo dormido más tiempo el comisario? ¿Llegó ya ebrio Niklison?) irían en desmedro del rol casi heroico que guarda para sí el comisario, dado que sería responsable de haber invitado a un ebrio a la casa de familia, y haberla dejado a su merced mientras él dormitaba. Porque, en adición a ello, el protagonismo exclusivo que se arroga en la resolución del altercado quedó puesto en entredicho según dos testimonios.

Mientras Robles declaró que actuó con resolución y aplomo y así logró por sí solo calmar a Niklison (consigue calmarlo; toma la determinación de informar a la Jefatura), la dueña de casa y la muchacha atacada dieron detalles que no coinciden enteramente con ello. Doña Francisca Villalva declaró que ella “trató de calmar al oficial 1° y hasta le hechó un poco de agua para que se refrescase, lo que consiguió un tanto moderarlo”. Por su parte la joven agredida, Victoria Ayala, dijo que “después de cuestionar fuertemente con el Comisario Robles y habiendo salido éste a dar parte al Departamento de Policía fue recién entonces que se calmó el oficial 1° hasta un momento después que lo sacaron de la casa”. Es decir que aplacar al ebrio fue un esfuerzo de más de una persona, a diferencia de la versión que relata el comisario.

En todo caso, más allá de los esfuerzos de Robles, esta tensión horizontal con otro oficial (en el sentido de que la verdadera verticalidad se haya planteada para con el jefe de Policía) no modificó el desenlace del problema, que culminó en un nuevo arresto de Niklison por ebriedad y escándalo.

Sin embargo, ello no siempre fue así. Como se verá en el ejemplo que sigue, en ocasiones las versiones encontradas, las acusaciones cruzadas pero también los vacíos en los testimonios afloraron dudas importantes. En el ejemplo que sigue esas dudas fueron tales que modificaron no solo la versión de los hechos dada por el funcionario superior involucrado, sino también el destino de los sospechosos (tenidos por culpables incluso antes de la sustanciación de las averiguaciones).

El último sumario analizado se sustanció para determinar quiénes fueron los responsables del hurto de la recaudación, en la subdelegación de Policía de la colonia San Carlos, que tuvo lugar en ausencia del subdelegado político. La particularidad de este documento es que, en sus averiguaciones, expone un conjunto de relaciones sociales, externas a la institución policial, que acaban siendo clave en la explicación de los hechos y, además, que se cuenta con el testimonio de los involucrados, hayan sido estos policías o no. La nota que acompaña la remisión de los dos soldados de la partida celadora, acusados de robar la recaudación del día de la caja de la Policía, está firmada por el subdelegado de Policía de San Carlos, el ciudadano italiano Zucci. En ella, el funcionario expresó que

remito a los individuos Pedro Gonzales y Fermín Maldonado, los dos soldados de la partida celadora de esta Subdelegación de Policía los cuales con falsa llave habrieron el armario robando el dinero que contenía y recaudado por contribución directa y papel sellado; y en los días que V.S. me dio orden de trasladarme a la Colonia San Geronimo para entregar la casa de negocio de Domingo Saya a D. Julio Creton —Habiendo suficientes pruebas por este robo.[61]

A raíz de esta nota, el jefe de Policía indicó de manera enérgica[62] que debía sustanciarse un sumario para aclarar los hechos y sus responsables. En el transcurso de las averiguaciones, aparecen involucrados la novia chilena de uno de ellos, el teniente juez Domingo Barriera, su esposa y “una llavecita” (de la caja de recaudación). Develar quién tenía en su poder esa llave la noche anterior y el día del “robo” se transformó en el centro de las averiguaciones y generó los resquicios entre los cuales se colaron versiones muy distintas. Sin embargo, la confusión de hechos y de versiones encontradas fue tal que se decidió el sobreseimiento completo de ambos acusados.

Dos líneas problemáticas distintas confluyen en la cuestión del robo: de un lado, los hechos en sí (quiénes participaron, cómo y cuándo ocurrió el robo; cuánto fue sustraído); de otro, las relaciones y vínculos entre los sujetos y sus costumbres, que inciden notablemente en los hechos y que poco tenían del funcionamiento de una Policía formal, institucionalizada.

En la subdelegación fue robada una cantidad de dinero que el teniente Juez Barriera dijo en un primer momento que eran 1300 pesos; luego, se rectificó y afirmó que fueron 40, para finalmente reafirmar que se trató de 1300. Barriera afirma que, sin la menor duda, los autores del hurto fueron Gonzáles y Maldonado, soldados de la partida celadora, que habían dormido en la sede policial la noche anterior. A eso suma el hecho de que estos fueron vistos con dinero con el que usualmente no contaban, lo cual refrenda con dos afirmaciones: que compraron “fideos y arros en el almacén nuevo de unos gallegos” y “se hallaban fumando cigarros de hoja”, y que la novia de uno de ellos, una sirvienta chilena de dieciocho años y vida licenciosa, fue vista comprando tela y luciendo un vestido nuevo. Finalmente, porque los soldados habían sido vistos bebiendo y en estado de ebriedad la noche de los hechos y al día siguiente. Por ello, y por no haber otros sospechosos, el subdelegado político refrendó en su nota la versión del teniente juez y dio por hecho que los soldados eran culpables.

Las certezas de esta versión comienzan a ponerse en entredicho con testimonio del soldado Maldonado que

Preguntado: si no tiene algún indicio por qué ha sido preso: Contestó: que se supone será porque habiéndose disgustado con su muger había ido esa noche (la del martes) ha dormir al cuartel con Pedro Gonzalez que era su amigo pero que el declarante sin embargo durmió en la cocina y Gonzalez en el cuarto donde están las armas: Que al otro día el Sr. Barriera, como a las doce, lo hizo poner en la barra: Que temprano el declarante había oído decir que se había perdido la llave del armario de la Subdelegación por cuya razón no quería retirarse: Que el declarante vio cuando Barriera dijo haber encontrado una llave que traía en la mano, la que fue con el albañil, á probar en el armario, y que ha oído á ellos decir que venía bien; Que entonces fue cuando lo mando poner en la barra.[63]

Respecto del robo, Maldonado negó estar involucrado e introdujo en su declaración la cuestión de la llave del armario… Afirmó que el teniente juez llegó con una llave que abría el armario y que dijo haber encontrado. También, alegó en su favor que ante la primera noticia de que una llave se había perdido, optó por quedarse en la delegación, con lo que mostró preocupación además de inocencia, pues ¿por qué se quedaría, de ser culpable, a merced de ser arrestado?

Sobre la cuestión de los vínculos, es muy interesante que la perspectiva de Maldonado se centre en la pelea que tuvo con su mujer, por la que había terminado durmiendo en la oficina, así como el hecho de que durmió allí porque el otro soldado, Gonzáles, era su amigo. De la misma manera, en los testimonios que siguen, los lazos que se realzan no tienen que ver con la pertenencia de estos sujetos a la Policía; y en adición a ello, al ser inquiridos sobre su profesión los soldados respondieron ser jornalero y hornero, respectivamente.[64]

Luego, llegó el turno de Gonzáles, que manifestó “que sabe que está preso por sospechas de robo, porque así se lo dijo Barriera, el teniente Juez: Que fue reducido á prisión por el susodicho Teniente Juez el Miércoles de la semana pasada, en San Carlos”. Amén de esto, su declaración fue la primera que sembró sospechas sobre la versión de los hechos que había dado el subdelegado y complicó al teniente juez:

Como á las ocho de la mañana fue de la Subdelegación a casa del Teniente Juez Barriera a buscarlo para que estuviese presente á una entrega de prendas que iba a hacer: Que cuando venían, en el camino vió que Barriera se agachó como a levantar algo, pero que el declarante no vio si levantó: que cuando llegaron a la Subdelegación, Barriera mandó al declarante, que era soldado de la partida, a buscar las llaves que estaban en la casa de familia del Teniente Juez: Que cuando vino le mostró otra llave con la que Barriera decían le habían abierto el armario y le habían sacado como cuarenta pesos: Que Barriera decía otra vez que eran como mil trescientos pesos, aunque después volvió a decir: como cuarenta pesos: Que cuando tales cosas decía estaban Fermín Maldonado y Tristan Gaitán; Que dijo que la llave ó la había perdido Fermín ó el declarante; Que después le ordenó tomase preso a Maldonado que esa noche había dormido en la cocina, pero después le ordenó que ni uno ni otro se movieran de allí, y cuando vino el Señor Zucchi, subdelegado de San Carlos, como a las doce del día, lo puso preso al declarante y a Maldonado: Que despues no le han tomado declaracion: Que los fideos y arros los compró con dos reales que le había dado el Señor Zucchi el día martes.

González señaló un número de problemas sin resolver. En primer lugar, que la llave con que se abrió la caja había sido perdida (no se sabía por quién); que el teniente juez los acusó de haberla tomado pero, también, que de camino a la subdelegación este se agachó para tomar algo que había encontrado (presumiblemente la llave, aunque él no vio qué). Solo en lo último coincidieron su testimonio y el del teniente juez: una llave, que resultó ser la que abría la caja, había sido encontrada, tirada en la calle, en el camino a la delegación.

Luego, se preocupó por aclarar que compró con dinero obtenido de forma legítima las provisiones que se le acusaba de tener y, de manera sugestiva, puso nuevamente en duda a su superior, al decir que Barriera se desdijo sobre la cantidad que fue sustraída no una, sino dos veces. Si bien no hizo acusaciones directas, cuando se le preguntó si deseaba agregar algo a su declaración, manifestó “que nada mas tiene que declarar solo que el Señor Barriera alguna vez confiaba á la señora las llaves para que fuese á sacar plata del armario”. A raíz de esta afirmación el comisario Silvia, encargado de la instrucción del sumario, determinó que “Resultando algunos otros individuos complicados en este hecho segun deposicion de Pedro Gonzalez, y necesitándose su comparendo, vuelva al Señor Gefe para sus efectos”.

Las tres declaraciones restantes fueron del subdelegado Zucchi, de Barriera y de Apolinaria Gómez, “de dieciocho años, viuda, sirvienta”, señalada como amante de Gonzales. La de Zucchi solo refrendó las sospechas sobre Barriera, al afirmar haber estado ausente durante los sucesos “en comisión encargada por el Sr. Gefe”. Dijo que lo que sabía sobre lo acontecido era lo que Barriera le había informado: la pérdida de la llave, los gastos de los soldados y sus costumbres disolutas. Sobre ello, recalcó que

Amas debe hacer notar que en los dos días que el declarante faltó de la Subdelegación, Maldonado y Gonzalez han estado continuamente embriagados y que, como ha declarado, los susodichos no tenían plata alguna, salvo un médio o un real que el declarante sabia dar a Gonzales.

Y, preguntado sobre a quién dejaba las llaves en su ausencia, dijo que “al Señor Barriera” y que no creía que nadie más manejara esas llaves. Finalmente desmiente, ofreciendo una respuesta poco firme, las acusaciones de Barriera sobre Gonzales, al decir que no recuerda si dio o no a este el dinero que gastó en el almacén, pero que sí era cierto que “todos los días le daba uno ó dos reales”.

Hasta aquí, lo que puede verse es que la acusación firme con la que originalmente llegaron presos los soldados al departamento central mutó en un conjunto de afirmaciones poco claras que dirigieron las sospechas más y más hacia el teniente juez. La última declaración, tomada a domingo Barriera, alimentó aun más estas sospechas, pues no solo admitió que en oportunidades anteriores le había dado la llave a su mujer para que retire dinero, sino que hizo el particular relato que sigue sobre cómo encontró la llave del armario, camino a la subdelegación:

Que estando el declarante encargado de la Subdelegación, el día catorce, cómo á las nueve de la mañana el soldado Pedro Gonzalez fue a buscarle a su casa habitacion para asuntos del servicio: Que yendo el infraescripto por un caminito que de su casa conduce á la subdelegación, por el cual había pasado de ida el soldado Gonzalez, más ó menos veinticinco varas de la Subdelegación encontró una llavecita, la que inmediatamente conoció que serviría para abrir el armario donde se guardaban las entradas de la Policía, y que volviéndose á Gonzalez que venía detrás le dijo que aquella llave debía haberla perdido él y que ella le había servido para abrir el armario y robar plata de allí: Que entonces llegó hasta la Subdelegación y con Francisco Gabriel y Pedro Gonzalez fue donde estaba el armario y probó la llave la que abrió el armario y entonces notó la falta de plata.

Las razones que dio Barriera forman parte de los mismos comportamientos que, como vimos en los casos anteriores, era habitual endilgar a quien se acusaba, para formar una imagen negativa del arrestado, estuvieran o no relacionados con el motivo de la detención, pues afirmó que

cree que Pedro Gonzalez es el autor del robo porque había dado el día lunes á una chilena con quien vivía en mala vida, un peso y el martes doce reales, dinero que cree no haber tenido Gonzalez pues no había tenido ocacion de ganarlo: Que amas Gonzalez y Maldonado estaban medio embriagados el día martes y fumaban cigarros de hoja, sin haber tenido antes plata.

Por el contrario, aquellos comportamientos que no se pusieron en cuestión en este sumario son aquellos que quizás, a nuestros ojos, resultan más llamativos: el soldado que duerme en la subdelegación porque tuvo una pelea con su esposa; el teniente que da a su mujer la llave de la caja; el subdelegado que abandona sus funciones para realizar encargos privados del jefe de Policía y que da dinero a sus subordinados de manera informal.

Más allá de la trama montada sobre quién cedió, quién encontró tirada y quién utilizó y luego descartó una llavecita (¿en el preciso lugar en que luego fue hallada por una autoridad?), no puede confirmarse si estas idas y venidas fueron como se las relata; de hecho, esa misma ausencia de certeza llevó al sobreseimiento de los acusados. Ello pone de relieve que la capacidad de la institución por elucidar los hechos, lo que habilitaría a aplicar el castigo a los culpables, se vio enfrentada a estrategias discursivas elusivas que, en esta oportunidad, resultaron exitosas. En ese sentido, la renegociación de las relaciones de poder tuvo, en esta oportunidad, un resultado más ambiguo. De un lado, las figuras que vimos en los casos anteriores como “prueba” o agravante (la embriaguez, la vida licenciosa, la violencia) son ratificadas como telón de fondo de los hechos. Sin embargo, el choque de versiones encontradas entre subordinados y superiores se resolvió en favor de los primeros, toda vez que, en definitiva, la acusación no prosperó y fueron exonerados.

Este último tramo del capítulo, de un análisis ferozmente cualitativo, tuvo por objeto profundizar en detalles, en inflexiones, en gestos, que los sumarios han conservado, sobre las situaciones de las que dan cuenta de forma nominal los partes diarios. En ese universo de faltas contra el orden público, que en un veinte por ciento fueron cometidas por los mismos hombres que debían resguardarlo, tampoco presentó frentes homogéneos. De un lado y de otro de la transgresión (que ya, en sí, fueron complejos e inestables en su composición) aparecen intereses, filiaciones y estrategias a las que, sin embargo, solo accedemos superficialmente.

Lo que sí puede reconstruirse con mayor firmeza son las preocupaciones de la institución policial sobre sus integrantes, a partir de qué problemas fueron visibilizados más sostenidamente por esta y qué sentidos sobre la transgresión se esforzó por establecer. Entre ellos, tuvo prioridad inculcar un comportamiento debido a la tropa, lo cual también habla de la medida en que esto era aún una faltante severa en la institucionalización policial.


  1. Lafargue, Paul, Situación del trabajo, derecho a la pereza, la religión del capital, Editorial Fundamentos, Madrid, 1991.
  2. Memoria del Ministro de Gobierno, Justicia y Culto de la Provincia de Santa Fe. Año 1893. Santa Fe. Tipografía de La Revolución.
  3. Memoria presentada por el ministro de Gobierno, Justicia y Culto de la Provincia de Santa Fe a las Honorables Cámaras Legislativas en 1892. Santa Fe, tipografía de La Revolución, p. 108.
  4. Reglamento de Policía Urbana y Rural de Santa Fe. Comentado y anotado por Gabriel Carrasco, Imprenta de Carrasco. Rosario, 1882, Archivo General de la Provincia de Santa Fe (AGPSF).
  5. Memoria presentada por el ministro de Gobierno, Justicia y Culto de la Provincia de Santa Fe a las Honorables Cámaras Legislativas en 1893. Santa Fe, tipografía de La Revolución.
  6. Periódico La Revolución, Santa Fe, 17 de abril de 1888, p. 3. El resaltado es nuestro.
  7. Otra novedad hacia la última década del siglo es la mención a una ebriedad que tiene lugar en el ámbito doméstico, cuando denuncian que “Necesita correctivo”. “Hemos sido testigos varias veces de la intranquilidad en que vive una desgraciada familia de la calle 25 de mayo, que habita una casa cercana al molino de Crespo producidas por las borracheras del gefe de ella. No hay noche que no se produzca allí un escándalo, viéndose obligadas madre e hija a pedir hospitalidad al vecindario continuamente”. La Revolución, 10 de mayo de 1888.
  8. Periódico La Revolución, 26 de abril de 1888, p. 4.
  9. La Revolución, Santa Fe, 26 de junio de 1888, rollo 507, p. 2.
  10. Santa Fe tuvo en puestos del poder político a médicos que activamente empujaron la constitución de su campo, como Cándido Pujato, cuyo enfrentamiento con un sanador espiritista no solo tomó estado público sino que supuso demandas cruzadas entre Pujato y Quinteros, el sanador (Carbonetti, Sedran, Allevi, en prensa).
  11. En tal sentido, la resignificación de la ebriedad como causa de la violencia estuvo ligada tanto a una tradición jurídica y cultural que unía embriaguez a extranjería y a desorden, parte de un continuo de “malas costumbres” que podía “socavar la base cultural de la sociedad” (Garcés, 1999: 56). Carlos Alberto Garcés recoge una disposición de las Leyes de Indias que en 1598 establecía: “contra los que se embriagan y emborrachan, bebiendo vino demasiado dañosamente haciendo juntas y chacras y que lo tienen de costumbre, condenándolos a destierro perpetuo, y al que hallaren ebrio en la calle, que lo suban en un caballo flaco, las manos atadas, y los pies asimismo atados, y de la cintura para arriba desnudo y den doscientos azotes por las calles públicas con voz de pregonero manifestando su deshonra para que sea pública su infamia” (Garcés, 1999: 209 y 745).
  12. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 6 de mayo de 1881.
  13. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 2 de noviembre de 1866, AGPSF.
  14. El Santafesino, 12 de marzo de 1877.
  15. La Revolución, 24 de enero de 1889.
  16. El Mensajero, 10 de enero de 1887.
  17. El Mensajero, 10 de enero de 1887.
  18. Hacia fines de siglo, aun con propuestas y resultados variables, el modelo inmigratorio mediante empresas colonizadoras seguía siendo defendido por la elite provincial. Gabriel Carrasco dio, según él mismo cuenta, un encendido discurso en defensa de “la inmigración libre” en la Exposición Universal de París, “contra los intereses de las grandes potencias coloniales” (Carrasco, 1896: 381).
  19. Unión provincial, 14 de octubre de 1896.
  20. Carrasco, Gabriel, Cartas de Viaje, p. 27.
  21. Carrasco, Gabriel, Cartas de Viaje, p. 23.
  22. Carrasco, Gabriel, Cartas de Viaje, pp. 22 y 20.
  23. Carrasco, Gabriel, Cartas de Viaje, p. 25.
  24. La Revolución, 29 de mayo de 1888.
  25. La Revolución, 3 de junio de 1888.
  26. La Revolución, 12 de junio de 1888.
  27. La Revolución, 12 de mayo de 1888.
  28. Nueva Época, 12 de abril de 1900.
  29. Nueva Época, 12 de abril de 1900.
  30. El Liberal, 20 de octubre de 1915; El Liberal, 22 de octubre de 1915; El Liberal, 10 de diciembre de 1907.
  31. El Liberal, 10 de diciembre de 1900.
  32. Unión Provincial, 4 de marzo de 1894.
  33. El Comercio, 11 diciembre de 1892.
  34. El Liberal, 10 de diciembre de 1915.
  35. El Liberal, 10 de diciembre de 1915.
  36. El Liberal, 10 de diciembre de 1906.
  37. El Liberal, 5 de julio de 1915.
  38. Unión Provincial, 14 de octubre de 1896.
  39. El Liberal, 10 de diciembre de 1907.
  40. El liberal, 3 de diciembre de 1895.
  41. Unión Provincial, 5 de julio de 1897 (el resaltado es nuestro).
  42. Sin embargo, hacia fines de siglo la preocupación por la bebida en hombres respetables toma una forma distinta: la publicidad. Entre otros productos medicinales, comenzaron a promocionarse las “Píldoras Descott” que “curan el alcoholismo” y “son recetadas diariamente por los principales médicos”. Unión Provincial, 5 de noviembre de 1898.
  43. La Unión, 8 de octubre de 1896 (el resaltado es del original).
  44. El Santafesino, 28 de febrero de 1877.
  45. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de enero de 1872.
  46. En relación con ello, Mona Domosh utiliza la distinción elaborada por James Scott entre la transgresión y la resistencia, la que, a diferencia de la primera, “ocurre detrás de las espaldas de aquellos siendo resistidos” (Domosh, 1998: 118).
  47. Como señala Scott, “(…) los estereotipos de los grupos dominantes son (…) a la vez un recurso y una forma de opresión para el subordinado” (Scott, 1996: 30).
  48. Frente a esa voz certera y consistente, las “voces”, los motivos de los acusados aparecen en retazos, de forma fragmentaria y hasta contradictoria. Algo de ello podrá indagarse en el sumario sustanciado para elucidar quiénes fueron los autores de un robo a una dependencia policial en San Carlos, en 1881.
  49. En ese sentido, los sumarios pueden consideradas como “eventos políticos”, en tanto en ellos se despliegan sentidos e interacciones sociales, en un tiempo y espacio determinados y en los que confluyen actores con desigual inserción y capacidad de intervención (Soprano y Fréderic, 2009: 54).
  50. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de enero de 1872.
  51. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de enero de 1872.
  52. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de enero de 1872.
  53. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de abril de 1883.
  54. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de abril de 1883.
  55. Que, por otra parte, se trató de una práctica muy frecuente. El Santafesino, 14 y 22 de mayo de 1877.
  56. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 17 de abril de 1883.
  57. En los casos analizados, esta se identifica tanto en el hecho de que no todos los involucrados relatan lo sucedido sino que, los que sí lo hacen, fueron “traducidos” por un tercero que escribió sus versiones.
  58. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 11 de febrero de 1866.
  59. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 11 de febrero de 1866.
  60. Ninguno de los testigos o protagonistas relató haberle convidado alcohol a Niklison. Estos testimonios y la ausencia de la mención al convite al primer oficial tienden a poner en cuestión la declaración del comisario. Sin embargo, si fuera cierto que Niklison llegó a estar ebrio en ese lapso que suponemos muy corto, pero que los declarantes mencionan con vaguedad (“un momento”), la ausencia de admisión de haberlo convidado formaría parte de una estrategia por parte de la víctima y sus familiares para deslindarse de los sucesos. Archivo de Gobierno, “Notas del Jefe de Policía del Departamento La Capital”, 11 de febrero de 1866.
  61. Archivo de Gobierno, “Notas de los Jefes Políticos de esta Provincia”, julio 17 de 1881, folios 348 a 362.
  62. Archivo de Gobierno, “Notas de los Jefes Políticos de esta Orovincia”, julio 17 de 1881, folio 349.
  63. Archivo de Gobierno, “Notas de los Jefes Políticos de la Provincia”, San Carlos, julio 17 de 1881, folios 348 a 362.
  64. El primero dijo “llamarse Fermín Maldonado, de treinta y un año de edad, casado, hornero, argentino y domiciliado en la colonia San Carlos”; Gonzáles, por su parte se identificó como “Pedro Gonzalez, de cuarenta y ocho años, viudo, jornalero, argentino hijo de Tucuman, y domiciliado en la Colonia San Carlos”. Folios 351 y 352.


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