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Conclusión

La perplejidad con la que comenzamos este trabajo, y que denominamos “paradoja de la racionalidad”, remitía a la circunstancia de que algo en la naturaleza era capaz de pensar la naturaleza, en una palabra, que la naturaleza se piensa a sí misma. El aspecto paradojal de esta capacidad autorreferencial de la naturaleza remite al hecho de que en nuestra actividad racional, ya sea teórica o práctica, estamos referidos al mundo, pero al mismo tiempo, debemos decir que el hombre pertenece íntegramente a un mundo natural que es caracterizado como un reino causal y absolutamente desprovisto de referencia, pensamiento o significado. A esta concepción la hemos denominado “naturaleza insemántica”. Frente a esto, nuestra propuesta consistió en tomar como punto de partida el concepto de “segunda naturaleza”, siguiendo así la propuesta de John McDowell, cuya labor filosófica estuvo casi exclusivamente dedicada a contrarrestar esta mencionada concepción de la naturaleza. En nuestro intento por desarrollar el concepto y sus implicaciones, realizamos un análisis de los compromisos básicos presupuestos en la idea de una “segunda naturaleza”. Este compromiso implicaba un rechazo de dos posiciones. La primera es el reduccionismo. Según esta posición, no hay nada problemático en el fenómeno del pensamiento humano, pues la ciencia terminará mostrándonos que lo que hoy llamamos “pensamiento” no es más que algún tipo de proceso físico susceptible de hacerse inteligible exclusivamente mediante los recursos de la ciencia natural. La segunda posición es el sobrenaturalismo. Bajo esta calificación se comprenden aquellas posiciones que proporcionan una descripción sobrenatural de la mente, ya sea postulando entidades metafísicas, o brindando una descripción del pensamiento que esté desvinculada a la realidad animal y natural del hombre. La necesidad de estar “más acá” de la realidad natural del animal humano es un compromiso que hemos denominado, siguiendo a Scott Aikin, “requisito humanista”.

Tanto en el caso del reduccionismo como del sobrenaturalismo, la operación consiste no en solucionar la paradoja, sino en desactivarla mediante la anulación de uno de sus componentes. En el caso del reduccionismo, se niega que el pensamiento sea algo distinto de la naturaleza, concebida en términos insemánticos, y por lo tanto se niega la problematicidad del fenómeno en cuestión. El sobrenaturalismo, por su parte, también es una estrategia de desactivación, ya que hablar de una entidad que se sustrae de la naturaleza es, después de todo, otra forma de ignorar la paradoja, pues esta forma de pensar es aparentemente inmune a la presión intelectual de comprender el pensamiento como un fenómeno natural. Nuestra convicción, en cambio, era que un correcto entendimiento de los conceptos relevantes – pensamiento, mundo, razón, lenguaje, vida, etc. – era requerido, no para disolver la paradoja, sino para comprenderla en toda su fuerza. En otras palabras, la idea de que la naturaleza se piensa a sí misma no nos compele a preguntarnos “cómo hemos llegado a esta absurda conclusión”, sino, por el contrario, nos compele a pensar, sin caer en el absurdo, cómo es posible que eso ocurra.

A partir de esto, desplegamos una serie de cinco requisitos fundamentales que ofician como condiciones de una elaboración adecuada para una correcta comprensión de la mente y de su relación con la naturaleza. El primero de esos requisitos es la irreductibilidad, esto es, que no es posible explicar el pensamiento humano empleando únicamente los recursos conceptuales que están a mano para una descripción insemántica de la naturaleza. Dicho de otro modo: hay una distinción fundamental entre una causa, entendida como una fuerza ciega involucrada en el movimiento de cuerpos físicos, y una razón, entendida como un elemento justificatorio en la vida de un agente racional que da cuenta de sus creencias y de sus acciones. El segundo requisito de adecuación es la normatividad. La adquisición de una “segunda naturaleza” equivale a la capacidad de acatar ciertas normas, y por lo tanto es una forma de comportamiento normativamente estructurada. Es precisamente por el carácter normativo de la racionalidad que ésta es irreductible. El tercero de los criterios es la objetividad, esto es, la idea de que el pensamiento tiene la capacidad de acatar normas que provienen, por así decirlo, de las cosas que están “por fuera” de él. Aquí seguimos la propuesta de Richard Moran de pensar la racionalidad en términos de nociones como “autoridad”, “responsabilidad”, “deliberación” y “compromiso”. La idea de que la racionalidad es una forma de responsabilidad intenta capturar la capacidad que tiene un agente racional para que el mundo mismo oficie como el lugar de las respuestas a la pregunta por qué hacer y qué creer. El cuarto criterio es la hermeneuticidad del pensamiento. Según este criterio, la vida mental del hombre debe ser concebida como esencialmente vinculada al conjunto de prácticas sociales en las cuales el hombre está inmerso, particularmente para pensar cómo es que aprendemos a ser racionales en el seno de una comunidad. El quinto y último criterio es la lingüisticidad, según el cual adquirir una mente es en algún sentido equivalente a adquirir un lenguaje.

Tomando estos criterios como punto de partida, evaluamos dos posiciones que consisten en un intento de resolución de la paradoja en el sentido positivo que mencionábamos más arriba. La primera posición es el atribucionismo. Según el atribucionismo, la racionalidad es una característica que atribuimos a ciertas entidades – humanos, computadoras, otros animales – cuando queremos interpretar su comportamiento observable en el entorno físico. Evaluamos tanto el pensamiento de Donald Davidson como el de Daniel Dennett, y concluimos que el problema que tienen en común es que no pueden hacer inteligible la objetividad de las normas racionales cuando pensamos el pensamiento como estando referido al mundo. La raíz común de esta dificultad reside en el cientificismo que subyace a la base de la posición atribucionista, la cual redunda, en última instancia en dos cosas: una interpretación fisicalista de la realidad, por un lado, y la omisión de una “perspectiva de primera persona”, por el otro. Mediante estas consecuencias, el atribucionismo se ve incapacitado de generar un concepto más rico de la mente que no esté confinado a los límites de la interpretación, y por lo tanto que pueda dar cuenta de la racionalidad como una capacidad real y no como una construcción teórica.

La segunda posición analizada fue el funcionalismo. La característica fundamental de esta posición es el empleo de la noción de “funcionalidad” y en particular de la noción de “función biológica” para dar cuenta de las relaciones normativas que solemos atribuir al agente racional respecto no sólo de sus creencias y deseos, sino también de sus percepciones. El atractivo del funcionalismo reside en que, al apelar a una noción empleada en la ciencia biológica, reaviva la esperanza de una posible naturalización metodológica de los análisis de la racionalidad humana, pero no ya en vistas de una integración del hombre en la “naturaleza insemántica”, sino más bien en vistas de una ampliación del concepto de “naturaleza” en dirección a la constitución de los organismos biológicos, cuya nota fundamental es, precisamente, la funcionalidad, la cual es irreductible a meras causas. Evaluamos, en primer lugar, el proyecto de una “teleosemántica”, tomando como hilo conductor la teoría de Ruth Millikan, y, en segundo lugar, analizamos la Biosemiótica, una disciplina reciente y en crecimiento que intenta unificar el estudio de la biología evolutiva, la etología y la semiótica. No obstante, nuestro diagnóstico en ambos casos fue que el recurso a la idea de “funcionalidad biológica” no es suficiente para dar cuenta de la normatividad racional, cuyo concepto clave no es el de función sino el de verdad.

A continuación, en el capítulo titulado “La Mente Natural”, y tomando como punto de partida el criterio de lingüisticidad, elaboramos una interpretación del concepto de “lenguaje” que nos permitiera comprender la interdependencia de lenguaje y pensamiento. Esto nos llevó a identificar al lenguaje y al pensamiento con una misma capacidad, para cuya descripción fue necesaria una cierta apropiación del concepto de semiosis, propuesto por Charles Sanders Peirce. La introducción de la dimensión semiótica, y su ulterior interpretación en clave práctica, nos permitió extraer importantes conclusiones en torno a la relación entre el lenguaje y el pensamiento, el signo y la racionalidad, la mente y el cerebro, la racionalidad y la libertad. En particular, llevamos adelante una interpretación de la idea de “mente” en términos de una “praxis simbolizadora” o “praxis simbólica” que nos permite reformular un externismo original, y al mismo tiempo arrojar nueva luz sobre la irreductibilidad del pensamiento. La noción clave de “acción triádica” nos permitió reinterpretar completamente la idea de “capacidad conceptual”, que está implícita en gran parte de la discusión acerca de la naturaleza de la racionalidad y la mente humanas – inclusive en McDowell – sin ser siguiera aclarada, permitiéndonos interpretar la vida mental en términos de una forma específica de acción causal entre elementos concretos del mundo natural, lo cual nos permite comprender asimismo el carácter práctico-hermenéutico del pensamiento.

En el último capítulo, titulado “El Mundo en Mente”, profundizamos la comprensión de este modelo “triádico” de lo mental para arrojar nueva luz sobre el problema de la relación entre el hombre y los animales no racionales. En particular, argumentamos que la continuidad del fenómeno de la racionalidad es de fundamental importancia filosófica para entender su naturalidad. Examinamos algunas posiciones respecto de la emergencia del pensamiento en los niños por parte de la psicología genética de Jean Piaget y Lev Vigotsky. A partir de estas observaciones concluimos que, aunque el pensamiento es una estructura continua de elementos que pueden ser encontrados en seres no-racionales, es posible no obstante trazar una distinción que circunscriba el pensamiento racional como pensamiento en el sentido estricto, dado que es aquí donde se juega la conceptualización del mundo en términos de hechos. Discutimos distintas formas de abordar la noción de “hecho” para concluir, finalmente, que no es posible brindar una interpretación coherente de dicho concepto en calve realista, relativista o logicista. Más bien, se requiere una “interpretación semiológica” que vincule la noción de “hecho” con la praxis simbólica que hemos caracterizado en términos de “acción triádica”. Recurrimos para ello a la noción heideggeriana de verdad como “desvelamiento”, con el fin de comprender cómo las normas de la racionalidad pueden provenir de los hechos mismos, lo cual nos permite comprender tanto el criterio de normatividad como el de objetividad. Por último, discutimos las implicancias de esta interpretación de la noción de “hecho” para pensar los límites de la conceptualidad y la relación que puede haber entre nuestra propuesta y la filosofía trascendental.



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