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Apéndice

Consideraciones sobre el “Naturalismo”

El conjunto de criterios de adecuación enumerados en el primer capítulo tenían la finalidad específica de establecer los límites y las posibilidades de una aproximación al problema de la racionalidad humana, tomando como punto de partida la idea – que no es polémica, pero no por eso es evidente – de que el hombre es un animal racional, y por lo tanto, pertenece a una especie de seres orgánicos que han evolucionado en medio de las condiciones reales de su entorno físico, biológico e histórico.

Esto podría llevar a la opinión de que lo que se está planteando es una suerte de “naturalismo” que constituye el punto de partida del análisis. Pero si esta opinión no es precisada, corre el riesgo de convertirse en una completa equivocación. Si bien cierto que nuestra propuesta está comprometida a cierta idea de naturalismo, esta definición no tiene nada que ver con el hecho de ver al hombre como un animal racional – una idea que debemos remontar, por lo menos, al propio Aristóteles – sino más bien con un cierto compromiso metodológico. Y este punto está relacionado con la concepción del naturalismo que está implícita en esta propuesta.

Como ya observó una vez R. W. Sellars, el naturalismo “es la admisión de una dirección más que una idea claramente formulada”.[1] Y es que de hecho – para usar el adagio aristotélico – “naturalismo” se dice de muchas maneras. Pero más allá de las diferencias que puedan encontrarse entre los mismos autores que conciben su propio trabajo en “una línea naturalista”, es posible identificar ciertos compromisos que caracterizarían al naturalismo en su sentido más general. Tomaremos aquí el ejemplo de Aikin (2006, p. 318), quien resume su esencia en dos tesis fundamentales: una metodológica y otra metafísica.

La “tesis metodológica” representa un compromiso con los procedimientos de la ciencia natural, paradigmáticamente la física-matemática y las ciencias bioquímicas. Según este compromiso, el criterio para “una justificación o experimentación aceptable” está perfectamente ejemplificado por los métodos de la ciencia natural. Esta tesis afecta profundamente la relación entre ciencia y filosofía en la medida en que plantea una continuidad para los estándares epistemológicos de una y la otra. Si esto es así, entonces la filosofía no puede pretender una fuente de justificación heterogénea con los métodos de la ciencia. La “tesis metafísica”, por su parte, es una forma de monismo: todo lo que hay es natural. Que todo lo que haya sea natural significa que sólo hay un tipo de cosas: aquellas que tienen propiedades naturales. La principal motivación de este monismo es la negación de toda entidad abstracta: conceptos, entidades matemáticas, leyes lógicas, pensamientos, etc. Los entes abstractos son tipos de entes cuya forma de ser obtura, por principio, la posibilidad de describirlos en términos de propiedades ­naturales.

Por lo tanto, el naturalismo ontológico sólo se define en contraste con el sobrenaturalismo. Pero si esto es así, entonces la tesis metafísica del naturalismo no es, en principio, polémica. De hecho, la insistencia de que debemos comprender los fenómenos de la mente, la acción, el significado, el lenguaje, como teniendo lugar en la naturaleza es parte de nuestro compromiso básico con la idea de una “segunda naturaleza”. Ahora bien, quienes imponen esta verdad metafísica no son los científicos, sino los filósofos, quienes, en su nombre, realizan estas afirmaciones (McDowell: 2002, p. 181). El problema es que, al no tener una idea clara de lo que se entiende por “Naturaleza”, los filósofos recurren, como es esperable, a las ciencias naturales en busca de una respuesta. Pero esta movida sólo puede parecer fructífera para quien ya ha aceptado la tesis metodológica del naturalismo, a saber, que la idea misma de “ser natural” puede ser definida exhaustivamente por recurso a los métodos de la ciencia natural. El concepto de “naturaleza” resultante dependerá, como es evidente, de la disciplina elegida para guiar la formulación de dicho concepto: la física, la química, la biología; pero en todos los casos surgirá, bajo la forma de una dificultad insoluble, la “paradoja de la racionalidad”. Y esto es así porque, para ser metodológicamente exitosa, toda ciencia ha debido forjarse a partir de una depuración del elemento humano en el “conocimiento objetivo” de la naturaleza, y por tanto es esperable que sobrevenga el problema de cómo entender el lugar del hombre en la naturaleza, ya que esa naturaleza, precisamente, ha sido definida por abstracción del elemento humano mismo. Frente a esto sólo se podrá optar por dos opciones, igualmente insatisfactorias: o bien se extirpa al hombre o parte del hombre de la naturaleza en la que vive – lo que hemos llamado “sobrenaturalismo” – o bien se lo intenta acomodar al concepto de “naturaleza” resultante de ese proceso de abstracción, sacrificando todo aquello que se resista a dicho acomodamiento – lo que hemos llamado “reduccionismo” –; y este será un problema independientemente de la ciencia que elijamos como modelo explicativo de “lo natural”.

De esto se sigue que el naturalismo es principalmente una posición metodológica. Ahora bien, el punto es que no tenemos por qué aceptar esta tesis, fundada más en el entusiasmo del éxito práctico de las ciencias modernas que en un argumento filosóficamente fundado. Si la aceptamos acríticamente, entonces no tendremos forma de comprender cómo es que una naturaleza insemántica – esto es, una naturaleza que no piensa – de hecho se piensa a sí misma. Más bien “comprender al ser humano debería incitarnos a reconstruir lo que es ser natural”.[2]

Hay razones para pensar que esto conlleva necesariamente a una rehabilitación de la filosofía especulativa, que debería rehabilitar “concepciones” adecuadas de la naturaleza para explicar los fenómenos que en ella se dan.[3] Pero la idea de un proyecto especulativo puede confundirnos si con ello creemos que lo que hay que hacer es explicar “la emergencia de la libertad en una naturaleza causal” o “el movimiento cósmico de lo simple a lo heterogéneo”.[4] En todo caso, lo que sí debe admitirse es que la tarea de la filosofía consiste en una manipulación conceptual que haga comprensibles ciertos fenómenos, en este caso la racionalidad en la naturaleza. Y esto se vuelve plausible si entendemos que “naturaleza” no es un concepto científico, sino filosófico, y que lo que brinda unidad a la investigación filosófica en cuanto tal no es necesariamente la existencia de un método específico de la “ciencia filosófica” sino más bien la unidad del fenómeno mismo que se quiere investigar.[5] Es por eso que en el curso de nuestra exposición y desarrollo de los criterios de adecuación mencionados al principio – irreductibilidad, normatividad, objetividad, hermeneuticidad, lingüisticidad – nos hemos tomado la licencia de invocar el trabajo y los conceptos de “otras disciplinas” como la biología, la psicología o la lingüística.

Obviamente esto no implica ignorar el hecho de que el método de investigación en parte determina el objeto investigado, pero la filosofía, como una actividad conceptual, está dirigida a los fenómenos más generales y fundamentales que vinculan a todos los saberes y actividades entre sí, y es en esa dirección en la que reside su peculiaridad. Como célebremente advirtió Whitehead: “la búsqueda del conocimiento es una empresa cooperativa, y el repudio de la relevancia de diversos modos de aproximarse al mismo problema requiere más justificación que la mera apelación a las limitaciones de las actividades individuales”.[6] Si bien esta idea no nos compromete con un naturalismo metodológico en el sentido expuesto más arriba, sí nos obliga a desafiar la plausibilidad de una auto-concepción tradicional de la filosofía como una “ciencia primera” o “Urwissenschaft”. Y para algunos autores, esta es la idea que define esencialmente al naturalismo (Zammito, op. cit., p. 11). En este sentido, y sólo en este, puede decirse que nuestra posición es naturalista.

La filosofía es siempre una actividad de radicalización conceptual, a tal punto que la expresión “filosofía radical” es un pleonasmo. Pero en tanto esto es así, siempre que hagamos filosofía nos encontraremos, tarde o temprano, con la obligación de preguntarnos por la naturaleza de esa misma actividad, de modo tal que recaeremos en la vieja idea socrática de que todo esto no es más que un ejercicio de autodescubrimiento.


  1. Sellars, R.W. (1922), Evolutionary Naturalism, Chicago: The Open Court Publishing, Company, vii.
  2. Zammito, J., “The Last Dogma of Positivism and the Relation of Naturalism to Historicism”, (texto inédito de próxima aparición), p. 28.
  3. Así, por ejemplo, Bernstein (2002) argumenta que un “re-encantamiento parcial” de la naturaleza debería reconsiderar el evolucionismo naturalista presentado por Peirce y R. W. Sellars (n.11); MacDonald (2006) sugiere que el problema de la libertad y la naturaleza requiere “metafísica pesada” (p. 233); y Zammito (op. cit.) apoya una revitalización de la filosofía especulativa en dirección a la Naturphilosophie alemana, especialmente la de Schelling (pp. 31-34).
  4. V. Capítulo 5, sección 1: Las raíces biológicas del lenguaje y el pensamiento: la Umwelt (n. 8).
  5. V. capítulo 1, sección 6: La raíz wittgensteniana de la metodología.
  6. Whitehead, A.N. (1929), The Function of Reason, USA: Princeton University Press, p. 51.


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