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Introducción

Según la definición clásica en epistemología, el conocimiento involucra necesariamente justificación. El estatus normativo especial que supone conocer algo no puede ser satisfecho meramente por estar en posesión de creencias que reflejen correctamente cierto ámbito de hechos, sino que las creencias que se hayan formado acerca de ese tema deben hallarse justificadas. Y un requisito análogo parece poder aplicarse también a la defensa de cualquier pretensión de conocimiento en un debate de opinión. Si dos personas difieren en su opinión acerca de un punto de debate concreto, esperamos de ellas que puedan argumentar a favor de la posición que defienden y que nos den razones para adoptar su creencia o punto de vista. En este sentido, puede pensarse que estas normas reconocidas implícitamente -tanto respecto de la necesidad de justificar las pretensiones de conocimientos como de argumentar en defensa de las propias opiniones- forman parte de lo que podríamos llamar nuestras normas de convivencia epistemológica. Y en ese sentido podría pensarse que esa convivencia epistemológica tiene un lugar destacado en el corazón del concepto mismo de una comunidad democrática. No porque ésta suponga que sea alcanzable, siquiera en principio, la resolución de las diferencias de opinión ni la reducción de la pluralidad inherente de los puntos de vista, sino porque señala al sentido básico en que dialogar con quien piensa diferente e intentar articular las razones en que cada uno basa su punto de vista puede permitirnos construir un encuentro posible o, al menos, articular nuestras diferencias de forma pacífica. En este sentido, central para la historia de la filosofía, dar razones ante el otro es paradigmáticamente lo opuesto a ejercer la fuerza sobre él.

Este cuadro de situación se complica sin embargo si consideramos la imagen del conocimiento que la epistemología tradicional cristalizó a partir de estas intuiciones básicas. En particular, la epistemología moderna intentó solucionar algunos de los problemas que acechan a esa visión de la justificación y de la razonabilidad del discurso a partir del recurso a diferentes versiones de la idea de que las justificaciones que esgrimimos en los varios contextos particulares puedan encadenarse hasta descansar finalmente en algunas creencias que no precisen ellas mismas de justificación. De ese modo, nuestra responsabilidad epistémica podría quedar completamente descargada de nuestros hombros y nuestra visión del mundo podría considerarse adecuadamente fundamentada. Esa solución aparente, sin embargo, no puede resistir un escrutinio más cuidadoso. Es cierto que podemos ofrecer razones a favor de muchas de nuestras creencias y que ese ofrecer razones ocupa un lugar central en muchas de nuestras prácticas discursivas, donde reconocemos implícitamente normas que exigen que ciertas afirmaciones sean respaldadas mediante la argumentación. Sin embargo, nuestra capacidad para dar razones tiene un límite y si continuamos el ejercicio de justificación de cada afirmación, prontamente parecemos llegar a un punto a partir del cual ya no está muy claro qué es lo que deberíamos decir. En ese punto en que ya no podemos justificar nuestras opiniones, el contenido particular de lo que afirmamos parece (con)fundirse con el hecho mismo de que hablemos un determinado lenguaje, con que hayamos adoptado un determinado vocabulario o con que, en un sentido más básico aun, simplemente actuemos de cierta manera, reconociendo ciertos valores y opiniones como parte de quienes somos. Y si en ese sentido último lo que ancla nuestras opiniones y puntos de vista es nuestra pertenencia a una forma de vida, entonces parece que debemos repensar al menos algunos aspectos del cuadro anterior acerca de las normas que rigen nuestra convivencia epistemológica. En particular, parecería entonces que al confrontar la opinión o el punto de vista de otro que difiera fundamentalmente del mío, en un sentido básico no podría estar dando razones que puedan funcionar como árbitros en la discusión, sino que estaría combatiendo su modo de usar el lenguaje a través del mío. Sin embargo, al mismo tiempo, las ideas de justificación y de dar razones parecen ocupar un papel normativo-regulativo demasiado importante como para poder ser desplazadas tan fácilmente.

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El presente libro desarrolla estos problemas conceptuales a partir del tratamiento que ofrece de ellos Wittgenstein en sus últimos escritos, publicados póstumamente bajo el título de Sobre la certeza (1969). El planteo de ese objetivo hace necesarias algunas aclaraciones preliminares, ya que supone algunas dificultades que condicionan el tipo de trabajo de análisis que puede hacerse sobre esos textos.

Esta tarea involucra, para empezar, las dificultades propias de la propuesta de lectura de cualquier texto filosófico, en la medida en que se trata siempre de un ejercicio de diálogo con y reescritura de una cierta tradición cultural e intelectual. En ese sentido general, probablemente no sea conveniente tomarse demasiado en serio la idea de reflejar de un modo descriptivamente exacto las intenciones originales del autor(a) de ningún texto filosófico. Más allá de ello, sin embargo, la lectura de Wittgenstein presenta algunas dificultades específicas. Algunas de ellas derivan de su estilo de escritura y del contenido mismo de sus ideas, en la medida en que, como veremos más adelante, la tendencia general del pensamiento de Wittgenstein es hacia un quiebre decisivo con los cánones filosóficos usuales y, por tanto, con las categorías y los dispositivos de análisis con que usualmente afrontamos la lectura de textos filosóficos.

Una dificultad adicional deriva de que, con la excepción del Tractatus (1921) y algún artículo escrito por esos años, ninguno de los trabajos de Wittgenstein fue publicado en vida de su autor. En este apartado, sin embargo, hay diferencias significativas entre los numerosos escritos publicados a partir de entonces por sus ejecutores literarios. El caso más notorio es el de las Investigaciones Filosóficas, publicado póstumamente en 1953, donde parece claro que, más allá de las reservas que hayan llevado a la posposición de su publicación, nos encontramos esencialmente ante un trabajo terminado, al menos en el caso de la primera parte del libro. Lo que sabemos del método de trabajo de Wittgenstein indica que el proceso de escritura hasta la preparación del manuscrito final era para él un proceso largo y trabajoso, cuyas etapas incluían la acumulación de un gran número de observaciones en diferentes cuadernos manuscritos con diversas etapas de revisión y corrección del texto, observaciones que eran luego seleccionadas y reordenadas para la conformación de un nuevo manuscrito transcripto a máquina que luego era a su vez objeto de nuevas correcciones y donde muchas formulaciones que Wittgenstein consideraba insatisfactorias eran finalmente eliminadas (Monk 1990). En el caso de las Investigaciones, este proceso había comenzado a mediados de la década del 30 (Stern 1995) y puede decirse que había sido completado, al punto que Wittgenstein llegó a escribir un prólogo para la publicación del libro en 1945, aunque luego retractara su decisión a último momento. Los textos que encontramos en los otros ‘libros’ póstumos de Wittgenstein, a su vez, reflejan diferentes grados de elaboración a partir de las notas originales, y de hecho varios de ellos constan de notas preparatorias para las Investigaciones que finalmente fueron excluidas por Wittgenstein en las revisiones posteriores del manuscrito.

Los textos que componen Sobre la Certeza provienen de cuatro cuadernos de anotaciones, correspondientes a las cuatro secciones en que los editores dividieron el texto para su publicación, y fueron escritos a lo largo de poco menos de dos años. La primera parte probablemente haya sido escrita durante la estadía de Wittgenstein en Viena para visitar a su familia durante el otoño boreal de 1949, tras su regreso a Europa luego de la temporada que pasara junto a Norman Malcolm en Estados Unidos. Las partes segunda y tercera (que probablemente constituyan una unidad conceptual y cronológica, a pesar de encontrarse en cuadernos diferentes) fueron escritas en 1950 durante su estadía en Oxford en casa de G.E. Anscombe. La cuarta parte, que constituye casi la mitad del cuerpo del texto total, fue escrita en Cambridge durante los últimos meses de su vida, mientras se hospedaba en casa del Dr. Bevan (Baldwin 2011). Las anotaciones de este último manuscrito, usualmente fechadas, indican que la última entrada fue escrita por Wittgenstein dos días antes de su muerte el 29 de abril de 1951.

Lo que estos datos reflejan es que el texto del Sobre la Certeza está establecido de un modo extraordinariamente precario, incluso para los estándares de publicación de los libros póstumos de Wittgenstein. Las notas que lo componen no atravesaron ningún proceso de corrección, selección ni reordenamiento, y en muchos casos es posible que no hayan sido siquiera objeto de revisión por parte de su autor. Al mismo tiempo, esa precariedad textual se ve compensada por el interés que encierran algunas de las ideas contenidas en esos manuscritos, interés que se ve reforzado a su vez por el hecho de que los temas que aborda Wittgenstein en esas notas sólo aparecen desarrollados tangencialmente en sus manuscritos mejor conocidos (lo que no implica, de por sí al menos, que reflejen una ruptura conceptual con el enfoque filosófico de las Investigaciones). Podemos agregar también que esa misma precariedad textual es probablemente la fuente de una cierta fascinación que puede producir el libro en algunos de sus lectores, ya que leyendo las notas de Wittgenstein parece inevitable la sensación de que estamos en presencia de un auténtico esfuerzo de trabajo, donde el texto resulta casi una ejemplificación, un ejemplo (en) vivo, de lo difícil que es la tarea de pensar filosóficamente. A lo largo de sus páginas encontramos a Wittgenstein formulando un gran número de preguntas que en muchos casos no son, a todas luces, meras preguntas retóricas, y podemos ver cómo el autor vuelve una y otra vez sobre los mismos temas buscando nuevos puntos de abordaje y luchando, no siempre exitosamente, por precisar y clarificar sus ideas. Si bien, como recién sugerí, puede haber un sentido en que estas características del texto sean una fuente de fecundidad y riqueza, es claro también que imponen algunas restricciones sobre los parámetros que ha de seguir el ejercicio de desarrollar una lectura o interpretación de un texto filosófico. En particular, sobre muchos puntos importantes encontramos en el texto diferentes sugerencias que parecen ir en direcciones contrarias, algunas de las cuales señalaremos en su momento en el capítulo 4.

La inclinación predominante entre los comentadores del libro en la literatura especializada es la de tratar de obviar de uno u otro modo estas dificultades en pos de articular un cuadro de las ideas de Wittgenstein que permita acomodar razonablemente el contenido de todas sus observaciones en una única imagen sistematizada y conceptualmente coherente. En mi opinión, los trabajos resultantes de la adopción de ese enfoque suelen resultar útiles para estudiar los detalles del texto pero son usualmente poco fructíferos en su contenido filosófico y muestran, en muchos casos al menos, una tendencia a la sistematización teórica que no sólo es ajena al estilo de Wittgenstein sino que es contraria también a su modo de entender el trabajo filosófico que realiza en sus propios escritos.

El enfoque adoptado en este trabajo será diferente. Esto se debe, en parte, a que sólo haré referencia a algunas de las ideas contenidas en las notas de Wittgenstein, pero luego también, y de modo más significativo, el cuadro de ideas que intentaré presentar y comentar pretende ser responsable (poder responder) ante el texto, al que haré numerosas referencias, pero dejaré de lado cuando resulte conveniente los estándares de fidelidad textual y sistematización que son usuales en los comentadores. En otras palabras, trataré de preocuparme más por la construcción de un marco de ideas wittgensteinianas que de capturar de un modo fiel y sistemático lo que Wittgenstein tenía en mente al anotar sus distintas observaciones.

Finalmente, son necesarias también algunas aclaraciones sobre una decisión terminológica que atraviesa la discusión desarrollada en los capítulos siguientes. Si hemos de hablar de certezas, actualmente no contamos en español con un adjetivo derivado que podamos utilizar en ese sentido, ya que cierto, la forma morfológicamente derivada, es usada normalmente con un valor diferente, muy cercano al de verdadero (aunque sí usamos todavía incierto en el sentido original). Dado que es importante para acercarnos a las ideas de Wittgenstein mantener la distinción entre lo ‘cierto’ y lo verdadero, aquí optaré por reservar ese sentido a la palabra seguro, lo que, creo, responde a nuestro uso ordinario. La elección resulta natural además si pensamos que Wittgenstein utiliza a lo largo de todo el libro tanto Gewissheit (certeza) como Sicherheit (literalmente, seguridad), al igual que los adjetivos derivados (gewiß, sicher), a pesar de que el contraste se pierda en las traducciones que unifican la terminología en certeza/cierto y certainty/certain.

Estructura del libro

El presente trabajo está dividido en cuatro capítulos y pretende realizar un acercamiento a las ideas centrales del Sobre la Certeza en etapas sucesivas y de un modo (relativamente) autocontenido. Así, en el capítulo 1 presentaremos algunas nociones epistemológicas fundamentales que servirán de marco a la discusión posterior, con especial atención a la formulación del problema del escepticismo en sus versiones cartesiana y pirrónica, y realizaremos también una aproximación a las características distintivas de las teorías clásicas de la justificación (fundacionismo y coherentismo).

Las ideas de Wittgenstein en Sobre la Certeza son pensadas y presentadas como respuesta a dos artículos clásicos de G.E. Moore, “Una defensa del sentido común” (1925) y “Prueba de un mundo exterior” (1939). El diálogo que establece Wittgenstein con estas ideas de Moore es complejo e involucra al mismo tiempo una valoración positiva de la importancia y la originalidad de su enfoque, tanto como una crítica profunda al modo en que el propio Moore entiende el valor y la correcta formulación de sus ideas centrales. Así es que en el capítulo 2 pasaremos a la consideración detallada de estos trabajos de Moore, veremos algunas opciones de interpretación de su posición entendida en sus propios términos y comenzaremos a plantear algunos puntos de discusión preliminares que resultan inmediatamente relevantes para la lectura de Wittgenstein.

Luego, en el capítulo 3, pasaremos ya a la discusión de algunas ideas centrales para la lectura que pretendo defender del Sobre la Certeza, aun cuando éstas se encuentran, bajo una lectura estándar al menos, mejor y más ampliamente representadas en algunos textos bien conocidos de las Investigaciones. Veremos entonces en sus aspectos centrales la particular concepción de la filosofía de Wittgenstein y su característico estilo de escritura y argumentación, ambos en estrecha conexión con un segundo punto decisivo para la lectura del Sobre la Certeza como es su modo de abordar los problemas filosóficos acerca del lenguaje, en especial en lo que refiere a la focalización en las cuestiones referidas al uso lingüístico en el contexto más amplio de nuestras prácticas ordinarias.

Con estas herramientas en mano podremos ya presentar, en el capítulo 4, los puntos centrales de una lectura del Sobre la Certeza como parte del cuadro más general conformado por las ideas acerca de la filosofía y el significado características del “segundo” Wittgenstein. Al mismo tiempo, veremos cuáles son las principales objeciones que formula Wittgenstein a las ideas de Moore y cómo podemos entender en ese contexto su estrategia frente al problema escéptico. Finalmente, discutiremos brevemente qué afinidades (si alguna) guarda la posición de Wittgenstein con diferentes variantes de la tesis relativista.

En las páginas finales, a modo de conclusión, volveré sobre la relación entre el cuadro de ideas que encontramos en el Sobre la Certeza y la concepción wittgensteiniana de la filosofía, y sugeriré algunas derivaciones posibles de estas ideas para pensar la estructura normativa de las discusiones filosóficas y, en general, de las disputas argumentativas.



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