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2 G.E. Moore: conocimiento, escepticismo y sentido común[1]

En este capítulo consideraremos con cierto detalle la argumentación desplegada por G.E. Moore en dos de sus trabajos más conocidos, “Una defensa del sentido común” (1925; en adelante, DSC) y su “Prueba de un mundo exterior” (1939; en adelante, PME). Lo haremos con el doble propósito de intentar precisar en qué consiste el planteo de Moore y de comenzar luego, a través de esta lectura, a introducirnos en algunos de los tópicos centrales que abordará Wittgenstein en SC y que serán el objeto de nuestros capítulos siguientes.

Moore ha sido, junto con Russell, uno de los principales responsables del establecimiento de lo que hoy llamamos la tradición analítica en filosofía, aunque sus trabajos ya no sean hoy tan leídos ni tan discutidos. En particular, encontramos en Moore a un pensador claramente enmarcado en el ‘giro lingüístico’ y con una inclinación notoria, a veces exacerbada, a realizar análisis detallados del alcance preciso de los términos clave en la definición de los problemas que lo ocupan. Moore parece, por así decirlo, un filósofo completamente decidido a no dejarse engañar por las palabras y a plantear sus problemas y su propia posición con la máxima claridad que sea posible.

Sin embargo, como veremos en lo que sigue, la tarea de alcanzar una lectura razonablemente satisfactoria de la posición que Moore pretendía sostener en DSC y PME es realmente difícil, mucho menos sencilla de lo que parece a primera vista. Una recorrida rápida por los trabajos de quienes han intentado ofrecer una interpretación y discusión de los argumentos de Moore atestigua su dificultad no sólo por la amplia gama de interpretaciones que se proponen respecto de los aspectos centrales de su posición, sino también por el reconocimiento casi universal de que los argumentos de Moore tienen un efecto perplejizante, escurridizo, desconcertante.

La complejidad involucrada en la lectura de Moore tiene varias fuentes, y a alguna de ellas trataré de hacer justicia en esta presentación. Hay una, sin embargo, que parece aconsejable notar de entrada, y es el señalamiento obvio, aunque quizás no tan frecuente, de que un acercamiento a Moore plantea algunas exigencias propias de la investigación histórica. Esto es, estamos tan acostumbrados a la idea de que Moore es parte troncal de la tradición analítica contemporánea que podemos olvidar fácilmente cuánto tiempo ha pasado desde que escribiera sus trabajos y cuánto ha cambiado desde entonces el escenario de problemas y opciones filosóficas que se consideran relevantes y que forman el marco o el trasfondo para el acercamiento a cualquier texto filosófico. Hay, en particular, una diferencia entre el marco de problemas en que se mueve Moore y el que ha sido corriente en las últimas décadas que será importante tener en cuenta en nuestra discusión, y es que Moore (como Russell) inició su actividad filosófica en la polémica contra el idealismo de tendencia hegeliana predominante en Inglaterra todavía a fines del siglo XIX y principios del siglo XX (Rockmore 2005, cap. 1). De hecho, probablemente sea justo decir que la obra de Moore está más marcada por esa polémica anti-idealista y anti-hegeliana que la del propio Russell. El problema que esto implica es que, en muchos casos, los autores y posiciones que Moore estaba discutiendo (aunque sólo raramente hiciera referencias explícitas) ya hace mucho tiempo que dejaron de ser estudiados y son raramente mencionados incluso por quienes se han dedicado a discutir los trabajos de Moore. En DSC encontramos, por ejemplo, que Moore dedica cierto espacio a discutir no sólo las variantes generales de la posición idealista (ya de por sí bastante alejada de la matriz de opciones teóricas de las discusiones contemporáneas) sino que también discute otras posiciones relacionadas como la tesis de McTaggart sobre la irrealidad del tiempo (1908), o la posibilidad de que haya experiencias que no pertenezcan a ningún sujeto o se encuentren incluso en algún sentido fuera del tiempo. Un estudio iluminador de la posición de Moore (algo que no podremos hacer aquí) requeriría un importante esfuerzo de reconstrucción histórica del marco problemático desde el cual y con referencia al cual Moore estaba planteando sus posiciones, marco que desde hace décadas es en buena medida ajeno a las preocupaciones de los filósofos analíticos.

De todos modos, el objetivo de nuestro tratamiento de Moore en este capítulo será mucho más modesto, y estará enfocado a introducirnos en los núcleos problemáticos que Wittgenstein reconoció, en algún sentido, como planteados en estos intrigantes artículos de Moore. Con ese fin discutiré algunas de las opciones de lectura más relevantes de la posición y la problemática planteadas por Moore, incluyendo las influyentes lecturas de Norman Malcolm y Barry Stroud. Antes de llegar a ese punto, sin embargo, será necesario hacer una recorrida inicial más apegada a la letra de los artículos de Moore, y ésa será entonces nuestra primera tarea. En la última sección del capítulo sugeriré que algunas líneas argumentativas esbozadas (aunque no propiamente desarrolladas) por Moore pueden ser vistas como novedosas e interesantes, y serán importantes a la luz de la discusión del SC.

La Defensa (DSC)

Un primer rasgo inusual de este trabajo, presentado por Moore en 1925, es que no tiene como objetivo explícito la discusión de un problema filosófico sino simplemente, según nos dice Moore, indicar algunos puntos importantes en que su propia posición difiere o ha diferido de la de otros filósofos. Esta discusión es desarrollada por Moore en cinco secciones, de temas y niveles de desarrollo disímiles.

Los “obvios truismos”

En la primera de esas secciones, la más extensa y la que dio lugar a mayor cantidad de discusiones, Moore realiza su planteo indicando una larga lista de proposiciones de las que afirma que son todas ellas proposiciones que “(en mi opinión) conozco con certeza que son verdaderas” (cursiva en el original). La lista de estos “obvios truismos, tales que podría no valer la pena enunciarlos” se abre con un conjunto de proposiciones sobre su propio cuerpo y su entorno. Aunque el pasaje es largo, merece ser citado in extenso. Escribe Moore:

Existe en este momento un cuerpo humano vivo, que es mi cuerpo. Este cuerpo nació hace cierto tiempo, y ha existido continuamente desde entonces, aunque no sin sufrir cambios (…). Desde que nació, estuvo siempre en contacto con o no demasiado alejado de la superficie de la tierra; y en todo momento desde que nació han existido también muchas otras cosas, con forma y tamaño en tres dimensiones(…), de las que estuvo a diversas distancias(…). También han existido algunas otras cosas de este tipo con las que [mi cuerpo] ha estado en contacto (…). Entre las cosas que, en este sentido, han formado parte de su entorno (…), ha habido, en todo momento desde su nacimiento, un gran número de otros cuerpos humanos vivientes, cada uno de los cuales, como él, (a) ha nacido en cierto momento, (b) ha continuado existiendo luego de su nacimiento y (c) ha estado, en todo momento desde su nacimiento, en contacto con o no muy alejado de la superficie de la tierra. Muchos de estos cuerpos ya han muerto y han dejado de existir.

La siguiente afirmación de su lista ya parece inscribirse en una línea diferente a las anteriores:

Pero la tierra existía ya muchos años antes del nacimiento de mi cuerpo, y durante muchos de estos años, también, grandes cantidades de cuerpos humanos han estado vivos, en cada momento, sobre su superficie; y muchos de estos cuerpos habían ya muerto y dejado de existir.

Luego el propio Moore marca otra transición, hacia afirmaciones sobre hechos mentales o psicológicos que van más allá de lo antes afirmado acerca de su cuerpo:

Finalmente (y pasando a una clase diferente de proposiciones), soy un ser humano y he tenido, en diferentes momentos desde el nacimiento de mi cuerpo, muchas experiencias diferentes, de muchos tipos distintos; por ejemplo, he percibido frecuentemente a mi propio cuerpo tanto como a otras cosas que formaban parte de su entorno, incluyendo a otros cuerpos humanos; no sólo he percibido cosas de este tipo sino que he observado hechos acerca de ellas, tales como, por ejemplo, el hecho que ahora estoy observando, que esa repisa está en este momento más cerca de mi cuerpo que esa estantería. He sido consciente de otros hechos que no estaba observando en el momento (…); he tenido expectativas sobre el futuro y he tenido también muchos otros tipos de creencias, falsas y verdaderas; he pensado acerca de cosas, personas e incidentes imaginarios, en cuya realidad no creía; he tenido sueños, y he tenido sensaciones de muchos tipos.

Finalmente, la última transición en su lista de proposiciones concierne a las experiencias que han tenido los otros cuerpos que han sido cuerpos de seres humanos[2]:

Y, tal como mi cuerpo ha sido el cuerpo de un ser humano, yo mismo, que ha tenido durante su tiempo de vida muchas experiencias de estos (y otros) tipos, así también, en el caso de muchos de los otros cuerpos humanos que han vivido sobre la tierra, cada uno ha sido el cuerpo de un ser humano diferente que ha tenido, durante la vida de su cuerpo, muchas experiencias de estos (y otros) tipos. (DSC, pp. 32-4; todas las traducciones de este capítulo son mías).

Para completar la presentación de las afirmaciones que dice conocer con certeza que son verdaderas, según su propia opinión, Moore señala luego que muchos de los seres humanos a los que antes hizo referencia han conocido frecuentemente proposiciones correspondientes a las que él afirma conocer, en el sentido de que afirmaban respecto de sus cuerpos y de los tiempos en cuestión, lo que él acaba de afirmar respecto de su cuerpo y del tiempo presente. Un detalle debe notarse aquí, y es que dado que la lista inicial de proposiciones incluye la afirmación de que los demás sujetos también han tenido experiencias y observado hechos, al afirmar ahora que todos los sujetos conocen o han conocido proposiciones correspondientes a las que conoce Moore, no se está implicando sólo que todos sabían lo que él dice saber, sino que todos sabían que todos sabían lo que él dice saber.

Significado ordinario y análisis del significado

Moore realiza dos aclaraciones importantes respecto del sentido de sus afirmaciones anteriores. En primer lugar, señala que al decir que tales proposiciones eran verdaderas no estaba pensando que hay algún sentido en que son verdaderas, mientras que podría haber algún otro sentido en que fuesen falsas o requiriesen al menos de alguna calificación ulterior. Esto es, al decir que las proposiciones eran verdaderas lo que ha pretendido afirmar es que eran “completamente verdaderas”. Luego, de modo complementario, señala que no está entendiendo a las expresiones involucradas en ningún sentido sutil o especial, sino que las está usando “según el modo popular”, incluyendo lo que quizás algunos podrían ver como “los errores populares”. En particular, Moore señala que todas las expresiones involucradas carecen por completo de ambigüedades y que todos entendemos perfectamente qué significan.

Con relación a este último punto Moore introduce una distinción importante entre comprender el significado de un enunciado y poder ofrecer un análisis de su significado, en el sentido de los proyectos clásicos de análisis lógico-lingüístico que toman como paradigma la teoría de las descripciones de Russell. Respecto de este tipo de proyectos Moore se muestra sumamente cauto y sostiene que nadie hasta el momento ha logrado ofrecer un análisis satisfactorio del significado de ninguno de los enunciados aquí utilizados. Al mismo tiempo, insiste en que esto no es en absoluto un obstáculo para poder afirmar que entendemos estos enunciados en su sentido corriente, señalando que, de hecho, el mismo proyecto de ofrecer un análisis preciso del significado depende de, y supone, que haya un significado ordinario de estos enunciados que ya comprendemos, aunque no estemos en condiciones de precisar.

Este punto será retomado por Moore más adelante, en la cuarta sección de DSC, donde ofrece algunas precisiones respecto de los problemas involucrados en el análisis de este tipo de proposiciones corrientes. Allí afirmará, en primer lugar, que le parece “evidente” que un enunciado como “estoy percibiendo ahora una mano humana” es una deducción a partir de un par de enunciados más simples, “estoy percibiendo esto” y “esto es una mano humana”. Es el análisis de estas proposiciones más simples el que plantea problemas aparentemente insuperables. Por un lado, parece evidente a ojos de Moore que una proposición como “estoy percibiendo esto” hace referencia a un sense-datum. Al mismo tiempo, el elemento deíctico en la proposición “esto es una mano humana” no puede entenderse sin más como una referencia a ese sense-datum, en la medida en que también parece obvio que lo que se está afirmando no es que ese sense-datum sea una mano humana (un objeto físico tridimensional, con partes que no son visibles para el ojo desnudo, etc.) sino que en algún sentido representa a una mano humana. En otros términos, que no son los que usa Moore aquí, podríamos decir que el problema que reconoce es el de cómo compatibilizar una teoría representacional de la percepción en términos de sense-data con sus tendencias a suscribir alguna variante de realismo directo, que había defendido años antes en “La refutación del idealismo” (1903). La conclusión de Moore es que nadie ha ofrecido al momento una solución aceptable a este problema.

En lo que sigue no nos ocuparemos de las ideas de Moore sobre el análisis de los enunciados de observación en términos de sense-data, pero podemos señalar, al menos, que no resulta inmediatamente claro qué lugar habría de ocupar esa teoría dentro de la posición “de sentido común” que Moore pretende defender, aun bajo la distinción entre significado ordinario y análisis del significado (análisis que, claramente, no tiene por qué restringirse a los recursos conceptuales del lenguaje ordinario, al menos a los ojos de Moore). Yendo más lejos, es notorio también que concebir a la experiencia o la percepción en esos términos es una de las fuentes del problema cartesiano del mundo externo, tal como lo presentamos en el capítulo anterior. Aunque es claro que Moore no dejó de sentir la tensión entre estos diferentes compromisos, parece haber dado por sentado que eso no representaba ningún obstáculo de primer orden para su posición.

Voces disidentes: el idealista y el escéptico

Volviendo a la primera sección de DSC, Moore distingue dos grandes grupos de filósofos que han diferido respecto de su afirmación de conocer con certeza que las proposiciones citadas son verdaderas. En el primer grupo reúne a aquellos que han sostenido que todas o algunas de las proposiciones en cuestión son, de hecho, falsas; en el segundo, a aquellos que han sostenido que no podemos realmente conocerlas, sin implicar nada necesariamente respecto de su verdad o falsedad. La discusión que ofrece de ambas posiciones es muy general y omite toda referencia a autores o incluso corrientes filosóficas, pero parece suficientemente claro que está incluyendo dentro del primer grupo a las posiciones idealistas y dentro del segundo a las posiciones escépticas. Respecto de ambas dirá que le parecen “con toda seguridad, falsas” y presenta a continuación algunos argumentos que tienen consecuencias importantes para comprender su propia posición.

El principal argumento presentado por Moore aquí consiste en señalar que ambas posiciones caen en algún tipo de contradicción. El punto crucial es que, como consecuencia de lo que vimos más arriba, Moore sostiene que todos los filósofos idealistas y escépticos saben efectivamente que todas las proposiciones antes consideradas son verdaderas. Esto es, en términos de Moore, estos filósofos no han diferido de su posición en cuanto no han sostenido lo que él sostiene, sino en cuanto, además de sostener lo mismo que él sostiene, han sostenido también otras opiniones incompatibles con las primeras. Esta inconsistencia no opera exactamente del mismo modo en el idealista y en el escéptico, aunque tenga consecuencias igualmente devastadoras en ambos casos. Las tesis del idealista (por ejemplo, “no existen cosas materiales”) no son auto-contradictorias[3], aunque todos los filósofos que las han sostenido han caído en auto-contradicción al sostener también otras creencias incompatibles con ellas. Las tesis del escéptico, en cambio, sí son, en opinión de Moore, directamente auto-contradictorias. Aunque esta idea de Moore no es del todo inusual, sí es inusual la defensa que hace de ella, y el argumento que propone es, a primera vista, trivial. Moore entiende que el escéptico afirma que “ningún ser humano ha conocido nunca con certeza que las proposiciones que afirman la existencia de cosas materiales o de otros ‘yos’ son verdaderas” o, en otra variante, “nadie ha conocido nunca con certeza que las proposiciones de sentido común son verdaderas”. Como Moore señala, estas tesis, formuladas de este modo, implican la existencia de seres humanos (y, por tanto, de cosas materiales y de otros ‘yos’), directamente en el primer caso, e indirectamente en el segundo a partir de la referencia a que ciertas opiniones son de “sentido común”.

Aunque no nos extenderemos en este punto, parece claro que estos argumentos no pueden alcanzar de ningún modo para “refutar” ni al idealismo ni al escepticismo, y no parece del todo seguro que Moore los presente aquí como argumentos concluyentes. Digamos, en primer lugar, que parece evidente que el modo en que Moore caracteriza las tesis del idealista y el escéptico es al menos discutible, y probablemente no haga justicia a ninguno de los autores que han sostenido posiciones de estos tipos. En particular, parece claro que un idealista no precisa negar que exista un mundo externo sino que puede ofrecer, en cambio, un análisis heterodoxo de qué es lo que afirmamos cuando hacemos las afirmaciones que normalmente entendemos como referidas a objetos físicos. Del mismo modo, apenas un poco de cuidado en la formulación parece suficiente para que el escéptico no caiga en el tipo de auto-contradicción directa que señala Moore. Como señala Coliva (2010, cap. 1), probablemente Moore mismo sintiese que el idealista, al menos, podía escapar de varias formas a este tipo de ataque frontal, y podríamos entender el desarrollo de las secciones II y III de DSC como un complemento a este primer argumento[4]. Respecto del problema escéptico, veremos en apenas un momento que Moore tiene otras cosas importantes para decir.

Antes de pasar a ese punto, sin embargo, es importante notar otro de los argumentos utilizados por Moore en esta discusión, argumento que también resulta a primera vista sorprendente. Moore señala que algunos filósofos (quizás la referencia fuese a Kant) han pensado que todas o algunas de las proposiciones que él afirma no pueden ser verdaderas o no, al menos, completamente verdaderas, dado que implican un par de proposiciones incompatibles (contradictorias entre sí). Frente a esta opinión, Moore presenta un argumento extremadamente breve y sencillo pero, en su opinión, “absolutamente concluyente”: las proposiciones en cuestión son verdaderas, y una proposición verdadera no puede ser contradictoria, ni puede por tanto implicar un par de proposiciones contradictorias entre sí -y de ese modo da por terminada la discusión de esa objeción.

Conocimiento y sentido común

Es sólo después de este esbozo de discusión anti-idealista y anti-escéptica que Moore presenta lo que son los puntos cruciales de su posición, al menos a los fines de nuestra discusión aquí y con vista al interés que su posición despertó en Wittgenstein. Allí Moore intenta responder dos preguntas que parecen ineludibles, aunque plantean cuestiones de diferente orden. En primer lugar, frente al escéptico, se pregunta si no es posible, a fin de cuentas, que no sepa realmente que sus proposiciones son verdaderas sino que meramente lo crea, o que sólo sepa que es altamente probable que sean verdaderas. En segundo lugar, realiza algunas indicaciones, ciertamente necesarias, respecto de cómo debe entenderse la relación entre la posición que él defiende y lo que ordinariamente llamaríamos “sentido común”.

Tomo en primer lugar esta segunda cuestión. Hay un primer sentido en que podríamos entender que las proposiciones de Moore son de “sentido común”, en la medida en que, según vimos, él sostiene que no sólo él sabe que son verdaderas, sino que todos lo saben, y eso incluye además la consecuencia de que todos saben que todos saben que son verdaderas. Al mismo tiempo, algunas otras cuestiones no resultan tan claras, o no al menos a primera vista. Un primer punto podríamos señalarlo diciendo que puede resultar sorprendente para quien comienza a leer un ensayo titulado “Defensa del sentido común” encontrar que buena parte de tal ensayo está dedicado a discutir la independencia de los hechos físicos respecto de los hechos mentales y a discutir las perspectivas del análisis de las proposiciones referidas a nuestras percepciones en términos de sense-data. Como antes sugerí, de todos modos, esto podría no ser demasiado problemático si concedemos que una defensa filosófica de nuestras creencias de sentido común puede fácilmente implicar discutir cuestiones que no pertenezcan ellas mismas a la esfera de discusiones de sentido común, precisamente en la medida en que se trate de una defensa filosófica del sentido común.

Pero otro punto más problemático es el siguiente: ¿qué es exactamente el “sentido común” que Moore pretende defender? El uso ordinario de la expresión “sentido común” es, podemos conceder, vago, y sería de por sí interesante preguntarse qué cosas podemos decir que pertenecen al sentido común o, eventualmente, si hay algún criterio que permita determinar qué cosas pertenecen a él. ¿Es, por ejemplo, suficiente que una creencia esté muy extendida en una comunidad para considerar que es una creencia “de sentido común”? Claramente Moore no está usando la expresión en ese sentido. Su “defensa del sentido común” implica, por ejemplo, como antes mencionamos, afirmar que no hay ninguna buena razón para creer en la existencia de Dios. Al margen del ejemplo puntual, parece claro que pueden legítimamente atribuirse al “sentido común” muchas proposiciones falsas, o al menos no del todo correctas. Por tomar un ejemplo de Stroud, es corriente pensar que salir desabrigado y con la cabeza mojada durante el invierno es causa de los resfríos, aunque desde un punto de vista médico esto no sea realmente correcto. Yendo más lejos, parece plausible pensar que muchas de creencias “de sentido común” probablemente sean inconsistentes con otras creencias “de sentido común”. Y estos puntos son reconocidos por Moore, de modo que resulta claro, al menos, que el sentido común de Moore no es exactamente lo que ordinariamente entenderíamos por esta expresión. Sin embargo, Moore, el primer pensador con el que todo estudiante de filosofía asociaría la idea de “sentido común”, no ofrece ninguna aclaración adicional respecto de en qué sentido está entendiendo esta expresión, habida cuenta de que evidentemente no la entiende en su sentido (más) habitual.

En relación con este punto, podemos notar otro aspecto a primera vista sorprendente de la posición de Moore. Como antes ya señalamos, Moore formula sus “truismos” de sentido común y luego, al precisar cómo las posiciones de otros pensadores han diferido de la suya, pasa directamente a considerar posiciones idealistas y escépticas. Hay algo intuitivo en esta transición, y es que si las tesis idealistas o escépticas fuesen correctas, entonces buena parte de lo que consideraríamos proposiciones de sentido común resultarían ser falsas (o requerirían una interpretación no-estándar) o no contarían ya como “conocimiento” (o no al menos en un sentido pleno del término). El problema en este sentido es que parece claro que habría muchas otras formas de entrar en conflicto con el sentido común, incluso en el sentido de afirmar que las proposiciones de Moore no son “completamente verdaderas”, que Moore sin embargo parece no considerar necesario abordar a la hora de defender el sentido común. Dentro del ámbito de la filosofía misma, es claro que no sólo el idealismo y el escepticismo implican un conflicto con nuestras creencias se sentido común, en el sentido habitual del término. Podríamos decir, tomando la terminología de Strawson, que todo intento de “metafísica revisionaria” se encontrará en esa posición. Pero luego, yendo más allá, otro ejemplo paradigmático de una visión del mundo que parece al menos entrar en conflicto con nuestro sentido común es la física contemporánea. Uno podría preguntarse, como hiciera Sellars, cómo lograr una visión sinóptica que conjugue de algún modo el respaldo a la ciencia con nuestras ideas de sentido común, y ése proyecto es dificultoso y, a primera vista al menos, interesante, precisamente porque el conflicto entre ambas es notorio. Lo que parece claro sobre este punto es que, en el modo en que Moore entiende su “defensa del sentido común”, el tema central, quizás excluyente, de ésta es una discusión contra el idealismo, el escepticismo o contra ambos.

Dejando esta cuestión de lado, tenemos que retomar todavía la respuesta de Moore a la primera pregunta que habíamos planteado al comienzo de esta sección, esto es, el tópico escéptico de si Moore sabe realmente, después de todo, que las proposiciones que afirma son verdaderas. Respecto de esta cuestión Moore dirá algunas cosas importantes, que nos servirán además de introducción a su tratamiento del problema del mundo externo en PME. Dice Moore:

En respuesta a esta cuestión, creo no tener nada mejor que decir que que me parece que efectivamente las conozco, con certeza. Es de hecho obvio que, en el caso de la mayor parte de ellas, no las conozco directamente: esto es, sólo las conozco porque, en el pasado, he conocido otras proposiciones verdaderas que eran evidencia para ellas. Si, por ejemplo, sé efectivamente que la tierra había existido durante muchos años antes de que yo naciera, ciertamente lo sé sólo porque he sabido otras cosas en el pasado que eran evidencia para ello. Y ciertamente no sé exactamente cuál era esa evidencia. Sin embargo, todo esto no me parece que sea ninguna buena razón para dudar de que lo sé. Todos estamos, según creo, en esta extraña posición de que sabemos muchas cosas respecto de las cuales sabemos además que debemos haber tenido evidencia para ellas, y sin embargo no sabemos cómo las sabemos, esto es, no sabemos cuál era esa evidencia. (p. 44).

Ya dijimos que este pasaje resulta crucial, no sólo por la luz que echa sobre la difícil posición del propio Moore, sino porque abre la puerta a muchos de los asuntos que discutiremos en capítulos siguientes en relación con las reflexiones de Wittgenstein en SC. Me limito por ahora a señalar cuáles son los puntos principales involucrados en lo que aquí está diciendo Moore. En primer lugar, es sorprendente que Moore, que sin duda es en extremo cuidadoso en el modo en que formula su posición, decida decir “me parece [it seems to me] que efectivamente las conozco”, cuando parece claro que la cuestión epistemológicamente importante no puede depender de qué tan fuerte sea la convicción personal de Moore sobre el asunto[5].

En segundo lugar, Moore afirma claramente que sus proposiciones podrían ser apoyadas por otras proposiciones que cumplan respecto de ellas el papel de evidencia. Esto es, Moore no parece ver ningún problema en la idea de que pueda invocarse evidencia o, en términos más generales, razones a favor de sus afirmaciones. De hecho, afirma que debe haber tenido tal evidencia, esto es, que debe haber conocido como verdaderas las proposiciones que cumplían este papel justificacional, ya que de otro modo sus afirmaciones actuales no serían legítimamente afirmaciones de conocimiento.

Luego, sin embargo, Moore aclara que no está en condiciones de proveer esa evidencia o, en términos más generales, explicar cómo es que sabe lo que dice saber, pero –aquí está el punto crucial e intrigante- eso no implica que pierda legitimidad su afirmación de que son cosas que realmente sabe. Como veremos a continuación, éste es el punto neurálgico de PME, y como veremos también, Moore parece haber tenido en mente, en diferentes ocasiones, diferentes variantes sobre esta idea. Podemos señalar de momento que el modo en que la presenta en DSC enfatiza que señalar a esta carencia de justificación no puede ser una razón para impugnar su afirmación de conocimiento, esto es, que no sería razonable de su parte calificar su afirmación de conocimiento a la luz de esta imposibilidad (que todos compartimos) de indicar cuál es la evidencia sobre la que se basa su afirmación.

La Prueba (PME)

La “Prueba de un mundo exterior”, el segundo artículo del que nos ocuparemos aquí, fue presentado por Moore catorce años después de la publicación de DSC. Y aunque, como veremos, PME plantea varios temas relacionados con la posición de Moore en DSC, hay también varias diferencias que convendrá notar.

El planteo del problema lo toma Moore de Kant, en términos de “probar la existencia de cosas fuera de nosotros”, y lo desarrolla luego a partir de una larga discusión terminológica, que ocupa la mayor parte del artículo, sobres las semejanzas y diferencias en el uso apropiado de una serie de expresiones usualmente relacionadas con el problema del mundo externo. Hay algunas cosas sorprendentes en este procedimiento de Moore, en primer lugar porque no resulta claro que la extensa y puntillosa discusión terminológica tenga algún peso sobre el tratamiento posterior de la “prueba”. Y parece difícil pensar que Moore no haya advertido que un efecto posible, al menos, una reacción natural ante la lectura de su trabajo o al escucharlo a él mismo leerlo durante las sesiones de la Academia Británica, sería de cierta impaciencia. De hecho, alguien que estuviera escuchando la exposición en que Moore presenta su “prueba de un mundo externo”, habría pasado los primeros veinte minutos sin escucharle decir nada (o casi nada) sobre el asunto. La presentación de la prueba se presenta recién en las últimas páginas del trabajo, y es seguida de una brevísima discusión de dos posibles objeciones, discusión que parece ser a todas luces insuficiente. En mi opinión, no es descabellado pensar que hay un aire de ironía en el modo en que Moore trata su tópico y las expectativas de su audiencia (motivadas, naturalmente, por el título que él mismo elije para su trabajo), incluyendo en este sentido también al argumento que luego presenta como la “prueba” misma. Sea éste el caso o no, veremos luego también que quizás algunas de las que estoy llamando aquí “reacciones naturales” ante la lectura de Moore no estén del todo bien motivadas.

La discusión terminológica inicial a la que antes me refería concierne a un grupo de expresiones usadas por Kant para denominar aquello cuya existencia debe probarse, y que usualmente se utilizan -erróneamente, según Moore- como equivalentes. Las expresiones en cuestión son:

  1. ‘cosas fuera de nosotros’
  2. ‘cosas externas’
  3. ‘cosas que son externas a nuestras mentes’
  4. ‘cosas que puede pueden ser encontradas en el espacio’
  5. ‘cosas que se presentan en el espacio[6]

La discusión que plantea Moore tiene un eje aparente en la explicación de su distanciamiento del uso kantiano, aunque, como Moore reconoce, ese distanciamiento no es un rasgo especial de su enfoque sino el esperable por parte de cualquiera que no adopte un esquema centrado en la distinción empírico/trascendental. De todos modos, la discusión no se restringe al señalamiento de esas diferencias, y Moore se extiende sobre las posibles relaciones de implicación entre proposiciones referidas a la existencia de uno u otro tipo de “cosas”. Dos de esas relaciones ocupan buena parte de la discusión:

D ⊃ E . ~ (E ⊃ D)

D ⊃ C . ~ (C ⊃ D)

En este sentido, sostiene que la existencia de cosas que pueden ser encontradas en el espacio (D) implica la existencia de cosas que se presentan en el espacio (E), pero rechaza que la relación se dé en sentido inverso (los dolores corporales se presentan en el espacio pero no diríamos que pueden ser encontrados en el espacio). Más centralmente, la existencia de cosas que son externas a nuestras mentes (C) no implica la existencia de cosas que pueden ser encontradas en el espacio (D) (en la medida en que los dolores de los animales, por ejemplo, sean pensados como cosas externas a nuestras mentes pero no cosas que puedan ser encontradas en el espacio). Sin embargo, Moore considera que (D) sí implica (C), en función de su interpretación de (D). Moore destaca que respecto de las cosas que podemos encontrar en el espacio, no hay ninguna contradicción en afirmar que alguna de esas cosas existía antes de ser percibida y continuará existiendo luego. De hecho, señala Moore, eso es parte de lo que queremos decir cuando decimos algo del tipo “ahí hay un x real”, entendiendo esto en un sentido en que no podría aplicarse, por ejemplo, a una alucinación.

Respecto de (A) y (B), Moore parece sostener que se han usado, o pueden ser usadas, como equivalentes a (C) o como equivalentes a (D), pero no resulta del todo claro que esa diferencia resulte demasiado significativa para la discusión posterior de su argumento. En todo caso, él usará luego (A), en términos de la cual Kant había formulado el problema en la cita del comienzo, como equivalente a (C). De modo que si puede demostrar la existencia de dos cosas que puedan ser encontradas en el espacio (D), y que por tanto no dependen de que las estemos percibiendo para existir y son externas a nuestras mentes (C), habrá probado entonces que existen cosas fuera de nosotros en el sentido requerido (A).

Antes de continuar con el argumento posterior de Moore, hay dos cosas al menos que habría que señalar rápidamente respecto de esta presentación de la tarea involucrada en su “prueba”, y que pueden reforzar también la sensación de desconcierto en algunos de los lectores de Moore a la que antes me refería. En primer lugar, aunque menos importante, Moore elige repetidamente enfatizar que precisará demostrar la existencia de al menos dos cosas de la clase designada, y parece válido preguntarse por qué no habría bastado con probar la existencia de una, asunto sobre el que Moore no dice nada. Al margen de este detalle, en segundo lugar, a pesar de la extensa y detalladísima discusión terminológica, Moore no hace ningún esfuerzo por desarrollar las características filosóficas del problema que trata, al punto que, como luego veremos, puede no resultar claro a qué tipo de posición filosófica Moore se está oponiendo. Esto es, Moore no ofrece ninguna explicación sobre la motivación filosófica del problema del mundo externo, y procede directamente a realizar su prueba, que es ella misma, según la opinión general, el elemento más desconcertante de su trabajo.

Dadas estas condiciones para la prueba, Moore señala que está en condiciones de presentar una cantidad indefinida de pruebas igualmente rigurosas. En particular, puede probar la existencia de dos manos humanas, las suyas, en ese mismo momento, afirmando “aquí hay una mano humana”, mientras hace un gesto indicativo con cada una de sus manos. Así, el argumento que ofrece es:

  1. Aquí hay una mano humana.
  2. Aquí hay otra.
  3. Hay en este momento dos manos humanas.

Dado que una mano humana es una cosa que puede ser encontrada en el espacio, esto implica que hay cosas externas a nuestras mentes, lo que implica a su vez que, en el sentido relevante, existen cosas fuera de nosotros.

Moore señala que la prueba es perfectamente rigurosa porque cumple con las tres condiciones que ha de cumplir toda prueba rigurosa:

  1. Las premisas son diferentes de la conclusión.
  2. Las premisas son verdaderas y se sabe que son verdaderas.
  3. La conclusión se sigue de las premisas.

Puede concederse a Moore fácilmente que su inferencia cumple con la primera y la última condición, mientras que parece claro también que cualquier oponente de Moore tendrá que impugnar de alguna forma que cumpla realmente la segunda condición. Moore cree, sin embargo, que su prueba realmente cumple la segunda condición y que él conoce la verdad de sus premisas. Señala en este sentido: “¡Cuán absurdo habría sido decir que no lo sabía, sino que sólo lo creía pero que quizás no fuese el caso! Del mismo modo podría decirse que no sé ahora que estoy parado y hablando, que quizás no lo esté y que no es del todo seguro que lo esté” (pp. 146-7). Esta última observación parece invitar a una réplica obvia, ya que el modo habitual de entender el desafío escéptico afirmaría precisamente eso, que Moore no sabe, en el sentido relevante, que ahora está parado y hablando, entre otras cosas porque no puede descartar la posibilidad de que esté soñando. Veremos en un momento que Moore hace una referencia luego a esta objeción, pero de momento parece claro que su primera intención sería señalar que hay un sentido al menos en que sería efectivamente absurdo decir que no sé que ahora no estoy soñando.

Siguiendo con la discusión de la legitimidad de su “prueba”, Moore señala que todo el tiempo aceptamos pruebas similares a la suya como pruebas perfectamente válidas y concluyentes. Si surgiese, por ejemplo, una discusión respecto de si hay tres erratas en una página determinada, todos acordaríamos que un modo perfectamente legítimo y definitivo de resolver la cuestión podría consistir en tomar la página en cuestión y señalar “aquí hay un errata, y aquí otra, y aquí otra”.

Recién entonces trata de precisar Moore el valor anti-escéptico de su argumento, al considerar la objeción de que no ha probado la verdad de sus premisas ni ha defendido realmente su afirmación de conocimiento respecto de ellas, más allá de señalar que sería absurdo negarlas. Moore afirma ser perfectamente consciente de esta objeción y de que muchos considerarán que, a no ser que pueda probar sus premisas, su “prueba” carecerá por completo de valor. Y es en relación con esta objeción, aparentemente obvia, que presenta las ideas que constituyen, a fin de cuentas, la clave de su artículo. Escribe Moore:

Esto [una prueba de las premisas del razonamiento], por supuesto, no lo he dado; y no creo que pueda darse: si eso es lo que se quiere decir con ‘prueba de la existencia de cosas externas’, no creo que ninguna prueba de la existencia de cosas externas sea posible (…). Para hacerlo, como señaló Descartes, tendría que probar que no estoy soñando ahora. Tengo, sin duda, razones concluyentes para afirmar ahora que no estoy soñando ahora; tengo evidencia concluyente de que estoy despierto, pero eso es una cuestión diferente a poder probarlo. No podría decir cuál es toda mi evidencia, y se me requeriría eso al menos para dar una prueba (p. 149)

Este reconocimiento parece, a primera vista al menos, sorprendente, ya que si se admitiese la pertinencia del pedido de probar las premisas, entonces la “Prueba” no sería, después de todo, una prueba. Queda claro que eso no es lo que Moore tiene en mente cuando, a continuación, sostiene que su incapacidad de probar las premisas de su razonamiento no implica que no fuesen verdaderas ni que él no supiese que eran verdaderas. Moore afirma entonces que sabe muchas cosas que, sin embargo, no puede probar, y que entre ellas se encuentran las premisas de su argumento. Dado que esto es así, concluye Moore, quienes objeten su prueba a partir de esa carencia justificacional no tienen ninguna buena razón para su insatisfacción.

PME como anti-idealismo y como anti-escepticismo

Dijimos antes que uno de los rasgos sorprendentes de PME es que la larga introducción anterior a la presentación de la “prueba” misma omite toda discusión de los argumentos que hacen necesaria la prueba en primer lugar, es decir, omiten por completo una discusión de la motivación filosófica (epistemológica o metafísica) detrás de las posiciones que desafían de ese modo nuestra concepción ordinaria de nuestra situación epistémica. Ante la falta de precisión de Moore en este punto, y a partir del contexto de discusiones epistemológicas contemporáneo, casi todos los comentadores de Moore han entendido sin más al suyo como un argumento anti-escéptico, dirigido contra un escepticismo de tipo cartesiano. Esto implica pasar por alto las importantes aclaraciones que vimos que presenta el propio Moore en los últimos párrafos del artículo, donde reconoce que no puede probar sus premisas, ya que esto involucraría tener que probar que no está soñando en ese momento, y eso es algo que no puede probar, aunque sea ciertamente falso. Años después, en respuesta a comentarios sobre PME, Moore mismo vuelve a referirse a este punto:

Algunas veces he distinguido entre dos proposiciones diferentes, que han sido, cada una, sostenidas por algunos filósofos, (1) la proposición “no hay cosas materiales” y (2) la proposición “nadie sabe con certeza que hay cosas materiales”. Y en mi último escrito publicado, mi conferencia ante la Academia Británica llamada “Prueba de un mundo externo” (…) sugerí [I implied] con relación a la primera que podía probarse que era falsa del siguiente modo: sosteniendo una de mis manos en el aire y diciendo “esta mano es una cosa material; por lo tanto, hay al menos una cosa material”. Respecto de la segunda de estas dos proposiciones, que ha sido, según creo, afirmada mucho más frecuentemente que la primera, no creo haber sugerido nunca que podía probarse que ella fuese falsa de un modo tan simple; por ejemplo, sosteniendo una de mis manos en el aire y diciendo “sé que esta mano es una cosa material; por lo tanto al menos una persona sabe que hay al menos una cosa material” (“Reply to my critics”, 1942; citado en Coliva 2010, p. 212, cursivas en el original).

Según lo entiende el propio Moore, el argumento de PME no es un argumento anti-escéptico sino anti-idealista. En particular, Moore sostiene que probar la verdad de sus premisas sería necesario para rebatir en regla al escéptico, mientras que saber que éstas son sin duda verdaderas es suficiente para rebatir la posición idealista.

Hay varias aristas curiosas que pueden señalarse en esta posición de Moore. Digamos, primero, en relación con su posición anti-idealista, que parecería natural pensar que su argumento no podría tampoco cumplir ese objetivo en la medida en que la verdad de sus premisas no haya sido establecida. Esto es, un idealista podría fácilmente contestar que lo único que ha establecido Moore ha sido un condicional, y que meramente afirmar la verdad de las premisas, sin ofrecer una justificación, no es un modo suficiente de apoyar su conclusión según ningún estándar argumentativo.

Moore anticipa este tipo de objeciones y su respuesta es, como antes señalamos, el elemento más intrigante de su posición. Moore señala que no poder probar sus premisas no implica de ningún modo que él no sepa que son ciertas. Y aunque no lo dice explícitamente con relación a esta discusión, es claro que Moore está pensando que no sólo él, sino todos los demás, incluyendo a los idealistas, saben que son verdaderas. Es éste, a mi juicio, el movimiento clave en la argumentación de Moore, y sobre este punto volveremos más adelante.

Ahora, si consideramos a su argumento en el contexto de la discusión del escepticismo cartesiano, podríamos preguntarnos por qué, después de todo, Moore considera que su argumento no puede ser entendido como un argumento anti-escéptico. Esto es, ¿qué es lo que impide aplicar la misma estrategia de su respuesta frente al idealista a la discusión con el escéptico? El problema surge de dos cuestiones. En primer lugar, el modo más natural de entender una afirmación como “hay en este momento dos manos humanas” es entenderla como una afirmación implícita de conocimiento. Es decir, es parte de la fuerza pragmática de afirmaciones de ese tipo el que sean tomadas como afirmaciones de conocimiento, aun cuando eso no sea parte del contenido explícito del enunciado. Dicho de otro modo, una afirmación como “hay en este momento dos manos humanas, pero en realidad no sé si eso es así” sería, cuanto menos, desconcertante. De modo que no resulta del todo claro por qué Moore encuentra una diferencia significativa entre “existen cosas externas a nuestras mentes” y “sé que existen cosas externas a nuestras mentes”. Y, entendida de ese modo, que parece el modo más natural de entenderla, su conclusión es una conclusión anti-escéptica, en el sentido de que la verdad de su conclusión es incompatible con la verdad de la tesis escéptica[7]. El punto es que si Moore considera, frente al idealista, que su conclusión ha quedado suficientemente establecida, y su conclusión es también una conclusión anti-escéptica, entonces no resulta del todo claro por qué Moore considera que no puede aplicar ante el escéptico el mismo procedimiento que vimos antes que funcionaría ante el idealista: desligar tajantemente la imposibilidad de probar sus premisas de la afirmación de que conoce su verdad.

Otro punto importante para entender el modo en que Moore ve la posición de su argumento frente al desafío escéptico es que, la mayor parte de las veces al menos, parece tener en mente una forma no-radical de escepticismo, en términos de las distinciones que vimos en el capítulo anterior. Esto parece indicar, para empezar, su señalamiento en los pasajes ya citados de que lo que no resulta posible probar que conoce la verdad de sus premisas, a pesar de que realmente tiene “evidencia concluyente” a su favor. En particular, podemos suponer que lo que Moore tiene en mente es un tipo de desafío escéptico en que tener “evidencia concluyente”, esto es, tener lo que normalmente llamaríamos justificación, pueda no ser suficiente para una genuina afirmación de conocimiento. El resultado sería entender el desafío escéptico frente al cual Moore dice no tener respuesta como un planteo centrado en una noción de “conocimiento” que implique estándares demostrativos fuera del alcance del conocimiento empírico.

En “Cuatro formas de escepticismo” (1959a), por ejemplo, Moore ejemplifica todas las variantes de la tesis escéptica que discute con posiciones de Russell, y ciertamente el escepticismo russelliano es un paradigma de un escepticismo no-radical en el sentido anterior: es un escepticismo ilustrado, cauto, planteado como una concepción falibilista de la investigación empírica y con una concepción del conocimiento ligada estrechamente a los estándares demostrativos de las ciencias formales. En particular, el escepticismo de Russell no implica de ningún modo negar que tengamos creencias justificadas acerca del mundo, incluso creencias que muy probablemente sean verdaderas. Si fuese entonces en relación con ese tipo de estándares demostrativos que la verdad de las premisas de su argumento no puede “probarse”, parecería quedar abierta la posibilidad de que las premisas de Moore puedan, a pesar de todo, estar justificadas en algún sentido más débil pero suficiente para cortar el camino a un escepticismo radical.

Dejando de lado, por el momento, la cuestión de cuál es la tesis a la que Moore se está oponiendo, nuestra presentación anterior de la argumentación de PME deja abierto otro interrogante central que no resulta sencillo de responder: ¿en qué consiste la “prueba” misma? A primera vista, el razonamiento de Moore parece claramente una petición de principio, demasiado obvia como para que Moore no la haya advertido. La pregunta que recién hicimos parece derivar entonces hacia otra, ¿cómo entender lo que Moore hace en PME de un modo en que no sea lo que obviamente parece estar haciendo? Veremos ahora algunas respuestas posibles a esta pregunta, y aunque nuestra discusión en las próximas secciones se centrará en PME, veremos que los puntos clave son relevantes también para DSC.

Lycan: comparaciones de plausibilidad

Un primer modo de entender el sentido de la argumentación de Moore podemos ejemplificarlo con la lectura que propone Lycan (2001) del argumento de PME. Lycan sostiene que las críticas corrientes al argumento de Moore en el sentido de que comete una flagrante petición de principio son infundadas. Y, lo que es más, sostiene que el argumento de Moore es una respuesta adecuada al escéptico, aunque no una “absolutamente conclusiva”.

Según la propuesta de Lycan, el argumento de Moore consiste esencialmente en una comparación de plausibilidad entre las premisas que utiliza el escéptico (o el idealista) para llegar a su conclusión, por un lado, y la negación de su conclusión, por otro. Entendido de este modo, el peso del argumento recaería no sobre la falsedad de la tesis escéptica (o idealista) sino sobre la falta de razonabilidad de adoptar su conclusión a la luz de las razones ofrecidas. Esto es, nunca sería razonable por nuestra parte dejar de afirmar aquello de lo que estamos completamente convencidos, ante razones que siempre tendrán una capacidad menor para provocar convicción.

Parece haber indicios de esta línea argumentativa en varias de las cosas que dice Moore en DSC y en PME. Así podríamos entender, por ejemplo, su afirmación de que su incapacidad de citar evidencia no es una buena razón para dudar de sus afirmaciones o su sugerencia final, no desarrollada, en PME, en el sentido de que la insistencia en exigir una demostración de sus premisas carece de una motivación fundada.

En términos más concretos, Moore ofrece explícitamente, en otros trabajos, argumentos del tipo del que Lycan cree reconocer como la clave para entender PME. Este es el caso, en particular, de sus dos trabajos más importantes sobre el tema luego de la publicación de PME, “Certeza” (1959b) y el antes mencionado “Cuatro formas de escepticismo” (1959a)[8]. En ambos trabajos Moore sostiene, en la misma línea que ya vimos, que no es posible probar que no estemos soñando, pero que sí podría alcanzarse una suerte de impasse frente al escéptico, y ante tal situación no sería razonable desoír el hecho obvio de que estamos más firmemente convencidos de que hay cosas en torno nuestro que de la corrección del argumento escéptico, aun si éste nos produjera una profunda convicción. En “Certeza”, por ejemplo, concede que, dado el análisis estándar del conocimiento, es cierto que si no sé que ahora no estoy soñando, entonces tampoco puedo saber cosas como “esto es un lápiz” o “ahora estoy de pie”. Pero señala luego que la misma implicación corre en sentido contrario: si supiese que “ahora estoy de pie”, entonces sabría igualmente que no estoy soñando. Y sostiene que el argumento en una dirección es, necesariamente, tan bueno como el argumento en la dirección contraria. Si analizamos, luego, las razones que apoyan “ahora estoy de pie” y las que apoyan “no sé si ahora estoy despierto”, no habría ningún modo racional de otorgar más credibilidad a las razones esgrimidas por el escéptico que a una afirmación con la seguridad de “ahora estoy de pie” o “esto es un lápiz”.

Parece claro entonces que podemos conceder a Lycan que esta línea de argumentación es una línea que Moore se siente al menos tentado a adoptar, y en ocasiones ha adoptado. Menos claro parece que sea ésa la línea que adopta en PME, que parece plantear otro tipo de cuestiones, que veremos en lo que sigue. De momento podemos notar que, entendido de esta manera, el argumento no parece una forma de respuesta demasiado prometedora al desafío escéptico. El problema está relacionado con los dos modos de entender las hipótesis cartesianas que vimos en el capítulo anterior. Es cierto que un modo corriente de entender los argumentos cartesianos, según vimos, es entenderlos como argumentos del error a partir del reconocimiento de que ciertas posibilidades, aunque sean remotas, deben ser escrupulosamente excluidas para que podamos realizar afirmaciones legítimas de conocimiento. Probablemente sea justo decir que Russell entendía de este modo el argumento del sueño. Y entendido de este modo, aun concediendo que la posibilidad de que esté soñando sería un obstáculo para sus afirmaciones de conocimiento, Moore tendría espacio todavía para argüir que, después de todo, no es razonable considerar que la posibilidad de que estemos soñando tiene más a su favor que una afirmación como “esto es un lápiz”, dicha en las circunstancias apropiadas.

Al mismo tiempo, según vimos antes, probablemente no sea ése el modo más interesante de entender los argumentos cartesianos, que pueden ser vistos también como argumentos sobre la subdeterminación de nuestras creencias a la luz de la evidencia disponible. Si entendemos de este modo el desafío escéptico (y si, como antes dijimos, ése es el modo requerido para llegar a una posición escéptica radical), entonces no parece que ésta línea de réplica de Moore tenga demasiada fuerza. El punto surge claramente si partimos de la base de que la evidencia a considerar a favor de una u otra opción es, en todos los casos, “evidencia sensorial”, que es precisamente lo que Moore parece estar planteando tanto en “Certeza” como en “Cuatro formas”, y quizás sea también lo que tenía en mente cuando en PME sostenía tener “evidencia concluyente” de que estaba despierto. El problema radica en que ése es precisamente el terreno en que el escéptico cartesiano se siente más cómodo, ya que su punto es que toda la evidencia sensorial posible apoyará por igual tanto al escenario escéptico como a su negación. Si, entonces, la evidencia deja subdeterminada la discusión, el único punto restante en la insistencia de Moore en que adoptar la posición escéptica no es razonable parecería referirse sólo a su convicción personal. Y apelar meramente a la firmeza de una convicción personal no parece ser un recurso válido si lo que se quiere defender es un punto epistemológico.

Malcolm: el escéptico contra el lenguaje ordinario[9]

El modo en que Moore formula su posición, especialmente en PME, sugiere también otra forma, bien diferente, de entender que la posición que pretende sostener el escéptico no es razonable. En particular, cuando Moore afirma que su prueba cumple la segunda condición que antes vimos, esto es, que él conoce la verdad de sus premisas, ofrece en apoyo de este punto una consideración tajante: habría sido absurdo, en esas condiciones, decir que él no sabía que ahí había una mano, y calificar ese enunciado en el sentido de que en realidad sólo lo creía pero era, después de todo, posible que estuviese equivocado. Ese pasaje parece sugerir una estrategia ciertamente original, fuera del menú de respuestas tradicionales ante el escéptico, basada en el señalamiento, a primera vista plausible, de que el escéptico está forzando el uso ordinario del lenguaje.

De hecho, ésa es la interpretación de los artículos de Moore presentada por Norman Malcolm, y puede decirse que ha sido durante años la interpretación canónica de la estrategia argumentativa de Moore. Nuestros motivos para considerarla aquí son múltiples ya que parece ofrecer, en principio, una interpretación plausible de los textos de Moore, una línea de respuesta al escéptico novedosa e interesante, y, además, resultará especialmente importante para nosotros con vistas a la discusión posterior de los desarrollos wittgensteinianos a partir de estas problemáticas planteadas por Moore.

Hay un sentido adicional en que la lectura de Malcolm puede ser importante para nuestro tema, ya que desde el punto de vista histórico la mediación de Malcolm parece haber tenido una influencia importante en el modo en que Wittgenstein recibe (y luego desarrolla) las ideas de Moore.

Excursus: Malcolm-Wittgenstein-Moore

Malcolm ofrece información importante para la reconstrucción de ese vínculo histórico en su ensayo biográfico sobre Wittgenstein (1956). Allí relata que mantuvo largas conversaciones con Wittgenstein sobre las ideas de Moore, y en particular sobre DSC y PME, durante la visita del primero a su casa en Ithaca, Estados Unidos, en 1949, cuando Malcolm se encontraba preparando un trabajo propio sobre las ideas de Moore. El punto es significativo porque fueron esas conversaciones las que motivaron las ideas de Wittgenstein sobre estos asuntos epistemológicos (que, hasta ese momento, casi nunca había tomado como asunto principal de sus reflexiones), ideas que volcaría luego en el conjunto de notas que, años después, se publicaría como SC.

Se ha sugerido incluso a veces que el contacto de Wittgenstein con estas ideas de Moore se produce sólo o principalmente por medio de la discusión con Malcolm, señalando, por ejemplo, que algunas de las proposiciones “mooreanas” que Wittgenstein discute en SC son en algunos casos ejemplos que utiliza Malcolm y que no figuran en los ensayos de Moore. Aun cuando hubiese una influencia de Malcolm sobre el tratamiento de Wittgenstein, conviene recordar también que Moore tenía un contacto cercano con Wittgenstein en Cambridge, y el tipo de tesis y argumentos que estamos discutiendo aquí no estuvo nunca muy lejos de las preocupaciones de Moore a partir de la década del 20, de modo que parece al menos improbable que no haya discutido el asunto con Wittgenstein en persona en algunas ocasiones. Malcolm refiere una de esas discusiones, durante su primera etapa en Cambridge, en 1939, con ocasión de una lectura de Moore ante Wittgenstein de un trabajo donde defendía la corrección de decir que un sujeto puede saber que está teniendo una sensación determinada. En esa ocasión, según relata Malcolm, Wittgenstein discutió airadamente con Moore acerca del uso de ‘saber’ aplicado a ese tipo de estados, asunto sobre el que Wittgenstein estaba desarrollando ideas bien diferentes a las de Moore (cf. Wittgenstein 1953, §246; Malcolm 1956, pp. 46 y ss.).

En la otra dirección, también hay que notar que la influencia de las discusiones con Wittgenstein tiene que haber sido muy significativa en la interpretación y discusión que ofrece el propio Malcolm de la posición de Moore, de la que ahora nos ocuparemos. Coliva (2010, cap. 1.3) propone la siguiente reconstrucción de los acontecimientos: en 1939 Wittgenstein discute con Moore sus ideas sobre el uso de ‘saber’ en relación con estados privados; Malcolm, presente en dicha discusión, asimila la línea argumentativa propuesta por Wittgenstein; desarrollando esa línea, Malcolm publica su artículo en que critica el uso mooreano de ‘saber’ en relación con los “truismos” de sentido común (Malcolm 1942); en 1949, Wittgenstein discute extensamente con Malcolm su visión de las ideas de Moore, influyendo en el segundo artículo de Malcolm sobre Moore y el lenguaje ordinario (Malcolm 1949), y desarrollando luego esas ideas en sus notas durante los siguientes 18 meses, incluyendo algunas derivaciones importantes que no son discutidas ni por Moore ni por Malcolm.

Malcolm sobre PME

En “Moore y el lenguaje ordinario” (1942), Malcolm presenta y discute su interpretación del argumento de Moore en PME, y probablemente inaugure con este trabajo la tradición de leer el planteo de Moore como un planteo anti-escéptico sin más. Malcolm identifica en PME una estrategia novedosa y, a su juicio, adecuada frente al escéptico: mostrar que sus dudas, una vez hechas explícitas, carecen de sentido. En particular, carecerían de sentido al depender de un uso incorrecto de ciertas expresiones del lenguaje ordinario, el tipo de expresiones involucradas en nuestros juegos de evaluación epistémica.

Como antes señalamos, Moore ciertamente sugiere esto en el pasaje clave de PME que antes citamos, cuando señala que en las circunstancias en que se encuentra sería absurdo expresarse de otra manera y matizar sus afirmaciones de conocimiento. Hacerlo, insiste Malcolm, habría requerido utilizar varias expresiones de forma incorrecta. Si imaginamos un niño que esté aprendiendo a hablar y que, en las circunstancias en que se encontraba Moore, dijera “probablemente haya una mano aquí”, sería enteramente natural corregirlo, señalarle que no es así como usamos la palabra “probablemente”. La expresión adecuada para ese caso, le responderíamos, es “es seguro [certain] que hay una mano aquí”[10].

Otro punto importante señalado por Malcolm, que también volveremos a encontrar en nuestra discusión de Wittgenstein, es que entender de este modo lo que dice el escéptico y la respuesta apropiada frente a él, implica entender esa discusión no como una discusión relativa a juicios empíricos sino relativa a juicios gramaticales. En este sentido, el único defecto que encuentra Malcolm en la argumentación de Moore es no haber hecho explícito que su argumento no es epistémico-empírico sino lógico-gramatical, y no haber por tanto especificado con más claridad cuál es la fuente del error del escéptico.

A fines de nuestro acercamiento a Moore, el artículo de Malcolm plantea dos cuestiones. Podemos preguntarnos, por un lado, si se trata de una reconstrucción razonablemente adecuada de la posición de Moore, y veremos rápidamente que hay buenos motivos para pensar que no lo es, incluyendo algunas cosas que el propio Moore escribió al respecto. Pero luego, podemos preguntarnos también si las ideas que Malcolm cree encontrar en Moore representarían una alternativa interesante frente al escepticismo cartesiano.

En relación con este último punto, creo que las ideas que presenta Malcolm apuntan en una dirección interesante, pueden ser parte de una estrategia no-tradicional de respuesta al escéptico y son ideas que reaparecerán, con algunas diferencias, en el capítulo 4 cuando abordemos la posición de Wittgenstein en SC. Al mismo tiempo, podemos anticipar que parece claro que, tal como las hemos reconstruido aquí, las ideas discutidas por Malcolm no pueden ser todo lo que se necesita para responder al escéptico. Lo que pretendo sugerir con esto es que puede que haya algo correcto en la idea de que debemos señalar, frente al escéptico, que su posición implica alejarse de, o incluso violentar, el modo en que usualmente evaluamos las afirmaciones de conocimiento y las circunstancias en que admitimos el planteo de dudas (si se quiere, el modo en que usamos normalmente “saber”, “dudar” y las palabras relacionadas con ambas). Pero es claro también, como vimos en el capítulo anterior, que eso sería fácilmente admitido por el escéptico, que señalaría que su duda no es una duda en sentido ordinario sino que se ubica en otro plano. Y, como señalaría luego el propio Wittgenstein, que esa duda “detrás” de la duda práctica es ilusoria, no es asunto que pueda establecerse de un modo tan directo, sino algo que tendrá que ser mostrado de otra manera (SC §19). De este modo, aun si las ideas que discute Malcolm tuvieran un papel importante en la respuesta al escéptico, no podrían ser suficientes en sí mismas para impugnar la duda no-ordinaria del escéptico, y mientras no se haya mostrado que esa duda, entendida de ese modo, carece de sentido, la afirmación de Moore de que conoce la verdad de sus premisas seguirá pareciendo una clarísima petición de principio.

Vuelvo ahora al otro punto que antes había mencionado, y es que, de todas formas, no parece plausible que la presentación de Malcolm, más allá del interés filosófico que tenga en sí misma, sea una reconstrucción adecuada de las ideas de Moore en PME. Contamos, de hecho, con la respuesta del propio Moore a esta interpretación, en el tomo dedicado a su obra en la Library of Living Philosophers. Allí Moore señala inequívocamente que su afirmación de que hay cosas externas es una afirmación empírica, y que su negación, “no hay cosas externas” es empírica, fácticamente falsa. Y también rechaza enfáticamente que su argumento dependa de la consideración de cuál es el uso correcto de ciertas expresiones. En términos de Moore, “no puedo haber supuesto que el hecho de que tenga una mano pruebe nada respecto de cómo debería usarse la expresión “cosas externas”” (referencias en Stroud 1984, p. 94).

Ya en función de lo que vimos hasta aquí parece claro que Moore no pensaba que el planteo de la hipótesis cartesiana del sueño fuese un sinsentido, o, al menos, no pensaba que pudiese ser desestimado de un modo tan directo como el propuesto por Malcolm. De hecho, vimos que Moore en ocasiones intenta responder al desafío planteado por la hipótesis escéptica señalando no que ésta carece de sentido, sino que no es un motivo suficiente para dejar en suspenso nuestras afirmaciones de conocimiento. Yendo un paso más allá, podemos notar además que entender a Moore del modo propuesto por Malcolm implicaría dejar en segundo plano al elemento de la posición de Moore que, a partir de lo que ya vimos, parece ser el más importante y también, quizás, el más interesante de su posición: la idea de que la ausencia de “evidencia” para sus afirmaciones no implica que éstas dejen de contar como afirmaciones de conocimiento.

Malcolm sobre DSC

El segundo artículo de Malcolm sobre Moore al que antes nos referimos, “Defendiendo el sentido común” (1949), presenta una crítica al uso que hace Moore de “saber” (en particular de “yo sé”) en relación con los “truismos” de DSC. Esto implica introducir algunas consideraciones diferentes de las involucradas en la discusión de PME, pero que serán también importantes para nosotros en lo que sigue dado que también aquí Malcolm anticipa (en su publicación) ideas relacionadas con las que luego encontraremos en SC. Y también frente a esta línea de críticas contamos con respuestas directas del propio Moore a Malcolm.

La posición que defiende aquí Malcolm es que el uso “sé que p” que propone Moore en DSC es incorrecto, dado que no cumple ninguna de las tres condiciones que, a ojos de Malcolm, son necesarias para el uso correcto de ese tipo de expresiones: (i) debe haberse planteado alguna duda a resolver, (ii) deben poder presentarse razones a favor de la afirmación de conocimiento, y (iii) debe ser posible realizar alguna investigación que pueda determinar si lo que se está afirmando es correcto.

Es importante considerar la respuesta de Moore a esta crítica ya que revela algunas diferencias significativas entre sus ideas sobre el significado y las ideas de Malcolm-Wittgenstein. Escribe Moore a Malcolm, en correspondencia personal luego publicada por el último:

Querías mostrar [en (1949)], y quieres ahora decir, que mi uso de esa expresión [‘Sé que p’] es un “mal uso” o es “incorrecto”; pero la única razón que das para decir eso es que lo usé bajo circunstancias en las cuales no sería usado ordinariamente; por ejemplo, en circunstancias en que no había entonces ni había habido previamente ninguna duda respecto de si había un árbol ahí o no. Pero que lo haya usado en circunstancias bajo las cuales no sería usado ordinariamente no es en absoluto una razón para decir que lo usé mal o incorrectamente (…). La estaba usando en el sentido en que se la usa ordinariamente (…), aunque no en circunstancias ordinarias” (citado en Coliva 2010, pp. 34-35)

Es interesante esta respuesta de Moore porque señala el modo en que la crítica de Malcolm depende de cierta comprensión filosófica del significado de las expresiones lingüísticas, en particular, una en la que el significado sea una función del uso de esas expresiones en el contexto de nuestras prácticas epistémicas, en el sentido en que, de alguna forma, esas actividades prácticas definen cuál es el uso correcto. Wittgenstein parece suscribir una concepción de ese tipo, como veremos en el capítulo siguiente, pero es claro que no se trata de una posición que comparta Moore, de modo que éste no considera que la crítica de Malcolm sea realmente decisiva, porque no ve ningún problema en pensar que una expresión pueda ser usada en su sentido ordinario en un contexto que sea, sin embargo, diferente al ordinario.

En la misma carta Moore rechaza también otra sugerencia wittgensteiniana de Malcolm, en el sentido de que sus “truismos obvios” involucrarían un mal uso de las palabras porque, fuera de su contexto práctico, sus afirmaciones no cumplirían ningún propósito definido y resultaría dudoso entonces qué significan. Moore apela a otra distinción que quizás sería difícil de asimilar en un contexto wittgensteiniano, pero que él no ve ningún problema en adoptar, la distinción entre hacer algo sin sentido (senseless) y decir algo que carece de sentido (nonsense). Reconoce que al afirmar sus “truismos” puede que estuviese haciendo algo sin sentido, en la medida en que podría resultar difícil ver por qué alguien habría de afirmar tales cosas. Podemos recordar, en esta dirección, que la cuidadosa formulación que elige Moore en DSC era “obvios truismos, tales que podría no valer la pena enunciarlos” (en inglés: “obvious truisms, as not to be worth stating”), de modo que Moore parecía consciente de esa objeción desde el primer momento. Al mismo tiempo, Moore insiste en que ese punto no implica de ningún modo que las cosas que entonces afirmaba careciesen de sentido, y de hecho le parece obvio que todos entienden qué es lo que estaba entonces afirmando y, lo que es más, todos entienden que lo que estaba afirmando era obviamente verdadero. Moore señala incluso que, de todos modos, no es cierto tampoco que no hubiese un contexto pragmático que diese sentido a su acción de afirmar sus proposiciones, ya que ésta tenía un propósito claro en esas circunstancias: mostrar que ciertas proposiciones generales suscriptas por algunos filósofos eran incorrectas. Éste no es, como Moore reconoce, un propósito que se persiga usualmente al decir cosas de ese tipo, pero es suficiente para aclarar que no estaba haciendo algo sin sentido al afirmarlas (referencias en Coliva 2010, p. 36).

Como señala Coliva, esta respuesta de Moore es significativa también porque apunta a concepciones diferentes detrás de la idea de que hay algo sin sentido o algo irrazonable o insensato en la duda que plantea el escéptico. Desde el enfoque Malcolm-Wittgenstein el problema sería un problema gramatical, mientras que para Moore, si hay un sentido en que el escéptico está dando un paso insensato, éste no es adjudicado a una violación de normas lógico-lingüísticas sino a su pretensión de discutir la visión de sentido común del mundo.

La discusión de las consecuencias de esta línea de crítica a Moore tendremos que dejarla para los capítulos siguientes en que hagamos un abordaje directo de la línea adoptada por Wittgenstein en SC. Ahora, para terminar nuestro recorrido por las interpretaciones posibles de las difíciles ideas de Moore, tenemos que considerar todavía un último enfoque influyente y que señala en dirección a algunos aspectos de la discusión del problema escéptico que introdujimos en el capítulo anterior.

Stroud: la perspectiva interna y la perspectiva externa

Según vimos, una de las principales razones que hacen difícil entender el argumento de Moore en PME es que parece incurrir en una petición de principio flagrante. Parece obvio que los oponentes de Moore (idealistas, escépticos o de otro tipo) no concederán que éste conozca efectivamente la verdad de sus premisas, ya que esto parece depender, a todas luces, de que esté en condiciones de afirmar su conclusión. Dicho de otro modo, las objeciones del escéptico o del idealista a la conclusión del argumento de Moore son exactamente las mismas que aplicarían a sus premisas, de modo que a no ser que éstas puedan probarse, no se habrá probado nada en absoluto.

Esto implica un dilema para quien lee el trabajo de Moore, dado que no parece razonable pensar que un filósofo como Moore, y en especial un filósofo interesado en cuestiones lógicas como Moore, pueda estar cometiendo ese error y no advertirlo, de modo que parece insoslayable suponer que tendría que haber estado haciendo alguna otra cosa. En términos davidsonianos, esto es lo que requiere una lectura caritativa de Moore.

En El significado del escepticismo filosófico (1984), Barry Stroud propone una discusión y crítica detallada de la posición de Moore que intenta también encontrar un sentido a las afirmaciones de Moore en que éstas no constituyan una obvia petición de principio, y sostendrá que hay un sentido en que la posición de Moore es, de hecho, enteramente correcta. A ojos de Stroud, sin embargo, esto sólo será posible reconociendo que, a fin de cuentas, hay otro sentido en que Moore sí incurre en una petición de principio flagrante.

El análisis que propone Stroud está basado en su comprensión del problema escéptico, a la que ya hicimos una breve referencia en el capítulo anterior. La idea central de Stroud es que debemos distinguir las cuestiones que se plantean (y las cosas que podemos afirmar) al “interior” de nuestras prácticas epistémicas ordinarias, de las cuestiones específicamente filosóficas que plantea el escéptico en relación con la totalidad de tales prácticas. Estas últimas implican un tipo de cuestionamiento “externo”, que depende de distanciarnos o “desprendernos” de todo el cuerpo de nuestros conocimientos acerca del mundo para poner en cuestión su relación con la realidad[11]. En términos de nuestra presentación del escepticismo cartesiano en el capítulo anterior, Stroud es uno de los principales defensores contemporáneos de la vieja idea cartesiana de que el desafío escéptico se ubica en un plano de “investigación pura”, donde sometemos a una evaluación estricta a la totalidad de nuestras afirmaciones de conocimiento sin referencia a las limitaciones pragmáticas y prácticas que imponen la acción, la comunicación y la cooperación. Como lo entiende Stroud, el planteo escéptico consiste precisamente en sugerir la posibilidad de que nuestra situación epistémica, concebida desde un punto de vista desprendido “externo”, no se corresponda con la concepción que tenemos de ella al considerarla desde dentro de los contextos prácticos. De hecho, para Stroud (como para Clarke) adoptar una mirada externa, en este sentido, es la característica especial de la mirada filosófica sobre nuestras prácticas ordinarias.

Esta distinción sugiere ya dos modos posibles de considerar la fuerza dialéctica del argumento de Moore en PME. Considerada desde la perspectiva interna de evaluación epistémica, lo que hace Moore en su prueba es, ante el planteo de una duda, simplemente recordarnos que efectivamente sabemos que existen cosas externas. Desde esta perspectiva, las afirmaciones de Moore son perfectamente inteligibles y perfectamente legítimas, y son, de hecho, verdaderas. Stroud insiste incluso en que no involucran ningún uso incorrecto de alguno de sus términos ni, en particular, del vocabulario epistémico.

Al mismo tiempo, si la consideramos desde un punto de vista externo, la “prueba” resulta ser un fracaso rotundo, ya que es en este plano en que pueden plantearse las hipótesis escépticas. Y Moore no sólo no articula una respuesta frente a las hipótesis cartesianas sino que confiesa cándidamente que cree que es imposible responderlas. Ante esa situación, resulta claro que Moore no puede afirmar legítimamente que conoce la verdad de sus premisas y su planteo no hace la menor mella sobre el desafío escéptico.

Vemos entonces que, aunque adopta otro camino, la crítica de Stroud es, a fin de cuentas, una variante de la acusación de petición de principio. Y tanto Stroud como Clarke se declaran finalmente incapaces de comprender cómo Moore puede no haber advertido esa falencia de su argumento. El diagnóstico de ambos, en definitiva, es que Moore era de algún modo incapaz de adoptar una perspectiva externa o incluso de sentir la fuerza de esa posibilidad. Stroud señala, por ejemplo, que “[la] capacidad para permanecer impertérrito frente a razonamientos filosóficos aparentemente inquietantes es característica de las confrontaciones de Moore con otros filósofos”, para añadir luego que “Moore es un fenómeno filosófico extremadamente desconcertante” (1984, p. 105 y p. 126). Clarke, por su parte, concluye que la aparente incapacidad de Moore para comprender que su posición frente al escéptico era “flagrantemente dogmática” parece ser el resultado de una “lobotomía filosófica” (1972, p. 757).

Para Stroud, sin embargo, la “prueba” de Moore resulta ser, paradójicamente, de gran importancia ya que su intento fallido de refutar al escéptico resulta en un “gran descubrimiento filosófico”, aunque no del modo en que Moore pretendía. El mérito del planteo de Moore, a ojos de Stroud, consiste en sugerir la conclusión, a primera vista sorprendente, de que la posición escéptica no es realmente incompatible con nuestras afirmaciones de sentido común. En particular, Stroud sugiere que podría no haber ninguna incompatibilidad entre el hecho de que ciertas proposiciones, consideradas al interior de nuestras prácticas, sean verdaderas, y al mismo tiempo la tesis escéptica “externa” también lo sea. Como señala Stroud, esta posibilidad habitualmente no es considerada en las discusiones sobre el escepticismo, clásicas o contemporáneas, ya que todas suponen que, a no ser que podamos responder satisfactoriamente al escéptico, nuestras prácticas epistémicas ordinarias carecerían de justificación y nuestras afirmaciones y adscripciones cotidianas de conocimiento resultarían falsas, no completamente verdaderas, o injustificadas. La novedad de la posibilidad señalada por Stroud radica en sostener que nuestras afirmaciones y adscripciones cotidianas podrían resultar enteramente verdaderas, mientras las consideremos desde un punto de vista interno. Esta posibilidad, cree Stroud, es la que revela paradójicamente Moore con su resistencia a adoptar una perspectiva filosófica.

Nuevamente aquí, como en nuestra discusión anterior sobre la interpretación crítica de Malcolm, podríamos plantear dos cuestiones. Podríamos preguntarnos si la interpretación de Stroud-Clarke es, después de todo, una lectura plausible de los textos de Moore, y podríamos preguntarnos si la visión del problema escéptico que suponen es correcta o, al menos, interesante. La discusión de este último punto supera lo que podemos hacer aquí, aunque haremos alguna referencia a este tipo de posiciones en nuestra discusión en los capítulos siguientes. Respecto a su valor como interpretación de Moore, parece claro que lo que Stroud encuentra en Moore no es lo que éste pensaba estar haciendo. Puede concederse a Stroud que Moore parece por momentos decidido a olvidar la diferencia entre el escepticismo cartesiano y una duda ordinaria respecto de la existencia de algo. Podemos recordar, por caso, el ejemplo de la pregunta acerca de las erratas en la página, que Moore trae a colación para mostrar que su procedimiento en la “prueba” es un procedimiento perfectamente ordinario y aceptable, cuando ese rasgo es precisamente el que parece inhabilitarlo como argumento ante el desafío del escéptico. Aun concediendo ese punto a Stroud, Moore insiste claramente en DSC en que entiende sus afirmaciones en un sentido ordinario, literal, y que al decir que sabe que son verdaderas quiere decir que sabe que son “completamente” verdaderas, y no verdaderas sólo en algún sentido. Tampoco parece probable que Moore hubiese aceptado el tipo de relativización del concepto de conocimiento que propone Stroud, defendiendo que pueda haber usos literales, plenamente legítimos, en que las afirmaciones de Moore sean verdaderas, aunque sólo relativamente a un determinado tipo de perspectiva.

De Moore a Wittgenstein

A lo largo de este capítulo he tratado de abrir las problemáticas planteadas por los artículos de Moore con vistas a nuestra discusión en los capítulos siguientes de sus derivaciones wittgensteinianas. Y aunque con vistas a esas discusiones no resultará demasiado decisivo llegar a una definición respecto de la lectura de Moore, podemos hacer algunas sugerencias en ese sentido para dar fin al recorrido de este capítulo.

A partir de lo que hemos visto, probablemente la mejor conclusión sea que hay en los diferentes trabajos de Moore algunas líneas argumentativas diferentes que no parecen ser del todo compatibles y que tendremos que tratar de distinguir. Algo que parece claro, para empezar, es que Moore pensaba que había al menos un sentido en que no es posible dar una respuesta concluyente frente al escéptico cartesiano. Vimos aparecer esta idea en sus observaciones finales en PME y también en las referencias que hicimos a “Certeza” y “Cuatro formas de escepticismo”. Esta posición, de hecho, parece ser una de las constantes de Moore frente al problema del mundo externo. Encontramos otra formulación clara de la misma postura en otro artículo publicado varios años antes, en relación con el escepticismo de Hume:

Me parece a mí que tal posición [que no somos capaces de conocer hechos externos] debe, en cierto sentido, ser imposible de refutar. Eso debe reconocerse frente a cualquier escéptico que se sienta inclinado a sostenerla. Cualquier argumento válido que pueda proponerse en contra debe ser del tipo de la petitio principii. ¿Cómo podría probarse a sí mismo el escéptico que conoce algún hecho externo? Sólo puede hacerlo proponiendo alguna instancia de un hecho externo, que de hecho conozca; y, al suponer que efectivamente conoce ésta, estaría, por supuesto, haciendo una petición de principio sobre el asunto. Es por tanto ciertamente imposible que alguien pruebe, en un sentido estricto del término, que efectivamente conoce hechos externos. Sólo puedo probar que los conozco, mediante la suposición de que en algún caso particular realmente lo conozco. Esto es, la así llamada prueba debe suponer la misma cosa que pretende probar. La única prueba de que conocemos efectivamente hechos externos radica en el simple hecho de que efectivamente los conocemos. Y el escéptico puede negar que conozca ninguno, con perfecta consistencia interna (“Hume’s Philosophy”, 1908; cita en McGinn 1989, p. 47).

Esto implica, entonces, que a ojos de Moore el planteo de la hipótesis escéptica es legítimo y que es imposible responder de ningún modo que sea directo y satisfactorio. Ante esta situación, Moore recurrió en algunas ocasiones a otra línea argumentativa, destinada a mostrar que, aunque no pueda probarse su falsedad, adoptar una posición escéptica no es, después de todo, razonable. Esta línea argumentativa, tal como es presentada por Moore, no parece una opción prometedora, como vimos más arriba. Según vimos también, probablemente estas observaciones de Moore sobre el escepticismo estén concebidas en el marco de la discusión con una forma no-radical de escepticismo, una basada en estándares de justificación excesivamente altos.

Al mismo tiempo, resulta claro que Moore pensaba que sí podía responderse de un modo directo al modo idealista de cuestionar nuestra creencia en un “mundo externo”. Y esto también sea probablemente una constante en la obra de Moore, que ya había emprendido un intento de “refutación del idealismo” muchos años antes de PME, aunque con argumentos muy diferentes (1903). Como vimos antes también, puede no resultar enteramente claro por qué Moore cree que su respuesta al idealista no es suficiente ante el escéptico.

De todos modos, dejando esta última cuestión de lado, el punto que parece más interesante del argumento de Moore en PME, como ya destacamos, es su insistencia en que su argumento es una respuesta al problema, ya que él sabe efectivamente que sus premisas son verdaderas. Y todos lo saben, del mismo modo en que él lo sabe. Este es el punto en que el planteo de PME confluye con las ideas que vimos antes en DSC: en ambos casos Moore afirma conocer ciertas proposiciones que no puede probar, y parece haber considerado que el principal obstáculo para probar sus afirmaciones estaba representado por las hipótesis escépticas al modo cartesiano. Moore parece haber titubeado respecto de la posibilidad de invocar otras formas de justificación más débiles que una “prueba” en sentido estricto de estas afirmaciones. En DCS, por ejemplo, afirma no poder señalar cuál es la evidencia que apoya esas afirmaciones, pero insiste en que sería absurdo ofrecer reparos acerca de ellas. En PME parece adoptar una línea diferente al afirmar que, de hecho, tiene evidencia concluyente para creer que no está soñando (aunque no fuese suficiente para probar que no estaba soñando). Por momentos, incluso, se muestra tentado a señalar que tiene la “evidencia de los sentidos” para apoyar sus afirmaciones (1959b). Según vimos más arriba, ésa ciertamente no parece una línea de argumentación prometedora frente al escepticismo cartesiano.

La línea presente en DSC, insistir en que hay cosas que realmente sabemos aunque no podamos decir cómo las sabemos, no presenta ese tipo de problemas, aunque es claro que presentará desafíos de otro tipo. Y ésta es, en mi opinión, la más interesante de las líneas probadas por Moore. Parece haber algo correcto en la idea que hay ciertas proposiciones aparentemente empíricas y contingentes que consideramos con tanta certeza como las proposiciones a priori de las ciencias formales o las creencias inmediatas sobre los contenidos de la consciencia. Y este punto mooreano resulta especialmente interesante si consideramos que la tradición ha sostenido casi unánimemente lo contrario, desde Platón hasta Russell y los positivistas lógicos, pasando por Descartes.

Si lo entendemos de este modo, encontraremos que el elemento más original en el planteo de Moore consiste en señalar que algunas de nuestras creencias no precisan realmente de justificación, aunque Moore presentase también otras ideas no del todo consecuentes con ésta. Presentada de este modo, podríamos pensar que esta idea de Moore es una variante de algunas de las ideas familiares en las discusiones epistemológicas. Podemos ver a Moore como una suerte de fundacionista, como sugiere Stroll (1994). O podríamos entenderlo incluso como rechazando el análisis estándar y adoptando una posición no-justificacionista, que podríamos ver como una antecesora de las posiciones externistas en los debates contemporáneos (Coliva 2010). Creo que ninguna de las dos opciones es del todo satisfactoria. Entender a Moore como un fundacionista, al modo tradicional, no parece ser demasiado iluminador ya que las cosas que Moore afirma que conocemos sin precisar de justificación son realmente inusuales dentro del menú de opciones fundacionistas –en ello radica su originalidad- e incluye una serie indefinidamente grande de afirmaciones “de sentido común” que probablemente no puedan ser reducidas a una clase de creencias homogéneas o seleccionables a partir de algún criterio claro. De hecho, el propio Moore reconoce que no puede dar un criterio que seleccione a sus afirmaciones de sentido común al presentarlas en DSC mediante una definición por extensión que no pretendía, además, ser exhaustiva.

Luego, entender que la clave de la posición de Moore está en el planteo de una posición epistemológica externista, como sugiere Coliva, implica pasar por alto otro rasgo clave de su posición, que es que Moore no sugiere en ningún momento que cualquier afirmación pueda sostenerse de esa forma sin un recurso adecuado a algún tipo de evidencia. Por el contrario, ésta parece ser una característica especial de algunas de nuestras creencias, precisamente las que Moore estaría dispuesto a llamar “de sentido común”, aun si ésta clase no estuviese precisamente definida.

Podemos notar también una consecuencia adicional de entender a Moore de este modo y es que, a pesar de las apariencias en contrario, su posición resulta ser más relevante como respuesta frente al escepticismo agripano que como respuesta al escepticismo cartesiano. Vimos, de hecho, que Moore afirma no tener nada concluyente que decir frente a la hipótesis del sueño. Pero sus ideas sí pueden sugerir, aunque no desarrollen, un modo novedoso de enfrentar al trilema de Agripa (lo que, desde ya, no es lo mismo que decir que la estrategia sugerida por Moore pueda ser exitosa frente al escéptico).

Desde una perspectiva wittgensteiniana, como luego veremos, quedarían todavía muchas cosas por criticar en el modo en que Moore pensó estas ideas. Algunas de esas críticas seguirán la línea que, según vimos más arriba, presenta ya Malcolm contra Moore al discutir la corrección de su uso de “saber” en relación con ese tipo de afirmaciones. Otra diferencia fundamental, que ya podemos notar ahora, resultará del hecho de que Moore pensaba que respecto de sus “truismos” no podía señalar con precisión cuál era su evidencia, pero no parece haber considerado que el pedido de evidencia pudiese ser improcedente en primer lugar, limitándose a insistir en que no alcanzaba para impugnar sus afirmaciones de conocimiento.

De todos modos, y a pesar de estas diferencias, encontramos ya en Moore la idea de que puede haber un sentido en que algunas (no todas) de nuestras afirmaciones puedan ser sostenidas sin precisar realmente de un apoyo justificacional. Y esta idea tendrá un papel importante en nuestra discusión en los capítulos siguientes.


  1. Una versión más desarrollada de este capítulo fue publicada como “Escepticismo e idealismo en la Prueba del Mundo exterior de G.E. Moore”, Areté (Perú), 2015, vol. 27, nro. 1, pp. 45-67.
  2. Un detalle intrigante del modo en que Moore presenta sus “truismos”, del que no podremos ocuparnos aquí, está dado por los notorios esfuerzos que realiza para evitar una formulación en términos del concepto de persona, pensando presumiblemente que esta noción es en algún sentido problemática o que su inclusión iría en detrimento de la “obviedad” de las proposiciones consideradas.
  3. Esto implica que las proposiciones que defiende Moore, y que el idealista pretende negar, son contingentes, esto es, no son lógicamente necesarias.
  4. En dichas secciones, que no entrarán en nuestra discusión, Moore sostiene que no hay ninguna razón para creer que los hechos físicos sean lógica o causalmente dependientes de hechos mentales (secc. II) y que, del mismo modo, no hay ninguna buena razón para creer en la existencia de Dios (secc. III).
  5. Probablemente sean pasajes como éste el origen de la acusación wittgensteiniana de que Moore está confundiendo la cuestión relativa al conocimiento con una cuestión relativa a las características de algunos de sus estados mentales. Volveremos sobre este tema en el capítulo 4.
  6. En inglés: (A) ‘things outside of us’, (B) ‘external things’, (C) ‘things which are external to our minds’, (D) ‘things to be met with in space’, (E) ‘things presented in space’.
  7. Como veremos más adelante (secc. 6), Stroud (1984) propone una interpretación diferente que reconoce un sentido en que no hay realmente incompatibilidad entre la verdad de las afirmaciones de Moore y la verdad de la tesis escéptica.
  8. Ambos trabajos fueron escritos a principios de los cuarenta, luego de PME, pero algún motivo llevó a Moore a posponer su publicación hasta su inclusión en el tomo Philosophical Papers (1959). Debemos notar sobre “Certeza”, en particular, que en el prefacio de dicho libro Moore muestra importantes reparos sobre el artículo, indicando que contiene “errores graves… que ahora no veo cómo corregir” (p. 13). Es imposible precisar exactamente qué aspectos del trabajo dejaban disconforme a Moore, aunque una nota del editor indica que podía estar refiriéndose a los últimos párrafos, donde Moore sugiere que podría haber un camino lógico para descartar la hipótesis del sueño sobre la base de la conjunción de las experiencias sensoriales actuales y los recuerdos pasados. Este punto de su posición, sin embargo, no entrará en nuestra discusión aquí.
  9. La presentación que sigue de las ideas de Malcolm está basada en la de Coliva (2010, cap. 1).
  10. Entendido de esta forma, Moore estaría anticipando algunas de las ideas que en el capítulo anterior referimos a Austin en “Other Minds” (1946).
  11. Esta distinción entre el plano ‘interno’ y el ‘externo’ para las evaluaciones epistémicas es muy similar a la que propusiera Thompson Clarke entre lo ‘llano’ y lo ‘filosófico’ (Clarke 1972), de la que Clarke también extrae un diagnóstico crítico de la argumentación de PME. De hecho, en el prefacio de su libro Stroud reconoce explícitamente su deuda con Clarke (p. xiv).


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