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5 A modo de conclusión

Michael Williams ha caracterizado el enfoque de Wittgenstein en SC como la propuesta no de una epistemología escéptica sino de un escepticismo acerca de la epistemología. La caracterización resulta acertada desde la lectura del SC que hemos propuesto aquí y, en términos de nuestra exposición en el capítulo tres, puede ser extendida al conjunto de la perspectiva filosófica de Wittgenstein. Wittgenstein no nos propone una filosofía escéptica sino un escepticismo acerca de la filosofía.

Vista de este modo, su obra puede ser ubicada como un capítulo más en la larga historia de la crisis de autopercepción de la filosofía, historia que podemos remontar hasta el desarrollo de las ciencias modernas y la consolidación de la filosofía como disciplina académica profesional durante el siglo XIX. En el contexto de esa historia, Wittgenstein no se ubica tan lejos de otros grandes autores de la primera mitad del siglo pasado, muchos de los cuales comparten un diagnóstico muy negativo acerca de las concepciones heredadas de la filosofía. Cruzando de una tradición a otra, podemos recordar en particular que Heidegger concebía su proyecto en Ser y Tiempo como el de una “destrucción de la ontología tradicional” e, incidentalmente, parafraseaba el “escándalo” que Kant había señalado en relación con el escepticismo como un escándalo consistente en que se siguiera aceptando el problema y se siguiera tratando de resolverlo. Ubicada en ese cuadro de situación, lo que resulta distintivo de la posición de Wittgenstein es que sus esfuerzos de desmantelamiento de los marcos conceptuales y problemáticos de la filosofía heredada son presentados no como una superación hacia otros marcos conceptuales y otras problemáticas filosóficas sino como una disolución de la filosofía misma[1].

Creo que no es nada sencillo comprender el alcance exacto de estas ideas de Wittgenstein y, de hecho, la mayor parte de sus lectores y comentadores simplemente dejan de lado este aspecto de su pensamiento, atribuyéndolo quizás a algunos rasgos idiosincráticos de la personalidad de su autor. Analizar este punto con algún cuidado requeriría abordar una discusión sobre la naturaleza misma de los problemas filosóficos, y eso es algo que no pretendo hacer aquí, aunque sí querría señalar que la posición de Wittgenstein puede resultar menos paradójica si entendemos a la filosofía como un conjunto de problemas (si, por así decirlo, entendemos la extensión de “filosofía” como un conjunto enumerable de problemas) y si entendemos a esos problemas no como resultando de la naturaleza de los asuntos mismos sino como el producto de una tradición intelectual histórica, contingente. Si los problemas planteados por esa tradición son (sólo) el producto de malentendidos lingüísticos, si son para nosotros sólo preguntas vacías y si (sólo) eso es la filosofía, entonces el diagnóstico disolutorio de Wittgenstein parece enteramente natural.

Sea esto como fuere, el problema al que estoy haciendo referencia puede plantearse también como la cuestión de si podemos extraer alguna enseñanza positiva de la lectura de Wittgenstein y, en particular, si puede hacerse esto de un modo que no traicione su diagnóstico acerca de la filosofía, esto es, de un modo en que la enseñanza que extraigamos no se presente bajo la forma de una teoría filosófica, con todo el peso que ello implica. Mi sugerencia es en este sentido que la respuesta a esa pregunta puede ser positiva, y querría dedicar estas páginas finales a presentar algunas sugerencias en esa dirección a partir de la lectura del SC que hemos presentado aquí.

Lo que quiero sugerir en particular es que las ideas de Wittgenstein en SC pueden ser una herramienta útil, fructífera, para pensar acerca de las condiciones de los debates de opinión y el modo en que la configuración de un espacio de debate influye sobre las posibilidades de argumentación que pueden desarrollarse dentro de ese espacio. Estoy pensando aquí centralmente en dos de las ideas principales que presentamos en el último capítulo. Por un lado, la idea de que la participación en un ámbito de debate no requiere solamente el respeto de ciertas normales formales sino que requiere también la aceptación sin discusión de algunas proposiciones que adquieren dentro de ese espacio de debate una fuerza normativa. La segunda idea que quiero destacar puede desdoblarse a su vez en dos ideas, donde tenemos por un lado que cuando no se parte de un punto de encuentro en relación con las proposiciones que cumplen esa función, nos encontramos con desafíos reales, muchas veces difíciles de resolver, en términos de inteligibilidad de la posición de nuestro interlocutor, y luego que el modo en que podemos afrontar ese conflicto no es mediante un argumento a partir de razones o evidencia sino a partir de otros tipos de procedimientos argumentativos.

Mi intención es señalar que estas ideas de Wittgenstein pueden ser útiles para entender nuestra situación lingüístico-conceptual frente a una amplia gama de debates de opinión pero tengo en mente dos ejemplos particulares sobre los cuales podemos ensayar, aunque sea de un modo rápido y provisorio, una aplicación de este marco de ideas.

En primer lugar, creo que el tipo de descripción que ofrece Wittgenstein refleja algunos rasgos familiares de los debates al interior de la filosofía misma. Podemos entender de este modo, por ejemplo, las dificultades conocidas que involucra el diálogo entre diferentes tradiciones filosóficas, en la medida en que los espacios de discusión al interior de las diferentes tradiciones pueden ser caracterizados tanto por las preguntas que efectivamente se hacen quienes se encuentran al interior de esa tradición como por las preguntas que quedan excluidas de ese espacio problemático. En términos de lo que vimos en el último capítulo podemos pensar también que esas barreras no son en sí mismas insuperables (lo que no implica que no sean desafíos reales, difíciles, para la comprensión), en la medida en que puede mejorarse la situación de inteligibilidad mutua entre diferentes espacios a partir del entrenamiento y la familiarización con marcos de pensamiento en que varía qué es lo que se considera obvio y qué es lo que se considera como obviamente inaceptable. Y este ejercicio es, como sabemos, difícil y sólo raramente intentado. En términos más generales, podemos entender también la formación en una tradición determinada, el tipo de entrenamiento que es necesario para poder participar fructíferamente en determinados debates al interior de una cierta tradición, precisamente como la aceptación de determinadas preguntas como preguntas interesantes y la exclusión de otras preguntas como preguntas que no tiene sentido formular.

Luego, en términos más generales aun, creo que una sugerencia wittgensteiniana interesante podría ser que estar de acuerdo con un el planteo de un problema o, para simplificar, con el planteo que propone un texto, no es algo de un orden tan diferente como podría pensarse a estar en condiciones de entender ese texto o ese planteo en un sentido más o menos profundo. Esto no implica necesariamente borrar la distinción entre acuerdo y comprensión, distinción que resulta útil a muchos fines, pero sí implica entenderla de un modo particular, diferente al que es usual en muchos contextos.

El segundo ejemplo que querría considerar rápidamente se refiere al modo en que estas ideas de Wittgenstein pueden ayudarnos a entender un poco mejor las posibilidades abiertas y las posibilidades bloqueadas en los diferentes debates políticos, esto es, en los espacios de debate discursivo acerca de ideas políticas (que podemos entender como (sólo) un aspecto de las confrontaciones políticas efectivas entendidas en términos más amplios). Hay en este sentido dos ideas que querría destacar. Por un lado, creo que hay algunas derivaciones interesantes en este ámbito del tipo de vínculo entre acuerdo e inteligibilidad que hemos estado explorando. En uno de los pasajes notables de SC, Wittgenstein propone que “donde se encuentran realmente dos principios que no pueden ser reconciliados, cada uno declara al otro un necio o un hereje” (§611), y creo que el tipo de comprensión de los espacios de discusión que podemos extraer del SC puede ser importante para pensar la distinción entre debates y combates que es central a las concepciones agonísticas de la democracia (Mouffe 2000). Creo que la enseñanza wittgensteiniana en este sentido consiste esencialmente en recordarnos que sólo podemos involucrarnos en debates (fructíferos) allí donde el marco de acuerdo es suficientemente amplio como para permitir un diálogo en un contexto de relativa mutua comprensión, y que las condiciones de ese debate, casi diría las condiciones “epistémicas”, esto es, el modo en que puede recurrirse a la argumentación y a la presentación de evidencia, funciona de un modo notablemente diferente cuando nos encontramos en cambio en un contexto en que tenemos que entender la confrontación en términos de una disputa por el modo en que es configurado el marco del debate en primer lugar.

Pero luego, y especialmente, lo que querría sugerir es que puede ser interesante pensar la dinámica de la lucha política misma como una disputa por el establecimiento de lo obvio y de lo obviamente inaceptable en el debate público. Aunque creo que el alcance de este punto es bastante general, podemos verlo más fácilmente si pensamos en algunos ejemplos extremos en términos del arco de ideas políticas. De este modo, por ejemplo, puede ser interesante analizar la situación política de la vieja Europa a partir de las fluctuaciones en estos parámetros, viendo cómo en las últimas décadas las políticas de estado de bienestar y el proyecto de integración europea pasaron a ser cuestionados con una intensidad que hace unas décadas era poco menos que inimaginable, y especialmente podemos entender en estos términos los efectos de la crisis actual sobre el espacio de debate político a partir del avance de partidos de extrema derecha en las elecciones recientes en varios países del continente. Esto es, podemos analizar esos cambios como cambios en el espacio de debate político en donde, en determinados momentos, se vuelve concebible la presentación pública de ideas que en otros momentos hubiesen sido marginalizadas, y donde bajo condiciones favorables a esa re-configuración el paso inicial de que esas ideas se vuelvan públicamente presentables puede transformarse gradualmente en la aceptación general de esas ideas como parte del abanico de opciones políticas viables.

Un ejemplo más nítido y más cercano puede ser el discurso acerca del terrorismo de estado llevado adelante por la última dictadura cívico-militar en nuestro país. Aun cuando hay todavía personas o incluso actores públicos que reivindican el accionar de la dictadura, y a pesar de la amplia difusión que llegó a tener la llamada “teoría de los dos demonios”, creo que es claro que, dentro de una evaluación general del espacio de debate público, ese tipo de discursos ocupa un lugar completamente marginal. Esto es, en casi cualquier debate público la condena a la dictadura no precisa ser justificada y la defensa de la dictadura es rechazada de plano como una opción inviable, como una opción no disponible dentro del cuadro de ideas políticas que pueden participar de los debates públicos. En términos proselitistas, en la Argentina actual es inconcebible que un dirigente con aspiraciones no testimoniales reivindique públicamente la figura de Videla. Es interesante en este sentido el contraste con la situación del debate público en Chile, donde la reivindicación pública de la dictadura concita rechazos, sin duda, pero es concebible y frecuente incluso entre dirigentes encumbrados de los partidos mayoritarios, incluyendo al actual presidente Piñera.

Creo que una sugerencia interesante en este punto es pensar que hay un sentido en que ganar en el debate político público puede ser visto como lograr la imposición o la consolidación de ciertas ideas como obvias y, como contracara de la misma moneda, lograr que ciertos planteos lleguen a ser vistos como obviamente impresentables. El punto es, me parece, interesante, ya que los objetivos usuales que puede llevar adelante una agrupación política, el tipo de reivindicaciones que puede buscar transformar en acciones de gobierno y modificación del marco jurídico, consiste, en muchos casos, en avances provisorios cuya continuidad puede verse en peligro ante la alternancia en el ejecutivo o en la composición del parlamento. Desde este punto de vista, puede pensarse que en el mediano o largo plazo, una victoria política consista quizás en haber reconfigurado el espacio de debate (casi querría decir el “sentido común” político) de modo que algunos puntos dejen de ser contenciosos y otros dejen de ser vistos como naturales y puedan ser puestos en discusión. Creo que es de ese modo que podemos pensar un horizonte de relativa estabilidad para la conquista de reivindicaciones, sin olvidar al mismo tiempo que también en ese terreno cualquier conquista es provisoria, en la medida en que ninguna victoria política es definitiva y en ningún caso deberíamos pensar que tenemos el futuro asegurado.


  1. Varias anécdotas de alta circulación nos muestran incluso a Wittgenstein insistiendo apasionadamente a sus discípulos para que dejasen la filosofía académica y se dedicasen a trabajos mundanos, especialmente a trabajos manuales (v. Monk 1990).


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