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IV. Mercados mundiales y condiciones locales en el empleo agroindustrial

El caso de la producción de limón en la provincia de Tucumán

Silvia Bardomás, Gabriel Bober, Guillermo Neiman
y Sebastián Scirica

Introducción[1]

En el contexto de la expansión de las cadenas internacionales de producción agroindustrial o agroalimentaria, las empresas procuran incidir cuantitativa y cualitativamente en sus requerimientos laborales respondiendo a condicionamientos globales. Esto puede concretarse ajustando la demanda de trabajo según las necesidades de la producción, estableciendo los perfiles de trabajadores más acordes a dichas exigencias y flexibilizando las condiciones de la contratación, entre otras dimensiones.

Estos comportamientos se han consolidado como una estrategia extendida de las empresas para competir en mercados globalizados y que termina reconfigurando la organización del trabajo y los vínculos laborales; a su vez, puede abarcar al conjunto de la cadena de producción o expresarse de manera fragmentada destacándose en algunas etapas o subsectores que la integran, en general articulando con las condiciones locales preexistentes a esa expansión (Lara Flores, 1998; Neiman y Quaranta, 2000).

Específicamente, el impacto sobre las condiciones de empleo que imponen las empresas en este contexto y las prácticas que despliegan han sido menos analizados considerando las diferentes etapas que los componen –producción primaria, acondicionamiento y transformación industrial–, en cada una de las cuales puede expresarse de manera específica atendiendo a los tipos de trabajadores/as alcanzados, a los niveles de explotación laboral y a las relaciones de trabajo propiamente dichas.

La mayor integración mundial de la producción agroalimentaria se asocia a la propagación de nuevos estándares impuestos a la producción, industrialización y distribución, que es posible identificar genéricamente como “calidad” y que se concreta en protocolos y regulaciones específicas, concretándose en flujos y estrategias comerciales particulares. En general, por tratarse de cadenas estructuradas en torno a mercados en los que convergen producciones –ya sea en fresco o industrializadas– y consumidores, las empresas deben asegurarse el acceso a tierra, capital, tecnología, infraestructura y fuerza de trabajo que les garantice llevar adelante su proyecto (Gereffi, 2001; Bonanno, 2003).

En este sentido, la noción de “redes productivas mundiales” comienza a utilizarse en los años 2000 para diferenciarse de la más clásica de “cadenas de valor”, centrada en las relaciones económicas y productivas entre empresas. Esa noción enfatiza el análisis del contexto institucional y de las relaciones de fuerza que se establecen entre los distintos agentes económicos y sociales que participan, “investigando las razones de que las diferentes redes transnacionales de empresas generen resultados dispares para los productores y los trabajadores de un mismo país o de varios países” (Barrientos et al., 2011, p. 330).

Específicamente, con respecto al empleo generado por las redes productivas mundiales, la literatura muestra una generalización de condiciones asociadas a salarios bajos, trabajo eventual y falta de derechos laborales y limitada representación sindical (Barrientos, Gereffi y Rossi, 2011). Esto se comprueba para una variedad de ramas de actividad económica, entre las cuales se destaca la agricultura, que se diferencia de otras por la mayor participación del trabajo familiar y la producción de pequeña escala, la presencia de calificaciones medias y bajas y el uso de tecnologías menos intensivas en conocimiento[2].

La comparación entre países muestra que, si bien emerge una correlación positiva entre el avance del comercio medido como aumento de las exportaciones y el desarrollo económico o crecimiento del producto, no ocurre lo mismo cuando se correlaciona progreso económico y progreso social, este último basado en condiciones de trabajo como salarios y presencia y cumplimiento de la normatividad laboral (Milberg y Winkler, 2011).

Además, las reconocidas tendencias a la concentración en la etapa primaria y también industrial –en ambos casos en detrimento de productores y empresas de escala pequeña y mediana– le otorgan a la cuestión del empleo una significación aún mayor. Feminización, migraciones, trabajo temporario o casual, intermediación laboral, externalización de tareas forman parte de una organización del trabajo de creciente flexibilidad que torna más inseguras las inserciones laborales de la población alcanzada por esos procesos de internacionalización de la producción.

Estas condiciones pueden llegar a coincidir con mayores requerimientos de calificaciones en puestos específicos de trabajo que, si bien pueden ser una minoría en el conjunto de la fuerza laboral, adquieren un carácter estratégico que se concreta en la búsqueda y contratación de trabajadores/as de ciertas características personales, de su trayectoria y desempeño laboral.

De esta manera, se activan mecanismos de diferenciación y segregación laboral que se expresan en diferentes niveles: entre las distintas fases de la producción (por ejemplo, campo versus industria u otras etapas intermedias), por tipos de inserciones laborales (la más común entre una minoría de permanentes y una creciente proporción de estacionales o temporarios), entre trabajadoras mujeres y trabajadores varones, o en torno a las mencionadas calificaciones o competencias laborales más o menos explicitadas en la relación de trabajo.

Este capítulo aborda la relación entre producciones agroindustriales de alcance global que operan bajo lógicas económicas (en principio, productivas y comerciales) asociadas a la calidad, con las inserciones laborales y las condiciones sociales emergentes a partir de esos procesos.

En este capítulo, a manera de hipótesis general del análisis, sostenemos que las configuraciones en el empleo local asociadas a esa expansión derivan de los requerimientos laborales de las distintas etapas que conforman esta cadena, de las prácticas laborales que despliegan las propias empresas, las condiciones preexistentes del mercado de trabajo local y el entorno político en sentido amplio, todo ello en el marco de la posición diferencial que cada subsector ocupa en relación con los mercados de consumo en fresco y de subproductos industriales. Esta combinación de factores produce configuraciones laborales heterogéneas, con distintos grados de estabilidad, formalización e intensidad del trabajo.

El análisis se desarrolla para el caso de la producción citrícola –especializada en limón– localizada en la provincia de Tucumán, destinada al consumo en fresco y de subproductos de origen industrial, que aceleró su expansión desde los años 90 y que adquirió una posición determinante en el comercio mundial.

Metodología

La información utilizada corresponde a una encuesta implementada durante los años 2022 y 2023, a partir de una muestra intencional y no probabilística de asalariados y asalariadas del complejo agroindustrial del limón en la provincia de Tucumán. Se consideran las inserciones laborales en la producción primaria o “a campo”, en el empaque o establecimientos de selección y acondicionamiento de la producción en fresco y en la industria procesadora de distintos subproductos destinados a usos industriales diversos.

En total, se relevaron 120 asalariados y asalariadas a través de un proceso de selección intencional con cuotas según subsector y género[3]. La diferenciación por subsector se corresponde con el enfoque del estudio y por el hecho de que la articulación entre etapas es una condición para concretar tanto la exportación de frutos como la industrialización de subproductos derivados del limón. Con respecto a la variable género, se incluyó una cuota específica porque se trata de una de las actividades agroindustriales con mayor participación de empleo femenino en el país y con una tendencia creciente (mayormente concentrado en el empaque para el caso del limón).

En total, se encuestaron 70 trabajadores de campo, 30 correspondientes al empaque y 20 a la industria de procesamiento; según género, la distribución abarcó 90 varones y 30 mujeres.

El cuestionario aplicado releva aspectos relativos a las características personales de los asalariados y las asalariadas, las condiciones de contratación y de trabajo, las particularidades de la tarea desempeñada, la registración y el desarrollo de instancias de sindicalización y conflicto en los distintos eslabones de la cadena de producción.

El enfoque metodológico permitió ampliar el foco del análisis abarcando el conjunto de una cadena productiva fuertemente globalizada como lo es el limón, con una base productiva conformada mayoritariamente por grandes empresas integradas y con empleo asalariado predominantemente ocupado en forma estacional.

La cadena de producción del limón en la provincia de Tucumán: entre la inserción internacional y las condiciones de trabajo locales

La producción

La citricultura de la provincia de Tucumán está conformada casi exclusivamente por plantaciones de limón. Su crecimiento se asocia a la necesidad de diversificación de la agricultura local por las reiteradas crisis del histórico sector azucarero que se profundizaron en los años 60 del siglo pasado[4]. Esta actividad era la fuente prácticamente exclusiva de ingresos para un importante número de pequeños productores y también para asalariados (se debe tener en cuenta que la provincia experimenta tardíamente, en comparación con otras provincias productoras como Salta y Jujuy, la mecanización de las tareas que requiere el cultivo, principalmente la cosecha) (Campi, 1995; Nasiff, 2015; Jaldo, Ortiz y Biaggi, 2016).

Así, en los años 80, comenzó el incentivo provincial a la difusión de plantaciones de limón, estableciéndose estímulos para el desarrollo de la actividad industrial y de esta forma paliar el desempleo generado por el cierre de varios ingenios y la crisis en la pequeña producción cañera, que llevó a una ostensible retracción del sector, con importantes consecuencias económicas y sociales[5].

En los primeros años de esta dinamización productiva[6], la actividad citrícola-limonera estuvo orientada casi exclusivamente a la provisión de frutos para el mercado interno, y comenzó a cobrar importancia en las décadas siguientes la exportación de productos industrializados primero y de limones frescos después.

En los años 90, los procesos de apertura y desregulación económica del período aceleraron el ingreso de inversiones (de capitales nacionales y extranjeros) en el sector, en el marco de políticas de reembolsos impositivos ante la mencionada persistencia de la crisis azucarera.

El resultado más visible fue la expansión de la superficie implantada con limón, a lo que se agregó un proceso continuo de crecimiento de la productividad que se prolongó hasta las primeras décadas de este siglo. Fueron características clave de este proceso la introducción de mejoras tecnológicas en la etapa de producción; la integración vertical de las empresas (campo, empaque, conservación para el consumo en fresco y procesado industrial); el aumento de la escala y capacidad instalada de las agroindustrias limoneras en todas sus etapas; la adecuación y búsqueda de reconocimiento de la calidad de su producción según los requerimientos de los mercados externos (para lo cual la certificación ocupó un lugar preponderante); la concentración empresarial del comercio exterior y la transnacionalización patrimonial.

Así, para fines de la década pasada, los establecimientos grandes (con más de 300 hectáreas plantadas) y los medianos (de 50 a 300 hectáreas plantadas) controlaban casi el 90 % de la producción de limones de la provincia (Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas, 2016), siendo irrelevante la participación de la pequeña producción dirigida exclusivamente al mercado interno.

Entre 2002 y 2006, la superficie con limón creció un 10 %, según lo que surge del Censo Nacional Agropecuario y el Censo Citrícola Provincial, respectivamente, y a partir del 2010 retomó el ciclo de crecimiento de la superficie plantada. Para 2024 se estima una superficie en producción de 42.000 hectáreas (Grupo Teledetección y SIG, 2024) con una disminución del 15 % respecto al 2022 y de las cuales 16.000 hectáreas están registradas para la producción de fruta para exportar[7].

Sin embargo, esta disminución de la superficie de producción de frescos destinados a exportación se inscribe en una tendencia que viene protagonizando el sector desde hace 15 años, pero que se ve matizada por algunos años de crecimiento, proceso que algunos caracterizan como de “altibajos con estancamiento” (Ceconello et al., 2026).

En la industria, las principales empresas citrícolas que conforman la cadena del limón (doce empresas que poseen 30.000 hectáreas de limón con las cuatro más grandes que explican el 40 % de la superficie plantada) han intensificado la integración vertical para las distintas fases del proceso agroindustrial, incluyendo la producción de plantines en viveros y de limón en establecimientos propios, la selección y el embalaje de la fruta en plantas de empaque, el procesamiento de la fruta para la elaboración de aceites, cáscaras deshidratadas y jugos concentrados en plantas industriales. Persiste un número menor de empresas que solo se ocupan de alguna fase del proceso agroindustrial, como la producción primaria en fincas o el empaque de frutos para la exportación, sin agregar el procesamiento industrial del producto primario (todas las plantas industriales tienen algún nivel de integración, pudiendo algunas abastecerse de frutos a través de terceros).

Específicamente en la fase del empaque, hay 80 establecimientos registrados que destinan su producción al mercado interno y externo; el número de plantas en actividad puede variar entre años de acuerdo con las características de las campañas, considerando los volúmenes producidos y también las perspectivas de los mercados externos.

Los mercados

Las exportaciones totales de la provincia de Tucumán sumaron 1.115 millones de dólares en 2018, de los cuales el complejo del limón participó con 734 millones, que refleja un incremento del 24 % respecto al año anterior. Las ventas externas de la agroindustria se distribuyeron entre limones (35,7 %), aceites esenciales (33 %) y jugos (31,3 %) (INDEC, 2018). La Unión Europea y Rusia constituyen los principales mercados del producto fresco, y los Estados Unidos, del jugo concentrado y el aceite esencial (Ministerio de Hacienda, Presidencia de la Nación, 2018). En los últimos años, el complejo agroindustrial del limón evidenció una baja de las exportaciones cercana al 15 % expresada en dólares, y las proporciones de limón en fresco exportado (respecto al total comercializado) vienen descendiendo hasta ubicarse actualmente en torno al 20 % aproximadamente[8].

De cualquier manera, la Argentina se mantiene como la primera productora mundial de subproductos industriales elaborados a partir del limón y ocupa el cuarto lugar en la exportación de la fruta en fresco.

El ingreso a los mercados de exportación se sustenta en el cumplimiento de protocolos o certificaciones en función de las exigencias del consumo, que buscan estandarizar las ventas de frutos en fresco y de subproductos según criterios y disposiciones internacionalmente aceptados. Uno de los sellos de calidad más difundidos es Global GAP, que establece una normativa de buenas prácticas agrícolas que asegura la trazabilidad del producto, su inocuidad y tratamientos fitosanitarios y que ha venido agregando normas de responsabilidad social y de cuidado medioambiental, siendo un requisito necesario para la exportación a países de la Unión Europea[9].

El Global Standard for Food Safety consiste en un sistema documentado de gestión de calidad a través de la implementación de infraestructura según Buenas Prácticas de Manufactura (BPM) y del control del producto, del proceso productivo y del personal ocupado. Además, requiere la incorporación del sistema Hazard Analysis & Critical Control Points (HACCP), cuyo objetivo principal es garantizar la seguridad del consumo alimentario del producto. 

A partir de la iniciativa privada local, se agrega además un sello de calidad argentino –All Lemon–, que certifica la calidad de los limones de exportación de las principales productoras y empacadoras de la región noroeste del país. Su creación fue impulsada por una empresa en el año 2010 para los limones de exportación, a la que después se sumaron otras empresas, y audita el cumplimiento de protocolos de seguridad en cuestiones de inocuidad, trazabilidad y calidad de las más importantes empresas del sector.

Por su parte, el sector público tuvo una injerencia importante a través de los controles establecidos para asegurar la sanidad y calidad de la producción de cítricos para exportación a través del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), responsable de implementar el Sistema de Información sobre Trazabilidad del producto (SICT), que facilita el acceso a mercados europeos y a otros países con similares exigencias productivas.

El trabajo

El mercado de trabajo se estructura en torno a la producción de limón a partir de la persistente pérdida de participación de la actividad azucarera en la provincia, ahora no tanto por caída de superficie, sino por mecanización de tareas (Crespo Pazos, 2014). Se estima en 50.000 los puestos de trabajo de toda la cadena de producción del limón, incluyendo permanentes y temporarios bajo modalidades de contratación directa e indirecta (Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas, 2016).

El 90 % de los trabajadores de campo en el limón son temporarios que se ocupan principalmente durante el período de cosecha que comprende los meses de abril a septiembre y, en menor medida, en otras tareas como la poda y el mantenimiento de las plantaciones (Torres Leal y Jiménez, 2010). Las empresas ajustan la organización del trabajo a formas de contratación indirecta de los trabajadores temporarios, encargándose los contratistas de la selección, la movilización y la organización del proceso de los trabajadores (Ortiz y Aparicio, 2006 y 2007). 

La residencia urbana de buena parte de la mano de obra del limón facilita la contratación y movilización de grandes volúmenes de trabajadores y trabajadoras, así como la generación de vínculos más permanentes y directos con los propios contratistas (Aparicio, 2005; Craviotti, 2008). El trabajo de campo en el limón se encuentra enmarcado en la Ley de Contrato de Trabajo, que establece la existencia de negociaciones paritarias y convenciones colectivas, donde se discuten las remuneraciones y otras condiciones del trabajo (jornada, indumentaria, composición de los grupos de trabajo, entre otras).

El trabajo en los empaques, que incluye tareas de clasificación, reacondicionamiento, lavado, encerado y empaque de la fruta, demanda también un número importante de trabajadores temporarios. El ciclo de trabajo estacional es simultáneo y con una duración similar al período que comprende la cosecha. El crecimiento de la exportación de limón en fresco intensificó la estacionalización del trabajo en esta fase; la exigencia de calidad de los mercados externos incrementó la feminización del empleo para diferentes tareas del empaque debido a, según las empresas, su mejor desempeño y habilidades. Se puede observar una segmentación por sexo en la organización del trabajo, donde un número importante de mujeres ocupa puestos de clasificación, empaque y supervisión, labores que requieren de calificaciones tácitas de cuidado y minuciosidad atribuidas a la mano de obra femenina (Vázquez Laba, 2003). 

Por último, en la industria, los volúmenes de mano de obra empleada son claramente más reducidos: participan entre un 10 % y 15 % del total de ocupados en el complejo, siendo predominantemente de carácter permanente y masculino.

La situación de las y los asalariados del limón a través de los subsectores de la cadena de producción

Las personas y sus hogares

Considerando cada una de las etapas del proceso de producción –campo, empaque, industria–, los perfiles de trabajadores convergen en algunas pocas variables[10], pero hay diferencias sugestivas en la mayoría. Entre las primeras, con referencia a sus condiciones personales, el promedio de edad de las personas ocupadas por fase es similar, siendo de alrededor de 37 años, y la residencia rural es relativamente baja (cerca de un tercio), lo que confirma una condición generalizada en el trabajo agrícola en la provincia (ver tabla 1).

Con respecto a la composición por género, sobresale el subsector del empaque, en el que más de la mitad son mujeres, como parte de un proceso constante de feminización que se ha venido dando en los últimos años. Esta participación no alcanza una relevancia similar en las otras etapas (aunque se sostiene que habría venido creciendo en las últimas décadas): en la industria esa condición se cumple en 1 de cada 4 personas ocupadas, mientras que el trabajo en el campo continúa siendo un espacio mayoritariamente masculinizado, aunque se ha detectado el desempeño de mujeres formando parte de grupos de cosecha y en otras tareas. En la industria, las tareas en las que se desempeñan son variadas desde el punto de vista de la calificación que requieren y de su ubicación en la estructura de ocupaciones, abarcando las áreas de laboratorio, secado, mantenimiento y limpieza, y envasado.

Las diferencias en el máximo nivel educativo alcanzado resultan significativas en la comparación por sectores: tanto en el empaque como en la industria, la proporción de personas ocupadas que al menos completaron el nivel secundario es del 70 %; incluso comienza a observarse alguna presencia de estudios terciarios completos. En el campo, en cambio, las personas que como máximo poseen educación secundaria incompleta es claramente mayoritaria, abarcando dos tercios de esa condición –de la cual, a su vez, una mayoría solo ha completado el nivel primario–, sosteniendo una característica representativa de la fuerza laboral agrícola a nivel nacional. En la industria, el alto nivel educativo tiene que ver probablemente con requerimientos específicos de las empresas para determinados puestos de trabajo (laboratorio, control de calidad, validación de nuevos productos, entre los principales) que orientan sus búsquedas a personas con mejores competencias básicas. De cualquier manera, los conocimientos técnicos específicos normalmente son provistos por las propias empresas a través de acciones de capacitación interna.

En el caso del empaque, la importante presencia de mujeres con nivel educativo relativamente más alto en comparación con varones –el 70 % de las personas ocupadas con terciario o universitario completo o incompleto son mujeres– explica el comportamiento de la variable en esta misma etapa (por lo que existe una mayor relación de la educación con el género antes que con este subsector específico).

La residencia urbana –en pequeñas localidades y también en los periurbanos de ciudades intermedias e incluso de la capital provincial– alcanza aproximadamente al 70 % de las y los trabajadores de los distintos subsectores productivos. Esta situación también puede estar incidiendo en la presencia de recorridos educativos más prolongados (incluyendo el nivel secundario y, especialmente, el terciario y el superior, aunque en menor medida). De cualquier manera, como ya se adelantó, la mayoritaria residencia urbana también es una condición generalizada entre las personas ocupadas en la etapa agrícola, pero que igual mantienen una escolarización acotada asociada más bien a su condición socioeconómica.

En cuanto a las condiciones sociales de esta población, merecen destacarse las siguientes cuestiones:

  1. para las personas ocupadas en la industria, el tamaño promedio de sus hogares presenta una disminución de alguna significación si se los compara con los otros subsectores: 3,4 personas por hogar frente a más de cuatro integrantes entre las que trabajan en campo y empaque;
  2. la presencia de menores de 14 años alcanza al 45 % de los hogares de las personas ocupadas en la industria, diferenciándose nítidamente de los otros subsectores en los que esta variable alcanza valores cercanos al 65 %, mostrando tasas de dependencia más críticas;
  3. el hacinamiento (tres o más personas por dormitorio) no alcanza valores de significación en industria y empaque, pero entre los hogares dependientes del trabajo en el campo tiene algo más de significación.

Por último, el acceso a los programas sociales (se trata básicamente de la Asignación Universal por Hijo[11] y del Programa Intercosecha[12]) muestra una dependencia más importante por parte de las personas y los hogares con ocupaciones en los subsectores campo y empaque, en los que aproximadamente dos tercios perciben esas prestaciones, mientras que para la industria disminuye significativamente (un tercio).

La tabla siguiente presenta de manera sintética la información antes desarrollada.

Tabla 1. Características generales seleccionadas de asalariadas y asalariados en la cadena del limón en la provincia de Tucumán, según subsectores
CaracterísticasCampoEmpaqueIndustriaTotal de la cadena
Participación de mujeres (%)17.060.025.029.0
Promedio de edad (años)36363435
Asalariadas/os con educación secundaria completa y más (%)32.070.085.052
Tamaño promedio de los hogares (personas)4,64,43,44,4
Hogares con hacinamiento (%)13.03.05.09.0
Asalariadas/os con residencia en localidades de 2000 habitantes o menos (%)27.033.025.028.0
Asalariadas/os con acceso a programas sociales (%)64.066.035.059.0

Fuente: elaboración propia con base en la encuesta realizada en el marco del PUE “Empresas, trabajadores y sindicatos en contextos de globalización del capital” (2022/23).

La situación ocupacional

Los distintos eslabones o etapas de la cadena productiva del limón en la provincia de Tucumán presentan situaciones laborales con características propias, lo que muestra configuraciones ocupacionales diferenciales.

En principio, el promedio de meses ocupados por año según subsector muestra una restricción generalizada para completar un ciclo anual, aunque con diferencias según la fase de que se trate. En campo, las y los trabajadores se emplean cinco meses al año en promedio; este tiempo crece a siete meses en la etapa de empaque y a nueve meses en la industria, siendo una composición prácticamente exclusiva de temporarios en las primeras dos y de permanentes en la última (ver tabla 2). Por lo tanto, la temporalidad típica de la etapa primaria de alguna manera se traslada, aunque morigerada, a las otras etapas, siendo la situación de la industria la que está en mejor situación, si bien los ocupados plenos son algo más de la mitad solamente.

Complementando lo anterior con el análisis de las horas promedio trabajadas en la semana, la sobreocupación aparece en empaque y en industria (supera las 50 horas por semana en ambos casos), con lo que de alguna manera el menor tiempo de ocupación anual “se compensa” con jornadas de hasta un 30 % más prolongadas.

En la fase primaria, la cantidad de horas trabajadas por semana se acerca al valor legalmente establecido, pero en este caso la existencia de jornadas de trabajo más cortas se asocia a requerimientos de calidad de los frutos para exportación que deben preservarse de ciertas condiciones climáticas y que determinan el horario de comienzo y de finalización del día de trabajo. La necesidad de garantizar la calidad de los frutos es la que impone la duración de la jornada, aunque eso lleve a una mayor intensificación del trabajo asociado al pago “a destajo”.

Un porcentaje importante sostiene otro trabajo simultáneo a la ocupación principal en la producción del limón, como resultado de las necesidades y también de las posibilidades concretas de complementar ingresos. El subsector con mayor proporción de trabajadores con otro empleo es el empaque (40 %), seguido por el campo (34,3 %) y la industria (20 %). La carga semanal promedio dedicada por las y los trabajadores a este otro empleo es de 17 horas. Las inserciones laborales complementarias más frecuentes son la construcción (varones) y el comercio (mujeres y varones, en ese orden de importancia).

La subcontratación o tercerización de trabajadores es una condición muy difundida en el mercado de trabajo local –prácticamente desde los inicios de la actividad citrícola–, especialmente en la etapa de campo, con el 70 % de las personas ocupadas bajo esa relación. En el empaque, si bien desciende relativamente, igual sigue siendo relevante (cerca del 40 %), y, en el caso de la industria, la contratación se realiza exclusivamente por vía directa.

Las funciones desempeñadas por el contratista muestran una relación laboral fuertemente organizada desde esa instancia, ya que en más del 80 % de las y los trabajadores ese agente es el responsable del control del trabajo en el establecimiento y, además, de efectivizar los pagos; asimismo, más del 60 % de las y los trabajadores son transportados al lugar de trabajo por el mismo contratista.

En cuanto al cumplimiento de las regulaciones de la seguridad social, el registro de la relación laboral tampoco resulta homogéneo entre subsectores. Mientras que en la industria la cobertura alcanza a la totalidad de las y los trabajadores, en el empaque esa condición cubre aproximadamente el 65 % de los asalariados y asalariadas y desciende hasta algo menos de la mitad entre las personas ocupadas en el campo.

Entre las posibles razones o situaciones asociadas a la mayor o menor formalización, se encuentra la afiliación sindical, que es relevante entre las y los trabajadores de la cadena productiva del limón, aunque, de nuevo, con importantes diferencias entre subsectores. El de mayor nivel de sindicalización es el industrial, con un 75 % de las y los trabajadores agremiados en el Sindicato de los Trabajadores de la Industria de la Alimentación (STIA); para las y los trabajadores de empaque y campo, los niveles de afiliación a la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE) alcanzan a la mitad en el primero y aproximadamente un tercio en el segundo[13].

La existencia de conflictos gremiales (correspondientes a los cinco años previos a la realización de la encuesta) está en su mayoría vinculada al pago de salarios y de las horas extra. De allí surge que la conflictividad fue particularmente más alta en el empaque, donde más de dos tercios de las y los trabajadores afirmaron atravesar alguno, mientras que en industria y en campo la conflictividad alcanzó a aproximadamente la mitad de las personas ocupadas en esos subsectores.

En cuanto a la antigüedad promedio en la empresa, que también puede incidir en ciertas condiciones de la relación de trabajo, no difiere significativamente por subsector, alcanzando una media de cinco años para campo y empaque y de seis años en el caso de las y los trabajadores del sector industrial. Estos últimos denotan un nivel de rotación y de circulación laboral bastante alto, lo que profundiza el carácter temporal mayoritario de las relaciones de trabajo y, por lo tanto, afecta las chances de construir trayectorias más estabilizadas para los asalariados y las asalariadas.

La tabla siguiente presenta la información de base de la descripción realizada sobre la situación laboral en la actividad a través de sus distintas fases.

Tabla 2. Características laborales seleccionadas de asalariadas/os en el limón según subsectores en la provincia de Tucumán
 CaracterísticasCampoEmpaqueIndustriaTotal de la cadena
Tiempo de ocupación en el último año (promedio de meses/año por trabajador/a)5796
Registradas/os en la seguridad social (%)47.067.0100.061.0
Contratadas/os a través de intermediarias/os (%)69.037.00.028.0
Afiliadas/os a sindicatos (%)31.050.075.043.0
Horas trabajadas por semana47565350
Trabajadoras/es con otros trabajos simultáneos (%)34.040.020.033.0

Fuente: elaboración propia con base en la encuesta realizada en el marco del PUE “Empresas, trabajadores y sindicatos en contextos de globalización del capital” (2022-2023).

Las condiciones de trabajo

Una parte importante de las y los trabajadores de los distintos subsectores percibe que el ritmo de trabajo al que se ven expuestos es excesivo: prácticamente la mitad, tanto en campo como en industria, plantea que el ritmo de trabajo “siempre” es excesivo (y aproximadamente un cuarto que lo es a veces), mientras que en la etapa de empaque una proporción claramente mayoritaria (65 %) considera que “a veces” es excesivo.

Entre los cambios percibidos (de nuevo, tomando como referencia los últimos cinco años previos al relevamiento), el incremento en la cantidad de tareas, en el ritmo de producción y en la extensión de la jornada de trabajo se expresa con mayor intensidad en la etapa industrial de la cadena productiva, donde más de un 60 % de las y los trabajadores lo manifiestan, reduciéndose a algo menos de la mitad en campo y empaque, aunque igualmente pueden considerarse valores elevados.

Aproximadamente un 15 % de las y los trabajadores de la cadena productiva manifestó haber tenido algún accidente mientras se desempeñaba en su trabajo; en el empaque la incidencia de estos eventos es levemente superior al resto. Estos accidentes se vinculan fuertemente con las caídas y los accidentes con las escaleras en el caso de la cosecha en las y los trabajadores de campo y con factores vinculados al uso de químicos y productos fitosanitarios en las y los trabajadores de empaque. Los casos de accidentes en industria, de menor incidencia, no permiten establecer una relación con alguna causa de accidente en particular.

A manera de resumen del análisis realizado en las secciones anteriores, la tabla siguiente presenta para cada uno de los subsectores de la cadena de producción del limón los principales condicionamientos de la calidad del empleo, atendiendo a su composición, modalidad de contratación, grado de intensificación en el uso de la fuerza laboral y posibilidades de politización de las demandas de los trabajadores y las trabajadoras.

Tabla 3. Condiciones laborales seleccionadas asalariadas/os del limón, según subsectores en la provincia de Tucumán
CampoEmpaqueIndustria
Composición y características del empleo– Amplio predominio de trabajo temporario masculino.
– Ocupación promedio de cinco meses al año.
– Aproximadamente la mitad del empleo es registrado.
– La tercerización laboral está muy difundida.
-Predominio del trabajo temporario femenino.
-Ocupación anual promedio de siete meses.
-Predominio del empleo registrado.
-Presencia menor de tercerización laboral.
-Ocupación promedio de nueve meses anuales.
-Coexistencia de trabajo permanente con temporario.
-Predominio masculino.
-Trabajo registrado y contratado directamente por la empresa.
Intensificación del trabajo– La duración de la jornada de trabajo es normal debido a restricciones de la calidad de la producción.
– Un tercio de los trabajadores considera que la cantidad de tareas que realiza se ha incrementado, y más de la mitad, que creció el ritmo de producción.
-Duración de la jornada de trabajo prolongada.
-Incrementos en la cantidad de tareas, ritmo de producción y extensión de la jornada.
-Duración de la jornada de trabajo prolongada.
-Incrementos en la cantidad de tareas, ritmo de producción y extensión de la jornada.
Condiciones de trabajo y salud ocupacional– Alrededor del 80 % considera que el ritmo de trabajo es excesivo, y un 60 %, que su salud se ve afectada por el trabajo.
-Cerca del 20 % tuvo accidentes de trabajo en los últimos años. Mayor incidencia de caídas de escaleras.
-Casi 90 % considera excesivo el ritmo de trabajo, y la mitad, que su salud se ve afectada.
– El 20 % tuvo accidentes de trabajo en los últimos años. Mayor incidencia de contacto con productos químicos.
-El 55 % considera excesivo el ritmo de trabajo y el 37 % que su salud se ve afectada por el trabajo.
-El 15 % sufrió accidentes de trabajo de distinta índole.
Sindicalización y conflictividad laboralAproximadamente un tercio se encuentra sindicalizado, la presencia de delegados sindicales en el lugar de trabajo es baja (menos del 20 %), y la conflictividad laboral es esporádica y centrada en aumentos de salarios.-La mitad de los trabajadores se encuentra sindicalizada.
-Elevada presencia de delegados sindicales en el lugar de trabajo.
-Conflictividad laboral en dos de cada tres casos, con predominio de motivos salariales.
-Altos niveles de sindicalización.
– Elevada presencia de delegados sindicales en los lugares de trabajo.
-La conflictividad laboral se registró en la mitad de los casos, y el eje de conflictividad fue el pago y reconocimiento de las horas extra.

Conclusiones

En una actividad productiva fuertemente competitiva a nivel mundial como lo es la agroindustria del limón, se consolida un mercado de trabajo caracterizado por una elevada inestabilidad laboral que se constituye como una condición estructural de su funcionamiento y que termina extendiéndose a todos los subsectores de la cadena de producción. Solo un segmento muy reducido de trabajadores y trabajadoras –en la industria y posiblemente jerárquicos de las otras etapas– se acerca a situaciones de pleno empleo sobre la base de relaciones de trabajo más formalizadas.

La lectura desde los niveles de informalidad muestra un cuadro algo más heterogéneo, en el que la etapa primaria es la que mantiene las condiciones de más elevada precariedad –más allá del carácter estratégico que tiene esta–, mientras que el empaque se ubica en una situación relativa algo menos vulnerable. De hecho, desde la perspectiva de las empresas, el empaque y la industria ocupan un lugar más trascendental porque a través de ellas se concreta el vínculo con los mercados y, por ende, son determinantes de sus ingresos y su rentabilidad (especialmente, para la producción en fresco).

El campo concentra el mayor volumen de empleo y a la vez es el subsector con los tiempos de ocupación anual más bajos. Este desbalance actúa para que la inserción ocupacional respectiva se precarice (en una provincia con problemas de desempleo, los trabajadores y las trabajadoras deben aprovechar una “ventana de tiempo” limitada para imponer condiciones) y que las prácticas laborales de las empresas terminen ajustándose a esas circunstancias en función de minimizar el costo de esta etapa. Las formas de contratación, los mencionados niveles de ocupación en el año, las formas de pago y la cobertura de la seguridad social actúan diferenciando con bastante nitidez a los subsectores, en un gradiente de mayor a menor precariedad.

Un ejemplo de la generalización de ciertos procesos –incluso más marcado que lo descrito en los párrafos anteriores– tiene que ver con la intensificación del trabajo que se observa a través de los distintos subsectores. Los incrementos en la duración de la jornada de trabajo, en la cantidad de tareas y en el ritmo de trabajo y de producción son percibidos de manera generalizada y sin diferencias de significación entre subsectores o tipos de trabajadores. Esto, a su vez, pasa a relacionarse directamente con las condiciones de trabajo y de salud de la población ocupada, incluyendo la ocurrencia de accidentes de trabajo de distinto tipo.

Las presiones competitivas globales y las estrategias empresariales para responder a estas hacen que las condiciones de trabajo y de la salud ocupacional terminen también vulnerabilizando a los trabajadores y trabajadoras y exponiéndolos a riesgos personales y sociales, lo que conforma otra forma de precariedad laboral y de vida. Las trayectorias históricas de estos mercados, la limitada incidencia de la legislación laboral existente (presente en un número importante pero restringida en cuanto a su aplicación real) y la acción sindical concentrada en la disputa salarial colocan a este campo en un lugar secundario.

En resumen, los escenarios de precariedad ocupacional y flexibilidad laboral son en última instancia el resultado de la combinación de circunstancias estructurales de orden global con otras que responden más bien a cuestiones de incumbencia local, en las que se expresan las estrategias empresarias y las acciones y condiciones de los propios trabajadores y trabajadoras.

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  1. Este capítulo se basa en la investigación llevada a cabo en el marco del Proyecto Unidad Ejecutora “Empresas, trabajadores y sindicatos en contextos de globalización del capital”, radicado en el CEIL-CONICET, PUE 2017-2023.↵
  2. En la comparación que realizan estos autores con otras ramas de actividad, la agroindustria muestra una estructura y organización del trabajo muy similar a la de la industria textil.↵
  3. Para la estimación de tamaño de las cuotas por subsector, se utilizó información del Ministerio de Hacienda de la Nación (2018) y para la distribución por género, la Encuesta de Asalariados Agrarios (2014) para la etapa primaria y datos de informantes para el empaque e industria.↵
  4. En realidad, la aparición de la citricultura en la provincia es posible rastrearla hacia mediados del siglo XVI a partir de la colonización española, constituida hasta las primeras décadas del siglo XX por naranjas dulces para consumo interno, si bien se identificaron para esta misma época volúmenes reducidos de producción de limón y mandarinas (Cross, 1942).↵
  5. La prueba de nuevas producciones, entre las cuales se encuentra principalmente la de limón, incluye la instalación de un empaque piloto en la Estación Experimental Agrícola de Tucumán Obispo Colombres, si bien data de 1971, se produjo el primer embarque para exportación de limones frescos producidos por esa Estación Experimental (Aparicio, 2012).↵
  6. También habría influido la enfermedad de la “tristeza de los citrus”, que, por ese entonces, afectó a las plantaciones de naranja, lo cual favoreció el desarrollo de plantaciones de limón por ser más resistentes a eventuales incidentes sanitarios (Foguet, 2006).↵
  7. Se estima que esta caída obedece a la disminución de la rentabilidad por los bajos precios de la fruta para industria, los menores volúmenes exportados de fruta fresca, el incremento de los costos de producción, la competencia de otros mercados y el contexto socioeconómico nacional e internacional que afectó la compra de insumos (https://www.lv12.com.ar/inta/inta-se-redujo-la-superficie-implantada-citrus-tucuman-n146181).↵
  8. De 565 millones de dólares en el 2019, descendió a 463 en el 2021. En el 2022 se evidencia una leve recuperación (5,2 %), y alcanzó los 487 millones de dólares (INDEC, Informes técnicos de complejos exportadores, https://www.indec.gob.ar/indec/web/Nivel4-Tema-3-2-39). ↵
  9. Un protocolo adicional a la Global Gap es la certificación Risk Assessment on Social Practice (RASP), que, aunque de aplicación voluntaria, evalúa los riesgos de las prácticas sociales en las operaciones agrícolas (regulaciones laborales, remuneraciones, reclamos y conflictos). ↵
  10. En esta sección y las subsiguientes, se utiliza información relevada a través de la encuesta antes mencionada.↵
  11. La Asignación Universal por Hijo (AUH) consiste en una transferencia mensual al padre o la madre de hijos/as menores de 18 años o con discapacidad sin límite de edad, que sea desocupado/a, trabajador/a no registrado/a o sin aportes, trabajador/a de casas particulares o monotributista social.↵
  12. El Programa Intercosecha brinda una ayuda económica mensual a asalariados/as agrícolas durante el receso estacional (hasta un máximo de cuatro meses).↵
  13. El marco regulatorio de las condiciones de trabajo incluye legislación específica para los trabajadores agrarios (Ley Nº 26727/11), la ley general de Contrato de Trabajo (Ley n.º 20.744/74) para industria y empaque, el Convenio Colectivo de Trabajo 271/96 y sus modificatorias para actividades de empaque y cosecha, el Convenio de Corresponsabilidad Gremial para las personas ocupadas de campo, que habilitan negociaciones paritarias para las condiciones laborales y los salarios.↵


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