Volviendo a discusiones clásicas a raíz de la pluriactividad y la multirresidencia del campesinado santiagueño contemporáneo
Julio Miguel Batkis
Introducción
Este trabajo busca comprender las prácticas actuales de trabajo y movilidad de las poblaciones campesinas de Santiago del Estero (Argentina) a partir de una revisión de la literatura clásica de la sociología rural en torno a la cuestión campesina.
El campesinado contemporáneo poco tiene que ver con sus versiones precapitalistas, debido a que ha persistido ya sea de manera subordinada, adaptándose o enfrentando las sucesivas transformaciones de la acumulación capitalista. El desarrollo de la empresa agrícola, así como la proletarización de grandes proporciones de la población, llevó a la consideración del campesinado como un actor económico anacrónico, sin lugar alguno en el sistema-mundo capitalista contemporáneo. A raíz de estas consideraciones, muchos trabajos sociológicos clásicos y actuales cuestionaron la continuidad del campesinado como sujeto social con vigencia histórica, o bien como categoría teórica para comprender las modalidades de producción y reproducción en las ruralidades (Desalvo, 2013; Quaranta, 2023). Sin embargo, otros trabajos sostienen la persistencia del campesinado pese al contexto actual de flexibilización y desarticulación de las relaciones sociales tradicionales en las ruralidades (Domínguez, 2012; Paz y Jara, 2012).
Por ello, en este capítulo propongo centrar la atención en las prácticas laborales y de movilidad de las poblaciones rurales contemporáneas de la provincia de Santiago del Estero, que presenta el mayor índice de ruralidad –25 % con relación al promedio nacional del 7 %– (INDEC, 2022). Me propongo analizar las dinámicas actuales de movilidad circulatoria, pluriactividad y multirresidencia que caracterizan al campesinado en la región, a partir de un enfoque etnográfico situado en las comunidades campesinas y los barrios populares de cuatro localidades de la zona norte de Santiago del Estero, con foco en aquellas familias que alternan su vida y trabajo entre espacios rurales y urbanos. También repaso el proceso histórico que ha generado la complejidad de movilidades solapadas en las formaciones sociales de la provincia.
Sostengo que, si bien la teoría social clásica sobre el campesinado no basta para explicar acabadamente las formas contemporáneas de trabajo, vida y residencia en las ruralidades, descartar las nociones de economía campesina y al campesinado como categoría analítica haría imposible comprender las modalidades de trabajo y reproducción actuales. Esto se debe a que amplios sectores de la población rural, así como también urbana, basan su reproducción social en la producción campesina y el vínculo con los territorios comunitarios.
El artículo comienza repasando la teoría sociológica clásica sobre el campesinado moderno y su relación con el sistema capitalista. Luego aborda los cambios en las formas de trabajo y reproducción social en el marco de las consecuencias en los espacios rurales producto del neoliberalismo. En tercer lugar, hace un breve repaso por la historia del trabajo migrante del campesinado santiagueño a fin de trazar cambios y continuidades. Todo ello sirve de marco conceptual y contextual para abordar cuatro casos de familias y jóvenes que circulan entre espacios urbanos y rurales en su dinámica laboral, residencial y educativa. A partir de estos casos, se propone revisar los enfoques clásicos sobre el campesinado de manera que considere las diferentes dinámicas de movilidad y trabajo de las familias campesinas contemporáneas.
Antecedentes teóricos (e históricos) de un sujeto y una cuestión compleja
El campesinado, un clásico en la economía capitalista
Existe una amplia bibliografía en torno a la condición del campesinado en el capitalismo. Podemos resumir estas discusiones en algunos momentos o núcleos clave. En primer lugar, sobre la condición de clase del campesino, es decir, si se trata de una forma primitiva de burguesía rural, de un segmento de la clase trabajadora que mantiene ciertos medios de producción como la tierra, o bien si consiste en una clase autónoma con sus propias lógicas económicas (Marx, 1974; Chayanov, 1974; Lenin, 1977; Kautsky, 1980).
Un segundo momento es la discusión sobre el destino de las poblaciones campesinas en un contexto de penetración de las formas capitalistas de producción en el agro, proceso que ha implicado el desplazamiento de grandes contingentes de campesinos hacia las ciudades. Este debate, que se ha resumido en posturas “campesinistas y descampesinistas”, versa sobre los procesos de proletarización que dichas migraciones conllevaron para amplios segmentos de la población (Wolf, 1966; Shanin, 1976; Bartra, R., 1976; Feder, 1981; Barraclough, 1981; Paré, 1991; entre otros).
Por último, un tercer núcleo más actual y situado en el contexto regional se refiere, por un lado, a las formas de resistencia política de las poblaciones campesinas (Giarracca, 2008; Barbetta, 2009; Domínguez, 2012; Hocsman, 2014; Guerreiro, Hadad y Wahren, 2018) y, por otro, a las estrategias de reproducción en contextos de profundas transformaciones económicas, sociales y ambientales de los espacios rurales (Giarracca y Teubal, 2001; Paz y Jara, 2012; Desalvo, 2013; Quaranta, 2023; entre otros).
Las discusiones de la sociología rural clásica abordan la economía campesina como una unidad doméstica que produce para su autorreproducción a partir del trabajo familiar (Chayanov, 1974). De esta forma, para esta visión “campesinista”, lo característico que la diferencia de una producción empresarial es que la unidad productiva funciona a su vez como unidad doméstica donde las relaciones de parentesco estructuran las relaciones sociales de producción, es decir, no operan al interior relaciones capitalistas, sino que se ocupa el trabajo familiar para producir (Chayanov, 1975). Entendida de esta manera, la economía campesina resulta un conjunto de sistemas cerrados de producción familiar relacionados entre sí y, en todo caso, subordinados a un modo de producción mayor que de ellas extrae valor en tributo, trabajo o mercantilmente (Wolf, 1966). Sin embargo, esta visión clásica del campesinado presenta algunos problemas, debido a que el campesinado persiste inmerso en el sistema-mundo contemporáneo de manera integrada a la economía capitalista, tanto en sus consumos como en su participación en la cadena productiva (Shanin, 1976; Bartra, A., 1986).
Distintos autores describieron el funcionamiento económico hacia el interior de las comunidades campesinas, en el afán de comprender el comportamiento del campesinado en las arenas políticas de su época. Mientras que Marx (1974 [1852]) destacó el lugar ambivalente y subordinado del campesinado en la lucha de clases, Chayanov (1974) sostuvo la existencia de un proyecto político autónomo como clase, enlazado a la búsqueda de socialización de los medios de producción propia de los trabajadores urbanos. Ya sea entendido como clase diferenciada o segmento de clase, son varios los estudios (y sucesos históricos a lo largo del siglo pasado) que insisten en plantear que el campesinado se diferencia de la pequeña empresa agropecuaria, y o bien forma parte o camina junto al proletariado rural. Así, lo característico del campesinado no solo son las relaciones de producción basadas en el parentesco, sino el mantener una lógica de reproducción social diferente y en activa resistencia a la empresarial, no únicamente en términos de la fuerza de trabajo doméstica, sino también orientada a la reproducción comunitaria en vínculo con el territorio como sustento de la vida social. Sin embargo, resulta difícil incluir a la así llamada “clase incómoda” dentro de las categorías clásicas del proletariado, en cuanto que mantiene en su poder los medios de producción básicos para su subsistencia (la tierra), aunque se diferencie de la agricultura familiar de tipo farmer por no convertirla en un bien de capital (Hocsman, 2014).
Por otro lado, un segundo conjunto de estudios describió el lugar que las poblaciones campesinas ocuparon en el desarrollo histórico del capital, en cuanto que clase germinal del proletariado industrial europeo (Marx, 1976 [1867]), o en su lugar de proveedoras de materia prima y reserva de mano de obra durante la conformación de un sistema mundo con centro y periferia (Meillassoux, 1982; Wolf, 1987). Karl Marx, en el capítulo XXIV del tomo I de El Capital, describe la importancia de la manufactura campesina en zonas rurales (putting-out system) como etapa originaria que permitió la acumulación de capital en la Inglaterra del siglo XIX (1976). En el análisis histórico de Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas industriales requirió la privatización de las tierras campesinas y forzó la migración definitiva de grandes masas de pobladores despojados hacia las ciudades europeas (Marx, 1976; Luxemburgo, 2007 [1912]). Como plantearon diversos autores posteriores (Barraclough, 1981; Machado Aráoz, 2021), estos procesos de desposesión se volvieron característicos de los renovados casos de acumulación originaria a nivel global, principalmente en las periferias del sistema mundo, en las cuales las tasas de urbanización crecieron a pasos agigantados a costa de las poblaciones rurales del interior de cada país.
Este proceso, por medio del cual el capital transformó –desplazamientos mediante– campesinos en obreros industriales, inauguró la forma de entender las migraciones campo-ciudad en gran parte de la sociología del siglo XX. De esta forma, diferentes trabajos “descampesinistas” postularon la paulatina desaparición del campesinado, y su consiguiente conversión en trabajadores despojados, en aras del desarrollo de las relaciones capitalistas en el campo y la privatización de la tierra en manos de empresarios agrícolas y terratenientes. Este debate en torno a la descampesinización ocupó gran parte de la discusión sociológica sobre los sujetos rurales en América Latina durante el siglo pasado (Feder, 1981; Paré, 1991; Bartra, A., 1986).
Otra línea sostuvo la persistencia del campesinado pese al arrollador avance del capitalismo agrario. Estos trabajos reconocen las relaciones de subordinación que el capitalismo agrario e industrial estableció para con las poblaciones campesinas, ya sea como proveedoras de mano de obra o como primer eslabón de la cadena productiva agroalimentaria. De acuerdo con Kautsky (1980 [1899]), el campesinado contemporáneo poco tiene que ver con las comunidades campesinas precapitalistas conformadas por familias autónomas y autosustentables en términos productivos tanto agrícolas como manufactureros. En este sentido, la integración en el sistema-mundo capitalista implicó para los campesinos la dependencia del mercado para conseguir bienes industrializados necesarios para los estilos de vida contemporáneos (herramientas, vestimenta, maquinaria, movilidad, etc.), lo que conllevó una creciente necesidad de ingresos monetarios y, por tanto, la obligación de la venta de la fuerza de trabajo o la inserción de la producción en el mercado. De este modo, el campesinado contemporáneo, si bien posee un mayor grado de independencia que los trabajadores urbanos en cuanto que posee, en el mejor de los casos, medios de producción fundamentales como la tierra, está fuertemente ligado a los vaivenes de los mercados agrícolas y de trabajo debido a que deben vender su producción al mercado o realizar trabajos extraprediales en haciendas, pueblos o ciudades para sustentarse.
De manera similar, para Eric Wolf (1966), resulta inviable pensar a las sociedades campesinas si no es dentro del marco de un sistema de poder que las englobe, ya sea el sistema feudal o el sistema-mundo capitalista. Según Roger Bartra (1976), la persistencia del campesinado en un contexto de transformaciones agrarias concentradoras se debe principalmente a la articulación entre las economías campesinas y las economías nacionales. Históricamente, las comunidades campesinas participaron como proveedoras de mano de obra del desarrollo agrario e industrial, o como primer eslabón de la cadena productiva agroalimentaria en el desarrollo de las economías coloniales y, posteriormente, nacionales. No solo el campesinado contemporáneo requirió de mercantilizar su producción y vender su fuerza de trabajo para reproducirse, sino que el capital industrial se benefició de la subordinación comercial de las comunidades, que proveyeron al mercado de materias primas y alimento a bajo precio (Meillassoux, 1982; Forni y Benencia, 1988).
Por su parte, Claude Meillassoux (1982) analiza la forma en que las formaciones sociales campesinas fueron subordinadas a los procesos de acumulación del capital, mediante lo que denominó “superexplotación del trabajo por el capital”. Es decir, la suma de la plusvalía absoluta por explotación directa del trabajo migrante en las industrias urbanas y en las cosechas estacionales, por un lado, con la explotación indirecta del trabajo reproductivo de las familias campesinas, en cuanto que el costo de reproducción de la fuerza de trabajo descansa no en el empresariado, sino en las comunidades de origen. De este modo, la subordinación de las comunidades campesinas por el capital implica una reducción del precio del trabajo y la materia prima que aprovecharon las economías nacionales, razón por la cual se beneficiaron de la persistencia del campesinado (Bartra, 1976).
Mercados de trabajo agrario y movilidad estacional de las poblaciones campesinas
Otro gran conjunto de trabajos analiza el proceso de diferenciación que las transformaciones neoliberales de fines del siglo XX implicaron para las poblaciones rurales en América Latina, por medio del cual aquellos pequeños productores más acomodados se convirtieron en rentistas, mientras que los productores campesinos fueron marginalizados de la producción agropecuaria (Murmis y Giarracca, 1999; Giarracca y Teubal, 2001; Kay, 2007). Según Cristóbal Kay (2007), la pluriactividad y la mayor interrelación campo-ciudad que caracterizan a las mal llamadas “nuevas ruralidades” son para el grueso de los pequeños productores la estrategia para sobrevivir a la crisis agraria del neoliberalismo, a la vez que la forma que toma la flexibilización laboral en el campo. De esta forma, lejos de implicar una absoluta “proletarización” del campesinado, las transformaciones de los últimos treinta años resultaron en la articulación de la producción agropecuaria con otras actividades no agrarias en los espacios rurales, así como la intensificación del empleo extrapredial, rural pero también urbano (Llambí y Pérez, 2007; De Grammont y Martínez Valle, 2009).
Atendiendo a la perspectiva de la economía sustantiva, la producción campesina sostiene una producción inserta y orientada a la reproducción de la vida social y de esa manera se inserta en el mercado, constituyendo una economía con mercado, pero no “de mercado” (Polanyi, 2007 [1944]). En cuanto a la articulación entre mercados laborales y poblaciones rurales, diferentes trabajos sostienen la necesidad de trascender las visiones economicistas de los mercados para entenderlos en cuanto confluencia de dinámicas sociales en las que intervienen prácticas y concepciones sociales de diferentes sujetos (Aparicio, Berenguer y Rau, 2004). De esta manera, diversos estudios sobre los mercados de trabajo agrarios llamaron la atención sobre las formas irregulares de contratación de cuadrillas campesinas para el trabajo migrante estacional, donde la modalidad de intermediación de empresas contratistas toma un lugar cada vez más preponderante en la provisión de mano de obra para las cosechas estacionales (Neiman, 2010). Los conceptos de “movilidad” y de “territorio” aportaron puntos clave en los análisis de los mercados de trabajo rural, sobre todo para entenderlos en cuanto a prácticas de los sujetos, y en términos de apropiación y relación entre espacios sociales a partir de las dinámicas de movimiento de las poblaciones (Trpin y Pizarro, 2017).
Particularmente en Argentina, distintas investigaciones resaltan la integración vertical de las comunidades campesinas a los circuitos migratorios de trabajo agrario, sobre todo en las estaciones de cosecha en las grandes producciones de diversas regiones del país: aceituna en La Rioja, uva en Cuyo, caña en Tucumán, frutas en Río Negro y Neuquén, papa en el sur pampeano, desflorada del maíz en Buenos Aires, etc. Estos estudios destacan los cambios de perfil de estas migraciones estacionales, en relación con las transformaciones en las producciones de exportación que antes descansaban en la agricultura familiar y ahora se concentraron en empresas altamente capitalizadas (Ledesma, Paz y Tasso, 2011; Trpin y Pizarro, 2017). Actualmente, los sectores más dinámicos de la agricultura capitalista de exportación se valen de la explotación del trabajo campesino en determinadas partes de su cadena, como la cosecha (Lara Flores, 2010). Si bien esta modalidad de trabajo rural “golondrina” es de larga data, la dimensión que ha tomado en los últimos cuarenta años da cuenta de los procesos de subordinación de grandes contingentes de trabajadores migrantes a la acumulación en diferentes regiones del país (Trpin y Pizarro, 2017). Esta dimensión estructural de la migración pendular rural-rural llevó a considerar a los trabajadores golondrina como mano de obra temporaria permanente, ya que constituye una rotación sostenida por poblaciones incluso durante varias generaciones (Bendini y Steimbreger, 2010). Las posibilidades de flexibilización laboral que ha dejado el neoliberalismo en el agro reafirman que diferentes modalidades de producción intensivas en trabajo o en capital, e incluso la explotación de economías comunitarias, pueden integrarse en los propios senderos de acumulación.
La migración estacional de carácter laboral no solamente conlleva una utilización de la fuerza de trabajo por parte de las empresas agrícolas, sino que también resulta para las familias campesinas una forma de reproducción social e incluso en ciertos casos de complemento de ingresos y eventualmente de ascenso social (Guarnizo, 2010; Albertí, 2015). Las migraciones laborales significan para ciertos miembros de los hogares campesinos una de las principales fuentes de ingresos que les permiten sostener la vida en el territorio, algunas veces más incluso que la producción y comercialización local. Es así que otros autores analizaron este proceso de venta de fuerza de trabajo por fuera del predio como estrategias de las comunidades campesinas para sostener la reproducción del grupo familiar en un contexto económico adverso (Araujo y Passerí, 2012; Quaranta y Blanco, 2012; Quaranta, 2015).
Esto llevó a entender los desplazamientos estacionales como verdaderas cadenas migratorias, por medio de las cuales el campesinado produce, mantiene y reproduce el recurso migratorio a través de las relaciones entre espacios, a partir de sus prácticas de circulación (Lara Flores, 2010). Desde esta perspectiva, las migraciones estacionales producen y reproducen territorios, lo que conlleva ver estos procesos como producto de al menos dos actores: empresas capitalistas globales, por un lado, y estrategias de poblaciones campesinas, por otro. Incluso permite comprender esta integración entre ambos “sectores” como un proceso social construido y reproducido por diferentes actores, en los que los intermediarios, contratistas o “enganchadores” tienen un papel fundamental –aunque no siempre positivo para los trabajadores– en la construcción de estas cadenas migratorias e inserciones laborales (Albertí, 2015; Quaranta, 2017; Trpin y Pizarro, 2017).
Capas históricas de la demografía rural santiagueña
Santiago del Estero es un territorio que compone un espacio político y social unificado desde su conformación como provincia argentina autónoma. Este territorio se caracterizó históricamente por albergar una gran población rural campesina; sin embargo, las transformaciones socioeconómicas a lo largo del siglo XX dieron lugar a grandes contingentes de migraciones y cambios en la dinámica de los hogares rurales, que no solo modificaron la estructura poblacional santiagueña, sino que dieron origen a una formación social compleja en la que se interrelacionan espacios rurales y urbanos, tanto dentro del territorio provincial como en otras provincias. Tan es así que, para el caso santiagueño, la economía de las comunidades campesinas se volvió inseparable del trabajo asalariado migrante, es decir, de la explotación de fuerza de trabajo campesina por el capital en el mercado laboral nacional (Tasso y Zurita, 2013). En consecuencia, al día de hoy, la asociación directa entre población y territorio conlleva cierta dificultad debido a que existe una gran diversidad de orígenes y ocupaciones tanto en los espacios considerados rurales como en los urbanos (Blanco y Neiman, 2022). Repasemos la sucesión de ciclos económicos que han estructurado la demografía santiagueña a lo largo de su historia, a fin de comprender las solapadas movilidades que hoy se imprimen en el territorio.
Desde tiempos de la colonia, las poblaciones (predominantemente campesinos-indígenas encomendados) que habitaban las zonas rurales de Santiago del Estero se encontraban insertas en los nacientes circuitos comerciales regionales, a modo de proveedoras de alimentos y manufacturas con destino a la producción minera altoperuana. Las reconfiguraciones geopolíticas del siglo XIX que dieron protagonismo regional a Buenos Aires también orientaron los circuitos comerciales hacia la zona pampeana y del litoral, lo cual convirtió a la provincia en proveedora de ganado, cuero, miel, cera y manufacturas textiles, pero también dio origen a las migraciones estacionales de su población como braceros en tiempos de cosecha en la naciente agricultura pampeana (Farberman, 1997).
El ciclo agro-forestal que inició a fines del siglo XIX con la penetración de capitales extranjeros en búsqueda del tanino y la madera dura del bosque chaqueño marcó la integración de las comunidades campesinas santiagueñas en la economía mundo capitalista, como trabajadores forestales, peones y hacheros (Dargoltz, 2003). El desarrollo de emprendimientos como La Forestal S.A., si bien implicó la instalación de capitales y la creación de un mercado de trabajo rural en el que participaron las poblaciones campesinas de la zona, redundó en procesos de marginalidad económica y dependencia de las comunidades al trabajo asalariado. Las condiciones serviles de trabajo colonial en los obrajes, así como del ciclo de endeudamiento en el que recaían sus trabajadores, difícilmente permitieron acumular un ingreso capitalizable para la economía comunitaria a cambio del trabajo de sus miembros. Más bien, este ciclo inauguró la dependencia histórica de las comunidades campesinas santiagueñas respecto del empleo estacional (Tasso, 2007).
En segundo lugar, para el período comprendido entre el censo de 1947 y el de 2001, la provincia de Santiago del Estero presentó un saldo migratorio negativo, es decir, fue una provincia expulsora de población hacia otras localidades del país (Ledesma, Paz y Tasso, 2011). Con el desarrollo del modelo de ISI, las comunidades campesinas santiagueñas aportaron grandes contingentes de fuerza de trabajo a las economías de otras provincias. Durante este período, las áreas rurales del NOA, y particularmente de Santiago del Estero, se conformaron como “productoras de mano de obra” (Reboratti, 1976; Forni y Benencia, 1988) debido a la movilidad estacional rural-rural hacia diferentes cosechas agroindustriales de otras provincias, y también a la migración rural-urbano relacionada con el desarrollo de las industrias frigoríficas y de servicios (entre otras) en el AMBA (Ratier, 2022 [1972]). Este doble proceso migratorio, con origen en las áreas rurales y con destino tanto a grandes conglomerados urbanos como a zonas de producción agropecuaria intensiva, marcó fuertemente la integración –y dependencia– de las comunidades campesinas a la economía capitalista nacional (Dargoltz, 2003). Junto con el ciclo agro-forestal anteriormente descrito, este tipo de movilidad implicó el mayor proceso histórico de proletarización del campesinado provincial (Tasso, 2007).
A partir de 1980, y de manera pronunciada durante los 90, las tendencias migratorias rural-urbano se vieron profundizadas por el alza en el precio de la tierra producto del avance de la frontera agraria sobre territorios campesinos. El desplazamiento de comunidades campesinas adquirió la característica de una desterritorialización forzosa, relacionada con la valorización del territorio como medio de producción de mercancías y la desvalorización de su uso como medio de vida de las comunidades (Domínguez, 2009; Paz y Jara, 2012). Varios autores y organizaciones campesinas denunciaron el carácter violento que adquirió la conflictividad territorial por parte del capital asociado al poder político, en procesos de judicialización de la disputa territorial que implicaron no solo desalojos forzosos, sino también criminalización, persecución y hasta asesinatos a campesinos y referentes comunitarios (Barbetta, 2007, 2009). Este proceso, que tuvo su carácter generalizado en las condiciones de inhabitabilidad generadas en las zonas rurales, redundó en un caso paradigmático de éxodo rural que distintas organizaciones campesinas caracterizaron como “desalojos silenciosos” (Alfaro, 1996). Algunos trabajos caracterizan este proceso como un cambio en los patrones históricos de movilidad campesina hacia un tipo de movilidad por expulsión en cuanto que provocó migraciones hacia pueblos, centros urbanos y ruralidades concentradas en las zonas afectadas por el avance de la frontera agrícola (Blanco y Neiman, 2017). Un fenómeno estadístico asociado es el de las poblaciones en desaparición (Gómez y Gómez, 2010), mediante el cual localidades rurales disminuyeron su población en relación con los pueblos cabecera cercanos a causa de estos procesos.
Análisis de caso. Movilidad y trabajo campesino santiagueño en el contexto de las transformaciones agrarias contemporáneas
A partir del análisis de cuatro casos de familias campesinas y jóvenes que circulan entre áreas rurales y urbanas debido a sus actividades laborales y residenciales, propongo estudiar algunas formas particulares de movilidad circulatoria características del campesinado santiagueño contemporáneo. Los casos provienen de una instancia de trabajo de campo etnográfico que sostuve con diferentes familias en comunidades campesinas y barrios populares del norte santiagueño desde octubre de 2024 hasta febrero de 2025.
El cotidiano campesino entre el monte, el campo, el pueblo, el barrio y la ciudad
Sebastián[1] vive junto a su esposa y sus hijos en el barrio Triángulo de la ciudad de Monte Quemado –17.418 habitantes– (INDEC, 2022)[2] y trabaja en reparto de agua y bebidas a domicilio. Por otra parte, los fines de semana y algunos días por semana, durante las mañanas o las siestas, suele ir a su lote en el campo donde tiene un puesto y corrales de ovejas, chivas y cerdos. Él creció allí en la comunidad campesina, a 15 km de Monte Quemado, y sus padres y hermanas viven en el campo, mientras que su hermano mayor, en el pueblo, y sus otros hermanos varones, en Buenos Aires. Esteban vivió varios años en Buenos Aires, trabajando en la construcción, pero nunca le gustó el estilo de vida, porque “uno vive en el trabajo, o yendo y viniendo, uno llega tarde a la casa y no le queda tiempo para nada”. Hoy sostiene el trabajo en el campo porque quiere mantener la posesión, ya que cuatro años atrás empresarios forestales quisieron expulsarlo violentamente. El campo es, hoy sobre todo, utilizado para vender lechones y “llegar a fin de mes”, pero también como un lugar afectivo y recreativo, ya que a sus hijos les gusta ir a bañarse al canal en los calores de verano. No quiere que sus hijos no tengan la posibilidad de criar animales porque él descuidó el campo en su momento y fue a vivir al pueblo (TC en Monte Quemado, 10/11/24).
Monte Quemado es un pueblo fundado en 1932 durante el auge de la industria forestal controlada por empresas alemanas e inglesas como La Forestal S.A. Es un pueblo de fuerte tradición hachera; alrededor hay varias comunidades campesinas que se asentaron durante la época maderera y luego del cierre del ingenio de La Forestal se “campesinizaron”, dedicándose a producir ganado silvopastoril (Bilbao, 1968; Tasso, 2007). Monte Quemado es una de las principales ciudades carboneras del país, por lo que muchos jóvenes y adultos, que viven tanto en el pueblo como en el campo, trabajan como hacheros, labrando postes o haciendo carbón. Sobre la Ruta Nacional n.º 16, que atraviesa el Gran Chaco conectando las ciudades de Salta y Corrientes, hay aproximadamente diez grandes madereras cargadas de postes de quebracho de todo tamaño con destino a distintas provincias del país. En los barrios periféricos del pueblo, es común cruzarse con madereras y hornos de carbón entre las casas, siendo una de las principales actividades productivas del pueblo, de las que participan los pobladores rurales de la zona. Si uno se dirige hacia el sur por la Ruta Provincial n.º 5 rumbo a Tintina, puede ver con claridad el avance de la frontera agraria sojera sobre el monte nativo y las comunidades campesinas. Las zonas rurales de Monte Quemado, si bien mantienen bosque chaqueño (monte) denso, se alternan con zonas desmontadas donde se produce algodón y soja desde hace aproximadamente treinta años.
Fabricia vive desde hace poco en el pueblo de Tintina, que hoy tiene alrededor de 6524 habitantes (INDEC, 2022); antes vivía en el campo cerca de la localidad de Granadero Gatica (753 hab.), ubicada a 19 km. Ella se mudó a Tintina debido a que hasta hace poco no había escuela de nivel secundario en su comunidad, y quería “una mejor educación para sus hijas”, mientras que gran parte de su familia continúa viviendo en el campo. Fabricia trabaja principalmente vendiendo comida y tejidos por redes sociales a los vecinos del pueblo. Cuenta que antes hacía tejidos de lana de oveja, pero actualmente dejó de hacerlo por lo trabajoso de esquilar y traer la lana del campo sin disponer de movilidad propia; sin embargo, cuando alguno de sus familiares la visita, le trae carne de cabrito, pollo, vaca o vizcacha, y con eso hace empanadas para vender. Resulta fundamental para su trabajo poder cocinar en horno de leña, que extrae del monte que tiene alrededor de la casa, el cual se hace paulatinamente más denso a medida que uno se aleja del pueblo. Últimamente le resulta más económico comprar carne a sus vecinos que traerla del campo, ya que alrededor de su casa, en las afueras del pueblo, algunas familias producen pollos, chanchos y cabras (TC en Tintina, 1/02/2025).
La experiencia migratoria de este caso adquiere especial dimensión al considerar el abrupto incremento demográfico de Tintina (69 % en veinte años) y al comprenderlo a la luz de la noción de “movilidad por expulsión” (Blanco y Neiman, 2022), en cuanto que Tintina está ubicada en una zona de frontera entre dos modelos productivos contradictorios: la producción sojera en escala y la producción campesina.
Mapa del avance de la frontera agraria en el norte santiagueño.
Tintina subrayado con línea continua, Monte Quemado con línea discontinua

Fuente: elaboración propia sobre la base de Google Maps.
Como consecuencia de la movilidad por expulsión, los pueblos del norte de la provincia (Departamentos Copo, Pellegrini, Alberdi y Figueroa) vieron su población drásticamente incrementada en los últimos veinte años a partir de este tipo de migración rural-urbano de carácter zonal (Blanco y Neiman, 2022). Ciudades como Tintina o Monte Quemado, cuya población era en ese momento de 3537 y 11.387 habitantes (INDEC, 2001), vieron aumentar su población drásticamente en un 69 % y 53 %, respectivamente. Las cifras de crecimiento son aún mayores para los pueblos pequeños. El pueblo de El Cruce (Departamento Figueroa) contaba con 345 habitantes en 2001, mientras que hoy viven allí 2161 personas, lo que implica un crecimiento de 526 % en tan solo veinte años. Además, durante este período adquirieron jerarquía parajes de ruralidad concentrada, como ser Granadero Gatica (753 hab.), Amamá (525 hab.), Donadeu (961 hab.) y Huachana (146 hab.) en zonas donde hace veinte años predominaba la población rural dispersa (INDEC, 2022). Veremos que esta concentración demográfica se relaciona con las transformaciones socioespaciales en la región, pero, sobre todo, guarda relación con los cambios en las dinámicas laborales y de movilidad local en las zonas rurales del norte santiagueño.
Por otra parte, el enfoque histórico-etnográfico de este trabajo nos permite ver otra dimensión de este proceso sociodemográfico más allá de la urbanización. A raíz de este escenario, un gran número de campesinos de Santiago del Estero se desplazaron hacia los pueblos cercanos, lo que conllevó la creación de un tipo de territorio hasta entonces no visto en la provincia. En este proceso, nacieron lo que hoy son diferentes barrios periféricos de los pueblos, pero que conforman lo que en otro contexto podría caracterizarse como periurbano o rururbano. Debido al carácter específico en su conformación, a raíz de los desplazamientos campesinos hacia pueblos locales, y de sus características que combinan dos territorialidades muy particulares de Santiago del Estero (el monte y el pueblo), prefiero llamarlos “peripueblos”, aunque sus habitantes simplemente les digan “los barrios”. Varios pueblos de la provincia hoy cuentan con estos territorios con características específicas que los diferencian de “los barrios del centro” y los relacionan en su función a los espacios rurales: casas dispersas con lotes amplios, calles de tierra con monte a los lados, casi ningún espacio comercial (solo alguna casa que funciona de almacén) e incluso presencia de elementos que tradicionalmente se asocian al trabajo de las ruralidades campesinas: madereras, ladrilleras, canchas de postes, hornos de carbón e incluso corrales de cabras.
Del otro lado del canal, más cerca del centro, pero aún en el Barrio San José de Tintina, vive la familia Durán. En realidad, parte de ella, debido a que el hijo mayor vive en Buenos Aires y la hija mayor vive en el campo, en la comunidad campesina Tres Leones, a 80 km del pueblo. Hace 11 años todos vivían en la comunidad, por lo que forman parte de este aumento de población del 69 % que registra Tintina entre los censos 2010 y 2022. Sus diferentes miembros trabajan en una radio comunitaria, sostienen un comedor comunitario dos veces a la semana, donde trabajan varias mujeres del barrio, y también tienen una carpintería con la que producen muebles que venden a pedido. Además, frecuentemente carnean un animal traído desde el campo, que destinan en parte al consumo familiar y en parte a la venta. Si uno ve el comedor de la casa en verano, suele estar repleto de alfalfa, sandías, melones y zapallos para la venta, que traen por su cuenta de las comunidades campesinas de Figueroa (que es una zona con mucha producción vegetal ya que dispone de riego por canal). Gran parte de la familia vive en el pueblo, pero se traslada cotidianamente a su comunidad para buscar animales (que produce uno de sus miembros, que vive allí) o para traer madera que utilizan en la carpintería, así como mantienen relaciones constantes con otras comunidades de la zona para disponer de las frutas y forraje para la venta. De esta manera, si bien sostienen una modalidad de trabajo “urbana” (producción de muebles, radio, venta de carne y de producción vegetal), esta sería imposible sin la relación cotidiana con el territorio comunitario, en el que producen madera y carne para consumir, trabajar y vender. En este sentido, el trabajo rural en la comunidad (de producción animal, vegetal y forestal) se complementa con el trabajo urbano de agregado de valor y comercialización que realiza la familia, en una economía mixta rural-urbana.
Venta de producción de las comunidades campesinas
en el Barrio San José. Tintina

Fuente: fotografía del autor.
Esta movilidad cotidiana entre espacios rurales y urbanos en Santiago del Estero dio origen a barrios enteros habitados por familias de origen rural, lo que facilitó que las poblaciones rurales de la zona circulen cotidianamente por los pueblos, y hasta también residan en ellos. En relación con esto, cada vez es más frecuente que campesinos que habitan a poca distancia de los pueblos tengan ocupaciones tradicionalmente consideradas “urbanas”, como ser trabajadores municipales, del rubro de los servicios y comerciales, o en las industrias locales como la maderera o agroindustrial, pero también en relación con la escolarización o los servicios de salud. O que, por otro lado, habitantes de los pueblos trabajen en el campo o en íntima relación con las actividades de él. Esta centralización de los servicios y la economía en los pueblos dio origen a lo que varios autores llamaron “birresidencialidad”, situación característica de gran parte de las familias campesinas contemporáneas en Santiago del Estero (Blanco y Neiman, 2022).
La familia Cuestas vive en la comunidad campesina-indígena Murishca, perteneciente al pueblo originario Lule Vilela, y ubicada en la frontera entre Santiago y Chaco, a 30 km de Taco Pozo y 80 km de Monte Quemado. Son productores de ganado doméstico y silvopastoril (tienen cabras, chanchos, vacas, patos y gallinas), hacen postes de quebracho y cosechan miel que sobre todo consumen, pero también venden localmente. Ignacio (65 años) cuenta que, si bien hoy vive en la comunidad donde nació y se crio, de joven vivió y trabajó en la zona norte del conurbano bonaerense, donde luego de veinte años decidió volver. Los Cuestas son una familia birresidencial ya que, mientras que la generación más grande vive en el campo, algunos miembros de la generación joven viven en el pueblo. La familia tiene una casa en las afueras de Taco Pozo, a la que todos suelen ir recurrentemente, sobre todo cuando deben hacer una compra. Uno de los más jóvenes vive en el campo, pero trabaja con la madera en el pueblo, y frecuentemente pasa la noche allí. Otro de los hermanos jóvenes vive en Monte Quemado y frecuentemente se traslada a visitar y trabajar en el campo.
Muchos jóvenes que estudian en el secundario, o cuyos hijos van al primario en el pueblo, suelen ir al campo los fines de semana o en los recesos de invierno y verano. El hecho de que parte de la familia viva en el campo permite a los que viven en el pueblo contar con leña, carne y otros productos del monte (miel, cueros, frutos), mientras que, para quienes viven en el campo, “tener una casa en el pueblo” les facilita realizar compras, hacer trámites o acceder a servicios sanitarios. Para estas familias, poder acceder a medios de movilidad motorizada resultó una ampliación en la movilidad cotidiana, que permitió expandir el espacio de vida campesino al pueblo.
Podemos comprender la forma de trabajo de estas familias a partir de lo que varios autores entienden por “pluriactividad” del trabajo rural, en cuanto que observamos una complementariedad de ingresos entre la producción campesina tradicional y el trabajo extrapredial. De esta forma, los hogares basan su reproducción tanto en la producción predial como en el empleo –asalariado o a destajo– en ocupaciones urbanas, es decir, las “changas” (De Grammont y Martínez Valle, 2009; Quaranta y Blanco, 2012). Además, a esta complementariedad de ingresos de las familias rurales, se suman los ingresos por políticas sociales que percibe la gran mayoría de los hogares argentinos, entre las que se destacan las jubilaciones y la AUH (Albertí y Mingo Acuña, 2019; Quaranta, 2023). Sin embargo, cabe destacar un punto fundamental que se suele pasar por alto a la hora de hablar de la pluriactividad y la complementariedad en los ingresos de las familias campesinas. Por un lado, no hay duda de que muchas familias campesinas rurales dependen (en mayor o menor medida) de algún tipo de trabajo extrapredial, de la venta de su producción en el pueblo o de ingresos provenientes de políticas sociales. Pero, por otro lado, para gran parte de las familias urbanas santiagueñas, sería muy difícil la reproducción de la vida sin la articulación económica con los territorios campesinos, debido a la falta de trabajo y el bajo nivel de ingresos con relación al costo de vida en los pueblos y las ciudades. En este sentido, la complementariedad económica y la movilidad cotidiana rural-urbano son las estrategias fundamentales de reproducción de vida familiar.
De golondrinas y archipiélagos: escalas espaciales (y temporales) del territorio circulatorio campesino
Esta articulación diaria entre ingresos y actividades en el campo y la ciudad solamente es posible para los miembros de las familias que viven cerca de un pueblo o disponen de la movilidad y los recursos para ir y venir entre las áreas urbanas y rurales de manera cotidiana. Para aquellos miembros de las familias campesinas que viven aún más “monte adentro”, son más amplios los tiempos de la movilidad circular. De esta forma, hoy en día persiste el trabajo estacional cosechero como una realidad laboral que se articula en el ciclo anual con el trabajo campesino clásico (Tasso y Zurita, 2013).
Felipe (20 años) y Lautaro (24 años) son dos jóvenes campesinos de la zona de Las Lomitas (departamentos Alberdi y Pellegrini), al norte de Santiago del Estero. Ambos viven en el campo con sus familias y producen chivas, vacas, chanchos, postes y carbón, que venden a comerciantes del pueblo de San José del Boquerón y Nueva Esperanza. Cuentan que fueron muchos años a trabajar “a la papa” en Buenos Aires o “a la aceituna” en La Rioja. “La aceituna” es una opción más cercana y más barata para ir, pero también peor paga y con condiciones laborales más precarias. El trabajo estacional migrante de verano es el trabajo al que están acostumbrados muchos jóvenes para tener un ingreso propio, ya que en el pueblo es más difícil conseguir trabajo sin radicarse ahí (ambos viven a más de 50 km del pueblo). De esta forma, el trabajo migrante resulta una opción que permite complementar la producción de animales para consumo o forestal para la venta local, e implica un ingreso temporal, pero que “te ayuda a tirar todo el año” (TC en Escuela de Agroecología del MOCASE, 30/10/24).
De la misma forma que la división de tareas en la producción agrícola conlleva modos particulares de organización del trabajo familiar, para las familias campesinas latinoamericanas contemporáneas, estos circuitos migratorios representan un paso para sus distintos miembros dentro del ciclo de vida familiar. La migración temporaria constituye así, para muchos jóvenes campesinos, una forma de inserción al mercado laboral, pero también un punto de inflexión clave en las trayectorias vitales en cuanto a la economía, el trabajo e incluso la conformación de una familia. El empleo migrante complementa de esta manera los ingresos de la producción predial, e incluso llega a tomar un lugar preponderante si nos concentramos en las formas de trabajo de los jóvenes varones (Giarracca, Bidaseca y Mariotti, 2001). Sin embargo, estas rutas migratorias estacionales no son fijas, sino que se fueron transformando de la mano de los cambios en las economías regionales, los cambios en los requerimientos de especialización de la mano de obra cosechera y los procesos de desindustrialización asociados al neoliberalismo, lo cual redundó en una disminución de volumen en las migraciones estacionales de larga distancia en beneficio de los destinos más cercanos (Ledesma, Paz y Tasso, 2011).
El Remansito es una comunidad campesina del departamento Figueroa, que queda a 20 km del pueblo de El Cruce (2161 hab.), y a 80 km del conglomerado Santiago-La Banda (aprox. 440.000 hab.). Las familias del paraje producen animales y también zapallo, maíz, sandía y melón, pero también muchas de ellas son familias birresidenciales y de trabajadores migrantes desde hace varias generaciones. Heraldo tiene alrededor de 60 años; algunos de sus hermanos viven en Buenos Aires, en el AMBA y en Balcarce, donde solían ir a trabajar la papa. Cuenta con orgullo que él era cocinero de la cuadrilla y llevó a varios de sus hermanos menores e hijos a conocer el trabajo. Su hermano mayor, en el momento en que yo visité la comunidad, se encontraba en Balcarce trabajando, por lo que solamente pude conocer a su esposa y a su hija (que permanecieron en la comunidad). La cuñada de Heraldo vivió de joven en la ciudad de El Palomar, provincia de Buenos Aires, pero decidió volver a la comunidad para criar a su hijo porque “acá es más tranquilo”. El otro hermano de Heraldo fue con él a trabajar y decidió quedarse allí luego de “juntarse”. Su hijo menor, de 24 años, también fue con él de chico y hoy continúa yendo por su cuenta; sin embargo, este año no fue debido a que “el pasaje está muy caro”, pero tiene pensado ir a la aceituna en el verano. Muchos miembros de la familia viven en la comunidad; sin embargo, varios de ellos se trasladan regularmente a El Cruce a hacer trámites y compras. La hija menor de Heraldo es quien más se mueve, ya que durante todas las semanas se traslada hasta la capital provincial porque está estudiando el Profesorado de Matemática. Allí se queda con su tío, que vive en La Banda, y regresa a su hogar durante los fines de semana en colectivo o combi, que pasa cinco veces por día y tiene un costo de 5000 pesos[3]. Antes de que construyeran la escuela secundaria en El Bañadito en 2015, el mismo recorrido realizaban los jóvenes para cursar el ciclo medio (TC en El Remansito, Departamento Figueroa, 20/10/24).
A partir de este caso, damos cuenta de que el trabajo migrante estacional en las cosechas (en este caso, la siembra de papa) no solamente implica un desplazamiento estacional, sino que también puede estar relacionado con desplazamientos hacia las ciudades de otras provincias, o con cadenas migratorias de más de una generación. Por otro lado, vemos que la multirresidencialidad no solamente implica que algunos miembros de las familias campesinas vivan en zonas urbanas, sino toda una estructura de movilidad entre el campo y la ciudad, que vincula ambos territorios y articula las actividades urbanas y rurales de manera cotidiana. Estas diferentes formas de movilidad solapada son características de las familias campesinas santiagueñas, y se encuentran íntimamente relacionadas con la articulación entre las economías campesina y urbana. De esta manera, resulta necesario comprender estas articulaciones entre territorios urbanos y rurales, característicos de las “nuevas” ruralidades (Piñeiro, 2001; Neiman y Craviotti, 2005), para complejizar los modelos clásicos con que se estudian los procesos de proletarización del campesinado, vistos como lineales, definitivos y unívocamente asociados a los de descampesinización.
Vemos en estos casos que los procesos migratorios y de proletarización no conllevaron un abandono de la producción familiar en el territorio, ni una migración lineal y definitiva que involucre a familias enteras, ni mucho menos una pérdida de la identidad campesina santiagueña. Entre las comunidades, los pueblos, la cosecha y la ciudad, existe una movilidad bidireccional y periódica, además de relaciones cotidianas cada vez más fuertes (Quaranta y Blanco, 2012). Estas formas de movilidad no son únicamente corolario de la desarticulación de las comunidades campesinas, sino también producto de nuevas estrategias de reproducción doméstica y comunitaria enraizadas en diferentes territorios.
Estos patrones de circulación, si bien surgen a partir de los requerimientos laborales de la economía capitalista agraria o urbana, componen parte del espacio de vida de los trabajadores-campesinos migrantes santiagueños, y por tanto son parte del territorio laboral de las comunidades campesinas, quienes de manera periódica organizan su trabajo en torno a la migración de algunos de sus miembros a las distintas cosechas o a las actividades que varios de ellos sostienen en pueblos y ciudades cercanos, o en los corazones industriales del país. De esta manera, se fue conformando una “red” de espacios, desperdigados pero interconectados entre sí, a partir de este patrón de movilidad temporario pero estable en el tiempo. El sociólogo mexicano André Quesnel (2010) describió esta territorialidad de las familias campesinas como una economía de archipiélago debido a las relaciones sociales que, pese a una aparente disgregación espacial, se sostenían en el tiempo a partir del aporte económico del trabajo migrante de los jóvenes. En un contexto donde la economía agraria se describe territorialmente como un mar de soja (Reboratti, 2010), pareciera que la economía comunitaria no tiene lugar para la reproducción de los hogares santiagueños. Sin embargo, estos modos de articulación del trabajo urbano y rural de las familias campesinas nos permiten matizar las conclusiones totalizantes sobre el destino de las poblaciones rurales contemporáneas. De manera similar al caso mexicano descrito por André Quesnel, podemos entender estas formas de movilidad y trabajo en nuestro país a partir de la conformación de una economía de archipiélago que, en un contexto de sojización, sostiene la economía reproductiva de las familias campesinas en los espacios tanto rurales como urbanos.
Para finalizar, a partir de lo expuesto, podemos reconocer tres tipos de movilidad laboral campesina, donde la distancia recorrida se relaciona directamente con el período de oscilación de la movilidad circular:
- En primer lugar, una movilidad cotidiana de ciclo corto que se relaciona con familias campesinas birresidenciales cuyos miembros permanecen algunos “monte adentro” y otros viven en un pueblo cercano a su comunidad de origen. Este tipo de movilidad vincula dos territorios diferentes: “el monte” y “el barrio”. Además, se podría arriesgar que este tipo de movilidad laboral se asocia con otros tipos de movilidades: los recientes patrones migratorios de corta distancia originados a raíz del desplazamiento de las comunidades campesinas, entendidos como movilidad por expulsión (Blanco y Neiman, 2017).
- En segundo lugar, la movilidad laboral estacional que está relacionada con los ciclos productivos de la agroindustria, pero también con los ciclos económicos de cada economía regional y sus cambios en la demanda de trabajo rural migrante. Esta movilidad tiene como protagonista principal a los varones jóvenes y vincula espacialmente las comunidades campesinas con territorios rurales de diferentes provincias, pero también con otros espacios urbanos alejados. Este tipo de movilidad circular es, sin duda, el más analizado por la sociología de las migraciones y del trabajo rural (Reboratti, 1976; Bendini y Steimbreger, 2010; Lara Flores, 2010; Ledesma, Paz y Tasso, 2011; Trpin y Pizarro, 2017).
- Por último, está la migración laboral del campo a la ciudad, que frecuentemente ha sido nombrada como “éxodo rural”, asociada a las migraciones “definitivas” del campesinado y relacionada con los procesos de proletarización que los enfoques descampesinistas entienden como concluyentes. Sin negar el peso histórico y demográfico que estos procesos de urbanización de la población tienen a nivel cuantitativo y escala regional, propongo reinterpretarla en términos de una movilidad laboral de ciclo largo. Esto debido a los casos de campesinos migrantes y “proletarizados” que, luego de haber transcurrido parte de su vida trabajando en la ciudad, han regresado a sus comunidades de origen (Sili, 2019). Estos casos, abordados desde un enfoque de la pluriactividad que comprende la perspectiva de la economía campesina, dan cuenta del carácter circular y reproductivo de este tipo de movilidad. En definitiva, dan cuenta de la multirresidencialidad de las familias y comunidades campesinas, de la diversidad de formas de trabajo que despliegan para garantizar su reproducción y de la manera particular en que se combinan el arraigo y la movilidad en la territorialidad del campesinado santiagueño.
Conclusiones
En este trabajo, exploramos diferentes casos de movilidad circular en la dinámica laboral de distintos miembros de familias campesinas santiagueñas. Mientras que ciertas familias que cuentan con movilidad o viven cerca del pueblo pueden complementar de manera diaria o semanal trabajos tradicionalmente considerados urbanos con otros rurales, aquellos que viven más alejados o que no disponen de los recursos para desplazarse cotidianamente recurren a movilidades pendulares de mayor duración, donde algunos de sus miembros migran hacia otras provincias a trabajar. En ambos casos, esta estrategia laboral extrapredial implica una movilidad circular hacia otros espacios rurales o urbanos que en ningún caso representa una pérdida del vínculo con el territorio, ni un reemplazo del trabajo doméstico campesino, sino que más bien se combina para garantizar la reproducción doméstica.
De esta forma, en los casos presentados, vemos que estas familias campesinas muchas veces garantizan parte fundamental de sus ingresos a partir de la pluriactividad. Rara vez la producción agropecuaria de autoconsumo es la actividad económica exclusiva de los hogares campesinos santiagueños. Las familias del interior santiagueño son, en gran parte, familias que subsisten a partir de la articulación entre las diferentes modalidades de trabajo predial y extrapredial de sus miembros. Por otra parte, sus ingresos tampoco provienen exclusivamente del empleo bajo relaciones salariales (formales o informales), sino a partir de la combinación de tres factores: la venta de la producción forestal o animal (y en menor medida vegetal y artesanal); el trabajo remunerado en ámbitos urbanos o en producciones agroindustriales (sobre todo como cosecheros migrantes); y, por último, el ingreso proveniente de las políticas sociales adquiridas. En síntesis, la mayoría de las familias campesinas santiagueñas complementan ingresos articulando el trabajo productivo en la comunidad doméstica con algún empleo, changa o trabajo extrapredial, sea en otro campo, el pueblo o la ciudad; lo que cambia es la distancia y el período de tiempo en que cada miembro trabaja fuera de la comunidad.
Sin embargo, si bien el trabajo extrapredial ocupa un lugar representativo en los ingresos, no hay que perder de vista el peso fundamental de la producción agropecuaria y el resto de los trabajos “en el territorio” en la sostenibilidad de la vida del campesinado santiagueño. En esta complementariedad, la producción de alimentos mediante el trabajo agropecuario, la caza y la recolección, así como la obtención de combustible por leña o de materiales de construcción a partir del monte, desempeña un papel esencial en la reducción de los costos de vida para las familias campesinas, que por todo esto resultan mucho menores en promedio que en los pueblos y las ciudades. Volviendo a las familias birresidenciales estudiadas, los aportes de carne y leña resultan factores clave para la economía de sus miembros urbanos. De esta forma, si la multirresidencia y pluriactividad se convirtieron en una estrategia de las familias campesinas para complementar ingresos o acceder a servicios concentrados en la urbanidad como comercios, salud o educación, para las familias birresidenciales de los pueblos, el sostener la producción campesina y el vínculo con el territorio comunitario resulta un elemento fundamental para la reproducción de la vida.
Incluso la migración hacia pueblos y ciudades, que podríamos entender como un despojo y “abandono” del territorio, puede entrar en esta lógica de la reproducción ampliada como familia campesina en el territorio. El hecho de que algunos miembros de las familias trabajen, estudien o mantengan una casa en el pueblo no debería llevarnos a aplicar el esquema “descampesinizador” y pasar a entender a estas poblaciones simplemente como trabajadores urbanos. De la misma manera, no deberíamos entender las migraciones campo-ciudad (y su consiguiente proletarización) como procesos definitivos de descampesinización y pérdida del vínculo con el territorio. Estos esquemas conceptuales nos impiden ver las cotidianas relaciones entre los espacios rurales y urbanos que estas personas sostienen, al circular entre la ruralidad y la urbanidad, sea por ocio o trabajo. Aún más, estas perspectivas no nos permiten ver la vigencia ni entender las dimensiones de las territorialidades campesinas en Argentina.
En suma, propongo continuar indagando en las implicancias de la pluriactividad laboral para la reproducción de la vida de las familias campesinas contemporáneas. Sobre todo en aquellas estrategias de articulación entre el trabajo rural y urbano que llevan adelante diferentes familias birresidenciales. A su vez, resulta interesante profundizar en la noción de territorio a partir de los patrones de movilidad circular que mantienen en su ida y vuelta cotidiano las familias multirresidenciales, produciendo espacios de vida y trabajo que articulan territorios urbanos y rurales, tanto al interior de Santiago del Estero como en otras provincias. Es necesario articular la tradición de estudios campesinos con los estudios actuales en sociología del trabajo, de las migraciones y los estudios sociales rurales para comprender las modalidades laborales contemporáneas en la ruralidad y su vínculo estrecho con las formas de ganarse la vida (Fernández Álvarez y Perelman, 2020) de las familias santiagueñas, tanto de los espacios rurales como de los espacios urbanos.
Por último, cabe destacar que la categoría “campesino” adquiere para estos sujetos una dimensión que excede las definiciones sociológicas clásicas, que se establecen en términos económicos de ingresos. Los sucesivos procesos de subordinación del trabajo campesino al capital implicaron nuevas formas de movilidad y trabajo que redefinieron profundamente al campesinado contemporáneo, acercándolo a la realidad del resto de la clase trabajadora, pero sin por ello perder su específica condición campesina. Incluso, siguiendo los planteos de distintos estudios (Domínguez, 2012; Hocsman, 2014), estas transformaciones han hecho resurgir la experiencia (Thompson, 1984) del campesinado como clase, al mismo tiempo que lo han acercado políticamente a las organizaciones de trabajadores urbanos (Guerreiro, Hadad y Wahren, 2018). De esta manera, si bien hemos presentado las maneras en que el campesinado es subordinado, se articula y se reproduce con relación al capitalismo agrario, este proceso no es para nada armónico, sino que se da en el marco de fuertes disputas políticas por el derecho al territorio comunitario (Giarracca, 2008; Domínguez, 2012; Hocsman, 2014). Considerarse campesinos conlleva para estos sujetos una decisión de mantener el vínculo con el territorio frente a los avances del capital agrario que procura desmontar y deshabitar los espacios rurales para la producción intensiva agroindustrial, representada en su mayor exponente por el modelo sojero.
Por ello, sostengo que los enfoques clásicos con los que se estudia al campesinado no alcanzan para explicar las prácticas laborales y de movilidad de los habitantes de la ruralidad santiagueña, pero no por ello debemos concluir que no son familias campesinas, sino más bien deberíamos revisar nuestros marcos teóricos a las sucesivas transformaciones socioeconómicas y demográficas por las que han atravesado las ruralidades campesinas contemporáneas. A modo de cierre, si las comunidades campesinas sostienen la pluriactividad que anteriormente describimos, es debido a que existe la decisión activa de habitar y producir, es decir, de basar su reproducción social en los territorios comunitarios desafiando las acciones históricas del capital para despoblar y hacer inhabitable el campo santiagueño.
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Thompson, E. P. (1984). Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial. Ed. Crítica.
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Wolf, E. (1966). Peasants. Prentice-Hall.
Wolf, E. (1987). Europa y la gente sin historia. FCE.
- Los nombres de personas y comunidades son ficticios para preservar su identidad.↵
- Todos los datos demográficos de población, a menos que se especifique lo contrario, son extraídos del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas realizado por el INDEC en 2022. Los porcentajes de aumento de población fueron calculados en relación con esta fuente.↵
- 5 dólares en octubre de 2024, al momento de hacer el trabajo de campo.↵







