Debates académicos recientes
sobre economía popular y transición
José Martín Bageneta y Alejandra Dávila Pico
Introducción
Nuestro ensayo tiene un interrogante que lo estructura: ¿cuáles son los abordajes académicos acerca del cruce entre movimientos sociales, economía popular y crisis societal en el agro? En ese sentido, nos preguntamos cuáles son algunos de los emergentes académicos de análisis de esas temáticas. Por lo tanto, nuestro objetivo articula temas específicos (y excluye muchos otros) como movimientos sociales, organizaciones de la economía popular, economía social y solidaria (ESS) (en sus múltiples denominaciones), transición (en particular en su referencia al cambio climático) y agro (con centro en lo agrícola, aunque también como medio de vida rural).
Para este propósito retomamos ejercicios previos, preguntas claves para definir –desde las ciencias sociales y humanas– a este tipo de organizaciones del agro, para identificar qué aspectos pueden ser enriquecidos o modificados a partir de la revisión bibliográfica reciente. Estas preguntas son las siguientes: ¿quiénes conforman las organizaciones?, ¿cómo nacen y se transforman?, ¿quiénes las dirigen y cuáles son sus proyectos?, ¿desde dónde las definimos? (Bageneta, 2023). Ahora bien, con base en esas preguntas, ¿qué aspectos de las apuestas interpretativas sobre la transición podemos compartir?; y, en todo caso, ¿hay interrogantes específicos para sumar?
Encontramos –en el orden político– una agenda de parte de distintos organismos internacionales que articulan cooperación y respuesta a las diversas crisis del sistema capitalista actual (la alimentaria, climática, etc.). A manera de ejemplo, la carta de la Organización de las Naciones Unidas de 2008 “Afrontando el cambio climático a través de las cooperativas”, con motivo de un nuevo aniversario del Día Internacional de las Cooperativas, sostiene que estas habilitan alternativas frente a las consecuencias del cambio climático (FAO, 2008; CEPAL, 2016; OIT, 2022).
Nuestra perspectiva analítica parte de entender que el liberalismo (desde su conformación con la Revolución Industrial inglesa) destruyó la comunidad, desarticulando el vínculo constitutivo entre lo económico y los demás aspectos de la vida social. Así, una de las repercusiones ha sido la mercantilización de todos los ámbitos vitales, eliminando los patrones económico-culturales (como la redistribución) que ponían en el centro la reproducción de la vida (Polanyi, 2017).
También creemos que, de modo complementario a Karl Polanyi, desde el marxismo se piensa la cooperación a partir de la primacía del capitalismo en cuanto una forma de trabajo conjunto que adopta la particularidad de no estar atada a una comunidad, sino al proceso de acumulación de capital. Por tanto, es una acción y planificación conducida por un capitalista; “fuerza productiva social” llama Karl Marx a esa cooperación que logra un plus de resultados, distinta a la suma de los esfuerzos individuales. Se asemeja al trabajo o la naturaleza, en cuanto bienes no creados como mercancía (Marx, 1973: 270).
Existe un enorme abanico de definiciones de la cooperación; términos como “economía social”, “solidaria”, “popular”, “del trabajo”, “buen vivir”, nonprofit y “tercer sector” –entre otros– se utilizan, cada cual, con procedencias y sentidos disímiles. Algunas la consideran como “herramienta técnica” prescindente de ideologías; otras, en un sentido social y político, como medios de transformación del modo de acumulación o, en todo caso, como un “paliativo” de las desigualdades.
En relación con ese vasto universo de apreciaciones, entenderemos la economía popular, social y solidaria como aquella de actores sociales subalternos que de manera autogestiva, democrática y participativa buscan satisfacer necesidades sociales, económicas, culturales y políticas. Involucran formas económicas que en la óptica del mercado autorregulado no tendrían –necesariamente– lugar. No persiguen ganancia, sino fines sociales a través de su autorreproducción, que los conceptos de “capital social” y “excedente” manifiestan. Según su politización y estructuración, aportan –en diferente grado– al cambio social.
En los estudios sociales agrarios argentinos, aparecen situaciones dispares en cuanto al tratamiento del vínculo entre estas múltiples formas asociativas y las transiciones. En términos generales, los estudios de cooperativismo agrario centran su análisis sobre la reestructuración socioproductiva comenzada en la década de 1970 y su efecto sobre distintos aspectos sociales y organizacionales, pero no así en la transición, con la excepción de los ligados a la sostenibilidad y la agricultura familiar (Lattuada & Renold, 2004; Lattuada, 2006; Carricart, 2012; Bageneta, 2021). Por otra parte, nuestros estudios de casos asociativos nos permiten hipotetizar que estos actores cuentan con bajo desarrollo de las implicancias de las transiciones sobre sus estructuras y, cuando existe, suele ligarse al trabajo sobre líneas políticas internacionales (como la Alianza Cooperativa Internacional) sobre desarrollo sostenible. A su vez, encontramos un amplio cúmulo de trabajos desde la perspectiva del extractivismo y los movimientos socioterritoriales (Giarracca & Levy, 2004; Merlinsky, 2013; Seoane, 2013; Svampa, 2019; Svampa & Viale, 2020).
En el plano metodológico de nuestro ensayo, la selección de referentes bibliográficos tuvo, por un lado, un criterio teórico en cuanto perseguimos que el centro de los artículos se sustente en cuestiones tales como cambio climático, crisis climática, crisis societal, economía social y solidaria, agro y ruralidad. Consultamos múltiples bases de datos (ScienceDirect, JSTOR, Taylor and Francis), centrando la búsqueda, a los fines de la factibilidad, en la biblioteca digital JSTOR. El recorte temporal, para contar con un corpus factible, fue de diez años (desde 2015). Los resultados fueron de gran amplitud temática, con lo cual –luego– llevamos a cabo una selección en función de coincidencia en los criterios, privilegiando la búsqueda abierta en dichos medios antes que sopesar de modo direccionado autores “referentes”. Entendemos que esta estrategia implicó sesgos en fuentes y recortes analíticos que queremos explicitar en cuanto nuestro propósito no ha sido agotar el campo específico. Respecto al segundo condicionante, subrayamos que, al haber elegido términos de búsqueda determinados, pueden haber quedado estudios excluidos por el hecho de no coincidir en ellos.
Estructuramos el ensayo con base en el propósito de pasar revista por los abordajes académicos recientes de nuestros ejes problemáticos y por la búsqueda de una reflexión a partir de estos; la primera parte constituye un mapeo de dicha producción describiendo de modo sintético las principales características de estas producciones y sus aportes al estudio de este tema; lo hacemos en tres subapartados con base en el tipo de problema analítico que abordan estos textos. La segunda parte constituye un intento de alimentar nuestros interrogantes iniciales acerca del entendimiento de estos actores a partir de los aportes de los trabajos reseñados previamente. Finalmente, presentamos las conclusiones del capítulo, al cual acompañan algunas afirmaciones, así como una tabla de síntesis en la que intentamos reunir los aportes más sustantivos.
Textos académicos sobre asociativismo agrario ante la crisis societaria
En este apartado compartimos los principales antecedentes académicos específicos que han reunido nuestros ejes de interés. Los hemos ordenado a partir de un criterio general según el tipo de problema analítico en tres subapartados. Intentamos que cada uno dialogue con una o más de las cuatro preguntas que hemos explicitado en la introducción y que retomaremos en el próximo apartado.
Crisis climática, adaptación y gobernanza: límites del enfoque técnico
Agrupamos trabajos que abordan la crisis climática desde la adaptación, la resiliencia y las políticas públicas, mostrando tensiones entre enfoques técnicos y relaciones de poder. Entre estos planteos encontramos que la adaptación al cambio climático no es neutral ni meramente técnica, sino social y políticamente situada.
Nos parece interesante comenzar por un dossier de la revista estadounidense Daedalus del año 2021 titulado “Seguridad hídrica en África en la era del cambio climático global”, en que conviven distintos intentos por conceptuar los cambios generados a nivel planetario en el clima y propuestas para pensarlo desde las ciencias sociales y humanas; en este aspecto en particular (sin detenernos en la faz empírica de cada artículo del dossier), decidimos incluir algunos aportes. Por un lado, señalan que las ciencias naturales, atmosféricas y físicas han construido una interpretación dominante que “tapona” lecturas alternativas, bajo la noción abstracta de “clima”. Por otro lado, en la misma línea, cuestionan las narrativas que circulan sobre los procesos de adaptación de África al cambio climático, señalando que estas no logran captar que también es necesario considerar las representaciones, reimaginaciones e institucionalizaciones de dichos procesos generadas por los propios actores locales. Además, critican que las respuestas al problema en África suelan reducirse al suministro aislado de recursos y capacidades (por ejemplo, infraestructura como represas), sin concebirlas como parte de relaciones sociales que integran órdenes políticos. En esta línea, destacan “la importancia de las consideraciones distributivas y la lucha política en el planteamiento de las cuestiones ambientales” (Verhoeven, 2021, p. 266) (traducción propia); en el mismo sentido, afirman que “las crisis del agua están incrustadas en las crisis de las relaciones de poder” (Allen y Musemwa, 2021, p. 11) (traducción propia). En consonancia con ello, sostienen que abandonar las certezas del positivismo puede ser una oportunidad para afrontar estas situaciones desde las visiones e ideas de los propios actores locales, llevando a formas de vida, sentidos compartidos y de cooperación.
En diálogo con nuestro capítulo, este trabajo nos interpela, tal como han hecho múltiples autores con el tema general de la naturaleza[1], para desnaturalizar el discurso de “lo natural” como terreno solo de las ciencias biológicas o naturales/ambientales, así como cargar de sentido político a esas realidades en disputa.
En un trabajo específico para nuestro interés, se estudian las acciones de adaptación hacia el cambio climático en el sur africano con particular centralidad sobre la comprensión del capital social (Osbahr et al., 2010). Utilizan un método mixto con unidad de análisis en la familia rural con recolección de información cuantitativa y cualitativa en cuatro asentamientos –según regiones climáticas– de África del Sur y Mozambique entre 2003 y 2004. Complementó 63 grupos focales, 121 cuestionarios con preguntas abiertas y cerradas, así como entrevistas en profundidad. Analizan la adaptación desde la teoría de la resiliencia, pero con centralidad especial en la gobernanza, como aquella que promueve instituciones legítimas o acciones colectivas. Parten de comprender las acciones existentes hasta el momento, como, por ejemplo, las cooperativas.
Uno de los hallazgos es que aquellos hogares que tenían “vínculos puente” (o sea, por fuera de la propia clase social) recibieron más obsequios durante las sequías. Es decir, a partir de la puesta en juego de las teorías –ya clásicas– de capital social, cruzado por las posibilidades de adaptación ante crisis climática, encuentran distintas respuestas y recursos de los hogares.
Identifican que, ante la salida de parte de la mano de obra fuera de la aldea, a través de migraciones laborales, otros miembros del hogar cubren ese trabajo. En este sentido, el apoyo en la reciprocidad con la comunidad constituye, aunque no siempre, una vía para el sostenimiento de la familia. De este modo, comprueban que “los hogares más grandes tenían mayor capacidad para iniciar y mantener redes informales porque podían seguir manteniendo la función doméstica de trabajar la tierra” (Osbahr et al., 2010, p. 9) (traducción propia).
En cuanto al éxito en la adaptación, entendida como la habilidad para recibir golpes, los resultados señalan que los arreglos institucionales que ayudan a dar estabilidad a los hogares precisan ser vistos en contexto, porque no siempre la garantizan a largo plazo. Por ejemplo, en comunidades en las cuales se han mantenido liderazgos tradicionales, a costa de disminuir alternativas de movilización, las adaptaciones pueden deberse a que, ante las perturbaciones de sus medios de vida por eventos meteorológicos, se refuerzan las redes sociales inclusivas. A su vez, los hallazgos sugieren que mantener las relaciones fuera de la aldea ha aportado flexibilidad a las estrategias de afrontamiento de los medios de vida en tiempos difíciles, incluido el acceso al trabajo migratorio.
El estudio identifica cuatro formas como las más importantes estrategias adaptativas para responder a los efectos del cambio climático en estos territorios: cambios agrícolas, cambios en el capital social, comercialización y actividades fuera de la explotación agrícola. Miden con base en encuestas la reciprocidad para cada una, incluyendo intercambios en efectivo y no monetarios (es decir, trabajo, regalos y alimentos) y representan inversión en redes sociales y su uso. Concluyen que, con la excepción del trabajo extrapredial, las demás estrategias tuvieron acciones colectivas que las permitían. El rol de la participación institucional multinivel, la comunicación, la heterogeneidad de las partes interesadas y el rol de los agentes clave fueron características cruciales utilizadas para promover vías de adaptación exitosas a través del espacio de respuesta.
Los mecanismos clave para el establecimiento de asociaciones agrícolas formales son estructuras locales de membresía claras, responsabilidades reconocidas por los diferentes actores y liderazgo democrático. La cooperación se mantuvo eficaz gracias al aumento de la confianza y la transferencia de conocimientos.
Tres de los ejemplos también sugieren que la participación de múltiples actores, es decir, miembros de la comunidad, funcionarios gubernamentales de extensión y ONG, de diferentes niveles institucionales, ayudó a las asociaciones formales al brindar oportunidades para mejorar la capacidad de adaptación local. En el plano del compartir conocimientos, reconocen la importancia de los foros abocados a distintas temáticas productivas, que dan legitimidad a la toma de decisiones flexibles, que permiten aprendizaje inclusivo.
Reconocen roles de juventud como emprendedores, con la creencia en el autodesarrollo. Su participación ante nuevas ideas les compele a copiar conocimientos de otras latitudes. El soporte de parte de su red local de ingresos extraprediales aparece como central. A su vez, las experiencias con mayor duración fueron las de aldeas con altos niveles de solidaridad y heterogeneidad en los interesados en ellas. Identifican, en este sentido, los problemas de aquellas aldeas en las cuales la ausencia de vínculos solidarios impide el paso desde niveles individuales a sociales.
A su vez, programas de aprendizaje entre agricultores y de gobierno permitieron a las personas desarrollar su propia capacidad para tomar decisiones en función de su situación en la estructura social, a medida que pasaban de medios de vida de semisubsistencia a aquellos que incorporaban oportunidades agrícolas comerciales.
Resulta de interés que el trabajo señala que las experiencias exitosas no son todas transferibles dado que el cambio climático tiene efectos diferenciados espacial y socialmente. Reconocen el sentido estratégico de la acción colectiva y los vínculos solidarios para sostener distintas variables que –en este tipo de comunidades– hacen posible el sostenimiento ante crisis climáticas.
En el mismo plano de estudios relativos al llamado “tercer sector”, tenemos un artículo grupal de autores de Finlandia que se preguntan por cómo se articulan las políticas climáticas globales dentro de las prioridades políticas nacionales en Etiopía, África. Se centra en las comunidades de pastores, que se han visto negativamente afectadas por el cambio climático (Virtanen et al., 2011).
Los modelos pastoriles que eran resistentes a esas situaciones han pasado a estar bajo presión y a ser expulsados del sistema (Virtanen et al., 2011, p. 97). Se basa en 64 entrevistas semiestructuradas en el año 2009 con actores clave, como gobiernos, ONG y beneficiarios, a lo cual suman material secundario como documentos de políticas y proyectos, así como bibliografía de investigación, con una lectura profusa de estudios específicos.
Etiopía tiene un aproximado de 15 millones de personas para las cuales el pastoreo es su principal medio de vida. A su vez dan cuenta de que, en paralelo a que el Estado implementa políticas de seguridad alimentaria con financiamientos internacionales, desarrolla estrategias de cercado y producción agrícola que limitan la movilidad de los rebaños de estos sujetos sociales.
Sobre la base de antecedentes académicos específicos, demarcan cuatro estrategias básicas de adaptación de los pastores etíopes: movilidad, almacenamiento, diversificación y puesta en común. Sin embargo, el intercambio basado en el mercado puede sustituir cualquiera de las estrategias de adaptación mencionadas. Encontramos que la primera estrategia cuenta con mayor desarrollo en el estudio, entendemos que por la centralidad en el sujeto social de interés.
A partir de la descripción de los distintos programas de apoyo con fondos frente al cambio climático, los autores sostienen que no se ha intentado crear una gobernanza basada en el modelo de las partes interesadas para la adaptación a estos fenómenos en el país. Subrayan que el enfoque predominante es de arriba hacia abajo y la debilidad de los vínculos institucionales se manifiesta en la selección y el calendario de las actividades de obras públicas implementadas. No siempre se da prioridad a las actividades que las comunidades desean implementar, y que –lo cual es de gran relevancia– van en contra de la autosuficiencia, por ejemplo, dando mayores labores de ingresos del programa cuando coinciden con las actividades agrarias de la comunidad. Hallan un “efecto perverso” de que los hogares se vuelvan aún más dependientes del apoyo externo, ya que la necesidad de trabajar reduce su capacidad para participar en actividades alternativas de subsistencia.
En este sentido, afirman que,
incluso fuera de las temporadas altas, los hogares con muchos desempleados, como niños y ancianos, se ven obligados a dejar a sus hijos fuera de la escuela para ocuparse de los gastos del hogar mientras los padres trabajan en obras públicas. Esto tiene el efecto perverso de que estos hogares se vuelven aún más dependientes del apoyo externo, ya que la necesidad de trabajar reduce su capacidad para participar en actividades alternativas de subsistencia (Virtanen et al., 2011, p. 105) (traducción propia).
Otro asunto de relevancia para el estudio, y para nuestro trabajo, es que las organizaciones no gubernamentales son las que llevan adelante todo el trabajo con los indígenas, reduciéndose –por su baja capacidad operativa– el rol del Estado local, hasta llegar a depender de las primeras.
Encuentran que, a pesar de un discurso de participación de los propios actores a los cuales se destina la política tanto de las ONG como del Estado, los agentes externos suelen realizar intervenciones de desarrollo en nombre de los pastores, y las llamadas “consultas con representantes locales” son, en muchos casos, eventos de difusión de información verticalista sin conferir poderes reales a los participantes locales. Asimetría en la toma de decisiones que los autores anclan en relaciones desiguales entre los pastores y las autoridades (Virtanen et al., 2011, p. 111).
En relación directa con nuestro fin analítico, destacamos que este estudio de los programas de apoyo, con la relación entre Estados, ONG y beneficiarios, en particular en países en vías de desarrollo, nos permite comprender la centralidad de la atención sobre cómo puede afectar la construcción de políticas de arriba hacia abajo, así como el llamado “efecto perverso” de estas cuando restan autonomía y poder de decisión en los propios sujetos, siendo por tanto contrarios a la búsqueda de adaptación frente al cambio climático.
A modo de cierre de este subapartado, encontramos aporte principalmente a las preguntas de quiénes conforman las organizaciones, quiénes las dirigen y cómo se representa lo colectivo. Estos trabajos permiten desnaturalizar el clima, mostrar el peso de las instituciones, ONG y Estados, y evidenciar asimetrías en la toma de decisiones que afectan la acción colectiva.
Movimientos sociales, saberes y politización de lo ambiental
En este subapartado reunimos estudios que ponen el acento en la acción colectiva, la producción de sentido, el conflicto y la reapropiación política de discursos ambientales y científicos. En estos la crisis ambiental se convierte en campo de disputa simbólica, organizativa y política.
En el escenario actual de crisis climática y profundización de las desigualdades, los movimientos sociales han emergido como actores protagónicos en la construcción de modelos alternativos que vinculan la justicia social con la sostenibilidad ecológica.
Esta articulación entre lo social y lo ambiental encuentra eco en el análisis de Motta (2021), que aborda los movimientos sociales alimentarios desde una perspectiva interseccional y transnacional. El estudio se basa en un análisis sociológico crítico que examina cómo las desigualdades de clase, raza, género y especie (animales) se entrelazan en los sistemas alimentarios. Mapea el modo en que los movimientos surgen en distintas regiones del mundo (como la justicia alimentaria en EE. UU. y soberanía alimentaria en el sur global). Propone el concepto de food inequalities (“desigualdades alimentarias”) y utiliza este marco teórico para unificar las luchas diversas (ecológicas, antirracistas, feministas, etc.).
Esta perspectiva global permite contrastar las desigualdades alimentarias como un fenómeno multidimensional, cuyas expresiones varían según las estructuras de poder locales y los repertorios de acción colectiva. Su enfoque interseccional demuestra cómo las luchas por la soberanía alimentaria –encabezadas frecuentemente por mujeres campesinas– enfrentan simultáneamente las jerarquías del sistema agroindustrial y sus impactos ecológicos.
En este sentido, Motta (2021) afirma que
los movimientos alimentarios alternativos y las redes alimentarias alternativas (RAA) incluyen iniciativas para establecer conexiones directas entre productores y consumidores, como los mercados de agricultores y la agricultura apoyada por la comunidad (AAC); la comercialización de productos alimenticios distinguidos, como los orgánicos, locales, de calidad, premium, artesanales y de comercio justo; y la preferencia por la localización de las relaciones alimentarias, por ejemplo, en los sistemas alimentarios locales, entre otros (Motta, 2021, p. 606) (traducción propia).
La investigación destaca casos donde la economía popular, a través de mercados locales y redes de producción-consumo, genera circuitos económicos que reducen huellas ecológicas mientras desafían las lógicas del agronegocio. Particularmente reveladora resulta su observación sobre los feminismos populares en América Latina, donde la defensa de los territorios y la producción agroecológica se entrelazan con críticas al patriarcado y al racismo ambiental. Sobre la base de antecedentes, resalta cómo los espacios de la Vía Campesina contienen debates internos sobre feminismo, la apertura a tecnologías, así como las interacciones con mercados internacionales y el Estado (Motta, 2021, p. 610).
Dentro de los antecedentes abocados a alguna forma de movimientos sociales, Kimura (2021) emplea un enfoque cualitativo de estudio de caso para analizar el monitoreo participativo de cultivos genéticamente modificados (GM) en Japón, específicamente centrado en la colza (canola). Propone un marco analítico novedoso para entender la relación entre la ciencia ciudadana (CS, sus siglas en inglés) y los movimientos sociales, destacando tres dimensiones clave:
- la participación de múltiples actores (en contraposición a la dicotomía experto-ciudadano);
- un enfoque orientado al proceso (más que a los datos como producto final); y
- una perspectiva a largo plazo (frente a iniciativas puntuales de recolección de datos).
La investigación se basa en el seguimiento de un proyecto de ciencia ciudadana impulsado por grupos activistas japoneses, que buscaba documentar la presencia de colza transgénica en cultivos locales. A través de este caso, demuestra cómo la CS puede trascender su función instrumental de generación de datos para convertirse en una herramienta de movilización política, reclutamiento de activistas y colaboración entre organizaciones civiles. El estudio combina observación participante, entrevistas y análisis de documentos para explorar las dinámicas sociales y políticas que emergen en estas iniciativas. Se desarrolla en Japón, donde la controversia sobre los cultivos transgénicos ha motivado la acción colectiva de organizaciones ciudadanas.
En este sentido, el trabajo ofrece reflexiones pertinentes sobre el rol del conocimiento popular en las resistencias socioambientales. En palabras de la autora: “… además de recopilar datos sobre la omnipresencia del flujo genético, desde la perspectiva de los científicos ciudadanos, el proyecto de ciencias de la computación tiene otro objetivo: eliminar y prevenir el flujo genético” (Kimura, 2021, p. 586) (traducción propia). En la reunión de grupos activistas que la autora observó en 2017, los representantes resumieron los resultados del monitoreo en sus localidades y compartieron sus impresiones sobre la prevalencia de cultivos transgénicos en las cunetas de las carreteras y las reacciones de los miembros; destacaba que, más allá de la faz técnica, el proyecto estaba arraigado en los movimientos agroalimentarios alternativos del país.
Al documentar cómo grupos ciudadanos desafían los discursos oficiales sobre bioseguridad, el estudio ilustra mecanismos de democratización de la ciencia que encuentran paralelos en las prácticas agroecológicas del MST. Ambos casos muestran que la vigilancia colectiva sobre los bienes comunes –ya sean semillas o suelos– constituye un frente clave contra la mercantilización de la naturaleza. También, nos advierten sobre la necesidad de poner el foco de atención sobre la técnica y tecnología en sus sentidos políticos; en este caso sirviendo como medio para afrontar (de modo colectivo) sus efectos desde modelos agroalimentarios dependientes.
Entre los estudios sobre formas comunitarias y extractivismo, hallamos uno referido a la apropiación por parte de comunidades indígenas de Guatemala de la noción de “antropoceno”, en cuanto la acción humana que ha generado cambios geológicos de nivel planetario (Rodas, 2023). Plantea que el discurso pasa de lo científico a lo político, en la confrontación con el extractivismo minero. Su base teórica se asienta en autores del ambientalismo académico y de la geografía crítica, como Maristella Svampa y David Harvey, mientras que el material metodológico son los hechos y las manifestaciones públicas de los actores sociales en cuestión.
En el horizonte de la comunidad, conceptos como “buen vivir”, “bienes comunes” aparecen como una nueva forma de relación entre seres humanos y la naturaleza, que incluye una crítica a las lógicas antropocéntricas basadas en el dominio y la explotación excesiva de la naturaleza en aras del desarrollo. Este enfoque promueve la defensa de los bienes y la colaboración como pilares fundamentales de las luchas sociales de los pueblos indígenas, lo que se conoce como “giro ecoterritorial”. Sin embargo, esta perspectiva está en constante evolución y variará según las experiencias diversas de las comunidades en América Latina.
Además, Rodas sugiere que teorías como el antropoceno no se impondrán como conceptos dominantes de manera universal, sino que serán objeto de una apropiación crítica y politizada por parte de estos colectivos que enfrentan la grave crisis socioambiental en sus territorios; en tal dirección afirma:
… si bien la noción de Antropoceno hace parte de un discurso global en torno a la crisis climática y el calentamiento global, cada vez más va colocándose como parte de los discursos locales de las comunidades organizadas frente al extractivismo minero (Rodas, 2023, p. 70).
A lo cual agrega una reflexión sobre el uso de conceptos de dichos actores sociales al estipular que
no se trata de una adopción pasiva, sino de una adopción crítica y estratégica en la cual las comunidades organizadas en resistencia encuentran elementos que les ayudan a fundamentar sus acciones y a entrar en interlocución, principalmente con el Estado en sus propios términos (Rodas, 2023, p. 83).
Reconocemos en este abordaje un punto que promueve problematizar el vínculo entre los discursos ambientales creados en el ámbito académico y su apropiación de parte de los propios actores sociales del territorio. Tendemos puentes con otros antecedentes en tanto hay una búsqueda común por reconocer esos modos de significar la realidad social.
Pasamos a un documento de trabajo –con un formato de escritura propio– en el que Roa García (2016) estudia los conflictos por cuestiones ambientales y su aporte a procesos de democratización. Analiza las dinámicas relacionadas con los mecanismos de participación ciudadana que han surgido en las llamadas “fronteras extractivas” en Colombia desde 2004, con el objetivo de proteger las fuentes de agua, los territorios y los medios de vida campesinos. En el año 1991, la reforma constitucional del país habilitó mecanismos de participación ampliada, como fueron el cabildo abierto, la iniciativa popular normativa, la consulta popular y el referendo (Roa García, 2016). Su base empírica es diversa: un inventario de conflictos sistematizado por una organización de la sociedad civil (MOE, 2012), observación, entrevista y acompañamiento a movimientos sociales que han activado alguno de los mecanismos de participación.
En cuanto a su perspectiva teórica, reúne diversos autores y conceptos de modo articulado y coherente que intentaremos solo enumerar. Uno es el de “fronteras extractivas”, con la noción de Jason Moore que apela a zonas de baja mercantilización como fuentes de acumulación. Mientras que no limita su entendimiento del agua a una concepción hidrológica, sino que constata su centralidad en el vínculo entre naturaleza y sociedad siguiendo a Erik Swyngedouw y otros autores. Otro es el término de “democratización ambiental”, que discute la noción de “democracia liberal”, y suma el de “consenso de los commodities” de Maristella Svampa para entender que habría una despolitización de lo ambiental de los “populistas”.
Roa García (2016) evidencia dos períodos de democratización ambiental en el país, así como una interacción entre los instrumentos de deliberación y participación, junto con tensiones entre la democracia participativa y representativa. Los discursos sobre el agua sirven como un factor unificador en la movilización para la democratización ambiental en medio de conflictos socioambientales. A su vez, dentro de esta periodización, identifican tres capas en estos procesos:
… una primera capa donde los escenarios deliberativos/discursivos están creando sinergia con los mecanismos más formales de participación democrática; una segunda capa caracterizada por la lucha por la justicia ambiental; y una tercera capa donde se manifiesta una aspiración radical para recuperar lo político y generar espacios para discutir alternativas al capitalismo (Roa García, 2016, p. 37).
Examina la aparición y las barreras de la democratización ambiental como dos tendencias opuestas, influenciadas por diferentes lógicas y estrategias. A nivel nacional, las protestas en las fronteras de extracción están redefiniendo la democracia, fortaleciendo las luchas por la justicia ambiental y destacando las contradicciones del capitalismo. La respuesta de la sociedad en general a estas iniciativas tiene implicaciones significativas para el futuro de modelos económicos menos destructivos y para la democracia misma (Roa García, 2016).
En miras a nuestro propósito, este estudio rearticula, bajo la noción de “democracia ambiental”, los planos económicos y políticos que el liberalismo –y sus interpretaciones– separa. La potencia interpretativa anida en que, tanto en las etapas como en sus capas, hay una dinámica de poder que da cuenta de posibilidades múltiples, por ejemplo, con una estatalidad que en algunos casos promueve y en otros frena procesos de democratización, así como los propios actores que hacen de la norma (como los elementos de la constitución) un espacio de acción y discurso.
A modo de síntesis del subapartado, identificamos que estos trabajos aportan principalmente a dos preguntas: ¿cómo nacen y se transforman las organizaciones?, y ¿desde dónde las definimos? Permiten pensar la emergencia de organizaciones y movimientos como procesos históricos, conflictivos e identitarios, y muestran el papel que cumplen el conocimiento, el feminismo, el territorio y la democratización ambiental en dicha emergencia.
Economía social, agroecología y horizontes de transición
Agrupamos los textos que discuten explícitamente proyectos alternativos, tensiones entre adaptación y transformación, el lugar del cooperativismo y la ESS en la transición.
En un abordaje sobre economía social y solidaria, agroecología y sustentabilidad en dos cooperativas de la agricultura familiar del norte y sur de Brasil[2], Schwab et al. (2020) evalúan indicadores para esas dimensiones. Lo hacen, según relatan, con una apuesta metodológica ambiciosa (en cuanto combinación de enfoques y resultados) que comprende un relevamiento bibliográfico en una primera etapa, luego doce entrevistas semiestructuradas a agricultores, y terminan con abordajes cuantitativos y cualitativos con base en los datos recogidos. Su centro está en comprender de qué forma contribuyen la ESS y la agroecología a la sostenibilidad social y ambiental de la AF.
Comparten la conclusión, significativa para nosotros, de que uno de los problemas que presentan muchas experiencias asociativas solidarias es que el cuidado ambiental queda relegado a un segundo plano, frente a las urgencias de cuestiones como democracia o redistribución. En tal sentido concluyen en un entendimiento de cierta complementariedad entre el sistema agroecológico y la gestión cooperativa, ya que,
con la adopción de la Agroecología, se produciría el cambio del modelo actual de artificialización de los agroecosistemas, de manera que este sistema sería más adecuado para la reproducción social y ecológica a través de nuevas propuestas de formas de producción técnicas, ecológicas, agronómicas y sociales. Por medio de esta producción se conseguiría obtener una gestión sostenible de los recursos naturales, evitando así su degradación (Schwab et al., 2020, p. 199) (traducción propia).
Por lo tanto, tienen un entendimiento de complementariedad entre agroecología y ESS, pues los procesos de organización aportan a la sostenibilidad; sostienen que
la adopción de un cooperativismo social agroecológico, que no es solamente un asociativismo económico entre los participantes, va más allá, siendo un modelo de producción, consumo, autogestión, independencia, organización democrática, horizontalidad en la toma de decisiones, autoformación e integración al territorio (tanto de los productores como de los consumidores) (Schwab et al., 2020, p. 199) (traducción propia).
Por otro lado, identifican una “convencionalización” de las estrategias de producción ecológica en las cuales empresas globales o gobiernos quedan como aseguradores de certificación, lo cual debilita –según los autores– la decisión local. Como contracara reconocen que la adopción de modelos agroecológicos, así como lo son los circuitos cortos, son modos de saldar esas contradicciones (Schwab et al., 2020).
Hallamos algunos planos que coinciden en –por un lado– cierta relevancia de pensar las técnicas (convencionales y agroecológicas) dentro del sistema económico dominante; mientras que –por otro lado– aparece la importancia de los actores locales en las mediaciones de las tecnologías, como puede ser una certificación o la modificación genética.
Usan indicadores para las dimensiones agroecología y ESS (con base, en parte, en trabajos de otros autores) y lo plasman en dos tablas, para poder evaluar de una forma concreta la aportación de sostenibilidad de cada caso. En el análisis se desprende una trayectoria de indicadores más altos –en ambas dimensiones– para la asociación del sur del país, en cuanto es la región con un recorrido histórico mayor en esas construcciones. Concluyen que
los enfoques integrados de estas economías que apuestan por una cooperación social ligada a los territorios constituyen alternativas al vuelco climático, la insostenibilidad derivada del crecimiento exponencial de uso intensivo de materiales y energías fósiles, las desigualdades y las hambrunas del planeta (Schwab et al., 2020, p. 206) (traducción propia).
En otro artículo de discusión político-analítica, con ejemplos empíricos reducidos y de tipo ilustrativo (China y Cuba), Peng (2018) discurre a partir del eje transicional de “alimentar el mundo” para plantear que es preciso el control socialista de los procesos productivos. Subraya dos aspectos de la crisis alimentaria mundial: las limitaciones ambientales y las presiones demográficas.
Considera que el movimiento agroecológico falla en la necesaria distinción entre las características esenciales de la agroindustria y las que son traídas por una etapa particular del capitalismo; en tal sentido, entiende como tecnologías –desconectadas de ideologías– a ambas prácticas agrícolas y que, si bien la industrial amenaza a la pequeña producción, depende de qué institución la domine, si el capitalismo o el socialismo. Intenta comprender los aportes de cada una de ellas (agroecología y agroindustria). Los resultados positivos de la agroindustria –desde su óptica– son la reducción de la jornada de trabajo; que algunos desarrollos pueden complementarse con la agroecología (en cuanto agroindustria no la concibe como monolítica); esta última puede avanzar con ayuda de los métodos de la agricultura industrial.
En el centro de su perspectiva, desde un punto de vista socioinstitucional, las consecuencias negativas de la agricultura industrial son propias de la economía capitalista de mercado. De modo que encuentra como central distinguir entre el concepto esencial de “agroindustria” y la forma capitalista. En sus afirmaciones se respira el ethos iluminista del progreso inevitable en la evolución, en este caso de las tecnologías, paradigma compartido con amplias franjas del pensamiento liberal.
En el mismo sentido, entiende que la mejor manera de defender el interés de los trabajadores agrícolas es no dejar a la agroecología dentro del marco capitalista, sino construir un movimiento socialista local con cooperativas. De este modo lo sostiene:
… la manera más confiable de defender los intereses económicos de los trabajadores agrícolas directos no es movilizarse por la agroecología dentro del marco institucional del capitalismo global, sino construir un movimiento socialista a nivel local (cooperativo) y superior que incorpore la agroecología como base tecnológica fundamental, complementada con un conjunto seleccionado de tecnologías agrícolas industriales (Peng, 2018, p. 203) (traducción propia).
También alerta que el capitalismo da pruebas de resiliencia al adaptarse a las últimas tecnologías, como al cooptar experiencias de granjas orgánicas; en tal sentido se pregunta por la capacidad de la agroecología para no ser absorbida por la dinámica capitalista. Peng da ejemplo de una granja que combina ambas tecnologías y que redujo costos y obtuvo mayores ganancias, afirma que un referente del maoísmo que ha estudiado esa experiencia (identifica a Jiang G.) comprende la combinación de cooperativas socialistas y agroecología como una solución a los retos agrarios de la China campesina.
Con una evidente raíz en la tesis marxista sobre la desaparición campesina, afirma que no podrán resistir los avances del gran capital en el desarrollo de innovaciones en agroecología (particularmente ahorro de mano de obra). Él observa al movimiento agroecológico actual en posición de defender a los pequeños campesinos frente al capitalismo, pero con un lugar marginal del socialismo. Desde su óptica, tal como lo venimos reseñando, el control consciente de este último muestra una vía para promover los intereses directos de los trabajadores agrarios.
En relación con nuestra búsqueda analítica, si bien el artículo adolece de base empírica y es más bien una propuesta político-programática acerca de qué hacer con el sector agrario ante el desarrollo de las contradicciones del capitalismo en una etapa de transición, nos resulta un aporte el estudio de los sistemas agrarios específicos en términos de intentar problematizar cuál es el modo de producción que los contiene y dirige.
A modo de cierre del último subapartado, encontramos aportes principalmente a las preguntas de cuáles son sus proyectos y de desde qué supuestos teóricos los analizamos. Aquí entramos en discusión de horizontes societales (ESS, agroecología, socialismo), anticipando explícitamente las tensiones que luego se retomarán en el próximo apartado.
Interrogar los emergentes académicos
A partir de los aportes de los estudios reseñados, entendemos que podemos insertar aspectos singulares a las preguntas que conformamos previamente para delimitar estas formas asociativas en el agro. Los interrogantes iniciales son (1) quiénes conforman las organizaciones, (2) cómo nacen y se transforman, (3) quiénes las dirigen, (4) cuáles son sus proyectos y desde dónde las definimos (Bageneta, 2023). Ahora bien, sobre la base de esas preguntas, ¿qué aspectos de las apuestas interpretativas sobre la transición podemos compartir y, en todo caso, hay interrogantes específicos para sumar?
1) Desde una perspectiva crítica en el análisis de las organizaciones, precisamos caracterizar cabalmente quiénes las componen y hacerlo desde las diversas dimensiones que gravitan para su conformación, aunque asentados fundamentalmente en los determinantes sociales y económicos (Rakopoulos, 2015; Chayanov, 2017). Evitamos, de este modo, una lectura episódica de los acontecimientos, lo cual implica –a su vez– esfuerzos por identificar las características de la estructura social agraria y su devenir histórico.
Sobre este eje reconocemos que las transiciones, por ejemplo con las sequías a causa del cambio climático y la mercantilización de bienes comunes (como analizaban autores para los pastores etíopes), en las cuales cambian las condiciones de los sujetos para su reproducción social en el agro, son de importancia a la hora de pensar los factores que hacen que las movilidades sociales agrarias tengan nuevas variables (Virtanen et al., 2011). Es decir, incorporar entre las características que consideramos para definir de qué sujeto social se trata (como renta, capital, trabajo y reproducción) las condiciones ambientales, en la medida en que estas puedan atravesar transversalmente a dichas características.
En el caso del estudio de los conflictos por el agua en Colombia, observamos que, en la noción de “democracia ambiental”, las formas de extractivismo pueden disparar procesos de construcción participativa de las demandas, que además mutan (tal como vimos en el caso del MST) (Roa García, 2016). De modo que los sujetos sociales agrarios –esos “quiénes” que buscamos caracterizar para entender sus dinámicas organizativas– pueden ubicarse entre posiciones sociales estructurales, y esto ya no se explicaría únicamente por los procesos de movilidad social teorizados clásicamente (ascenso, descenso o destrucción de la economía doméstica), sino que también podrían pensarse como consecuencia de la fase de acumulación capitalista transicional. Asimismo, en relación con las elaboraciones identitarias, el estudio de los movimientos sociales permite ver el ir y venir entre conflicto e identidad.
2) En relación con cómo nacen y se transforman, identificamos que en el agro latinoamericano acontecen tensiones entre esferas sociales que conviven, como son las formas organizativas adoptadas e impuestas, los cambios en la estructura social agraria y las intervenciones estatales y de la sociedad civil (Coque Martínez, 2002). Creemos de importancia comprender el condicionante sobre los procesos organizativos según el lugar de quienes los conforman, quienes efectivamente toman decisiones y que –a su vez– no siempre coinciden con sus formalizaciones (Bageneta, 2021).
En este interrogante, acerca de cómo se crean y transforman movimientos sociales y organizaciones de la EP, retomamos los esfuerzos interpretativos de los autores que abordan los casos de Colombia y Brasil, dado que en ambos una clave de su análisis se centra en la historización de las demandas (Roa García, 2016). También en el estudio sobre Etiopía se analiza el llamado “efecto perverso” de las ONG y sus financiamientos, que restan autonomía y poder de decisión a los propios sujetos (Virtanen et al., 2011).
En ese sentido, debemos visualizar el poder de las agencias de financiación en las cuales la propia creación de organizaciones pueda estar establecida, como ha ocurrido en la década de los 80 y 90 en América Latina con las nociones de “desarrollo”, desde fuera de los propios sujetos sociales (Sudarsky, 1988; Coque Martínez, 2002). En el estudio sobre Etiopía, en ocasiones el propio Estado local y nacional era secundarizado.
3) La pregunta acerca de la representación es central, procurando hurgar en la organización en su politicidad: existen múltiples organizaciones en cuanto habitan proyectos societales de grupos diferentes[3]. Este eje no es privativo de la economía popular, aunque, dada su característica de participación, tiende a adquirir rasgos particulares[4] (Gramsci, 1980; Rakopoulos, 2015).
En una reinterpretación del caso de las cooperativas brasileras de la agroecología, como hemos reseñado anteriormente, en las cuales ciertas “urgencias” de índole económico y democrático anulan la posibilidad de ocuparse de lo ambiental, también puede ser un punto sobre el cual afincar una lectura social crítica con el interrogante acerca de si las marginaciones de esas agendas pueden deberse a la imposición de organizaciones que hayan quedado a “destiempo” en relación con realidades en mutación (Schwab et al., 2020).
Podemos acompañar la suposición previa de que autores argentinos reflexionaban sobre cómo, a la luz de la progresiva reestructuración agraria y el agronegocio, las cooperativas mutaban hacia organizaciones con una mayor gravitación de la faz empresarial (Lattuada & Renold, 2004; Lattuada, 2006; Carricart, 2012; Bageneta, 2021); en esa dirección es un interrogante plausible acerca de cuánto estamos teniendo en cuenta, al momento de analizar las organizaciones populares solidarias agrarias, que las demandas transicionales estén siendo subordinadas a agendas de índole economicista. Seguramente las respuestas deberían tener componentes de los demás ítems que compartimos para definir este tipo de organizaciones.
4) Al preguntarnos desde dónde las definimos y cuáles son sus proyectos, decimos que hay que comprender que las cooperativas –así como las demás formas de EPSS– portan desde aquellos momentos fundantes con características de comunidad utópica, establecen in/habilitaciones particulares para sincretismo entre la racionalidad con arreglo a fines y a valores que se sostendrá con tensiones internas y externas, a lo largo del tiempo. Este es un pilar de análisis científico del cual podemos partir para nuestros estudios.
Hallamos que la apuesta de algunos antecedentes, en particular el abocado a agroindustria y agroecología desde China, concibe la urgencia de analizar los sistemas agrarios específicos en términos de cuál es el modo de producción que los contiene y dirige; nos propone el cuestionamiento en la esfera de las organizaciones de si podemos estar partiendo de premisas ancladas únicamente en el capitalismo, sin concebir sistemas alternativos (Peng, 2018).
A modo de cierre
Hemos realizado un recorrido ambicioso a lo largo del ensayo en el que intentamos captar emergentes en la búsqueda de comprender y problematizar las apuestas analíticas sobre las formas solidarias de organización en un mundo agrario en transición.
Son variados los territorios comprendidos: alcanza a Asia, África, América Latina y Europa, con amplitud de métodos y perspectivas que atraviesa desde los enfoques cualitativos hasta los cuantitativos. Con autores que arraigan en matrices conceptuales comunistas, decoloniales, así como de carácter netamente técnico.
Si bien limitamos a una cierta inmediatez el tipo de trabajos académicos que recogimos, es evidente que hay discusiones que –con un cariz actual– permanecen en los estudios sociales agrarios. Nos referimos al tipo de sujetos sociales, el lugar del trabajo agrario, Estado y organizaciones, así como sus relaciones con los modos de producción dominantes. Sin embargo, notamos una renovación de esas categorías al compás de las transformaciones globales.
En términos del problema que nos planteamos, reafirmamos que es preciso comprender –en términos de Karl Polanyi– las rupturas de comunidad que implica el liberalismo en cuanto faz capitalista que desprende los lazos entre economía y política.
En la siguiente tabla, compartimos un esquema que permita reunir los diversos emergentes que resultan de nuestra lectura en un esfuerzo de síntesis. No incurrimos en una generalización, sino en afirmaciones sobre este cúmulo limitado y parcial que, sin embargo, vislumbra algunos de los debates en torno a este tema específico.
Tabla 1. Síntesis de las cuatro preguntas analíticas
Pregunta analítica | ¿Qué aporta la bibliografía reciente? |
| 1. ¿Quiénes conforman las organizaciones? | Redefine a los sujetos agrarios y de la economía popular como actores socioambientales, cuya posición no se explica solo por variables productivas (tierra, trabajo, capital), sino también por vulnerabilidad climática, territorialidad, desigualdades interseccionales y exposición al extractivismo. Los sujetos aparecen como heterogéneos, atravesados por clase, género, etnia y por relaciones multiescalares. |
| 2. ¿Cómo nacen y se transforman? | Las organizaciones y los movimientos no surgen como desarrollos lineales, sino como respuestas conflictivas a crisis múltiples (climática, alimentaria, extractiva, económica). La bibliografía muestra que su génesis y su transformación están fuertemente condicionadas por intervenciones estatales, ONG y agencias internacionales, lo cual genera procesos ambiguos de institucionalización, dependencia y pérdida o disputa de autonomía. |
| 3. ¿Quiénes las dirigen y cómo se representa lo colectivo? | Los trabajos coinciden en señalar que la dirección de estas organizaciones está atravesada por asimetrías de poder internas y externas. Se observan tensiones persistentes entre democracia participativa, urgencias económicas y agendas ambientales, así como entre saberes expertos y saberes locales. La representación no es un dato dado, sino un campo de disputa política. |
| 4. ¿Cuáles son sus proyectos y desde dónde los definimos? | Aparece una pluralidad de horizontes: desde proyectos adaptativos (resiliencia, seguridad alimentaria), pasando por propuestas de democratización ambiental y justicia socioecológica, hasta enfoques abiertamente transformadores (ESS, agroecología, socialismo). Al mismo tiempo, advierte sobre los riesgos de cooptación, despolitización y convencionalización. El modo en que el investigador define estas organizaciones no es neutral y condiciona la lectura de su potencial transicional. |
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- La elección de los dos casos “radica en su capacidad de mostrar las diferentes formas de la Agroecología y ESS existentes, tanto en el norte como en el sur de Brasil” (Schwab et al., 2020, p. 201).↵
- Algunos autores, influenciados por corrientes institucionalistas, han tipificado el tipo de agrupamientos según las demandas que llevan adelante, con subvariantes dentro de cada uno de ellos. Distinguen, por un lado, aquellas reivindicativas, que en el plano político y gremial llevan adelante sus acciones, y, por otro lado, las no reivindicativas, que se limitan al plano económico. A su vez, hay multifuncionales, que integran los planos políticos y económicos en su dinámica (Moyano & Rojas Herrera, 1997; Lattuada & Renold, 2004; Urcola, 2017).↵
- Creemos central entender que las organizaciones construyen mitos, herramientas culturales frente a los avatares de su existencia, y que los ponen en juego ante circunstancias particulares, de manera que permiten significar la realidad que los integrantes atraviesan. Mitos y rituales son asimilados ambos como “modos de hacer afirmaciones sobre las relaciones estructurales” (Leach, 1973: 286).↵







