Julián Wolpowicz[1]
Introducción
En los bordes de las grandes ciudades latinoamericanas, confluyen una heterogeneidad de actores sociales y procesos espaciales de expansión acelerada y no planificada. La extensión continua de la urbanización y la absorción paulatina de los espacios rurales que la rodean (Ávila Sánchez, 2009 y 2015) adoptaron diferentes dinámicas según las formas de apropiación de la tierra y usos del espacio, las barreras físicas al crecimiento urbano, las particularidades culturales, étnicas y demográficas de la población y los modelos de acumulación (Pradilla Cobos, 2014 y 2015). A grandes rasgos, las metrópolis de América Latina transitaron veloces procesos de suburbanización[2] y metropolización en las décadas centrales del siglo XX –dinamizados por la industrialización tardía y tecnológicamente dependiente– (Márquez López y Pradilla Cobos, 2023).
En el caso de la región metropolitana de Buenos Aires (RMBA), la mancha urbana se extendía como “mancha de aceite” sobre los ejes del ferrocarril con un lento proceso de vinculación vial intersticial. Entre las décadas de 1940 y 1970, los sectores asalariados de ingresos medios y bajos accedieron al suelo suburbano mediante “loteos populares” –en un contexto de estabilidad económica, altos niveles de empleo, redistribución del ingreso y subsidios al transporte– (Torres, 1977). En condiciones deficitarias (sin pavimento ni servicios básicos –acceso al agua y cloacas–), la infraestructura y equipamientos sanitarios y educativos arribarían décadas después de la ocupación (Varela y Cravino, 2008).
Este proceso entró en crisis por las bruscas transformaciones impuestas por la última dictadura cívico-militar (1976-1983), sumadas a la crisis económico-financiera de los años 1980 (Clichevsky, Prévot Schapira y Schneier, 1990). La desaceleración del proceso de suburbanización dio paso a la expansión periférica dispersa (Ciccolella, 2014; Pradilla Cobos, 2015) y al relleno de los intersticios remanentes del período anterior (Venturini, 2024). La periferia metropolitana, lugar ocupado tradicionalmente por los sectores populares, comenzó a ser disputada por sectores de elevados ingresos –primero bajo la forma de clubes de campo y luego como barrios cerrados y otras modalidades– (Apaolaza y Venturini, 2021).
En este sentido, este capítulo se encuadra en las reflexiones sobre las dinámicas socioterritoriales en el contexto de marginalización de la estructura social latinoamericana. El proceso urbanizador en la mayoría de los países de la periferia capitalista no fue acompañado de la industrialización concomitante, conformando contingentes de trabajo excedente y proletariado informal. Las periferias urbanas se constituyen en la expresión nueva y radical de la desigualdad; una “zona de exilio” (Davis, 2007). Como consecuencia de la estructura productiva dependiente, la industrialización no puede absorber las corrientes migratorias y se producen procesos de marginalización de fragmentos de la población urbana (Quijano, 1972). La migración campo-ciudad de una masa de trabajadores pauperizados tiende a constituir una porción importante de la superpoblación relativa[3]. La marginalidad urbana no constituye un fenómeno externo al ejército industrial de reserva, sino que se trata de un componente propio de las dinámicas tardías y frágiles del proceso industrializador de acumulación de capital (Oliveira, 2013; Márquez López y Pradilla Cobos, 2023).
Los procesos de marginalización no implican solamente la fragilidad en las condiciones en que los trabajadores obtienen sus ingresos, sino también las circunstancias en las que –principalmente– las mujeres llevan adelante labores domésticas, educativas, de cuidados y atención sanitaria. Lejos de ser una mera zona transicional, este borde opera como un espacio de sedimentación de desventajas acumuladas (Dalle y Boniolo, 2023; Boniolo, 2019) que limita las oportunidades de movilidad intergeneracional ascendente y refuerza las condiciones de marginalidad en la reproducción social.
Nos proponemos entonces analizar cómo las características socioespaciales específicas del periurbano sur de la RMBA configuran condiciones diferenciadas para la reproducción de la vida de poblaciones marginalizadas, atendiendo a la articulación entre composición doméstica, inserción laboral y acceso a transferencias de la protección social. Nos preguntamos entonces por cuáles son las formas de superpoblación relativa y qué papel cumplen el hogar, el mercado y el Estado en la reproducción de estos hogares.
Particularmente, el área estudiada de Ministro Rivadavia (ubicado en el corredor suroeste de la RMBA) constituye una expresión territorial específica de la marginalidad capitalista en la RMBA, donde fragmentos de superpoblación relativa reproducen sus condiciones de vida en la intersección entre lo urbano y lo rural, combinando actividades agropecuarias residuales, trabajo informal y precario, y transferencias monetarias del Estado.
La propuesta metodológica combinó el uso de técnicas cuantitativas y cualitativas. A partir de la Encuesta de Hogares y Unidades Productivas Agropecuarias[4] (2017) y otras fuentes secundarias, se elaboró una tipología de hogares que residen en el espacio periurbano de la localidad Ministro Rivadavia (MR), perteneciente al partido de Almirante Brown en la región metropolitana de Buenos Aires (RMBA). A continuación, los tipos de hogares construidos –según las composiciones sociodemográficas, las inserciones laborales y el acceso al sistema de protección social– fueron abordados con entrevistas biográficas realizadas entre julio de 2022 y diciembre de 2024.
El capítulo se estructura en dos apartados. Primero, presenta y contextualiza el caso de estudio. En segundo lugar, desarrolla para cada tipo de hogar su perfil cuantitativo y sus dinámicas de reproducción social reconstruidas a través de métodos cualitativos. Las reflexiones finales plantean cuáles son las limitaciones estructurales y las formas diferenciadas de la reproducción de la vida en los márgenes periurbanos.
El caso de Ministro Rivadavia en el partido de Almirante Brown
La revisión de la bibliografía sobre los espacios periurbanos los define como áreas de límites imprecisos y móviles (Valenzuela Rubio, 1986; Barsky, 2005, 2018), donde se producen veloces cambios morfológicos, funcionales y poblacionales. Su carácter de interfase entre el campo y la ciudad los somete a la presión de la creciente urbanización, de modo que sus atributos van cambiando, y algunas de sus funciones se trasladan a otros territorios, que pasan a constituirse en nuevos espacios periurbanos. En los “territorios de borde” (Bozzano, 2000), es posible distinguir una superposición de uso del suelo entre la agricultura intensiva (horticultura y floricultura) y otros de menor significación (como explotaciones avícolas, forestales, apícolas y de granja), actividades extractivas que producen ladrillos y suelos para construcciones, usos residenciales (desde barrios privados a asentamientos informales), comercios, servicios y disposición de residuos.
Mapa 1. Partido de Almirante Brown y municipios limítrofes

Fuente: elaboración con base en QGIS, Google Earth y trabajo de campo.
En el corredor sur de la RMBA, podemos diferenciar hacia el sudeste (principalmente en La Plata y Florencio Varela) un área periurbana con nichos consolidados de producción en invernaderos hortícolas, que contrasta con el descenso de la cantidad y el tamaño de la superficie cultivada en los municipios del suroeste (Almirante Brown, Esteban Echeverría y Presidente Perón). En el corredor suroeste, se hace más notoria la yuxtaposición de usos del suelo, conviviendo áreas con tierras decapitadas –donde funcionaban antiguos hornos artesanales de producción de ladrillos– que tienden a ser objeto de proyectos inmobiliarios de urbanizaciones cerradas, así como modalidades de asentamientos populares informales. Así, como ya se adelantó, el recorte espacial de nuestra investigación se concentra en un espacio periurbano paradigmático dada la presencia de fragmentos marginados de población urbana y condiciones generales de ocupación donde el trabajo por cuenta propia y en condiciones informales o precarias es predominante.
El municipio de Almirante Brown se ubica en el suroeste de la segunda corona de la RMBA, a unos 25 kilómetros del centro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Limita al norte con Lomas de Zamora, al este con Quilmes y Florencio Varela, al sur con Presidente Perón y al oeste con Esteban Echeverría. Es el cuarto partido más poblado del Gran Buenos Aires (detrás de La Matanza, Quilmes y Lomas de Zamora), con 583.209 habitantes, que se distribuyen en una superficie de 129 km². Ministro Rivadavia (MR) es la localidad más antigua pero la menos urbanizada del Partido de Almirante Brown (PAB). Tiene un área integrada al tejido urbano, con la menor densidad habitacional del municipio, pero elevado crecimiento poblacional en los últimos censos.
Mapa 2. Usos del suelo, espacio periurbano de Ministro Rivadavia

Fuente: elaboración con base en QGIS, Google Earth y trabajo de campo.
En las últimas cinco décadas, el área periurbana fue dejando atrás su fisonomía productiva caracterizada por actividades primarias de corte extensivo (Quaranta y Guichet, 2017), y presenta actualmente una heterogeneidad de usos del suelo: residenciales de bajos ingresos, actividades intensivas residuales (“granjas” porcinas y, en menor medida, horticultura), recreativas (clubes, quintas, espacios educativos y deportivos) y extractivas (producción de ladrillos), y una serie de externalidades urbanas (cavas producidas por extracción de áridos y depósitos de chatarra).
En este escenario, las recientes ordenanzas municipales (n.º 3500/1979, 10.257/2014, 11.366/2018 y 11.819/2020) intervienen en el ordenamiento territorial del área periurbana. La más reciente, “Zona de Producción, Preservación, Recuperación y Clubes de Campo en el área correspondiente al Parque Rural de Ministro Rivadavia”, habilita modificaciones en la zonificación, estableciendo criterios de recuperación de parcelas afectadas por la extracción de suelo superficial (decapitado, ladrilleras) o profunda (cavas, canteras) o contaminadas.
En cuanto “territorios de borde”, las áreas periurbanas son escenarios particulares para la reproducción de la vida. Las unidades domésticas que allí residen recurren a actividades para proveerse de sustento, labores agropecuarias residuales, y encuentran condicionamientos para movilizarse y acceder a empleos en localidades urbanas. Desarrollamos a continuación los rasgos predominantes de la composición doméstica, la inserción laboral y el acceso a transferencias de la protección social de las unidades domésticas de nuestro caso de estudio.
Tipos de hogares y actividades económicas en el periurbano de Ministro Rivadavia
La tipología de hogares elaborada combinó características de su configuración[5] (por tipo, tamaño, momento del ciclo vital, sexo y cantidad de generadores de ingresos) con la actividad económica (rama de actividad, categoría ocupacional) y el acceso a transferencias monetarias según el momento de llegada a Ministro Rivadavia (los “históricos”, aquellos que tienen una antigüedad de residencia entre 1978 y 2000, y los “recién llegados”, que arriban a partir de 2001). Entendemos que la crisis de 2001-2002 y la dinámica inmobiliaria que se consolidó en los años siguientes encarecieron el suelo urbano y empujaron hacia el borde periurbano a un tipo de población distinta a quienes habían llegado antes como caseros o cuidadores de campos. El periurbano no recibe a esta población por sus atributos productivos, sino por su incapacidad de acceder al suelo urbano consolidado: familias que no podían sostener un alquiler en las áreas urbanas cercanas y encontraron en Ministro Rivadavia una salida habitacional que el mercado inmobiliario metropolitano les cerraba.
De los 154 hogares encuestados, casi un tercio siempre habitó en MR; los dos tercios restantes se conformaron fuera y llegaron luego. Entre estos últimos, la trayectoria más frecuente fue la llegada desde áreas urbanas de partidos vecinos (principalmente Florencio Varela y Quilmes) o desde otra localidad de Almirante Brown.
Tabla 1. Antigüedad de residencia según momento del ciclo vital,
espacio periurbano de MR (2017)
Antigüedad de residencia en Ministro Rivadavia / Momento del ciclo vital | Históricos 1975 a 2000 | Recién llegados 2001 a 2017 | Total | |||
Corto | 36 | 47,4% | 40 | 52,6% | 76 | 100% |
Medio | 11 | 52,4% | 10 | 47,6% | 21 | 100% |
Largo | 22 | 78,6% | 6 | 21,4% | 28 | 100% |
Sin mujeres | 15 | 60,0% | 10 | 40,0% | 25 | 100% |
Total | 84 | 56% | 66 | 44% | 150 | 100% |
Fuente: elaboración con base en EHyUPA (2017).
Los que residen en MR desde antes del año 2001 son más de la mitad de los hogares. Estas unidades “históricas” presentan dos situaciones preponderantes: hogares con una estructura demográfica más envejecida que transitan el ciclo vital largo (22 casos) o no cuentan con mujeres en el núcleo (15); y hogares más jóvenes en los ciclos corto (36) y medio (11). En contraposición, los hogares que llegan al área periurbana posteriormente (66 casos) atraviesan el ciclo vital corto (40) o medio (10).
Tabla 2. Distribución de hogares por tipo, tamaño, edad media del jefe/a y porcentaje de mujeres jefas, espacio periurbano de MR (2017)
Tipo de hogar | Cantidad y porcentaje de hogares | Tamaño medio | Edad media del Jefe/a | Cantidad y porcentaje de mujeres jefas |
Unipersonal | 20 (13%) | 1 | 52,3 | 4 (20%) |
| Parejas sin hijos/as | 18 (11,7%) | 2 | 53,3 | 6 (33,3%) |
| Pareja con hijos/as | 70 (45,5%) | 4,4 | 39 | 10 (14,3%) |
| Monoparental con hijos/as | 13 (8,4%) | 2,9 | 42,8 | 10 (76,9%) |
| Extensos y Compuestos | 24 (15,6%) | 7,4 | 50,1 | 8 (37,5%) |
| No nucleares | 9 (5,8%) | 2,5 | 56,3 | 3 (33,3%) |
Total | 154 (100%) | 3,9 | 45,6 | 41 (26,6%) |
Fuente: elaboración con base en EHyUPA (2017).
Entre las composiciones de las unidades domésticas, las parejas con hijos/as son la modalidad más frecuente (cerca del 46 %), con una media de 4,4 personas, y predominio de jefatura masculina (86 %), con un promedio de 39 años. Los extensos y compuestos son unidades más numerosas, que superan los siete integrantes. Los unipersonales están habitados principalmente (80 %) por varones con una edad media de 52,3 años. La mayoría (77 %) de los monoparentales con hijos/as tiene a una mujer como principal generadora de ingresos. Estas unidades tienen un tamaño medio de 2,9 integrantes y suelen acceder al mercado laboral en peores condiciones.
De acuerdo a las distintas características sociodemográficas (según tipo y cantidad de miembros, momento del ciclo vital y antigüedad de residencia) y las actividades económicas (según género, edad, rama y categoría ocupacional) de los hogares, elaboramos la siguiente tipología para luego centrar el análisis en los casos más significativos.
Tabla 3. Actividad económica según antigüedad de residencia por tipo de hogar, espacio periurbano de MR (2017)
| Actividad económica y antigüedad de residencia / Tipo de hogar | Históricos (1975 a 2000) | Recién llegados (2001 a 2017) | Total | ||||
| Agropecuaria | Agropecuaria y no agropecuaria | No agropecuaria y sin actividad declarada | Agropecuaria | Agropecuaria y no agropecuaria | No agropecuaria y sin actividad declarada | ||
| Unipersonal y parejas sin hijos/as | 8 | 2 | 14 | 5 | – | 9 | 38 |
| Parejas con hijos/as | 13 | 5 | 15 | 7 | 2 | 24 | 66 |
| Monoparentales con hijos/as | 1 | 1 | 4 | – | – | 7 | 13 |
| Extensos y compuestos | 3 | 4 | 8 | 1 | 3 | 5 | 24 |
| Otros no nucleares | 3 | 1 | 3 | 1 | 1 | – | 9 |
| Total | 28 | 11 | 44 | 14 | 6 | 45 | 150 |
Fuente: elaboración con base en EHyUPA (2017).
Unipersonales y parejas sin hijos/as
Entre las trece unidades unipersonales y once parejas sin hijos/as históricas, encontramos tres situaciones económicas predominantes. En primer lugar, diez de dichos hogares realizan algún tipo de labor agropecuaria: cinco crían porcinos –aunque solo dos han vendido en el último año una cantidad significativa de lechones (30 y 70) o cerdas madres (15)–, uno, gallinas, y cuatro se dedican a tareas de huerta a traspatio para consumo personal o familiar.
Los trabajos anteriores se desarrollaban principalmente por cuenta propia en tareas similares (agropecuarias o comercio informal). En segundo término, siete hogares longevos no realizan ningún tipo de actividad económica, y sus ingresos dependen exclusivamente de las jubilaciones y pensiones. Estos hogares han tenido discontinuidades en el mercado laboral (solo dos jefes nombran trabajos anteriores –como chofer en una industria metalúrgica y como acarreador y descuerador–). Por último, siete hogares históricos se desempeñan en tareas no agrícolas: como cuentapropistas (en el comercio minorista y reciclaje) o asalariados informales (manufactura y servicio doméstico). Solamente dos hogares combinan actividades agropecuarias con el comercio minorista o el reciclaje.
Los hogares unipersonales y de parejas sin hijos que residen hace más de dos décadas en MR presentan composiciones longevas y estrategias de ingresos concentradas en la jubilación mínima y actividades de subsistencia. Lejos de representar una elección, esta combinación degradada de ingresos expresa una clausura progresiva para acceder al mercado laboral. El caso de la formoseña Fátima Aguirre (74) ilustra este recorrido. Luego de enviudar en 2003, continuó residiendo en MR (tras llegar a un terreno tomado en 1998). Hasta 2020 recolectaba materiales en Don Orione, pero los dolores en las rodillas limitaron su movilidad. “Antes tenía un carro, un caballo, y me las rebuscaba. Pero ahora es todo a mantención. Y vender los animales [gallinas y patos] es un poco difícil”. Este hogar unipersonal despliega una forma de subsistencia que depende de la capacidad física del cuerpo envejecido y de las transferencias monetarias para reponer lo que el terreno no alcanza a producir.
A comienzos de 2000, los chaqueños Letty (58) y Fidel (64) compraron la tenencia de un terreno (sin papeles) a desmalezar en MR. Dejaron de alquilar en Temperley cuando adquirieron una hectárea a medias con el hijo mayor de su marido. Actualmente ambos cobran pensiones no contributivas por enfermedad del Chagas. Además, crían seis vacas (hacen queso y venden a vecinos), gallinas (recolectan huevos) y patos.
El diagnóstico del mal de Chagas opera como cierre definitivo: Fidel abandona el trabajo como remisero, y Letty, sus trabajos como empleada doméstica, y ahora reorganiza sus tareas en torno a la cría de vacas. “Uno tiene que trabajar en la casa sí o sí […] porque, si no, de otra manera no sobrevivís… o vivís, viste, a la grotera o endeudándote. Y una de las cosas que a mí no me gusta es la deuda. Prefiero no comer y no tener deudas…”, sintetiza Letty. El trabajo se desplaza al ámbito doméstico porque es la única forma disponible de reproducción. A medida que avanza el tiempo biológico, estos hogares adquieren atributos de superpoblación relativa estancada: cuerpos que han perdido su capacidad de vender fuerza de trabajo y que sostienen su reproducción en el límite entre las transferencias estatales y las actividades de subsistencia.
Entre los hogares recién llegados, siete hogares unipersonales y siete parejas con hijos/as arriban a MR desde otra localidad urbana de un municipio vecino (7), otros partidos de la PBA (5), otra localidad de Almirante Brown (1) u otro país (1). Distinguimos dos estrategias de ingresos distintas. Primero, seis hogares no cuentan con ningún ingreso laboral y tampoco reciben transferencias monetarias de la protección social. Segundo, un grupo de hogares (5) realiza tareas agropecuarias de subsistencia y otros (3) reciclan materiales (cartón, plástico, vidrios). Entre las ocupaciones anteriores, hallamos una heterogeneidad de empleos: construcción, chofer de empresa metalúrgica y torrero, y otro grupo de extrabajadores de servicios como empleada doméstica, docente, ordenanza y delegado municipal. Por último, una minoría de hogares, con mayores credenciales educativas o estabilidad en empleos registrados, procura un modo de vida ligado al entorno natural.
Los relatos biográficos permiten ver cómo estas posiciones estadísticas se traducen en estrategias concretas y en el cierre progresivo de oportunidades vitales. Entre los recién llegados, Ernesto Saldías (56) y Lorena (48) arribaron a MR procedentes de San Francisco de Solano (Quilmes) en 2020. Ernesto había comprado el terreno de la calle como un proyecto “para los fines de semana”. Fue construyendo la casa lentamente y, durante la pandemia del COVID-19, ante el miedo por el aislamiento, decidieron mudarse con Lorena. Sus entramados laborales y familiares siguen rondando en Quilmes: mientras que Lorena trabaja “en blanco” como empleada doméstica, Ernesto alterna tareas de mantenimiento en un frigorífico (gasista y electricista) con su trabajo por cuenta propia como constructor. El expertise de Ernesto lo lleva a comparar precios, reciclar materiales y optimizar gastos. En vez de aportar para la jubilación, opta por comprar materiales (cemento, arena, ladrillos) y edificar al lado del terreno donde viven su madre y su hijo menor. Ante el derrumbe del sistema de protección social estatal, prioriza alquilar como “dueño directo” tres “duplexitos, chiquitos para una sola persona” que construyó en Solano y le generan una “una entrada de dinero todos los meses”. Con mayor estabilidad y acceso al empleo y/o trabajo por cuenta propia, este hogar despliega dinámicas de capitalización a baja escala.
En la historia de Tatiana Cauteruccio Moreno (31), se combinan migraciones hacia Buenos Aires (desde Corrientes y Potosí, Bolivia) con diferentes rupturas familiares, que obstaculizan la venta de la fuerza de trabajo en buenas condiciones. Sus padres trabajaron en el comercio informal y venta ambulante en Quilmes; y luego se instalaron en la zona de la Alpina. En su juventud, Tatiana inicia (y luego discontinúa) los estudios universitarios y terciarios y se propone regresar a un “modo de vida en el campo” en los bordes periurbanos. Pero un conflicto con la familia que le había “prestado” el terreno para vivir trastoca su realidad: “Tuve que renunciar a mis laburos [en dos escuelas] y dejar la facultad”. Su intento de torcer la trayectoria familiar educativa (sus padres y abuelos solo tienen estudios primarios) se topa con dificultades materiales y territoriales que vuelven engorrosa la continuidad de los estudios y complejizan su participación en el mercado de trabajo.
El caso de Tatiana expresa una tensión estructural de los hogares recién llegados: el intento de modificar la trayectoria familiar por vía educativa se topa con las condiciones materiales y territoriales del periurbano, reproduciendo –con variaciones– las limitaciones que definen a la superpoblación relativa.
Parejas con hijos/as
Entre los hogares históricos de parejas con hijos/as, 24 hogares siempre vivieron en MR, mientras que solo nueve se conformaron fuera y arribaron luego. En más de la mitad de los casos, otros familiares comparten el terreno y viven en otra vivienda independiente de la principal. Respecto a las estrategias de ingresos, distinguimos tres situaciones principales.
Un primer conjunto realiza algún tipo de actividad agraria residual (18) como caseros o criadores de porcinos, que suelen combinar con transferencias monetarias (12). Solamente tres predios venden pequeñas cantidades de lechones y cerdas madres. Un segundo grupo (10) trabaja informalmente en tareas no calificadas vinculadas a la construcción, las comunicaciones y el transporte. Por último, un grupo minoritario (5) no declara actividades económicas, ni ingresos por transferencias monetarias y subsiste mediante el reciclaje. Los varones que nombran trabajos informales previos se desenvolvían en diferentes ramas: construcción (4), transporte (4), peones y medieros (3), producción ladrillera (2), servicios y comercio (3) y manufactura (1). Entre los jóvenes, un grupo de peones de la construcción antes hacía labores manuales (carga y descarga, montaje).
Entre los hogares de parejas con hijos que residen hace más de dos décadas en el área, encontramos situaciones que ilustran con claridad la diferenciación interna de la marginalidad periurbana. Por un lado, el hogar de Ángel Fuchs (63) y Claudia (45) y sus cuatro hijos muestra el cierre acumulado de oportunidades. Ángel es un excombatiente de Malvinas que nunca pudo tramitar su pensión. Su oficio de soldador (aprendido en el taller de su padre en Remedios de Escalada) quedó sin mercado con el desmantelamiento industrial (“¿Cuántas fundiciones quedaron?”, se interroga Ángel). Luego de la muerte de sus padres, a mediados de 1990, Ángel (63) compró el boleto de compraventa de un terreno en MR. En esos años se dedicó a la cría de pollos y caballos. Pero, por la situación económica y los crecientes robos, en 2018 abandonó la cría: “¡Una vaca hoy vale un millón de pesos! Y venían y te sacaban…”.
Ante la clausura del mercado laboral, Ángel y su hijo mayor (Axel, 18) recolectan chatarra y revenden materiales para que incorpore una ética del esfuerzo y cierto oficio (“para que vaya aprendiendo algo”). Una vez por semana (“más no tiene sentido, aparte la demanda hoy por hoy es muy pobre”), le alquilan la camioneta F-100 al vecino y salen a recolectar “lo que tengan” (chapa, bronce y cobre) por “todo lo que es acá, el sur” (Quilmes, Lomas de Zamora y Almirante Brown). “La vida esta… Este es el infierno, vos todos los días tenés que levantarte a pelear. ¿Entendés? Y vos todos los días peleando, vas a ir mejorando y vas a tener cosas… Porque si vos te quedás así… no vas a tener ni siquiera a dónde ir a vivir”, relata de forma desgarrada Ángel. Al perder capacidades y credenciales para desempeñarse en el mercado de trabajo, agrupamos a este conjunto como superpoblación relativa estancada.
Por otro lado, el hogar de Rafael (46) y Chela (42) y su hija (18) despliega cómo los hogares con actividad ganadera periurbana están inmersos en una lógica pauperizante. Rafael Boquerón (1979) es hijo y nieto de tamberos varelenses. Su padre (nacido en 1958) y su abuelo (en 1940) criaban vacas en Villa San Luis, hasta que se desplazaron en 1991 a MR por el proceso de suburbanización varelense: “Se fue poblando todo y compramos para este lado”. Con su primera pareja, Rafael tuvo tres hijos en la adolescencia, que residen en Varela, donde “empezaron a edificar ellos” sus casas y trabajan en el comercio y la construcción.
En 1996, Rafael conoció a Chela, hija de doña Dora, una vecina histórica de MR que se enfermó después de la pandemia. Viven con su hija Brenda, que estudia Enfermería en la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ). Hoy, crían cerca de 270 vacas en campos prestados por vecinos. Los dueños de campos linderos, “del portugués, Fernando, los hermanos Macri”, le prestan sus terrenos “para echar a los animales” de forma rotativa. Las transformaciones en el territorio periurbano le implican desplegar redes para engordar su ganado y una vez por año venderlas en la Expo que se organiza en la Sociedad Rural de Coronel Brandsen a comienzos de octubre. Desde que “nos afanaron casi todos los animales” y en ocasiones especiales (“cuando sale, viste cuando los vecinos mismos te llaman”) hacen changas. Él, como soldador o electricista; ella, en tareas de limpieza y cuidado de adultos mayores. Este hogar despliega estrategias de trabajo en actividades rurales de baja productividad combinadas con changas por cuenta propia, que muestran cierto rasgo de superpoblación relativa latente.
Las unidades nucleares completas recién llegadas (33) arriban al área periurbana desde otro partido aledaño (9), de la PBA (11), de otra localidad urbana de Almirante Brown (9), de un área rural de un municipio vecino (2) u otra provincia (2). Transitan casi en su totalidad el ciclo vital de expansión corto, con mayor presencia de transferencias monetarias: 17 cobran la AUH y ocho, el Programa Argentina Trabaja[6]. Aquí prevalecen inserciones no agropecuarias, principalmente trabajos informales y por cuenta propia en comercios (7), servicios (4) o construcción (4). Entre los más jóvenes, hay quienes se dedican al reciclaje y a la venta ambulante. Solamente nueve hogares realizan tareas agropecuarias, principalmente la cría de gallinas (8) o tareas de huerta y producción de frutillas (2). Finalmente, cinco hogares no declaran ningún tipo de actividad. Quienes trabajan en el comercio, la construcción y servicios, previamente hacían tareas de mantenimiento y albañilería, reparto por mensajería o seguridad. Mientras que quienes crían animales se desempeñaban antes como peones rurales o ladrilleros.
A continuación, las trayectorias reconstruidas ilustran la heterogeneidad interna de este tipo y las condiciones diferenciales bajo las cuales se reproduce la vida doméstica. Estos hogares de parejas con hijos/as que arriban al área periurbana después de 2001 también presentan heterogeneidades en sus dinámicas de reproducción social en contextos de marginalidad. Mónica (38) y Gerardo (27), ambos hijos de bolivianos, aprendieron labores hortícolas como medieros en Florencio Varela. Los padres de Mónica Chauque migraron como cosecheros temporarios en la cebolla y papa en Bahía Blanca, a comienzos de los años 1980, y luego se instalaron en San Vicente en la producción ladrillera. Desde 2017, Mónica y Gerardo viven con sus dos hijos en el campo de un familiar en MR, donde producen verduras y venden bolsones en las ferias municipales. Su racionalidad es estrictamente de subsistencia: “Sí o sí tengo que patear la calle”; para comparar precios y llegar a fin de mes, arrastrando deudas por un microcrédito municipal, y afrontando dificultades con su camioneta averiada y las complejidades de la producción de frutillas, por ej., que la última sequía arruinó gran parte de la cosecha. El Programa Volver al Trabajo y la AUH son el piso sin el cual la reproducción sería inviable.
Otra dinámica distinguimos en el hogar familiar que componen Candela (45), Eduardo Cardamomo (36) y su hija (11). Compraron en 2019 seis hectáreas en MR a medias con el tío de Eduardo. El entramado familiar fue clave tanto en la transmisión del oficio como en el acceso al terreno. Eduardo tiene empleo registrado como gasista matriculado en una empresa familiar, mientras que Candela “ayuda” con la organización de ventas de porcinos –que crían contratando a un peón del área periurbana– por Facebook.
La mayor continuidad en el empleo registrado les habilita el acceso a indemnizaciones y coberturas en caso de accidentes de trabajo o atención de salud en la obra social (aunque ante la fragilidad recurrente en la atención, deciden pagar consultas a médicos privados). La organización de las tareas de cuidado presenta mayores posibilidades de planificación, así como el acceso a recursos de movilidad (vehículos propios) y entramados de redes familiares facilitan el acompañamiento en las etapas de crianza y educación de niños/as. Contar con una vivienda propia y la posibilidad de generar un mínimo excedente con la cría de animales les abre un margen –que Mónica y Gerardo no tienen– para desplegar dinámicas de capitalización a baja escala.
Por último, los Medina (Jerónimo y Lisi, 52) representan la búsqueda de un modo de vida ligado al entorno natural. Se mudaron desde Claypole (Almirante Brown) a la quinta de los padres de Jerónimo en 2007, un mes después de que falleciera su madre. El padre y el abuelo de Jerónimo hicieron carrera laboral como estibadores portuarios, asumiendo tareas y roles más jerárquicos. Antes de la mudanza, Jerónimo trabajaba como chofer de una empresa de colectivos de Retiro, y Lisi, como maestra de Historia y asistente de un diputado municipal chaqueño (de donde proviene su familia). Desde hace diez años, venden sus producciones familiares de quesos, chacinados, conservas y mermeladas en las ferias municipales. Además del emprendimiento familiar, Jerónimo da cursos en la Granja Municipal (de tambero mecánico) y en el Centro de Educación Agraria n.° 34 (quesos y lácteos).
También contaron con otras redes y sostenes institucionales para la crianza de sus tres hijos. Aunque afirman “Siempre nos arreglamos solos”, están inscriptos en el monotributo y cuentan con la obra social de la Unión Tranviarios Automotor (UTA), por los aportes de Jerónimo como colectivero (en una empresa de transportes con sede en Retiro, entre 1993 y 2007). A comienzos de 2010, pudieron acceder a maquinarias y ayuda en alimentos gracias a subsidios nacionales. Más consolidados en el tambo, en 2018 invirtieron en una “cámara carnicera” con créditos a tasas bajas otorgados por una asociación civil. En simultáneo, Jerónimo fue capacitándose en cursos (apicultura, cunicultura, chacinados y quesos e inseminación artificial) y aprovecharon la pandemia para avanzar con su pareja y sus hijos en la cursada de la Tecnicatura Superior Agrícola-Ganadera (del Instituto Superior de Formación Técnica 232). Así, fueron tejiendo redes con instituciones educativas y asociaciones civiles y vecinales, complementando ingresos productivos y educativos y desarrollando diversas estrategias de turismo rural.
Monoparentales con hijos/as
Las unidades domésticas monoparentales históricas (6) se componen en su mayoría por madres con hijos. Mayormente no cuentan con transferencias monetarias (solo uno percibe la AUH) y tampoco realizan actividades agropecuarias (solamente un caso). Las mujeres que están insertas en el mercado laboral se desempeñan en tareas de cuidado de adultos mayores o en servicios (moza). Al ser el único ingreso laboral, en tareas socialmente poco reconocidas y con bajas remuneraciones, dichas inserciones se caracterizan por la sobreocupación. En tanto que los dos varones trabajan como casero de quinta de fines de semana (y anteriormente como cortador de pasto) o productor hortícola (previamente fue trabajador temporario en las cosechas de cebollas del sur de la PBA).
En los hogares monoparentales con jefatura femenina, la magnitud de las contraprestaciones y la posibilidad de acceso a instituciones públicas de cuidado se vuelven vitales para la reproducción social de estos segmentos de superpoblación relativa. La situación resulta apremiante para las madres que están al cargo exclusivo de sus hijos/as, ya que cargan con la responsabilidad mental, física y del tiempo vital en los trabajos de cuidados, que limitan el tiempo disponible para el mercado laboral, generalmente en condiciones precarias por hora y en jornadas reducidas de servicio doméstico o comercio informal.
En consecuencia, los hogares monomarentales parten de posiciones más desventajosas, dependiendo de redes familiares o comunitarias para organizar tareas de cuidado y acceder al mercado laboral. La familia Pianetti representa un caso significativo. Arribaron a la zona periurbana por intermedio de un conocido en 2001. Actualmente “lo abarcamos todas las familias, todos los hermanos”, relata Elena (37). Su padre hacía pan casero para la venta ambulante, y su madre limpiaba casas particulares. Si bien había comenzado a trabajar en una fábrica artesanal de bolsas de regalos (“Arte Pack”) a los quince años, Elena dejó de trabajar cuando quedó embarazada de su único hijo (Ezequiel, 19) en 2005. Volvió al mercado laboral al divorciarse, cinco años después. “Siempre el papá del nene se dedicó a darle lo que necesitaba, hasta ahí. Después de la separación, ya no”.
Al cabo de unos años, inició acciones legales (“contraté abogados”) para solicitar el cobro de Asignación Familiar por Embargo (SUAF). En 2015, terminó la secundaria “en una de adultos” y desde 2020 complementa sus ingresos laborales como “moza en una quinta, en un salón de eventos” con las transferencias del Programa Potenciar Trabajo en un centro comunitario. Para ello, fue vital la cercanía con sus hermanas, ya que desde diciembre de 2000 comparten terreno en el límite con Florencio Varela.
Seis de los siete hogares monoparentales recién llegados están conformados por madres con hijos/as. Arriban de otras localidades urbanas de partidos limítrofes u otros partidos de la PBA. Las seis mujeres incorporan en sus estrategias de ingresos las transferencias de la protección social (quienes están en el ciclo vital largo, pensiones; y quienes se encuentran en el ciclo vital corto y medio, AUH y Argentina Trabaja). Es más factible que estos hogares encuentren mayores limitaciones para acceder al mercado de trabajo. Cuatro mujeres no se encuentran ocupadas ni buscaron trabajo recientemente. Solamente dos hacen tareas por cuenta propia como panaderas y recicladoras. Sus trabajos anteriores se desenvolvían en tareas de limpieza, venta ambulante o servicios comunitarios. Del único hogar con jefatura masculina, el jefe trabaja como casero, alternando tareas de albañilería, plomería y pintura.
Las entrevistas permiten profundizar en los mecanismos concretos que explican la vulnerabilidad estructural de estos hogares, en particular cuando la jefatura es femenina. Las mujeres con hijos/as todavía no escolarizados que residen en el área periurbana encuentran grandes limitaciones para poder vender su capacidad de trabajar. La necesidad de obtener ingresos, sumada a la sobrecarga de labores no remuneradas, condiciona a las mujeres de sectores populares a aceptar trabajos informales por hora y en jornadas reducidas con remuneraciones bajas como el servicio doméstico o el comercio minorista (Belloni, Brown, Cañuelo y Vinokur, 2025). La disolución del núcleo familiar conlleva conflictos con los padres (en algunos casos judicializados en el Registro de Deudores Alimentarios Morosos) por la falta de colaboración con las cuotas alimentarias. A estas problemáticas se adhiere el hecho de que una proporción significativa de los progenitores varones incumple los acuerdos económicos de las cuotas alimentarias.
Nacida en Chaco, Nélida (52) en 2016 conoció a su última pareja (Daniel), con quien tuvo a su quinto hijo (Ulises, 7). En noviembre de 2018, compraron la tenencia de un terrenito en MR y dejaron de alquilar en Villa Caraza (Lanús). Con mucho sacrificio levantaron la casa (“Todo de cero, porque era una casillita”). Él trabajaba en la construcción, mientras que Nélida limpiaba casas por hora en Palermo (CABA). Sin embargo, a comienzos de 2022, se separaron. “Él no me ayuda en nada, porque él es changarín, y bueno, ahora nos separamos, ahora se fue a Córdoba con su nueva pareja, su nueva familia, así que no me ayuda en nada”.
La llegada al espacio periurbano emerge como una oportunidad residencial, pero, luego de la separación y el quiebre convivencial, entran en crisis las tareas reproductivas y se ven multiplicadas las dificultades de movilidad para acceder al mercado laboral. “De casas de familia trabajaba. […]. Y bueno, hace un año y medio que dejé de trabajar por un problemita de mi hijo, que era autismo, no sé qué. Y bueno, hice tratamiento […]. Entonces tuve que dejar de trabajar porque tenía que encargarme de lo del nene”, sostiene Nélida, que acompaña a su hijo a diferentes consultas médicas, talleres de apoyo escolar y estimulación del habla. El desmantelamiento de la infraestructura de los servicios públicos, las transformaciones de las políticas públicas, la caída generalizada en los ingresos de cada vez más amplios sectores de la población agudizan la degradación de las condiciones de vida.
Extensos y compuestos
Los hogares extensos y compuestos históricos (15) atraviesan en su mayoría el ciclo vital largo. Seis de estos hogares siempre habitaron en MR, mientras que los otros nueve se conformaron en otra localidad de partidos vecinos (3), otros partidos de la PBA (2), Almirante Brown (2), otra provincia (1) u otro país (1). Casi todos combinan ingresos laborales y no laborales, y la mayoría cuenta con más de dos generadores de ingresos. Entre quienes perciben transferencias monetarias, algunos cobran jubilaciones o pensiones (9 casos) y otros perciben la AUH (8). El Programa Argentina Trabaja tiene baja presencia (3).
Entre las actividades económicas, predomina un grupo cuentapropista en labores no agrarias.
Las tareas se vinculan con el comercio minorista (kiosco familiar) y los servicios (gomería). Los trabajos anteriores implicaban labores no calificadas: chofer de ambulancia, botellero, pintura y cosecha temporaria. Un segundo grupo se dedica exclusivamente (3) o combina actividades agrícolas y no agrícolas (4). Aquí, mujeres cónyuges se encargan de la cría de ovejas, porcinos y gallinas para consumo familiar. En pocos predios (3 casos) comercializan lechones (menos de cuarenta por año) y elaboran lácteos y chacinados. Dichos establecimientos involucran el trabajo familiar (entre tres y cinco miembros del hogar) en tareas de mantenimiento, alambrado, faenado, cosecha, alimentación y ordeñe de animales.
Las transferencias monetarias tienen un lugar central en el sostenimiento de la economía doméstica de la familia extensa que componen Ramón Preciado (72), Sonia (55), sus hijos/as y nietos/as. Ramón es entrerriano (1953), de la localidad de Santa Elena.
Miseria eran miserias de antes. Mi mamá… siempre les recuerdo […] a mis hijos de que mi mamá nos hacía los pantalones y la camisa con las bolsas de harina, que […] ella juntaba. Aprendimos a tomar mate cocido con azúcar negra y a comer maíz sancochado como pan, ya conocemos la miseria.
Así recuerda Ramón su infancia. Su padre, analfabeto, trabajaba en los obrajes y en actividades de subsistencia como la pesca hasta migrar con sus siete hijos a la periferia de La Plata en 1966. Allí, se desempeñó como peón rural en las quintas de Olmos, Abasto y Etcheverry. A finales de la década de 1980, Ramón se instaló en MR como cuidador de un campo, con su madre y una hija de su primer matrimonio.
Ramón y Sonia se conocieron en 1991 y tuvieron cinco hijos. Participaban de un movimiento social y cobraban “el Potenciar Trabajo doble”, pero decidieron no continuar involucrados porque “nosotros tenemos trabajo en el campo, no estamos específicamente para ir a marchas o quedarme en una plaza”. Como la jubilación no le alcanza “ni para ir a comer una pizza en el barrio”, Ramón sigue trabajando para sobrevivir. Sus hijos varones colaboran haciendo alguna tarea en el predio (aunque “no quieren saber nada con la quinta”). Como “hay que ir a buscar la moneda”, buscan changas en campos vecinos (“El más chico estuvo cuidando un campo casi cerca de seis meses”) o en labores manuales de la construcción (“Mi hijo el otro es tractorista o también ha hecho alambrado”). En esta familia extensa, las actividades de huerta a traspatio van perdiendo importancia; en tanto las transferencias monetarias de ingresos (Programa Acompañamiento Social, AUH, Tarjeta Alimentar) son centrales para acceder a alimentos y reproducir las condiciones de vida de los/as trabajadores/as activos/as –que complementan ingresos en labores por cuenta propia de escasa calificación– y de las nuevas generaciones de poblaciones excedentes.
Las unidades domésticas extensas y compuestas recién llegadas (9) atraviesan mayoritariamente el ciclo vital corto, con una composición más joven y una conformación más numerosa (8,2 integrantes). Se conformaron en otra localidad urbana de un partido limítrofe (6 casos), de Almirante Brown (2) o de un área rural de la PBA (1). La mayoría cuenta con dos o más generadores de ingresos. La AUH (7 casos) y el Programa Argentina Trabaja (4) tienen más peso en la economía doméstica. Prevalecen las actividades económicas no agropecuarias, como changarines en la construcción, carpintería, electricidad, soldadura y mantenimiento, que coinciden con las experiencias laborales previas. Las mujeres trabajan por cuenta propia en tareas de limpieza, servicio doméstico o panadería; o en la cría de animales (3 casos) como tareas anexas al terreno.
Los relatos de los hogares extensos y compuestos muestran cómo las redes familiares ampliadas funcionan a la vez como red de contención y como mecanismo de transmisión intergeneracional de las condiciones de marginalidad. Los hogares extensos y compuestos expresan con mayor claridad el rol central que tiene la organización social de los cuidados en la reproducción social de poblaciones excedentes. Algunos testimonios reflejan la crisis de la reproducción social (Fraser, 2018 y 2023; Varela, 2024; Vogel, 1983) y el desgranamiento institucional (principalmente lo referido al sostenimiento de los cuidados, la atención de la salud y la educación pública).
Karina Recalde (27) y Avelino (38) se conocieron en 2021, cuando compartían cuadrillas del programa Potenciar Trabajo en el área periurbana. Ella había estado en pareja ocho años con el padre de sus cuatro hijos varones (11, 9, 7 y 6 años), mientras que Avelino es padre de cinco hijos adolescentes (17, 16, 14, 13 y 10 años), que conviven con ellos los fines de semana. Desde junio de 2023, durante un año Avelino cuidó animales en el predio inmediatamente lindero al terreno que habían adquirido (sin papeles).
Pero, a raíz de amenazas con sus vecinos, decidieron mudarse a la casa de sus suegros en Don Orione a mediados de 2024. Allí Avelino (que continúa cobrando el Programa Volver al Trabajo) armó un galpón donde acopia y luego vende chatarra. En tanto que Karina dejó de percibir las transferencias del Programa Acompañar y solamente recibe la AUH y la Tarjeta Alimentar. Afronta dificultades para insertarse como cuidadora doméstica nocturna al estar a cargo de sus hijos. “Estaba cuidando una abuela, un adulto mayor. Ella lamentablemente falleció. Estuve trabajando 5 meses, cuidándola de noche, porque de día se me complica demasiado con el tema de los chicos para poder trabajar”, relata Karina. La intermitencia entre la entrada y salida del mercado laboral es una constante, afectada por las tareas de cuidado de sus hijos. Vemos aquí cómo las generaciones más jóvenes tienen dificultades crecientes para vender su fuerza de trabajo y resolver sus problemáticas habitacionales.
Reflexiones finales
Las trayectorias reconstruidas en los diferentes tipos de hogar revelan formas diferenciadas –pero estructuralmente articuladas– de reproducir la vida en los márgenes periurbanos. En ninguna de ellas hallamos inserciones laborales estables vinculadas al régimen fordista: la reproducción de la superpoblación relativa se realiza, desde el colapso de la industrialización sustitutiva, en sucesivas dinámicas de crisis.
El espacio periurbano estudiado en el presente capítulo habilita algunas salidas imposibles en el conurbano denso de la RMBA (adquisición de boletos de compraventa de un terreno propio, autoconstrucción de la vivienda y cría de animales para autoconsumo), pero obtura otras (acceso a mercados de trabajo calificados, disponibilidad de servicios y movilidad). En este sentido, las dinámicas de reproducción social reconstruidas en los diferentes tipos de hogar ilustran la heterogeneidad del proceso de marginalización.
A grandes rasgos, los hogares históricos representan formas de superpoblación relativa estancada: adultos mayores con recorridos laborales truncos, jubilaciones mínimas y supervivencia con actividades de huerta a traspatio. Entre las unidades recién llegadas, un segmento de asalariados que cuentan con oficios aprendidos (gasistas matriculados o electricistas) logra dejar de alquilar en barrios periféricos de Almirante Brown o partidos aledaños (Quilmes o Florencio Varela) y utilizar la propia fuerza de trabajo familiar complementada con contratación de labores asalariadas puntuales para autoconstruir su vivienda. Entre las parejas con hijos/as más jóvenes, las unidades domésticas con mayor estabilidad en el empleo (en oficios específicos en la construcción) intercalan labores por cuenta propia logrando desplegar dinámicas de capitalización a muy baja escala. La continuidad en el empleo registrado les habilita el acceso a indemnizaciones y coberturas en caso de accidentes de trabajo, así como mayores posibilidades de planificación en la organización de las tareas de cuidado. En otros casos, las áreas periurbanas habilitan una modificación en el estilo de vida, combinando labores agrarias en pequeña escala con empleos en la educación y actividades de recreación y turismo.
Ante un mercado laboral que tiende a ofrecer menos oportunidades a quienes carecen de atributos laborales y educativos, la focalización de las políticas de protección social cobra mayor protagonismo en un contexto creciente de marginalización. Entre los hogares extensos y compuestos y los monoparentales con hijos/as, se profundizan las problemáticas de precariedad laboral y crisis de la reproducción social. Las diferentes generaciones van perdiendo atributos para vender la capacidad de trabajar en condiciones plenas, así como la degradación de las instituciones públicas de atención a la salud y educación hace implosionar la organización de los cuidados de infancias y adultos mayores. En estos hogares, las transferencias monetarias estatales (AUH, Tarjeta Alimentar, Argentina Trabaja, pensiones) son el soporte sin el cual la reproducción de la superpoblación relativa sería inviable. Los procesos de marginalización periurbana aquí documentados no son anomalías locales, sino expresiones específicas de las dinámicas estructurales del capitalismo latinoamericano: la reproducción de la vida en los márgenes revela, en clave cotidiana y doméstica, los límites del modelo de acumulación para integrar a los/as trabajadores/as excedentes.
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- Este capítulo retoma el nudo problemático de la tesis doctoral del autor (Universidad de Buenos Aires), desarrollada con beca CONICET en el CEIL-CONICET bajo la dirección del Dr. Germán Quaranta.↵
- El término “suburbanización” puede pensarse como un concepto genérico que refiere al crecimiento de una ciudad central hacia su periferia, con la consecuente formación de suburbios. Por su parte, Bozzano (1993) plantea que la periurbanización remite a la conformación de efectos útiles de aglomeración de forma embrionaria, incompleta e inestable. Según Pintos (1995), la expansión periurbana tiende a la desarticulación funcional y solo consolida la trama urbana en “islas”. Así, las áreas suburbanas compactas y consolidadas conforman el límite interno de los espacios periurbanos, que representan algo así como la fase inicial o embrionaria del proceso de expansión urbana (Venturini, 2024).↵
- Recordemos que, para Marx (2001), los movimientos generales del salario están regulados exclusivamente por la expansión y contracción del ejército industrial de reserva, las cuales se rigen, a su vez, por la alternancia de períodos en el ciclo industrial. Esas dinámicas no se determinan por la oscilación del número absoluto de la población obrera, sino por la proporción variable en que la clase obrera se divide entre ejército activo y ejército de reserva. Sin embargo, existe un conjunto de población obrera sobrante que va perdiendo sus atributos productivos y su capacidad de vender su fuerza de trabajo para reproducir sus condiciones de vida. La superpoblación relativa (SPR) se manifiesta bajo distintas modalidades, pero reviste tres formas constantes: la flotante, la latente y la estancada, y los recluidos en la órbita del pauperismo.↵
- La encuesta fue impulsada en 2017 por el Municipio de Almirante Brown para elaborar un diagnóstico sobre el periurbano del partido. Se encuestaron 154 viviendas y 59 explotaciones agropecuarias en el área delimitada por las calles 25 de Mayo, República Argentina y los límites con Florencio Varela y Presidente Perón.↵
- En este punto, aclaramos que en este texto tomamos como términos intercambiables “hogar” y “unidad doméstica”. Además, los hogares unipersonales se conforman por una única persona. Los que se conforman por dos o más individuos fueron agrupados según la presencia o ausencia de núcleo conyugal: parejas con y sin hijos/as, monoparentales o monomarentales con hijos/as, extensos y compuestos. Los extensos se componen de tres subcategorías: pareja sola con otros familiares, pareja e hijos/as con otros familiares y monoparentales con hijos/as y con otros familiares. Los compuestos se componen de tres subcategorías: pareja sola con otros no familiares, pareja e hijos/as con otros no familiares y monoparentales con hijos/as y otros no familiares. Las unidades no nucleares se componen de hogares no familiares o sin núcleo familiar. Por otro lado, retomamos los lineamientos de Cuellar Saavedra y Sánchez Albarrán (2017) para clasificar los momentos del ciclo vital. Los ciclos vitales cortos remiten a aquellos hogares que están en momentos de expansión y las mujeres son menores de 45 años. Los ciclos vitales medios incluyen unidades domésticas cuyo núcleo familiar se encuentra en la mediana adultez, entre los 45 y 54 años. Los ciclos vitales largos aluden a aquellos donde la mujer jefa o cónyuge tiene 55 años o más, y sus hijos/as comienzan el proceso de salida del hogar.↵
- Dicho programa (2009-2018) fue una iniciativa de ingreso social orientada a promover la inclusión laboral mediante cooperativas, capacitación y obras de infraestructura en barrios vulnerables. Años más tarde, fue modificado al Potenciar Trabajo (2020-2023), con la finalidad de promover la inclusión social para personas en situación de vulnerabilidad social y económica. Más recientemente (2024-2025), mutó hacia los programas Acompañamiento Social o Volver al Trabajo, de manera que desplazó a las organizaciones sociales como intermediarias y congeló el monto de las asignaciones, con el pretexto de implementar capacitaciones laborales. ↵







