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Prólogo

En el presente trabajo me propongo como principal meta hacer una lectura de la idea de progreso desde la perspectiva filosófica de Spinoza. Ahora bien, quisiera alertar al lector sobre ciertas cuestiones que tácitamente sobrevolarán por las distintas áreas del desarrollo. En primer lugar, sostengo con gran firmeza que todo sistema, pensamiento o perspectiva filosófica, posee o implica un carácter ético. Será fundamental advertir que el carácter ético al que hago referencia aquí no se vincula -al menos, en primera instancia- con ningún sistema moral en particular, sino que refiere a determinadas maneras de comprender e intervenir en el mundo. En palabras de Albert Camus esto pudiera resumirse con el siguiente principio: “para un hombre que no hace trampas lo que cree verdadero debe regir su acción”.[1]

A partir de esta premisa directriz de mis reflexiones ha emergido el principal valor que le asigno a la filosofía, a saber: interpelar a nuestras verdades. Considero, en este sentido, que casi todos los filósofos pueden abrir un camino para tal búsqueda; sin embargo, también convendría tener presente que ninguno de ellos debiera poseer privilegio alguno en cuanto a que sus verdades no puedan ponerse en revisión. Con todo, debo admitir que fue Spinoza el filósofo que cautivó mi atención desde el primer momento en que mis sentidos se unieron con algunas de sus ideas. En cierto modo presumo que mi cuerpo ya abrigaba, si bien de manera demasiado difusa, ideas próximas a su postura y, por ende, no es inverosímil que los primeros acercamientos a sus obras me hayan provocado el intenso deseo de profundizar en sus lecturas.

Por cierto, este mismo interés inmediatamente suscitó a tener que enfrentarme con muchas perspectivas que poseen premisas insostenibles para un seguidor de la filosofía de Spinoza. En efecto, las doctrinas que ostentan una causa teleológica en la Naturaleza, del mismo modo que aquellas que se sustentan sobre la existencia de un designio divino o que fundamentan las actitudes humanas sobre el libre albedrío, supieron implicarme un irreductible antagonismo y una imperiosa necesidad de tomar posición -si es que pretendía ser honesto y congruente con mi propio ser- entre Spinoza y muchos de los paradigmas filosóficos de la tradición. Soy consciente que superaría ampliamente los propósitos de este trabajo intentar un desarrollo exaustivo de cualquiera de las temáticas metafísicas, ontológicas, gnoseológicas, antropológicas, ético-políticas, etc., etc. Pues, indefectiblemente, ante un hipotético análisis entre el pensamiento de Spinoza y cada una de las doctrinas que amparan tales presupuestos cabría de esperar el surgimiento de un sinnúmero de problemáticas difíciles de dilucidar en un solo y pequeño escrito, tal como, en efecto, es el que aquí proponemos; no obstante, mi cuerpo me recuerda a cada momento el interés que conservo sobre estos asuntos.

Considero, en este aspecto, que la idea de progreso posee múltiples aristas para poder explorar y contrastar cuestiones inherentes a las inquitudes planteadas, sin menoscabar la profundidad reflexiva que requiere todo ensayo filosófico.[2]


  1. Camus, A. El mito de Sísifo. Trad.: L. Echávarri. Buenos Aires. Losada. 2010, p. 18.
  2. Al respecto, es de considerar la estimación efectuada por el sociólogo estadounidense Robert Nisbet sobre la magnitud que posee la idea de progreso dentro de nuestra cultura: durante tres mil años no ha habido en Occidente ninguna idea más importante, y ni siquiera quizás tan importante, como la idea de progreso. Ha habido otras fundamentales, como las de libertad, justicia, igualdad, comunidad, etc. No pretendo subvalorarlas, pero es necesario recalcar que a lo largo de la mayor parte de la historia de Occidente, por debajo de estas últimas ideas subyace otra, una filosofía de la historia que da una importancia fundamental al pasado, el presente y el futuro”. Cfr. Nisbet. R. Historia de la idea de progreso. Trad.: E. Hegewicz. Barcelona. Gedisa, 1981, p. 19.


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