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Conclusiones

“Me es indiferente que el científico occidental típico
me comprenda o me valore,
ya que no comprende el espíritu
con el que escribo.

Nuestra civilización se caracteriza
por la palabra ‘progreso’.

El progreso es su forma, no una de sus cualidades,
el progresar.

Es típicamente constructiva.

Su actividad estriba en construir un producto
cada vez más complicado.

Y aun la claridad está al servicio de este fin;
no es un fin en sí.

Para mí, por el contrario, la claridad,
la transparencia, es un fin en sí.”

Ludwig Wittgenstein[1]

El escrito ha puesto de manifiesto que la filosofía de Spinoza contempla una idea de progreso socio-política que resulta ampliamente solidaria con las condiciones de auto-realización propias e inherentes a cada ser humano. En rigor, esta es la hipótesis que ambicionábamos legitimar. Las motivaciones particulares que impulsaron el desarrollo del trabajo han sido debidamente exhibidas en nuestro prólogo, empero, llegado a este punto, alguien pudiera pensar si no fue absurdo haber trabajado sobre una idea que durante el siglo pasado hubo de perder todo el protagonismo que había tenido en los siglos precedentes. Es indudable que ciertos y diferentes acontecimientos ocurridos durante el transcurso del siglo XX -en especial, aunque no exclusivamente, el genocidio nazi y la utilización de armas nucleares sobre la población civil japonesa-, han dejado a la idea de progreso casi por fuera de todas las discusiones intelectuales que se dignen de serias. Incluso, podemos ser más rigurosos y decir que la mayor parte de los filósofos contemporáneos sostienen que la idea de progreso es un ídolo con pies de barro. Al respecto, alcanza con mostrar las palabras penetrantes del filósofo Karl Löwith cuando afirmaba que dicha idea “es un ‘mito’ que es necesario dejar atrás”.[2]

Se entenderá que nuestra impresión sobre el progreso humano no puede ser tan radical. En primer lugar, porque aun asintiéndole a Löwith cierta legitimidad para su exhortación, habría que admitir que, ya de modo consciente o no-consciente, dentro de las diferentes estructuras de poder -esferas científicas, político-gubernamentales, pedagógicas, etc.-, la representación del progreso continua reinando. Es decir, la idea de progreso en la humanidad es el argumento por antonomasia utilizado. Ya fuese para habilitar e implementar el curso de ciertas acciones, o ya para conservar y defender otras tantas, invariablemente surge el mentado ‘axioma’ so pretexto de un futuro mejor.

Esta paradójica ambigüedad que envuelve hoy en día a la idea de progreso se trasluce también en el propio texto de Nisbet. Efectivamente, este pensador en un momento de su obra supo afirmar: “es evidente que la idea de progreso apenas si puede sobrevivir en una civilización tan afectada como la nuestra por el irracionalismo y el solipsismo”.[3] No obstante, en otro de sus propios comentarios hace notar algo que, si no es totalmente contrario a aquellas palabras suyas, sí advierten un elocuente contraste:

En nuestros días la idea de progreso tiene numerosos seguidores en el campo de las ciencias sociales (…). La fe en el progreso ha continuado vigente en un grado significativo en la forma en que Occidente y sobre todo los Estados Unidos han contemplado a los demás países del mundo. La filosofía del progreso aparece nítidamente sobre todo en la raíz de la política exterior norteamericana y en la idea que los norteamericanos se hacen de su misión en el mundo.[4]

En resumen, las distintas opiniones que pudiéramos hallar con relación a la vigencia de esta idea permiten entrever que nuestro escrito no trabajó sobre un objeto totalmente obsoleto. Pero eso no es todo. Creemos que aquellos que en el pasado o en la actualidad denuncian las incoherencias de sostener una posibilidad de progreso humano lo hacen con muy buen atino, ya que, en su amplia mayoría lo que pretenden rechazar son los criterios y los presupuestos de aquellas ideas que nuestra perspectiva también desestimó por considerarlos cuasi-delirantes. En efecto, los disímiles lineamientos de las doctrinas convencionales de progreso, puestos a la luz de las reflexiones de Spinoza han revelado las innumerables inconsistencias que tuvieron aquellos pensadores para fundamentar sus respectivas ideas sobre el progreso. Las cuatro teorías observadas han asumido presupuestos diferentes entre sí, pero pese a sus enormes diferencias, todas resultan insostenibles para el sistema de Spinoza: la posición de privilegio y jerarquía asignada al hombre dentro de la naturaleza; la plena convicción del poder de la razón humana y la certeza sobre el libre albedrio; la representación de una causa teleológica en la naturaleza y/o un plan de la providencia; la idea de que la Naturaleza y Dios son entidades que se oponen; la idea de infinitud de nuestra especie; la confianza absoluta en el desarrollo científico, la idea de que se nace libre y con igualdad de derechos; y tantos otros presupuestos metafísicos, ontológicos, antropológicos, etc., permitieron y llevaron a muchos hombres a tener la creencia de que el progreso humano es algo incuestionable. Si se nos permite un anacronismo, podríamos decir que la Ética supo anticiparse y prever nuestros contemporáneos extravíos. Por otra parte, creemos que los distintos acontecimientos ocurridos durante el siglo XX no hubieran tomado a Spinoza por sorpresa, pues, su ontología y su perspectiva antropológica no solo nos permiten comprender las circunstancias ocurridas, sino que, además, nos advierten que ellas no hubieron podido darse de otra manera.

Con todo, su filosofía admite especular sobre un hipotético estado político adecuado plenamente a las necesidades de las condiciones humanas, sin embargo, esta posibilidad latente no es inferida ingenuamente, es decir, creyendo que la razón humana es infalible. Por otro lado, hemos notado que su perspectiva tampoco ofrece criterios para sostener una esperanzadora perfectibilidad humana, más bien, admite el riesgo de que a cada momento todo lo alcanzado pueda desvanecerse. Incluso, a estas alturas, no está de más advertir que en ningún momento el perfil de vida del hombre europeo aparece como algo excelso; no hay en el filósofo holandés una Europa civilizada frente a un mundo bárbaro o prosaico. En otras palabras, si se le pudiera conceder una virtual idea de progreso a Spinoza ésta nunca podría concebírsela supeditada a una visión euro-centrista. Una vez más, su teoría política deriva de la ontología y, por lo tanto, las consecuencias e implicaciones que encierra su posición resulta mucho más cosmopolita que europeizante.

La paz (que toda razón sana persigue) no podría darse sino es a través de cultivar la concordia entre los hombres y solamente la comprensión de los beneficios que traería consigo una comunión humana permitiría pensar en una realización socio-política. En este sentido, todos los hombres, si se les dieran ciertas circunstancias favorables, poseen condiciones para asirse de afectos activos y, con ellos, intentar alcanzar un estado de plenitud. Tales afectos activos no podrían ejercer resistencia a una comunidad que tuviera capacidad de respaldar los intereses personales. Recíprocamente, cualquier comunidad que se determinara a sí misma mediante la sola guía de la razón deberá reunir las condiciones necesarias para propiciar la auto-realización de cada individuo.

Por último, cabría que alguien nos preguntase si no resulta utópica la idea de auto-realización que nosotros hemos perseguido aquí. Evidentemente, nuestra especulación filosófica no puede eludir que, efectivamente, y permítasenos la redundancia, solo es una especulación. Pero, nosotros solo habíamos planteado que la filosofía de Spinoza contempla una idea de progreso que redefinimos con el calificativo de auto-realización y, en tal sentido, creemos haber logrado el objetivo. No obstante, incumbe que digamos que nuestra más íntima opinión entiende que Spinoza no fue un pensador con ideas utópicas. Una utopía acarrea invariablemente un proyecto que incluye esperanza de éxito y, por consiguiente, posibilidades de decepción, desesperanza, etc., etc. Es decir, involucran sentimientos pasivos y, por lo tanto, netamente nocivos para la vida. Spinoza manifiesta lo necesario que es para una vida dichosa estar alejados de las cuestiones que producen tales sentimientos. Por otra parte, la Ética tampoco desenvuelve su discurso bajo escenarios imperativos, cosa que pudiera encerrar implícitamente algún tipo de fe o necesidad personal -todo aquel que enuncia un imperativo tácitamente alberga la esperanza o la necesidad de que se lo cumpla-. Ahora bien, si forzáramos el tema un poco más y dejáramos de sostenernos en Spinoza, pudiéramos quizás sincerarnos y decir que nuestra hipótesis personal plantea una especie de desiderátum. No obstante, aun si reconociéramos este punto, habría que hacer notar la gran ventaja que posee nuestra perspectiva frente a las demás teorías de progreso examinadas, pues, por cierto, no podría haber nadie que estando persuadido de nuestra propuesta de auto-realización pudiera pretender llevarla a cabo mediante afecciones de temor o de esperanza. Acordar con la Ética de Spinoza supone e implica inexorablemente comprender que no habría manera de intentar llevar a cabo este desiderátum mediante pasiones tristes. Solo el amor que se origina en las pasiones alegres podrá mediar para alcanzar un estado de concordia, por lo tanto, nunca se correría el riesgo de que alguien que estuviera convencido de los ‘beneficios’ de nuestra perspectiva intentara imponerla a la fuerza. La Ética suministra ciertos elementos para que cada hombre alcance un conocimiento adecuado de su potencia de comprender, pero esta misma comprensión, en definitiva, conduce e involucra una singular conclusión: no hay manera de exigirle a los individuos las cualidades que se requieren para el conocimiento racional. En todo caso, lo único que podría hacer un seguidor de Spinoza sería intentar influir con afectos activos a los demás, es decir, con afectos que no arrastrasen sentimientos de temor ni esperanza. Si alguien aún insistiera y volviera a preguntarnos: ¿posee nuestra perspectiva de progreso alguna posibilidad concreta de hacerse efectiva?, debiéramos sincerarnos todavía más y decirle con total honestidad que no estamos en condiciones de responder su inquietud, ya que, en rigor: nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo…


  1. Wittgenstein, L. Aforismos. Cultura y valor. Madrid. Espasa, 1996.
  2. Cfr. Ratto, A. Op. cit., p. 173.
  3. Nisbet, R. Op.cit., p. 481.
  4. Ibíd., p. 425. Véase, también, cuando Nisbet dice: “En las obras de pensamiento político radical del siglo XX hay un tono constante de milenarismo secular. En todos los casos se defiende desde luego la utilización de tal o cual estrategia –la estrategia de la rebelión, de la huelga, la organización de la clase obrera y demás formas de preparar la revolución-, pero siempre se encuentra presente por debajo una seductora filosofía del progreso”; p. 421. Otro ejemplo, del mismo tenor, figura en la obra de Ronald Wright: “pese a determinados acontecimientos del siglo XX, la mayoría de los que viven dentro de la tradición cultural occidental sigue creyendo en el ideal victoriano de progreso.” Cfr. Wright, R. Op. cit., p. 19.


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