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Anexo

En los últimos años, surgió un nuevo actor en los debates en torno a la dictadura. Se trataba de hijxs de represores que comenzaron a distanciarse de lo actuado por sus padres, hasta el punto de que en algunos casos llegaron a pedir la supresión del apellido paterno y su sustitución por el materno. Obviamente, el grupo de estos hijxs es heterogéneo y sus miembros no pueden ser consideradxs “víctimas del terrorismo de Estado”. Sin embargo, en algunos casos, han realizado un trabajo de subjetivación sobre las marcas transmitidas por sus progenitores que cometieron crímenes de lesa humanidad.

El padre incesante[1]

Por Carlos Gutiérrez

“La idea de que la psicosis es un intento de restitución de las funciones del sujeto, intento llevado a cabo por el mismo sujeto, es hoy un lugar común. Se recuerda menos que la fórmula debe también ser aplicada a la neurosis. […] la función que en este caso el sujeto trata de reconstruir es, en primer lugar, la función del padre.

(O. Masotta, “Consideraciones sobre el padre
en ‘El Hombre de las Ratas’”)

Este epígrafe de Masotta preside nuestro texto para conjurar un olvido que insiste en su escamoteo.

Agreguemos a este olvido una dirección de análisis que es también de uso común entre los psicoanalistas: destacar las declinación del padre, los diversos modos en que la imago paterna se presenta de manera cada vez más desdibujada y con efectos subjetivos específicos; en especial, los discursos delirantes de la libertad y del sujeto autofundado, nacido de sí mismo, a espaldas del Otro, sin deuda a ese Otro en el que se funda.

Pues bien, no es esto de lo que se trata en el tema que abordaremos, pero hemos comenzado con una explicación negativa para despejar el terreno en el inicio; esto es, desechando una lectura que encontramos inconveniente para nuestro tema: el cambio de apellido decidido por parte de dos hijas de genocidas. Nos parece que echar mano a las nociones de esa índole sería el resultado de un ejercicio esquemático que se complace en explicar todo con lo mismo; otro traspié en la aplicación del psicoanálisis.

Nuestra comprensión de este tema seguirá un curso distinto tomando otro sesgo de lectura, aunque no sin vacilaciones, cabe destacar, y sin que por ello quedemos a resguardo de caer en lo mismo que criticamos.

Siguiendo un conjunto de declaraciones formuladas, entendemos que en la decisión de estas dos hijas de represores de la dictadura militar, de cambiar su apellido abandonando el patronímico del progenitor para adoptar el apellido materno, no está en juego una operación destituyente de la función paterna.

En textos que han circulado en diversos sitios y también en la presentación pública que han realizado estas dos hijas de represores,[2] se han usado algunas definiciones para dar fundamento a la decisión tomada. De los términos allí utilizados nos apoyaremos en aquel que, según entendemos, cobra mayor relevancia: sustitución.

Este término –utilizado también por R. V. y M. D. mientras daban testimonio de su decisión– toma una enorme relevancia para situar su acto: decidieron la sustitución de un apellido por otro, el del progenitor por el materno. Este acto supone entonces una reformulación de la genealogía que echa mano a uno de los términos del linaje del que proceden. Término del linaje que han encontrado nada menos que en una figura familiar estructuralmente propiciatoria de este movimiento. Recurrieron así a otra marca familiar: el apellido materno, que no es otro que el del padre de la madre, como M. D. se encargó de señalar.

Es decir, ante la imagen terrorista del padre genocida –imagen que exilia del campo del lenguaje–, apelar al apellido materno es el acto que busca asilo en el Otro, en algún término del Otro que permita vivir. Desde aquella imagen terrorista no parece haber chances para ello.[3] Es precisamente de esa imagen terrorista del progenitor de donde proviene el gesto destituyente, la operación parricida. No hay allí nada de la función paterna: no hay falla del padre, no hay emblemas de la castración, no hay representación de la ley, sino enaltecimiento de un ideal que tiene a la atrocidad como el recurso cotidiano. Se trata de un ideal con efectos de arrasamiento, en la medida que reclama el sacrificio de la vida misma.

Esta empresa de sostenimiento de un ideal cruento y arrasador ha sido nombrada por Lacan para designar a aquel que se ubica en la figura del que tiene la pretensión de autor de la ley y que exhibe así su impostura:

[…] ya que se presente como pilar de la fe, como parangón de la integridad, […] como servidor de una obra de salvación, […] todos ellos ideales que demasiadas ocasiones le ofrecen de encontrarse en postura de demérito, de insuficiencia, incluso de fraude, y para decirlo de una vez de excluir el Nombre-del-Padre de su posición en el significante (Lacan, 1984: 560-561).

La sustitución de un nombre por otro es la operación metafórica de producir un significante borrando la huella, pero en una operación en la que el borramiento de la huella, lejos de producir su extinción, produce la huella significante:

El significante […] es una huella, pero una huella borrada. El significante […] se distingue del signo en el hecho de que el signo es lo que representa algo para alguien, mientras que el significante es lo que representa a un sujeto para un ser significante (Lacan, 2006: 74).

La inscripción en el campo del Otro es indeclinable. Del padre no puede prescindirse dejándolo fuera de juego, como quien sufre un despido quedando cesante. El padre es ineliminable, y en su función vitalicia se torna incesante (aun con sus quiebres, fallas, intermitencias, cortes; o, mejor dicho, gracias a ellos).

El acto como separación del Otro se produce sobre el fondo de la alienación en la medida que es una operación significante en el terreno del lenguaje. En la sustitución de un nombre por otro está la operación de apropiación del acto en una decisión, como un segundo momento que es una lectura del acto.

Destaquemos entonces que acto y decisión no coinciden. No hay sujeto al momento del acto y el movimiento ético se juega en nuestra posición frente al acto, abriendo un juicio sobre nuestra acción: “La ética consiste esencialmente […] en un juicio sobre nuestra acción, haciendo la salvedad de que sólo tiene alcance en la medida en que la acción implicada en ella también entrañe o supuestamente entrañe un juicio, incluso implícito” (Lacan, 1989: 370).

La distancia entre un juicio y otro es la distancia entre el acto y la decisión que quedan articulados habiendo pasado por el campo del deseo.[4]

Es una decisión que opera como respuesta a aquello que Lacan expuso con una pregunta de interpelación: “¿Ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita? Esta es una pregunta que no es fácil sostener […] y que sólo puede serlo en el contexto analítico” (Lacan, 1989: 373).[5] Si se trata de un acto, es porque puede soportar esa pregunta. La respuesta solo puede proceder de una lectura de su acto, produciendo al sujeto como intérprete. En función de intérprete, el sujeto se produce en la apropiación del acto. (Solo en este sentido puede hablarse de su acto o el acto del sujeto, expresiones generalmente equívocas).

Esta decisión que analizamos en los casos mencionados se produce apelando al Otro social (en la figura de la jueza pronunciando su fallo), y de este modo reinscribiéndose en una genealogía que permita vivir, precisamente porque la imagen genocida lo impedía. ¿Cómo lograrlo entonces, ya que nadie puede desentenderse de su herencia? En efecto, las marcas que proceden de esa herencia no pueden ser eliminadas, por atroces que resulten.[6] La jueza lo dice a su modo: “Esto [su fallo] no podrá borrar lo ya padecido o vivido”. Se trata de operar con esas marcas sin permitir que aquellas mortíferas que se han recibido se impongan como destino. La marca que allí logra filiar es aquella que les permite a las autoras la decisión de producir una “emisión subjetiva” adoptando el apellido paterno y construyendo así parentalidad.[7]

Finalmente, en esta encrucijada de portar un apellido que crujía al pronunciarlo (y que, al menos en uno de los casos presentados, hacía sonar en su interlocutor ecos insoportables para quien debía soportar el apellido sin embargo) o elegir otra marca para dialectizar lo mortífero, en esa disyuntiva, sin manual de instrucciones a la vista, se produce una decisión que reinventa de un modo singular ese formidable oxímoron del nombre como herencia: el nombre que viene del Otro se hace nombre propio.

Bibliografía

Basch, C., Glasman, C., Kreszes, D. y Rubinsztejn, D. (2006). El padre que no cesa. Buenos Aires, Letra viva.

Glasman, S. (2001). El juicio sobre nuestra acción. En Conjetural. Revista Psicoanalítica, N° 37.

Kletnicki, A. (2000). Niños desaparecidos. La construcción de la memoria. En Fariña, J. M. y Gutiérrez, C. (comp.), La encrucijada de la filiación. Restitución de niños y nuevas tecnologías. Buenos Aires, Lumen/Humanitas.

Lacan, J. (1984). De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2. Buenos Aires, Siglo XXI.

Lacan, J. (1989). El seminario. Libro VII. La ética del psicoanálisis. Buenos Aires, Paidós.

Lacan, J. (2006). El seminario. Libro X. La angustia. Buenos Aires, Paidós.

Legendre, P. (1994). Lecciones VIII. El crimen del cabo Lortie. Tratado sobre el padre. Ciudad de México, Siglo XXI.

Masotta, O. (1974). Consideraciones sobre el padre en “El Hombre de las Ratas”. En Los casos de Sigmund Freud 3. El Hombre de las Ratas. Buenos Aires, Nueva visión.


  1. El título parafrasea el del libro El padre que no cesa (Basch, Glasman, Kreszes y Rubinsztejn, 2006), que a su vez parafrasea a Miguel Hernández… Con el nuestro queremos destacar un matiz explícito en el desarrollo.
  2. Reunión organizada por la asociación civil Territorios clínicos de la memoria, en el auditorio de FM La Tribu el 25 de julio de 2017 con un panel conformado por las dos personas que testimoniaban, R. V. y M. D., acompañadas de dos psicoanalistas, Fabiana Rousseaux y Patricia Saletti, junto al abogado Diego Morales. Video de la presentación disponible en: bit.ly/2sebd4L.
  3. Es lo que ha desarrollado P. Legendre (1994) en su análisis del crimen del cabo Lortie: abusado y maltratado en extremo por un padre violador de todos los límites, Denis Lortie, ante una negativa arbitraria de un oficial superior, produce un delirio: matar al gobierno porque el gobierno tenía el rostro de su padre. Las muertes que produce en la Asamblea Nacional en el curso de este pasaje al acto parricida es el modo loco de intentar saldar una historia familiar donde lo unheimlich era el alimento cotidiano, el lecho de cada día.
  4. En un formidable artículo que comenta la última clase del seminario sobre La ética del psicoanálisis de Lacan, Sara Glasman (2001) señala: “Una misma acción puede tener soportes por completo diferentes, y la importancia de determinar sus razones no sólo reside en el hecho de que se podría haber hecho algo distinto de haber analizado sus motivos inconscientes. Aun siendo la misma, sería posible sostenerla de otro modo si hubiera sido decidida contemplando, o habiendo pasado, por el campo del deseo. A estas circunstancias deberemos agregar que el valor que le damos a esta decisión no satisface necesariamente la fantasía de quedar en paz consigo mismo por considerar así garantizadas las razones de nuestras acciones. Tal vez, a la inversa, cierta falta de bienestar puede convertirse en índice de un acto verdadero”.
  5. Lo que en este texto sostenemos no deja de ser una conjetura, en la medida de que no hemos hecho la experiencia clínica de estos dos casos, lo que, por cierto, permitiría hablar con otra autoridad.
  6. Para un desarrollo del efecto de las marcas genealógicas, véase Kletnicki (2000).
  7. En un trabajo inédito de Oscar D’Amore leemos: “El concepto de filiación ha consistido en querer o no querer a-filiar a un niño como propio. De modo que a-filiar no necesariamente implica parentalidad. La parentalidad es la emisión subjetiva sobre el fondo particular que promueve un universo discursivo previo de la filiación que el niño recibe. La emisión subjetiva destotaliza al objeto niño para parir a un sujeto parlante; eso es parentalidad, pero necesita de una condición filiatoria particular”.


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