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Epílogo

Comencé destacando, sin ninguna pretensión de exhaustividad, algunas reflexiones de José Ortega y de Ernst Cassirer. El resto del escrito ha sido la tentativa de hilvanar una reflexión que, sin soltar la mano de estos autores, ahondara en lo que ellos ven y lo completara con lo que ven otros. Dicha reflexión ha incidido en algunos puntos que ambos han visto, cada uno a su manera, y también en otros aspectos que –lo digo con la mayor modestia– me parece que no han visto tanto, pero que resultan no menos relevantes en un examen especulativo de la noción de cultura.

El balance de lo que he visto a lo largo de este recorrido, también con los ojos de otros, podría resumirse en las siguientes afirmaciones.

  1. Cultura, en singular, es la acción y el efecto de tomar posesión el hombre de la realidad para convertirla en su mundo. También designamos con ese nombre el cultivo, el crecimiento humano que es saldo de lo que el hombre se hace ser obrando. En otros términos, cultura es el rendimiento o depósito del hacer humano en el ser del hombre, e igualmente lo que pensamos y nos decimos entre nosotros sobre eso.
  2. La cuestión, filosóficamente decisiva, que se plantea a partir de la reflexión de algunos autores –los representantes del llamado «culturalismo»– no es la que en términos tópicos suele expresarse así: ¿El hombre nace, o se hace? Más bien es la siguiente: ¿Es el ser humano tan solo lo que se hace ser? ¿O, por el contrario, tiene también un pasado, un a priori, un nacedero o naturaleza en la que algo de él viene hecho, digamos, sin él, i.e no por él? Si es así, el presente y el futuro humano –es decir, las dimensiones en las que se comprende y proyecta su crecimientotendrían un arraigo, una raíz. En el caso contrario, el ser humano sería puro constructo de sí mismo, demiurgo de su propia emergencia original. En definitiva, lo que aquí se plantea es si la capacidad humana de originar realidad –es decir, de dar lugar al mundo que hace surgir como resultado de su trabajo– es, a la vez, originada.
  3. Cualquiera que sea la respuesta que se dé a esta cuestión, el ser humano es social, conviviente con otros humanos. No entro ahora en la discusión –la abordé en otro lugar (Barrio, 2018a)– sobre si su ser conviviente es natural o artificial, a saber, si la convivencia entre humanos es una condición con la que cada humano viene a la vida, o si es resultado de un pacto sobrevenido. En todo caso, esto que llamamos cultura, en singular, es algo que hacemos entre todos, no solo pensando, sino también hablando sobre lo que pensamos, y posteriormente haciendo, sobre la base de lo que hemos pensado y hablado. De ahí que la cultura sea un aspecto de la condición social humana. Bien sea esta natural o advenediza, el hombre no piensa a solas, ni habla a solas, ni construye herramientas ni habita solo.
  4. Culturas, en plural, son el conjunto de modos de pensar y vivir que las comunidades humanas han ido acuñando en los espacios geográficos que pueblan y en los tiempos históricos que habitan. La Antropología social y cultural trata de objetivar esos usos y costumbres, articulando su complejidad para hacerlos más comprensibles: distinguiendo, clasificando, comparando, etc.
  5. También las culturas son el legado de humanidad cultivada –desarrollada, acrecida– que en cada espacio y en cada época la generación adulta intenta transmitir a la recién llegada (Bellamy, 2021). La educación –inculturación– hace posible el «milagro» de que en pocos años cada ser humano se haga tan anciano como la humanidad entera, i.e que pueda pertrecharse, para su propia andadura vital, con lo más granado de la experiencia y sabiduría humana aquilatada por las generaciones de humanos que le han precedido. Cultura es, así, legado de humanidad transmisible –tradición–, que, obviamente, se va modulando con usos y matices nuevos añadidos por los recién llegados a la humanidad.

Otro modo de formular la cuestión decisiva que aquí se plantea es a través de la propuesta de Cassirer según la cual el hombre es animal simbólico. Lo decisivo aquí es percibir el carácter mediático de la cultura. Los productos culturales más genuinos –los signos y los símbolos– poseen una cualidad semántica que posibilitan que el ser humano mantenga una relación significativa con la realidad, i.e le permiten constituirla como un «mundo humano»: nuestro mundo (Marín, 2019). Ahora bien, esa accesibilidad es viable, paradójicamente, gracias a la distancia crítica que nos permite objetivar la realidad. ¿Cómo pueden combinarse, entonces, la continuidad hombre-mundo con el hiato que precisamente los rendimientos de la cultura humana establecen entre el uno y lo otro? Es decir, el acceso humano a la realidad a través de las herramientas que al hombre le permiten hacerse cargo de ella, está a su vez, mediatizado por esos instrumentos.

Toda la realidad está humanamente mediada, digamos, transformada (o transformable), traducida (traducible o interpretable), sentida (o sensible), dicha (o decible); en último término, modulada y modulable por el ser humano. Ahora bien, ¿la realidad misma se reduce o resuelve tan solo en esa humana modulación/mediatización? Si es así, lo que tenemos es, precisamente, que el medio es el mensaje. Tal vendría a ser la tesis culturalista que aquí he discutido. La dificultad principal que veo en ella es de orden especulativo –concretamente metafísico–, y la he discutido con más detenimiento en otros lugares[1].

Aquí han salido también –aunque sin perder de vista su fundamento teórico– algunas dificultades de orden práctico que entraña afirmar que lo real, en tanto que realmente significativo para el ser humano, es un puro constructo suyo. En resumidas cuentas, aceptar esto implica:

  • Por una parte, que el humano «ser-en-el-mundo» del que habla Heidegger (in-der-Welt-sein), es, paradójicamente, un modo autista de ser, y que, en consecuencia, la supuesta apertura al mundo (Weltoffenheit) que tanto ponderaba el filósofo de Marburgo, en realidad es justo lo contrario: solipsismo puro (o postureo ombligocéntrico).
  • Por otra parte, y como consecuencia de lo anterior, que el crecimiento humano es un fenómeno meramente endógeno, o endogámico. Pero esto significa asumir una postura, además de impostada, suicida, pues no cabe crecer –la cultura va de eso, de crecimiento– maltratando, o ignorando las propias raíces, y lo que no crece muere.

He tratado de hacer justicia a la medio-verdad del culturalismo, y corregirla completándola con la otra media, a saber, que la creatividad humana –la actividad de hacer-se el hombre su vida, y de hacer suyo el mundo que habita– arraiga en su ser-criatura.


  1. En un texto sobre cuestiones de Ontología (Barrio, 2017a), y en otro sobre Teoría del conocimiento (Barrio, 2020).


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