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Presentación

El obrar sigue al ser, reza un viejo lema aristotélico (operari sequitur esse). En el caso del hombre cabría decir también lo inverso: el ser sigue al obrar. En buena medida, el ser humano es lo que se hace ser, obrando. O bien, una parte significativa de su ser es lo que llega a ser como saldo o resultado de su comportamiento. Esta observación es decisiva para comprender su índole moral, y queda registrada en la noción de hábito.

Los hábitos son al ser humano lo que las instituciones son a las comunidades humanas: le dan consistencia y estabilidad; hacen posible su arraigo, su permanencia. Lo que el hombre hace con su mente y con sus manos en cierto modo lo prolonga, y lo trasciende; es, como diría Hegel, espíritu objetivo, emulsión de sí. En sus mentefacturas y manufacturas cabe rastrear sus rasgos característicos, al igual que descubrimos en sus obras trazos del rostro del autor.

Que el hombre se logre o se pierda en lo que hace, y que esto ocurra en unas obras más o menos que en otras, forma parte del drama ético de la existencia humana, de las posibilidades no indiferentes que se abren a su libertad. La antropología filosófica contemporánea, a menudo acompasada por la literatura coetánea, ha señalado con acierto y perspicacia esta vertiente dramática, narrativa, del existir humano. El hombre se la juega en lo que hace, en el sentido más radical de la expresión: él mismo está en juego, y puede salir ganador o perdedor del lance[1].


El tema de este escrito es la cultura, noción polisémica que a día de hoy se sitúa en el centro neurálgico de una parte muy significativa de la reflexión filosófica. Los aportes son muy variados y, desde luego, ya desde hace tiempo incorporan resultados procedentes del estudio empírico de las culturas, digamos, de los modos de pensar y de vivir que se han ido acuñando en las comunidades humanas en los diversos espacios geográficos y tiempos históricos. Antropología filosófica y antropología cultural discurren parejas, pero aquí me centraré en los aspectos de la cultura que tienen más interés desde el ángulo filosófico-especulativo[2].

A esa luz resaltan los perfiles de una noción de cultura que, en los desarrollos de muchos pensadores contemporáneos, parece cada vez más contrapuesta a la de naturaleza. Examinaré algunos de esos desarrollos –casi todos ellos en la senda postkantiana– y trataré de corregir esa contraposición, que me parece falsa. En último término, la necesidad de cultura –de cultivar y acrecentar lo que nació siendo, i.e lo que es por naturaleza– está implícita en el propio ser natural humano. El hombre es por naturaleza un ser cultural.


  1. Desde el comienzo deseo dejar clara mi postura contraria a los delirios del llamado lenguaje no sexista, o inclusivo, primero por respeto a la lengua castellana, y segundo por respeto al amable lector, para no fatigar sus meninges con la ilegible barra-a, o la delirante arroba. Pese a quien le pese –a algunos analfabetos portavoces, o «portavozas», de la «ideología del género» esto les pesa mucho–, en castellano la voz «hombre» –así como en alemán la voz der Mensch–, siendo gramaticalmente del género masculino, se refiere por igual a los varones y a las mujeres, pues ambos comparten por igual la índole humana, de la misma manera que con la voz «persona», siendo gramaticalmente del género femenino, no se menciona tan sólo a los individuos humanos que son mujeres.
  2. La voz «antropología» es la conjunción de dos vocablos griegos: anthropos, que significa «hombre», y logos, que significa «razón». Toda logía es un «decir» –legein es el verbo griego que traducimos así–; antropología, por tanto, es discurso racional sobre el hombre.


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