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3 El dispositivo de la transexualidad

El nacimiento de un concepto

El término transexual fue acuñado por primera vez por Magnus Hirschfeld en 1910. El mismo utilizó el concepto de “transexual psíquico” para referirse a lo que entendía como una modalidad particular de travestismo fetichista. Tal como expuse en el capítulo 2, en aquel momento todavía no se había establecido una nítida separación clínica entre los conceptos “travestismo”, “transexualidad” y “homosexualidad”, por el contrario, todas estas experiencias eran englobadas bajo la amplia categoría de la desviación (Bento, 2006). El término volvió a ser utilizado recién en 1949 por parte de David O. Cauldwell, psiquiatra estadounidense. Con esta categoría buscaba diferenciar lo que entendía como un pasatiempo excéntrico (vestir con ropas del otro sexo) de un fenómeno en el cual individuos que pertenecen físicamente a un sexo, se sienten psicológicamente del sexo contrario y desean alterar sus rasgos físicos quirúrgicamente (King, 1998). A estos últimos refirió con el término transexual. El psiquiatra desarrolló un esquema basado en un continuum normalidad-transexualidad y ubicó al travestismo en un lugar intermedio entre ambos. Ello se dio luego de la aparición en la prensa europea de dos casos de cirugías genitales –llamadas cirugías de cambio de sexo– durante la década de 1950, tras los cuales resurgió el interés por parte de la medicina en abordar el llamado fenómeno transexual (Soley Beltrán, 2003)[1].

En 1953 el endocrinólogo alemán Harry Benjamin retomó el término. A partir de sus trabajos, sustentados en el desarrollo del conocimiento del sistema endócrino y la técnica quirúrgica para la cirugía genital, comenzaría a delinear las ideas sobre las que se erigiría posteriormente todo un dispositivo medicalizante de la transexualidad. Al igual que el travestismo, la transexualidad ha sido “una realidad socialmente producida, que solo existe en y a través de la práctica médica” (Billings y Urban, 1998:92). Frente al cuadro descrito por Cauldwell, Benjamin consideró que el tratamiento con hormonas sintéticas y la cirugía genital era la única alternativa terapéutica posible, descartando la efectividad del tratamiento psicoterapéutico. Para Benjamin, un correcto encuadre del tratamiento se orientaría no a curar sino más bien a adaptar la corporalidad a la autorepresentación. Esta idea encontró la oposición de profesionales de la salud mental, especialmente psicoanalistas, dado que la opción quirúrgica muchas veces era considerada mutiladora (King, 1998; Fernández, 2004; Bento, 2006).

En 1955 John Money, médico neozelandés radicado en los Estados Unidos, profundizó en las bases teóricas de la propuesta de Benjamin. Una parte importante de sus desarrollos se basó en el estudio del llamado hermafroditismo o intersexualidad. La base empírica de sus formulaciones fueron intervenciones quirúrgicas realizadas a bebés nacidos con lo que en el campo médico es entendido como una genitalidad ambigua. Money fue quien desarrolló los conceptos de género y rol de género. Dichos conceptos se inspiraron en las prácticas médicas desarrolladas sobre niños y niñas intersex. Los desarrollos de Money y Benjamin entendieron al sexo como un concepto compuesto por distintas dimensiones: cromosómica, genética, anatómica, gonádica, endocrina, psicológica y social (Frignet, 2003). Money desarrolló la noción de “rol de género”, considerando éste como maleable y educable hasta los dieciocho meses de vida. Las intervenciones sobre bebes nacidos con genitales considerados ambiguos tenían un primer momento de definición quirúrgica del sexo genital y un segundo momento de educación del género en base a dicha definición (King, 1998). Si bien estas ideas partían del supuesto de que el género era una dimensión maleable de la identidad hasta cierto momento de la vida, también entendían que una vez pasado ese momento, el género cristalizaría en algo tan inmutable como la propia biología. Bajo dicho ideario, la diferencia entre la transexualidad y la intersexualidad radicaría en que en los cuadros intersexuales el papel de la práctica médica debía encontrar el sexo verdadero en términos biológicos y adecuar la genitalidad a dicha verdad camuflada bajo la presencia de genitales con aspecto ambiguo. En el caso de la transexualidad, para Benjamin la verdad del sexo se ubicaba en el ámbito de la subjetividad. Como se vio en los documentos analizados previamente, en el centro de dicho esquema se encontraba la imperiosa tarea de develar la verdad del sexo[2]. Tanto Money como Benjamin desarrollaron una perspectiva en la que la ciencia, en conjunto con las tecnologías disponibles de modificación corporal, debía asegurar la diferencia sexual cuando esta se presentara camuflada o confusa.

Estos desarrollos conceptuales y la emergencia de nuevas prácticas médicas en torno a las formas genéricas no normativas, se enmarcaron en un proceso de más largo alcance en el que el desarrollo del conocimiento del sistema endócrino tuvo un rol central. Su mayor logro fue la creación de la píldora anovulatoria. La píldora, invención biopolítica pequeña en tamaño y grande en efectos, implicó un cambio radical en las formas de representación y regulación de la sexualidad en general. Al tiempo que permitió que muchas mujeres controlaran por sí mismas su capacidad reproductiva escindiéndola del placer sexual, la regulación de su uso y distribución por parte de los Estados se insertó en un debate más amplio en torno a la planificación demográfica a través del control de la natalidad[3]. Paul B. Preciado (2009)[4] argumenta que su creación en Estados Unidos en la década de 1950 contribuyó a la construcción de la ficción somática del modelo de la joven blanca femenina y fértil de América del Norte, exportada luego al mundo entero. La píldora se constituye entonces como caso paradigmático del conjunto de técnicas de producción somática de género dado que se nutre de la producción artificial de hormonas para producir unas subjetividades generizadas particulares. El surgimiento de la píldora se enmarcó en un proceso de cambios en las representaciones en torno a la sexualidad, que redundó en la emergencia de una noción de sexo compleja y pluridimensional. Esta incluyó al género, pero entendiéndolo en coherencia con el resto de las dimensiones que componen el sexo (genético o cromosómico, gonadal, hormonal). Si dicha coherencia no estuviera dada de modo natural, entonces debería ser producida a través de las técnicas médicas disponibles. Este mismo esquema es el que se vio replicado en el dispositivo médico de la transexualidad.

Siguiendo a la socióloga brasilera Berenice Bento (2006), en la teoría de la transexualidad se dio un amistoso encuentro entre dos perspectivas aparentemente contradictorias: la biología a través de la endocrinología y las teorías constructivistas del género. Una vez instalado en el campo médico, el dispositivo de la transexualidad se bastó no solo de estos discursos teóricos, sino también de unas prácticas quirúrgicas fuertemente reproductoras de las normatividades genéricas hegemónicas.

Hacia la década de 1960 la transexualidad logró instalarse como fenómeno y categoría al interior del campo médico, en especial luego de la publicación del libro El fenómeno transexual escrito por Benjamin en 1966[5]. Dos años antes de dicha publicación, el psicoanalista norteamericano Robert Stoller había acuñado el concepto “identidad de género” para referirse a lo que Money había denominado rol de género. Es decir, el sentido subjetivo desarrollado por el hecho de pertenecer a uno u otro sexo. Si bien ambos entendían al género como un sentimiento interior que constituía una dimensión central de la identidad de las personas (Soley Beltrán, 2003), Stoller buscaba diferenciarlo de la noción de identidad sexual vinculada a la eroticidad y la orientación sexual (King, 1998).

En su nuevo libro, Benjamin estableció las bases para diagnosticar el transexualismo verdadero. Esto era un factor decisivo ya que desde su perspectiva, las intervenciones quirúrgicas y hormonales solo debían ser realizadas luego de corroborarse la autenticidad del cuadro patológico. Estos desarrollos se plasmaron en una serie de protocolos aplicados a mediados de 1960 en las Clínicas de Identidad de Género creadas en Estados Unidos y replicadas luego en diversas partes del mundo. A partir de la década de 1970 la transexualidad comenzó a ser entendida como “Síndrome de disforia de género” luego de la formulación del psiquiatra norteamericano Norman Fisk en 1973.

Para finalizar con el recorrido teórico del concepto, en 1979 Benjamin editó los Standards of Care for Gender Identity Disorders – SOC en los que estableció un método estandarizado para el diagnóstico y tratamiento de la transexualidad. Inicialmente el proceso de diagnóstico se orientaba a corroborar tres aspectos: el sentimiento de ser parte del otro sexo, el uso temprano y persistente de vestimentas del sexo opuesto sin un sentido erótico y el desprecio hacia el comportamiento sexual homosexual. Pasado el proceso de diagnóstico, el tratamiento se componía de tres etapas progresivas e inescindibles: una psicológica, una hormonal y por último, una quirúrgica (Bento, 2006). A continuación se abordará el proceso de inclusión de dichos conceptos y perspectivas en los manuales diagnósticos de mayor circulación mundial.

El transexualismo en los manuales de diagnóstico psiquiátrico

Un claro indicador de la instalación médica del concepto fue su inclusión en los manuales de clasificación de enfermedades y trastornos mentales de uso generalizado entre profesionales de la salud de todo el mundo. Esto es, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud. Estos manuales tienen por objetivo orientar el diagnóstico y tratamiento de enfermedades y trastornos mentales acorde a patrones y protocolos avalados por la comunidad científica. La CIE incorporó un apartado sobre trastornos mentales en su quinta edición en la década de 1950, bajo el título “Enfermedades del sistema nervioso y de los órganos de los sentidos”. Allí las desviaciones sexuales fueron entendidas como “Trastornos de la personalidad”. En 1966 se incluyó el diagnostico de “Travestismo”, junto con el de “Homosexualidad” dentro del capítulo sobre “Desviaciones sexuales”. El CIE 9 de 1978, en el que se eliminó la homosexualidad como trastorno mental[6], representó la primera aparición del término “Transexualismo” en una clasificación internacional de enfermedades, ubicado también al interior del apartado de las “Desviaciones sexuales”. En 1992 se publicó la CIE 10. Allí, el “Transexualismo”, conjuntamente con el “Travestismo no fetichista” y el “Trastorno de la identidad de género en la infancia”, fueron ubicados dentro de la categoría englobadora de “Trastorno de la Identidad de Género – TIDG”, diferenciándolos de los “Trastornos de la inclinación sexual” (Fernández Rodríguez y García-Vega, 2012).

La primera versión del DSM fue publicada en 1952, presentando un apartado de “Desviaciones sexuales” que incluía tanto la homosexualidad como las perversiones. En su segunda versión de 1968, se incluyó la categoría “Trastornos de la orientación sexual”, incorporando allí el “Travestismo” y la “Homosexualidad”. El DSM III de 1980 también eliminó la homosexualidad y creó una nueva categoría: el “Trastorno de la identidad sexual”. Allí incorporó el diagnostico de “Transexualismo”. En la versión de 1994 se lo reemplazó por el de “Trastorno de la identidad de Género” que, conjuntamente con las parafilias y las disfunciones sexuales conforman el apartado de “Trastornos sexuales y de la Identidad de Género” (Fernández Rodríguez y García-Vega, 2012)[7].

A partir de la década de 1970, en paralelo a la eliminación de la homosexualidad como patología, la categoría de transexualismo fue incorporándose conjuntamente con el travestismo a la lista de trastornos de la inclinación sexual. Recién a partir de la década de 1990 comenzó a entendérselo como un trastorno no de la orientación sexual, sino de la identidad. Dicha categorización tiene como trasfondo la separación conceptual entre sexo, orientación sexual y género que comienza a instalarse en dicho momento histórico.

La aparición y mutación de estos conceptos y categorías da cuenta de la imposibilidad por parte de las ciencias médicas de asignar un sentido último a aquellos procesos subjetivos que discuten con la linealidad sexo-género-deseo. La instalación médica del concepto de transexualidad ha de inscribirse en lo que Ivan Illich (en Conrad, 2007) definió como medicalización de la vida, en referencia al creciente proceso por el cual asuntos no médicos comienzan a ser concebidos y abordados como problemas médicos en las sociedades modernas y occidentales. Dicho proceso se apoyó en el avance epistémico y tecnológico de la medicina moderna que inauguró todo un aparato de medicalización colectiva a cargo del Estado, en paralelo a la emergencia de una retórica de la enfermedad y el sufrimiento que exime a los sujetos de su responsabilidad de desafiar la norma, siempre que se encuentren insertos en algún tipo de dispositivo de cura. Como corolario, hizo surgir el rol de enfermo en tanto categoría culturalmente disponible para los médicos y los sujetos con el fin de minimizar el carácter subversivo o amenazante para el orden social de la desviación (Parsons, en Conrad, 2007).

En consonancia con este proceso, hacia la década de 1960 la transexualidad logró instalarse como fenómeno no sólo al interior del campo médico, sino también como categoría identitaria. A continuación se abordan las formas en las que los conceptos y teorías se pusieron en práctica en el marco de la práctica médica cuando las personas se acercaban a las instituciones de salud a solicitar tratamientos hormonales y quirúrgicos para adquirir una corporalidad acorde a su identidad de género.

El dispositivo médico de la transexualidad

Como se expuso previamente, a partir de la década del 1950 se produjeron una serie de teorías orientadas a la definición de una patología (la transexualidad) y un personaje (el/la transexual). Dichos desarrollos encontraron una particular dificultad para la definición del verdadero transexual, al que la disciplina médica debía diferenciar tanto de la esquizofrenia como del travestismo fetichista. Teniendo dicho objetivo en la mira, en los SOC antes mencionados fueron definidas las características que debían presentar los sujetos para ingresar a los tratamientos con el fin de adecuar la genitalidad a la identidad. Sólo quienes se presentaran de forma autentica –o aprendieran a performar correctamente– aquellos atributos, podrían ser admitidos en tratamientos médicos que incluían terapias hormonales y cirugías.

Berenice Bento en su libro A reinvenção do corpo. Sexualidade e gênero na experiência transexual (2006) analizó el proceso de subjetivación atravesado por los sujetos que ingresan a las “terapias de transgenitalización”. Para la autora, en tanto dispositivo[8], el de la transexualidad poseía una doble valencia: como estrategia de control y normalización de la desviación, y como productor de unas subjetividades particulares. Siguiendo a Bento, la aplicación del diagnóstico de Transexualismo o Trastorno de la Identidad de Género implicaba una exhaustiva evaluación que incluía una historia de vida, un test psicológico y sesiones de terapia, sumadas a las evaluaciones médicas de rutina. Una vez que el candidato atravesaba exitosamente todas las pruebas y era posible afirmar que se adecua a los parámetros del diagnóstico, era finalmente incorporado al tratamiento. Se trataba de un proceso de evaluación permanente, no sólo en lo que refiere a las respuestas al protocolo escrito –que incluían terapias psicológicas, terapias hormonales, test de la vida real, test de personalidad, etc.– sino también a la evaluación en base a una serie de protocolos invisibles. Bajo este término la autora refería a los comentarios, miradas y censuras que circulaban entre los médicos tratantes que, sin obedecer a ningún criterio oficial, juzgaban y evaluaban la correcta adaptación a los patrones genéricos. Era negativamente percibido cualquier gesto o disposición corporal que presente rasgos de ambigüedad. Tanto los protocolos formales como los invisibles hablaban el lenguaje de la corrección, adaptación y normalización (Butler, 2006a). Frente ellos, los/as pacientes desarrollaban estrategias de adaptación y negociación, proceso que generaba efectos regulatorios en sus performances y subjetividades a nivel estilístico, corporal y gestual. Al mismo tiempo, dado que la definición de disforia refiere a una experiencia de angustia, también debían aprender a movilizar los sentimientos de compasión en los/as profesionales de la salud.

Los SOC rigen aún hoy las prácticas de atención médica de todo el mundo y son redactados por la World Professional Association for Transgender Health (WPATH). Al igual que los manuales de diagnóstico psiquiátrico, son revisados periódicamente. En su 7° versión del 2011 se introdujeron conceptos despatologizantes que reconocen las múltiples posibilidades identitarias y corporales.

La dimensión jurídica del dispositivo de la transexualidad

El abordaje del dispositivo de la transexualidad estaría incompleto si no se prestara atención a su dimensión legal. Si bien la institución médica ha delimitado el campo de aplicabilidad del diagnostico sobre las experiencias de los sujetos, es el campo judicial el que en Argentina hasta el 2010, tuvo la última palabra en lo que refiere la autorización de cirugías y cambios registrales de sexo y nombre. De este modo, conjuntamente con el discurso médico, el campo jurídico ha sabido ganarse el lugar de coproductor del fenómeno transexual a través de una dinámica de producción de discursos con operatividad social. De este modo, el conjunto de intervenciones clínicas y jurídicas articularon unas estrategias particulares de poder-saber que erigieron todo un dispositivo de producción la transexualidad.

Los documentos oficiales implicados en la regulación legal del transexualismo en nuestro país hasta la aprobación de la Ley Nº 26.743 de Identidad de Género en 2012 fueron fallos judiciales en los que se evaluaban solicitudes de cambio de nombres y sexo legal. Dichos fallos constituyen un entramado discursivo polifónico en el que las categorías médicas recién desarrolladas se ubicaban como principio central de inteligibilidad. Hasta el 2012 no existía una norma general que regulara la realización de cirugías genitales y/o de cambio de nombre y sexo registral. Dicha vacancia legal fue la que determinó que fueran los/as jueces/zas quienes decidieran en tales pedidos. Las normativas invocadas ante dichas solicitudes eran la Ley de Ejercicio de la Medicina (Ley N° 17.132), la Ley de Identificación de las Personas (Ley N° 24.540) y la Ley del Nombre (N° 18.248). La primera de ellas, en su artículo Nº 19 establecía que profesionales de la medicina se encontraban impedidos de llevar a cabo intervenciones quirúrgicas que modificaran el sexo las personas, salvo que estuvieran autorizadas judicialmente. Por su parte, la Ley de Identificación de las Personas y la Ley del Nombre disponían la obligatoriedad de identificar a los/as recién nacidos/as mediante el registro del nombre, sexo y huellas digitales. Asimismo, establecían que esos datos solo podrían modificarse si “mediaren justos motivos” plasmados en una resolución judicial[9].

En el relevamiento documental realizado a los fines de la presente investigación, se hallaron una totalidad de dieciocho fallos judiciales producidos por el fuero civil emitidos a partir de 1989 que evalúan y aprueban las solicitudes de intervención quirúrgica y/o cambio registral de sexo y nombre. De los dieciocho fallos, tres fueron emitidos por un juzgado nacional, nueve por juzgados de la Provincia de Buenos Aires y dos por la Provincia de Córdoba. Los restantes fueron producidos en La Rioja, Jujuy, Santa Fe y Mendoza. Se observa entonces que dichos pedidos se han extendido a lo largo de las distintas regiones del país. De los dieciocho fallos, catorce corresponden a pedidos realizados por personas que solicitaban ser reconocidas bajo la identidad femenina. Los cuatro restantes corresponden a casos en los que se solicitó el reconocimiento de la identidad masculina. En tres casos el pedido incluía la solicitud de autorización para acceder a la intervención quirúrgica genital. Las restantes ya se habían realizado las intervenciones quirúrgicas en otros países[10]. En uno de los fallos el pedido refería a una persona menor de edad.

A fin de ahondar en las particularidades de la dimensión jurídica del dispositivo de la transexualidad, a continuación analizo tres fallos en los que la retórica del dispositivo de la transexualidad es central en la resolución jurídica de los pedidos de cambio de nombre y sexo registral. Analizo tres fallos entendidos como casos típicos, ya que allí se evaluaban solicitudes de cambio de nombre y sexo legal de personas que solicitan ser reconocidas como pertenecientes al género femenino y que habían pasado por una cirugía genital previamente.

Para comenzar, analizo el primer caso en el que un operador jurídico reconoció el pedido de la persona solicitante de acceder al cambio registral. Por tratarse del voto en minoría de una Cámara de Apelaciones, la sentencia fue negativa. El segundo fallo que analizo es se corresponde con el primer caso en el que el pedido fue evaluado positivamente en su totalidad. El último fue producido por una Corte Suprema Provincial diez años después del primero, fue seleccionado teniendo en cuenta la legitimidad y autoridad que emana de dicha instancia legal.

El fallo “Calatayud”

El primer fallo que analizo fue producido por un Juzgado Nacional en lo Civil en 1989 (en adelante “Fallo Calatayud”). El mismo puede ser pensado como un fallo bisagra, dado que allí se identifican argumentos que se condicen con la gramática del peligro social desarrollada en el capítulo 2, al tiempo que ubica al fenómeno transexual como el principio explicativo fundamental. El fallo fue negativo, ya que la mayoría de la cámara se pronunció en contra al pedido de la solicitante. Sin embargo, el voto en disidencia del juez en minoría representó el primer caso en el que un actor judicial evaluó positivamente un pedido de estas características.

En el posicionamiento de la mayoría (los jueces Mirás y Dupuis) distinguieron el pedido de dos situaciones que consideraban, ameritaría un tipo de tratamiento jurídico específico: “no se trata ya de constatar un error de inscripción, o de la situación de los llamados hermafroditas en que es preciso definir el sexo” (Mirás y Dupuis, fallo Calatayud). Inscribieron la solicitud de la demandante dentro del fenómeno transexual, al que definieron de la siguiente manera:

La condición psiquiátrica caracterizada por el deseo de negar o cambiar el sexo biológico real por el opuesto. El transexual, se ha dicho, tiene una persistente preferencia por el rol de género opuesto, basada en la convicción de que él o ella en realidad pertenece al otro sexo y está atrapado o atrapada en el cuerpo equivocado, pese a conservar la anatomía normal para su sexo (Mirás y Dupuis, fallo Calatayud).

El reconocimiento público de las corporalidades no normativas fue cifrado no sólo en los términos jurisprudenciales –ya que debía adecuarse al lenguaje y ordenamiento lógico del discurso jurídico–, sino también en los términos del diagnóstico médico. Los jueces en mayoría presentaron una noción de sexo multidimensional, afirmando que “no se puede considerar el concepto de sexo fuera de una apreciación pluralista, resultante del equilibrio, entre varios factores: genéticos, somáticos, psicológicos y sociales” (Mirás y Dupuis, fallo Calatayud). Si bien adscribieron a esta concepción múltiple del sexo, sostenían que en los casos en que dichos componentes se distanciaran de la linealidad y coherencia esperada, debía resguardarse la dimensión prevalente. Afirmaron entonces que “hay un elemento que permanece inalterable (…) que es el llamado sexo genético” (Mirás y Dupuis, fallo Calatayud). Desde esta óptica, para los jueces debía resguardarse jurídicamente aquella dimensión que, por ser inalterable, era portadora de la verdad jurídica del sexo.

La decisión de negar lo solicitado se basó en argumentos muy similares a los fallos analizados en el capítulo anterior. Consideraron que otorgar lo solicitado por la demandante pondría en juego el orden público y la moral de la sociedad: “la justicia debe estar al servicio de la verdad y no le es dable a los jueces alterar la naturaleza misma de las cosas” (Mirás y Dupuis, fallo Calatayud).

En contraste con dichos argumentos, la disidencia del juez Calatayud postuló una defensa de las decisiones individuales amparándose en la vacancia legal sobre la materia en cuestión. En este sentido el juez afirmó: “pongo el acento en esa decisión libremente adoptada por el individuo (…) máxime teniendo en cuenta que se trata de situaciones no contempladas expresamente en ley alguna” (Calatayud). Reconociendo que la intervención quirúrgica que “atenta contra el orden y la normalidad de los sexos ya (había) sido realizada”, consideró que era deber del derecho prestar una protección jurídica particular a la persona solicitante, a fin de promover su integración social:

Una vez que el individuo ha logrado, previa operación, adecuar su anatomía con su sexo psicológico, sin lugar a dudas debe ayudárselo a insertarse en la sociedad reconociendo legalmente su nuevo status (…) lo contrario importaría tanto como marginarlo de la sociedad (Calatayud, fallo Calatayud).

Además del desarrollo de los principios defendidos, al llegar al final de su exposición expresó que la decisión tomada había sido fruto de la entrevista personal que había tenido con la persona solicitante. En base a dicho encuentro expresó que

Si alguna duda albergué en un comienzo, ella se vio disipada luego de la entrevista personal que este Tribunal mantuviera con P., en donde me impactó el hecho que su apariencia y modales, absolutamente femeninos, me habrían imposibilitado, de no conocer las circunstancias del caso, considerarlo del sexo opuesto (Calatayud, fallo Calatayud).

La decisión favorable se basó entonces en el sorpresivo e impactante hecho de corroborar una encarnación del género femenino de un modo tan correcto, que resultó casi imposible percibir que no se trataba de una mujer natural. En este posicionamiento se sopesó como factor predominante para la decisión jurídica la dimensión conductual del sexo. Retomando a Berenice Bento, en el ámbito jurídico también operan una serie de protocolos invisibles basados plenamente en las apreciaciones personales de los funcionarios públicos.

El fallo “Dreyer”

El primer fallo favorable a un pedido de rectificación de nombre y sexo legal fue producido en 1997 por parte de un Juzgado de Primera Instancia en lo Civil y Comercial de Quilmes (en adelante “Fallo Dreyer”). Se trató de una solicitud de rectificación de nombre y sexo registral de una persona que se había realizado una cirugía genital feminizante en el extranjero. El juez refirió que el pedido presentado no se encontraba contemplado en la regulación legal vigente en su el país en ese momento. Su evaluación positiva se fundamentó en los tratados de derechos humanos incorporados en la entonces reciente reforma constitucional de 1994. Realizó una interpretación particular de dicho marco normativo. Para el juez, tanto la existencia de los tratados internacionales de derechos humanos como el estado evolucionado de la ciencia moderna, son resultado de un profundo proceso de ruptura de los esquemas tradicionales, que transgreden “un preconstituido Orden Natural” (Fallo Dreyer):

Las modernas sociedades occidentales (…) han roto sus ligámenes con dicho tradicionalismo cultural y han incorporado a sus regulaciones jurídicas innumerables manifestaciones individuales o participativas que disienten con dichos parámetros (Fallo Dreyer).

En tanto que operador de justicia, debía adaptarse entonces a “un orden y una moral pública adecuados a estos tiempos, ya que los mismos no pueden desentenderse de los vaivenes de los cambios en la vida social” (Fallo Dreyer). Consideró a la transexualidad como una forma particular de personalidad, fruto de un contexto de paulatina pérdida de vigencia de los valores tradicionales. Definió a la transexualidad como:

Una tipología humana que escapa al esquema básico de hombre-mujer, la que tiene pleno acceso a manifestarse, sin pudores, en la vida de relación y aun en los medios de comunicación, sin que ello traiga expresiones de crítica o de rechazo pleno (Fallo Dreyer).

A fin de comprender las particularidades dicha tipología, el juez se preguntó sobre la causa biológica de la transexualidad. Basándose en los desarrollos de dos juristas, expuso dos variantes. Por un lado, las causas genéticas, es decir, la existencia de un gen particular para el caso transexual. Por otro, refirió a la dimensión del sexo psicosocial, igual de irreversible que la condición genética una vez constituido. Entendió a la tipología transexual como una condición que escaparía al control de los propios sujetos. De este modo, consideró que las personas transexuales no pueden ser juzgadas ni moral ni jurídicamente, ya que tanto sus causas orgánicas como los factores que constituyen la personalidad, escapan a su libre voluntad. Pero, a criterio del juez, nadie por propia voluntad elegiría dicha forma de vida.

Como pruebas para la evaluación del pedido remitió a una serie de pericias médicas y psicológicas. El examen morfológico externo corroboró que la solicitante poseía “características sexuales femeninas, las cuales fueron logradas a través de actos quirúrgicos y tratamientos que el paciente luego relata y confirma” (Fallo Dreyer). A su vez, e informe psicológico afirmaba:

El periciado se ha identificado femeninamente y ha asumido en consecuencia dicho rol. Ha vivido desde su adolescencia como mujer y como tal se ha desempeñado. Su identificación femenina le ha conducido a sobrecompensar el aspecto maternal, el que pareciera ha sido desempeñado satisfactoriamente, priorizando este rol a todos los otros posibles (Fallo Dreyer).

La presencia de una fuerte disposición hacia lo maternal colaboraba con una correcta encarnación del género legalmente requerido. La pericia estableció que “la no correspondencia entre su aspecto físico y los documentos que al exhibirlos niegan su actual situación, le acarrea sufrimientos y serias dificultades de orden social y práctico que atentan a lograr un equilibrio más sólido y coherente en su vida” (fallo Dreyer). La resolución positiva de su solicitud se presentó como un medio para aplacar el sufrimiento y las dificultades sociales de la solicitante.

El fallo “Corte Suprema de Justicia de la Provincia de Buenos Aires”

A partir del fallo favorable recién analizado se emitieron una serie de fallos similares. A continuación analizo uno producido por la Corte Suprema de Justicia de la Provincia de Buenos Aires diez años después del primer fallo positivo (en adelante, “Fallo Corte Suprema”). El mismo ha sido seleccionado a fin de analizar la forma en las que variaron con el tiempo los argumentos esgrimidos por los operadores jurídicos frente a los pedidos de cambio de nombre y sexo registral de las personas trans, teniendo en cuenta la legitimidad y autoridad que emana de dicha instancia legal.

Al igual que los casos ya analizados, se trató de un pedido de autorización de cambio de nombre y sexo registral de “masculino” a “femenino” de una persona que se había realizado previamente una cirugía de genital feminizante. Los tres votos de los Jueces de la Corte revocaron de forma unánime una sentencia anterior en la que un Tribunal de Familia había priorizado la “inalterabilidad del sexo cromosómico” sobre la identidad autopercibida.

El fallo comenzó presentando la solicitud y las pericias medico-psicológicas obtenidas. Se expuso que la solicitante era una persona de “caracteres morfológicamente femeninos, con constitución genética masculina (…) sin que se hayan detectado anomalías estructurales” y que la “configuración psíquica de su sexualidad (se) corresponde a una mujer” (De Lázzari, fallo Corte Suprema). En base a dichas pericias uno de los jueces afirmó que el pedido se originaba en el hecho de que la persona padecía del síndrome de transexualismo, entendido como:

El sentimiento profundo e inquebrantable de pertenecer al sexo opuesto a aquél que es genética, anatómicamente y jurídicamente el propio. Acompaña a tal síndrome la necesidad intensa y constante de cambiar de sexo y de estado civil, puesto que el sujeto se siente víctima de un error insoportable de la naturaleza (De Lázzari, fallo Corte Suprema).

Dicha definición del transexualismo se adecuaba fielmente a la de los manuales de diagnóstico psiquiátrico vigentes al momento de elaboración del fallo.

El juez consideró que para arribar a una correcta resolución del caso era necesario desentrañar el interrogante “¿qué es el sexo?”. Presentó entonces una concepción multidimensional de sexo, conformada por lo cromosómico, lo gonádico, lo hormonal, lo genital externo, lo anatómico y lo psicológico. Luego expuso la noción de “género” para referirse al aspecto cultural del sexo, “en el que influyen la psiquis y la vida de relación en general, y se corresponde con el que la sociedad asigna a un individuo, a veces teniendo en cuenta su sexo” (De Lázzari, fallo Corte Suprema).

Otro de los jueces entendió que “el transexual (…) es quien engendra ese simulacro, imitación, ficción o apariencia de mujer u hombre” y que, refiriéndose a la intervención quirúrgica genital, “lo obtenido (…) es una imitación superficial, meramente externa, una imitación o simulacro que (a través de la amputación de lo odiado y la implantación o reconstrucción dé un remedo de los atributos queridos) le trae, lo reitero, alivio a su yo interno” (Roncoroni, fallo Corte Suprema). Ambos jueces se preguntaron en qué medida les correspondía dar entidad jurídica a un simulacro. Lo que se encontraba en entredicho era la definición de la dimensión del sexo que, por ser portadora de la verdad, debía primar en términos jurídicos.

Una vez establecida la distinción entre una noción de sexo estático (el genético) y otro dinámico (el psicosocial), el juez De Lázzari afirmó:

De ambos aspectos ha de prevalecer este segundo: las razones para ello son las mismas que aquellas por las cuales, cuando hablamos de la capacidad jurídica de un individuo, no atendemos a la salud de sus músculos, sus huesos o sus células, sino a su madurez intelectual y a su desarrollo psíquico (De Lázzari, fallo Corte Suprema).

En base a este argumento, juez se inclina a otorgar la “ficción jurídica” de un sexo registral distinto al sexo biológico. Según Paula Viturro (2003) “lo que caracteriza a una ficción legal es (…) que la falsa asunción fáctica contenida en la regla general no está oculta por el engaño o la simulación, sino que es conocida” (Viturro, 2003: 141). El Juez Roncoroni equiparó la nueva identidad legal de la reclamante a una situación de adopción filial en la que el derecho “crea la ficción de una relación biológica” (Roncoroni, fallo Corte Suprema). Los jueces argentinos también hicieron uso del concepto de ficción jurídica para dotar de carácter legal situaciones que concebían como una afronta a la verdad natural. El concepto de ficción jurídica les permitió otorgar el pedido solicitado sin renunciar a la idea de que existe una verdad natural del sexo, que es biológica e inmodificable.

El dictamen favorable se basó en la valoración jurídica de la intimidad y la dimensión de lo privado, en el que radicaría la vivencia de la sexualidad y el propio cuerpo. No obstante, se hizo explícito que dicho derecho se otorgaba en tanto y cuanto no comprometiera la convivencia o el bien común. Es importante tener en cuenta que al momento de producción de este fallo eran recientes los debates y conflictos en el marco de la sanción del Código Contravencional de la Ciudad de Buenos Aires, abordados en el capítulo precedente. Para el juez De Lázzari,

La identidad sexual de C., que pertenece —sin duda— a la esfera de su mayor intimidad, en tanto no se exteriorice de una forma que pudiera afectar la convivencia social ni perturbe el bien común, no es de las acciones que interesan al orden jurídico (De Lázzari, fallo Corte Suprema).

El reconocimiento jurídico a la identidad genérica reclamada era entendido como un paliativo a un sufrimiento: “al derecho corresponde acompañarlo en su dolorosa realidad existencial” (De Lázzari, fallo Corte Suprema). Para el juez Roncoroni, el fin jurídico al que respondía el fallo era “buscar una justa respuesta al tormentoso divorcio entre el sexo biológico y el sexo sociopsicológico del transexual actor”. Por su parte, para el juez Hitters se trataba “no de un capricho ni de una simple tendencia, sino de un hondo problema existencial que compromete por entero el ser de la persona”.

En base al posicionamiento unánime de los tres jueces, se dio lugar al pedido, con la salvedad de que “la identidad sexual real de la persona (debía) resguardarse jurídicamente” a fin de asegurar el “derecho de los demás a no ser engañados”, es decir, en caso de matrimonio, adopción o competencia deportiva.

En investigaciones previas, Mauro Cabral (2003; 2006) identificó tres argumentos centrales para la evaluación positiva de los pedidos de cambio de nombre y sexo registral en el ámbito jurídico. En principio, la corroboración de la cirugía genital como hecho consumado. Luego, la correcta encarnación del género reclamado. Un tercer factor ponderado era la corroboración del sufrimiento psíquico. Ello ha de inscribirse en una trama de mayor alcance, en la que ciertas reivindicaciones de derechos son cifradas como pedidos de reparación a víctimas. En sus investigaciones, Mario Pecheny (2009) señaló que las demandas de legalización del aborto, anticoncepción de emergencia y VIH/Sida planteadas como asuntos exclusivamente sanitarios obtienen como contraparte la transformación de los sujetos en víctimas. Son discursos que adoptan una retórica neoliberal focalizada en la resolución de problemáticas individuales, dejando menguada la capacidad de agencia de los sujetos y la posibilidad de inscribir las vivencias en condiciones estructurales de desigualdad.

A fin de profundizar en las características que asume esta lógica, cabe retomar a Didier Fassin (2003), quien describe una serie de procesos en los que “el cuerpo sirve de recurso para reivindicar un derecho a título de enfermedad o sufrimiento” (2003: 201). El autor identificó y analizó una dinámica particular de gobierno de los cuerpos en las sociedades contemporáneas, que se basa en la “exposición de sí mismo, ya sea mostrando un ejercicio narrativo o de una revelación física” (Fassin, 2003: 204) frente a un agente estatal. Este mecanismo fue caracterizado por Fassin como biolegitimidad. A diferencia de una política pública que regula los cuerpos para prevenir, curar o proteger una población, afirma que se trata de “una política en la cual el cuerpo es el que da derecho, a título de enfermedad o de sufrimiento” (Fassin, 2003: 204). El autor identifica cuatro tópicos narrativos presentes en las demandas derechos bajo la lógica de la biolegitimidad: la necesidad, la compasión, el mérito y la justicia.

Las dimensiones de la necesidad y la compasión se encuentran presentes en los fallos analizados. En particular, en la manifestación y exposición del sufrimiento psíquico considerado inherente a la experiencia transexual. Pero esta forma de entender las experiencias vitales que se distancian del binarismo de género ubica a las personas que las experimentan como seres tutelables. Como afirma Mauro Cabral (2003) en su análisis de las solitudes para acceder a cirugías genitales, el padecimiento es equiparado casi inexorablemente con la heteronomía:

Según esta concepción ninguna persona verdaderamente transexual situaría su demanda de `cambio de sexo´ en el contexto de una elección autónoma de modificación corporal, ni la fundamentaría en el deseo y/o el placer, por ejemplo. Por el contrario, (…) localizan esa demanda en la imposición heterónoma de un padecimiento que, a la vez que obliga, constituye verdaderamente al individuo como transexual –volviendo por lo tanto jurídicamente atendible (y, podríamos arriesgar, socialmente soportable) la cuestión (Cabral, 2003: 3).

El mérito, otro de los tópicos destacadas por Fassin también se presenta en los fallos analizados. Para los jueces, la correcta encarnación del género reclamado es lo que hace a las personas “merecedoras” del derecho a acceder al cambio de nombre y sexo registral. Por ello, las personas que solicitaban dicha autorización hicieron uso de esa lógica argumental.

El último tópico, el de la justicia, se expone en la apelación a una serie de derechos consagrados constitucionalmente: el respeto a la vida privada, a los derechos humanos y a la no discriminación. Estos remiten a una noción de sujeto entendida bajo los términos del individuo liberal, cuyas fronteras identitarias –si bien pueden expresarse de diversas formas– resultan definidas de una vez y para siempre. Paradójicamente, a fin de acceder a la protección jurídica estipulada por dichas normas, los sujetos deben adecuarse a las categorías dicotómicas de género en las que dichas legislaciones se basan.

En el capítulo que sigue analizaré un corpus de documentos estatales producidos entre 2003 y 2012, siendo este el período comprendido entre la aprobación de la Resolución de la Secretaría de Educación de la Ciudad de Buenos Aires que garantiza el respeto al nombre propio de travestis, transexuales y transgéneros en las instituciones educativas de la Ciudad y la emergencia de una serie de fallos que autorizan el cambio de nombre y sexo registral sin requerir pericias médicas. En estas acciones estatales, el otorgamiento de derechos se fundamentó en el concepto del derecho humano a la identidad de género. Argumentaré que su aparición es subsidiaria de los las acciones políticas y desarrollos conceptuales de las organizaciones sexo-políticas y la teoría queer. Analizaré los significados y tensiones que envuelven dicha conceptualización y abordaré el modo en que las mismas se vinculan con la categoría identitaria y política de la transgeneridad.


  1. Las tecnologías de intervención quirúrgica sobre la genitalidad precedieron al diagnóstico. Siguiendo a Billings y Urban (1998), la primera operación de lo que fue llamado “cambio de sexo” fue realizada en Alemania en la década de 1930.
  2. Esta intrincada búsqueda de la verdad del sexo puede ser pensada en continuidad con los mecanismos de catalogación de los cuerpos y los deseos propios de la modernidad, abordados por Foucault (1985) en su texto “El sexo verdadero” (1985). Allí relata en caso de la joven francesa Herculine Barbin de fines del Siglo XIX. Herculine fue catalogada como hermafrodita a causa de su inclinación hacia formas antinaturales de sexualidad entendidas bajo la categoría de la ambigüedad sexual y fue obligada a cambiar de sexo legal. No logró adaptarse a su nueva identidad y terminó suicidándose. En su escrito, Foucault sostiene que “las teorías biológicas sobre la sexualidad, las concepciones jurídicas sobre el individuo, las formas de control administrativo en los Estados modernos han conducido paulatinamente a rechazar la idea de una mezcla de los dos sexos (…) (e)n adelante, a cada uno un sexo y uno solo. A cada uno su identidad sexual primera, profunda, determinada y determinante; los elementos del otro sexo que puedan aparecer tienen que ser accidentales, superficiales, simplemente ilusorios” (Foucault, 1985: 11).
  3. Sobre las características que asumió este proceso en el caso argentino, se recomienda ver Felitti (2012).
  4. En su artículo “La invención del género, o el tecnocordero que devora los lobos” (2009) publicado en nuestro país por el grupo activista Ají de Pollo, Preciado retoma la historia de Agnés, una joven francesa que, habiendo nacido con una anatomía masculina y tras años de ingerir pastillas de estrógenos robadas a su madre y adquirir los caracteres secundarios asociados al sexo femenino, se presenta ante un equipo médico al que les oculta dicho proceso de auto hormonización. Estos médicos la diagnostican como un caso de hermafroditismo verdadero y la autorizan a modificar su identidad legal y a realizarse una cirugía genital. Preciado analiza el caso arguyendo que Agnés logró apropiarse de las ficciones que regulan las prácticas médicas en torno a los casos de ambigüedad sexual. Para Preciado tango Agnés como su madre –quien tomaba la píldora anovulatoria diariamente- son cyborgs o biodrags, ya que se reproducen genéricamente a través de una ingesta regular de hormonas de producción farmacéutica y de este modo logran encarnan correctamente las “ficciones biotecnológicas de la identidad” (Preciado, 2009: 33).
  5. Como destaca Josefina Fernández (2004), este proceso de fijación del concepto al interior del campo médico se dio en paralelo a las primeras experiencias organizativas del travestismo en los países centrales.
  6. Siguiendo a Gemetro (2011), la eliminación de la homosexualidad de los manuales de diagnóstico psiquiátrico debe inscribirse en un marco de convulsión social global y la emergencia de movimientos de crítica cultural –feminismo, movimientos de independencia y descolonización, movimiento estudiantil, etc.-, proceso que redundó en una revisión de la práctica científica, así como la praxis académica en general. En este marco la autora afirma que “La psicología y la psiquiatría se vieron compelidas a contradecir sus principios discursivos de normalización e iniciaron acciones claves para la despatologización de la homosexualidad” (Gemetro, 2011: 99). No obstante, podemos pensar que dicho espíritu se vio truncado al reintroducir la patologización de la desviación sexual a través de la categoría del transexualismo.
  7. En su versión del 2013, el DSM 5 incorporó estas modificaciones en el apartado sobre “Disforia de género”. En la nueva versión, la categoría cuenta con su propio capítulo y se encuentra separada del de “Disfunciones sexuales y parafilias”. Allí incorpora la noción de “No conformidad de género” en un sentido que no refiere necesariamente a una experiencia del sufrimiento psíquico.
  8. Siguiendo a Foucault, se entiende por dispositivo al “conjunto decididamente heterogéneo que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales. Elementos que pertenecen tanto a o dicho como a lo no-dicho. El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos heterogéneos” (Foucault, 1991:128).
  9. Estas leyes fueron modificadas por la Ley de Identidad de Género sancionada en el año 2012 (Ley Nº 26.743) sobre la que se profundizará en el Capítulo 4.
  10. En estos casos, las operaciones se realizaron en Chile, Brasil y España


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