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Ciencia, cultura y desarrollo

1. La articulación ciencia, Universidad y desarrollo

En 1970 la UNESCO publicó el informe “El desarrollo por la ciencia” donde Jean Ladrière afirmaba en uno de sus capítulos: “Aunque el concepto de ciencia sea antiguo, la penetración de la ciencia en la práctica gubernamental y social es reciente. La mentalidad y el comportamiento científicos han invadido progresivamente, en el transcurso de este siglo, zonas cada vez más centrales de la actividad social”.[1]

En el libro “La Universidad del futuro” Jean Ladrière junto a otros colaboradores afirmaba en 1974 que “la interacción entre la Universidad y la sociedad se ha vuelto más intensa en la actualidad que en el pasado y tenderá sin duda a reforzarse aún más en el futuro”.[2]

En la cercanía de los años mencionados es cuando se comienza a asumir de manera generalizada que la educación, la ciencia y las innovaciones tecnológicas influyen de forma decisiva en el desarrollo de las naciones. Actualmente se habla de “la sociedad del conocimiento” o de la “sociedad de la información” para designar la culminación de este proceso. Observando la disparidad de los resultados obtenidos por los distintos países en el aprovechamiento de los conocimientos científicos y tecnológicos cabe preguntarse: ¿cuáles son las condiciones de éxito en este proceso?

En el libro “Universidad, política y sociedad”[3] sostuve que la eficacia social de las interacciones entre un tipo de Universidad y una sociedad depende del modo de articulación de los factores intelectuales y sociales. Apelando a esta hipótesis me propuse analizar la eficacia social de siete modelos universitarios: Francia (modelo napoleónico), Oxford-Cambridge, Berlin (Humboldt), el modelo soviético, China (Mao Ze Dung), EE.UU., el modelo latinoamericano.

Del análisis de esas experiencias se desprende que la eficacia social de las universidades no tiene un sentido unívoco sino que depende del modo preciso como esas instituciones se vinculan con la sociedad. En el caso francés fue una cierta concepción del Estado lo que definió el modo de inserción y la eficacia social de las universidades, “grandes écoles” y centros de investigación. En el caso británico Oxford y Cambridge sirvieron como agentes de legitimación y de valorización de la clase dirigente ilustrada. Lo cual hizo posible la formación de una “élite de poder” que le dio al país una posición dominante.

El modelo alemán de la Academia de Berlín (1810) constituyó una alianza entre la comunidad científica, el Estado y la burguesía industrial. La valorización del conocimiento científico y su vinculación con la búsqueda del poderío alemán fueron elementos que produjeron efectos evidentes. El modelo soviético, por su parte, surgió de un proyecto revolucionario pero quedó ligado a la burocracia política y estatal. A pesar de la fuerte influencia del modelo cientificista alemán el academicismo burocratizado no tuvo los mismos efectos por su débil articulación con la sociedad y la economía.

En la experiencia comunista china la República Popular adoptó primero el modelo soviético pero a partir de la “revolución cultural” de 1964 la vinculación estrecha con los sectores productivos y con los actores sociales produjo un vuelco significativo. Luego del período de las “tres modernizaciones”, que liquidó los aspectos ideologistas de la etapa anterior, las universidades y centros de investigaciones respaldaron las estrategias de desarrollo industrial, de innovación tecnológica y de apertura a los avances científicos mundiales. El espectacular crecimiento económico de China en las últimas décadas le debe mucho a esta circunstancia.

El modelo universitario norteamericano se fundó desde su origen en la poderosa amalgama que existía entre la comunidad y la educación. Lo cual facilitó la formación de una variedad de articulaciones con los distintos actores sociales, con la industria, con el agro, etc. La “multiversidad” norteamericana (concepto de Clark Kerr) se convirtió con el tiempo en el modelo de un sistema científico y universitario capaz de adaptarse rápidamente a cualquier demanda de la sociedad. Lo cual facilitó y confirmó la voluntad de potencia (el “destino manifiesto”) de los Estados Unidos.

El modelo latinoamericano que primero estuvo signado por la tradición ibérica ajena al pensamiento científico y centrada en la formación de profesionales, en el siglo XX se caracterizó por las tensiones contradictorias entre el control por parte de gobiernos autoritarios y la búsqueda de una autonomía que a veces deriva en la feudalización académica y otras veces se presenta como espacio para formular alternativas de poder. El movimiento de la Reforma Universitaria de 1918 (Córdoba) tuvo gran influencia en la formación de tendencias progresistas, liberales, socialistas y populistas. Pero la ausencia de una articulación orgánica entre la comunidad científica, el Estado, los actores económicos y las organizaciones sociales contribuyó a reproducir la disociación entre el discurso y la acción, o sea, la desintegración social.

La importancia del modo de articulación de los productores de conocimiento y de la sociedad ya había sido señalada por Jorge Sábato[4] al proponer como condición de éxito de las políticas científicas una relación triangular entre el Estado, los centros de investigación y el sector económico-financiero.

Desde otra perspectiva Burton Clark en El sistema de educación superior[5] sugiere un triángulo de articulación que tiene como vértices la autoridad estatal, el mercado y la oligarquía académica. Los diferentes modelos universitarios se distinguirían, según Clark, por su mayor proximidad y lejanía respecto de cada uno de estos vértices. La URSS figuraba ligada a la autoridad estatal mientras que EE.UU. estaba más cerca del mercado en tanto que Italia parecía controlada por la oligarquía académica.

Más recientemente Michel Porter en su libro La ventaja competitiva de las naciones[6] luego de un amplio estudio comparativo internacional sugiere que lo que parece definir el éxito de los emprendimientos en distintos países no es tanto la posesión de factores dados (recursos humanos, recursos naturales, capital, tecnología) sino “el despliegue de los factores”, o sea, la forma como los dirigentes deciden crear y articular los factores en juego. En ese sentido Japón aparece como el país que ha hecho el mayor esfuerzo por inventar o suplir recursos inexistentes (energía, recursos naturales, tradición tecnológica) en función de objetivos coherentemente establecidos (el tercer juramento que se impuso al Emperador Meiji en 1872 prometía captar por todos los medios los conocimientos científicos y tecnológicos para la grandeza de Japón).

2. La función de los sistemas de ideas y creencias

Los economistas de la educación y los sociólogos de la ciencia contemporáneos han mostrado suficientemente cómo las sociedades modernas llevaron adelante aquella afirmación de Francis Bacon en De Heresibus: “knowledge is power”. Desde los trabajos de Stroumiline,[7] Denison,[8] Schultz[9] y otros ya resulta obvio en la actualidad que la aplicación del conocimiento científico y tecnológico tiene una correspondencia directa en el desarrollo de una sociedad. A partir de esta constatación las agencias internacionales imbuidas por una creencia desarrollista promovieron de múltiples maneras el crecimiento de las universidades y de los centros científico-tecnológicos en los países subdesarrollados.

Todo este esfuerzo no dio los resultados esperables. ¿Por qué? Porque se creyó ingenuamente que la formación de universitarios o la creación de centros de investigación provocan por sí mismos impactos significativos. Este enfoque fracasó en diversas regiones porque no se tuvieron en cuenta los contextos, los mecanismos de articulación y los factores culturales.

El modo de articulación de los productores de conocimiento y de los actores económicos y sociales aparece en los casos estudiados como un factor decisivo para el éxito, pero dicha articulación supone una decisión estratégica que toma en cuenta los contextos y los objetivos de una sociedad. Obviamente, la capacidad para llevar adelante tales políticas exige una cierta coherencia entre los fines, los medios y los contextos.

Los factores culturales forman parte al mismo tiempo de los fines y de los contextos que las clases dirigentes tienen que tomar en cuenta para viabilizar un proyecto de desarrollo fundado en el aprovechamiento intensivo de la educación, la ciencia y las innovaciones tecnológicas. El tema de los valores culturales y su relación con el progreso de la sociedad ha recobrado una cierta actualidad.[10] Si bien no debemos omitir los factores económicos, políticos y sociales, resulta importante identificar los tipos de ideas y creencias que pueden influir en el modelo cultural de desarrollo.

Hemos señalado más arriba que la eficacia social de las universidades depende fundamentalmente del “modo de articulación” con la sociedad. Lo que podría interpretarse en el sentido de una estructura prefijada que trasciende los propósitos de los autores. Pensamos más bien que se trata de un dispositivo que depende en parte del sistema de ideas y creencias imperantes y de las políticas de conocimiento que la clase dirigente adopta. En este sentido, Jean Drèze y Jean Debelle, entre otros autores, intentaron mostrar cómo los distintos modelos universitarios fueron definidos por los fines que se propusieron.[11]

Este enfoque podría ser tildado de idealista si no tuviera en cuenta que todo sistema social se compone de acontecimientos, de actores, de procesos, de ideas y de estructuras interactuando de manera compleja.[12] A su vez, el sistema de ideas y creencias puede ser descripto de varias maneras.[13] Por nuestra parte, proponemos distinguir los siguientes tipos de ideas y creencias que operan en el subsistema cultural:

  1. la cosmovisión compartida con el conjunto de la humanidad;
  2. el modelo cultural de cada sociedad;
  3. los paradigmas científicos asumidos;
  4. los modelos de conocimiento;
  5. las ideologías;
  6. las creencias individuales.

Obviamente, en el desarrollo de una sociedad intervienen otros factores. El mismo Hegel, desde su modelo idealista no ignoraba esto cuando en la Introducción a la Filosofía de la Historia señala que la diferencia entre América del Norte y América del Sur intervienen la cultura ciudadana, el tipo de religiosidad, el modo de producción, el sistema político, la actitud frente a la industria o el modelo del poder. Por lo tanto, no deberíamos ignorar el contexto de mundialización, la relación entre los países centrales y los países periféricos, el peso del capital financiero, la organización social, el sistema de poder, etc.

El concepto de “complejidad” que propone Edgar Morin[14] tal vez permita comprender mejor las múltiples interacciones que operan en las sociedades actuales. Dentro del sistema-mundo la “noosfera”,[15] o sea el ámbito de las ideas y creencias, constituye una dimensión importante. ¿Por qué? Porque en la economía actual los factores tradicionales de acumulación (fuerza, propiedad, capital, trabajo) se han relativizado frente al uso intensivo del conocimiento. Y también, porque el trabajo se ha intelectualizado y el capitalismo post-moderno ha incorporado al mercado de consumo la información y los bienes simbólicos. En suma, el nuevo paradigma de la economía de conocimiento intensivo revaloriza de manera particular la función de las ideas y creencias.

3. Confrontaciones en el mundo de las ideas

Los factores sociales no son permanentes ni determinantes. El voluntarismo contemporáneo nos ha enseñado que la política puede corregir las falencias culturales y que la gestión puede transformar la economía. A pesar del alto grado de verosimilitud que tienen las teorías reproduccionistas de la educación, como la de Bourdieu,[16] lo propio del conocimiento es que no solo reproduce sino que también produce una sociedad.[17] La forma en que esto acontece está ligado al tipo de ideas y creencias que los actores adoptan. Para ilustrar esto podemos presentar algunas de las alternativas que ofrecen las ideas y creencias actuales.

Cosmovisiones en pugna

En la dimensión de las representaciones compartidas por el conjunto de la humanidad, diversas tendencias se disputan los contenidos de la cosmovisión que define el sentido de la civilización actual. La “globalización” es una de ellas y su contrapartida es el movimiento “anti-globalización”. También podríamos señalar las tendencias “mundialistas” confrontadas con los movimientos “étnicos”, “nacionalistas” y “localistas”.

Los movimientos ecologistas defienden como valor universal una idea de armonía con la naturaleza para oponerse a la civilización industrialista y consumista que impone el capitalismo. Cada una de estas opciones supone una actitud determinada frente al saber, la educación, la ciencia y la tecnología.

Otro aspecto significativo es la aparición de una conciencia planetaria y extraterrestre. La nueva cosmología transplanetaria impulsa en el imaginario colectivo el despliegue absoluto de todos los recursos científicos y tecnológicos. También podemos decir que, pese a las contradicciones existentes, todos los pueblos asumen la cultura tecno-científica como un aspecto distintivo de la civilización actual. Sin embargo, debido a los efectos perversos del desarrollo mundial asociado con el progreso científico-técnico han surgido movimientos opuestos al despliegue de la tecnología y la ciencia. La cultura “cyberpunk” expresa a través del cine y la literatura el viraje pesimista con escenarios futuros donde la degradación social coexiste con la invención de humanoides, seres biónicos y artefactos avanzados.

Cada uno de estos aspectos puede ser interpretado de diversas maneras. Mientras que muchos dan por sentado que la “globalización” es un “hecho” insuperable, otros consideran que es una mistificación. Se denuncia el carácter asimétrico de la globalización. Las empresas transnacionales pueden vender en todas partes sus productos a un valor de mercado equivalente para la economía global, pero sus empleados no cobran igual salario por igual trabajo. Por otro lado, la “globalización” económica o tecnológica requeriría lógicamente como su correlato un sistema político global que asegurara el control democrático de los ciudadanos mundiales sobre su espacio económico-tecnológico. En realidad, unos ven la “globalización” como internacionalización de los mercados, mientras que otros conciben la “mundialización” como una etapa hacia una comunidad mundial solidaria.

Esta cuestión ya estaba planteada en parte, a principios del siglo XIX, a propósito de la mundialización de la economía capitalista que exigía una correlativa organización mundial de los trabajadores. En todo caso, la discusión sobre el carácter de la globalización-mundialización es uno de los aspectos que tienden a definir la cosmovisión que podemos adoptar a nivel mundial. Otros aspectos significativos son también las actitudes que podemos adaptar frente al ecosistema (Cumbre de Río y de Kyoto), la existencia de un sistema jurídico transnacional (para juzgar violaciones a los derechos humanos, para regular los movimientos del capital financiero y de las transnacionales).

Los modelos culturales

Aquellos que se forman como parte de la identidad de los pueblos y comunidades contribuyen a definir actitudes singulares frente al conocimiento. Se suele indicar como un hecho evidente los resurgimientos religiosos que en todas partes están movilizando los actores sociales en variados sentidos: algunos de ellos rechazan formas de tolerancia e innovaciones de la vida moderna mientras que las grandes religiones monoteístas buscan coincidencias ecuménicas en torno a la idea de la dignidad humana y a los usos benéficos de los avances científicos.

Las luchas por la afirmación de las identidades culturales de los pueblos tienen múltiples manifestaciones en todos los continentes. Las guerras tribales, los conflictos interétnicos, las luchas autonomistas o regionalistas ocupan la escena en Europa, África, Asia y el Medio Oriente. La defensa de las identidades ancestrales interviene de diversas maneras en la forma en que cada comunidad desea apropiarse de los beneficios de la educación, la ciencia y la tecnología.

¿Hasta qué punto los modelos culturales de las comunidades y de los pueblos podrán contrarrestar la avalancha cultural de los medios de comunicación de masas? Muchos pensadores de diversas tendencias pronosticaron el triunfo aplastante de la homogeneización multimediática o de la sociedad de consumo capitalista. Sin embargo, la reivindicación de las identidades y de las diferencias culturales sigue siendo un tema central en la mayoría de los conflictos abiertos en el mundo.

Tensiones paradigmáticas

En el plano de los paradigmas científicos uno podría pensar que la universalidad está asegurada. Sin entrar a considerar las barreras culturales o religiosas que reprimen la difusión de ciertos paradigmas (como el de la evolución, la historicidad de los discursos o la explicación genética de los tipos humanos) encontramos también aquí tensiones importantes. La racionalidad científica se ha concebido a sí misma como un conocimiento universal y objetivo, pero ella misma contiene formas de saber y valores que no responden a la contrastación empírica o a la validez lógica.[18]

El “cientificismo” de algunos autores excluye de la racionalidad al psicoanálisis, la fenomenología, la hermenéutica o el constructivismo. El neo-darwinismo ha dado lugar a una socio-biología y a un neo-liberalismo que tienden a naturalizar las relaciones sociales. Quien ha seguido los avatares del programa Genoma Universal habrá podido constatar la pugna no sólo de intereses económicos sino también de paradigmas contrapuestos en relación con la definición de la identidad humana y de la vida en general.

En torno a la idea de la naturaleza también se oponen paradigmas contrastantes. Los ecologistas fundamentalistas proponen una visión holística de la naturaleza donde el ser humano está comprendido con igual dignidad que los animales o las plantas.[19] La comunidad científica suele tener una visión más operatoria y discreta de la materialidad. Por su lado, las teorías sistémicas o complejas tratan de superar las visiones positivistas y reduccionistas. Las políticas científicas y académicas de cada país están atravesadas por el predominio de determinados paradigmas en las diferentes disciplinas y comunidades académicas.

Los modelos de pensamiento

Las filosofías constituyeron durante mucho tiempo modelos de pensamiento que intentaban sintetizar la sabiduría proveniente de las culturas, los conocimientos científicos y los valores éticos. En la actualidad encontramos un estallido de interpretaciones y hasta la negación misma de los criterios de realidad y de verdad con el postmodernismo. Sin embargo, el pragmatismo y el racionalismo instrumental son los modelos dominantes de los países desarrollados. Lo que les confiere una ventaja estratégica en la capacidad para controlar los avances científicos y tecnológicos.

Durante las últimas décadas la filosofía se ha visto relegada: sea a las discusiones epistemológicas y lingüísticas, sea a la exégesis de autores, sea a la defensa dogmática de alguna ideología. Pero los avances espectaculares de las biotecnologías la invitan a redefinir el sentido de la vida. Las miserias y contradicciones mundiales incitan a repensar el sentido de la Historia. La mundialización obliga a revisar la supuesta universalidad de las ideas filosóficas occidentales.

La filosofía del progreso (el Iluminismo), el marxismo, el racionalismo moderno o el idealismo pretendieron en el siglo XIX definir el curso de la historia asignándoles a los modelos de conocimiento un lugar decisivo. En la actualidad las filosofías adoptan posiciones escépticas, desencantadas o minimalistas. Su función orientadora tiende a ser reemplazada por los discursos nihilistas, sectarios, esotéricos o fundamentalistas. Esta situación puede ser al mismo tiempo el síntoma de la disolución de los modelos de pensamiento (como dicen los postmodernos) o el anuncio de nuevas visiones sobre la realidad, la verdad, la historia o la sociedad.

Las ideologías

Las ideologías han sido desde el siglo XIX la expresión teórica de los intereses de grupos, clases sociales y naciones. Pese a que varios autores (Daniel Bell, Fukuyama, entre otros) han decretado el fin de las ideologías la manifestación de estas resulta evidente en las nuevas corrientes como el neo-liberalismo o en los nuevos movimientos sociales como el ecologismo, el feminismo, el autonomismo étnico y otros. Hay nuevos actores sociales y hay nuevas ideologías. Entre ellas, la que pretende presentarse como el “pensamiento único”, o sea, el neo-liberalismo.

Las comunicaciones de masas y el mundo virtual creado por Internet han modificado de varias maneras las relaciones entre los discursos ideológicos y las relaciones sociales. Salvo en las sociedades autoritarias y cerradas los individuos ya no están sujetos a un discurso único, ni a un territorio determinado. Los medios de comunicación y el cyberespacio relativizan o deslegitiman según los casos la autoridad o el valor de verdad de las ideologías. Aunque al mismo tiempo configuran de manera no explícita otras formas ideológicas (por ejemplo: el individualismo, el consumismo, el hedonismo o el narcisismo).

Las creencias

Por último, las creencias personales también influyen en las actitudes frente a la ciencia y la tecnología. Autores como Aldous Huxley (Un mundo feliz), George Orwell (1984) o Marcuse (El hombre unidimensional) creyeron que las condiciones tecnológicas y políticas llevaban a un alto grado de uniformización de las creencias individuales. La idea del Big Brother vigilando hasta los aspectos recónditos de la vida personal se encuentra también en los análisis del disciplinamiento social por Michel Foucault (Vigilar y castigar).

A pesar de estos anuncios apocalípticos no ha llegado el fin de la individualidad sino todo lo contrario. Las subjetividades se han vuelto “multifrénicas”, como dice Kenneth Gergen,[20] pero la valorización de las diferencias (individuales o grupales) no ha sucumbido frente a los procesos unificadores de la cultura de masas. Los movimientos religiosos, sectarios, culturales, ciudadanos, se han multiplicado como nunca. Los estudios de marketing reconocen la fragmentación y el carácter cada vez más electivo de los grupos de consumidores. Los individuos organizados o desorganizados, integrados o excluidos, conservan una gran capacidad de acción o de resistencia frente al Estado, el mercado o las instituciones. Por lo tanto, sus creencias en cuanto a los alcances de las ciencias y las tecnologías no pueden subestimarse como se ha hecho con mucha frecuencia.

4. Las políticas del conocimiento: el voluntarismo inteligente

El modo de articulación de los productores de conocimiento y de los actores sociales es uno de los aspectos que define la eficacia social de la educación y de la producción científica. Pero, además de los contextos, los actores, los procesos y las estructuras, la difusión de la racionalidad científica depende de manera especial del sistema de ideas y creencias que adoptan los actores. El nexo entre estos aspectos son las políticas del conocimiento; concepto que ha sido ampliamente desarrollado por Paul de Bruyne.[21]

Las “políticas del conocimiento” son invenciones típicamente contemporáneas y recientes. Suponen una sociedad y una clase dirigente capaces de analizar y orientar las condiciones para una utilización intencional de la ciencia y la tecnología de acuerdo a objetivos predeterminados.

El saber siempre ha tenido una cuota de poder desde que el ser humano comenzó a domesticar la Naturaleza en el período del Neolítico. En las sociedades contemporáneas donde el conocimiento ocupa un lugar determinante el control del saber se ha vuelto mucho más crucial. En otras palabras, las políticas del conocimiento se han convertido en condiciones fundamentales para la autonomía de los actores sociales. Como dice Jean Ladrière:

Si la tecno-ciencia puede aparecer como un destino es que ella se ha convertido en un desafío para la libertad. Y por eso mismo se ha vuelto un desafío político. Esto expresa la importancia mayúscula que la política de la ciencia y de la innovación tecnológica tiene en el Estado contemporáneo.[22]

Desde el punto de vista teórico las políticas de conocimiento implican por lo menos dos cosas: por un lado, la voluntad de autorrealización a través del dominio del saber y por otro lado, la autoconciencia respecto de los procesos por los cuales se genera, organiza y distribuyen los conocimientos. La primera dimensión es de orden netamente político, la segunda supone una cultura epistemológica. Es lo que he tratado de mostrar en mi ensayo “Políticas de conocimiento, Educación Superior y desarrollo”.[23]

Paul de Bruyne señala que diferentes lógicas orientan la actividad científica y tecnológica en los distintos sectores, incluyendo la Universidad. ¿Cómo conjugar tal constelación de finalidades y prácticas tan diversas y a veces contradictorias? Según el autor: Frente a los desafíos de la complejidad, la mediación entre lógicas rivales y la reducción de las incertidumbres constituyen los dos polos de la intervención pública (op. cit. p. 168).

La intervención del Estado no puede limitarse entonces obedecer las leyes del mercado ni a imponer centralizadamente la producción y distribución de los conocimientos. En la perspectiva histórica actual parece necesario fortalecer la “función inteligente” del Estado. Ahora bien, como lo señala Paul de Bruyne, esto implica replantear las concepciones precedentes sobre políticas científicas:

La regulación política del sistema de la ciencia y la tecnología exige capacidades complementarias de tres tipos: capacidades de análisis, de elección y de coordinación (…) Las intervenciones públicas presuponen un conocimiento del conocimiento, de sus modos de adquisición y de las condiciones de producción. La política por lo tanto debe apoyarse en estudios multidisciplinarios que efectúen el diagnóstico de las ciencias y de las tecnologías. (op. cit., p. 168).

Esto quiere decir que las políticas del conocimiento implican opciones de orden epistemológico, político, económico y cultural. Los responsables de programas científicos, tecnológicos y universitarios ni pueden limitarse a ser meros administradores ni pueden someterse a las tendencias dominantes. Por un lado, necesitan pensar de manera compleja para tomar en cuenta todos los factores en juego. Por otro, tienen que definir opciones estratégicas que aseguren el dominio de los conocimientos al servicio de las necesidades sociales.

Este planteo nos lleva a interrogarnos no sólo sobre las posibilidades de una “gestión científica” o “inteligente” del Estado sino también sobre la nueva cultura que impone en todos los ámbitos, privados o públicos, la expansión de las ciencias, de las tecnologías y de la educación superior. Lo cual podría entenderse como el desafío de la racionalidad a las culturas y el desafío de las culturas a la racionalidad.

5. Cultura y racionalidad

La racionalidad científica, cualquiera sea su forma de diseminación, no es ajena al estado del mundo. En otras palabras: “Si es verdad que la ciencia y la tecnología tienden a darse un tipo de crecimiento autónomo, hay que reconocer que su crecimiento se encuentra ampliamente condicionado por sus interacciones con el poder político (y con el poder económico, considerado en su función política)”.[24]

En el contexto actual los procesos de la globalización tienden a una homogeneización aparente, a un espacio único signado por las asimetrías sociales. Por otro lado, encontramos otro proceso contradictorio: las luchas contra las desigualdades e injusticias sociales, la reivindicación de las diferencias (de géneros, de estilo de vida, de culturas), la defensa de una sociedad abierta y pluralista, el retorno a las identidades ancestrales, las luchas étnicas, la afirmación del individualismo bajo múltiples formas, el renacimiento de las religiones y de las creencias míticas que parecían superados por la secularización.

En tanto la racionalidad científica y tecnológica aparezca asociada con la racionalidad económica dominante, una parte significativa de la Humanidad tenderá a rechazarla de diversas maneras. La universalidad del pensamiento científico se encuentra así confrontada con los usos del poder por un lado y con las actitudes de resistencia que provienen de las diferentes culturas y movimientos sociales por el otro.[25]

La racionalidad científica, el mercado y las innovaciones tecnológicas parecen empujar de manera poderosa e irreversible a la superación de todo lo establecido. Las identidades sociales y culturales, por su parte, constituyen el contrapeso de los individuos o comunidades que se niegan a perder sus formas particulares de vincularse con la naturaleza, de establecer relaciones sociales o de aprehender el conocimiento.

La racionalidad científica y tecnológica ha permitido controlar en gran medida las fuerzas de la naturaleza, pero en cambio no ha permitido controlar los procesos sociales y entre ellos particularmente, los procesos económicos que definen el destino de la mayor parte de la Humanidad.

Habermas ha reprochado a la civilización actual el apoyarse en una idea instrumental de la racionalidad. Michel Foucault afirma que esta inclinación del saber científico hacia el lado del poder es algo inevitable. ¿Podemos imaginar pese a todo una humanización de la economía, de la ciencia y la tecnología? Este es el gran interrogante que todavía queda pendiente luego de los fracasos del capitalismo, del comunismo y de otros movimientos históricos del siglo XX. Desde esta perspectiva la Humanidad en los comienzos del siglo XXI parece condenada a reinventar un proyecto histórico para lograr una sociedad justa.

Entre otros movimientos que buscan una salida el ecologismo integral ofrece una respuesta al mismo tiempo utópica y desesperada: hay que renunciar a la industrialización, volver a la naturaleza y frenar el crecimiento económico. Como los socialistas utópicos del siglo XIX piensan que lo que aliena al ser humano es la máquina o la empresa. Para los marxistas, en cambio, la cuestión se jugaba en torno a la supresión de la propiedad privada de los bienes de producción. Pero el fracaso de los países comunistas no ha dejado lugar para muchas ilusiones.

El capitalismo financiero y transnacional solo podrá ser sometido a reglas de equilibrio y de equidad mediante un nuevo orden económico mundial que haga posible un desarrollo inteligente y solidario de la Humanidad.

Una parte del destino de la Humanidad se resuelve en torno a los sistemas de ideas y creencias con que los actores enfrentan el mundo. Los conflictos de racionalidades que aparecen a nivel de las ideas pueden ser tan decisivos como los conflictos que aparecen a nivel económico, militar o político. En el fondo, cada cultura enfrenta al mundo de una manera particular y esto es lo que hace que la globalización se manifieste de manera diferente en cada país.

Las innovaciones científico-tecnológicas transforman el mundo, pero también producen efectos desestructuradores. Como dice Ladrière: “los mismos valores que llevan consigo la ciencia y la tecnología parecen incapacitarlas para fundamentar un destino. Estos valores contienen de hecho un aspecto de autonomía que exalta, sin duda, el dominio del hombre, pero al mismo tiempo lo desliga de toda inherencia”.[26]

Por lo tanto, las fuentes para orientar las acciones económicas, científicas y tecnológicas deben encontrarse en los valores culturales. En palabras del mismo autor: “los elementos verdaderamente unificadores, los valores más fundamentales que sostienen, justifican e inspiran a todos los demás, dependen estrechamente de las concepciones relativas al destino del hombre.”[27]

El mundo de las ideas tiene pues una presencia histórica que las apariencias no nos dejan imaginar. Pero, ¿en qué sentido? No como lo pensó Platón, ni tampoco como la cadena de hipótesis y refutaciones que para Popper constituye el núcleo de la evolución humana (o su teoría del “tercer mundo”). En una época donde las nociones de “realidad” y de “verdad” se han vuelto problemáticas al punto que “todo lo real parece virtual” y “todo lo virtual parece real”[28] no resulta fácil definir cuáles son las interacciones eficaces que se establecen entre las ideas y las prácticas sociales.

La articulación de la ciencia, la tecnología y la cultura exige una cierta coherencia. De esta depende también el éxito de todo intento de aprovechar exitosamente los conocimientos en función de las necesidades del desarrollo económico-social. En palabras de Ladrière:

La mediación de la acción sólo es posible, según parece, si existen ciertas condiciones de compatibilidad. No sólo es preciso eliminar la contradicción pura y simple, sino que hay que asegurar una complementariedad susceptible de proporcionar a la acción la máxima coherencia. (…) Para que las contribuciones procedentes del sistema científico-técnico lleguen a ser compatibles con las que provienen del sistema cultural, es preciso que este último acepte incluir en él unas exigencias críticas de algún modo equivalentes a aquellas de las que el espíritu científico da ejemplo.[29]

Desde nuestro punto de vista es la educación, y sobre todo la Universidad, el ámbito donde deberían sintetizarse los elementos de la cultura y de la ciencia. Ahora bien, se puede observar que en una gran cantidad de instituciones universitarias estos dos aspectos están disociados o simplemente ausentes. En América Latina, como en África y otras regiones, esta disociación contribuye a consolidar o profundizar los efectos desintegradores que provienen del sistema económico y social.

La alienación de la praxis humana constituye una amenaza permanente. Ni la naturaleza ni la historia ni las estructuras sociales aseguran por sí mismas la coherencia entre nuestras intenciones y nuestros actos. Por eso, la búsqueda de una sociedad justa, de una democracia verdadera, no se logra sin la autoconciencia de las posibilidades objetivas y sin una actitud activa de los individuos.

La civilización actual ofrece muchas interpretaciones en cuanto al destino del conocimiento y de la acción humana. Ella misma es el testimonio de lo que las ideas, los valores y las luchas sociales han podido lograr en el proceso de transformación del mundo. La racionalidad científico-tecnológica ha llevado a su apogeo la voluntad creadora del ser humano. Sin embargo, el desafío que tienen por delante las culturas es el mismo que los dioses encontraron en el mito de Prometeo: hacer que el dominio del conocimiento sea acompañado por una cultura política que asegure la convivencia justa entre los seres humanos.


  1. UNESCO. El desarrollo por la ciencia. Paris, 1970, p. 35.
  2. D. Berstecher; J. Drèze, J. Ladrière y otros. L’luniversité de demain. Elsevier Séquoia, Bruxelles, 1974, p. 47.
  3. A. Pérez Lindo. Universidad, política y sociedad. Eudeba, Buenos Aires, 1985.
  4. Jorge Sábato. El pensamiento latinoamericano en la problemática ciencia-tecnología-desarrollo-dependencia. Paidós, Buenos Aires, 1975.
  5. B. R. Clark. El sistema de educación superior. Nueva Imagen, México, 1991.
  6. M. Porter. La ventaja competitiva de las naciones. Vergara, Buenos Aires, 1991.
  7. S. Stroumiline. “The Economic Significance of National Education”, in: E. Robinson: J. Vaizey (eds.), The Economic of Education, Mac Millan, London, 1966.
  8. E. Denison. Why Growth Rates Differ? Postwar Experience in Nine Westerns Countries. The Brooking Institution, Washington, 1967.
  9. T. Schultz, “Education and Economic Growth”, in: National Society for the Study of Education, Forces Influencing American Education, Chicago, 1961.
  10. Cfr. S. Huntington; L. Harrison. La cultura es lo que importa. Cómo los valores dan forma al progreso humano. Planeta, Buenos Aires, 2001.
  11. Cfr. J. Drèze; J. Debelle. Conceptions de l’Université. Editions Universitaires: Paris, 1968.
  12. Cfr. A. Pérez Lindo. Mutaciones. Escenarios y filosofías del cambio de mundo. Biblos. Bs.As., 1997, Cap. I.
  13. Cfr. Jean Ladrière. Les enjeux de la rationalité. Aubier/Unesco: Paris, 1977, p. 89.
  14. E. Morin. Introducción al pensamiento complejo. Gedisa: Barcelona, 1994.
  15. Cfr. E. Morin. La Méthode. 4. Les idées. Editions du Seuil, 1991.
  16. P. Bourdieu, Passeron, J-C. La réproduction. Minuit, Paris, 1970.
  17. A. Petitat. Production de l’êcole – production de la société. Droz, Genève, 1982.
  18. Cfr. Jean Ladrière. Les enjeux de la rationalité. Op.cit., Chap. I.
  19. Cfr. Luc Ferry. El nuevo orden ecológico. Tusquets, Barcelona, 1994.
  20. K. Gergen. El yo saturado. Dilemas de la identidad en el mundo contemporáneo. Paidós, Barcelona, 1992.
  21. Paul de Bruyne. Politique de la connaissance. Analyse des enjeux et décisions. De Boek, Bruxelles, 1988.
  22. Cfr. P. de Bruyne. Ob. cit. Préface, p. 7.
  23. A. Pérez Lindo. “Políticas del conocimiento, Educación Superior y desarrollo”. Biblos, Bs. As., 1998.
  24. J. Ladrière. El reto de la racionalidad. Unesco/Sígueme, Salamanca, 1978, pp. 79-80.
  25. Cfr. A. Pérez Lindo. Mutaciones. Escenarios y filosofías del cambio de mundo. Biblos, Bs.As., 1997.
  26. J. Ladrière. El reto de la racionalidad. Ob. cit., p. 121.
  27. J. Ladrière. Ibid., p. 121.
  28. Cfr. A. Pérez Lindo. Nuevos paradigmas y cambios en la conciencia histórica. Eudeba, Bs.As., 1998.
  29. J. Ladrière. El reto de la racionalidad. Ob. cit., pp. 182-183.


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