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Introducción

Al hablar del uso social del conocimiento estamos tocando un punto crítico en el desarrollo de Argentina y América Latina. Desde la época colonial ha existido una fuerte cultura de rechazo al conocimiento que se manifestó en distintos regímenes políticos. No extraña, por ejemplo, que se intente manipular las estadísticas sociales. Las persecuciones ideológicas han sido frecuentes en nuestra historia y en variadas direcciones. En el año 1562, en Guatemala, el obispo Diego de Landa, de la Inquisición, decidió la quema de los libros mayas privándonos de un patrimonio cultural valioso. En 1978, en Argentina, la dictadura militar cuestionó la enseñanza de la matemática moderna por considerarla subversiva. Todavía hoy, en 2017, la libertad de pensamiento no se respeta en varios países.

Un antropólogo podría tomar en Argentina las letras de tango como testimonio del desprecio por el conocimiento: “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro, que un gran profesor”, dice el tango Cambalache. En América Latina las culturas autoritarias, clientelísticas, sectarias, han contribuido a crear estados ineficientes, corruptos y poco propensos a la valorización del mérito, del conocimiento, de la inteligencia, de la educación.

Pretender crear universidades inteligentes, estados inteligentes, parece una utopía. A pesar de que el sentido común nos indica, desde hace milenios, que el uso de la inteligencia es la tabla de salvación de la Humanidad. He aquí una ambigüedad, o una contradicción, que involucra la historia de nuestra especie: desde siempre tuvimos posibilidades para mejorar nuestras condiciones de vida mediante el uso del conocimiento, pero muchas veces usamos la inteligencia para mantener relaciones de dominación, guerras, violencias de todo tipo. El Mito de Prometeo en la Grecia Antigua ilustra este drama. Prometeo fue enviado por los dioses para brindarles a los humanos la capacidad para crear herramientas y técnicas a fin de que pudieran sobrevivir. Pero los humanos las usaron para imponerse unos a otros. Entonces hubo que enviar a Hermes para enseñarles a convivir mediante la cultura política.

Ahora se habla de la “economía del conocimiento”, de la “sociedad de la información”. Los datos sobre el perfil educativo de los trabajadores, sobre el uso de tecnologías, sobre la importancia de las innovaciones técnicas en la sociedad o en las empresas, muestran que entramos a nivel mundial en una nueva etapa de la Humanidad. La educación, la ciencia, las innovaciones tecnológicas, parecen decisivas.

En este contexto, a pesar de las coyunturas y de las crisis, el potencial de recursos humanos calificados, de investigadores, profesores, profesionales y técnicos en América Latina puede considerarse suficiente para adoptar otro modelo de desarrollo con uso intensivo de conocimiento y con mejores posibilidades de bienestar colectivo. El problema es que la clase dirigente aún no tiene conciencia de esta perspectiva y por lo tanto carece de políticas de conocimiento.

En Argentina se invierte menos del 1% del PBI para las actividades científicas y un 6% en Educación. Además, de este esfuerzo solo se aprovecha aproximadamente menos del 50% porque hay mucha deserción educativa y mucho desaprovechamiento de las personas calificadas. Derrochamos los escasos recursos que tenemos y regalamos los recursos humanos que formamos. Más de 200.000 argentinos con estudios superiores trabajan en el exterior. De entre ellos, varios miles de doctores de distintas disciplinas.

En nuestros países los recursos naturales y los recursos humanos calificados abundan. Pero falta aplicar la inteligencia en todo lo que hacemos. Se necesita una nueva “inteligencia colectiva” para aprovechar el potencial de conocimientos disponible y crear un Estado inteligente, una economía de uso intensivo del conocimiento y una sociedad próspera.

Las universidades forman las clases dirigentes, los profesionales y los tecnólogos con los cuales se construye una sociedad moderna. En Argentina más del 30% de la Población Económicamente Activa tiene estudios postsecundarios. Cerca de 3 millones de personas estudian en la Educación Superior. Todo esto indica que existe un “cognitariado”, un “proletariado del conocimiento”, como designaba Peter Drucker a esta nueva formación social.

Por lo demás, la Universidad tiene ante sí el desafío de socializar a los jóvenes. Esta misión social es ineludible y central, pese a que muchos crean que la función de la Universidad se reduce a formar profesionales. Integrar a las nuevas generaciones brindándoles oportunidades de estudio, de capacitación, de inclusión social viene a formar parte de una “biopolítica”, de una “política de vida” mediante la cual la sociedad tiene que asegurar su supervivencia y bienestar.

El uso social del conocimiento, de lo cual trata este libro, se vincula con las universidades en cuanto agentes de producción y de transmisión de conocimientos. En primer lugar (capítulos I y II) presentamos los principios y aplicaciones de la Gestión del Conocimiento para mejorar las universidades mismas en su vinculación con la sociedad.

Respecto a la Gestión del Conocimiento se pueden adoptar dos perspectivas. La primera consiste en aprovechar este enfoque con técnicas gerenciales a fin de mejorar el funcionamiento de las organizaciones universitarias. La segunda coloca a las universidades en la función estratégica de transferir conocimientos a la sociedad, el Estado y la economía para crear un proceso de desarrollo.

La Gestión y las Políticas del Conocimiento son dos aspectos de un mismo proceso. Las universidades necesitan informatizar su organización, valorizar su capital intelectual e introducir innovaciones inteligentes para optimizar sus recursos y posibilidades. Por otro lado, la Universidad puede ampliar y multiplicar sus recursos y sus capacidades, atendiendo las demandas sociales, del Estado, de las empresas.

Sostenemos que más importante que los recursos presupuestarios, que la capacidad para formar profesionales o la existencia de grupos de investigación, es el modo de articulación de los productores de conocimiento con las necesidades sociales. Michael Porter en La ventaja competitiva de las naciones[1] sostiene que el “despliegue de los factores” de la economía es más importante que la posesión de factores como el capital o los recursos naturales.

La gestión del conocimiento supone un interés de parte de los dirigentes universitarios. Sin una fuerte motivación, sin un compromiso de los dirigentes, las técnicas para mejorar la formación docente o de los empleados, la informatización organizacional, la reforma curricular u otras iniciativas pueden quedar truncas. La cultura del conocimiento tiene que formar parte del consenso de la comunidad universitaria.

La “cultura del conocimiento” se puede construir por distintos caminos. En algunas universidades de Chile o de Brasil se apela a programas interdisciplinarios que vinculan profesores e investigadores de distintas disciplinas. En Argentina, el Programa de Incentivos, creado a partir de 1996, ofreció subsidios para permitir que miles de profesores iniciaran proyectos de investigación.

Socializar y aprovechar el conocimiento “tácito” que se encuentra en las experiencias y saberes de los mismos miembros de la comunidad universitaria es una de las alternativas que podemos señalar a través de los procesos de “conversión” de conocimientos que proponen Nonaka y Tackeuchi.[2] Las cátedras de teoría de las organizaciones, de políticas educativas, de teoría del conocimiento, de gestión de recursos humanos y otras, pueden volcarse a mejorar el funcionamiento de la Universidad. Fomentar la “reflexividad” o el autoconocimiento de los mismos actores universitarios también forma parte de la gestión del conocimiento.

En el capítulo III presentamos una visión sintética del proceso cognitivo para fundamentar una teoría pluralista del conocimiento que se requiere para comprender la evolución de las ciencias y la cultura universitaria que por su práctica es heterogénea y diversa. Normalmente, todos los que pasan por la Universidad son formados en una cultura monodisciplinaria. Desde la Edad Media se impuso una “división del trabajo académico” que se reprodujo en la Época Moderna. Ahora, en todas partes, se valoriza la transdisciplinariedad. Michael Gibbons y otros denominaron a este proceso “el Modo 2 de producción de conocimientos”.[3]

Transmitir la “verdad” o el “conocimiento objetivo” es el propósito subyacente de la enseñanza universitaria. Pero ocurre que un físico no tiene la misma idea de la realidad que un abogado. Un matemático no tiene las mismas reglas de validación del conocimiento que un sociólogo. La Universidad investiga y enseña con distintos modelos de conocimientos en sus diversas disciplinas. Por eso existen distintas versiones de la “realidad”. Es necesario comprender cómo interactúan todos los factores que intervienen en la producción de conocimientos y asumir una visión epistemológica para comprender los distintos tipos y niveles de verdades.

En el capítulo IV analizamos algunos conceptos y teorías sobre las relaciones entre la ciencia, la cultura y el desarrollo. Aquí queremos resaltar cómo una sociedad dentro de su sistema de ideas y creencias (cosmovisiones, paradigmas, ideologías, creencias, valores) va creando una cultura del conocimiento y un modelo de progreso social. Casi nadie, y tampoco las universidades, se atreven a plantear que necesitamos una cultura del conocimiento para asegurar el futuro de la sociedad. Y esta cultura se construye tanto en el sistema educativo como en el imaginario colectivo a través de los medios de comunicación.

En el capítulo V analizamos las relaciones inciertas entre el conocimiento y el futuro. En un ejercicio de prospectiva conviene tener en cuenta que si bien disponemos de una masa de personas educadas y recursos naturales abundantes, no es seguro que logremos una sociedad próspera. La construcción del futuro exige cierta coherencia y una visión más allá de las coyunturas presentes. Deberíamos apostar a objetivos de largo plazo (30, 50 años). Deberíamos mantener la capacidad para actuar de manera inteligente por encima de los avatares políticos. En el caso argentino, que analizamos, el aprovechamiento del capital intelectual ha estado por debajo de lo esperable.

En el capítulo VI nos ocupamos del impacto que producen las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en los procesos del conocimiento. Es algo que no se tiene muy en cuenta. Por ejemplo: ¿cuánto altera la percepción de la realidad el predominio de la cultura audiovisual?, ¿cómo modifica la manera de pensar, de actuar o de socializarse la frecuentación de la computadora?, ¿cómo impacta la cultura informática en la pérdida del capital lingüístico entre los jóvenes? Estas y otras cuestiones también fueron planteadas por Nicholas Carr en ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?[4]. Lo que importa es lo que nosotros queremos hacer con nuestras mentes. Decimos, entre otras cosas, que deberíamos reformular la enseñanza universitaria para fortalecer la capacidad para pensar con autonomía y creatividad.

El capítulo VII intenta saber cómo afecta al futuro de los graduados la actual explosión de conocimientos, la masificación del acceso a la educación superior y la informatización de la sociedad. Es evidente que marchamos hacia un acceso universal a la educación superior pero no resulta congruente con este proceso el hecho de que no planifiquemos un modelo económico con uso intensivo del conocimiento para aprovechar la capacidad de los futuros graduados.

Por último, en el capítulo VIII reflexionamos sobre las condiciones para crear una relación virtuosa entre la Universidad y el desarrollo económico-social a través de las políticas del conocimiento. Señalamos allí que existen ventajas comparativas que colocan a la Argentina y a América Latina en condiciones para dar un salto hacia un desarrollo inteligente y solidario: recursos naturales abundantes, un bono demográfico con población joven, recursos humanos calificados, potencial científico-tecnológico. Convertir todo esto en ventaja competitiva implica pensar y actuar en función de una estrategia de futuro. O sea, más allá de la coyuntura y de los avatares políticos.

Muchos han reivindicado en Argentina y América Latina la función decisiva de la educación, de la ciencia y del uso social del conocimiento. Casi siempre sus voces clamaron en el desierto. He tratado de mostrar que, pese a todo, sus ideas han tenido realizaciones aisladas en escuelas, universidades, institutos científicos y tecnológicos. Esas experiencias muestran que la gestión del conocimiento puede ser eficaz y que se pueden transformar en políticas de Estado y consenso estratégico de la sociedad. El futuro de la región depende de nuestras estrategias para valorizar el uso del conocimiento en la resolución de nuestros problemas.


  1. Michael Porter (1991). La ventaja competitiva de las naciones. Buenos Aires: Javier Vergara.
  2. Nonaka, I.; Tackeuchi, H. (1999). La organización creadora de conocimiento. México; Oxford University Press.
  3. Gibbons, M. et al (1997). La nueva producción del conocimiento. Barcelona: Pomares.
  4. Nicholas Carr (2011). Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid: Taurus.


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