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Metodología

Este apartado tiene como objetivo describir los pasos llevados a cabo y las dificultades encontradas a lo largo del registro de las obras de Arendt. Como primera aclaración, es importante destacar que el escrito incluye un abordaje metodológico de carácter histórico-hermenéutico basado en la revisión documental, con particular atención respecto de la autora señalada y de sus obras vinculadas a los conceptos de cuerpo y naturaleza; para realizar esta tarea, se llevó a cabo una serie de análisis detallados de libros, capítulos de libros, artículos de revistas científicas y recursos audiovisuales, tanto de fuentes primarias como secundarias. Como segunda aclaración, hay que señalar que no todas las obras de Arendt publicadas fueron relevadas –el material registrado se detalla en el apartado referente a la bibliografía–.

Desde el punto de vista etnográfico, el libro no pretende incluir un “trabajo de campo”, esta decisión es resultado de los recaudos teóricos necesarios para no “hacer decir” a Arendt cuestiones que no pretendió abordar. Incluso cuando temas como cuerpo, naturaleza, política, educación y violencia difícilmente puedan escapar a las problemáticas más recurrentes de los últimos tiempos en occidente, la propuesta para la lectura de Arendt se recorta en la búsqueda de herramientas conceptuales que nos ayuden a interpretar nuestro presente, y no a buscar soluciones mágicas.

Además de las aclaraciones mencionadas, corresponde a este apartado la explicación respecto del apego teórico-metodológico en relación con los escritos de Arendt. En esta línea de análisis, “la teoría” es interpretada en el sentido que le otorga Archenti en Metodología de las ciencias sociales. En sus propias palabras:

Si bien toda definición es arbitraria y relativa al contexto de su elaboración, el problema en este caso particular es la coincidencia entre el concepto a definir y el contexto definitorio. […] Existen múltiples definiciones de teoría cuya arbitrariedad sólo está limitada por el contexto teórico que las contiene, de tal modo que adherir a una definición supone ya la adhesión a una teoría previa (Archenti 2007: 61).

Adherir a la “definición” anteriormente citada, en el contexto del presente trabajo, es asumir la adhesión al pensamiento de un autor (en este caso particular, el pensamiento de Arendt). Esto implica admitir que la especificidad metodológica, entendida en términos tradicionales-positivistas, no constituye una de las principales preocupaciones desarrolladas por la filósofa en cuestión. Por el contrario, sus obras están cargadas de subjetividad y comentarios personales, más vinculados con el ejercicio de una permanente revisión histórica, debidamente justificada, que con una fundamentación etnográfica o con la pretensión de verdad universal. Al respecto aclara Di Pego:

Las dificultades que enfrenta Arendt en la comprensión del totalitarismo, la confrontan a su vez con la reflexión sobre la tarea de la historia y de las Ciencias Sociales. En este contexto, Arendt no sólo lleva a cabo una crítica del paradigma científico imperante hacia mediados del siglo pasado, sino que también procura pensar estas actividades dentro de un nuevo marco conceptual que desafía a ese paradigma vigente. De este modo, en discusión con las interpretaciones que sostienen que Arendt carece de método, pretendemos mostrar, no tanto que procede según un método, sino que más bien procede según pautas y criterios que obran como marcos orientadores –narración discontinua, imaginación, singularidad, sentido– y que su concepción implica un posicionamiento epistemológico singular en el que se produce un desplazamiento de los conceptos de ciencia, objetividad y causalidad, por los de comprensión, imparcialidad y cristalización. (Di Pego 2013: 19-20).

Esta forma de encarar sus investigaciones puso a Arendt en el centro de la crítica en reiteradas ocasiones, sobre todo en relación a la publicación de Eichmann en Jerusalén. Cuando Arendt describe a Eichmann como un hombre corriente, capaz de llevar a cabo una vida similar a la de cualquier trabajador, y reinterpreta la maldad del funcionario nazi –comúnmente asociado a lo demoníaco, a lo mefistofélico– a la figura de un simple funcionario, expone sus reflexiones en relación a cuestiones muy delicadas a su época (como el análisis del totalitarismo y la descripción de la vida en los campos).[1]

Esta modalidad de narración que vincula permanente la revisión histórica con el ejercicio de la reflexión –legitimada a partir de un constante allanamiento del pasado en el que intenta reflotar los sentidos originales de la sociedad occidental, recurriendo frecuentemente a diversos registros grecorromanos–, es una de las marcas teóricas más relevantes en la obra de Arendt.

Hablar de la obra de Arendt, es hablar de la importancia que tiene el criterio propio, el pensamiento, la reflexión. Es por esto que una crítica, enmarcada en los principios positivistas, respecto de la subjetividad que conlleva su obra, es una crítica a su impronta personal y, por lo tanto, al sello que la ubica en diversos campos de la filosofía política como una de las autoras más influyentes del siglo XX. Si bien su criterio y sus opiniones son debatibles, no podemos desacreditar los aportes de la autora respecto de lo imprescindible que resulta el pensamiento propio en la vida del hombre moderno. Este es el recorrido por el que el hombre de la modernidad, dominado, sujetado, dependiente de las políticas estatales, puede iniciar el camino hacia la verdad, interpretada en la lógica arendtiana como el ejercicio de la revelación,[2] del entendimiento de los procesos histórico-políticos que lo rodean. Desenmascarar las redes de dominación, los usos de la violencia y de la dominación despótica, del control totalitario, son algunos de los desafíos que Arendt propone llevar a cabo a través del sencillo y al mismo tiempo liberador ejercicio del pensamiento reflexivo.


  1. En Eichmann en Jerusalén, Arendt desarrolla las cuestiones de “lo corriente” y “la maldad” asociadas a las tareas desempeñadas por Eichmann como funcionario del partido Nazi. En este sentido, una breve cita sirve para aclarar lo mencionado: “Aparentemente más complicada, pero en realidad mucho más simple que el examen de la interdependencia entre la irreflexión y la maldad, es la cuestión referente al tipo de delito cometido por Eichmann, un delito unánimemente considerado sin precedentes. El concepto de genocidio, acuñado con el explícito propósito de tipificar un delito anteriormente desconocido, aun cuando es aplicable al caso de Eichmann, no es suficiente para abarcarlo en su totalidad, debido a la simple razón de que el asesinato masivo de pueblos enteros no carece de precedentes. La expresión «matanzas administrativas» parece más conveniente” (Arendt 1999: 273).
  2. Cabe destacar que Arendt rechaza el concepto de verdad entendido como un modo inactivo de aceptación de la realidad. En este sentido, la verdad y sus efectos podrían analizarse en relación a su poder totalizador, puesto que al aceptar pasivamente una verdad, estaríamos confirmando nuestra despreocupación con respecto a la misma, ubicando a “la verdad” en un lugar peligrosamente hegemónico. En sus propios términos: “Si la principal característica de las ideologías fue tratar una hipótesis científica, por ejemplo, la supervivencia del más fuerte en biología o la supervivencia de la clase progresista en la historia, como una «idea» que podía ser aplicada a todo el curso de los acontecimientos, entonces es propio de su transformación totalitaria el pervertir la «idea» en una premisa en el sentido lógico, esto es, en algún enunciado autoevidente a partir del cual todo lo demás puede deducirse con implacable coherencia lógica. (…) Esta ecuación implica, de hecho, la negación de la existencia de la verdad, en tanto que se suponga que la verdad es siempre revelación, mientras que la coherencia es solamente un modo de encadenar enunciados y, como tal, le falta poder revelador” (Arendt 2005: 39-40).


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