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Prólogo

Hannah Arendt vivió entre los años 1906 y 1975; de origen judío y nacionalidad alemana, sufrió la persecución, encierro y destierro producto de las políticas antisemitas del régimen Nacionalsocialista alemán de comienzos de la década de 1930. Con un doctorado en filosofía, en 1941 migró a Estados Unidos tras escapar de un campo de concentración en Gurs, Francia; su condición de apátrida y refugiada en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial influyó determinantemente en su producción teórica. Una vez reiniciado su trabajo académico en Estados Unidos, no tardó en publicar numerosos libros, ensayos y artículos pronunciando su rechazo hacia los regímenes totalitarios y antisemitas, responsables del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial. La autora en cuestión compartió amistades con pensadores fundamentales del siglo XX, entre los que figura Martin Heidegger, influencia insoslayable en los comienzos de su carrera académica en Alemania. Su obra también estuvo influenciada por los aportes de Karl Jaspers, quien dirigió su tesis de Doctorado en Filosofía (en la Universidad de Heidelberg), y Walter Benjamin, con quien mantuvo una íntima amistad hasta su suicidio en 1940.

En su recorrido profesional no solo fue reconocida como filósofa política; también desempeñó labores como maestra de escuela superior, fue profesora en varias universidades y publicó varios ensayos sobre diversas problemáticas contemporáneas para la revista estadounidense New Yorker, entre los que se destacan sus informes sobre el juicio a Adolf Eichmann. En estos escritos Arendt destaca que, por encima de la maldad humana en todo su potencial, es la incapacidad de pensar y juzgar por sí mismo lo más preocupante que sale a la luz en el transcurso del juicio al funcionario nazi.[1] A diferencia de la mayoría de la prensa mundial, y especialmente del fiscal, que veía a Eichmann como un demonio maligno entre los mortales, la filósofa no encuentra ningún tipo de maldad innata en este personaje corriente de la administración pública alemana.

Esta interpretación de la maldad como una mera banalidad, como algo mundano, es fundamental para entender su obra en relación al Holocausto, así como su posicionamiento crítico. Al quitar los prejuicios sociales y religiosos respecto de la maldad humana, sale a la luz un hecho aún más destacable, la falta de juicio sobre los propios actos y el establecimiento de un sistema administrativo que impide participar con criterio ni reflexión. Estas características, lejos de ser intrascendentes, pueden mantener en funcionamiento una estructura política basada en el exterminio, como ocurrió con los totalitarismos del siglo XX.

A partir de reflexiones de este tipo, es posible rastrear en la obra de la autora varios ensayos vinculados a hechos de la vida cotidiana, sin desatender su relación lógica con aquellos problemas que históricamente recibieron mayor relevancia académica (como la historia, la política, las revoluciones, el poder, el racismo, la educación, entre otros). Un ejemplo en este sentido puede hallarse en la interpretación del hombre moderno como un ser irreflexivo (producto del automatismo burocrático y sistémico llevado a cabo por las políticas de los Estados modernos, con particular atención en los Estados del siglo XX). Se destacan en la teoría de Arendt varios pensamientos en torno a la sociedad de masas y la consecuente impersonalidad de sus acciones, y advertencias, con base en las experiencias totalitarias del siglo XX, sobre la peligrosidad de un mundo social irreflexivo. Algo tan cotidiano como el aparato burocrático de los Estados modernos, tan naturalizado en nuestros días, se halla entre las más eficaces formas de violencia amparadas en el anonimato y en la humanidad limitada del animal laborans –metáfora exponencial de un ser carente de pensamiento y acción propios, más preocupado por el consumo y por la satisfacción de sus necesidades que por la participación activa en la esfera de los asuntos humanos.

El análisis de Arendt respecto de la política moderna, al menos en el campo de las Ciencias Sociales, ha tomado relevancia en el mundo académico internacional hacia fines del siglo XX y principios del siglo XXI. Quizás este retraso en la lectura de su obra deba entenderse como un recurso de defensa en el pensamiento occidental de posguerra, evidenciado fundamentalmente en las fuertes críticas que recibió su libro Eichmann en Jerusalén. Quizás las heridas del holocausto eran muy recientes para llevar a cabo posicionamientos críticos que no condenaban a los nazis por su demoníaca maldad, sino por haber establecido algo tan sistemático como una burocracia en el uso de la violencia y el exterminio racial. Estas críticas no han sido cuestiones efímeras e irrelevantes, sino que perduraron alrededor de la obra de Arendt, como muestra el film titulado Hannah Arendt (dirigido por Margarethe von Trotta en el año 2012). En la película se intenta resaltar la tensión entre los editores y lectores del New Yorker frente al posicionamiento de Arendt, que vincula el mal absoluto del Nacionalsocialismo alemán con la banalidad de un empleado administrativo corriente. Pasados los años, Eichmann en Jerusalén se transformó en una de las marcas teóricas más influyentes de la filósofa en cuestión, puesto que el análisis de lo cotidiano, de lo minimalista –en relación con una política moderna que desvió el camino iniciado originalmente por los griegos– movió el tablero de muchos pensadores que buscaban respuestas en las grandes ideas heredadas del humanismo, descuidando de esa manera el poder que descansa en las acciones más sencillas. Esta ruptura en el ejercicio de la filosofía moderna colabora en la imposibilidad de encasillar a Arendt en una corriente de pensamiento concreta; y esto da cuenta, desde mi punto de vista, de la trascendencia de su obra, vigente incluso en los inicios del siglo XXI.


  1. Una breve cita de La banalidad del mal da cuenta de esta reinterpretación de la maldad asociada al funcionario nazi enjuiciado: “Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como «banalidad», e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad (…)” (Arendt 1999: 273).


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