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1 Rosario al vuelo

Puesta en escena

Probablemente parezca ocioso detenerse en una presentación y una somera descripción de la ciudad de Rosario. Por ello, como forma de abrir el juego, proponemos un gesto freudiano. En la traducción de José Etcheverry de El malestar en la cultura (2009: 113), el padre del psicoanálisis expresa “cojo al vuelo lo que al parecer ha resultado” de temáticas “archisabidas”. Nos quedamos con las tres primeras y más sugerentes palabras de la cita. ¿Qué es lo que se toma al vuelo?, ¿el tema (entre otros temas)? o ¿la ocasión (de volver sobre ese tópico)? ¿Qué es lo que vuela?, ¿la acción (fortuita)? o ¿lo que se agarra (ligero)? En sus tintes larvados, la expresión atañe al asimiento, quizás casual, de algo en o desde el aire. Vaguedad como superposición, la enunciación de Sigmund Freud inaugura una arena que habilita a explorar los recovecos de esta investigación. La espacialidad urbana, el acontecimiento de estas líneas, la oportunidad de hacerlas públicas, hasta el pasado como un acusado juzgado en ausencia: todas ellas son ocasiones “aéreas” y potenciales vías de entrada. Este rodeo nos convoca a sobrevolar la urbe, una excusa panorámica para aproximarnos a las artes de habitar.

Rosario, con una ubicación centro-oriental en el contexto argentino, establece la coordenada espacial macro que sujeta este estudio. Otros ejes de relaciones espaciales la colocan en el sudeste de la provincia de Santa Fe y a casi 300 kilómetros al noroeste de la capital nacional. En términos regionales, la ciudad se rodea convenientemente de las tierras más fértiles y rentables de la pampa húmeda. Junto con las localidades de Venado Tuerto y Pergamino, dibuja un triángulo que delimita esas ubérrimas planicies donde se producen y transportan cereales, oleaginosas y ganado. Observada desde el cenit, la mancha urbana rosarina es redondeada en su porción sur, afinándose y contrayéndose a medida que la atención se remonta septentrionalmente. Sus confines terrestres, antes encorsetados por un cinturón de hierro ferroviario, hoy son abrazados por una avenida circunvalar de tránsito automotor de unos 30 kilómetros de largo. Allende su límite norte, la urdimbre edificada continúa sólida bordeando el río, en el cordón industrial santafesino. La traza se diluye conforme se aleja del agua, perdiéndose en los pueblos del poniente, hasta ser engullida por un mosaico de propiedades rurales. En su parcelación, esas fincas procuran imitar la rectitud de los ángulos del damero, aunque se sustraen de su régimen de circulación. El arroyo Saladillo constituye la frontera meridional del arborescente territorio rosarino. A los ojos de un hipotético satélite desobediente de la rotación terrestre, el Gran Rosario pareciera derramarse desde el Paraná (fig. 1).

Figura 1 – Vista satelital de Rosario

Fuente: Earth Science and Remote Sensing Unit, NASA Johnson Space Center (eol.jsc.nasa.gov).

En la actualidad, la ciudad se dispone en una concatenación de centralidades que presentan densidades, modalidades y profundidades históricas distintivas. El tejido urbano admite un sitio específico como el punto cero de su expansión, marcado por la plaza 25 de Mayo. El núcleo se completa con el recinto del Poder Ejecutivo Municipal, la Catedral consagrada a la Virgen que le otorgó su nombre a la localidad, el Palacio de Correos y otros edificios de valor patrimonial. Aunque un ocasional aeronauta lo ubicaría hacia el oriente de la trama, ese asentamiento conforma una primera centralidad de Rosario, tenida por originaria o fundacional. La significación de ese solar es coronada con la erección del Monumento Nacional a la Bandera en 1957. Obedeciendo al mencionado derrame de las fuerzas centrífugas urbanas desde el Paraná, el trazado se extiende desde el casco histórico con sentido occidental mediante un encadenamiento de paseos comerciales. Allí, regímenes de circulación pedestre –peatonales, galerías y veredas angostas– se combinan con edificaciones de variada longevidad. Los grados de patrimonialización fluctúan entre la demolición ocasional y reciclaje parcial. Con el río, dos avenidas perpendiculares componen un ángulo que marca los límites de lo administrativa y simbólicamente investido como “el centro”. Su morfología abigarrada, propia de una inner city metropolitana, le debe mucho a una acumulación de estratos materiales procedentes del comercio y a una tardía descentralización distrital.

Partiendo de esa primera centralidad, la configuración territorial de Rosario se desenvuelve en una suerte de fractal (Mandelbrot, 1997) que emerge de la ribera. Un patrón angular al estilo tartán escocés, hilado por las calles de la ciudad, señala con su vértice más distintivo al sudoeste. La sensación caleidoscópica se potencia al corroborar las similitudes entre las manzanas y las figuras delineadas por las arterias de mayor porte. En efecto, la disposición urbana se resuelve en recuadros concéntricos resaltados por bulevares de ronda que emulan los surcos de las antiguas líneas férreas. Desde el centro, sucesivos ángulos rectos se constelan sobre las convergencias perpendiculares de Bv. Oroño y Av. Pellegrini, Av. Francia y Bv. 27 de Febrero, y Bv. Avellaneda y Bv. Seguí. En su transición a la periferia, el fractal se disloca en otras formas y reformula sus directrices hasta disolverse en su avance sobre la avenida circunvalar. Con éxito dispar, el damero intenta acomodarse al afinamiento septentrional y el ensanchamiento meridional propios de sus marcos urbanos, maridando líneas rectas con rodeos circulares.

A diferencia del casco histórico y las peatonales, el mencionado Bulevar Oroño –hacia el oeste– luce florituras asociadas a las mansiones y los palacetes. Esa textura residencial organiza una segunda centralidad histórica: la del afianzamiento de una burguesía ligada al intercambio comercial y el excedente agrícola. Buena parte de esos ostentosos hogares del tránsito del siglo XIX al XX fueron demolidos en las décadas de 1960-1970 para construir edificios modernos. Otras moradas tuvieron destinos más apegados a su semblante, conservando la totalidad o parte de su aspecto original. No obstante, la restauración no implicó necesariamente la continuidad de las maneras notabiliares. Un bricolaje de bares, restaurantes, clínicas, instituciones educativas y oficinas administrativas ocupan las carcasas palaciales de las viejas elites. Una política de patrimonialización, que apunta a la capitalización emotiva de los transeúntes (Delgado, 2007), combina los distintos estratos edilicios. A su vez, la otrora arteria residencial atraviesa el Parque de la Independencia, de unas 126 hectáreas. Sugiriendo la simetría y equidistancia espacial del Central Park neoyorkino, su pariente rosarino funciona como el corazón verde de la urbe. Reinó en solitario el eje urbano hasta que, con la segunda posguerra, los espacios parquizados se hicieron plurales.

Las dos centralidades, la originaria y la de consolidación burguesa, constituyen fuerzas históricas de jerarquización axial correspondientes a los años 1900. Lejos de ser aleatorias, las dinámicas centrífugas y la proyección fractal se encauzan a través de las gravitaciones de tales nodos estratificados. Tanto el casco encabezado por la plaza como el bulevar palaciego rotulan un recorrido. La segunda ronda de bulevares se vuelve un segundo y “macro” centro. Los ecos de estas transiciones son integrados por las periferias del afinado norte, el profundo oeste y el ancho sur que, sin embargo, abrazan sus propias texturas y mecanismos. La suma de rápidas miradas puede captar, al vuelo, esos conjuntos de relaciones que hacen a la espacialidad. De los núcleos dinamizadores a los patrones rectilíneos del damero. De las localidades vecinas y conurbadas a las verdes planicies de la pampa. Del taco de la bota de Santa Fe a la media distancia con Buenos Aires.

Con todo, la principal relación geográfica, histórica y cultural que hilvana a Rosario es la que mantiene con el que asume como su río, el Paraná. Amén del carácter –nuevamente– fractal de la línea de costa, que dificulta toda empresa métrica, se observa una extensa frontera que separa a la urbe del cauce fluvial. Un aproximado de 17 kilómetros en sentido noroeste-sudeste remarca la barriga urbana con tonos amarronados. El curso que abraza a la ciudad santafesina es distinto a su versión más tropical, en la que se alimenta del Iguazú y egresa de las profundidades del Mato Grosso. Contrariamente a la quietud, capilaridad y cristalinidad que lo caracterizan aguas arriba, el Paraná rosarino es ancho, correntoso y, gracias al limo del río Bermejo, arcilloso. La configuración geológica, esculpida por la erosión y paulatinamente antropizada, discrimina la superficie del lecho de formas variopintas. En el norte, tierra de balnearios, el borde costanero desciende suavemente del amarillo arena al marrón ribereño. En el centro y el sur tiende a escalonarse entre terrazas llanas, barrancas y fondos subacuáticos. Como excepción, la Bajada Sargento Cabral, única pendiente “natural” de la localidad, traduce amablemente las alturas respectivas del casco histórico y el horizonte hídrico. En los primeros tiempos, constituyó la vía exclusiva de acceso al bajo portuario gracias a su conveniente inclinación. El paso del tiempo complementó el acceso al río con diversos refuerzos, muelles, túneles e interfaces de elevación.

Desde las postrimerías de los años 1800, Rosario se erigió en parada neurálgica del nutrido tránsito del Paraná. La posición ventajosa en el corredor navegable desde el Atlántico al interior de Brasil, da cuenta del torcimiento oriental de la centralidad urbana. Desde el segundo decenio del siglo XXI, la Hidrovía Paraná-Paraguay corona el creciente volumen transportado y la magnificación de los poblados costeros. En ese contexto, el puerto rosarino se encuentra a unos 550 kilómetros río arriba de la salida al mar. Se encastra en una porción del curso que suele permutar la navegación marítima y la fluvial. Regenteado por un Ente Administrador, comprende una hilera de instalaciones e interfaces situadas entre los kilómetros Nº 413,3 y Nº 420,3 del trayecto acuático. Su emplazamiento actual se diferencia en áreas. Algunas de ellas se destinan al intercambio económico, la organización logística y la guarda de naves. Otras permanecen inactivas, a la espera de un concesionario interesado o la fortuna de un reciclaje funcional. A lo largo de la costanera destinada a la navegación se destacan determinados dispositivos. La sede de la entidad administradora, la Estación Fluvial y las zonas francas de Bolivia y Paraguay se combinan con dársenas de cabotaje y terminales multipropósito. En 1991, la Ley Nacional 24.075 transfirió terrenos del Ente al municipio de Rosario para instalar el Parque Nacional a la Bandera, con miras a enmarcar y limpiar la panorámica ribereña del Monumento homónimo. La gestión dejó a varios galpones de la antigua interfaz en una disponibilidad que los haría protagonizar parte de este estudio.

Por su parte, el comercio naval explica gran parte de la explosiva revolución de los números de la demografía rosarina. Al comienzo de nuestra periodización, la población de su área metropolitana superaba levemente el millón de habitantes, ocupando el tercer lugar nacional detrás de Buenos Aires y Córdoba. Esa tendencia relativa se mantuvo durante los siguientes veinte años. Otros guarismos colocan a Rosario como la ciudad no capitalina más poblada del país, fenómeno extraño a la distribución argentina y más familiar a la norteamericana. Su crecimiento demográfico, particularmente virulento en los inicios del XX y no pocas veces catalogado como aluvional, no es producto de ninguna ventaja político-administrativa. Más que por ciertos auxilios reglamentarios históricos, la demografía de la urbe se condice mejor por una de las facetas menos exploradas del mote “Chicago Argentina”: su carácter midwestern. Ambas terceras ciudades, la estadounidense y la argentina, sumaron residentes al calor de su ubicación nodal en la conexión ferroviaria nacional. Sin ser fortuitas, las comparaciones norteamericanas suman otros fractales tramados a partir de aguas orientales.

Las capas descriptivas que arrojamos sobre Rosario la bocetan como un emergente del Paraná. Las artes de habitar recopiladas más adelante componen, al menos tangentemente, una experiencia fluvial. Si bien los itinerarios a analizar provienen de múltiples trasfondos, es en la ribera donde se encuentran y producen las apropiaciones espaciales que permitieron su hibridación en formas nuevas. Prosiguiendo con el descenso aproximativo a ese universo experiencial, ensayaremos el equivalente temporal de la vista cenital. Proponemos una breve historización de la ciudad en relación con el río y sus espacios abiertos. Antes que un relato de recomposición, este es primero uno de deseos y proyecciones.

Historia de un anhelo

Hoy en día, Rosario pareciera estar hecha para el aire libre. Cerca de 12 metros cuadrados de espacio verde para cada habitante censado respaldan esa afirmación. Los kilómetros de costa para uso público también se cifran en la docena, aportando más de 135 hectáreas a las extensiones con vegetación. Para el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la ciudad exhibe la mejor proporción ecológica de la Argentina (Terraza et al, 2015). Pero eso no fue siempre así. El despeje y acceso panorámico al río existieron, durante mucho tiempo, como un anhelo para la gestión y la prensa locales. Proponemos transitar los derroteros de esa historia desde una doble lente. La primera, que extiende el motivo “aéreo”, es la de funcionarios, técnicos y comunicadores que miran al espacio urbano como proceso gobernable. La segunda, es la de los espacios a cielo abierto que conducen al reencuentro con el Paraná.

Recuperamos postulados historiográficos recurrentes. Surgida de la Villa del Pago de los Arroyos, Rosario sabe de orígenes modestos. Desde finales del siglo XVII, la existencia de un poblado primigenio se envuelve en los trazos difusos de una historia política sin fundador. Retomando la semblanza del derrame fluvial, los contornos de la ocupación se expresan a cuentagotas y sin mojones firmes. El asentamiento compartió con la cabecera de la provincia una identidad católica inicial que, con las centurias, decantó en una rivalidad administrativa e idiosincrática. Las divergencias se remontaban a los pergaminos coloniales de los que carecía la villa del sur, contrastando con el abolengo de Santa Fe. Con la autopercepción de una modernización acelerada, la urbe mitigó esa oscuridad de origen con un relato que la hacía producto de su propio esfuerzo (Álvarez, 1998). El oportuno panegírico jerarquizó gestas de templanza e ingenio. Declarada ciudad en 1852, Rosario se volvió un enclave del proceso de integración de la Argentina liberal-conservadora en la división internacional del trabajo. Iniciado el siglo XX, un capitalismo de aspiraciones globales esculpió la efigie sociocultural rosarina. El emplazamiento en el concierto rioplatense, los dividendos del modelo agroexportador, el fortalecimiento de Estado nacional y el aluvión inmigratorio, señalan esas transiciones (Bonaudo, 1999; Lobato, 2000). Las ideas y personas escupidas por los barcos pintaron un colorido paisaje sociocultural. Un combativo movimiento obrero debatido entre el anarquismo y el socialismo se enfrentó a una fuerte burguesía regionalizada (Falcón, 2005). A su vez, grupos masónicos cuestionaron el patronazgo de la virgen que otorgaba su nombre a la localidad, ante la resistencia de elites católicas (Godoy, 2008). Para mediados de la centuria, ese coctel societal se agitaba al ritmo del crecimiento del espacio citadino.

La población de Rosario, de las más dinámicas del litoral, conformó la segunda demografía urbana de Argentina hasta los años 1970. De unos 50.000 habitantes en el censo provincial de 1887, llegó a tener 192.000 para el conteo municipal de 1910 (Roldán, 2013). Con el crecimiento vertiginoso como nota distintiva de la urbe, sus sectores dirigentes procuraron encauzar las magmáticas energías sociales. El arco que atraviesa las dos guerras mundiales atestiguó sendos ensayos para dar forma a una naciente sociedad de masas (Roldán, 2012). La modernidad que llegaba a las costas australes del mare nostrum rioplatense acarreaba oportunidades y peligros. Entre estos últimos, las aglomeraciones excesivas y el deterioro habitacional vehiculizaron los diagnósticos.

Epilogando el siglo XIX, la prospectiva higienista absorbió las preocupaciones de las elites y hegemonizó los discursos rectores del ordenamiento urbano. Proyectada desde una matriz biologicista, esa vertiente de la “medicina práctica” anclaba la salud de los urbanitas a la del organismo-ciudad. De manera general, prometía atacar los flagelos de la desorganización social, el contagio de enfermedades físicas y morales y la inoculación de noxas externas. Guillermo Rawson (1876) y Eduardo Wilde (1885), exponentes del higienismo argentino, exhortaban a descomprimir el hacinamiento y a generar espacios verdes que oxigenen la trama. Las extensiones libres y despojadas de congestionamientos ofrecían propiedades curativas para los sectores populares, combatiendo los miasmas y democratizando la sociedad (Armus, 1996). En tanto dispositivos sanitarios, los parques trabajaron con una noción de población como recurso vital a potenciar.

En Rosario, las posibilidades de replicar las grandes espacialidades ajardinadas de Nueva York o Londres se materializaron con la Intendencia de Luis Lamas. El Parque de la Independencia, inaugurado en 1902, vaticinaba una reformulación de la vida citadina con ambientación bucólica. La purificación de la atmósfera, las ferias celebratorias del progreso y el fomento del ejercicio físico fueron los argumentos esgrimidos por el Ejecutivo local. El municipio halló en la concesión de terrenos la mecánica para financiar y sostener un espacio verde de dimensiones inconcebibles para los presupuestos anuales. Con los años, casi el 70% de la superficie del Parque Independencia sería tomada por instituciones privadas (Roldán y Godoy, 2017a). Los nuevos adjudicatarios sumarían acondicionamientos y atractivos a la purificación representada por el parque. El gigante boscoso habitó en solitario el corazón de la ciudad durante el despunte de los años 1900, cuando los espacios con fronda se multiplicaron. El modelo concesionario permaneció como herramienta para la generalización de pastizales, árboles y florestas que, eventualmente, conduciría al curso de agua.

El paso del temprano siglo XX vio a los gestores municipales pormenorizando sus diagnosis. Advertían una creciente diferenciación entre centro y periferia, sumada al ahorcamiento supuesto por el cinturón ferroviario. Si bien el tren le había otorgado a Rosario una importancia regional sin precedentes, la disociaba del Paraná y el territorio circundante. En ese contexto, la perspectiva de un horizonte fluvial entusiasmaba con la potencialidad de alivianar la encerrona férrea. La municipalidad buscó el consejo de técnicos con vistas a multiplicar el verde y orear la trama mediante el río. La planificación urbana acumulaba renombre como herramienta de intervención. El primer plan urbano para Rosario fue realizado por el arquitecto francés Joseph Bouvard en 1911. Ante lo que el especialista leyó como un desarrollo urbano tan veloz como falto de previsión, insistió en la creación de plazas públicas y la implementación de arterias diagonales. El proyecto, finalmente descartado por el gobierno, buscaba aprovechar la “riqueza natural panorámica” de las barrancas y “sacar partido de esos puntos pintorescos para el deleite público” (Roldán y Godoy, 2017a: 158). La preocupación de Bouvard por el bloqueo fluvial de las instalaciones ferroportuarias y la escasa existencia de espacios libres no estaba aislada. Ese mismo año, su colega y coterráneo Charles Thays diseñaba el Parque Recreo Arroyito, que apuntaba al disfrute familiar de la ribera norte. El designio, producto de pobres finanzas y nuevas concesiones, se cambió por un club náutico y un balneario municipal once años después.

La imaginación cenital continuó por esa senda. A mediados de los años 1920, el Ejecutivo incentivó la multiplicación de pequeños espacios abiertos a lo largo de una traza cada vez más extensa occidental y meridionalmente. Las pequeñas plazas barriales ponían de manifiesto el deseo de progreso de las sociedades vecinales, aglutinantes de la sociabilidad política rosarina. Respondiendo a numerosas solicitudes, algunos funcionarios promovieron reformas parciales. La Dirección de Parques y Paseos plantó arboledas e instaló dispositivos para el ejercicio físico en manzanas y corredores verdes (Pignetto, 1927). Estas experiencias evidenciaron un novel rol de las zonas parquizadas vinculado al cuidado de los cuerpos en movimiento y comprometido con la práctica de la cultura física. Las variaciones espaciales conjugaban finalidades higiénicas y recreativas, alcanzando su máxima expresión con el Parque Balneario Ludueña (1939), inaugurado en los terrenos del Parque Recreo Arroyito. Por su parte, el Concejo Deliberante abogaba por “Reservas boscosas y espacios libres” que deberían ocupar la quinta parte de la ciudad.

El Plan Regulador de 1935 recuperó esa máxima, buscando la creación de un sistema de espacios verdes y la reorganización de las pequeñas plazas inconexas. El proyecto se concebía como una racionalización del ejido con el objetivo de “recobrar la unidad perdida de la ciudad”. Una conexión de parques dentro de conjuntos más amplios, se ensamblaría con “la incorporación de playas, balnearios y otros lugares propicios de la costa” (Della Paolera, Guido y Farengo, 1935: 14). Un park-system de espacios ajardinados “casi en estado natural”, se articularía a través de corredores paisajísticos o park-ways. La prescriptiva espacial se subía al convoy de recomendaciones en favor de dosis adecuadas de oxigenación y ocio para lograr ciudadanos más virtuosos y felices.

El Plan Regulador no logró desafiar la hegemonía del transporte agroexportador. En manos de capitales extranjeros, las redituables terminales, vías y puertos no ingresarían en el ordenamiento urbano. No obstante, el efecto de la prescriptiva sobre los espacios verdes se dirimió en el plano de la significación. Las aspiraciones de 1935 constituyeron un pilar en el anhelo de la reunión del río con la ciudad. Venideras empresas continuarían, por partes, el rescate del horizonte fluvial. En 1952 se redactó otro Plan sustentado en dos nuevas condiciones. Por un lado, el poblamiento de la ribera metropolitana con industrias, lo que desviaba el tráfico y los desembarques a las afueras de Rosario. Por otro, la caducidad de la concesión francesa del puerto de Rosario en 1942 y la nacionalización de los ferrocarriles en 1948. La consecuente liberación de grandes superficies fue aprovechada por el denominado Plan Rosario. En relación al río, se destacó la reconversión de una porción de la barranca central para usos no ferroportuarios y el desplazamiento de los puertos hacia el sur de la ciudad. Se instaló el Parque de la Ancianidad (hoy Parque Urquiza) en las 14 hectáreas correspondientes al predio del Ferrocarril Oeste Santafesino. Aunque no transformó la morfología portuaria, significó una primera reinterpretación paisajística del Paraná. Con el Plan Rosario, el verde pasó a denotar sentidos ligados al esparcimiento de las clases trabajadoras. A pesar de la lentitud del proceso y las dificultades financieras, el renovado régimen de propiedad de esas tierras obró en favor de la proyectiva.

En 1967, la planificación del onganiato concibió una ciudad separada en funciones. Un tercer Plan Regulador (1968) y la creación de la Prefectura del Gran Rosario (1969) condujeron la organización urbana a una escala metropolitana. Se propuso la sistematización de la circulación terrestre y el reordenamiento de las instalaciones portuarias, asignando roles recreativos a los solares vecinos al Monumento a la Bandera. La última dictadura militar (1976-1983) implementó una planificación que operó al margen de toda normativa. Entre otras cuestiones, disolvió los organismos y la zonificación regional de la década anterior. La celebración de la XI Copa Mundial de Fútbol Argentina 1978, con Rosario como una de las sedes, hizo resurgir la agenda de recuperación de la ribera (Roldán, 2018). Se construyeron infraestructuras, se remodeló el estadio de fútbol y se embelleció el área de la Avenida de la Costa, iniciada en los años 1940. El gobierno local realizó una importante obra de reestructuración de la franja costera septentrional, desde el balneario La Florida hasta el estadio de Rosario Central. El objetivo era que el campo de juego, vecino privilegiado del Paraná, se enmarque en un dispositivo paisajístico de valor urbano. Esta metamorfosis implicó el desalojo de los pescadores de la zona y la demolición de sus chozas en la barranca.

En líneas generales, durante la mayor parte del siglo XX, la mirada cenital de la planificación produjo diagnósticos, ensayó recetas, trabajo con diversas variables en Rosario. Esas proyectivas compartieron la vocación de redefinir el vínculo ribereño. Asumido como una co-presencia largamente postergada, el Paraná se analizó en su apertura al tránsito comercial y su cerrazón a la vida ciudadana. Las estrategias de aprovechamiento fluvial se perfilaban de manera integral y privilegiando las funciones –sanitarias, paisajísticas– por sobre el diseño. En los dos decenios finales de la centuria, los ritmos de esa empresa se acelerarían y sus tonalidades mutarían.

Coyuntura

Con dos centralidades en marcha y tres planes estratégicos a cuestas, Rosario recibió con algarabía el retorno democrático. La retirada de la autodenominada Organización Nacional y el relajamiento en los controles de opinión pública (Águila, 2000) nutrió a la reformulación urbana de esperanzas de holgura. Un eco local de esos bríos fue el ascenso, en 1983, de la Dirección de Cultura Municipal al rango de Subsecretaría. La potenciación de la cartera, en el marco de un Plan Nacional de Cultura llevado adelante por el alfonsinismo, se coronaría con su transformación en Secretaría, diez años más tarde (ordenanza 5724). En consonancia con procesos afines en América Latina, la renovada área gubernamental vio al espacio público como arena para la democratización cultural. Con ese prospecto, se programaron actividades al aire libre, se regularizaron espacios feriales preexistentes y se acompañó la tarea de los centros culturales barriales (Cardini, 2015).

Concomitantemente, también a comienzos del decenio de 1980 la Secretaría de Planeamiento de Rosario atravesó reformas significativas. Por una parte, pasó a componerse íntegramente por profesionales de la arquitectura. Por otra, se acompañó de una Dirección General con miras a la reformulación del Plan Regulador 1968. Un Plan Director vio la luz en 1991, actualizando la proyectiva previa con un gran relevamiento cartográfico y despliegue visual. En ese afán espacializador, los años noventa significaron la concurrencia entre las áreas de Cultura y Planeamiento para trabajar sobre líneas de acción relativas a la ciudad contemporánea. La novel alianza de carteras procuró dotar a las políticas culturales de dimensiones arquitectónicas y paisajísticas. Inicialmente, las plazas, los parques y las explanadas fueron buenas opciones para orientar las intervenciones. De todas formas, la gran convidada fue la perspectiva fluvial, que parecía finalmente abrirse para ser asumida por la planificación posdictatorial. La ribera central de Rosario ingresaba en otra etapa de su historia y auguraba novedosos usos.

La escena para la arquitecturización de la cultura se compendiaba sobre una silueta longilínea. La franja, con un largo redondeado en 4 kilómetros y su mejor ancho promediando los 100 metros, sustraía al damero del discurrir de las aguas. En parte por obra de la erosión natural de la cuenca y gracias a longevas adecuaciones de factura inglesa, el grueso de la línea costera se distribuía en terrazas barranca arriba. Esas tipologías espaciales no eran extrañas al vocabulario experto existente. A lo largo de la historia del anhelo planificador, espacios similares fueron categorizados como “libres”, “abiertos” o “verdes”. Los primeros adjetivos definían por la negativa: la ausencia de edificaciones. El tercero expresaba la presencia de césped y de cierta masa vegetal. Recién en el epílogo del siglo XX comenzó a hablarse de espacio público. Amén de las antiguas articulaciones latinas del ágora griega y las posteriores esferas de opinión iluminista, la publicidad de un entorno urbano pasó a dirimirse en la visibilidad y la accesibilidad (Rabotnikof, 1997). Futuras y algo más refinadas ediciones del conjunto categorial, incluirían la polivalencia funcional y reasumirían la noción de ambiente (Fedele, 2019). Es muy probable que las acciones de reconversión ribereña animaran esas reformulaciones, prontamente naturalizadas en el léxico ciudadanista (Delgado, 2011).

En efecto, una rápida fotografía del presente nos muestra a la costanera céntrica como paradigma del espacio público. A vuelo de drone (fig. 2), se percibe cierta persistencia del verde. Con el descenso, aparecen matices y texturas. Caminos, equipamientos, luminarias, barandas, cestos de residuos. Estructuras recicladas de estilo inglés. Locales gastronómicos y centros culturales. Lateralmente, clubes de pesca y guarderías náuticas. Atolones concesionados con jardines cuidados y dispositivos de ejercicio físico. Edificios de alta gama erigidos sobre las planicies río arriba. Kilómetros de paseos escoltados por árboles y arbustos. Amables céspedes. Sobre todo: gente, mucha y recreándose.[1] Un recorrido por la misma línea de costa reconoce muchos nombres. De sudeste a noroeste, se suceden los Parques Nacional a la Bandera, de España, de las Colectividades, Sunchales y de la Arenera.

Sin embargo, a principios de la década de 1990, cuando las Secretarías de Cultura y Planeamiento dirigieron sus miradas al cauce, la imagen era distinta. Desde finales del siglo XIX, la ribera central de Rosario había funcionado exclusivamente como interfaz ferroportuaria. En 1989, cuando el recién electo presidente Carlos Menem sentenciaba “ramal que para, ramal que cierra”, el espacio se sumió en la incertidumbre. Seis años separaron a la Reforma del Estado (Ley 23.696, Decreto 1105/89) de la liquidación de los bienes ferroviarios (1039/95). El tiempo entre las normativas sirvió para que las instalaciones remanentes del Ferrocarril Mitre fueran vaciadas y sus inmediaciones, abandonadas. Hacia 1995, los terrenos lindantes al Paraná, otrora consagrados al transporte y carga de los frutos del agro, devinieron carcasas en desuso. Estaciones, talleres, galpones, vías y durmientes permanecieron como testigos de actividades pretéritas. La hierba se apoderó de los despojos y, como resultado, la zona se volvió un mosaico que intercalaba verde, marrón terrestre y el abanico cromático de la herrumbre.

Figura 2 – Vista panorámica de la ribera central de Rosario

Fuente: imagen cortesía de CMD Rosario Drone (@rosdrone en Instagram).

En ese marco, el gobierno local retomó el motivo histórico que, empalmado con objetivos urbanísticos y operaciones de prensa, había orientado la imaginación ciudadana durante casi un siglo. Se trató de la voluntad de restituir el esquivo vínculo entre la ciudad de Rosario y el río Paraná, asumiendo un derecho de la primera sobre el segundo. Intenciones análogas, como las de 1935 y 1952, habían resultado insuficientes ante la desfavorable correlación de fuerzas que imponían los capitales extranjeros y el esquema productivo. En contraste, el último decenio del siglo XX alineó –a partir de sus costados más ominosos– las condiciones de posibilidad para las fantasías de recomposición. El desmantelamiento del sistema ferroviario argentino (Martínez, 2007) y la reconversión de los puertos (Fedele, 2011), pusieron la franja territorial en disponibilidad tácita. Los rumbos del proceso de desafectación ferroportuaria prometían una antes impensada reserva de tierras para la empresa. Ulteriores promesas de traspaso de esas infraestructuras a los municipios, coronaron el entusiasmo de los funcionarios rosarinos.

Si bien paulatina, la revitalización de la zona permite identificar dos momentos clave, que protagonizarán próximos capítulos de este libro. En 1992, un complejo cultural consagrado al vínculo con España constituyó el primer avance sobre la costa. En 2004, un museo de arte contemporáneo y una casa celebratoria del tango actualizaron ese empeño. Por ahora, basta con posicionarlos como testimonios del despliegue de la alianza entre políticas culturales y planificación urbana. A ambas orillas de cambio de milenio, sitúan una actualización de las dinámicas del fractal rosarino, induciendo una tercera centralidad. Su fuerza de atracción apunta río arriba, al noreste de los nodos históricos previos. Los aires de familia contrastan con cuotas de novedad en relación al casco fundacional y el bulevar residencial. Las similitudes se ubican del lado de la valorización del suelo urbano y la concentración de ofertas y actividades. Lo distintivo asoma en la asunción de un perfil recreativo y la exhibición de expresiones culturales más contemporáneas por parte de la ubicación ribereña.

Las tres centralidades, correspondientes con olas de modernización y consecuente “periferización” que centrifugaron a Rosario, parecen orientar los flujos urbanos. Si se trazan líneas imaginarias entre ellas, se esboza una figura zigzagueante. Por momentos, la constelación resultante se limita a replicar el damero. El encuentro con el Paraná consigue romper con el patrón rectilíneo y asume los rizomas que dicta la frontera hídrica. Lejanos a la neutralidad inercial, sus vectores sugieren una dirección nororiental. Significativamente, sus trazos son calcados por una “Calle Recreativa” que envuelve el centro rosarino. Con la máxima de oxigenación de los cuerpos en movimiento, el dispositivo de esparcimiento describe la ciudad de una manera específica. Mediante el tríptico de centralidades, ofrece un recorrido escenográfico de la urbe que pone su ápex en la ribera central. Desde 2010, caminatas, pedaleadas y patinadas semanales reactualizan el orden simbólico (con)céntrico, sobre el que se monta su valorización selectiva (Roldán y Godoy, 2017b).

Con los métodos propios de la tracción a sangre humana, la Calle hilvana los andamios del fractal. La instancia de recreación corona tendencias y procesos amarrados en torno a la costa reestructurada, receptáculo panorámico del ocio desde los tempranos 2000. La porción ribereña que augura el enflaquecimiento septentrional de la “panza” rosarina, devino el skyline por antonomasia. Desde el extremo entrerriano del puente que conecta con la localidad de Victoria, el horizonte hídrico invertido se expresa como vidriera y entrada. Lo que hasta la última década del siglo XX fue un límite fluvial, se troca por un frente hacia el discurrir de las aguas. Para las miradas escrutadoras de la ciudad, el alto perfil del waterfront ofrece un valioso laboratorio de observación (Marshall, 2001). Simbiosis de imagen y producto urbano (Zukin, 1995) post-ferroportuario, visibiliza la concurrencia condensada de fenómenos concatenados. Entre ellos se destacan la urbanización como valorización del capital (Harvey, 2008), la planificación estratégica (Fernández Güell, 2006), el marketing urbano (Ward, 1998) y la gentrificación (Smith, 2013). Prueba de los esfuerzos mancomunados por resignificar las arcillosas corrientes desde los usos culturales, la fachada urbana apetece los laureles de un paradigma.

A esta altura del texto, la historia de la producción de la ribera como espacialidad cultural se toma al vuelo y se narra cenitalmente. En los ojos del anhelo gubernamental y técnico, se persigue el arco argumental de un avance acumulativo. Los obstáculos –rémoras de útiles, pero poco amigables usos del río– se superan cuando las condiciones son apropiadas. El espacio público fluvial se erige victorioso sobre las ruinas del ferrocarril y los malos recuerdos dictatoriales y menemistas. No obstante, otras formas de contar el proceso aparecen conforme se hace pie en las terrazas que dominan la barranca. La arquitecturización de la cultura constituye la gesta más conocida, pero el tejido conectivo de la franja costera se trama al nivel de las prácticas socioculturales. Trabajo menos grandilocuente y más cotidiano, el mundo de “los usuarios” sostiene la relativa homeostasis de la tercera centralidad.

Esperablemente, la pregunta por el supuesto éxito de la asociación entre cultura y centralidad ribereña no conoce respuestas mecánicas. Allí entra en juego el problema de las multiplicidades en relación a la espacialidad. En nuestras investigaciones, encontramos la configuración cultural del riverfront rosarino en la confluencia y la divergencia. Nos interesamos por las grillas capaces de encauzar lo caóticamente pletórico, e intentamos caracterizarlas. Con Michel Foucault (2000, 2006), pensamos en las tecnologías para el gobierno de procesos y magnitudes a través de adecuaciones espaciales. Extendimos la paráfrasis: interrogamos la gubernamentalidad cultural urbana, en tanto mecanismo para el ingreso del heteróclito universo atribuido a “la cultura” como parte de una política. En ese sentido, materialidades, prácticas y significaciones componen por igual al espacio ribereño como lo conocemos. Las artes de habitar se ensamblan en los prolegómenos de la renovación costera proliferando en sus intersticios. Las páginas que siguen sobrevuelan los avatares de la apertura fluvial y sus repercusiones inmediatas. El Parque de España aparece como hito inaugural de la conquista de la vista al Paraná. Le sigue el Centro de Expresiones Contemporáneas, la primera reconversión de galpones portuarios. Ambos dispositivos se integran en una sutura significante entre la cultura y el río. Esos antecedentes sostienen la fundación de una ciudad post-ferroportuaria.


  1. Analizamos esa dinámica en Godoy y Roldán (2020).


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