Otras publicaciones:

12-3949t

frontcover1

Otras publicaciones:

9789877230017_frontcover

12-3876t

4 La universidad como organización

Hacia fines del siglo XX diversos factores políticos, económicos y sociales han influenciado la estructura y dinámica de funcionamiento de las instituciones de educación superior. Ante este nuevo contexto, los Estados debieron introducir políticas públicas que incluyeran mecanismos útiles para medir la calidad de una oferta educativa ampliada y diversificada. Los indicadores utilizados para dicho fin deben atender a las características propias del fenómeno que se evalúa en este caso, las universidades, sin asumir implícitamente que la sola puesta en marcha de las políticas presupone su éxito (García de Fanelli, 2005). Por lo tanto, el conocimiento de la universidad como organización es una condición previa necesaria para asegurar la coherencia entre los instrumentos de evaluación y lo evaluado, como así también para lograr que los objetivos de la política pública no se traduzcan solamente en “modificaciones superficiales en la estructura de la organización, sin consecuencias para el núcleo duro de funcionamiento” (García de Fanelli, 2005: 31). Es decir, la eficacia de un instrumento de política pública que influye de manera exógena en una organización depende del conocimiento que se tenga sobre los objetivos que persigue la institución y los actores que están involucrados, considerando quiénes tienen autoridad para diseñar la estructura normativa, quiénes deciden sobre la operatoria diaria y qué otros actores influyen en el proceso decisorio (García de Fanelli, 2005).

Este capítulo se propone examinar a la institución universitaria como organización compleja, analizando los actores y sus diversas culturas organizacionales, su estructura y los mecanismos de funcionamiento. Este análisis preliminar permitirá evaluar en la siguiente instancia si los instrumentos de medición de la calidad aplicados por la CONEAU guardan coherencia con las particularidades de la institución universitaria.

4.1. La universidad como organización compleja

Las universidades, como todos los ambientes institucionales, se caracterizan por contener reglas o requisitos a los que se deben ajustar los actores para recibir apoyo y legitimidad. Estas reglas surgen desde la misión de cada establecimiento, las agencias reglamentarias estatales, las asociaciones profesionales, o incluso desde sistemas de creencias generalizados (Powell y Di Maggio, 1999). Por lo tanto, son variadas las formas concretas que pueden asumir las instituciones de educación superior a partir de estas normas que la influyen, y que, según García de Fanelli (2005), pueden ser tanto formales (constituciones, leyes, estatutos, reglamentos, contratos, procedimientos internos) como informales (ética, confianza, códigos implícitos de conducta).

La complejidad de la institución universitaria se explica de acuerdo a diversos factores: la multiplicidad de fines, la intervención de múltiples actores en los procesos decisorios; las diversas culturas organizacionales que conviven en el interior de la organización o la estructura compleja que se deriva de su naturaleza.

Los fines de la institución universitaria

Una universidad define múltiples fines que justifican su existencia e importancia en la sociedad, entre los cuales García de Fanelli (2005) nombra: formación de profesionales para el mercado de trabajo; formación de científicos para la producción y transmisión del conocimiento en las ciencias; formación de líderes políticos y empresariales; formación de ciudadanos dotados de mayor conocimiento y cultura general; producción de nuevo conocimiento científico; producción de servicios de asistencia técnica, consultoría y transferencia tecnológica al sector productivo y a la comunidad; mejora de la distribución del ingreso a través de la provisión de oportunidades de movilidad social ascendente; provisión de un conocimiento independiente de los gobiernos y de los partidos políticos, teniendo por valor orientativo la búsqueda de la verdad; constitución como polo de desarrollo económico y social; preservación y diseminación de los valores culturales, etc. Todas estas funciones se pueden resumir en los objetivos explícitos de enseñanza, investigación y extensión. El reconocimiento de estos objetivos es el fundamento que guía la construcción del diseño estructural de la institución y explica la presencia de determinadas creencias y culturas.

Los actores del sistema universitario

Los principales actores que intervienen en las funciones sustantivas de la universidad son los docentes, investigadores y alumnos. En primer lugar, docentes e investigadores (roles que en algunos casos juega una misma persona) se posicionan como los motores de la tarea universitaria, dado que llevan a cabo las tareas de producción y transmisión del conocimiento. Y, por otro lado, los alumnos, receptores del servicio educativo, conforman un grupo heterogéneo que asiste a la institución en búsqueda de nuevos conocimientos y habilidades para su formación académica y profesional. Los tres actores además se caracterizan por pertenecer a una determinada área disciplinaria que tiene sus propias reglas y tradiciones. Por lo tanto, dada la doble pertenencia a una determinada institución y disciplina, “una educación de buena calidad para un grupo de estudiantes es aquella que se adapta adecuadamente a sus necesidades y capacidades, lo cual frustra la posibilidad de una medida unívoca de calidad” (García de Fanelli, 2005: 74).

Por otra parte, frente a la implementación de políticas públicas relacionadas con la calidad total, la planificación estratégica o la gestión por objetivos, surgió un grupo de actores con creciente poder en la institución: los profesionales de la gestión o gerentes universitarios (García de Fanelli, 2005). En este sentido, la universidad experimenta una profesionalización de su gestión llevada a cabo por actores con conocimiento en administración, Por lo tanto, dentro de la institución universitaria convive una oligarquía académica junto a una burocracia administrativa especializada (Clark, 1983).

Por último, entre los actores externos (García de Fanelli, 2005) que influyen en la universidad se encuentra la comunidad académica disciplinaria nacional e internacional, la cual se encarga de definir las fronteras del conocimiento y adquiere determinadas prácticas de enseñanza e investigación que conllevan a parámetros específicos de calidad. Las organizaciones profesionales también influyen al determinar las incumbencias profesionales y las calificaciones y competencias que se necesitan para el ejercicio profesional. De esta forma, son participantes importantes a considerar a la hora de determinar contenidos curriculares, planes de estudio, estándares de calidad y pertinencia profesional de las carreras. Y, por otro lado, el personal docente y el no docente se agrupa en sindicatos, a cargo de la definición de las condiciones laborales, los niveles de remuneración y las propuestas de capacitación. Finalmente, es importante mencionar al Estado, actor con creciente importancia en el mundo universitario, quien interviene en cuestiones académicas y financieras, especialmente a partir de la introducción de estándares de calidad necesarios para la acreditación de ciertas carreras y autorización de instituciones.

La cultura organizacional en la universidad

Se pueden encontrar en la universidad una amplia variedad de culturas organizacionales, fenómeno explicado por la diversidad de actores que conviven en ella. Entre ellas se pueden mencionar la cultura de la disciplina, del establecimiento, de la profesión y del sistema en general (Clark, 1983).

Para empezar, las disciplinas son las “empresas primordiales de los sistemas académicos que operan con sus propios procedimientos modelados a lo largo del esfuerzo de varias generaciones” (1983: 118), propiedad que se profundiza aún más al conocer las diferencias en las prácticas de docencia, investigación y servicios de extensión dentro de cada área disciplinaria específica. La cultura disciplinar trasciende las instituciones, pero debe coexistir con la cultura de cada institución, en cuyo seno se aloja para la producción y construcción del conocimiento.

El diseño estructural de la universidad

Los actores trabajan a partir de un sistema de creencias definido como la cultura organizacional, pero también de acuerdo a una determinada estructura, definida como “la suma total de las formas en que su trabajo es dividido entre diferentes tareas y luego es lograda su coordinación entre estas tareas” (Mintzberg, 2000: 6).

El diseño organizacional debe guardar coherencia con los objetivos de la institución, el contexto del mercado en el cual opera y las regulaciones del Estado. En el caso de las universidad, se pueden encontrar sectores diferenciados en su estructura: un núcleo operativo, base de la organización conformado por profesores e investigadores, a cargo de las funciones de docencia, investigación y extensión; una cumbre o ápice estratégico, la cual tiene la responsabilidad general de la organización (rectores, decanos, directores de carrera, entre otros); la línea media que conecta el núcleo operativo con la cumbre y se encarga de transformar las políticas generales de la institución en órdenes más detalladas y concretas (coordinadores de programa); la tecnoestructura , compuesta por aquellos analistas (como los gabinetes pedagógicos) que coordinan tareas y elaboran técnicas para hacer más efectivo el trabajo de la estructura; y el staff de apoyo, que provee servicios indirectos necesarios para el funcionamiento de la institución (oficina de admisión, oficina de alumnos, sistemas, centros culturales y de deportes, etc.).

Esta estructura universitaria se caracteriza por adquirir las cualidades propias de una burocracia profesional (Mintzberg, 2000): diseño estructural que confía en los conocimientos y habilidades de los profesionales operativos necesarios para el funcionamiento (docentes e investigadores). El poder se encuentra entonces centralizado principalmente en estos profesionales altamente capacitados ubicados en el núcleo operativo, característica que se explica por las particularidades del objeto que produce la universidad: conocimiento.

Todas estas cualidades de la institución universitaria generan mecanismos de coordinación y regulación que pueden estar reglamentados formalmente o desarrollarse implícitamente. ¿Cómo se dan esas relaciones en una institución compleja?

4.2. Mecanismos de funcionamiento: coordinación y regulación

Como en toda institución, dentro de la universidad surgen y evolucionan normas y procedimientos que simplifican los procesos, por lo que el marco institucional limita las elecciones ofrecidas a los actores (Powell y Di Maggio, 1999). Estas normas, formales e informales, no solo dictarán procesos útiles para la coordinación de actividades, sino que también atenderán a las regulaciones a las que están atadas las instituciones de educación superior. De acuerdo a Mintzberg (2000), las normas de funcionamiento en las universidades se enmarcan en un modelo de descentralización vertical y horizontal. Es decir, la toma de decisiones no se decide en el ápice estratégico, sino que las elecciones se realizan en la parte inferior de la jerarquía (núcleo operativo, descentralización vertical) y el poder descansa en gran cantidad de no-gerentes (operarios, descentralización horizontal). Así y todo, toda institución universitaria, más allá del poder que se le puede confiar a sus profesores e investigadores, tiene una misión que le da origen y que guía las actividades más allá de las diferencias disciplinarias.

Por la complejidad en las formas de coordinación y regulación que se derivan del diseño estructural de la universidad, esta se asimila a una federación o coalición de disciplinas, según la describe Clark (1983). Este autor también la considera una anarquía organizada, dado que la universidad carece de una definición y vinculación clara entre fines y medios. Otra denominación es la de sistemas débilmente acoplados para ilustrar la ambigüedad que “se deriva de tecnologías suaves, de tareas fragmentadas y de la continua entrada y salida de sus participantes, así como de la ambigüedad de sus fines” (Clark, 1983: 49). Adrogué, Corengia, García de Fanelli y Pita Carranza (2015), también retomando a Clark, agregan que este débil acoplamiento también se interpreta como una débil interdependencia entre sus partes, cualidad que se traduce en una baja capacidad de la institución en su integridad para realizar cambios, dado que los cambios en el ambiente de alguna de sus partes no necesariamente afectarán el comportamiento estructural. En este sentido, se dan en el seno de la universidad dos fuerzas contrarias que afectarán la toma de decisiones y la adaptación a las diversas regulaciones que surjan. En primer lugar, hay una fuerza desintegradora que se profundiza con la creciente especialización del conocimiento, fenómeno que convierte a las instituciones de educación superior en organizaciones con base pesada porque es una estructura dominada desde abajo (el núcleo operativo). Pero también existen fuerzas unificadoras, integradas principalmente por la misión universitaria y los objetivos propios de la institución.

Este capítulo se planteó revisar la complejidad de la institución universitaria, como así también sus mecanismos de funcionamiento, a modo de paso preliminar para evaluar el éxito de las políticas públicas aplicadas a las instituciones de educación superior.

La universidad es definida como una institución compleja en donde conviven diversas culturas organizacionales, principalmente la disciplinaria y la del establecimiento. Esta diversidad se traduce en un diseño estructural que distribuye el poder entre una oligarquía académica y una burocracia profesional. La relación entre estos dos grupos se torna muchas veces conflictiva, lo que dificulta la ejecución de tareas que requieran de ambas competencias. Los procesos de evaluación de la calidad son un ejemplo de instancias en que deben participar activamente tanto el sector académico como el administrativo. Por lo que debe ser el primer aspecto a tener en cuenta a la hora de planificar e implementar políticas públicas de acreditación. Es vital entonces la participación de la universidad y todos los actores involucrados en las etapas de diseño, implementación y evaluación de la política pública de acreditación. Ahora bien, ¿cómo se llevó a cabo este proceso político en el caso argentino?



Deja un comentario