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4 El poder constitutivo del lenguaje

Sexismo y posibilidades de agenciamiento

En el artículo “Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista” Judith Butler señala:

No cabe duda, es necesario releer los textos de la filosofía occidental partiendo de los varios puntos de vista que han sido excluidos, no sólo para revelar la perspectiva particular y el conjunto de intereses que nutren estas descripciones ostensiblemente transparentes de lo real, sino también para ofrecer descripciones y prescripciones alternativas; y desde luego, para establecer la filosofía como una práctica cultural, y para criticar sus principios a partir de lugares culturales marginados.[1]

Y luego agrega:

Ciertamente, sigue siendo políticamente importante representar a las mujeres, pero hacerlo de tal manera que no se distorsione ni cosifique a la colectividad misma que se supone la teoría debe emancipar.[2]

Indudablemente, es fundamental impulsar la representación de las mujeres en la historia y en el terreno de la construcción de saberes. Sin embargo, para llevar a cabo esta reconstitución de los puntos de vista marginados -y potencialmente subversivos- también es necesario transformar el lugar desde el cual se habla. Es decir, no tendría ningún sentido llevar a cabo esta transformación del sentido de la experiencia de las mujeres en la historia si no se habla desde un punto de vista distinto del que justamente las oprime. Esto es indispensable porque si tomamos los conceptos y el sistema de pensamiento creado por la ideología de la opresión como punto de partida, estaríamos permaneciendo dentro de la misma lógica opresora, lo cual no haría otra cosa que perpetuarla.

En otras palabras, el objetivo es fomentar la visibilidad de las mujeres: darle importancia a sus experiencias y a su propio modo de ver el mundo que las rodea. Ahora bien, y aquí viene el tema nuclear del capítulo, ¿de qué modo alcanzar dicho objetivo? En nuestra opinión, la manera más efectiva -sino la única- para llevar a cabo dicho proyecto y obtener efectos profundos y duraderos es enfocándose en el lenguaje; principalmente en las herramientas, características y componentes del lenguaje que alimentan esta invisibilidad de las mujeres tanto en el plano material como en el plano simbólico. Se dilucidará en las páginas siguientes el porqué de esta postura.

El sexismo presente en el lenguaje

En el artículo “Feminist Philosophy of Language”[3] las filósofas del lenguaje Jennifer Saul y Esa Diaz-Leon plantean que ciertos términos del lenguaje encarnan y representan una manera masculina de ver el mundo o, en otras palabras, una cosmovisión centrada en la perspectiva de los hombres. Bajo el nombre de “male worldview”[4] [visión masculina del mundo], lo que dichas filósofas proponen es que ciertas estructuras del lenguaje demuestran el hecho de que la manera en que nuestra realidad está estructurada y la manera en que -por ende- representamos dicha concepción del mundo en el lenguaje, fueron tareas emprendidas principalmente por los hombres; ya que fueron quienes siempre tuvieron el poder material y, por ende, el poder para simbolizar lo que ellos decidieron llamar realidad. De esta manera, el mundo simbólico -espejo de su propia mirada del mundo- es más natural, acorde o cómodo para ellos que para las mujeres, ya que fueron ellos mismos quienes lo codificaron.

Uno de los ejemplos que dichas autoras proponen para comprender mejor esta problemática es el modo en el que generalmente se concibe el sexo por un lado, y el foreplay [juego previo] por el otro. Casi universalmente, lo que conocemos como sexo se relaciona con la penetración y el organismo masculino; mientras que el orgasmo femenino queda relegado a un segundo plano al ser relacionado con el foreplay, es decir, con los juegos previos al momento principal, a lo que es considerado más importante: a la penetración, en la cual se espera que el orgasmo masculino tenga lugar. Entonces, según lo que señalan dichas autoras, la manera en la que cotidianamente concebimos como actividad sexual no es más que la perspectiva masculina de dichas experiencias.

De esta manera, la male worldview [visión masculina del mundo] de la que dichas autoras hablan estaría encarnada y representada en el lenguaje mismo, por lo cual este sería -siguiendo dicha lógica- fundamentalmente masculino, ya que representaría la mirada y concepción masculina del mundo. Por ende, el lenguaje -al tomar lo masculino como la norma- refuerza la subordinación de las mujeres y perpetúa su invisibilidad en el plano simbólico y, como consecuencia, también en el plano material. En relación a esto, en su libro Language and Gender, la lingüística feminista británica Jane Sunderland señala:

I would reiterate that it has been the dominant group – in this case, males – who have created the world, invented the categories, constructed sexism and its justification and developed a language trap which is in their interest. …Males… have produced language, thought and reality. Historically it has been the structures, the categories and the meanings which have been invented by males – though not of course by all males – and they have then been validated by reference to other males. In this process women have played little or no part.[5]

Entonces, tanto el sexismo del idioma mismo como el uso del género gramatical y de determinadas categorías que, o bien refieren a experiencias fundamentalmente masculinas o bien ponen a las mujeres en un lugar de subordinación, no hacen más que potenciar el silencio y la ausencia de las mujeres en el plano simbólico. Como consecuencia, para las mujeres el lenguaje muchas veces les significa un problema, ya sea porque no tienen las categorías necesarias para expresar determinadas experiencias -lo que vamos a llamar “conceptual lacunas”[6] [lagunas conceptuales]- o porque las categorías existentes acarrean connotaciones que refuerzan determinadas situaciones de opresión -lo que vamos a llamar “conceptual inadequacy”[7] [insuficiencia conceptual]. Ambos conceptos serán desarrollados más adelante.

Un ejemplo de una situación en la cual se ve perfectamente la universalidad masculina del lenguaje es el hecho de que cuando una mujer se encuentra en un espacio con un grupo de mujeres, ya sean veinte, cien o mil, pero un hombre, el género gramatical que debe utilizar es el masculino. Podemos analizar dicho escenario y proponer que lo coherente sería que el hombre se adapte al “nosotras” que refiere a la mayoría de las mujeres presentes, en vez de que ellas se adapten al “nosotros” que refiere al único hombre presente[8]. Es de esta manera como el grupo dominante perpetúa su pretendida universalidad, mientras que el grupo invisibilizado continúa en su posición de inferioridad y dependencia. Y, como consecuencia, -al aferrarse a las estructuras del lenguaje- la perspectiva masculina sigue permaneciendo en el lugar de lo universal, mientras que la perspectiva femenina sigue permaneciendo silenciada y casi ausente. Respecto a esto, en el artículo “Feminist Philosophy of Language” Saul y Diaz-Leon señalan lo siguiente:

This widespread encoding of male bias in language is, according to theorists like Spender, just what we should expect. Males (though not, as she notes, all of them) have had far more power in society, and this, she claims, has included the power to enforce, through language, their view of the world. Moreover, she argues, this has served to enhance their power.[9]

Y luego agregan:

There is sexism in language, it does enhance the position of males, and males have had control over the production of cultural forms. (Spender 1985: 144). This, Spender claims, provides circumstantial evidence that “males have encoded sexism into language to consolidate their claims of male supremacy” (Spender 1985: 144).[10]

De esta manera, podemos decir que debido a que dicho grupo tiene el poder en el plano material, es esperable que también tenga el poder en el plano simbólico, es decir, a la hora de representar la realidad. Esto funciona como un círculo vicioso en el cual el poder en el plano material es legitimado y fortalecido por el lenguaje mismo, el cual a su vez es afianzado por dicho poder. Entonces, el lenguaje no sólo consolida el dominio del grupo dominante sino que contribuye a la subordinación, silencio y relegación del grupo subalterno.

Otro de los ejemplos que mencionan Saul y Diaz-Leon en los cuales se ve esta idea de la universal masculinidad del lenguaje es en palabras del inglés como “lady doctor”[11] [en español se dice doctora, pero la traducción exacta para comprender la implicación de lo que se está planteando sería “mujer doctor”]. Según las autoras, este tipo de términos parte de la premisa de que la masculinidad es la norma y que las mujeres que ocupan esos puestos de trabajo son versiones derivadas de los doctores. Es decir, lo que se toma por obvio es que los doctores son varones, por lo cual cuando hay una mujer ocupando dicha posición es necesario hacer una aclaración. Esto no solo demuestra que muchas veces el lenguaje acompaña las vivencias de una sola mitad de la sociedad, sino también la necesidad que tiene el mismo de hacer una constante aclaración del género ya sea del sujeto hablante o del que se habla. Otro ejemplo que mencionan hace referencia al hecho de que muchas palabras que refieren a las mujeres asumen connotaciones negativas incluso cuando designan el mismo estado o condición que para los hombres; por ejemplo las palabras del inglés “spinster”[12] [solterona] y “bachelor”[13] [soltero]. Ambas refieren –respectivamente- a una mujer y a un hombre que no se hallan en pareja. Sin embargo, la exacta traducción de la primera sería “solterona”, palabra que tiene una clara carga negativa, es decir, que pone a la soltería de dicha mujer como algo problemático tanto para ella como para su entorno, como algo que le es un conflicto pero que muchas veces no es decision de ella misma, ya sea por su edad, apariencia o aptitudes personales. En cambio, en el caso del hombre, la palabra bachelor se refiere simplemente al hecho de que es soltero; estado que no solo es decisión de él mismo sino que además no está vinculado con ninguna situación dolorosa o conflictiva.

Previamente nos referimos a la noción de conceptual lacuna [laguna conceptual] como un ejemplo que refleja esta problemática de lo masculino como la norma en el lenguaje o el maleness in language [masculinidad en el lenguaje]. Dicho concepto nos muestra cómo muchas veces el lenguaje carece de palabras para nombrar determinadas vivencias, experiencias o sensaciones que son extremadamente importantes y necesarias para determinados grupos; carencia que le significa a dicho grupo una inmensa dificultad para comunicar precisamente lo que desea o necesita. Esta problemática es tratada por la filósofa Miranda Fricker en el libro Epistemic Injustice, Power and Ethics of Knowing, en el cual ella plantea que dicho acontecimiento es una situación de “hermeneutical injustice”[14] [injusticia hermenéutica], situación que define como:

…the injustice of having some significant area of one’s social experience obscured from collective understanding owing to persistent and wide-ranging hermeneutical marginalization.[15]

Básicamente, Fricker considera a las lagunas conceptuales como la ausencia de interpretaciones apropiadas o como “blanks”[16] [espacios en blanco] en donde debería haber palabras para nombrar experiencias que determinados agentes sociales tienen. La carencia de dichas palabras hace que dichos agentes no sólo no puedan comprender sus vivencias sino que tampoco puedan comunicarlas apropiadamente. Dichas lagunas epistemológicas afectan a los diferentes agentes de los distintos grupos sociales de maneras desiguales, lo cual pone en evidencia la existencia de una asimetría material y simbólica entre los distintos grupos sociales. En otras palabras, dichas lagunas son especialmente injustas y perjudiciales para algunos grupos, mientras que no son ni siquiera susceptibles de ser percibidas por otros. Según la autora, dichas lagunas son como “holes in the ozone”[17] [agujeros en la capa de ozono]: sólo quien está debajo de ellos se quema, es decir, es perjudicado. En su libro, Fricker señala:

…the powerful tend to have appropriate understandings of their experiences ready to draw on as they make sense of their social experiences, whereas the powerless are more likely to find themselves having some social experiences through a glass darkly, with at best ill-fitting meanings to draw on in the effort to render them intelligible.[18]

Y luego agrega:

If we look at the history of the women’s movement, we see that the method of consciousness raising through ‘speak-outs’ and the sharing of scantly understood, barely articulate experiences was a direct response to the fact that so much of women’s experience was obscure, even unspeakable, for the isolated individual, whereas the process of sharing these half-formed understandings awakened hitherto dormant resources for social meaning that brought clarity, cognitive confidence, and increased communicative facility.[19]

Entonces, el planteo de esta autora consiste en que los grupos sociales subalternos viven en un mundo estructurado por otros de acuerdo con sus propios intereses, quienes -al tener poder material- tienen influencia directa en las prácticas a partir de las cuales los significados sociales son generados. Es por eso que, según Fricker, el feminismo siempre estuvo interesado en comprender la manera en que las relaciones de poder restringen la capacidad de las mujeres de entender y comunicar sus propias experiencias. De acuerdo con su planteo, los women speak-outs [grupos de conciencia de mujeres] -herramientas fundamentales del feminismo de la segunda ola- son el ejemplo perfecto para comprender esta noción de injusticia hermenéutica. Dichos encuentros permitieron a las mujeres sobrepasar situaciones en las cuales lagunas epistemológicas dificultaban su capacidad para analizar y comprender su realidad. A partir de estos grupos y al tener experiencias compartidas, las mujeres pudieron interpretar colectivamente determinadas áreas de sus vidas que se hallaban ocluidas y a la sombra del entendimiento colectivo.

Uno de los ejemplos que analiza Fricker en su libro es el de la acuñación del término sexual harassment [acoso sexual]. La autora menciona la historia de una madre norteamericana de cuarenta y cuatro años llamada Carmita Wood. Carmita trabajaba en el departamento de física nuclear de la Universidad de Cornell, en donde recibía constantes insinuaciones sexuales no deseadas por parte de su jefe. Luego de hacer todo lo posible para evitar o prevenir los episodios, dejó el trabajo debido al estrés y al daño que dicha situación le generaba. Cuando Carmita acude al Estado en busca de un subsidio por desempleo, la petición fue rechazada porque ella no podía ni nombrar ni describir a su satisfacción -ni la de quienes le pedían una explicación por su desempleo- la razón de su renuncia. Estos hechos tomaron lugar antes de la existencia del término que hoy conocemos como acoso sexual, por lo cual, no había antes modo de nombrarlos y denunciarlos como casos de abuso. Según la autora, en ese exacto momento en el cual Carmita no pudo encontrar palabras para describir su experiencia, ella se convirtió en una víctima de injusticia hermenéutica debido a una lacuna conceptual en el lenguaje. Carmita no pudo encontrar palabras para describir su experiencia porque esa experiencia, que ahora entendemos como acoso sexual, permanecía a oscuras del entendimiento colectivo. Finalmente, Carmita encontró un grupo de mujeres que se juntaba a compartir y discutir experiencias que tenían en distintos ámbitos laborales. En dichos encuentros, ella descubrió que su experiencia no solo no era infrecuente sino que -además- muchas de las mujeres presentes habían sido víctimas de situaciones similares. En dicho grupo de conciencia, las mujeres eligieron nombrar su experiencia compartida como sexual harassment; término que luego fue utilizado en una exitosa campaña política llevada a cabo por ellas mismas para que dicho acoso fuera ilegal.

De acuerdo con la propuesta de Fricker, lo que Carmita vivió fue una situación de desventaja cognitiva debido a una brecha en el recurso hermenéutico colectivo; desventaja cognitiva que, en sus palabras:

…prevents her from understanding a significant patch of her own experience: that is, a patch of experience which it is strongly in her interests to understand, for without that understanding she is left deeply troubled, confused, and isolated, not to mention vulnerable to continued harassment. Her hermeneutical disadvantage renders her unable to make sense of her ongoing mistreatment, and this in turn prevents her from protesting it, let alone securing effective measures to stop it.[20]

Ahora bien, remontemonos a la definición de injusticia hermenéutica citada previamente, en la cual Fricker define dicho término como la injusticia de tener un área significativa de la propia experiencia social oculta a la comprensión colectiva debido a la persistente y amplia marginalización hermenéutica. Notemos que en dicha definición Fricker no solo habla de injusticia hermenéutica sino que también hace referencia al término de marginalización hermenéutica. Con este término, Fricker pretende enfocarse en las condiciones sociales que se hallan a la base del problema, es decir, en las condiciones sociales que permiten que la injusticia hermenéutica tenga lugar. En el caso del ejemplo, podemos decir que tanto la situación de desigualdad y de falta de poder en el ámbito laboral como la sexualización a la cual las mujeres están constantemente sometidas, permitieron su ausencia en las prácticas hermenéuticas en las cuales el significado social colectivo es generado, lo cual proporcionó la condición crucial para el advenimiento de una situación de injusticia hermenéutica. Básicamente, lo que plantea Fricker es que cuando hay participación hermenéutica desigual con respecto a algunas áreas importantes de la experiencia social, los miembros del grupo desfavorecido están hermenéuticamente marginados. Entonces, en sus palabras:

Further, it is generally socially powerless groups that suffer hermeneutical marginalization, and so we can say that, from the moral point of view, what is bad about this sort of hermeneutical marginalization is that the structural prejudice it causes in the collective hermeneutical resource is essentially discriminatory: the prejudice affects people in virtue of their membership of a socially powerless group, and thus in virtue of an aspect of their social identity.[21]

Esta noción de marginalización abre todo un análisis ético-político que pone en evidencia el hecho de que dichas situaciones significan -para le marginadx- tanto la exclusión del entramado simbólico social como la exclusión de prácticas determinadas. Dichos sucesos de subordinación y exclusión son generalmente sistemáticos, es decir, por lo general no son ni conscientes ni deliberados, sino que son un efecto de sistemas de opresión estructurales.

Ahora bien, ¿qué queremos decir con que dicha injusticia hermenéutica es sistemática? Queremos decir que si alguien se halla en una situación de desventaja al tener parte de su experiencia ocluida debido a una laguna conceptual en el entendimiento hermenéutico colectivo, en donde la laguna es causada y mantenida por una persistente marginación hermenéutica, entonces dicha injusticia hermenéutica es sistemática. En definitiva, es una injusticia que no solo es producto del sistema sino que a su vez es mantenida por el mismo, lo cual da lugar a una discriminación y subordinación estructural. Dicha aclaración es esencial porque pone en evidencia el hecho de que ningún agente individual perpetúa una injusticia hermenéutica, sino que son situaciones que son producto de opresiones sistemáticas.

Por otro lado, otra aclaración que es necesario hacer es el hecho de que los sujetos sociales tienen identidades complejas, por lo cual uno podría estar marginado en un contexto en el que un aspecto de su identidad está en primer plano -por ejemplo el hecho de ser mujer en el ámbito laboral- pero no en otros contextos en los cuales está en primer plano otro aspecto de su identidad. Analicemos esto en el ejemplo de Carmita. Por un lado, podemos decir que es evidente que ella era un sujeto hermenéuticamente marginado en lo que respecta al ámbito laboral, debido a que los acontecimiento sucedidos demuestran que estaba sometida a situaciones de desigualdad y subordinación. Sin embargo, esto no significa que Carmita haya estado hermenéuticamente marginada de todos los ámbitos de su vida sino que, por lo contrario, podemos decir que -por ejemplo- debido a que ella es madre, sí participaba en la generación de significados en lo que refiere a la maternidad. Entonces, si bien un sujeto hermenéuticamente marginado no puede generar significados pertenecientes a algunas áreas del mundo social, bien podría mantener una participación más plena en lo que respecta a las demás.

Esta noción de justicia hermenéutica que examina y descompone Fricker, tiene distintas aristas a partir de las cuales se pueden realizar distintos análisis. En primer lugar, leyendo materialmente dicha cuestión, podemos decir que las prácticas e instituciones sociales muchas veces acompañan y benefician las experiencias de quienes participan en mayor medida de la generación de significados sociales. En segundo lugar, podemos examinar dicha cuestión desde una perspectiva epistemológica, la cual nos pone en evidencia que el grupo dominante tiene una injusta y desmedida ventaja al ser el que estructura y controla los entendimientos sociales colectivos, es decir, al ser básicamente el más influyente en la conformación de tanto las conciencias colectivas como las individuales. En tercer lugar, podemos analizar dicha problemática desde el lente de la ontología, lo cual manifestaría el hecho de que al tener el poder simbólico y el poder material, el grupo dominante no solo controla la realidad social sino que a su vez la constituye, la estructura. En definitiva, dicho enfoque pondría en evidencia el hecho de que el grupo dominante no solo le da forma al pensamiento, sino que a su vez -a partir de este- le da forma también a la realidad misma[22]. Respecto a esto último, en “Feminist Language Philosophy” Saul y Diaz-Leon señalan:

…the maleness of language constrains thought, imposing a male worldview on all of us, and making alternative visions of reality impossible, or at least very difficult to articulate…“our worldview is determined by the structures of the particular language that we happen to speak” (Cameron 1998b: 150).[23]

En otras palabras, el poder de los hombres en el lenguaje moldea y forja no sólo la manera en la que pensamos, sino también la realidad misma. Esto es así, porque las categorizaciones que hacemos de la realidad -las cuales se originan en la mirada que tenemos de esa realidad- dependen, en última instancia e inevitablemente, de nuestra perspectiva social. Entonces, no solo la manera en que pensamos está influenciada -o más bien condicionada- por el lenguaje que utilizamos -sus categorías, reglas de uso y definiciones estáticas-; sino que también el lenguaje funciona como un claro influyente en la manera que tenemos de ver la realidad misma. Dichos elementos -lenguaje, pensamiento y realidad- se encuentran intrínsecamente entrelazados en una fusión que constituye el núcleo primordial de la explicación de por qué hablamos, pensamos y percibimos de determinada manera. A partir de esto, podemos decir que si el lenguaje está -por ejemplo- fundamentalmente afectado por la marca del género, entonces dicha marca no solo procede de una realidad estructurada por el sistema de género y de un pensamiento intrínsecamente binario, sino que además acentúa, fortalece y legitima dicha realidad y dicho pensamiento. Por lo cual, como sostienen las autoras, “«there is no ungendered reality or ungendered perspective» [no hay una realidad sin género ni una perspectiva sin género] (MacKinnon 1989: 114)”[24].

Analicemos una serie de ejemplos que nos sirven para comprender este planteo y sus implicancias. Como se señaló a lo largo de la tesis, los hombres siempre han sido quienes tuvieron el poder material a lo largo de la historia, al ser quienes delimitaron y constituyeron las diferentes aristas que configuran y regulan nuestra vida material y simbólica. Lo remarcable de dicha cuestión es que la participación de las mujeres en dicha constitución de lo que conocemos como “realidad” fue -sino nula- escasísima. Por ejemplo, fueron hombres quienes crearon los primeros diccionarios y enciclopedias, determinando la significación y el alcance de cada palabra. Fueron hombres quienes crearon las leyes -sociales, laborales, morales, etc- partiendo de sus propias vivencias y sin tener en cuenta las experiencias de las mujeres. Fueron hombres quienes han estado en los más altos rangos profesionales de todas las disciplinas científicas, como la biología, sociología, antropología, historia y filosofía; disciplinas que tienen una enorme influencia directa en nuestra manera de concebir y ordenar el mundo que nos rodea. En definitiva, fueron hombres quienes han participado más plenamente en la constitución de la manera en que pensamos, hablamos y percibimos. Respecto a esto, en el libro Language and Gender Jane Sunderland señala:

Spender cites with approval Chalmers’ claim that ‘theory precedes observation’ (1978), arguing that theories and categories are not gender-neutral, and that, ‘When there are a sexist language and sexist theories culturally available, the observation of reality is also likely to be sexist. It is by this means that sexism can be perpetuated and reinforced as new objects and events, new data, have sexist interpretations projected upon them’ (Spender 1980: 141).[25]

Por lo cual, podemos decir que no es un mero accidente el sexismo presente en el lenguaje que hablamos, en las categorías que utilizamos, en las leyes que nos rigen, en la moral religiosa que nos censura, en los ambientes laborales fundamentalmente liderados por hombres y en las universales estructuras patriarcales de la familia y el estado. Dicha propuesta es una articulación feminista de la teoria del “discursive constructivism”[26] [constructivismo discursivo], el cual básicamente propone que el lenguaje y sus categorías moldean la manera en que vemos y entendemos el mundo.

El poder constitutivo del lenguaje

Una cuestión fundamental que surge de la tesis del constructivismo discursivo que consideramos importante mencionar es el hecho de que siguiendo la lógica de su planteo el conocimiento es siempre una construcción, y no un descubrimiento. Por lo cual, dicha tesis viene necesariamente acompañada de una constante autorreflexión por parte de los sujetos de eso que solemos llamar “verdad” o “conocimiento”; necesidad que es de una extrema importancia para que no se caiga en esencialismos y absolutismos que conciben a la realidad como algo estático. Como plantea Sunderland, “meaning is always provisional”[27] [el significado es siempre provisional], por lo cual una constante revisión de las construcciones de significados es indispensable. Esta insistencia en la importancia de la revisión de lo que se considera como lo real o lo verdadero en el lenguaje es una de las características más importantes de la concepción post-estructuralista del lenguaje. De acuerdo con el post-estructuralismo, según Sunderland, es fundamental mantener una postura escéptica con respecto a las cláusulas universales y absolutas tanto del lenguaje como del conocimiento, ya que dichos universalismos no hacen más que poner a lo que se considera como el saber, lo real y la verdad como algo dado, eterno, absoluto y esencial; y no como construcciones contingentes de contextos determinados. Con respecto a esta cuestión, Sunderland señala:

As regards the crucial role of language in post-structuralism, Chris Weedon famously characterised language as ‘the place where actual and possible forms of social organisation and their likely social and political consequences are defined and contested. Yet it is also the place where our sense of selves, our subjectivity is constructed’ (1987: 21). Seeing language as such is to work with a crucially constitutive model of language, that is, discourse…[28]

Entonces, de acuerdo con el post-estructuralismo, el lenguaje no es una herramienta con la cual el sujeto se comunica con otros sujetos, sino que es algo que sucede a espaldas del hablante. Es el lugar en donde el sujeto como tal se constituye, toma forma, se moldea. El lenguaje es potencialmente constitutivo, por lo cual tiene un efecto real en la vida material de las personas. Lejos de ser un simple producto emancipado de la sociedad que lo engendra, mantiene una estrecha relación de producción y reproducción no sólo de discursos nuevos, sino también de relaciones y sujetos que se constituyen y cobran valor, a la par que también se resignifican y dan vida a otros. Por ende, el lenguaje no es una estructura simbólica ahistórica sino que sus estructuras delimitan y estructuran la realidad: los sujetos, las relaciones, los cuerpos.

En relación con esta idea, en “Discurso, performatividad y emergencia del sujeto: un abordaje desde el post-estructuralismo”, Maria Virginia Morales propone que dicha indagación en el carácter constitutivo del discurso trajo consigo un “re-pensamiento del sujeto también de manera discursiva”[29]. Bajo dicha lógica, el sujeto se constituye en el interior de una estructura discursiva, es decir, se construye discursivamente. Por ende, se puede decir que “el discurso no es meramente descriptivo sino capaz de interpelar a sujetos que no son anteriores a este acto sino que cobran vida al ser nombrados”[30]. A partir de esto, en dicho articulo Morales señala lo siguiente:

Es en la apertura del discurso en donde el sujeto emerge sujetado a un discurso que le antecede y que no ha elegido, que lo subordina, lo regula, lo constriñe, lo somete y le otorga inteligibilidad, pero que a la vez es un discurso en donde se encuentran las condiciones que posibilitan la emergencia de un sujeto activo, de una agencia política que asume el poder y se apropia de él. Las normas reiteradas preexisten y condicionan al sujeto, pero fundamentalmente inauguran una agencia que se asume con capacidad de radicalizar las acciones. He aquí la dimensión paradójica que adquiere el poder en el proceso de emergencia del sujeto. En otras palabras, el discurso constituye la capacidad de acción del sujeto, pero como no la determina, siempre es posible que en el proceso de reiteración las normas puedan ser resignificadas y subvertidas.[31]

Y a continuacion concluye:

En tanto efecto discursivo, el sujeto no es una entidad externa a la estructura, sino constituido en relación a ella.[32]

En estos párrafos, Morales afirma que el sujeto se constituye discursivamente y que el discurso mismo es algo que sucede a espaldas del hablante. Menciona nociones como sujeto activo, reiteración, agencia y subversión. Ahora bien, ¿de qué modo podemos entender dichos conceptos en relación al poder constitutivo del lenguaje? ¿Es posible pensar en un agenciamiento de la realidad a partir de un sujeto discursivamente activo y subversivo? ¿Son posibles dichos desplazamientos? ¿Qué relación tienen estos posibles desplazamientos -efectos de una capacidad de resignificación del sujeto- con la idea de reiteración? Iremos introduciéndonos en todas estas cuestiones, y en los problemas que ellas abren, en las páginas siguientes.

Ahora volvamos atrás. Se dijo que el post-estructuralismo se centra en la tesis de que todos los objetos, sujetos y prácticas tienen significados que son contextuales y -por ende- contingentes. O, en otras palabras, que “tienen un carácter discursivo porque es precisamente mediante su inserción en discursos particulares que los objetos y prácticas adquieren su significado e identidad”[33]. De esta manera, podemos decir que toda conformación social adquiere forma y sentido a partir de este carácter constitutivo del discurso; lo cual pone en evidencia no sólo el carácter histórico del mismo sino también su dimensión política. Según Morales, esta irrupción del lenguaje en las ciencias sociales y -como consecuencia- la emergencia del discurso como “el elemento constitutivo de toda significación, y por ende, de toda estructura social”[34], tiene dos efectos principales: la constitución discursiva de lo social y el hecho de que toda objetividad -todo proceso de constitución discursiva- es un acto de poder.

Analicemos el primero. El hecho de que la conformación social está constituida discursivamente pone de manifiesto que se trata de una totalidad estructurada de manera inacabada y arbitraria en la cual “sus significados, y su institución, pueden ser reinterpretados por un sinnúmero de discursos que otorgan sentidos e implicancias diferentes a los hechos”[35]. Es decir, la estructuración de lo social no es más que una construcción discursiva que se haya circunscrita a un contexto ideológico, histórico y político determinado, y -por ende- es susceptible a cualquier alteración o modificación. A partir de esto, Morales propone lo siguiente:

En otros términos, el mundo es una construcción social y política que no está sustentada en ninguna necesidad externa de naturaleza divina, formas esenciales, ni leyes necesarias de la historia.[36]

Y luego agrega:

Desde esta perspectiva, el discurso es una construcción social y política en la que los elementos adquieren su identidad a partir de relaciones diferenciales, contextuales y contingentes.[37]

De esta manera, el hecho de que toda conformación social sea una configuración discursiva -y por ende significativa- pone en evidencia su “carácter incompleto, parcial, precario y relacional”[38]; o, en otras palabras, la “imposibilidad lógica”[39] de que sea un sistema cerrado. Estas características se advierten en la incapacidad de la estructuración social para atribuir a los sujetos, objetos y prácticas una esencia fija: absoluta, definitiva y universal. Dicha imposibilidad se ve claramente en el segundo efecto mencionado, en el hecho de que -al no haber un fundamento último- toda pretensión de “objetividad” será -en última instancia- una lucha de poder entre las distintas posibilidades.

El segundo efecto señala el hecho de que, debido a que “todos los significados se constituyen discursivamente de modo relacional, diferencial y contextual”[40], entonces toda configuración de sentido será contingente ya que “desarrollará una de sus posibilidades a la vez que desechará otras”[41]. Ahora bien, al no haber un fundamento último, ¿de qué modo se decide entre posibilidades si no es a partir de una lucha de poder entre relaciones antagonistas? ¿Quién establece la significación social o tiene la mayor influencia en los procesos de constitución de sentido sino el grupo social que tiene más poder?

En su articulo, Morales propone -siguiendo la tesis de Derrida[42]– pensar la objetividad como un acto de mero poder, siendo esta el resultado de una lucha entre relaciones antagónicas. Es decir, en sus palabras, “toda objetividad como tal es poder”[43]. A partir de esto, Morales señala:

Entonces, si el poder es condición de posibilidad de la objetividad, toda significación o identidad objetiva que tenga lugar dentro de una formación discursiva particular, no será un punto homogéneo sino un conjunto articulado de elementos.[44]

Por ende, dichos elementos -es decir- las estructuras, formas y contenidos que articulan el conjunto llamado objetividad, “dependerán enteramente de aquello que ellas niegan y excluyen”[45]. En otras palabras, dependerán de aquello contra lo cual colisionan. De acuerdo con la propuesta de Morales, de esto se deriva que:

La concepción de lo social que emerge de esta perspectiva, por consiguiente, es la de “una pluralidad de centros de poder con distinta capacidad de irradiación y de estructuración, en lucha entre sí” (Laclau, 1990/2000, p. 56). De este modo, a través de los antagonismos tiene lugar la práctica del descentramiento a la vez que la recomposición del centro, puesto que la acción de centrar, el centramiento, es una respuesta a la dislocación de la estructura “por parte de las diversas fuerzas antagónicas, en torno de puntos nodales de articulación precisos” (Laclau, 1990/2000, p. 57).[46]

Y luego concluye:

En síntesis, el discurso no es sólo el lenguaje escrito o hablado, no es la combinación del habla y la escritura, es toda acción portadora de sentido, es una totalidad significativa que se configura a partir de relaciones precarias, en la cual se producen permanentes competencias —relaciones de poder y antagonismo— por determinar el contenido de los significados y por fijar, aunque más no sea transitoriamente, los significantes a significados particulares.[47]

De esta manera, no solo se está negando el carácter meramente mental del discurso y afirmando, en contraposición, el carácter material de toda estructura, sino que a su vez se está sugiriendo que la materialidad misma de los objetos forma parte de aquello que previamente definimos como discurso. Esto supone abandonar tanto “la dicotomía pensamiento/realidad”[48] como la idea de que la construcción de sentido de los objetos se deriva de la mera experiencia que los sujetos tienen de ellos. De acuerdo con dicha lógica, el “horizonte teórico de constitución de todo objeto”[49] no sería otro que el discurso mismo. Dicha postura supone abandonar la idea de que hay una realidad objetiva y -por lo contrario- sugiere que se debería abordar toda investigación desde esta perspectiva; perspectiva que implicaría “centrar el análisis en las condiciones de existencia de una cierta configuración social, lo que no es sino, estudiar los mecanismos de poder que la constituyen y hacen posible”[50]. Es por esto que, en palabras de Morales:

Uno de los objetivos centrales de los estudios post-estructuralistas consiste en distinguir y analizar los mecanismos mediante los cuales los significados son producidos, establecidos, cuestionados y subvertidos en contextos particulares. En este sentido, es importante analizar la temporalidad de los términos, las reapropiaciones a los que han sido sometidos y las resignificaciones de las que han sido objeto.[51]

Morales sostiene la importancia de que los términos sean examinados y estudiados en su temporalidad, con el objetivo de comprender las transformaciones a las cuales han sido sometidos y sus implicancias. Un valioso ejemplo que podemos mencionar en relación a esta tarea del movimiento post-estructuralista es la noción de performatividad desarrollada por Judith Butler. Butler estudia el carácter performativo de los enunciados, es decir, en “la capacidad del discurso de producir los efectos que nombra conjuntamente con la colocación de ciertos cuerpos en los límites de las ontologías accesibles”[52]. En otras palabras, concibe a la dimensión performativa del lenguaje como la capacidad del discurso de producir los efectos que nombra, generando -de esta manera- un nuevo estado de cosas. Con respecto a esto, hay una serie de cuestiones que consideramos necesario mencionar.

En primer lugar, el hecho de que la noción de performatividad no debe entenderse como “un acto singular y deliberado”[53] de un sujeto particular, sino como una “práctica reiterativa y referencial”[54] en la cual el discurso produce los fenómenos que regula e impone. Por ende, el poder performativo del discurso nada tiene que ver con acciones voluntarias e intencionadas de sujetos particulares. La performatividad no está relacionada con actos singulares porque es justamente en la historicidad del discurso en donde -mediante repetición y persistencia- se encuentra la posibilidad de su agenciamiento. El hecho de que el poder performativo del lenguaje necesite de la reiteración de los actos de habla pone en evidencia el hecho de que es precisamente en dicha reiteración en donde se encuentra la “posibilidad de ruptura o repetición subversiva”[55]. Por ende, la performatividad implica persistencia y estabilidad para lograr mediante la repetición los efectos que nombra, pero -a su vez- admite la posibilidad de ruptura mediante repeticiones subversivas. En relación a dicha cuestión, Morales señala lo siguiente:

Ahora bien, lo dicho nos lleva a considerar que las palabras tienen una historia. Una historia que las constituye, que las precede y las condiciona en sus usos contemporáneos y también futuros, porque que la reiteración sea necesaria significa que los términos nunca están de una vez y para siempre completos. Son las inestabilidades y las posibilidades de reapropiación siempre latentes por el carácter performativo, temporal e iteracional del lenguaje los que marcan un espacio en el cual toda categoría tiene la posibilidad de volverse contra sí misma y producir rearticulaciones que ponen en tela de juicio las normas y significados. La fuerza de los performativos, y la capacidad política y transformadora de las enunciaciones capaces de reinscribir nuevos significados derivan, entonces, de su ruptura con los contextos anteriores y de su capacidad de asumir ilimitadamente otros nuevos.[56]

Y luego -a modo conclusión- agrega:

Abordar el estudio del lenguaje significa, entonces, analizar la temporalidad de los términos, comprendiendo que es su propia incompletud lo que favorece a la resignificación y el desplazamiento citacional de los significados. Porque sólo resignificando, dando nuevos significados, desviando las normas, ejerciendo la práctica discursiva, un hecho existe, y existe en tanto se dice que “es”.[57]

Por lo tanto, es en el poder performativo del lenguaje en donde el sujeto puede reconstruir y resignificar aquello que el discurso constituye, aquello a lo que el discurso le da forma y vida. Si el lenguaje funciona -por medio de la performatividad- como determinante de toda la esfera de lo real: lo existente, lo aceptado, lo legitimado; entonces es en el desplazamiento de dichas convenciones hegemónicas constituidas por el discurso en donde se halla la posibilidad de agenciamiento del sujeto. En definitiva, es en las repeticiones discursivas no-hegemónicas en donde el sujeto se abre paso -a través de las fisuras que genera- a “múltiples y variadas formas de agenciación que dan lugar a resignificaciones que dejan espacio a los cambios y transformaciones”[58]. De esta manera, ya que la configuración social misma es una configuración discursiva, entonces un agenciamiento en el plano del lenguaje[59] abriría paso a una resignificación y rearticulación de la estructuración material y simbólica de lo social.

Ahora bien, si vamos a la práctica, ¿de qué modo llevar a cabo esta capacidad de agenciamiento que tiene el sujeto discursivo? ¿De qué modo resignificar, reconstuir y movilizar categorías del lenguaje sin perder de vista su intrínseca temporalidad e historicidad, sin pasar por alto el historial de acuñamiento y de uso que tienen cada una de las palabras que utilizamos? Intentaremos responder estas preguntas en el próximo capítulo.


  1. Butler, J., “Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista”. En Case, Sue-Ellen (editor), Performing Feminisms: Feminist Critical Theory and Theatre, Baltimore: John Hopkins University Press, 1990.
  2. Ibid, p. 282.
  3. Saul, J. y Diaz-Leon, E., “Feminist Philosophy of Language”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2018 Edition), Edward N. Zalta (ed.), <https://stanford.io/3aQz14X>.
  4. Ibid, p. 5.
  5. Sunderland, J., Language and Gender, Londres: Routledge, 2006, p. 15. [Reitero que ha sido el grupo dominante, en este caso los varones, quien ha creado el mundo, ha inventado las categorías, ha construido el sexismo y su justificación y ha desarrollado una trampa del lenguaje que es de su interés. … Los varones … han producido lenguaje, pensamiento y realidad. Históricamente han sido las estructuras, las categorías y los significados los que han sido inventados por los hombres, aunque no por supuesto por todos ellos, y luego han sido validados por referencia a otros hombres. En este proceso, las mujeres han jugado ningún o casi ningún papel.]
  6. Saul, J. y Diaz-Leon, E., op. cit., p. 19.
  7. Ibid, p. 19.
  8. Además, es remarcable el hecho de que, previo a la elección del género gramatical utilizado, la mujer tiene que haber examinado el espacio para ver si hay un hombre presente, es decir, para ver si está presente la autoridad masculina que determinará -en última instancia- el pronombre que ella deba de utilizar.
  9. Saul, J. y Diaz-Leon, E., op. cit., p. 5. [Esta codificación generalizada del sesgo masculino en el lenguaje es, según teóricos como Spender, justo lo que deberíamos esperar. Los varones (aunque no todos, como señala ella) han tenido mucho más poder en la sociedad, y esto, afirma, ha incluido el poder de imponer, a través del lenguaje, su visión del mundo. Además, argumenta, esto ha servido para aumentar su poder.]
  10. Ibid, p. 5. [Hay sexismo en el lenguaje, lo cual mejora la posición de los hombres quienes han tenido control sobre la producción de formas culturales. Esto, afirma Spender, proporciona evidencia circunstancial de que “los hombres han codificado el sexismo en el lenguaje para consolidar sus afirmaciones de supremacía masculina”.]
  11. Ibid, p. 2.
  12. Ibid, p. 5.
  13. Ibid, p. 5.
  14. Fricker, M., Epistemic Injustice: Power & the Ethics of Knowing, Nueva York: Oxford University Press, 2007, p. 154.
  15. Ibid, p. 154. […la injusticia de tener un área significativa de la propia experiencia social oculta a la comprensión colectiva debido a una marginación hermenéutica persistente y de amplio alcance.]
  16. Ibid, p. 160.
  17. Ibid, p. 161.
  18. Ibid, p. 148. […los poderosos tienden a tener una comprensión adecuada de sus experiencias, listos para aprovechar a medida que dan sentido a sus experiencias sociales, mientras que los grupos menos poderosos tienen más probabilidades de tener determinadas experiencias sociales oscurecidas, como si se vieran a través de un espejo oscuro, lo cual hace que tengan que recurrir a significados inadecuados con el objetivo de hacer dichas experiencias inteligibles.]
  19. Ibid, p. 148. [Si miramos la historia del movimiento de mujeres, vemos que tanto el método de concientización a través de ‘denuncias’ como el intercambio de experiencias escasamente entendidas y apenas articuladas fueron respuestas directas al hecho de que gran parte de la experiencia de las mujeres era oscura, incluso indescriptible, para el individuo aislado. El proceso de compartir estos entendimientos a medio formar despertó recursos que estaban hasta ese momento dormidos para el significado social, los cuales aportaron claridad, confianza cognitiva y una mayor facilidad comunicativa.]
  20. Fricker, M., op. cit., p. 151. […le impide comprender una parte significativa de su propia experiencia: es decir, una parte de la experiencia que le interesa y necesita mucho comprender, porque sin esa comprensión se queda profundamente perturbada, confundida y aislada, además de vulnerable al acoso continuo. Su desventaja hermenéutica la hace incapaz de dar sentido a su maltrato continuo, y esto a su vez le impide protestar, y mucho menos asegurar medidas efectivas para detenerlo.]
  21. Ibid, p. 155. [Además, generalmente son los grupos socialmente indefensos los que sufren la marginación hermenéutica, por lo que podemos decir que, desde un punto de vista moral, lo malo de este tipo de marginación hermenéutica es que el prejuicio estructural que provoca en el recurso hermenéutico colectivo es esencialmente discriminatorio: el prejuicio afecta a las personas en virtud de su pertenencia a un grupo socialmente impotente y, por lo tanto, en virtud de un aspecto de su identidad social.]
  22. Veremos esta cuestión más adelante.
  23. Saul, J. y Diaz-Leon, E., op. cit., p. 5. […la masculinidad del lenguaje restringe el pensamiento, imponiendo una cosmovisión masculina a todxs nosotrxs y haciendo que las visiones alternativas de la realidad sean imposibles, o al menos muy difíciles, de articular … “nuestra visión del mundo está determinada por las estructuras del lenguaje que hablamos.]
  24. Ibid, p. 5.
  25. Sunderland, J., op. cit., p. 15. [Spender cita con aprobación la afirmación de Chalmers de que “la teoría precede a la observación” (1978), argumentando que las teorías y categorías no son de género neutral, y que, “cuando hay tanto un lenguaje sexista como teorías sexistas disponibles culturalmente, la observación de la realidad probablemente también sea sexista. Es por este medio que el sexismo puede perpetuarse y reforzarse a medida que nuevos objetos y eventos, nuevos datos, tienen interpretaciones sexistas proyectadas sobre ellos.]
  26. Saul, J. y Diaz-Leon, E., op. cit., p. 5.
  27. Sunderland, J., op. cit., p. 27.
  28. Ibid, p. 27. [En cuanto al papel crucial del lenguaje en el postestructuralismo, Chris Weedon caracterizó al lenguaje como “el lugar donde se definen y se cuestionan las formas reales y posibles de organización social y sus probables consecuencias sociales y políticas”. Sin embargo, también es el lugar donde se construye nuestro sentido de nosotros mismos, nuestra subjetividad”. Ver el lenguaje como tal es trabajar con un modelo de lenguaje fundamentalmente constitutivo, es decir, con el discurso.]
  29. Morales, M. V., “Discurso, performatividad y emergencia del sujeto: un abordaje desde el post-estructuralismo”, Revista de Pensamiento e Investigación Social, vol. 14, núm. 1, enero-abril, 2014, pp. 333-354 Universitat Autònoma de Barcelona, España, p. 18.
  30. Ibid, p. 19.
  31. Ibid, p. 19.
  32. Ibid, p. 19.
  33. Ibid, p. 3.
  34. Ibid, p. 8.
  35. Ibid, p. 8.
  36. Ibid, p. 9.
  37. Ibid, p. 9.
  38. Ibid, p. 9.
  39. Ibid, p. 10.
  40. Ibid, p. 10.
  41. Ibid, p. 10.
  42. A partir de la lectura que Derrida hace del signo y de la estructura en su artículo “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas” publicado por primera vez en 1989, en París.
  43. Morales, M. V., op. cit., p. 10.
  44. Ibid, p. 10.
  45. Ibid, p. 11.
  46. Ibid, p. 11.
  47. Ibid, p. 13.
  48. Ibid, p. 12.
  49. Ibid, p. 13.
  50. Ibid, p. 13.
  51. Ibid, p. 13.
  52. Ibid, p. 14.
  53. Ibid, p. 14.
  54. Ibid, p. 14.
  55. Ibid, p. 15.
  56. Ibid, p. 16.
  57. Ibid, p. 16.
  58. Ibid, p. 20.
  59. Es importante aclarar que junto con dicho agenciamiento, es necesario que se lleven a cabo agenciamientos en el área de lo que se considera la corporalidad, es decir, en lo que son los gestos, la performance de los sujetos, y demás.


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