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1 La matriz de pensamiento heterosexual: la ideología de la opresión

¿Se puede pensar en una institución primera, que haya existido siempre y que escape a toda construcción histórica?, ¿en una institución de carácter social que sea reguladora de la vida colectiva pero que -paradójicamente- no haya sido creada por ninguna sociedad? ¿Se puede pensar en una institución que haya estado siempre ahí? Si bien hay distintas opiniones con respecto a esta cuestión, adoptaremos la postura que encuentra una cierta incoherencia en dicha pregunta. Se tomará como premisa el hecho de que no puede haber una institución que funcione como ordenadora de la vida en sociedad y que -a la vez- sea caracterizada como algo que no tiene principio, que ha estado siempre allí; en definitiva: como algo eterno. Y esto es así porque consideramos contradictorio adjudicarle a una institución social, creada en el seno de una cultura determinada con el fin de ordenar cierto aspecto de la vida en sociedad, el carácter de natural[1]. Ninguna institución creada por el ser humano puede ser considerada como algo que siempre estuvo allí, porque justamente lo propio de una institución es el hecho de que es creada socialmente con el fin de regular -hacer posible- la vida colectiva.

Sin lugar a duda, si realizamos un recorrido por muchas de las instituciones que rigen nuestra vida en sociedad y hacemos un escaneo de su procedencia, vamos a poder rastrear su origen y -posiblemente- también el por qué de su existencia. Por ejemplo, si tomamos a la escuela como una institución troncal de nuestra cultura, podemos ver claramente el hecho de que tiene un principio dentro de nuestra historia. Resulta incongruente justificar la existencia de la escuela a partir de alguna característica “natural” del individuo. Si bien se pueden entender los beneficios de la existencia de esta institución al analizar su proceder, sería extraño afirmar que su creación era necesaria -que inevitablemente iba a suceder- debido a un comportamiento aparentemente “natural” del ser humano. Por ende, es importante remarcar el hecho de que la manera en la que se desarrolló la vida humana en sociedad -y con ella sus instituciones- podría haber sido de otro modo. En definitiva, el desarrollo de las instituciones está basado en procesos contingentes.

Ahora bien, ¿qué lugar adquiere la heterosexualidad dentro de este marco de análisis? Proponemos dejar de lado la idea de la heterosexualidad como una práctica sexual de un individuo en particular[2] y pensarla como una institución más, que rige, ordena y sistematiza la conducta humana; pero de la que no se habla. Como un conglomerado de teorías, ideas y leyes que regulan la totalidad del comportamiento humano social. Conglomerado al que Wittig llama por el nombre de “pensamiento heterosexual”. Dicho pensamiento, no solo estructura el modo en el que los sujetos viven su sexualidad, sino que va mucho más allá de ésta al reglamentar y supervisar todas las áreas que los constituyen. Por ende, lejos está de ser un simple manual que establece el modo que tienen los individuos de desear, sino que se encuentra presente en todos los ámbitos que interpelan al ser humano en sociedad: la organización social, la política, la economía, la cultura e incluso el lenguaje. Interpreta la historia y universaliza su lectura. El pensamiento heterosexual no solo establece ciertas reglas, preceptos a seguir; sino que a su vez penaliza -a su modo- a quien no los cumple. Es un régimen ideológico que posee múltiples herramientas de delimitación, control y prohibición que ejercen sobre las relaciones -y los cuerpos mismos- una coerción física y moral. Todo el proceder de un individuo en sociedad está conectado -de algún modo u otro- con las pautas que esta matriz de pensamiento establece. En otras palabras, el modo en el que está organizada nuestra sociedad misma tiene a dicha matriz como su núcleo estructural; núcleo que no solo legitima dicha estructura sino que también la hace funcionar: es su motor. En palabras de Wittig:

…el pensamiento heterosexual es incapaz de concebir una cultura, una sociedad, en la que la heterosexualidad no ordenara no solo todas las relaciones humanas, sino su producción de conceptos al mismo tiempo que todos los procesos que escapan a la conciencia.[3]

Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando decimos que es esta matriz de pensamiento la que funda y rige la sociedad? El pensamiento heterosexual funda y rige la sociedad porque es a partir de él que se crean las estructuras simbólicas y categorías que constituyen y delimitan nuestros cuerpos y relaciones. Por ende, dicha matriz funciona como un cimiento sobre el cual nuestra existencia está fundada (y fundamentada). Como un régimen normalizador y regulador que crea conceptos que rigen nuestra vida familiar, social y laboral.

Tomemos de ejemplo la noción que tenemos del trabajo. Una concepción más o menos universal del trabajo es que ocupa alrededor de ocho horas -sino más- de nuestros días de lunes a viernes. Ahora bien, ¿de qué modo coexisten trabajo y familia? Es decir, ¿qué pasa con el cuidado de lxs hijxs cuando la persona que trabaja se encuentra esas ocho horas fuera de su casa? ¿Quién educa y cuida a lxs niñxs hasta que tienen la edad suficiente para ir a la escuela? Una vez que acuden a la escuela, ¿quién está con ellxs antes de que la persona que está trabajando vuelva a su casa? Esta noción de trabajo que estructura tanto nuestra vida laboral como el sistema económico hace miles de años, solo puede mantenerse con la existencia de una mujer que se queda en la casa y está con lxs hijxs. Una mujer que lxs cuida de bebés, lxs entretiene cuando vuelven de la escuela y lxs baña y cambia antes de que la persona que trabaja vuelva a su casa. De esta manera, se ve claramente que el contrato heterosexual y la delimitacion de las nociones que ejerce no solo atañe a la relación que tienen los hombres y las mujeres entre sí, sino que determina los modos que tienen estos grupos de vincularse con lo económico, social y político.

Esta matriz de pensamiento delimita las nociones de hombre y mujer, y establece sus características principales: lo que le es propio a cada unx basándose en las diferencias que predefine de ellos. Delimita las nociones de madre y padre, y les adjudica sus obligaciones a partir de una serie de aptitudes que insinúa que fueron “naturalmente” dadas. Delimita las nociones de empleado y empleador, y establece las capacidades de cada uno legitimando su estructura jerárquica. Delimita las nociones de pobre y rico, y determina la moral de sus agentes justificando el lugar que estos ocupan. Lo remarcable es el hecho de que estos conceptos y el modo de relacionarse que se les adjudica “se estudian como si debieran estar ahí para siempre…”[4]. En relación a esta producción y universalización de conceptos que la matriz lleva a cabo, en su ensayo “A propósito del contrato social” Wittig señala:

…no podemos pensar por fuera de las categorías mentales de la heterosexualidad. Ésta ya está ahí dentro de todas las categorías mentales.[5]

En definitiva, está presente en todas las dimensiones de la vida humana, al igual que muchos otros discursos que también ejercen su influencia en nuestras mentes y cuerpos[6]. Es un régimen político cuyo poder se revela en “el plano simbólico, es decir, a través del lenguaje y de la forma en que nuestro lenguaje representa el mundo”[7]. Es un régimen político que, en palabras de Wittig:

…no se puede asir en su realidad, salvo en sus efectos, y cuya existencia reside en el espíritu de las gentes de un modo que afecta su vida por completo, el modo en que actúan, su manera de moverse, su modo de pensar.[8]

Esta matriz de pensamiento no sólo ordena las relaciones humanas, sino que además crea los conceptos a partir de los cuales los individuos se autodeterminan y autoconstituyen. Funciona como un marco simbólico a partir del cual se producen los conceptos, se moldean las subjetividades y se delimitan las relaciones. No sólo sistematiza y constituye nuestra vida material, sino que sus estructuras simbólicas también están presentes en la conformación de nuestro inconsciente. Crea las estructuras primordiales de cualquier tipo de saber, por lo cual es imposible pensar, actuar, ser por fuera de ella. Como se verá luego, la matriz de pensamiento heterosexual es la ideología -una de las ideologias- que se halla por debajo de nuestra organización social, de nuestra manera de vernos a nosotrxs mismxs y de ver a lxs otrxs, de nuestra manera de ver al mundo que nos rodea. Nuestras subjetividades se conforman dentro y desde dicha matriz de pensamiento; nuestras relaciones se erigen dentro y desde dicha matriz de pensamiento; nuestros cuerpos mismos se constituyen dentro y desde dicha matriz de pensamiento. La cartografía de nuestra existencia está fundada sobre dicha base.

De acuerdo con el planteo de Wittig, dicha matriz funciona como un totalizador de “verdades” que ella misma construye. Al universalizar sus ideas, conceptualiza y formula leyes que valen de la misma manera para todos los individuos de todas las sociedades y de todos los tiempos y lugares. De esta manera, la historia se vuelve una, la cultura se homogeniza, la organización política y social se esencializa y los sujetos se estandarizan[9]. Es por eso que, según Wittig:

…se habla de: el intercambio de mujeres, la diferencia de sexos, el orden simbólico, el inconsciente, el Deseo, el Goce, la Cultura, la Historia, categorías que no tienen sentido en absoluto más que en la heterosexualidad o en un pensamiento que produce la diferencia de los sexos como dogma filosófico y político.[10]

Es decir, los preceptos y las ideas del pensamiento heterosexual -que no son más que creaciones sociales- pasan a ser concebidas como eternas debido a la tendencia a la universalidad que tiene dicho pensamiento. En otras palabras: lo que en realidad es contingente se vuelve absoluto ya que se desdibuja su origen y se lo toma como una verdad dada.

Volviendo a la pregunta inicial de si se puede hablar de una institución que haya estado siempre allí, podemos decir que a la matriz de pensamiento heterosexual se la concibe de dicho modo. Si bien se han desarrollado las razones por las cuales consideramos incoherente adjudicarle la característica de natural a una institución social, dicha matriz rechaza esta incoherencia y sigue siendo concebida como un principio evidente anterior a toda ciencia. Es justamente este punto el que intentamos criticar, no solo porque no se sostiene argumentativamente sino además por los efectos que produce. En palabras de Wittig:

Y por mucho que se haya admitido en estos últimos años que no hay naturaleza, que todo es cultura, sigue habiendo en el seno de esta cultura un núcleo de naturaleza que resiste al examen, una relación excluida de lo social en el análisis y que reviste un carácter de ineluctabilidad en la cultura como en la naturaleza: es la relación heterosexual. Yo la llamaría la relación obligatoria social entre el «hombre» y la «mujer».[11]

De esta manera, dicha matriz es una institución política que se encuentra dentro de un sistema patriarcal y que se sigue considerando como primera, eterna, que siempre estuvo allí. Que sigue permaneciendo en el seno de la cultura como un núcleo de naturaleza que escapa al análisis y que se posiciona como una base incuestionable: como lo dado, lo obvio. Funciona como una totalidad incuestionable preconcebida, como un principio previo a todo saber. Como eso que -al haber estado siempre allí- no se puede ni rastrear su origen ni cuestionar su fundamento. Funciona como un bagaje con el cual el sujeto carga desde antes de siquiera existir. Como un grabado que se haya impregnado en su ser, en su propio cuerpo; grabado al cual no puede objetar ya que ni siquiera es capaz de percatarse que está allí.

En otras palabras, el pensamiento heterosexual no es más que un régimen político, social e ideológico que actúa como un punto de partida indiscutible. Ordena nuestra vida familiar, laboral y colectiva. Ordena las estructuras de nuestro inconsciente y -a su vez- no solo delimita el modo en el que pensamos, sino también desde dónde. Desde lo más abstracto hasta lo más literal, este conjunto de conceptos básicos de distintas disciplinas, teorías e ideas, determina nuestra manera de hablar, de movernos, de pensar, de sentir. Nuestra manera de vernos a nosotrxs mismxs, a lxs otrxs, a nuestras relaciones. Instituye el modo en el que percibimos nuestros cuerpos y los de lxs otrxs; el modo en el que concebimos la diferencia. Determina la manera en la que delimitamos lo propio y lo ajeno, lo uno y lo otro, el hombre y la mujer. Erige nuestros cuerpos y nuestras mentes y regula las ideas que construimos de estos. Hacemos, pensamos y deseamos desde la matriz de pensamiento heterosexual. Somos dentro de ella misma.

Nos interesa hacer énfasis en el hecho de que es dicha matriz de pensamiento la que delimita las nociones de hombre y de mujer. Consideramos que este punto es absolutamente sustancial para poder desarrollar y fundamentar correctamente la hipótesis que se intenta exponer ya que es el elemento que servirá como el esqueleto lógico de la tesis porque de él se inferirán el resto de los argumentos.

Ahora bien, ¿por qué es significativa la demarcación de los conceptos de hombre y mujer que realiza el contrato heterosexual? Porque cuando se trazan los límites de algo, cuando se establecen con claridad sus fronteras, siempre hay algo que queda por fuera. Toda delimitación es violenta porque erige una clara división entre lo que entra y lo que no, lo que se permite y lo que no, lo que existe y lo que no, lo que es y lo que no. Al decretar los conceptos de hombre y mujer, dicha matriz de pensamiento también está decretando lo que queda por fuera de ellos: lo que no es hombre y lo que no es mujer. En otras palabras, dicha matriz discrimina, expulsa a la diferencia. Funciona como excluyente y subordinante de diferencias: como limitante de posibilidades. Bajo dicha lógica, lo posible es necesariamente binario. Hombre o mujer. En otras palabras, esta matriz constituye la diferencia y la controla: tiene el poder hasta por fuera de sus propios límites. Por ende, es evidente que sus límites no sólo son violentos y excluyentes, sino que -al ser esencialmente binarios- muy pocas posibilidades caben dentro de ellos.

Este binarismo -que es esencial a dicha doctrina de pensamiento- se basa en una relación de dominación entre lo Uno y lo Otro; conceptos que fueron trabajados por Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo publicado en 1949. Se puede decir que el pensamiento heterosexual necesita delimitar la existencia de un Otro -no nombrado, excluido y dominado- porque es a partir de la relación dispar con ese Otro que el dominante adquiere poder y legitimidad al ser reconocido por él. Si bien se desarrollará este tema en el capítulo 3, es importante mencionar que dicha dicotomía entre lo Uno y lo Otro es una de las causas de la opresión que ejerce el pensamiento heterosexual sobre las mujeres. Bajo dicha lógica, las mujeres son lo Otro construido como extrapolación de lo Uno. Son lo Otro distinto, desigual e incognoscible. Su sexualidad es designada como inentendible, oscura e indescifrable. Sus aptitudes son construidas en oposición a las aptitudes de lo Uno y sus cuerpos mismos son leídos desde el cuerpo de lo Uno. Los cuerpos de la mujeres no son más que una interpretación de los rasgos físicos desde el pensamiento heterosexual, es decir, desde la ideología de la opresión. Por eso las mujeres son -siguiendo la lógica del planteo de de Beauvoir- lo Otro ante lo Uno, lo General, lo Universal, ante el Hombre. En relación a esto último, en su ensayo “El pensamiento heterosexual” Wittig señala:

En efecto, la sociedad heterosexual está fundada sobre la necesidad del otro/diferente en todos los niveles. No puede funcionar sin este concepto ni económica, ni simbólica, ni lingüística, ni políticamente. Esta necesidad del otro/diferente es una necesidad ontologica para todo el conglomerado de ciencias y de disciplinas que yo llamo el pensamiento heterosexual.[12]

Y luego agrega:

El concepto de diferencia de sexos, por ejemplo, constituye ontológicamente a las mujeres en otros/diferentes. Los hombres, por su parte, no son diferentes. Los blancos tampoco son diferentes, ni los señores, diferentes son los negros y los esclavos. Esta característica ontológica de la diferencia entre los sexos afecta a todos los conceptos que forman parte del conglomerado.[13]

Ahora bien, ¿qué forma adquiere esta matriz de pensamiento heterosexual? La forma del discurso. Esta ideología dominante que parece ser pre-reflexiva, produce y reproduce su ideología a través del lenguaje. Es a partir de este que crea, transforma y recrea. Y es por eso que es en el lenguaje mismo en donde se encuentra una de las bases de la opresión que ejerce: las categorías que excluyen, las relaciones que subordinan y las determinaciones que enajenan. Esto no solo pone en evidencia el hecho de que el lenguaje produce un efecto en la realidad social al constituir un orden de materialidad concreto e innegable, sino que también revela que una de las causas de la opresión misma -y por ende su disolución- se hallan en el ámbito del discurso[14].

Ahora bien, el asunto elemental de la cuestión está en cómo se puede ser por fuera de dichas fronteras que han sido trazadas. O, más bien, si se puede ser en lo absoluto. En otras palabras, ¿qué ocurre con lo que queda por fuera de lo circunscrito? De acuerdo con la postura de Wittig: no hay nada. Al delimitar, la diferencia es anulada. Esto quiere decir que, por fuera de sus límites, no hay nada: no se es. O lo que es peor: se es sin sentido, sin legitimación, sin coherencia.

¿Cómo puede unx autopercibirse y autodeterminarse si no tiene ni las categorías para pensarse a sí mismx? ¿Qué pasa con los sujetos que no se reconocen con ninguna de las estructuras que se les presentan? ¿Puedo pensarme y delinearme si el lenguaje no me acompaña? ¿Si el lenguaje no posee las categorías que necesito, las palabras que busco, las estructuras que requiero? ¿Se puede existir por fuera del lenguaje? ¿Por fuera de las estructuras que sistematizan nuestra realidad material y nuestro inconsciente?

Estos discursos de heterosexualidad nos oprimen en la medida en que nos niegan toda posibilidad de hablar si no es en sus propios términos… Su acción sobre nosotras es feroz, su tiranía sobre nuestras personas físicas y mentales es incesante.[15]

Es evidente que, entonces, el proceder de la matriz de pensamiento heterosexual, sus acotadas estructuras y sus categorizaciones esencialmente binarias ejercen en los sujetos una opresión sustancialmente violenta. Su poder opresivo no solo actúa sobre lo que cabe dentro de sus límites -al delimitarlo, controlarlo y someterlo- sino que también ejerce su opresión sobre lo que ha quedado por fuera de ellos -al excluirlo, negarlo y básicamente suprimirlo-. La delimitación, control, prohibición y anulación que ejecuta es material: es una opresión material y violenta sobre los sujetos, las relaciones y los cuerpos mismos. Su poder opresor actúa sobre todas las dimensiones de nuestra vida, desde los recovecos más inimaginables de las estructuras más oscuras del inconsciente, hasta la literalidad de nuestros cuerpos. Por ende, si su proceder es esencialmente opresivo, entonces el modo en que produce conceptos está también basado en la opresión. En definitiva, la matriz de pensamiento heterosexual produce conceptos fundados en dicha opresión. Es la base de su accionar. En otras palabras, está fundada, erigida, en ella. Por ende, todo lo que se encuentra dentro de ella está determinado por su opresión.

Ahora bien, ¿sobre qué premisa está fundada la ideología del pensamiento heterosexual? ¿Bajo qué doctrina de ideas se respalda? La ideología del pensamiento heterosexual es la ideología de la diferencia sexual. Es la ideología que pone la diferencia entre los sexos como la justificación última de su accionar[16]. Por ende, es la heterosexualidad como régimen que rige y determina la producción de sujetos la que crea la noción de diferencia sexual y, a partir de un juego de relaciones, a la mujer como esencia biológicamente justificada[17]. En palabras de Wittig:

La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa.[18]

Ahora bien, es fundamental hacer hincapié en la siguiente cuestión. Si -de acuerdo con el planteo de Wittig- la matriz de pensamiento heterosexual tiene un accionar opresivo que hace que lo que ella engendre esté oprimido y si además -como se dijo previamente- dicha opresión actua sobre los cuerpos; es evidente que -como consecuencia- la opresión se halla impregnada en el cuerpo mismo. En otras palabras, la ideología opresiva sobre la que se basa dicha matriz no sólo determina la manera que tenemos de relacionarnos, sino que se halla inscripta en la literalidad de nuestros cuerpos. Los interpretamos desde la ideología de la diferencia ya que ésta se halla impresa en los mismos. Nuestras subjetividades, relaciones y corporeidades se hallan bajo el ala del proceder opresivo. Nuestro cuerpo y la manera en la que lo percibimos, ya están determinados por la opresión ejercida por la matriz de pensamiento heterosexual y su producción de saber. Ya están determinados por la ideología desde la cual los leemos.

De esta manera, la opresión ideológica se traduce a los cuerpos mismos, se halla materializada en ellos. Es decir, la opresión del discurso y su ideología de la diferencia se vuelven materiales. En el siguiente capítulo se explicará el modo en que se producen esta materialización y biologización de la ideología de la diferencia.


  1. Por natural me refiero a que no pertenece al ámbito de lo social, sino al mundo de la naturaleza.
  2. En relación con este punto, es interesante mencionar que en el ensayo “El pensamiento heterosexual” Wittig señala el hecho de que la palabra “heterosexualidad” no existía antes de que se hablara de homosexualidad a comienzos del siglo XX. Es decir, dicho concepto empezó a existir simplemente como contrapartida a la homosexualidad. Previo a esto, la heterosexualidad estaba supuesta, era lo general o -como plantea Wittig- “caía por su propio peso” (Wittig, M., op. cit. p. xx).
  3. Wittig, M., El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Barcelona: Editorial EGALES, 2006, p. 52.
  4. Ibid, p. 68.
  5. Ibid, p. 69.
  6. Como el discurso psicoanalítico, el discurso del capitalismo, etc.
  7. Abbate, F., Biblioteca Feminista, Buenos Aires: Editorial Planeta, 2020, p. 261.
  8. Wittig, M., op. cit, p. 67.
  9. En el ensayo Ruptura de monogamia: ¿reforma o revolución? (Madrid: Editorial Continta Me Tienes, 2015), la escritora española Brigitte Vasallo propone llamar por el nombre de “heteropatriarcado capitalista” al contexto desde el cual pensamos. Este está caracterizado por una desigualdad económica estructural, una historia universal que es contada desde la mirada del hombre blanco heterosexual de clase media, una organización sociopolítica fundamentalmente jerárquica y machista y una heterosexualidad obligatoria. Propone que, además de otras herramientas de control y definición, este heteropatriarcado capitalista posee un sistema sexo-género que define, al margen de nuestra opinion, desde nuestros deseos hasta nuestros gustos en cuestión de colores.
  10. Wittig, M., op. cit., p. 52.
  11. Ibid, p. 51.
  12. Ibid, p. 53.
  13. Ibid, p. 53.
  14. Se tratarán estos temas en el capítulo 4.
  15. Wittig, M., op. cit., p. 49.
  16. Diferencia de la cual se ha intentado esclarecer su construcción social.
  17. Se tratará este tema en el capítulo siguiente.
  18. Wittig, M., op. cit., p. 22.


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