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2 La biologización de la categoría de sexo

La materialización de las diferencias pertenecientes al plano de las ideas sufre una naturalización. Lo que en un primer momento se había materializado en los cuerpos y relaciones, ahora se justifica alegando a la naturaleza y se vela su origen contingente. La ideología de la diferencia, es decir, el conjunto de ideas que oprime a las mujeres al tomar a la diferencia entre los sexos como la justificación de su accionar, es legitimada. Dicha ideología se ha materializado y esta materialización se ha esencializado. Se pone lo ideológico como algo que precede a cualquier pensamiento y las oposiciones ideológicas construidas por la ideología de la diferencia ahora toman el nombre de diferencias naturales. Es decir, se niega el hecho de que dichas oposiciones teóricas sobre las que se basan las nociones de hombre y mujer no son más que una valorización llevada a cabo por la ideología dominante y -por lo contrario- se pone esta misma valorización como algo previo a lo dado. De esta manera, se crea la categoría de sexo como una categoría biológica y -con ella- se esencializa la ideología que constituye a las mujeres y a los hombres como diferentes ontológicamente.

Si la categoría biológica de sexo es una consecuencia de la materialización de la ideología de la diferencia, entonces se puede decir que dicha categoría es el producto de la matriz de pensamiento heterosexual en la cual las mujeres están esencialmente oprimidas. O, en otras palabras, que la categoría de sexo es el producto de la ideología de la opresión. Es decir, si la matriz de pensamiento heterosexual es la ideología que crea las estructuras a partir de las cuales el pensar mismo se piensa y es dicha ideología la que constituye a la categoría de sexo como tal, entonces dicha categoría no es más que un producto de la opresión misma. En su ensayo “La categoría de sexo”, Wittig menciona lo siguiente:

Es la opresión la que crea al sexo, y no al revés. Lo contrario vendría a decir que es el sexo lo que crea la opresión, o decir que la causa (el origen) de la opresión debe encontrarse en el sexo mismo, en una división natural de los sexos que preexistiría a (o que existiría fuera de) la sociedad.[1]

¿Existiría la categoría de sexo si no estuviera insertada en una sociedad que le de sentido? ¿Existiría antes de cualquier pensamiento que le dé forma y de cualquier orden social que la enmarque? En otras palabras, ¿existiría la división “natural” de los sexos por fuera de la sociedad? Según la propuesta de Wittig, la noción de mujer que la matriz de pensamiento heterosexual ha construido solo tiene sentido dentro de los límites de una sociedad, y -más en particular- de esta sociedad en la que vivimos. Y esto es así porque es esta sociedad la que la determinó en un primer momento. De esta manera, la mujer como tal solo tiene coherencia si se halla dentro de los límites de un sistema heterosexual de pensamiento. La categoría de sexo que se erige a partir de la ideología de la diferencia fue fundada por la sociedad misma, la cual se edifica y cobra sentido dentro de los límites de la matriz de pensamiento heterosexual. Por ende, la categoría de sexo no es una categoría a priori. Pensar al sexo como una categoría que precede a cualquier sociedad e ideología supone pensar a la mujer como un a priori. Como una esencia que ha existido y que existirá siempre, que no tiene origen y cuya legitimidad y cohesión se sitúa en ella misma. Pero la mujer es producida por la cultura: no existe sin la presencia de una sociedad que le confiera sentido. Dentro de una caja de cristal, la noción de mujer como tal se desvanece. Pierde su fundamento externo e interno porque “lo que constituye a una mujer es una relación social específica con un hombre”[2]. Como se dijo previamente, el origen de la categoría de sexo proviene de la materialización de la ideología de la diferencia; por lo cual: dicha categoría solo se halla legitimada si se encuentra demarcada por la ideología que le dio vida. En relación a esto último, Wittig propone lo siguiente:

En el caso de las mujeres, la ideología llega lejos, ya que nuestros cuerpos, así como nuestras mentes, son el producto de esta manipulación. En nuestras mentes y en nuestros cuerpos se nos hace corresponder, rasgo a rasgo, con la idea de naturaleza que ha sido establecida para nosotras. Somos manipuladas hasta tal punto que nuestro cuerpo deformado es lo que ellos llaman «natural», lo que supuestamente existía antes de la opresión; tan manipuladas que finalmente la opresión parece ser una consecuencia de esta «naturaleza» que está dentro de nosotras mismas (una naturaleza que es solamente una idea).[3]

La categoría de sexo justifica el lugar que ocupan política, económica y socialmente las mujeres alegando a que éstas no son más que condiciones que emanan de dicha categoría. En otras palabras, propone que ante determinadas diferencias “naturales” se corresponden determinadas consecuencias sociológicas. Por ende, si situamos dicha categorización por fuera de la trama social que le da forma y de la ideología que la fundamenta, no quedan más que oposiciones ideológicas. Su materialización -y con ella su biologización- desaparecen y se ve la realidad de su naturaleza: su ser social. Entonces, ¿qué significa que la noción de mujer no tiene sentido por fuera de una sociedad que la limite? Significa que la valorización que se realizó de las diferencias naturales pierde su valor y fundamento. Significa que por fuera de la sociedad que le confiere sentido, no queda más que el cuerpo “neutral” sin ser interpretado desde un marco ideológico, desde contradicciones sociales, desde predeterminaciones biológicas.

No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino.[4]

El hecho de que la noción de mujer que la matriz de pensamiento heterosexual ha construído solo tiene sentido dentro de los límites de dicha sociedad, revela por qué Wittig ha procurado desnaturalizar la categoría de sexo. Si dicha categoría pierde su coherencia y solidez si se la sitúa por fuera del entramado social, entonces está claro que ella no pertenece a otro ámbito que éste último. Por ende, la categoría de sexo es una categoría social, política e ideológica. Es engendrada en el seno de una sociedad de pensamiento heterosexual y ordena los cuerpos y relaciones dentro de dicha sociedad. Por fuera de ella, su respaldo ideológico se desvanece y -con él- su congruencia se desploma.

En este punto, es necesario aclarar que sí consideramos que hay condiciones que son dadas naturalmente y esto es indiscutible. Pero esto dado es esencialmente neutro y no tiene un valor determinado. Respecto a esto, en 1988[5], en el artículo “Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista”, Judith Butler hace una distinción entre las “causalidades” fisiológicas y biológicas que estructuran la existencia corporal y, por otro lado, los significados que le son dados a esta existencia corpórea en el contexto de la experiencia vivida. En dicho artículo, Butler señala:

…la existencia y la realidad de las dimensiones materiales o naturales del cuerpo no son negadas sino replanteadas de tal suerte que quede establecida la distinción entre estas dimensiones y el proceso por el cual el cuerpo termina portando significados culturales.[6]

Y luego agrega:

Tanto para de Beauvoir como para Merleau-Ponty, el cuerpo se entiende como el proceso activo de encarnación de ciertas posibilidades culturales e históricas, un proceso complejo de apropiación…[7]

Por ende, lo discutible -lo que se intenta poner en jaque en esta tesis- es el hecho de que se realiza una valorización de lo natural y se la pone como algo que fue dado naturalmente de ese modo. Como algo que no fue creado, sino que fue, es y será siempre así. Como si lo natural ya viniera con ese valor que la sociedad le impuso en un primer momento. Como si junto al fenómeno físico viniera una desventaja social, económica y política. En definitiva, como si el sexo dictara o impusiera “ciertos significados sociales a la experiencia de las mujeres”[8]. O, en otras palabras, como si pudiéramos derivar su condición social “de algún hecho de su fisiología”[9]. Sin embargo, de acuerdo con nuestra propuesta, el hecho es en sí neutro y la valorización aparece en una instancia posterior. Por ende, el valor que la sociedad construye de ese hecho no puede ser tomado como causa de la opresión. En definitiva, podemos decir que la distinción que estas filósofas establecieron -con el objetivo de esclarecer el origen ideológico de la opresión de las mujeres- es entre lo que sería “ser hembra” y “ser mujer”. En palabras de Butler:

De acuerdo con esa distinción, ser hembra es un hecho sin significado alguno, pero ser mujer es haberse vuelto una mujer, o sea obligar al cuerpo a conformarse con una idea historia de “mujer”, a inducir al cuerpo a volverse un signo cultural, a materializarse obedeciendo una posibilidad históricamente delimitada, y esto, hacerlo como proyecto corporal sostenido y repetido.[10]

Asimismo, respecto a esta cuestión, en “Por un feminismo materialista” Christine Delphy -de quien se hablará más adelante- señala que las condiciones materiales de lo biológico en las mujeres no emanan del acontecimiento físico sino que se constituyen socialmente. Es decir, son condiciones “construidas socialmente”[11] y no naturales.

Lo que se intenta demostrar es el hecho de que todo saber está sujeto al contexto histórico dentro del cual surge. Todo estudio supone una teoría implícita que funciona como supuesto indiscutible, como la base desde la cual se parte. Por ejemplo, toda investigación dentro del ámbito de la biología supone una teoría implícita sobre la naturaleza humana y todo análisis del entramado social supone una teoría implícita sobre la naturaleza de lo social, de la historia, de la cultura y demás ámbitos que interpelan al ser humano en sociedad. El planteo de Wittig se sitúa justamente en la frontera entre estas dos áreas de estudio. La categoría de sexo posee supuestos biológicos que solo están legitimados por los supuestos culturales de nuestra sociedad. Ambos se sostienen mutuamente. Por ende, por fuera de ambas áreas de investigación estos supuestos no existen y -como consecuencia- la categoría de sexo tampoco.

En otras palabras, esta categoría es aquella premisa epistemológica que funciona como supuesto para todas las ciencias establecidas a partir de las cuales el ser humano se estudia. Es aquella premisa jamás modificada que funciona como base, como punto de partida para cualquier trabajo de investigación. Es aquella premisa que es intrínseca al modo que tenemos de concebirnos. Debido a que esta ya es inherente a nuestro modo de pensar y ver la realidad, Wittig remarca la dificultad que supone advertir el carácter social -y por ende el origen contingente- de la categoría de sexo. Respecto a esto, en su ensayo “La categoría de sexo” señala:

La primacía de la diferencia es tan constitutiva de nuestro pensamiento que le impide realizar ese giro sobre sí mismo que sería necesario para su puesta en cuestión, para captar precisamente el fundamento constitutivo.[12]

En relación con esto último, consideramos pertinente mencionar determinadas cuestiones desarrolladas por una de las más grandes inspiraciones de Wittig, Christine Delphy, una socióloga francesa con quien nuestra autora mantuvo un fructífero intercambio de teorías e ideas. Delphy realiza valiosas observaciones sobre el accionar de la ideología y su relación con la teoría materialista. En primer lugar, realiza un cambio de enfoque, un giro radical en la manera de concebir la relación entre ideología y ciencia. Propone pensar las distintas áreas del conocimiento (que se generan a partir de la división que se realiza del mismo) y el contenido mismo de cada área como “un efecto y también un arma de la ideología”[13]. Plantea que la división de la ciencia en “compartimentos estancos”[14] no puede ser jamás pensada como algo imparcial; sino que dicho modo de estudiar al ser humano es dependiente de la ideología desde la cual se lo analiza, es decir, de los lentes desde los cuales se lo observa. Está claro que, por ende, no se puede decir que existan conocimientos neutros. Todo conocimiento está inserto en un momento histórico y es producto de éste; lo cual también implica decir que toda ciencia construye su objeto. Esto último significa que tanto su contenido teórico como los límites de su “campo de aplicación”[15] son una creación de la disciplina misma. En otras palabras, el objeto de estudio, el punto de vista desde el cual se lo observa y las premisas epistemológicas que están en la base de la investigación son todas construcciones de la inserción cultural de la disciplina científica. A su vez, tanto los enunciados que se intentan verificar como los contraargumentos que la disciplina misma construye para refutar y sobrepasar, no son más que creaciones de ella misma. Creaciones que se hallan enmarcadas por el campo teórico que ella delimitó en un primer momento.

Es esta ausencia de objetividad en la ciencia uno de los pilares elementales del sistema de pensamiento de Wittig. Se puede decir que la categoría de sexo es un conocimiento que se muestra como imparcial y que pretende ser independiente del contexto científico e histórico dentro del cual tiene sentido. Sin embargo, como se ha expuesto, no se puede hablar de conocimientos neutros. Por lo cual, dicha categoría no es más que un arma de la ideología -de la ideología de la diferencia para ser más específicas- que tiene la función de ordenar a los seres humanos en sociedad. No es más que un producto de las relaciones sociales, económicas y políticas de la matriz de pensamiento heterosexual que está a la base de nuestra sociedad. Por ende, no es más que un conocimiento que es producto de una sociedad que es opresiva hacia las mujeres.

Ahora bien, ¿de qué modo realizar un agenciamiento de un concepto instaurado científicamente si no es alterando tanto su campo de análisis, como sus herramientas de investigación, su punto de vista y las premisas sobre las cuales se apoya? Como bien plantea Delphy, “es ilusorio pretender llegar a interpretaciones distintas con los mismos instrumentos conceptuales”[16]. Por lo cual, es exactamente esto lo que Wittig intenta hacer al llevar a cabo una desnaturalización de la categoría de sexo. Al desenmascarar su proceder, su dependencia con respecto al contexto histórico y su núcleo esencialmente opresor, Wittig pone la categoría de sexo como una construcción contingente de un marco histórico, ideológico y científico determinado. Como una construcción que en su proceder oculta su génesis. En definitiva, la idea de sexo no es otra cosa que posibilidades históricas materializadas.

Esta revelación del carácter social e histórico de la categoría de sexo es indispensable a la hora de llevar a cabo una transformación de la realidad de las mujeres porque si no se toma su contingencia como punto de partida y no se evidencia su naturaleza opresora, entonces la opresión de las mujeres siempre estará velada por dicho modo de estructurar la realidad. Ante esta problemática, en su ensayo “Por un feminismo materialista”, Delphy plantea lo siguiente:

Todo conocimiento es producto de una situación histórica, tanto si lo sabe como si lo ignora. Pero el hecho de que lo sepa o lo ignore cambia mucho las cosas; si lo ignora, si el conocimiento se pretende «neutro», entonces niega la historia que pretende explicar, es ideología y no conocimiento. Todo conocimiento que no reconoce, que no toma como premisa la opresión social, está negando esta opresión y, en consecuencia, la favorece objetivamente.[17]

Una de los problemas más importantes que acarrea la existencia de la categoría de sexo es el hecho de que con la biologización de la diferencia esconde la opresión de la mujer. La naturalización de la ideología de la diferencia levanta un velo que esconde toda opresión y vuelve imposible rastrear su causa ya que ésta se halla oculta y justificada por la categoría misma. La esencialización de las diferencias ideológicas “oculta la realidad política de la subyugación de un sexo por el otro”[18]. De esta manera, un orden natural de los valores es instaurado y -con él- la opresión de las mujeres es velada. En definitiva:

…esta categoría opera, en nuestra cultura, como un velo que desdibuja la situación política de injusticia y desigualdad que existe efectivamente en el plano social entre los hombres y las mujeres, y sirve para crear la percepción de que esa desigualdad es un efecto de diferencias dadas por la misma «naturaleza».[19]

Por ende:

Masculino/femenino serían, así, categorías propias de la ideología de la diferencia sexual, que ayudan a velar la imposición de un cierto orden social, económico y político que explota a las mujeres.[20]

En resumidas cuentas, se puede decir que la categoría de sexo como esencia innata -biológicamente dada- no solo es una de las causas de la opresión de las mujeres sino que a su vez la encubre, la oculta en el plano de la realidad.

A partir de lo dicho, se manifiesta el rol fundamental que cumple el lenguaje en dicha problemática ya que es el medio que funciona como una de las causas de dicha opresión. Si bien se analizará esta cuestión en los capítulos 4 y 5, consideramos pertinente señalar -por el momento- que el discurso funciona como una vía de opresión porque dicha opresión es inherente a la categoría de sexo misma.

A partir de esta desnaturalización -y politización- del cuerpo femenino, la idea de las mujeres como grupo natural se derrumba. Se evidencia el hecho de que la noción de mujer no es más que una construcción que nos fue impuesta. No solo la idea de la mujer es producto de la sociedad que la engendra, sino que la noción de hombre también. Las mujeres y los hombres son el resultado de un juego de relaciones; relaciones sociales, económicas, políticas y culturales. Estas nociones se encuentran en una tensión dicotómica en la cual las mujeres quedan esencialmente subordinadas. Pero las definiciones que se construyeron de las mujeres y de los hombres no son más que construcciones ideológicas. Armas de la ideología. Las categorías de hombre y mujer que la noción de sexo delimita son categorías políticas, sociales y económicas que están circunscritas a un modo de pensar determinado: el que le dio origen y las sostiene. Son conceptos políticos de oposición.

Considerarlos de este modo supone romper con el afán de pensar su relación como natural y -por el contrario- intentar encontrar y analizar la historicidad que se halla en su núcleo. Estas categorías no son eternas. No siempre han existido y pueden no siempre existir. Pensarlas como imperecederas implica naturalizar la historia y naturalizar la historia implica legitimar la opresión que la categoría de sexo ejerce, niega y oculta. La justificación histórica de que la relación de dominación entre ambos grupos fue siempre de ese modo implica deshistorizar la categoría de sexo y ponerla como causa natural. Por ende, intentar comprender la relación entre los hombres y las mujeres no debe significar buscar las marcas que la naturaleza dejó en ellxs con el afán de encontrarle cierta legitimación a la opresión, sino que, por lo contrario, debe significar una búsqueda de la profundidad histórica e intelectual de dichas relaciones. Debe significar un estudio de la historia bajo los lentes del materialismo; de un materialismo que tenga un enfoque fundamentalmente feminista. En su ensayo “No se nace mujer”, Wittig señala lo siguiente:

Un análisis feminista materialista muestra que lo que nosotras consideramos causa y origen de la opresión, es solamente la «marca» que el opresor impone sobre los oprimidos: el «mito de la mujer», con sus manifestaciones y efectos materiales en las conciencias y en los cuerpos apropiados de las mujeres. La marca no preexiste a la opresión…[21]

Ahora bien, ¿por qué se dice que dicha relación jerárquica es esencialmente opresiva hacia las mujeres? Porque dicha categorización no significa lo mismo para las mujeres que para los hombres. Las mujeres sufren una apropiación tanto de sus conciencias como de sus cuerpos; apropiación que las pone en un lugar jerárquicamente inferior a los hombres. Para ellas, el sexo no significa más que estar bajo el poder económico, ideológico y político de la mitad de la sociedad. El sexo es una manifestación de la apropiación de las mujeres por parte de los hombres. Para ellas, no es “una expresión individual y subjetiva, sino una institución social violenta”[22]. La sexualidad no es más que un hecho político marcado por el poder de un grupo sobre otro: no es más que la causa principal de su opresión ideológica y material. No es más que “una construcción cultural que atribuye determinados sentidos a determinados rasgos físicos para mantener una situación desigual”.[23]

Las supuestas consecuencias sociológicas que dicha categorización emana ponen a las mujeres en un lugar de subordinadas, pero la realidad es que la jerarquización no proviene de una marca natural, sino que es producto de la ideología. Bajo esta polarización las mujeres no adquieren una identidad propia, sino que son extrapoladas como la negatividad de la identidad que el hombre se adjudicó a sí mismo[24]. Las diferencias ideológicas que la categoría de sexo legitima no hacen más que cimentar diferencias sociales que luego son ocultadas en el plano de la realidad por justificaciones biológicas. A su vez, estas diferencias sociales suponen un cierto orden político y económico. Por ende, las mujeres como grupo ideológicamente construido sufren la dominación social, política y económica por parte de la mitad de la sociedad. En otras palabras:

La dominación suministra a las mujeres un conjunto de hechos, de datos, de aprioris que, por más discutibles que sean, forman una enorme construcción política, una prieta red que lo cubre todo, nuestros pensamientos, nuestros gestos, nuestro trabajo, nuestras sensaciones, nuestras relaciones.[25]

Previamente se dijo que “la marca no preexiste a la opresión”. Esto significa que por fuera de la ideología de dominación, esa marca natural no tiene las mismas connotaciones que las que la ideología misma le proporciona. En otras palabras, lo que Wittig plantea es que se interpretan los rasgos físicos desde el pensamiento heterosexual, es decir, desde la opresión. En su ensayo, la autora recurre a un estudio realizado por la socióloga y teórica feminista Colette Guillaumin. Esta pensadora de origen francés explica que antes de la existencia de la esclavitud negra, el concepto de raza no existía o “por lo menos no tenía su significado moderno”[26], sino que simplemente “designaba el linaje de las familias”[27]. Es decir, que antes de la situación socio-económica que encuadra la existencia de la esclavitud negra, la noción de raza no era la misma. Sino que esta noción adquiere sentido dentro de ese marco contextual: dentro del marco de la esclavitud. Fue la esclavitud misma la que le adjudicó su definición. Esto significa que la raza, al igual que el sexo, no es más que una construcción ideológica que se edificó para legitimar una situación de explotación social y económica de un grupo sobre otro. Por ende, las nociones de raza y sexo -que siempre fueron entendidas como características físicas- no son ni datos inmediatos de la sensibilidad ni pertenecen a un orden natural. Wittig señala que, por lo contrario:

…lo que creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construcción sofisticada y mítica, una «formación imaginaria» que reinterpreta rasgos físicos (en sí mismos tan neutrales como cualquier otro, pero marcados por el sistema social) por medio de la red de relaciones con que se los percibe. (Ellas son vistas como negras, por eso son negras; ellas son vistas como mujeres, por eso son mujeres. No obstante, antes de que sean vistas de esa manera, ellas tuvieron que ser hechas de esa manera).[28]

De esta manera, siguiendo dicha lógica, así como la ideología de la diferencia constituye ontológicamente a las mujeres como Otros, dicha doctrina ideológica también está a la base de la noción de raza. Así como los hombres no son diferentes, sino que son lo Uno, lo Universal, los blancos tampoco lo son. Por lo contrario, “diferentes son los negros”[29]. Diferentes son las mujeres, los negros y los esclavos[30]. Claro está, diferentes en relación a los hombres, los blancos y los amos[31]. Diferentes en relación a quienes tienen el poder de dominar en el plano material y de simbolizar en el plano del lenguaje. En definitiva: así como no existen las mujeres sin los hombres, tampoco existen los esclavos sin los amos. En su ensayo “El pensamiento heterosexual”, Wittig sostiene:

No hay nada ontológico en el concepto de diferencia. Sólo es la forma en que los amos interpretan una situación histórica de dominación. Y la diferencia tiene como función enmascarar los conflictos de intereses a todos los niveles, incluidos los ideológicos.[32]

Ademas, en “La categoría de sexo” agrega:

Masculino/femenino, macho/hembra son categorías que sirven para disimular el hecho de que las diferencias sociales implican siempre un orden económico, político e ideológico. Todo sistema de dominación crea divisiones en el plano material y en el económico.[33]

En otras palabras, lo que se está poniendo en juego es el punto central de la teoría marxista que plantea que el grupo que posee los medios de producción material, también dispone de los medios de producción intelectual (consideramos, en este caso, la categoría de sexo como una produccion intelectual del grupo dominante). Por ende, dicho grupo justifica en el plano de las ideas lo que ocurre en el plano de la materialidad. Utiliza la teoría que él mismo desarrolla para defender y legitimar la explotación del grupo dominado en el ámbito social, político y económico. Su dominio se expande tanto a través del plano ideológico como del material, y realiza un movimiento de ida y vuelta entre ambas realidades para justificarse. La realidad socio-económica respalda las contradicciones ideológicas, a la vez que estas últimas respaldan a las primeras. En un movimiento circular sin fin, el grupo dominante se mantiene en el poder, en el lugar de dominador. Por otro lado, al grupo dominado le es casi imposible tanto rebelarse en el plano de la realidad (ya que las injusticias están veladas por la naturalización de la diferencia) como rebelarse en el plano de las ideas (ya que el discurso mismo dentro del cual se halla inserto le significa y funciona como una herramienta de dominación).[34]

En su ensayo “El pensamiento heterosexual”, Wittig entiende el plano de las ideas -el simbólico- como el plano desde y a partir del cual el grupo dominante ejerce su dominación, como una trama de distintos discursos en la cual el hombre se encuentra inmerso. Estos discursos se enlazan, sostienen y refuerzan entre sí. Se autoengendran y a su vez engendran otros. Propone pensar al mundo entero como un “gran registro”[35] en el cual se inscriben una gran variedad de discursos que ordenan y estructuran nuestra vida. Si bien se desarrollará este tema en el capítulo 4, nos interesa hacer énfasis en el modelo de ser humano que estos discursos construyen. Bajo su lógica, los sujetos son invariantes, “no afectados por la historia, no trabajados por conflictos de clase, con una psique idéntica para cada uno porque está programada genéticamente”[36]. Como consecuencia:

El conjunto de estos discursos levanta una confusa cortina de humo para los oprimidos, que les hace perder de vista la causa material de su opresión y los sume en una suerte de vacío ahistórico.[37]

Un ejemplo que propone Wittig con el objetivo de demostrar la dependencia de las creaciones intelectuales con los contextos sociales, políticos y económicos, es la doctrina psicoanalítica. El contenido de este sistema de pensamiento no es independiente ni de las relaciones sociales de clase ni tampoco del contrato heterosexual. Tampoco es independiente del tinte subjetivo que la envuelve por el hecho de haber sido una creación subjetiva de una sociedad determinada en un momento determinado. En relación a esto último, Wittig comenta, con un tono irónico:

Por lo que a mí respecta, no me cabe ninguna duda de que Lacan ha encontrado en el Inconsciente las estructuras que él dice haber encontrado ya que se había encargado de ponerlas allí con anterioridad.[38]

Para finalizar y dejar las bases sentadas para lo que se desarrollará en el próximo capítulo, nos parece importante recalcar esta idea de que la categoría de sexo no significa lo mismo para los hombres que para las mujeres. Al haber quedado circunscitas a las diferencias ideológicas que fueron naturalizadas en sus propios cuerpos físicos, las mujeres son esclavas de lo que ser “mujer” significa: ellas son sexo y no pueden ser por fuera de dicha categoría. En otras palabras, las mujeres han quedado limitadas a su propio cuerpo. En su ensayo “La categoría de sexo”, Wittig concluye lo siguiente:

La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual que hace de la mitad de la población seres sexuales donde el sexo es una categoría de la cual las mujeres no pueden salir. Estén donde estén, hagan lo que hagan (incluyendo cuando trabajan en el sector público) ellas son vistas como (y convertidas en) sexualmente disponibles para los hombres y ellas, senos, nalgas, vestidos, deben ser visibles.[39]

Y luego añade:

Las mujeres son muy visibles como seres sexuales, pero como seres sociales son totalmente invisibles…[40]

En definitiva, lo que propone Wittig es que la mujer está confinada a su sexo, es decir, para ella todo es sexo y no puede evadirse de lo que dicha categoría le significa. Esta problemática es una de las consecuencias materiales que dicha categorización implica para las mujeres. Ahora bien, para poder comprender profundamente esta cuestión nos introduciremos en el capítulo siguiente en algunas de las ideas desarrolladas por Simone de Beauvoir, quien ejerció una enorme influencia en el recorrido teórico realizado por Wittig y de quien toma muchos de sus conceptos.


  1. Ibid, p. 22.
  2. Ibid, p. 43.
  3. Ibid, p. 31.
  4. Beauvoir de, S., El segundo sexo, Buenos Aires: Lumen, 2019, p. 207.
  5. Hago una aclaración del año en el que Butler propone dicha distinción porque la concepción de la corporalidad que ella propone en años posteriores colisiona con la mencionada en dicha tesis.
  6. Butler, J., “Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista”. En Case, Sue-Ellen (editor), Performing Feminisms: Feminist Critical Theory and Theatre, Baltimore: John Hopkins University Press, 1990.
  7. Ibid, p. 298.
  8. Ibid, p. 298.
  9. Ibid, p. 298.
  10. Ibid, p. 300.
  11. Delphy, Ch., Por un feminismo materialista, Barcelona: LaSal, 1985, p. 21.
  12. Wittig, M., op. cit, p. 22.
  13. Delphy, Ch., op. cit, p. 9.
  14. Ibid, p. 9.
  15. Ibid, p. 10.
  16. Ibid, p. 10.
  17. Ibid, p. 11.
  18. Wittig, M., op. cit, p. 25.
  19. Abbate, F., op. cit, p. 262.
  20. Ibid, p. 262.
  21. Wittig, M., op. cit, p. 34.
  22. Ibid, p. 42.
  23. Abbate, F., op. cit, p. 263.
  24. Se desarrollará esta problemática en el capítulo siguiente.
  25. Wittig, M., op. cit., p. 24.
  26. Ibid, p. 34.
  27. Ibid, p. 34.
  28. Ibid, p. 34.
  29. Ibid, p. 53.
  30. Respecto a esto, al principio de su ensayo “Homo sum” Wittig propone que lo que siempre ha sido considerado como “humano” a lo largo de toda la historia de la filosofía occidental solo se refiere a un grupo reducido de personas: los hombres blancos propietarios de los medios de producción material e intelectual. Por lo cual, siempre se teoriza desde un mismo punto de vista que es considerado como si fuera el único posible: como la verdad.
  31. Al respecto, es interesante mencionar que en el ensayo “Ruptura de monogamia: ¿Reforma o revolución?” (Madrid: Editorial Continta Me Tienes, 2015), la escritora española Brigitte Vasallo llama a este hombre blanco heterosexual de clase media que es considerado universal como “omnipresente”. Es decir, como lo que está en todas partes, como la referencia universal.
  32. Wittig, M., op. cit., p. 53.
  33. Ibid, p. 22.
  34. Si bien acá se puede ver la dificultad que supone una transformación de dicha situación de dominación, en los capítulos siguientes defenderemos y demostraremos que para transformar esta realidad material de dominación se debe realizar un agenciamiento en y a partir del lenguaje.
  35. Wittig, M., op. cit., p. 46.
  36. Ibid, p. 46.
  37. Ibid, p. 46.
  38. Ibid, p. 47.
  39. Ibid, p. 27.
  40. Ibid, p. 27.


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