Otras publicaciones:

Book cover

DT_Chartier_Burucua_13x20_OK-final

Otras publicaciones:

12-4618t

12-2769t1

3 Las consecuencias materiales de la esencialización de la categoría de sexo

El lugar de las mujeres en la historia

Al comienzo de la segunda parte de su libro El segundo sexo Simone de Beauvoir propone que “este mundo siempre ha pertenecido a los varones…”[1], que “la sociedad siempre ha sido masculina…”[2]; pero que “ninguna de las razones propuestas para explicar el fenómeno nos ha parecido suficiente”[3]. Luego de tildar de insuficientes a las explicaciones biológicas, histórico-económicas y psicológicas que la biología, el materialismo histórico y el psicoanálisis proponen para explicar la sumisión de las mujeres; de Beauvoir realiza un estudio que complementa su historia personal con conceptos y teorías que toma de distintxs filósofxs, antropólogxs y pensadorxs con el objetivo de comprender la realidad de las mujeres.

Una de las cuestiones nucleares del marco teórico desde el cual esta filósofa habla que da pie a la crítica que desarrolla con respecto a la condición de las mujeres, es el hecho de que la conciencia que las mujeres adquieren de sí mismas no están definidas por ellas mismas. Esto supone un problema enorme ya que -como se ha demostrado en los capítulos anteriores- “lxs sujetxs no se definen por la biología, sino por la conciencia”[4], lo cual evidencia “que la vida humana no puede comprenderse por fuera de su realidad histórica”[5]. En otras palabras, la humanidad no es una especie que está circunscrita a determinaciones de la naturaleza sino que es un sujeto histórico que se constituye en concordancia con su propia realidad sociocultural. Por ende, el hecho de que las mujeres no tengan la posibilidad de constituirse y determinarse ellas mismas como sujetos es el problema primordial desde el cual se debe partir si se quiere intentar comprender su condición.

Ahora bien, si la conciencia que las mujeres adquieren de sí mismas no están definidas por ellas, ¿entonces por quién? Y aquí se halla el núcleo de la cuestión: las mujeres sólo son captadas a través de nociones creadas por la conciencia masculina. De esta manera, al ser definidas por otra conciencia y no por ellas mismas, las mujeres adquieren el lugar de lo Otro. Las mujeres son lo Otro, lo Inesencial, lo Relativo. Es decir, ellas están disminuidas y se sienten disminuidas no porque fisiológica, biológica o psicológicamente ese sea su lugar, sino porque se encuentran en un lugar disminuido al encarnar el lugar de la Otredad[6]. En la Introducción de su libro, de Beauvoir nos dice:

La Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él; no la considera como un ser autónomo. «La mujer, el ser relativo…», escribe Michelet. Y así lo afirma Benda en el Rapport d’Uriel: «El cuerpo del hombre tiene sentido por sí mismo… mientras este último parece desprovisto de todo sentido si no se evoca al macho… El hombre se piensa sin la mujer. Ella no se piensa sin el hombre.» Y ella no es otra cosa que lo que el hombre decida que sea; así se la denomina «el sexo», queriendo decir con ello que a los ojos del macho aparece esencialmente como un ser sexuado: para él, ella es sexo; por consiguiente, lo es absolutamente. La mujer se determina y se diferencia con relación al hombre, y no este con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo Otro.[7]

Esto quiere decir que las mujeres no son consideradas positivamente tal cual ellas mismas son, sino negativamente al ser contrapuestas a lo que el hombre considera de sí mismo. Es decir, no hay una definición exclusiva y directa de las mujeres, sino simplemente una polarización de lo que el hombre se adjudicó a sí mismo. Por ende, sus características no son otra cosa que la negatividad de las características del hombre.

Respecto a este terreno de lo Otro al cual las mujeres son relegadas, Wittig lleva a cabo una investigación muy interesante en su ensayo “Homo Sum” publicado en 1990. Luego de realizar una genealogía de duplas de conceptos opuestos, Wittig llega a la primera tabla de contrarios que aparece en la historia, la cual es elaborada por Aristóteles en el Libro I de Metafísica. En ella, aparecen términos como Uno/Varios, Varón/Hembra, Luz/Oscuridad y Bueno/Malo. Lo curioso -y en lo que nos vamos a centrar- es el patrón que la disposición de los términos en la tabla sigue. Las palabras Uno, Varón, Luz y Bueno, se hallan del mismo lado de la misma; mientras que las palabras Varios, Hembra, Oscuridad y Malo del lado opuesto. Bajo la lógica del sistema de pensamiento aristotélico, lo Uno no es otra cosa que el Ser absoluto, no dividido; en otras palabras: “la divinidad en sí”[8]. Por ende, las palabras que acompañan esta idea de lo Uno se corresponden con la idea del Ser; mientras que las que se contraponen a dicha noción han quedado relegadas al terreno del no-Ser: a la oscuridad, a lo malo. De esto se deduce que “…el Ser es el bien, lo masculino, lo recto, lo uno, es decir, lo que es divino, mientras que el no-Ser es todo lo demás (varios), lo femenino; es síntoma de discordia, de agitación, es oscuro y malvado”[9].

A partir de este análisis, Wittig propone que la oposición entre lo Uno y lo Otro desarrollada por Hegel -de la cual de Beauvoir se inspira- podría perfectamente ser pensada bajo el paradigma desarrollado por Aristoteles. Esto significaría pensar lo femenino como lo oscuro, malo y conflictivo, como el no-Ser que encarna el lugar de lo Otro (del Esclavo en la dialéctica hegeliana); y lo masculino como lo luminoso, bueno y armonioso, como el Ser que encarna el lugar de lo Uno (del Amo en dicha dialéctica). Este paradigma intenta explicar la realidad como un juego de oposiciones, las cuales a su vez conciernen a los sujetos mismos y justificarían las características que son atribuidas a las nociones de hombre y mujer. La propuesta de Wittig consiste en comprender dichas categorías “en términos históricos”[10] para poder entender de dónde vienen, sus consecuencias materiales y el modo en el que pueden ser transformadas[11]. De esta manera, este modo de concebir la realidad como un juego de oposiciones sería una de las bases sobre las cuales descansa la idea de las mujeres como lo Otro ante lo Uno.

Ahora bien, si las mujeres son lo Otro pensado desde la Universalidad, lo Otro que jamás se autoconstituyó ni autodeterminó, sino que le fueron adjudicadas las características opuestas, negativas, a la idea del hombre; podemos decir que, como consecuencia, las mujeres no se reconocen a sí mismas. Son extrañas para sí mismas. No se rigen de acuerdo a su propia manera de concebirse, de leer y darle sentido a sus cuerpos. No eligen los modos en los que deben moverse, actuar, hablar porque “…jamás ha sido ella misma quien ha elegido su suerte”[12]. No fueron ellas quienes decretaron que las mujeres son sensibles, empáticas y suaves. Que se visten de determinada manera y que tienen preferencia por determinadas actividades. No fueron ellas quienes decretaron que les gusta jugar a las muñecas en vez de a los leones, o que prefieren jugar a maquillarse en vez de estar trepando árboles. No fueron ellas quienes decretaron que su anhelo más grande es casarse y ser madres, en vez de tener carreras exitosas y realizarse como sujetos por fuera de la idea de una familia[13]. No fueron ellas quienes eligieron el lugar que ocupan socio-políticamente porque “…el puesto de la mujer en la sociedad es siempre el que ellos le asignan; en ningún tiempo ha impuesto ella su propia ley”[14]. En definitiva, ellas no tienen un proyecto propio porque están circunscritas a la idea que se creó de ellas. No están individualizadas, sino que están determinadas a vibrar al unísono del hombre, de acuerdo con lo que él ha propuesto para ellas. En definitiva, según de Beauvoir, carecen de un proyecto propio y por ende de libertad.

¿Qué significa esta idea de falta de libertad debido a la carencia de un proyecto propio? Para poder comprender esta cuestión y su implicancia, debemos explicar primero el marco teórico desde el cual Simone extrae dicha noción. Esta idea se inscribe en el campo de la filosofía existencialista para la cual, según señala de Beauvoir:

Todo sujeto se plantea concretamente a través de proyectos, como una trascendencia; no alcanza su libertad sino por medio de su perpetuo avance hacia otras libertades; no hay otra justificación de la existencia presente que su expansión hacia un porvenir infinitamente abierto. Cada vez que la trascendencia recae en inmanencia, hay degradación de la existencia en «en sí», de la libertad en facticidad… Todo individuo que tenga la preocupación de justificar su existencia, experimenta esta como una necesidad indefinida de trascenderse.[15]

Básicamente, según lo que propone el existencialismo, lo que constituye a un Sujeto como tal es el hecho de poder plantearse fines, proyectar su existencia y elegir lo que quiere ser. Crear: ir más allá del presente y abrirse a un futuro que es decretado, determinado y alcanzado por sí mismo. Debido a que para el existencialismo no existe una esencia del ser humano, sino que este “empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define”[16], se puede decir que entonces “no es otra cosa que lo que él se hace”[17]. Por ende, el ser humano es lo que él proyecta ser, lo que él elige ser. Esto supone no sólo una elección consciente, sino además una acción, una puesta en práctica de esa decisión, lo cual lo pone en un lugar de absoluta responsabilidad de su existencia. Esta toma de responsabilidad de la necesidad de crearse, de proyectarse, hace trascender al sujeto, hace que vaya más allá de sí mismo. El sujeto se constituye como tal y alcanza la trascendencia sólo a partir de este hacerse cargo de su existencia y de crearse a sí mismo. Solo de esta manera el ser humano asume la libertad a la cual está condenado. El hombre es libre “porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”[18]. Como se dijo previamente, el sujeto sólo alcanza la libertad “por medio de su perpetuo avance hacia otras libertades”[19]. Por ende, el ser humano que no construye su propio porvenir, que no proyecta su existencia, no solo no es libre sino además queda restringido al plano de la inmanencia.

Ahora se entiende por qué previamente se dijo que las mujeres, al no autoconstituirse ni autodeterminarse, al no elegir sus proyectos, sus porvenires, han quedado limitadas al campo de la inmanencia y, por ende, no son libres. En relación a esto, de Beauvoir señala:

Ahora bien, lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como lo Otro: se pretende fijarla en objeto y consagrarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será perpetuamente trascendida por otra conciencia esencial y soberana [el hombre]. El drama de la mujer consiste en ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que se plantee siempre como lo esencial y las exigencias de una situación que la constituye como inesencial.[20]

De esta manera, la violencia más grande ejercida hacia la mujeres ha sido la afirmación de su Alteridad. Al no haber sido ellas mismas quienes escogieron sus proyectos y al haber quedado paralizadas en la inmanencia, las mujeres entran en un círculo vicioso de alienación. No se reconocen a sí mismas y por ende no son reconocidas por el resto, lo cual hace que nuevamente no se reconozcan a sí mismas. Son extrañas para sí mismas y por ende son extrañas para el resto, lo cual hace que sean nuevamente extrañas para sí mismas. El problema más grande del grupo social de las mujeres es que “se busca a través del mundo bajo una figura extraña, la cual hace suya”[21]. Como consecuencia, dicho grupo no trasciende por medio de la libertad sino que queda sometido a la pura inmanencia. Se pueden deducir dos cuestiones fundamentales que son consecuencia de esta pura inmanencia en la que las mujeres han quedado estatizadas. En primer lugar, el hecho de que no asumen el lugar de Sujetos sino que quedan subordinadas en el lugar de Objetos y, en segundo lugar, el hecho de que ellas no son en sentido absoluto, sino que simplemente son en posición relativa, es decir, en relación a.

Respecto a este último punto, de Beauvoir llega a esta afirmación luego de estudiar no sólo cómo se presenta la relación entre el hombre y la mujer en distintos relatos míticos sino también el lugar que se le adjudica a esta última. Por ejemplo: propone que de acuerdo al relato del Génesis, Eva no fue moldeada ni al mismo tiempo que Adan ni utilizando la misma sustancia; sino que fue extraída de su costilla. Es decir, “su nacimiento no fue autónomo”[22]. Ella procede del hombre. Es solo por el hombre que ella existe y es solo en relación a él que ella tiene sentido. El hombre es: se constituye como Sujeto y trasciende la inmanencia, es y se afirma por sí mismo. La mujer, por otro lado, no se constituye como Sujeto porque queda relegada al plano de la inmanencia. Tampoco es en sentido absoluto, sino simplemente es en relación a (el hombre). Existe solo por y para el hombre, tiene sentido solo por y para el hombre. Las mujeres son en posición relativa, los hombres son en posición absoluta; los hombres son trascendentalmente, las mujeres existen en la inmanencia. Este relativismo que envuelve a las mujeres está justamente relacionado, en el plano material, con el hecho de que lo que las constituye es “una relación social específica con un hombre”[23], una relación económica y política con él. Bajo esta lógica de subordinación, primero vino el hombre y luego vino la mujer. Además, de Beauvoir propone que, de acuerdo con el Génesis, no fueron creadas como un fin en sí mismo sino que fueron destinadas a ser para el hombre: para acompañarlo y salvarlo de su soledad. De esta manera, las mujeres están exclusivamente definidas de acuerdo a su relación con él. En palabras de de Beauvoir:

…la mujer se conoce y se elige, no en tanto que existe por sí, sino tal y como el hombre la define. Por consiguiente, tenemos que describirla en principio tal y como los hombres la sueñan, ya que su ser-para-los-hombres es uno de los factores esenciales de su condición concreta.[24]

Entonces, los hombres son mientras que las mujeres son en relación a o, en otras palabras, simplemente existen. Además, de Beauvoir propone que para ser sujeto se debe ser una singularidad radical: autónoma y separada. Una singularidad que es para sí y que goza de libertad. Una singularidad individualizada. En el caso de las mujeres, el hecho de que ellas sean en relación al hombre, explica su mera existencia como Objetos ya que dependen de un Sujeto que las constituya. Respecto a esto, menciona algo muy interesante que nos servirá para entender dicha cuestión desde otro enfoque. Según Simone, el hecho de que las mujeres encarnen el lugar de Objetos demuestra la importancia que se le da a su belleza. Si bien es evidente que el ideal de belleza femenina es variable y ha ido mutando a lo largo de la historia, su exigente presencia es constante. Es decir, “puesto que la mujer está destinada a ser poseída, es preciso que su cuerpo ofrezca las cualidades inertes y pasivas de un objeto”[25]. Esto quiere decir que la belleza adjudicada y exigida a las mujeres está relacionada con lo estático, la suavidad y la esterilidad de un objeto que no está destinado a la acción, eficacia y movimiento, sino simplemente supeditado al ser mirado, admirado y apreciado. En definitiva, según de Beauvoir, “la mujer es un existente a quien se le pide que se haga objeto”[26]. Mientras que, por otro lado, “la belleza viril es la adaptación del cuerpo a funciones activas, es la fuerza, la agilidad, la flexibilidad; es la manifestación de una trascendencia animadora de una carne que jamás debe recaer sobre sí misma”[27].

Al quedar circunscritas en la inmanencia, en lo estático, las mujeres están encerradas en sí mismas. Es decir, al no trascender, al quedar limitadas al plano de la inmanencia y al no ser sino simplemente existir, ellas no son otra cosa que su cuerpo mismo. Se hallan limitadas por sus propios cuerpos, los cuales están determinados por la categoría de sexo. Por lo cual, las mujeres nunca llegan a evadirse del sexo, del hecho de ser “mujer” y de sus implicancias, sino que -por lo contrario- se puede decir que ellas son todo sexo. Según Simone, “la mujer, como el hombre, es su cuerpo: pero su cuerpo es algo distinto de ella misma”[28]. Esto es así porque no fueron ellas quienes se percibieron, determinaron y le confirieron una identidad, un sentido, a esos cuerpos que son suyos; sino que fue el hombre quien realizó esta tarea. Como se dijo en los capítulos anteriores, las mujeres son poco visibles como seres sociales, pero son muy visibles como seres sexuales. O, más bien, todo en ellas es sexo porque están confinadas en sus cuerpos inmanentes marcados por el sexo. Respecto a esta problemática, en su ensayo “La categoría de sexo” Wittig señala lo siguiente:

La categoría de sexo es la categoría que une a las mujeres porque ellas no pueden ser concebidas por fuera de esa categoría. Sólo ellas son sexo, el sexo, y se las ha convertido en sexo en su espíritu, su cuerpo, sus actos, sus gestos; incluso los asesinatos de que son objeto y los golpes que reciben son sexuales. Sin duda la categoría de sexo apresa firmemente a las mujeres.[29]

Es por esta razón que Wittig propone que “los hombres son seres sociales y las mujeres son seres naturales”[30]. Porque reducidas a los límites de sus propios cuerpos, encerradas en su ser sexual, las mujeres son esclavas de lo que ser “mujer” significa. En otras palabras, lo que Wittig propone es que debido a que se hallan restringidas en sus propios cuerpos sexuados, todos sus problemas son por el hecho de pertenecer a la categoría de sexo de “mujer”. En definitiva, no trascienden dicha categoría.

Veamos un ejemplo. ¿Cuáles fueron y son las luchas de las mujeres? En primer lugar, podemos decir que en el ámbito laboral las mujeres exigen igual salario que los hombres e iguales oportunidades para tener puestos con altas responsabilidades. Exigen que los hombres también gocen de licencia de maternidad ya que sino son rechazadas en determinados trabajos por el simple hecho de poder engendrar. Además, denuncian acosos de hombres que están en puestos superiores, quienes creen tener el derecho a tocarlas de más o intimidarlas. Denuncian que muchas veces se les ofrecen puestos laborales solo a cambio de favores, favores sexuales por supuesto. Es decir, muchas de sus luchas con respecto al trabajo tienen que ver con su “ser mujer”, es decir, con sus cuerpos sexuados. En segundo lugar, podemos mencionar algunas de las luchas llevadas a cabo en el mundo de la política. A lo largo de la historia, las mujeres exigieron poder votar (a pesar de ser mujeres), tener los mismos derechos que los hombres tal como ser dueñas de sus propias fortunas (a pesar de ser mujeres), tener las mismas libertades que los hombres tal como poder ir a la universidad (a pesar de ser mujeres). Podemos ver cómo la mayoria de sus luchas son nuevamente en contra de situaciones que tienen como causa legitimada la categoría de sexo a la que pertenecen. En otras palabras, los obstáculos que intentan derribar vienen dados generalmente por el sexo al cual pertenecen.

Según de Beauvoir, el cuerpo es la irradiación de una subjetividad, es el instrumento a través del cual uno comprende el mundo, a través del cual uno se hace presente como sujeto: observa, conoce, se relaciona. En definitiva, el cuerpo es “el instrumento de nuestro asidero en el mundo”[31]. Sin embargo, en el caso de la mujeres, “su cuerpo no es tomado como la irradiación de una subjetividad, sino como algo cebado en su inmanencia”[32]. De esta manera, las mujeres no son libres porque son esclavas de las determinaciones del hecho de ser mujeres. No trascienden, se quedan siempre en el plano de la inmanencia, del deber. En el plano en el cual ellas no son otra cosa que sus cuerpos mismos, que su sexo mismo. Ellas no son otra cosa que el destino petrificado que se le ha designado, no son otra cosa que lo que se les ha impuesto que sean. En palabras de de Beauvoir:

La mujer… es exclusivamente definida en su relación con el hombre. La asimetría de ambas categorías, varón y hembra, se manifiesta en la constitución unilateral de los mitos sexuales. A veces se dice “el sexo” para designar a la mujer; ella es la carne…[33]

Y esto es así porque:

La representación del mundo, como el mundo mismo, es operación de los hombres; ellos lo describen desde el punto de vista que les es propio y que confunden con la verdad absoluta.[34]

Podemos ver esta universalidad de la mirada masculina en el hecho de que para referirnos al ser humano, a la especie humana en general, en su totalidad, se duele decir “el hombre”. Segun de Beauvoir, un hombre no comienza a pensar en si mismo como un individuo de cierto sexo ya que él es un hombre, es el hombre, es lo General, es lo Esencial. Es decir, no se define en relación a las mujeres, sino que está individualizado. Por lo contrario, las mujeres vibran al unísono del hombre: se definen y diferencian en relación a él. Nuevamente: ellas son lo Otro, lo Inesencial, lo Relativo.

De acuerdo con el planteo de de Beauvoir, otra de las razones por las cuales las mujeres no son libres es porque no gozan de reciprocidad en el reconocimiento; reciprocidad que es “condición necesaria para nuestra libertad”[35]. Como se ha dicho previamente, las mujeres no se reconocen en sus actos, en sus cuerpos mismos, no solo porque no fueron ellas quienes se auto confirieron una identidad sino también porque al quedar relegadas al terreno de la Otredad, no tienen la posibilidad de trascender como sujetos autónomos. Ahora bien, ¿qué tiene que ver esta cuestión con la problemática del reconocimiento recíproco?

De acuerdo con la dialéctica hegeliana, una conciencia sólo puede ser constituida como tal si es reconocida por otra conciencia, lo cual supone imponer su soberanía. Es evidente que este anhelo de toda conciencia de ser reconocida la lleva a una lucha por el reconocimiento con otra conciencia, ya que ambas quieren imponerse por sobre la otra o, en otras palabras, ambas quieren realizarse reduciendo a la otra a la esclavitud. Sin embargo, según de Beauvoir:

El drama puede superarse mediante el libre reconocimiento de cada individuo en el otro, planteándose cada cual a sí mismo y al otro, a la vez, como objeto y como sujeto en un movimiento recíproco.[36]

Es decir, la necesidad de la reciprocidad en el reconocimiento no necesariamente debe significar una sumisión de una conciencia por debajo de la otra, sino que, por lo contrario, si ambas conciencias se reconocen a sí mismas como objeto de otro sujeto y como sujeto de otro objeto, la problemática concluiría en un reconocimiento recíproco. Lo que hace de Beauvoir es tomar dicha tesis de la dialéctica hegeliana y la aplica a la condición de las mujeres como grupo. De acuerdo con su planteo, las mujeres no gozan de reciprocidad con el hombre porque, al no ser reconocidas y al ser relegadas a la categoría de lo Otro, el hombre se impone a la mujer y “se dedica a mantenerla en la opresión”[37]. De esta manera, las mujeres no son reconocidas como sujetos autónomos, sino que son lo Otro inmanente, son Objetos inesenciales dependientes de lo Uno, del Sujeto que la determina, del hombre. Por ende, entre los hombres y las mujeres no hay reciprocidad, sino sometimiento del grupo no-reconocido por el grupo reconocido. En palabras de de Beauvoir:

En la medida en que la mujer es considerada como lo Otro absoluto, es decir -cualquiera sea su magia- como lo inesencial, resulta imposible considerarla como otro sujeto. De modo que las mujeres no han constituido jamás un grupo separado que se situase por sí frente al grupo masculino; nunca han tenido una relación directa y autónoma con los hombres.[38]

Mientras que, por otro lado, según de Beauvoir, el hombre solo establece relaciones recíprocas y no-jerárquicas con otros hombres. Es decir, solo reconoce como sujetos a otros hombres. En sus palabras:

El semejante, el otro, que es también el mismo, con el cual se establecen relaciones de reciprocidad, es siempre, para el varón, un individuo varón.[39]

De esta manera, la conciencia femenina se constituyó como una conciencia dependiente debido a su ser-para-otro mientras que la masculina goza de la reciprocidad, y por ende libertad, de una conciencia autónoma que no es más que un ser-para-sí, que no es más que un Sujeto, una singularidad separada.

Otra idea desarrollada por de Beauvoir en El segundo sexo que consideramos importante señalar es que a las mujeres se les confiere un lugar de inferioridad a lo largo de la historia porque, como son mantenidas en una “situación de inferioridad”[40], terminan siendo consideradas como inferiores. Simone ejemplifica esto mencionando lo que distintos filósofos, escritores y teólogos han dicho sobre las mujeres, es decir, lo que se les ha atribuido a lo largo de la historia. De esta manera, nos muestra cómo San Pablo, una de las figuras más importantes del catolicismo, defiende la subordinación de las mujeres a los hombres alegando a que “el varón no es de la mujer, sino la mujer del varón”[41] y que “así como la Iglesia está sometida a Cristo, así sea sumisa en todas las cosas la mujer al hombre”[42]. A su vez, Simone cita a Tertuliano, padre de la Iglesia católica e importante escritor, quien nos dice “mujer, eres la puerta del diablo”[43] debido a que, según lo que propone San Ambrosio, obispo de Milán, “Adán fue inducido al pecado por Eva, y no Eva por Adán”[44]. También tenemos a San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, quien nos dice que “entre todas las bestias salvajes, no hay ninguna más dañina que la mujer”[45] y a Plinio, filósofo romano, quien plantea que la mujer que se encuentra en su período de menstruación es quien “arruina las cosechas, devasta los huertos, mata las semillas, hace caer los frutos, mata las abejas; si toca el vino, lo convierte en vinagre; la leche se agria…”[46] Por último, tenemos al principal representante de la enseñanza escolástica, Santo Tomás, quien declara que “la mujer no es más que un ser «ocasional» e incompleto, una suerte de hombre frustrado”[47] y que “es una constante que la mujer está destinada a vivir bajo el dominio del hombre y no tiene ninguna autoridad por sí misma”[48].

Es evidente que la idea que se ha construido del grupo social de las mujeres las identifica básicamente con el mal en sí mismo. Las mujeres son las brujas, las responsables de todos los males en el hombre, las bestias más repulsivas, la causa de todos los problemas. Son seres nocivos, inconclusos, imperfectos, perversos y desgraciados. Son seres dependientes, hechos para ser dominados y estar sometidos al poder de un hombre. Estas construcciones que se fueron elaborando a lo largo de la historia en torno a la idea de la mujer no solo han contribuido a la opresión de dicho grupo, sino que la han legitimado. Asimismo, estas construcciones y la implicancia que tuvieron nos demuestran -nuevamente- no solo que la historia fue contada por hombres, sino que las mujeres mismas quedaron reducidas a la idea que el hombre construyó de ellas. Como se dijo previamente, no es que las mujeres sean inferiores, sino que son percibidas de dicho modo posteriormente a ser puestas en dicho lugar: en el lugar de inferioridad.

Ahora bien, lo que nos interesa señalar respecto a esta cuestión es el hecho de que, como propone de Beauvoir, “hay razones para pensar que, si las mujeres no lograron dejar una profunda huella, se debe a que estaban limitadas en su condición”[49]. Es decir, las mujeres estaban (y están) limitadas en sus posibilidades, por lo cual es entendible que casi no conozcamos filósofas, científicas, escritoras o políticas de antes del siglo XX. En definitiva, que casi no conozcamos mujeres de quienes podríamos haber adquirido otro punto de vista de la historia que se complemente -y polemize- con la historia universal contada por el hombre. Respecto a esto último, de Beauvoir plantea que uno de los pocos terrenos en los cuales las mujeres siempre tuvieron algo de voz fue en las “letras y las artes”[50], tal como la poesía[51] o la literatura. Y así es como, cuando aparecen mujeres que se destacan, en palabras de de Beauvoir:

Ellas demuestran deslumbrantemente que no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.[52]

Antes de finalizar, consideramos fundamental mencionar lo siguiente. De Beauvoir hace énfasis en que las mujeres no deben intentar reivindicar lo que les fue dado, es decir, no deben aceptarlo y tomarlo como punto de partida con el objetivo de ver lo bueno y resignificarlo, sino transformarlo. Deben construir desde un lugar distinto, desde sus propios puntos de vista, desde sus propias vivencias. Deben apelar a la acción y a la transformación, y no aceptar pasivamente su condición de opresión. Señala que muchas veces la mujer “se complace en su papel de Otro”[53], lo cual la aferra cada vez más a ese lugar. Es decir, cuanto más se afirman las mujeres dentro del lugar que les fue dado, con sus implicancias y alcances, más son lo Otro. Más lejos están de ser Sujetos autónomos, esenciales y libres. Respecto a esta problemática, Wittig también afirma que las mujeres no deben apoyar, fortalecer o identificarse con la idea que se ha construido de ellas, es decir, “no deberían nunca actuar desde el privilegio de ser diferentes… no deberían caer nunca en el «orgullo de ser diferentes»”[54]. En relación a esto, en su ensayo “No se nace mujer”, Wittig nos dice:

Nos levantamos para luchar por una sociedad sin sexos; ahora nos encontramos presas en la trampa familiar de que «ser mujer es maravilloso». Simone de Beauvoir subrayó precisamente la falsa conciencia que consiste en seleccionar de entre las características del mito (que las mujeres son diferentes de los hombres) aquellas que parecen agradables, y utilizarlas para definir a las mujeres. Utilizar eso de que «es maravilloso ser mujer», supone asumir, para definir a las mujeres, los mejores rasgos (¿mejores respecto a quién?) que la opresión nos ha asignado, y supone no cuestionar radicalmente las categorías «hombre» y «mujer», que son categorías políticas (y no datos naturales).[55]

Entonces, no se busca que las mujeres nieguen sus cuerpos y sus disposiciones físicas ni tampoco que tomen como dada la valorización teóricamente “ahistórica” que la ideología dominante impone; sino que, por lo contrario, se anhela que lleven a cabo una valorización propia que parta de la neutralidad. Se anhela que rompan con la valorización que sitúa a la “desventaja” de las mujeres como algo malo en sí mismo, lo cual niega su origen ideológico. Se anhela que sean conscientes que la apelación a las diferencias físicas entre los sexos no justifica ni explica por qué las mujeres son lo Otro así como tampoco las condena “a conservar eternamente ese papel subordinado.”[56] Se anhela que lleven a cabo una reestructuración y no una resignificación[57]. En definitiva, se anhela que las mujeres reflexionen y analizen aquello que “afecta a su existencia sin su consentimiento”[58]. Respecto a esto, en “Por un feminismo materialista” Christine Delphy señala:

Un conocimiento que tomara como punto de partida la opresión de las mujeres constituye una revolución epistemológica… En efecto, aportaría un punto de vista materialista ignorado hasta el momento -el punto de vista de la opresión de las mujeres-, es decir, un enfoque nuevo y no un nuevo objeto de conocimiento; y ese enfoque se aplicaría necesariamente a la totalidad de la experiencia humana, individual o colectiva.[59]

En otras palabras, la propuesta consiste en estudiar a las mujeres mismas desde otro lado. Rever disciplinas como la historia, sociología, antropología y biología -entre otras- y analizar el contenido de dichas disciplinas desde otro enfoque; desde una mirada que tenga en cuenta la perspectiva de las mujeres. Sus vivencias, sus verdades. Rever la historia de la filosofía y examinar su producción de conceptos desde otro lente. Según Delphy, “la ausencia de las mujeres en la historia, de su representación «materialista», es lo que ha dejado el campo libre para la implantación y/o mantenimiento de «dominios» reservados”[60]. Por lo tanto, como nos dice Delphy, no solo “es preciso que se identifique ese contenido [el que la ideología de la opresión construyó] como ideológico, que se relacione ese contenido falso con lo que lo produce y lo justifica: la organización social, y más concretamente la organización opresora de la sociedad”[61], sino que además es necesario “adquirir otra imagen de nosotras mismas, lo cual exige la destrucción de la imagen negativa que la ideología da de las mujeres”[62]. Como consecuencia, esta revisión y reestructuración propuesta implicaría el advenimiento de las mujeres en la historia y en los procesos de construcción de saberes y, por ende, la transformación de su condición de opresión material y simbólica.

Entonces, es evidente que para que se pueda transformar la realidad social es necesario que haya -a la par- una reestructuración en el campo del conocimiento. Es decir, es indispensable que ambas revoluciones vayan acompañadas para poder consolidarse ya que es imprescindible que se sustenten, soporten y refuercen mutuamente. En definitiva, toda revolución tiene “la necesidad de moverse siempre entre lo teórico y lo político”[63]. Ahora bien, ¿de qué modo se lleva a cabo una reestructuración en el ámbito del saber si no es a partir del lenguaje, es decir, si no es alterando su producción de conceptos desde adentro, desde el lenguaje mismo?


  1. Beauvoir de, S., op. cit., p. 63.
  2. Ibid, p. 71.
  3. Ibid, p 63.
  4. Abbate, F., op. cit., p. 150.
  5. Abbate, F., op. cit., p. 150.
  6. De Beauvoir toma esta oposición entre lo Uno y lo Otro de la dialéctica desarrollada por Hegel y la aplica a la relación entre el hombre y la mujer para intentar comprenderla bajo dicha lógica.
  7. Beauvoir de, S., op. cit., p. 18.
  8. Wittig, M., op. cit., p. 78.
  9. Ibid, p. 78.
  10. Ibid, p. 79.
  11. Trataremos este punto en particular en el próximo capítulo.
  12. Beauvoir de, S., op. cit., p. 78.
  13. Según de Beauvoir, la niña no es empujada a realizarse como mujer, a superar los límites de su feminidad, sino que se la limita al deseo de casarse, de ser madre, de tener una familia. Todos los proyectos que se le proponen desde su infancia tienen que ver con el hecho de ser mujer y dependen de la presencia del hombre. De Beauvoir nos dice “Ella espera al hombre”. Por otro lado, al hombre se lo impulsa al éxito propio, a desarrollarse en el ámbito laboral, a alcanzar sus sueños como Sujeto, más allá del ser Varón. El proyecto del hombre no queda circunscrito a ser marido y padre, sino que tiene anhelos personales que van más alla de la categoría de sexo a la que pertenece.
  14. Beauvoir de, S., op. cit., p. 78.
  15. Ibid, p. 31.
  16. Sartre, J. P., El existencialismo es un humanismo, Barcelona: Editorial Edhasa, 2007, p. 3.
  17. Ibid, p. 3.
  18. Ibid, p. 5.
  19. Beauvoir de, S., op. cit., p. 31.
  20. Ibid, p. 31. (Los paréntesis son míos)
  21. Ibid, p. 57.
  22. Ibid, p. 141.
  23. Wittig, M., op. cit., p. 43.
  24. Beauvoir de, S., op. cit., p. 135.
  25. Ibid, p. 159.
  26. Ibid, p. 347.
  27. Ibid, p. 159.
  28. Ibid, p. 40.
  29. Wittig, M., op. cit., p. 28.
  30. Ibid, p. 67.
  31. Beauvoir de, S., op. cit., p. 43.
  32. Ibid, p. 160.
  33. Ibid, p. 142.
  34. Ibid, p. 142.
  35. Wittig, M., op. cit., p. 61.
  36. Beauvoir de, S., op. cit., p. 140.
  37. Ibid, p. 63.
  38. Ibid, p. 71.
  39. Ibid, p. 71.
  40. Ibid, p. 26.
  41. Ibid, p. 86.
  42. Ibid, p. 86.
  43. Ibid, p. 86.
  44. Ibid, p. 86.
  45. Ibid, p. 86.
  46. Ibid, p. 149.
  47. Ibid, p. 86.
  48. Ibid, p. 87.
  49. Ibid, p. 127.
  50. Ibid, p. 129.
  51. Respecto a esto, es interesante observar que la poesía, una de las únicas artes en las cuales las mujeres pudieron introducirse, expresarse y ser escuchadas, es considerada como un género literario que revela la belleza. Es considerada como una expresión artística vinculada con la delicadeza, la finura, la sutileza, lo sublime, la suavidad y la ternura; todas características que siempre se le atribuyeron a las mujeres y su feminidad.
  52. Beauvoir de, S., op. cit., p. 128.
  53. Ibid, p. 23.
  54. Wittig, M., op. cit., p. 81.
  55. Ibid, p. 36.
  56. Ibid, p. 43.
  57. Tanto de Beauvoir como Delphy y Wittig, plantean que resignificar lo dado supone utilizar las mismas premisas creadas por la ideología dominante. Por ende, significa no salirse del terreno de la ideología de la opresión y, por lo contrario, seguir afirmándola y afianzándola.
  58. Wittig, M., op. cit., p. 65.
  59. Delphy, Ch., op. cit., p. 11.
  60. Ibid, p. 11.
  61. Ibid, p. 18.
  62. Ibid, p. 18.
  63. Wittig, M., op. cit., p. 13.


Deja un comentario