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1 Estilo de vida y hábitos alimentarios
con relación al running

El concepto de “estilo de vida” fue históricamente acuñado desde la sociología, la filosofía, la antropología y la psicología, disciplinas que enfatizan los determinantes socioculturales de su adopción y mantenimiento tanto a nivel individual como colectivo. Durante la segunda mitad del siglo XX, empezó a utilizarse este concepto en el contexto de la investigación en Salud Pública en un intento de abordar los problemas de salud que empezaban a caracterizar a las sociedades industrializadas. El modelo biomédico contribuyó a que el estilo de vida fuera un tema de estudio para las Ciencias de la Salud y que los ciudadanos fueran más conscientes de que algunas de sus conductas conllevan riesgos para la salud (Moreno Rodríguez, 2010).

Según la Organización Mundial de la Salud, en la 31.° sesión del comité regional, el estilo de vida se definió como la “forma general de vida basada en la interacción entre las condiciones de vida en un sentido amplio y los patrones individuales de conducta determinados por factores socioculturales y características personales” (OMS, 1986).

Giddens, por su parte, precisó el concepto como “conjunto de prácticas más o menos integrado que un individuo adopta no sólo porque satisfacen sus necesidades utilitarias, sino también porque dan forma material a una crónica concreta de la identidad del yo” (Giddens, 1995, p. 106). Se trata de “decisiones referentes no sólo a cómo actuar, sino a quién ser” (Chaney, 1996).

En el ámbito de la epidemiología, Perea afirma: “El estilo de vida, hábito de vida o forma de vida, se entiende como un conjunto de comportamientos que desarrollan las personas, que unas veces son saludables y otras resultan siendo nocivos para la salud” (Perea, 2004).

A pesar de que no existe una definición aceptada internacionalmente sobre el estilo de vida saludable, hay consenso respecto a referirse a este como “un conjunto de patrones conductuales que poseen repercusiones favorables para la salud de las personas” (Pastor, Balaguer y García Merita, 1998). Barrios afirma: “El estilo de vida saludable es un patrón de comportamiento consciente, que se aprende mediante la práctica persistente del conocimiento adquirido, para el cultivo de la sabiduría o disfrute de mayor salud y bienestar humano” (Barrios, 2007, p. 6).

Para la OMS, las condiciones de vida son el entorno cotidiano de los individuos, donde estos viven, actúan y trabajan, y surgen como producto de las circunstancias sociales y económicas y del entorno físico, lo que puede ejercer impacto en la salud. En la Carta de Ottawa (1986), se sugiere crear ambientes favorables para la salud, basados en la premisa de mejorar y cambiar las condiciones de vida. Sin embargo, en los países desarrollados existe la paradoja de que la mayoría de las enfermedades son producidas por el estilo de vida de la población, y los recursos destinados a la salud se orientan principalmente a atender y cuidar la enfermedad, en lugar de destinarse a la promoción de la salud y la prevención de aquellas enfermedades (Guerrero Montoya y León Salazar, 2010).

Al indagar en las diferentes aristas que hacen al estilo de vida, Méndez (2015) se refiere a las creencias como afirmaciones o ideas que se dan por ciertas o verdaderas o bien conjunto de conceptos, enunciados y explicaciones acerca del diario vivir de una persona o una comunidad con firme asentimiento y conformidad (Méndez, 2015).

Melguizo Herrera y Alzate Posada (2008) especifican que las creencias de cuidado de la salud son ideas que los individuos aceptan y expresan sobre las formas de mantener o recuperar la salud. Las creencias evolucionan dentro del contexto individual, pero cada persona elabora, acepta, conserva y utiliza una compilación propia de creencias de cuidado de la salud, que dependerán también de su posición social. No son estáticas: pueden cambiar parcial o totalmente con el tiempo.

También estos autores abordan el concepto de “práctica” en cuanto acción que se desarrolla aplicando ciertos conocimientos y motivaciones externas e internas del sujeto, o bien como conjunto de actitudes o comportamientos cotidianos que realiza una persona o un grupo con frecuencia; por otro lado, concibe a las prácticas de cuidado de la salud como aquellas actividades efectuadas por los individuos o por terceros, comportamientos, actividades o hábitos sobre cuidado de la salud que se moldean de acuerdo a su sistema de creencias (Melguizo Herrera y Álzate Posada, 2008).

Según Vargas Melgarejo (1994), el término “percepción” se ha venido utilizando en diferentes disciplinas para designar aspectos que tienen que ver con la visión del mundo que tienen los grupos sociales, independientemente de que tales aspectos puedan ubicarse fuera de los límites marcados por el mismo concepto de “percepción”. Es común que los aspectos calificados como percepción correspondan más bien al plano de las actitudes, los valores sociales o las creencias. Aun cuando los límites de las definiciones se solapan, existen diferencias teóricas entre la percepción y otros aspectos referidos a distintos niveles de apropiación subjetiva de la realidad.

El mismo autor hace referencia a la perspectiva psicológica, que tradicionalmente ha definido a la percepción como

el proceso cognitivo de la conciencia que consiste en el reconocimiento, interpretación y significación para la elaboración de juicios en torno a las sensaciones obtenidas del ambiente físico y social, en el que intervienen otros procesos psíquicos como el aprendizaje, la memoria y la simbolización (Vargas Melgarejo, 1994, p. 48).

En otras palabras, la percepción humana es social y se estructura con los factores sociales y culturales al abordar otros aspectos como las creencias, las actitudes, las opiniones, los valores o los roles sociales. En el proceso de la percepción, están involucrados mecanismos vivenciales que implican tanto al ámbito consciente como al inconsciente de la psique humana.

La percepción posee un nivel de existencia consciente (cuando el individuo se da cuenta de que percibe y reconoce ciertos acontecimientos), pero también otro inconsciente en el que se llevan a cabo los procesos de selección (inclusión y exclusión) y organización de las sensaciones. Sobre la base sensorial, la selección y elaboración de la información del ambiente discrimina los estímulos que se reciben e impulsa a evaluar lo que interesa de entre todas las posibles manifestaciones sensibles del ambiente. Así se lleva a cabo una selección de lo que es importante dentro de las circunstancias biológicas, históricas y culturales. La manera de clasificar lo percibido es moldeada por circunstancias sociales. La cultura y la clase social de pertenencia, el grupo en el que se está inserto en la sociedad influyen sobre las formas como es concebida la realidad y que son aprendidas y reproducidas por los sujetos sociales. Por consiguiente, la percepción pone de manifiesto el orden y la significación que la sociedad asigna al ambiente (Vargas Melgarejo, 1994).

En su libro The Quantum and the Lotus, el monje budista Matthieu Ricard, quien fuera biólogo genético antes de ordenarse, estudia la intersección entre la ciencia y el budismo y cita a David Bohm, el físico que trabajó con Einstein y más tarde escribió algunos libros junto con Krishnamurti. Para él, la realidad es lo que tomamos como verdad y lo que creemos. Asume que lo que creemos está basado en nuestras percepciones y lo que percibimos depende de lo que pensamos. Pero, a su vez, en un análisis recíproco lo que pensamos depende de lo que percibimos, y esto determina lo que creemos y finalmente tomamos como verdad, que es nuestra realidad. Para Ricard se trata de un circuito de reforzamiento en el que la percepción y las creencias están unidas indisociablemente. La realidad que experimentamos no existe separada de nuestras creencias informadas por nuestra percepción. El mundo material supuestamente objetivo es fundamentalmente nuestra conciencia, solo que vista como algo externo. Y aquello que vemos está determinado por nuestros conceptos y creencias (Ricard, 2004).

Se argumenta habitualmente que los efectos beneficiosos del ejercicio no necesariamente son producto del ejercicio en sí mismo, sino que vienen motivados por el seguimiento de hábitos más saludables por parte de las personas que lo practican (no ingerir bebidas alcohólicas, no fumar, seguir hábitos alimenticios correctos que impidan el sobrepeso, etc.) (Jiménez et al., 2008).

Para Gil (2018), el running en sí mismo es un estilo de vida que encierra un conjunto de prácticas y concepciones sobre la vida en el que sus adherentes suelen narrar y exponer sus experiencias (entrenamientos y carreras). Por ejemplo, se comparten entrenamientos con otros runners comprometidos, como también –a partir de las relaciones de afinidad construidas– otros espacios de sociabilidad, como cenas y encuentros luego de los entrenamientos. Es habitual la expansión incluso a otros espacios geográficos, dada la gran cantidad de carreras que se celebran en distintos lugares del país y de las relaciones con corredores de diferentes procedencias, que sostienen contactos virtuales constantes hasta reencontrarse en esas otras competencias.

La identidad runner envuelve características discursivas éticas, tales como esfuerzo, voluntad, armonía, autosuperación y compañerismo (sobre todo en los running teams), y estéticas, como liviandad o belleza en una concepción de salud acompañada de bienestar. No solo se corre porque se debe correr, sino en gran medida porque es bello hacerlo. En esta construcción, las redes sociales y su poderosa expansión resultan un canal de expresión relevante (Gil, 2018).

Continúa Gil afirmando que diversos estudios enfocados desde disciplinas y referentes empíricos variados se han ocupado del running de modo más o menos sistemático, cubriendo diferentes dimensiones analíticas. Incluso, en algunos –como en el presente trabajo– los investigadores mismos también son corredores. Otras investigaciones han priorizado el análisis de la problemática del cuerpo en la búsqueda de bienestar físico y mental y una mejor calidad de vida de corredores de largas distancias, o del correr como experiencia estética integral y transformadora, o hasta en el contexto europeo sobre el crecimiento del running y su relevancia en el mercado deportivo. Otras aproximaciones se posicionan en la organización de eventos de carreras masivas desde una perspectiva urbanística, sin por ello dejar de resaltar los conflictos y contradicciones potenciales que podrían surgir, como la depresión ante malos resultados o la aparición de lesiones, etc. (Gil, 2018).

Más allá de la valoración social del running, se trata de un fenómeno cuyo crecimiento no parece tener tope en Argentina, tal cual lo evidencian, por ejemplo, las estadísticas de las carreras, sobre todo las de 10 y 21 kilómetros, que se organizan en los más diversos puntos del país. Cualquier ciudad de Argentina ofrece un panorama de paseos costeros, ramblas, parques, plazas o cualquier otro lugar, superpoblados de sujetos corriendo. En su gran mayoría, no son atletas de competición; algunos lo hacen como complemento aeróbico para la práctica de otros deportes, pero la mayoría son runners, y un porcentaje significativo lo hace acompañado de otros miembros de sus running teams. Incluso, los formularios de inscripción de las carreras suelen contener un espacio para referir a la membrecía de un grupo de entrenamiento. De hecho, algunas competencias contemplan los resultados por equipo, y son promocionados con orgullo por los ganadores en las redes sociales. En Brasil, las assessorias esportivas presentan rasgos similares a los de los running teams argentinos, principalmente su explosión en número de participantes y visibilidad con lógicas de mercado. En este país, algunos estudios (Dos Santos y Silva Sousa, 2013) y ciertas referencias periodísticas también destacan un mayor grado de profesionalización multidisciplinar, que incluye especialistas de varias áreas más allá de la educación física (nutricionistas, psicólogos, kinesiólogos, ortopedistas, etc.) orientados a la competición, más que a la recreación o el logro de metas personales, tales como adelgazar, mejorar la estética o reducir el estrés cotidiano (Gil, 2018).

En CABA no es difícil encontrar alguna competencia callejera durante los fines de semana entre los meses de abril y noviembre, a tal punto que, en la actualidad, estos eventos llegan a casi 80 por año con inscriptos provenientes de diversos puntos del país y del exterior, según estimaciones de la Subsecretaría de Deportes del Gobierno de CABA. En este sentido, la media maratón de la ciudad que se organiza generalmente en el mes de septiembre y es presentada como la competencia atlética de mayor masividad de América Latina contó en su edición de 2016 con casi 23 mil inscriptos (Gil, 2018).

Este crecimiento en participación posicionó a Buenos Aires como la capital del running en la región. En 2015, 800 mil corredores participaron en carreras de calle (Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2016).

Según la Food and Agriculture Organization (FAO), los hábitos alimentarios son “el conjunto de costumbres que condicionan la forma como los individuos o grupos seleccionan, preparan y consumen los alimentos, influidas por la disponibilidad de estos, el nivel de educación alimentaria y el acceso a los mismos” (FAO, s/f). Si el énfasis se pone en la conducta alimentaria, esta es definida como “un comportamiento habitual relacionado con hábitos alimentarios, selección de alimentos, preparaciones y volúmenes consumidos de estos alimentos, que influyen directamente en el estado nutricional de los individuos pertenecientes a diversos grupos etarios” (Osorio, 2002, p. 280).

Como ya fue mencionado, en América Latina se ha ido desarrollando una conducta alimentaria hacia hábitos poco saludables a lo largo de las últimas décadas, caracterizada por una dieta con gran densidad energética y de baja calidad nutricional, por su alto contenido en grasas saturadas, azúcares, sodio y productos procesados como bebidas azucaradas, snacks de alto valor calórico y comidas rápidas (OPS/OMS, 2004).

En Argentina los hábitos alimentarios de sus habitantes han experimentado diferentes cambios a través del tiempo. Desde el siglo XX la alimentación se volvió cosmopolita, y el hecho de que los integrantes adultos trabajen muchas horas fuera de su hogar lleva a que las familias opten por comidas de rápida preparación, no siempre saludables ni planificadas. Según la 3.º Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR), realizada por el Ministerio de Salud y Acción Social de la Nación en el año 2013 a nivel nacional, solamente el 1,9 % de la población consumía la cantidad de frutas y verduras recomendadas al día equivalente a 5 porciones o más. Otro dato arrojado por esta encuesta es el aumento del sobrepeso (37,1 %) respecto a las dos ediciones anteriores de la misma encuesta. La obesidad también fue en aumento: en la última edición de la ENFR de 2013, se evidenció además que casi 4 de cada 10 personas mayores de 18 años tenían sobrepeso, y 2 de cada 10 presentaron obesidad. Mientras que el porcentaje de sobrepeso se mantuvo estable con respecto a la ENFR 2009 (34,4 % y 35,4 %, respectivamente), la prevalencia de obesidad continuó en aumento desde la 1.º edición realizada en 2005: en 2013 el resultado fue del 20,8 % vs. 14,6 % en 2005 y 18 % en la encuesta del 2009. Todos estos datos se corresponden con una media con IC del 95 % (MSAL, 2016).

En el análisis por segmentos fue posible advertir que los varones presentaron mayor prevalencia tanto de sobrepeso como de obesidad respecto de las mujeres, al igual que las personas de 50 años y más en comparación con los más jóvenes. La última edición de la encuesta también resalta que 1 de cada 2 personas no realiza el mínimo de actividad física recomendada y que las mujeres son las más sedentarias. Este factor de riesgo comparte el tercer lugar con la diabetes y se ubica luego de la hipertensión arterial y el tabaquismo. Es considerado un problema de salud pública ya que el 5 % de la mortalidad se relaciona con la inactividad física (ENFR, 2013).

En la última edición de ENFR realizada en 2018, se registró un 36,2 % de personas con sobrepeso y un 25,4 % de personas con obesidad en nuestro país, cifras superiores a las halladas en 2015 (Ministerio de Salud y Desarrollo Social, 2019). Recientemente se publicaron los resultados de la ENNyS 2, realizada durante 2018. Se halló que un 34 % de la población adulta tenía sobrepeso y un 33,9 %, obesidad. Ambas encuestas coinciden en que aproximadamente la mitad de la población con exceso de peso se encuentra en rango de sobrepeso y la otra mitad en rango de obesidad. Esta segunda edición de ENNyS también arriba a conclusiones semejantes respecto a los hábitos alimentarios. En Argentina los cambios en los patrones de consumo de alimentos siguen la tendencia mundial y atraviesan a todo el entramado social, de forma que afectan especialmente a los grupos en situación de mayor vulnerabilidad. La proporción de población que refirió haber consumido diariamente alimentos recomendados, como frutas frescas y verduras, carnes, leche, yogur o quesos, se encuentra por debajo de las recomendaciones de consumo, situación más marcada en el caso de las frutas y verduras. Por el contrario, la proporción de la población que refiere consumir diaria o frecuentemente alimentos como bebidas azucaradas, productos de pastelería, productos de copetín y golosinas, los cuales poseen alto contenido de azúcar, grasas y sal y bajo valor nutricional, es alarmante (Ministerio de Salud y Desarrollo Social, 2019).

En España las cifras son similares: un 39,3 % de la población de entre 25 y 64 años sufre sobrepeso y un 21,6 %, obesidad, según el Estudio Nutricional de la Población Española publicado en 2016 por la Sociedad Española de Cardiología (CinfaSalud, 2017).

Según estadísticas del año 2016 de la OMS, el 39 % de los adultos de 18 años o más de la población mundial (un 38 % de los hombres y un 40 % de las mujeres) padecían sobrepeso, y el 13 % eran obesos. Otro dato alarmante es que aproximadamente 2,8 millones de personas adultas fallecen cada año como consecuencia del sobrepeso y la obesidad. Entre 1975 y 2016 la prevalencia mundial de obesidad casi se ha triplicado. Estos dos aspectos son causados básicamente por desequilibrio energético, dado que existe un incremento del consumo de alimentos elevados en kilocalorías y una disminución de la actividad física debido a los estilos de vida sedentarios que se hacen cada vez más evidentes en la población (OMS, 2018).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que las enfermedades cardiometabólicas causan alrededor del 30 % de las muertes en todo el mundo. Diversos estudios epidemiológicos (Berenson y cols, 1987; “Atherosclerosis and its evolution in childhood”. Newman et al., 1986; “Serum lipoproteins and systolic blood pressure are related to atherosclerosis in early life”) han demostrado que la aterosclerosis comienza en la niñez, con la aparición de lesiones tempranas o estrías grasas. En el adulto joven, algunas de ellas se convierten en placa fibrosa y lesión avanzada por la continua acumulación de lípidos que pueden aparecer en algunos individuos antes de los 20 años y aumentar rápidamente en extensión (Maldonado Villalón et al., 2013).

La clasificación de estado de peso de la OMS asigna un riesgo incrementado por comorbilidades, incluyendo hipertensión arterial, diabetes mellitus tipo 2 y enfermedades cardiovasculares, a personas con IMC mayor respecto a personas con peso normal, cuyo IMC se encuentra entre 18,5 kg/m2 y 24,9 kg/m2. Se han identificado conductas que pueden contribuir a la aparición o disminución de las enfermedades cardiovasculares; los factores de riesgo se han clasificado en factores de riesgo principales y emergentes. La OMS considera como principales y modificables a los siguientes: el tabaquismo, el sedentarismo, la dieta pobre en fibras y rica en colesterol y grasas saturadas, la diabetes mellitus, las dislipidemias y la hipertensión arterial. Por otro lado, considera como factores emergentes a la proteína C reactiva de alta sensibilidad y la homocisteína (Maldonado Villalón et al., 2013).

El riesgo cardiometabólico incluye, entre otras variables, a la circunferencia de cintura. Por sí sola no es indicador de riesgo, sino que es indicador de distribución de grasa abdominal (que incluye el tejido graso visceral y el tejido graso retroperitoneal). La distribución abdominovisceral se puede estimar por ecografía o resonancia. George Bray, en 1999, sugirió un IMC ajustado en función de los factores de riesgo cardiometabólico, uniendo los dos criterios: IMC y riesgo por distribución de la grasa corporal.

Tabla 1. Riesgo según IMC ajustado en función de variables metabólicas

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Fuente: FEPREVA, Obesidad y riesgo cardiometabólico (2009).

El perímetro abdominal constituye el principal predictor de obesidad abdominal, y favorece la resistencia a la insulina y la aterosclerosis. El tejido adiposo visceral es más resistente a la insulina que el tejido subcutáneo, lo que provoca la posible aparición de diabetes mellitus y, por ende, un aumento del riesgo cardiovascular (FEPREVA, 2009).

El riesgo cardiovascular se puede estimar de forma manual por el Score de Framingham o de forma electrónica por el algoritmo ASCVD (Atherosclerotic Cardiovascular Disease Risk). A diferencia del riesgo cardiometabólico, el cálculo contempla solo variables clínicas y no metabólicas. La dislipidemia aterógena que acompaña a la resistencia a la insulina y al síndrome metabólico se caracteriza por hipertrigliceridemia, HDL-colesterol bajo y LDL pequeñas y densas, que aceleran la aterosclerosis coronaria y el riesgo cardiometabólico. Del perfil lipídico se pueden calcular los índices aterogénicos colesterol total/HDL-colesterol, LDL-colesterol/HDL-colesterol y triglicéridos/HDL-colesterol, útiles en la valoración del riesgo cardiovascular. La reducción de HDL-colesterol aumenta el riesgo cardiovascular por una disminución del transporte inverso de colesterol, la principal función protectora de estas partículas, encargadas de la eliminación del exceso de colesterol de los tejidos y paredes arteriales, aunque otros efectos protectores de las HDL son la inhibición de la oxidación de las LDL, la reducción de la viscosidad de la sangre, la regulación de la síntesis de prostaglandinas y tromboxano, la activación de la fibrinólisis y su papel antiinflamatorio (Soca, 2015).



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