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2 Actividad física, deporte, afición

Diversos autores acuerdan en definir la actividad física como cualquier movimiento corporal provocado por una contracción muscular que resulte en un gasto de energía (Boraita, 2008; ACSM, 2009; AHA, 2009). A su vez, las instituciones norteamericanas destacan su rol en la mejora de la salud (Physical Activity Guidelines for Americans, 2018; OMS, 2000).

La actividad física regular tiene considerables beneficios para la salud, teniendo en cuenta que debe realizarse con una dosis adecuada de intensidad y frecuencia acorde a las necesidades y posibilidades de cada sujeto. En este sentido, se recomiendan actividades físicas que se caractericen por ser continuas y controladas, lo que asegura los estímulos necesarios para la mejora de la capacidad funcional de sistemas y órganos y permite:

  • Mantener un peso saludable (fundamental para la reducción de la grasa corporal en personas con sobrepeso).
  • Mejorar la masa muscular, lo cual proporciona fuerza y resistencia, y fortalecer la salud ósea, de forma que se reduce el riesgo de fracturas vertebrales o de cadera.
  • Disminuir el riesgo de hipertensión, cardiopatía coronaria, accidentes cerebrovasculares, diabetes, cáncer de mama y de colon.
  • Mejorar la capacidad cardiorrespiratoria, la salud mental (disminución de estrés, ansiedad y depresión, y mejoría del estado de ánimo), el sistema inmune y el endócrino y la función metabólica.
  • En todas las edades, contrarrestar los posibles daños provocados por accidentes (Ehrman et al., 2018).
  • Fomentar la sociabilidad y aumentar la autonomía e integración social.
  • Aumentar la autoestima y proporcionar bienestar psicológico (Montealegre Esmeral, 2011).

Aunque los manuales de prescripción de ejercicio físico y varias investigaciones utilizan los términos “actividad física” y ejercicio físico” indistintamente, es más adecuado hablar de ejercicio físico, debido a que no toda actividad produce un estímulo positivo para la salud.

El objetivo de la prescripción de ejercicio físico es la obtención de los mayores beneficios posibles en salud con los menores riesgos, teniendo siempre presentes las necesidades específicas e individuales (SEH-LELHA, 2014).

La aptitud física, en cuanto conjunto de habilidades o capacidades de las personas para desarrollar la actividad física, mejora la calidad de vida y reduce la morbimortalidad al afectar favorablemente la condición cardiovascular y la composición corporal (MSAL, 2012b).

La Carta Europea del Deporte de 1992 se refiere al deporte como toda forma de actividad física que, mediante la participación casual u organizada, tiende a expresar o mejorar la condición física y el bienestar mental, estableciendo relaciones sociales y obteniendo resultados en competición a cualquier nivel (Lagardera Otero, 2008).

Generalmente, el término “aficionado” o amateur” se aplica a todo aquello que se realiza sin un carácter de ejercicio profesional, por afición personal. Es decir, sin que ello tenga una motivación económica. Básicamente, un aficionado es una persona que hace algo solo por vocación. El otro significado de la palabra deriva de la lengua francesa, a su vez derivada de la raíz de la palabra en latín, la cual significa “amar a” o “el amador de”. Para Laverde (2011), este tipo de deportista es un individuo que está expuesto a las mismas condiciones, situaciones, esfuerzos físicos y demandas energéticas y fisiológicas que un deportista competitivo, profesional, de alto rendimiento, pero que no cuenta con un equipo que apoye, vigile, evalúe y controle los procesos deportivos competitivos en los que participa. Suelen involucrarse en actividades deportivas como carreras atléticas– por satisfacción, sentido de bienestar y percepción de logro, justificando además sus procesos de entrenamiento y de participación en estos eventos con razones dirigidas a, por ejemplo, la pérdida de peso corporal, el mejoramiento del aspecto físico y también el alcance de metas personales, más que por motivos dirigidos a ganar posiciones en un ránking, obtener reconocimiento o vencer a otros atletas (Laverde et al., 2011).

En contraposición, los deportistas profesionales son aquellos que con carácter regular se dedican voluntariamente a la práctica del deporte dentro del ámbito de la organización y dirección de un club o entidad deportiva a cambio de una remuneración (Cardenal C., 2009).

El Consenso sobre Corazón y Deporte también clasifica a los deportistas de acuerdo con la actividad física como: deportista competitivo de alto rendimiento (o de alta exigencia), que se someten a entrenamiento diario y tienen al deporte como parte de su estilo de vida; deportista competitivo recreacional (o de mediana exigencia), que desarrollan deportes que implican una exigencia importante, pero cuyo fin último no es solo el premio al triunfo y recreacionales (o de baja exigencia), sino que desarrollan actividades deportivas con un fin lúdico y/o como elemento para mejorar la calidad de vida. En este segundo grupo, no existe la competencia (Comité de Cardiología del Deporte, 2007).

Recomendaciones

Desde la fundación del American College of Sports Medicine (ACSM) en 1954 y la publicación de su primera declaración de consenso sobre ejercicio físico realizada en 1978, han sido numerosas las recomendaciones sobre cuánta práctica de ejercicio físico es adecuada, pero es en 1995 cuando los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) y el ACSM emitieron conjuntamente una recomendación de salud pública que afirmaba que “todos los adultos deberían realizar 30 minutos o más de actividad física de intensidad moderada en la mayoría o preferentemente todos los días de la semana”. En 2002, el Institute of Medicine (IOM) de Estados Unidos consideró que no era suficiente y debía incrementarse ese tiempo a 60 minutos diarios para prevenir el aumento de peso y lograr beneficios sobre la salud (Angarita Fonseca, 2010).

Un incremento de 2.000 pasos puede prevenir la ganancia de peso. El objetivo de la recomendación de realizar 10.000 pasos diarios es aumentar la actividad física de la población, ayudando a controlar la obesidad y tener influencia sobre otros factores de riesgo, como la HTA, dislipidemias y valores de glucemia en pacientes diabéticos. Esta medida podría ser útil en pacientes a los que no es posible realizar una completa prescripción de ejercicio físico (SHE-LELHA, 2014).

La actualización más reciente de la OMS sobre las recomendaciones de actividad física sugirió que los adultos de 18 a 64 años deben dedicar como mínimo 150 min/semana a la práctica de actividad aeróbica moderada o bien 75 min de actividad vigorosa por semana (OMS, 2010).

También se han difundido las más recientes recomendaciones del CDC (Centers for Disease Control and Prevention). De acuerdo con las pautas de actividad física para estadounidenses de 2018, un adulto debe realizar dos tipos de actividad física cada semana para mejorar su salud: aeróbica y fortalecimiento muscular (CDC, 2018).

Inactividad física

En el Informe sobre la Salud en el Mundo del 2002, la OMS indicó que la prevalencia de inactividad física entre adultos es del 17 %, y el 23 % en los países en desarrollo de América (OMS, 2002). Luego, en 2010, estimó que, en países de altos ingresos, el 26 % de los hombres y el 35 % de las mujeres no hacían suficiente ejercicio físico, frente a un 12 % de los hombres y un 24 % de las mujeres en los países de ingresos bajos. La menor práctica de actividad física se debe parcialmente a la inacción durante el tiempo de ocio y al sedentarismo en el trabajo y el hogar. Del mismo modo, el mayor uso de modos de transporte “pasivos” también contribuye a una insuficiente actividad física (OMS, 2009).

De acuerdo con el Informe de una Consulta Mixta de Expertos OMS/FAO del año 2003, y en concordancia con datos posteriores de Jackson (2004) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2007), el sedentarismo es resultado de una serie de hábitos que han ido conformando una cultura del “hombre quieto”, perjudicando la salud física y mental de los individuos, sin distinción de género, edad, situación geográfica, clase social, nivel educativo o cultural. La sociedad actual no favorece la actividad física. En este sentido, la American Heart Association (AHA) publicó en 2015 que los trabajos sedentarios habían aumentado un 83 % desde 1950. Los puestos de trabajo activos en cambio representaban solo alrededor del 25 % de la fuerza laboral en todo el mundo. Es decir, 50 % más que en 1950 (AHA, 2015).

En el informe OMS 2003, se preveía que la proporción de la carga de enfermedades crónicas no transmisibles aumente a un 57 % para 2020, mostrando tendencias preocupantes, no solo porque afectan a una gran parte de la población, sino también porque han comenzado a aparecer en etapas más tempranas de la vida (OMS, 2003). Previamente, en el año 1992 la AHA ya había incorporado al sedentarismo como un factor de riesgo para la enfermedad coronaria crónica, y estableció claramente el rol que le cabe a la actividad física en la promoción de la salud, considerándola una acción protectora frente al riesgo de cardiopatía isquémica (AHA/ACC, 2014).

En 2015 se informó que solo el 30 % de los adultos estadounidenses hacía actividad física de manera regular. Casi el 40 % de los adultos y el 23 % de los niños no hacían actividad física en su tiempo libre. Solo el 25 % de los alumnos preparatorios en los Estados Unidos hacía al menos 30 minutos de actividad física cinco días o más a la semana. Y, en promedio, los niños de entre 8 y 18 años de edad veían televisión durante 3 horas y 51 minutos diarios (AHA, 2015).

Los datos nacionales resultan similares: en el año 2000 la Secretaría de Turismo y Deporte de la Nación, con la colaboración del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), publicó el estudio “Hábitos en actividad física y deporte de la población argentina”. Al consultarse acerca de la actividad deportiva desarrollada, se encontró que aproximadamente el 60 % de los varones y el 75 % de las mujeres no realizaban prácticas regulares (Antivero, 2012).

En la Encuesta Nacional de Nutrición ENNyS (Ministerio de Salud y Acción Social) realizada en el 2005, se encontró que una proporción importante de las mujeres de entre 10 y 49 años eran sedentarias. Otros resultados de la encuesta también mostraron que el nivel de actividad física se relacionaba con el índice de masa corporal: las mujeres con IMC normal eran las que presentaban mayor actividad física (ENNYS, 2007).

La actividad física insuficiente es el 4.º factor de riesgo para la mortalidad a nivel mundial; además, se calcula que las personas con actividad física insuficiente tienen un riesgo de muerte por cualquier causa que varía entre el 20 % y el 30 %, al compararlos con las personas que realizan al menos 30 minutos de actividad física moderada casi todos los días de la semana (OMS, 2013). En Argentina se producen anualmente unas 39.000 muertes por causas asociadas con la inactividad física en personas de entre 40 y 79 años. La inactividad física es el factor de riesgo que más ha crecido en los últimos años. Así lo demuestran las Encuestas Nacionales de Factores de Riesgo (ENFR) realizadas en los años 2005, 2009 y 2013, las cuales revelaron, respectivamente, que el 46,2 %, luego el 54,9 % y finalmente en 2013 el 55,1 % de la población mayor de 18 años tenía un nivel insuficiente de actividad física. Asimismo, y en concordancia con los resultados de la 2.° edición de la encuesta, se observó que las mujeres registraron mayor prevalencia de actividad física baja (57,4 %) en comparación con los varones (51,8 %); este indicador fue mayor en el grupo de 65 años y más (67,6 %) (ENFR, 2013).

En 2018 se realizó la 4.° Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, cuyos resultados fueron dados a conocer en abril de 2019. A una submuestra de aproximadamente 13.000 individuos seleccionados al azar, se le midió la presión arterial, el peso, la talla y el perímetro de cintura y se le realizó una extracción de sangre en el momento para identificar glucosa y colesterol. Los resultados porcentuales respecto a la inactividad física se incrementaron respecto de la 3.° edición: un 64,9 % realiza actividad física en un nivel bajo (Ministerio de Salud y Desarrollo Social, 2019).

Diversos estudios (Aranceta et al., 2005; Arribas et al., 2007; Prieto Rodríguez, 2003) han puesto de manifiesto que una adecuada inversión pública en el fomento de la práctica de actividad física produciría claros beneficios sobre los riesgos de enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT). Esta evidencia conduce a que en la actualidad se tenga asumido que el ejercicio físico realizado de manera habitual constituye, en sí mismo, una terapia, por su incidencia positiva en la prevención de enfermedades crónicas y también por la posibilidad de que, en el caso de que estas aparezcan, remitan o al menos no progresen (Meseguer Zafra et al., 2016).

Programas

Murúa en El fundamento social de una Ciudad Activa menciona que ya en 1986 la OMS había puesto en marcha el programa Healthy Cities (Ciudades Saludables), que tenía como marco la doctrina de promoción de la salud de la Carta de Ottawa (OMS, 1986). La declaración expresa la necesidad de reorientar los servicios sanitarios y sus recursos hacia la promoción de la salud y propone utilizar la participación comunitaria como estrategia favorable (Llopis Goig et al., 2015).

En América Latina, desde 1991 la Organización Panamericana de la Salud (OPS) impulsa esta estrategia en la región, denominándola “Municipios Saludables”. A fines de la década del 90, el movimiento comenzó a desarrollarse en Argentina desde el Ministerio de Salud y Ambiente de la Nación y la Representación de OPS/OMS en el país, con el nombre de “Municipios y Comunidades Saludables” (OPS, 2005).

En 2013, la Asamblea Mundial de la Salud acordó un conjunto de metas mundiales de aplicación voluntaria entre las que figuraba la necesidad de reducción en un 25 % de las muertes prematuras por enfermedades no transmisibles y una disminución del 10 % de la inactividad física para 2025. El “Plan de acción mundial para la prevención y el control de las enfermedades no transmisibles 2013-2020” sirve de guía a los Estados miembros, a la OMS y a otros organismos de las Naciones Unidas para alcanzar de forma efectiva estas metas (OMS, 2009).

En 2014 la OMS y la FAO organizaron conjuntamente la segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición, en la que se adoptó la Declaración de Roma sobre la Nutrición y el Marco de Acción, que recomienda un conjunto de estrategias para promover una alimentación variada, inocua y saludable en todas las etapas de la vida (FAO/OMS, 2014).

En nuestro país, existen programas creados para favorecer el hábito de actividad física en la población. Por ejemplo, en 2008 se lanzaron desde el Ministerio de Salud de la Nación el Programa de Alimentación Saludable y Vida Activa y el Programa Bicicletas de Buenos Aires, que fomenta el uso de la bicicleta como medio de transporte saludable y ecológico. El Ministerio de Salud de la Nación, a través de la Dirección de Promoción de la Salud y Control de Enfermedades No Transmisibles con el Plan Nacional Argentina Saludable, viene llevando a cabo diferentes estrategias dirigidas a la población para estimular la realización de actividad física (Ministerio de Salud, 2007).

En el año 2013 se creó el Programa Nacional de Lucha contra el Sedentarismo, que incluye estrategias a nivel local a partir del trabajo conjunto con el Programa Nacional de Municipios y Comunidades Saludables –ya mencionado– para la promoción de la actividad física en los lugares de trabajo, estudio y espacios al aire libre; también se brinda asesoramiento técnico para la instalación de gimnasios al aire libre y se realizan actividades de promoción para la utilización de transporte no motorizado y ciclovías. Asimismo, se publicó el Primer Manual Director de Actividad Física y Salud de la República Argentina que contiene herramientas para la implementación de intervenciones del equipo de salud en primer nivel de atención (ENFR, 2013).

En CABA existe el programa Buenos Aires Corre, dentro de la Subsecretaría de Deportes dirigido a jóvenes y adultos de distintos niveles y en diferentes barrios porteños con modalidad gratuita. Entre 2010 y 2015 se duplicó el número de participantes, pasando de 2.500 a 4.500 integrantes (Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires).

La misma Subsecretaría promueve la iniciativa BA Ciudad Activa, que engloba acciones desde distintos frentes (actividad física, deporte, alimentación, salud, espacio urbano, educación, transporte) con el fin de promover estilos de vida que potencien la calidad de vida de los ciudadanos en un entorno saludable. Es parte de la iniciativa internacional Global Active Cities (Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires).



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