Alcira B. Bonilla
Abril de 2021. Ya transcurrió un año globalmente enfermo. Pandemia de COVID-19 cuyos alcances y evolución[1] futuras se desconocen. Al día de hoy (12 de abril) se registran casi tres millones de personas fallecidas a causa del virus y unos 136 millones de afectadas por la dolencia, con el agravante de que nada indica que el flagelo vaya a acabar pronto. En síntesis, el mundo se halla sumergido en una “Coronacrisis”, que bien puede ser considerada emergente y catalizador de crisis más antiguas y profundas -estructurales-, provocadas por el capitalismo desbordado que instauró el neoliberalismo hegemónico y triunfante, y ahora agudizadas: hambrunas, guerras, colapso ambiental y ecológico, racismo, xenofobia y etnocentrismos, injusticias flagrantes en la distribución de los recursos, tráfico de personas, armas y drogas como instrumento de dominación… La lista podría seguir varios renglones más[2].
En este tiempo aciago oportunamente Augusto Romano y la editorial Teseo deciden publicar en formato papel La cuestión del deseo según G. W. F. Hegel y J. Lacan: consecuencias ético-políticas a partir del tratamiento de la Antígona de Sófocles, libro editado en 2017, que es resultado de la tesis de licenciatura en Filosofía del autor. Hoy, más que nunca, éste es un libro tempestivo, que llegará a un público cuyos mundos de vida han sido puestos en jaque por la coronacrisis. Hoy, más que nunca, entre el sufrimiento subjetivo y el malestar compartido, se torna indispensable encontrar “un espacio para el deseo” y “el espacio del deseo”[3], para resistir la desesperanza y re-existir con alegría. Hoy, más que nunca, se trata de intentar una terapia del sentido[4] que ponga coto a la perplejidad y a la devastación, pero también a la injusticia.
Psicoanalista y filósofo, egresado en ambas carreras de la Universidad de Buenos Aires, y con estudios de teología, Augusto Romano ya lleva algunos años dedicado con igual ahínco a la clínica, a la docencia y a la investigación, realizando esta última mediante un diálogo original de clara orientación ético-política entre las disciplinas y autoras/es en los que ha formado su acervo de pensamiento como integrante de grupos de investigación en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de La Matanza primero, y, luego, director de proyectos en esta última institución.
Más allá de una hermeneusis respetuosa y prolija de los textos fuente de Sófocles, Hegel y Lacan, con discusión de estudios de fuste para cada aspecto del trabajo, incluidos varios latinoamericanos cuya importancia destaca, así como una deriva inteligente por Kierkegaard y Deleuze, Romano entabla una conversación mayor con la intensa tradición filosófica y psicoanalítica referida al entrecruzamiento entre la cuestión del deseo y de la ley, desde la Biblia y los filósofos griegos antiguos hasta el pensamiento contemporáneo de Foucault, Levinas, Ricoeur, Honneth, Butler, etc., pasando por Agustín de Hipona, Descartes, Spinoza, Hobbes, Kant, Schopenhauer, Marx, Nietzsche y Freud.
Los epígrafes inaugurales ofician de clave o guía para acceder a la obra: si por un lado, la lectura que propone Romano de Hegel y, sobre todo, de Lacan, resulta tan respetuosa como crítica y alternativa, no hay que perder de vista que la presencia activa de la Ética de Spinoza, y del lugar del deseo en su sistema, también operó como trasfondo durante el largo proceso de pensamiento que cuaja en este libro. En este marco, la propuesta del título se desarrolla en cinco densos capítulos y, puesto que la función inicial del texto fue la de una tesis en Filosofía, el autor ofrece al final un glosario de términos psicoanalíticos para el público de formación filosófica.
El autor despliega su discurso desde un claro locus enuntiationis: “recuperar el estatuto filosófico complejo de la cuestión del deseo” y, para ello, elige centrar su estudio en el análisis de la Antígona de Sófocles siguiendo el hilo conductor de la confrontación entre las interpretaciones, también ya clásicas, de Hegel y de Lacan, a juicio de Romano, que fueron quienes mejor exploraron “(…) su objeto, su sentido como movimiento y atracción, el problema de su diferenciación respecto de otros movimientos y, en consecuencia, sobre su función y su ubicación en la ética y en la política”, según señala al comienzo del capítulo introductorio. En movimiento concéntrico, después de planteadas la hipótesis y los objetivos del trabajo, su trayecto expositivo comienza por la revisión de la esfera más amplia del tratamiento de la cuestión del deseo en las éticas más conocidas en Occidente (con el doble objetivo de visibilizar la importancia de la cuestión del deseo en la ética y señalar su influencia y diferencias con la posición del autor), para pasar al análisis crítico de las fuentes hegelianas y de Lacan, complementándolas con una deriva hacia S. Kierkegaard, para abordar la cuestión del deseo y la angustia, y un pasaje por textos deleuzianos que le permite un mejor esclarecimiento del problema del deseo y la repetición, así como, al refutarlos, refinar la lectura de Lacan, finalizando con un capítulo de articulaciones y conclusiones que abren creativamente nuevos espacios de investigación.
Como directora de esta tesis, que, por temática, extensión y calidad, excede en mucho las exigencias para obtener una licenciatura en Filosofía, fui testigo de la búsqueda intensa de la pregunta originante que se hizo Augusto Romano, de su estudio sistemático de los textos y, a veces, algo de errancia por ellos para interpelarlos mejor, de las dificultades que resolvió para organizar el escrito de modo académico acertado. En razón de este vínculo con el libro, no podría prologarlo haciendo una síntesis o recensión de la obra, que corresponde a otras lecturas; prefiero, en cambio, poner de manifiesto algunos aspectos que, a mi entender, resultan particularmente valiosos tanto como contribuciones originales al estudio de la temática como para ayudarnos a pensar ético-políticamente la actual coyuntura de coronacrisis, con su carga de sufrimiento e incertidumbres.
El desafío mayor del libro ya queda planteado en su hipótesis y objetivos, a los que Romano da cumplimiento cabal en su tesis. En primer término se enuncia como hipótesis que el deseo como tal no se identifica con el deseo de reconocimiento e, inversamente, que la posibilidad del deseo se abre por la falla en el reconocimiento, señalándose la intermediación simbólica por el lenguaje en las relaciones y “el carácter de potencia, espacio abierto y posibilidad, no sin angustia”, del deseo. Además de demostrar que lo denominado por Hegel como “deseo” (die Begierde) no es tal, sino “demanda” de reconocimiento, la investigación de la hipótesis conduce a interpretar a la Antígona de Sófocles de modo muy diverso al de Hegel, como un sujeto del deseo de “sostenerse en un significante diferencial”. Sin embargo, no se trata de una interpretación psicologista, sino que, manteniendo la profunda tragicidad de la protagonista y de la obra, el autor sostiene que el deseo asume “un carácter estructurante de la subjetividad colocada en el mundo”, subjetividad que “(…) se despliega con otros en lo social, en lo político y en lo económico”, y, en consecuencia, puede explorar de modo actualizado el amplio espectro de las consecuencias ético-políticas que enseña la gran pieza de Sófocles. Por esto, el objetivo más importante de la tesis, fue “mostrar que el deseo no puede ser pensado como recluido meramente en el plano privado (…), sino que es una fuerza que se despliega y se tramita en lo social”, siendo su forma esencial “la producción (…) de una distancia en el sujeto que resulta a propósito de hacer frente a una hiancia, de un corte ante cualquier totalización”. Con este primer objetivo, se conjuga el esfuerzo por poner en evidencia tanto el carácter paradojal del deseo como su ineludibilidad para la realización de la acción ética. Aconsejo tener presente tal hipótesis y objetivos, para leer con provecho esta obra y sacar las propias conclusiones tempestivas.
Por los rasgos antes señalados este trabajo filosófico de Augusto Romano puede ser ubicado en la gran tradición filosófica de la “filosofía cordial”, del “logos de las entrañas”, del pensar con “las razones del corazón” (evocando una línea que, al menos en Occidente, partió de los presocráticos y llega hasta nosotros), que cuaja en formas de filosofía entendidas mejor como “sabiduría del amor” que como “amor de la sabiduría”, tal como la definieron el filósofo argentino Rodolfo M. Agoglia en 1966 y, unos diez años más tarde, el más conocido Emmanuel Levinas[5]. Se trata, así, no sólo de una búsqueda de conocimiento movida por el asombro o la admiración, como señalaban el propio Platón (Teet. 155d) y Aristóteles (Met. B 982 b) sino de una filosofía que parte de la experiencia de la respuesta y del “concernimiento” con aquello que afecta a los seres humanos como tales: la esclavitud, el racismo, la opresión, las matanzas, la represión, el malestar social, el sufrimiento. Desde este temple, la filosofía se concibe como “responsiva” y liberadora, y se convierte en parte de un proceso de transformación del mundo y de la historia, vale decir, un pensamiento “auroral”, tal como la concibieron J. Martí, F. Nietzsche, J. C. Mariátegui, E. Bloch, M. Zambrano, A. Roig, R. Fornet-Betancourt, y tantas y tantos otros pensadores. Se trata, en definitiva, como bien avizoraba la gran filósofa española María Zambrano en su estudio sobre Séneca, de pensar en una razón para tiempos de crisis, en una razón terapéutica, que recupere una de las funciones originarias de la filosofía[6], justamente, la de ser, como lo indica el título de una preciosa “novela” filosófica de Martha Nussbaum, una “terapia del deseo”[7], en una relectura de la orientación terapéutica y ético-política fundante de la filosofía y del psicoanálisis y de su práctica consecuente.
Para finalizar, y provocar la lectura, señalo, además, que la teoría filosófica del deseo que introduce Augusto Romano en su libro y sus interpretaciones de las fuentes con las que trabaja, están en la línea de una nueva ética heterónoma, en la que venimos trabajando desde los inicios de la Filosofía de la Liberación hace exactamente 50 años, Nueva ética, cuyo imperativo (ley o nomos) no surge de una conciencia racional autónoma, pero tampoco de un “discurso amo”, sino de un descentramiento del yo, de una orientación del deseo diversa, del clamor del otro (héteros, -a, -on), sea ser humano o viviente no humano, pero siempre: víctima, enferma/o, expoliada/o, oprimida/o, migrante; en definitiva, pueblo. Imperativo del otro que se sintetiza en un “no matarás” que clama justicia y, por consiguiente, comunidad que la sustente. ¿Hay algo más “tempestivo” para pensar y obrar en esta época de coronacrisis?
Buenos Aires, 12 de abril, 2021
- El 15 de marzo pasado se tradujo en el Reporte Epidemiológico de Córdoba un breve informe de avance de investigación publicado en Biorxiv el día 8 del mismo mes, cuya hipótesis no deja de transmitir terror: “¿Un SARS-CoV-3 en circulación?” (“Alertan sobre la posible circulación de un nuevo coronavirus”, REC 2. 424, pp. 12-14). Otros informes, publicados en el mismo medio, señalan la persistencia de la pandemia hasta 2024, si la vacunación no se realiza de modo más amplio, y la instalación de la enfermedad de Covid-19 de modo permanente, tal como sucede con las variantes de la gripe.↵
- . Al respecto, véase Alcira B. Bonilla, “En la espera, la esperanza”, Cuadernos de ASOFIL, Seminario principal 2020: El imaginario cultural, disputas por la construcción de sentido. Primera reunión: Desde la ventana: Miradas y algunas primeras observaciones. Nº 1, junio 2020, pp. 14-18.↵
- . Dos expresiones características de uno de los fundadores de la Escuela de París, Michel de Certeau (teólogo, historiador, psicoanalista, antropólogo), en su estudio sobre los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola (“El espacio del deseo o el ‘fundamento’ de los Ejercicios espirituales”, en El lugar del otro. Historia religiosa y mística. Edición establecida por Luce Giard. Buenos Aires, Katz, 2007, pp. 257-267).↵
- . Hacia el final de su trayectoria intelectual Edmund Husserl realizó una fenomenología de la crisis de las ciencias europeas que puede ser leída como fenomenología de una crisis mayor de la humanidad; entre otras notas, caracteriza esta crisis como “patología trascendental”, que J. Derrida interpreta en un sentido ético profundo como una caída en la pasividad, vale decir, abandono de la responsabilidad por el sentido en su “Introduction” a E. Husserl, L’origine de la géométrie. Trad. et introd. par J. Derrida. 2. éd. revue. Paris, PUF, 1957, pp. 74-75, n. 2.↵
- Rodolfo Mario Agoglia y Emmanuel Levinas fueron dos filósofos que insistieron en esta otra “traducción” posible del término griego philosophía. El primero, con su excelente estudio etimológico, “La filosofía como ‘sabiduría del amor’” (Revista de Filosofía, N° 17, 1966, pp. 15-30) y el filósofo lituano-francés, particularmente en De otro modo que ser o más allá de la esencia definió la filosofía como “la sabiduría del amor”, y en el mismo texto, más adelante: “sabiduría del amor al servicio del amor” (se cita por la edición original francesa; Autrement qu’etre ou au-déla de l’essence, Paris, Martinus Nijhoff, 1978, pp. 251 y 253),↵
- Zambrano habla de la necesidad de una “razón mediadora”, que haga lugar al consuelo, la misericordia y la piedad, en medio de una realidad agobiante (“Presentación”, en Séneca, El pensamiento vivo de Séneca”, 2ª. ed. Buenos Aires, Losada, 1965). ↵
- Cfr. Martha Nussbaum, La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística. Barcelona, Paidós, 2003↵






