Otras publicaciones:

9789871867509-frontcover

9789877230246-frontcover

Otras publicaciones:

9789877230147-frontcover1

tapa_estrada_final

6 Aprendizaje y resignificación identitaria

El proceso de subjetivación es un acto continuo dentro del curso del desarrollo vital del sujeto, que transforma sus de-venires subjetivos como resultado de la complejización psíquica y que retroalimenta los procesos identitarios en el despliegue del acontecer temporal. De-venir que ubica hechos y eventos en un contexto temporal, de modo que constituye un sistema de acontecimientos cuya ocurrencia implica, afecta o permite los siguientes.

La identidad personal es el producto de la elaboración de eventos particulares diferenciados y diferenciables que acontecen en el curso vital de un sujeto particular. Ella se constituye en el entramado de procesos socioculturales que conforma a los miembros de una cohorte generacional, de acuerdo con los valores, creencias, normas, permisos y restricciones respecto de los imperativos del poder hegemónico que le otorgan un lugar y un valor social.

De la ocurrencia de procesos de elaboración de identidades personales/sociales de-vienen subjetividades particulares/colectivas. Es decir, modos diversos de ser/estar que contienen en sí las interioridades de sujetos que expresan el conjunto de marcas, huellas, fantasías, representaciones, sentimientos y actuaciones en los que se conjuga el acto de ser/estar en condiciones de existencia.

Los procesos de elaboración de identidades personales y el de-venir de las subjetividades se modelan, apoyan y sostienen en los inter-cambios que se producen en los diversos grupos sociales. Estos intercambios acontecen en el interior de los dispositivos culturales que se ofrecen como continentes y artefactos performativos, facilitadores de modelos identificatorios necesarios para re-crear la identidad personal.

La identidad personal es el producto que emerge del trabajo de elaboración que el sujeto realiza para sostener el Yo soy a través de la integración de diversos autoconceptos que se construyen en referencia al procesamiento subjetivo de los cambios. El conjunto de autoconceptos se articula en la narración que el sujeto realiza de sí mismo a través de sus cambios. Narración que supone la ejecución de una acción intelectual, que organiza argumentativamente una teoría del sí mismo; pero también con-lleva una acción afectiva, en tanto a esta argumentación se le atribuye un valor.

La narración que el sujeto realiza de sí mismo contiene el sistema de autoconceptos que le sirven de marco para referenciar-se en relación con el pasado (es decir, con las inscripciones y marcas que se han instaurado en función de su historicidad); para posicionar-se en el presente, en el aquí y ahora en cuanto a recursos y obstáculos en el cotidiano trabajo de vivir; y para elaborar un proyecto de futuro, en tanto expresión de anhelos e ideales de completar aquello que se aspira y que se desea.

En el trabajo de elaborar una teoría de sí mismo, el sujeto realiza una serie de acciones intelectuales, cognitivo-afectivas y valorativas que condicionan su modo de ser y de estar en la vida. A partir de esta teoría el sujeto no solo hace frente a la realidad actual, sino que asume una posición respecto a su pasado y a su futuro. Esa posición liga lo que sabe de sí mismo con lo que siente/cree de sí y con la evaluación en/de sus capacidades para hacer(se) en sus trayectos vitales.

Por ello, en la teoría de sí mismo se da una relación de mutua reciprocidad entre autoconceptos, autoestima y autoeficacia. Sin embargo, la elaboración de una identidad personal en sus cualidades generacionales, étnicas, culturales, genéricas y lingüísticas guarda estrecha relación con la atribución de sentido otorgada a ellas por/desde los discursos sociales a través de sus artefactos culturales.

Existe una relación de mutua inter-dependencia entre el sujeto, la sociedad y la cultura (Maturana y Varela, 1996). Las identidades personales de los sujetos se matrizan y apuntalan en los atravesamientos e inter-cambios que se producen entre sujetos particulares. Intercambios que se ponen en juego en la participación en los diversos grupos sociales circulantes en los dispositivos culturales. En el proceso de elaboración/definición de la/s identidad/es personal/es en relación con las identidades colectivas, se opera una co-participación e implicación de mutua reciprocidad entre las representaciones discursivas de las estructuras sociales y la adherencia identificatoria de los sujetos particulares respecto a los modelos disponibles.

La acción de re-significación identitaria supone el movimiento dinámico de procesos que conectan lo subjetivo-individual con lo inter-subjetivo como expresión de lo colectivo. Esa acción a su vez se produce en el marco más amplio de lo transubjetivo de las prácticas discursivas emergentes de la sociedad y la cultura, las que circulan en los dispositivos culturales.

Aprender para resignificar la identidad personal y social

Re-significar supone actualizar las significaciones de los esquemas construidos a partir de conceptos individuales; conceptos que se desacomodan de los lugares de significación e inter-cambio en la acción comunicativa. En la acción de re-significar su identidad personal el sujeto realiza un movimiento de desplazamiento de los autoconceptos que constituyen la versión de sí mismo. Ello le produce una desacomodación de los esquemas elaborados y le exige un trabajo por ordenarlos nuevamente, a fin de transformar cualitativamente los modos de mirar(se)/ evaluar(se)/valorar(se) en las acciones realizadas a través del tiempo y otorgarles un nuevo sentido a través de una acción subjetiva que incorpore y asimile esos cambios.

La resignificación identitaria deviene entonces como resultado de una transformación intrasubjetiva, facilitada por las mediaciones intersubjetivas producidas en el marco de la operatoria socio-cultural de lo transubjetivo, que ofrece oportunidades y restricciones para la elaboración de modelos identificatorios y para la puesta en acto de prácticas sociales.

Por su parte, la re-significación de la/s identidad/es personal/es dentro de identidad/es colectiva/s debe enfocarse como un sistema multirreferencial emergente que caracteriza los modos de ser/estar de los sujetos, construidos en el marco de un espacio contextual e histórico que con-figuran las distintas prácticas comunales. Esas prácticas se materializan en los distintos dispositivos-culturales que operan como el espacio en donde se cristaliza lo estructural del orden sociocultural. Los dispositivos culturales se constituyen en los soportes materiales en donde se performa la atribución valorativa que impone la violencia de la significación propia de la estructura simbólica.

A través de los dispositivos culturales dispuestos y disponibles en el campo social se hace efectiva la acción socializadora que es constitutiva y constituyente del sujeto. En ellos se editan y re-editan juegos sociales que enhebran los lazos de sujeción a un orden habitado por significados, significaciones y sentidos. Cada dispositivo configura una red de intercambios humanizantes/humanizables que nos incluyen como sujetos en procesos de adhesión, apropiación, selección de modos de ser/estar dentro de un contexto social, cultural e histórico.

Los procesos de constitución subjetiva son un continuum y se realizan a lo largo del curso de la vida. Ser/estar sujetados es una acción continua. Por ello, los lazos que unen la subjetividad pueden ser desatados en las dinámicas que operan en la gramática relacional que se teje en la trama del trabajo psíquico individual y que remite a la identidad personal, la identidad social y la inclusión participante en/de dispositivos culturales. Por ello, el estatus de humanidad humanizante se sostiene en la acción de vigía constante del diálogo que se establece entre los sujetos, los grupos sociales y los dispositivos culturales. Ese diálogo ubica los procesos de agenciamiento subjetivo en el registro de la significación y el sentido, en el marco más amplio de los contextos y agencias representantes del campo social. Esto conduce a la asunción subjetiva de ser/estar como un quien sujeto enunciante y no ser un que objeto de enunciación y/o de intervención instrumental.

A lo largo del curso de la vida es necesario la puesta en cuerpo de la mirada de Otro/otros que ubique/n la singularidad del Yo en el contexto de un nosotros de pertenencia, que lo referencie en la convocatoria a la ocupación de un lugar dentro de los escenarios/las escenas del campo social. Este lugar propuesto por el campo social tiene que contener alternativas para seducir a un sujeto en la tarea de seguir siendo.

En cada ciclo de la vida los sujetos están interpelados a re-visar las adquisiciones psicosociales aprehendidas para enfrentar, afrontar y resolver los imperativos que la cultura (im)pone al trabajo de vivir el tiempo presente. Esto requiere el agenciamiento de nuevas experiencias de aprendizajes, necesarias para complejizar la estructura psicoafectiva y cognitiva respecto de lo aprehendido en matrices espacio-temporales pretéritas.

La cultura, a través de sus dispositivos, sitúa a los sujetos en el registro de lo simbólico del ser/estar como humano en el acontecer de lo humano/humanizable; acontecer móvil, dinámico, mutable y en constante devenir. En el horizonte del campo social el sujeto pone en juego la singularidad elaborada de su subjetividad ‒fundamento fundado en el microcosmos de las primeras relaciones objetales que se despliega en su de-venir en el contexto social de una época‒ a través de la inclusión y participación en las instituciones sociales a lo largo de todo el curso de la vida.

En el curso vital el sujeto se re-posiciona subjetivamente frente a las transformaciones que le propone e (im)pone el acontecer temporal. Este re-posicionamiento subjetivo es posible gracias al potencial de aprendizaje inscripto en el psiquismo humano, que permite sostener la plasticidad y flexibilidad del Yo en su despliegue historizante de su transcurrir humanizable. Al respecto, Serra (1996: 457) define el aprendizaje como el proceso por el que

el individuo partiendo de lo que conoce (preconcepto) y gracias a la mediación (interacción y andamiaje) reorganiza sus conocimientos (esquemas cognitivos) con nuevas dimensiones y estructuras que es capaz de transferir a otras realidades (funcionalidad cognitiva) describiendo los procesos y principios explicativos que afectan a tales realidades (significatividad lógica) y mejorando su capacidad de organización comprensiva (aprender a aprender) en relación a otras experiencias de aprendizaje (significatividad psicológica).

Desde una perspectiva socio-psicológica Jarvis (2001: 183) considera que el aprendizaje es “algo de la vida, un fenómeno existencial”,

es un complejo entramado de procesos que cada persona aborda en todas las edades de su vida. El aprendizaje es el proceso por el cual los seres humanos crean y transforman experiencias en conocimiento, habilidades, actitudes, creencias, valores, sentidos y emociones.

Estos autores destacan la idea de que aprender no es “aprender algo”, sino que es un modo de construir y transformar las propias experiencias de la vida diaria. El aprendizaje no se reduce a la adquisición y reorganización de cuerpos de conocimientos o a la complejización de esquemas cognitivos, sino que es un proceso que transforma la bio-grafía de los sujetos. La noción de experiencia es clave en tanto es la cantera de la que se nutren las posibilidades de transformación personal.

Desde nuestra perspectiva aprender es el proceso por el cual los seres humanos transforman su experiencia en otros materiales a través de los cuales pueden reelaborar sus concepciones del mundo, resignificar su identidad personal y elaborar nuevas narraciones de sí mismos. El aprendizaje es la acción que despliega el sujeto a través del curso de la vida con la finalidad de comprender, gestionar y dar sentido a los cambios que el tiempo impone a la existencia (lo que remite a la cuestión de la identidad personal); al tiempo de la vida humana (el pasaje por las edades de la vida a través del curso vital); y a las capacidades de las personas para conservar su autonomía y autodeterminación (lo que involucra el poder personal, las habilidades, las capacidades de afrontamiento, etc.).

De este modo, el aprendizaje humano como capacidad-para vivir-en-el-mundo es un proceso recursivo entre la experiencia personal y diferentes tipos de conocimiento (de contenidos académicos y sistematizados, procesuales, de la vida cotidiana y creencias, valores, actitudes, emociones y sentidos extraídos del magma compartido de los imaginarios sociales) necesarios para el despliegue subjetivo.

Estos conocimientos se integran a través de la acción de aprender, que consiste en tener experiencias utilizando diferentes caminos (hacer, practicar, asimilar) que se traducen en el ensanchamiento del sentir/pensar/hacer/decir con el que el sujeto otorga significación y sentido al acontecer temporal, sea por un proceso reflexivo o de comprensión (y comprehensión) de lo aprendido tácitamente. De este modo, el aprendizaje se constituye en el mecanismo que opera como soporte de los procesos de complejización psíquica, en tanto que posibilita al sujeto la realización de procesos de autorregulación tendientes a afrontar los cambios y desafíos que plantea el transcurrir por el acontecer temporal.

El acto de aprehender expone al sujeto al reconocimiento de su falta, movilizando los procesos internos que apuntalan su sistema personal de creencias acerca de lo que sabe de sí mismo, de su entorno y del contexto sociocultural más amplio. Esto se debe a que el Sujeto, en tanto sistema orgánico vivo, acciona/reacciona a la influencia del entorno sociocultural y mediante el trabajo que realiza el Yo produce/elabora/construye su capacidad de autorregulación. Mediante ella tiende al logro de una estabilidad interna dinámica y a la adaptación a las transformaciones de la realidad externa/interna. Esto le permite emprender acciones de autogestión destinadas a desplegar procesos de compensación adaptativa para afrontar los cambios y sostener su percepción de continuidad e integridad.

En tal sentido, la re-significación identitaria es la resultante del aprendizaje experiencial y de-vela la modalidad personal de autoconstrucción identitaria frente a los procesos de cambio personal y social, necesarios para sostener el ser/estar en condiciones de competencia. Mediante el trabajo de re-significación identitaria el sujeto apuntala su estructura psíquica y sostiene los procesos de complejización psíquica, accionando sobre las matrices de sus autopercepciones e interpelando sus visiones y versiones de sí mismo y su posición respecto de las circunstancias de la realidad en la que se sitúa.

En la acción de re-significación de la identidad personal el Yo articula procesos de adaptación, compensación y autorregulación, que interpelan al sujeto a tomar una posición activa, consciente, reflexiva y crítica respecto de la vida y de sus condiciones de existencia. Ello con el fin de salir de los modos de ser/estar que lo sitian y ciñen a moldes/matrices pretéritos y que le demandan un esfuerzo por reactualizar las significaciones de sus necesidades, tomar la voz de sus demandas y realizar un trabajo en pos de arribar a sus deseos.

Existe una relación indisoluble entre las funciones intelectuales, el desarrollo psicoafectivo y la experiencia de re-significación identitaria. El Yo, como dispositivo que permite particularizar las vivencias subjetivas e integrarlas en una identidad personal, solo puede aprehenderse a sí mismo en los procesos e itinerarios en los que elabora las versiones/visiones de los relatos en los que inscribe su temporalidad. La producción de esos relatos se constituye en actos cognoscitivos que adquieren significatividad en el/los sentido/s existencial/es de la experiencia de vida singular.

El sujeto puede intervenir sobre su realidad y apropiarse de ella, en tanto es capaz de realizar un proceso de descentración de su acontecer interno y objetivar(se) externamente, aprehendiéndose a sí mismo como un objeto susceptible de ser re-visado, re-conocido y re-creado en sus modos de ser/estar siendo. El Yo realiza movimientos de repliegue/despliegue de sus capacidades cognitivo-psicoafectivas que le permiten operar sobre sus procesos temporales y asignarles sentidos múltiples.

Los procesos de desarrollo madurativo consisten en movilizar los aprendizajes psicosociales adquiridos, otorgándoles una nueva valencia de modo tal que permitan re-diseñar la arquitectura cognitivo-psicoafectiva orientada a completar lo que le falta al ser para seguir siendo sí mismo, en un proceso inacabado y continuo. La fantasía creativa es uno de los procesos cognoscitivos que, por medio de la imaginación, le permite al sujeto intervenir sobre sí mismo, contemplar el mundo desde otra perspectiva y re-inventar artesanalmente el por-venir de su ilusión.

Los procesos de re-significación identitaria constituyen los mojones a través de los cuales el Yo, en tanto dispositivo, continúa haciendo efectivo el acto de sujeción al orden de lo simbólico en el curso vital. Este es un proceso socializador y humanizante que es la resultante de un trabajo psíquico dinámico, espiralado e inacabado que se sostiene/posibilita en las tensiones entre el interjuego de las necesidades, demandas y deseos intrasubjetivos, intersubjetivos y transubjetivos.

La posibilidad de aprendizajes abre nuevos horizontes para que el ser despliegue la potencialidad de su desarrollo. El aprendizaje se constituye en el mecanismo por medio del cual el sujeto puede realizar sus procesos de adaptación, compensación y re-configuración de las adquisiciones psicosociales necesarias para hacer frente a las demandas y desafíos que plantea la vida social. Así, el aprendizaje se constituye en el mecanismo psicoafectivo que le permite al sujeto operar/agenciar sus procesos de humanización socializante, los que se efectivizan en la participación en el acontecer de las instituciones y sus respectivos dispositivos de transmisión de la cultura. En los juegos del aprendizaje el sujeto metaboliza experiencias de la vida; gestiona sus emociones, deseos y pensamientos; comprende y resuelve los conflictos y propone nuevas configuraciones, tendientes a sostener integrada y apuntalada la dinámica del funcionamiento yoico.

En la dinámica intrapsíquica del aprendizaje, el sujeto pone en evidencia sus posicionamientos subjetivos frente al acontecer temporal y a los procesos de cambio; revela sus estrategias y modos de afrontamiento; y devela los baluartes narcisistas en los que se apoya el Yo para sostener cierto sentido de identidad, integridad y unicidad. A la vez, el aprendizaje, en tanto mecanismo psicoafectivo que le permite al sujeto agenciar sus cambios, de-viene en saberes y experiencias vitales.

La experiencia es eso que pasa, lo que nos pasa a los seres humanos (Larrosa, 2006). La experiencia no es aquella/s situación/es que el sujeto vive y atraviesa, sino que es el saldo que obtiene en el recorrido realizado a través de la reflexión que realiza de esa/s situación/es. La experiencia es el reconocimiento que el sujeto realiza de la huella que una situación ha dejado en la forma de percibir, situarse y valorar los fenómenos que conforman su existencia. Obtener un saldo, reconocer la huella que queda inscripta en la bio-grafía y otorgar un sentido a la situación vivida implica que el sujeto se apropie de su propia reflexividad y de sus capacidades de auto-regulación y de auto-organización.

De ahí que la experiencia de aprehender/des-aprehender le posibilita al sujeto ensayar diferentes respuestas ante situaciones que se presentan como conflictivas, ampliando el repertorio de sus posibilidades de resolución de problemas; explorando nuevos caminos para arribar al logro de adquisiciones; y elaborando procesos metacognitivos que le permitan flexibilizar su capacidad adaptativa, necesaria para desplegar sus potencialidades en el contexto de la cultura en de-venir.

Re-posicionamientos subjetivos en/mediante el acto de aprender

El acto de aprender, en tanto mecanismo psico-afectivo regulador de los procesos de auto-organización subjetiva, se constituye en el recurso del que dispone el sujeto para ensanchar los horizontes de sus matrices de percepción subjetiva. Estas matrices le permiten otorgar nuevas significaciones y sentido a la experiencia de vida en el curso del acontecer temporal. La dinámica intrapsíquica del proceso de aprendizaje opera sobre los procesos de complejización psíquica necesarios para que el sujeto apuntale los soportes de su re-significación identitaria, lo que le permite gestionar sus cambios internos y aquellos provenientes del contexto sociohistórico de la cultura en constante de-venir.

En la dinámica intrapsíquica del aprender el sujeto moviliza, sostiene y apuntala diferentes adquisiciones psicosociales necesarias para desplegar múltiples procesos de compensación adaptativa, entre ellos:

a) La vigencia, que sostiene la continuidad del Yo siendo, en consonancia con los imperativos de lo que se instituye como novedoso en las diversas formas de estar implicados en la vida social. Lo propio de la adquisición psicosocial adaptativa es sostener el despliegue del interés vital del sujeto, para incorporar nuevas formas de significar los acontecimientos que se producen en la realidad sociocultural del momento histórico que le toca vivir. El sujeto se ve interpelado a afrontar la obsolescencia social producida por los cambios socioculturales, con el fin de sostener su continuidad dentro de un orden simbólico de pertenencia de un mundo que (im)pone novedades en lo cultural, político y social. Para mantener la vigencia se requiere una posición subjetiva caracterizada por la plasticidad, que posibilite gestionar los propios cambios vitales y establecer relaciones de intercambio con sujetos de cohortes generacionales diversas.

El apuntalamiento de la vigencia como adquisición psicosocial permite al sujeto remover los sedimentos cristalizados de aprendizajes aprehendidos en matrices culturales pretéritas, incorporando nuevos conocimientos y adecuando los esquemas cognitivo-afectivos necesarios para re-novar la mirada que se tiene acerca de la vida, la temporalidad, las propias capacidades y el entendimiento de los cambios socioculturales.

Todo ello contribuye al sostenimiento de la percepción de continuidad del desarrollo de las potencialidades de seguir siendo/creciendo, contrarrestando el fantasma de la perennidad del acontecer vital en el registro de lo temporal. Esto promueve en el sujeto el apuntalamiento de los sentimientos de confianza, seguridad, autocontrol y eficacia en la resolución de las situaciones que plantea la cotidianeidad de la existencia. A la vez, moviliza el despliegue de una potencialidad proactiva para dinamizar la vitalidad de los motivos e intereses necesarios para gestionar nuevos modos de ser/estar en el mundo y ampliar las perspectivas del horizonte hacia el cual tiende el proyecto de vida.

b) La autofinalidad como atributo de la voluntad, para sostener la autodeterminación de seguir siendo en condiciones de existencia que le permitan al sujeto continuar integrado en sus procesos de cambio. El sostenimiento de la finalidad de la vida requiere afrontar procesos de desarrollo personal en los que se despliegue la potencialidad del ser para hacer-se a sí mismo, con la intención voluntaria y voluntariosa de ir más allá de las fronteras que (im)pone la realidad, engendrando condiciones de ilusión deseante que muevan la necesidad de trascender el estancamiento de la comodidad monótona de lo logrado, en pos de ampliar las perspectivas que de-finen el horizonte de lo vital.

El acto de aprehender como mecanismo de auto-organización psíquica posee un carácter existencial (más que instrumental) destinado a re-fundar, re-estructurar y re-novar la voluntad que orienta las finalidades del ser hacia lo necesario de lo que se necesita internamente. No importa qué aprende el sujeto, sino el para qué, en tanto que ubica esa acción en la intención de renovación de la vivacidad de la vitalidad. Ello es posible por el placer que se obtiene al transitar caminos novedosos para experimentar-se a sí mismo en condiciones de gratificación más allá de las exigencias instrumentales que den cuenta del saber hacer.

De lo que se trata es de satisfacer/gratificar aquella necesidad existencial de saber ser para sí en relación con el acontecer interno, con los procesos de historicidad y con las perspectivas del acontecer temporal. Saber ser a pesar de/con las posibilidades que plantean las (im)posibilidades del acontecer temporal. Se aprende para orientar la vida desde y hacia la vida, experimentando con las emociones, los sentimientos y las experiencias de vida que conforman el acontecer interno, materia prima necesaria para re-organizar aquello armado desde otro punto de apoyo temporal. Aprender es un modo de re-acomodamiento subjetivo que permite re-visar lo vivido y construir una nueva narrativa identitaria de sí y para sí.

La voluntad de autofinalidad interpela la pre-disposición del sujeto para desplegar procesos reflexivos que movilicen aquello cristalizado de las huellas temporales que constituyen el ser desde lo sido y que generen condiciones para estar en la vida, poniendo en perspectiva lo perdido o lo ganado en el trabajo de vivir y elaborado desde las narrativas de sí; para re-validar los puntos de apoyo necesarios en el presente para re-versionar el pasado e impregnar de nuevas intencionalidades aquello de lo por-venir.

La autofinalidad ‒en tanto componente intrapsíquico del acto de aprender‒ es interpelada por los desafíos que (im)ponen los cambios internos y externos, y que impulsan al sujeto a re-visar su actitud para sostener-se en el fluir de la vida con la finalidad de las propias intencionalidades. Ello supone que el sujeto pueda re-visar qué actitud tiene frente a los cambios que el acontecer temporal le plantea y las capacidades que posee para ser/estar consigo sí mismo, con el mundo y entre los otros.

De esa manera, el acto de aprender inaugura una nueva perspectiva existencial respecto a la reconstrucción de la experiencia personal en el acontecer temporal. Esa perspectiva se in-corpora como parte del espacio interno en que se encuentra la reserva potencial del autodesarrollo y que sostiene la actitud de apertura hacia lo novedoso del vivir.

La significatividad del aprendizaje radica en su capacidad de permitirle al sujeto salir de los atascos del estancamiento y desplegar el despliegue revitalizador de los imperativos de la necesidad de sostener el asombro y la renovación de las perspectivas de aquello que aparece como obsoleto. Lo importante para el sujeto es descubrir una mirada nueva para aquello cotidiano, e incorporar en el trabajo del diario vivir, una actitud de apertura orientada a des-cristalizar los esquematismos y rigideces del ser/estar en determinadas condiciones de existencia.

c) La autoeficacia como capacidad que contribuye a sostener el autocontrol frente a aquello que se presenta como desafiante en el exterior y que se constituye, para el sujeto, en una oportunidad para poner a prueba las propias adquisiciones y competencias para hacer. El acto de aprender como mecanismo de auto-organización psíquica promueve el impulso que vehiculiza en el sujeto la voluntad de superación personal, a través de la puesta a prueba de las competencias adquiridas para resolver aquellas situaciones que se presentan como problemáticas.

El sujeto no encuentra placer en la re-novación de sus contenidos cognitivo-intelectuales sino en el apuntalamiento de su sentido de autoeficacia para sostener el autocontrol sobre diferentes aspectos de la realidad interna, desafiándose a sí mismo en la comprobación de las posibilidades de sus capacidades existentes como un modo de sostener-se en la integridad de lo adquirido; obteniendo gratificación en la auto-afirmación de sentir-se y saber-se capaz de sostener el ser mediante el hacer.

La autoeficacia le otorga al sujeto la percepción de que mediante el sostenimiento de sus habilidades y destrezas puede influir sobre los avatares en de-venir que plantea el acontecer temporal. El sujeto evalúa las posibilidades de las (im)posibilidades que los efectos del de-venir del acontecer temporal pueden ocasionar sobre sus competencias para resolver de manera eficaz los desafíos que plantea el trabajo de vivir. Se ubica así como el rival de sí mismo en sus posibilidades de sostener el control de aspectos de su vida con las capacidades que posee.

Esta evaluación se apoya en posiciones subjetivas diversas según los puntales psicoafectivos con los que el sujeto valora sus recursos para enfrentar los cambios que el transcurso del acontecer temporal le plantea, apelando a la confianza para desplegar procesos de aprendizaje sostenidos en impulsos autoconstructivos y creativos. Por el contrario, puede desplegar acciones reactivas sustentadas en temores, ansiedades y angustias por la posibilidad de la (im)posibilidad de establecer mecanismos de autocontrol eficaces para afrontar los cambios.

En definitiva, el acto de aprehender se constituye en el soporte para apuntalar el Yo en sus necesidades de sostener su integridad, mediante una tarea de autoconstrucción consistente en seguir apuntalando sus capacidades para conservar la eficacia de estas en el afrontamiento de las condiciones de existencia. El aprendizaje como proceso psíquico que sostiene la autoeficacia, le devenga al sujeto un bienestar subjetivo que se sustenta en la satisfacción vital de ser capaz de sostener-se a pesar de los cambios que (im)pone el acontecer temporal.

d) La continuidad del despliegue de las potencialidades, que posiciona al sujeto en una actitud voluntaria de sostenimiento de su voluntad de no claudicar en sus posibilidades de auto-organización psíquica; voluntad necesaria para sostener la capacidad adaptativa ante los cambios que (im)pone el acontecer temporal. El acto de aprender apuntala el despliegue de estrategias de afrontamiento que ponen en juego recursos cognitivos, intelectuales, conductuales, sistemas de creencias y filosofías de vida necesarios para enfrentar las demandas que de-vienen del trabajo del diario vivir. Estas estrategias de afrontamiento son resultantes de procesos de interpretación, evaluación y valoración que el sujeto realiza de los recursos con que cuenta para enfrentar, tolerar y resolver de modo efectivo aquellas situaciones internas o externas que pueden poner en riesgo su propia integridad, para seguir integrándo-se en lo novedoso del vivir.

La dinámica intrapsíquica del aprendizaje moviliza en el sujeto el interés por continuar incluyéndose en aquellos procesos de cambio que sostienen los puntales de los propios saberes experienciales, necesarios para desplegar la voluntad intencionada de no anclarse en el ritmo que marca el curso de la temporalidad. Asimismo, moviliza la insistencia en proponer-se/imponerse metas de superación, que alimenten la necesidad de continuar movilizando sus inquietudes de seguir sintiendo la capacidad de saber-se en procesos vitales inéditos, desconocidos e inexplorados en el sostenimiento del ser siendo.

El desafío de aprehender consiste en movilizar al ser en un estar como explorador de nuevas condiciones de existencia, renovando no sólo las capacidades instrumentales para resolver los desafíos del transcurrir temporal, sino aquellas capacidades socioafectivas que vinculen lo cotidiano del diario vivir con la potencialidad del descubrimiento de la vivacidad vital, que sostiene el sentir lo novedoso del cambio.

La continuidad, en tanto componente intrapsíquico del acto de aprender, ubica al sujeto en una posición anticipada que le permite reflexionar sobre la (aparente) seguridad monótona de sentir-se completo; apariencia generada por sostenerse en una posición cristalizada que le otorga sensación de estabilidad. Por ello, la acción de aprender consiste en des-aprender determinados modos de estar, que condicionan al ser en el despliegue potencial de su impulso epistemofílico, que liga las acciones de conocimiento con el deseo vital de seguir sujetado al trabajo de vivir.

De ahí que las acciones de aprendizaje renuevan en el sujeto sus metas de superación como soporte para sostener(se) en la inquietud de la ampliación de horizontes pensados para sí. Ampliación tendiente a la mejora del hacer y la satisfacción del sentir-se con recursos necesarios y saber-se adaptado interiormente y reposicionado en los procesos de integración social, reaprendiendo a pensar(se) a través de sus cambios.

e) La comprensión de sí para completar los procesos de autorrealización personal en los pasajes de las transiciones vitales, inherentes a los atravesamientos del acontecer temporal. El aprendizaje se constituye en la posibilidad de cambio necesaria para que el sujeto se apropie de su continuidad. Esa posibilidad está dada por la idea misma de cambio como un modo de saber-se en continuidad. La continuidad es la posibilidad de lo posible; en este caso seguir cambiando a través de los cambios, modificar estructuras, incorporar conocimientos nuevos, entender procesos pasados en condiciones de existencia móviles, dinámicas y permeables al despliegue del acontecer temporal.

La comprensión de sí en tanto mecanismo autorregulador del acto de aprender otorga al sujeto la posibilidad de saldar algo que quedó como resto en lo pendiente; por eso adquiere connotaciones afectivas que confrontan en el aquí y ahora las bases de la obligatoriedad del deber ser pasado con los deseos del querer hacer vigentes en el ideal, pero postergados en la realidad.

El sujeto mediante la comprensión de sí puede desplegar procesos de realización personal que quedaron replegados ante los imperativos de las demandas externas, ubicando la disposición de la energía vital para satisfacer las necesidades de su libertad para hacer con su ser aquello que bosquejó en su ideal. De este modo, el acto de aprender posee una función performativa del ser que liga en el sujeto temporalidades, acciones y decisiones desplegadas en el curso del acontecer temporal, en un esfuerzo de integrar lo sido desde lo decidido, con lo que se desea ser en lo proyectual, en una intención continuada de gestionar una experiencia vital que intenta transitar caminos renovados en lo por-venir.

La experiencia de autorrealización personal adquiere en el sujeto un tono afectivo que liga lo instrumental del hacer con lo potencial del ser. Esta se sostiene en la espera del despliegue de la renovación de los motivos necesarios para movilizar las emociones e intereses hacia fines que aumenten la vitalidad y que gratifiquen la interioridad del ser en sus condiciones para hacer-se.

La autorrealización implica un esfuerzo consciente e intencionado por restaurar el entusiasmo de explorar el sentimiento de que no todo está hecho y descubrir lo necesario de lo que le falta al ser como condición para continuar siendo en sus procesos de autorrealización. Esto le demanda al sujeto reencontrarse con su sí mismo y el reconocimiento de la responsabilidad en la inversión de tiempo para renovar/explorar/descubrir modos de ser y estar en la vitalidad de la vida.

El acto de aprender opera como el mecanismo intrapsíquico que potencia selectivamente los impulsos autoconservatorios necesarios para contrarrestar aquello erosionado por el acontecer temporal. El acto de aprender lleva implícito un movimiento de despliegue subjetivo que promueve acciones creativas que alimenten los ciclos de continuidad del ser, como modo de contrarrestar lo perecedero de la existencia en el continuum acto de aprehender-se en lo que se aprende.

Mediante el aprendizaje el sujeto no sólo realiza un acto de comprensión de sí mismo que le permite operar cambios internos, sino que despliega movimientos de apertura de aquello que quedó sellado en sus condiciones de cambio. Restituye así a sus esquemas de percepción aquellos hiatos que operan como fisuras en donde se filtra la falta. El reconocimiento de la falta opera como condición para reorientar y restituir a las necesidades de autorrealización su condición de parcialidad y su recurrencia en la demanda por ser satisfecha.

Esto exige al sujeto desplegar una actitud introspectiva que le permita objetivar la experiencia de vida adquirida en los procesos de maduración psicoafectiva, para gestionar movimientos prospectivos a partir de los cuales re-elabora el proyecto de vida. Aprender es un proceso de comprensión de sí que permite al sujeto acomodarse a las necesidades actuales que son reinterpretadas a partir de la experiencia y la madurez, que le permiten el trazado de nuevas metas que sostengan el proyecto vital, a partir del cual el Yo sostiene el sentido de su acontecer temporal en la confianza esperanzada de realizar acciones tendientes a desplegar aquello plegado en la potencialidad del ser para hacer-se en sus procesos de autorrealización.

El proceso de subjetivación humanizante supone el acto de complejización psíquica a través del cual la experiencia de vida del sujeto es atravesada por los ciclos del desarrollo, en la que se ponen en diálogo operatorias que remiten a instancias del orden intra-inter y transubjetivo. El sujeto es el sitio en donde se establece el debate del inacabamiento semántico del orden de lo simbólico dentro de la cultura en constante de-venir.

Esto es posible porque la intromisión de lo simbólico inscribe su huella sobre la humanidad, dejando un resto abierto para ser completado en los procesos de humanización. Estos ubican al sujeto en una posición que habilita su subjetivación humanizable, a través de la inmersión en procesos de aprendizajes que operan como mecanismos de auto-organización, reguladores de los procesos adaptativos necesarios para asimilar los cambios que (im)pone el acontecer temporal.

Mediante el trabajo de complejización psíquica el sujeto se sostiene competente en la continuidad de su vigencia psicosocial. Para ello pone en movimiento la voluntad de emprender acciones intencionales que re-fuercen e incentiven el compromiso de fidelidad consigo mismo. Moviliza su autodeterminación con el propósito de elaborar un ideal que constituya la finalidad y la causa de la vitalidad de su deseo que, al servicio de la autoconservación, usa la compresión de sí aprehendida en el trabajo de vivir para apuntalar su integridad, mismidad y unicidad.

Sin embargo, a medida que el sujeto va siendo atravesado por la cronobiología del acontecer temporal se ve interpelado a desplegar mecanismos de compensación que le permitan auto-organizar su ser para generar nuevas condiciones de estar en la vida. Al ser atravesado por el acontecer temporal, el sujeto ingresa en las paradojas de las transiciones del desarrollo vital. Atravesar los diferentes ciclos del desarrollo supone poder desplegar aquello que está replegado, poner en acto aquello que se encuentra contenido en la potencia y poner de manifiesto algo que se encontraba en estado de latencia.

El sujeto debe generar condiciones internas/externas ‒solidarias en su interdependencia‒ para complementar compensatoriamente el despliegue del contenido experiencial de cada tramo de la trayectoria vital que se encuentra plegado en el continente subjetivo. En eso consiste el balance de pérdidas y ganancias, en un proceso que intenta ubicar las discontinuidades en los horizontes de la continuidad; que reubica lo desacomodado en lugares habilitados para que quepa lo nuevo; en realizar un trabajo al servicio de la integración a partir de fragmentos que se encuentran desacoplados de sus encastres.

Lo que anima al sujeto en su ser siendo son los intentos ‒sustentados en las adquisiciones psicosociales de la confianza básica, la espera paciente y la esperanza por los que se ponen en juego los movimientos de la energía creativa que intenta ligar, unir, crear, dar significación y sentido al ser en sus diversos modos de estar en el presente. En esa dinámica el sujeto se aprehende a sí mismo en los itinerarios y trayectos que le permiten sostener su integridad e historicidad bio-gráfica.

El Yo se inscribe/escribe/re-escribe/transcribe/traduce en las coordenadas temporales de la vida que transcurre sobre los tiempos que la atraviesan: algo de lo que pasa queda; algo de lo ido retorna, y algo de lo no sido se difiere en el anhelo. Para sostener su autonomía, su sentimiento de valía y la percepción de autoeficacia, el Yo del sujeto tiene que ser lo suficientemente permeable para transitar por las diferentes crisis del desarrollo y las crisis accidentales, soltando los restos de sí que quedan obsoletos y que limitan su capacidad adaptativa.

Sostener la integridad yoica supone, por parte del sujeto, un trabajo psíquico que le permita apuntalar la finalidad de su vitalidad a pesar de los desgarros que el esfuerzo del diario vivir propone e (im)pone a las condiciones materiales de existencia. Emerger de las pérdidas con un proyecto de existencia es la tarea. Rescatar-se de las pérdidas con la intención/voluntad/convicción de que se ha ganado algo e incorporado un nuevo modo de ser/tener/estar/hacer en/con la vida. Explorar nuevos modos de vitalidad en las tensiones que plantea el atravesamiento por las desestructuraciones propias de las crisis que amenazan al yo con aniquilarlo y fragmentarlo. Encontrar la oportunidad en las crisis, habituarse al cambio, descentrarse de los puntos de apoyo y apoyarse en otros es un trabajo psíquico artesanal para el cual el Yo debe colonizar el deseo de su propio ideal.

El Yo del sujeto conserva huellas de los trazos e itinerarios que en el de-venir de sus procesos de historización han configurado sus argumentos vitales, sus aprendizajes existenciales y los logros/adquisiciones obtenidos en el trabajo de hacer/se siendo a partir de lo sido y proyectándose en un seré en lo por-venir. Atravesar todos los condicionantes que plantea el curso de la vida interpela al sujeto en sus procesos de conciencia reflexiva, con los cuales elabora la comprensión de sí mismo en los trayectos seguidos para hacer/se e integrarse en las discontinuidades/rupturas que plantea el cambio a través de las temporalidades del ser. El trabajo del sujeto consiste en hacer-se distinto a través de los cambios, apuntalando el sentimiento de identidad desde una posición dinámica, móvil, abierta a la comprensión del sentido de sí mismo, en una posición de caminante que sigue recorriéndose en los caminos de la vida.

En los caminos de la vida el Yo va aprehendiendo y aprehendiéndose de/en los ciclos vitales que lo sujetan subjetivamente ‒a través de sus vivencias‒ a su experiencia bio-gráfica. El registro del sujeto de los ciclos de la vida se vincula al trabajo inédito que realiza para construir y sostener los pilares de su autodeterminación, las bases de su confianza básica, los sustentos de la espera, los ideales y las fantasías de permanencia a través de la propia trascendencia.

La vida es una espiral en la que, en alguno de sus recorridos, ciertos puntos de llegada se tocan con los puntos de partida. En su de-venir inacabado la vida reclama ubicar el sentido, la significación y la creencia en la finalidad de la existencia, como nodos que articulan las tensiones que sostienen al Yo en su integridad y en sus anhelos de continuidad, más allá de las contrariedades que la finitud plantea a lo vital.

En el Yo, en tanto síntesis, conviven todos los ciclos de la vida. El retrato que el Yo realiza de sí se constituye en la experiencia de vida extraída por el sujeto de los procesos de balance de pérdidas y ganancias de los itinerarios bio-gráficos. Estos itinerarios amalgaman los hechos acontecidos en sus contactos humanizantes, entramando “el ser cuidado por”, “el cuidar de”, “el preocuparse por” en tanto resultantes de procesos de intercambios vinculares. Ese retrato se cuenta en las versiones de las visiones que el sujeto tiene de sus procesos de historización. El Yo narra, no describe el retrato de los acontecimientos tal cual han acontecido, sino que recrea una historia, metaforiza una experiencia, le imprime sus propios anhelos que trasmutan ciertas realidades y les va dejando un final abierto al inacabamiento semántico de un intérprete en busca de su sentido existencial.



Deja un comentario