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2 El yo, colono colonizado por el imperio de lo cultural

Imaginemos que viviésemos en un mundo en donde no hay espejos. Soñaríamos con nuestro rostro y lo imaginaríamos como reflejo exterior de lo que hay dentro nuestro. Después… alguien, nos pondría por primera vez en la vida un espejo delante, ¡imaginémonos el susto! Veríamos un rostro completamente extraño y comprenderíamos lo que no somos capaces de entender: nuestro rostro no es nuestro Yo.

Pero no vivimos en ese mundo. Así que tenemos que dejar de asombrarnos de que precisamente esto (lo que vemos frente a nosotros en el espejo) es nuestro Yo.

 

Rodrigo Cuesta

Pensar el modo en que la sociedad imprime su sello en la individualidad de los sujetos, colonizando los sentidos de la experiencia cotidiana, nos sitúa en la temática de la constitución del sujeto psíquico en el entramado complejo de las relaciones sociales articuladas por un ethos comunitario.

La constitución del sujeto psíquico supone un acto de sujeción a un orden simbólico que, a partir de los códigos lingüísticos, trans-muta aquello que es desde lo natural. La constitución subjetiva del sujeto conlleva un proceso de sujeción del que emerge el Yo, como proyección anticipada de la de-legación atribuida por el campo social a un Otro/otro que, al posicionarse como representante de la función materna/paterna, hace efectiva la intromisión del orden simbólico.

El acto de con-formación del sujeto remite al atravesamiento de órdenes (en tanto sistemas de estructuras) que permiten la transitividad de la necesidad ‒cualidad innata a todo ser vivo como individuo perteneciente a una especie del orden de lo natural‒ a la sujeción al orden de lo simbólico. Ello permite la adquisición de una estructura de representación organizada a partir de signos/símbolos lingüísticos que signan, asignan y de-signan lo natural a partir de lo propio de lo cultural. Ese pasaje de individuo de necesidad a sujeto de deseo supone la complejización del psiquismo individual, mediante el establecimiento de vínculos que ligan lo natural de la humanidad con lo cultural y colectivo del proceso de hominización. El devenir de las identidades de los sujetos a partir de la conformación de subjetividades se constituye en un producto y un proceso que liga lo innato con lo adquirido en el continuum de socialización humanizante.

El proceso de complejización del psiquismo requiere de un trabajo permanente de ligazón de la energía vital, de modo que conecte el orden de la necesidad autoconservatoria con los intentos de realización de deseos gratificantes, que se constituyen en los re-presentantes de lo representado. La co-implicación entre naturaleza/cultura e individuo/sociedad constituye la condición necesaria para que el acto de sujeción a un orden simbólico construido a partir de las estructuras del lenguaje devenga en la constitución subjetiva de un sujeto integrado en la diversidad de sus sistemas.

El acto de sujeción constituye el anclaje/andamiaje en/por el que el sujeto ad-viene en un momento fundacional. En ese acto el esquema corporal del individuo-sujeto se sujeta a la imagen de una re-presentación cultural, que constituye el anclaje en el que el Yo adquiere la capacidad de nominarse como objeto de conocimiento y de significarse en relación con otros objetos de la realidad. Esa posibilidad de significación pone en movimiento el de-venir de la propia historización y con ella el trabajo por referenciarse en la pertenencia a un orden.

El Yo se aprehende a sí mismo en la interpretación de sus significaciones, y de este modo se constituye en el colono colonizado por el imperio de la cultura. Sin embargo, el Yo para mantenerse sujetado al deseo de ser sujeto de re-presentación debe actuar como colonizador de su propia experiencia. Esa acción de colonizar la experiencia se constituye en la condición para que el Yo genere su ideal y circule en el juego del deseo. El deseo remite al orden de la gratificación, aunque su consecución se verá postergada por el principio de realidad. En esa dinámica el sujeto deberá realizar un trabajo permanente e inacabado por constituirse a sí mismo, como enunciación de una imagen ideal que se constituye en el objeto de su identificación.

El funcionamiento del aparato psíquico exige al sujeto la realización de un trabajo por ligar la energía biológica e instintiva (representante de la necesidad) a un objeto de satisfacción que se constituya en el re-presentante de la gratificación interna y que conecte la necesidad con el placer, de manera que transforme lo instintivo en pulsión como representación del psiquismo que contiene las huellas que imprime el objeto en el sujeto.

La emergencia del primer acto de consciencia se instaura en el de-venir de la huella que inscribe el primer objeto (la madre) en el sujeto. La inconsciencia es condición para que surja la consciencia como un acto de alienación fundante que permite el pasaje de individuo de necesidad a sujeto de deseo; sin que por ello la necesidad abdique en la búsqueda de satisfacción, ni el deseo sacrifique su gratificación.

El de-venir en sujeto de deseo supone la realización del trabajo psíquico de compensación de la tensión proveniente del interjuego de los instintos eróticos y destructivos. Ello permite al sujeto orientar sus fines hacia metas nobles que propongan al Yo la autoconstrucción de un proyecto identitario. Ese proyecto se constituye en la autoaprehensión del Yo en sí mismo, a través de las memorias de sus saberes de tiempos historizados y mediante la elaboración de una imagen ideal que se oferta como meta.

El Yo se constituye en el acto psíquico de estructuración, que instaura el movimiento estructurante y estructurador, que es condición de la complejización de la actividad anímica. A partir del proceso de complejización psíquica, el trabajo del Yo consistirá en elaborar una identidad como aquel producto construido a partir de su propio proceso de individuación y como aquella entidad re-presentante de su subjetividad. Esta última se constituye en la síntesis que expresa la aprehensión a imagos identificatorias que constituyen el soporte de la elaboración de su autoproyecto.

El acto mediante el cual el Yo se constituye en el proyecto de sí mismo conecta el deseo primigenio de ser objeto colonizado por el deseo de Otro, con el acto re-creativo de ser un sujeto colono del propio deseo y constructor del ideal yoico. La elaboración de un ideal de sí constituye la acción a través de la cual el Yo se proyecta anticipadamente en su pertenencia a una referencialidad construida en/a partir de la multiplicidad.

El Yo: precipitación de una imagen en el espejo

El Yo ad-viene en el proceso mediante el cual se posiciona efectivamente en el cumplimiento de una función, constituida y constituyente de un “nuevo” acto de complejización psíquica. Ese acto psíquico supone la adhesión a

una imago identificatoria que se constituye en el prototipo inconsciente de personajes que orientan electivamente la forma en que el sujeto aprehende a los demás; se elabora a partir de las primeras relaciones intersubjetivas reales y fantaseadas con el ambiente familiar (Laplanche y Pontalis, 1981: 191).

El Yo constituye el acto psíquico mediante el cual se construye como objeto de amor, a partir de la incorporación de identificaciones que imprimen las huellas del objeto en el sujeto. De este modo, es posible pensar en el Yo como aquel re-presentante de la sujeción del sujeto que re-presenta la realidad, en tanto enunciante de un enunciado y en tanto producto objeto del investimiento de su energía en sí mismo. En tal sentido, el Yo supone un acto de narcisismo.

Lacan, en su escrito sobre El estadio del espejo (1936) plantea que en el infans[1] se produce, alrededor del sexto mes, un extrañamiento frente a la refracción de su imagen frente a un espejo. Este extrañamiento es consecuencia de la tensión producida por la discordancia entre la imagen que se precipita como una totalidad y la insuficiencia motora que imposibilita al infans reconocerse como integrado. Ello produce en el infans una rivalidad entre la fascinación que despierta esta imagen como totalidad y las sensaciones corporales de fragmentación. Para resolver esa tensión el infans se precipita y anticipa en esta imagen, se identifica con ella como una manera de hacer frente a la amenaza de quedar fragmentado. A partir de este momento el Yo se reconoce en el espejo como aquella imagen que refracta.

Sin embargo, para que este nuevo acto psíquico acontezca es preciso que el Yo incipiente del cachorro humano encuentre su soporte en una matriz simbólica que actúe como continente. Es decir que cuente con un espacio habilitado/habilitador para contener la precipitación de la imagen como objeto. Esa matriz simbólica la constituye la mirada del Otro: la madre, quien en su incompletud demanda desde su deseo que su hijo se ubique en la posición de falo imaginario. La madre oferta una demanda de deseo con la cual se liga la necesidad del infans, quien se identifica con esta imagen refractada imaginariamente por la matriz simbólica. Esa identificación se constituye en la condición necesaria para que el infans se sujete al deseo de Otro y pueda precipitarse en la imagen anticipada de Otro.

El infans se ubica en el lugar de falo imaginario ofertado por la madre y adquiere el valor de esa imagen, por ello esta identificación se denomina narcisista. La oferta materna de una matriz simbólica, que actúa como continente, ubica a su hijo como falo imaginario y se constituye en la pantalla fascinante que encubre el lugar de la falta. Lugar de encubrimiento que ubica al infans en una posición dentro de lo simbólico y que le otorga un valor dentro de lo imaginario.

La identificación narcisista es aquella que permite la formación del Yo como aquella instancia que se anticipa precipitadamente a apropiarse de la imagen que aparece en el espejo. Apropiación que es un efecto de la fascinación que esta imagen produce; fascinación que se constituye en un engaño para el deseo pues se oferta como el lugar de encubrimiento de la falta. De ahí que, a partir de este acto psíquico constitutivo, el Yo se ubica en el sitio del desconocimiento de la conciencia de sí, desconocimiento que supone que hay algo que sabe que no sabe y que es del orden de lo inconsciente (Urbano, 2005: 2). Al respecto, Freud sostiene:

La expresión inconsciente (…) designa (…) ideas latentes que, a pesar de su intensidad y eficacia, se mantienen lejos de la consciencia… Lo inconsciente es una fase regular e inevitable de los procesos que cimientan nuestra actividad psíquica; todo acto psíquico comienza por ser inconsciente, y puede continuar siéndolo o progresar hasta la consciencia, desarrollándose según tropiece o no con una resistencia… (Freud, 1912: 1699-1700).

Al afirmar que el Yo se constituye en un lugar de desconocimiento, se hace referencia a que se ha efectivizado la represión originaria que posibilita el asentamiento de las futuras formaciones inconscientes. La represión originaria constituye el primer momento de la instauración de la represión propiamente dicha, que escinde al aparato psíquico en los tópicos de los sistemas inconsciente y preconsciente-consciente.

De esa manera se complejiza la dinámica de las transacciones libidinales a partir de la conformación de instancias o cualidades psíquicas que se co-implican entre sí: el ello, el yo y el superyó. Esas instancias psíquicas que expresan la co-implicación dialéctica de las formaciones de contenidos inconscientes y de aquellos contenidos preconsciente-conscientes interactúan con los mecanismos de defensa que funcionan como censuras que impiden el retorno directo y transparente del acontecer inconsciente a la vida consciente.

El Yo: reflejo y refracción del por-venir de una ilusión

La formación del Yo supone un acto psíquico de ocupación de la imagen como un objeto de pertenencia propia. El Yo se identifica con la imagen que aparece en el espejo, y así se transforma en el reflejo de ella. Para Lacan el estadio del espejo constituye un acto de enajenación del Yo, en tanto representa el acto por el cual se transforma en su propia imagen. Es decir, se constituye en el primer objeto sobre el que deposita e inviste su energía libidinal.

El acto de con-formación del Yo posibilita la emergencia de un mundo de objetos en los cuales el sujeto puede depositar su energía libidinal como una manera de apoderarse de ellos para imprimirles su propio sello. El Yo se apasiona por los objetos de la realidad en tanto estos le permiten sostenerse en la permanencia de su propia imagen. A través de los objetos de la realidad el Yo despliega su deseo y energía a los fines de enmascarar su incompletud.

La función del Yo consiste en aprehenderse en la permanencia de ser idéntico a sí mismo a partir de la identificación que lo liga a su imagen. Imagen que le pertenece y en la que se reconoce y encuentra. El acto psíquico que permite la formación del Yo lo sujeta al de-venir simbólico de la multiplicidad de enunciados que predican algo acerca de sí como objeto de predicación y sostiene la ilusión de mantenerse invariante en la in-versión especular de los objetos en los cuales deposita su energía amorosa.

El Yo se aliena en su imagen y se fascina en la imagen de un semejante en el que deposita la ilusión de la no fragmentación. Lo propio de la sujeción del sujeto es el nuevo acto psíquico que permite la formación del Yo como aquella instancia que emerge de la fascinación performativa de la imagen (en este caso la matriz simbólica) que lo ubica en el lugar ilusorio de falo imaginario.

El narcisismo es el acto de sujeción del Yo a la imagen especular del deseo de Otro que oferta la demanda de encubrir su falta a partir de la refracción de una imagen de completud y permanencia contenidas en la apariencia de la forma. El Yo puede ser entendido como la precipitación de cristales: se une en las líneas de sus identificaciones y es susceptible de ser fragmentado por las mismas líneas en las que se unió previamente. De esta manera, el trabajo del Yo será tomarse como objeto de su propio deseo y re-conocer-se-en-la permanencia de su imagen. Para ello articula una versión de sí mismo, desde lo simbólico, que le permite hacer coincidir aquello que narra de sí con la permanencia de su imagen.

El Yo: en la intersección entre lo real, lo simbólico y lo imaginario

El Yo, en tanto cualidad psíquica, no responde a lo real del cuerpo biológico. Este está legislado por el orden de la necesidad y de la naturaleza pura. La formación del Yo es funcional al orden de lo simbólico, pues al enunciar un predicado se desdibuja como sujeto. Lo propio de la constitución del sujeto es la sujeción al orden de lo inconsciente, cuya legislación responde a la repetición (no en el sentido psicopatológico) y al deseo.

El Yo es funcional al orden de lo simbólico pues esta es la instancia encargada de enmascarar los determinantes de lo inconsciente. El Yo se constituye en la precipitación del cristal que denuncia y designa la falta, instalada en el reflejo vacío de lo imaginario. Lo imaginario obtura la falta en la precipitación de una imagen con características de inercia, invariancia e inversión. De este modo, el Yo mediante la significación del significante nomina aquello propio de la dimensión real y enmascara, desde el desconocimiento, la emergencia abrupta de las formaciones de lo inconsciente.

Mediante lo simbólico el Yo enmascara, denunciando y otorgando existencia representacional a la falta, ya que el significante al signar, asignar y designar aquello susceptible de representación (pues tiene una existencia ontológica desde lo real) deja fuera algo de la aprehensión de lo real. De este modo, las dimensiones de lo real, lo simbólico y lo imaginario con-forman un orden dinámico en la estructuración del aparato psíquico. Orden que articula, de manera inter-activa y transaccional, la necesidad, la demanda y el deseo.

Para Lacan lo real es lo que es. Es decir, es lo que no le falta al ser en tanto remite al acto de la necesidad que conecta la supervivencia en la preservación y autoconservación de los sistemas biológicos. Lo simbólico ‒mediante la intromisión del significante que ubica en el universo del lenguaje y que transmuta aquello que designa, al asignar un lugar de falta a lo que es‒ ordena desordenando aquello que es en lo real. Lo simbólico ordena instalando la pérdida de lo que es en lo real, a partir de la intromisión del significante que no puede aprehender en su significación la completud del ser. De este modo, lo real deja de ser lo que es, para trans-mutarse en real construido a partir de las estructuras del lenguaje.

El orden de lo simbólico denuncia la falta de aquello perdido en lo real. En tanto, lo imaginario figura obturando aquello que aparece como perdido, pues recubre aquello que falta mediante la cristalización de la imagen que funciona como desconocimiento del re-conocimiento de la falta. El Yo es la instancia psíquica que permite al sujeto, a partir del empleo de un enunciado simbólico, desconocer aquello que le falta. El Yo en tanto referente del sujeto hablante nunca se va a encontrar con lo real como tal, sino que lo hallará ordenado según las convenciones o leyes del lenguaje.

Podría ocurrir en algún momento que el Yo se encuentre con lo real, pero este encuentro no será de manera directa, ya que el Yo está separado de lo real a partir del ordenamiento introducido por el orden de lo simbólico. En otras palabras, el Yo sólo se encontraría con lo real a partir de una ruptura del orden simbólico (D’Angelo et al., 2000: 81). De ahí que lo real nos remite al goce y lo simbólico al orden del placer. No es posible gozar desde lo simbólico sino a condición de que se produzca una ruptura en el ordenamiento de esta dimensión.

El Yo: intermediario entre la necesidad y el deseo

El Yo se constituye en la instancia psíquica que actúa como inter-mediario entre las demandas del ello (en tanto representante del orden de lo real que remite a lo natural de la vida instintiva) y las exigencias del superyó (que actúa como el portavoz de las interdicciones impartidas por la cultura, a través de las distintas instituciones sociales a quienes les delega la función de impartir las normas que regulan la con-vivencia entre sus miembros). De esta manera, el Yo se constituye en el intermediario entre la necesidad y el deseo.

El Yo es la instancia que encarna la demanda que conecta con el objeto perdido de la necesidad; perdido por la intromisión del lenguaje que al emplear el significante como el referente para de-signar al objeto renuncia a contener-lo desde lo real. En ese mismo momento surge el precepto de la ley del deseo. Deseo que supone una demanda de algo que le falta y que se constituye en un significante que con-lleva en sí la imposibilidad de otorgar una significación total, por lo insignificalizable de la aprehensión total del objeto por medio del lenguaje.

El Yo es el enunciante de la demanda y el inter-mediario entre la consecución del placer a partir de la realización del deseo, en las coordenadas espacio/temporales, como condición de posibilidad que impone la realidad. El Yo se constituye en el acto psíquico de sujeción a un significante que re-presenta la demanda del objeto de la necesidad, perdido en los desfiladeros del significante. El Yo demanda la incondicionalidad a un Otro que lo sostenga en la ilusión de que se oferte como garante de su no condicionalidad en la falta. Ilusión que se constituye en el pedido de una promesa de amor incondicional, que tropieza con la condicionalidad como instauradora de la ley del deseo. Este Otro demandado es también otro demandante.

La promesa de amor se constituye en uno de los soportes del narcisismo, cuyos pilares fundacionales se asientan en los signos de amor provistos por Otro/otro; signos que se constituyen en la re-presentación representante de algo para alguien. El despliegue de los signos de amor tiene por finalidad el encubrimiento de la falta. De ahí que el deseo es deseo de Otro. El Otro se constituye en la causa del deseo y es la condición para que se ponga en movimiento la demanda como la re-presentación del acto de sujeción a la cadena de significantes. El significante re-presenta un sujeto para otro significante. De este modo, la sujeción sujeta a un sujeto a Otro significante, que es el re-presentante del orden simbólico que lo significa.

El Yo y la significación: ad-venimiento del proceso de historización

La posibilidad de construir significados supone que el Yo se haya aprehendido en los códigos de una lengua que le permita articular-se organizadamente, a fin de otorgar significación a lo real a partir de la formulación de un enunciado. De ese modo, el Yo en tanto hablante se con-vierte en el enunciante/anunciante de un enunciado acerca de algo que percibe como objeto de interpretación.

El Yo se realiza a sí mismo en el acto de nominar, pues al otorgar significación a la realidad transfiere los códigos aprehendidos en la lengua y se aprehende con ellos. Es decir, en el acto de nominar el Yo utiliza los signos provistos por la lengua materna y de-signa con un nombre aquello que se presenta como objeto de conocimiento. El Yo en tanto sujeto hablante re-significa los significados colectivos de la lengua y los aproxima a los significantes subjetivos del habla. Por ello, todo acto de nominación constituye en sí mismo una puesta de sentido que conecta la interioridad del sujeto hablante a la sujeción de un orden estructurado a partir de las convenciones arbitrarias instituidas por el lenguaje. “El acto de nominación por parte del sujeto es, al mismo tiempo, un acto de enunciación, de interpretación y de autodenominación de su yo” (Karol, 1999: 89).

El Yo se realiza a sí mismo en el acto de nominación, asignando un nombre a aquello que no tiene nombre. Es decir, hace decible lo indecible de lo real. El Yo, al formular un enunciado decible de aquello del orden de lo indecible, liga una representación causal a una vivencia incognoscible en sí misma desde lo afectivo.

El Yo se autodetermina en el acto de nominación, y de este modo isntaura el movimiento del proceso secundario por medio del cual la realidad de lo simbólico ordena, desde la representación ideica, aquello que se presenta como real. El Yo se constituye en el intérprete de su propio enunciado, es decir, en el re-presentante de los enunciados de sí.

La existencia del Yo está dada por su capacidad de nominar, de interpretar los objetos del mundo y de otorgar significación a su afecto sentido. Por ello, el acto de significar es constitutivo del Yo en tanto que supone la puesta en juego de la inscripción de lo social que constituye el origen de la subjetividad. Esta subjetividad inscribe al Yo en los desfiladeros de la aprehensión de las significaciones que le permiten auto-referenciarse en la equivalencia de su identidad y en la diferencia de sus semejantes.

El Yo como intérprete de sus enunciados ad-viene en teórico de su proceso de historización, a partir del cual va narrándo-se a sí mismo en los relatos constitutivos y constituyentes de su identidad. De este modo, el Yo se construye en el espacio de un tiempo historizado.

La historia por la cual un sujeto se cuenta y se asume como tal exige, al igual que toda historia, que el primer capítulo no sea una serie de hojas en blanco; a falta de ello, el conjunto de los demás correría el riesgo de que un día una palabra al inscribirse, las declarase pura falsedad. Su particularidad establece que este capítulo sólo pueda escribirse gracias a los testimonios de aquellos que pretenden saber y ser los únicos que recuerdan lo que el autor ha visto, percibido, escuchado en ese momento lejano en que se escribió. “Yo nací”…; de ese primer momento, necesario para que exista la historia, el sujeto no puede saber nada más, como tampoco puede prescindir de ese saber: de ahí que lo tome necesariamente prestado del discurso de los otros (Aulagnier, 1994: 225).

El Yo: colono colonizado y colonizador de su experiencia cotidiana

La formación del Yo se hace efectiva a partir de la irrupción de un nuevo acto psíquico mediante el que se identifica con lo especular de su imagen. La imagen es anterior a la idea. Por lo cual, el proceso de nominación le posibilita al Yo ingresar al universo de las imágenes percibidas a partir de un contenido representacional.

El Yo interviene en el funcionamiento de los procesos secundarios, los que están conformados por el pensamiento vigil, la atención, el juicio, el razonamiento y la acción controlada. Los procesos secundarios tienen por función inhibir el proceso primario mediante el aplazamiento de la satisfacción que rige el principio de placer, a partir de las condiciones impuestas por la realidad, ligando la energía psíquica a una representación. De este modo, el acto de significación es condición necesaria para la existencia del Yo y para el despliegue de toda actividad mental.

El acto de significación inscribe al Yo en categorías espacio/temporales susceptibles de historización, en la medida en que estas adquieren un estatuto de sentido mediante el trabajo de interpretación. El estatuto de sentido que emerge del acto de significación atraviesa al Yo en la complejidad del tiempo historizado. El Yo enuncia un saber desde su presente, le permite realizar una re-visión acerca de su pasado y anticipar-se en un proyecto identificatorio futuro, al que adscribe como una manera de mirarse en una imagen ideal a la que aspira.

Sin embargo, para que el Yo se inscriba en la narración historizante de sus tiempos, es necesario que las primeras páginas de su relato sean escritas por una “mano extranjera”. “Ese relato sólo puede ser revelado a ese sujeto en constitución por esos otros significativos, porque ese sujeto deberá estar inscripto en una memoria que no es la suya” (Karol, 1999: 92).

Por lo antes dicho, el Yo emerge como colono colonizado por el deseo de Otro que lo ubica en su imaginario como aquel significante que en-cubre su incompletud. El Yo le pone el cuerpo a la necesidad de este Otro, quien a cambio le otorga el sentido significador que lo sujeta a la mirada deseante de constituirse en un ideal de perfección. El Yo emerge del ideal de un Otro que lo ubica como un Yo ideal: completo, integrado, ubicado en el lugar de en-cubridor de la propia falta. En lo sucesivo el trabajo del Yo consistirá en apuntalar-se en el deseo de Otro para aprehender-se en su propio deseo. El Yo está interpelado, desde la realidad, a colonizar su experiencia cotidiana.

El primer acto de constitución psíquica es aquel a partir del cual el Yo se enajena a sí mismo en la aprehensión de una imagen que adopta como propia a partir de la identificación. El Yo es la imagen que aparece en el espejo. Acto psíquico que unifica la vivencia corporal a la experiencia psíquica. A partir de este acto, al que Lacan designa como alineación fundante, el Yo debe realizar un trabajo constante por mantener la sensación de integridad y continuidad de sí mismo, mediante la apropiación de su deseo en el ad-venir como su propio ideal.

En lo sucesivo, el trabajo de complejización psíquica consistirá en que el Yo se auto-nomine y diferencie de la mirada ajena. Para ello debe transitar por los desfiladeros del proceso de auto-referenciar-se en las versiones historizadas de la complejidad de sus tiempos. El Yo se transforma en su propio proyecto. “Proyecto que es autoconstrucción permanente del Yo por el Yo, que permite un continuo movimiento, del cual depende la propia existencia del Yo” (Karol, 1999: 92).

La tarea del Yo está orientada a aprehender-se permanentemente en el acto de ligar su energía libidinal a objetos de la realidad, que se constituirán en los puntales a través de los cuales circula el deseo de completar lo que le falta. De ahí que el Yo esté interpelado a constituirse en el propio proyecto de su ideal. Proyecto que tiene por función “ofrecer al Yo la imagen futura hacia la cual se proyecta, (así) como preservar el recuerdo de los enunciados pasados, que no son nada más que la historia a través de la cual se construye como relato” (Aulagnier, 1988: 174).

El yo como acto de referenciación del sí mismo

La acción de sujeción del Yo a las estructuras del lenguaje supone la síntesis reflexiva que convoca el acto de posesión del mí mismo.

El Yo es un acto de ocupación del sitio egocéntrico, yo hablo. “Mí” es específicamente la objetivación del Yo. (…) “Yo soy mí mismo” quiere decir que el “mí” no es exactamente el “yo” (…) sino que es un acto de objetivación y diferenciación, de este “yo” que aparece “como el puro surgimiento del sujeto” (Morin, 1994: 74).

El surgimiento del Yo constituye un acto psíquico de consciencia que sitúa al Yo en el conocimiento de sí mismo. El Yo es idéntico a sí en la continuidad de sus versiones que ligan sus discontinuidades. La noción de identidad es entonces un acto de conocimiento y de re-conocimiento, mediatizado por el “mí”, que permite tratar objetivamente al ser sujeto. El , que es la objetivación del sujeto, remite al , que es la entidad corporal. En el están incluidos el yo y el mí. Surge aquí un principio de auto-referencia, mediatizado por el sí, en donde “Yo puedo tratarme a mí mismo”,” referirme a mí mismo”, porque necesito un mínimo de objetivación de mí mismo, a la vez que permanezco como yo-sujeto. Este principio de auto-referencia liga el “sí mismo” del Yo a la equivalencia: semejante/diferente, que ubica lo propio en relación con lo ajeno. “Y así se opera la distinción entre sí/no-sí, mí/no-mí, entre el yo y los otros yo” (Morin, 1994: 75).

En esta acción de auto-referenciarse, el Yo se auto-identifica con la imagen ideal de su deseo y de-viene en los itinerarios de su subjetividad. En tanto que la identidad es el producto de las interacciones entre el sujeto y el sistema social al que pertenece, la constitución del sujeto en la construcción de su identidad, a partir del de-venir de sus subjetividades, funda/hunde sus raíces en los intercambios relacionales y sociales. Ello hace que sujeto y sistema se constituyan recíprocamente, ya que el sujeto toma consciencia de sí en la relación-delimitación respecto de los otros y su contexto.

El sujeto se constituye como idéntico a sí en el reconocimiento de sí o autoreconocimiento, lo que le posibilita hablar de sí y actuar diferenciándose de los otros afirmando la propia diferencia. Sin embargo, el reconocimiento de sí que posee el sujeto necesita de un reconocimiento intersubjetivo o heteroreconocimiento para poder constituir su identidad. La posibilidad de distinguirse de otros debe ser reconocida por los otros. La unicidad que se produce y es mantenida a través del auto-reconocimiento y que se expresa con la afirmación “Yo soy mí mismo” se apoya a su vez en la pertenencia a un grupo; es decir, en la posibilidad de situarse en el interior de un sistema de relaciones.


  1. Término empleado por Piera Aulagnier (1988) para designar al sujeto infantil que manifiesta un estado de indefensión tal que requiere para sobrevivir de la asistencia de un Otro primordial: este es quien ejerce la función materna.


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