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4 Subjetividades: trazos del de-venir otro/s de sí

Gracias quiero dar al divino

Laberinto de los efectos y de las causas.
Por la diversidad de las criaturas

que forman este singular universo,
Por la razón, que no cesará de soñar

con un plano del laberinto, (…)
Por los ríos secretos e inmemoriales

que convergen en mí, (…)

Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre,

que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana,

que nos depara la ilusión de un principio, (…)
Por el sueño y la muerte,

esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.

 

Jorge Luis Borges

Este capítulo intenta conceptualizar la noción de resignificación identitaria como condición para realizar otros trazos de sí mismo, y ad-venir/de-venir subjetivamente otro/s de sí. El Yo en su trabajo de complejización psicosocial se construye a sí mismo mediante la participación en los intercambios que acontecen en los procesos de socialización humanizante. El Yo singular se constituye en su unicidad, mismidad e integridad a partir de las referencias provistas por el campo social y entreteje su subjetividad singular a los significados y sentidos de la subjetividad colectiva; en un interjuego que posibilita sostener lo inédito de ser sí mismo, a condición de re-significar sus visiones/versiones de sus modos de ser/estar en sus condiciones de existencia.

Sujeción, subjetivación, subjetividad: trazos itinerantes del de-venir identitario

El acto de subjetivación supone inscribirse en los códigos de Otro/otro en una relación que co-implica lo idéntico de sí a lo asemejable a un otro. Lo inmaterial de la re-presentación transmuta lo material del cuerpo biológico. De este modo, el cuerpo real se transforma en el escenario en donde lo simbólico lo re-presenta (lo hace presente en las ausencias) a través de un código lingüístico que lo torna susceptible de adquirir significación y sentido y lo adscribe a una forma imaginada.

El acto de sujeción a un orden cultural y simbólico se asienta en una política de subjetivación que sienta sus bases en la asimetría del deseo de un Otro que signa, designa y asigna un lugar dentro de una estructura de significación. Este Otro es condición de posibilidad, en tanto sus posibilidades están condicionadas a un universo de re-presentación que lo hace ser un otro junto a otros. La alteridad se construye en relación con la otredad.

Ser sujeto supone estar sujetado a un orden organizado a partir de las estructuras del lenguaje. Estructuras paradójicas que constituyen sistemas de sistemas que aparentan descansar en el monologismo homogéneo y unívoco del referente que re-presenta. Sin embargo, las estructuras del lenguaje están en constante vigilia con el dinamismo del referente, que ubica a la re-presentación en campos de referencias múltiples, abiertas, permeables al dialogismo móvil entre referente, narrador y lector. El sujeto se constituye en el sitio en que se produce el diálogo controversial de referencias múltiples, que intentan dar cuenta de los procesos del ser siendo a través de la ocupación de espacios temporales en donde circulan, chocan, se entremezclan y estallan sentidos existenciales.

El sujeto se constituye en el narrador que referencia sus procesos de historicidad a partir de la lectura de los trazos de sí. Estos le han posibilitado acceder a la posición subjetiva de ser sí mismo. El sujeto interpreta, decodifica e inviste de nuevos referentes y significados a la trama simbólica que inscribe su historia singular en las coordenadas de una historia colectiva, en el acto de lectura de los itinerarios que ha transitado para esbozar los trazados que otorgan sentido a su experiencia existencial temporal. De ese modo, el sujeto construye un texto de sí que contiene de manera organizada diversas versiones, visiones y narraciones que intentan dar cuenta del de-venir histórico de hacerse a sí mismo en el trabajo de vivir.

Ser sujeto es estar sujetado a las trampas ficcionales del lenguaje, en tanto el sujeto es quien enuncia un predicado y el predicado es quien anuncia a un sujeto. Sujeto y predicado son posiciones móviles que adquieren sentido en relación con un contexto. El contexto constituye el espacio intermediario en el que se expresa el debate que pone en crisis las referencias cerradas, canónicas, institucionalizadas de los modos de ser/estar dentro de las estructuras sociales, los modos de relación con el/los otro/s y las tendencias de lo que es definido como creación cultural.

El sujeto es trazado por los trazos de un contexto semiótico que lo inscribe dentro de campos sociales

cargados de sentidos subjetivos y de procesos simbólicos que se desdoblan en un conjunto de figuras sociales que habitan en esos espacios: discursos, representaciones, códigos, normas, moralidad, que están instituidos en un espacio social y definen la carga subjetiva de esos espacios (Díaz Gómez, 2006: 244).

El acto de subjetivación constituye un proceso continuo que realiza el sujeto en pos de posicionarse de modo singular y subjetivo frente a los modos de ser/estar propuestos por los campos sociales. El sujeto se objetiviza/subjetiviza a través de las lecturas de las narraciones que realiza de sí mismo. En ese mismo acto construye los trazos que tejen su subjetividad.

La subjetividad es un sistema que se constituye en la historia de una persona desde la multiplicidad de consecuencias de la trayectoria social de un sujeto singular, y que es inseparable de la producción de sentidos subjetivos de ese sujeto (…). La subjetividad se forma socialmente, pero no es la “suma objetiva” de lo vivido; representa una producción arbitraria y distorsionada de la experiencia vivida que se produce a partir de un momento real o imaginario en que un espacio de esa experiencia se carga de emocionalidad y se desdobla en múltiples alternativas simbólicas. O sea, ese proceso se da a partir de la experiencia vivida, pero no representa una expresión inmediata de esa experiencia, pues esa producción sólo se da a través de las configuraciones subjetivas de cada sujeto en momentos concretos (Díaz Gómez, 2006: 245-246).

El sujeto se constituye en el sitio en que habita la intertextualidad contextual y dialógica de sentidos múltiples. El sujeto referencia su experiencia vital a través de narraciones que predican el de-venir de sus elaboraciones psicoemocionales respecto de los cambios, la temporalidad y la proyectualidad.

A la vez, el sujeto es referenciado por un contexto que lo ubica en los intersticios de prédicas que aluden a cómo debe pensar, actuar y sentir según las normas regulatorias asignadas a su/s colectivo/s de pertenencia, inscriptas en coordenadas socioculturales particulares. De este modo, sujeto y predicado constituyen posiciones móviles que co-participan de la dialéctica referente, narrador y lector. De acuerdo con quién se ubique en la posición relativa de narrador/lector, el referente variará otorgando dinamismo al inacabamiento semántico en la asignación de sentidos múltiples.

Acerca de la identidad y su resignificación

La identidad personal se constituye en un continuum (Erikson, 2000). Es el producto de un proceso que articula las instancias de conformación intra-inter-transubjetivas en las que se performan las identidades individuales y colectivas. Desde esta perspectiva, no es posible pensar en la constitución de una identidad personal sin hacer referencia a los sistemas de representación en los que ella emerge y que operan como condición de posibilidad otorgada por el campo social organizado a partir de las estructuras del lenguaje (Yuni, Urbano y Arce, 2003).

La identidad personal

… supone la síntesis e integración de las autodefiniciones que el sujeto tiene de sí mismo. Es decir, la forma en que el sujeto se define, se describe e interpreta en tanto ser único y particular. (…) Se construye en el interjuego e interacción que se produce entre el auto-reconocimiento y el hetero-reconocimiento (Urbano y Yuni 2001: 52).

Por su parte, Inés Dussel sostiene que algunos “autores contemporáneos definen a la identidad como ficciones narrativas que nos dan un sentido de permanencia en el tiempo y de pertenencia a grupos determinados, que se construyen a través de la historia” (2000: 4). La identidad personal, en tanto síntesis, contiene las versiones que un sujeto realiza de sí mismo. Esas versiones esbozan los trazados de un argumento que el sujeto sostiene en un relato y en las narraciones que dan cuenta del de-venir subjetivo que la experiencia vivencial extrae al acontecer temporal.

A partir de sus ficciones narrativas el sujeto relata la historia de su historia, inscribiendo en este trazo subjetivo el acto del de-venir otro/s de sí. De-venir que expresa en el producto narrativo la integración de diversas versiones, visiones y registros cognitivos/afectivos respecto a la posición adoptada frente a los eventos vivenciados. De ahí que el entramado de estos argumentos “se teje en una malla de emociones y de desdoblamientos simbólicos, tan complejos, que no es regulado en forma inmediata por la intencionalidad del sujeto, ni por su capacidad consciente de elaboración, ni por sus discursos elaborados en el lenguaje” (Díaz Gómez, 2006: 245).

Los relatos que el sujeto realiza de los trazados e itinerarios que otorgan sentido a su acontecer temporal son ficciones narrativas, en el sentido de que adquieren el estilo de un texto novelado que ubica lo real del acontecimiento vivido en el registro de una construcción simbolizada imaginariamente. En la reconstrucción e interpretación del evento real que efectúa el sujeto narrador/lector de su itinerario vital, apela a la fantasía (consciente e inconsciente) y así produce una distorsión. El evento real es tamizado en la experiencia vivenciada subjetivamente y ubicado en un sistema organizado temporalmente, en el que, a partir de la atribución de sentido existencial que le confiere el sujeto, le imprime la jerarquía de evento significativo.

El acto por el cual el sujeto inscribe y se inscribe en las narraciones de los procesos representativos de su historicidad le permite sostener una identidad personal integrada en los aconteceres subjetivos de su temporalidad. Ese acto supone un trabajo constante de otorgar nuevos sentidos a la mismidad, a fin de incorporar dentro de la experiencia vital el de-venir de otros modos de ser sí mismo. Surge así un relato que genera una sensación de continuidad e integra las discontinuidades de tiempos, espacios y modos de aprehenderse subjetivamente, a través de procesos de subjetivación particulares, en el marco de contextos colectivos subjetivantes. Es que

… en la medida en que el ser humano entra en relación con otros y con cada espacio particular –existe un proceso de subjetivación que no es simplemente su subjetividad individual, sino la del espacio que está articulándose, y ahí siempre existe una tensión– esa relación entre la subjetividad social y la subjetividad individual toma desdoblamientos singulares, pues el sujeto tiene que producir espacios en esos espacios sociales (Díaz Gómez, 2006: 243-244).

De esa manera, la identidad personal se re-crea en el trabajo de otorgar sentido al diario vivir. Entendemos el acto de re-significación identitaria de la siguiente manera:

Re-significar supone actualizar las significaciones de los esquemas construidos a partir de conceptos individuales que se desacomodan de los lugares de significación e inter-cambian en la acción comunicativa. Mediante ella los sujetos realizan un movimiento de acomodación/desplazamiento de los autoconceptos que constituyen la versión de sí mismo. Esto exige el trabajo por re-visar/reordenar los modos de mirar/evaluar/valorar las acciones realizadas a través del tiempo y otorgarles un nuevo sentido en pos de una acción que incorpore y asimile los cambios. Trabajo interno de reelaboración que puede ser sostenido u obturado por los dispositivos ofrecidos por el contexto social (para hacer efectiva) la transmisión (de la cultura) (Urbano, 2006: 6-7).

En su trabajo de subjetivación cada sujeto realiza una reconstrucción de los itinerarios de sus procesos de historización y reactualiza las visiones/versiones que tiene de sí mismo respecto de su temporalidad en los quehaceres de su vivir. Estas reactualizaciones del acontecer temporal ubican al sujeto como narrador de su relato vital. Ese relato puede hacerse gracias a que el sujeto, en sus posiciones móviles, se ubica como el testigo de sí mismo; es quien testifica acerca de los trazos e itinerarios en los que ha de-venido quien es.

Esta acción de re-visar la propia historia supone una re-lectura de las versiones de relatos pretéritos que se re-editan en el presente. Re-lectura que muestra un cambio en los puntos de apoyo que le permiten al sujeto elaborar nuevas visiones sobre las que se asientan las actualizaciones de sus procesos de historización, su significación y sentido. Así el sujeto se constituye en el autor, protagonista, lector y relator de su propio texto historizante. Y es en estos procesos de historización en donde el sujeto re-significa su identidad personal y rescata, en sus relatos, lo que sobrevive de sí a través del acontecer temporal.

Políticas de subjetivación: dispositivos performativos en los que circulan trashumantes el deseo, la subjetividad y el pensamiento reflexivo/creativo

Los diferentes dispositivos culturales (que remiten a variados modelos organizacionales) operan como redes sociales de contención en los que simultáneamente se materializan procesos de socialización y políticas de subjetivación. Los dispositivos se constituyen en escenarios en donde se actúan los diversos modos que el sujeto tiene de aprehender-se subjetivamente.

Los procesos de subjetivación también están regidos y regulados por políticas de subjetivación que performan las alianzas que se establecen entre el Yo individual/personal con un Otro/otro particular/colectivo. En esas alianzas se hacen efectivos inter-cambios de necesariedades, sistemas de valores y creencias, modos de actuaciones y pautas de comportamientos.

La dimensión política de los procesos de subjetivación nos sitúa en los antagonismos y paradojas de las fuerzas que nutren los procesos de creación de diversas composiciones de tejidos sociales. Estos procesos creativos resultan de las interacciones entre las políticas de subjetivación y los procesos de agenciamiento que realizan los sujetos particulares, en pos de posicionarse frente a sus procesos de subjetivación. “La subjetivación es el proceso mediante el cual permanentemente se da esa integración simultánea entre los espacios individual y social” (Díaz Gómez, 2006: 244).

Mediante su acción el sujeto ejerce un impacto sobre los sistemas de representación social y define una posición dentro de los sistemas de referencia en contextos sociohistóricos específicos. Las políticas de subjetivación tejen las tramas que conectan los procesos de identidad personal a la asunción/adscripción/ocupación de una identidad colectiva.

La identidad se configura en los procesos de interacción del sujeto en su participación en los dispositivos culturales. Interacciones que son elaboradas, interpretadas e interiorizadas por el sujeto individual y a partir de las cuales se organiza la experiencia vital según las convenciones arbitrarias del lenguaje. “El lenguaje tiene una naturaleza social (…) es producto de una sociedad y expresión de una cultura (…) se adquiere en la comunicación y en el diálogo con los demás” (Mayoral i Arqué, 1998: 42).

A través del amamantamiento de la lengua materna el lenguaje opera como condición para que se efectivice el acto de sujeción, mediante la co-participación del sujeto en las políticas que rigen los procesos de subjetivación. En el sujeto la lengua materna resuena como una polifonía de voces que remiten a otros y que adquieren diversos sentidos polisémicos. Al respecto, Germán Vargas Guillén (2006: 166) dirá:

Así, pues, puede afirmarse que somos lenguaje, pero no nos agotamos en él. Hay un plus del lenguaje en que somos pasivamente constituidos, aunque ese “fondo” o “trasfondo” constituido se halle en el lenguaje o a través del lenguaje, hay una “fuente” que no se agota en él. (…) el sujeto mismo puede ser constituido con el lenguaje, pero lo que él mismo tiene –porta y comporta– es un plus que puede ser aquello a lo cual se refiere el lenguaje o aquello que queda insinuado por él mismo; es decir, puede tratarse de un “referente” o de un “horizonte”.

Ese plus que porta el sujeto lo saborea a través de la lengua materna que ha sido otorgada por la mano de un Otro primordial como representante de la cultura.

El primer Otro estará representado por la función materna, quien a partir del abastecimiento de la necesidad introducirá algo del orden de lo vincular que será objeto de representación, pues supone el agregado de algo más que la acción material de proveer cuidado y nutrición. Ese algo más es del orden de la significación y el sentido con que este Otro ejerza esta acción (Urbano y Yuni, 2005: 44). Este Otro nutre, asiste, arrulla, mima, toca, abriga, habla, imagina a su bebe (cría humana) como sólo un sujeto con una subjetividad constituida puede hacerlo (Karol, 1999: 84). Este Otro desde su propia necesidad reconoce o desconoce la necesidad del cachorro humano, la gratifica o descalifica, (…) desde su acción y significaciones, que no son sólo individuales sino también sociales, significa a la vez la experiencia del infans, contribuyendo a determinar cualidades de los objetos internos y formas de interpretación de la realidad (Quiroga, 1990).

La polifonía semiótica de la lengua madre comienza a desplegarse desde los orígenes de la constitución subjetivante. Es aprehendida a través de la inclusión en los dispositivos dispuestos por la cultura para su trasmisión. Desde su génesis, esa polifonía de voces actúa como una fuerza ciega determinante propia de lo inconsciente. De ahí que

… el sujeto no se autocomprende en un mero acto proposicional; como tampoco en el discurso, ni en el diálogo. Todos estos “momentos” abren mundo; en ellos también hay autoengaño, justificación, ideología, fe y otros ámbitos que “encubren” y en otros casos “recubren” la subjetividad; de modo que ella no se dice y no se muestra de manera transparente, ni prístina (Vargas Guillén, 2006: 166).

El sujeto es constituido a través de procesos de objetivación subjetivante, por medio de la pluralidad de voces que emergen de la lengua madre y que hacen del sujeto el sitio en donde habita el habla. Es que el sujeto

… se constituye de manera pasiva en el mundo del lenguaje que habla su entorno y va traspasando fronteras del lenguaje, hasta que llega a fungir en mayor o menor medida como lugar o agente del habla. Cuando (se) funge como voz en medio de un contexto: son los otros quienes le otorgan ese” poder”. Sus oídos y sus ojos, sus rostros, con sus respectivos cuerpos, al dispensar(le) su atención, pasivamente (lo) constituyen como un lugar del habla. (…) La voz (del sujeto) es parte de la polifonía de los otros (Vargas Guillén, 2006: 167).

El sujeto se aprehende a sí mismo en la síntesis activa que pone en juicio su experiencia de vida. A través de la re-visión reflexiva y crítica de la experiencia vivida, el sujeto hace uso de su voz mediante la palabra que otorga sentido ‒desde su perspectiva‒ a las categorías, posiciones y expresiones que le han sido otorgadas por las voces de padres, maestros, libros y agencias culturales.

En la acción reflexiva el sujeto sitúa en perspectiva aquello que resuena desde un trasfondo que le permite otorgarle un valor de propiedad a la otredad, objetivizando las resonancias de las voces que lo constituyen, y se subjetiviza en la entonación de su voz. De este modo, el sujeto se agencia en su voz como otros de sí, en diálogo interno con las voces que con-forman su horizonte comunitario. “Y en ese paradójico despliegue del habla va apareciendo la voz de la ciudad, de la nación, de la cultura, de la época” (Vargas Guillén, 2006: 167).

En su bio-grafía el sujeto elabora los trazos que inscriben su experiencia vivida en las validaciones que hacen suyo el sentido de apropiarse con su voz de aquellos ecos que resuenan de las marcas instauradas en la intersubjetividad, en las acciones realizadas en los dispositivos culturales que demarcan los contornos de su experiencia vital. Los procesos de producción creativa del acto de subjetivación engendran sus condiciones de posibilidad/imposibilidad en las marcas que han dejado en el sujeto las huellas de los dispositivos culturales. A través de esas marcas se imprime, a la manera de código, la violencia simbólica que adquiere eficacia en las acciones que intentan (de)codificar los sentidos y significados de lo que aparece escrito como texto bio-gráfico.

El texto bio-gráfico se manifiesta en una narrativa que pretende hacer un relato de los itinerarios y desplazamientos que el sujeto ha transitado para arribar a la síntesis de sí mismo. Ese texto de-vela los hilos que entraman trazos de sentido que se expresan en formas discursivas engendradas en vistas tomadas desde un punto del campo social y personal. El relato argumental se oferta en una variedad de tramas argumentales integradas y coherentes, que son presentadas como un todo que, en el mismo acto de de-velar, oculta los itinerarios y trayectos que han hilvanado los espacios, tiempos y movimientos discontinuos, disruptivos, heterogéneos, paradójicos y antagonistas del proceso de constitución subjetiva.

El texto bio-gráfico posee un intertexto que se abre a la multiplicidad de interpretaciones. Texto bio-gráfico/narrador/lector se enlazan en sus condiciones de otredad. Es decir, interactúan desde la alteridad que los define como un todo autónomo, abierto a los flujos de interpretación intra, inter y transubjetiva. De este modo, texto bio-gráfico/narrador/lector circulan en espacios, tiempos y movimientos socioculturales heterogéneos, diferenciados y diferenciables.

Texto bio-gráfico/narrador/lector se constituyen en otredades que conectan los dijes de la necesidad, la demanda y el deseo a procesos políticos de subjetivación. Procesos a partir de los cuales se engendran, figuran y transfiguran las itinerantes subjetividades que circulan a la deriva: a veces a la intemperie; otras sin posibilidades de ver cielo abierto, tapadas tras el silenciamiento e invisibilización de su expresión; otras distorsionadas en el exceso de interpretación.

A partir de una geopolítica del poder, en la que se encuentran imbricados la subjetividad y el deseo, las posibilidades que tiene el sujeto para desandar los trazos que han configurado los itinerarios, trayectos y destinos seguidos en los procesos políticos de subjetivación engendran sus propias condiciones de imposibilidad. Esas condiciones de imposibilidad se generan en los entrecruzamientos de las diferentes capas de realidad, impuestos por la heterogeneidad de la composición formal de los tejidos sociales y de las fuerzas que agitan los marcos de referencias, de modo que otorgan sentido a las formas de discursos que dan cuenta de las diversas prácticas sociales. Formas de discursos que no constituyen en sí prácticas, sino representaciones de las prácticas.

Cualquier pretensión por parte del sujeto de cartografiar en un sistema único de representación los espacios, tiempos y movimientos sociales que configuran formas de subjetividades y políticas de subjetivación conduce a la contextualización de los trazos de las formas de discursos en escenarios de “fragmentación de los espacios, las discontinuidades de los tiempos y la diversidad de los movimientos de los que participan unos y otros, impiden así pues postular de entrada la existencia de un sistema (narrativo) único” (Perus, 1995: 42).

Existe una relación de reciprocidad entre pretexto/texto bio-gráfico/contexto. Reciprocidad que se sustenta en la heterogeneidad de la polifonía de voces, inscriptas en las formas discursivas articuladas en composiciones estilísticas que dan forma al contenido de la representación, pero que no son la representación. Esta a su vez no es el reflejo ‒copia fiel‒ del objeto representado. En estas coordenadas, los procesos de creación del tejido social son indisociables de los procesos de disolución. Todo acto creativo supone algo de invención. Toda invención constituye la combinación de elementos que ya tienen existencia propia. Se crea a partir de la existencia de algo existente. Y este algo cambia de composición, en tanto puede descomponer lo propio e incorporar algo de lo ajeno, para constituir algo inédito y novedoso.

En este acto de des-estructuración de un orden radica el principio de subjetivación: sostener el ser desde la individualidad de un particular, que puede ser identificable con un colectivo en una relación de semejanza. El colectivo contiene algo de las particularidades de lo singular y viceversa.

Conflicto y crisis: momentos oportunos para el cambio

La geopolítica del deseo constituye el espacio multirreferencial en el que circulan, fluyen, chocan, se dispersan y aglutinan las condiciones de posibilidad/imposibilidad en las que se inscriben y escriben los procesos de creación intra, inter y transubjetivos. A través de los intercambios intersubjetivos, la lengua materna conecta efectivamente los particularismos sociales contextuales a procesos macropolíticos en los que se articulan espacios, temporalidades y movimientos procesuales complejos y heterogéneos.

El contexto cultural es el espacio en donde se expresa el conflicto que emerge de la descomposición de ciertas formas, estilos y modos de vida, y la gestación de otras formas de ser/estar dentro o fuera de los dispositivos culturales. El debate abre paso a la interpelación de formas discursivas instituidas como hegemónicas; los centros se desplazan hacia los márgenes; los márgenes pugnan por encontrar su centro y se desestabilizan las certidumbres.

La crisis de las certezas en los sistemas de referencias produce un cambio en los modos habituales de funcionamiento. Cambio en donde emergen reacciones diversas ‒angustia, ansiedad, inseguridad, parálisis, resistencia, negación, etc.‒ tanto en el interior de los sujetos como en las relaciones intersubjetivas. Los componentes del tejido social se ven afectados, sensibilizados e interpelados a negociar mecanismos de compensación que le permitan enfrentar, afrontar y resolver aquello que se presenta como conflictivo.

El debate contextual abre canales para la manifestación de escisiones, disrupciones, discontinuidades y fisuras en los espacios, temporalidades y movimientos culturales que hasta el momento presentaban formas de discursos aparentemente cerrados, homologados a estatutos instaurados desde posiciones definidas a partir de cierta estabilidad preestablecida.

De este modo, el debate acerca de los sistemas de referencia ubica a los sujetos en lo que Bajtín (citado por Perus, 1995: 36) llama una zona de contacto máximo con el presente de la cultura en devenir, en donde la realidad se presenta como un intertexto que conlleva en sí el dinamismo y la reversibilidad del inacabamiento semántico, que permanece abierto al contexto de su recepción por parte de los agentes sociales.

La zona de contacto máximo con el presente de la cultura en devenir posibilita el diálogo entre la codificación y la (de)codificación de lo propio en lo ajeno, de lo colectivo en lo individual, de lo subjetivante en lo objetivante. Aquí radica la intertextualidad de las co-implicaciones que propone la acción dialógica y que da lugar a movimientos de asimetría, oposición y complementariedad de sentidos y de formas discursivas.

La crisis de los sistemas de referencias en un contexto determinado interpela a los sujetos para que movilicen recursos que pongan en marcha mecanismos de compensación que les permitan adaptarse a los cambios que el movimiento vital del tejido social impone/propone a la vida cotidiana. Estos mecanismos de compensación exigen el trabajo, por parte del sujeto, de extraer a las pérdidas una ganancia. Trabajo psíquico que supone acomodar el dolor que produce la pérdida de una posición de autorreferencia y dejar de combatir aquello que se propone como nuevo, en pos de seguir elaborando/restaurando/reconstruyendo sistemas de referencias actualizados que le permitan aprehenderse en sus representaciones.

El trabajo de adaptación consiste en la posibilidad que se otorga/n el/los sujeto/s para reubicarse en una nueva posición, mediante la re-definición de los sistemas de pertenencia/referencia que le/s permitan otorgar nuevos sentidos a formas de discursos preestablecidas. Este trabajo es posible por la entrada en escena del pensamiento reflexivo y creativo que atenúa las emociones dispersas que impiden la generación de condiciones de producción para poner en movimiento la invención de lo posible. De este modo, los sujetos agencian activamente los procesos de cambios existenciales, sociocontextuales y participan activamente de los procesos de producción de la cultura.

En las encrucijadas de la repetición y de la creación de lo posible

Participar de los procesos de producción de la cultura supone, por parte del sujeto, el pasaje de ser actor reproductor de un orden preestablecido a ser agente productor de cultura. Los sujetos, en tanto actores reproductores de cultura, interpretan un papel social que está inscripto y escrito en la composición del tejido social bajo la forma prescriptiva de aquellos modos de ser/estar/actuar desde un deber ser esperable. Transformarse en agentes productores de cultura supone una participación activa en el otorgamiento de sentido de las pautas y discursos sociales instalados en el “deber ser” de una sociedad, con el fin de adecuar el ser social a las competencias, recursos e interpretaciones de los sujetos individuales y colectivos.

El sujeto se define por la posibilidad de una producción de sentidos que abre espacios singulares, dentro de contradicciones con otros espacios. Cuando (se) pierde la capacidad individual de producción de sentido, en el ámbito institucional o en cualquier otro ámbito social, (se) pierde la condición de sujeto (Díaz Gómez, 2006: 244).

De esta afirmación se desprende que lo propio del sujeto se encuentra en la dialéctica producto/productor/producido, a partir de la cual el acto de sujeción se inscribe en el de-venir de lo posible. “Cuando el sujeto pierde la capacidad de producir sentidos subjetivos, y queda rehén de configuraciones subjetivas que se expresan en el sufrimiento y en los síntomas (Díaz Gómez, 2006: 247), enajena su capacidad para devenir otros de sí, se cierran universos de posibilidad. En ese caso el acto de sujeción se constituye en la mordaza que encadena el deseo de otorgar sentidos particulares a la existencia, dentro de un contexto colectivo.

El sujeto queda escindido de su propia capacidad para otorgar sentido a acciones novedosas. Es decir, no puede acompañar sus acciones y representaciones con una producción de sentidos subjetivos renovados. El sentido queda atascado en definiciones pretéritas, en tiempos pasados, y lo porvenir permanece ligado a una repetición de algo acontecido. La espera de que en la existencia se produzca algo ya producido, des-liga la fantasía creativa de la invención de un proyecto posible; pues no se construye en pos de alcanzar algo que no se tiene y se desea, sino en pos de recuperar algo perdido. El sujeto se pierde en el sufrimiento de lo perdido y en el sin sentido de lo sentido como perdido.

Ocupar la posición de agente productor de cultura supone que los sujetos puedan escuchar los imperativos de las necesidades que tensionan la vitalidad en sus posibilidades y condiciones de subsistencia; establecer demandas que den cuenta de los requerimientos que se necesitan para seguir siendo, a partir de condiciones de existencia que se correspondan con los propios deseos; y movilizar el deseo vital de apropiarse del placer que se pone en juego en las invenciones de lo posible, sostenidas por la confianza y la espera del por-venir de una ilusión. Para todo lo cual, es condición que se produzca en los sujetos

… la superación de la anestesia de la vulnerabilidad al otro. Propia de las políticas de subjetivación en curso. Es que la vulnerabilidad es condición para que el otro deje de ser simplemente un objeto de proyección de imágenes preestablecidas y pueda convertirse en una presencia viva, con la cual construimos nuestros territorios de existencia y los contornos cambiantes de nuestra subjetividad (Guattari y Rolnik, 2005: 479).

El texto bio-gráfico: trazos que inscriben en representaciones el de-venir de las memorias de sí

El texto bio-gráfico supone la narración de un relato que conjuga en un hilo argumental, aquellos elementos conscientes acerca de los trazos que el sujeto ha realizado en los recorridos que configuran su continuo acto de subjetivación y a través del cual se otorga sentido a la experiencia de sí mismo. Estos relatos se encuentran tamizados por la selectividad de la memoria, que inscribe en el recuerdo las huellas de un evento acontecido. Sin embargo, el recuerdo no es la inscripción del evento sino la/s referencia/s que intentan representar en un sistema ideativo ese acontecimiento.

El recuerdo es el resto representativo de lo que queda del acontecimiento vivido. Sin embargo, este resto es simbolizado a través de una narración que se asienta en un proceso complejo en el que co-participan los sistemas inconsciente/consciente e intelectual/afectivo, que le extraen al acontecer de lo vivido una representación que la ubica dentro de un sistema temporal historizable. Las huellas e inscripciones de cada evento son desandados desde el punto de llegada hacia el sitio de retorno, pero este se emprende a partir de un tiempo diferido (el presente) y se asienta en un punto que referencia la vista y que ubica el evento en perspectiva. De ahí que el recuerdo contenga la superposición de tiempos, espacios y movimientos de historización intra, inter y transubjetivos.

La narrativa personal se inscribe en la bio-grafía del sujeto, y así demarca los trazos e itinerarios seguidos en la construcción de la experiencia de sí mismo. Esta construcción se manifiesta como un relato organizado a partir de la apropiación de la experiencia vivida, cuyo propósito es ser transmitida a otro/otros como los relatos de sí mismo. De este modo, la narrativa es la fracción de la apropiación del sentido de la propia existencia de sí, ubicada en sistemas de representaciones realizadas en contextos en donde la versión del relato constituye una puesta en escena para ser vistos por otros.

La experiencia de sí permite al sujeto objetivar los procesos por los cuales ha llegado a esbozar los trazados de la construcción de la experiencia de sí mismo. Pero en el mismo momento en que esos procesos son relatados, adquieren el estatuto de un texto autónomo, abierto a la interpretación y al otorgamiento de sentido por parte del contexto, que lo acoge como el relato de la experiencia de vida del sujeto, y legitima así ese fragmento de verdad.

Este fragmento verdadero de la experiencia de sí se ubica en las secuencias temporales de un tiempo historizable y adquiere la coherencia sistemática de un argumento que da cuenta de los procesos que ha realizado el sujeto para de-venir en lo que es. El sujeto cuenta algo de sí para ubicarse en el contexto desde su temporalidad, pero da cuenta de los fragmentos que han sobrevivido a lo vivido y los ordena selectivamente de manera intencional según la audiencia a quien vaya dirigido.

El sujeto produce/propone un texto de sí en un contexto referencial que pone nombre a la experiencia vivida y que expresa no sólo lo que puede mirar o lo que puede decir, sino lo que quiere contar acerca de sí. La manera que tiene el sujeto de contar sobre su experiencia vivida construye formas de narrar-se, las que en el mismo momento en que son relatadas ubican la temporalidad en los trazos de la representación que liga lo que cuenta de sí con los procesos de elaboración/gestión de su identidad personal. Tanto lo que cuenta como lo que calla, lo que puede como lo que quiere decir, ubica el de-venir de la subjetividad como una operación en la que se construye, compone e inventa el relato que porta los sentidos que el sujeto otorga a la existencia, a partir de la experiencia vivida.

Es decir, la evaluación del contexto ‒en tanto audiencia hacia quien va dirigida la narración‒ de su experiencia de sí por parte del sujeto condiciona la visibilidad del texto emergente. El sujeto cuenta/narra menos de lo que sabe, sabe más de lo que cuenta, calla más de lo que dice, dice menos de lo que piensa. Y aquello que narra de una manera ficcional ubica al/los personaje/s de la ficción con diversas intenciones de ex-posición: algunas las de-vela, otras las oculta.

No todo lo que se sabe se recuerda, ni todo lo que se recuerda se cuenta, ni todo lo que se cuenta se ex-pone visiblemente. Recuerdos recordados, olvidos recordados…, recuerdos que se dejan en el olvido, olvidos que se traen al recuerdo…



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