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3 El yo: espacio en donde los ecos de las representaciones resuenan/estallan en subjetividades

No hay ninguna naturaleza, sólo existen los efectos de la Naturaleza: la desnaturalización o la naturalización.

 

Jacques Derrida

Reflexionar acerca de los procesos que conforman la constitución de los sujetos en el entramado de inter-relaciones de las sociedades y las culturas del que emergen identidades sociales y que apoyan su expresión en subjetividades (individuales y colectivas) obliga a reconsiderar la cuestión de las representaciones representantes del orden simbólico.

Vivimos en un universo construido por re-presentaciones, por lo que la aprehensión de lo real solo es posible mediante construcciones simbólicas que transforman y performan la naturaleza pura de lo real. Las representaciones operan como una pátina que re-cubre y en-cubre aquello que es en sí y sin las cuales no podríamos llegar al conocimiento del fenómeno a través del cual los objetos se hacen evidentes para el sujeto.

Las representaciones se constituyen en la intersección mediadora entre aquello que es en sí mismo, las construcciones de significado en torno a ello y la manifestación de ese significado que se materializa en la asunción de un fenómeno que se hace visible a la percepción. Ese fenómeno puede ser objetivado a partir de la elaboración descriptiva, interpretativa y explicativa de aquellas características que presenta en su materialidad, las que adquieren sentido desde las estructuras de significación que organizan su percepción.

Todo acto discursivo se constituye en el re-presentante de un conjunto articulado de representaciones que adquieren y otorgan sentido a las cosas, en la arbitrariedad por la que han constituido su eficacia simbólica alojándose en la memoria de la sociedad. Los discursos sociales se imbrican con prácticas que son manifestaciones materiales que producen y recrean los efectos de aquello latente en su eficacia simbólica. La deconstrucción de los procesos mediante los cuales las prácticas son performadas a partir de la discursividad produce un efecto de concientización reflexiva que permite desnaturalizar aquello naturalizado y posibilita a los sujetos agenciar sus procesos de cambio.

Sin embargo, el acto mismo de de-construcción al develar instaura un nuevo velo que desplaza un nuevo ocultamiento que podrá ser objeto de otra acción de-constructiva. El acto de de-construcción se institucionaliza en un nuevo discurso social que se materializa en una práctica de actuación que instituye como oposición su propio instituyente.

La instancia simbólica: urdimbre en la que se entretejen entramados
de re-presentaciones

No nos damos cuenta de la prodigiosa diversidad de juegos de lenguaje cotidianos porque el revestimiento exterior de nuestro lenguaje hace que parezca todo igual.

 

Ludwig Wittgenstein

Antes de la palabra no existía la realidad. Aquello era lo que es, sin nominación ni designación alguna. Lo que es, existe a priori de aquello que nomina a lo que es. Estamos en el entramado dialógico de aquello real que es lo que existe per se, lo que nomina a lo que es construyéndolo a partir de lo simbólico y del reflejo imaginario que refracta una imagen que hace presente la visión obtenida a partir de un punto de referencia en el que se asienta “la vista tomada desde un punto”. Estamos en un universo construido por cadenas de significantes, que se unen en la acción de significar algo que es susceptible de ser aprehendido a través de la re-presentación.

Re-presentar es hacer presente algo que está ausente. La re-presentación ocupa el lugar inaprehensible de lo real per se, sustituyendo la (im)posibilidad de acceso a lo que es en sí por y con la presencia de un significante. Re-presentar supone aprehender lo que es desde un código que, en el momento de efectivizarse, trans-forma aquello que nombra, lo contiene en parte y pierde aquello que es en sí.

El ser es inaprehensible en su forma pura. La re-presentación desde lo simbólico vivifica aquello que hace presente. Trae al presente aquello ausente. Hace visible algo que no está a la vista. Hace presente la ausencia. Toda re-presentación deja un lugar vacío para que se cuele un significante. Las re-presentaciones son las representantes de la ausencia, y por ello están signadas por la marca de aquello que le falta al signo/símbolo para designar al Ser. Llevan inscriptas en sí su imposibilidad de hacer transparente y visible lo real del ser. En el intento de aprehenderlo estructuran desde lo lingüístico aquello que re-presenta el ordenamiento de las normas regulatorias, instauradas por aquellos que tienen en sí la autoridad de conferir sentido a la realidad.

Acerca del proceso de etiquetamiento simbólico que opera como atribución de identidad

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

 

Ludwig Wittgenstein

El proceso de sujeción de los individuos humanos a los sistemas sociales se opera a partir de un acto de violencia simbólica. Mediante él se asigna un código semiótico que signa arbitrariamente a un orden legislado por las estructuras del lenguaje. El individuo humano antes de ser sujetado a lo simbólico es acogido en una estructura de significación que lo nomina con un código significante lingüístico que es previo a su condición de existencia. Dichos códigos se imponen arbitrariamente, signando un lugar susceptible de ser interpretado e interpelado en el marco del uso arbitrario de ellos.

El acto de sujeción opera otorgando un código de sentido para la designación de lugares que habilitan la existencia desde la re-presentación de este individuo perteneciente al linaje humano. Constituirse en sujeto supone operar desde un lugar de significación designado arbitrariamente y aprehendido como propio a partir de la adhesión desde la pertenencia. De este modo, cada sujeto entra en la trama de significación de lo simbólico, a través de la naturalización de los códigos que son aprehendidos por medio de los contactos socializantes.

El sujeto es con-formado a partir de la designación externa, condición de referencia que le otorga un lugar de reconocimiento dentro de las estructuras sociales. Ese lugar de reconocimiento conlleva en sí la de-signación de un concepto que re-presenta una idea y que contornea los límites de la apariencia de una imagen en la que se manifiesta. Este reconocimiento a partir de la designación externa distribuye en su asignación un valor social en el cual se conjuga la semejanza y la diferencia de la singularidad de cada sujeto que se constituye en un Yo. De esa manera, el Yo actúa como re-presentante de la estructuración lingüística y como portavoz de los enunciados de esa estructura.

La constitución del Yo puede entenderse como aquella instancia psíquica capaz de sujetar-se a su propio enunciado. El Yo se constituye en el sujeto que enuncia y adquiere consciencia de sí en los predicados de su enunciación. De este modo, el surgimiento del Yo ubica al sujeto en el reconocimiento de sí a partir de la apropiación de los conceptos provistos por la cultura.

El Yo re-presenta el acto a partir del cual el sujeto personaliza su propio nombre. Desde lo lingüístico, el Yo es un pro-nombre que puede sustituir al nombre o ubicarse delante de la acción. De ahí que lo característico de su atribución lo constituya la singularidad desprovista de género. Desde lo psicológico, el Yo constituye el momento a partir del cual se expresa la apropiación a un orden cultural y simbólico. Acto de complejización psíquica que permite operar el pasaje de individuo de necesidad –ejemplar perteneciente al campo de la naturaleza pura– al sujeto de la re-presentación.

El surgimiento del Yo constituye un acto de afirmación de la singularidad de la existencia. Esa afirmación supone la apropiación de un cuerpo que adquiere unicidad y se esquematiza a partir de la re-presentación de su imagen. El Yo constituye la referencia de la conciencia en la que esta se re-presenta; es decir, la consciencia del Yo constituye su propia re-presentación. La identidad personal está constituida por el conjunto de autoconceptos que el Yo reconoce como re-presentativos de sí mismo. Todo acto de consciencia sitúa al Yo en el centro de sí mismo, pues es quien emite sus predicados a partir de la posición de sujeto cognoscente.

El sistema social: espejo en el que se refleja y refractan semejanzas y diferencias

No conocemos gente sin nombre, ni lenguas o culturas en las que no se establezcan de alguna manera distinciones entre yo y el otro, nosotros y ellos.

El conocimiento de uno mismo –siempre una construcción pese a que se considere un descubrimiento– nunca es completamente separable de las exigencias de ser conocido por los otros.

 

Calhoun

El Yo se constituye en aquella instancia psíquica que sintetiza en sí los contenidos que referencian su identidad. La identidad personal que caracteriza al Yo en tanto sujeto cognoscente se configura en relación con la proximidad que le confiere el reconocer-se en los vínculos con otros semejantes. Estos vínculos de proximidad en los cuales el Yo reconoce su pertenencia le permiten incluir-se dentro de un nosotros con el cual identifica su semejanza y, a la vez, diferenciar-se de un ellos en el cual deposita su diferencia.

El Yo se implica a sí mismo en la membresía a un colectivo que opera como grupo social de pertenencia, con el cual constituye una unidad diferenciada y diferenciable. La adhesión a un colectivo implica al Yo en las inter-acciones englobadas en la paridad de relaciones re-presentadas a partir del nosotros, que se oponen y diferencian frente al ellos.

La condición para que el yo se identifique con su propia unicidad la constituye la alteridad con lo ajeno. Surgen así los colectivos que son clasificados a partir de una denominación que los engloba dentro de una etiqueta que opera como designación externa. Estas etiquetas se valen de categorías hegemónicas como el sexo, el género, la etnia, la edad y la orientación sexual. De acuerdo con el valor social que con-lleven en sí, estas categorías se constituirán en “bienes” simbólicos apreciados o depreciados, condicionando así la deseabilidad de apropiación por parte de los sujetos designados.

Estas categorías suponen modos de re-presentar a los sujetos a partir de criterios de de-signación externa, que se constituyen en representaciones sociales en tanto funcionan como

conjuntos organizados de creencias compartidas por los miembros del grupo y localizadas en la memoria social (…) Las representaciones sociales constituyen el medio por el que las personas como sujetos de cultura aprehenden y se apropian de los hechos de la vida, del ambiente propio, de la información que circula en él. Son modos de interpretar, pensar, categorizar la vida cotidiana que en gran medida se forman, cambian y reproducen a través del discurso aunque éste no sea la única práctica social a tomar en cuenta en la aproximación al conocimiento de lo social. (…) Las representaciones sociales son parte del conocimiento de sentido común, son construcciones con estatus de teoría ingenua que sirven para interpretar la realidad y para (orientar) la acción (Yuni, Urbano y Arce, 2003: 22-23).

Las categorías que circulan a través de los discursos sociales se alojan en la memoria colectiva y se materializan en prácticas que proyectan los criterios de clasificación en los colectivos de sujetos. Estos reciben esas categorías como etiquetas a partir de las cuales se los reconoce e identifica en el campo social. Los atributos asignados a esa identidad social pueden estigmatizar a ciertos colectivos de sujetos o prestigiarlos, según el valor social que se atribuya a la diferencia que portan y sostienen como baluarte identificatorio.

La estructura social se con-forma a partir de un proceso de diferenciación, clasificación y segmentación que opera agrupando a los sujetos de acuerdo con clases/categorías en que los ubica conforme a una posición de poder, según la acumulación del capital simbólico o económico que posean. La acumulación de bienes culturales y materiales de-limita el acceso a campos sociales que diferencian las condiciones que los sujetos tienen para la satisfacción de sus necesidades primarias y secundarias. La posición relativa en el campo social performa los puntos de vista a través de los cuales los sujetos definen y diferencian aquello que es primordial de lo secundario. De este modo, el entramado social está organizado a partir de estructuras que descansan en la desigualdad y la asimetría de los inter-cambios distributivos. Estos se expresan en interacciones de oposición complementarias entre los sujetos que intentan acceder a posiciones de igualdad.

Lo performativo del etiquetamiento social sobre la materialidad real del cuerpo singular de los sujetos

En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme. Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdido, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío no. Ni siquiera puedo decir si es lindo o feo. Pienso que es feo porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra.

 

Jean-Paul Sartre

El cuerpo social imprime su sello sobre los cuerpos singulares de los individuos a los que sujeta a un orden cultural. Esa impresión funciona como ley que institucionaliza los estatutos de constitución social, que regulan “normativamente” las condiciones y atributos de clasificación, a través de los cuales se les otorga a los miembros de una comunidad un lugar visible. El cuerpo social se constituye por y de los cuerpos particulares de sus miembros, a los que les ha impuesto un código de atribución de sentido y de valoración social. Este se pone en juego en la trama inter-activa de los inter-cambios sociales.

El cuerpo real de cada sujeto particular es atravesado por lo simbólico en el mismo momento en que comienza a desplegar su desarrollo y adquiere el estatuto de un lenguaje susceptible de de-codificación y, por ende, de de-construcción en los procesos que han performado sus condiciones de existencia. El carácter performativo de lo simbólico se manifiesta en el registro re-presentante de un orden social y cultural, que contiene en sí aquellas convenciones arbitrarias que imponen el sentido de las significaciones consideradas válidas y que operan como normas que regulan las posiciones de los sujetos dentro del campo social.

El cuerpo material de cada sujeto se constituye en el espacio en donde se co-implica la inmaterialidad del significante simbólico re-presentante de la re-presentación y la materialidad que hace visible algo que está contenido en la significación. Por ello, no es posible pensar en el cuerpo físico-biológico como lo concreto pre-existente a todo acto de nominación, sino más bien como el sitio en donde habita la palabra que se corporiza en una imagen; en este caso, la imagen corporal.

En el cuerpo real de cada individuo singular, se articula lo performativo de lo simbólico y la refracción anticipada de una imagen que aparece como figura y hace semblante de sombra, ya que al visibilizar de-vela e instaura su propio velo. En la categoría simbólica cuerpo se articulan las significaciones de las categorías sexo y género. Estas instauran regularidades normativas que imponen las condiciones en que este cuerpo de-signado mediante un sexo debe normalizar sus acciones, con-forme a las atribuciones determinadas por el género.

De esa manera el sexo y el género se materializan matrizando operativamente al cuerpo biológico a través de los procesos de sexualización y de generización; a partir de ellos se pre-figura aquello que se manifiesta en una apariencia que adquiere determinado valor en el inter-juego de las relaciones sociales en las que el sujeto co-participa activamente.

Los sujetos portan sus cuerpos con-forme a los aprendizajes sociales realizados en la trayectoria de su desarrollo. Esos aprendizajes serán significativos en tanto re-presentan aquellas adquisiciones de conocimientos y saberes valorados por el sujeto que van transformándose en el curso de la vida. No obstante, la significatividad de lo aprehendido no es del todo original, sino que responde a la matriz social propia del contexto socio-cultural en sus variaciones históricas, en la que el sujeto despliega su experiencia vital.

La co-participación de cada sujeto en el entramado social está impregnada de aspectos socioafectivos performantes que le permiten portar su cuerpo para expresar su modo de ser. Los procesos de sexualización y generización son parte del engranaje de la socialización y funcionan como condición de reconocimiento de las diferencias de sexo (consideradas de base anatómica) que han sido categorizadas como norma.

Los sujetos naturalizan las diferencias sexuales anatómicas y les atribuyen una normatividad en la portación de caracteres que se valen de lo generizante para instaurar en sus comportamientos el par binario masculino/femenino. De esa manera la estructura cultural opera el acto de sujeción a un orden en donde lo natural de las diferencias sexuales anatómicas se transmuta en una asignación de cualidades conforme a la división binaria de lo pasivo/receptivo/delicado/introspectivo a lo femenino y lo activo/dativo/rudo/extros-pectivo a lo masculino.

El cuerpo real de los sujetos se inviste de atributos simbólicos que actúan como máscaras sociales que lo en-cubren a la manera de pátinas y que se solapan corpóreamente, de modo que le otorgan una materialidad polisémica y polifónica. Es decir, el cuerpo real es atravesado/construido por la instancia simbólica que performa su actuar y le otorga un valor a su existencia en el escenario de lo social.

El cuerpo real de cada sujeto se compone de/por articulaciones complejas de sentidos y voces que lo codifican a partir de significaciones que le otorgan una posición en el inter-juego de lo social. Este cuerpo se convierte en objeto de diseño no solo desde su apariencia física/material, sino también desde su significado inmaterial en tanto que es el representante de las representaciones de un orden socio cultural.

La aceptación que el/los sujeto/s tiene/n de la portación de su propio cuerpo estará condicionada por las normativas de lo que proponga como valioso el contexto socio-cultural de cada época. Desde esta perspectiva, es posible pensar que las diferencias sexuales a las que se les ha atribuido un carácter generizado son portavoces de las asimetrías que tienen los sujetos en la capacidad de influir sobre la construcción de significación respecto a su cuerpo y su corporeidad. “Afirmar que las diferencias sexuales son indisociables de las demarcaciones discursivas no es lo mismo que decir que el discurso causa la diferencia sexual” (Butler, 1993: 18).

Si bien las diferencias sexuales asientan su existencia en el orden de lo biológico, la atribución de sentido y de valor otorgado a estas diferencias va por cuenta de las construcciones semióticas que tienen eficacia simbólica sobre ellas. De este modo, se opera un proceso de corporización sobre los cuerpos reales y materiales de los sujetos, mediante las atribuciones de valor simbólico que demarcan la importancia de estos cuerpos en función del sexo, la edad, la etnia y la clase social.

Los sujetos portan sus cuerpos conforme a las convenciones del orden cultural del que devienen lugares diferenciales asignados según la portación de estos caracteres. De ahí que se establezca una asimetría en la valoración social de estos cuerpos y en la ubicación de los sujetos que los portan en el campo social.

La distribución valorativa implícita en las re-presentaciones sociales condiciona el lugar que los sujetos tienen en el engranaje de oportunidades socio-culturales y que se imprimen como un sello en la portación de sus cuerpos. La actuación de los sujetos dentro del campo social se expresa a través de sus actuaciones corporales. Ellas responden a los esquemas internalizados de las pautas que han normalizado sus cuerpos mediante la formación de hábitos y la educación en las convenciones sociales propias del contexto de pertenencia.

En tal sentido el cuerpo material de cada sujeto es el depositario de la matriz inscripta en el proceso de socialización. En el cuerpo de los sujetos se corporizan las improntas de las etiquetas sociales que lo nominan. De este modo, este cuerpo será el semblante de las articulaciones operadas por los atravesamientos de las categorías género, edad, etnia y clase social, a las que se les agrega la orientación sexual.

El atravesamiento de estas etiquetas sociales condiciona el acceso a las oportunidades de los sujetos, y así refuerza las asimetrías entre ellos. Esas asimetrías ubican diferencialmente en posiciones de poder a los sujetos y dividen a las sociedades en clases que constituyen “una expresión de (la) desigualdad innata e irremediable” (Freud, 1932-33: 3213) de las estructuras organizadas en torno a las normativas del registro simbólico.

Sin embargo, las asimetrías distribuidas por las estructuras sociales a través del acto de sujeción no son acatadas resignadamente por los sujetos. La adscripción de los sujetos a los lugares sociales asignados por las estructuras simbólicas está condicionada por la designación externa que funciona como norma clasificatoria:

Cada sujeto se constituye como idéntico a sí en el “reconocimiento de sí”. Sin embargo, el reconocimiento de sí que posee un sujeto necesita de un “reconocimiento intersubjetivo” para poder constituir su identidad. La posibilidad de distinguirse de los otros debe ser reconocida por los otros. La unicidad que se produce y es mantenida a través del autorreconocimiento, que se expresa con la afirmación “Yo soy mí mismo”, se apoya a su vez en la pertenencia a un grupo, es decir, en la posibilidad de situarse en el interior de un sistema de relaciones (Urbano, 2005: 5).

Por otra parte, ¿qué sucede cuando el/los sujeto/s no adscriben el lugar social que les otorga la estructura simbólica a partir de la designación externa? ¿Qué sucede cuando la re-presentación no re-presenta aquello que nomina y ubica al/a los sujeto/s en un lugar no deseable? ¿Quién desea poner el cuerpo a aquellas representaciones que sitúan en el lugar de exclusión de las normas regulatorias? ¿Quién desea parecer lo que no siente que es?

En las encrucijadas y fracturas que producen las re-presentaciones no representativas de la realidad

La metáfora consiste en dar un nombre a una cosa que corresponde a otra produciéndose una transferencia.

 

Elina Matosso

Lo real es construido por lo simbólico que refracta el reflejo de una imagen con la que se le asigna una materialidad. La intangibilidad de lo simbólico se entrelaza con la tangibilidad muda de lo real y se asimila a las refracciones imaginarias de la forma a la que adscribe. A partir de la nominación la re-presentación aleja el ser de lo que es y lo acerca a lo que puede ser; nominación que se liga a un parecer que se hace tangible a la visión. Sin embargo, no todo lo que es parece reflejarse de la misma manera, ni todo lo que parece es aquello que ha sido nominado.

Y es aquí en donde continúa el antiguo debate de los filósofos clásicos acerca de la dualidad entre la materia y la esencia; entre la idea inmaterial y la imagen que le da forma material. De una parte, se postula que la nominación intenta re-presentar algo susceptible de ser representativo para la re-presentación y de allí se valida su verosimilitud; por la otra, se plantea que al nominar no se re-presenta adecuadamente ni la idea inmaterial, ni la imagen que le otorga cuerpo material a lo simbolizado desde la re-presentación.

Hay re-presentaciones que al nominar de-forman y disocian la idea de la imagen. Esas re-presentaciones no representativas distancian lo inaprehensible de lo real, al otorgar un no lugar que hace visible lo invisible. Sin embargo, aquello no aprehendido desde lo re-presentativo de la representación puja y pugna por ser vivificado y para expresarse en un cuerpo material, en el que emerja la voz de una palabra capaz de otorgar un lugar y una posición representante de aquello que quedó fuera.

Algunas re-presentaciones no de-signan adecuadamente aquello que representan, y lo ubican en un lugar en el que presentifican lo inadmisible para aquel orden que posee el poder para imponer el sentido de la nominación. Tal re-presentación instituye la subversión que hace presente aquello que se ubica en el sitio de lo ominoso y prohibido. Esta re-presentación es portadora y portavoz de lo nominable a partir de lo abominable; por ello constituye el lugar en donde se ubica lo inaceptable e incomprensible poniendo un velo en aquello que pretende de-velar. Velo inherente a toda re-presentación que se refuerza a sí mismo en la violencia de la interpretación al no dar lugar a los sujetos para que otorguen sentido sino que, más bien, los codifica sin otorgarles el derecho a hacer uso de tal codificación.

Estas representaciones representantes de lo siniestro provocan horror ante la posibilidad de ocupar la posición signada por una asignación con la cual se designa lo abominable. Ese horror se inscribe en los cuerpos de quienes son etiquetados bajo la ley de un estigma y genera diversas acciones defensivas que abarcan la gama de la negación y la renegación, hasta formas sintomáticas de reacción. Si bien estas acciones defensivas responden a estructuras particulares de personalidad, también se aprehenden en el inter-cambio con aquellos otros que ponen el cuerpo a esta asignación abominable. Los sujetos etiquetados con categorías de de-signación externa desvalorizantes se ven interpelados a afrontar y re-significar los criterios de atribución social a fin de elaborar una identidad personal conforme a sus autodefiniciones.

Agenciar la identidad para desplegar la subjetividad

Cada sujeto se encuentra constantemente agenciando sus procesos de constitución identitaria y de con-formación de sus subjetividades. Entendiendo por subjetividad

… esa interioridad hecha de huellas, representaciones, pensamientos, sentimientos, en fin… de fantasías, (que) se apoya, se sostiene y modela en los grupos, el cuerpo, la cultura y el aparato psíquico. Cuando alguno de esos soportes o apuntalamientos flaquea, se produce una crisis (Singer, 1998: 254).

Agenciar supone atravesar, afrontar y resolver esas crisis que interpelan el sentido de continuidad y unicidad de la posición subjetiva elaborada por el sujeto, y que le exigen re-significar sus sentidos a partir de un trabajo de afirmación u oposición de sus enunciados. Ese proceso de agencialidad implica atravesar los itinerarios del tiempo y de las significaciones construidas en las inter-acciones e inter-cambios con Otro/otros re-presentante/s de lo humanizable, quien/es opera/n simultáneamente como condición de posibilidad y como frontera a la originalidad.

El acto inédito de constituir un Yo singular encuentra su frontera en el límite que plantea el corporizar una imagen que refleje la apariencia de la orientación de las elecciones asumidas. Es en esta intersección entre lo real, lo simbólico e imaginario del cuerpo de cada sujeto en donde opera el vacío del significante. Vacío que es condición de posibilidad para ser ocupado por un código que nomine desde la re-presentación y que pre-figure el semblante de una apariencia. Este vacío del significante es condición para que el campo social realice la operatoria de encodificar con códigos móviles, dinámicos y polisémicos que renueven las ofertas de significados y sentidos que puedan ser aprehendidos por sujetos para referenciarse en sus procesos de re-significación.

Mediante sus dispositivos culturales el campo social genera nuevos significados y sentidos que continúan la operatoria de etiquetamiento y les permiten a los sujetos agenciar sus procesos de identificación, según su adhesión a la representatividad de aquello que se oferta como representación. Cada sujeto toma en préstamo las creencias, valores, significados y sentidos provistos por el campo social y realiza un trabajo inédito de significación, que le permite asignar-se representaciones que lo designen conforme a sus procesos de identificación. En ese proceso de autonominar-se y de emprender el trabajo de re-inventar-se, el Yo queda sujeto a los imperativos de las exigencias implícitas en los ideales del campo social propios de la época en la que se despliega su proceso de constitución subjetiva.



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