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4 Parentalidad complementaria

En el marco de este trabajo, como vimos, comprendemos y explicamos la realidad desde una lógica relacional, aunando acción individual y condicionamiento estructural (Donati, 2006). El resultado de ello es un efecto de reciprocidad y complemento. El conocimiento, desde esta perspectiva, se considera relativo –no relativista– en el sentido de relacional, puesto que el mismo hecho de conocer es una relación entre observador y observado, entre sujeto y objeto.

Como también referimos en capítulos anteriores, el carácter relacional está presente en la propia configuración de la identidad personal, pues nos reconocemos en nuestra mismidad cuando entramos en relación con la alteridad. Solo frente a un tú, el yo se descubre como quien es (Altarejos, 2009). Esa constatación de la necesidad de los demás por descubrir y construir la propia identidad lleva a la sociología relacional a confirmar que el hombre es un ser-con-otro, un ser-en-relación (Donati, 2011). Su misma estructura ontológica es relacional, necesita de los demás y de los vínculos con ellos para su desarrollo personal (Wojtyla, 1998). Reclama la relación con los otros, necesita coexistir para realizarse, porque es a través del dar y darse a los demás como se conoce a sí mismo.

Para Donati, toda relación supone un intercambio que varía según la intencionalidad de los sujetos (Garro-Gil, 2017). Cuando la relación es intencional (refero) y vinculante (religo), se genera un intercambio que es manifestación de la reciprocidad de elementos subjetivos y objetivos, lo cual produce efectos emergentes de diverso tipo. Son esos efectos no previstos ni producidos intencionalmente los que hacen de cada relación una realidad única, sui generis. Se da una triple dimensionalidad: los elementos objetivos y los subjetivos conforman una “realidad entre”, que es la relación social (Garro-Gil, 2017). La reciprocidad entendida como donación es propia de las esferas conyugal, familiar y asociativa.

La conyugalidad como punto de partida

La conyugalidad sirve de base a la familia. Y la fecundidad –en un sentido amplio– no es un producto biológico ocasional, sino un rasgo permanente de la intersubjetividad conyugal. Es la unión de dos intimidades individuales que se concreta en un espacio propio y común. Y que da como resultado una entidad nueva, que es mucho más que la suma de sus partes integrantes: es una realidad completamente original (Fabbri, 2008) que construye un ámbito familiar para su despliegue.

La conyugalidad consiste en conservar, perfeccionar y restaurar una alianza y una vida consensuada de manera conjunta. Su fuerza se irradia en los hijos a través de un transmisor poderoso: el testimonio del propio ejemplo cotidiano. Si los cónyuges permanecen ligados e incrementan el compromiso recíproco día tras día, están contribuyendo a la educación de sus hijos. Tal aportación se refuerza cuando saben transmitir el alcance de su amor por la unidad y despertar una motivación entusiasta hacia el modelo que los inspira (López Quintás, 2003). La tarea pedagógica dirigida a los hijos será tanto más fecunda cuanto más sincronizados actúen los padres, ya que el impulso de una buena formación procede siempre del ideal del encuentro interpersonal.

Está claro que del subsistema conyugal depende el curso de la familia. La coordinación del sistema familiar gira en torno a la integración de las figuras parentales, efecto que no está garantizado por la mera interacción de los cónyuges. Si así fuera, se establecería una relación de servicio entre dos que acabaría en sí misma, sin influencia alguna sobre los demás. La unidad conyugal, en cambio, contiene un sentido más amplio. Está dada, en principio, por la misión que los padres asumieron respecto de sus hijos y es por eso que se expande hacia otras personas. Es mucho más que un simple vínculo: es una vocación que permite a cada uno llevar a cabo una función de mejor calidad, un servicio a los hijos, los allegados y la comunidad (Isaacs, 2008). La unidad surge, entonces, como consecuencia lógica de la construcción sobre valores puestos en común.

Por otra parte, la conyugalidad es principio de familia porque en ella se realizan y aprenden dos cuestiones intrínsecamente relacionadas: ser cónyuge y ser pareja parental. En ambos casos se reconoce como único y diverso al otro: al cónyuge y a cada hijo (Bernal et al., 2009). De esto se desprende que el matrimonio, aun en tiempos líquidos, no sea un absurdo; por el contrario, está presidido por el principio de finalidad: apoyo y cuidado mutuos y crianza de los hijos. Pero a los cónyuges sí se les abre la posibilidad de hacer de su vida común un sinsentido, contradiciendo este principio de finalidad (Hervada, 1991). Solo una vez conocido y asumido su propósito, la vida conyugal conduce a la realización personal.

Bauman (2005) subraya que la flexibilidad que nos impone el sistema occidental y capitalista se extiende a las parejas actuales, aportando fisuras a los compromisos. Desde su visión, las relaciones más que consensuadas son monetizadas, y están supeditadas a los beneficios que aportan en el día a día (Calvo González, 2017). El largo plazo es tan raro en las parejas como en el mercado laboral: todo es renovable periódicamente, todo va fluyendo, la continuidad está en jaque de manera constante. Lejos de entender que las relaciones conyugales son producto de la implicación y el cuidado recíprocos, el autor describe un amor líquido en el que la continuidad de las relaciones depende de la satisfacción individual, asentada en un egoísmo hedónico.

El concepto de libertad también se asume, según Bauman (2005), desde una perspectiva mercantilista del propio derecho individual al consumo, sin que ello conlleve ninguna reflexión respecto de los efectos de ese accionar a nivel colectivo. Se legitima así el desarraigo afectivo y un factor decisivo es el miedo, visto por el autor como aquello que compromete la viabilidad de las relaciones humanas. Calvo González (2017) apunta que se trata de un miedo a un futuro incierto, pero también de un miedo a la posible fuerza de los sentimientos humanos: el amor y las relaciones de pareja, familia y amistad se convierten en números cuantificables superficialmente, en experiencias de disfrute y gozo proyectadas hacia el exterior, pero no enraizadas hacia el interior. La superficialidad de los vínculos es el único garante del no sufrimiento. Mientras que las vinculaciones son profundas, estables y cuestionan la integridad psicológica y sensorial; las conexiones de la modernidad líquida son múltiples, externas, superficiales y temporarias.

Reciprocidad y complemento vincular

Con Yepes y Aranguren (2006), subrayamos que ser hijo es más radical que ser varón o mujer, porque indica el modo de originarse uno mismo, que es el nacimiento. Después de hijo o hija, la persona humana es hombre o mujer, y lleva inscripta esta condición en todo su ser, afectando la amplia variedad de estratos o dimensiones que lo constituyen, tanto en el aspecto biológico como en el espiritual, en la cultura y en la vida social (López Moratalla et al., 1987, en Yepes y Aranguren, 2006). Un ser humano, por ser varón o mujer, tiende a poseer una serie de aptitudes, actitudes y cualidades germinales, que puede o no desarrollar, pero que están intrínsecamente ligadas a las potencialidades que inviste por ser una persona y no otra (Bernal et al., 2009).

Desde las neurociencias, Manes y Niro (2014) confirman que existen diferencias en la anatomía cerebral de varones y mujeres que sugieren que el sexo influye en la manera en que opera el cerebro, registrándose disparidades en ciertas funciones cognitivas y en la forma en que se procesa la emoción. El dato empírico existe y es incontrastable, si bien, tanto la constitución biológica como las experiencias vinculares son fundamentales para las personas, pues se determinan, complementan y perturban mutuamente.[1] Está comprobado que las relaciones interpersonales y la afectividad también modelan nuestra biología en la forma que los genes se manifestarán. Desde la vida intrauterina hasta la vejez, el entorno emocional y social configura la expresión de la herencia genética de manera imperceptible.

De ahí la importancia de que los niños experimenten lazos seguros con sus padres. Con ambos: con su padre y con su madre; pues, como sostuvimos antes, la parentalidad demanda la concurrencia activa de ambos. Numerosas investigaciones subrayan la constatación de tendencias heterogéneas en el varón y la mujer a la hora de apuntalar la personalidad de los niños (Pruett, 2000, en Bernal et al., 2009). La fortaleza de la pareja parental reside en conciliar sus habilidades en el cuidado del hijo, asumiendo roles distintos. La diversidad es imprescindible en todas las esferas. En el medio familiar, las diferencias personales se corresponden con esta asunción de roles y funciones, tanto en la procreación y cuidado de la vida humana, como en el conjunto de tareas específicas que conllevan la crianza y educación de los hijos.

La armonía entre varón y mujer se apoya en la reciprocidad y en la complementariedad. La reciprocidad instaura un trato entre iguales que entablan una dependencia mutua y basan sus decisiones en el acuerdo común. Esto es, cada uno se ofrece al servicio del otro con sus recursos propios y en un pie de igualdad (Fabbri, 2008). Aquí vemos que la diferencia entre varón y mujer es complementaria y recíproca: se establece como referencia de uno hacia el otro.

Desde lo biológico, la maternidad hace posible la paternidad y viceversa. Desde lo social, también la parentalidad que cada mujer ejerce con estilo y atributos propios actualiza y perfecciona la parentalidad de cada varón. De ahí que la parentalidad reclame un ejercicio conjunto: la parentalidad óptima es siempre coparentalidad. Los cónyuges se instalan como figuras parentales desde la relación de reciprocidad que establecen; los dos con idéntica jerarquía ontológica, pues, por medio de estas dos notas, reciprocidad y complemento, expresan la misma naturaleza. Y la diversidad es toda vez origen de mutuo enriquecimiento. Padre y madre se potencian uno al otro educando a sus hijos en una tarea respectiva que sigue a su ser recíproco como progenitores. La paternidad y la maternidad continúan de esta forma la generación en la parentalidad social conjunta, elevándola, ya que con un aporte mancomunado puede concretarse una tarea de mayor calidad.

En el ejercicio de la parentalidad, ser varón o ser mujer está definiendo una especial modalidad de manifestación, así como las características de su necesario complemento, y esta reciprocidad entre genérica y sexual funda el valor máximo de la dignidad humana, que es la vida.

Partimos, entonces, de la idea de que la parentalidad no es una actividad asexuada, en la medida en que madres y padres pueden tener experiencias y enfoques diferentes, y que la función parental contiene la huella que cada ser, femenino o masculino, a través de su accionar le estampa. Ser padre y ser madre es así una forma de prolongar el ser varón y mujer. Y es por esto que ninguno puede abarcar en sí lo humano porque esta constitución dual de lo masculino y lo femenino explica la necesidad de una continua apertura hacia lo que está fuera de uno mismo (Prades, 2001), hacia el complemento.

Desde el momento de la concepción, en la infancia, en la vida adulta y en la ancianidad, ninguna persona puede sobrevivir sin los cuidados de otra. Esto se acentúa en los períodos en que más dependientes somos, por ejemplo, durante una enfermedad. Sostenemos con Bernal et al. (2009) que la convivencia con la diversidad, con personas de diferentes características, sexos y edades, goza de una gran potencialidad educativa. Y esto se da particularmente en la familia, espacio donde naturalmente se conjugan las diversidades genérica y generacional.

La sanidad física y mental está relacionada de manera directa con los buenos o malos tratos que recibimos en nuestra vida (Barudy y Dantagnan, 2010). De ahí que los cuidados mutuos son una tarea humana de especial trascendencia que moldea la personalidad, el carácter y la salud, y en la que las mujeres desempeñan un papel importante. No obstante, y a la par, los padres influyen en gran manera en el niño y en la dinámica familiar bientratante; puesto que los cuidados y los buenos tratos son relaciones recíprocas y complementarias, provocadas por la necesidad, la amenaza o el peligro y sostenidas por el apego, el afecto y la biología. Algunos estudios, inclusive, han demostrado que también los niños y las niñas se preocupan por sus padres desde muy pequeños e intentan prodigarles cuidados (Stern, 1997; Goleman, 1996, en Barudy y Dantagnan, 2010). Los seres humanos somos una especie afectuosa y protectora, y esta tendencia natural se manifiesta abiertamente desde la más temprana infancia.

En este sentido, feminidad y masculinidad no se estorban ni se desplazan: se encuentran y se potencian. Porque de modo espontáneo, ponen un acento diferente, revelando idénticas cualidades con matices complementarios. Análoga deducción cabe efectuar respecto de la parentalidad: ni la paternidad ni la maternidad por sí solas alcanzan a contener lo parental. Porque la parentalidad tiene una constitución relacional que implica un juego dialógico constante de cada miembro con el afuera: con la pareja parental y con el hijo, por un lado, y con el contexto ecológico-social más amplio, por otro.

De sexos y roles

Hasta no hace mucho tiempo se restringía el papel del padre solo a la función de apoyo a la madre, devenida cuidadora principal. Pero en la práctica hay padres capaces de involucrarse en esta tarea codo a codo con la madre, si bien no es frecuente que se ocupen de los cuidados básicos con la misma empatía. Sin embargo, pueden ser excelentes organizadores de los juegos de sus hijos y ser más estimulantes con los bebés que las madres (Barudy y Dantagnan, 2010).

La complementariedad es base de la parentalidad sana y de calidad. Variados estudios indican que el apoyo emocional del padre durante el embarazo y en la edad temprana de los hijos contribuye de modo decisivo a establecer relaciones positivas en la familia. Por el contrario, su ausencia impone gran tensión al sistema (Craig y Baucum, 2009). Aun cuando en la sociedad moderna el padre a menudo sigue siendo un cuidador secundario, a pesar de que los modelos están en plena evolución, desempeña una función estratégica de gran significación en el complejo sistema de interacciones que cada familia configura.

La madre cumple una tarea eminentemente nutricia que no se reduce al plano físico. A través del vínculo que entabla con su hijo puede interpretar sus necesidades y esto le permite estructurar su psiquismo. También lo alimenta en la dimensión social, dado que posee una peculiar inteligencia para establecer y preservar relaciones humanas (Bottini de Rey, 2010). Si bien esta función nutricia no es privativa de la madre, pues evidentemente el padre también genera confianza, autonomía y autoestima en los hijos, la propia del varón es la función normativa: establecer pautas y códigos de comportamiento, previamente consensuados. El padre representa la ley y el puente con el mundo exterior, también regido por leyes.

Tanto la función paterna como la materna se ejercen, de diversas maneras, durante la vida de los hijos. Sin embargo, hay períodos de especial importancia de una sobre la otra. Durante la adolescencia la imagen del padre adquiere relevancia, como modelo identificatorio del varón y ayuda para el despliegue y la valoración de la feminidad en la mujer (Bottini de Rey, 2010).

Padre y madre son modelos identificatorios en todos los órdenes de la vida, y también en la sexualidad. La feminidad o la masculinidad encarnadas en los padres servirán al hijo como ejemplo y le posibilitarán incorporar, a partir de la vida cotidiana, el sentido del ser varón y del ser mujer. Captarán el valor de cada uno de los sexos a partir de la interrelación entre sus padres (Bottini de Rey, 2010), y esa riqueza solo se obtiene en la propia interacción con el padre y con la madre, unidos por la misión central que los convoca.

El rol del padre es fundamental para la madre (Castilla, 2001) porque parentalidad es relación. Parentalidad es coparentalidad, pues se practica de manera conjunta. Parentalidad implica varón y mujer, y también hijos, dado que enlaza los vínculos conyugal y paterno/materno-filial. Y como tal, se descubre, reconoce y sustenta desde la reciprocidad y el complemento manifiestos en el conjunto. La paternidad se descubre desde la maternidad, y viceversa. Y ambas se constituyen desde la persona del hijo en la parentalidad.

Transitamos un momento histórico en el que se percibe la necesidad de que ambos, padre y madre, se involucren con intensidad en el ejercicio de una parentalidad complementaria. Y que lo asuman colaborativamente, con responsabilidad y conciencia socio-ecológica.

La filiación como identidad primaria

Desde una perspectiva antropológica, todo hombre es hijo y nunca deja de serlo (Polo, 1991, en Yepes y Aranguren, 2006). Este es el rasgo que más cabalmente define a la persona: ser hija de otras personas. Los padres tienen una jerarquía franca y permanente sobre sus hijos, y son respetados por estos siguiendo una inclinación natural: la de reconocer la dignidad de quienes son su origen.

El hijo nace ya respectivo de sus padres y por esta razón quiere saber quiénes son, incluso en circunstancias dolorosas (Pruett, 2000, en Bernal et al., 2009). Nuestra primera identidad es la filiación (Viladrich, 2002). Por ser personas, somos hijos de un padre y una madre, ambos seres personales, en un lazo que excede ampliamente lo biológico, ya que las nociones tradicionales de filiación y paternidad, o bien, el actual concepto de parentalidad, involucran múltiples aspectos. En la parentalidad se forja un vínculo entre personas, a propósito de una generación humana. Y esta es integral y personal, y no meramente biológica (Pruett, 2000, en Bernal et al., 2009).

Viladrich (2002) expresa que genealogía personal y genealogía por amor son dos atributos de la persona en cuanto tal, enmarcados en la relación existente entre paternidad y filiación. La sociedad actual se debate en una crisis de ambas genealogías. Haber sido engendrado por personas, por amor, y ser guiado en el camino de la progresiva personalización por personas, por amor, es el ideal humano y el núcleo de la misión parental.

La parentalidad óptima, de tal manera, es una relación triádica, recíproca y complementaria, pues se establece entre las figuras parentales y está siempre abierta a un tercero, que es otra persona, beneficiaria de esa creatividad interpersonal por la que ha sido gestada o recibida. Es por esto que la parentalidad no solo involucra las cuestiones relativas a los hijos, sino que incluye también el vínculo entre los miembros de la pareja parental. A los fines del desarrollo armónico de la afectividad y la personalidad del hijo, no solo es positivo recibir el afecto de ambos, es particularmente beneficioso ser testigo del amor que se tienen entre sí, así como de los buenos tratos que se prodigan.

Parentalidad y formas familiares

Lo que es válido para los hijos es igualmente válido para los padres. Ellos también aspiran a vivir en un clima de confianza y seguridad. La conyugalidad no solo es el fundamento de la familia: es un encuentro personal, una comunidad de vida y amor, y la superación de la soledad originaria que cada ser humano padece. La familia remite a la identidad primera, a esa genealogía particular amorosa que define y encuadra nuestra existencia. Somos hijos de unos padres (Viladrich, 2002) y no dejamos de serlo.

La persona humana, que ha de nacer, crecer y morir como persona humana, exige como propio de su naturaleza y dignidad ser amada radical e incondicionalmente (Viladrich, 2002). Burggraf (2012) afirma que una familia lograda es aquella que reúne las condiciones en las que el ser humano puede desarrollarse óptimamente. Y esto se ve facilitado si la construcción se asienta sobre la base de una conyugalidad entendida como unión sólida, que da estabilidad y firmeza a la vida familiar. No solo posibilita que los hijos crezcan, maduren y prosperen, sino que además los reafirma en sociabilidad y los entrena en virtudes. Porque tanto el conocimiento de los orígenes biológicos como la experiencia de la unidad parental son variables que influyen en la determinación de la identidad personal (Wilcox et al., 2005).

La noción de forma familiar alude a una estructura que, si bien no se puede identificar en su totalidad con lo que comúnmente entendemos por familia, tampoco se distingue completamente de ella. No son modulaciones, sino alteraciones de la familia occidental que carecen de uno o varios de sus rasgos esenciales (Burgos, 2004). Aunque los conceptos de modelos familiares y formas familiares comparten elementos comunes, ya que ambos describen realidades de tipo familiar, se distinguen también de manera sustancial: los primeros se refieren a los posibles modos de configurarse la familia occidental, y los segundos, a expresiones incompletas o alteradas de esa misma familia.

Las parejas de hecho son estructuras familiares que renuncian a la aceptación explícita del carácter social de la realidad familiar y a la estabilidad, al menos de modo proyectado (Burgos, 2004). Está probado que una conjunción de estas características es esencialmente más inconsistente que el matrimonio por su decisión de prescindir de la dimensión jurídico-social en una unión que reviste esa magnitud. Si lo que se pretende es formar una entidad familiar sólida en la que habiten los hijos, está claro que esa empresa no puede vivir al margen del reconocimiento social. Y el modo lógico de refrendarla es el matrimonio.

De una familia se debe esperar que perdure, no solo porque es lo mejor para sus miembros y para la sociedad, sino porque corresponde al deseo inicial de quienes la formaron. Es posible para las parejas de hecho llegar a esta situación, pero el punto de partida está enclavado en la inestabilidad y la precariedad. Esto, sumado a las tendencias disolventes de nuestra sociedad, determina que su posterior formalización constituya un verdadero reto.

Por su parte, las familias monoparentales componen otro tipo de forma familiar. Su origen puede ser diverso: una separación o divorcio, un embarazo no deseado. El elemento común es la ausencia de uno de los progenitores. En cuanto a la formación de la identidad de los hijos, cada vez se conoce con mayor certeza y afluencia de argumentos la importancia de la presencia del padre y de la madre en la crianza (Burgos, 2004). Es por esto que asumimos la monoparentalidad como un duro aprendizaje, que puede ser sobrellevado, pero en el que es más probable que el progenitor se vea superado por el desafío de cumplir su misión en soledad.

Por otra parte, tanto madres como padres sufren la carencia del lazo matrimonial. Hoy, cuando abundan las familias monoparentales, las investigaciones confirman que es positivo para los hijos que sus padres mantengan entre sí una relación estable. Se advierte, asimismo, la necesidad de profundizar la construcción de una familia con padre y de una cultura con madre (Castilla, 2001), a través de una participación creciente de los varones/padres en el ámbito privado, en directa proporción con el despegue de las mujeres/madres hacia la escena social.

Ante este desafío, los cónyuges unidos tienen la posibilidad de apoyarse, respaldarse y supervisarse en la interacción familiar, y cuentan con el recurso inestimable de aunar sus fuerzas para mejorar cualitativamente la labor educativa asumida.

Calidad conyugal y parental

La calidad conyugal es reconocida como la clave del funcionamiento adaptativo de la familia, por eso los trastornos en las relaciones de pareja pueden influir negativamente en las conductas parentales (Cox, Paley y Harter, 2001; Erel y Burman, 1995, en Gao, Du, Davies y Cummings, 2018) y afectar el desarrollo de los niños. El conflicto conyugal está consistentemente relacionado con problemas de los padres en la crianza y el consiguiente ajuste socioemocional de los niños. Sin embargo, los estudios que ponen a prueba el vínculo entre conyugalidad y parentalidad a menudo se han centrado en los conflictos conyugales destructivos y han descuidado la capacidad constructiva de los cónyuges que se verifica en un proceso de crisis cuando trabajan cooperativamente para resolver sus problemas y desacuerdos (Gao, Du, Davies y Cummings, 2018).

El subsistema conyugal se considera una fuerza gestora de otros subsistemas familiares, como el parental. De ahí que las cualidades negativas de las relaciones de pareja puedan reflejarse en diversos aspectos del vínculo paterno/materno-filial. La experiencia repetida de discordia conyugal y el efecto negativo asociado pueden socavar las habilidades de padres y madres para el cuidado de los hijos.

Amato (2000) utiliza la perspectiva divorcio-estrés-ajuste para resumir y organizar la literatura sobre las consecuencias del divorcio en adultos y niños, centrando su revisión en las consecuencias del divorcio para el bienestar de adultos y niños. En general, la investigación acumulada sugiere que la disolución matrimonial tiene probabilidades de crear una considerable confusión en la vida de las personas, pero se registra una importante variabilidad en las reacciones. El autor subraya que el cambio de un patrón dominante de matrimonio de por vida a uno de matrimonio en serie, marcado por períodos de soltería, representa un giro relevante en la forma en que los adultos satisfacen sus necesidades de intimidad a lo largo de la vida. Y que el aumento de las disoluciones conyugales ha tenido consecuencias importantes para los entornos en que se cría y socializa a los niños. Remarca que más de la mitad de los divorcios se producen en parejas con hijos menores de 18 años (Amato, 2000).

Debido a que prácticamente todas las personas ingresan al matrimonio con la expectativa de encontrar un apoyo mutuo y una gratificación en una relación de por vida, el distanciamiento del cónyuge es típicamente una experiencia dolorosa. Podrían, por tanto, pasar un tiempo considerable tratando de renegociar la relación, buscando el consejo de otros o negando el problema. En consecuencia, los primeros efectos negativos del divorcio en los adultos pueden producirse años antes de la separación definitiva y la disolución legal. El conflicto abierto entre los padres durante este período podría llevar a problemas de comportamiento en los niños que pueden ser vistos como efectos tempranos de la disolución de la pareja conyugal (Davies y Cummings, 1994, en Amato, 2000).

Una aproximación desde la hipótesis spillover

Numerosas investigaciones han señalado el papel fundamental de la conyugalidad en la calidad de la vida familiar. Existe consenso en que el subsistema conyugal se asocia a los restantes subsistemas familiares, y sus efectos replican, principalmente en el funcionamiento de la relación entre padres e hijos (Buehler y Gerard, 2002; Cowan y Cowan, 2002; Cummings y Davies, 2002; Shek, 2000; Webster-Stratton y Hammond, 1999, todos en Mosmann y Wagner, 2008). Independientemente del tipo de asociación, la mayoría de los investigadores que buscan entender esta conexión aceptan la premisa de que el conflicto conyugal se traduce en problemas en el desarrollo de los niños (Amato, 2000; El-Sheik y Elmore-Staton, 2004; Gerard, Krishnakumar y Buheler, 2006; Margolin, Gordis y Oliver, 2004, todos en Mosmann y Wagner, 2008).

Spillover es un término que proviene del inglés y que puede ser traducido en español como “derrame”. El concepto teórico spillover apunta a la existencia de una correlación positiva entre la calidad de la conyugalidad y la parentalidad (Erel y Burman, 1995, en Mosmann y Wagner, 2008). Así, si el vínculo conyugal se establece de forma negativa, sus efectos se derraman y repercuten destructivamente en la relación entre padres e hijos.

En la esencia de los procesos spillover o de derrame, está la idea de que altos niveles de conflicto y bajos índices de satisfacción conyugal llevarían a los padres a asumir una postura más agresiva con los hijos (Gerard, Krishnakumar y Buheler, 2006; Buehler y Gerard, 2002; Webster-Stratton y Hammond, 1999, todos en Mosmann y Wagner, 2008), adoptando rutinas educativas punitivas y de menor proximidad afectiva.

Según Bandura (1977), la mayoría de las imágenes de la realidad en las que basamos nuestras acciones están inspiradas en la experiencia que adquirimos a través de otras personas, lo que el autor denomina aprendizaje vicario. Cada uno de nosotros tiene un repertorio de personas referentes en los diferentes ámbitos de la vida: nuestros padres, profesores, compañeros del trabajo, amigos, figuras públicas que admiramos. Repetimos comportamientos que vemos en ellos u otras personas que tomamos como ejemplo. Pero este proceso no se lleva a término de manera automática, sino activa en la elección del modelo: observamos, memorizamos y evaluamos si nos compensa imitarlo o no. Dentro del aprendizaje vicario, esta evaluación resulta de singular importancia (Bandura, 1977).

Los componentes de la teoría del aprendizaje social de Bandura (1977) son cuatro: atención, retención, reproducción y motivación. Para aprender algo, es necesario prestar atención, de manera que todo aquello que suponga un freno a la atención resultará un obstáculo del aprendizaje. Después, en un segundo paso, debemos ser capaces de retener en la memoria aquello a lo que le hemos prestado atención. Aquí es donde la imaginación y el lenguaje entran en juego: guardamos lo que hemos visto hacer al modelo en forma de imágenes mentales o descripciones verbales. En este paso, debemos aplicar las imágenes o descripciones al comportamiento actual. Por lo tanto, lo primero de lo que debemos ser capaces es de reproducir el comportamiento. Aun así, no haremos nada a menos que estemos motivados. El autor distingue los siguientes motivos: refuerzo pasado, como el conductismo tradicional o clásico; refuerzo prometido, incentivo que podamos imaginar; y refuerzo vicario, la posibilidad de percibir y recuperar el modelo mismo como reforzador (Bandura, 1977).

La hipótesis spillover se apoya en la teoría del aprendizaje social, que considera a las experiencias que cada sujeto va teniendo como una base a partir de la cual se seleccionan e interpretan los acontecimientos. A su vez, las sucesivas prácticas positivas van dando mayor consistencia y estabilidad a las conductas (Patterson, 1989, en Mosmann y Wagner, 2008), pues es en el marco de la interacción social en que se va desarrollando el aprendizaje que le posibilita al sujeto adaptarse a su entorno (Cabanyes, en Polaino, 2003).

En esta línea, los padres que no cuenten con habilidades interpersonales experimentarán dificultades para afrontar y resolver tanto los problemas conyugales como los desprendidos de la función parental. Si los obstáculos en la relación conyugal se originan por la falta de inteligencia interpersonal, esta carencia generará progenitores con escasa capacidad de adaptabilidad a las necesidades de sus hijos y con un bajo nivel de responsividad. En general, se verifica poca tolerancia y paciencia en el contacto con el otro, y esto limita las relaciones familiares en su conjunto.

Entre las variables que están presentes en la interacción conyugal y que se consideran de particular importancia para la comprensión de este fenómeno, los investigadores distinguen la adaptabilidad, la cohesión y el conflicto. También la satisfacción conyugal se identifica como aspecto nuclear en la calidad del vínculo (Mosmann y Wagner, 2008). Y, desde esta perspectiva, se observa que la asociación entre variables se expresa en la manera en que los cónyuges se relacionan entre sí y con sus hijos.

Adaptabilidad

De acuerdo con la teoría de los sistemas, descripta por Minuchin (1992, en Leibovich de Figueroa et al., 2010), la rigidez o los bajos niveles de adaptabilidad pueden considerarse movimientos a favor de la homeostasis familiar. Watzlawick et al. (1993) precisan que existen dos definiciones de homeostasis: la primera, como un fin o estado, una constante frente al cambio externo; y la segunda, como un medio, un mecanismo que interviene para neutralizar este cambio. Las familias que permanecen unidas se caracterizan así por cierto grado de retroalimentación negativa, con el objeto de soportar las tensiones impuestas por el contexto y los miembros individuales. Pero como en cada familia funcional hay también crecimiento y evolución, el concepto homeostático puro resulta inaplicable (Watzlawick et al., 1993).

Está comprobado que las familias con niveles equilibrados de adaptabilidad se encaminan a ser más funcionales a lo largo del tiempo (Olson, 2000).[2] Una relación conyugal y parental con estas características tiende a establecer un liderazgo democrático, que incluye algunas negociaciones con los hijos. Los roles y reglas son estables, toda vez que hay espacios para introducir modificaciones cuando resulta necesario.

Contrariamente, las familias con niveles desequilibrados de adaptabilidad tienden a ser rígidas o caóticas. Una relación rígida es aquella en la que se ejerce un dominio de forma inflexible, no existen posibilidades de común acuerdo y las decisiones son impuestas, los roles están estrictamente definidos y las reglas no varían. Por su parte, la relación caótica se caracteriza por problemas de liderazgo, impulsividad y falta de reflexión en la toma de decisiones, así como por la existencia de roles ambiguos y cambiantes.

Cohesión

La dimensión de la cohesión conyugal se define teóricamente como la fuerza que conduce a la unidad familiar. Está referida al nivel de proximidad que existe entre los miembros y es uno de los factores que debe ser observado para diferenciar el grado de funcionalidad del sistema y los subsistemas (Mupinga, Garrison y Pierce, 2002, en Mosmann y Wagner, 2008; Olson, 2000).

De acuerdo con el modelo de Olson (2000), niveles equilibrados de cohesión estarían asociados a un mejor funcionamiento conyugal, mientras que valores extremos o descentrados se enlazan con problemas a largo plazo en las relaciones. Cónyuges y familias en equilibrio de cohesión tienden a ser más funcionales durante el ciclo vital. Son vínculos en los que se preserva la independencia y se mantiene la conexión, y aunque se constata una valorización del tiempo individual, es también muy importante la experiencia compartida, la comunicación en la toma de decisiones y el mantenimiento de un soporte conyugal y parental sólido. Se verifica cercanía afectiva y lealtad mutua.

Niveles desequilibrados de cohesión caracterizan relaciones confusas o anárquicas. Estas últimas presentan escaso contacto entre los miembros, y el ideal familiar y conyugal es la independencia. Cada uno tiene su vida e intereses, y están poco dispuestos a ayudarse y apoyarse recíprocamente. Por otro lado, en un vínculo confuso se presenta una proximidad emocional exagerada y la permanencia es una exigencia. Los individuos son muy dependientes y es escaso el espacio personal y privado. Aunque no sea posible identificar un nivel ideal que determine la funcionalidad de un sistema, las familias que subsistan por mucho tiempo en niveles extremos tenderán a desarrollar mayores conflictos que las que se sitúen cercanas a un punto de equilibrio.

Conflicto

El conflicto conyugal se define teóricamente como el resultado de las divergencias de intereses entre los cónyuges. Este proceso puede ser puntual o generalizado en los diferentes ámbitos y subsistemas familiares; momentáneo o prolongado en el tiempo (Cummings y Davies, 2002; Margolin, Gordis y Oliver, 2004, ambos en Mosmann y Wagner, 2008).

Para Entelman (2002), el conflicto es un proceso dinámico, sujeto a la permanente alteración de todos sus elementos. A medida que transcurre, cambian las percepciones y actitudes de los actores, que modifican sus conductas y pueden llegar también a replantear sus objetivos. No implica únicamente emociones perjudiciales, siendo frecuente que los cónyuges se profesen afecto entre sí, pero que experimenten también sentimientos negativos ante el advenimiento de la disputa o la variación de su intensidad. Normalmente, supone un enfrentamiento y en ciertas ocasiones puede generar una ruptura.

El punto clave con relación al conflicto no es su existencia, sino su potencial evolución como proceso constructivo o destructivo (Amato, 2000; Sillars, Canary y Tafoya, 2004, en Mosmann y Wagner, 2008). La forma en que los cónyuges manejan su desarrollo es lo que marca la diferencia: este puede abarcar un período concreto de la vida o ser el protagonista permanente de la escena familiar. Ocurre cuando los conflictos son frecuentes, recurrentes, intensos, no resueltos y encuentran un correlato en la conducta de los hijos (Margolin, Gordis y Oliver, 2004, en Mosmann y Wagner, 2008).

No son pocos los padres que se preocupan por sus competencias parentales como si estuvieran separadas de sus competencias personales. Se tiende a difundir la idea de que las frustraciones conyugales, por ejemplo, pueden ser recompensadas en el vínculo con los hijos. Sin embargo, está probada la correlación entre una capacidad negativa de resolver problemas conyugales y la aparición de prácticas parentales coercitivas, altas en exigencia y bajas en responsividad (Mosmann y Wagner, 2008). Esta asociación revela que, aunque los padres intenten ejercer una parentalidad competente, independientemente de sus complicaciones conyugales, esto se vería obstaculizado. Los hijos son afectados de manera directa por el estilo de manejo de los conflictos conyugales.

Algunos mecanismos de compensación también parecen estar funcionando en ciertas familias, cuando los problemas en la pareja conyugal fomentan estilos de crianza más sensibles e involucrados. En algunos casos, esto probablemente refleje los esfuerzos para proteger a los niños del estrés, pero puede ser también producto de un enredo inadecuado desde el punto de vista del desarrollo, en el que los adultos utilizan las relaciones parentales para satisfacer las necesidades emocionales que no logran colmar en su relación conyugal (Belsky, 2005). En cualquier circunstancia, la correlación referida se mantiene.

Esta perspectiva confirma que los impedimentos no están específicamente anclados en las competencias parentales y sí en la incompetencia para resolver todo tipo de problemas relacionales. Estos padres tienen dificultades con sus emociones, afectos, comunicación y, en consecuencia, con la conyugalidad y la parentalidad asumidas. Sus esfuerzos deberían centrarse en procurar la adquisición de habilidades vinculares, a través del cultivo de las inteligencias intra e interpersonal, y también la emocional. Pues está demostrado que la impericia para la resolución de conflictos de índole general impacta directamente en la conyugalidad y, por ende y siguiendo esta línea de análisis, en la parentalidad (Amato, 2000; Belsky, 2005).

Las asociaciones más fuertes identificadas entre el conflicto conyugal y la parentalidad ineficaz aparecen cuando a altos niveles de confrontación se suman estrategias educativas coercitivas y bajos niveles de implicación afectiva (Buehler y Gerard, 2002, en Mosmann y Wagner, 2008). Está harto documentado que los niños son hondamente sensibles al conflicto conyugal y que pueden diferenciar entre sus distintos tipos, siendo capaces de percibir si está o no relacionado con ellos, si la hostilidad es solamente conyugal o si involucra también la función parental.

La revisión de la literatura muestra, además, que los niños pueden distinguir entre las formas de violencia conyugal, la agresión física y la verbal, e identificar la intención de los padres de separarse. También logran intuir reacciones de miedo, principalmente en las situaciones más intensas. Al mismo tiempo, expresiones no verbales de ira, aunque sutiles, son vividas como estresantes (Cummings y Davies, 2002; Krishnakumar y Buehler, 2000, ambos en Mosmann y Wagner, 2008).

En contrapartida, la capacidad de resolver los conflictos en forma productiva, así como la explicación de los padres sobre cómo piensan reconducir la disputa, son factores que disminuyen el nivel de estrés en los hijos. Es deseable, en todos los casos, que no sean testigos presenciales de las discusiones, pues resultan en cada caso afectados por los contenidos emocionales del conflicto. Está estudiado que responden mejor cuando los padres se muestran optimistas en cuanto a su resolución (Cummings y Davies, 2002, en Mosmann y Wagner, 2008).

Una evidencia largamente instalada vincula las uniones conflictivas a los trastornos de conducta de los hijos. Aquí es posible aplicar la hipótesis spillover, en la que se encuentran involucradas las emociones, sean positivas o negativas, que desbordan de una relación para afectar a la otra (Belsky, 2005). Mientras que una parte de la asociación entre los procesos conyugales y el funcionamiento infantil es directa y no está mediada por el estilo de crianza, la otra es el resultado del efecto de la conyugalidad sobre el estilo parental asumido.

En suma, las relaciones afectivas constantes son vitales para el desarrollo de los niños. Una dinámica de buenos tratos y atención de las necesidades mutuas los protege de los efectos del estrés y las dificultades de la vida cotidiana. Un clima conyugal de solidaridad y respeto prolonga las expectativas de vida y promueve la buena salud del sistema familiar (Tousignant, 1995, en Barudy y Dantagnan, 2010), así como la de cada uno de sus miembros.

Satisfacción

El concepto de satisfacción conyugal está directamente relacionado con la definición de calidad conyugal. Karney y Bradbury (1995, en Mosmann y Wagner, 2008) consideran como determinantes de la calidad conyugal el contexto, los recursos personales de los cónyuges y los procesos de adaptación por los que atraviesan. A la luz de la teoría ecológico-sistémica, el modelo considera la interdependencia y la importancia de estas tres variables.

La primera de ellas está referida al contexto y a las situaciones estresantes que la interacción genera. Sabemos que las vivencias condicionadas por el medio son fundamentales para la definición de la calidad conyugal. Junto con los demás factores mencionados, son responsables de los niveles de tensión a los que una familia está expuesta. De acuerdo con ciertas investigaciones, se verifican bajos índices de satisfacción en parejas expuestas a situaciones estresantes (Mosmann y Wagner, 2008).

Minuchin (1999) plantea que el estrés sobre el sistema familiar puede tener su origen en cuatro fuentes:

  • Fuerzas extrafamiliares que afectan a un miembro del sistema en particular. Esto determina que los demás deban acomodarse a la situación. Tal es el caso de la pérdida o cambio de trabajo de alguno de los cónyuges, o de dificultades escolares de los hijos.
  • Fuerzas extrafamiliares que afectan a la familia toda, como problemas económicos o mudanzas, entre otros.
  • Momentos transicionales de la familia. Incorporación, evolución o disminución de un integrante. Esto requiere la negociación de nuevas reglas familiares.
  • Problemas de idiosincrasia. Por ejemplo, enfermedad o discapacidad de alguno de los miembros.

A partir del análisis de los distintos elementos involucrados, el establecimiento del subsistema conyugal como fundador del sistema familiar confirma su relevancia, pues las características que lo definen en lo que se refiere a los niveles de adaptabilidad y cohesión, satisfacción y conflicto se relacionan con la responsividad y la exigencia mantenidas con los hijos. Una conyugalidad con un mayor nivel de adaptabilidad y cohesión tiende a presentar un grado creciente de satisfacción conyugal, mayores habilidades para la resolución de problemas y, por consiguiente, menores índices de conflicto (Mosmann y Wagner, 2008). Adicionalmente, los cónyuges son más responsivos a las necesidades filiales.

Satisfacción, adaptabilidad, cohesión y conflicto sustentan la hipótesis spillover de influencia de la conyugalidad en la parentalidad, gracias al carácter interactivo y bidireccional de la relación entre los subsistemas. En tal sentido, se reafirma la sospecha de que no resultaría posible que las personas logren separar los distintos aspectos de su conyugalidad de los de sus prácticas parentales. Está demostrada la incidencia de la conyugalidad en la parentalidad y viceversa, con base en el proceso dinámico y de interdependencia que entre los subsistemas conyugal y parental se establece.

Disociación conyugalidad-parentalidad

Dentro de cualquier familia el divorcio es un fracaso; a menudo, muy traumático, especialmente si hay hijos. Pues ellos son sujetos de una situación que los envuelve a su pesar y los afecta de manera directa. Son testigos del quiebre de su entorno más íntimo, fuente de seguridad emocional y estabilidad vincular.

Esta desintegración en el origen del sistema familiar –dado por el establecimiento de la relación de pareja–, esta disociación entre conyugalidad y parentalidad implica la disolución de ese sistema familiar particular. Y produce efectos de gran calado en la formación de la identidad y la maduración de la personalidad filial. Viladrich (2002) destaca dos de ellos: el primero es la necesidad del hijo de estructurar su identidad y su autoestima teniendo como punto de partida la desvinculación de sus padres. Esto lo conduce a experimentar una tensión de base, cuando no una confrontación, entre paternidad y maternidad. Radica aquí una de las causas más recurrentes de alteraciones de la personalidad y trastornos de conducta.

El segundo efecto señalado por Viladrich (2002) es la escisión del padre/varón y de la madre/mujer. Varón y mujer, como padre y madre, son identidades que se reconocen en su complementariedad. Desde lo antropológico, el hijo no logra vivenciar que ser padre es una dimensión del ser varón, así como ser madre es una dimensión del ser mujer. Contrariamente, internaliza la incomunicación, la fractura y el conflicto entre sexos, géneros y roles en el escenario familiar. Por eso, el autor hipotetiza que la grieta entre conyugalidad y parentalidad estaría en la base de la crisis de la familia contemporánea (Viladrich, 2002).

Entre los diez principios de Princeton[3] sobre matrimonio y bien común, dos están directamente vinculados con los hijos: el cuarto, “el matrimonio protege y promueve el bienestar de los hijos”, y el séptimo, “cuando el matrimonio se debilita, aumentan las desigualdades, ya que los niños sufren las consecuencias de crecer en hogares sin unos progenitores comprometidos con su familia”. Está descripto que los hijos de padres que no han formalizado su vínculo o que lo han roto tienen mayores probabilidades de ser víctimas de pobreza, adicciones, fracaso escolar, delincuencia y otros flagelos (Wilcox et al., 2005). Decenas de investigaciones han demostrado las consecuencias psicosociales que la ruptura vincular parental provoca en los niños; en general, el daño se manifiesta de forma aguda tanto en los resultados educativos como en trastornos de conducta (Fagan, 2013).

Un informe de Child Trends[4] resume investigaciones que demuestran que la estructura familiar es importante para los niños, especialmente cuando está compuesta por sus padres biológicos en una unión conyugal con bajo nivel de conflictividad (Anderson Moore, Jekielek y Emig, 2002, en Wilcox et al., 2005). Tanto los mecanismos sociales como los biológicos corroboran el valor de la unión estable de los padres en la vida de los hijos. Los miembros de la pareja parental unida multiplican sus recursos personales, suman tiempo, receptividad y afecto, y ejercen también una parentalidad de mayor calidad que la de un progenitor en soledad. Juntos logran dirigir y optimizar la función parental, consolidando los puntos fuertes y neutralizando las debilidades.

Los niños cuyos padres se divorcian o no llegan a formalizar su unión tienen una mayor tendencia a convertirse en padres solteros –en algunos casos, adolescentes–, a experimentar el divorcio ellos mismos y a entablar relaciones conflictivas (Wolfinger, 2005, en Wilcox et al., 2005). Por lo general, el divorcio provoca ansiedad emocional en los hijos, doblando el riesgo de que experimenten complicaciones en etapas posteriores de sus vidas, tales como depresión u otras patologías psíquicas. Diversos estudios sugieren que la pérdida de contacto con uno de los progenitores, después del divorcio, es una consecuencia perjudicial en la vida de relación presente y futura del hijo (Amato, 2000), pues atenta contra del principio de estabilidad y seguridad emocional, con efectos negativos sobre la formación de su identidad.

Existe evidencia, asimismo, de que los efectos psicológicos del divorcio son diferentes, según sea el nivel de la disputa previa entre los padres. Cuando el grado de conflicto matrimonial es alto y sostenido, los hijos suelen beneficiarse psicológicamente de la separación. Cuando es bajo, aumenta el sufrimiento psicológico de los niños al producirse la ruptura. No obstante, Amato y Booth (1997, en Wilcox et al., 2005) advierten que cerca de un 65% de los divorcios se verifica en uniones con un valor relativamente bajo de conflictividad.

Documentos publicados respecto de la estructura familiar arriban a una conclusión clara: la población de niños que crece en familias con la presencia de la pareja parental en unión estable tiene menor incidencia de anomalías conductuales, sociales y afectivas que quienes proceden de formas monoparentales (Wilcox, Glenn y Waite, 2005, en Wilcox et al., 2005). Los estudios sobre divorcio llegan a resultados similares: existe una asociación entre divorcio y problemas de comportamiento de los hijos (Breivik y Olweus, 2006, en Wilcox et al., 2005; Fagan, 2013), con mayores probabilidades de sufrir trastornos afectivos, de ansiedad y obsesiones (Cherlin, Chase-Landsdale y Mc Rae, 1998, en Wilcox et al., 2005). Un estudio de las sociólogas Manning y Lamb (2003, Wilcox et al., 2005) compara resultados provenientes de familias ensambladas y parejas en cohabitación, y concluyen que los niños siguen favoreciéndose de formar parte de sistemas encabezados por un matrimonio, incluso aunque no estén relacionados biológicamente con alguna de sus figuras parentales. Esto se basa en los beneficios que la estabilidad familiar les proporciona.

Las tendencias sugieren que los menores que crecen en ámbitos fluctuantes tienen mayores posibilidades de sufrir daños físicos y psicológicos que aquellos que tienen la oportunidad de formarse en familias biparentales conyugales. Está documentado que los hijos de padres divorciados tienden a romper su matrimonio en cuanto se produce alguna dificultad (Amato y Deboer, 2001, en Bernal et al., 2009), y que el conflicto marital hiere la emocionalidad de los hijos y esto repercute en su comportamiento familiar y social (Amato y Booth, 1997, en Bernal et al., 2009), como así también han sido descriptas reiteradas dificultades en su rendimiento escolar (Leon, 2003, en Bernal et al., 2009).

A todo hombre le cuesta comprenderse como hijo con una paternidad y una maternidad segregadas o en abierta confrontación (Viladrich, 2002). Y no olvidemos que, como lo adelantamos, la filiación es nuestra primera identidad, fundamento y germen de la progresiva personalización del ser humano. Como vemos, las consecuencias de la disociación conyugalidad-parentalidad son múltiples.

El matrimonio representa un bien social. Para el crecimiento armónico del niño están confirmadas las ventajas de la estabilidad en la unión de los padres. Sabemos que no es una misión sencilla: podemos afirmar que el haber mantenido una relación conyugal de forma constante y sana es un indicador de capacidad resiliente (Barudy y Dantagnan, 2010). Más allá de estas consideraciones, si en nuestro origen como hijos no hay unión conyugal o esta se desintegró, la paternidad es experimentada como un referente suelto, aislado, escindido, en confrontación respecto de la maternidad, y viceversa. La fractura entre paternidad y maternidad –muchas veces violenta– atenta contra la genealogía personal y amorosa propia de cada ser humano, de cada hijo, debida por el mero hecho de ser persona.

En este cuarto capítulo, hemos revisado algunos fundamentos antropológicos y sociológicos de la parentalidad complementaria, estableciendo, desde una perspectiva relacional, la reciprocidad como nota de calidad en el ejercicio parental. Hemos revisado literatura disponible sobre los beneficios derivados de una conyugalidad estable como base del sistema familiar y marco del desarrollo armónico de los hijos. Finalmente, a partir de nuestro análisis documental, profundizamos en las consecuencias reportadas en situaciones de disociación conyugalidad-parentalidad. En la conclusión de nuestro trabajo retomaremos los aspectos salientes para ponerlos en contexto y relacionarlos con las dimensiones abordadas en los capítulos precedentes.


  1. Al respecto, Filloux (2008) señala que la interferencia de aquello que está dado al nacer con las situaciones en que evoluciona el organismo, la actuación conjunta en el transcurso de la infancia de la maduración y de lo que sucede en el ambiente, forman esa historia compleja que es la personalidad. Lo dado y lo adquirido, natura et nurtura, interferirán de forma singular, específica de la propia personalidad, en cada caso.
  2. El modelo circumplejo de sistemas familiares y maritales de Olson, Russell y Sprenkle (1989) ha impulsado el desarrollo de innumerables estudios y servido de herramienta para contrastar empíricamente sus hipótesis evaluativas. De acuerdo con el enfoque de Olson, tres son las dimensiones que definen el constructo funcionamiento familiar: cohesión, adaptabilidad y comunicación. Esta última, según el autor, viene a complejizar los modelos que la anteceden, pues está presente en las dos dimensiones primeras, pero no puede reducirse a ninguna de ellas (Leibovich de Figueroa et al., 2010). No hemos incorporado aquí la variable comunicación familiar y marital separadamente por ser de una complejidad y riqueza tal que demandaría un abordaje exclusivo, por lo que queda fuera de los límites de nuestro desarrollo. Encontramos, por supuesto, alusiones transversales en los diversos puntos que componen el entramado conceptual de este estudio.
  3. Los diez principios de Princeton son el resultado del debate académico que tuvo lugar en diciembre de 2004 en Princeton, Nueva Jersey, patrocinado por el Social Trends Institute y el Witherspoon Institute. Esta conferencia reunió a especialistas en historia, economía, psiquiatría, derecho, sociología y filosofía, que compartieron el resultado de sus investigaciones sobre por qué el matrimonio es un tema de interés público. Si bien muchos de los fenómenos sociales y datos del texto se basan en estudios sobre la sociedad estadounidense, las tendencias observadas son representativas para el mundo occidental.
  4. Child Trends es una organización sin fines de lucro con sede en Washington D. C., que se dedica a la investigación centrada en los niños, en todas las etapas de su desarrollo. Su misión consiste en la difusión de los resultados de los estudios que lleva a cabo, haciéndolos llegar a personas e instituciones cuyas decisiones y acciones afectan directamente a la población infantil: ejecutores de programas, comunidad política, investigadores, educadores y medios de comunicación. Fundada en 1979, Child Trends apunta a mantener el centro en los niños y sus necesidades, mediante la identificación de temas emergentes y la evaluación y propuesta de planes y directrices.


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