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Introducción

Alejandro Schneider y Matías Oberlin Molina

I.

En Historia del siglo XX, el historiador británico Eric Hobsbawm afirma que “nunca la faz del planeta y la vida humana se han transformado tan radicalmente como en la era que comenzó bajo las nubes en forma de hongo de Hiroshima y Nagasaki”, y señala, algunas páginas después, que “generaciones enteras crecieron bajo la amenaza del conflicto nuclear global” y que “no llegó a suceder, pero durante cuarenta años fue una posibilidad cotidiana” (1998: 157, 200). Hace unos años, en un libro que publicamos llamado América Latina: bajo la sombra de la Guerra Fría (2021), nos preguntábamos: ¿por qué debíamos hablar de Guerra Fría en América Latina a más de tres décadas de finalizado el conflicto? ¿Qué podíamos extraer de un mundo bipolar para un presente multipolar? Ante eso decíamos que nos encontrábamos insertos en un escenario en el que las derechas a nivel continental (ahora diríamos mundial) estaban protagonizando procesos políticos, económicos, culturales y sociales. En particular, se hallaban rearticulando un discurso que se caracterizaba por la definición de una otredad en torno a un antiguo enemigo en común: el comunismo. Esta vez, elegimos la metáfora de Hobsbawm para titular el libro, porque en una imagen logra sintetizar una sensación generalizada que —entendemos— no era imaginable cuando publicamos el libro anterior y, sin embargo, ahora vuelve con todo su peso espectral.

Al igual que en ese pasado próximo, el momento histórico en que se ubica el objeto de nuestro estudio se encuentra signado por una época de cambiantes procesos políticos, económicos y culturales, en la cual la alusión a la Guerra Fría se ha consolidado aún más en este convulsivo e incierto presente. El ascenso a la presidencia de hombres que reivindican un pensamiento de derecha, identificados con una filosofía anticomunista, como Donald Trump en Estados Unidos, Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay, Rodrigo Paz en Bolivia y José Kast en Chile, entre otros, es un claro indicio de la vigencia de este fenómeno. Del mismo modo, la incursión armada estadounidense a Venezuela el pasado 3 de enero para destituir al presidente Nicolás Maduro, o bien, el incremento del bloqueo comercial, la amenaza de invadir Cuba y el intento de apropiación del Canal de Panamá son también evidencias de lo que se ha mencionado.

Detrás de todos esos hechos, se halla presente la ambición del gobierno estadounidense de tratar de controlar el continente americano y su intención de extender su presencia en el resto del mundo. Incluso en áreas que eran influenciadas por su antiguo competidor, la ex Unión Soviética. La amenaza contra Irán —de arrasar con la población, junto con toda la cultura persa— no debe ser menospreciada. De ese modo, regresan diversos temas y tópicos propios de los años del enfrentamiento bipolar; así, nos volvemos a encontrar con el armamentismo y el empleo de antiguas bases militares, las persecuciones ideológicas y el acoso a los inmigrantes, el aumento de la xenofobia, el control sobre los recursos nacionales (tierra, minería, petróleo y agua), entre otros problemas. En cierta manera, el propio Trump ha dado a conocer recientemente su corolario a la Doctrina Monroe, en el que se atribuye la potestad de intervenir en cualquier país del subcontinente que atente contra la provisión de recursos que interfieran en los intereses de su país.

Por eso bien vale recordar que la Guerra Fría en América Latina se caracterizó por impactantes y movilizadores fenómenos, tales como los golpes de Estado en el continente, el establecimiento de bases militares estadounidenses, la extensión de la Doctrina de Seguridad Nacional a todos los rincones del hemisferio, la aplicación de la Alianza para el Progreso como política contrainsurgente que fomentaba un pseudodesarrollismo, la Revolución cubana y su impacto en la insurgencia en Latinoamérica, así como la guerra en el sudeste asiático, y los movimientos de liberación nacional en el Tercer Mundo.

De acuerdo con el historiador Odd Arne Westad (2007), el citado enfrentamiento tuvo un alcance global; fue producto de dos procesos políticos que se desarrollaron de manera intrínseca y simultánea. Por un lado, la propia puja entre la Casa Blanca y el Kremlin; por el otro, la lucha de los movimientos patrióticos en los países del Tercer Mundo. De esta manera, ambos procesos se entrecruzaron e impactaron el uno con el otro.

No se puede comprender la historia del continente en esas décadas sin entender que su desenvolvimiento se dio en el marco de la Guerra Fría. Hay que observar ese fenómeno desde un enfoque que trascienda los límites de lo meramente nacional, desde una perspectiva transnacional, tal como lo concibieron los propios sujetos políticos involucrados. En todos los países mencionados en este libro, se evidencian las diferentes zonas de contactos entre los más variados temas y actores. De esa manera, se pueden mencionar los vínculos transnacionales en cuestiones como el cambio de sentido de las políticas sobre la implementación de reformas agrarias, la carrera armamentística en algunas naciones, las medidas económicas efectuadas por las dictaduras del cono sur latinoamericano, el papel de las agencias de inteligencia en Estados Unidos o el de la relación entre religión y política en los procesos revolucionarios.

Como lo demuestran las contribuciones de esta obra, a pesar de abrirse un período de detente, donde parecía que predominaban las negociaciones diplomáticas, las décadas de 1960 y 1970 estuvieron signadas por hechos marcados a fuego. Fueron años en los que la Casa Blanca intensificó las exigencias de seguridad y vigilancia a los gobernantes súbditos de su patio trasero bajo la prioridad de defender las fronteras del avance del comunismo. A pesar de que los gobiernos de la región buscaban preservar una cierta independencia, los mecanismos de sujeción se hallaban expuestos a la luz pública. Lejos de pensar que los gobernantes latinoamericanos carecían de voz y de decisión, estos compartieron la cruzada anticomunista, e implementaron todo un conjunto de herramientas que tuvieron a su alcance para luchar contra ese fantasmagórico enemigo.

Si bien fue un período en donde hubo una mayor distensión entre las potencias nucleares, en la región las tensiones persistieron y se expresaron con crudeza. Durante esas décadas, el continente experimentó un doble fenómeno transnacional expresado en la emergencia de una oleada revolucionaria y una respuesta contrarrevolucionaria (Grandin y Joseph, 2010). Dos olas se expandieron simultáneamente en esos años: una propagó la idea de que era posible lograr una revolución vencedora y transformadora, mientras que otra, impulsada por Estados Unidos, se encaminó a frenarla y apagarla.

La pugna bipolar superó el mero enfrentamiento entre dos potencias; por ende, incluyó una participación de actores locales y extranjeros en cada escenario nacional (Brown, 2015). La realidad latinoamericana fue producto de interacciones continuas, como consecuencia de cambiantes relaciones de fuerzas tanto endógenas como externas. En este último espacio geográfico, la situación política se potenció producto de la pretensión estadounidense sobre el hemisferio; fueron años signados por un espectro que cubrió todo el continente.

El acontecimiento que significó una bisagra de los nuevos tiempos en América Latina fue el golpe de Estado contra la presidencia de Jacobo Árbenz en Guatemala en junio de 1954. Desde ese momento, cualquier postulado reformista nacionalista era recelado y juzgado como comunista; sobre todo, cuando se ponía en discusión la propiedad de la tierra. A partir de esa interrupción constitucional, Washington, junto con la colaboración de diferentes fracciones de las clases dominantes locales, utilizó de manera sistemática diversas tácticas para desestabilizar política y económicamente a gobiernos elegidos en forma democrática. Entre otros métodos de contrainsurgencia, desarrolló a nivel continental el empleo de la Doctrina de Seguridad Nacional (Gill, 2004). Paralelo a ello, Estados Unidos impulsó la Alianza para el Progreso a través de numerosas agencias de ayuda y de colaboración para frenar el posible avance del comunismo en el hemisferio (Dabene, 2001).

No obstante, en opinión de Richard Saull (2004), el hecho más importante que condujo a posicionar a América Latina en el centro de la Guerra Fría fue la Revolución cubana; fue un punto de inflexión que no se detuvo en este continente, sino que también influyó en distintos movimientos de liberación nacional de Asia y África. En esa coyuntura histórica, como consecuencia de la gesta liderada por Fidel Castro, no hubo sector social, político, económico y cultural en Latinoamérica que no hubiera sentido un temblor por los acontecimientos de la Sierra Maestra.

A pesar de ello, todavía una amplia gama de analistas internacionales, politólogos e historiadores, sobre todo anglosajones, se niega a incluir a América Latina en los estudios y debates sobre la Guerra Fría. En nuestra opinión, es acertada la afirmación de Marcelo Casals (2020, 2023) cuando observa que se han desarrollado una serie de investigaciones, seminarios, redes aca­démicas y publicaciones sobre la Guerra Fría en América Latina producida en nuestros países que no son reconocidas por la academia de habla inglesa.

II.

En el libro anterior, América Latina: bajo la sombra de la Guerra Fría (2021), hemos hecho una breve reflexión historiográfica sobre cómo se ha abordado este período. No es nuestra intención aquí repetirnos, ni siquiera agotar el tema, pero sí sumar brevemente un conjunto de artículos sumamente influyentes que se publicaron entre aquel momento y este.

En ese sentido, el artículo más importante ha sido el de William Booth (2021). Su propuesta consiste en subrayar que la Guerra Fría en América Latina se superpone con un conjunto de conflictos latinoamericanos de largo aliento: el conflicto por la tierra, el conflicto de la formación de los Estados nacionales, el conflicto por las soberanías nacionales contra la hegemonía estadounidense, el conflicto entre capital y trabajo y el conflicto entre capitalismo y socialismo. La Guerra Fría sería un engranaje más que se monta sobre otros que tenían una historia prolongada en nuestro continente.

Otro escrito en el que deberíamos detenernos para hacer esta breve actualización es el libro compilado por Vanni Pettinà (2023), La Guerra Fría latinoamericana y sus historiografías. Allí, un conjunto de historiadores/as latinoamericanos/as intenta ordenar las investigaciones recientes sobre la Guerra Fría latinoamericana partiendo de criterios concentrados en historiografía no escrita en lengua inglesa, con el fin de reponer hasta qué punto mantuvieron contacto con el debate historiográfico internacional, relevando cómo la categoría cronológico-conceptual de la Guerra Fría ha tenido menos éxito en las producciones latinoamericanas a partir de abordar distintos ángulos (historia económica, política, intelectual y de la religión, y los estudios de género y transnacionales).

En la compilación de Pettinà sobresale el artículo de la investigadora Julieta Rostica (2023), que demuestra la consolidación de la perspectiva transnacional en las investigaciones latinoamericanas sobre la Guerra Fría. La autora presenta cuatro redes transnacionales que se tejieron durante el período, las cuales alcanzaron un alto grado de coordinación en la década de 1970.

En esa misma clave transnacional, el historiador uruguayo Roberto García Ferreira viene desarrollando una investigación con su equipo de la cual hemos tenido el placer de conocer sus adelantos en una reunión que se llevó adelante en julio de 2025 en el Instituto Interdisciplinario de Estudios e Investigaciones de América Latina de la Universidad de Buenos Aires. Su sugerente trabajo, aún inédito, que presentó con el nombre de “Un punto de observación estratégico: Uruguay en la Guerra Fría latinoamericana, busca reponer, a través de la consulta de diversos acervos documentales de todo el continente, el papel de Uruguay durante el período, un lugar que —lejos de ser marginal o periférico— fue protagónico en el período.

Por último, desde otra perspectiva, se destaca la investigación de Gerardo Sánchez Nateras (2022) La última revolución: la insurrección sandinista y la Guerra Fría interamericana. En esa obra, el joven investigador reconstruye, a través de una nutrida documentación, cómo fue posible la Revolución sandinista, no solo gracias al desarrollo de las condiciones internas nicaragüenses, sino también por el apoyo de una amplia red transnacional.

Como se evidencia en este breve racconto, la producción sobre el período pone de manifiesto que la Guerra Fría sigue siendo un campo prolífico de estudios en el que se combinan la capacidad de acción de cada uno de los actores y el conflicto a escala global, para cuyo abordaje se necesitan perspectivas novedosas.

III.

Sobre la base de lo mencionado con anterioridad, nuestro libro se presenta con la intención de tomar algunas de esas ideas y temas. A pesar de las dificultades que este tipo de pesquisa conlleva, como argumenta Marchesi (2017), estos artículos son el resultado no solo de una exhaustiva lectura bibliográfica, sino también del empleo de nuevas fuentes primarias, tanto provenientes del país como del exterior. Así, el equipo de investigación se ha encontrado trabajando en repositorios y archivos tanto en Argentina como en Brasil, México, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Chile, Perú, Puerto Rico y Nicaragua.

Al igual que en los anteriores libros publicados, esta obra se lleva a cabo en el marco de los programas de investigación de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires (UBACyT). En este caso, el proyecto se denomina “Frágiles democracias en la historia contemporánea de América Latina (1954-2019)”, radicado en el Instituto Interdisciplinario de Estudios e Investigaciones de América Latina (INDEAL) de la Facultad de Filosofía y Letras. El presente escrito se fundamenta sobre la base de un conjunto de artículos que, a pesar de las distintas estrategias metodológicas empleadas, objetos analizados, escalas y problemas abordados, permite discutir un momento candente en la historia del continente. De este modo, se apunta a comprender la Guerra Fría a partir de una serie de aportes específicos, rescatando sobre todo los aportes historiográficos brindados por la historia global.

Los cambios domésticos e internacionales que provocó el advenimiento de la Guerra Fría no se produjeron en forma inmediata, sino que fueron un proceso lento, por medio de distintas tensiones internas en el ámbito político. Como hemos mencionado, en la década de 1960, tras el triunfo de la Revolución cubana y en el marco de la Guerra Fría interamericana, el gobierno estadounidense diseñó una estrategia específica para la región: la Alianza para el Progreso. Esta determinó la necesidad de avanzar en reformas estructurales a lo largo y ancho del subcontinente latinoamericano; particularmente, señaló la necesidad de avanzar con reformas agrarias integrales. En ese contexto, Matías Oberlin Molina, en su artículo, se aboca a estudiar lo que denomina el consenso ruralista de la reforma agraria en América Latina en la década del sesenta. De ese modo, alude a una suerte de sentido común que invadió todas las esferas de discusión sobre el tema; en especial, analiza la inclinación del concepto de reforma agraria hacia el polo de la productividad y el desarrollo. Dicho movimiento se realizó en la década de 1960 como parte de la estrategia de la ALPRO, que convirtió un reclamo político en una discusión técnica. El artículo a su vez examina cómo fue posible que se operara este cambio semántico: la circulación específica promovida por el Proyecto 206 del Programa de Cooperación Técnica de la Organización de Estados Americanos.

En continuidad con la problemática rural en el continente, el estudio de Julieta Caggiano se aboca a analizar la producción y circulación de diagnósticos técnicos sobre la cuestión agraria en la Argentina de la década de 1960, en el contexto de la Guerra Fría. A partir de documentos de la época, reconstruye las redes de actores —estatales, internacionales y privados— que configuraron “zonas de contacto” para la circulación del saber experto. Sostiene que estos procesos redefinieron el problema agrario en términos técnicos, de modo que desplazaron el conflicto por la tierra hacia criterios de productividad y planificación y así delimitaron las formas legítimas de intervención estatal.

Por su parte, Julián Zícari tiene como objetivo comparar las dictaduras en Chile (1973-1990) y Argentina (1976-1983) durante la Guerra Fría. Ambas se caracterizaron por sus objetivos de reorganizar profundamente sus naciones a través de dos estrategias, la represión ilegal y el cambio económico estructural. Si bien ambos proyectos fueron similares en la década de 1970, en la siguiente tendrían grandes divergencias que el capítulo busca explicar.

En otro orden de temas, Franco Lucietto analiza comparativamente la dimensión estratégica militar de las políticas exteriores de Brasil, Chile y Perú entre 1962 y 1979, en el marco de la distensión de la Guerra Fría. En su capítulo sostiene que, pese a compartir un contexto regional signado por la Doctrina de Seguridad y Desarrollo Nacional y la hegemonía estadounidense, cada país desplegó estrategias diferenciadas vinculadas a su patrón de acumulación interna y sus proyectos de modernización.

En ese convulsionado y crispado contexto internacional, se inserta el artículo de Alejandro Schneider. En su investigación se analiza la situación de Puerto Rico durante esas décadas. En el archipiélago caribeño, por ser un territorio colonial de Estados Unidos, la Guerra Fría adquirió una singularidad especial: Washington reforzó su interés geopolítico en el marco de la pugna contra la Unión Soviética. Los acontecimientos militares incidieron en la vida diaria de las personas: desde la intervención en Corea, pasando por la crisis de los misiles en 1962 y la existencia de ojivas nucleares, la destrucción de la población que habitaba en la isla de Vieques por la presencia de la Marina de Guerra, hasta el reclutamiento obligatorio para ir a combatir a Vietnam. De ese modo, en ese capítulo se observan las distintas facetas que adoptó la Guerra Fría en Puerto Rico; al igual que un paralelogramo, se analizan sus diversas caras, con el fin de subrayar las condiciones estructurales en las que se desenvolvieron los protagonistas de ese período.

Por último, el trabajo de Paula Fernández y Jadir Carneiro se aboca a examinar la relación entre política y religión en Nicaragua. Si bien esta problemática posee una extensa trayectoria histórica, los sentidos que provoca y a quiénes se dirigen los discursos político-religiosos no son similares a lo largo de la historia. A partir de esta afirmación, la presente investigación busca comparar la narrativa político-religiosa del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) histórico, durante la Guerra Fría, con el discurso político-religioso del neosandinismo en el siglo XXI.

Bibliografía

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Brown, M. (2015). The global history of Latin America. Journal of Global History, 10 (3).

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Westad, O. A. (2007). The Global Cold War: Third World interventions and the Making of Our Times. Nueva York: Cambridge University Press.



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