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3 Los Invencibles de Salto

A principios de 1752, a pedido de un grupo de hacendados y jefes milicianos, el Cabildo de Buenos Aires decidió crear tres compañías de milicias a sueldo para la defensa de la frontera y un Ramo de Guerra para sufragarlas. Las compañías se destinarían a los pagos de Luján, Arrecifes y Magdalena con el objetivo de proteger la riqueza agropecuaria y la circulación de mercancías dentro de la jurisdicción de Buenos Aires. La Corona censuró la creación de milicias a sueldo y sugirió que la formación de “pueblos defensivos” era la forma más conveniente de proteger la frontera.[1] Sin embargo, poco hicieron los funcionarios locales para poner en práctica la política oficial para la frontera.[2] A partir de 1766, en el contexto de la reforma militar borbónica, se universalizó el servicio en las milicias rurales y se incorporó a las compañías de blandengues al “servicio al rey”. Este capítulo se enfoca en observar cómo se resolvió la tensión entre estos distintos proyectos a partir de la agencia de pobladores y autoridades locales en la frontera de Arrecifes. Allí, para el sostenimiento de la compañía de blandengues, denominada “La Invencible”, y la formación del pueblo de San Antonio del Salto, no bastaron las disposiciones y directrices reformistas de las autoridades de Buenos Aires –aun cuando fueran acompañadas de decisión política y una razonable partida presupuestaria–, sino que se sustentaron en un intenso proceso político local.

La historiografía ha prestado atención, desde distintos ángulos, tanto a las compañías de blandengues como a la formación de los pueblos rurales bonaerenses. En su estudio sobre la organización militar del virreinato, el coronel Juan Beverina entendía que los blandengues eran un tipo peculiar de milicias ya que habían sido creadas por el Cabildo de Buenos Aires, llevaban un tipo de guerra irregular contra los indígenas y su personal estaba compuesto de “gente del país”. Según este autor, las compañías tuvieron una precaria existencia hasta que el virrey Juan Joseph de Vértiz (1778-1784) las “reorganizó con eficacia, aumentando su composición orgánica y los efectivos de las compañías, y obteniendo la autorización real para transformarlo en unidad veterana”, en referencia a la real orden de 1784 que constituía a las compañías de blandengues en un cuerpo veterano dentro de los Ejércitos del rey.[3]

En su estudio sobre las tradiciones militares coloniales, el historiador Raúl Fradkin llama la atención sobre la centralidad de la experiencia miliciana de los blandengues, que permeó el período posterior, consolidando de esta manera una “tradición de caballería veterana de matriz miliciana”, y anticipó un problema decisivo para los años posrrevolucionarios como es la reconversión de fuerzas milicianas en veteranas.[4] El autor señala tres aspectos materiales que hicieron de los blandengues la “solución local” al problema borbónico de la defensa: el hecho de que fueran solventados con fondos locales, el reclutamiento entre la “gente del país” y la obligación para los soldados de mantener sus caballos y uniformes. De esta manera, Fradkin afirma que “la experiencia de los blandengues es interesante porque ilustra con suma claridad acerca de la existencia de formas híbridas que no pueden reducirse a una dicotomía entre veteranas y milicianas”.[5]

Desde la historia social, Carlos Mayo y Amalia Latrubesse explican la aparición de los blandengues por la necesidad de contar, frente a la ineficacia de las milicias a ración, con una guardia permanente pagada por el fisco, aunque también afirman que la sociedad de frontera en la que se desplegaba limitaba el alcance de esta “militarización”.[6] Entre otras limitantes, los autores señalan la regularidad de las deserciones, la indisciplina de los soldados y el permiso dado por las autoridades para ausentarse durante la cosecha. Eugenia Néspolo, contrariando la visión de estos autores, sostiene que el esfuerzo defensivo se sustentó justamente en las milicias rurales, y no en los blandengues, ya que tres dotaciones de 60 hombres no pudieron defender 700 kilómetros de frontera.[7] En todo caso, la decisión de formar tres compañías de blandengues no fue contradictoria con el mantenimiento y reforzamiento de las milicias a ración en la frontera.[8] Esta convergencia se daba también en una práctica que denominamos de “articulación defensiva”, aunque la convivencia entre unas y otras también podía dar lugar a conflictos de autoridad entre sus oficiales.[9]

Por otro lado, la historiografía ha vinculado de diversas formas la formación de algunos pueblos rurales de Buenos Aires con el establecimiento de los fuertes y las compañías de blandengues en la frontera. Por ejemplo, para el historiador Ricardo Marfany, la desidia y el desvío de fondos en que habrían incurrido los distintos gobernadores del período habrían provocado el “abandono” de la defensa, mientras que la idea de formar “pueblos defensivos” no habría pasado en este período de un proyecto en papel. Para el autor, estas deficiencias solo serían subsanadas con las reformas introducidas por Vértiz que revivieron a las compañías e incluyeron además la construcción de fuertes en forma de “cordón defensivo” y la fundación de nuevos pueblos en sus alrededores.[10] Contradiciendo esta visión tradicional, la renovación en la historia rural rioplatense ha visto el origen y la formación de pueblos como resultado de procesos de poblamiento complejos, la extensión de redes mercantiles y el despliegue de estructuras de poder institucional.[11] En este sentido, la historiadora Mariana Canedo llama la atención sobre los límites en la implementación de la política borbónica de poblamiento y la conveniencia de distinguir entre “fundación” y “formación” de pueblos.[12] Para el caso de las villas fundadas por Rocamora en Entre Ríos, Julio Djenderedjian señala que estas no se formaron sobre el vacío, sino que había una historia previa de poblamiento y construcción de poder.[13]

El pueblo de San Antonio del Salto nunca tuvo un acto de fundación ni estatuto de “villa”[14], que era una de las maneras que encontrarían las autoridades borbónicas para atraer pobladores a la frontera. Su formación se vincula al establecimiento, en 1752, de la compañía de blandengues La Invencible en el paraje del Salto sobre el río Arrecifes (hoy río Salto) en el noroeste de la jurisdicción de Buenos Aires. A diferencia de las villas fundadas en las fronteras de Entre Ríos y el sur de Córdoba en el último cuarto del siglo xviii,[15] San Antonio del Salto carecía de cabildo y autoridades jurisdiccionales propias, y hasta 1796 –cuando se convirtió en viceparroquia– tampoco tuvo cura párroco, siendo el capitán de blandengues la principal autoridad local.[16] En las décadas de vida colonial, el pueblo tuvo un fuerte crecimiento demográfico que lo aproximó al millar de habitantes hacia 1810.[17]

Los inicios de Salto como una guarnición militar y su emplazamiento en la frontera dieron a la vida política del pueblo un carácter peculiar. Algunos autores consideran que el “origen castrense” de algunos pueblos rurales y la carencia de organismos representativos contribuyó al debilitamiento de su experiencia política. El académico Alberto de Paula, en su estudio “Origen, evolución e identidad de los pueblos bonaerenses”, distingue entre los pueblos de origen reduccional, los vinculados a los caminos, y los pueblos surgidos al calor de las “necesidades de defensa”. En este cuadro, la creación de tres compañías de blandengues en 1752 fue un importante “aporte al desarrollo urbano”,[18] pero este origen castrense “contribuyó a debilitar el desarrollo de una experiencia política autónoma”.[19] Como estos pueblos carecían de cabildos propios y solo “tuvieron como autoridades a los comandantes de los diversos fortines”, se cimentó la “antinomia política e institucional advertida en el siglo xix” entre la ciudad y los pueblos de la campaña “al enfrentarse una tradición parlamentaria […] y el autoritarismo de las poblaciones habituadas a no experimentar otra forma de poder, que los comandantes de los fortines y los alcaldes y jueces de paz que se les imponían”.[20]

Por su parte, Carlos Mayo y Amalia Latrubesse, en su estudio ya citado, realizan similares consideraciones sobre la experiencia política en la frontera. Afirman que “la temprana experiencia política de los pagos fronterizos estuvo signada por un claro sesgo autoritario”, ya que “el alcalde de la hermandad y el comandante militar reinaron sin contrapartida ni contrapeso institucional local”.[21]

Desde otro punto de vista, para María Elena Barral y Raúl Fradkin, el hecho de que los pueblos rurales de la jurisdicción de Buenos Aires fungieran como “sedes” de distintas “redes de poder institucional” presentes en el mundo rural (eclesiástica, militar-miliciana y judicial-policial), los convertía en “escenarios privilegiados para la acción política en la campaña”.[22] Otros autores destacan la experiencia política que implicó para los pobladores rurales la participación en las milicias, vinculada con la adquisición del estatuto de “vecino”. De acuerdo a Carlos Oreste Cansanello, el requisitos para ser considerado vecino en el Buenos Aires colonial era poseer domicilio establecido, actividad laboral reconocida y prestación en las milicias, por lo que considera al “servicio en la milicia como el tránsito hacia la obtención de la ciudadanía”. Sin embargo, según el autor, “resulta imposible comparar a los vecinos de la campaña, que no elegían autoridades, con los vecinos de la ciudad, que sí lo hacían”. Con todo, cumplir el servicio de milicia para la defensa de las fronteras otorgaba a los vecinos un “derecho a petición” a las autoridades.[23] Asimismo, según Eugenia Néspolo, la necesidad de hombres para la defensa acentuó el servicio en las milicias como condición de “vecindad” y posibilitó que algunos vecinos-milicianos accedieran a instancias de autoridad y construyeran poder personal.[24]

Este capítulo se centra en la experiencia de la compañía de blandengues de Arrecifes durante su período miliciano, es decir, antes de las reformas introducidas por el virrey Juan Joseph de Vértiz que culminaron en 1784 con su sanción como un cuerpo regular de caballería. En el período que va de 1752 a 1779, si bien su peso numérico fue por momentos exiguo y su existencia, por demás precaria, la presencia de los blandengues en la frontera fue tan permanente como el riesgo de su disolución, y estas dos condiciones fueron las que moldearon una experiencia miliciana con significados particulares para sus protagonistas, quienes tomaron ventajas de una y otra situación.

Pero, asimismo, el capítulo enfoca un aspecto poco reconocido en la formación de un pueblo –además de los fenómenos socioeconómicos y los estímulos institucionales–, que es la experiencia política de la frontera. La participación en las milicias, en cualquiera de sus formas, era –para los varones adultos de la época– criterio de inclusión o exclusión del cuerpo político de la monarquía y un importante medio para la formación y difusión de la cultura política local.[25] La evidencia presentada en este capítulo permite ver la “vecindad” no tanto como una condición que atañía a individuos, sino como sustento de una forma colectiva de organización política, el “vecindario”, es decir, una comunidad local de carácter corporativo y territorial que expresa una determinada cultura política común al orbe hispánico –con sus nociones de autoridad y legitimidad– apropiada en una praxis política idiosincrática. Como veremos, fue la conformación de este “vecindario” el que permitió la supervivencia del pueblo de Salto y determinó la forma que adquiriría su gobierno, las luchas por su obtención y los lazos hacia las autoridades sitas en Buenos Aires.

La capilla y el fuerte

La segunda de las tres compañías de milicias pagas proyectadas por el Cabildo de Buenos Aires estaba destinada al pago de Arrecifes, en el noroeste de su jurisdicción, un área fuertemente ganadera y circundada por las principales vías de comunicación entre Buenos Aires y las provincias interiores.[26] En el invierno de 1752, Isidro Troncoso y Lira, vecino de Baradero y capitán de milicias, reunió a 50 hombres para formar la compañía destinada a Arrecifes, quienes exigieron el adelanto de media paga anual para marchar a la frontera. El Cabildo de Buenos Aires, aunque adujo falta de fondos, cedió ante la amenaza de deserción y adelantó a los soldados tres meses de sueldo a condición de que la compañía se presentara y revistara en la Plaza Mayor.[27] En este acto, los soldados se autodenominaron “los invencibles” y, debido a que “blandieron” sus espadas y lanzas para regocijo del público, serían reconocidos como los “blandengues” de la frontera.[28] Los soldados marcharon a la frontera con los tres sueldos adelantados en sus bolsillos y el poco armamento que les proveyó el Cabildo: lanzas, algunas escopetas y un pequeño cañón. Unas 40 leguas[29] separaban a Buenos Aires de Arrecifes. Más al sur y más al oeste, se hallaba la tierra adentro, el territorio controlado por los pueblos indígenas de la región pampeana.

La compañía acampó en la cabecera del río Arrecifes, en la encrucijada con el arroyo Saladillo, en un paraje nombrado “el Salto” por una pequeña cascada que formaba el curso de agua. El sitio parecía haber sido creado para ser habitado: contaba con aguadas, piedra caliza para las construcciones y tierras libres en las que los soldados podían producir “lo necesario para la Vida”.[30] El Cabildo les proveyó las maderas para la construcción del fuerte y los cuarteles que los albergarían, rústicas construcciones de madera, adobe y piedra.[31] Junto a los cuarteles, los blandengues erigieron una precaria capilla donde frailes itinerantes atendían sus necesidades espirituales.

Los primeros años, los sueldos de la compañía fueron puntualmente pagados, condición para sostener la presencia de la tropa en la frontera. Los capitanes, en cambio, no duraron en su destino. El capitán Isidro Troncoso se marchó al cumplirse el año de su mandato, y fue reemplazado por don Francisco Suero, quien de todos modos tampoco permaneció mucho en el cargo. A principios de 1755, arribó a Salto el capitán Bartolomé Gutiérrez de Paz, proveniente de una familia de hacendados del pago de Luján comprometida con el proyecto de defensa de la frontera.[32] Al año siguiente, el padre franciscano Matías Cabral se convirtió en el primer capellán de la compañía La Invencible. Cabral consagró la capilla de Salto a San Antonio y solicitó la compra de una suntuosa imagen del santo patrono pintada al óleo y dorada a la hoja.[33]

El historiador Eric Van Young, en su estudio sobre las aldeas rurales mexicanas, afirma que la sacralización del espacio de las comunidades locales, necesaria para la consumación de los sacramentos, solidificaba vínculos afectivos e ideológicos entre sus miembros y reforzaba su identidad corporativa.[34] En aquel momento se consumaron los primeros matrimonios en Salto. En pocos años hubo una decena de casamientos entre blandengues de La Invencible y mujeres lugareñas[35], o bien con las hijas de otros soldados.[36] La sucesión de casamientos emparentó políticamente a los blandengues entre sí y con el capitán Gutiérrez de Paz, quien en la mayoría ofició de testigo y matrimonió a sus propios hijos con los soldados y sus familias.[37] Otros blandengues llegaron a la frontera ya con familia y bautizaron a sus hijos más pequeños en Salto.[38] Sin embargo, el pueblo no contaría hasta mucho después con un camposanto, y los muertos debían ser trasladados hasta San José de los Arrecifes para darles santa sepultura.

A partir de 1757, el gobernador Pedro Cevallos quiso tener más injerencia en las compañías de la frontera, para lo cual designó a un “inspector de milicias” de origen veterano. Hacia finales de la década, los cuarteles que albergaban al capitán y a la tropa estaban listos, pero el fuerte era todavía una promesa. Acaso por el atraso en la obra, el inspector de milicias Francisco Maguna envió a Salto al alférez de Dragones Pedro Castellanos. En octubre de 1759, comenzó la obra del fuerte, dirigida por Castellanos y con el trabajo de los propios blandengues de la compañía. El alférez esperaba que la obra “cuanto antes” estuviera concluida, pero los soldados repartían su tiempo entre las batidas de campo, la construcción del fuerte y la siembra de sus tierras:

… si trabajara toda la gente todos los Días pero no trabajan sino catorce que son los que entran de Guardia, por dar Lugar a que trabajen los que tienen que sembrar pues todos los soldados trabajan en el Fuerte con bastante gusto, y empeño deseosos el que quantuantes [sic] se acabe.

Unos meses después las paredes del fuerte estaban levantadas, aunque faltaban los corrales y terraplenes. Los “indios” parecían estar lejos: los corredores de campo “lo más que encontraron fue unos fogones ya viejos como de un mes a distancia de unas cincuenta Leguas” de allí. En los alrededores del cuartel, había solo dos ranchos viejos y algunos corrales. El alférez se mostraba optimista respecto a que el sitio se poblara: “En cuanto a Vecinos espero en Dios que con el buen agrado ande ir [sic] viniendo”.[39]

Salto nunca tuvo un acta de fundación ni estatuto de pueblo. La consagración de la capilla al santo patrono venerado por la orden de los franciscanos fue el evento simbólico más importante, una suerte de bautismo del pueblo que a partir de entonces sería conocido como San Antonio del Salto de los Arrecifes. La sucesión de casamientos y bautismos en Salto indica una voluntad de arraigo por parte de los soldados de La Invencible, quienes dividían su tiempo entre las batidas de campo, sus trabajos campestres y la construcción de los cuarteles, el fuerte y la capilla. Frente a la ausencia de una política oficial consistente, el protagonismo en la formación del pueblo lo tuvieron los blandengues y sus hogares campesinos, piezas fundamentales del poblamiento de Salto y responsables de las primeras construcciones del futuro pueblo.

La autoridad legítima en la frontera

A principios de 1760, en el pueblo de Salto ya había unas 14 o 15 personas, aparte de los soldados y sus familias, algunos ranchos, una pulpería y la “capilla”, un modesto galpón sin puerta y con techo de paja. El nuevo capellán de la compañía, Joseph Antonio González, tuvo la iniciativa de remodelarla. La obra se llevó a cabo con un gasto mínimo gracias al esfuerzo de los blandengues. González informó que “entre todos los soldados se hizo la capilla” sin gastar más dinero que el de los materiales, disponiendo para ello que a mediodía fueran “a comer a sus casas”. Por su parte, según el capellán, el capitán Bartolomé Gutiérrez de Paz se excusó de la obra arguyendo que “la hiciese el Rey, que él no estaba obligado a hacer tal capilla, que mentían todos”.[40]

El capitán de La Invencible también se ganó la suspicacia del alférez Castellanos, quien comenzó a enviar informes negativos al inspector Maguna. Según Castellanos, el capitán Gutiérrez de Paz, enfadado por una carta del gobernador, andaba todo el día “ofreciendo palos a los soldados sin fundamento”, por lo que temía que “los aburriera”, en el sentido de llevarlos a abandonar las filas. En el mismo informe, el alférez acotaba que la llegada del nuevo capellán lo llenaba de esperanza: “…estamos con el capellán nuevo muy gustosos, pues el Día de San Joseph hizo una Plática muy buena, y espero en Dios sacaría bastante fruto”.[41]

El entredicho por el asunto de la capilla motivó la furia del capellán Joseph Antonio González, quien, en consorcio con el alférez Castellanos, denunció al capitán de La Invencible don Bartolomé Gutiérrez de Paz frente al inspector Maguna.[42] El fray González comenzaba su misiva afirmando que su deseo era que el pueblo “cada día creciera a palmos su aumento”, es decir, vinculaba la naturaleza de la denuncia que iba a realizar con la posibilidad de que el Salto se poblase o no. A continuación, enumeraba una serie de conductas reprobables del capitán Bartolomé Gutiérrez de Paz que justificaban su remoción al frente del Salto. En la denuncia de González, pueden vislumbrarse qué comportamientos se esperaban y cuáles se repudiaban en una autoridad, involucrando específicas nociones de lo público y lo legítimo, relacionadas con la naturaleza de la comunidad política que se estaba formando.

Dentro de la reprochable conducta del capitán, el capellán mencionaba, en primer lugar, los “vicios” que tenía Gutiérrez de Paz y la vida licenciosa que llevaba. González afirmaba que “todo se frustra por estar destinado al lugar una tan infeliz Cabeza que todo lo desazona con sus continuas Borracheras”. Al hábito de la bebida, se sumaba el del juego. Según el capellán: “[El capitán] desde que se levanta, después del mate, que toma pasa a asentarlo donde se celebra la descomulgada bebida del Aguardiente, y de ahí se va a la pulpería a jugar gasto hasta medio día”. Continuando con la rutina del capitán de La Invencible, decía González: “Cada vez, que van dos hijas grandes que tiene [el capitán] se anda fandangueando[43] las más noches con ellas de rancho en rancho”. En la concepción del fraile, ciertas conductas personales, como darse a la bebida, al juego o a la noche, eran altamente reprobables en quien era considerado la “cabeza” del pueblo, en una alusión que replica la metáfora corporal del reino, con sus sentidos de naturaleza y jerarquía, a nivel local.[44]

Además, el capellán resentía que el capitán hiciera uso de un lenguaje impúdico y lanzara insultos e injurias que incitaban a la violencia. Según denunciaba González, Gutiérrez de Paz utilizaba una “maldiciente lengua”, insultaba a los habitantes del pueblo y hacía contar “mil deshonestidades”. Además, no distinguía su público, ya que lo hacía estuviera quien estuviese “delante amaneciéndose en esto” y “llevando por delante” cuanto veía “sin reparar” si “los individuos del lugar” eran “hombres casados”, “difamando de continuo a todos y todas, levantándoles mil quimeras cuantas se le proponen a su idea llevado alta borrachera”. Lo peor era que el capitán brindaba un mal ejemplo a quienes debían ser sus acólitos: “…la Continua deshonestidad para conversación dando mal ejemplo a cuantos le oyen sean chicos, sean grandes”, y se loaba “de haber sido, y ser malo”. De acuerdo a lo que observaba el capellán González, las mentiras, los insultos y las palabras obscenas del capitán Gutiérrez de Paz eran tanto peor cuanto no distinguían destinatario y eran un “mal ejemplo” para los pobladores.

El fraile señalaba también la corrupción del capitán y la ausencia de normas que reinaba en Salto. Cotidianamente, crecían “las desmedidas medidas de un tomar sin regla alguna”, algo que tendría “terribles” consecuencias, amenazando con sumir al pueblo en una disputa constante: “A no estar pronto el reparo se matarán como perros”, en una metáfora cara al universo hobbesiano[45]. Además, González denunciaba que el capitán recibía sobornos de “ladrones conocidos […] ociosos paseantes del lugar”, a los que el capitán apresaba para luego dejarlos libres a cambio de alguna pequeña coima: “…a los tres días de cepo con la más inferior dadiva […] libres de culpa y de pena”. Así, reflexionaba el fraile con amargura: “…los que no caben en otra parte tienen su lugar en el Salto”. Es decir, en la argumentación del cura, los procederes arbitrarios y deshonestos del capitán amenazaban con sumir al pueblo en la inmoralidad y volverlo al caos primigenio.

Por último, y no menos importante, González se enfocó en la conducta religiosa del capitán de La Invencible ya que, según el capellán, Gutiérrez de Paz rara vez asistía a misa, dando un mal ejemplo a los pobladores:

… no puedo conseguir el que se halle el primero como capitán para que a su ejemplo se muevan todos no es posible, cuando quiere oye misa y cuando no quiere no la oye sea el día que se fuye [sic] pues fingiendo negocios.

Además, sus procederes deshonestos eran responsables del estado de la “capilla” construida por los soldados: “La capilla es un galpón mal forjado con techo de paja y sin puertas pues hasta los umbrales que traje de la costa los ha dado a un hijo suyo para su casa”. En la óptica del fraile, el capitán no hacía gala de una religiosidad apropiada ni fomentaba el culto entre sus acólitos.

En el cierre de su argumentación, el capellán González retomó el argumento, sensible a las autoridades de Buenos Aires, de la amenaza de despoblación:

Tan violentos se hallan así vecinos como los señores soldados que de repente está arriesgado, que desamparen el lugar, si esto no tiene mejoría quieren varios vecinos de otro lugar Venirse a poblar en dicho Paraje y con lo que ven cuando son los pagamentos se desengañan y se van, y así ¿ha de haber aumento en semejante paraje?

Al recibir la denuncia del capellán de La Invencible, el inspector Francisco Maguna solicitó informes de varios testigos, entre ellos el alférez Pedro Castellanos. Los testigos hicieron hincapié en que el alcoholismo del capitán, el maltrato a los soldados y las ofensas propinadas a los habitantes –y, en particular, a las mujeres casadas del pueblo– habían caldeado los ánimos en Salto. El alférez Castellanos informó sobre Gutiérrez de Paz:

… prescindiendo de otros defectos el de la embriaguez lo posee quasi [sic] diariamente con exceso de que se origina maltratar a los soldados, y estos mirarle con sumo desprecio y aun con abominación lo mismo a los demás Habitantes, que están establecidos, y a las Mujeres de unos, y de otros, que injuria de palabras notablemente.

A juicio del alférez, los pobladores se hallaban “con bastante razón Irritados y quejosos”.[46] Idénticas apreciaciones tenía otro testigo, Domingo Reguera, sobre el capitán: “Diariamente es hombre que es muy largo en el beber como todos lo dirán si V. S. lo pregunta, y es causa de que haga mil absurdos por lo que tiene la Gente muy descontenta”. Y señaló la vulnerabilidad de las mujeres casadas, expuestas a un tiempo a las ignominias del capitán y el castigo de sus maridos:

Lo segundo es que tratándolos con indecorosas palabras así a ellos como a sus Mujeres, poniéndolas en peligro a las miserables de que sus maridos hagan alguna desgracia con ellas, motivados de lo que oyen decir de sus mujeres al Capitán.[47]

La denuncia de González tuvo el efecto esperado. El inspector Maguna suspendió al capitán de La Invencible y, muñido con estos informes, se dirigió al teniente de rey para solicitar su remoción, argumentando que, si se mantenía al capitán en su puesto, sobrevendría el consabido perjuicio para el aumento de la población: “Mientras él se mantenga en este empleo mal podrá aumentarse aquella Población […] que hoy día si dicho capitán hubiera tenido otra conducta me han asegurado que su población pasaría de cien vecinos…”.[48] Finalmente, ausente Cevallos, el teniente de rey ratificó la decisión de remover al cuestionado capitán Gutiérrez de Paz.

¿Cómo interpretar este conflicto que determinó la remoción del capitán de La Invencible? La denuncia del capellán González era todo menos ingenua. El capellán Joseph Antonio González utilizó los conceptos y las nociones de una cultura política común al conjunto de la monarquía para denunciar la ilegitimidad del capitán de Salto Bartolomé Gutiérrez de Paz con el fin de obtener su remoción. La ratificación de sus dichos por los “testigos” y la aceptación de la argumentación por el inspector de milicias certifican que no se trataba de una ocurrencia individual, sino de un sentido común de la época.

El eje común que recorría a la denuncia era la publicidad de los actos, en el sentido negativo que le atribuye la historiadora Annick Lempérière en su estudio sobre los espacios públicos del Antiguo Régimen:

… publicidad, palabra utilizada comúnmente para conceptualizar la idea de lo que se hace “a la vista de todos” o es conocido de todos, encerraba en sí un riesgo para la comunidad. La constante amenaza de la publicidad residía en la posibilidad del escándalo […]. El escándalo podía presentarse, con igual peligro, en las costumbres individuales y colectivas; abarcaba un abanico de conductas contrarias a la “virtud”, a la “decencia”, a la “modestia” que el consenso social esperaba de los miembros de la comunidad: “indecencia”, “vicios”, “mal ejemplo”.[49]

Lempérière entiende la comunidad política como un sistema de reciprocidad moral donde la publicidad –en sentido negativo– revelaba a la vista de todos los “vicios” o las “malas costumbres” de algunos, entre ellos, la ebriedad pública, los juegos prohibidos y las palabras escandalosas y obscenas, sobre todo acompañadas de acciones indecentes, todas piezas que encajaban en la denuncia de González. Por otro lado, la publicidad legítima, es decir, en su sentido positivo, residía en la práctica religiosa, en el esplendor del culto y en la manifestación pública de la devoción. De allí el énfasis puesto por el cura en la ausencia del capitán en las misas y su poca colaboración en la construcción de un templo apropiado. Afirma Lempérière: “No podía disociarse la idea de comunidad de la de publicidad, puesto que la colectividad y los individuos que la componían eran recíprocamente responsables de su salvación”.[50]

Es decir, el incipiente pueblo del Salto ya se pensaba como una comunidad política, a imagen y semejanza de las “repúblicas” de los espacios urbanos iberoamericanos:

La república constituía la “comunidad perfecta”, o sea, la que se distingue de un simple conglomerado de familias e individuos por ser la comunidad del pueblo, unida por vínculos morales, religiosos y jurídicos e, idealmente, autosuficiente tanto desde el punto de vista espiritual como político y material.[51]

La particularidad, en este caso, estaba dada por el contexto de frontera. Las conductas reprochables y los procederes ilegítimos del capitán Gutiérrez de Paz amenazaban con despoblar la frontera, cuando lo que se quería era estabilizar y aumentar la población. El hecho de poblar la frontera, participando o no en las milicias, fue en lo sucesivo fuente de legitimidad para las autoridades, los vecinos y el vecindario de Salto.

Juegos de honor

El gobernador Cevallos, aún fuera de la capital, designó a Joseph César Conti, vecino de Buenos Aires, como nuevo capitán de La Invencible. Cuando llegó a Salto en febrero de 1761, Conti encontró el armamento en pésimo estado y enseguida pidió el reemplazo de todos los pertrechos y la provisión de municiones como pólvora, balas y piedras. También algunas esposas, cadenas y grilletes para prender “delincuentes” y obligarlos a trabajar en la obra de la fortaleza.[52] Con la entrada de España a la guerra de los Siete Años, que haría del Río de la Plata uno de sus escenarios, el gobernador ordenó el enrolamiento universal de la población en las milicias. Asimismo, el Ramo de Guerra se hallaba menguado y el Situado se destinó a la expedición de Colonia del Sacramento. El nuevo capitán tendría a su cargo la difícil tarea de concluir la construcción del fuerte, sostener la compañía de blandengues y evitar el despoblamiento del pueblo de Salto en su hora más difícil.

En aquel momento, acababa de asumir un nuevo teniente de rey, don Joseph Marcos de Larrazábal,[53] quien comunicó su asunción mediante una circular enviada a todos los capitanes de blandengues, en la que los intimaba a que cada uno guardase y observase “exactamente todas las Instrucciones y [órdenes] que se le hubieran comunicado por el Excelentísimo Gobernador”.[54] El capitán de La Invencible, Joseph César Conti, respondió al novel teniente de rey saludándolo por la asunción, para luego expresarle, respecto a la necesidad de seguir las órdenes e instrucciones dadas: “Ni de mi Capitán general, ni del antecesor de V. S. no tengo algunas hasta la hora presente, ni menos haberlas encontrado en poder de mi antecesor”.[55] Es decir, aunque desde 1757 había asumido su mando, el gobernador no había emitido hasta entonces ninguna regulación para la práctica defensiva.

El capitán César Conti entró en conflictos de autoridad tanto con el sargento mayor de Arrecifes, Joseph Peñalba, como con el juez comisionado por el Cabildo a raíz de la protección que el capitán brindó a un soldado de La Invencible perseguido por la justicia rural. Al calor de los conflictos entre autoridades locales acaecidos en Salto, el teniente de rey emitió una “instrucción” para La Invencible que puede considerarse el primer reglamento de la frontera.[56] Los primeros artículos señalaban la obligación que regía para los oficiales de milicias y blandengues de cuidar que sus respectivas compañías se hallaran completas y que los soldados tuvieran bien acondicionado su armamento. Luego refería que, en cuanto fuera advertida la presencia de “indios enemigos” en la frontera, el capitán de blandengues debía dar inmediato aviso al sargento mayor de las compañías sueltas de milicias para que le enviara la “gente necesaria” para salir a campaña bajo el mando del primero “por convenir el que todos” fueran sujetos “a unas mismas ordenes”.

El resto del articulado de dicho reglamento estaba destinado a deslindar la jurisdicción del capitán de blandengues respecto a la del sargento mayor de milicias y de la justicia ordinaria en la frontera. De acuerdo con el reglamento, el mando del capitán de blandengues sobre las milicias se limitaba a los momentos de campaña, evitando entrar en conflictos con los oficiales milicianos a quienes dejaría que cuidasen “de su Gente”. El reglamento también señalaba los límites de la jurisdicción del capitán de blandengues en lo atinente a la pretensión de castigar delincuentes: “No se mezclará en otros asuntos más que en aquellos de cuidar de su compañía, pues para los demás de prender y perseguir a los delincuentes están destinados los Jueces Comisionarios [sic]”.[57]

El capitán César Conti recibió estas instrucciones con cierta incomodidad y se puso a escribir cartas para revalidar su imagen frente al teniente de rey. En la primera de ellas, el capitán de La Invencible puso en juego nociones específicas de honor miliciano en aras de su propia legitimación. Destacaba en primer lugar sus méritos anteriores a su arribo al cargo, un periplo que, según su relato, se inició a los diez años de edad e incluyó África y el sitio de Gibraltar. Respecto a la protección que brindó a un soldado de su compañía, Conti la justificó así:

[por] el honor de verme obligado a Ley de lo que he aprendido desde mi Niñez en la Milicia; Pues ¿cuál es aquel oficial, que procediendo lo dicho, no procura por el honor de la tropa que está a su Cargo?

Es decir, la “ley” que había aprendido Conti en la milicia era que el honor de los oficiales era una propiedad transitiva a la tropa. El capitán agregaba, con un dejo cierto de ironía:

Puedo asegurar con toda verdad a Ley de hombre blanco, que no he recibido de cuantos superiores en el discurso dicho reprehensión como con la que V. S. se sirve favorecerme; doy le [sic] a V. S. las gracias por lo mucho que me ama.[58]

En una segunda carta, el capitán de La Invencible se enfocó en su gestión al frente del Salto. Conti afirmaba que siempre procuró “la Sociedad de Tropa, y Vecindario”. Según su relato, cuando llegó a la frontera, tuvo noticias de que “algunos de los Vecinos de ella, procuraban el retirarse a otros partidos”: “[por lo que] procuré esparcir la Voz, de que hacían mal en semejante atentado, haciéndome el cargo, que lo que se desea, es aumentar esta Población”, en referencia a la intención borbónica de formar “pueblos defensivos” en la frontera.

Conti acompañó sus cartas con una nota del capellán Joseph Antonio González (el mismo que había denunciado los “desórdenes” de su antecesor) que destacaba las cualidades del capitán en el gobierno del Salto:

jamás ha gozado gracias al Señor este lugar más sosiego, y enmienda, en todos los aspectos y reforma de todas las Costumbres, sino desde que la persona del capitán Don Joseph César de Conti dentro de esta plaza que lo administra todo con sobradísima prudencia portándose como buen cristiano en lo temporal, y espiritual, con tan eficaz Celo a vista de todos que lo tengo por imposible el que persona alguna pudiese tan en corto tiempo lograr la tranquilidad y paz.

Como un recorte en negativo de su descripción del capitán anterior, el capellán González le atribuía a Conti ser un “buen cristiano” portador de la virtud de la “prudencia” con la que había logrado en tres escasos meses el “sosiego”, la “enmienda” y la “reforma de todas las costumbres”. El teniente de rey no se dejó impresionar por estos conceptos y le contestó secamente a Conti: “…continúe V. M. con su prudencia y discreción que es la sal con que se preserva de toda corrupción semejantes genios”, en referencia a los inquietos pobladores de la frontera.[59]

Más tarde, cuando Larrazábal fue reemplazado en su cargo por Diego de Salas, el capitán Conti se dirigió al nuevo teniente de rey refiriéndose a los “disgustos” que había tenido con su antecesor y al recorte que había sufrido en sus funciones. Según Conti, Larrazábal había llegado a mancillar el honor del capitán sin más motivo que las precisas representaciones que este ejerciera en razón de su empleo y de hallarse a cargo “no tan sólo de esta compañía sino de esta frontera”. El motivo de estas desavenencias eran diversas actuaciones en las que el capitán de La Invencible decía haberse visto precisado de “atender a lo militar, y Político”, es decir, exceder sus funciones estrictamente defensivas para acometer las de gobierno y justicia. Conti hacía referencia al reglamento que, como hemos visto, limitaba su mando sobre las milicias a los momentos de campaña y recortaba sus prerrogativas jurisdiccionales:

de suerte, que ha llegado a tal extremo, que quitó del dominio de esta Capitanía, hasta los vecinos de este pueblo, y los forasteros, que ha él se le agregan habiendo estado desde su fundación de bajo las órdenes en lo militar, y Político, de los capitanes de esta compañía.

De esta manera, Conti reivindicaba su intención no solo de conducir a La Invencible, sino de gobernar al pueblo de Salto siguiendo el argumento de los usos y las costumbres, ya que, según él, desde su “fundación” el pueblo había sido gobernado, tanto en lo militar como en lo político, por el capitán de la compañía de blandengues. Además, Conti argumentó que la unificación del mando político y militar se justificaba por la necesidad de disciplinar y corregir los “vicios” de “una Gente atrevida, y Cuez [sic, ¿soez?]” acostumbrada a “vivir en libertad de conciencia”. Esta parte de la argumentación del capitán remite, sin duda, a la “reforma de las costumbres” a la que anteriormente había hecho referencia el capellán de la compañía Joseph González. En adición, la necesidad de unificar el mando político y militar se justificaba no solo por la necesaria “reforma de las costumbres”, sino también por la presencia de “un enemigo como el Infiel”, que era “un Rayo en sus Invasiones”.[60]

¿Qué nos dice este conflicto de poder sobre la autoridad en la frontera? El capitán de La Invencible César Conti entró en conflictos de autoridad y jurisdicción con el sargento mayor y con el juez comisionado del partido de Arrecifes tanto por su pretensión de gobernar al pueblo, como por ejercer un fuero militar de facto sobre sus soldados. Por lo mismo, el teniente de rey Marcos Joseph de Larrazábal emitió un reglamento para La Invencible, el primero de su tipo en la frontera, que se proponía orientar la práctica defensiva y deslindar esferas de competencia entre las distintas autoridades locales. La operación de legitimación de Conti en tres pasos (sus cartas y la del capellán a Larrazábal, y la posterior a Diego de Salas) tenía como propósito revalidar su imagen y reivindicar su pretensión de unificar el mando político y militar.

Un elemento que salta a la vista en la operación de legitimación es la cuestión del honor miliciano, resaltando un específico sentido del honor en la frontera. Si nos atenemos a los sentidos asociados a él, el honor, usualmente una característica hereditaria y vinculada a la virtud del nacimiento, tenía que ver aquí también con el “mérito” de una trayectoria ejemplar en la milicia. Además, el honor en la milicia, considerado por la élite patrimonio exclusivo de ella, se extendía también hacia la tropa justificando el ejercicio de un fuero militar de facto (“¿Cuál es aquel oficial, que procediendo lo dicho, no procura por el honor de la tropa que está a su Cargo?”). Por último, el honor era algo vinculado a la condición de hombre blanco (vinculación entendida por Conti cuando se autolegitima en la “ley de hombre blanco”).

Estos sentidos se emparentan con lo que sabemos sobre el honor en la Hispanoamérica colonial, a la vez que permiten detectar las especificidades de este en la frontera. La historiadora Ann Twinam ha señalado que en Hispanoamérica, frente a la ausencia de componentes migratorios judíos y moros, la “limpieza de sangre” asociada al honor asumió connotaciones explícitamente racistas a favor de los “blancos” y “sin ninguna mezcla de mulatos”.[61] Con todo, la autora señala que la presencia o ausencia de honor estaba constantemente “sujeta a negociación”.[62] En el caso analizado, la milicia, una carrera abierta al mérito, daba honor. Ergo, la milicia daba la condición de hombre blanco. En la mentalidad barroca de la época, todavía afecta al razonamiento por un silogismo falto de empiria, se tenía honor porque se era hombre blanco, pero también se era hombre blanco porque se tenía honor. El honor en la milicia se extendía también a la tropa; en el caso de La Invencible, esta se componía mayoritariamente de afrodescendientes y gentes de color (cuadro 6), quienes recibían, por lo tanto, el trato de hombres blancos. Es decir, sin invalidar el cuadro general de los privilegios y las connotaciones raciales asociados al honor en la Hispanoamérica colonial, la frontera abría resquicios para el ascenso en la condición personal de los individuos, quienes, sin importar su origen étnico, estaban capacitados con el “honor” propio de los “hombres blancos”.

En última instancia, lo que se disputaba en estos conflictos de honor era el gobierno del pueblo. ¿Tenía el capitán de la compañía de blandengues prerrogativas políticas y jurisdiccionales sobre la población? El capitán César Conti abogó por la unificación del mando político y militar –como había sido, según él, la costumbre desde la fundación del pueblo– justificada por la necesidad que había en la frontera tanto de contener al “enemigo infiel”, como de enmendar los vicios y la “libertad de conciencia” de la población. Para ello, la imagen que se construyó de Conti contrasta con la de su antecesor Gutiérrez de Paz. La calidad de “buen cristiano” y la “prudencia” del capitán refrendaban su legitimidad al frente del Salto. Estas condiciones refieren a la idea de la comunidad moral del pueblo y de la autoridad como la “cabeza” que tenía que irradiar con su ejemplo y “reformar” a una población que evidentemente gozaba de ciertas libertades y licencias impensables en otros contextos. Por último, un nuevo actor y una nueva esfera asoman en las palabras de Conti. En efecto, el capitán aducía que había evitado el anunciado despoblamiento de Salto –congruente con el deseo de las autoridades de Buenos Aires de “aumentar esa población”– “esparciendo una voz” en el “vecindario”. A continuación, a partir de un conflicto por las tierras de Salto, se analizará la formación de esta comunidad política y del espacio público local.

“En nombre de todos los vecinos del Salto”: génesis de un vecindario

En este apartado, se estudiará un caso específico en que los pobladores de Salto hicieron uso del “derecho de petición” que los asistía como “vecinos” a raíz de un conflicto generado por la venta de las tierras del fuerte y del pueblo del Salto a un particular. En efecto, en el contexto de la actitud errática que asumió respecto a la frontera luego de haber perdido el control del Ramo de Guerra y de las compañías de blandengues,[63] el Cabildo de Buenos Aires vendió las tierras de Salto a un vecino de la ciudad e impulsó su desalojo a través del juez comisionado que era su brazo en la campaña. A partir del análisis de la actuación de los vecinos, se podrá observar cuáles eran las condiciones de vecindad y cuáles sus significados prácticos en la frontera. Entre ellos, se enfatizará que la vecindad no era solo una condición privilegiada individual, sino también una forma colectiva de organización política: el “vecindario”.

En el otoño de 1762, el juez comisionado de Arrecifes se presentó en el pueblo para ejecutar el desalojo de las tierras que rodeaban al fuerte. En ese momento vivían en el pueblo 75 personas entre soldados, mujeres, niños y esclavos (cuadro 5). Los habitantes de Salto pusieron el grito en el cielo. La venta de las tierras del fuerte afectaba en primer lugar a los soldados de La Invencible, quienes tenían ganados en ellas y amenazaban –una vez más– con retirarse de la frontera. Ante la noticia del desalojo, le comunicaron al capitán que a fin de mes se retirarían de la compañía y del pueblo, ya que venía “otro a Poseer lo que a ellos les [había] costado tanto en poner sus Vidas a riesgo continuamente”. Ante la amenaza, el capitán César Conti suspendió provisoriamente la ejecución de las tierras, lo que informó “en público” para que los soldados “serenasen sus contrarias determinaciones de retirarse de este sitio”.[64]

A continuación, los vecinos de Salto redactaron una “petición” dirigida al gobernador Pedro Cevallos firmada por 22 hombres, entre ellos el excapitán Bartolomé Gutiérrez de Paz y otros integrantes de La Invencible, quienes decían hablar “en nombre de todos los vecinos del Salto”. Querían que el gobernador dictaminara si era o no “lícito el que por un particular” padecieran “la violencia” de que cuanto antes desocupasen el lugar. Los vecinos afirmaban que hacía “muchos años” poblaron ese terreno expuesto al enemigo “sin que persona alguna les [hubiera] impedido a estar”, mientras que ahora se veían “con un laberinto de tantos dueños del lugar” que los pasaban “al desamparo”. Los vecinos argumentaban que, si durante ese tiempo lo habían defendido “a su costa” y solo luego “bajo paga”, había sido “solo a fin de disfrutar un pedazo de tierra del Rey Nuestro Señor”.[65] De esta manera, los vecinos reivindicaban derechos consuetudinarios sobre la tierra alegando haber poblado la frontera aun antes de la llegada de la compañía.

El capitán César Conti acompañó la presentación de los vecinos con una carta y un padrón del poblado. En la misiva, el capitán reivindicó el derecho a la tierra de los habitantes de Salto ya que, según él, se les había prometido que siempre se los atendería “con la distinción de Pobladores”:

… pues siendo esta población de las que más agradaba a V. E. [el gobernador] puedan estar ciertos estos Pobladores y los que Viniesen […] serían atendidos particularmente dándoles a cada Uno las tierras necesarias para mantener sus Haciendas.

Es decir, la de “poblador” era una “distinción” que iba en paralelo a la que otorgaba la vecindad y que, en virtud de la voluntad de las autoridades borbónicas de poblar la frontera, comportaba el derecho a poseer la tierra.

Al mismo tiempo, se vivía por primera vez un atraso prolongado en el pago de los sueldos de los blandengues.[66] De acuerdo al capitán de la compañía, los vecinos prorrumpían voces de que querían marcharse a otro lado por esta demora “pues anteriormente se hallaban con menos necesidad”. Asimismo, mientras que quienes ya eran soldados reclamaban el pago de sus sueldos, otros “vecinos” se quejaban de que no se les permitiera sentar plaza en la compañía de blandengues y decían que, ya que estaban “viviendo en el peligro, tuvieren mucho gusto el servir en ella por el alivio del Sueldo, para la manutención de sus familias”.[67] Es decir, las familias contaban con este complemento monetario e iniciaron acciones de queja que incluían la amenaza de retirarse de la población, mientras que otras pedían una plaza de blandengue basando su solicitud en su propia estancia en la frontera.

Por otro lado, el pago de los sueldos no beneficiaba solo a los blandengues, sino a todo el pueblo. Según el capitán, con la “corrida de la plata” que se verificaba cuando los sueldos llegaban, los vecinos “podían Vender en sus casas lo preciso para este Común”. Incluso, a fin de que ellos “tuvieran este lucro”, Conti había prohibido a los “forasteros” que “Viniesen a Vender cosa alguna”. De esta forma, el pago de los sueldos de la compañía de blandengues beneficiaba al comercio local, permitiendo que los “vecinos” abrieran pequeñas tiendas en sus casas, lucro del que estaban excluidos los “forasteros”.

¿Qué nos dice este conflicto sobre el significado de la experiencia miliciana para los pobladores de la frontera? Los habitantes de Salto consideraban que las tierras de Salto les pertenecían porque eran “del rey”, porque “nadie había impedido” que las ocuparan y porque las habían defendido “a su costa”, insinuando que su establecimiento era previo al de la compañía de blandengues. Su poder de negociación radicaba en su propia presencia como soldados y como habitantes de un pueblo de reciente formación en la frontera. Esta doble condición fundamentaba la pretensión de ser atendidos como “pobladores” con derecho gracioso a la tierra y a su vez como “vecinos”, miembros del cuerpo político con derecho a peticionar a las autoridades. Con una acción colectiva que incluyó el desacato miliciano, la manifestación de “voces” y quejas públicas y la redacción de un petitorio al gobernador, el conflicto por las tierras se resolvió a favor de los vecinos de Salto. El gobernador Cevallos ordenó suspender el desalojo de tierras en el Salto y satisfizo a los soldados de La Invencible ocho meses de sueldos atrasados.[68] Todo lo cual, señaló con un dejo de paternalismo el gobernador al capitán Conti, podría anunciar a los soldados para que se “consolasen”.[69]

¿Quiénes eran los “vecinos” de Salto? De los 22 hombres que suscribieron el petitorio, al menos diez pertenecían o habían pertenecido a la compañía de blandengues La Invencible de Salto. De ellos, solo dos eran oriundos de Buenos Aires, mientras que seis habían llegado de distintas provincias como Córdoba, Santa Fe y Santiago del Estero. Sobre su estado civil, sabemos que 11 de los vecinos eran casados y que solo uno estaba soltero al momento de firmar el petitorio. De los casados, dos recibían el tratamiento de “don”, cuatro conducían unidades domésticas de cinco o más personas y dos de ellos incluso contaban con al menos un esclavo. En cuanto al origen socioétnico, el panorama era diverso: entre de los que contamos con datos sobre su “color” de piel, cuatro eran “blancos”, tres eran “morenos” y dos eran “trigueños”.[70] Por último, los 22 firmaron idóneamente el petitorio (imagen 3).

¿Qué nos dicen estos datos? Que el panorama de la “vecindad” en Salto era diverso. Reunía a hombres de distintas condiciones, aunque se destacan como características asiduas (pero no excluyentes) el matrimonio y la pertenencia a la compañía de blandengues. En cuanto al origen geográfico y el perfil sociocultural, la mayoría eran inmigrantes, su situación económica –a pesar de la penuria alegada– podía ser acomodada y se encontraban suficientemente alfabetizados como para firmar la petición. Por último, y no menos importante, el color de piel no era una restricción para ser considerados “vecinos”. En conjunto, a pesar de la estrecha correlación entre la vecindad y la pertenencia a las milicias, la calidad de vecino pareciera no provenir de su desempeño como blandengues, sino de un conjunto de condiciones sociales, y, por otro lado, la calidad de vecino podía ser alegada justamente para obtener una plaza de blandengue. Aun así, la compañía La Invencible brindaba un espacio de sociabilidad donde reafirmar aquellos criterios sociales y articular políticamente las demandas de la población. Esto hacía que inmigrantes y hombres “de color” pudieran arrogarse la condición de “vecinos”, algo inverosímil en otros contextos hispanoamericanos.

Imagen 3. Firmas del petitorio elevado al gobernador
por el vecindario de Salto (1762)

Fuente: AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 23 de abril de 1762.

Más significativo aún, la vecindad tenía en este caso una dimensión colectiva. Los firmantes del petitorio decían hablar “en nombre de todos los vecinos de Salto”, es decir, se veían como un subgrupo representativo de una comunidad mayor. El historiador Peter Sahlins, en su estudio sobre las comunidades locales de la frontera de los Pirineos, ha aprehendido esta dimensión colectiva de la vecindad. Sahlins señala que, en aquel contexto, las comunidades aldeanas emergieron como “personas morales” que, a pesar de la desigual distribución de la riqueza entre sus miembros, se estructuraban como grupos corporativos cerrados que explotaban colectivamente los recursos comunes:

La identidad corporativa de la comunidad aldeana definía, en estrictos términos, los límites entre propios y extraños. Los primeros eran los “vecinos”, cabezas de familia que habían vivido en la aldea al menos un año y que por lo tanto disfrutaban de todos los privilegios de la vecindad. Los extraños o “forasteros” estaban excluidos del pleno disfrute, particularmente de los recursos comunales.[71]

De esta manera, según Sahlins, la identidad colectiva de la comunidad aldeana tenía una específica base corporativa y territorial, aun cuando durante el Antiguo Régimen esta fuera disputada y se encontrara todavía en construcción.[72]

En el caso tratado, el “vecindario” de Salto se constituyó en el conflicto generado por la venta de las tierras del pueblo a un vecino de la ciudad. Un grupo de hombres, cabezas de familia en su mayoría, con distintos niveles de riqueza y en representación de la “totalidad” de los vecinos de Salto, se reunió para reivindicar el usufructo de las tierras del pueblo. Además, la vecindad comportaba otros privilegios corporativos, tales como el permiso para comerciar del que estaban excluidos los “forasteros”. Tal como lo registró el capitán César Conti en su empadronamiento de las “Familias de Población del fuerte de San Antonio del Salto de los Arrecifes”, la de Salto era una sociedad internamente jerarquizada cuyos átomos sociales eran las “familias” (donde entraban mujeres, niños y esclavos) que obtenían representación política a través del “vecino” cabeza de familia. El “vecindario” de Salto era, entonces, una comunidad política de tipo corporativo (exclusiva y jerarquizada) cuya activación en el conflicto analizado determinó la territorialización (o evitó la desterritorialización) del pueblo.

Cuadro 5. Vecindario de San Antonio del Salto (1762)

Vecino

Unidad doméstica

Don Bartolomé Gutiérrez de Paz

Doña Petronila Pérez (esposa)

Doña Marcelina (hija)

Don Esteban (hijo)

Manuel (hijo)

Antonia (hija)

Josepha (hija)

Ignacia (esclava)

Don Diego Gutiérrez

Doña Damansia Ávalos (esposa)

Tadea Narcisa (hija)

Miguel Charras

Rosa Maldonado (esposa)

María Ana (hija)

María Josepha (hija)

María Justa (hija)

Joseph Cecilio (hijo)

María de los Santos (hija)

Antonio Zoloaga

María del Tránsito Aguilera (esposa)

Rosa (hija)

Juan Ignacio Cardoso

Bartolina Naranjo (esposa)

Joseph Antonio Gaioso

María Basilia de Casas (esposa)

Vicente Ruiz

Bernarda Gonzales (esposa)

Justo Joseph (hijo)

Juana Gabriela (hija)

Martina (hija)

María Manuela (hija)

Simona (esclava)

Joseph Farías

Jazinta Ponze (esposa)

Miguel (hijo)

María Vizenta (hija)

Laureano (hijo)

Damansia (hija)

Joseph Ávalos

María Mercedes Rivera (esposa)

Manuela (hija)

Simón (hijo)

Micaela Rivera (cuñada)

Pablo (esclavo)

Domingo Villarroel

María Nieves Cejas (esposa)

Francisco (hijo)

Antonio (hijo)

Pascual (hijo)

Alejandro Ramos

María Victoria Villarroel (esposa)

Francisco Tomás (hijo)

Roque Castro

Elena Juárez (esposa)

Manuela (hija)

Andrés Velásquez

Juana María Areco (esposa)

María Cipriana (hija)

Fermín Aguilar

Laurencia Naranjo (esposa)

Fuente: AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 25 de abril de 1762. “Familias de Población del fuerte de S[a].n Antonio del Salto de los Arrezifes”.

La acción gremial de los blandengues

Durante la participación de España en la guerra de los Siete Años, las compañías de blandengues sufrieron consecutivos atrasos en el pago de los sueldos. Como vimos, al término del conflicto por las tierras de Salto, los soldados de La Invencible consiguieron que se saldara parte de la deuda. Sin embargo, unos meses después, los soldados dejaron de servir en la compañía, alegando tener que atender a sus “trabajos” o, en caso contrario, sus familias perecerían de “hambre y desnudez”. El capitán César Conti dijo haberse quedado solo y solicitó su retiro “pues sin soldados no hay Capitán”.[73] Paralelamente, los capitanes de las otras dos compañías de blandengues remitieron cartas de similar contenido. Los ruegos tuvieron efecto, y el gobernador Cevallos liberó fondos con que se suplió a los blandengues dos meses de sueldo a cuenta de lo adeudado.[74]

Pese a este pequeño alivio, en el verano de 1763, los soldados de La Invencible llevaron adelante una nueva acción colectiva en reclamo de los 19 meses de sueldo que se les debía desde mayo de 1761. El 28 de enero, después de rezar el rosario matutino, se presentaron ante el capitán César Conti y amenazaron nuevamente con retirarse. Conti intentó apaciguarlos, y acordaron que harían los reconocimientos habituales del campo, aunque los soldados se negaron a cumplir con el servicio en las guardias de Pergamino y Areco. Sin embargo, el clima no era el mejor y el capitán solicitó la recluta de nuevos soldados tanto para reemplazar a cuatro desertores como para “arrojar de esta compañía, muchos de ellos, por su Vaguez [sic], y otros por sediciosos, y mal divertidos”.[75] El capitán, que tan bien había acompañado el reclamo de las tierras, veía ahora que sus soldados eran muy prontos a soliviantarse.

A continuación, los soldados asentaron sus demandas por escrito y elevaron al capitán un petitorio. Así, “Toda la Compañía nombrada la Invencible” le expresó al capitán “la suma desdicha” de que se hallaban “desnudos” y sin tener cómo mantenerse. Los soldados pretendían que el capitán en persona “bajara” a la Ciudad a llevar a cabo las diligencias por los 19 meses que se les debían por lo que llamaron sus “servicios”. En caso contrario, solicitaban sus licencias para retirarse de la compañía y que no se los volviera “a tener con entretenidas” como se los tuvo en esos tiempos. De esta manera, la práctica del “derecho de petición” se había vuelto un componente fundamental del repertorio local de acción colectiva.

La negociación entre el capitán y los soldados de La Invencible concluyó ese mismo día. Conti, presionado por sus soldados, pero desconfiado de que las cosas fueran peor en su ausencia, se negó a ir él a la Ciudad y autorizó a que fueran a Buenos Aires un cabo y dos soldados que ellos mismos eligieran. A las nueve de la noche del 28 de enero de 1763, el capitán de La Invencible escribió al teniente de rey avisándole de la comitiva que bajaba a Buenos Aires. Conti justificó el permiso dado a sus soldados en la necesidad de que reconocieran “la sinceridad” de su “amoroso corazón” conforme habían “experimentado desde aquel instante” en que se puso “a la testa de esta compañía”, y esperaba del teniente de rey que “su recta Justicia, y benigno corazón”, los atendiera “en Justicia”.[76] Como vemos, en las palabras del capitán, se repite la noción de la autoridad como una figura paternal y cabeza (“testa”) del cuerpo político cuyo fin era impartir justicia, aunque, detrás de estas bellas imágenes, se adivina un capitán puesto en apuros por sus soldados.

¿Qué nos dicen estos acontecimientos menudos de la frontera sobre la experiencia miliciana de los blandengues? Las acciones propuestas por los soldados de La Invencible en reclamo de sus sueldos subrayan la peculiaridad de esta experiencia miliciana. En efecto, los blandengues cumplían su servicio en virtud de la promesa de un salario que, en esos años, demoraba en llegar. Los soldados de La Invencible eran perfectamente conscientes de esta situación y llevaban justa cuenta de lo que se les había pagado y de lo que todavía se les debía por sus “servicios”. Implementando un repertorio de acciones que incluyeron la acostumbrada amenaza de “retirarse”, la reducción del servicio, la formulación de un petitorio, la presión a las autoridades con representantes electos y hasta acciones más “sediciosas”, buscaron alternativas para obtener de las autoridades pagos parciales a cuenta de lo adeudado.

Con todo, la acción más radical, la deserción, no fue colectivamente implementada. Pese a que el capitán manifestó, en septiembre de 1762, haberse quedado “solo”, cuatro meses después se encontraba negociando con el completo de su compañía, en la que solo faltaban cuatro hombres. Si bien, luego de la acción gremial de enero de 1763, los soldados de La Invencible parecen haber recibido algún desembolso, la decadencia del Ramo de Guerra y la negativa de la Real Hacienda a acudir con fondos propios hicieron que los sueldos dejaran de pagarse desde aquel verano y hasta la primavera de 1766. Sin embargo, la compañía de blandengues de Salto no parece haber desaparecido, ni haber dejado de contar los meses de deuda acumulados. Cuando se encaró la reorganización miliciana a fines de 1766, La Invencible fue la única compañía que el maestre de campo Juan Ignacio de San Martín encontró “completa”, con su capitán, alférez, sargento, cabos y 40 soldados que reclamaban el pago de 36 meses de sueldos atrasados.[77]

Negociando el servicio al rey

La reorganización de las milicias y los blandengues de la frontera vino de la mano de la reforma militar borbónica.[78] Si bien el corazón de la reforma era la universalización del servicio en las “milicias provinciales” y su comando por unidades veteranas denominadas “asambleas”, las autoridades de Buenos Aires no desdeñaron las preexistentes compañías de milicias a sueldo y de servicio permanente de la frontera. Gracias a que la recaudación del Ramo de Guerra se hallaba en franca recuperación,[79] se tomaron medidas para recuperar a las alicaídas compañías de blandengues. Por un lado, se restableció el número, reducido por Cevallos en tiempos de guerra, de 60 hombres por compañía. Para ello, se sancionó un nuevo reglamento de sueldos[80] y se regularizó el pago de haberes cada tres meses. Por otro lado, se nombraron nuevos capitanes para las tres compañías de blandengues. Por último, se ordenó la reconstrucción de los fuertes de Pergamino, Salto y el Zanjón. Los blandengues quedaban de esta manera incorporados al “servicio al rey”.

En aquel momento se sancionó una instrucción que pretendía regular el reclutamiento, el funcionamiento y la disciplina de las compañías de blandengues de la frontera.[81] La instrucción era particularmente insistente en la cuestión de la disciplina de los soldados. Uno de los artículos señalaba que los oficiales no debían permitir juegos de cartas en los que los soldados empeñaran sus vestuarios y cabalgaduras, y que los capitanes debían prohibir las mesas de juego en los pueblos donde se ubicaban los fuertes o las guardias. El último artículo insistía en la necesidad de que los capitanes velaran porque sus soldados observaran en sus oficiales, sargentos y cabos “aquella cortesía, urbanidad, y atención” que les correspondía, permaneciendo “subordinados y obedientes, sin réplica alguna, en lo que se les mandare del Servicio del Rey”. El que así no lo hiciera sería severamente castigado “por ser el punto principal, y más importante del Real Servicio, la ciega obediencia, y subordinación de los soldados”. La disciplina de la tropa era, por tanto, la piedra angular del servicio en las compañías de blandengues incorporadas, a partir de entonces, al “servicio al rey”.

A continuación, se llevó a cabo una inspección de la frontera a cargo del maestre de campo Juan Ignacio de San Martín. Cuando San Martín llegó a Salto en la primavera de 1766, encontró “completa” a La Invencible con su capitán, alférez, sargento, cabos y 40 soldados, quienes reclamaban los 36 meses de sueldos atrasados.[82] El maestre de campo se detuvo algún tiempo en Salto, durante el cual intentó “arreglar” a la compañía y culminar las obras pendientes del fuerte. Durante su estadía, sin embargo, San Martín se topó con la férrea defensa de los derechos adquiridos por parte de la compañía de blandengues, demostrando los límites que planteaba la obediencia a una autoridad considerada extraña al vecindario.

Por el lado de la oficialidad, durante su estadía en Salto, el maestre de campo despidió al capitán César Conti y designó interinamente a Marcos Pineda al frente de La Invencible. Además, desplazó de su cargo al sargento Cayetano Correa y designó como nuevos sargentos a Bartolomé Toledo y Rafael Peralta.[83] En tanto, el sargento desplazado inició una acción en defensa de su puesto con un petitorio al gobernador. Cayetano Correa, quien había servido en la compañía de blandengues por nueve años, recurrió al gobernador presentándose como “vecino de la Frontera del Salto” y pidiendo ser restituido en el cargo que “con tanto deshonor” se lo había depuesto. En su opinión, el maestre de campo debía ser apercibido para que se moderase “en los tratamientos” que debía “guardar y observar con los empleados en dicha Compañía”.[84]

El sargento desplazado acompañó su presentación con los informes de dos excapitanes sobre su conducta, entre ellos el del también desplazado César Conti, quien aseguró que el sargento se comportaba, como soldado y como vecino, “con la mayor honradez que es posible en un Hombre”.[85] En su descargo, San Martín señaló que Cayetano Correa era “de Nación portuguesa” y que, por lo tanto, no podía ejercer empleos de esta naturaleza. El gobernador Francisco de Bucarelli fue, sin embargo, determinante: ordenó al maestre de campo que no debían producirse más remociones ni “hacer otra novedad” que las que advirtieran sus órdenes,[86] demostrando que las intenciones de cambio eran respetuosas de la antigüedad en la frontera y de las relaciones sociales previamente existentes. La vecindad, en este caso, fue el reaseguro para que Cayetano Correa –a pesar de su origen portugués– fuera repuesto en su cargo de sargento de La Invencible.

En cuanto a la tropa de la compañía, un notable episodio de resistencia se suscitó al año siguiente cuando San Martín se hallaba en la obra del fuerte de Pergamino y un boyero lo alertó sobre la presencia de unos 50 indígenas en los alrededores. El maestre de campo dispuso que saliera una partida de seis hombres a cargo del cabo Joseph Bedoya, que se encontraba de guardia en Pergamino. Además, San Martín le ordenó al cabo que marchara también con su hijo, a lo que Bedoya respondió que “no marcharía su hijo aunque lo mandara Cristo”. Ante esta contestación, el maestre de campo ordenó apresar al cabo, quien se resistió amenazando con la lanza enristrada que “no se le acercase nadie”, hasta que los oficiales veteranos presentes en el fuerte lograron ponerlo en el cepo. Lejos de ser doblegado por la prisión, el cabo convocó a los seis hombres de su partida para que desobedecieran las órdenes de San Martín. Uno de los soldados se apersonó en el fuerte y declaró –mientras blandía su trabuco– que “no marcharía sin su cabo”. San Martín puso preso también a este soldado para “castigo de semejante desobediencia, y ejemplo de los demás”. Respecto al cabo díscolo, señaló al gobernador que no merecía “estar sirviendo en ésta, ni en otra compañía en calidad de hombre blanco por ser un mulato conocido”.[87]

El episodio demuestra que la movilización de los pobladores dependía de los sargentos y cabos, una suboficialidad cuyo nombramiento –como vimos por el episodio anterior– la plana mayor miliciana no controlaba completamente. Además, este acto de insubordinación manifiesta la ambigüedad de armar a los pobladores, quienes resistieron amenazando con sus trabucos y lanzas. También enseña la importancia para las autoridades de contar con prisiones y poder ejercer un castigo ejemplificador, al poner a un cabo de la compañía en el cepo a vista del pueblo. Por último, el cabo insumiso debía ser expulsado de todo servicio miliciano –que comportaba la calidad de hombre blanco– por ser “mulato conocido”, pero solo un caso (grave) de indisciplina puso la cuestión racial sobre el tapete, siendo que hasta el momento había servido “en calidad de hombre blanco”. ¿Cuántos había en su misma situación?

Los soldados de La Invencible: las bases sociales del reclutamiento

¿Quiénes eran los soldados de La Invencible? Durante la inspección de la frontera de 1766, se confeccionó una lista con los datos filiatorios de los soldados y cabos de La Invencible, consignando su procedencia geográfica, el nombre del padre (dato que permitía certificar un nacimiento “honrado”), el estado civil, la edad, el “color” y, a ojo de buen cubero, la talla del sujeto en cuestión (cuadro 6). Estos datos nos permiten analizar la procedencia social de los soldados y aproximarnos a las motivaciones para el enrolamiento.

Cuadro 6. Extracción social de la tropa de la compañía de blandengues La Invencible (1766)

N.°

%

Color

Moreno

33

66

Blanco

11

22

Trigueño

6

12

Origen

Interior

34

68

Buenos Aires

16

32

Estado civil

Casado

33

70

Soltero

13

28

Viudo

1

2

s/d

3

Talla

Buena estatura

40

80

Estatura mediana

7

14

Poco cuerpo

3

6

Fuente: elaboración propia con base en AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, “Filiaciones de la Comp[añí].a de S[a].n Antt[oni].o del Salto del Arrecife nombrada la Imbencible”, 1766.

El dato más impactante es, sin duda, que, de 50 individuos que componían la tropa, la gran mayoría (dos tercios) eran “morenos” y uno de cada diez era de color “trigueño”, mientras que solo un quinto eran “blancos”. Uno de los que figura como “moreno” es el cabo Joseph Bedoya, quien, en la queja que esgrimió el maestre de campo, servía en las milicias “en calidad de hombre blanco”. El caso del cabo Bedoya permite ver, entonces, que la milicia habilitaba a individuos visualizados como “morenos” o “trigueños” ser tratados como si fueran “blancos”. Este debe haber sido un gran aliciente para enrolarse en las milicias. En efecto, si la población “de color” en la campaña, según calcula José Luis Moreno basado en el padrón de 1744, apenas superaba el 15 por ciento de la población,[88] la población blandengue “de color” (“trigueños” y “mulatos”) rozaba el 80 por ciento de las filas.

La cuestión racial introduce cierta especificidad para esta zona del imperio americano de los Borbones. En los últimos años, diversos trabajos han destacado la importancia de la participación de la población afrodescendiente en las milicias del rey. Según estos estudios, la participación en las milicias de la población libre de color fue un instrumento utilizado por esta para mejorar su posicionamiento social, dados ciertos privilegios como el goce del fuero militar y la portación de armas, que legalmente estaba prohibida para este sector social.[89] Con todo, en los casos tratados por esta renovada historiografía americanista, tales como las milicias de Yucatán y Cuba, la población afrodescendiente se incorporaba al servicio miliciano en las compañías de “pardos”, lo cual requería que tanto el individuo como el entorno social lo identificasen bajo esta denominación.[90] En el caso de Nueva Granada, las compañías reunían a sujetos de distinta procedencia socioétnica bajo una sola etiqueta de “hombres libres de todos los colores”.[91]

La frontera de Buenos Aires resulta un caso donde el servicio miliciano ofrecía, al igual que en otras latitudes, un espacio para el ascenso social de individuos no privilegiados. Sin embargo, su especificidad resultaba aún más disruptiva de los cánones sociales del Antiguo Régimen. Sin abandonar absolutamente la injerencia de las diferencias raciales (de allí la preocupación por anotar el “color” del recluta), los pobladores con antepasados africanos se incorporaban a las compañías de blandengues en pie de igualdad con quienes presuntamente no los tenían. Desde el punto de vista de su consideración social, en una sociedad donde el color de piel determinaba privilegios, los blandengues eran todos hombres “blancos”.

En cuanto a su procedencia geográfica, solo un tercio era nativo de Buenos Aires, mientras que el resto provenía de distintas partes del interior rioplatense. El historiador José Mateo ha demostrado, para el caso de Lobos, la existencia de un patrón migratorio “en dos pasos” a la frontera: jóvenes migrantes del interior llegaban a los pueblos y pagos de la campaña cercana, donde se empleaban, y, cuando lograban casarse, se retiraban a la frontera, donde podían emprender una actividad económica independiente gracias al acceso más fluido a la tierra.[92] En el caso de los blandengues de Salto, una tasa de nupcialidad mayor al 70 por ciento y la alta correlación entre el origen migrante y el estado civil casado parecían responder al patrón de migración “en dos pasos” propuesto para una frontera de reciente formación –inversamente, de los cinco soldados que acreditaban la doble condición de “blanco” y bonaerense, tres eran solteros–. En este sentido, el asentamiento en la frontera y el enrolamiento en la compañía de blandengues parecían culminar un ciclo migratorio familiar campesino.

Es decir, la base social para el reclutamiento se corresponde aproximadamente con lo que conocemos sobre las características de la población rural y la migración a la frontera en el Buenos Aires tardocolonial. El hecho de que migrantes y gente “de color” estén sobrerrepresentados en la lista de filiaciones de blandengues respecto al total de la población ratifica la presunción de que el reclutamiento para estas compañías se realizaba entre las capas más bajas de la población, pero que a la vez contaban con gran capacidad de desplazamiento geográfico y ciertas expectativas de movilidad social ascendente. Desde este punto de vista, las compañías de blandengues se sentaban sobre la participación de los jefes de familias de sectores populares que veían en ello una forma de asegurar su subsistencia y fomentar cierto ascenso social con base en la percepción regular de un salario en metálico, el usufructo de la tierra y su consideración como “vecinos” e incluso como “hombres blancos”.

El malhadado caso del capitán Linares: la defensa del orden comunitario

Luego del breve interinato de Marcos Pineda, el maestre de campo Juan de San Martín designó al mando de La Invencible al capitán Joseph Linares. Cuando Linares asumió el cargo a fines de 1766, encontró a los soldados “pobres, desnudos y faltos de todo equipaje”, por lo que solicitó al gobernador algún “socorro” para los soldados “por ser fin de año”.[93] Poco después informó sobre las obras del fuerte. No sin orgullo mencionó que los cuarteles estaban hechos de paredes de piedra y techo de paja tejida y que se había edificado un cuarto para alojamiento de los oficiales con cimientos de piedra y paredes de adobe crudo.[94] Pese a estos buenos augurios, la autoridad del capitán Linares fue desafiada por una constelación política local y por las prácticas de gobierno del propio capitán vistas como ilegítimas a ojos del vecindario. El malhadado caso del capitán Linares nos dará oportunidad, entonces, de observar las disputas facciosas y la emergencia de un orden político comunitario peculiar en la frontera.

Desde la reforma miliciana, la autoridad de los capitanes de blandengues debía convivir con la de los oficiales de milicias en el “servicio al rey”. En el caso del capitán Linares, su capacidad de mando sobre las milicias y las prerrogativas de gobierno en Salto fueron cuestionadas por los oficiales de milicias, vecinos de arraigo en la frontera. Al año siguiente de su arribo a Salto, el capitán de la compañía de milicias de Arrecifes, Francisco Sierra, denunció al capitán Linares por su conducta destemplada, supuestos abusos de poder y excesos en su jurisdicción. La carta que Sierra dirigió al maestre de campo muestra cómo esos vecinos y oficiales de milicias entendían el orden comunitario, y la forma que tomaba la disputa por el poder local.[95]

El capitán Francisco Sierra comienza su carta explicando el lugar que, según él, le correspondía al capitán de blandengues en Salto, quien debía mantener la “buena armonía” con los oficiales de milicias y los vecinos, abocándose a su función principal, que era la de castigar al enemigo, sin “propasarse a gobernar”:

Hallándose en esta Frontera del Salto una Compañía de Vecinos pagados, la que siempre ha servido para el resguardo de todo el Vecindario; que con profesar buena armonía, los Señores Capitanes, que la han gobernado, con los Capitanes de Milicias, y aun con los Vecinos de dicho lugar, atendiéndose siempre al principal fin de Castigar al enemigo siempre que nos amenace, o hallase Invasión de ellos, sin que ninguno se propasase a gobernar

A continuación, Sierra explica el conflicto de autoridad que motiva su exposición frente al maestre de campo (que “conoce a todos”) ya que Linares pretendía mandar sobre los soldados y suboficiales de las compañías de milicias, interfiriendo en la autoridad de la oficialidad miliciana:

hallándose actualmente de Capitán Don Joseph Linares, aunque nos conste tener letras superiores de S. E. (aunque por lo que ha vociferado se ha hecho público tenerla verbal) y de esta no nos consta. Ocurro a V. S. como a nuestro superior inmediato, y que conoce a todos, diciendo que el referido Don Joseph Linares apropiándose una facultad absoluta, que como he dicho, ha divulgado tener verbal de dicho Excelentísimo Señor [gobernador] ha querido, y pretende tenerla no sólo sobre los soldados Milicianos sino con los Capitanes y demás Oficiales subalternos de dichas compañías repartiendo órdenes conminativas, y muy escasas de aquella atención, que enseña, y trae consigo el Servicio del Rey mi Señor, trascendiendo esta jurisdicción que debo llamar la apropiada, y de ningún modo comunicada a todo el Vecindario.[96]

Así, según Sierra, en su pretensión de mando no solo sobre los vecinos milicianos, sino incluso sobre su oficialidad, Linares se apropiaba de una “facultad absoluta” que trascendía a su jurisdicción. Por otro lado, la autoridad que se arrogaba Linares no estaba legitimada por una orden escrita del gobernador (se había “hecho público” tenerla verbal y esta no les constaba a los vecinos) y no fue “de ningún modo” comunicada a todo el “vecindario”, lo que sugiere la existencia de ciertas prácticas consuetudinarias de negociación y legitimación de la autoridad dentro del espacio público local.

La disputa de poder había llevado a que el capitán Linares dictaminara el destierro de la frontera de varios vecinos y oficiales de milicias. Uno de ellos era Diego Gutiérrez de Paz, “sujeto de circunstancias” y hermano del excapitán Bartolomé Gutiérrez de Paz. Otro era Juan Peñalba, oficial miliciano y “Vecino muy Importante por su Baquía”. Por último, según la misma denuncia, el destierro le llegó a un capitán de milicias llamado Mariano Pereira por una deuda que tenía con Linares, por cuyo reclamo hubo disparos y desórdenes en la iglesia del pueblo.

En su carta, el capitán Francisco Sierra detalló otros abusos de poder en los que Linares habría incurrido, especialmente contra los “pobres” de Salto. Según consignaba la denuncia, Linares impuso un tributo sobre la factura de pan que recaía sobre los más humildes, utilizando para su exacción a los oficiales de la compañía de blandengues. De acuerdo con Sierra, Linares le ordenó al alférez de La Invencible que, en cuanto viera humear algún horno, fuera a pesar el pan sin excepción. En una ocasión, el alférez quiso pesar un poco de pan que una “pobre mujer” había hecho para sí; la infausta panadera, resistiendo la acción, le pegó al oficial un garrotazo en la cabeza. En ese momento, el alférez precipitadamente sacó su pistola y le disparó, mientras que dos criaturas que estaban en la casa “escaparon de milagro”. El episodio servía a la denuncia para mostrar que pobres, mujeres y niños también eran víctimas del afán desmedido del capitán.

La corrupción y las iniquidades de Linares no quedaban allí. En otra oportunidad, el capitán de La Invencible encontró a un cabo de milicias jugando cartas y lo castigó poniéndolo en el cepo y quitándole su sable, para luego venderlo. Si bien el reglamento de la frontera avalaba el proceder del capitán,[97] la injusticia venía dada porque –según Sierra– en la propia casa del capitán había juegos de cartas “dándoles él mismo plata, y sacándoles coima, para mantener dicho Juego como es público”. La denuncia era gravísima en cuanto el capitán Linares no solo contravenía el artículo 7.° del reglamento (por el que los capitanes de blandengues debían “celar con todo cuidado” que no hubiera mesas de juego en los respectivos pueblos), sino que lo burlaba abiertamente montando una en su propia casa y lucrando con ello “como es público”.

Por último, Sierra acusaba al capitán Linares de obtener un beneficio particular en el ejercicio de sus funciones, y no del común del vecindario. Durante una recogida del ganado disperso ordenada por el gobernador, según su propio relato, Sierra le enrostró en una a Linares:

Si Yo hubiese sabido que cuando salió al Campo Usted era sólo a meter su ganado y no el del Vecindario, no le hubiese dado auxilio por ser la salida sólo en beneficio propio, y no del Común contra la mente de nuestro Excelentísimo Señor [gobernador].[98]

Extracto que, por su énfasis y ubicación en el cierre de la misiva, evoca la noción extraída de una antigua tradición republicana por la que la autoridad legítima debía perseguir el bien común por sobre el interés particular, distinguiendo al buen gobierno del tirano.[99] Si hacemos caso a la denuncia del capitán Francisco Sierra, el poder “absoluto” que pretendía ejercer el capitán Linares desafiaba los límites impuestos por el “vecindario” de Salto.

He aquí el quid de la cuestión. Una incisiva tradición liberal no ha querido ver la atrapante aunque peculiar vida política de los pueblos de la frontera. O se la tachaba por nula o se la reducía al “poder omnímodo” del comandante del fuerte. Sin embargo, si nos corremos de la expectativa de encontrar prácticas representativas de carácter moderno, vemos emerger un orden político peculiar en el pueblo de Salto. Ciertos temas se jalonan en torno a la resolución de los problemas de autoridad, jerarquía, justicia y coexistencia pacífica en esta sociedad local de reciente formación. El decoro, la prudencia, el buen ejemplo, el honor, la justicia, el bien común, la profesión pública de la fe y el respeto de las jerarquías y de los privilegios son los temas que se ordenan como una “estructura de moralidad pública”, un sistema de usos, costumbres y formas de acción y de relación dotadas de sentido que reposa no sobre la coerción externa, sino sobre la aceptación de la validez intrínseca de las normas.[100]

En su estudio sobre las comunidades campesinas del México decimonónico, el historiador Fernando Escalante Gonzalbo sostiene que la existencia de una “moralidad pública” produce un orden, es decir, organiza la vida social en pautas, regularidades, valores y jerarquías. Este orden no es un tipo ideal ni inmóvil, sino el resultado de la cotidiana práctica interpretativa:

El orden es la trama misma de la política. El orden es la raíz del desventurado vicio de la obediencia y, más importante todavía, de las formas de obediencia. Y hablar de orden, es hablar de normas, de valores. La estructura de la moral pública se expresa como orden político.[101]

Según este investigador, la comunidad es el referente fundamental de la moralidad pública campesina y la defensa del orden comunitario, la forma arquetípica de la política en las sociedades campesinas de Antiguo Régimen.[102]

En nuestro caso, la comunidad de referencia era el “vecindario”; cualquier elemento exógeno que amenazara su reproducción física y simbólica chocaba con la capacidad de autodefensa comunitaria. En efecto, de acuerdo a las denuncias, el capitán Linares gobernaba en forma “absoluta” –es decir, sin el consentimiento de los vecinos–, cometía abusos de poder en contra del “vecindario” de Salto (ricos y pobres, mujeres y niños), fomentaba el juego y la corrupción y utilizaba la fuerza y los recursos defensivos para su propio interés y no del “común”. El sumario acumulado por el capitán Linares hizo que los vecinos de Salto y los pobladores de Arrecifes se rehusaran a servir bajo sus órdenes. El capitán de milicias Francisco Sierra concluyó su denuncia señalando que reconocía en el ánimo de sus soldados una “total repugnancia” a servir en la guardia de Salto tanto por los “modos tan agrios”, como por la “precipitación” del capitán Linares.[103] En este sentido, la obediencia en la comunidad política de Salto tenía que ver con la coherencia entre lo que la moralidad pública como orden político mandaba y la forma en que las autoridades se conducían. La obediencia a la autoridad del capitán de La Invencible fue puesta en jaque a raíz de este acendrado sentido de la moralidad pública.

Conclusiones

El pueblo de San Antonio de Salto no tuvo acta de fundación e incluso en una oportunidad la justicia capitular quiso desalojar las tierras del fuerte. Si bien existieron distintos proyectos para fundar poblados defensivos en la frontera, las autoridades habían hecho poco por llevarlos a cabo. En este sentido, la renovación historiográfica permite estar atentos a explicaciones multicausales y procesuales en la formación de un pueblo. La llegada de la compañía de blandengues La Invencible a la frontera del pago de Arrecifes fue, sin duda, el factor fundamental en la formación del pueblo de San Antonio del Salto. Tan importante como la llegada de soldados es que estos fueran campesinos ávidos de tierra que formaron familia o se trasladaron con ella a la frontera, demostrando su intención de arraigo. Los soldados de la compañía construyeron los cuarteles, la capilla y el fuerte, primeros edificios permanentes de Salto, tarea que alternaban con el cuidado de sus cosechas y animales. La erección de la capilla y su advocación a San Antonio marcaron una sacralización del espacio, lo que permitió casamientos y bautismos que terminaron de emparentar a la comunidad del pueblo. La llegada regular de una corriente de metálico para pagar los sueldos de los soldados hizo que prosperara el comercio local y pronto aparecieran las primeras pulperías. En suma, fueron los soldados y sus familias campesinas, con su capacidad de consumo y de trabajo excedente, los protagonistas en la formación del pueblo de San Antonio de Salto.

Existieron diversos factores que alentaron la migración a la frontera y el enrolamiento en la compañía de blandengues. Para sentar plaza de blandengue, el ofrecimiento de sueldos relativamente altos, en efectivo y por adelantado, fue uno fundamental. Paradójicamente, el salario de los blandengues fortalecía la economía doméstica campesina ya que reforzaba el consumo mercantil de las familias sin necesidad de un empleo de tiempo completo o de malvender la cosecha. Cuando el desembolso de los sueldos comenzó a espaciarse, los soldados llevaron justa cuenta de la deuda y desarrollaron acciones colectivas para reclamarla, entre las que se contaron la huelga o reducción de sus funciones, la presión sobre sus oficiales, la redacción de petitorios, la elección de delegados y, fundamentalmente, la amenaza de desguarnecer el fuerte y despoblar la frontera. Sin embargo, la medida más radical –la deserción– no fue aplicada en forma colectiva. El accionar de los blandengues permitió que la compañía de Salto se mantuviera relativamente completa a pesar de las amenazas de deserción y el riesgo cierto de disolución.

Asimismo, tanto para los blandengues y sus familias como para otros pobladores, uno de los principales atractivos para radicarse en la frontera era el acceso a la tierra. Quienes poblaron el Salto lo hicieron bajo la convicción de que las tierras que ocupaban eran “del rey”, quien los reconocería como “pobladores”, con derecho al usufructo de la tierra. A principios de 1760, el pueblo entero –que en ese momento contaba con unos 75 habitantes– se organizó para resistir un intento de desalojo. Entre otras acciones colectivas, los pobladores redactaron un petitorio que firmaron “en nombre de todos los vecinos de Salto”, en el que solicitaron la suspensión del desalojo y el reconocimiento de sus derechos consuetudinarios a la tierra. La resolución del gobernador fue favorable a los vecinos de Salto, que lograron de esta manera defender su integridad territorial. Los “vecinos” que suscribieron el petitorio eran los varones cabeza de familia del pueblo, de condición racial y estatus socioeconómico diversos. Individual y colectivamente, los pobladores de Salto integraron este “derecho de petición” a sus prácticas de representación política frente a las autoridades. En el curso del conflicto por las tierras, se constituyó el “vecindario” de Salto, una comunidad política de carácter territorial y corporativo en los márgenes de la monarquía.

El “vecindario” o comunidad política de Salto forjó en la frontera una cultura política idiosincrática con sus propias nociones de autoridad y legitimidad. Los materiales con los que se construyeron estas nociones estaban arrancados de una cultura política común a todo el orbe del imperio, pero adaptados y apropiados en las condiciones particulares brindadas por la frontera. La fe cristiana, cemento ideológico e identitario último de toda empresa en la frontera, era todavía una fe barroca, devota de las expresiones exteriores; la autoridad, por tanto, debía manifestar su devoción públicamente y fomentar el esplendor del culto. El “bien común”, un valor de larga tradición republicana, fue invocado para proteger los intereses de los vecinos frente a forasteros y elementos extraños a la comunidad. El caso del honor es paradigmático. En la frontera el honor sufría una democratización inédita en el contexto hispanoamericano. Todos los vecinos y hombres de milicias, incluso aquellos cuya piel lucía oscura a la vista, eran portadores de honor; por lo tanto, eran considerados en calidad de hombres blancos y no tenían vedado el acceso a la vecindad.

La historiografía tradicional ha hecho hincapié en el “origen castrense” de los pueblos de la frontera, una marca de origen grabada en el carácter autoritario de la vida política de estos pueblos, carentes de instituciones representativas y sometidos a la autoridad despótica de los comandantes. Sin embargo, si bien los capitanes de la compañía de blandengues lograron muy pronto aunar el mando militar y político de Salto, su poder estaba limitado por un orden político que replicaba a nivel local las nociones pactistas y corporativas que constituían al reino. La autoridad se consideraba la cabeza del cuerpo político, no se distinguía de él, y su misión era más la de un juez o un padre que la de un gobernante ejecutivo. Asimismo, la autoridad del capitán del fuerte debía ser consensuada con los vecinos, respetando los derechos y las jerarquías adquiridos, y con el resto de las autoridades locales presentes en la frontera. Por último, el vecindario se consideraba una “persona moral” con sus propios valores acerca de lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo legítimo y lo ilegítimo, por lo que quien se erigiera como autoridad del pueblo o de la compañía de Salto debía predicar con el “buen ejemplo” en el sentido de lo que la moralidad pública indicaba. Este orden político, cimentado en un determinado sentido de la moralidad pública, era el fundamento de toda obediencia esperable y podía esgrimirse en defensa del orden comunitario. Esta era la constitución política de la monarquía, vista desde la frontera. Los intentos de reforma venideros tuvieron que vérselas con esta tradición recientemente inventada.


  1. Ver capítulo 2.
  2. En 1756, el gobernador de Buenos Aires Pedro Cevallos, urgido por los estertores de la guerra guaranítica, prorrogó la existencia de los blandengues y del Ramo de Guerra, dejando para más adelante la tarea de fundar los “pueblos defensivos”. Ver AGN, Sala ix, Bandos, leg. 8-10-2, 2 de enero de 1757.
  3. Beverina, Juan, op. cit., p. 216.
  4. Fradkin, Raúl, O. “Tradiciones”, op. cit., p. 22.
  5. Ibid., p. 31.
  6. Mayo, Carlos y Amalia Latrubesse, op. cit., pp. 25-26.
  7. Néspolo, Eugenia A., “La ‘frontera’ bonaerense en el siglo xviii, un espacio políticamente concertado. Resistencia y complementariedad política entre vecinos e indígenas en los pagos de Luján”, Mundo Agrario, vol. 7, n.º 13, 2006.
  8. Ver capítulo 2.
  9. Alemano, María Eugenia y Florencia Carlón, “Prácticas defensivas, conflictos y autoridades en la frontera bonaerense. Los pagos de Magdalena y Pergamino (1752-1780)”, Anuario del Instituto de Historia Argentina, n.º 9, 2009, pp. 15-42.
  10. Marfany, Roberto H., “Los pueblos fronterizos en la época colonial”, en Levene, Ricardo (dir.), Historia de la Provincia de Buenos Aires y formación de sus pueblos, vol. 1, La Plata, Taller de Impresiones Oficiales, 1940, pp. 137-146.
  11. Ver Moreno, José Luis y José Mateo, op. cit.; Mateo, José, op. cit.; Barral, María E. y Raúl O. Fradkin, op. cit.
  12. Canedo, Mariana, “Fortines y pueblos en Buenos Aires colonial borbónico. Entre las políticas de gobierno y los intereses de los pobladores”, Mundo Agrario, vol. 7, n.º 13, 2006.
  13. Djenderedjian, Julio C., “Construcción del poder y autoridades locales en medio de un experimento de control político: Entre Ríos a fines de la época colonial”, Cuadernos del Sur, n.º 32, 2003, pp. 190-191.
  14. El título de “villa” otorgado a un poblado usualmente venía acompañado de ciertas distinciones, como la erección de justicia y cabildo, escudo de armas y otros privilegios.
  15. Sobre otras fronteras coloniales rioplatenses, ver Barral, María Elena, “Alboroto, ritual y poder en los procesos de institucionalización de un área periférica del litoral rioplatense (Gualeguay, fines del siglo xviii)”, Fronteras de la Historia, 2012, vol. 17, n.º 2, pp. 129-158; Djenderedjian, Julio C., op. cit.; Pérez Zavala, Graciana y Marcela Tamagnini, op. cit.; Román, César, “Agentes del Imperio, autoridades locales y trabajo coactivo en el proceso de fundación de villas. Los ‘entrerríos’ en el último tercio del siglo xviii”, en Canedo, Mariana (ed.), Poderes intermedios en la frontera. Buenos Aires, siglos xviii y xix, Mar del Plata, Eudem, 2012, pp. 111-142; Rustán, María Elizabeth, op. cit.
  16. Jurisdiccionalmente, San Antonio del Salto dependía del Cabildo de Buenos Aires, que anualmente nombraba alcaldes de la Hermandad y jueces comisionados ad hoc para la campaña; luego de la Revolución, en 1816, se convertiría en cabecera de su partido homónimo. A nivel eclesiástico, Salto dependía del curato con sede en el pueblo de San José de los Arrecifes. Ver Barral, María E. y Raúl O. Fradkin, op. cit.
  17. En 1762, el pueblo de Salto contaba con 75 habitantes; un informe elevado en 1782 por el comandante de frontera dice que Salto contaba con 493 habitantes sin contar soldados, solteros y peones, por lo cual era la población más numerosa de la frontera, y en 1799, con 750 habitantes, lo que significaba un ritmo de crecimiento anual de 6,42 %, mayor al de la Ciudad de Buenos Aires y al de la campaña en general (1,78 % y 3,24 % respectivamente para el período 1778-1810). Los datos de población de Salto en AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 25 de abril de 1762; y Marfany, Roberto, op. cit., p. 145. Sobre las tasas de crecimiento de ciudad y campaña, ver Gelman, Jorge, “La economía de Buenos Aires”, en Fradkin, Raúl O. (dir.), Historia de la Provincia de Buenos Aires. Tomo 2. De la Conquista a la crisis de 1820, Buenos Aires, UNIPE/Edhasa, 2012, pp. 103.
  18. De Paula, Alberto, “Origen, evolución e identidad de los pueblos bonaerenses”, Investigaciones y Ensayos, n.º 45, 1996, p. 631.
  19. Ibid., p. 638.
  20. Ibid., p. 621.
  21. Mayo, Carlos y Amalia Latrubesse, op. cit., p. 47.
  22. Barral, María E. y Raúl O. Fradkin, op. cit., p. 31. En su balance sobre la renovación en la historia rural rioplatense, Raúl Fradkin y Jorge Gelman reconocen en los pueblos rurales y las formas de hacer política en ellos un nuevo ámbito de estudio que puede ofrecer una imagen divergente de la hasta ahora todavía aceptada acerca del carácter vertical y clientelar de la construcción y el ejercicio del poder en el medio rural. Ver Fradkin, Raúl O. y Jorge Gelman, op. cit., pp. 47-52.
  23. Cansanello, Oreste Carlos, op. cit., p. 115.
  24. Ver Néspolo, Eugenia A., “La ‘frontera’”, op. cit.
  25. Ruiz Ibáñez, José Javier, “Introducción: las milicias y el rey de España”, Las milicias del rey de España. Sociedad, política e identidad en las Monarquías Ibéricas, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2009, p. 13.
  26. En lo que hace a la producción, el norte bonaerense (partido decimal de Arrecifes) ha sido caracterizado como de vocación mixta, aunque con un fuerte desarrollo ganadero orientado sobre todo a la producción de mulas para el Alto Perú. Ver Garavaglia, Juan Carlos, Pastores, op. cit., pp. 97-110.
  27. AGN, AECBA, serie iii, tomo i, 15 de junio de 1752. Ver capítulo 2.
  28. De Azara, Félix, op. cit., p. 36.
  29. Alrededor de 200 kilómetros.
  30. AGN, AECBA, Serie iii, Tomo I, Acuerdo del 17 de mayo de 1752.
  31. AGN, Sala xiii, Caja de Buenos Aires. Ramo de Guerra, leg. 41-7-4, libro de data, 15 de enero de 1753.
  32. Bartolomé era hermano del hacendado Juan Gutiérrez de Paz, uno de los promotores de las compañías a sueldo en el Cabildo y capitán de la de Luján.
  33. La imagen de San Antonio importó la friolera de 405 pesos. En AGN, Sala xiii, Caja de Buenos Aires. Ramo de Guerra, leg. 41-7-4, libro de data, 25 de abril de 1757. A esta consagración debe el pueblo su nombre originario como San Antonio del Salto. Posteriormente, en 1825 durante el gobierno de Rivadavia, se cambió al patrono del pueblo (por prestarse a confusiones con San Antonio de Areco), y se consagró la parroquia a San Pablo. Hasta el día de hoy, la fiesta en honor de San Pablo en enero es una de las fiestas tradicionales más populares de Buenos Aires.
  34. Van Young, Eric, “Etnia, política local e insurgencia en México, 1810-1821”, en Chust, Manuel e Ivana Frasquet (eds.), Los colores de las independencias iberoamericanas. Liberalismo, etnia y raza, Madrid, CSIC, 2009, p. 154.
  35. En 1756, el sargento Domingo Reguera y el soldado Alejandro Ramos desposaron a las hermanas Victoria y Mariana Cruz Villarroel. Al año siguiente, el sargento Cayetano Correa, portugués proveniente de Los Arroyos, se casó con María Juana Farías, oriunda de Fontezuelas. En 1758, el soldado Andrés Velázquez lo hizo con Ana María Areco. En 1759 el blandengue Marcos Fonseca dio el sí para desposar a María Candelaria Picolomino.
  36. En 1757, el soldado Juan Joseph Cardoso se casó con Dionisia Naranjo, hija de un cabo de la compañía. Al año siguiente, el cabo Francisco Rivera contrajo matrimonio con Gregoria Ávalos, hija del soldado Joseph Ávalos.
  37. En 1759, Marcela Gutiérrez se casó con el blandengue José Issusi y Diego Gutiérrez lo hizo con Damancia Ávalos, hija del soldado Joseph Ávalos. En Archivo Diocesano de San Nicolás de los Arroyos, Parroquia San José de los Arrecifes, Libro de Matrimonios (1756-1793).
  38. En 1758 el cabo Joseph Bedoya y su mujer Patricia Juárez, oriundos de Córdoba, bautizaron a María Luisa y el soldado Joseph Ávalos y Mercedes Rivera a Manuela. En Archivo Diocesano de San Nicolás de los Arroyos, Parroquia San José de los Arrecifes, Libro de Bautismos (1756-1789).
  39. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-1, 22 de noviembre de 1759.
  40. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 24 de enero de 1760.
  41. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-1, 23 de marzo de 1760.
  42. La denuncia completa en AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 24 de enero de 1760.
  43. Deriva del sustantivo “fandango” utilizado para referirse al “baile introducido por los que han estado en los Reinos de las Indias, que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo”. En Real Academia Española, “Fandango”, Diccionario de Autoridades (1726-1739). Disponible en bit.ly/3ovTTp3.
  44. Cañeque, Alejandro, “Cultura vicerregia y Estado colonial. Una aproximación crítica al estudio de la historia política de la Nueva España”, Historia Mexicana, vol. 51, n.º 1, 2001, pp. 13-15.
  45. En referencia al estado de naturaleza, el filósofo inglés llegaba a la siguiente máxima en su justificación del poder absoluto: “Para hablar imparcialmente, estos dos dichos son muy verdaderos: que el hombre es una especie de Dios para el hombre y que el hombre es un auténtico lobo para el hombre”. En Hobbes, Thomas, De Cive, Madrid, Alianza, 2000 [orig.; 1642], pp. 33-34. Cursiva en el original.
  46. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-1, 28 de abril de 1760.
  47. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-1, 28 de mayo de 1760.
  48. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-1, 28 de mayo de 1760.
  49. Lempérière, Annick, “República y publicidad a finales del Antiguo Régimen (Nueva España)”, en Guerra, François-Xavier, Annick Lempérière et al., Los espacios públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas. Siglos xviiixix, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 62.
  50. Ibid., pp. 62-63.
  51. Ibid., p. 56.
  52. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 3 de abril de 1761.
  53. Ver capítulo 2.
  54. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, f. 67, 16 de febrero de 1761.
  55. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, f. 61, 19 de febrero de 1761.
  56. El documento completo en AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 207-208, “Ynstrución que deven observar, los Capitanes; y Ôficiales subalternos, de las Compañías destinadas, a la Frontera”, 1766.
  57. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 59-60, 22 de mayo de 1761.
  58. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 31 de mayo de 1761.
  59. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 10 de junio de 1761.
  60. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-2, 30 de enero de 1763.
  61. Twinam, Ann, “The Negotiation of Honor. Elites, Sexuality, and Illegitimacy in Eighteenth-Century Spanish America”, en Johnson, Lyman L. y Sonya Lipsett-Rivera (eds.), The Faces of Honor: Sex, Shame, and Violence in Colonial Latin America, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1998, pp. 73-77. La traducción es propia.
  62. Ibid., p. 89.
  63. Ver capítulo 2.
  64. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, f. 108, 25 de abril de 1762.
  65. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 23 de abril de 1762.
  66. Ver capítulo 2.
  67. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 108-109, 25 de abril de 1762.
  68. AGN, Sala xiii, Caja de Buenos Aires. Ramo de Guerra, leg. 41-7-7, libro de data, 2 de junio de 1762.
  69. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, f. 108, 25 de abril de 1762.
  70. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2. “Filiaciones de la Comp[añí].a de S[a].n Antt[oni].o del Salto del Arrecife nombrada la Imbencible”, 1766.
  71. Sahlins, Peter, “The nation in the village: state-building and communal struggles in the Catalan borderland during the eighteenth and nineteenth centuries”, The Journal of Modern History, vol. 60, n.º 2, 1988, p. 146. La traducción es propia.
  72. Ibid., pp. 156-157.
  73. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-1, 4 de septiembre de 1762.
  74. Ver capítulo 2.
  75. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-2, 28 de enero de 1763.
  76. AGN, Sala ix, Teniente de Rey, leg. 28-9-2, 28 de enero de 1763.
  77. El monto reclamado indica que, en los años intermedios, parte de la deuda había sido satisfecha (de lo contrario, el monto a reclamar hubiera sido de más de 60 meses). Además, 22 de los soldados de La Invencible formaban parte de la compañía desde 1762, cuando reclamaron por sus tierras, habiendo atravesado todo el período de atraso de los sueldos y supuesto abandono de las compañías.
  78. Ver capítulo 4.
  79. Ver capítulo 2.
  80. Según escala salarial de marzo de 1767, el prest ofrecido era de 50 pesos al mes al capitán, 25 al subteniente, 20 al capellán, 14 pesos a cada sargento, a los cabos 11, y a los soldados, 10 pesos mensuales.
  81. El documento completo en AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 207-208. “Ynstrución que deven observar, los Capitanes; y Ôficiales subalternos, de las Compañías destinadas, a la Frontera”, 1766.
  82. Su situación era mejor que la de sus homólogas de Luján y Magdalena: La Valerosa de Luján contaba en ese momento solamente con un alférez, dos sargentos, tres cabos y nueve soldados. Por su parte, la compañía del Zanjón contaba con 22 integrantes entre oficialidad y tropa. Ver capítulo 2.
  83. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 27 de noviembre de 1766. Marcos Pineda, Bartolomé Toledo y Rafael Peralta conformaban una de las redes políticas locales. Ver ut infra.
  84. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 116-117, 3 de noviembre de 1766.
  85. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, f. 118, 3 de noviembre de 1766.
  86. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, f. 117, 7 de noviembre de 1766.
  87. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Pergamino, leg. 1-5-6, f. 24, 20 de noviembre de 1767.
  88. Moreno, José Luis, “Población”, op. cit., p. 270.
  89. Para el caso de Nueva España, ver Bock, Ulrike, op. cit.; Vinson iii, Ben, op. cit.; para el caso cubano, ver Belmonte Postigo, José Luis, op. cit.
  90. José Luis Belmonte Postigo es específico sobre esta cuestión. Según este autor, en la isla cubana, la participación en las milicias en calidad de “pardo” favorecía que el miliciano ascendiera dentro de su grupo étnico-social dados los privilegios y el prestigio anejos; empero, desde el punto de vista de la población blanca antillana, la denominación de “pardo” todavía indicaba impureza de sangre, una mancha social que impedía, por ejemplo, el acceso a cargos públicos. Ver ibid., pp. 40-41.
  91. Ver Garrido, Margarita, op. cit.
  92. Mateo, José, “Migrar y volver a migrar. Los campesinos agricultores de la frontera bonaerense a principios del siglo xix”, en Garavaglia, Juan Carlos y José Luis Moreno (comps.), Población, sociedad y familia en el espacio rioplatense. Siglos xviii y xix, Buenos Aires, Cántaro, 1993, pp. 123-148.
  93. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 21 de diciembre de 1766.
  94. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 30 de abril de 1767.
  95. La denuncia completa en AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 11 de noviembre de 1767.
  96. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 11 de noviembre de 1767.
  97. El artículo 3.º disponía que los capitanes de blandengues evitaran que los soldados jugaran “Juego alguno de Cartas”. En AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, ff. 207.
  98. Subrayado en el original.
  99. Sobre la noción de “bien común” en comunidades campesinas, ver Escalante Gonzalbo, Fernando, “Introducción: moral pública y orden político”, Ciudadanos imaginarios, Ciudad de México, el Colegio de México, 1992, pp. 32-34.
  100. Ibid., pp. 41-42.
  101. Ibid., p. 48.
  102. Ibid., pp. 59-61.
  103. AGN, Sala ix, Comandancia de Fronteras. Salto, leg. 1-5-2, 11 de noviembre de 1767.


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