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2 Un siglo de estudios sobre las relaciones entre Gran Bretaña y América Latina

Diálogo entre Matthew Brown y Roy Hora

Roy Hora[1] y Matthew Brown[2]

Roy Hora: Es para mí un enorme placer intercambiar ideas con Matthew Brown sobre las relaciones entre Gran Bretaña y América Latina. Matthew ha dedicado muchos años a escribir y reflexionar sobre el tema, y ha producido algunos de los trabajos más interesantes sobre los vínculos entre Gran Bretaña y América Latina de los últimos tiempos. Desde su compilación sobre Informal Empire in Latin America: Culture, Commerce and Capital (2008) a su reciente Sports in South America: A History (2023), la contribución de Matthew es una guía imprescindible para abordar estos temas. ¡Gracias, Matthew, por aceptar esta invitación!

Matthew Brown: Es un placer y un privilegio estar acá contigo, Roy. Tus trabajos sobre la historia económica y social son imprescindibles para entender los últimos dos siglos, como Los estancieros contra el Estado. La Liga Agraria y la formación del ruralismo político en la Argentina moderna (2009) e Historia económica de la Argentina en el siglo XIX (2010). Nos conocimos por primera vez a través de tu estudio de los caballos, el espectáculo, el comercio y las carreras, Historia del turf argentino (2014), que fue para mí como un tesoro en el desierto cuando buscaba trabajos serios que pusieran el deporte en el centro de la historia latinoamericana. Los caballos, los hipódromos y los reglamentos de carreras daban forma a las relaciones anglo-argentinas. Estas relaciones iban en las dos direcciones dentro de un contexto global –influencia argentina en el Reino Unido, además de algún peso británico en Argentina al lado de las influencias francesas– y supongo que esta bidireccionalidad y búsqueda de conexiones estarán entre los temas de nuestra conversación de hoy.

RH: Así es, ese es nuestro tema. Un tema que, dada la importancia de la relación entre Gran Bretaña y América Latina, debería ser obvio para todo latinoamericanista (y no solo para los estudiosos de esta región). El Reino Unido fue un actor de enorme relevancia en el sistema de Estados surgido en el curso del siglo XIX, fue el principal socio comercial del imperio de Brasil y las repúblicas independientes de Hispanoamérica hasta los años de la Segunda Guerra Mundial y fue también, por lejos, la principal fuente de inversión extranjera en esta región hasta mediados del siglo XX. Las firmas británicas sirvieron de modelo para muchas empresas creadas en América Latina, y su ganadería representó, por largo tiempo, el ideal por imitar. Por supuesto, Gran Bretaña ejerció, asimismo, una poderosa influencia cultural, cuyo impacto se percibe tanto en los estilos de vida de la clase alta como también de las medias y populares, y que se expresó en un arco que va de la literatura al deporte de masas. Por supuesto, fue también una fuente de ideas y modelos políticos para los regímenes representativos nacidos tras el derrumbe del imperio español. En ninguno de estos planos, sin embargo, el influjo británico se impuso sin resistencias, y sin que hubiera fuerzas que rivalizaran con él u operaran en sentido contrario. No fue un monólogo, sino una relación de a dos. En cualquier caso, y cualquiera sea el abordaje elegido y el plano de análisis, de la economía a la cultura, de la diplomacia a la guerra, es difícil narrar la historia independiente de los países de América Latina sin tener en mente sus múltiples lazos con el Reino Unido.

Creo que estarías de acuerdo en que, al recorrer la literatura clásica sobre el tema, es posible identificar dos grandes enfoques. No son los únicos, pero sí fueron, durante mucho tiempo, los más relevantes. Dieron forma a un campo de estudios. Me refiero, por una parte, a los trabajos centrados en la perspectiva del “imperio informal” que se inauguró con la publicación en 1953 de un famoso artículo de Gallagher y Robinson titulado “The Imperialism of Free Trade”, y que más tarde fue seguido por contribuciones muy importantes de Cain y Hopkins, comenzando por el influyente British Imperialism (1993). Esta perspectiva cuenta con una contribución de peso más reciente de John Darwin, The Empire Project (2009). La discusión sobre el valor de la idea de “imperio informal” sigue interesando, tal como podemos observar en un estudio de hace pocos años de Bernard Attard, “Informal Empire: The Origin and Significance of a Key Term” (2022). Agreguemos que esta aproximación proviene, mayormente, del Norte, y que sus principales inspiradores no fueron especialistas en la historia de América Latina sino en historia imperial británica, que proyectaron sobre nuestro continente la idea de que la prioridad de la política británica, desde Castlereagh en adelante, fue “cuanto más comercio, mejor; cuanta menos intervención política, mejor”. Sin embargo, América Latina no fue una receptora pasiva de este enfoque. Más bien, los académicos situados de este lado del Atlántico produjeron sus propias visiones, muchas veces asociadas a la idea de dependencia y el universo conceptual del dependentismo. Como sabemos, mientras la literatura del imperio informal desestimaba la capacidad del poder británico para moldear el orden económico latinoamericano, la literatura dependentista tendía a enfatizarlo.

MB: Cuéntanos un poco sobre cómo ves estos conceptos de imperio informal y dependentismo.

RH: Estas perspectivas, y sus contradictores, estuvieron en el centro del estudio de la relación entre Gran Bretaña y Argentina por varias décadas. Fueron dos literaturas que se desarrollaron en paralelo, con poco diálogo entre sí y muchas veces dándose la espalda. Ambas proponen respuestas a problemas similares toda vez que, desde distintos miradores, se preguntan por el grado de autonomía política de los Estados latinoamericanos, las ideas de sus grupos dominantes y las consecuencias (mayormente negativas, suele decir el dependentismo; mayormente positivas, sugieren muchas veces los partidarios del imperialismo informal) que tuvo la inserción de América Latina en el capitalismo globalizado, que tenía uno de sus grandes motores en Inglaterra. La discusión sobre el “imperio informal” tuvo escaso impacto de este lado del Atlántico. Ni sus promotores, muchos de ellos ya citados, ni sus críticos en Gran Bretaña, como D. C. M. Platt, un destacado latinoamericanista, fueron autores muy leídos en estas tierras. En parte ello se debe a que los estudios de área, los estudios latinoamericanos, recién entraron a la academia británica a fines de la década de 1960, cuando se crearon varios centros de estudios latinoamericanos en las principales universidades británicas, como los de Cambridge, Londres y Oxford. La tardía maduración de un conjunto de instituciones específicamente vinculadas a los estudios latinoamericanos demoró la difusión de estas perspectivas en América Latina. Pero incluso cuando estos centros de investigación se convirtieron en importantes faros para la reflexión sobre la región, la literatura del “imperio informal” tuvo poco eco de este lado del Atlántico. La mejor prueba de ello es que el excelente Britain and Latin America in the Nineteenth and Twentieth Centuries de Rory Miller, publicado en 1993 y enfocado en el lazo económico, nunca fue traducido al castellano. Y la versión en inglés se leyó en América Latina mucho menos de lo que hubiese sido deseable.

MB: De acuerdo. Entonces, más allá de la (falta de) traducción: ¿Por qué la literatura del imperialismo informal tuvo escaso eco en América Latina?

RH: Pienso que se debe a que es una visión muy anglocéntrica, enfocada en problemas que salen del radar analítico de los latinoamericanos. Su gran pregunta era por la lógica de la política imperial a escala global, mucho más que por su impacto específico sobre las naciones americanas. En este marco, incluso un libro muy sofisticado como el de Miller, sensible a la literatura escrita en América Latina, pasó poco menos que desapercibido (y pienso que también fue poco leído por los estudiosos del imperio en Asia y África). Nunca me crucé con ella como estudiante de historia en Buenos Aires en la segunda mitad de la década de 1980, estaba completamente fuera de la currícula. De este lado del Atlántico contó mucho más la tradición dependentista, en sus distintas encarnaciones (nacionalista, cepalina, desarrollista, marxista), con sus derivas contemporáneas asociadas al campo conceptual del neocolonialismo. El dependentismo fue una manera de reflexionar que se arraigó sobre un suelo fértil, pues se apoyó sobre una cultura política de fuerte tonalidad nacionalista. Su argumento de fondo es conocido: forjadas desde el inicio por el poder colonial, tras las revoluciones de independencia, las sociedades de Hispanoamérica entraron en contacto con una economía industrial más madura, que a través del librecambio les impuso un estatus colonial a las nuevas repúblicas. Un estatus colonial en ocasiones reforzado por el poder financiero de la City de Londres y por presiones diplomáticas, por la agresiva diplomacia de las cañoneras y, sobre todo, gracias a la seducción o corrupción de las élites de América Latina. Este último argumento está muy presente, por ejemplo, en un texto fundacional de esta perspectiva, La Argentina y el imperialismo británico, de los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta. Este ensayo, elaborado en los años sombríos de la Gran Depresión, ofrece un ejemplo muy conocido de esta denuncia de las élites que, en la visión de los Irazusta, estaban mentalmente colonizadas. Por supuesto, en sus versiones más sofisticadas, esta perspectiva amplía el radio de análisis más allá de los grupos dirigentes para sugerir que el vínculo con la potencia dominante del siglo XIX moldeó todo el orden sociopolítico, dando forma a estructuras sociales y actores sociales que reforzaron, de este lado del Atlántico, la primacía británica.

Quisiera preguntarte, Matthew, qué valor le asignas a estas perspectivas, qué balance deberíamos hacer hoy de la literatura sobre dependentismo e imperio informal. Pero antes de cederte la palabra, aporto algunas ideas, referidas a lo sucedido en Argentina. El caso argentino es relevante por la enorme centralidad del lazo económico entre Argentina y Gran Bretaña, y nos dice mucho sobre cómo se dio la relación en las regiones de América Latina donde la economía era más dinámica, el Estado más poderoso y la sociedad más compleja y europeizada (las fronteras, las regiones más atrasadas o más indígenas, tal vez cuenten otra historia). Argentina fue un importante socio comercial y el destino de casi la mitad de la inversión extranjera británica en América Latina en la etapa previa a la Segunda Guerra Mundial. Ese vínculo tenía, a la vez, una cierta densidad social, producto del hecho de que Argentina era el hogar de la principal colonia de residentes británicos fuera del Imperio, con decenas de clubes, colegios y asociaciones civiles, con una fuerte presencia en la vida pública argentina, por ejemplo, a través del deporte, y lo suficientemente grande como para sostener dos diarios y varios periódicos. Fue, en verdad, la joya de la corona de eso que algunos ven como el “imperio informal”, lo que ayuda a entender por qué Jorge Abelardo Ramos la llamó “el sexto dominio”, equiparándola con los cinco dominios de la corona en ultramar que gozaban de cierta autonomía política (esto es, Canadá, Terranova, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica).

Sin embargo, es importante recordar que la presencia británica no operaba en el vacío. En este país de inmigrantes, aunque la comunidad británica poseía gran relieve gracias al poder de sus bancos y empresas, también es cierto que era muy pequeña en comparación con las españolas, la italiana e incluso la francesa. Nunca fue el único actor que debemos tomar en cuenta, ni siquiera en el plano económico. Así, por ejemplo, en lo que se refiere al vínculo comercial, Samuel Amaral (1988) e Hilda Sabato (1989) mostraron que, en la segunda mitad del siglo XIX, en la crucial etapa de formación del Estado y de maduración del capitalismo pampeano, los principales destinos de las exportaciones argentinas estaban muy diversificados, y que los países del continente europeo tenían más importancia que el Reino Unido como mercados para las ventas de nuestro país. Durante gran parte del siglo XIX, Argentina dependió mucho más, y se preocupó mucho más por los mercados europeos que por los británicos, al menos hasta la década de 1930. Por supuesto, en la era del crecimiento exportador el Reino Unido fue decisivo como fuente de tecnología y de capital, y allí su influjo fue mucho mayor que en otros aspectos de la relación económica. Pero ese influjo debe colocarse en un cuadro más amplio, donde también contaban otros actores.

MB: Eso sí, y también propongo incluir otros factores más allá del capital y el comercio. Hablaremos más tarde sobre la cultura. ¿Cómo ves el significado de las relaciones sociales, personales, en el corazón de las económicas?

RH: Claro, la fuerza impersonal de las relaciones económicas debe ser situada en un cuadro con actores locales, altos y bajos, con sus intereses, culturas y tradiciones. Y al girar la atención hacia los protagonistas de la vida pública, queda claro que la idea de “élites colaboradoras”, frecuente en la literatura del imperialismo informal o en la dependentista que denunciaba a élites indiferentes al interés nacional, tiene dificultades para advertir cuán fuerte era el nacionalismo (muchas veces de impronta liberal) de los grupos dirigentes latinoamericanos. Grupos que, en el siglo XIX, sobre todo en su segunda parte, tuvieron como objetivo central de su acción política la construcción de Estados más autónomos y más poderosos. No hay duda de que esas élites eran racistas y creían que las sociedades europeas eran superiores. Pero el problema no se agota en ese punto, pues su programa político fue un programa de fortalecimiento del Estado surgido tras la crisis del imperio español, incluso acotando el influjo de las potencias extranjeras y sus emisarios locales, aun cuando a veces ello significaba darle al capital extranjero un papel de enorme relieve en la reconfiguración de la economía. Además, si ampliamos la mirada más allá de las élites, cosa muy necesaria porque estamos hablando de repúblicas con una vida cívica muy activa y una prensa poderosa, se vuelve evidente no solo la fuerza del sentimiento nacionalista, capaz, por ejemplo, de alzar la voz contra medidas que, desde su punto de vista, cuestionaban los intereses y el honor del país (basta pensar, por ejemplo, en las protestas argentinas contra la unificación de la deuda de 1901). Visto desde este ángulo, la idea de “élites colaboradoras” indiferentes al interés nacional no ayuda a pensar y debe ser descartada.

Si el vínculo con Gran Bretaña se sostuvo en el tiempo, fue porque el patrón de desarrollo centrado en la integración a la economía atlántica de la que Gran Bretaña era un actor central creó sus bases políticas, y porque tuvo la capacidad de promover el crecimiento y ampliar el bienestar y, de esta manera, crear una amplia red de intereses. La pregunta “¿quién se benefició?” tiene una respuesta compleja, porque hay que hacer referencia a actores de uno y otro lado del Atlántico. De hecho, en lugares como Argentina, el crecimiento exportador fue un proyecto que poseía una base social más amplia y era mucho más inclusivo de lo que las perspectivas dependentistas están dispuestas a conceder. Eso ya lo vio Ernesto Laclau a fines de la década de 1960, cuando argumentó que, gracias a sus bajos costos productivos, producto de la calidad de sus recursos naturales, en el intercambio con Gran Bretaña Argentina obtenía un ingreso mayor al que correspondía a su esfuerzo productivo. A Lenin tal vez le hubiese sorprendido este razonamiento, pero no hay duda de que está basado de manera coherente y directa en la teoría marxista del valor. La captura de renta diferencial permitió crear, a orillas del Plata, una sociedad compleja, diversificada, con amplias clases medias, con altos salarios y con gran capacidad para atraer inmigrantes, que ningún sector político o social local quiso cuestionar. Ese argumento, que vale también para Uruguay, también puede ser formulado apelando al lenguaje de las ventajas comparativas, fue un torpedo bajo la línea de flotación de la visión dependentista, toda vez que invitaba a la conclusión de que, en lo referido a flujos de valor, la Argentina “explotaba” a Gran Bretaña. Desde entonces no hemos hecho más que confirmar cuán positivo fue para la Argentina el mundo de mercados que tenía a Gran Bretaña en su centro, incluso si colocamos nuestro foco en los actores ubicados en la base de la pirámide social. La historia económica de América Latina de Luis Bértola y José Antonio Ocampo (2013) nos recuerda que, pese a las debilidades de su estructura productiva, que tenía sectores muy poco competitivos como la manufactura, la Argentina de la década de 1920 tenía salarios más altos que los de Europa continental y de nivel similar a los británicos. Fue un salto de calidad impresionante en términos de bienestar para las mayorías. Todo esto obliga a concluir que, pese al tono pesimista que suele predominar en los estudios de historia social, a las clases populares rioplatenses no les fue tan mal en el período en el que Gran Bretaña era la principal potencia mundial. Todo esto ayuda a explicar por qué, como mostró Laura Ruiz Jiménez en su La Argentina con porvenir, en la gran prensa y en el debate público argentino la valoración de la contribución británica al progreso nacional era muy extendida, y lo fue incluso en la más problemática década de 1930. Esto no significa ignorar que se trataba de una relación en muchos aspectos desigual. Y tampoco que este tipo de inserción internacional le dio una configuración particular al tejido productivo, y forjó ciertos actores. Pero creo que hay buenas razones para descartar la idea de que otro camino, más cerrado al comercio internacional (lo que sin duda hubiese significado menos crecimiento e ingresos más bajos), hubiese preparado mejor a los países de América Latina para moverse en un mundo en el que Gran Bretaña ya no fuera tan central.

Todo esto no significa ignorar la existencia, en ocasiones extendida, de las críticas a la presencia económica británica, a los abusos de sus grandes empresas de servicios públicos, de sus ferrocarriles y sus frigoríficos, que se volvieron más habituales en la década de 1930. Esto es, cuando el mundo de mercados abiertos llegó a su fin, las empresas británicas enfrentaron grandes dificultades y la diplomacia del Reino Unido comenzó a ejercer una inédita presión para ayudarlas a mejorar su posición. Pero incluso entonces, en esa etapa crepuscular para Gran Bretaña, la idea de que esta avanzada dio lugar a un predominio del sentimiento antibritánico ha sido exagerada. Es frecuente que nosotros, académicos, siempre enamorados de las ideas, le demos demasiada importancia a lo que dicen y hacen los intelectuales y los publicistas. No siempre logramos aquilatar su verdadera importancia, con frecuencia menor de lo que pensamos. Y el caso de la impugnación a Gran Bretaña en los tiempos de FORJA lo prueba. Intelectuales nacionalistas como Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche, críticos acérrimos de la explotación económica británica, nunca lograron ganar un lugar central en el debate cívico de esos años, ni atraer una clientela popular. La idea de que FORJA era importante es, en verdad, una construcción retrospectiva, además de cuestionable. Que los nacionalistas orientaran sus energías hacia el debate de ideas es, en sí mismo, revelador de su orfandad política, de su incapacidad para incidir sobre las posiciones políticas del radicalismo, el partido del que la mayor parte de ellos formaban parte. Para las cosas importantes, contaban poco. Y siguieron contando poco en los años de Perón. Con toda razón, Perón, que durante su gobierno le dio a Jauretche un puesto público menor, que este parece haber aceptado gustoso, consideraba que el nacionalismo era “piantavotos”.

La mejor prueba de que el nacionalismo antibritánico no tenía tanto peso en la opinión pública lo revela lo sucedido durante las guerras mundiales, a lo largo de las cuales las simpatías populares estuvieron, mayormente, del lado de los Aliados. Es más: pese a todas las denuncias del imperialismo británico, los argentinos sentían mayor aversión por la política de Estados Unidos, que había comenzado a ser vista con sospecha ya a comienzos del siglo XX, en la época de la Guerra de Cuba. Cuando Roosevelt llegó a la presidencia y promovió la política del buen vecino, ese sentimiento se moderó, pero la tensión nunca desapareció del todo. Para confirmarlo basta recordar que, cuando lanzó su carrera hacia la Casa Rosada, Perón eligió al embajador de Estados Unidos, no al de Gran Bretaña, como su némesis. Pues más allá de cualquier otra consideración, en 1945, desde el punto de vista de su productividad para ganar apoyos en la calle, tenía sentido intentar movilizar el sentimiento popular contra Estados Unidos más que contra Gran Bretaña. “Braden o Perón” era una fórmula más ganadora que “Kelly o Perón”. Lo comprobó el propio embajador Kelly cuando, el 17 de octubre de 1945, concurrió a la Casa Rosada y, al acercarse a la Plaza de Mayo, su automóvil oficial, donde ondeaba la Union Jack, fue objeto de un recibimiento pacífico (y, según el embajador, cordial) por parte de simpatizantes de Perón. En sus memorias, Kelly lo describe con estas palabras:

when we approached the Casa Rosada we found the square packed with descamisados … The chauffeur wanted to turn back and I had to insist on his going slowly ahead … The crowd made way readily on seeing the flag, contenting themselves with shouting through the window in a friendly fashion: “Long live Perón! And down with Braden!”. (Kelly, 1953, p. 309)

Me causa cierta gracia esta imagen del pueblo peronista confraternizando con el representante de la fuerza que los nacionalistas y dependentistas acusaron de debilitar y deformar nuestra organización económica y ser el causante de todos los males de nuestro país. Tras muchos años de machacar con estas ideas, lo que FORJA y los nacionalistas lograron en relación con Gran Bretaña, en términos de difusión de sus ideas, no parece haber sido mucho. En este sentido, creo que Laura Ruiz Jiménez acierta cuando dirige su atención hacia la gran prensa, mucho más importante que los intelectuales para crear climas de opinión que, además, invariablemente fueron más favorables a Gran Bretaña y también a Estados Unidos que las voces de los intelectuales nacionalistas. Todavía faltaba para que el tema Malvinas, que colocó a Gran Bretaña en el lugar de nuestro mayor enemigo, se tornara una de nuestras obsesiones favoritas. Y como tengo un corazón populista, no me queda más que aceptar que los manifestantes que llenaban la Plaza de Mayo en octubre de 1946 tenían sus motivos, que iban mucho más allá de los dramáticos enfrentamientos que marcaron el ascenso de Perón, para actuar de esa manera. En fin, desde mi punto de vista, pues, hay buenas razones para revisar el acercamiento a las relaciones anglo-argentinas que proponen los abordajes enfocados en la idea de imperio informal y de dependencia. A quince años de la publicación de tu compilación sobre Latin America: Culture, Commerce and Capital, ¿qué queda, entonces, de la idea de “imperialismo informal”? ¿Sigue siendo una perspectiva relevante, y en qué planos mantiene vigencia? ¿Sirve para pensar la historia económica y el vínculo político entre Argentina y Gran Bretaña? ¿Qué conclusiones sacaste en el libro, y qué ha cambiado en la historiografía desde 2008 hasta ahora?

MB: La idea de que Gran Bretaña tuvo un imperio informal en algunas partes de América Latina ha servido como base para el debate historiográfico durante más de ochenta años. La persistencia de unas islas –las Malvinas–, que todavía pertenecen a un imperio que perdió la gran mayoría de sus posesiones hace mucho tiempo, hace difícil ocuparnos del imperio “informal” cuando el “formal” ocupa tanto espacio en la política argentina de principios del siglo XXI. Aunque al parecer no ha cambiado nada en las relaciones diplomáticas entre los dos países, en el campo historiográfico sí ha habido giros interesantes que ofrecen nuevas maneras de abordar el tema.

La manera en que abordé el problema del imperio informal en esa publicación de 2008 no ha sido traducida al castellano. Y como los organizadores de este congreso han pedido retomar ese hilo, creo que vale la pena reproducir lo que escribí en ese entonces, para luego retomar algunas de las ideas y poner de relieve sus aciertos y errores:

La evaluación de John Gallagher y Ronald Robinson (1953, p. 13) según la cual la política británica del siglo XIX hacia el resto del mundo consistía en “comercio con control informal si era posible, comercio con dominio si era necesario”, ha sido durante mucho tiempo un punto de referencia central en los estudios históricos sobre las relaciones entre Gran Bretaña y América Latina. Gallagher y Robinson describieron de manera contundente el “imperio informal” como la parte del iceberg imperial que permanecía oculta bajo el mar (Gallagher y Robinson, 1953, p. 1), y alentaron a investigadores a considerar una hipótesis que incluyera tanto la expansión informal como la formal, y que permitiera reconocer la continuidad del proceso. Su trabajo “marcó la agenda para el estudio de la historia imperial” (Cain y Hopkins, 2002, p. 26) durante varias décadas, especialmente en el campo de las actividades británicas en América Latina. Sin embargo, actualmente una de las académicas más influyentes en el estudio del imperio, Ann Laura Stoler (2006a, p. 136), ha descartado los conceptos de “imperio informal” y “dominio indirecto” por considerarlos “eufemismos poco útiles, no conceptos operativos”. Para Stoler, el imperio informal es un eufemismo de imperialismo, parte de un “vocabulario académico que se somete a los términos de los propios imperios”. (Brown, 2008, pp. 1-2)

En el libro, quise poner a prueba las inquietudes de Stoler mediante un estudio interdisciplinario y comparativo de las interacciones británicas en América Latina durante la época tradicionalmente considerada de vigencia del “imperio informal”, aproximadamente entre 1810 y 1940. Creo que en este punto coincidía con lo que has dicho hoy –que incorporar a la cultura en estos antiguos debates tal vez podría ser una clave para resolver la tensión entre dependentismo e imperio informal–. Si el “imperio informal” iba a volver a ser un “concepto operativo”, entonces sería necesario redefinirlo, recontextualizarlo y someterlo nuevamente a prueba.

RH: ¿Podrías extenderte un poco más sobre este punto?

MB: Retomaría para ello lo que escribí en ese libro de 2008:

La hipótesis de Gallagher y Robinson (1953) sobre el “imperialismo del libre comercio” llegó a dominar el estudio de la participación británica en América Latina durante medio siglo. Propuesta en los años cincuenta, se volvió cada vez más polémica en las décadas de 1960 y 1970, al coincidir y, en ocasiones, entrar en conflicto con las interpretaciones estructuralistas y marxistas sobre la dependencia de América Latina respecto a las economías externas. D. C. M. Platt (1967, 1968, 1972) argumentó con vehemencia sobre la debilidad del imperio informal en la región. Como señaló Wm. Roger Louis, hacia 1975 se desataba una “controversia” en torno al grado de cambio y continuidad en la política británica, y sobre sus efectos prácticos “en la periferia”, área que incluía a América Latina (Louis, 1976: 235-237; también Jones, 1980). Una segunda etapa del debate tuvo lugar en los años noventa entre Andrew Thompson (1992) y A. G. Hopkins (1994), y fue posteriormente sintetizada en estudios y resúmenes por Rory Miller (1993, 2001) y Alan Knight (1999). El estudio del “imperio informal” británico en América Latina podría, entonces, considerarse hoy como un tema moribundo, al que la mayoría de la academia es –o debería ser– indiferente. ¿Por qué volver, entonces, al imperio informal? En la siguiente sección se presentan tres razones para revisar este debate desde nuevas perspectivas.
La primera y más sencilla razón para volver al imperio informal es que el debate dejó muchas preguntas sin resolver que aún esperan respuesta. El reciente resumen historiográfico de Eugênio Vargas García se centró en el control político efectivo que Gran Bretaña ejerció sobre ciertas zonas de América Latina, buscando evidencia de influencia “bajo la órbita” del poder británico (2006, p. 381). Esto plantea varias preguntas nuevas: por ejemplo, Vargas García aún no precisa si Gran Bretaña realmente quería ejercer influencia en América Latina, o en qué medida los impulsos metropolitanos se tradujeron en acciones concretas. Evidentemente, queda mucho por hacer en estos temas, tanto revisando las fuentes documentales existentes como ampliando el corpus de materiales de estudio, especialmente incorporando evidencia proveniente de América Latina, además de los archivos diplomáticos y comerciales británicos utilizados en estudios anteriores.
La segunda razón para volver al concepto de imperio informal tiene que ver con la persistencia del término en los círculos académicos. El debate sobre si las relaciones entre Gran Bretaña y América Latina deben caracterizarse como explotación imperial o como beneficio mutuo ha durado tanto que el concepto logró mantenerse vigente a pesar de críticas reiteradas. La idea de imperio informal ha adquirido un significado ampliamente reconocido, a punto tal que puede servir para fomentar el diálogo interdisciplinario y comparativo. Este significado, en su forma más simple, evoca a una nación poderosa que logra controlar un territorio sobre el cual no ejerce soberanía. Esto lo convierte en una forma de imperialismo, si seguimos la definición de Cain y Hopkins, quienes afirman que “la característica distintiva del imperialismo…es que implica una incursión, o intento de incursión, en la soberanía de otro Estado” (Cain y Hopkins, 2002, p. 54). Sin embargo, un significado ampliamente entendido no equivale a un “concepto operativo”; para llegar a ello, es necesario examinar la naturaleza de la incursión y el tipo de control ejercido –sea político, económico, cultural o militar–, y el grado en que dicho control afecta o no la soberanía. Esto implica reconfigurar el concepto de “imperio informal”. Las tendencias recientes en la investigación académica –especialmente, aunque no exclusivamente, el poscolonialismo y el “giro cultural”– abren nuevas vías (que se discuten más adelante) para la investigación, la comparación y el debate.
Una tercera razón para volver a preguntarse por el imperio informal sería que se ha comenzado a utilizar el término en un sentido bastante distinto al convencional. Investigadores en literatura e historia cultural han retomado el concepto de “imperio informal” influenciados por los trabajos de Said (1978) y Pratt (1992), que vinculan viajeros, cultura e imperialismo. Ricardo Salvatore habla del “imperio informal” que Estados Unidos construyó en América Latina entre 1890 y 1920 sobre “una colección de discursos diversos, múltiples mediadores o agentes y, en ocasiones, representaciones contradictorias” (Salvatore, 1998, p. 70). Es el reconocimiento interdisciplinario de la relevancia de la cultura en el análisis de los encuentros imperiales y coloniales lo que explica la reciente convergencia entre los estudios del imperio británico y el latinoamericanismo (por ejemplo, Gallo, 2001; Fowler, 2004; Aguirre, 2005; Brown, 2006; Ramírez, 2007). Este volumen busca clarificar y profundizar estos desarrollos. (Brown, 2008, pp. 2-4)

Los tres motivos me parecen todavía hoy bastante persuasivos –el ‘imperio informal’ tiene valor como concepto, y entonces se lo puede utilizar de manera provechosa–. Nos tocó, y nos sigue tocando, emplearlo de una manera clara y precisa. Para clarificar y profundizar, intenté hacer unas precisiones en la terminología:

Para poder incluir la cultura en el análisis del imperio informal, es esencial definir nuestros términos. Gallagher y Robinson (1953, p. 1) reconocieron este dilema, observando que el historiador imperial estaba “muy a merced de su propio concepto particular de imperio”. O, como lo expresó de manera desdeñosa A. J. P. Taylor (1976, p. 197), “el imperialismo del siglo XIX tenía muchas vertientes, tantas que todas las teorías al respecto son verdaderas dentro de sus propios marcos de referencia”. (Brown, 2008, p. 4)
Al reconfigurar el concepto de “imperio informal”, retomamos los valiosos aportes sobre los “encuentros culturales” o “zonas de contacto” presentes en los trabajos de Pratt, Salvatore y Aguirre. Este cuerpo teórico surge de la creciente confluencia entre las inspiraciones conceptuales de la crítica literaria y cultural, y las de la historiografía imperial. A partir de estos avances, Antoinette Burton (2003), Catherine Hall (2002) y otros autores sostienen de manera convincente que, para comprender la verdadera naturaleza del imperialismo y sus consecuencias, los estudios deben alejarse aún más de su dependencia de los archivos metropolitanos y de la “mentalidad imperial”, y orientarse hacia las relaciones cotidianas –frecuentemente ignoradas– que se establecieron entre colonizados, colonizadores y sus múltiples mediadores. Stoler (2006b, p. 3) ha explorado los “lazos tensos y tiernos” del colonialismo, argumentando que las “relaciones íntimas” moldean, determinan y definen los vínculos coloniales: “estos lazos no son microcosmos del imperio, sino su médula”. Para comprender el colonialismo y el imperialismo, entonces, las y los historiadores también deben examinar las experiencias cotidianas fuera del mundo de las elites sociales, además de las leyes metropolitanas o las fuerzas militares.
Como parte de su proyecto de reconfiguración de cómo entendemos las relaciones coloniales e imperiales —lo que Frederick Cooper (2005, p. 1) denomina “desbordar el colonialismo”—, Stoler ha redefinido el concepto mismo de imperio. Nos exhorta a “identificar aquellas gradaciones de intervención y soberanía que se presentan bajo múltiples nombres no imperiales” (Stoler, 2006b, p. xvi), y propone el estudio de las “formaciones imperiales… estados de devenir más que de ser, macropolíticas en constante formación” (Stoler, 2006a, pp. 135-136). Si el mapa pintado de rojo para representar el Imperio Británico era una inexactitud, entonces Stoler sostiene que todo el mundo debería estar pintado en tonos de rojo, azul y verde para reflejar los límites cambiantes y la cualidad compuesta de todas las formaciones imperiales.
Esta propuesta resulta convincente, aunque nos revela la dificultad de distinguir entre las distintas manifestaciones de las “formaciones imperiales”. La cuestión de cómo denominar la actividad británica en América Latina durante el largo siglo XIX sigue siendo debatida. De hecho, algunos trabajos recientes sobre los aspectos culturales del imperio informal pueden ser criticados por la vaguedad o ambigüedad de sus definiciones. Salvatore (1998), por ejemplo, no define el concepto de “imperio informal”, ni cita a Gallagher y Robinson ni hace referencia a la historiografía británica. En cambio, Robert Aguirre sí define el término, y basa su análisis sobre los viajes, colecciones y escritos británicos sobre América Central en el siglo XIX en la premisa de que el “imperialismo informal” fue una “estrategia política y económica” que “configuró un área de ventaja competitiva basada principalmente en el comercio y la política económica, pero fuertemente respaldada por una multiplicidad de actividades culturales en el terreno” (Aguirre, 2005, p. xv). Aguirre sostiene que “las formas culturales –narrativas de viaje, exposiciones museísticas, panoramas, correspondencia diplomática, espectáculos etnológicos y novelas de aventuras– brindaron un apoyo ideológico crucial al trabajo del imperialismo informal, moldeando una audiencia receptiva al influjo del poder británico en la región” (Aguirre, 2005, p. xvi). Todo esto gira en torno a la idea de que el “imperialismo informal” fue una política –algo que ha sido fuertemente cuestionado por varios críticos, entre ellos Charles Jones en este volumen– y que el imperio informal fue una realidad concreta en América Latina –una afirmación rechazada por varios de los colaboradores de este libro–. La suposición de que las formas culturales “respaldaron” la estrategia política y económica, y “apoyaron” el trabajo del imperialismo informal, parece estar arraigada en interpretaciones bastante convencionales del “imperio informal”. Se acepta ampliamente que la independencia política del continente en el siglo XIX estuvo acotada por la influencia de regiones más poderosas. Pero, ¿constituía el aparente y omnipresente riesgo de intervención directa una forma de “imperialismo”? ¿Era el respeto cultural generalizado –cuando no veneración– hacia Gran Bretaña parte de una mentalidad “neocolonial”? ¿Hasta qué punto el concepto de “imperio informal” logra captar las relaciones que existieron entre Gran Bretaña y los distintos países latinoamericanos?
El libro surgió de mi intento por comprender la naturaleza de la participación británica en América Latina durante el siglo XIX. Al principio, me parecía que el término “imperio informal” era demasiado fuerte para describir la situación particular que estaba estudiando en mi tesis doctoral: la participación de unos siete mil aventureros y aventureras británicos e irlandeses en la independencia de Colombia, Venezuela y Ecuador (Brown, 2006). Estas personas eran, en muchos casos, demasiado impulsivos, incompetentes o directamente ebrios como para ser acusados de actuar bajo instrucciones de alguien, y mucho menos de formar parte de un proyecto imperial coherente dirigido desde Londres. Sin embargo, al considerar más detenidamente la literatura sobre el imperio informal, surgió la posibilidad de que este término ofreciera una descripción adecuada del modo en que funcionaba dicho imperio en América Latina, donde sus “agentes” –si es que podemos llamarlos así– no estaban comprometidos con la causa ni interesados en promover sus valores, pero eran percibidos como imperialistas por los pobladores locales con quienes se encontraban, y de alguna manera, sus decisiones y acciones sí moldeaban la sociedad en los lugares donde vivían. La distancia entre la producción de la política británica y la recepción (o no) de las prácticas “en el terreno” hacía difícil reconciliar esta situación incluso con el concepto de imperialismo “distraído”, siguiendo a Rivière (1995) y Bernard Porter (2004), o con la idea de un imperio por accidente o improvisación.
Reunir a investigadores para abordar el tema tanto conceptual como comparativamente parecía la mejor manera de acercarse a una respuesta. Apuntamos a obtener una visión amplia de cómo funcionaba el “imperio informal”, con aportes sobre las zonas más comúnmente identificadas como de fuerte influencia británica –Brasil y el Río de la Plata– así como sobre regiones menos evidentes, como Colombia y la Patagonia. (Brown, 2008, pp. 6-8, traducción propia)

Reflexionando ahora, casi dos décadas después, me es muy grato recordar cómo tantos académicos de relieve aceptaron la invitación de ese joven historiador a reflexionar sobre el tema. Creo que el congreso, y el libro que reunió las contribuciones, llenó un vacío. En su momento lo dije con estas palabras:

Uno de los resultados fue una imagen más clara de las gradaciones y variedades del imperio informal en la región, destacando que estas estuvieron en gran medida determinadas por las condiciones y costumbres locales. Buscamos construir sobre el trabajo sobre las relaciones entre Estados Unidos y América Latina (Joseph, LeGrand y Salvatore, 1998), que planteaba los encuentros entre extranjeros y locales “como asuntos complejos que involucran múltiples agentes, elaboradas construcciones culturales y resultados imprevistos” (Coronil, 1998, p. ix). Queríamos demostrar la validez de la afirmación de Stephen Howe de que “los estudios sobre cultura, discurso y cosmovisión, sobre resistencia indígena y adaptación, pueden convivir feliz y creativamente con el trabajo sobre la alta política colonial o la economía política” (Howe, 2001, p. 135).
El resultado de nuestro encuentro, que tuvo lugar durante dos días fríos, ventosos e invernales en Bristol, es este libro, y representa un voto contundente a favor de conservar y clarificar el concepto de “imperio informal” como herramienta analítica. (Brown, 2008, pp. 7-8, traducción propia)

Bueno. Han pasado casi dos décadas ya. Bristol sigue ventosa, lluviosa y fría. Felizmente, nuestro libro se ha leído bastante, ha sido citado y ha tenido, creo, alguna influencia, por lo menos entre lectores en inglés. Antes de pasar a una meditación sobre qué ha cambiado en la historiografía desde entonces, quisiera detenerme en las conclusiones del libro:

Este libro propone que, al incorporar la cultura al concepto de “imperio informal”, podemos reformularlo y revitalizarlo. Siguiendo las observaciones de Fernando Coronil sobre el imperialismo estadounidense en América Latina durante el siglo XX, podemos advertir que “el enfoque tradicional en la economía política implica una negligencia no solo de los dominios ajenos a la economía, sino también de la dimensión cultural de las prácticas económicas en sí mismas” (Coronil, 1998, p. xi). El análisis de Dane Kennedy sobre la historiografía del imperio británico –según el cual “cualquier evaluación de [la interacción mutua del imperialismo] que ignore la dimensión cultural, es decir, el ámbito de las representaciones mutuas del yo y del otro, omite lo que bien podría ser el legado más persistente y profundo de la experiencia imperial”– puede ser más debatible (Kennedy, 1996, p. 359). Los encuentros culturales fueron la base del “acuerdo colaborativo sobre el cual todo tipo de imperio –formal o informal– casi invariablemente dependía” (Darwin, 2008).
En lugar de seguir el rechazo de Stoler (2006a, p. 136) del “imperio informal” como concepto operativo, o de intentar “teorizar un nuevo marco interpretativo” (Joseph, 1998, p. 5), nuestro diálogo se ha orientado hacia una reformulación del “imperio informal” con una perspectiva cultural y poscolonial, sin perder de vista sus raíces en la economía política. Andrew Thompson, en el epílogo de este volumen, sostiene que debemos reformular el “imperio informal” para que sea funcional y útil –“apto para el propósito”, en la jerga actual de la administración de empresas–.
A partir del análisis de Vargas García sobre la literatura de economía política (2006, pp. 383-384), podemos ver a Gran Bretaña buscando, ejerciendo y eventualmente renunciando al control sobre regiones de América Latina de acuerdo con imperativos comerciales y/o estratégicos. Pero al avanzar hacia nuestra definición de “imperio informal”, debemos identificar un elemento de control político y la presencia de relaciones de poder asimétricas. También debe estar presente la constante amenaza hipotética –o el uso potencial– de la fuerza, aun reconociendo que su implementación efectiva haya sido poco frecuente y, a menudo, poco exitosa. El uso de la fuerza solía descartarse incluso como un “último recurso” costoso (Smith, 1978, p. 23), “por el deseo de abstenerse de recurrir a medios coercitivos, mientras existiera la posibilidad de obtener reparación por cualquier otro método” (Palmerston, 1832, p. 561).
El rechazo de Stoler al concepto de imperio informal es luego prematuro. Este puede –y debe– funcionar como concepto precisamente porque, como argumenta Cooper, “si toda forma de poder asimétrico se denomina imperio, nos quedamos sin formas de distinguir entre las opciones reales que podríamos tener” (Cooper, 2005, p. 15). El concepto de “imperio informal” nos recuerda las múltiples restricciones que se le impusieron al imperialismo, restricciones que surgieron tanto de la resistencia local como de la estrategia geopolítica, además de la “mentalidad imperial” y el funcionamiento del poder metropolitano. Sin embargo, una comprensión del imperio informal que no logre evidenciar la unidad subyacente entre este y el imperio formal resulta estéril.
En este sentido, podríamos preguntarnos cuánto hemos avanzado desde que Robinson y Gallagher (1953, pp. 3-5) plantearon por primera vez la cuestión. Los enfoques sobre el siglo XIX latinoamericano –aquellos centrados en la dependencia económica, la Era de las Revoluciones, la construcción de la nación y del Estado, las herencias coloniales– abordan preguntas similares a las que surgen en nuestras discusiones sobre el “imperio informal”. Todos estos trabajos se preocupan por determinar en qué momento puede decirse que existió soberanía, o que fue comprometida, o que fue aceptada y respaldada.
Por lo tanto, si el “imperio informal” va a funcionar como concepto operativo, debe apoyarse en un marco tridimensional que postule al comercio, el capital y la cultura como tres influencias interdependientes y mutuamente reforzantes que limitaron la soberanía local. Los distintos colaboradores de este volumen asignan mayor o menor peso a cada uno de estos factores según su formación disciplinaria y la región, tema y período que estudian. No obstante, para que exista “imperio informal”, debe haber evidencia de comercio e inversión que moldeen las relaciones políticas y diplomáticas, y debe haber un papel demostrable de la cultura, ya sea como apoyo a esas relaciones (como plantea Aguirre, 2005) o como variable independiente (como en una conciencia local de relaciones de poder asimétricas). Donde falte una de esas tres condiciones, no se debe hablar de imperio informal. Los tentáculos del imperio informal deben encontrarse tanto en la realidad como en la imaginación. Debe haber evidencia de poder asimétrico y de control ejercido; y también un sustento cultural en las mentes de los ciudadanos y naciones cuya soberanía está siendo comprometida. El imperio informal debe ser vivido, y reconocido, para poder existir. (Brown, 2008, pp. 19-21, traducción propia)

Creo que esta manera de reconceptualizar el imperio informal nos ha abierto varios caminos, en los cuales podemos indagar buscando los múltiples matices de las interacciones entre Gran Bretaña y varios lugares latinoamericanos en los siglos XIX y XX. En adelante voy a referirme a ellos. Sin embargo, revisando mi propia trayectoria, veo que después de publicar Informal Empire in Latin America en el 2008, intenté profundizar en el tema a través de un estudio de conexiones culturales y políticas. En mi libro El Santuario: Historia global de una batalla (2015a) quise poner en acción el programa formulado en Informal Empire in Latin America, trazando las relaciones personales, culturales e íntimas entre los veteranos militares nacionales y extranjeros de esta batalla colombiana de 1829. A base de un trabajo intenso y hasta obsesivo en los archivos de Medellín, Bogotá, Rionegro, El Santuario y Caracas, logré identificar redes y conexiones personales y culturales hasta entonces desconocidas, que fortalecían los intentos de expandir el comercio, la inversión y hasta el control político. Pero quedé insatisfecho, como también, al parecer, lo estuvieron los pocos lectores de este libro bastante olvidado. En fin, según pude apreciar, la metodología no me sirvió bien para entender las consecuencias culturales de la presencia británica en América Latina, más allá de las conexiones que tanto interesan a los historiadores de lo global. Quedó poco lugar para el poder y los Estados dentro de mi narrativa de batallas, reuniones, encuentros y biografías. Empecé, entonces, un viraje gradual hacia el estudio del producto cultural emblemático de la región en el resto del mundo: los deportes. A través de grandes futbolistas como Pelé, Maradona, Messi y Marta, los deportes claramente se relacionan en las mentalidades públicas con unos orígenes británicos. Experimenté con el uso del concepto del imperio informal para entender los comienzos de la práctica y las instituciones del fútbol (Brown, 2015c), pero en fin, cuando terminé la última versión de mi libro, Sports in South America: A History (2023), me di cuenta de que ¡el concepto del imperio informal casi no aparece! Creo que esto tiene que ver con las otras vertientes de la historiografía, sobre todo la historia global, que me estaban ofreciendo herramientas bastante útiles para entender estas nuevas prácticas culturales que se volvieron casi omnipresentes en el continente sudamericano a principios del siglo XX.

RH: Sports in South America toma clara distancia de los modelos difusionistas y rechaza de manera tajante la idea de que los británicos fueron los introductores del deporte en América Latina. La premisa de esta perspectiva, muy extendida en los estudios sobre deporte, es que la transformación cultural trabaja en un único sentido, esto es, de Norte a Sur. En cambio, tu libro muestra que las prácticas deportivas introducidas por los británicos se insertaron en un medio en el que el gusto por la competencia ya estaba muy arraigado: las corridas de toros, las peleas de gallos, las carreras de caballos ya habían forjado un enorme gusto por el juego y la competencia entre la población local, y sobre ese suelo se arraigaron las novedades introducidas por la cultura deportiva británica. De no haber existido esa base, es difícil imaginar cómo en América Latina, o América del Sur, que es tu recorte, podría haberse desarrollado una escena deportiva tan potente y tan dinámica. Una práctica que, además, desempeñó un papel de importancia en la formación de las culturas nacionales en varios países de América Latina. En este sentido, no solo la expresión “imperio informal” no aparece en el libro, sino que tampoco tiene demasiada relevancia analítica para pensar un ámbito como el deporte, de tanta importancia en el siglo XX, y mucho más en nuestro tiempo. Y esto nos habla de una sociedad que debe ser pensada como sensible al influjo de múltiples fuerzas, de hibridación, de mezcla, donde el cambio social, el poder, las ideas y la innovación no circulan en un único sentido, ni tienen idénticas funciones en todas partes.

MB: Eso es. El “imperio informal” puede servir como un punto de partida, un concepto o una clave que nos abre puertas hacia el tema, como experimenté en mi caso con la historia de los deportes. Sin embargo, abierta la puerta, cuando entramos en los detalles en el plano local, la función, o la utilidad, del concepto se vuelve muy marginal. Nuestro énfasis en 2008 en los distintos espacios de poder –cultural, capital y comercio– se ha vuelto bastante generalizado en la historiografía contemporánea de los 2020, y es frecuente ver que las investigaciones hablan de asimetrías y desigualdades de poder, en vez de los villanos y víctimas de la historiografía de antes. Hay varios ejemplos. Pienso en el trabajo pionero de Lila Caimari (2016) sobre los cables invisibles y los telégrafos que apoyaban el imperio informal. Estoy pensando también en el trabajo de Gael Sánchez Cano y Miguel de la Rosa Lorente sobre lo que identifican como “imperios inmateriales” (2020), y también la tesis doctoral de David Gómez sobre los límites y el comercio en Belice (2021). Repensando las ideas, memorias y culturas que daban forma a las relaciones desiguales del poder en América Latina de los siglos XIX y XX, Sánchez Cano y de la Rosa Lorente profundizan en el tema y nos llevan más allá de la intencionalidad, o no, del imperio informal. Otros historiadores han también utilizado el concepto del imperio informal para interrogar los casos francés (Todd, 2021), portugués (Paquette, 2013) y el de las antiguas colonias hispánicas tras la independencia (Schmidt-Nowara y Nieto-Phillips, 2006). El trabajo de Matías Sánchez-Barberán (2024), que me encanta, sobre las fronteras sudamericanas, amplía el uso del concepto aún más, yendo más allá del imperio informal británico y demostrando cómo el Estado chileno utilizó la informalidad como mecanismo de expansión en Bolivia y Perú. Muestra cómo en el conflicto por Mejillones la informalidad en el poder permite la consolidación de intereses (y no implica límites). Entonces ahora vemos cómo el poder informal no fue solo un recurso de los británicos, sino que fue empleado por muchos grupos.

Otra innovación en los años posteriores a 2008 fue la irrupción de un rico grupo de estudios explícitamente culturales –como los de Jesse Reeder (2020), Jocelyn Almeida (2016) o Rebecca Heinowitz (2010)– que demuestran cuán profunda fue la influencia británica en las letras, la prensa y las artes. Los estudios del gentlemanly capitalism de Cain y Hopkins han abierto posibilidades para entender los espacios compartidos por élites británicas y latinoamericanas, como bibliotecas, bancos o campos de deporte. Revisando temas por separado, es fácil establecer que en muchos espacios y momentos no hubo nada parecido al imperio informal, como explica Andrew Nickson (2024) en su estudio de los agricultores de Lincolnshire en Paraguay. O, dicho de otra manera, que, a pesar de todas las conexiones y ejemplos de influencia mutua, todo eso no siempre debe anotarse en la columna de beneficios del imperio.

Sin embargo, revisando la historiografía sobre la cultura en el imperio informal ahora, a casi dos décadas de la publicación de Informal Empire, se aprecia un campo sólido que se ha desarrollado bastante, con mucho potencial para el futuro. Pienso en los trabajos de Alina Silveira (2013) sobre los clubes, las iglesias y las escuelas en Buenos Aires, y Paula Seiguer (2017) sobre la religión, Charles Parrish (2020) sobre el polo, Karen Racine sobre la independencia (por ejemplo, 2015), Mark Orton sobre el fútbol (2023) y Víctor Macías-González (2013) sobre los colegios. Jennifer Hayward y Michelle Prain Brice, en su estudio sobre los medios de comunicación (2024), ven a los encuentros entre culturas como “espacios productivos en vez de destructivos”, sobre todo en los espacios de idiomas e identidades.

En estos trabajos, se cita ahora mucho menos que antes a los paradigmas de dependencia y neocolonialismo (aunque la decolonialidad de vez en cuando levanta la cabeza). Algunos participantes en nuestro congreso de PECBAL en Buenos Aires en 2025, como Mariano Schlez, hablan del concepto “imperio del capital” como más apropiado que el de imperio informal. ¿Qué opinas tú, Roy? Algo has dicho ya al comienzo, situando a Gran Bretaña como un actor central, pero no el único de la historia económica de los siglos XIX y XX.

RH: En efecto, y como ya sugerí, tiendo a pensar que la relación económica de Gran Bretaña con las repúblicas de América Latina debe ser colocada en un marco más amplio, contra el telón de fondo de las grandes transformaciones que el mercado mundial y el capitalismo experimentaron en el siglo XIX, del que Gran Bretaña fue solo una parte. Fundamental, sin duda, pero solo una parte. Un escenario desigual y jerarquizado, pero con muchos actores y fuerzas en acción, cuyas relaciones se desplegaron en múltiples direcciones y dimensiones. Lo mismo vale para la política, para la cultura. Y para mejorar nuestra comprensión de estos fenómenos la historia global nos ofrece una gran ayuda. Porque además de invitarnos a pensar los contactos entre Europa y América como un espacio complejo, nos previene contra el provincialismo nacionalista, nos obliga a ir más allá del marco nacional que fue durante tanto tiempo una de nuestras prisiones analíticas invisibles. Los actores británicos, pero también los de los países de América Latina, estaban insertos en redes que tenían múltiples nodos, y no todo remataba en Londres o Manchester, o en Santiago o Buenos Aires.

Esto me lleva al próximo tema que quería abordar, referido a la manera en que estos enfoques se adaptan al ascenso de la historia global. En 2015 publicaste un artículo, “The global history of Latin America”, que describe un panorama que desde entonces no ha cambiado demasiado, al menos en sus aspectos sustantivos. Desde hace un par de décadas, la historia global está en auge, se expande por todas partes. Se ha impuesto una historia que pretende descentrar los relatos eurocéntricos. Sin embargo, tu ensayo sugiere que, en lo que refiere a América Latina, este objetivo no se ha logrado. Aspectos centrales de la vieja división internacional del trabajo intelectual siguen vigentes. Las grandes narrativas se escriben en el Norte, y los conceptos con los que se estructuran los grandes relatos también tienen ese origen: ahora es la historia global, pero antes fue la historia mundial, y antes la del capitalismo, la de las clases sociales, las revoluciones, el Estado, etc. Y pese a que desde la Conquista la historia de América Latina ha estado íntimamente entroncada con la historia europea, los países latinoamericanos están poco presentes en las narrativas globales producidas a ambos lados del Atlántico norte. La nueva conversación sobre la historia global se enfoca en la relación entre Estados Unidos, Asia y Europa, y asigna poco espacio para integrar de manera creativa a América Latina. Por supuesto, hay motivos que ayudan a entender este sesgo. Estados Unidos y China, no América Latina, van a moldear lo que resta del siglo XXI.

MB: Tienes razón con que después del libro sobre imperio informal sentí la tentación por la historia global. La Universidad de Oxford me invitó a dar una charla sobre cómo América Latina cuadraba, o no, con la nueva moda de historia global. Luego convertí la charla –en la que yo había subrayado que la historia global en esta época solo tomaba en cuenta trabajos escritos en inglés, para lectores de habla inglesa, basados en fuentes en inglés– en un artículo para el Journal of Global History (2015b). El artículo mejoró mucho gracias a las sugerencias de los evaluadores anónimos. Claro que muchos historiadores latinoamericanos han notado, con toda la razón, que hay unas fuertes tradiciones historiográficas latinoamericanas que siempre han hecho este tipo de historia, solo que no la llaman historia global (por ejemplo, De Lima Grecco y Schuster, 2020; Serulnikov, 2020; Riojas y Rinke, 2022). ¡Creo que mi análisis de la parte anglo tocó un nervio sensible en Oxford: nunca me volvieron a invitar para hablar de historia global!

Sigo creyendo que el auge de la historia global en Gran Bretaña y en América Latina ofrece unas posibilidades de acercamiento y estudio que no fueron posibles de realizar bajo el paradigma del imperio informal. Su énfasis en conexiones por encima de límites estatales refleja bien la realidad de muchos consumidores y ciudadanos en América Latina durante los siglos XIX y XX, cuando el deseo de construir naciones y Estados estaba muy vigente.

Trabajos importantes, como la revisión de la historiografía brasileña por Frederick Schulze y Georg Fischer (2019) y los trabajos de Graciela Iglesias-Rogers (2021) y otros sobre la Hispanic Anglosphere demuestran las posibilidades que se abren cuando colocan a las conexiones internacionales dentro de un esquema transnacional, atento al flujo de seres humanos, dinero y productos (Scarfi y Andrade, 2023; también Long y Schulz, 2022). Con este enfoque se ha abierto un mayor espacio para los latinoamericanistas, de una manera que tal vez no fue posible en la problemática del imperio informal, ya que este último se enfocaba de manera exclusiva en la comprensión de la mente oficial británica.

El trabajo de Lucy Taylor, publicado en el Journal of Global History en 2018, nos trae perspectivas globales sobre el Chubut, la Patagonia galesa. Demuestra las complejidades de ser colonizado y colonizador a la vez, y nos guía a pensar más allá de los conceptos binarios que antes daban forma a nuestras ideas sobre el imperio informal. Taylor demuestra cómo el esquema se fundaba en el deseo de obtener dignidad cultural y soberanía política, y cómo los colonos galeses reconocían que tales objetivos eran también importantes para las poblaciones indígenas. Las dinámicas de dominación, aspiración y subordinación entraban en juego con las relaciones geopolíticas.

Otro buen ejemplo de cómo ahora entendemos mejor las relaciones del imperio informal a través de un acercamiento de historia global y sus enfoques en casos locales que ilustran procesos más amplios lo ofrece el trabajo de Paige Glotzer (2023). Describe bien las redes de comercio y política del imperio formal en la República Dominicana, y cómo se relaciona con la materialidad del imperio informal, por ejemplo, en los despachos de los oficinistas del Foreign Office y sus papeles. También se destacan los trabajos de Boyns y Gray (2016) sobre el carbón y Primmer (2025), volviendo a un tema clásico de la historiografía del imperio informal, sobre el ferrocarril.

También están los trabajos de Camilo Botta Uribe (2024) sobre las orquídeas y de Ana Maria Otero Cleves (2024) sobre los machetes y otros elementos, que demuestran el valor que tiene una mirada transnacional sobre un producto, muy sensible a la perspectiva económica y cultural a la vez. Para ambos, la idea de imperio informal es una invitación a otras maneras de pensar la historia, mucho más que un concepto para aplicar o entender a sus casos de estudio (véanse también Cowie, 2017; Somarriva, 2017; Podgorny, 2024). En síntesis, estamos ante un panorama amplio que sitúa a las historias latinoamericanas dentro de sus contextos globales, y que ha vuelto a interesarse por analizar el impacto de historias latinoamericanas en la historia del mundo. Como se hace evidente, por ejemplo, en la historia de los deportes, donde América Latina ha sido incorporada a una visión global en un lugar central, de gran protagonismo (Taylor, 2025; Vonnard y Quin, 2019), en vez de ser condenada a un lugar periférico, y siempre de víctima, como solía ser antes.

RH: Si bien América Latina está poco presente en los relatos de los globalistas del Norte, no quisiera terminar este intercambio sin señalar lo que veo como dos aspectos promisorios, dos cambios importantes respecto a décadas anteriores, producto en gran medida del fortalecimiento de las historiografías de América Latina en las últimas tres o cuatro décadas. En estos años, en muchos países de la región los estudios históricos han alcanzado mayor solidez institucional, mayor sofisticación, y también ha mejorado la formación de los futuros historiadores. Nuestros jóvenes están mejor entrenados para el trabajo histórico y, además, están mejor conectados con sus colegas de países vecinos. Ha habido progreso institucional en las historiografías latinoamericanas. Además, el molde nacionalista se ha resquebrajado porque la nación ya no es tomada como el marco natural para pensar los problemas históricos, pero también porque, en esta historiografía latinoamericana más madura y mejor conectada, los historiadores de los países de la región se ven como compañeros de ruta de un esfuerzo de conocimiento compartido. Una consecuencia importante es que la historiografía que hoy se hace en América Latina ya no es tan tributaria de lo que sucede en las grandes instituciones universitarias y de investigación del Norte. Los historiadores argentinos dialogan con chilenos y brasileños, los colombianos intercambian ideas y experiencias con los argentinos, etc., sin necesidad de pasar por Londres u Oxford, París o Harvard. El ascendiente del Norte se ha debilitado. Y esto tiene implicancias en el plano de la distribución del poder académico, pero también en el plano cognoscitivo, lo que se refleja en proyectos de investigación que adoptan perspectivas que, dejando de lado el encuadre nacional o la pleitesía a las instituciones del Norte, se abren a nuevas maneras de pensar problemas históricos. No quisiera caer en un optimismo ingenuo, en una celebración acrítica de los logros y las potencialidades de las historiografías latinoamericanas, cuyas limitaciones siguen siendo muy evidentes. Pero estamos mejor que hace medio siglo, y hemos dado un paso adelante en la tarea de afirmar la legitimidad y la fortaleza de nuestras comunidades académicas. Es un logro para celebrar, incluso si el entorno político, hoy tan hostil en muchos países y en particular en la Argentina, nos hace dudar de las posibilidades de seguir avanzando.

Me gustaría ilustrar este razonamiento evocando un par de ejemplos recientes que en otro tiempo hubiesen sido más difíciles de encontrar, ambos referidos al trabajo de jóvenes historiadores que se han formado en este clima que otorga mayor valor y mayor autonomía a las historiografías de la periferia. Son dos ejemplos entre muchos posibles. El primero es la investigación doctoral de Leonardo Hirsch, que dio lugar a la publicación de un libro que lleva el título de La consagración de los partidos: Política y representación en la provincia de Buenos Aires, 1870-1900 (2021). En su estudio, centrado en la manera en que la idea de partido político fue ganando espacio en el debate público argentino a fines del siglo XIX, Hirsch presta atención a los debates que tuvieron lugar en la asamblea constituyente de Buenos Aires de 1870-1873, que dieron paso a la sanción de un régimen de representación proporcional para esta provincia. Hirsch muestra que Buenos Aires fue uno de los primeros Estados en el mundo en consagrar este principio, cuando la representación proporcional estaba muy lejos de haber ganado legitimidad en los países “avanzados”. Mientras durante mucho tiempo miramos a la vida pública argentina como si fuese un eco distorsionado, siempre retrasado y hasta fallado, de lo que sucedía en el Norte, Hirsch identificó un proceso inverso. Pues al considerar nuestro desarrollo político como una experiencia derivativa, fuimos poco sensibles a captar sus aspectos más originales y, sobre todo, como muestra Hirsch, que las novedades (en este caso, la innovación institucional) no se mueven en una única dirección. Razonamientos similares pueden hacerse para la historia de la república o del sufragio que, como mostró Hilda Sabato en su Repúblicas del Nuevo Mundo (2021), también colocan a América Latina no a la cola sino como un espacio donde se produjeron fenómenos políticos muy originales, y como un escenario de innovación política e institucional.

El segundo ejemplo lleva un poco más más allá la inversión de la relación tradicional entre centros y periferias académicas. Me refiero a The Condor Trials: Transnational Repression and Human Rights in South America (2022), de Francesca Lessa. Se trata de una importante contribución a los estudios acerca de la justicia transicional desde una perspectiva transnacional, nacida de una tesis doctoral realizada en la Universidad de Oxford. Al comienzo, los estudios sobre violaciones a los derechos humanos por parte de las dictaduras del Cono Sur en las décadas de 1960 y 1970 tomaron a los Estados nacionales como unidades de análisis. Este sesgo hizo que los programas represivos que traspasaban las fronteras estatales quedaran fuera del radar de los investigadores. Para remediar esta falta, Lessa se propuso trabajar desde una perspectiva transnacional, analizando cómo los Estados latinoamericanos realizaron acciones coordinadas, por encima de las fronteras nacionales, para facilitar la represión política. Y al introducirse en este tema se encontró con el trabajo de Martín Albornoz y Diego Galeano (2016) sobre colaboración entre las policías de Argentina y Brasil en la represión del anarquismo a comienzos del siglo XX que, según recordó, fue central para encuadrar su propia aproximación al problema.

Estos ejemplos me permiten terminar con una nota optimista. La gran historia se sigue escribiendo en las instituciones del Norte. Pero no todo termina allí. También tenemos estudios que miran problemas de América Latina bajo nuevas ópticas que, sin desconocer que el poder (y también el poder académico) se concentra más en el Norte que en el Sur, de todos modos están más atentos a otros lazos y conexiones, y muestran una saludable vocación para buscar nuevos caminos. Ojalá en las próximas décadas podamos fortalecer estas perspectivas, colocando nuestros estudios sobre la relación entre Gran Bretaña y América Latina en ese marco.

MB: Veo que la persistencia de los estudios bilaterales (como este congreso Gran Bretaña-Argentina, y como otros proyectos Reino Unido-Chile, Reino Unido-Bolivia, etc.) demuestra un interés sostenido en las historias de las comunidades británicas en América Latina. Muchas veces, sin embargo, como en Rock (2019), Silveira (2013), Seiguer (2017), Raffo (2004) y Hanon (2005), suelen ser estudios unidireccionales. Aprendemos poco sobre argentinos en Londres, pero siempre mucho sobre británicos en Buenos Aires. Esta paradoja nos debe llevar a pensar, siempre, cuáles son los límites de nuestros estudios, ¿por qué elegimos limitarnos por Estados, o regiones, o continentes? Andrés Baeza, autor de unos estudios excelentes sobre las relaciones entre Chile y Gran Bretaña (2021), nos recordó en el congreso de PECBAL que hablar de América Latina puede esconder diferencias y conexiones entre países, ciudades y pueblos.

En mis trabajos más recientes me he centrado en entender unos deportistas sudamericanos que cruzaron fronteras y forjaron nuevas maneras de entender el mundo. En el estudio de la nadadora Lilian Harrison que hice con Pablo Ariel Scharagrodsky (Brown y Scharagrodsky, 2024), aprendimos sobre cómo una mujer de ascendencia británica pudo ser celebrada en Buenos Aires en 1923 por ser la primera persona en cruzar a nado el Río de la Plata de Uruguay a Argentina. También intentó cruzar a nado el canal de la Mancha desde Francia a Inglaterra, y para ello usó un vestido decorado con las banderas del Reino Unido y de la Argentina. Una fotografía de Harrison en la playa francesa pudo representar –personificar– a los lazos culturales históricos entre los dos países mejor que cualquier libro o estudio.

A través del estudio del atleta chileno Juan Jorquera, quien recibió muy poco reconocimiento global cuando en 1918, corriendo en Buenos Aires, rompió el récord mundial de maratón, encontré otra vez la mano invisible del imperio informal. Esta vez, la influencia británica en la burocratización de los récords de atletismo, que por entonces fijaba nuevos estándares para su homologación, creó dudas sobre el tiempo empleado y la distancia recorrida por Jorquera, que ayudaron a la marginalización de su logro (Brown, 2025).

Y finalmente, en un estudio (Brown, 2026) del equipo de cricket “sudamericano” que hizo una gira por Inglaterra, Gales y Escocia en 1932 vi cómo las formas de capital (inversiones en la ganadería, sobre todo), comercio (exportación de carnes) y cultura (el deporte) se entrelazaban para reforzar la idea de imperio informal después de la Gran Depresión.

Creo que todas las innovaciones que he señalado aquí apuntan a unas nuevas maneras de entender el imperialismo británico que son algo más complejas, sobre todo en el plano cultural, que las de la época del debate del imperio informal con que comenzamos esta charla. Tal vez la insistencia en seguir hablando de imperio, en vez de –por ejemplo– un nacionalismo británico, impide la búsqueda de comparaciones con las influencias italianas, francesas y alemanas en América Latina, para no hablar de la influencia española y portuguesa bajo el signo del soft power. Karen Racine (2023), por lo menos, nos sugiere entrar en diálogo con el campo del British World, que sí tiene algunas aperturas hacia la revisión de fuentes en lenguas no inglesas.

Ahora que conmemoramos los 200 años del tratado entre Buenos Aires y Gran Bretaña, podemos mirar atrás para comprobar que hemos hecho grandes progresos en nuestra comprensión de este encuentro de capitales, comercios y culturas bajo la sombra a veces del acuerdo y otras del conflicto entre imperio y república. Sin embargo, caminando por las calles de Londres y Buenos Aires se nota que la revisión historiográfica no ha tenido todavía importantes consecuencias en la vida pública. Las estatuas, los nombres de calles, permanecen intocados. Los intercambios de migrantes, estudiantes, futbolistas, atletas y productos demuestran que la relación sigue siendo intensa y, como siempre, tengo la impresión de que podría ser aún más estrecha. Creo que ya sea apelando a los conceptos de imperio informal, historia global o estudios de comunidades limitadas, podemos seguir avanzando en nuestra comprensión de las fuerzas que han formado nuestros mundos.

RH: Ojalá así sea. Hace tiempo que Gran Bretaña ha perdido el lugar de potencia económica, política o cultural que tuvo por casi dos siglos. Las enormes transformaciones que hoy está experimentando la relación entre las naciones de América Latina y Estados Unidos, que parece encaminarse a ejercer una nueva forma de supremacía mucho más agresiva, más brutal y más desnuda, nos invitan a pensar el lugar de América Latina en el mundo bajo nuevos términos. Para nosotros, historiadores, que pensamos que el pasado importa, mirar el presente a la luz del camino que nos trajo hasta acá tiene una enorme relevancia. Por ello, y por la significación que tuvo y todavía tiene nuestro lazo con Gran Bretaña, pensar la experiencia de América Latina como parte de una historia más amplia es fundamental para entender mejor tanto ese tiempo más lejano como el muy tormentoso e incierto que hoy nos toca vivir.

Conversación en Buenos Aires, abril de 2025, texto retocado en Buenos Aires y Bristol, enero de 2026.

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  1. CONICET; UNQ.
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