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Reflexiones finales

En este libro analizamos las gestiones de diecisiete directores de la Escuela Normal de Paraná, que se desempeñaron entre 1871 y 1969. Nuestras hipótesis generales han sido que estas gestiones se vieron influidas por la denominación y el propósito que los ministros le asignaron a la Escuela en distintos momentos. En la primera etapa, vimos que funcionó casi todo el período como Escuela Normal mixta de Profesores (1871-1919) y su prioridad fue la formación de profesores; y la segunda, transcurrió como Escuela Normal mixta de Maestros (1920-1969) –con el Curso de Profesorado eliminado- y formó exclusivamente maestros.

En segundo término, indicamos que los directores tuvieron que tratar con alumnos maestros de la primera etapa que actuaban en general, condicionados por tener una beca y urgidos por recibirse, trabajar y/o volver a su ciudad natal. Debido a distintas causas, esto fue cambiando y en 1918 el director debió vincularse con un tipo de alumno maestro que tenía otro perfil: se reconocía como estudiante, ya no tenía beca, vivía con sus padres y creía legítimo involucrarse en luchas colectivas en solidaridad con sus pares y, si era el caso, desafiar abiertamente su autoridad. Vimos a estos estudiantes participando en huelgas en los años 1918, 1919, 1920, 1949, 1955 y 1958. Los padres, a su vez, comenzaron a tener un mayor protagonismo al tener que intervenir cada vez que sus hijos eran sancionados por Reglamentos que no terminaban de adecuarse a los nuevos tiempos, y también para apoyarlos en sus reclamos.

En tercer lugar, señalamos que los distintos actores vinculados a este establecimiento, debido a la importancia que tuvo esta Escuela dentro del normalismo, estuvieron lejos de mantenerse aislados del contexto más general. Los directores se vieron afectados, a lo largo de estos casi cien años, por los sucesivos hechos ocurridos a nivel nacional que repercutieron en forma directa en la Normal, como el debate que se dio en la prensa porteña alrededor de una novela sobre el normalismo en 1915; los sucesos de la Reforma Universitaria de 1918; las disputas entre radicales personalistas y antipersonalistas de la década de 1920; el crecimiento de grupos nacionalistas antisemitas de los años de 1930; los nuevos enfrentamientos entre peronistas y antiperonistas en las décadas de 1940 y 1950; y las manifestaciones enmarcadas en la “laica o libre” de fines de los años de 1950.

Como todas las historias, esta es una versión posible, que puso el foco en el derrotero que siguieron los directores de esta Escuela, basada en una selección de fuentes a las que tuvimos acceso, con algunos períodos, figuras y hechos tratados con más detalle que otros. Por ello, este relato deberá en el futuro complementarse, profundizarse y ampliarse con otros estudios. A continuación, presentaremos nuestros principales hallazgos.

Primera etapa: la Escuela Normal mixta de Profesores (1871-1919)

En relación con la primera etapa, esta abarcó, desde la inauguración de la Escuela, el 16 de agosto de 1871 y su denominación, unos años después, de Escuela Normal mixta de Profesores, hasta la sanción de la ley de creación de la UNL en 1919 y de la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales en Paraná. De los siete directores designados, los dos primeros, como sucedió en varias Normales recién fundadas, fueron extranjeros, Stearns (norteamericano) y Torres (español). Los que continuaron eran todos egresados como profesores de la Normal y cumplían funciones de vicedirectores al momento de ser nombrados (Ferrary, Carbó, Herrera -que era también diputado provincial- y Dupuy). Con Victoria se rompió la tradición de designar a los vices, ya que se encontraba dirigiendo la Normal de Catamarca cuando el ministro le pidió que se trasladara a Paraná para ocupar el puesto de director. Respecto a la duración de sus gestiones, vimos que la más estable de toda la historia de la Normal fue la de Victoria, con 17 años de duración, y le siguió la de Torres (11 años divididos en dos períodos de 9 y 2 años). Ambos se retiraron al momento de jubilarse. El resto de los directores renunció a sus cargos por diferentes motivos: Stearns (permaneció cinco años) no aceptó renovar su contrato y se volvió a Estados Unidos; Ferrary, (cuatro años) estaba enfermo y se trasladó a su provincia natal; Carbó, (tres años) se manifestó disconforme con un informe de inspección; y Herrera, (diez años) se pronunció en contra de la manera en que el Ejecutivo había designado a profesores. Para todos estos directores, el puesto de Paraná fue uno más de sus extensas carreras, en tanto antes de asumir habían sido directores de otras Normales, funcionarios del área educativa y/o legisladores, y posteriormente, -los que no se jubilaron- ocuparon importantes cargos políticos: Ferrary llegó a ser gobernador de Catamarca, Carbó y Herrera fueron legisladores, dieron clases en la Universidad y/o resultaron directores de otros establecimientos nacionales.

Hemos dicho que, dentro de esta primera etapa, podían identificarse dos subperíodos, uno que fue de 1871 a 1890 y otro, de 1891 a 1919. En referencia a las políticas públicas que debieron aplicar los directores, el contexto en el que les tocó actuar, las actitudes que asumieron frente a estas medidas, sus nociones sobre la profesión docente y los recursos disponibles, observamos varias cuestiones. Ilustramos que, en los inicios, las máximas autoridades del Ministerio, pensaron la creación de una Escuela de Aplicación mixta y un Curso Normal para varones donde se titularan como profesores (aunque algunos se recibieron de maestros). Las becas fueron dirigidas preferentemente a los estudiantes del Colegio Nacional de las distintas provincias, y el plan de estudio, de cuatro años, no contemplaba ninguna de las materias “femeninas”. En cumplimiento de la ley de 1875 que ordenaba fundar en las 14 capitales de provincia una Normal de mujeres, en Paraná llegó a abrirse una. En 1876 se estableció que las maestras norteamericanas fuesen a la Normal que dirigía Stearns a aprender el idioma y a aclimatarse. En este marco, se decidió cerrar aquella Normal femenina y hacer mixto el Curso Normal. Ese año, 1877, se introdujeron algunas materias al plan de estudios original, en 1880 se cambió nuevamente el plan y se incluyó el curso de magisterio de tres años y el Curso de Profesorado de cinco años. En 1887 pasó a denominarse Escuela Normal mixta de Profesores, junto con las dos de la ciudad de Buenos Aires. Todo este proceso fue muy relevante, teniendo en cuenta que fue la única Normal ubicada en una capital de provincia que tuvo un Curso Normal mixto, dado que en las demás capitales se crearon siempre Escuelas Normales de varones y de mujeres. Desde 1886, el gobierno nacional decidió, en el resto de las localidades, crear más Normales mixtas. La Normal de Paraná, pues, ha sido pionera en la historia de la coeducación en el nivel medio.

En 1884 el director Torres inauguró el primer Jardín de Infantes normalista del país, con la dirección de una de las docentes norteamericanas. Ferrary, a su vez, impulsó la creación del Profesorado de Jardín de Infantes en 1886, que tuvo la misma directora del nivel inicial y una matrícula enteramente femenina. En 1887, se incorporaron las asignaturas Economía Doméstica y Labores al plan de estudio y se designó a una profesora, que por mucho tiempo, fue casi la única mujer dando clases en el nivel medio. Mientras, las alumnas de Paraná que iban ingresando y egresando eran muy pocas y recibieron siempre menos cantidad de becas y a menor monto.

Hemos visto que en 1891 el ministro de ese momento decidió eliminar las becas para varones y esto provocó una profunda crisis que cambió la historia del curso de magisterio, en dos sentidos: se produjo la disminución sostenida del ingreso de estudiantes de otras provincias y se inició el proceso de feminización de la matrícula. Si bien luego se restituyeron las becas, la cantidad y el monto nunca se recuperó, y la deserción de los varones fue sostenida a partir de esa medida. Los directores Carbó, Herrera y Victoria criticaron duramente esta decisión porque veían muy negativamente estas dos transformaciones. Debido a este fenómeno, el Curso Normal se fue haciendo cada vez más paranaense y entrerriano, es decir, recibía una matrícula mayoritariamente de la misma ciudad y de localidades cercanas.

Los varones que habían egresado y eran oriundos de otras provincias, volvieron a sus hogares a trabajar y/o fueron convocados por otras gobernaciones para ser profesores o dirigir las Normales de varones que se iban fundando en las ciudades capitales, ya que las maestras norteamericanas fueron destinadas a ser directoras de las Normales de mujeres y mixtas, pero no hubo ninguna al frente de las Normales masculinas. Al recorte de las becas, se le sumó el cierre, entre los años 1900 y 1903, de 12 de los 13 cursos de magisterio para varones que existían, y esto afectó directamente a los egresados de Paraná, que se quedaron sin trabajo. Para esa época, la mayoría de las docentes estadounidenses se había vuelto a su país y muchos de estos maestros y profesores ahora desocupados, fueron designados para reemplazarlas y para hacerse cargo de las nuevas Normales mixtas y de mujeres que se iban creando. Los egresados varones tuvieron otras posibilidades laborales dentro de la burocracia educativa nacional, y además de trabajar en las Normales, fueron también inspectores, rectores, vice rectores y profesores de los Colegios Nacionales, vocales y consejeros. Algunos incursionaron en la política siendo ministros, presidentes del CGE de Entre Ríos, legisladores y gobernadores. Unos pocos hicieron libres las materias del Colegio Nacional para recibirse de bachilleres e ingresar a la Universidad.

En referencia al proceso de feminización de la matrícula, indicamos que en 1893 se dio por primera vez que en el curso de magisterio las mujeres fueron más que los varones, luego las cifras tuvieron altos y bajos y en 1898, también por primera vez, las egresadas los superaron en número: ellas fueron 19 y ellos, 7. En la década de 1910 las egresadas comenzaron a ser más que los egresados año tras año y en 1920, los quintuplicaron (hubo 8 maestros y 40 maestras). Al contrario, en el Curso de Profesorado, los números no dejaban de disminuir. Acerca de las ideas que tenían los directores de la Normal sobre esta feminización que se estaba dando en Paraná, mencionamos que sus nociones eran comunes al pensamiento más general que tenían funcionarios, pedagogos e intelectuales de fines del siglo XIX y principios del XX, que consideraban que las mujeres no estaban preparadas para dar clases a los varones de más de diez años, ni para conducir las instituciones. Al interior de la misma Escuela, los directores propusieron nombramientos en el nivel medio, de manera predominante, de profesores varones, tanto para el curso de magisterio como el Curso de Profesorado. En la Escuela de Aplicación, si bien hasta 1888 la regencia fue ocupada por las sucesivas maestras de origen norteamericano que había contratado el gobierno argentino, cuando dejaron de llegar estadounidenses a Paraná, se designaron varones hasta fines de la década de 1920, que asumió la primera regente mujer. En los distintos grados de primaria, los directores fueron ubicando a los varones en los últimos grados (de cuarto a sexto), donde había mucho menos alumnos y les dejaban a las maestras -en virtud de sus “cualidades naturales”- los primeros grados, donde se concentraba el grueso de la matrícula. El único nivel que nació feminizado y permaneció igual, fue el inicial, con el Jardín de Infantes y el Profesorado de Jardín. Por fuera de la Escuela, algunas egresadas resultaron designadas directoras y vicedirectoras de Normales de mujeres y mixtas de otras provincias. Este hecho fue muy importante para la historia de las mujeres, dado que posibilitó la configuración de una temprana y novedosa élite profesional femenina, que recibió los mismos salarios que los varones y alcanzó prestigio y reconocimiento en las comunidades donde les tocó actuar.

Durante las primeras décadas, hemos visto además, que la Escuela de Aplicación y el Curso Normal funcionaban en los hechos, como establecimientos independientes, ya que la deserción era muy pronunciada y llegaban muy pocos alumnos al sexto grado, lo que hacía necesario que a los aspirantes al primer año del curso de magisterio, que provenían mayoritariamente de otras escuelas, se les tomase un examen diagnóstico. Esta situación se fue modificando avanzado el período, aunque a fines de la década de 1910, el curso de magisterio aun recibía decenas de inscriptos de otras primarias, porque los egresados de la Escuela de Aplicación no llegaban a cubrir todos los bancos disponibles. Los directores apuntaban también al Colegio Nacional de Paraná, creado en 1889, que había contribuido a la deserción de los varones en la primaria y a la disminución de los aspirantes para el magisterio.

En esta primera etapa, los distintos directores consideraban que el alumno maestro era un funcionario público desde que se inscribía y/o recibía la beca del Estado. El alumno indisciplinado era considerado por el Reglamento como un “enemigo público” en el siglo XIX, luego esa calificación se suprimió, pero las penas más duras eran para quienes intentaran ejercer una representación colectiva. Estas nociones hicieron que los directores condenaran cualquier tipo de manifestación, en la idea que un funcionario de la burocracia tenía prohibido protestar contra el mismo Estado y/o participar en disputas políticas. Durante las huelgas de 1918 el director, igual que otros contemporáneos, veía a los varones liderando las movilizaciones y a las alumnas como subordinadas y “arrastradas” a la lucha por sus compañeros. En este sentido, la noción del alumno maestro como funcionario burocrático, se correspondía, dentro de este imaginario, a una figura masculina.

Por otro lado, hubo una serie de cruces con los obispos de la Iglesia Católica. Uno de los primeros episodios, se dio al poco tiempo de crearse la Normal, ante la llegada de Stearns, un norteamericano de religión protestante. Entre otras cosas, el obispo se negó a que su esposa e hijo fallecidos, pudieran estar en el cementerio local. Posteriormente, el reemplazo del estadounidense por un director públicamente católico, que introdujo la asignatura Religión en la Normal, hizo que las relaciones con el clérigo pasasen a ser mucho más cordiales y este colaboró, incluso, en enseñarles castellano a las maestras norteamericanas. Al final de su gestión, dejó de impartirse dicha materia. Ya en el siglo XX, el obispo de ese momento, en 1915, se hizo eco de una novela que denunciaba el “ateísmo” del normalismo, y una parte de los alumnos, padres y docentes salieron a apoyarlo y otra, a criticarlo, entre ellos el director Victoria. En el medio de los intercambios, el director, junto con otros actores, reafirmaron la identidad “liberal” del normalismo paranaense.

Por último, mencionamos que el presupuesto anual que recibían los directores se iba haciendo cada vez más escaso, debido al aumento año tras año de la matrícula general, especialmente de la Escuela de Aplicación. Esto hizo que organizaciones como la Asociación Cooperadora, al final de esta etapa, resultaran cada vez más imprescindibles para lograr el funcionamiento cotidiano de toda la Normal.

Segunda etapa: la Escuela Normal mixta de Maestros (1920-1969)

Esta etapa se inició en 1920, cuando se eliminó el Curso de Profesorado y pasó a ser una Escuela Normal mixta de maestros hasta 1969, que se cerró el ciclo de magisterio en el nivel medio. En estos 49 años, hubo diez directores, sin contar el último tramo de la gestión de Victoria. Si los perfiles de los anteriores directores designados por los ministros eran, en un nivel general, bastante similares, en estos años se produjeron varias novedades. Se nombraron por primera vez dos mujeres al frente de la Normal (Santa María y Morales), ambas durante el gobierno peronista, y al final del período a una tercera mujer, Arroyo, que completó el mandato de Cejas. El resto de los directores fueron hombres, seis de ellos egresados de Paraná (del profesorado normalista o del profesorado universitario), cuatro eran vicedirectores al momento de asumir (Escobar, Echenique, Morales y Arroyo), y los otros eran profesores de la casa. Como apuntamos, desde la asunción del director Ferrary, los sucesivos ministros prefirieron designar profesores que fuesen egresados de Paraná, pero esta regla no escrita se rompió en dos ocasiones, cuando el decano interventor de la Facultad nombró a Calzetti y cuando el ministro peronista designó a Guesalaga. La otra singularidad de esta etapa fue que el último director de la Normal, Cejas, si bien fue nombrado por un decreto del Poder Ejecutivo, tuvo la oportunidad de concursar su cargo por primera vez en la historia de la Normal, en el marco del Estatuto del Docente. En referencia a la duración de sus gestiones, vimos que dos de ellos gozaron de cierta estabilidad, Echenique (14 años) y Cejas (12 años), y resultaron las dos gestiones más prolongadas después de la de Victoria. Le siguieron en cantidad de años Santa María (6), Reula (5) y los demás -seis- estuvieron menos de tres años. Indicamos que los motivos de sus alejamientos fueron variados: Echenique se enfermó gravemente y falleció ese año; Cejas se jubiló; Reula, Calzetti y Escobar debieron irse porque los decanos que los designaron fueron desplazados; cuando fue nuevamente director Escobar, luego de unos meses, asumió el cargo de rector del Instituto del Profesorado; Brasesco era interino; y tres de ellos, fueron sumariados y separados de sus puestos: Guesalaga resultó trasladado a otra provincia; y Santa María y Morales fueron cesanteadas, una por “irregularidades” y la otra, acusada de “peronista” por el gobierno de facto que derrocó al presidente Perón. Por su parte, Arroyo continuó en su cargo después de 1969.

Acerca de las políticas públicas que tuvieron que implementar estos directores, las actitudes frente a estas medidas, el contexto en el que les tocó actuar, sus nociones sobre la profesión y los recursos que les fueron asignados, advertimos varias cuestiones. Hemos señalado que los primeros años estuvieron marcados por importantes cambios institucionales, innovaciones pedagógicas en el nivel primario y las tareas de vigilancia que debió realizar el director en el curso de magisterio. Mencionamos que cuando se hizo la supresión del Profesorado, esta medida fue apoyada por una parte de los normalistas, que admitía que la inscripción y el número de egresados no crecía desde la década de 1910, y resultó rechazada por otro conjunto de profesores, que acusaba a las autoridades de haber “bajado de categoría” a la Escuela e hizo todo lo posible para que volviera a su formato original, sin éxito. Observamos también que cuando la Normal fue anexada a la Facultad, de 1920 a 1931, dicho cambio institucional, sin embargo, no significó una modificación profunda en la vida cotidiana de la Normal. De los once años que funcionó la Facultad, nueve estuvieron cubiertos por los directores Victoria (cuatro años) -que no fue nombrado por los decanos, sino que continuó su gestión- y Reula (cinco años), mientras que Calzetti permaneció menos de un año. Las gestiones de Victoria y Reula al frente de la Normal, resultaron una continuidad del período anterior, especialmente en la relación con los alumnos maestros. En 1920, los alumnos crearon un Centro de Estudiantes y cuando intentaron elevar una queja ante el director, este disolvió el Centro, argumentando que el Reglamento no lo permitía. Luego de varias protestas y huelgas, el director Victoria suspendió a 16 estudiantes, que posteriormente fueron reincorporados. Asimismo, cuando era director Reula, se aprobó un nuevo Reglamento en 1927, que era muy similar al que estaba vigente, especialmente en lo referente a la prohibición a los alumnos maestros, de organizar peticiones colectivas ante las autoridades, lo que se traducía en la práctica, en la desautorización de fundar Centros de Estudiantes (aunque luego los estudiantes los crearan igual). El siguiente director, Calzetti, buscó introducir innovaciones en la Normal de Paraná, pero fue muy crítico con las gestiones anteriores de Victoria y Reula, por lo que se ganó, junto con el decano, el rechazo del propio Victoria y del resto de los normalistas. Además, fue acusado de “extranjero” por la prensa, en el medio de un duro enfrentamiento político entre los referentes locales del radicalismo personalista, antipersonalista y el gobierno nacional, que derivó en el apoyo abierto de una parte de los paranaenses a la disolución de la Facultad.

Durante la gestión del director Echenique, vimos que se implementaron varias innovaciones en la Escuela de Aplicación, que, si bien tuvieron el apoyo de las autoridades, carecieron, entre otros, del financiamiento y de la inversión en infraestructura que se necesitaban, por lo que resultaban muy difíciles de sostener con la sola voluntad del director, la regente y los maestros involucrados. Por otro lado, señalamos cómo el director de la Normal, a mediados de la década de 1930, debió cumplir tareas de control y vigilancia hacia profesores y estudiantes de magisterio sospechados de estar relacionados con Genta, uno de los referentes más importantes del nacionalismo antisemita que estaba trabajando en el Instituto del Profesorado, en la época en que la Escuela se encontraba anexa. Con la llegada del peronismo en 1946 y el cambio de director unos meses después, los conflictos continuaron, amplificados, igual que en otras oportunidades, por la prensa local. Uno de los enfrentamientos, donde los estudiantes tuvieron un rol fundamental, se dio entre los autodenominados “rosistas” y “sarmientistas”, que derivó en distintas sanciones a un grupo muy importante de profesores de la Normal y el Instituto. Posteriormente, fueron trasladados el director Guesalaga y el rector, y se decidió separar a la Normal del Instituto. En su reemplazo, indicamos que fue nombrada la primera mujer directora y su gestión estuvo signada, por un lado, por la continuidad de los conflictos y sus expresiones públicas a favor del culto católico -en el marco de la implementación de la enseñanza religiosa entre 1943 y 1955- que le terminaron valiendo la cesantía cuando se agudizó el enfrentamiento entre el peronismo y la Iglesia. Por el otro lado, la directora debió afrontar las consecuencias, cada vez más evidentes, de la masividad en los tres niveles educativos (inicial, primaria y media), la falta de presupuesto, la utilización del edificio por otras instituciones y la sistemática escasez de aulas.

Con el derrocamiento del peronismo, las luchas al interior de la Normal estuvieron lejos de cesar y en Paraná, tuvieron algunas particularidades. Hubo una serie de nuevas sanciones a docentes acusados de haber “simpatizado” con el “régimen”, pero también por haber adherido al nacionalismo de Genta en el período anterior, al tiempo que regresaban y eran homenajeados los profesores sancionados del período peronista. En 1958, se organizaron grandes protestas y huelgas, en el marco del intento del gobierno nacional de habilitar la creación de universidades privadas, donde el clivaje identificatorio no fue esta vez “sarmientista” vs “rosista” sino “laica” o “libre” e involucró a profesores y estudiantes de la Normal y de otros establecimientos que se manifestaron, unos, en contra de la apertura de las casas de estudio privadas; y otros, católicos en su mayoría, a favor. Entre estos últimos se encontraban los directores, maestros y estudiantes formados en los institutos privados, casi todos católicos, que estaban adscriptos a la Normal. La particularidad en estos años fue que las mujeres iban tomando cada vez mayor protagonismo -desde la década de 1940- y, acorde a los nuevos tiempos, ya nadie afirmaba que estuviesen allí “presionadas” por los varones. Además de saludarlas especialmente, ciertos oradores ligaron esas movilizaciones de 1958, con las primeras luchas estudiantiles paranaenses de 1918. Hacia el final de este período, en 1968, las egresadas de la Normal fueron 105 y los varones 9 y en 1969, resultaron 6 maestros y 137 maestras. Finalmente, frente al decreto de 1968, el director de la Normal, una parte de los docentes y la prensa, expresaron cierto acuerdo respecto a que era necesario trasladar la formación docente a un nivel superior y suprimir el ciclo de magisterio en la Normal.


En resumen, casi todos los directores designados fueron hombres, egresados de la misma institución, y estaban trabajando en ella al momento de ser nombrados. Las gestiones duraron, en promedio, 5 años y 7 meses cada una y solo una minoría se terminó jubilando en el cargo. Los directores debieron implementar las políticas públicas que se diseñaron desde el nivel central, algunas de las cuales fueron criticadas por estos funcionarios, y tuvieron que adecuarse a un conjunto de reglas no escritas. Vimos que el contexto nacional y local tuvo mucha influencia en lo que sucedía en la Escuela y los directores debieron lidiar con reclamos y demandas, tanto de los ministros e inspectores, como de los distintos sectores de docentes, estudiantes, padres y de la sociedad en general. En más de una ocasión, luego de procesos muy conflictivos, intentaron acercar posiciones al interior de la Escuela, con distinto éxito. Asimismo, la mayoría de los directores apostó a quedarse en su cargo, pero debió alejarse por diversas razones ajenas a su voluntad. Por esto, fue muy importante la sanción del Estatuto hacia el final de este período, porque contribuyó a otorgarle un poco más de estabilidad a estos funcionarios y a hacer menos posible que un ministro, con la sola firma de un decreto, designara o removiera a un director. Sin dudas, esta medida constituyó un gran avance hacia la profesionalización de los integrantes de esta burocracia educativa nacional.

Ahora bien, esta historia de la Normal de Paraná, ¿en qué medida contribuye a pensar las gestiones de los directores de las otras Normales? Consideramos que esta investigación, en diálogo con las precedentes, podría ofrecer herramientas analíticas para estudiar otros casos, e identificar similitudes, matices y diferencias. Esperamos en un futuro contar con nuevas pesquisas sobre este y otros establecimientos formadores de docentes, que nos permitan llegar a conclusiones más generales sobre cómo funcionó esta burocracia conformada por los directores de las Escuelas Normales nacionales públicas, a lo largo y ancho del país.



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