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Capítulo 4. La Escuela Normal y la eliminación del Curso de Profesorado

La anexión a distintas instituciones (1920-1933)

En este capítulo analizaremos el proceso mediante el cual la Escuela Normal perdió para siempre el Curso de Profesorado, y pasó a ser una Escuela Normal mixta de Maestros, con el curso de magisterio, la Escuela de Aplicación y el Jardín de Infantes. Entre 1920 y 1931, la Escuela Normal fue anexada a la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales de la Universidad Nacional del Litoral y de 1931 a 1933, a la Escuela Normal Superior. A partir de entonces y hasta 1949 estaría anexada al Instituto Nacional del Profesorado Secundario. Estos cambios institucionales dieron por resultado una alta rotación de sus funcionarios entre 1929 y 1932, en contraste con la estabilidad anterior. Los directores de estos años fueron Victoria, que se quedó hasta su jubilación en 1924, Filiberto Reula (1924-1929), Hugo Calzetti (1929-1930), Roberto Escobar (1930-1931), una nueva y breve gestión de Victoria (1931), seguida por otra de Escobar (1931-1932). En 1932, asumió como director de la Escuela Normal Gabriel F. Echenique, sobre el cual hablaremos en el siguiente capítulo.

A lo largo de seis apartados, observaremos en el primero, los conflictos ocasionados entre los estudiantes y el director Victoria alrededor de la creación de un Centro de Estudiantes, en el medio de la organización de la Facultad. En el segundo y tercer apartados, ilustraremos la situación crítica por la que pasaba el Curso de Profesorado, el lugar que tuvieron los normalistas en la Facultad, y los reclamos para que se volviera a incorporar el Profesorado a la Normal. En el cuarto apartado estudiaremos el nuevo Reglamento que se diseñó para la Normal anexa a la Facultad bajo la dirección de Reula, y en los dos últimos, haremos foco en la gestión del director Calzetti, el cierre de la Facultad, la efímera creación de la Normal Superior y su reemplazo por el Instituto del Profesorado.

El contexto que le dio marco a estos sucesos, se dio con el término de la presidencia de Yrigoyen y el triunfo de Marcelino T. Alvear en 1922, que coincidió con un período de prosperidad económica y también con la agudización de las tensiones al interior del radicalismo entre yrigoyenistas y anti yrigoyenistas. Estos últimos creían contar con el apoyo de Alvear y se dispusieron a provocar la división. En 1924, los antipersonalistas proclamaron la formación de un partido, la Unión Cívica Radical Antipersonalista, separándose de los partidarios de Yrigoyen o personalistas. El gobernador de Entre Ríos, Ramón Mihura, se identificó con los antipersonalistas, al igual que lo haría su sucesor. Sin embargo, a nivel nacional, el antipersonalismo no logró la fuerza electoral suficiente para triunfar y en 1928 se impuso la candidatura de Yrigoyen. En 1929, nueve de los catorce gobernadores respondían al presidente, tres provincias estaban intervenidas, el gobierno de San Luis era liberal y solo Entre Ríos era gobernada por los antipersonalistas (Persello, 2007). Ese mismo año, el gobierno nacional se vio debilitado por la crisis económica que estalló al año siguiente en la Bolsa de Nueva York e impactó en el sistema económico occidental. Rápidamente sus repercusiones se sintieron en Argentina, cuya dependencia del mundo exterior la colocaba entre las naciones más perjudicadas. Aquellos que conspiraban contra Yrigoyen desde antes de su asunción, tuvieron así el camino despejado y adjudicaron el deterioro económico a la inacción e incapacidad del gobierno (Rock, 2001; Rapoport, 2010). Finalmente, en septiembre de 1930 un golpe de Estado encabezado por el general José F. Uriburu derrocó al presidente constitucional Yrigoyen -legitimado, entre otros, por Antonio Sagarna como miembro de la Corte Suprema de Justicia- e implicó la intervención de la mayor parte de las provincias del país. Sin embargo, en Entre Ríos, la primacía en la política del radicalismo antipersonalista y la distancia de sus dirigentes respecto a la conducción alvearista de la UCR nacional, le garantizaron su autonomía (Casanova, 2017). En 1932, el gobierno nacional llamó a elecciones, y, en el medio de maniobras fraudulentas contra los radicales yrigoyenistas y otras fuerzas políticas, resultó elegido presidente el general Agustín P. Justo. Cabe agregar que aquella primera interrupción del estado de derecho se hizo con el apoyo decidido de la Iglesia Católica, que tendría cada vez más influencia en el sistema educativo.

Los estudiosos de lo sucedido en Entre Ríos, se han concentrado en analizar el proceso de apertura, desarrollo y cierre de la Facultad (Romero Vera, 1969; Reula, 1971; de Miguel, 1997; Ugalde, 2006; Kummer, 2006; Román, 2014; Ibarlucía, 2018; Motura y Vartorelli, 2019), pero ha sido menos visto lo ocurrido con la Escuela Normal. En general, se ha interpretado que la Facultad fue creada por el presidente Yrigoyen para desterrar el “dogmatismo en la enseñanza” y por ello, se dejaron afuera a “docentes locales emparentados y comprometidos con la pedagogía tradicional que se pretendía transformar radicalmente”, y se convocó a un grupo de académicos extranjeros que poseía “respeto y admiración intelectual” y a profesores argentinos “que se destacaban por su juventud y por pertenecer al movimiento reformista, que rechazaba de plano las formas de enseñanza tradicional propugnada por instituciones como la Escuela Normal” (Ugalde, 2006, p. 8).

Sobre la base de estas apreciaciones, en este capítulo pretendemos mostrar, en relación con las trayectorias, que todos los directores de la Normal fueron egresados de Paraná y profesores del establecimiento, a excepción de Calzetti, que provenía de la Normal de Profesores de Capital. En referencia a la permanencia en sus cargos y sus nociones sobre el normalismo, veremos que, de los casi once años que funcionó la Facultad, los directores Victoria y Reula se mantuvieron nueve años al frente de la Normal -también fueron nombrados profesores y funcionarios de la Facultad- y tuvieron una mirada similar respecto a que el alumno maestro era un funcionario de la burocracia y por tanto, no debía participar en manifestaciones ni en organizaciones como los Centros de Estudiantes. Luego de este largo período, revelaremos que la llegada de Calzetti resultó un tanto disruptiva, porque intentó implementar cambios en la Normal, a partir de la crítica y descalificación de los directores anteriores, lo que le valió el rechazo de una parte de los normalistas, en el medio de las disputas locales entre los radicales personalistas y antipersonalistas. Acerca de los profesores normalistas que fueron designados para dar clases en la Facultad, indicaremos que este grupo fue bastante heterogéneo, donde convivieron, tanto figuras conservadoras, como otras que introdujeron innovaciones pedagógicas en la Normal. Respecto al Curso de Profesorado, veremos que, al momento de ser suprimido, tenía, al contrario del magisterio, cierto estancamiento en el número de alumnos y egresados, tendencia que no logró revertirse con los profesorados incorporados a la Facultad ni a la Normal Superior, y mejoró recién con la creación del Instituto del Profesorado. Finalmente, señalaremos que, desde el inicio, un sector de los normalistas estuvo en desacuerdo con la supresión del Curso de Profesorado, afirmando que la Escuela había “bajado de categoría”, e hizo todo lo posible para revertir esa situación, sin éxito.

La fundación de la Universidad. El Reglamento y la prohibición de crear un Centro de Estudiantes en la Normal

Después de sancionada la ley de creación de la UNL en 1919, en marzo de 1920 se designó al ministro de justicia e instrucción pública José Salinas, organizador de la Universidad y el 7 de abril visitó la ciudad de Santa Fe para concretar el trámite. Durante su visita expresó su “amor” a la juventud, sinónimo de “progreso verdadero” y de “renovación” (El Litoral, 7/4/20). Motivados por la visita de Salinas, el 30 de ese mes se constituyó el Centro de Estudiantes de la Escuela Normal de Paraná, formado por una mayoría de maestros varones egresados entre 1918 y 1919, algunos de los cuales -Rossi, Berio Acosta y Desio- habían participado de las huelgas. En ese momento, varios eran estudiantes del Curso de Profesorado en Ciencias y Letras, que, recordemos, duraba tres años (quinto, sexto y séptimo año). En los inicios, el director Victoria se mostró de acuerdo con la creación del Centro y le pidió a sus dirigentes colaboración para recolectar dinero entre los profesores, con destino a los festejos de la fiesta patriótica del 25 de Mayo.

El 10 de mayo de 1920, el ministro Salinas fue recibido en el puerto de Paraná y concurrió a la Escuela Normal, donde entregó diplomas a los profesores y alumnos graduados. En el salón de actos estaban presentes el gobernador de la provincia Celestino Marcó, el ministro de gobierno Luis Etchevehere, el ministro de hacienda e instrucción pública Eduardo Laurencena, autoridades y alumnos de escuelas y colegios de la ciudad (El Diario, 12/5/20). Salinas manifestó que, en cumplimiento de la ley que establecía la creación de la UNL, declaraba iniciadas las tareas destinadas a organizar, sobre la base del Curso de Profesorado de la Escuela Normal, la nueva Facultad.

En paralelo, se inició un conflicto en la Escuela provincial Alberdi a causa del fallecimiento de un estudiante por la peste bubónica. Si bien la dirección se refería al mismo como “una actitud de niños” y El Diario titulaba: “Un conflicto sin importancia”, los acontecimientos terminaron en la realización de una huelga y la expulsión del grupo de alumnos que la había organizado (El Diario, 12/5/20).

El 19 de mayo los dirigentes y socios del Centro de Estudiantes se reunieron en una asamblea en la Normal. Entre otras cosas, trataron una queja que habían presentado los alumnos de cuarto año contra “ciertas calificaciones que consideraban injustas” y acusaban al director de no atender el reclamo. En la reunión se resolvió enviarle un escrito para que diera respuesta a los estudiantes. Además, los presentes votaron la adhesión a los actos de homenaje a Sagarna, que llegaría al día siguiente a la ciudad (El Diario, 19/5/20).

Ante la nota de los alumnos, Victoria siguió firme en su postura y les contestó que el texto del Estatuto del Centro de Estudiantes no tenía validez: el punto donde decía tener entre sus atributos la defensa “de los intereses de la masa estudiantil”, iba en desmedro del artículo 107 del nuevo Reglamento de la Escuela Normal, aprobado en 1915. Si en el Reglamento anterior de 1886, el alumno indisciplinado era considerado un “enemigo público”, en este, la expresión se había eliminado y se contemplaba la posibilidad de que los “alumnos maestros” pudiesen “presentar ante sus superiores, verbalmente o por escrito, peticiones, quejas o reclamos”, pero solamente “en forma individual o reservada”. Ante la negativa de reconocer al Centro, sus dirigentes decidieron no participar de los festejos del 25 de Mayo y devolverles el dinero a los docentes que habían aportado. El director entonces, resolvió expulsar de la Escuela Normal a Pedro Carnaghi (presidente del Centro), Sadi Bausset (tesorero), Pedro Raspini (secretario) y a Rogelio Ávila Castilla y Emilio Rossi. En respuesta, los estudiantes decretaron una huelga “en protesta contra la arbitrariedad” (Nota, 31/5/20, AHEN).

El 20 de mayo, cuando llegó Sagarna, la ciudad de Paraná estaba convulsionada. El día 21, los alumnos que fueron expulsados de la Escuela Alberdi realizaron un mitin con la cooperación de los estudiantes del Colegio Nacional y de la Escuela Normal; y los líderes de la Normal resolvieron hacer la huelga por tiempo indeterminado en repudio a la actitud tomada por el director Victoria (El Diario, 22/5/20). El viernes 21 de mayo los alumnos del Curso Normal no concurrieron a clases y los pocos asistentes no pudieron cursar, debido a que solo funcionó el Departamento de Aplicación.

En el medio de estos acontecimientos, los profesores recibieron una nota del director, en la que expresaba que los fondos recolectados para los festejos del 25 de Mayo, debían ser puestos a disposición de la Dirección para ser invertidos en la celebración.[1] Además, los convocó a una reunión esa misma noche. En El Diario se afirmaba que los asistentes fueron críticos con la decisión del director y dos profesores, Pedro E. Martínez y Francisco Medus, renunciaron a sus cargos (Nota, 31/5/20, AHEN). Ante la dificultad de llegar a un consenso, Victoria anunció por escrito a los profesores, que había resuelto aplicar por sí mismo las penas para los casos de indisciplina producidos. A las 21 horas comunicó a los diarios locales su decisión de suspender por dos años a los 16 alumnos promotores y organizadores de la huelga, apelando al Reglamento de las Escuelas Normales, y clausurar los últimos años del Curso de Profesorado en Ciencias y Letras (sexto y séptimo año) -de donde provenía la mayoría de los huelguistas-, y en lo sucesivo, los cursos que no tuvieran asistencia regular y reglamentaria. Es decir, si a los huelguistas los suspendían dos años, no iban a poder finalizar el Curso de Profesorado como habían acordado, e iban a tener que comenzar de cero en la nueva Facultad. Además, se notificó a los alumnos que se contaba su inasistencia desde el día que se inició la huelga (El Diario, 23/5/20).

El lunes 24 por la mañana, según afirmaba Victoria, los estudiantes ingresaron a la Escuela mientras se celebraba la Semana de Mayo para “provocar la deserción escolar” (Nota, 26/5/20, AHEN). En cambio, ellos sostuvieron que concurrieron al establecimiento, pero no obstaculizaron el desarrollo del acto (Nota, 31/5/20, AHEN). Según El Diario “no obstante la activa propaganda de los alumnos huelguistas”, ese día la Escuela tuvo a todos los alumnos presentes y celebró su homenaje a la fecha histórica. El director envió una circular a padres, tutores y encargados diciendo que el jueves se llamaría a clase como de costumbre y les pedía que los acompañaran hasta la puerta. Advertía que los estudiantes que se ausentaran en solidaridad con la huelga, iban a perder la regularidad y su condición de alumnos del establecimiento (El Diario, 25/5/20). Para evitar ser estigmatizados por el director, los huelguistas asistieron a los festejos del 25 de Mayo, expresando en público sus sentimientos patrióticos (Nota, 31/5/20, AHEN).

Mientras, los padres y tutores de los alumnos suspendidos, se reunían con Victoria para solicitar el levantamiento de la sanción (El Diario, 27/5/20). El director por su parte, denunciaba ante la policía que los jóvenes huelguistas ejercían presión “con amenazas directas e indirectas” a quienes querían ir a clases y formaban cordones con grupos en las esquinas para impedir la libre concurrencia. Lo más grave, volvía a decir Victoria, era que se trataba de una huelga “de alumnos maestros”, algunos de los cuales ya estaban trabajando en las escuelas de la provincia (Nota, 26/5/20, AHEN). Reiteraba que él creía que una huelga normalista era “una conspiración contra la cultura”, “un retroceso injustificado” y “un golpe mortal para cualquier instituto” (El Diario, 29/5/20).

El 31 de mayo los estudiantes, por intermedio de sus delegados Ermes Desio y Pedro Carnaghi, presentaron una nota al ministro Salinas donde se quejaban del director Victoria, reclamaban que se levantaran las sanciones y se reconociera al Centro, aun cuando el Reglamento de las Escuelas Normales no lo permitía. Se pronunciaban como “leales partidarios” de la creación de la Universidad y manifestaban la situación crítica en la que se encontraba la Escuela Normal: “La casa tradicional en que reinó, soberano y augusto el espíritu del glorioso maestro José María Torres, está hoy al borde del precipicio de la desorganización. La juventud normalista no quiere tener contemplaciones para con el mal (…) [y por ello] Nos hemos lanzado a la acción” (Nota, 31/5/20, AHEN).

En respuesta, el ministro envió al inspector Dalmiro Gauna, para que tratara de arreglar el conflicto. El inspector acordó con los padres de los estudiantes que concurrieran todos a clase y que intentaría resolver en el Ministerio el tema de la computación de faltas y la suspensión de los alumnos. El inspector, en nombre del ministro, les expresó su voluntad para resolver el reingreso de sus hijos, pero afirmó que reprobaba el procedimiento de las huelgas en las Escuelas Normales (Informe del director, 1920, AHEN).

Una vez finalizada la huelga, el Ministerio levantó las medidas disciplinarias y decidió que se computaran las inasistencias en que hubieran concurrido los estudiantes. El director Victoria comunicó luego a los alumnos que, en cumplimiento de lo resuelto por el ministro, aquellos que estaban suspendidos podían presentarse a examen, pero disolvió el Centro de Estudiantes y remarcó que, ante el próximo desorden o huelga en el establecimiento, así como cualquier “acto de irrespetuosidad a los profesores”, la respuesta sería la expulsión definitiva. Finalmente, todos ellos se terminaron graduando y algunos se inscribieron en la Facultad.[2]

La situación del Curso de Profesorado. El lugar de los normalistas en la Facultad

En mayo de 1920, el ministro de educación Salinas designó al inspector Pascual Guaglianoni como delegado para que viajara a Paraná, a organizar la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales. Tenía por misión estudiar el número de postulantes que tendría la Facultad, sobre la base de las inscripciones del Curso de Profesorado. En términos comparativos, entre 1916 y 1921, los egresados del magisterio fueron un total de 241, con una amplia mayoría de mujeres (177) frente a los 64 varones, mientras que, del Curso de Profesorado, habían egresado en ese mismo período, unos 101 profesores y las mujeres (56) fueron más que los varones (45) (Cuadro 8). Esta situación contrastaba abiertamente con lo que ocurría al inicio de la gestión de Victoria, cuando los profesores eran mucho más que las profesoras, tal cual indicamos en el capítulo anterior.

Cuadro 8. Ingresantes y graduados del Curso de Profesorado en Ciencias y Letras y de magisterio (1916-1921)

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Fuente: elaboración propia en base a Rocha (2010).

Más allá de las cifras, la cuestión de fondo aquí era quién debía formar a los profesores de nivel medio (Pinkasz, 1992; Tedesco, 1993; Dussel, 1997). Esta discusión no se saldó y establecimientos de diverso tipo fueron encargándose de formarlos. Hacia 1920, existían en el país los profesorados que tenían las Universidades Nacionales de Buenos Aires y La Plata, un Instituto Nacional del Profesorado Secundario en la ciudad de Buenos Aires y los Cursos de Profesorados de las Escuelas Normales. Dentro de este contexto, la baja cantidad de inscriptos y egresados del Profesorado de Paraná, se debía a varias causas, una de las principales era, como ya mencionamos, que el número de becas había disminuido sensiblemente, por lo que la Normal de Paraná dejó de captar la matrícula de los aspirantes de otras ciudades de Entre Ríos y de las otras provincias, como tradicionalmente lo había hecho. La otra razón era que, para esos años, se habían creado Cursos de Profesorado en Concepción del Uruguay, La Plata, Rosario, Córdoba, Tucumán y Corrientes. A ellos se le sumaban las tres Normales de Profesores que existían en la ciudad de Buenos Aires: la Normal de Profesoras Nº 1, la Normal de Profesores Nº 2 y la Normal de Profesoras de Lenguas Vivas, donde solo se formaban profesoras de idioma, inglés y francés principalmente. Otra cuestión no menor fue que, desde la reforma de los planes en 1914, el Curso de Profesorado se había extendido a tres años (quinto, sexto y séptimo año), cuando antes eran dos, y eso desalentó en buena medida a los futuros candidatos. Las dos últimas causas, tenían relación con la valorización del título de profesor normal y la escasez de establecimientos de nivel medio adonde emplearse. Distintos funcionarios denunciaban que los profesores normalistas egresados de Capital sobre todo, tenían muchas dificultades para trabajar en el nivel porque los ministros privilegiaban la designación de los “doctores” (médicos y abogados universitarios). De todos modos, igual que sucedió en otras Normales por fuera de Buenos Aires, este enfrentamiento entre los profesores normales y los universitarios, no fue tan acentuado en Paraná.[3] Lo que sí podía observarse en esta ciudad, era que una parte de los docentes que trabajaba en la Escuela de Aplicación, tenía el título de profesor y no poseía horas en el Curso Normal, es decir, estaba sobrecalificada para ese cargo que, además, se pagaba menos.

En suma, un sector de los normalistas, consideraba que el pasaje del Curso de Profesorado a la Universidad, iba a resultar muy positivo porque haría subir el número de inscriptos y egresados. El personal docente de la Escuela Normal, reunido en asamblea, designó una comisión para proyectar este proceso de transformación. La misma quedó compuesta por el director Victoria, los profesores egresados de Paraná, Demetrio Méndez, José María Jaimes, Oscar Reula, Casimiro Olmos, José Serrano y César Pérez Colman, este último oriundo de Concepción del Uruguay. Dicha comisión se puso a estudiar la propuesta de Victoria que suprimía el Curso de Profesorado de Ciencias y Letras e incorporaba la Escuela Normal y el Colegio Nacional como anexos a la futura Facultad, junto con dos establecimientos provinciales más: la Escuela Alberdi y la Escuela Centenario. La comisión propuso crear un Profesorado Normal Primario dentro de la Facultad (Informe del director, 1920, AHEN).

En medio de la huelga de los estudiantes normalistas, los profesores y alumnos del Colegio Nacional se dirigieron al ministro para fundamentarle los inconvenientes de anexar ese establecimiento y hubo resistencias también de parte de las autoridades provinciales, de sumar aquellas Escuelas a la Facultad. El 6 de julio de 1920, se aprobó el decreto reglamentario de la ley de creación de la Universidad, donde se resolvió no incorporar el Colegio Nacional, la Escuela Alberdi ni la Escuela Centenario y tampoco crear el Profesorado Normal Primario (Informe del director, 1920, AHEN). Es decir, solamente se anexó la Escuela Normal a la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales, y se eliminó el Curso de Profesorado. La UNL se había anexado tres establecimientos más, ubicados en la provincia de Santa Fe: la Escuela Industrial de Santa Fe, la Industrial de Rosario y la Escuela Comercial de Rosario. Hemos dicho ya que, en Paraná, se estableció que los quintos años de Ciencias y Letras pasarían a ser el primer año de los nuevos profesorados universitarios y que los alumnos de sexto y séptimo año podrían continuar sus estudios hasta su terminación (Informe del director, 1920, AHEN).

La Facultad empezó a funcionar en el edificio de la Normal y a mediados del año 1920 se abrió la inscripción para las siguientes carreras de post grado y grado: Doctorado en Filosofía y Pedagogía, Profesorado de Enseñanza Universitaria y Profesorado de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial con las siguientes especialidades: Filosofía y Pedagogía, Letras, Historia y Geografía, Matemática y Lenguas Vivas (francés e inglés).[4] Se dispuso que los maestros normales, profesores normales y bachilleres tuviesen acceso al primer año sin examen de ingreso. A comienzos de septiembre se dictó el decreto de nombramiento del personal docente para el primer año y el 8 de septiembre, el inspector Guaglianone declaró iniciadas las clases en la Facultad. Ese acto tuvo lugar en el aula de Matemáticas y fue Oscar Reula, profesor normal recibido en la Normal de Paraná e ingeniero civil, quien comenzó a dictar el primer curso.

A pesar del apoyo que siempre tuvo la propuesta de creación de la Facultad de parte del director Victoria -quien, según versiones, aspiraba a ser el primer decano- los normalistas tuvieron poca incidencia en la conducción. Los cinco decanos designados fueron: el entrerriano y abogado por la UBA Antonio Sagarna (1920-1923); el profesor normal Casimiro Olmos (1923-1925); el también abogado (UBA) y socio de Sagarna, Humberto Pietranera (1925-1929); el bonaerense y doctor en Filosofía, Luis Juan Guerrero (1929-1931); y el porteño e ingeniero civil José Babini (1931). De todos ellos, el único egresado de la Normal de Paraná era Olmos.

En 1922, figuraban alrededor de 34 profesores trabajando en la Facultad: 12 eran titulados en la ciudad de Buenos Aires; 5 eran extranjeros y 7 eran egresados de la Normal de Paraná. Estos últimos estaban distribuidos en los siguientes Profesorados: Historia y Geografía (Casimiro Olmos y Filiberto Reula); Filosofía y Pedagogía (Maximio Victoria y Celia A. Ortiz de Montoya); Matemática (Oscar Reula y José Serrano); y Lenguas Vivas (Elena Soler). Tres de ellos tenían título universitario: Montoya era profesora en pedagogía y filosofía por la Universidad Nacional de La Plata y la primera mujer Doctora en Ciencias de la Educación (1921) por esa misma casa de estudio; Oscar Reula era ingeniero civil por la Universidad Nacional de Córdoba; y José Serrano era arquitecto recibido de la UBA.

Los profesores formados en diferentes establecimientos de la ciudad de Buenos Aires (UBA, Instituto Nacional del Profesorado Secundario y la Escuela Normal de Profesoras de Lenguas Vivas) fueron ocho varones y cuatro mujeres, estas últimas destinadas al Profesorado de idiomas. Como puede apreciarse, las mujeres fueron una marcada minoría en el profesorado universitario, seis de 34, y de esas seis, cinco estaban en el Profesorado de Lenguas.

Los extranjeros eran cinco, tres estaban formados en Alemania y otros dos en Italia, y se ubicaron en los siguientes Profesorados: Filosofía y Pedagogía (Karl Jesinghaus), Matemáticas (Franz Pingsdorf), Historia y Geografía (Franz Khün, Joaquín Frenguelli y José Imbelloni). Estos académicos fueron designados para dirigir distintas instituciones, como el Laboratorio de Psicología Experimental (Jesinghaus); el Museo de Geología y Paleontología (Frenguelli); el Gabinete de Geografía (Kühn); y el Observatorio Astronómico (Pingsdorf) (Reula, 1971).[5] La mayoría de los extranjeros y egresados de otras instituciones ocupó cargos en el Consejo Directivo en 1922, a excepción de los normalistas.

Esta llegada de profesores de afuera, remarcan los estudiosos, causó múltiples conflictos (Romero Vera, 1969; de Miguel, 1997; Ugalde, 2006; Román, 2014). De todos modos, una parte de estos docentes extranjeros y de Buenos Aires, renunció a la Facultad a los pocos años (Reula, 1971). Esto sucedió principalmente por cuestiones económicas, ya que tuvieron dificultades para cobrar sus sueldos y/o debido a que les ofrecieron otros trabajos.

Los reclamos de los normalistas por recuperar el Curso de Profesorado y los problemas presupuestarios de la Facultad

A un año de la inauguración de la Facultad, en agosto de 1921, se organizó en Paraná un Congreso de Educación en conmemoración del cincuentenario de la Escuela Normal. Participaron asociaciones de todo el país y de Paraguay. Entre los representantes de Paraná se encontraban: Demetrio Méndez (inspector general), Filomena Guzmán (Federación del Magisterio de Entre Ríos), Antonio Serrano (Asociación Universitaria), Pedro Carnaghi (ex presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela Normal), Francisco Biggs (Centro de Estudiantes Normalistas), Carlos Bravo y Ricardo Solari (Asociación Departamental del Magisterio de Entre Ríos). Concurrieron también profesores de la Facultad egresados de Paraná, de la ciudad de Buenos Aires y algunos extranjeros. En ese marco, se fundó la Asociación de Ex Alumnos, siendo el primer presidente Jaime Uranga.

Los presentes se reunieron en comisiones específicas donde se debatieron distintas cuestiones. La noticia que llamó la atención fue que en la comisión de “tema libre” se aprobó una resolución según la cual se solicitaba al Poder Ejecutivo de la Nación y al Honorable Congreso que se restituyera “a la Escuela Normal de Paraná su categoría de Escuela Normal de Profesores”, es decir, que se volviera a crear el Curso de Profesorado (Congreso de Educación, 1921, p. 43). Uno de los argumentos que esgrimían era que la cifra de inscriptos en la Facultad iba bajando año a año, lo cual, afirmaban, era un indicador de las preferencias del alumnado por el anterior sistema normal. En agosto de 1920, mostraban, se habían inscripto 97 estudiantes: 14 en Filosofía y Pedagogía, 23 en Historia y Geografía, 11 en Letras, 32 en Inglés y Francés y 17 en Matemáticas, pero al año siguiente, aseguraban, esta cifra había disminuido.[6]

En 1922 un grupo de diputados de la nación – entre los que estaban el conservador por Entre Ríos, Romeo Carbó y el radical por la ciudad de Buenos Aires, Juan José Frugoni- presentó un proyecto de ley para que se restituyese el Profesorado a la Normal, propuesta que era apoyada, no solo por estos legisladores, sino también “por las autoridades municipales, hombres de gobierno y representantes de todos los partidos” quienes reclamaban “la reintegración de su Escuela como parte integrante y legítima de su vida espiritual” (Cámara de Diputados, 1922). Entre otras cuestiones, los legisladores explicaban que la norma que había fundado la Facultad, transformó a la Normal “en una simple escuela de maestros, en el momento preciso en que celebraba su cincuentenario” y aquello era inadmisible. Además, en los dos años que llevaba de “vida precaria” la Facultad, los maestros egresados, lejos de querer seguir los cursos universitarios, preferían “hacer un sacrificio” y terminar su profesorado en Buenos Aires, Córdoba o Concepción del Uruguay. Por ello, la Facultad casi no tenía alumnos y se había visto obligada a matricular, entre los más de setenta que figuraban como tales, a una mayoría de segundo, tercero y cuarto año de las Normales y Colegios Nacionales y había un número crecido de oyentes sin título. Entonces, era justo, afirmaban, volver a la estructura anterior y restablecer el Curso de Profesorado, que tenía “la corriente y la simpatía del país entero, hasta de los lejanos Territorios Nacionales”. Por otra parte, los diputados criticaban que en el Estatuto de la Universidad, el gobierno de la Facultad se organizara con nueve miembros, tres representantes de los profesores, tres de los graduados y tres de los estudiantes. La Escuela Normal, decían, quedaba así “decapitada”, ya que no existía en el gobierno de la institución. La sanción de esta nueva ley que ellos proponían, significaba devolverle a la Normal “su categoría y el honor y la justicia” que merecía. Unos meses después, el diputado Frugoni presentó otro proyecto pidiendo la autonomía total de la Normal de Paraná de la UNL.

Ante este pedido de restituir el Curso de Profesorado a la Normal, el decano Sagarna debió admitir que el número de inscriptos seguía bajando: en 1922 eran 76, que se distribuyeron de la siguiente manera: 10 en Filosofía y Pedagogía, 13 en Historia y Geografía, 13 en Letras, 31 en Inglés y Francés y 9 en Matemáticas. Del total, había 29 maestros normales, 15 profesores normales, 11 bachilleres, un abogado, una estudiante con autorización ministerial y 19 oyentes (Nota, 1922, s/d, AHEN; Kummer, 2006).

El decano creía que, para incrementar el número de estudiantes, era necesario impulsar el financiamiento de nuevas becas. También explicaba que la Facultad tenía graves problemas presupuestarios, en parte porque las provincias involucradas (Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes) no estaban haciendo el aporte que estipulaba la ley 10861/19. Esto hizo que varios profesores tuviesen que dar clases varios meses sin cobrar, y que no se pudiese empezar con los segundos años (Memoria, 1927). Un hecho que contribuyó a profundizar la crisis económica fue que en enero de 1922 se hizo el traspaso administrativo y financiero, según marcaba la ley, de las cuatro Escuelas anexas (Normal de Paraná, Industrial de Santa Fe, Industrial de Rosario y Escuela Comercial de Rosario). El problema fue que no se las incluyó en las partidas de la Universidad.

En 1922, el presidente Alvear designó en el rectorado a Pedro E. Martínez -apoyado por la Federación Universitaria- y como decano de la Facultad, al profesor normalista Casimiro Olmos. En 1923 el presidente de la nación intervino la UNL y modificó el Estatuto, intentando eliminar los principios reformistas (del Mazo, 1941). En la provincia de Entre Ríos, accedió a la gobernación Ramón Mihura (1922-1926) que se definió por el antipersonalismo, y en 1923, Entre Ríos no hizo el aporte presupuestario que le correspondía, argumentando que tal decisión obedecía a resguardar la autonomía provincial que dicha ley violaba (Ugalde, 2006; Kummer, 2006).

En agosto de 1923, los representantes de la Sociedad de Ex Alumnos de la Escuela Normal de Profesores de Paraná, cuyo presidente era Salvador Lartigue, presentaron ante el Congreso un nuevo pedido para que se tratase el proyecto de ley del diputado Carbó, de restituir el Curso de Profesorado (Cámara de Diputados, 1923). Volvían a señalar que la reciente creación de la Universidad -medida “inconsulta y apresurada”- le había “rebajado la categoría” a la Normal, que había pasado de ser una Escuela de Profesores a una simple Escuela de Maestros, viéndose “disminuido su justo renombre y prestigio”. En respuesta, el decano Olmos envió una nota al Congreso donde pedía a los legisladores que no hicieran lugar al pedido de quienes “atacaban” a la Facultad. Advertía que movimientos similares se estaban alzando contra otras Facultades, como la de Agronomía de Corrientes, y había que detenerlos.

En 1924, el director de la Escuela Normal, Maximio Victoria, dejó su cargo para jubilarse (Chavarría, 1947).[7] Asumió en su reemplazo el profesor normal egresado de Paraná, Filiberto Reula, quien era un militante del radicalismo, con varios cargos ocupados en la estructura partidaria (Velázquez, 2021). Había sido profesor de la Normal y secretario cuando se inauguró la Facultad. En esos años se hicieron nuevos cambios a los planes de estudio: entre 1924 y 1926 se propusieron el Doctorado de Filosofía y Pedagogía (1924); dos años después, el Doctorado en Filosofía y Letras (1926), y el Curso de Lenguas Vivas (1926), mientras que los otros Profesorados se encontraban en revisión (Memoria, 1927).

El nuevo Reglamento de la Normal anexa a la Facultad

En 1927, el rector Martínez informaba que fue a partir del traspaso realizado en 1922, que el presupuesto se había reducido aún más, básicamente porque sólo recibían dinero para sostener las Facultades. El hecho “de haberse anexado esas Escuelas a la Universidad por razones de orden didáctico y administrativo”, decía, no podía “crearles una situación de inferioridad” a su personal, ya que se había impuesto la cesantía de una parte de sus docentes y el resto recibía sueldos menores al del resto de los Colegios y Escuelas que continuaban dependiendo del Ministerio (Memoria, 1927, p. 326). Este presupuesto en vigencia, pues, resultaba “lesivo para esas Escuelas anexas” porque perturbaba su organización y era perjudicial para su personal (Memoria, 1927, p. 327). Luego de estos reclamos, se decretó incluirlas en el presupuesto, y lo mismo sucedió con el gobierno de Entre Ríos, que resolvió en 1927 efectuar el aporte anual a la Universidad (Ugalde, 2006).

En diciembre de 1927 se aprobó el “Reglamento de la Escuela Normal anexa a la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional del Litoral”, que estuvo vigente hasta 1931, e incorporaba las particularidades de la situación de ese momento, pero contenía varias similitudes con los anteriores. A continuación, presentaremos su contenido respetando la redacción original, esto es, en género masculino y la utilización del femenino solo para el nivel inicial.

En su primer artículo, se dispuso que la Escuela Normal quedara bajo la superintendencia del Consejo Directivo de la Facultad. El personal directivo y administrativo se conformaba por un director, vicedirector, regente, subregente, directora de Jardín de Infantes, un secretario y los demás empleados inferiores. El personal docente se constituía por catedráticos, directores de grado y profesoras de Jardín, mientras que el personal técnico por ayudantes de gabinetes, laboratorios, museos y de educación física y estética, y el personal de servicio, por el mayordomo y los ordenanzas. La Escuela seguía siendo mixta y se organizaba en tres Departamentos: Curso Normal, Departamento de Aplicación y Jardín de Infantes. Según se establecía, el Curso Normal tenía por objeto preparar maestros normales de enseñanza primaria y servir para la práctica docente e investigaciones de los cursos universitarios. Para ello, no podía haber más de 30 inscriptos por división. A la escuela primaria le correspondía dar la enseñanza primaria completa, preparando el ingreso al Curso Normal y ser un espacio para la práctica de la enseñanza y las investigaciones pedagógicas. Por su parte, el Jardín de Infantes, tenía por objeto la educación de la primera infancia y servir también para la práctica de la enseñanza e investigaciones pedagógicas.

El director era el representante de la Escuela Normal ante la Facultad, debía suscribir conjuntamente con el decano los diplomas que se otorgasen a los alumnos maestros y remitir la nómina de cada curso, los programas de los profesores, los resultados de los exámenes y comunicar al Consejo Directivo los textos de enseñanza que se adoptaran. El director era nombrado directamente por el Consejo Directivo de la Facultad. El vicedirector, regente, subregente y directora de Jardín de Infantes, eran designados a propuesta del Consejo, previa información del director de la Normal y el secretario. Para proveer los cargos de catedráticos, maestros de grado y de Jardín de Infantes, el director de la Normal tenía que llamar a inscripción de aspirantes por medio de la prensa. Las autoridades debían elaborar un orden de mérito y el director tenía que elevar una terna al Consejo. Aprobada la terna, el Consejo Directivo tenía la potestad de designar a uno, con acuerdo del director. Si no llegaba a aprobarse la terna, el director debía presentar una nueva. Para ser miembro del personal directivo, docente y técnico se debía poseer título docente o universitario, conducta ejemplar y no padecer enfermedad contagiosa o repugnante o defecto físico resaltante. Para ser vicedirector, regente, subregente y directora de Jardín, se requería título docente y cinco años de ejercicio de la enseñanza.

Respecto a los alumnos, para ingresar al curso de magisterio era requisito tener aprobado sexto grado de la Normal o de una escuela fiscal; tener catorce años; gozar de buena salud, estar vacunado y tener conducta intachable. Tenían prioridad para ingresar, los egresados de la Escuela de Aplicación y luego el resto entraba según el promedio. A primer grado se ingresaba con siete años, certificados de buena salud y de vacunas. Se les daba prioridad a los que venían del Jardín de la Normal y luego a los favorecidos por el sorteo. Al Jardín también se ingresaba por sorteo. Para entrar de segundo a sexto grado, se exigía la aprobación de un examen.

Acerca de los alumnos maestros, las prohibiciones estipuladas eran las mismas que en el anterior Reglamento: 1) entrar en aulas distintas de las que a cada cual le correspondía, 2) agruparse en las galerías, patios o puertas de la Escuela en el horario de clase, 3) presentar ante sus superiores verbalmente o por escrito peticiones, quejas o reclamos, lo que solo podría hacerse en forma individual y reservada, 4) usar armas, proferir expresiones groseras, dar gritos y silbidos, escribir en las paredes, pisos y puertas, 5) llevar a la escuela libros o papeles extraños a la enseñanza, y 6) pasear tomados del brazo o de la mano y estudiar durante el recreo. En el artículo siguiente se expresaba que la falta al tercer inciso, ocasionaba la expulsión inmediata por un año o más, según la gravedad.

A pesar de que este inciso provocó en el pasado, buena parte de los conflictos con los alumnos que habían formado un Centro de Estudiantes, e iba en contra de los principios reformistas, el director de la Normal, Filiberto Reula -hasta donde sabemos- evitó manifestarse públicamente sobre el Reglamento en general y acerca de este punto en particular. Por otra parte, como veremos a continuación, debido a la convulsionada situación de la UNL, ningún director de la Normal llegó a ser elegido a propuesta del Consejo Directivo, tal cual indicaba este Reglamento.

La gestión del director de la Normal anexa a la Facultad (1929-1930) y la vuelta de Victoria

En 1929, un año después de que fuera intervenida la Universidad por un problema con el decano de Medicina de Rosario, fue designado rector Roque A. Izzo, quien nombró distintos interventores, muchos de ellos reconocidos reformistas, como Mariano del Mazo. En la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales se designó decano interventor al Doctor en Filosofía, Luis J. Guerrero (Ibarlucía, 2018).

Durante su breve gestión, cesanteó docentes y no docentes y Reula debió renunciar a la dirección de la Escuela Normal anexa. Además, modificó el presupuesto para poder otorgar becas de estudio o eximir de la matrícula a los estudiantes más necesitados; atendió varias demandas del movimiento estudiantil; abrió una escuela nocturna; reglamentó los estudios de idiomas extranjeros (francés, inglés y alemán) orientándolos a la traducción; y facilitó la terminación del nuevo edificio de la Facultad y la Escuela Anexa, proyectado por el Ministerio de Obras Públicas de la nación en 1927 (Ibarlucía, 2018).[8] También emprendió la tercera reforma de los planes de estudio, abriendo el Doctorado en Filosofía y dejando cinco carreras en el Profesorado de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial: Filosofía y Pedagogía, Historia y Geografía, Letras, Lenguas Vivas (Inglés y Francés) y Matemática (Ibarlucía, 2018). Implementó un sistema de asignaturas permanentes o anuales y rotativas o bianuales, y organizó concursos docentes a través de los cuales ingresaron nuevos profesores oriundos de Buenos Aires (Ibarlucía, 2018).

El decano Guerrero designó como director de la Escuela Normal anexa, a Hugo Calzetti, egresado en 1920 de la Escuela Normal de Profesores de la ciudad de Buenos Aires. Hasta ese momento, se desempeñaba como maestro en una escuela primaria de Capital Federal y participaba, junto con Juan Mantovani, de la Confederación Nacional de Maestros. Se destacaba como orador en estas organizaciones y estuvo particularmente activo en la I Convención Internacional de Maestros que se hizo en Buenos Aires en 1928 (Ascolani, 2010). Era la primera vez en la historia de Paraná que la dirección de la Normal la ocupaba alguien no era egresado de esa casa (sin contar a Stearns y Torres). El vicedirector sí fue un profesor normalista de Paraná, Roberto Escobar y Clotilde Luder resultó la primera mujer designada regente de la Escuela de Aplicación (Libro copiador, 1929-1933, AHEN).

En un acto oficial, el decano expresó, refiriéndose a los directores Victoria y Reula, sin nombrarlos, que tanto él como Calzetti iban “a corregir todas las desviaciones” ocurridas, según ellos, en la Normal, y “evitar todo estancamiento directivo o docente”. La más grande ofrenda a “nuestros mayores”, seguía, consistiría en trasponer todos los “moldes viejos” y “los conformismos caducos” hacia nuevos horizontes (cit. en Ibarlucía, 2018, p. 57).

Los distintos analistas coinciden en señalar que Guerrero, con este discurso, se involucró de lleno en la disputa que enfrentaba a dos grupos desde la creación de la Facultad: los normalistas de Paraná versus los partidarios de la Reforma Universitaria, que criticaban el modelo educativo positivista y adherían a corrientes pedagógicas más renovadas (Romero Vera, 1969; Ossanna et al, 2012; de Miguel, 1997; Ibarlucía, 2018).

Además de director de la Escuela Normal anexa, Calzetti fue designado por Guerrero, director del recién creado Instituto de Pedagogía (Ibarlucía, 2018). El Instituto, decía, tenía por objetivos realizar experiencias y ensayos entre los alumnos de la Facultad y de la Escuela Normal, organizar conferencias, exposiciones y museos pedagógicos, adquirir publicaciones didácticas, crear bibliotecas infantiles y de aulas, realizar excursiones educativas y fomentar la cinematografía escolar, entre otros (Román, 2018; Ibarlucía, 2018).

Calzetti aseguraba que el proyecto de reforma que buscaba iniciar, partía de la necesidad de convertir la vieja Escuela Normal “baluarte del fenecido positivismo pedagógico de la pasada centuria”, en una nueva Escuela de Pedagogía, órgano universitario que permitiese ir realizando “las admirables conquistas de la técnica educativa de nuestra época” (Ibarlucía 2018, p. 71). Abrevando en nociones de la Escuela Nueva, proponía que los niños no fuesen objetos pasivos, sino activos de un proceso formativo integral, basado en las cuatro dimensiones de la personalidad humana: intelectual, estética, manual, y física, moral y social (Ibarlucía, 2018). Para ello, desde la Normal se debía promover la autoenseñanza y el autogobierno escolar, la sustitución del examen por una serie de pruebas capaces de demostrar el grado de adelanto alcanzado, la enseñanza de lenguas extranjeras, el estudio relacionado de las materias y la complementación entre el hogar y la escuela (Ibarlucía, 2018). Como parte de estas innovaciones, al mes siguiente de asumida su gestión, Calzetti organizó un viaje de estudios a San Antonio de los Cobres, provincia de Salta y los estudiantes fueron con el vicedirector Escobar.

Además, elevó una nota al decano interventor de la Facultad (Guerrero), donde proponía la modificación de tres artículos del Reglamento de la Escuela Normal, aprobado en 1927, en la parte que correspondía a los exámenes, con el propósito de eliminar las “rigideces” del mismo. Planteaba suprimir el examen escrito de Matemáticas, Pedagogía y Psicología y mantener uno de Castellano, Literatura y Lengua “por razones fáciles de comprender”. Buscaba disminuir el intervalo entre la terminación de las clases y la iniciación de los exámenes, en 10 días en lugar de 15, suprimiendo el mínimo de 10 minutos para cada examen, ya que creía que no era posible “fijar condiciones estrictas de tiempo para lo que debía ser necesariamente elástico”. Consideraba que había que eliminar el artículo 100, que disponía que en una misma sesión no podían recibirse más de 20 exámenes, “disposición también rígida” que no beneficiaba a nadie y que, por comodidad, “se prestaba a ser reiteradamente violada”. Además, incorporaba un nuevo artículo en el cual pretendía la excepción parcial de exámenes para los alumnos distinguidos. También proponía que las evaluaciones no se hicieran solamente en base a las pruebas tradicionales, sino que se incluyeran las calificaciones obtenidas en las exposiciones diarias, las pruebas escritas y los trabajos prácticos realizados en clase (Libro copiador, 1929-1933, AHEN).

A comienzos del año siguiente, Calzetti le envió una nota al decano interventor, en la cual expresaba que existía una situación “realmente anormal” en el Departamento de Aplicación, debido a la gran cantidad de alumnos en cada grado. Según los datos que presentaba, los alumnos llegaban a 678 en 16 grados, lo cual daba un promedio de más de 42 por grado. Con ese número, se quejaba Calzetti, inútil era insistir en alguna innovación, debido a la “imposibilidad de realizar ningún trabajo serio con tal cantidad de alumnos, incumpliendo con las orientaciones de carácter pedagógico, moral y hasta higiénico”. En el mismo sentido, explicaba que, en el curso de magisterio de ese año, también se daba un “exceso considerable de aspirantes sobre el número de vacantes disponibles”. Calzetti relataba que luego de admitidos los alumnos egresados de la Escuela de Aplicación, como quedaban vacantes disponibles, estas se distribuyeron entre los titulados con los mayores promedios de las escuelas fiscales de Paraná, como establecía el nuevo Reglamento. Muchos de ellos provenían de la Escuela Centenario y de otras localidades cercanas. Aun así, los 90 asientos disponibles no alcanzaban “ni con mucho a satisfacer las necesidades culturales de la población de Paraná y sus contornos”. En consecuencia, sugería incorporar al menos, una nueva división de primer año (Libro copiador, 1929-1933, AHEN).

Más allá de las buenas intenciones que podían tener estas dos figuras, a poco tiempo de comenzar, Calzetti y Guerrero fueron blanco de críticas de parte de los normalistas encabezados por el ex director Victoria (de Miguel, 1997; Ossanna et al, 2012) y de los redactores de El Diario, representantes de los intereses de los radicales antipersonalistas de la provincia. Lo cierto fue que sus expresiones despectivas, las reformas que intentaron llevar a cabo, el hecho que no fueran de Paraná y que las máximas autoridades de la provincia estuviesen abiertamente enfrentadas con el gobierno nacional, hicieron que sus gestiones se vieran abruptamente interrumpidas. Guerrero fue acusado de malversación de fondos y de llevar a cabo concursos arreglados para que ganasen sus amigos porteños y Calzetti fue denunciado por instaurar en la escuela primaria un mecanismo de promoción inadecuado, injusto y absurdo, que fuera rechazado de plano por los padres de familia (Ibarlucía, 2018).

Hacia mayo de 1930, la situación de Calzetti estaba debilitada y el 30 de junio fue forzado a pedir licencia y luego debió renunciar. En El Diario, que realizaba críticas constantes a la gestión educativa del gobierno de Yrigoyen,[9] se publicó una nota titulada “El desquicio universitario” en la que refería a la renuncia de Calzetti:

En silencio, sin producir la más breve inquietud, ni aun dentro de la casa en la que había entendido por concesión política la primera autoridad, el director de la Escuela Normal abandonó su cargo -esta vez con honrado carácter definitivo- y emprendió viaje a la Capital Federal. Ha terminado su misión (…) Convencidos de la anarquía que reina en la Facultad y del largo trabajo subversivo que allí desarrollan los elementos incondicionales del Yrigoyenismo, sería ridículo pretender que la dirección de la Escuela Normal sea depositada en buenas manos (…) El estado de desquicio en que ha caído la Facultad, miembro infectado de un cuerpo enfermo de parasitismo que amenaza en convertirse en crónico, ha rebasado los límites de lo tolerable (El Diario, 3/7/30).

Calzetti fue reemplazado en la dirección de la Normal por el profesor normal Roberto Escobar y se designó a cargo del Instituto de Pedagogía a la también normalista paranaense, Celia Ortiz A. de Montoya, que implementó una experiencia pedagógica innovadora en la Escuela de Aplicación (ver capítulo 5). A finales de junio de 1930, Guerrero fue obligado a convocar a elecciones y José Babini fue elegido decano, a la vez que la oposición buscó impugnar el proceso eleccionario y el presidente Yrigoyen era desplazado por el primer golpe de Estado organizado en el país.

En El Diario se dio a conocer un informe elevado por un grupo de profesores de Paraná al Consejo Superior de la UNL, donde se enumeraban las supuestas arbitrariedades que habría cometido el decano Guerrero y pedían la anulación de todo lo realizado en la Facultad. El 14 de enero de 1931, el gobierno de facto desaprobó las actuaciones del rector Izzo en la Universidad y dejó sin efectos los actos de carácter administrativos. El 10 de febrero, Babini fue depuesto de su cargo y el Poder Ejecutivo Nacional decretó la intervención de la Facultad y nombró al frente a Maximio Victoria.

Al día siguiente El Diario titulaba “Se regulariza la situación de la Facultad local”. En los fundamentos del decreto de intervención, se decía que se habían comprobado irregularidades en el manejo de los fondos y que las elecciones últimas del cuerpo directivo habían sido fraudulentas. Asimismo, se señalaba la inestabilidad en el funcionamiento de la enseñanza “habiendo cambiado tres veces el plan de su Escuela Normal y otras tantas el de su Profesorado”. El 18 de febrero tomó posesión de la Facultad el interventor Victoria y resolvió que el personal docente y administrativo nombrado antes, fuera considerado cesante. Victoria exoneró a los profesores que habían concursado, disolvió el Instituto de Pedagogía, anuló el convenio por el cual la Normal se había incorporado a la Facultad, se intervino la Facultad -que en los hechos resultó su clausura- y creó en su reemplazo, una Escuela Normal Superior, devolviéndole el Curso de Profesorado (Escuela Normal Superior, 1931).[10]

Cabe añadir que, con la llegada del golpe de Estado, las autoridades de facto decidieron cerrar también la Facultad de Agronomía de la UNL que funcionaba en la ciudad de Corrientes (Bacolla y Solís Carnicer, 2020) y suprimir, por razones de ajuste presupuestario y baja matrícula, los Cursos de Profesorado que se habían creado en Concepción del Uruguay, Córdoba, Tucumán, Rosario (Nº 3 de varones) y La Plata, dejando cesantes a todos sus docentes (Rodríguez, 2019).[11]

La Normal anexa a la Escuela Normal Superior y al Instituto del Profesorado

La Sociedad de Ex alumnos de la Escuela Normal de Paraná, con sede en la Capital Federal, dirigió una nota a Victoria apoyando su gestión orientada a “restituir el establecimiento a su tradicional categoría y prestigio docente” (El Diario, 20/2/31). En febrero, Victoria anunció la creación de un Liceo de Señoritas anexo y un Secretariado Comercial de tres años. Igual que en el pasado, los Cursos de Profesorado serían continuos al curso de magisterio, con las orientaciones en: Pedagogía y Filosofía (2 años); Matemática y Cosmografía (2 años); Física y Química (3 años); Historia Natural y Geografía (3 años) e Historia y Letras (3 años). Además, se abrieron los Cursos Vocacionales creados por la normativa nacional, que fueron cerrados al poco tiempo porque eran para aprender oficios, pero el Estado nunca destinó los recursos necesarios para que comenzaran a funcionar (Rodríguez, 2020).

Días después del anuncio, Victoria se alejó de la intervención y fue nombrado en su reemplazo el profesor Roberto Escobar, quien estuvo un breve período, entre 1931 y 1932, al frente de la Normal Superior. En 1932, otro titulado de Paraná, Gabriel F. Echenique (1912), fue designado director de la Escuela Normal. En abril se aprobó un decreto que le ponía el nombre “José María Torres” a la Escuela.

Como ya mencionamos, la Escuela Normal Superior fue cerrada dos años después. Es preciso indicar que, en esta época, ese tipo de establecimiento basado en el modelo francés de la École Normale Supérieure, nunca prosperó en Argentina, a diferencia de otros países de América Latina, donde funcionaban hacía tiempo y resultaron muy exitosos. En Argentina, se habían intentado crear Escuelas Normales Superiores en dos ocasiones anteriores: en 1852, pero la Escuela ni siquiera llegó a abrir sus puertas, y en 1910, que fue organizada por el ex director Leopoldo Herrera, pero finalmente no fue incorporada al presupuesto.[12]

En 1933, el ministro clausuró aquel experimento y fundó un Instituto Nacional del Profesorado Secundario, de carácter mixto, argumentando que faltaban establecimientos que formaran docentes para el nivel medio por fuera de la Capital Federal, donde existía uno fundado en 1904.[13] El ministro anexó la Escuela Normal al Instituto, y éste funcionó en el edificio de la Normal. Por ello, varios de los conflictos que se generaron dentro del Instituto, repercutieron directamente en el curso de magisterio, como veremos en los siguientes capítulos.

El Instituto admitía a egresados del nivel medio y tuvo cinco Profesorados de cuatro años de duración cada uno: Pedagogía y Filosofía, Castellano y Literatura, Matemáticas e Historia y Geografía. El personal docente se mantuvo, Escobar fue designado rector y Echenique continuó en la dirección de la Normal.[14] Para no perjudicar a quienes estaban cursando los profesorados en la Escuela Normal Superior, se les garantizó la continuidad hasta su terminación.

Estas transformaciones recibieron algunas críticas por parte de la comunidad educativa y la prensa local. En marzo, decían, aún no estaba la fecha de inicio de clases en la primaria, por lo que se realizó una Asamblea de Padres Pro- defensa de la Escuela Normal, con auspicio de las autoridades de la Cooperadora del Departamento de Aplicación. En El Diario se afirmaba que era “la primera vez en la historia prestigiosa del viejo establecimiento”, que se llegaba a esta situación “de incertidumbre”, pero que también era “de desprecio” para los intereses escolares de la ciudad (El Diario, 12/3/33). Con tono de alarma ante esta situación “intolerable”, se señalaba que el cuerpo docente no sabía “si era o no maestro de la casa” y los estudiantes del Curso de Profesorado de la ex Normal Superior, pensaban que la prosecución de sus estudios se vería entorpecida (El Diario, 13/3/33). El problema más grave, según los redactores de El Diario, era que el Instituto se había organizado “copiando el plan de estudios y la reglamentación de un organismo educacional [el Instituto de Buenos Aires] que nos es ajeno” (El Diario, 16/3/33).

A pesar de estas quejas, la creación de un único Instituto de ese tipo por fuera de la Capital, resultó en los hechos muy positiva. Además, pasaron diez años hasta que los ministros fundaran el tercer Instituto, esta vez en Catamarca (1943). De acuerdo a la profesora Montoya (1967), la matrícula se incrementó significativamente, así como la cantidad de egresados, que fueron empleados en los nuevos establecimientos de nivel medio que se estaban creando en las distintas provincias y Territorios Nacionales. Inclusive, algunos de sus titulados lograron insertarse en las Universidades (Montoya, 1967).


  1. Los docentes que habían contribuido eran: Demetrio Méndez, Luis Bellocq, Arturo Laroche, Casimiro Olmos, Benicio López, Juan Herrera, Francisco Medus, Ricardo Zelarayan, José Serrano, Cayetano Casanova, Sixto de los Santos, Elena Soler, Cesar R. Castro, Cesar Pérez Colman, María L. Uriburu, Gabriel Echenique, Octaviano Imas, Sara Figueroa, María Aspillaga, María del C. Rodríguez, Hortensia N. Wybert, Máximo Victoria, Pedro E Martínez, Enrique A García.
  2. Se graduaron como profesores normales: Juan Pablo Berio Acosta (Letras, 1920), Emilio S. Rossi (Ciencias, 1920), Pedro Carnaghi (Ciencias, 1921), y Ermes Desio (Letras, 1921). Se recibieron de maestros normales: Sadi Bausset (1918), Rogelio Avila Castilla, Juan Cumar (1918), Armando Brasesco (1918), Guillermo Saraví (1918), Umberto González (1918), Gustavo Gorrechategui (1918), Ezequiel Yankoncic (1919), Pedro Raspini (1920), José Giménez (1921), Francisco Biggs (1921) y Rafael Cordini (1922). Yaconcik y Biggs aparecían luego inscriptos en la Facultad.
  3. Esta misma convivencia relativamente armoniosa entre los doctores y los normalistas, se dio en otras ciudades como Jujuy, ver Centanni (2020). Sobre la disputa entre los doctores y los normalistas dentro del Consejo Nacional de Educación, ver González Leandri (2001).
  4. Montoya (1940) señala que estaban proyectadas más especialidades: Química y Mineralogía, Física, Ciencias Biológicas, Ciencias Económicas, Instrucción Moral y Cívica, Ciencias Agrarias, Trabajo Manual, Ciencias Naturales, Dibujo y Matemáticas, pero que por falta de docentes especializados, no pudieron concretarse.
  5. Respecto al Laboratorio de Psicología Experimental, no tenemos ningún registro que dé cuenta de su efectiva conformación. Además, en 1925 el alemán Jesinghaus se trasladó a vivir a la ciudad de Buenos Aires, contratado por el ministro de instrucción pública para dirigir el Instituto de Psicotécnica y Orientación Profesional, por lo que creemos que no alcanzó a materializarse. Sobre la trayectoria en Entre Ríos de Frenguelli, ver, entre otros, Velázquez (2021).
  6. Según Reula (1971) los inscriptos eran 81. Kummer (2006), por su parte, menciona 85.
  7. Según uno de sus biógrafos, en su larga gestión al frente de la Normal, Victoria licenció su cargo en dos oportunidades, por unos meses: la primera en 1915, cuando fue designado inspector general de la provincia de Buenos Aires y en 1921, que fue nombrado presidente del Consejo de Educación de la provincia de Tucumán (Chavarría, 1947).
  8. Entre 1927 y 1932 se demolió el viejo edificio y se construyó el que existe actualmente en Paraná (Velázquez, 2021).
  9. Véase, por ejemplo, en El Diario: “El gobierno nacional pone la enseñanza pública al servicio de sus fines electorales. Créanse escuelas al solo objeto de justificar nombramientos y sueldos” (1/7/30).
  10. Hubo dos casos que sí prosperaron, de anexión de Escuelas Normales a las Universidades, como el de la Normal de San Luis a la Universidad de Cuyo (1940) y la Normal de Bahía Blanca a la Universidad del Sur (1956).
  11. De estos cinco, solo dos volvieron a abrir: Córdoba en 1937 y Concepción en la década de 1950. El Profesorado de Corrientes fue clausurado en 1937 (Rodríguez, 2019).
  12. Hubo otro intento en 1886 de nombrar a las Normales de Paraná y de Capital como Escuelas Normales Superiores, pero al año siguiente, se rebautizaron Escuelas Normales de Profesores.
  13. En la Capital también estaba el Instituto Nacional del Profesorado en Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández”, destinado solo a mujeres y creado en 1928 (ex Escuela Normal de Profesoras).
  14. Se sumaron como profesores en el Instituto: Antonino Salvadores, Oscar Cortés Conde y Osvaldo Melella, que formaban parte del Círculo de los Profesores Diplomados de Paraná y Marcos A. Morínigo (Círculo, 1939; Reula, 1971). Hasta donde pudimos reconstruir, los rectores del Instituto del Profesorado, de 1933 a 1966, fueron: Roberto Escobar, Pedro José María Mansilla, Juan Ramón Álvarez Prado, José Serrano, Renato Volker, Filiberto Reula, José Adam Blanda, y Juan Carlos Calvo.


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